Procesos y estructuras para el acompañamiento vocacional (05)



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Definición

Acompañar es caminar junto a otro hacia una meta. En este caso se trata de acompañar durante el proceso vocacional.

Es: “una ayuda temporal e instrumental que un hermano mayor en la fe y en el discipulado, presta a un hermano menor, compartiendo con él un trecho del camino, para que pueda discernir la acción de Dios en él, tomar decisiones y responder a la misma con libertad y responsabilidad” (Cencini)



La meta es el discernimiento y la confirmación de la propia vocación, que la persona se descubra en “estado vocacional”, pueda tomar decisiones y crecer con libertad y responsabilidad delante de Dios y de si mismo. Así entendido, el acompañamiento es una ayuda para encontrar y vivir la vida con sentido, para ser coherentes con la fe. Es una ayuda temporal e instrumental de parte de la Pastoral de las Vocaciones que se propone a un hermano menor en la fe y en el discipulado. La meta es, en definitiva, la santidad del entrevistado.
Fundamentamos el acompañamiento espiritual-vocacional en la paternidad de Dios. En efecto, Dios es Padre y por ello modelo de paternidad. Toda experiencia humana de paternidad es un reflejo -siempre incompleto- de la paternidad Divina. Ser padre o ser madre es una realidad cotidiana y existencial que marca la vida de tal manera que, a partir de un nacimiento: se es madre o padre para siempre. La paternidad completa al varón porque integra en su vida la realidad de la mujer como esposa y como pareja y lo proyecta en una nueva vida. Lo mismo sucede -en otro plano- con la maternidad. Podemos hablar de una paternidad biológica en el momento en que el varón fecunda a la mujer, podemos hablar de una paternidad psicológica cuando el hombre asume que es padre y sobre todo, cuando asume vivir su rol de padre. Aquí hablamos de una conciencia responsable asumida, que da plenitud al ser hombre. Podemos hablar también -y entre otras realidades- de una paternidad espiritual: cuando la paternidad es asumida como don de Dios y como misión que se confronta con la misma paternidad divina. Así entendida, es una actitud existencial y una opción interiorizada. La paternidad espiritual es -también- eclesial y pastoral. Es una experiencia de donación al hijo, misterio diferente. Es responsabilidad asumida desde el corazón.
El padre espiritual es aquel que asume la Iglesia como Esposa y se compromete en Dios Padre con el hijo para ayudarlo a ser y a ser diferente, a crecer y a responder vocacionalmente, por eso podemos hablar en Pastoral de las Vocaciones de una paternidad eclesial. Ella hace presente la paternidad divina. Tal paternidad es la victoria del amor y de la generosidad en una cultura de “con uno ya cumplimos”. Es el triunfo de la madurez sobre la esterilidad en un mundo sin modelos de vida, en una cultura de muerte y del mínimo En tal sentido, el acompañamiento vocacional-espiritual también es el ejercicio de la paternidad espiritual -o maternidad para la mujer- de la Iglesia.
Cuando una Diócesis, una Congregación, un Instituto o un cristiano acompaña vocacionalmente a otro, está viviendo la experiencia de la paternidad espiritual, está viviendo la paternidad responsable de la Iglesia. Cuando una Diócesis o Congregación no acompaña o no acompaña adecuadamente a sus vocacionables, está viviendo una soltería irresponsable, aunque esta expresión resulte dura. La vivencia de la paternidad espiritual hace sentir, al que acompaña, que su entrega es fecunda y completa.
La entrevista

Es mucho más que un encuentro “de café” o hacer promoción vocacional, es una acción pastoral concreta.


Ha de ser: 1) procesual, pues ha de pasar por pasos concretos antes de llegar a la meta. 2) metódica, pues ha de tener cierta frecuencia, ha de estar concertada, estar “agendada”, marcada con anterioridad. 3) integral, pues ha de contemplar la totalidad de la persona. 4) personalizada, es decir, ha de contemplar un joven concreto.
Nos hacemos varias preguntas para profundizar en el tema: ¿por qué?, ¿para qué?, ¿cómo? y ¿cuándo realizar una entrevista?... La primera interrogante es: ¿por qué hacer entrevistas? Respondemos que, en una sociedad globalizada y con eficaces MCS como la nuestra, es necesario un trato de tú a tú, de corazón a corazón. Más que nunca las personas necesitan ser escuchadas y acompañadas personalmente. La respuesta viene de la realidad: Dios escucha el clamor de su pueblo y habla a Moisés (Cf. Ex 3). El modelo es Cristo que acompaña en el camino de Emaús (Cf. Lc 24, 13- 35). Allí hace un proceso con sus discípulos que va, de la angustia y el miedo al testimonio. Es metódico, pues Cristo comienza hablando de los profetas hasta llegar a Él. Su “entrevista” es integral, pues tiene en cuenta toda la persona de cada uno de los dos discípulos. Es personalizada, ya que cada uno siente arder “su” corazón cuando habla.
¿Cómo la hizo Jesús? Con un llamado a la conversión, a la apertura al Reino y a estar con el: “vengan a mi...” (Mt 11, 28- 29), “si alguien quiere venir en pos de mi...” (Mt 16, 24). Después formó (Mt 5, 1ss) y puso exigencias propias de todo seguimiento: negarse a si mismo y cargar la cruz (Mc 8, 34- 38 y Lc 9, 23- 24), dejar padre y madre (Lc 14, 25- 27) 33 y optar por El (Lc 9, 57- 62).
Proponer y realizar entrevistas de acompañamiento personal es parte de la espiritualidad cristiana y de la pastoral eclesial. No hacerlo sería perder un instrumento privilegiado de evangelización.
La segunda pregunta es: ¿para qué hacerlo? Respondemos que es para colaborar en la maduración de la fe, para ayudar a unificar a la persona en torno a su vocación e identidad espiritual, para colaborar en la construcción de un proyecto de vida, para complementar los itinerarios grupales, para complementar el crecimiento psicológico de cada fiel, para que el acompañado ame más y mejor y, sobre todo, para que el discernimiento vocacional sea eclesial.
La tercera pregunta es: ¿cómo hacerla? Se ha de hacerla con profesionalidad y desde el corazón. Se ha de partir de la realidad de cada uno, se ha de tener en cuenta los silencios, gestos, contenidos del diálogo, etc. Quien acompaña a de: escuchar, escuchar y escuchar. Por parte de quien es entrevistado, es necesario apertura, humildad y transparencia.
La cuarta interrogante que nos hacemos es: ¿cuándo hacerla? Especialmente cuando se inicia un proceso formal.
Condiciones para ser acompañante

Quien realiza la entrevista de acompañamiento ha de conocer su historia personal y su vocación, estar reconciliado con su pasado, su realidad, su afectividad, su yo-real y su yo-ideal, sus fortalezas y sus debilidades. Ha de saber que la hace “en nombre de la Iglesia”, por eso ha de cultivar la humildad, no se ha de proponer a sí mismo sino a Jesús, ha de guiarse por criterios de comunión. Ha de tener: paciencia, capacidad de empatía, misericordia, madurez humana y de fe, oración personal y testimonio eclesial, responsabilidad en el propio proceso y fidelidad vocacional, libertad interior y objetividad. No ha de hacer por el otro lo que éste puede y debe hacer por sí mismo. Ha de poseer capacidad pedagógica, formación teológica y comunión con el Espíritu. Ha de tener la disciplina de confrontarse él mismo con otro acompañante y, en lo posible, trabajar en un equipo inter-disciplinar.


Quien entrevista está sometido a ciertos peligros: no captar la búsqueda de dependencia o seguridad de parte del acompañado, no procesar interiormente los “efectos” del acompañamiento, por ejemplo, no procesar sus temores ante la infidelidad cuando el acompañado lo menciona. También: atracción por el acompañado del otro sexo, deseo de proyectarse en un acompañado “muy parecido” a sí, involucrarse en tensiones, problemas personales, afectos del otro. Pensar que es “su” vocacionable, o escuchar mostrando apuro, o desinterés. Puede no percibir que debe derivar a un especialista ciertos casos, no captar ciertas patologías, somatizaciones, dificultades afectivas, etc. También estará siempre el peligro de pecar contra el acompañado. Son pecados contra el otro: cosificar, dominar afectivamente, castigar, dominar psicológicamente, engañar, manipular, ironizar, no dejar crecer, tener lástima, criticar, no dejar independizarse, juzgar, no dejar ser libre, censurar, curiosear, encasillar, dirigir, dominar, etc.
El encuadre de la entrevista

Se debe tener en cuenta un lugar adecuado donde muebles, mesas, etc., estén a una cierta distancia entre las personas, tanto si caminan como si están sentadas. Se ha de observar que no haya interferencias u objetos que corten la comunicación, como teléfono o celular. Acompañado y acompañante han estar de acuerdo en el tiempo de la entrevista y en sus objetivos. Durante la entrevista se ha de estar atento al lenguaje no verbal y a la forma en que se presenta la persona: vestimenta, posición del cuerpo, problemática de la que habla con frecuencia, silencios, gestos, lenguaje, cultura, etc., hasta llegar a comprender los códigos del otro. Se ha de estar atento al elemento psicológico: dependencias afectivas, bloqueos, incapacidad de verbalizar sentimientos, diferencias ideológicas y teológicas que puedan haber. En definitiva, se ha de comprender que durante la entrevista el otro es la Iglesia concreta y que por eso merece tiempo y atención, todo mi tiempo y toda mi atención.


Tanto quien realiza la entrevista, como quien la solicita, han de buscar la presencia del Espíritu que está en lo interior de la conciencia, que inspira y hace fecunda la vida de cada discípulo. Por eso no se han de centrar en aspectos superficiales como, por ejemplo, los últimos resultados de fútbol. Quien hace la entrevista ha de tener claro el primado de la misericordia.


Objetivos de las entrevistas


El hombre crece en la medida en que profundiza su relación con Dios, toma conciencia de que es salvado en su historia personal y asume que ha de convertirse. Crece si discierne y desarrolla sus talentos. Se desarrolla cuando, trascendiendo a sí mismo, sale de su egocentrismo y se compromete en la vida con una misión determinada.




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