Psicología del despertar


La presencia pura: El despertar dentro de la experiencia



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La presencia pura: El despertar dentro de la experiencia

Antes de poder mantener una actitud adecuadamente autorreflexiva permanecemos identificados con los pensamientos, las creencias, los sentimientos y los recuerdos que emergen en la conciencia, una identificación que nos mantiene atrapados en la mente condicionada. La reflezión nos permite dar un paso más atrás, observar y liberamos de todas esas identificaciones inconscientes pero sin abandonar, no obstante, el estado de conciencia dividida. Un paso adicional consiste en ir más allá de la reflexión y. sin caer en la identificación prerreflexiva. fundirnos con la experiencia más allá de toda diferencia hasta llegar a descubrir el fundamento profundo y silencioso del que dimana toda experiencia en él. Este tercer nivel de la dialéctica que nos lleva a trascender los modelos psicológicos y los marcos filosóficos convencionales es manifiestamente postreflexivo (en el sentido de que suele seguir a un trabajo reflexivo) y transreflexivo (por cuanto pone de relieve una forma de ser que trasciende la conciencia dividida).

Pero ni siquiera la fenomenología, que subraya la interrelación entre el sujeto y el objeto -y, en este sentido, constituye una de las formas occidentales más refinadas y menos dualistas de investigar la experiencia humana permite dar ese paso. Peter Koestenbaum, cuyo libro The New Image of the Person supone un gran esfuerzo por desarrollar una filosofía clínica fenomenológica que admita la importancia de la meditación y de la experiencia transpersonal, se limita a hablar de la meditación como distanciamiento. Según él, la presencia meditativa -a la que denomina Ahora Eterno constituye el último paso de la reducción fenomenológica:
El proceso regresivo de reflexión no tiene fin, porque el campo de conciencia se experimenta como algo infinito. O, dicho más concretamente, el proceso de distanciamiento es infinito [...} El Ahora Eterno es una experiencia en la que dejamos de estar dentro del espacio y dentro del tiempo y nos convertimos en observadores del espacio y del tiempo [...] Durante la meditación, el individuo asume la actitud de permanecer como espectador que contempla todas las experiencias [...] Así es como puede seguir el flujo de) cuerpo, de un sentimiento o del entorno [...] y, de este modo, adiestrarse en ser un observador más que un participante de la vida [las cursivas son míasl.

Estas palabras son muy exactas en lo que se refiere a los primeros estadios de la práctica de la atención plena pero una meditación que sólo llega hasta aquí no llega a trascender la conciencia dividida. El objetivo último de la meditación va más allá del hecho de «ser observadores más que participantes», y aspira a zambullirse plenamente en la vida, aunque no con el tipo de participación inconsciente propio de la identificación prerreflexiva, sino con una participación netamente consciente. A fin de cuentas, lo que finalmente reemplaza a la conciencia dividida es la presencia pura.

Heidegger y Merleau-Ponty tal vez sean los dos fenomenólogos que han llegado más lejos al reconocer una modalidad de conciencia que trasciende la dualidad entre el sujeto y el objeto así como su importancia sagrada. Tomando prestado un término de Meister Eckhart, Heidegger habla de Gelassenheit, que significa "dejar ser" y que recuerda a las referencias budistas a la talidad: «dejar ser, es decir, permitir que los seres sean lo que son, significa comprometerse con la apertura de la que emana cada ser y convertirse, por así decirlo, en ella». Merleau-Ponty habla de la necesidad de desarrollar lo que él denomina sur-réflection (que podríamos traducir como "reflexión superior"») «que podría tenerse también en cuenta a sí misma y a los cambios que introduce [...j Debe sumergirse en el mundo en lugar de observarlo, debe zambullirse en él tal cual es [...J para que el vidente y lo visto acaben entremezclándose hasta el punto de que ya no sepamos quién ve y qué es lo visto». Pero, por más admirables que me parezcan los esfuerzos realizados por estos dos grandes fenomenólogos por aspirar a un método que trascienda el pensamiento dualista occidental tradicional, la fenomenología, aun en el mejor de los casos, no puede proporcionar un verdadero upaya -o camino para descubrir plenamente la presencia no dual.

La práctica del mahamudra/tzogchen permite que los meditadores descubran la conciencia no dual, al principio a modo de meros vislumbres y luego, en la medida en que va abandonándose gradualmente el centramiento en los objetos de conciencia y y uno aprende a descansar en la presencia abierta, en la que Franklin Merrill-Wolff denomina .esta presencia no dual podría describirse en términos de cualidades tales como profundidad, luminosidad o amplitud pero, en su inmediatez. no supone ninguna reflexión consciente sobre tales atributos. Muy al contrario, uno simplemente descansa en la claridad de la conciencia despierta y abierta, sin pretensión alguna de transformar ni fabricar la propia experiencia.

Aquí existe un conocimiento directo de uno mismo, el reconocimiento directo y ajeno a toda reflexión de nuestra naturaleza esencial en tanto que ser puro. Cuando la atención se dirige hacia el exterior, la percepción es clara y penetrante, puesto que no se reviste de conceptos. En tal caso, el mundo no se ve como algo separado de la conciencia ni tampoco se ve menos vivido e inmediato que la conciencia. Por su parte, la conciencia tampoco se ve como algo subjetivo que se halle "aquí" separado de las apariencias. Y es que la conciencia y lo que en ella aparece emergen simultáneamente en el mismo campo unificado de la presencia.

En este campo unificado de presencia resulta imposible objetivar las percepciones y la conciencia como algo a lo que la mente pueda aferrarse. No olvidemos que, a fin de cuentas, esa cualidad inaprehensible de la experiencia es el significado esencial del término budista vacuidad. La tradición mahamudra habla de la imposibilidad de separar la vacuidad y la conciencia, la vacuidad y la claridad, la vacuidad y la apariencia, y la vacuidad y la energía... y también podríamos agregar entre la vacuidad y el ser. La presencia pura es la realización del ser-como-vacuidad, es decir, del ser sin necesidad de ser algo en especial. El ser está vacío, pero no porque carezca de algo, sino porque no puede ser aprehendido en términos ajenos a sí mismo. El ser es, precisamente, lo que nunca puede ser aprehendido ni contenido dentro de ningún tipo de frontera física o de designación conceptual. En palabras de Nishitani: «el ser sólo lo es si es uno con la vacuidad [...} En ese sentido, la vacuidad nodría denominarse como el ámbito en el que brota el ser>.

La vacuidad no es un ”atributo” que pertenezca a la conciencia, a la apariencia o al ser, sino su transparencia última cuando es aprehendida como presencia pura, más allá de toda división entre sujeto y objeto; una realización que se conoce con nombres muy diversos: como conciencia autoiluminadora, jñana. naturaleza búdica, mente-sabiduría, gran beatitud, gran perfección, etcétera. En tanto que conciencia que ilumina simultáneamente la totalidad del campo de la experiencia, la presencia pura no es tanto un paso hacia atrás que permita la desidentifícación, como un compromiso íntimo. Y, a diferencia de la reflexión, no implica ningún tipo de "hacer" ya que, como señala el gran maestro dzogchen Longchenpa, «en lugar de buscar a la mente con la mente déjela, simplemente, ser».

Cuando la conciencia utiliza la reflexión y la atención pura para desembarazarse de los grilletes de la mente conceptual, puede realizar su naturaleza intrínseca como libertad, relajación, apertura, luminosidad y presencia pura, algo que, según el mahamudra, tiene lugar «estableciéndose en su propia naturaleza esencial». Y, puesto que este descanso en la presencia se encuentra más allá del esfuerzo, la atención y la concentración, se le denomina no meditación. Aunque las analogías puedan sugerir su aspecto, no existe ninguna palabra ni imagen que pueda transmitimos su resplandeciente inmediatez, como explica Lodro Thaye:


Es el espacio inasible.

Es un cristal claro y precioso.

Es el fulgor de la propia mente autorresplandeciente.

Es inefable como la experiencia del mudo.

Es la sabiduría transparente sin oscurecimiento.

Es el luminoso dharmakaya, la naturaleza del Buda,

esencialmente pura y espontánea,

que no puede mostrarse mediante ninguna analogía

ni expresarse en palabras.

Es el espacio del Drama

Que trasciende toda búsqueda mental.
En el estado de no meditación no es necesario establecer ninguna distinción entre la mente conceptual y la conciencia pura, porque todos los estados mentales se reconocen como formas de la conciencia y de la presencia. De lo que se trata es de permanecer completamente despierto en medio de los pensamientos, sentimientos y percepciones, sin separarse ni un ápice de ellos desde el mismo momento en que aparecen.

La presencia pura provoca la clarificación espontánea de la corriente de la conciencia, sin estrategia ni intención deliberada alguna de provocar el cambio. Existen dos formas estrechamente ligadas de provocar esta clarificación: la transmutación, que implica algún tipo de esfuerzo y la autoliberación, que es espontánea y ocurre sin realizar esfuerzo alguno.



La transmutación
La tradición tántrica del budismo vajrayana es conocida como el camino de la transformación puesto que, en ella, la experiencia "impura" (la experiencia manchada por la ignorancia, la dualidad, la agresividad y la identificación) se transmuta en experiencia "pura", (que se caracteriza por la conciencia, la apertura, la no identificación y el agradecimiento espontáneo. Los métodos básicos utilizados por el vajrayana (la visualización y la práctica de mantras, mudras y rituales simbólicos) acaban conduciendo al enfoque más avanzado y directo del mahamudradzogchen, que permite al practicante trascender toda separación entre la conciencia pura y la conciencia impura, y abrirse por completo a la inmediatez prístina de la experiencia.

En este momento se desvanece la cualidad densa, pesada y fija de la experiencia y se pone de relieve la inteligencia más profunda y viva que alienta en su interior. Chógyam Trungpa describe del siguiente modo este tipo de cambio:


Llegados a ese punto, todo lo que se experimenta en la vida cotidiana a través de la percepción sensorial es una experiencia desnuda y directa en la que no existe velo alguno entre [usted] y “Eso” [...]. El tantra enseña a no reprimir ni destruir la energía sino a transmutarla o, dicho en otras palabras, a admitir todas las  formas de energía [...]. En el momento en que [uno] admite todas las formas de energía, la experiencia se vuelve muy creativa [...] entonces uno se da cuenta de que ya no tiene que renunciar a nada y comienza a vislumbrar la sabiduría que se oculta en todas las situaciones vitales [...]. Si usted está atrapado en una emoción como. por ejemplo, el enfado, un vislumbre súbito de apertura [...] le permitirá advertir que no tiene que reprimir esa energía [...] sino que puede transformar la agresividad en energía dinámica [...]. Si realmente sentimos esta cualidad viva y la textura misma de las emociones tal cual son en su propio estado desnudo, también descubriremos la verdad última [...]. Entonces es cuando nos daremos cuenta de que la emoción no existe tal y como se nos presenta, sino que encierra mucha sabiduría y espacio [...]. Entonces es cuando se pone automáticamente en marcha el proceso que [...] transmuta las emociones en sabiduría.
Y no se trata tanto de realizar el esfuerzo deliberado de transmutar las emociones como de una transmutación espontánea que tiene lugar en el mismo momento en que nos abrimos a ellas:
Usted experimenta la emergencia de la emoción tal cual es pero [...] se toma uno con ella [...]. Permítase estar en la emoción, atraviésela, experiméntela y entregúese a ella. Entonces empezará a dirigirse hacia la emoción en lugar de sentir que es la emoción la que viene hacia usted [...] y entonces será también cuando empiece a poder trabajar con las energías más poderosas [...]. Cualquier cosa que aparezca en la mente samsárica se convertirá así en camino y será posible trabajar con todo. Ésta es la proclamación sin miedo, el llamado «rugido del león».
En tanto que estudiante de esta tradición con algún que otro vislumbre del significado de estas palabras, comencé a darme cuenta de las limitaciones del focusing, la técnica terapéutica más simple, profunda y cercana a la experiencia que hasta aquel momento conocía.

El focusing nos invita a atender a una sensación corporal sentida difusa y a permanecer respetuosamente atentos a cualquier matiz de la experiencia que se presente. Ver cómo van desplegándose los distintos pasos concretos del cambio experiencial a partir del simple hecho de prestar atención a una sensación sentida es un descubrimiento muy importante, algo que las personas que utilizan la práctica espiritual para eludir sus sentimientos y su experiencia personal harían bien en aprender. Pero tal y como se practica habitualmente, el focusing suele aspirar a extraer un significado de la sensación sentida, buscando un cambio sentido que provoque su resolución y, de este modo, puede convertirse en una forma de "hacer" que mantenga la separación entre nosotros y nuestra experiencia. Y debo señalar que se trata de una dualidad muy sutil, porque el hecho de querer que nuestra experiencia cambie demuestra una resistencia a la inmediatez de lo que es, a lo que yo llamo presencia incondicional, la capacidad de conectar directa y plenamente con la experiencia, sin distorsionarla mediante ningún tipo de expectativa.

Esta es una trampa que puede reforzar sutilmente ciertas tendencias propias de la personalidad condicionada, como verse a uno mismo como el actor, buscar el significado de la experiencia o esforzarse en «ser mejor». Y es que, aunque la reflexión psicológica pueda ciertamente ayudarnos a avanzar, llega un momento en que hasta el más leve deseo de cambio o mejora puede obstaculizar la entrega y relajación profunda necesarias para pasar del reino de la personalidad al reino del ser, un paso que sólo puede descubrirse en y a través de la inmediatez del instante presente más allá de todo esfuerzo y de toda conceptualización.

Cuando permitimos que nuestra experiencia sea tal cual es, sin tratar de modificarla de un modo u otro, el foco de nuestro trabajo interno experimenta un cambio muy profundo e importante. En ese momento nuestra experiencia deja de ser algo separado de nosotros que debamos cambiar o resolver, y el foco de nuestra

Atención se expande hasta llegar a abarcar la totalidad del campo


de nuestro-modo-de-estar-con-nuestra-experiencia. Y cuanto más nos abrimos a nuestra experiencia y más espaciosamente nos relacionamos con ella, menos problemática es porque, en tal caso, desaparece toda diferencia entre el yo y el ello, y entre el sujeto y el objeto.

Aunque el objetivo fundamental de la psicoterapia no apunta tanto a trascender la conciencia dividida como a mitigar el sufrimiento psicológico y aumentar el autoconocimiento, yo sentía, sin embargo, la necesidad de encontrar una terapia más acorde con la cualidad de "no hacer" propia de la presencia meditativa. Mi propio trabajo personal me había enseñado que la apertura a la experiencia tal cual es aporta una sensación más plena de presencia, una especie de "ser-sin-agenda" que proporciona una gran sensación de quietud, aceptación y vitalidad. Aquellos momentos me habían permitido atisbar la modalidad de ser nueva y más profunda que hay más allá de la conciencia dividida.

Obviamente, existe un tiempo para tratar de descorrer activamente los velos de la experiencia y otro para dejar pasivamente que la experiencia sea tal y como es. Si somos incapaces o carecemos de la voluntad necesaria para comprometemos activamente con los problemas de nuestra vida personal, el hecho de dejar ser se convierte en una forma de evitación que acaba encerrándonos en un callejón sin salida. Si, por el contrario, somos incapaces de dejar que nuestra experiencia sea tal cual es y abrirnos a ella, el trabajo psicológico puede reforzar la habitual tendencia de la personalidad condicionada a alejarse de la inmediatez del ahora. Y. en este sentido, el focusing y la meditación (que enseña la sabiduría del "no hacer") me mostraron el modo de eludir ambas trampas.

El trabajo con la formación de terapeutas me permitió descubrir que la tendencia al cambio puede alentar un prejuicio en el terapeuta que, por ejemplo, le lleve a decir a sus clientes algo así como «usted no es todo lo que puede ser», que puede reforzar la alienación («Debería tener experiencias más positivas. ¿Qué es lo que funciona mal en mi”>) Y ése es un sesgo muy útil que puede obstaculizar el proceso y la relación terapéutica al llevar al cliente a tratar de acomodarse a la agenda del terapeuta (y desconectarse de su propio ser) o, por el contrario, de resistirse a ella (y por tanto, seguir, atrapado).

Este mismo trabajo me enseñó que la cualidad más importante de un terapeuta es la capacidad de permanecer incondicionalmente presente, una habilidad que, curiosamente, apenas se menciona y, en consecuencia, tampoco se enseña. Cuando el terapeuta permanece presente con la experiencia de su cliente, algo puede empezar a relajarse y abrirse dentro de éste. Una y otra vez he visto que la presencia incondicional es la más poderosa de todas las herramientas del cambio, precisamente porque insiste en que permanezcamos presentes con la experiencia, sin dividirnos en dos a nosotros mismos e intentar "controlar" lo que sentimos.

El "no hacer" de la presencia incondicional es compatible con un amplio abanico de herramientas terapéuticas, tanto directivas como no directivas Y debo decir que en modo alguno se trata de una actitud pasiva, sino de la predisposición activa a afrontar la experiencia sentida e indagar en ella de un modo completamente imparcial, no reactivo y no controlador.

Conviene dividir la enseñanza de la presencia incondicional en tres fases claramente diferentes. En primer lugar es necesario estar dispuesto a indagar, a mirar cara a cara nuestra experiencia sentida y ver lo que hay en ella. Luego podemos empezar a reconocer lo que está ocurriendo dentro de nosotros: «Sí, esto es lo que estoy experimentando ahora mismo. Me siento amenazado [...] dañado [...] enfadado [...] a la defensiva», un reconocimiento que implica darse cuenta de lo que está sucediendo, nombrarlo, ver cómo se experimenta corporalmente e invitarlo a entrar más completamente en la conciencia. No deberíamos desdeñar el poder del reconocimiento. Para ayudar a los clientes a permanecer presentes sin que se precipiten a tomar ninguna decisión, suelo decir algo así como: «advierta cómo experimenta ahora mismo el reconocimiento de lo que esta sintiendo. El hecho de prestar atención a la cualidad sentida de ese reconocimiento permite trascender el impulso de reaccionar al contenido y, en consecuencia, ayuda al cliente a permanecer presente.

Una vez que reconocemos lo que está ahí, es posible conectar más plenamente con ello y permitirle ser tal cual es. Y con ello no estoy diciendo, en modo alguno, que uno deba revolcarse en los sentimientos o caer en el la sobreactuación sino, muy al contrario, abrir un espacio a nuestra experiencia y permitirle activamente ser tal cual es, dejando de lado mientras tanto cualquier impulso de controlarla o de juzgarla. En este sentido, la identificación («este enfado soy yo») y el rechazo («este enfado no tiene nada que ver conmigo») suelen ser dos grandes problemas. Hacen falta tiempo y práctica para estar en condiciones de permitir que nuestra experiencia sea tal cual es.

Cuando ya estamos en condiciones de permitir que nuestra experiencia sea tal cual es, podemos abrirnos más plenamente a ella sin mantener ninguna distancia, es decir, dejando de ser observadores, jueces o actores. Éste es, precisamente, el punto en el que la técnica de la presencia incondicional diverge del focusing y de otros métodos reflexivos. En este caso existe una apertura completa a la experiencia sentida que nos permite entrar y fundirnos con ella, sin pretender encontrarle un significado ni hacer absolutamente nada. Lo que importa, en este punto, no es tanto lo que estamos sintiendo como el acto de abrirnos a ello.

Por ejemplo, recuerdo el caso de cierta cliente que tenía miedo a no ser nada porque, cuando miraba en su interior, no encontraba nada. Entonces le pedí que prestase atención a la sensación corporal de ese «miedo a no ser nada» y comenzamos a hablar de la posible relación existente entre esa sensación y su pasado (moviéndonos todavía, en consecuencia, en el campo de la investigación reflexiva) hasta que finalmente la invité a abrirse a la sensación de no ser nada, es decir, a entrar plenamente en ella y permitirse ser nada (momento en el cual, dicho sea de paso, la reflexión deja paso a la presencia). Al cabo de un rato, dijo: «Me siento vacía, pero en ese vacío tambien existe una gran sensación de plenitud y de paz». Debo decir que se sentía plena, porque no estaba desconectada sino, muy al contrario, presente, y experimentaba su ser de un modo muy tranquilo y sosegado. Entonces empezó a darse cuenta de que su sensación de vacío era un síntoma de la desconexión de sí misma que se veía reforzada por las historias y creencias que tenía acerca del núcleo vacío de su ser. Es innecesario decir que los sentimientos no siempre se transmutan con tanta facilidad; eso es algo que depende del cliente y de la relación que mantengamos con él, pero lo cierto es que, una vez experimentado, resulta más fácil volver a experimentarlo.

Aunque los sentimientos, en sí mismos, no necesariamente conducen a la sabiduría, el proceso de abrirnos a ellos sí que puede hacerlo. En el momento en que dejamos de estar separados de un sentimiento, éste ya no puede seguir manteniendo su aparente solidez, cosa que sólo ocurre cuando lo tratamos como un objeto separado de nosotros. Recordemos que el miedo a no ser nada de la cliente de la que hablábamos en el párrafo anterior sólo se mantuvo mientras se resistía a esa experiencia pero, cuando se abrió incondicionalmente a ella y dejó de lado la postura, actitud y asociaciones sobre «ser nada» que se remontaban a la infancia, esa división interna cesó, al menos durante un tiempo. Dicho de otro modo, cuando pudo permanecer presente en un lugar en el que antes había estado ausente, experimentó su ser, en lugar de su nada. Y, cuando dejó de estar atrapada en el miedo a no ser nada, ese «ser nada» se transmutó en el vacío pleno del ser.

Cuando el foco de la conciencia cambia desde un sentimiento -en tanto que objeto de placer o de dolor, gusto o aversión, aceptación o rechazo a nuestro estado de presencia con él, podemos descubrir los recursos y la sabiduría que oculta y pasar del reino de personalidad al dominio más amplio del ser. Así, cuando permanecemos presentes en medio del enfado se pone de relieve la fortaleza; cuando permanecemos presentes en medio del sufrimiento se pone de relieve la compasión; cuando permanecemos presentes en medio del miedo se ponen de relieve el valor y la confianza, y cuando permanecemos presentes en medio del vacío se ponen de relieve la paz y la amplitud del espacio, cualidades diferentes, todas ellas, del ser en que se manifiesta la presencia.

Así pues, el hecho de permanecer plenamente presentes nos permite superar, provisionalmente al menos, la lucha interna entre el ego y los demás, entre «yo» y «mi experiencia». A partir de ese momento todo se experimenta de un modo diferente, porque tiene lugar un cambio sentido que va más allá que la «mutación contenida» que Gendiin describe como el resultado del despliegue reflexivo. Un ejemplo de mutación contenida sería el enfado que aparece al desplegar el miedo que. a su vez. podría seguir desplegándose hasta poner de manifiesto el deseo de ser amado y la sensación de liberación al darnos cuenta de que nuestro propio enfado estaba alejando al ser querido. En mi opinión, sin embargo, todos estos cambios sentidos son "horizontales" porque, aunque pueden desplegar sentimientos y comprensiones más profundas, el proceso se mantiene dentro del reino de la personalidad. Pero la transmutación que acompaña a la presencia incondicional supone un cambio "vertical" en donde uno pasa de la personalidad a una cualidad más profunda del ser, al tiempo que se disuelve la onstelación fija observador/observado y, con ella, desaparece toda reactividad, contracción y lucha.

Obviamente, este tipo de trabajo de profundización no es rápido ni sencillo, ni tampoco conduce necesariamente a una transformación personal. Lo más frecuente es que, antes de que pueda tener lugar un cambio vertical, sean necesarios varios cambios horizontales y que, antes de que estos cambios puedan manifestarse en nuestra vida cotidiana, también se precise de un largo período de integración. Con todo ello no estoy negando que focusing y otros métodos reflexivos puedan provocar cambios verticales porque, cuando una persona se abre completamente a lo que está sintiendo, la personalidad -la actitud de enjuiciar, controlar y resistirse a la experiencia desaparece provisionalmente, un punto en el que, dicho sea de paso, los terapeutas sin práctica en la meditación puede tener varias dificultades.



Yo suelo insistir en que mis clientes reconozcan la naturaleza e importancia de esta entrada en la dimensión del ser en cuanto ocurre. Para ello les aliento a descansar ahí, a que se den cuenta de la nueva cualidad de su presencia y de la nueva actitud con que experimentan su cuerpo sin tener que moverse de inmediato a otro problema o a otra cosa. De ese modo, la sensación de presencia puede seguir profundizándose y poner de relieve nuevas facetas y nuevas implicaciones. En el caso de que el cliente empiece a sentirse incómodo, se resista o se disocie, siempre es posible volver a la indagación reflexiva para advertir lo que está ocurriendo (y descubrir entonces las viejas creencias, relaciones objétales o identidades que puedan estar interfiriendo el proceso) e investigar reflexivamente esas dificultades hasta que nuevamente pueda permanecer presente con la experiencia del modo descrito antes. Es así como la capacidad de estar presente va expandiéndose en la misma medida en que vamos trabajando con los obstáculos que vayan presentándose.

El enfoque contemplativo del trabajo psicológico difiere de la terapia convencional porque no está tan orientado a la solución del problema como a la recuperación de la presencia del ser a la que se accede mediante la apertura directa a la experiencia. Porque hay que decir que aquélla refuerza la división interna entre un «yo» reformador y un «mí» problemático que hay que cambiar, mientras que la transformación vertical alentada por la presencia incondicional, por su parte, promueve un cambio de contexto que acaba extirpando de raíz las condiciones mismas que permiten que surja el problema. En tal caso, la persona descubre que su actitud alienada, controladora o de rechazo del problema constituye, de hecho, una parte importante del mismo, con lo cual también puede descubrir nuevas formas de relacionarse con la situación problemática.

La presencia incondicional es más radical que la reflexión psicológica, en el sentido de que implica entregarse a la experiencia (como pone de relieve la afirmación de Trungpa: «permítase estar con la emoción, entregarse a ella y atravesarla») y aprende a cabalgar conscientemente sin verse desbordado por ella. Es evidente también que este enfoque no resulta adecuado para aquellas personas que carecen de la necesaria fortaleza egoica, personas que todavía no están en condiciones de dar un paso atrás y de reflexionar sobre sus sentimientos porque aún deben consolidar una estructura egoica estable y coherente. Para ello, precisamente, sirve el focusing, al ayudar a fortalecer el yo observador y situarse a la distancia justa del problema emocional. La presencia incondicional, por su parte, nos ayuda a eliminar radicalmente toda separación de nuestra propia experiencia.

La transmutación promovida por la presencia incondicional discurre por cauces diferentes en los ámbitos del trabajo psicológico y de la práctica meditativa. En el caso de la terapia, forma parte de un proceso dialógico y, por consiguiente, siempre se deriva del intercambio reflexivo. Reflexionar sobre lo que ha ocurrido en un cambio vertical nos ayuda a integrar la nueva cualidad de presencia en el funcionamiento cotidiano. En cambio, en el caso de la práctica meditativa, por el contrario, los estados mentales pueden transmutarse de un modo más inmediato y espontáneo sin necesidad de ir acompañados de un proceso reflexivo anterior o posterior. Cuando el meditador no se halla sumido en ningún tipo de actividad reflexiva puede trascender la conciencia dividida de un modo más profundo y sostenido. Sin embargo, el reto aquí consiste en integrar esta conciencia más profunda en la vida y en el funcionamiento cotidiano.




La autoliberación continua

Como antes he señalado, la transmutación todavía implica una leve dualidad, al menos al principio, en el sentido de que requiere algún tipo de esfuerzo para ir hacia la experiencia, abrirse y entrar en ella. Más allá de la transmutación se encuentran las posibilidades más sutiles de la presencia no dual que sólo se consiguen a través de la práctica meditativa avanzada. En la tradición del mahamudra/dzogchen, ése es el camino de la autoliberación, en el que uno aprende a permanecer continuamente presente al movimiento de la experiencia, ya sea pensamiento, percepción, sentimiento o sensación. En palabras del gran maestro dzogchen Paltrui Rinpoche, «basta simplemente con dejar que la mente descanse en el estado de cualquier cosa. sea lo que fuere, que aparezca». Este tipo de conciencia pura -despojada de toda reacción mental o emocionalde lo que emerge es la que permite que cada experiencia sea exactamente tal cual es, completamente transparente y libre de toda fijación e identificación dualista. La presencia pura permite la liberación de la corriente de la conciencia. Éste es el mahamudra. el mudra más elevado, la visión última que «permite que todos los seres sean tal cual son».

¿Cuál es este mudra supremo? En palabras de Tilopa, uno de los grandes maestros del mahamudra. «el mahamudra es la mente despojada de todo punto de referencia». Cuando dejamos de confiar en puntos de referencia -actitudes, creencias, intenciones. aversiones, ideas sobre uno mismo, relaciones objetabes para interpretar nuestra experiencia o para evaluar quiénes somos descansamos en el "centro" del ser, «en el punto inmóvil que se halla en medio de un mundo en constante movimiento hacia el que no nos acercamos ni del que tampoco nos alejamos». Esta sensación de «descansar en medio de la propia experiencia» no es una "posición" en «ningún lugar determinado». Nishitani describe esta acepción del término medio como «el modo de ser de las cosas tal cual son en sí mismas, es decir, la modalidad del ser en la que las cosas descansan en su singularidad plena. Se halla inmediatamente presente -y se realiza de inmediatoen el mismo lugar en que realmente estamos. Está continuamente "a mano" y "bajo nuestros pies" [...]. Todas las acciones implican una absoluta inmediatez y es precisamente ahí donde aparece lo que llamamos "medio"». Descansar, pues, en medio del ser significa permanecer en la presencia pura.

La conciencia dividida nos sitúa en un extremo del campo de la experiencia, siempre a cierta distancia de lo estemos observando. En cambio, cuando descansamos en el "medio" «se diluye por completo el punto de vista del sujeto que conoce las cosas objetivamente y también se desvanece todo conocimiento objetivo de uno mismo en tanto que ego». El tipo de autoconocimiento que aparece aquí es inmediato y no objetivador.


No se trata de un "conocimiento" en el que el yo vuelve y reflexiona sobre sí. No tiene nada que ver con el «conocimiento reflexivo» [...]. Este tipo de conocimiento [...] no es un reflejo del yo sobre sí mismo, sino una posición, por así decirlo, completamente directa e inmediata [...]. Y esto es así porque se trata de un conocimiento que se origina en el «medio», un conocimiento completamente no objetivo del yo completamente no objetivo, un conocimiento completamente no reflexivo [...]. En cualquier otro dominio, el yo es siempre reflexivo y se halla atrapado en su propio intento de identificarse [...]. Nunca puede ser el «corazón directo» del que hablan los ancianos.
La práctica última consiste en aprender a estar completamente presentes y despiertos en medio de cualquier pensamiento, sentimiento, percepción o sensación que aparezca, y verlo, en palabras del mahamudra//dzogchen, como el despliegue de la esencia luminosa y vacía de la conciencia del dharmakaya. Como ocurre con las olas del océano, los pensamientos no están separados de la conciencia, sino que representan la resplandeciente claridad de ésta en movimiento. Al permanecer despierto en medio de los pensamientos -y al reconocerlos como la energía luminosa de la concienciael practicante mantiene la presencia y puede descansar en medio del movimiento. Como señala Namkhai Norbu, «el principio esencial consiste en [...] mantener la presencia en medio del continuo cambio del pensamiento [...] Si uno considera el estado de calma como algo positivo que debe lograrse y la ola de los pensamientos como algo negativo que debe ser abandonado, sigue atrapado en la dualidad apego/rechazo y no hay modo alguno de superar el estado ordinario de la mente».

Es la fijación dualista, la tensión entre «yo» y «mis pensamientos» (en tanto que "lo otro") lo que convierte al pensamiento en algo problemático , turbulento y “vicioso”, como el bebé de alquitrán al que el conejo Brer más se pega cuanto más trata de alejarlo. Los pensamientos sólo se vuelven densos y compactos cuando reaccionamos ante ellos, de modo que cada reacción desencadena más pensamientos que van así encadenándose en lo que parece ser un estado mental continuo. Estas cadenas se asemejan a una carrera de relevos en la que cada nuevo pensamiento recoge el testigo del pensamiento precedente y corre con él durante un rato para acabar pasándoselo al siguiente. Pero si el meditador puede mantener su presencia en medio del pensamiento -sin identificarse con él ni rechazarlo desaparece todo testigo que pasar y el pensamiento acaba desvaneciéndose. Pero, por más sencilla que parezca, esta práctica requiere un gran entrenamiento y disciplina.

Cuando uno puede permanecer serenamente presente en medio de los pensamientos, percepciones o emociones más intensos, éstos acaban convirtiéndose en una parte importante de la práctica contemplativa, una oportunidad para descubrir una cualidad de la conciencia que impregna por igual toda actividad. En palabras de Tarthang Tulku:
¿Es posible convertir al pensamiento en meditación? [...]. ¿Cómo podemos entrar en ese estado? En el mismo momento en que tratamos de separarnos del pensamiento estamos generando una dualidad, una relación sujeto/objeto. Entonces es cuando rechazamos nuestra experiencia y nos separamos de ella, perdiendo el estado de conciencia [...]. Pero cuando nuestra conciencia permanece en medio del pensamiento, el pensamiento mismo acaba disolviéndose [...]

Manténgase, desde el mismo comienzo [...] en el pensamiento [...] permanezca simplemente ahí [...]. En tal caso se convertirá en el centro del pensamiento -aunque, en realidad, ahí no exista ningún centro y ese centro será el equilibrio. Pero aunque ahí no exista «ser», «relación sujeto/objeto» ni categoría alguna, al mismo tiempo, existe [...] la apertura más completa [...].


pojándonos de todo pensamiento. Entonces es cuando todo pensamiento se convierte en meditación [...]

Poco importa, cuando nos adentramos en esa dimensión, lo que estemos haciendo: poco importa que estemos conduciendo, sentados, trabajando o hablando; poco importa que estemos emocionalmente apasionados o inquietos; poco importa que nuestra mente se halle desbordada por las cosas más terribles; poco importa que no podamos controlamos o que nos sintamos deprimidos |...] porque, en cualquiera de esos casos, ahí seguirá sin haber nada [...j o, dicho de otro modo, cualquier cosa que aparezca acabará formando parte de su meditación. Poco importa, cuando la conciencia se despierta y nos fundimos con el pensamiento, que estemos tensos, porque ese mismo instante puede ser más intenso y poderoso que la más prolongada de las meditaciones.
Aquí no es preciso recurrir a ningún tipo de antídoto, ni la comprensión conceptual, ni la reflexión, ni el «paso hacia atrás», ni el desapego, ni la atención testigo. Cuando uno está completamente presente en el pensamiento, en la emoción o en la inquietud, todo se relaja y se vuelve transparente al fundamento mismo de la conciencia. Entonces la ola se disuelve naturalmente en el océano, la nube se desvanece en el cielo y la serpiente se desenrosca sola. Y, a este respecto, todas las metáforas dicen lo mismo «Ello se autolibera».

La autoliberación no es un proceso dialógico sino la realización «directa con el corazón» de la vacuidad del ser. De este modo se posibilita el conocimiento íntimo de la realidad, como dice Nishitani cuando escribe que «las cosas sólo nos revelan su esencia [talidad] cuando renunciamos a la circunferencia y saltamos al centro», un «conocimiento del no-conocimiento» que representa una apertura y una conexión plena con las cualidades autorreveladoras del yo, del mundo y de los demás.

Quien puede permanecer completamente presente en medie de los pensamientos y emociones ilusorias deja de preocuparse por la distinción entre samsara y nirvana, entre la conciencia convencional y la conciencia despierta, entre la dualidad y la no dualidad, un estado que se conoce como Un Solo Sabor. Cuando uno deja de estar atrapado en la conciencia dividida, la dualidad relativa o la tensión entre uno y los demás, la vida cotidiana deja de ser un problema. En tal caso es posible funcionar de acuerdo a las reglas convencionales de la dualidad cuando tal cosa es apropiada y abandonarlas cuando ya no lo es. La interacción entre yo y los demás también deja entonces de ser un estorbo y se transforma en un baile cómico, un intercambio energético, un puro ornamento.




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