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PROGRAMA DE FORMACION PARA LAICOS-AS
COMO PREPARACIÓN PARA LOS EE DE DICIEMBRE 2003

Tema de Agosto:
LA ORACIÓN DE JESUS.

LA ORACIÓN IGNACIANA


Comisión de Espiritualidad

Provincia Centroamericana de la Compañía de Jesús

Abril del 2003.
Objetivos:


  • Iniciar un proceso de estudio, reflexión y preparación para la vivencia de los Ejercicios Espirituales de Diciembre 2003 y/o Enero 2004 como seguimiento al Taller de Espiritualidad Laical Ignaciana.

  • Reflexionar sobre el modo de ser que brota de la experiencia personal con Dios, del diálogo ininterrumpido con El por medio de Jesús en el Evangelio, de la historia personal puesta delante de Dios por medio de la oración.

  • Considerar que este camino de experiencia con Jesús, parte de reconocer que la experiencia de Dios es una experiencia de misterio, con un lenguaje particular, de un modo determinado, que se gesta en el desierto y el silencio, acontece como en una embajada con las acciones típicas de la Ruah (la Espíritu).

  • Compartir en los grupos de vida, LO NUEVO, EL ENFASIS Y LAS RELACIONES (NER) que establece cada quien desde su proceso de vida y lo que aprende para su crecimiento tanto a nivel humano-psicológico, histórico como espiritual.



Contenido:


Documento No. 4
LA ORACION DE JESUS. LA ORACION IGNACIANA.
Experiencia de encuentro con Dios: la oración

La tercera manifestación de la armonía espiritual de quien acompaña desde lo psico - histórico - espiritual, es la experiencia personal de contacto –cara a cara- con el Dios de Jesús. Esto se concentra en la vivencia de oración. Ya en el primer apartado de este capítulo, cuando hablábamos de la actitud vital de saberse guiado(a) por la Espíritu, presentamos las características de la espiritualidad que nace de esta actitud, es decir, el modo de ser que brota de la experiencia personal con Dios, del diálogo ininterrumpido con Él por medio de Jesús en el Evangelio, de la historia personal, en la consigna, en la moción histórica en los crucificados del mundo. El aspecto del pecado era otro móvil para comprometernos con un mundo aplastado por la injusticia e insolidaridad.

Ahora nos detendremos a profundizar en cómo acompañar la experiencia del encuentro personal con Dios, la oración de otra persona, cómo iniciar y/o guiar a alguien en este camino de encontrarse cara a cara con Dios en la oración. Esto no invalida, en modo alguno, el encontrarse con Dios en la Historia y en el compromiso.

El camino de la experiencia con el Dios de Jesús

El punto de partida del acompañamiento en el ámbito espiritual, es ofrecerle a la persona que se está acompañando un proceso cada vez más claro y nítido de una verdadera oración, como lugar de encuentro, teniendo en cuenta que de ordinario ya tendrá alguna referencia experiencial de oración.

Este camino de experiencia con Jesús, parte de reconocer que la experiencia de Dios es una experiencia de misterio, con un lenguaje particular, de un modo determinado, que se gesta en el desierto y el silencio, acontece como en una embajada, con las acciones típicas de la Espíritu.

Esta experiencia con Jesús y con el Dios que Él nos reveló, tiene que tener en cuenta que a Dios no se le encuentra arriba, sino abajo, es decir con la gente que sufre1. Por tanto, parte de la experiencia de Dios es destacar la experiencia propia del dolor y el sufrimiento, como también la solidaridad (por lo menos) y la acción efectiva para trabajar por ese dolor. No hay que olvidar que Jesús luchó no sólo contra la injusticia de su tiempo, sino también por combatir el dolor, la enfermedad y la muerte, y es desde esta plataforma desde donde se reconoce el camino hacia el Dios que reveló Jesús.



La experiencia del misterio

Se puede suponer, con mucha razón, que en las personas que buscan acompañamiento hay experiencias de Dios, sobre todo en lo que puede concernir a elementos de religiosidad, por una parte, y a prácticas que denotan entrenamiento en oración, por otra. Sin embargo, es necesario procurar que haya una experiencia de Dios que se reconozca, pero que a la vez se experimente como misterio, que nos saca de nosotros(as) mismos(as). Hablar de acompañamiento es hablar en primer lugar, de una cierta pericia de mirar desde el corazón; es estar ejercitado para percibir lo invisible en el dentro y en el más allá de la historia, y en la persona ejercitante. Esto es muy importante ya que la alteridad invisible de Dios se manifiesta en la alteridad visible de los otros. Es el mismo misterio. El acompañamiento se mueve en el misterio de la fe2. Este es el punto de partida para hacer el camino de la experiencia con el Dios de Jesús. Es decir, la primera condición es que haya experiencia, y experiencia del misterio: no me lo termino de explicar, es inasible pero se experimenta fuerza para vivirlo con gozo.

Ahora bien, tener experiencia de Dios no es lo mismo que la experiencia de orar con Él. La última supone lo primero. A Dios se le encuentra en el corazón de la Historia; a Dios se le encuentra “abajo”.

Dios ligó su destino al de la humanidad. Desde entonces no se puede hablar de Dios sin al mismo tiempo hablarse del hombre, de la misma manera que no se puede hablar del hombre sin al mismo tiempo hablarse de Dios. Sus destinos están inseparablemente ligados: de ahí que el hombre ya no necesita elevarse a las alturas para encontrar a Dios; por lo contrario, debe buscarlo en el corazón de la humanidad. Hasta entonces, orar consistía en elevarse a Dios para pedirle algo o manifestarle amor o gratitud. Ahora, orar es hacerse consciente de la oración de Cristo en el corazón de la humanidad o de cada uno de nosotros.3

Sin embargo, también se le encuentra en los momentos intensos de oración, como nos enseñó el mismo Jesús. Mas aún, si la fe del católico en la sociedad moderna ya no está respaldada por la sociedad, ni por la Iglesia, como en otros tiempos, debe fundamentarse sólo en el propio Dios, experimentado en el interior de la misma fe, o con otras palabras, deberá basarse en una experiencia personal de Dios. Es en este sentido que Rahner4 afirma que el cristiano del mañana o será un místico o simplemente ya no será más cristiano.5

En este sentido habría que partir de la experiencia personal, sin olvidar también las experiencias culturales de oración y los modos propios que las personas tienen. Entonces, el proceso del acompañamiento en el ámbito netamente espiritual tendría que dedicarse, en gran manera, a recuperar esos modos primarios y originales de orar. Habría que saber aprovechar toda esa riqueza de expresiones tan diversas que preparan más espontáneamente a ponerse en contacto con Dios. Teniendo en cuenta, eso sí, que no todo lo que sea experiencia de oración es necesariamente oración “jesuana” (al modo de Jesús). Ya esto es materia de discernimiento de quien acompaña desde lo psico - histórico - espiritual: ayudar a que esos medios realmente lleven al Dios de Jesús y no a sus fetiches.

Se podría comenzar este trabajo de rescatar la memoria de la experiencia de Dios con algo de lo que denominamos el pozo, donde está el manantial y allí el Agua Viva. Es decir, resaltar cómo Dios y su experiencia han estado allí siempre, de una manera totalmente implicada en el propio ser. Es esa Agua Viva la que posibilita que se reciba la gracia del Dios de Jesús: el de la alegre misericordia, el amor incondicional, la gratuidad, el comprometido con el Reino; al que se le encuentra en la experiencia de ser pobre y/o pecador(a), el que fomenta libertad personal, el Dios pascual, el enterrado – encarnado-, el de la esperanza. Este develamiento del Agua Viva, también se puede obtener del trabajo con los sueños, viendo cómo Dios se presenta muchas veces en la vida onírica.

Un elemento típico de la oración de Jesús es que siempre abre a algo misterioso, a algo que no se puede controlar. Por eso, tener experiencia de oración cristiana es haber experimentado la gratuidad de la oración. En palabras más concretas: no somos nosotros(as) mismos(as) quienes controlamos la oración. Esto significa también que la oración no se evalúa por “lo bien que me haya ido en ella”, o por la consolación que se haya experimentado, sino por los efectos que produce en el modo de ser y de actuar. Es decir, que el misterio al que nos empuja la oración nos devuelve al reto de la historia.

Para la reflexión personal y grupal…

¿Cuál ha sido mi caminar en la oración? ¿Cómo podría esbozar sus pasos, su evolución? ¿Dónde he recibido mayor fuerza para encontrar a Dios? ¿Cómo he conectado el encuentro de Dios en los demás y en la oración?

La oración es un lenguaje

El segundo paso es percatarse de que la oración es un lenguaje. Por eso, si a algo puede compararse la oración es a una lengua: en una lengua es muy importante conocer el vocabulario, el léxico; mientras más rico sea el acopio de palabras, más posibilidades de matices en la comunicación. Pero aprender una lengua no implica únicamente palabras, está también la sintaxis de cada lengua, es decir, la manera como se coordinan las palabras, como se estructuran las frases. Pero lo que es todavía más difícil en las lenguas es la semántica: es decir, la manera como se dicen las cosas y las formas de significar lo que se pretende. Por último, es claro que las lenguas tienen también una gramática, es decir, algo que da unidad y convergencia a todo. Esto exige a alguien que explique y ayude a aprenderla.

Si decimos, por tanto, que la oración es una lengua, significa que existe en ella un vocabulario, una sintaxis una gramática y una semántica específicas. Queremos enfatizar entonces que –como en toda lengua- debe haber un aprendizaje en donde se recopilen Sus palabras y las palabras propias, especialmente los modos en los que se da la expresión personal, la manera como le brota expresarse –y esto no sólo verbalmente- y, sobre todo, el modo como Dios le habla.

Dios ha puesto sus palabras en la Escritura principalmente, pero también en los acontecimientos. Por eso hay que tener oído para ambas fuentes de comunicación, pues ese es Su modo. La persona, por su parte, se expresa con palabras, pero a veces también con “gemidos inenarrables”, con movimientos y posturas del propio cuerpo.

La sintaxis de la oración la genera: la dinámica del modo personal con el modo de Dios y el modo donde esta dinámica se inscribe. Es donde se estructuran las cosas, donde se ubican las cosas -lo de Dios, en cristiano, siempre se encaja en la historia y en el compromiso con los(as) necesitados(as)-.

Ya decíamos que la semántica es el modo como se expresan las cosas6: es decir, detrás de las palabras se ocultan más significados de los dichos, ahí se ve la genialidad de una lengua. En la oración lo que debe captarse es cómo Dios dice las cosas; por ejemplo, cómo me hace entender que me abandone con ciertas palabras y sensaciones, que quizá sólo yo entiendo. En este sentido, la consigna es una clara muestra de lo que es la semántica en la oración7.

Dentro del modo personal, el cuerpo es un factor fundamental en el lenguaje de la oración. No se puede perder de vista que “convertirnos al Señor” en hebreo y en griego tiene que ver con una recomposición del cuerpo (shub -en Hebreo- estrefo –en griego-, es volver, regresar de un camino, girarse el cuerpo), como también un cambio en el conocimiento (metanoia). Más adelante profundizaremos el papel del cuerpo en el lenguaje de la oración.

La gramática de la oración, correspondería al aprendizaje de “esa lengua”, y es la tarea que le corresponde a quien acompaña desde lo psico - histórico – espiritual: ayudar a adquirir ese lenguaje con la transmisión de los distintos modos de orar, las diversas espiritualidades, la tradición de la Iglesia, etc.



Para la reflexión personal y grupal…

¿Cuáles son las palabras claves en mi vida de oración? ¿Qué parte de mi cuerpo siento que es el lugar de encuentro con Dios?

La oración de Jesús

Otro punto fundamental en la experiencia de Dios, es favorecer a la persona que se acompaña, la posibilidad de conocer y experimentar los rasgos fundamentales del modo de orar de Jesús.

Jesús en su vida dio ejemplo de hombre orante: a solas, en lugares apartados, en una gran intimidad con su Padre (Mc. 1,35). Así enseña a hacerlo; entrando en el aposento y cerrando la puerta (Mt. 6,6).

También Jesús oraba en medio de los acontecimientos, en medio de las multitudes, pero tomando como una perspectiva distinta: levantado los ojos al cielo (Mt. 14,19; Jn. 11, 41; Jn 17,1). Como si estableciese un contacto más profundo con el Misterio. Esta acción de tomar contacto con el cielo, es lo que al pobre pecador “publicano” le impedía, en su humildad, atreverse a levantar los ojos al cielo (Lc 18,13). Los seguidores de Jesús también orarán en momentos difíciles y públicos, “levantando los ojos al cielo” como lo hiciera Esteban, el primer mártir, en el momento de su suplicio (Hch. 7,55). Con esta actitud se nos indica que orar es tomar la perspectiva de Dios.

Sus discípulos, una vez formados como grupo, experimentaron la necesidad de pedirle que les enseñara a orar, (Lc. 11, 2-4) como otros maestros lo hacían, constituyendo así la identidad del grupo. Es allí donde Jesús –con sus propias palabras- ha dejado su oración por excelencia, el Padrenuestro, como una respuesta a la petición de los amigos y seguidores: ”Ustedes pues, oren así” (Mt. 6,9).

Ahora bien, la oración que Jesús nos enseña es una oración fundamentalmente de petición. El Padrenuestro está estructurado en torno a “peticiones”. Eso sí, a peticiones de cosas fundamentales, no tiene nada que ver con peticiones de cosas banales (Mt. 6,7). Las peticiones que Él enseña a pedir tienen que ver y giran en torno al Reino de Dios. Es ese proyecto de Dios, que implica fraternidad, igualdad, respeto a la vida, a la tierra, solidaridad, justicia, misericordia y paz alegre como colofón, lo que establece el horizonte de las peticiones del Padrenuestro en la actualidad. No comprender esto significa caer en la tentación del niño, que no ha internalizado el principio de realidad: de querer pedir y obtener todo lo que se le antoje, de forma mágica y sin esfuerzo de parte suya.

La oración cristiana, por tanto, es una oración de petición que se orienta a la praxis del Reino. Está centrada en el Reino y es pragmática -nos lanza a hacer cosas- siempre en el horizonte de la colectividad. Es esta oración la que se convierte en verdadera alabanza. Lo que más agrada a Dios es su proyecto: la realización de esto es lo que lo alaba a cabalidad, más que aplausos y expresiones vacías de gracias, o peticiones que obvian la realidad, y la responsabilidad personal en la construcción del Reino.

Muchas veces no se sabe qué es lo que se tiene que pedir. Ahí es donde más acude la Espíritu para ayudar a saber qué pedir, como dice San Pablo (Rm. 8, 26 – 27). Es precisamente la petición y la concatenación de peticiones lo que hace ir siendo fieles a la Espíritu. Dónde dejó el Señor en la oración, el fruto que dio en la oración anterior, es lo que indica lo que se debe seguir pidiendo. Aquí es donde se establece, propiamente, el ser fiel a seguir a la Espíritu.

En nuestro modo de presentar los diversos tipos de oración, se verá que hemos enfatizado la importancia de la petición. Ahora bien, una petición decíamos, de lo esencial. Actualmente se tiene reparo en la oración de petición por el mal manejo que se ha tenido de esta8. Sin embargo, como hemos insistido, en la petición simplemente pedimos por donde La Espíritu ya nos invita a hacerlo y siempre en el horizonte del Reino. No olvidemos que la oración de Jesús -el Padrenuestro- es eminentemente de petición en torno al Reino.

Para el cuaderno de bitácora personal…

¿Cuáles son mis peticiones? ¿Supero al Dios de la infancia, al que pido “tonterías”? ¿Detrás de mis peticiones está lo del Reino o es algo “muy personal”? ¿Cómo la nota de Torres Queiruga re-orienta las peticiones?

En el desierto y el silencio

Es importante caer en la cuenta de que el tipo de oración por excelencia de Jesús se hace en la intimidad, en la soledad (aposento, monte, noche, desierto) y en el silencio –sin desconocer que a veces también oraba con sus discípulos-. Esto significa que el ambiente prolongado de desierto y de silencio es condición para que se dé la oración. Sin embargo, esto no lleva a caer en el individualismo, porque el centro de la oración es el Reino y las peticiones son en colectivo, partiendo del reconocimiento de un Padre – Madre común.

Hay momentos de ritos litúrgicos (literalmente de servicio público oneroso que no necesariamente es cúltico) que también dejó Jesús. El más típico fue el de partir y compartir el pan en una comida, como también –con igual densidad de su presencia y de su memoria- en el humilde servicio de lavarse los pies. Ambas cosas se complementan: son principios hermenéuticos uno del otro. Son claramente “litúrgicos” en su etimología: servicio público muchas veces onerosos.

Es verdad que decimos con mucha frecuencia que a Dios no se le busca “arriba” sino que el movimiento corporal para encontrarlo es “hacia abajo”. Es verdad que Jesús se encuentra en los necesitados y necesitadas que es en donde se puede y se debe servirle y ayudarlo. Esto es el gran juicio (Mt. 25 31ss). Sin embargo, en todas esas personas Jesús no tiene el rostro propio: adopta la cara de los demás. Esto implica que sólo si ha habido una relación profunda con su persona, con su modo, con la forma como Él hacía las cosas, es posible reconocerlo después: como pudieron comenzar a reconocerlo los discípulos y los apóstoles en la presencia nueva de resucitado. Fue su manera de partir el pan, lo que les hizo reconocer a los de Emaús a Jesús, en ese peregrino. Fue el modo de caminar en la playa lo que hizo que Juan, en el Tiberíades, se percatase de que era el Señor quien paseaba por el borde del lago. Fue su voz la que hizo que María Magdalena lo reconociera como el Raboní.

Esto implica que la acción solidaria y política, el compromiso, se realiza en la historia desde el impulso que da la intimidad con Jesús a quien se quiere servir en los semejantes. Esta acción, sin embargo, no obedece sólo a una acción con Su persona como si sólo esto fuera necesario o importante: el hermano y la hermana, son importantes independientemente de si se ha visto o no el rostro de Jesús, como se deduce de la escena del Juicio de las Naciones (Mt. 25, 31 ss).

También tenemos que decir algo sobre la duración. El ejemplo de Jesús es que “pasaba la noche” en oración. Nuestra propia experiencia nos indica que un tiempo menor de 30 minutos, para la mayoría de las personas, se puede “llenar” con los propios diálogos internos y con las propias voces y ruidos que se apoyan en la bulla de la sociedad consumista. Sólo un espacio que trascienda esa duración, sitúa en un clima de silencio y desierto, en realidad. Entonces sí, lo que acaece en ese tiempo, más allá de media hora es propicio para la comunicación espiritual. Con esto queremos afirmar que la oración cristiana debe hacerse a solas y en silencio.



Para el cuaderno de bitácora personal…

¿Cuál es mi propia dedicación a la oración? ¿Cuánto tiempo le doy; en qué clima? ¿Cómo se interdinamizan Eucaristías, oración personal, liturgia y trabajo?

La oración es “una Embajada”

La metáfora que explica mejor lo que sucede en la oración es la de una embajada. Las naciones establecen sus legaciones en otros países utilizando las construcciones, las calles, los elementos de los países diferentes. Así también sucede con la actividad de Dios en cada uno(a). Toda la persona es mediación de Dios, sobre todo en momentos en que ya han cesado –por el tiempo y por el espacio preparado- los rollos, los discursos personales y los propios ruidos internos. Entonces suele acontecer el percatarse de la actividad de Dios en sí mismos(as).

Es decir, la presencia del Señor va a utilizar lo que es cada uno(a) –en su parte vulnerada y en su pozo- para comunicar una sola cosa: el dinamismo de sus deseos que pueden entrar en diálogo libre con los deseos hondos propios. Estos deseos de Dios tienen que ver con lo que hemos denominado los cuatro pedestales de la Mesa del Banquete del Reino. Poder captar esto y atinar a diferenciarlo es lo que llamamos discernimiento. Es precisamente darse cuenta de que se está moviendo en esos cuatro pedestales, lo que nos asegura que lo que se vive internamente excede la propia creación. Juntamente con el verificar que los movimientos e invitaciones que se provocan superan nuestra capacidad de respuesta o la contradice, muchas veces. La oración del Espíritu es realmente imprevisible, y debemos estar dispuestos a todo, sobre todo para aquello que no esperamos. Estos nos enseña a no pretender dirigir nuestra oración sino a dejarnos guiar por Dios y por su Espíritu como Él quiere y cuando quiere.9 Es decir, la oración es embajada de Dios en nosotros(as).

Para el cuaderno de bitácora personal…

¿Cuánto me ha costado darme cuenta que en mi vida de oración Dios es quien manda? ¿Busco momentos claves que me ayudan a percatarme de ello?

Lo típico de la Espíritu10

Cuando hablamos de la armonía espiritual, presentamos lo que significaba para un(a) acompañante psico - histórico – espiritual, estar en la onda de la Espíritu. Vamos a detenernos ahora en la acción típica de ella en la Biblia.



¿Qué nos mueve a detenernos en esto? Una convicción: el acompañamiento en el ámbito espiritual tiene que hacer que se lleve a la persona acompañada a ser una mujer, un hombre EN la Espíritu, es decir, que su modo ordinario de obrar sea el de la Espíritu... Esto se logra a través del discernimiento –que profundizaremos más adelante-, pero exige como condición previa que haya conocimiento del modo como obra, y esto sólo se descubre siguiendo su huella en la escritura:

  • La Espíritu es quien cirniéndose sobre las aguas –en actitud de un ave que incuba la creación-, saca del caos el universo transformándolo en el cosmos –en el orden de la belleza-. Ordenar, embellecer es una acción típica de quien es llevado(a) por la Espíritu...

  • La Espíritu, con la profecía, señala la ruptura de la Alianza... recordar observar el derecho y la justicia, e invitar a ser compasivos(as), es una acción típica de quien es llevado(a) por la Espíritu...

  • La Espíritu, en la sabiduría, hace gustar los mismos gustos de Dios... saborear lo que verdaderamente agrada a Dios: la justicia y el derecho realizados con ternura, es una acción típica de quien es llevado(a) por la Espíritu.

  • La Espíritu es la que acentúa la feminidad de María para que Jesús sea engendrado... ayudar a engendrar a Jesús en el mundo, es una acción típica de quien es llevado(a) por la Espíritu...

  • La Espíritu, bajo el símbolo de una paloma, señala dónde está Jesús, el Hijo amado del Padre, en el que se complace... señalar dónde se encuentra Jesús, dónde se encuentran los(as) preferidos(as) del Padre, es una acción típica de quien es llevado(a) por la Espíritu...

  • La Espíritu es la que en la sinagoga de Nazaret envía a Jesús a anunciar, con su persona, el Reino, a anunciar el Evangelio a los(as) pobres –explícitamente-... anunciar con la propia vida el Reino, principalmente a pobres y/o pecadores(as) es una acción típica de quien es llevado(a) por la Espíritu...

  • La Espíritu es quien defiende a Jesús en el momento de la tentación y lo consuela en la desolación... defender, proteger, consolar, es una acción típica de quien es llevado(a) por la Espíritu...

  • La Espíritu es la que resucita a Jesús de entre los muertos, la que lo devuelve a la vida... resucitar, desclavar a los(as) crucificados(as) del mundo, es una acción típica de quien es llevado(a) por la Espíritu...

  • La Espíritu es la que da fuerza y cohesión a los primeros cristianos... tener y fomentar la conciencia del nosotros(as) es una acción típica de quien es llevado(a) por la Espíritu...

De todo lo anterior se puede concluir que una persona que se deja llevar por la Espíritu, genera belleza, denuncia la injusticia anunciando el Reino, reconoce y saborea los gustos de Dios, engendra a Jesús en las personas que encuentra, señala dónde está Jesús, reconoce su rostro entre las mayorías, da testimonio del Reino, defiende, protege, consuela, desclava a los Cristos de hoy, y se sabe, se siente y se vive como comunidad, como hermano(a).

Por tanto, la tarea de quien acompaña desde lo psico - histórico – espiritual, es favorecer la posibilidad de que esta experiencia sea una realidad en la persona que acompaña, como sustrato y como materia de oración.



Para el cuaderno de bitácora personal…

¿Con cuáles rasgos de la Espíritu me identifico más? ¿Cómo experimento esta presentación de la actividad de la Espíritu? ¿Cuál ha sido mi experiencia con la Espíritu?

Guía para la reflexión a nivel de grupos…




Camino de experiencia con el Dios de Jesús





El objetivo de este ejercicio es revisar cómo ha sido y cómo es mi experiencia de oración, y de encuentro personal con el Dios de Jesús y de cómo esto influye en mi tarea de acompañar.

  • Desarrollo una matriz que responda a:

  • Etapas de mi vida espiritual (pueden hacerse desde las misma etapas de crecimiento psicológico).

  • ¿Qué experiencias religiosas, de oración, de misterio, de encuentro con el Misterio, tenía entonces? ¿cuáles tengo ahora?

  • ¿Cómo era y cómo es el lenguaje de mi oración en cada etapa?

  • ¿Qué rasgos de la oración de Jesús resaltaban más? ¿cuáles faltaban? ¿y ahora?

  • ¿Cuál ha sido mi experiencia de oración de petición? ¿Cómo ha sido mi experiencia de silencio y desierto?

  • ¿Cómo vivía el carácter de “embajada” de la oración? ¿qué indicadores había de que dejaba a Dios actuar allí? ¿Cómo lo vivo ahora? ¿cuáles indicadores lo reflejan?

  • ¿Qué rasgos de la Espíritu se han evidenciado en mi modo ordinario de obrar en cada etapa?



  • ¿Qué método aplico para ayudar a las personas que acompaño a recoger su propia experiencia de Dios? ¿Cuánto puede ayudarme esta misma matriz? ¿Cómo hago para partir de la experiencia de encuentro con Dios que cada persona tiene?

  • ¿Cómo he ayudado a otros(as) a vivir esta experiencia de encuentro con Dios?

  • ¿Qué método he empleado –consciente o inconscientemente- para comunicar esta oración más jesuana?

  • ¿Cómo todo esto influye en mi actuación: cómo puede corregirse, mejorarse?

  • Hacer el NER.



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