Programa de formacion para laicos-as



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PASOS PARA LA ORACIÓN
1. Preparación a la oración

Al igual que nos preparamos para ir a visitar a un amigo muy querido y pensamos qué llevarle. En el camino nuestro corazón va disfrutando del encuentro. De esa misma forma, es importante prepararnos para la oración, que es el encuentro con el mejor de los amigos.

Al despertarse, sin dar lugar a otros pensamientos, darse cuenta de qué es lo que va a meditar en la primera hora. Preguntarse a dónde voy a qué...
Durante unos quince minutos voy pensando en las siguientes cosas:


  • En qué lugar voy a orar (capilla, jardín, cuarto...). Que sea un lugar recogido para la oración, sin cambiarlo durante el tiempo establecido para la oración.

  • Decidir qué postura voy a tomar en este tiempo de oración que más me ayude al recogimiento. Normalmente evitar orar caminando. La persona reza no sólo con su mente, sino también con todo su ser, también con su cuerpo. ¡Es toda la persona que reza! Así como el interior puede configurar lo exterior, así también lo exterior, la postura, puede ayudar a lo interior.

  • Tener claro cuánto tiempo voy a dedicar a este ejercicio de oración, para ser fiel a ese tiempo establecido (30 minutos... 45 minutos... 1 hora...). "No es bueno ni alargarlo ni acortarlo". Si tuviere dificultad en mantenerme en el tiempo estipulado, quedarse un minuto más del tiempo previsto, y no abreviarlo. Es un tiempo consagrado a Dios.

  • Calmarse. Puede ser oyendo los sonidos que vienen de lejos o de cerca por algún tiempo, tomando conciencia de lo que se siente en cada parte del cuerpo, mirando durante un tiempo a un punto fijo, etc. Ayudará, quizás, hacer algún ejercicio de relajación. Sentir cómo el Padre me mira, me ama... La tensión, la angustia, son señales de que la persona cuenta más con su esfuerzo que con la presencia de Dios. Preséntese pobremente ante Dios para que El haga con Vd. su obra. Ábrase humildemente a la gracia!

  • Determinar cuál será el tema de nuestra oración y qué método vamos a seguir (meditación - contemplación...).

  • Hacer un acto de fe preguntándonos:


. ¿a dónde voy?: "a encontrarme con Jesús",

. ¿a qué voy...? : " a más conocerlo, amarlo, seguirlo, para mejor servirlo".





2. Desarrollo de la oración

Pautas que pueden ayudar, sin olvidar que la "Espíritu sopla y lleva por donde El quiere".



Al llegar a donde está el amigo sería comenzar por el:


  • Presencia de Dios. Reavivar el reconocimiento de que Dios está presente y es alguien. Hacer un acto de fe y amor. "Señor, aquí estoy. Creo en tu presencia y cariño". Reavivar nuestra conciencia de ir a dedicar el tiempo a pensar en mis relaciones con El y su plan sobre mi existencia y su salvación para este mundo [75].

  • Oración preparatoria. "Que no sea sordo a tu Palabra y que todas mis intenciones, deseos, actitudes se vuelvan totalmente para tu servicio y alabanza". Pido gracia para mantener la orientación definitiva de mi esfuerzo en la meditación o contemplación hacia el sentido de mi vida [46].

    • Conviene, también, en este momento por así decirlo, "colocar en las manos de Dios" toda preocupación personal o lo que podría "distraerme" en este ejercicio espiritual. Pedir que Dios cuide de todo.

  • Gracia a pedir. Pedir la luz y la acción del Espíritu Santo para "entrar" en el asunto de la oración y alcanzar lo que se pretende. Cada oración (ejercicio) va en búsqueda de alguna gracia que se necesita y de algún fruto que se quiere alcanzar. De ahí que la petición hay que hacerla de acuerdo al fruto que se pretende. Fruto que yo en alguna manera he podido preparar, pero también me sobrepasa... [48].

    • ¿Cuál es la experiencia de recibir una gracia? ¿Cuál es el significado de gracia? ¿Por qué Ignacio insiste en que solicitemos una gracia? Lo central de esta idea es de que el crecimiento en la oración es don de Dios y no fruto de nuestro trabajo personal, aunque el Señor pide nuestra colaboración. No se pide, por eso, solo al comienzo, sino también durante la oración y, principalmente, en el coloquio final.

    • Cuando pido una gracia determinada, referente a una área de mi vivir, yo la coloco abierta a la acción de Dios. Con eso la gracia pedida, de carácter más general, se va particularizando de acuerdo a mis necesidades.

  • Materia o cuerpo de la oración. Según sea meditación o contemplación. En general el criterio fundamental es que al ir consiguiendo el fruto, ahí debe reposarse, sin tener ansia de pasar adelante, hasta que se satisfaga: "no el mucho saber...". Voy siguiendo con naturalidad el orden de los puntos que he ido preparando, sin saltarlos, pero sin excesivo rigor. Ahí donde el fruto va apareciendo, y donde se me descubre más profundamente o me llega más hondamente, en mociones del Señor, ahí me detengo sin prisa para ir adelante [76]. Cuando ante ciertos textos encuentre resistencia a entrar, debe insistir en la reflexión y oración. Es la típica aridez o bloqueo o desolación, aburrimiento, que en realidad no hace más que manifestar el conflicto y la resistencia ante las mociones del Espíritu. No es el momento para examinar qué me está pasando, sino para seguir orando y tratando de comunicarme con el Señor. Tendré el cuidado de cumplir el tiempo que me había fijado para la meditación o contemplación aún en estas condiciones adversas [12.13].

  • Coloquio final. De la misma forma que no salimos de la casa de un amigo sin despedirnos, la oración tampoco la tenemos que terminar sin una despedida afectuosa. No cortar la oración en seco.

    • A esta despedida Ignacio la llama "coloquio": quiere decir, una plática chica, amena, cariñosa, entrañable, con alguna de las personas divinas, o con María, con Jesús, con algún santo, santa... Se trata de recoger los sentimientos más al grano...

  • Oración vocal. Concluir con un Padre nuestro o una Ave María o un Gloria al Padre (u otra oración vocal). Conviene, también, iniciar y concluir todo el ejercicio con la SEÑAL DE LA CRUZ (un gesto que envuelve nuestro cuerpo).

  • Revisión de la oración. No hay que dejar desvanecer la oración. Se trata de re-mirar lo que ha pasado, evaluar lo vivido, tratando de tener presente, sobre todo, cómo Dios fue actuando. Cuál fue el texto más significativo (frase, palabra, imagen), el sentimiento más significativo, las llamadas y dificultades. Revisar las distracciones que me impidieron hacer la oración. Lo puedo hacer inmediatamente o dejando algún intervalo de descanso [77]].

    • Cambiar de postura: si hicimos la oración sentados, salir a caminar. Tomar nota de lo más importante de la revisión, pues eso nos ayudará a ver más tarde el camino por donde Dios me fue conduciendo y qué llamados concretos me hizo. Duración: 15 minutos.




  1. Examen de la oración (La revisión de la oración)

Es el complemento indispensable de la meditación-contemplación. Es un instrumento para ayudarnos a reflexionar sobre la experiencia de oración, percibir la acción de Dios en nosotros. La revisión misma es oración. Hay una cosa fundamental en los EE. y que es lo que más nos enseña: saber, tener conciencia de lo que nos pasa en la oración. Nuestro crecimiento espiritual depende mucho de esto.

En la revisión vamos a saber el fruto que hemos sacado de la meditación-contemplación, a distinguir el verdadero fruto del falso, la verdadera consolación de la falsa, y cuando ha aparecido la desolación, conocer sus causas y ponerle remedio. Vamos a darnos cuenta por dónde nos quiere llevar el Señor. La pregunta es: ¿qué ha ocurrido? Es un ejercicio de discernimiento.

Lo importante es captar el proceso, el sentido como ocurren las cosas, la concatenación de lo que ocurre. Darme cuenta de sentimientos, estados de ánimo más que de comentarios. En este sentido la pregunta más clara es: ¿por dónde me tira el Señor, a dónde me empuja?

¿Qué no es la revisión?
No es la descripción, paso a paso, al nivel de las ideas, de lo que aconteció en la oración. No se trata de recoger y anotar las conclusiones de la oración, cómo comprendí el texto bíblico a un nivel descriptivo-nocional.

No es un examen para buscar culpas.

¿Qué es la revisión?
Se trata de mirar lo que ha pasado, lo que he sentido... revivir mi oración y sacar experiencia.

Es una tentativa de registrar el resultado de la experiencia al nivel del sentir: qué siento al respecto de lo que me ocurrió durante la oración.

Es un examen crítico de nuestra propia oración, una explicitación de la experiencia personal que se ha hecho en la oración, que nos permite progresar, hablar de ello con más precisión para hacernos ayudar y ayudar a descubrir la manera como Dios nos conduce.

Se trata de revivir mi oración y sacar experiencia. La cuestión clave es: qué aconteció durante y al final de la oración. No, qué ideas, conocimientos nuevos tuve, sino lo que siento/sentí al respecto.


¿Cuáles son los logros a largo plazo?


Es una manera de progresar en la oración: poco a poco se llega a conocer y reconocer sus "entretelas" y los distintos niveles de la historia personal, refrescando/reactualizando la memoria en este campo.

La revisión de la oración, sobre todo, permite reconocer, recibir de Dios nuestra verdadera personalidad espiritual al estar uno atento a los gustos, a los deseos que El nos da, a las luces, a la manera como El nos habita, etc.

Nos permite también unificar suavemente nuestra vida espiritual y nuestra vida muy estrechamente. Al ser más conscientes de lo que pasa en nuestra oración, facilitaremos su impacto en nuestra vida, su articulación con lo que vivimos.

Durante el tiempo de EE., sobre todo los de duración larga, las revisiones de la oración serán una ayuda-memoria con vistas a la entrevista con el acompañante. Su relectura, al momento de la elección, indicará las líneas de nuestro proceso vocacional.


¿Cómo se hace?
- Como todo examen de experiencias. La experiencia es la maestra de la vida de cada uno.

- El examen es también oración, otro modo de oración. Es oración sobre la oración: recoger conscientemente y en diálogo con Dios la experiencia tenida en la oración.

- Dejar pasar como en película la oración tenida. Fijar la atención en cómo me ha ido:

. si me ha ido mal: mirar si he puesto de mi parte mi grano de arena; o si no lo he puesto por mi culpa, o en qué he fallado, qué se me ha olvidado hacer o he hecho mal. Lo hacemos así para poder rectificar, sabiendo dónde he fallado. Aprendo de mi propia experiencia. Le digo a Jesús que lo siento, propongo el cambio y adelante;


. si he puesto de mi parte lo necesario: miro la secuencia de mis sentimientos, cuáles fueron (consolación/desolación), cuándo se suscitaron (con ocasión de qué), y veo por qué me han venido y a dónde me conducen, y pido ayuda y doy gracias.

- Es bueno descubrir por qué me ha venido la desolación para aprender a evitarla. Y la consolación, para ver por dónde me va a mí la alegría, y qué me quiere decir Dios con todo ello.

- Para terminar esta introducción es importante recordar que no nos debemos preocupar en hacer la revisión durante la propia meditación-contemplación. Se hace al final de cada ejercicio, por escrito, sin interferir en la comunicación con Dios durante la oración. Sería de anotar lo que fue significativo y sobre lo que será interesante conversar con el acompañante o simplemente para su memoria personal.
4. Paseo en silencio
Dejar que la oración se desvanezca suavemente. Un diálogo personal con un amigo nunca se corta en seco... La corriente de sentimientos se va desvaneciendo evocando el rato pasado. Relax de lo que he vivido y convivido. No cortar en seco el diálogo vivido en la oración, sino dejar que las vivencias se vayan posando sin brusquedades...
5. Las distracciones
¿Qué hacer cuando me vienen distracciones o me sorprendo distraído sin querer?


  • No tratar de luchar contra la distracción: me distraería doblemente. Caer en la cuenta que estoy distraído y reconocerlo. Asumir la distracción, recogerla y como si fuera un objeto apartarla suavemente, y volver a la oración.

  • Recoger el hilo de la oración donde se dejó. Hacer de nuevo la petición o ponerse en la presencia de Dios.

  • Distracciones más profundas, más molestas.

    • Si la distracción proviene de un problema que me angustia, y no me puedo quitar de la cabeza o corazón (situaciones, hechos, personas...), hacer oración desde la misma distracción, comentar el asunto con Jesús, con el Padre o con María..., y, una vez, más tranquilo vuelvo a mi petición, oración...

  • En el examen mirar las posibles causas de la distracción.

  • ¿Qué hacer cuando , en lugar de hacer la contemplación, me pongo a darle a la cabeza, tengo "dudas", "no entiendo", y dale y dale al pensar...?

    • Es como cuando como frijoles y me encuentro con una piedra... ¿Qué hago con la piedra? La aparto y sigo comiendo los frijoles. Si me quedo con la piedra intentando masticarla terminaré diciendo: "casi se me rompe la muela...", "casi se me rompe la cabeza..." Ahora a contemplar... Ya habrá tiempo de plantearse lo otro... Cada cosa a su tiempo.



LA MEDITACIÓN - CONTEMPLACIÓN EN LOS EJERCICIOS DE MES
Don y tarea
La meditación y la contemplación son la colaboración consciente de cada uno de nosotros a la inspiración del Señor. La "Regla de oro" sería:

- asumir mi responsabilidad como si sólo de mí dependiera el proceso de la meditación y/o contemplación y sus frutos,

- y esperarlo todo del Señor como si solo de El dependiera.

La meditación-contemplación en los EE. no es inteligible sin la confianza en la intervención de Dios en nuestras vidas; más aún, sin las mociones interiores del Espíritu. Pero tampoco va ordinariamente a suceder esta moción del Espíritu sin la más seria responsabilidad de nuestra parte.


El fruto de la meditación-contemplación
Tenemos que entrar en la oración con la actitud de estar dispuestos a recibir la gracia de Dios. Y esto requiere que la solicitemos como el pobre que no tiene nada y espera el favor de otro. El crecimiento en la oración es un don de Dios y no fruto de nuestro trabajo personal, aunque el Señor pida nuestra colaboración. No se pide, por eso, sólo al comienzo sino también durante la oración y, principalmente, en el coloquio final.

Esta gracia se va concretizando en los frutos que se pretenden conseguir en las meditaciones-contemplaciones que se van planteando. Ignacio alude a estos frutos que debemos pedir y esperar del Señor en nuestras meditaciones-contemplaciones [48], y que debemos responsablemente querer y buscar: "lo que quiero y deseo" [76].

El proceso de los frutos de cada meditación-contemplación hace el fruto de cada semana; y el fruto de las cuatro semanas hace el fruto de los EE. Su experiencia, confrontada con la tradición de la Iglesia, le hizo ver que sucede una cierta secuencia de frutos en todo proceso de conversión y radicalización cristiana.

Se trata de que estos frutos me involucren y afecten más o menos intensamente, me comprometan y me impulsen a la acción, y esto sucede al revivir mi historia, al situarla en la historia y relacionarla con la historia de Jesús.



Estos frutos Ignacio los expresa en forma de afectos que se deben conseguir, actitudes que debo ir buscando [65.91.104]. Para esto utiliza elementos afectivos, imaginativos, aclaratorios. Al ir consiguiendo ese fruto en la meditación-contemplación, ahí debo reposarme sin tener ansia de pasar adelante, hasta que me satisfaga [76]. Para que ese fruto empape hondamente nuestra conciencia se hacen repeticiones diarias de las meditaciones-contemplaciones [62] y finalmente los resúmenes [64].

¿Qué hacer ante cierto material de meditación o contemplación o aspectos de mi historia a los que me voy a resistir a entrar? Es la típica aridez o bloqueo o, más aún, puede ser la desolación. No se trata de que estoy cansado sino que entro al conflicto y a la resistencia ante las mociones de la Espíritu. En estos casos debo insistir en la meditación-contemplación hasta completar el tiempo que tenía asignado [12.13]. Al no lograr el fruto deseado, normalmente hablando, deberá hacer de nueva cuenta la misma meditación-contemplación [2].


Preparación de la materia para alcanzar el fruto
Ignacio sugiere el fruto. A mí me toca responsablemente saber si de verdad quiero y deseo conseguir ese fruto. Según ese fruto debo disponer la materia o puntos de modo de poner todo de mi parte como si de mí dependiera, profundizando en aquellos aspectos que me van a conducir al fruto requerido para afectarme, reverenciar o imaginarme las cosas de modo que me atañan, involucren y comprometan. Cada quien debe prepararlos según él aprecia que le van a ser necesarios o útiles para el fruto que él busca conseguir con la ayuda del Señor.

Hacerme consciente que este fruto que busco tiene relación con el fruto de cada semana y con el de todos los EE. Hacerme consciente que este fruto que yo deseo y pretendo conseguir, no solamente depende de mi esfuerzo, sino que es un don del Señor que debo pedir, incluso para encontrar la forma adecuada y los puntos apropiados para conseguirlo.


Nuestra actitud en la meditación-contemplación
El clima en que se debe desenvolver es el de quien desea vivir la vida cristiana en serio y radicalmente (sentido de la oración preparatoria) [46.19]. En un clima de quien sabe que el fruto que busco es un don de Dios y lo pide y lo espera (segundo preámbulo: "demandarlo que quiero...") [55]. En un clima en que va a buscar el fruto responsablemente, abriendo la plenitud de su persona para hallarlo, pero que, al mismo tiempo, es consciente de que su esfuerzo se puede encontrar o dar con una resistencia estéril, en conflicto y lucha. En un clima de apertura a la comunicación personal con Dios, con Jesús... (coloquio) [61].

REPETICIÓN. APLICACIÓN DE SENTIDOS.
Somos nuestra sensibilidad
Los afectos, que Ignacio da por supuesto que están condicionados y afectados desordenadamente, tienen mucha relación con el problema de la sensibilidad. Nuestra sensibilidad no es tan neutral como creemos. Somos nuestra sensibilidad.
Cuando nosotros deseamos algo profundamente, es que antes lo hemos visto, oído o tocado... "porque nuestra sensibilidad, soberana de nuestras personas, les dicta lo que deben amar o detestar". Y lo que creemos que está menos condicionado, nuestra sensibilidad, está también condicionado. Nunca vamos a hacer una cosa que no nos guste, que nos repugne, que "nos huela mal". Lo decisivo es nuestra sensibilidad.


"No el mucho saber sacia el alma, sino el sentir y gustar internamente". Cuando una persona saca el carnet de conducir, sabe mucha teoría, pero su sensibilidad no está hecha. En cambio, si el conductor, al cabo de un año, ha seguido manejando el carro, sabrá conducir. ¿Qué ha pasado? Que su tacto, vista, oído, se han estructurado en eso que llamamos "saber conducir". Se ha "sensibilizado". Por ahí iría lo del "conocimiento interno". A través de la repetición, la sensibilidad ha adquirido el conocimiento perfecto. La sensibilidad es el culmen del conocimiento. Cuando nuestra sensibilidad se ha incorporado a una tarea, la hacemos espontáneamente. Ahí es donde culmina la praxis, según Ignacio.
¿Por qué la insistencia de Ignacio de imitar a Cristo en el uso de los sentidos, cfr. [248]? Porque si nuestra sensibilidad fuera la de Jesús, nuestra praxis estaría mejor resuelta. La sensibilidad es lo que está en contacto con la realidad; la praxis nos la jugamos no en lo que pensamos ni en lo que deseamos, porque somos incongruentes con lo que pensamos, somos veleidosos y cambiantes en nuestros afectos, pero somos tremendamente constantes en nuestra sensibilidad. Ignacio quiere que nuestro seguimiento de Jesús culmine a través de la aplicación de los cinco sentidos. A donde hay que acceder a través de la repetición, es al mundo de la sensibilidad, para que se vaya estructurando de una manera distinta.
La "repetición", un camino para el cambio
Ni el gran entusiasmo, ni un profundo conocimiento, ni un deseo intenso, sino la prosaica repetición es la única que va desmontando las estructuras de nuestra sensibilidad.
A través de la aplicación de los sentidos se puede ir haciendo real el seguimiento de Jesús pobre y humillado. Hay que desmontar una sensibilidad para crear otra. Cuando nuestra sensibilidad va siendo la de Jesús, los deseos se van ordenando desde esa sensibilidad reestructurada. Si mis repugnancias son las de Jesús, mis deseos no irán hacia donde tengo repugnancia. La culminación y la genialidad más seria de Ignacio en los EE. es la acentuación de la sensibilidad frente a todo lo demás. Ahí nos la jugamos todo. Este es el papel de la aplicación de sentidos a lo largo de todo el proceso.
En los santos nos sorprende la espontaneidad del comportamiento. Rivadeneira dice que Ignacio "intentaba conocer la inclinación de cada uno para gobernarlo conforme a ella y llevarlo así más suavemente a toda perfección". La perfección está unida a la suavidad, no a la violencia. El que toca el piano o la guitarra es perfecto cuando parece que es otra persona la que está tocando, por la facilidad, la suavidad, con que lo hace, sin tensión ni violencia. Tiene la sensibilidad del instrumento incorporada a su conocimiento, porque la sensibilidad es el culmen del conocimiento. Pero esto es un proceso que dura toda la vida.
Los EE. no son algo que uno hace una vez, sino una tarea que se lleva a cuestas toda la vida. Solo seremos congruentes cuando nuestra sensibilidad coincida con nuestra mentalidad porque, para Ignacio, la praxis está en la sensibilidad.
La repetición [62-63]
Es una de las dinámicas más importantes de los EE., aunque sea una de las más difíciles para el ejercitante de incorporar a su práctica.

¿De qué se trata?


Es una forma de oración destinada a interiorizar la experiencia espiritual ya hecha. No se repite porque no ha sido bien hecha o, simplemente, para renovar lo ya realizado. Se repite porque se lanza uno, en la fe, a un nuevo mirar que procura profundizar en la comprensión del misterio.

En la repetición se presta atención tanto a los puntos positivos como a aquellos más desconcertantes o negativos.
¿Cuál es el fruto que se pretende?
Profundizar más hondamente en los frutos pretendidos y completar dichos frutos. Aspectos que parecen necesarios o muy útiles para consolidar la claridad, profundización, vivencia o afecto que el Señor nos concedió en las meditaciones-contemplaciones anteriores.

El ritmo de la oración no lo fija el acompañante. Lo marca Dios por los sentimientos de consolación, desolación..., paz, alegría... resistencias. El acompañante, animador... solamente es ocasión que suscita, despierta... levanta la liebre... y cada uno tiene que ir detectando por dónde Dios le va insinuando, por dónde le va llevando.


Repetir, ¿qué?, ¿cómo?...
Es prestar atención a Dios allí donde le encuentre. Discernir por dónde Dios me lleva.

- Es repetir..., pero no todo, ni cualquier cosa, ni los puntos que "el que da los ejercicios" ha propuesto.

- Sino "notando los puntos en que he sentido mayor consolación o desolación o mayor sentimiento espiritual". Estos serán los puntos sobre los que haré la repetición.
Y ¿cuáles son estos puntos?


  • Repaso los exámenes de la oración..., anoto o subrayo los momentos de consolación o desolación o de mayor sentimiento espiritual, y a propósito de qué me han venido (el contenido en el que estabas). Aquellos aspectos de nuestras meditaciones-contemplaciones del día en que hemos conseguido más fruto y hubo más gracias y consolaciones del Señor. Y aquellos que supuestamente deberían habernos ofrecido claridad y mociones, pero que por algunas causas que detecto en la revisión de la oración, más bien no pudieron ser profundizados. Revisar lo que ha sido anotado en el cuaderno (evaluación de la oración). Tener presente que muchos tienen dificultad con esto, principalmente por escribir más las conclusiones de su oración que el resultado de la experiencia.

  • Estos serán los puntos: constantes que se repiten..., momentos que se destacan del conjunto por los sentimientos que han provocado en mí..., qué cosas me han agarrado más en la oración...

  • Precisamente los sentimientos que he tenido están diciéndome que son momentos y contenidos significantes para mí. Por eso los recojo y los repito. Son palabra que quiere decirme algo, que tiene relación con mi vida: algo personal y específico.

  • Es, además, lo que resuena en mi al poner mi misterio personal en diálogo con el misterio de Dios. Son las resonancias de mi encuentro con Dios y de Dios conmigo. Son palabra de Dios a mí en este momento concreto. Es dejarle a Dios que me ponga los puntos para mi oración. Los puntos concretos que a mí en concreto y en mi momento concreto Dios me pone..., y que percibo al mirar mi experiencia de diálogo personal con El y ver mis resonancias.

  • Es ir percibiendo el paso de Dios por mi vida, su ritmo conmigo..., su manera de hablar.

  • Y uno percibe también la actividad incansable del "enemigo de natura humana", siempre intentando estorbar e impedir ese diálogo positivo con Dios... Las resistencias, chirridos y sentimientos que en uno produce.

"Y haciendo pausa en ellos..."




  • Así hago la oración. Precisamente por lo comentado anteriormente nos paramos aquí, con paz, sin prisa... Es un ejercicio de profundización.

  • No solo pararme en las consolaciones, ni solo en las desolaciones... Descubrir a Dios para abrazarme a El, y descubrir al "enemigo" para darle la patada.

  • Por eso, "haciendo pausa", remansándome en ellos para que la luz se vaya haciendo... Sin prisas… "SENTIR Y GUSTAR".

  • En definitiva, se trata de revivenciar, de sentir y gustar internamente, incluso el hastío, el fastidio... Ignacio insiste en repetir, resumir, ir despacio volviendo a recordar, ver, imaginar... Puede, al principio, resultar duro y distractivo. El éxito es la paciencia tranquila que no fuerza las situaciones.


Método ignaciano de las repeticiones
¿Qué es lo más genuino del método ignaciano?
Los Ejercicios son un itinerario espiritual muy coherente, muy estructurado; nada arbitrario ni caprichoso. San Ignacio va indicando minuciosamente el fruto que el ejercitante debe sacar de cada meditación, de cada ejercicio.

Pero lo más interesante es el "cómo": cómo lograr ese fruto. Eso es lo más genuino del método ignaciano. Y tal vez el mejor resumen de este "cómo" sea la conocidísima frase que escribe Ignacio en su 2ª anotación:



"No el mucho saber harta y satisface al ánima, mas el sentir y gustar de las cosas internamente".

Esta palabra, "internamente", se va a repetir con mucha frecuencia en los Ejercicios: "Conocimiento interno" será la petición de muchas de las meditaciones o contemplaciones. Y es importante que el que hace los Ejercicios entienda bien qué significa esto.


"Conocimiento interno"
No se trata de meditar a base de contenidos ideológicos. No hay que leer mucho. No hay que dar o tomar "puntos" muy largos. Bastan unas pocas ideas, no para llenar la meditación, sino para que sean el punto de arranque de esa meditación.

No se trata tampoco de los sentimientos: de despertar en uno mismo o forzar muchos sentimientos hacia fuera. Sino de sentir y gustar de las cosas internamente.

En el fondo, lo que quiere Ignacio es llegar, no a la cabeza, no al sentimiento, ni mucho menos a la voluntad del ejercitante; sino llegar a su sensibilidad. Es decir, a su última interioridad más íntima, a su raíz de persona.

Educación de la sensibilidad. Aplicación de sentidos.
Y por eso destaca en los ejercicios la "aplicación de sentidos" por la que Ignacio quiere que toda la sensibilidad del ejercitante quede impregnada, quede cristianizada.


Porque, en último término, es aquí, en nuestra sensibilidad, donde se juega nuestro ser de cristianos. Es más fácil convencer a nuestra cabeza; es más fácil provocar nuestro sentimiento; es más fácil estimular nuestra voluntad. Lo que más se resiste, lo que más nos cuesta dominar, es la sensibilidad.

¡Cuántas veces hemos vivido esta experiencia contradictoria: ver claramente lo que tenemos que hacer, querer hacerlo... y encontrar, en un momento dado, que nuestra sensibilidad se resiste; que aún no está educada, ejercitada, ágil, con reflejos...!

Es como tocar el piano o conducir un carro. No lo hacemos bien mientras no tengamos sensibilidad de pianista, o reflejos de conductor.

No basta con saber conducir, conocer la teoría de las marchas del carro, las señalizaciones... No basta tampoco con querer conducir bien. Mientras no hayamos adquirido reflejos, mientras no conduzcamos casi sin darnos cuenta, no habremos adquirido sensibilidad de conductor; iremos dispersos y pendientes de varias cosas, agarrotados sobre el volante.

Este es el nivel de sensibilidad, fundamental en el método ignaciano.

Si se tienen reflejos y sensibilidad de pianista; si se ha establecido ya (y esto solo se consigue a fuerza de ejercicio) esa vinculación entre la partitura que se lee y los dedos que se mueven sobre el teclado..., puede ser que un día no quiera tocar el piano, que no me apetezca o que me duela la cabeza. No tiene nada que ver. Yo sigo siendo pianista. Porque sigo poseyendo esa sensibilidad.

Nuestro fracaso diario en la vida cristiana es que la vivimos con pensamientos cristianos, con sentimientos cristianos, incluso con voluntad cristiana, pero con sensibilidad pagana, no evangélica.

Y por eso hay que ir educando esta sensibilidad. Hay que ir evangelizándola. Ése es el fruto y el fin de la "aplicación de sentidos" de Ignacio.


Encontrar el ritmo de la oración.
Pero es también fundamental, para el que hace los Ejercicios ignacianos, encontrar su ritmo de oración. Y el problema del ritmo es delicado y difícil. Porque todos estamos mal acostumbrados a devorar rápidamente contenidos ideológicos; a pasar velozmente a otros nuevos, confundiendo información con asimilación. Porque vivimos todos en una especie de neurosis informativa que nos ha llevado a creer y a vivir en un peligrosísimo error. Hoy, prácticamente, todos creemos que conocer es igual a estar informado.

Para conseguir esta impregnación lenta y honda, ese conocimiento interno, Ignacio señala unas meditaciones, unos "ejercicios" que él llama "repetición".

Se trata de volver a hacer la meditación, como dice Ignacio, "notando y haciendo pausa en los puntos que he sentido algún conocimiento, mayor consolación o desolación, o mayor sentimiento espiritual, después de lo cual haré tres coloquios".

Por tanto, repetir y pedir.

Espontáneamente, y por deformación de nuestro ritmo actual de información, sentimos cierta repugnancia a volver otra vez sobre meditaciones que ya hemos hecho.



EL RESUMEN
Es la última vuelta a la materia de las dos o tres meditaciones hechas antes, con su repetición.
¿A qué se orienta? A permitir que se asienten más hondamente los afectos que se movieron en las meditaciones anteriores y las claridades que tuvimos antes.
¿De qué se trata? Es una manera de reminiscencia, como de hechos, situaciones, relaciones y realidades a los que hemos dado muchas vueltas, y que ahora con sólo irlos recordando, y con sólo repasarlos lentamente en diálogo con el Señor, abren en nosotros un eco y resonancia afectiva, que nos permite ganar en claridad, sensibilidad y profundidad.

Algunas veces nos podemos ayudar de oraciones ya conocidas o de salmos. Lo importante es caracterizar con cuidado el fruto que pretendemos [64].


ENTREVISTA
¿Qué es?


  • Poner en común con otro cómo te va, cómo te sientes. Explicarle lo que experimentas. Es un confrontar para no despistarnos (espejo).

  • Una ayuda para poder discernir y personalizar. Ayuda para no liarse, ayuda para no escaparse uno de sí mismo o de Dios. Ayuda para no ocultarse cosas a uno mismo, para objetivar y ver las cosas en su verdadero valor, que cuando estoy en desolación o eufórico puedo distorsionar.

  • Ayuda para ir aclarándose, para ir analizando la propia experiencia: si va bien, para seguir por ahí..., si va mal, descubrir caminos para poder evitar...

¿Sobre qué?


- Sobre lo que me va pasando. Si voy haciendo bien o no.

- Sentimientos y mociones (movimientos) que voy teniendo.


Tarea del acompañante


  • El acompañante propone los puntos transmitiendo al mismo tiempo algo que en manera alguna es suyo: "el fundamento verdadero de la historia".

  • Al mismo tiempo va dando paulatinamente las diversas instrucciones propias de cada semana.

  • Hace las preguntas estrictamente indispensables para comprobar si el ejercitante hace como es debido los ejercicios señalados [6; 12] a fin de entender los movimientos de los diversos espíritus [17] y así adaptar a estos movimientos la materia de los puntos -elemento esencial- [18].

  • Se adapta a la situación psicológica del ejercitante en el momento presente (p.ej.: si está en desolación, se comportará de una forma especialmente acogedora y amable [7]...).


Función/diaconía del acompañante en la entrevista


  • Ayudar al ejercitante ofreciéndole los parámetros antes indicados y dándole las indicaciones precisas (p.ej.: las reglas de discernimiento y otras instrucciones metodológicas) que le pueden ayudar a "buscar y hallar la voluntad de Dios en la vida concreta", partiendo de "sentir y conocer las varias mociones que en la ánima se causan" [313].

  • El acompañante escuchando al ejercitante e interviniendo eficazmente, le ayuda en su diálogo íntimo con Dios.

  • El papel del acompañante, actuando de testigo en la entrevista espiritual, no es el de dar consejos, sino para posibilitar al otro de ser re-enviado a sí mismo, pero siempre dispuesto a ayudarle en esta búsqueda.

  • No es la de ser un director, sino un diácono-espectador de la comunicación directa entre Dios y el ejercitante. Un testigo del caminar y del progreso que provoca la Espíritu, de los milagros que obra el Señor. Es eco-reflejo de todo el proceso: dará testimonio de cuánto se está caminando; puede llamar a la objetividad de lo que el otro experimenta ayudándole a comprender si se ha captado bien la acción de Dios, y si la puesta en práctica de esas mociones tienen realizaciones ponderables y verificables (evitar la coartada de los buenos deseos o intenciones); ayuda a personalizar el proceso: atento al hoy de Dios en la persona; evitar engaños en lo que le atañe; ser estimulado por su hermano en el camino. Entrenador de vuelo, sacramento de la comunidad, que de esta forma estará a su lado en su proceso y en su experiencia.


Contribución del Ejercitante


  • La manifestación de sí mismo que el ejercitante hace a su acompañante [7; 14; 17] determinará el tipo de relación dialogal para la obtención del fin previsto... Y no solo su estado, sino la persona en su totalidad, en su ser relativo a todo lo que rodea y atrae su atención, serán puntos de interés que debe dar a conocer a quien lo guía en este encuentro personal con el Señor. Porque un diálogo en un terreno puramente espiritual, extrapolado de la realidad terrena y ajeno a ella, sería tan falso como inútil.

  • Lo más notable de la aportación del ejercitante está en función de los exámenes de la oración, con las diversas mociones implicadas en ellos.

  • Gracias a la entrevista personal, el mismo ejercitante se autorevela todo lo que está viviendo y se comprende a sí mismo al formular verbalmente delante del acompañante.



Características de la entrevista


  • En principio no ha de ser muy extensa: no ha de convertirse en una tertulia. Solo el tiempo necesario para pulsar al ejercitante y dar los puntos e instrucciones necesarias en aquel momento. Ha de ser breve, sin tópicos ni distracciones (al grano).

  • Centrada en las mociones y transparente en lo que se refiere a las mismas. Hay que cuidar que el ejercitante explique minuciosamente el proceso y contenido de sus tiempos de plegaria (a veces el ejercitante tiende a alargar la conversación porque ésta le da seguridad: transigir sería un error). Suele ayudar llevar notas sobre la marcha diaria. Pedir aclaraciones para saber bien qué tengo que hacer y cómo.

  • En definitiva, la entrevista siempre ha de estar en función del discernimiento, porque "podemos decir que el discernimiento es la verdadera finalidad de los EE. y la gran contribución de Ignacio a la espiritualidad cristiana: se trata de poder dar una respuesta a la palabra de Dios en cada situación concreta de la vida".


Importancia y significado de la entrevista


  • Poner en común con otro cómo me va, cómo me siento. Explicarle lo que experimento.

  • No es un director espiritual ni el confesor.

  • Es un confrontar para no despistarnos (espejo), una ayuda a discernir, una ayuda a personalizar.


Sentido de la entrevista previa a los EE.
1. Objetivo general: Preparar y seleccionar al candidato(a) a la experiencia de los EE.

2. Objetivos específicos:
a) Nivel de información (objetivo)

      • Clarificar algunos puntos esenciales de los EE.

      • Insistir en su dimensión práctica [1], y en la dimensión experiencial, en la que el sujeto es el agente principal [2].

      • Dar al ejercitante algunas Anotaciones. Las ya mencionadas en el párrafo anterior y también algunos puntos de la [4, 5 y 20], y establecer de esta manera, y en algún grado, las reglas de juego y las condiciones necesarias para que se dé un correcto dinamismo en la experiencia que va a comenzar.

      • Explicar al ejercitante la misión del acompañante, que no es la de ser director ni un predicador, sino más bien algo así como un entrenador de vuelo, al mismo tiempo que sacramento de la Comunidad, que de esta forma estará a su lado en su proceso y en su experiencia.

      • Proponer al ejercitante, si parece necesario, algún ejercicio de precalentamiento, ya sea de oración o de ejercicios a realizar en esta etapa que precede a los EE. En este sentido, es importante recalcar que los EE. nunca empiezan en un punto cero, y por eso el acompañante sería bueno que conozca las líneas generales de la Historia de Salvación del ejercitante.

b) Nivel subjetivo



  • Ayudarle a objetivar sus aptitudes y sus actitudes de cara a la experiencia. Se trata de un primer encuentro personal: observar el nivel de transparencia en la comunicación de sí, sin ser inquisitivo.

  • Ayudar a objetivar la aptitud dando aliento a los capaces y desanimando a los que se viera incapaces. De lo que se trata es de situarse cada uno en su lugar propio y poder prever el alcance de la experiencia, es decir, que el acompañante pueda darse cuenta si existe o no subiecto [18] en el ejercitante. En qué se notaría la incapacidad del ejercitante para hacer en ese momento la experiencia de los EE:

          • conflictos internos serios sin resolver,

          • una vida de fe muy mortecina,

          • incapacidad de concentración e interiorización,

          • inconstancia probada...

        • Ayudar a objetivar la actitud:

  • Aclarar los temores y expectativas del ejercitante ante la nueva experiencia, porque la desea y la teme al mismo tiempo. No le es posible descubrir hacia dónde esta nueva experiencia le conducirá, o de cómo saldrá de ella. Desvanecer temores más o menos inconscientes. Temor del uno o del otro -o de los dos- ante la relación que se inicia, a veces de larga duración. Temor a la relación con Dios, temor a tener que desinstalarse vitalmente, etc...

  • Crear un ambiente de empatía y de confianza mutua.

  • Ayudarle al ejercitante a que, el "hacer los EE.", sea una decisión que "sale de dentro". Aquí los planteamientos extrínsecos no valen: "me han dicho que es muy bueno", "mi superiora me insiste", "algún bien me harán", "voy a cumplir...". Hay que tener en cuenta, con todo, que la decisión no se da por motivos absolutamente puros.

  • Que haya un cierto grado en el E de ilusión y generosidad [5].

CONTEMPLACIÓN
Después de haber vivido en la primera semana la experiencia de "pecador - perdonado - salvado - liberado", Ignacio nos invita a penetrar en el misterio del llamamiento gratuito que Jesús nos hace. Me siento "llamado". Desde aquí Ignacio nos invita a TENER FIJOS LOS OJOS EN JESÚS DE NAZARET, fija la mirada en aquel que se convierte para mí en el CAMINO, inspiración, fuerza, reto, correctivo... La petición. conocimiento interno... para más amarle y seguirle. Seguimiento - contemplación: largo y lento proceso que nos dispone a nacer de nuevo, haciéndonos convivir con Jesús. Encarnación, nacimiento, vida oculta: iniciar el proceso de ser engendrados de nuevo, como hombres y mujeres del Reino, partícipes de la humanidad de Jesús.
Ignacio nos sorprende con un nuevo modo de orar: la contemplación. Se trata de penetrar en la vida misionera de Jesús, en detalles particulares de su vida histórica: vivir con El, acompañarlo, mirar lo que hace, escuchar lo que habla, contemplar todos sus gestos y actitudes, adherirnos a El.
Es uno de los métodos de orar que emplea Ignacio. En los EE. dedica 22 días para la contemplación y 8 días para la meditación. La contemplación la dedica a la persona de Jesús, y tiene un carácter fundamentalmente afectivo. Se busca "conocer" (sentido bíblico) a Jesús.
Hay un salto cualitativo: no sólo en cuanto al proceso personal del ejercitante y a los objetivos que persigue, sino además en cuanto al tipo de ejercicio práctico que realiza. Es un método sencillo: se trata de hacernos presentes al misterio que contemplamos:
VER y considerar las personas,

OÍR y advertir lo que hablan,

MIRAR y considerar lo que hacen y los sentimientos ,

REFLECTIR SOBRE SÍ MISMO para sacar algún provecho. No es reflexionar, sino más bien proyectar sobre mi propia vida el misterio contemplado, para dejarme iluminar y mover por el Espíritu.
Con la mayor sencillez y aún con carácter ingenuo, el pensamiento discursivo y la pretendida eficacia de sacar conclusiones quedan a un lado. Los que estamos acostumbrados al "discurso" teológico podemos tener alguna dificultad. Nadie se enamora, se apasiona a base de razonamientos. Contemplar es:


        • mirar, admirar, reconstruir, una imagen (hecho, acontecimiento, persona, objeto...) móvil o fija y recrearme en ella;

        • aplicar toda mi sensibilidad a la realidad histórico-concreta de Jesús;

        • percibir su impacto y dejarme transformar por ella, no a modo de conclusión moralizante, sino a modo de enamoramiento que, por el poder transformador-salvífico de lo contemplado, me cambia por dentro, y, desde ese cambio interior, me hacer ver las cosas y actuar de un modo nuevo.




¿Qué se busca con el "conocimiento interno..."? Es una experiencia vital de encuentro y comunión con el Señor hecho hombre: conocimiento, amor, imitación, seguimiento, servicio... Este "conocer" desborda el saber humano y expresa una relación existencial (tener experiencia concreta de esa persona) y desemboca en un compromiso real con profundas consecuencias. Esta experiencia no está reservada a los grandes místicos: Dios a todos nos llama a encontrar a Cristo el gran amor de nuestra vida. Es una experiencia de fe: experiencia de relación personal de amor con Cristo, que configura nuestra persona y fundamenta nuestro proyecto de vida. Todos hemos tenido experiencias contemplativas que han implicado misteriosamente un cambio significativo en nuestras vidas.

Contemplación cristiana no es una contemplación platónica, de esencias universales preestablecidas:



  • es histórica: la comunicación última de Dios al hombre y la mujer es Jesús de Nazaret: su palabra, sus gestos, los acontecimientos de su vida histórica;

  • es para la praxis: conocer para más amar y seguir mejor, y, a la vez, el seguir más de cerca nos permite conocer más íntimamente al Señor;

  • es participativa: se contempla acontecimientos que participan salvación; la fuerza del Espíritu actualiza el misterio en el corazón del creyente y lo involucra directa y personalmente en él en una suerte de contemporaneidad que lo transforma configurándolo con Cristo. No es una ficción, es una experiencia real.

  • es novedosa: por el caudal de vida nueva inagotable que mana de cada misterio, que se comunica y participa siempre de un modo original, nuevo, personal, y propia de cada persona según su originalísimo modo de ser y su cuadro de referencias biográficas e históricas que le configuran.

Sólo la práctica nos revelará la profundidad y la capacidad transformadora de este modo de proceder sencillo e ingenuo.


Dificultades:


  • No "quererme" involucrar: evitar que mis verdaderos sentimientos, movidos por una determinada escena, afloren al consciente. Bloqueo. Lo correcto sería que al sentirse bloqueado, tratar de conversar con Jesús al respecto de lo que está ocurriendo.

  • "Miedo": puede indicar dificultad en establecer relaciones personales con Jesús, o resistencia en admitir la dimensión humana de Jesús.

  • "Distracciones": recuerdos de la propia vida que afloran. Puede ayudar a solucionar conflictos latentes.

La contemplación es un don gratuito que debemos pedir:

"Nadie puede venir a mí si el Padre no lo atrae" (Jn. 6,44)

"Dichoso tú Simón... porque eso no te lo ha revelado nadie de carne y hueso, sino mi Padre del cielo..." (Mt. 16.17).


Pedimos el conocimiento en una doble vía:

  • penetrar en los sentimientos más profundos, criterios, valores, actitudes de Jesús,

  • dejar que su espíritu y mente impregnen totalmente nuestra vida, nuestra mente y nuestros sentimientos ("tragar" a Jesús).



EXAMEN DE "CONCIENCIA ESPIRITUAL"

En qué consiste
Es preguntarme periódicamente y de modo sistemático cómo ha pasado Dios hoy por mi vida, cuál es la obra que ha hecho el Espíritu en nosotros durante el día, qué es lo que el Señor ha querido significarnos a través de los hechos y acontecimientos y experiencias del día, qué tipo de escucha y respuesta le he ofrecido. Es un orar lo pasado en el día.

Qué se pretende
En un contexto trinitario, llegar a comprender por la fe que el Padre dirige todo para nuestro bien y reconocerle en los acontecimientos día a día, tomar conciencia de la presencia y obra salvadora-liberadora de Cristo resucitado que va realizándose en nuestra realidad cotidiana, tener la audacia de dejarnos conducir por el Espíritu de Jesús.
Qué es
Es una lectura espiritual -en y desde la Espíritu- de nuestra propia historia de salvación, en el contexto de la historia de la salvación de todo el universo y de todos los hombres y mujeres.

Es una oración de discernimiento: de una verdadera escucha de Dios a través de los signos-señales que nos va dejando en su acción, de confrontación orante de nuestra realidad con el Evangelio, de discernir la acción del Espíritu de forma constante e incondicional.


4) Petición fundamental

Pedimos al Señor que nos dé "ojos nuevos" y "corazón iluminado" para reconocer en la realidad cotidiana al resucitado: su obra de consuelo y liberación, y un corazón nuevo que discierna para en todo "amar y servir".


EJERCICIO


  1. Póngase en la presencia de Dios Uno y Trino. Hágase consciente de su presencia amorosa.

  2. Agradezca al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo, por todo lo que ha acontecido a lo largo del camino, desde el examen del día anterior.

  3. Pídale al Padre que le conceda "la mente y el corazón de Cristo", que le hará ver la realidad como Jesús la ve.

  4. Medite sobre su día en compañía de Jesús y vea los momentos en que puede decir "nosotros" (= aquello que realizó junto con Jesús) y los momentos en que solo puede decir "yo" (porque realizó la obra sola o el mismo Cristo no haría lo que hizo).

  5. Renueve su amor, su arrepentimiento y su entrega al Padre, para mejor seguir a Cristo, y pida la fuerza de la Espíritu para el camino a seguir.

  6. Acepte la invitación del Padre para pasar algún tiempo a solas con El en la oración de mañana. Marque ese tiempo con el lugar y horario bien definidos. Prepárese para ese encuentro con todo su ser y haga de su último pensamiento un encuentro y una alabanza a la Santísima Trinidad que habita en usted. Rece con mucho amor. No olvide de preparar el texto de su oración para el día siguiente.

  7. Termine su examen rezando lentamente y saboreando la oración del "Padre nuestro...".

Actividades:


  1. De comprensión del tema:




  • Subraye lo que considere más importante del tema, haga sus resaltados de lo que considera que a usted le ayuda a comprender su proceso personal.

  • Distinga los diversos estilos o formas de oración y los distintos momentos que se presentan en el documento.

  • Distinga entre los contenidos que ya dominaba y cuáles son totalmente nuevos respecto de la oración, sabiendo que la misma es experiencia, no contenido.

  • Le queda claro eso de que la oración o el encuentro con Jesús es una experiencia de misterio, con un lenguaje particular, que se gesta en el desierto y en el silencio, que acontece como en una embajada y con las acciones típicas de Ruah “la Espíritu”.

  • ¿Cómo ha sido su experiencia de oración en su vida?. ¿Le ayuda a su comprensión y vivencia, la propuesta hecha en el documento?

  • ¿Le queda un poco más claro cuáles son los rasgos de la oración de Jesús, qué características considera?

  • Si la oración de Jesús es una oración fundamentalmente de petición…¿Cuáles son mis peticiones?




  1. De conocimiento personal y grupal:




    1. A nivel humano-psicológico:

Revise y dé respuesta a los dos recuadros de reflexión personal que se presentan dentro del desarrollo del tema.




    1. A nivel histórico:




  • Platique con una persona conocida o cercana y de confianza y pídale que le refleje cómo la ve ella a usted en la vivencia de ser una persona orante.

  • ¿En qué medida considera que siendo una persona de oración, esta vivencia le lanza al compromiso histórico?

  • Si en diálogo con Jesús, usted le dice: ¿Qué he hecho, qué hago y qué puedo hacer por ti?, a qué experiencia cree que le invitaría, como cuál sería la tarea que le ofrece?

  • ¿Qué invitación interior le surge como para vivir más desde el manantial e haciendo los espacios en su vida y en su historia para encontrarse más a menudo con el Dios de Jesús?

  • ¿Quisiera proponerse algunas tareas para tener una vivencia de oración más profunda, más intensa, más conectada con la realidad, conectada con su cuerpo? ¿Qué se propondría?

  • ¿Cuál es mi propia dedicación a la oración? ¿Cuánto tiempo le doy, en qué clima?




    1. A nivel espiritual:




  • Al leer el contenido del tema considero que ¿he superado al Dios de la infancia, al que pido “tonterías”?

  • ¿Cuáles son las palabras claves en mi vida de oración?

  • ¿Dónde he recibido mayor fuerza para encontrar a Dios?

  • ¿Cómo he conectado el encuentro de dios en los demás y en la oración?

  • ¿Qué parte de mi cuerpo siento que es el lugar de encuentro con Dios?

  • ¿Cuáles son las etapas de mi vida espiritual? (puede partirse desde las mismas etapas de crecimiento psicológico?

  • ¿Qué experiencias religiosas, de oración, de misterio, de encuentro con el Misterio tenía entonces? ¿Cuáles tengo ahora?




  1. De proyección y/o aplicación:




  • ¿Podría enumerar 3 acciones que le nace realizar como deseo y voluntad de cambiar algo en su experiencia de encuentro con Dios desde la oración?

  • ¿Cómo se interdinamizan Eucaristía, oración personal, liturgia y trabajo?

  • ¿Detrás de mis peticiones está lo del Reino o es algo “muy personal”?

  • ¿Cómo me propongo ayudar a otros a vivir la experiencia de encuentro con Dios a través de la oración?

  • ¿Qué método aplico para ayudar a las personas que acompaño a recoger su propia experiencia de Dios?

  • ¿Cómo hago para partir de la experiencia de encuentro con Dios que cada persona tiene?

  • ¿Qué momentos claves buscaré que me ayuden a darme cuenta de que en mi vida de oración Dios es quien manda?

  • ¿Al descubrir que en su interior habita el Agua Viva, el Manantial, que es Dios, se siente invitado-a motivado-a a hacer algo por los demás respecto de la experiencia de oración, algo sencillo y pequeño pero que usted encuentra que le hace responder a la voz de su conciencia, como para ? Si es así, ¿qué se siente motivado a hacer? ¿Lo puede compartir con su grupo?


Clave ignaciana que refleja el tema:
Buscar y hallar a Dios en todas las cosas
Ignacio, en cierta manera, renuncia a expresar el dinamismo espiritual en las categorías clásicas, y presenta una nueva manera de entender y vivir este dinamismo. Parece ser que la expresión más habitual que usaba era la que hemos formulado en el encabezamiento de este capítulo. Así pues vale la pena detenerse en esta frase para localizar el carisma de Ignacio y poder enseguida analizar su contenido.

Haciendo un repaso de los escritos de Ignacio se llega a la conclusión de que “buscar en todo la voluntad divina” se convierte para él en el “único necesario” de su vida espiritual, el verdadero constitutivo de su perfección cristiana. La acción y contemplación, en este contexto, van a ocupar el lugar de los medios y de las mediaciones en esta búsqueda de Dios en todo. Ellas harán parte de este inmenso universo de “todas las criaturas sobre la haz de la tierra”.

“Buscar” y “hallar” son dos palabras que reaparecen con frecuencia, por ejemplo, en el Diario Espiritual, para marcar la oscilación interior de la oración. La persona humana busca por todos los medios que están a su alcance; solamente Dios hace encontrar su gracia, manifestándola a su tiempo oportuno.

El “hallar” es un don gratuito de Dios y no el resultado infalible de los esfuerzos de la persona humana, esfuerzos que, por lo demás, ellos mismos son sostenidos por la gracia. De una manera esquemática, podemos decir que la colaboración de la persona con la gracia se expresa con este verbo “buscar”, mientras que la acción de Dios es más bien manifestada con el verbo “hallar”. Es la persona el que busca y es Dios el que se deja hallar. Dios no necesita que se le exhorte a que se deje encontrar, pero la persona sí tiene necesidad de ser animada en la búsqueda, confiada en la palabra de Cristo: “el que busca, encuentra”.

San Ignacio es, sobre todo, en sus cartas donde nos muestra la práctica de la búsqueda de Dios en todas las cosas. De una lectura atenta de esos escritos se pueden ir desgranando algunas pistas de interpretación.


  • Ignacio no desestima el valor de la oración, ni mucho menos; sino que reconoce su puesto y su valor de mediación en medio del universo de “todas las cosas”. Ella ocupa un lugar indiscutible en la vida espiritual, es cierto, pero no es su constitutivo esencial (cfr. Carta al P. Urbano Fernández el 1° de Junio de 1551).

  • Buscar al Señor en la oración silenciosa y retirada es una mediación necesaria y normal para aquel que desea nutrir su vida espiritual. Ignacio mismo, como nos lo muestra en su Diario Espiritual, fue fiel hasta su muerte a su oración diaria. Lo que él quiere subrayar es que el Señor está presente, no solamente en el ejercicio de la oración, sino también en todas las actividades de la jornada, aun en aquellas que, aparentemente, son materiales y distractivas (cfr. Carta dirigida al P. Manuel Godinho, el 31 de enero 1552).

  • Lo que expresa Ignacio en esta última cita podría bastar para mostrar cómo su concepción de la vida espiritual es realmente nueva con relación a la concepción en la que la vida contemplativa es simplemente superior a la vida activa. Para Ignacio, es más perfecto y más sólido, en la vida espiritual, poder hallar al Señor en todo tiempo y lugar, que circunscribir su presencia a la contemplación silenciosa hecha en la capilla (cfr. Carta al P. Andrés de Oviedo, a comienzos de febrero 1551).

  • Se puede concluir, en una primera aproximación, cómo la intuición ignaciana no conoce la oposición clásica entre acción y contemplación, sino que tiende más bien a una solución de integración en el movimiento de la búsqueda de Dios en todas las cosas.

5.- Qué significa para Ignacio “hallar a Dios”




  1. Hallar a Dios significa hallar su voluntad

Hablando de la experiencia de un místico como Ignacio, uno pensaría que la expresión “hallar a Dios” evoca ante todo las apariciones o las visiones extraordinarias a través de las cuales Dios se le manifestó. Ciertamente, en estas visiones extraordinarias, particularmente en la de “La Storta”, Dios manifiesta su voluntad a Ignacio; pero él lo hace también sin visiones extraordinarias, en el silencio del discernimiento de espíritus y de los diferentes tiempos de elección propuestos en los Ejercicios cuyo objetivo principal es, como ya lo dijimos, “buscar y hallar la voluntad divina en la disposición de su vida”.

Para Ignacio, lo esencial no es la consolación extraordinaria ni las visiones, sino la certeza interior de haber hallado la voluntad de Dios sobre un punto particular de su vida o de la vida de la Compañía. Con este objetivo propone la experiencia de los Ejercicios como una “pedagogía de encontrar la voluntad de Dios mediante la discreción espiritual, y de abrazarse con esta voluntad divina después de encontrada”. A esto apunta la elección, punto culminante de la experiencia de los Ejercicios, es decir, “a buscar, encontrar y abrazar la voluntad de Dios en una determinación práctica”.

Si se puede hablar de voluntarismo en los Ejercicios Espirituales, este consistiría en una firme voluntad de renunciar a su propia voluntad para encontrar la de Dios, “porque piense cada uno que tanto se aprovechará en todas cosas espirituales, cuanto saliere de su propio amor, querer y interesse”. Si se puede sacar una conclusión sería esta: hallar la voluntad de Dios fue para Ignacio, como desde luego, para todo cristiano, el eje alrededor del cual gira toda la vida espiritual. Se podría afirmar, sin temor a la exageración, que hallar esta voluntad de Dios de manera personal y concreta constituye el “solo necesario” de la experiencia espiritual de Ignacio. Los dones espirituales hay que buscarlos y desearlos en cuanto que son signos que confirman el querer de Dios como lo veremos enseguida.




  1. Hallar a Dios en sus dones

Las grandes consolaciones, el don de lágrimas, las visiones, son otros tantos signos que sirven a Ignacio para ser confirmado en su búsqueda emprendida por todos los medios que él mismo propone en le librito de los Ejercicios. Con todo lo extraordinarios que puedan ser, estos signos son, sin embargo, para Ignacio, de un valor relativo en la búsqueda de la voluntad de Dios. Llega a ver que no debe buscar estos dones de Dios por ellos mismos y que la convicción de haber encontrado la voluntad de Dios debe bastarle. Los dones le han servido en el transcurso de su búsqueda, pero ellos no eran el objetivo.

Así pues, los dones de Dios no son objeto de la búsqueda sino signos que indican su voluntad. Pero también es verdad que uno debe hallar a Dios en sus dones, siendo lícito pedirlos en cuanto que son signos que confirman su voluntad. En definitiva, lo que importa es hallar a Dios en sus dones, sean ordinarios o extraordinarios.

c) Hallar a Dios, es “sentirlo” en todas las cosas


El verbo “sentir” ocupa un lugar de preferencia en el lenguaje espiritual de

Ignacio. Tiene varios significados, y en su relación con la expresión “hallar a Dios”, vamos a tomarlo en el sentido de notar, reconocer, discernir, encontrar. Así podemos afirmar que cuando Ignacio habla de “sentir su santísima voluntad” está diciendo “hallar su santísima voluntad”. Desde este punto de vista, hay una convergencia de los verbos sentir y hallar en cuanto a su complemento de objeto directo.

El sentir es ciertamente un conocimiento, pero no un conocimiento por discursos ni por abstracción. Se trata más bien de un conocimiento del corazón acompañado de un gusto interior cuyos grados pueden ir desde la consolación simple hasta las más grandes delectaciones de los éxtasis místicos. Diríamos que sentir la voluntad de Dios es una forma, la más profunda y respetuosa, de hallar a Dios, tal como el salmo nos invita a realizarlo: “Gusten y vean lo bueno que es Yahvé”.

El verbo sentir, usado por Ignacio, se junta admirablemente y de manera lógica con aquello que el mismo Ignacio llamaba devoción o “facilidad de hallar a Dios”, en su relato autobiográfico. Este sentir devocional no está reservado únicamente a los momentos de gran consolación, durante la oración propiamente dicha o en el curso de otro ejercicio espiritual. El verbo sentir en Ignacio está calificado por un adverbio que le confiere una modalidad particular: siempre. Se trata, pues, de pedir la gracia de sentir siempre la santísima voluntad divina. ¿Será esto posible? Ignacio él mismo lo ha experimentado.

Siempre no debe ser tomado únicamente como un adverbio de tiempo, sino también de lugar y de circunstancia. De hecho, en alguna ocasión no duda en remplazarlo por la expresión “en todas las cosas”. Luego, se puede decir que este sentir, que Ignacio pide, es una devoción permanente, “substancial” como la llamarán los teólogos para distinguirla de la devoción accidental, es decir, que viene de tiempo en tiempo durante la oración. Se trata, pues, de un estado, de una actividad interior que no estorba el trabajo cotidiano. Una integración de la devoción y de las ocupaciones cotidianas se obra progresivamente en la vida de este peregrino del Espíritu. Se pueden distinguir en Ignacio dos niveles de la devoción: la devoción y el gusto de la devoción. Entre las dos Ignacio no oculta su preferencia por esta devoción permanente, aun si ella es menos ruidosa. Y algo más, Ignacio siempre va a mostrar una preferencia por una devoción que no es únicamente un sentir afectivo, sino también un sentir efectivo que, como el verdadero amor, “consiste más en las obras”.
d) Conclusión

En conclusión: “Hallar a Dios en todas las cosas” significa para Ignacio sentir la divina voluntad y experimentar una alegría permanente al cumplirla en todas las ocupaciones de cada día. Para llegar a ese sentir, es necesario, naturalmente, pasar por el discernimiento que hace encontrar esta voluntad, discernimiento y plegaria que se ven con frecuencia, en el caso de Ignacio, colmados de gracias y de dones extraordinarios que vienen en confirmación de la manifestación de la voluntad del Señor.

De hecho, en Ignacio, el don de la integración espiritual puede ser considerado

como un don místico aunque, externamente, no se presente de modo extraordinario. En efecto, es propio de la persona mística conservar en todas las cosas esta devoción permanente, porque hay una nueva mirada sobre el mundo, sobre la historia, y sobre la persona humana que hace exclamar a Jacob: “¡Así pues, está Yaveh en este lugar y yo no lo sabía!”.

Después de haber examinado en qué consiste “hallar a Dios en todas las cosas”, estamos mejor motivados para buscar lo que de parte de la persona, puede ser hecho para disponerse a recibir tal gracia. “Busquen y hallarán”, nos dice el Evangelio. Es tiempo de ver cuáles son las condiciones de esta búsqueda.
Las condiciones de la búsqueda de Dios
Hablemos primero del fundamento de la búsqueda de Dios. “Hallar a Dios en todas las cosas” es un ideal de vida espiritual que está ciertamente por encima de nuestras capacidades humanas. Pero no es solo este ideal el que es imposible para las personas. Es toda la espiritualidad cristiana, que sale del Evangelio, la que es imposible para nosotros. Solo poniendo la gracia de Dios como punto de partida todo se hace posible y el camino se abre ante nuestros ojos.

En la base de todo ideal de vida espiritual cristiana hay que colocar como fundamento la dialéctica de la naturaleza y la gracia, de la iniciativa divina y de la respuesta de la persona. Para Ignacio, hablar de la búsqueda de Dios, es precisamente hablar de la cooperación de la persona a la gracia de Dios. No se trata de proponer una especie de técnica por la que la persona podría infaliblemente hallar a Dios. Todo es gracia y solo Dios mismo es el método, ya que es el camino. Aún el deseo de buscar viene de El, ya que “Dios es quien obra en ustedes el querer y el obrar”, como nos lo enseña San Pablo. En este estado de cosas, no sería exacto exhortar a alguien a hallar a Dios, sino que más bien habría que invitarlo a buscarlo, confiando en su palabra: “Busquen y hallarán”.

En este sentido, las Constituciones no tienen como punto de partida las experiencias místicas de Ignacio, y, por eso, el acento está puesto no tanto en las gracias extraordinarias, de las cuales testimonian el Diario y su Autobiografía, sino más bien en la vía que el Santo creía poder proponer a los compañeros para disponerse mejor a acoger la gracia.

Así pues, ¿cuáles serían las condiciones que, según Ignacio, se requieren de la parte de la persona para “hallarlo”.


a) La intención pura y recta
De esto habla abundantemente Ignacio. Hay un texto fundamental en las

Constituciones 288. Ahí se cualifica la intención como “recta”, pero de hecho, el adverbio “puramente”, como toda la descripción nos muestra que se trata de tener una intención lo más pura posible. La motivación de esta intención pura debe de ser única: el amor de Dios.

Esta pureza de intención, inspirada únicamente en el amor de Dios, se extiende al universo de todas las cosas “en todos sus detalles”. Nada se excluye ya que “sabemos que en todas las cosas interviene Dios para bien de los que le aman”, según la palabra del apóstol: “... ya coman, ya beban o hagan cualquier otra cosa, háganlo todo para gloria de Dios”.

Esta “gloria de Dios” es expresada por Ignacio en este texto por “el servicio de la divina Bondad”. En otras palabras, para Ignacio, buscar a Dios con una intención pura significa buscar su mayor servicio, ya que es este el fin de la persona sobre la tierra, tal como es expuesto admirablemente en el Principio y Fundamento de los Ejercicios, como punto de partida y al mismo tiempo como meta de la vida humana.

Para hablar de la intención pura, no es solo necesario “purificar” la intención. No se trata de “purificar” una intención después de haber optado, sino de purificar la opción misma, es decir, someterla a la dinámica del discernimiento espiritual con honestidad delante del Señor. El criterio de este discernimiento espiritual permanece siempre el mismo para Ignacio: “lo que más nos conduce para el fin que somos criados”.

La intención recta y pura no es, pues, simplemente una “buena voluntad”; aunque esté llena de generosidad. Es preciso además que esta “buena voluntad” esté sometida a la discreción. Y, por eso, para llegar a esta pureza de intención en la búsqueda de la voluntad de Dios, Ignacio nos propone el discernimiento espiritual, con el fin de que “aquel amor que me mueve y me hace elegir la tal cosa” descienda “de arriba, del amor de Dios”, como una gracia.

Para verificar constantemente esta pureza en todas las cosas nos propone la práctica del examen de conciencia a la que él mismo fue extremadamente fiel hasta el fin de sus días.
b) La mortificación interior

La ascesis interior se presenta como absolutamente necesaria para quien quiere tener una intención pura, desprendida de todo interés personal y de todo amor egoísta de las creaturas. La mortificación interior Ignacio la entiende en liberarse de toda atadura y de toda motivación según el espíritu del mundo, para disponerse mejor a servirle al Señor, según su voluntad.

Ignacio no considera nunca la creación como compuesta de “cosas espirituales” y de “cosas materiales”. Tal clasificación no se da en él. La sola que él conoce y emplea con frecuencia es aquella de “cosas interiores o espirituales” y “cosas exteriores”. La bondad del acto no estando ligada a la exterioridad o interioridad de la cosa misma, sino más bien a la conformidad con la voluntad de Dios. No es odiando las cosas materiales como nos hacemos espirituales, sino más bien “amándolas a todas en El y a El en todas”.

El “desprendimiento del mundo” se entiende no solo el desprendimiento necesario de los bienes terrenos, sino también el desprendimiento del espíritu del “mundo” en la acepción joánica de la palabra. ¿Cómo llegar a esta nueva mirada sobre el mundo creado y a esta ruptura con el mundo de pecado? Ignacio no encuentra mejor camino que el de la obediencia. La pureza de intención y la mortificación interior encuentran su mejor ejercicio como su mejor medida en la práctica de la obediencia. Si hay que buscar a Dios en todas las cosas ¿no es acaso necesario buscarlo en todas las personas y de una manera especial en la persona del superior por quien nos es expresada la voluntad divina?


c) La familiaridad con Dios en los ejercicios espirituales

Hasta ahora se ha remarcado que le dominio de la búsqueda de Dios es amplio y no conoce oposición entre cosas materiales y cosas espirituales. ¿Pero se puede concluir que todas estas “cosas” gozan del mismo valor objetivo, como lugares de encuentro con Dios? Esto simplifica el pensamiento de Ignacio.

Se ha hablado de la necesidad del discernimiento en el proceso de la purificación de las intenciones; es importante recalcar ahora la necesidad de ese mismo discernimiento para adquirir una cierta escala de valores de tal manera que este universo de “todas las cosas” no se presente como un caos en el que todo es lo mismo y todos los medios se hacen equivalentes. El principio ignaciano del “magis” (más) tiene aquí también su aplicación objetiva.

En Ignacio se da una jerarquía objetiva que permite ya desde el comienzo esclarecer a la persona sobre la oportunidad de emplear un medio concreto en su búsqueda del mayor servicio divino. En Ignacio hay medios que están orientados en sí mismos a la búsqueda de Dios de una manera más directa e inmediata que los medios humanos que disponen al apóstol para hacerse disponible al prójimo.

Pero también está claro en Ignacio que esta prioridad de naturaleza concedida sin duda a las cosas espirituales no conlleva una prioridad absoluta de manera que se releguen los otros medios a un plan secundario y sin importancia. Ignacio afirma que estos medios son “más eficaces” pero no dice que sean los solos eficaces. Se hace pues necesario el discernimiento.

Al hablar de “cosas espirituales” Ignacio hace referencia, no a las cosas que se refieren al espíritu de la persona como “la ciencia y otros dones naturales y humanos”, sino más bien a las cosas que tienen que ver con la acción del Espíritu de Dios.

El hecho de que estos medios que unen al instrumento con Dios sean más importantes y más eficaces no significa que deban ser empleados sin ningún discernimiento, o que tengan que ocupar más tiempo en la jornada de un jesuita que todas las demás tareas. Por otro lado, estos medios, tales como los enumera Ignacio en el párrafo citado de las Constituciones, denotan más bien una actitud fundamental del espíritu que una sucesión de actos practicados a lo largo del día (cfr. Constituciones 813).

Si el Santo exhorta a buscar a Dios en todas las cosas, no se ve cómo se podría excluir de estas “cosas”, precisamente aquellas que por su estructura misma, hacen que la persona pueda hallar a Dios al unirse a El como instrumento de su gracia.



Bibliografía sugerida para ampliar el tema:


  • Cabarrús, Carlos Rafael, sj: Crecer bebiendo del propio pozo. Desclée de Brouwer, S.A. España, 1998.

  • Cabarrús, Carlos Rafael, sj: “Ser persona en plenitud” La formación humana desde la perspectiva ignaciana. Textos editados por Fe y Alegría Internacional y por la Universidad Rafael Landivar de Guatemala, 2003.

  • Cabarrús, Carlos Rafael, sj: Cuaderno de Bitácora para acompañar caminantes. Desclée de Brouwer, S.A. España, 2000.

  • Queiruga, A. El futuro de la vida religiosa y el Dios de Jesús. Selecciones de Teología, No. 154, volumen 39. Barcelona, 2000.

  • González Buelta, B. Bajar al encuentro de Dios, en Progressio, suplementos No. 42, 43 y 44, diciembre 1995. pp 112.

  • González Buelta, Benjamín, sj. Orar en un mundo roto, tiempo de transfiguración. Sal Terrae. Santander, 2002.

  • González Buelta, B. Signos y parábolas para contemplar la historia. España. Sal Terrae.

  • Azevedo, Marcello. 1991. Oración en la vida, desafío y don. España. Verbo Divino.

  • Cabestrero, Teófilo. 1986. Orar la vida en tiempos sombríos. España. Sal Terrae.

  • Howen, Henri J. 1998. El regreso del hijo próvido, meditaciones ante un cuadro Rembrandt. España. PPC Editorial.

  • Maurin, Daniel. 1992. Siete lecciones sobre la oración del corazón. España. Ediciones Paulinas.

  • Cencillo, Luis. 1994. La comunicación absoluta, antropología y práctica de la oración. España. San Pablo.

  • De Mello, Anthony. 1992. La oración de la rana. España. Sal Terrae.

  • Martín, Carlo María. El sueño de Jacob, inicio de un itinerario espiritual. España. Edicep.

  • Galilea, Segundo. 1998. La sabiduría del desierto. Colombia. Confederación Latinoamericana de Religiosos.

  • De Mello, Anthony. 1991. Contacto con Dios. España. Sal Terrae.

  • G. Valles, Carlos. 1992. Busco tu rostro, orar los salmos. España, Sal Terrae.



Conexión con el tema siguiente:
El tema del mes siguiente está referido a San Ignacio y los EJERCICIOS ESPIRITUALES. En vista de ello, como adelanto y motivación de lectura se presenta a continuación un breve contenido que pueda servir como de preparación.




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