Programa de formacion para laicos-as



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C ristianismo: una religión de laicos – Comisión de Espiritualidad Ignaciana de Costa Rica




PROGRAMA DE FORMACION DE

JESUITAS Y LAICOS A NIVEL PROVINCIAL

AÑO 2010

Tema 2.4 – Septiembre 2010:


CRISTIANISMO:

UNA RELIGIÓN DE LAICOS-AS
I PARTE: EL LAICO Y EL ÉXITO VERDADERO

II PARTE: LA GRAN DECISIÓN DEL LAICO “RICO”


Manuel E. López M.

Comisión de Espiritualidad

Provincia Centroamericana de la Compañía de Jesús

CRISTIANISMO: UNA RELIGIÓN DE LAICOS

I PARTE: EL LAICO Y EL ÉXITO VERDADERO
Cuando se me asignó la tarea de desarrollar el tema “Cristianismo: una religión de laicos”, me sentí realmente preocupado, ya que el tema es sumamente amplio y rico, siendo el mayor reto, tratarlo de una manera clara, directa y motivacional, para promover en el lector laico una autoevaluación interior, con relación a las decisiones que día a día toma con respecto a la gestión de su vida y a su relación con el creador y su plan de salvación.
Es por ello que decidí separar el tema en dos partes: la I Parte dirigida a motivar, a través de las enseñanzas de Jesucristo, un cambio en el camino a seguir para convertir la vida terrenal en un éxito verdadero, y la II Parte, para hacer tomar conciencia al laico, sobre las maravillosas o graves consecuencias que se derivarán, para su vida presente y futura, respecto del manejo de su libre albedrío.
En esta I Parte abordaremos, con base en la teología católica, las maravillosas ventajas y bendiciones que recibe un laico verdaderamente comprometido con las enseñanzas de Jesús, tanto a nivel de su vida natural (material) como sobrenatural (espiritual), y como resultado, se invitará al lector a una reflexión profunda sobre su vida actual y sobre todo, la misión que debe cumplir como parte de su vocación cristiana.
Para ello, iniciaremos definiendo el significado del “laico” y para ello, se tomará como referencia el Concilio Vaticano II:
Con el nombre de laicos se designan aquí todos los fieles cristianos, a excepción de los miembros del orden sagrado y los del estado religioso aprobado por la Iglesia. Es decir, los fieles que, en cuanto incorporados a Cristo por el bautismo, integrados al Pueblo de Dios y hechos partícipes, a su modo, de la función sacerdotal, profética y real de Cristo, ejercen en la Iglesia y en el mundo la misión de todo el pueblo cristiano en la parte que a ellos corresponde…” (Tomado de Lumen Gentiun, 31).
Y en cuanto a su misión apostólica, agrega el Concilio:
A los laicos corresponde, por propia vocación, tratar de obtener el reino de Dios gestionando los asuntos temporales y ordenándolos según Dios. Viven en el siglo, es decir, en todos y cada uno de los deberes y ocupaciones del mundo, y en las condiciones ordinarias de la vida familiar y social, con las que su existencia está como entretejida. Allí están llamados por Dios, para que, desempeñando su propia profesión guiados por el espíritu evangélico, contribuyan a la santificación del mundo como desde dentro, a modo de fermento. Y así hagan manifiesto a Cristo ante los demás, primordialmente mediante el testimonio de su vida, por la irradiación de la fe, la esperanza y la caridad…” (Tomado de Lumen Gentiun, 31).

En nuestro mundo actual, el laico está más interesado en alcanzar “el éxito” en sus actividades personales, profesionales o de negocios, que en alcanzar un éxito verdadero en su vida personal, familiar y espiritual. Y aunque muchas veces alcanza éxitos reales en términos materiales, a la luz del cristianismo estos éxitos son “aparentes” y distan mucho de convertirse en éxitos “verdaderos”.


Entonces, surgen preguntas inmediatas: ¿Qué características debe tener el éxito para ser catalogado como verdadero? ¿Cuál es la diferencia con el éxito “aparente” que muchísima gente confunde con el “verdadero”?
A nivel del sentido común, la diferencia entre las palabras “verdadero” y “aparente” es clara para todos los lectores: “verdadero” se refiere a lo auténtico, lo real, mientras que “aparente” se refiere a lo falso. Pero a nivel de este documento, que trata sobre el sentido “espiritual” de la vida humana tomando el cristianismo como guía, las palabras tienen significado muy diferente.
Por ejemplo, una persona puede alcanzar un verdadero éxito, pero no por ello, el éxito es verdadero. Este curioso “trabalenguas” será resuelto a continuación, y antes de incursionar en la reflexión teológica, presentamos un bello texto de autor desconocido quien con gran sabiduría compara y explica la diferencia, entre lo que hemos denominado “éxito aparente” con respecto del “éxito verdadero”:


“El éxito no siempre tiene que ver con lo que mucha gente ordinariamente se imagina. No se debe a los títulos que tienes, sean de nobleza o académicos, ni a la sangre heredada o a la escuela donde estudiaste. No se debe a las dimensiones de tu casa, a cuántos carros caben en tu cochera o si éstos son último modelo.
No se trata de si eres jefe o subordinado, si escalaste la siguiente posición en tu organización o estás en la ignorada base de la misma. No se trata de si eres miembro prominente de clubes sociales o si sales en las páginas de los periódicos. No tiene que ver con el poder que ejerces o si eres un buen administrador, si hablas bonito, si las luces te siguen cuando lo haces.


No es la tecnología que empleas, por brillante y avanzada que esta sea. No se debe a la ropa que usas o si gozas de un tiempo compartido, si vas con regularidad a la frontera o sí después de tu nombre pones las siglas deslumbrantes que definen tu estatus para el espejo social. No se trata de sí eres emprendedor, hablas varios idiomas, si eres atractivo, joven o viejo.



El éxito... Se debe a cuánta gente te sonríe, a cuánta gente amas y cuántos admiran tu sinceridad y la sencillez de tu espíritu. Se trata de si te recuerdan cuando te vas. Se refiere a cuánta gente ayudas, a cuánta evitas dañar y si guardas o no rencor en tu corazón. Se trata de si en tus triunfos incluiste siempre tus sueños. De si no generaste tu éxito en la desdicha ajena y si tus logros no hieren a tus semejantes.

Es acerca de tu inclusión con los otros, no de tu control sobre los demás; de tu apertura hacia todos los demás y no de tu simulación para con ellos. Es sobre si usaste tu cabeza tanto como tu corazón; si fuiste egoísta o generoso, si amaste a la naturaleza y a los niños y te preocupaste por los ancianos. Es acerca de tu bondad, tu deseo de servir, tu capacidad de escuchar y tu valor sobre la conducta ajena.
No es acerca de cuantos te siguen, sino de cuantos realmente te aman. No es acerca de transmitir todo, sino cuántos te creen, de si eres feliz o finges estarlo.
Se trata del equilibrio, de la justicia, del bien ser que conduce al bien tener y al bien estar. Se trata de tu conciencia tranquila, tu dignidad invicta y tu deseo de ser más, no de tener más.
Se trata en definitiva de saber recibir y dar amor…” 
Obsérvese en el texto anterior, que los títulos académicos, los bienes materiales adquiridos a través del trabajo digno, los puestos escalados en a través del esfuerzo laboral o profesional, la imagen pública o el prestigio individual, aunque sean verdaderos éxitos alcanzados (o sea, éxitos reales alcanzados), no necesariamente reflejan un éxito verdadero en la vida, a menos que medie el amor como ingrediente fundamental de la gestión humana.
A continuación me permitiré efectuar un breve análisis sobre la naturaleza espiritual del ser humano, que nos permita sustentar teológicamente, en qué consiste el éxito verdadero, a la luz del cristianismo.
El ser humano es muy diferente a todas las otras formas de vida que existen en nuestro mundo terrenal. Es un “ente espiritual”, creatura (creado por Dios, que es amor), tiene la capacidad de trascender las cosas del mundo y de la carne, y con base en el amor, está destinado a volver al sitio del cual vino: Dios. Así lo expresa su Palabra:

Queridos, amémonos unos a otros, ya que el amor es de Dios, y todo el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios. Quien no ama no ha conocido a Dios, porque Dios es Amor” (1 Jn 4, 7-8)


Y nosotros hemos conocido el amor que Dios nos tiene, y hemos creído en él. Dios es Amor y quien permanece en el amor permanece en Dios y Dios en él” (1 Jn 4, 16)
Precisamente, en el “amor” se resume el mandato de Dios. Es la Ley de acatamiento obligatorio de cualquier persona que quiera ser verdaderamente exitosa en este mundo, porque cumplirá la voluntad de Dios. Así lo proclamó Dios a su pueblo elegido, del cual nacería el mesías:
Escucha, Israel: Yahveh nuestro Dios es el único Yahveh. Amarás a Yahveh tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu fuerza. Queden en tu corazón estas palabras que yo te dicto hoy” (Dt 6, 4-6)
Y asimismo lo indicó Jesús, como respuesta a un fariseo:
Y uno de ellos le preguntó con ánimo de ponerle a prueba: ‘Maestro, ¿cuál es el mandamiento mayor de la Ley?’ Él le dijo: ‘Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente’. Este es el mayor y el primer mandamiento. El segundo es semejante a éste: ‘Amarás a tu prójimo como a ti mismo’. De estos dos mandamientos penden toda la Ley y los Profetas" (Mt 22, 35-40).
¿Una nueva meta? ¿Alcanzar el éxito verdadero? Nótese que en nuestro enfoque, una persona puede ser exitosa en el mundo material y también, exitosa en el mundo espiritual. Esa es la meta que propongo para los laicos que amablemente leen esta reflexión, especialmente aquellos que ya han alcanzado algún grado de éxito en el mundo material (éxito aparente) y que pueden ampliarlo hasta el plano espiritual: convertirlo en un éxito verdadero.
Según veremos, no se trata de elegir entre lo material y lo espiritual, no son dos campos opuestos sino más bien complementarios. Dios no está opuesto a la riqueza ni al crecimiento material de las personas, tal y como se abordará en la III Parte de esta reflexión. Dios quiere que convirtamos nuestro éxito en un medio para llegar a Él y para comprender este tema, resulta necesario abordar el tema del “alma”.
De acuerdo con el enfoque “dicotomita”, utilizado por la Iglesia Católica en su Catecismo vigente de 1992, el ser humano está constituido por cuerpo y alma: el cuerpo se refiere al órgano corporal (también denominado “la carne”) y alma se refiere a la “sustancia espiritual” (es el “espíritu” humano). De ahí que el ser humano tiene capacidad para desarrollarse, simultáneamente, en el mundo natural (material) y en el mundo sobrenatural (espiritual).
Nuestra Iglesia aclara este concepto, a través del Catecismo (CIC, 362, 363 y 365):

La persona humana, creada a imagen de Dios, es un ser a la vez corporal y espiritual. El relato bíblico expresa esta realidad con un lenguaje simbólico cuando afirma que ‘Dios formó al hombre con polvo del suelo e insufló en sus narices aliento de vida y resultó el hombre un ser viviente’. Por tanto, el hombre en su totalidad es querido por Dios.



A menudo, el término alma designa en la Sagrada Escritura la vida humana, o toda la persona humana. Pero designa también lo que hay de más íntimo en el hombre y de más valor en él, aquello por lo que es particularmente imagen de Dios: "alma" significa el principio espiritual en el hombre.

Por tanto, el hombre en su totalidad es querido por Dios. La unidad del alma y del cuerpo es tan profunda que se debe considerar al alma como la ‘forma’ del cuerpo; es decir, gracias al alma espiritual, la materia que integra el cuerpo es un cuerpo humano y viviente; en el hombre, el espíritu y la materia no son dos naturalezas unidas, sino que su unión constituye una única naturaleza”

Es muy importante aclarar, que también existe un enfoque “tricotomita” según el cual, el ser humano está constituido por cuerpo, alma y espíritu. En este enfoque, el espíritu es la parte que trasciende la vida, que permite al hombre comunicarse con Dios y llegar a Él, mientras que el alma incluye únicamente la parte psicológica.


Para minimizar conflictos de interpretación, toda vez que en el Nuevo Testamento también se menciona el “espíritu” además del “alma”, el Catecismo vigente indica (CIC, 367):
A veces se acostumbra a distinguir entre alma y espíritu. Así San Pablo ruega para que nuestro ‘ser entero, el espíritu, el alma y el cuerpo’ sea conservado sin mancha hasta la venida del Señor. La Iglesia enseña que esta distinción no introduce una dualidad en el alma. "Espíritu" significa que el hombre está ordenado desde su creación a su fin sobrenatural, y que su alma es capaz de ser elevada gratuitamente a la comunión con Dios”.
Para fines de este artículo, no es relevante discutir quién tiene la razón, ya que ambos enfoques tienen su sustento bíblico y teológico. Además, es importante mencionar que actualmente existen corrientes teológicas dentro de los católicos, que en materia de cuerpo, alma y espíritu, no están completamente de acuerdo con la posición de la Iglesia en el Catecismo vigente.
Pero como este documento no es de “teoría”, sino de “práctica” cristiana, lo verdaderamente importante que afirmaremos, con base y respeto a la teología “oficial” de la Iglesia, es que el ser humano tiene un componente espiritual que independientemente de su nombre o explicaciones teológicas, le confiere capacidades por encima de todo ser viviente. Es una “sustancia espiritual” que es personal e inmortal, inteligente y tiene libertad para decidir, le permite desarrollar una vida sobrenatural y comunicarse con Dios en esta vida terrenal. La denominaremos alma espiritual, o simplemente: alma.
Teológicamente, el cuerpo es el templo del Espíritu Santo y como tal, es tan sagrado como el alma, ya que el ser humano ha sido creado a imagen y semejanza de Dios:
¿O ignoráis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, el cual está en vosotros, el cual tenéis de Dios, y que no sois vuestros?  Porque habéis sido comprados por precio; glorificad, pues, a Dios en vuestro cuerpo y en vuestro espíritu, los cuales son de Dios” (1 Co 6, 19)
La Iglesia también es clara en cuanto al cuerpo, su relación con el alma y su resurrección (CIC, 364):
El cuerpo del hombre participa de la dignidad de la "imagen de Dios": es cuerpo humano precisamente porque está animado por el alma espiritual, y es toda la persona humana la que está destinada a ser, en el Cuerpo de Cristo, el Templo del Espíritu.
Uno en cuerpo y alma, el hombre, por su misma condición corporal, reúne en sí los elementos del mundo material, de tal modo que, por medio de él, éstos alcanzan su cima y elevan la voz para la libre alabanza del Creador. Por consiguiente, no es lícito al hombre despreciar la vida corporal, sino que, por el contrario, tiene que considerar su cuerpo bueno y digno de honra, ya que ha sido creado por Dios y que ha de resucitar en el último día”.
Pero, aunque el cuerpo y el alma no son dos naturalezas unidas, sino que constituyen una unión indisoluble que se denomina “ser humano”, esta unión se rompe transitoriamente, en el momento de la muerte terrenal de la persona. Todos tememos la muerte, es una experiencia muy dura y difícil que debemos superar, pero de acuerdo con nuestra fe cristiana, no debemos temer por la muerte del cuerpo, sino por la muerte del alma:
Y no temáis a los que matan el cuerpo, mas el alma no pueden matar; temed más bien a aquel que puede destruir el alma y el cuerpo en el infierno” (Mt 10, 28)
El alma, nuestro espíritu personal, cuenta con tres “potencias” que le permiten a la persona humana desarrollarse espiritualmente, denominadas: el entendimiento, la voluntad y la memoria. Como resultado, la persona humana es un puente entre el mundo de la materia y el mundo espiritual, siempre que elija cumplir el mandato que Dios nos hace a través de su Ley, resumida por Jesucristo en los dos mandamientos mayores, antes indicados: “amar a Dios sobre todas las cosas”, y “amar al prójimo como a ti mismo”.
Tú puedes optar por alcanzar el éxito aparente, a través de un tipo de vida que denominaremos “natural” o “material”, o en su defecto, aprovechar tus potencias espirituales para alcanzar el éxito verdadero a través de la vida “sobrenatural” o “espiritual”, que te llevará a tu desarrollo pleno como persona humana y como hijo de Dios. Pero debo aclarar: vivir la vida sobrenatural o espiritual, no significa alejarse de la vida natural o material. Esto es imposible, ya que el ser humano necesita igualmente el alimento material como el espiritual, depende tanto de la materia como del espíritu.
En otras palabras, vivir la vida espiritual no consiste en abandonar el trabajo y la familia, en alejarse a las montañas o meterse a un monasterio para vivir en oración y meditación. Se trata de vivir la vida terrenal que Dios nos ofrece, en nuestra condición de laicos, aprovechando todos los dones y talentos que el Señor nos ha regalado para cumplir su Ley y su voluntad, para desarrollarnos plenamente y apoyar la construcción de lo que Jesús denominó: el Reino de Dios (el cual empieza en esta vida y continúa en la vida eterna).
El camino a seguir para alcanzar la nueva meta: el éxito verdadero, no será difícil si te dejas llevar por el Espíritu Santo, que mora en nuestro corazón a partir del día de nuestro bautismo cristiano.
El Catecismo nos ayuda a comprender estas afirmaciones (CIC 1703 a 1706):

Dotada de un alma espiritual e inmortal, la persona humana es la única criatura en la tierra a la que Dios ha amado por sí misma. Desde su concepción está destinada a la bienaventuranza eterna. La persona humana participa de la luz y la fuerza del Espíritu divino. Por la razón es capaz de comprender el orden de las cosas establecido por el Creador. Por su voluntad es capaz de dirigirse por sí misma a su bien verdadero. Encuentra su perfección en la búsqueda y el amor de la verdad y del bien.



En virtud de su alma y de sus potencias espirituales de entendimiento y de voluntad, el hombre está dotado de libertad, signo eminente de la imagen divina. Mediante su razón, el hombre conoce la voz de Dios que le impulsa a hacer el bien y a evitar el mal. Todo hombre debe seguir esta ley que resuena en la conciencia y que se realiza en el amor de Dios y del prójimo. El ejercicio de la vida moral proclama la dignidad de la persona humana”.

Vemos en el párrafo anterior, que mediante dos de las potencias del alma (entendimiento y voluntad), el ser humano está dotado de libertad para elegir su camino. Pero también vemos, que la ley de Dios, la ley del amor, está inscrita en nuestro corazón. Y para ayudarnos a cumplir esa ley, para discernir entre el bien y el mal, entre lo correcto y lo incorrecto a los ojos de Dios, el hombre tiene su propia “conciencia” (CIC 1776):

En lo más profundo de su conciencia el hombre descubre una ley que él no se da a sí mismo, sino a la que debe obedecer y cuya voz resuena, cuando es necesario, en los oídos de su corazón, llamándole siempre a amar y a hacer el bien y a evitar el mal... El hombre tiene una ley inscrita por Dios en su corazón... La conciencia es el núcleo más secreto y el sagrario del hombre, en el que está solo con Dios, cuya voz resuena en lo más íntimo de ella”

La conciencia es una ley de nuestro espíritu, de nuestra alma, pero va más allá: nos da órdenes, significa responsabilidad y deber, temor y esperanza... Por lo tanto, la conciencia es una especie de “sensor” psicológico y espiritual, que siempre está activado para apoyar al hombre a la toma de decisiones basadas en la Ley de Dios. Y cuando esta ley es violada, el sensor se dispara a manera de una alarma, para que sea escuchada con los oídos del corazón.

Tanto a nivel material como espiritual, la conciencia nos habla, nos instruye y nos gobierna. Según la Iglesia Católica, la conciencia es el primero de todos los vicarios de Cristo y agrega en el Catecismo (CIC 1778):

La conciencia moral es un juicio de la razón por el que la persona humana reconoce la cualidad moral de un acto concreto que piensa hacer, está haciendo o ha hecho. En todo lo que dice y hace, el hombre está obligado a seguir fielmente lo que sabe que es justo y recto. Mediante el dictamen de su conciencia el hombre percibe y reconoce las prescripciones de la ley divina”


Debido a la naturaleza espiritual del ser humano y a su conciencia, que es ley del alma, es estrictamente necesario desarrollar oídos interiores para escucharla, y a partir de su llamado, debemos asumir la responsabilidad que conllevan nuestros actos.
Por ejemplo, si tú eres exitoso en el campo material pero has caído en la trampa del ego y como consecuencia, únicamente piensas en ti mismo, sentirás una molestia inexplicable al leer estos conceptos. Esa “molestia” es tu conciencia, que te está hablando mientras lees estas palabras, y resuena en tu interior aunque tú no quieres escucharla. Ya mucho antes te ha hablado, ¿verdad?, pero no has querido escuchar con tu corazón, ni has querido comprender la tremenda gravedad de tu desafío a la Ley de Dios, a su mandamiento del amor.
Dirás: ¡Yo soy libre y puedo hacer lo que quiero! ¡Sí! ¡Tienes razón, amigo lector!... Sin duda alguna, eres totalmente libre de elegir. Pero debes saber, que tu libertad te ha sido otorgada directamente por Dios, y los años de vida que te tiene asignados en este mundo terrenal, no son más que un período muy corto de tiempo que Dios te está dando, para que tomes tu decisión final con respecto del cumplimiento de su Ley.
¡Sí! Eres completamente libre y por ello, puedes seguir en tu egoísmo, puedes cultivar el ego y alcanzar los mayores éxitos aparentes, pero nunca serás exitoso verdaderamente y además… ¡arriesgarás tu vida futura! Ningún dinero ni poder en esta tierra te permitirá ganarla.
Entonces, aunque eres libre para decidir entre el bien y el mal, también deberás hacerte responsable de las consecuencias de tus actos y decisiones. La Iglesia es clara en cuanto a tu libertad (CIC 1731 - 1732):
La libertad es el poder, radicado en la razón y en la voluntad, de obrar o de no obrar, de hacer esto o aquello, de ejecutar así por sí mismo acciones deliberadas. Por el libre arbitrio cada uno dispone de sí mismo. La libertad es en el hombre una fuerza de crecimiento y de maduración en la verdad y la bondad.
La libertad alcanza su perfección cuando está ordenada a Dios, nuestra bienaventuranza. Hasta que no llega a encontrarse definitivamente con su bien último que es Dios, la libertad implica la posibilidad de elegir entre el bien y el mal, y por tanto, de crecer en perfección o de flaquear y pecar. La libertad caracteriza los actos propiamente humanos. Se convierte en fuente de alabanza o de reproche, de mérito o de demérito”
Darle sentido a la vida terrenal a través de la búsqueda del éxito, no solo es un derecho sino también una necesidad inherente al ser humano. La búsqueda del éxito, ya sea aparente o verdadero, es y será siempre una decisión libre del ser humano. Dado que Dios, dentro de su infinito amor misericordioso, nos ha dotado del libre arbitrio para decidir, la Iglesia así lo proclama a nivel religioso (CIC 1782):
El hombre tiene el derecho de actuar en conciencia y en libertad a fin de tomar personalmente las decisiones morales. No debe ser obligado a actuar contra su conciencia. Ni se le debe impedir que actúe según su conciencia, sobre todo en materia religiosa”
Amigo o amiga exitosa que lee este pequeño documento: qué dicha tienes al haber alcanzado un verdadero éxito en tu vida material. Si luego de meditar sobre los párrafos anteriores, estás conciente de la diferencia que existe entre el verdadero éxito y el éxito verdadero, y a pesar de ello decides continuar por el camino del egoísmo… ¡Estás rompiendo tu relación con Dios!
Dicho de otra manera, si tu decisión final consiste en no cumplir la Ley de Dios y construir tu vida pensando únicamente en ti mismo, además de que nunca podrás alcanzar los beneficios personales, familiares, emocionales, psicológicos y espirituales que del éxito verdadero se derivan, quedarás expuesto a las consecuencias del pecado mortal.
La Iglesia Católica nos enseña que (CIC, 1035):

Las almas de los que mueren en estado de pecado mortal descienden a los infiernos inmediatamente después de la muerte y allí sufren las penas del infierno, ‘el fuego eterno’. La pena principal del infierno consiste en la separación eterna de Dios en quien únicamente puede tener el hombre la vida y la felicidad para las que ha sido creado y a las que aspira”

Por el contrario, si utilizas tu libre arbitrio para, además de tu verdadero éxito, proponerte la meta del éxito verdadero, será Dios mismo a través del Espíritu Santo, quien actuará en ti y te permitirá alcanzarla. Y para ello, únicamente debes dejarte guiar por el Espíritu y tu conciencia, únicamente debes confiar y verás como tu fe crece, hasta convertirte en un hombre nuevo.
El Catecismo nos ayuda a comprender esta realidad, en los siguientes términos (CIC 2001-2002):
Dios completa en nosotros lo que El mismo comenzó, porque él, por su acción, comienza haciendo que nosotros queramos; y termina cooperando con nuestra voluntad ya convertida.
Ciertamente nosotros trabajamos también, pero no hacemos más que trabajar con Dios que trabaja. Porque su misericordia se nos adelantó para que fuésemos curados; nos sigue todavía para que, una vez sanados, seamos vivificados; se nos adelanta para que seamos llamados, nos sigue para que seamos glorificados; se nos adelanta para que vivamos según la piedad, nos sigue para que vivamos por siempre con Dios, pues sin él no podemos hacer nada.
La libre iniciativa de Dios exige la respuesta libre del hombre, porque Dios creó al hombre a su imagen concediéndole, con la libertad, el poder de conocerle y amarle. El alma sólo libremente entra en la comunión del amor. Dios toca inmediatamente y mueve directamente el corazón del hombre. Puso en el hombre una aspiración a la verdad y al bien que sólo Él puede colmar. Las promesas de la ‘vida eterna’ responden, por encima de toda esperanza, a esta aspiración”

Y esta “verdad” a la que se refiere el párrafo anterior, es precisamente la palabra que he estado empleando cuando me refiero al éxito “verdadero”: no me refiero a la verdad ante el mundo material, sino a la verdad ante el mundo espiritual… ¡La verdad ante Dios!


Por todo lo anterior reitero, ahora con más fuerza que antes: un verdadero éxito no siempre corresponde a un éxito verdadero, el verdadero éxito es un éxito real en términos de la vida material, pero el éxito verdadero es un éxito real en términos de la vida espiritual. Esa es la vida a la que está llamado el ser humano, muy particularmente el laico, toda vez que es un ser espiritual.

CRISTIANISMO: UNA RELIGIÓN DE LAICOS

II PARTE: LA GRAN DECISIÓN DE LOS LAICOS “RICOS”
Para efectos de este tema, entenderemos por “ricos” a los laicos que han sido bendecidos por Dios a través de una buena salud, talento, inteligencia, habilidades, trabajo digno, oportunidades de estudio y de superación, así como también, a aquellos que como resultado de estas bendiciones, han acumulado conocimiento intelectual, prestigio, estabilidad económica y bienes materiales.
La mayoría de estos “ricos” piensan que todo lo que tienen, ha sido producto de su esfuerzo individual y no tienen conciencia de ha sido el mismo Dios, quien les ha dado todo lo que tienen, creen tener su vida asegurada al calor de su dinero, prestigio y materialismo y no se han dado cuenta que Dios les ha dado su salud, su talento, habilidades y riquezas para administrarlos responsablemente.
Además, la mayoría de los ricos no cree en Dios, o al menos, su fe es completamente “light”, han creado a su propio “dios” a sus necesidades, a su egoísmo, porque están atrapados y apegados al mundo material. Sus actividades y negocios no les dejan tiempo alguno para conocer al Dios verdadero, al Dios de Jesús, a quien temen y rechazan, porque piensan que Él se opone a su riqueza. Por todo ello, la mayoría de los ricos se han alejado de Dios y de su Iglesia.
A continuación, analizaremos bíblicamente esta situación. Veremos que Dios no está en contra de los ricos y exitosos, materialmente. El problema no está en la riqueza, en el nivel socioeconómico, ni en el acceso al poder político, sino en el apego que en la mayoría de los casos se genera como resultado de poseerla, ya que muchísimos ricos quedan “atrapados” en su riqueza y la convierten, en forma consciente o inconsciente, en su propio “Dios”.
En efecto, la riqueza de bienes materiales y económicos, así como los “beneficios” que de ellos se derivan en el mundo terrenal, se convierte en una trampa mortal para la mayoría de los ricos: su vida gira en torno de sus bienes y olvidan al prójimo y al verdadero Dios, único dador y dueño de las cosas. Olvidan su mandato, la ley del amor.
Este tipo de ricos creen que son “dueños” de la riqueza, y en realidad es lo contrario, la riqueza se ha convertido en su dueño y Señor, y las personas, en sus esclavos. Jesús es muy claro al respecto y advierte:
¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero si arruina su vida? Pues ¿Qué puede dar el hombre a cambio de su vida?”  (Mc 8, 36-37)
La sentencia es clara: ganar el mundo no equivale a salvar la vida, sino que más bien, podría perderla. Y ante tal posibilidad, ¿cuánto daría un rico por recuperar su vida?
Ya sea por desconocimiento de la Palabra de Dios o como consecuencia de su apego desordenado, muchos de los ricos se sienten “atacados” por Jesucristo, y por eso lo rechazan y temen, toda vez que Él aseguró lo siguiente:
“…‘¡Qué difícil será para los ricos entrar en el Reino de Dios!’. Los discípulos se sorprendieron por estas palabras, pero Jesús continuó diciendo: ‘Hijos míos, ¡qué difícil es entrar en el Reino de Dios! Es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja, que un rico entre en el Reino de Dios’. Los discípulos se asombraron aún más y se preguntaban unos a otros: ‘Entonces, ¿quién podrá salvarse?’. Jesús, fijando en ellos su mirada, les dijo: ‘Para los hombres es imposible, pero no para Dios, porque para él todo es posible’...” (Mc 10, 23-27)
En la aparente “amenaza” implícita en esta cita, también se encuentra la respuesta que tranquiliza al lector “rico”, que según la definición dada al principio, es prácticamente toda persona que ha aprovechado sus dones y talentos para alcanzar un verdadero éxito en la vida, pero que todavía no ha descubierto el éxito verdadero: “Para los hombres es imposible, pero no para Dios, porque para él todo es posible”.
Antes que nada, debemos hacer una aclaración: el “Reino de Dios” o también “Reino de los Cielos”, empieza aquí en nuestra vida terrenal y continúa después de la muerte terrenal. Entrar al Reino de Dios significa la aceptación voluntaria de ser sus súbditos, regidos por su soberanía: Dios es el amo y Señor sobre todas las cosas, incluidas nuestras vidas, nuestros bienes y nuestras actuaciones. No se trata de un reinado “terrenal” sino “espiritual”, razón por la que Jesús aclara que su reino “no es de este mundo” sino celestial.
Observemos que Jesús no se lamenta por la dificultad de los “ricos” de entrar al Cielo después de la muerte; se lamenta porque desde ahora en su vida terrenal, están rechazando la Ley del amor y por tanto, están rechazando a Dios.
La decisión de vivir la vida espiritual es nuestra, la decisión de entrar en el Reino de los Cielos debe ser tomada AHORA, no después de la muerte. Esta es LA GRAN DECISIÓN. Tú, amigo rico que lee estas líneas, si prefieres puedes limitarte a vivir la vida material únicamente, basada en apegos y aficiones desordenadas que te conducirán, inequívocamente, a una vida terrenal infeliz y a tu perdición eterna. O por el contrario, puedes tener un verdadero éxito y convertirlo en un éxito verdadero, puedes continuar siendo rico y al mismo tiempo entrar al Reino de los Cielos.
Recordemos que, en nuestra condición de personas humanas, hemos sido creados por Dios para gozar del libre albedrío, y esto implica la decisión personal de trazar nuestro propio destino. El uso de nuestra libertad es un problema “personal”, no podemos achacar responsabilidad a terceros sobre las consecuencias de nuestros actos.
El hombre “natural” (material) orienta todo el esfuerzo de su vida hacia los apegos mundanos (bienes materiales, riqueza, poder, orgullo, fama, vanidad, etc.), de tal manera que el único receptor de su esfuerzo es su propia persona. Por el contrario, el “hombre sobrenatural” (espiritual) aprovecha los dones y talentos recibidos por Dios, así como los productos que se generan a partir de dichos regalos (incluyendo la riqueza y sus bienes) para servir a Dios a través del amor al prójimo. El enfoque no es “egoísta” sino que es compartido con sus seres queridos, con sus amigos y con su comunidad.
La gran decisión del laico “rico” es saber elegir entre alcanzar el verdadero éxito o alcanzar el éxito verdadero. El éxito verdadero empieza en la propia casa, en la familia. No puedes ser “candil en la calle y oscuridad en el hogar”, tu primera iglesia es tu hogar: ¿Cuánto tiempo dedicas a tu esposa?, siendo adinerado… ¿Por qué te limitas a pagar un salario “mínimo de ley” a tu empleada doméstica? ¿Por qué buscas excusas para no asistir a la Santa Misa y recibir la Eucaristía, alimento fundamental del alma? ¿Por qué eliges tu computadora en vez de tu hijo, que te pide cariño y necesita tu consejo?
Lo mismo puedo decir en tu empresa o negocio, en tu relación profesional y en tu comunidad. ¿Cómo están las condiciones salariales y laborales de tus empleados, gracias a los cuales has acumulado tu riqueza? ¿Cuánto de tu dinero ahorrado está siendo donado para apoyar las pastorales sociales de la Iglesia, que luchan por llevar alimento al necesitado? Y si no tienes suficiente valor material para compartir, ten presente que tu mayor riqueza es tu tiempo. ¿Cuánto tiempo inviertes en llevar consuelo al afligido, en apoyar los programas gubernamentales para dotar de vivienda a los marginados?
Si tú has sido bendecido por Dios y eres “rico”, no tengas temor de quedarte “pobre” por compartir con tus hermanos más necesitados. Por el contrario, Dios te premiará e incrementará tu riqueza, tanto económica como espiritual, si abres tu corazón a tu prójimo:
Y todo aquel que haya dejado casas, hermanos, hermanas, padre, madre, hijos o hacienda por mi nombre, recibirá el ciento por uno y heredará vida eterna” (Mt 19, 29)
Debes interpretar cuidadosamente. Dios no quiere que abandones tu casa o tus familiares, ya que la familia es la primera iglesia. Tampoco te pide que te deshagas de tus bienes, sino que dejes tus apegos y les des el valor que deben tener: no deben ser un fin, sino un medio para alcanzar el éxito verdadero de tu vida y como premio, tu salvación.
La Parábola de los “Talentos”:
Ahora les pido a todos leer con atención la “Parábola de los Talentos”, que debido a su extensión he “recortado” un poco. Para comprenderla, debemos tener presente que el “talento” era una moneda utilizada en la antigüedad, de enormísimo valor económico (un talento valía 6.000 dracmas, equivalente a 21.6 Kg de plata pura, valor que actualizado al año 2010 se estima cercano a $ 400.000.00).
Descubriremos en esta parábola, que Dios da a cada persona según su capacidad, pero al que más da, más le pide y viceversa:
El Reino de los Cielos es también como un hombre que, al salir de viaje, llamó a sus servidores y les confió sus bienes. A uno le dio cinco talentos, a otro dos, y uno solo a un tercero, a cada uno según su capacidad; y después partió. En seguida, el que había recibido cinco talentos, fue a negociar con ellos y ganó otros cinco. De la misma manera, el que recibió dos, ganó otros dos, pero el que recibió uno solo, hizo un pozo y enterró el dinero de su señor.
Después de un largo tiempo, llegó el señor y arregló las cuentas con sus servidores. El que había recibido los cinco talentos se adelantó y le presentó otros cinco. ‘Señor, le dijo, me has confiado cinco talentos: aquí están los otros cinco que he ganado’. Le dijo su señor; ‘Está bien, servidor bueno y fiel, ya que respondiste fielmente en lo poco, te encargaré de mucho más: entra a participar del gozo de tu señor’. (Situación idéntica ocurrió con el que había recibido dos talentos…)
Luego llegó el que había recibido un solo talento. ‘Señor, le dijo, sé que eres un hombre exigente: cosechas donde no has sembrado y recoges donde no has esparcido. Por eso tuve miedo y fui a enterrar tu talento: ¡aquí tienes lo tuyo!’. Pero el señor le respondió: ‘Servidor malo y perezoso, si sabías que cosecho donde no he sembrado y recojo donde no he esparcido, tendrías que haber colocado el dinero en el banco, y así, a mi regreso, lo hubiera recuperado con intereses. Quítenle el talento para dárselo al que tiene diez, porque a quien tiene, se le dará y tendrá de más, pero al que no tiene, se le quitará aun lo que tiene. Echen afuera, a las tinieblas, a este servidor inútil; allí habrá llanto y rechinar de dientes’…” (Mt 25, 14-30)
Al comprender el significado del “talento”, observamos que a cada uno de los criados se le dio una verdadera fortuna para administrarla, y únicamente dos de ellos (el primero y el segundo) respondieron responsablemente aumentándola, a través de inversiones que la hicieron crecer. Y estos criados fueron premiados con creces, ya que a cada uno se le puso al frente de mucho más que lo otorgado inicialmente. En otras palabras, al criado que se le dio mucho y que actuó responsablemente, luego se le dio mucho más:
¡Bien, siervo bueno y fiel!; en lo poco has sido fiel, al frente de lo mucho te pondré; entra en el gozo de tu señor” (Mt 25, 20-23)

Pero el tercer criado, en vez de “poner a trabajar” el dinero recibido, prefirió esconderlo y luego devolverlo. Este empleado no se robó nada, fue honesto pero negligente con la fortuna recibida, de tal manera que no la incrementó sino que más bien la depreció y en consecuencia, recibió un severo castigo. Así es Dios, dadivoso pero justo:


Quítenle el talento para dárselo al que tiene diez, porque a quien tiene, se le dará y tendrá de más, pero al que no tiene, se le quitará aun lo que tiene. Echen afuera, a las tinieblas, a este servidor inútil; allí habrá llanto y rechinar de dientes" (Mt 25, 29-30)

Dios da a cada uno sus propios “talentos”
De acuerdo con la maravillosa modalidad de comunicación de Jesús a través de parábolas, el “talento” puede interpretarse y sustituirse por cualquier gracia, don, virtud, inteligencia, belleza física, facultad deportiva, bien material, riqueza o regalo que Dios nos ha dado, y como respuesta a dicho regalo, estamos obligados a utilizarlo de acuerdo con sus enseñanzas (Ley de Dios) para hacerlo crecer y compartirlo con el prójimo.
En consecuencia, para los lectores que no fueron bendecidos con riqueza económica, deben tomar conciencia que sí fueron bendecidos con otras “riquezas”, tales como: su inteligencia, su don de gentes, su sabiduría, su salud, su belleza o su arte (música, poesía, etc.).
Si tú eres un laico poseedor de riqueza, no te vanaglories creyendo que fuiste tú quien la generó. Fue Dios quien te dio esa riqueza, en forma directa o indirecta a través de tus dones y talentos, ahora, debes utilizarla conforme Jesucristo te enseña. Tú no eres más que un administrador de los bienes que Dios te da.

Llamado de Cristo a la “conversión”
Por tanto, la riqueza no es el problema, sino su uso. San Pablo, uno de los grandes discípulos que nunca conoció a Jesús personalmente, y que antes de su conversión lo persiguió fieramente así como a sus seguidores, es muy claro cuando escribe a Timoteo:
A los ricos de este mundo mándales que no sean soberbios, ni pongan su esperanza en algo tan inseguro como las riquezas, sino en Dios, que nos provee espléndidamente de todo para que lo disfrutemos. Recomiéndales que practiquen el bien, que se enriquezcan de buenas obras, que den con generosidad y que compartan sus bienes con los demás. De esta forma irán acumulando para el futuro un excelente tesoro gracias al cual podrán obtener la vida verdadera” (1 Tim 6, 17)
Jesucristo nos dice, y aquí de nuevo debemos interpretar correctamente:
Llamando a la gente a la vez que a sus discípulos, les dijo: "Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame. Porque quien quiera salvar su vida, la perderá; pero quien pierda su vida por mí y por el Evangelio, la salvará”

(Mc 8, 34-35)


Al leer con calma esta afirmación de Jesús, se debe tener presente que:


  • El primer requisito de un cristiano es “negarse a sí mismo”. Esto significa, que tu vida y tu persona están al servicio de Dios y no a tu propio servicio.




  • Debemos “tomar nuestra cruz y seguirlo”. Esto significa enfrentar la vida con todas nuestras limitaciones y problemas, no renegar de ellos sino más bien, aceptarlos y dejar su solución en manos de Dios, utilizando a Jesús (su evangelio) como camino para llegar al Padre. Por más rico que seas, siempre tendrás problemas, esa será tu cruz. Y habrán algunos, que ninguna fortuna podrá resolver. No se trata de “cargar con los problemas ajenos” sino con los tuyos propios.




  • Perder nuestra vida por Jesús no significa suicidarnos, no significa morir carnalmente. Significa cambiar radicalmente de vida, resucitar en Él, dejar atrás el “hombre viejo” y empezar como “hombres nuevos” que viven espiritualmente la vida de la gracia. No debes despojarte de tu riqueza ni de tus bienes materiales, pero debes tomar conciencia que su valor es demasiado pequeño, comparativamente con el precio de tu salvación.




  • El “evangelio”, la Buena Noticia, es el Nuevo Testamento, es la “revelación” que Dios ha hecho de su Ley, a través de su hijo Jesucristo.

Podemos resumir la ponencia diciendo, que el hombre que alcanza el éxito verdadero, vive una vida espiritual aprovechando y compartiendo generosamente todos los dones y talentos recibidos gratuitamente de Dios.


Pero si tu actitud hacia los bienes materiales y riqueza, están por encima de tu amor a Dios, ¡Cuidado! Estás en el camino de la perdición de tu vida, de la muerte espiritual de tu alma y de asegurarte un aposento en el Infierno.
Es tu responsabilidad, lee con atención y toma tu decisión… ¡YA! (CIC, 1036):
Las afirmaciones de la Escritura y las enseñanzas de la Iglesia a propósito del infierno son un llamamiento a la responsabilidad con la que el hombre debe usar de su libertad en relación con su destino eterno. Constituyen al mismo tiempo un llamamiento apremiante a la conversión: ‘Entrad por la puerta estrecha; porque ancha es la puerta y espacioso el camino que lleva a la perdición, y son muchos los que entran por ella; mas ¡qué estrecha la puerta y qué angosto el camino que lleva a la Vida!; y pocos son los que la encuentran’ (Mt 7, 13-14)”
Termino esta reflexión espiritual, con la posición de la Iglesia respecto del llamado que Dios hace a los laicos al servicio apostólico (Concilio Vaticano II):
Los laicos congregados en el Pueblo de Dios e integrados en el único Cuerpo de Cristo bajo una sola Cabeza, cualesquiera que sean, están llamados a ser miembros vivos, a contribuir con todas sus fuerzas, las recibidas por el beneficio del Creador y las otorgadas por la gracia del Redentor, al crecimiento de la Iglesia y a su continua santificación.
Ahora bien, el apostolado de los laicos es participación en la misma misión salvífica de la Iglesia, apostolado al que todos están destinados por el Señor mismo en virtud del bautismo y de la confirmación. Y los sacramentos, especialmente la sagrada Eucaristía, comunican y alimentan aquel amor hacia Dios y hacia los hombres que es el alma de todo apostolado. Los laicos están especialmente llamados a hacer presente y operante a la Iglesia en aquellos lugares y circunstancias en que sólo puede llegar a ser sal de la tierra a través de ellos. Así, todo laico, en virtud de los dones que le han sido otorgados, se convierte en testigo y simultáneamente en vivo instrumento de la misión de la misma Iglesia en la medida del don de Cristo (Ef 4,7).
Además de este apostolado, que incumbe absolutamente a todos los cristianos, los laicos también puede ser llamados de diversos modos a una colaboración más inmediata con el apostolado de la Jerarquía, al igual que aquellos hombres y mujeres que ayudaban al apóstol Pablo en la evangelización, trabajando mucho en el Señor (cf. Flp 4,3; Rm 16,3ss). Por lo demás, poseen aptitud de ser asumidos por la Jerarquía para ciertos cargos eclesiásticos, que habrán de desempeñar con una finalidad espiritual.
Así, pues, incumbe a todos los laicos la preclara empresa de colaborar para que el divino designio de salvación alcance más y más a todos los hombres de todos los tiempos y en todas las partes de la tierra. De consiguiente, ábraseles por doquier el camino para que, conforme a sus posibilidades y según las necesidades de los tiempos, también ellos participen celosamente en la obra salvífica de la Iglesia…” (Tomado de Lumen Gentiun, 33).

CC: M López

Comisión Espiritualidad Ignaciana de Costa Rica
Guía para la reflexión personal:


  1. Medite sobre situaciones que han cambiado el rumbo de su vida, y que aunque no pueden ser explicadas racionalmente, usted sabe que ha sido Dios quien ha estado actuando. ¿Qué actitud tomó usted a partir de dichas situaciones? ¿Asumió usted algún compromiso espiritual a raíz de estas situaciones, o simplemente “dejó pasar”?




  1. En su intimidad, analice algunos de los éxitos que usted ha alcanzado en su vida y luego del análisis, concluya si el éxito ha sido aparente o verdadero.




  1. Analícese internamente a nivel de su “conciencia”. ¿Qué le dice su conciencia cuando leyó este artículo espiritual? ¿Qué piensa hacer en los próximos meses, como resultado del dictado de su conciencia?




  1. Luego de meditación profunda, anote en un papel cuáles son los diferentes “talentos” que Dios le ha regalado. ¿Qué ha hecho con ellos? ¿Han sido utilizados para satisfacer su ego o para cumplir con la Ley del Amor?




  1. Analice cuidadosamente y conteste: ¿Cuál es el mayor y mejor uso que podrías darle a tu libre albedrío? ¿Qué estás haciendo con tu libertad en este momento y qué es lo que estás cosechando para tu vida futura?



Guía para la reflexión grupal:


  1. Analice esta afirmación de la Iglesia Católica: “La conciencia es el primero de todos los vicarios de Cristo”. Discuta qué relación existe entre la conciencia y las potencias del alma: entendimiento, memoria y voluntad.




  1. Analice y discuta la siguiente afirmación: las vocaciones sacerdotales están disminuyendo y como consecuencia, el laico deberá asumir un rol cada vez más preponderante dentro de la Iglesia Católica.




  1. Los Ejercicios Espirituales nos permiten liberarnos de apegos y conocer la voluntad de Dios para nuestra vida. ¿Qué relación existe entre esta afirmación y la decisión de alcanzar el éxito verdadero?




  1. Discuta opciones viables para cumplir el mandato expresado en el Concilio Vaticano II hacia los laicos, dirigido a los dirigentes de la Iglesia: “ábraseles por doquier el camino para que, conforme a sus posibilidades y según las necesidades de los tiempos, también ellos participen celosamente en la obra salvífica de la Iglesia”




  1. Analice y discuta grupalmente sus respuestas: ¿Porqué el Reino de Dios empieza en esta vida terrenal? Como consecuencia del análisis, discuta las razones por las cuales el Infierno también empieza en esta vida terrenal.



CC: M López

Comisión Espiritualidad Ignaciana de Costa Rica


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