Procesos y estructuras para el acompañamiento vocacional (05)


El proceso de todo discipulazo



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El proceso de todo discipulazo

El corazón espiritual de Aparecida es el número 278. Presenta cinco pasos:
El primer paso es el encuentro real y profundo con la Persona de Jesucristo Crucificado-Resucitado. Quienes serán sus discípulos ya lo buscan (Cf. Jn 1, 38), pero el Señor es quien los llama: “Sígueme” (Mc 1, 14; Mt 9, 9). Aunque el discípulo busque al Maestro, es Él quien lo busca primero. En el fondo, se trata de que cada uno se deje encontrar por Él. Este encuentro debe renovarse constantemente por el testimonio personal y la acción misionera de la comunidad. Sin este encuentro fundante y kerygmático, no será posible elaborar un proyecto de vida. Sin el kerygma, los demás aspectos de este proceso están condenados a la esterilidad. Sólo así se da la posibilidad de una iniciación cristiana verdadera. El kerygma es, no solo el origen de la iniciación cristiana, sino el hilo conductor del proyecto (Cf. DA 278 a). La meta es una vida “en Cristo”. La meta final fue lo que llevó a San Pablo a exclamar: “y ahora no vivo yo, es Cristo quien vive en mí” (Gal 2, 20).

El segundo paso es la conversión. No hay encuentro verdadero si éste no conduce a la conversión. De hecho, no es la persona la que se convierte, sino la que se deja convertir. Hablamos aquí no sólo de una conversión ética, sino a la Persona de Jesucristo. Supone pasar del yo real -es decir, de lo que soy- al yo ideal que es Cristo y a lo que estoy llamado a ser por el sacramento del bautismo y por vocación. Es la construcción del yo cristiano, del yo espiritual, de la persona espiritual. Es una conversión como discípulos y para ser mejores discípulos. Es un cambio que afecta a la persona en su totalidad, que afecta su forma de ser y de vivir (Cf. DA 278 b). Se actualiza cada vez que celebramos el sacramento de la reconciliación.





El tercer paso es el discipulado. La persona, que ama a Jesucristo, profundiza en el misterio de su Persona (Cf. DA 278 c). Se alimenta, por un lado con la oración personal y comunitaria y, por otro, con la Palabra de Dios. Es de fundamental importancia la catequesis permanente y la vida sacramental para que pueda perseverar en la vida cristiana y en la misión. Así discernirá e iluminará la realidad personal y circundante. “En el fiel cumplimiento de su vocación bautismal, el discípulo ha de tener en cuenta los desafíos que el mundo de hoy presenta a la Iglesia de Jesús, entre otros: el éxodo de fieles a las sectas y otros grupos religiosos; las corrientes culturales contrarias a Cristo y la Iglesia… la escasez de sacerdotes en muchos lugares, el cambio de paradigmas culturales, el fenómeno de la globalización, la secularización, los graves problemas de violencia, pobreza e injusticia, la creciente cultura de la muerte que afecta la vida en todas sus formas” (DA 185). El discípulo ha de tener una clara conciencia de la realidad.
El discípulo ha de intentar vivir la misma gran opción de su Maestro: hacer la voluntad del Padre. Para ello, ha de imbuirse de sus sentimientos, ser sensible a los pobres y comprensivo con los pecadores, porque él mismo se sabe necesitado y pecador. Ha de ser cercano a sus semejantes (Cf. Mc 4, 3- 8. 26- 29; Lc 12, 16- 21) porque su Maestro fue cercano a los humildes y supo del hambre (Cf. Mt 4, 2), la sed (Cf. Jn 4, 7; 19, 28), el cansancio (Cf. Jn 4, 6- 7), la vida insegura y sin techo, la persecución, la angustia (Cf. Mt 26, 40), la negación (Cf. Lc 22, 55- 60) y el abandono (Cf. Mt 27, 46). La dinámica de la Encarnación llevó al Maestro a sufrir el dolor humano. La dinámica del discipulado lleva a ser solidarios con todas las situaciones humanas.
El verdadero discípulo ha de ser un ser libre (Cf. Lc 16, 19- 26; Lc 19, 1- 10; Lc 12, 15- 21; Lc 16, 13; Lc 12, 33- 35), ha de abandonarse en las manos del Padre (Cf. Lc 12, 22- 31; Lc 15; Lc 11, 1- 13), ha de tener misericordia y compasión (Cf. Lc 6, 27- 38), ha de ser amigo (Cf. Lc 10, 17- 24). Ha de poseer sus valores (Cf. Lc 7, 11- 17; Lc 4, 38- 41) y combatir las divisiones creadas por los hombres (Cf. Lc 10, 29- 37; Lc 7, 6; Lc 20, 46- 47), especialmente aquellas que deshumanizan (Cf. Lc 5, 17- 26; Lc 9, 12- 17; Lc 8, 22- 39; Lc 8, 42- 48). Para ello, ha de cultivar la oración, ha de tener una espiritualidad encarnada y una espiritualidad de comunión, una oración que prolongue la Creación y la Encarnación y que asuma la historia humana y la vida de la gente. Jesús nos enseña orar por los otros. Siempre, se ha de volver la mirada al Maestro La oración diaria del discípulo será un signo del primado de la gracia en el itinerario del discípulo-misionero. El proceso no puede sino apoyarse en la oración y en la Palabra.
El discípulo se alimenta de la Eucaristía pues “cultiva una relación de profunda amistad con Jesucristo y procura asumir la voluntad del Padre” (DA 255). La Eucaristía es Misterio de comunión con Dios, la Iglesia y la realidad social. No sólo es el lugar privilegiado del encuentro del discípulo con Jesucristo, también lleva al compromiso con el prójimo (Cf. DA 251). “La Eucaristía, fuente inagotable de la vocación cristiana es, al mismo tiempo, fuente inextinguible del impulso misionero” (DA 252). Al decir de Benedicto XVI: “¡Sólo de la Eucaristía brotará la civilización del amor que transformará Latinoamérica y El Caribe para que además de ser el Continente de la esperanza, sea también el Continente del amor!” (DA 128).
El verdadero discípulo no puede creer “a su manera”. Ha de cultivar la participación en el espacio vital de la comunidad (Cf. DA 278 d). “La vida en comunidad es esencial a la vocación cristiana” (DA 164). “En la Eucaristía, se nutren las nuevas relaciones evangélicas que surgen de ser hijos e hijas del Padre, hermanos y hermanas en Cristo. La Iglesia que la celebra es “casa y escuela de comunión”, donde los discípulos comparten la misma fe, esperanza y amor al servicio de la misión evangelizadora” (DA 158). El discípulo ha de tener sentido de pertenencia a una comunidad pastoral y de vida (Cf. Ibíd.,). Quien es individualista es un mal discípulo. El buen discípulo es, a la vez, misionero (Cf. DA 184; 278 e). Jesús está presente en medio de una comunidad viva en la fe y en el amor fraterno. Allí cumple su promesa: “Donde están dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos” (Mt 18, 20). Está en todos los discípulos que procuran hacer suya la existencia de Jesús y vivir su propia vida escondida en la vida de Cristo” (Cf. Col 3, 3) (DA 256).
Este itinerario formativo de parte de la Iglesia y el proyecto de vida del discípulo se necesitan y complementan mutuamente. La puesta en marcha del proyecto de vida exige, por otra parte, testigos que avalen dicho proceso. El acompañamiento espiritual-vocacional es clave para que cada uno se encuentre y convierta a Jesucristo, asuma su historia personal como historia de salvación, integre su propia realidad de pecado y viva como gracia los sacramentos, especialmente la reconciliación y la Eucaristía. Tal discípulo no podrá contener su vivencia y será necesariamente misionero.
“Aparecida” agrega que son lugares o espacios para la formación de los discípulos: la familia, la parroquia, las pequeñas comunidades de vida, los movimientos y la educación.

Los cinco pilares sobre los que ha de apoyarse el discipulado son: oración, Palabra de Dios, Eucaristía-Reconciliación, vida fraterna y acompañamiento personalizado. Las parroquias, movimientos, etc. y la Animación Vocacional (SAV)--Pastoral Vocacional tienen su aporte específico en este itinerario.


El Documento final de Aparecida agrega que se ha de “proponer a los jóvenes el encuentro con Jesucristo vivo y su seguimiento en la Iglesia, a la luz del Plan de Dios, que les garantiza la realización plena de su dignidad de ser humano, les impulsa a formar su personalidad y les propone una opción vocacional específica: el sacerdocio, la vida consagrada o el matrimonio. Durante el proceso de acompañamiento vocacional se irá introduciendo gradualmente a los jóvenes en la oración personal y la lectio divina, la frecuencia de los sacramentos de la Eucaristía y la Reconciliación, la dirección espiritual y el apostolado” (DA 446 c). Éste numero es clave. Reafirma el proyecto de vida propuesto: un encuentro con Jesucristo vivo en la Iglesia, la conversión y el discipulado. Expresa claramente que el itinerario incluye una opción vocacional específica. He aquí el desafío para nuestras pastorales, movimientos y parroquias.
Recuerdo el encuentro con un joven al que llamaremos “D”. Salía de una situación límite, había tenido un encuentro con Cristo en la parroquia y quería seguirlo. Para expresar su conversión había dejado todo: pequeños bienes materiales, familia y estudio. En primer lugar lo ayudé a conocerse mejor, valorarse a sí mismo y a su familia, aceptar sus potencialidades y volver al estudio. Después, le sugerí leer el Evangelio de Mateo desde la pregunta: ¿cómo puedo seguir a Jesucristo?
El seguimiento de Jesucristo en grupo -o pequeña comunidad- es fundamental. También es importante que la Animación Vocacional verifique que el vocacionable intenta vivir como discípulo. La vida espiritual supone y necesita que la dimensión cristiana sea sólida. Es imposible pensar en una vocación específica si la persona no vive como discípulo y en comunidad de discípulos. Sin este nivel será imposible hablar, plantear, esperar o formar vocaciones para un estado de vida determinado. La afirmación de Jesús, citada en Juan 1, 35- 42: “vengan y vean” nos impulsa a que el encuentro con el Maestro sea dinámicamente real y permanezca en nosotros para que cada discípulo pueda permanecer en Él y en su amor (Cf. Jn 15, 9. DA 245).
El tercer contenido básico es la ya señalada distinción entre Vocación y profesión. Después que este punto esté claro han de presentarse los tres estados de vida y la necesidad de una búsqueda seria y responsable.
El cuarto contenido fundamental es la elaboración del proyecto de vida en Jesucristo (Valor final y verdadero). Ha de incluir aspectos pedagógicos y ha de ser vocacional. ¿Quién soy? ¿Cómo seguir a Jesús? ¿Cuál es mi Vocación? Estas y otras propuestas, desencadenan la búsqueda personal con la metodología y pedagogía propias de la Pastoral Juvenil. La elaboración del proyecto ha de ser “procesual” y personalizado, ha de tener en cuenta la dimensión: psico-afectiva (ser, poseerse, donarse en el amor), socio-cultural (convivir y comunicarse), política (situarse y comprometerse históricamente), técnico-metodológica (hacer y construir) y mística-teologal (trascender).

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El quinto contenido fundamental es la necesidad de escuchar la voz de Dios que llama a un estado de vida.
Durante esta etapa sugerimos pasar de un acompañamiento informal por parte del guía de jóvenes, del asesor laico de pastoral juvenil, del catequista, del religioso, consagrado o directamente del sacerdote (la charla espontánea con la invitación a conversar, a compartir ¿cómo andás?, ¿cómo te sentís?...a profundizar la fe o los problemas propios de esa etapa de la vida) a un acompañamiento formal. El joven podrá así tomar conciencia de que Dios lo llamará o lo llama a una vocación- misión concreta y se podrá asumir en estado vocacional. Pero, antes de comenzar un acompañamiento formal, se ha de verificar si hay un mínimo de disposiciones y posibilidades de responder a una vocación consagrada: si existe un cierto nivel de estudio concreto (que esté estudiando con una cierta responsabilidad y que en 12 no tenga- por ejemplo- 9 materias bajas), de permanencia al grupo juvenil, al menos de unos meses, de querer asumir la propia familia, vida y amistades, de plantearse metas, etc. Para verificar esto se pueden hacer tres entrevistas previas mínimas como sondeo viendo también si no están presentes las contraindicaciones de las cuales hablaremos más adelante. Muchas veces conviene proponer un retiro vocacional al comenzar el acompañamiento.
En esta etapa se puede complementar el proceso con encuentros, jornadas y retiros vocacionales. La línea ignaciana motivadora de la etapa es el “principio y fundamento”.
Sirven aquí como textos bíblicos: Jn 1, 40- 42; Lc 18, 18- 22; Lc 5, 1- 11; Lc 5, 27- 29; Lc 9, 23- 24; Lc 9, 57- 62; Lc 14, 25- 27. 33, etc. Son los distintos llamados que hace Jesús. Sería importante preguntarnos: ¿cuál es el horizonte mínimo de esta etapa? Éste debe tener las características de la madurez humano-afectiva y del compromiso espiritual-eclesial-pastoral.
2. Etapa del Discernir
Objetivo principal: es el discernimiento de la vocación específica.
Supone que, tanto la dimensión humana como la dimensión cristiana de la vocación se van desarrollando y que la persona está en condiciones de optar por un estado de vida. Presume el ejercicio de la libertad, la responsabilidad, la sinceridad, convicciones firmes, coherencia con los propios valores, conocimiento de límites y posibilidades, no mezclar la Vocación humana-cristiana con valores incompatibles y obrar según las normas del propio grupo. ¿Cuándo comienza la etapa? Cuando la persona es capaz de trabajar y amar. Durante el proceso grupal y la integración parroquial o al movimiento, cada uno hace sus pequeñas y grandes opciones a: aceptarse y seguir conociéndose, a ser de esta o de aquella forma, a vivir, compartir, celebrar la fe comunitariamente, a estudiar, a elaborar un proyecto de vida según los criterios del Evangelio, a buscar y definir su vocación específica. Cuando se comienza- generalmente en la etapa de la militancia de la Pastoral Juvenil- a hacer tales opciones se está en condiciones de discernir y de hacer una opción de vida. Es esta capacidad de opción la que da ánimo, seguridad, claridad y la que consolida el crecimiento vocacional llevándolo al discernimiento. Aquí se presentan las vocaciones eclesiales: laical, sacerdotal y religiosa (consagrada). Cada uno ha de discernir cuál es la “suya.” Para ello, es importante que busque un referente espiritual o acompañante y ejercite la forma en que toma decisiones.
El sexto contenido es el tema de la libertad. Este valor es determinante en la conquista de la personalidad y decisivo para comenzar la etapa del discernir pues sólo discierne quien es libre. La condición fundamental es “administrarse a uno mismo”, ser libre, haber logrado in­dependencia, ser alguien que actúa por sí mismo. Aquí hablamos de libertad para ser. La libertad tiene vertientes: liberarse de la esclavi­tud, del miedo, de la ig­norancia, de la mi­se­ria y liberarse para ser uno mis­mo. Levinas afirma que la libertad es la capaci­dad de responder personalmente al llamado del otro, es decir que, más me realizo cuanto mejor escucho y respondo al prójimo. Libertad es la capacidad de ser alguien frente a los otros, en el mundo. Se construye con pequeñas opciones libres; de ahí la importancia de aprender a hacerlas. Supone el amor, pues amar es donarme totalmente a alguien, en libertad. El amor es libre y es el mejor campo para ejercer la libertad. Podemos decir que el hombre no pierde nunca su libertad metafí­sica o potencialidad, pero sí, su libertad exis­tencial o funcional, de ahí la importancia de buscarla permanentemente. Así entendida, la libertad es un don y una tarea. San Pablo ha­bla de “la libertad de los hijos de Dios”, cuando la persona no se mueve por miedo o intereses materiales, sino por la fe. La verdadera libertad acepta a Dios. La elaboración de un proyecto de vida supone, pues, un estado de libertad (Cf. CC 170- 174).
El séptimo contenido es el discernimiento propiamente dicho. Se hace desde las cuatro fases de la personalidad:

- “fase de la personalidad social”: donde predomina el discernimiento desde la realidad social.

- “fase de la personalidad cristiana”: donde predomina el discernimiento personal para encarnar la propuesta evangélica desde la consideración de los diferentes carismas y estados de vida.

- “fase de la personalidad eclesial”: donde predomina el discernimiento para llegar a asumir los ministerios eclesiales al servicio del Pueblo de Dios.



- “fase de la deliberación y elección vocacional”: donde el acompañamiento espiritual-vocacional tiene un puesto decisivo a la hora de recapitular el llamado a través de todas las experiencias vividas hasta el presente, de responder sin condiciones en generosidad y responsabilidad, de asumir- de manera libre, noble y conciente- el riesgo propio de toda Vocación: el Amor y el servicio” al decir de Santillana.
Es importante enseñar a discernir como lo hizo Jesús que no solo optó por el bien, sino que eligió adecuadamente los medios, que no eligió medios eficaces según la mentalidad de su época, sino que, desde el valor de la solidaridad con el débil y la fidelidad a la voluntad del Padre Dios, amó incondicionalmente.
El octavo tema primordial es la vocación que se elije. ¿A qué me llama, concretamente, Dios? Es clave que cada uno sepa, con cierta profundidad, “qué va a ser”. Es igualmente importante que el proceso sea enriquecido con retiros, encuentros, campamentos y misiones vocacionales. La primera inquietud vocacional ha de complementarse ahora con la actividad, la lectura y la atención a referentes vocacionales. Durante la presente etapa es importante aportar elementos para que la persona se conozca más, lo integre todo y se reconcilie consigo mismo, pues la vocación-misión supone una persona en paz consigo mismo.
La temática fundamental se sigue apoyando en la presentación de las distintas vocaciones, carismas y reglas de discernimiento, en el “ver” y “juzgar” la realidad, en el esfuerzo por “actuar” en ella, en las posibilidades vocacionales de cada uno, en la idoneidad de los candidatos a un estado de vida. Las líneas ignacianas motivadoras de la etapa son: la contemplación de “Cristo Rey”, “las dos banderas”, “los tres binarios”.
Aquí es clave hacer un acompañamiento frecuente que ayude a verificar además de la vocación, la madurez según la edad, el conocimiento personal, la firmeza en la fe y vivencia de la comunidad, el deseo de ordenar la vida según el Evangelio y en especial los sacramentos de la Reconciliación y de la Eucaristía, la sensibilidad ante los necesitados y los pobres al menos de otros jóvenes, la experiencia de oración como diálogo y la capacidad de reflexión propia, la disponibilidad y apertura a la formación.
Es clave ayudar en esta etapa a una revisión: del auto-conocimiento, auto conocimiento que genera como conducta el deseo de conocerse y como problema el auto engaño, de la auto- valoración, es decir la auto aceptación que genera como conducta el aprecio personal y como dificultad- común en esta época- la auto- desvalorización... de la auto confianza que genera seguridad personal y que lleva al desafío de sentirse “capaz de...” pero que tiene como dificultad la inseguridad, del auto- control o auto disciplina que lleva al organizarse pero que tiene como dificultad en muchos casos, el descontrol, de la auto afirmación y auto realización, es decir, la auto- trascendencia que propone una vida autónoma y desarrollar las propias potencialidades, pero que tienen como dificultad la auto- dependencia y tendencias a no ser.
También es clave en esta etapa la revisión de la auto estima que lleva al amarse a si mismo y como dificultad -también descalificante- la auto destrucción. Un tema central aquí es la opción por Cristo y en Cristo. Recién en esta etapa se puede hablar de carismas, madres fundadoras, etc., sin influir en quien aún no ha cerrado el discernimiento totalmente.
3. Etapa del Acompañar

Se realiza, para la vida consagrada y sacerdotal en casas de formación. Tiene como objetivo la formación inicial. Cada uno ha de formarse para lo que Dios llama. Aquí se ha de integrar toda la vida y la personalidad desde la propia vocación. A esta etapa también corresponde el matrimonio. Recordemos que hay, después de la profesión u ordenación, un tiempo en que se hace necesaria integrar la propia vocación asumiéndose desde ella. Un desafío pastoral es el acompañamiento de los matrimonios y familias integradas. El tema central es el de la fidelidad2.


En esta etapa no cualquiera sabe acompañar, sin embargo este acompañamiento es el que hace posible la realización de la propia vocación que enfrenta las dificultades propias de un estado de vida y que ahonda en la experiencia de la fidelidad de Dios.
Para el trabajo grupal:

1. ¿Cómo acompañar en el despertar vocacional generando procesos vocacionales?

2. ¿Cómo ayudar a discernir en libertad y responsabilidad?

3. ¿Cómo proponer un acompañamiento sistemático para que la vocación cristalice y no se pierda?

4. ¿Qué otras temáticas incluiríamos?

.

Apéndice 1





Etapa

Despertar

Discernir

Acompañar

Destinatarios

Adolescentes y

jóvenes (etapa de

iniciación de

pastoral juvenil).



Jóvenes (adultos); etapa de iniciación y militancia de

pastoral juvenil.



Jóvenes (adultos o en etapa de militancia de pastoral juvenil).

Objetivo específico

Inquietar acerca del sentido de la vida; dar los primeros pasos para elaborar un proyecto de vida estable desde la fe.

Colaborar en la búsqueda de la voluntad de Dios y de la vocación personal.

Contribuir en la construcción de la identidad vocacional-personal.

Valores fundamentales a

suscitar y consolidar



Servicio, solidaridad y

Sinceridad



Disponibilidad, responsabilidad y

libertad


Fidelidad y apertura radical al Proyecto del Padre en Cristo por el Espíritu.

Temas centrales

¿Quién soy?,

¿cómo soy?.

Vocación humana y vocación bautismal.


¿Quién soy?,

¿cómo soy? y ¿para quién soy? ¿A qué me llama Dios; discernimiento.

Vocación humana-cristiana y

específica.




De la respuesta vocacional a la opción definitiva. Responsabilidad personal, comunitaria y social; fidelidad.

Vocación humana-cristiana y específica



Otros contenidos

Conversión y

crecimiento; responsabilidades (estudio, trabajo, familia, oración, sacramentos,

compromiso de fe, amistades, etc).

Auto-conocimiento (y no auto-engaño).




Diagnóstico pastoral-espiritual de fortalezas, debilidades y

posibilidades.

Profundizar en la experiencia de conversión y

crecimiento integral.

Reconciliación consigo mismo, con los demás y con Dios. Compromisos eclesiales, espirituales y pastorales.

Auto-aceptación (y no auto-destrucción).

Asumirse desde el yo-real e integrar el yo-ideal.

Explorar la posible vocación personal.



Análisis evangélico de la realidad y de la propia realidad.

Auto-confianza (y no auto-inseguridad)...

Desde el yo-real al yo-ideal y viceversa.

Maduración de la vocación humano-cristiana, y específica; formación intelectual, espiritual, pastoral, comunitaria, afectiva, etc). Reflexión de los principios

evangélicos de

castidad, pobreza y obediencia.

Socialización de la agresividad, integración de la

sexualidad por el

Amor.


Posibles textos

bíblicos


Acercamiento a

Jesús: Lc 18, 18-

19 (joven rico); Lc

19, 1- 4 (Zaqueo).

Invitación: Lc 5, 1-

11 (Simón y

Andrés) o Lc 5,

27- 28 (Leví).

Exigencias: Lc 9,

23- 24 (negarse

tomar la cruz, no

avergonzarse de

Jesús); Lc 9, 57-

62 (no tener donde

inclinar la cabeza,

no mirar hacia

atrás)…


Vocación: Lc 6, 12- 16 (los 12); Mt 16, 18- 19 (Pedro).

Envío de vida: Lc 9,

1- 6 (a los 12).

Estilo: Lc 22, 24- 27

(a servir); Mc 1, 30

(anunciar el

Evangelio); Mc 10,

45 (dar la vida); Jn 4,

34. 6, 38 (hacer la

voluntad del Padre).

Misión: Jn 21, 15- 19 (Pedro); Mt 28, 19- 20 (Apóstoles)...






Tipo de

Acompañamiento



No-formal y formal.

Formal: personalizado.

Espiritual-vocacional personalizado.

A tener en cuenta

Clarificar falsas

Motivaciones.



Sondear “contraindicaciones”.

Tener en cuenta la crisis, marchas y

Contra-marchas. Elaborar un perfil de ingreso a la próxima etapa.


Psico-diagnóstico y eventual derivación; psico-pedagogo, etc.

Ayudar a distinguir crisis de adaptación, crecimiento y

vocación.

Capítulo 3

Los itinerarios vocacionales y formativos.

La palabra “itinerario” viene del latín: iter-itineris y significa viaje o trayecto. La voz también nos habla de ruta, proceso, recorrido, camino y vía. Supone un punto de partida, un recorrido y una meta. Como camino, admite etapas. Podemos hablar de itinerarios psicológicos (Cf. Erikson; “proceso heroico”), vocacionales, etc. Todo itinerario vocacional supone el encuentro personal y comunitario con Cristo. No podemos reconocer una vocación en quien vive aislado de la comunidad eclesial.





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