Procesos y estructuras para el acompañamiento vocacional (05)



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Procesos y estructuras para el acompañamiento vocacional (05)

28 de febrero- 4 de marzo de 2011

Pbro. Dr. Carlos E. Silva


Objetivo: Presentar el acontecimiento vocacional como un proceso en el cual es fundamental conseguir unos objetivos que se realiza a través del acompañamiento personal y grupal. Que el alumno adquiera la convicción de que es necesario cultivar procesos para poder ayudar a los jóvenes en su camino vocacional. Que conozca también cómo se realizan esos procesos.

Contenido fundamental: El proceso de una vocación (1). Etapas y contenidos de cada una de ellas (2). Los itinerarios vocacionales y formativos (4). Perspectivas bíblicas del acompañamiento: la pedagogía de Dios en el A.T.; el acompañamiento de Jesús a las personas y al grupo discipular en el NT (3). La dinámica de los grupos humanos y su contenido vocacional (7). Las estructuras para el acompañamiento grupal: catequesis vocacional, círculos vocacionales, etapas previas, etc. (5) La entrevista como medio fundamental. Entrenamiento para la entrevista (6).
En primer lugar, me hago eco de los temas anteriores que ha dictado ITEPAL. En segundo lugar, asumo esta propuesta desde dos temas fundamentales: los procesos vocacionales y el acompañamiento personal y grupal. Hace más de 27 años que trabajo en “Pastoral Vocacional”. En el 2009 fui invitado por el CELAM a participar de la comisión que redactora del II Congreso Latinoamericano y del Caribe recientemente celebrado. Tanto la preparación, como el Congreso en Costa Rica fue una “gran Lectio Divina” de Lucas 5, 1- 12. Su lema fue: “Maestro…, en tu nombre echaré las redes” (Lc 5, 5).
Nuestro punto de partida es la realidad.

Con corazón pastoral contemplamos una realidad nueva y cambiante a la vez (Cf. Cf. V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y del Caribe en Aparecida 2007, 19; a partir de ahora DA). Estamos a la orilla de un cambio de época, de un gigantesco cambio cultural y de paradigmas (Cf. DA 33; 44; 56) que provoca “una crisis de sentido” (DA 38). Dado que es imposible describirlo en su totalidad, observaremos algunos factores que inciden en los procesos vocacionales. Nos interesan cuatro aspectos: a) las carencias humano-afectivas y la subjetividad de los jóvenes, que desafían a nuevos procesos vocacionales y formativos, b) la dificultad que tienen para hacer opciones definitivas o mantenerlas y, a la vez, el hecho de que las toman rápidamente, c) cierta tendencia a la depresión o al narcisismo en muchos de ellos, d) la falta de figuras paternas o de referentes maduros en muchos. También encontramos, en algunos de ellos: identidades sexuales no cerradas, falta de verdadera libertad, atención a necesidades y no a valores, cuadros de inestabilidad emocional y de indefinición profesional.



Un aspecto a tener en cuenta al hablar de procesos y de acompañamiento: antes eran las familias las que evangelizaban, hoy son las parroquias y movimientos los que proponen la fe, el discipulado y la misión. En el plano vocacional se agrega otro problema: la pobreza conduce al analfabetismo; son muchos los que no terminaron ni terminarán sus estudios secundarios.

Capítulo 1

El proceso de una vocación
El término vocación viene del latín (vocatio) y significa, esencialmente, llamado. Cada uno lo siente en su interior como atracción, aspiración, interés o motivación. Se revela progresivamente a lo largo de la vida, más intensamente durante la juventud. Aunque a veces tiene similitud con el de otros, siempre es personal. Todos tenemos una vocación. Se trata de encontrarla y realizarla. No es únicamente “lo que me gusta”. Tampoco es una imposición divina o “destino”. Porque viene de Dios es un don amoroso. Porque exige una respuesta, es una misión intransferible.
El concepto de vocación

La vocación es la voluntad de Dios Padre que, en Cristo, se manifiesta por el Espíritu Santo como llamado y espera una respuesta libre y responsable de quien lo recibe.
La voluntad de Dios es “el sueño” de Dios Padre, su designio de felicidad y salvación para todo el género humano (Cf. 1 Tim 2, 4). Se revela en Cristo. Se manifiesta por el Espíritu Santo y, gracias a Él, es posible conocerla y discernirla. La oración y la vida de cada uno han de hacerse según esa voluntad (Cf. Jn 5, 14; Heb 13, 21).
La vocación es un llamado que Dios dirige a la conciencia de cada uno, a lo más profundo de cada persona y modifica radicalmente la existencia de quien lo recibe pues orienta y sella -positivamente- su futuro. Es un don, pues Dios llama a quién quiere, cuando quiere y como quiere. Es una gracia (Cf. Flp 2, 13). Es personal, pues va dirigido a la persona concreta. Es integral, porque involucra la totalidad del sujeto y provoca el crecimiento de todos los aspectos del ser humano. Abarca toda la historia personal, da una visión global de uno mismo y permite una respuesta total por la que se vive y hasta se muere. Es permanente, porque engloba la totalidad de la vida y es “para siempre”. Es dinámico y exige renovación. Es carismático y tiene en cuenta los talentos de cada uno. Es concreto -es a “algo”- y es situacional. Responde a una realidad objetiva, a una situación histórica y a un desafío específico. Es para el bien de los hermanos. Es llamado a la vida escatológi­ca y a la gloria eterna (Cf. Concilio Vaticano II, Constitución Dogmática Lumen Gentium 48 y 51 -a partir de ahora LG- y Constitución Dogmática Gaudium et Spes 22 y 25, a partir de ahora GS). Se revela a través de signos que el llamado ha de discernir.
Dios, que llama, espera una respuesta libre y responsable de parte de quien lo recibe. El llamado capacita a la persona para responder y la hace responsable del mismo. Tanto el llamado, como la respuesta conciente, determinan el sentido de la vida. La respuesta permite re-significar toda la vida desde la vocación recibida.
La voluntad de Dios se manifiesta como un único llamado que posee tres dimensiones: la humana o antropológica, la cristiana o bautismal y la específica o eclesial. Se manifiesta como un único llamado que posee tres estados de vida: el laical, el sacerdotal y el religioso-consagrado. Desde el bautismo, cada uno de ellos tiene una dimensión misionera y es vocación a la santidad. En efecto, las vocaciones específicas están orientadas hacia la santidad de los fieles y de la Iglesia misma (Cf. LG 39- 42).
La vocación es un proceso

La vocación se descubre y realiza en la historia. Es un proceso. El término viene del latín y refiere a un conjunto de acciones o actividades sistematizadas, coordinadas u organizadas, que se realizan -alternativa o simultáneamente- con un fin determinado. El término tiene significados diferentes según la rama de la ciencia en que se utilice. De la presente definición destacamos tres elementos: a) hablamos de acciones y actividades; b) estas se realizan sistemáticamente, en forma coordinada y organizada; c) persiguen un fin.


Podemos hablar de procesos psicológicos, pastorales, espirituales y vocacionales. El proceso psicológico es el camino entre el yo real y el yo ideal. Su fruto es la identidad personal. Desde el punto de vista pastoral distinguimos eventos de procesos. Los primeros se realizan en un tiempo y un lugar determinado. Están dirigidos a grupos o masas. Los procesos pastorales suponen objetivos, tiempo, mediaciones y están centrados en las personas. Algunos incluyen cierto tipo de eventos. Éstos, no siempre forman parte de un proceso. Nos preguntamos: ¿proponemos eventos o procesos en nuestras pastorales? Aparecida habla de distintos procesos. Indica que pueden ser: culturales (Cf. DA 45), globales (Cf. DA 61), de movilidad humana (Cf. DA 73), electorales (Cf. DA 74), de inculturación (Cf. DA 94), de trasmisión de la fe (Cf. DA 204), de conversión (Cf. DA 245), de crecimiento (Cf. DA 249), de formación (Cf. DA 276), de discernimiento vocacional (Cf. DA 294), catequéticos (Cf. DA 298), de iniciación cristiana (Cf. DA 300), en los seminarios (Cf. DA 319), educativos (Cf. DA 334, 337 y 338), de renovación misionera (Cf. DA 365), de evangelización (Cf. DA 399), de re-educación de presos (Cf. DA 427 y 429), de acompañamiento vocacional (Cf. DA 446), de formación permanente (Cf. DA 518), de integración de países (Cf. DA 528), etc.
El proceso espiritual es una actitud permanente de búsqueda y de concreción de la voluntad de Dios. También el misterio de la vocación es un proceso, pues incluye un tiempo de búsqueda, discernimiento, mediaciones, acciones coordinadas, actividades, opciones, objetivos y propuestas formativas. El proceso vocacional ha de ir acompañado de procesos pastorales y espirituales previos, paralelos y, a la vez, complementarios. Supone la fe, presumen la oración y la vida espiritual. Conduce al servicio, la entrega y el compromiso. Es un tiempo de crecimiento, maduración y conversión. El marco del proceso vocacional es la Iglesia y su misión.
El punto de partida es el nacimiento natural y el nacimiento sobrenatural. El bautismo nos compromete con el estilo de vida de Jesús, los valores del Reino, una espiritualidad de filiación y fraternidad. La meta es la realización personal y la santidad. Entre el punto de partida humano-cristiano y la meta, se impone un proceso. En efecto, la Iglesia -asamblea de convocados- ha de proponer acciones, itinerarios, etapas, que permitan a cada uno ser lo que Dios pide que sea.
Los procesos vocacionales están íntimamente relacionados con los catequéticos y juveniles. El punto de encuentro entre la Pastoral Juvenil y la animación vocacional es la elaboración de un proyecto de vida. ¿Cuándo proponerlo? Por un lado, Pastoral Juvenil piensa un proceso en tres etapas: nucleación, iniciación-crecimiento y militancia. Por otro, el servicio de animación vocacional-pastoral vocacional también indica tres etapas a partir de Itaicí: despertar, discernir y acompañar la vocación. No puede haber Pastoral Juvenil sin animación vocacional. Surge la pregunta: ¿cuándo tender puentes? Opinamos que en la segunda etapa de Pastoral Juvenil, es decir, a partir de la etapa de “iniciación-crecimiento”. Siguiendo a Itaicí podemos hacer la siguiente propuesta integradora:

Nucleación

I_____ Iniciación__________ Militancia (PJ).

Despertar...

Discernir ________ Acompañar (SAV-PV)


Coincidimos con Dutra Pessoa y afirmamos que el proceso vocacional pasa por tres etapas. Ellas son:

DESCUBRIMIENTO de la vocación MADURACIÓN CONFIRMACION

1ra etapa 2da etapa

Búsqueda

Conciencia bautismal Exploración Compromiso

Conversión Retiros Testimonio

Comunidad Inicio de la crisis

Dificultades

Enamoramientos Opción

Elección Concreción

Despertar vocacional Acompañamiento/discernimiento Vocación específica

Conciencia de la vocación Inseguridad- huida

como “estado” Regreso- crecimiento

Servicio de Animación (SAV-PV) Acompañamiento Acompañamiento

Vocaciones eclesiales Vocación específica

__________________________________________________


Primera etapa del proceso: búsqueda y despertar vocacional

La temática fundamental de la etapa es la dimensión humana o antropológica y la dimensión cristiana o bautismal de la vocación.


Nos situamos entre los dieciséis y dieciocho años. Pensamos en jóvenes que están agrupados y tienen un cierto sentido de pertenencia al grupo, la parroquia o el movimiento. Entre la familia -hoy fragmentada- y una compleja red de vínculos donde encontramos amigos, compañeros de trabajo y/o estudio, vecinos, profesores, etc., se hace necesario un espacio intermedio, capaz de generar vínculos personales. Es el grupo juvenil. Es un espacio mayor que la familia y menor que un centro educativo. Aporta auto-conocimiento, vínculos, conciencia de los problemas sociales, experiencia de trabajo en equipo y de pequeñas opciones. Contribuye a la vivencia de un Cristo joven y de una Iglesia viva. Desde él se descubre la comunidad mayor: la Parroquia y, desde ella, la Iglesia. Se descubre una fe comprometida y se pasa de una visión ingenua e idealista de la Iglesia a una visión más real, a la experiencia de “ser Iglesia”. Se pasa a la importante experiencia de orar, hacer análisis de realidad, juzgar desde la Palabra de Dios y actuar. Se hace la opción por los valores de Cristo. Esto será fundamental para el proceso vocacional. En esta etapa es importante descubrir la Pastoral de Adolescentes, la Pastoral Juvenil o el movimiento. Por eso, es recomendable que los grupos participen -junto a otros grupos- de misiones, servicio a los pobres, campamentos de trabajo, etc. En cada uno de ellos es fácil observar líderes y jóvenes con inquietudes. El grupo genera interrogantes y pone a cada uno en actitud de búsqueda. A ellos se les puede proponer comenzar un proceso vocacional-espiritual.
Tres elementos sobresalen durante la primera etapa y constituyen el despertar vocacional: la búsqueda de la identidad personal, la conciencia del compromiso bautismal y el descubrimiento de que cada uno “tiene” vocación. La psicología moderna opina que la personalidad se forja entre el nacimiento y los siete años de edad y que, en la adolescencia, se da como un nuevo nacimiento. Lo experimentamos en la vida pastoral. En esta etapa se da un redescubrimiento de uno mismo, de los otros y de Dios. Este conocimiento progresivo no es lineal. Se da en medio de dificultades, pruebas y crisis. Durante la adolescencia y la juventud se consolida la identidad personal. Aparece el tema de la profesión y de lo que se va a hacer. Para ello, se exploran las propias cualidades, capacidades, potencialidades y se establecen vínculos que serán importantes para la búsqueda. La motivación principal es a hacer algo, más que a ser alguien. Simultáneamente, comienza la reflexión sobre el futuro y la vocación personal. En términos espirituales, se redescubre el compromiso bautismal, se da una primera conversión y una vivencia de la comunidad eclesial. Surge el sentido de pertenencia a una comunidad concreta. Comienza el servicio de animación vocacional-pastoral vocacional.
Es importante distinguir profesión de vocación. Profesión, o vocación con minúscula, es un aspecto de la vocación, pero no es “la” vocación. Tiene relación con el “hacer y el saber hacer”. Supone una actividad que incluye un período de capacitación -corrientemente en un centro de estudios especializados- en atención a las cualidades personales. Se expresa en un título profesional y en muchos casos, en un grado académico. En términos generales, en una profesión se integran de manera más o menos armónica los intereses y las aptitudes personales. Coincidimos con Super que afirma que la profesión es la realización del concepto que la persona tiene de sí misma, lo que indica un proyecto de auto-realización. Tiedman y O´Hara dicen que la profesión es auto-desarrollo del yo-en-situación. El yo-en-situación sería la identidad del yo. Aquí ubicamos todas las profesiones: enfermera, maestro, carpintero, etc.
Holland y Roe indican que la profesión se vincula a la personalidad y describen seis tipos de personalidad: 1) realista, 2) intelectual, 3) social, 4) convencional, 5) emprendedora y 6) artística. Así, una personalidad realista puede inducir al estudio de ciencias sociales o una personalidad social a estudiar psicología. Para los citados autores, la estabilidad profesional está en relación con el grado de integración de la orientación profesional o laboral. Si la persona integra a su vida la profesión u oficio logra un grado de auto-realización y de satisfacción importante. Algunas veces, la elección de la profesión tiene su raíz en el contexto y en la influencia de la propia familia. Así, la hija de una maestra tiende a elegir la profesión de su madre.
Vocación –o “Vocación” con mayúscula- es el término que designa una realidad más amplia. Abarca el proyecto vital, implica el llamado que cada uno recibe de parte de Dios y la respuesta que da a lo largo de la vida. Determina el ser. La voz de Dios se manifiesta desde las situaciones históricas, del mundo y de la cultura contemporánea. A la vez, desarrolla las cualidades y talentos de la persona. La Vocación es yo-en-situación en el contexto de la historia de la salvación. Es llamado-voluntad de Dios que habla desde la realidad y desde las cualidades que Él mismo da para la misión. Es respuesta que involucra a la persona y se realiza en la historia. La escuela de Rulla afirma que la Vocación es la realización del ideal de sí mismo y no del concepto de uno mismo que, como ya dijimos, corresponde a una profesión. El yo ideal es mucho más que un mirarse con auto-aceptación, es motivación que hace trascender al yo-real para que llegue a ser yo-ideal o ideal vocacional. El ideal vocacional incluye los ideales propios y los ideales que la Iglesia tiene para esa Vocación particular. El paso del yo-real al yo-ideal supone un proceso.
Mientras que la profesión u oficio supone vacaciones y jubilaciones, la vocación es para siempre, como se es madre para siempre. Se puede ser maestro -o maestra- por un tiempo, en cambio una madre nunca se jubila de madre, sólo cambia su actitud ante el hijo.
Constatamos una dificultad durante el proceso vocacional y, en especial, en esta etapa: discernir entre profesión y vocación. La elección es entre dos o más profesiones por un lado y entre dos o más vocaciones por otro. Aunque las opciones se den simultáneamente, es distinto elegir entre estudiar ingeniería o abogacía por un lado y contraer matrimonio con esta o aquella persona. Tampoco es lo mismo responder a Dios desde el sacerdocio o desde la vida matrimonial. La búsqueda de la voluntad de Dios se ha de hacer, pues, desde realidades diferentes ya que una afecta el hacer y la otra al ser, como ya afirmamos.
En esta etapa, la Animación Vocacional (SAV) puede invitar a reflexionar y a que cada uno se descubra en “estado vocacional”, es decir, ante el desafío de comenzar una búsqueda vocacional en sentido amplio. El proceso parte de la realidad de cada uno-en-situación. Invita a la búsqueda y a la construcción de la identidad personal (¿quién soy?). Genera interrogantes como: ¿qué es la vida?, ¿cómo deseo vivir?, ¿cuál es el sentido de la vida humana y, en especial, de mi vida? Durante el proceso se ha de ver con claridad el concepto de vocación y de profesión. El segundo aporte consiste en ayudar a descubrir los propios talentos pues el proceso lleva a la misión (sentido de vida), propone la vivencia profunda del amor (¿para quién vivir?) y se realiza en el tiempo, en lugares concretos y en la historia. Incluye dos preguntas fundamentales: ¿quién es Dios? y ¿qué respuesta me hará feliz? Tanto el llamado como la respuesta se dan en un contexto de fe y a partir del encuentro con Cristo Vivo
Segunda etapa del proceso: maduración y discernimiento vocacional

La temática fundamental de la etapa es la dimensión cristiana o bautismal y la dimensión específica o eclesial de la vocación.


Estamos ante un tiempo de maduración y elección. A ella se retorna, dinámicamente, a lo largo de la vida. En esta etapa del proceso, la sociedad y la cultura presentan “caminos infinitos”. También, obstáculos y tentaciones, como: seguir siendo adolescentes, individualismo, superficialidad o una elección provisoria. Pueden ser obstáculos para la decisión vocacional: la imagen de Dios, la auto-percepción, la baja auto-estima, la dificultad para amar o de dejarse amar, vínculos no sanos que no han sido trabajados, el temor a equivocarse o ciertas condicionantes ambientales. La decisión ha de permitir que cada uno sea protagonista de su propio futuro. Por eso, es importante que el Servicio de Animación Vocacional (SAV) ofrezca un clima de acogida y la posibilidad del acompañamiento vocacional-espiritual personalizado, de tal manera que el joven pueda encontrar un espacio para confrontar su proceso. Es la etapa de los primeros retiros, de la exploración de vocaciones específicas y, a la vez, de las crisis, las dificultades, los noviazgos. A veces, aparecen síntomas de inseguridad o miedos. También, es la etapa también del testimonio. Éste surge del encuentro con Cristo Vivo, la integración a la comunidad, la vivencia de los sacramentos, la oración personal y el servicio de la caridad. La opción implica “tomar la vida en las manos” y optar por un estilo de vida.
Tercera etapa del proceso: confirmación de la vocación personal y acompañamiento durante la formación inicial

La temática fundamental de la etapa es la dimensión cristiana o bautismal y la dimensión específica o eclesial de la vocación.


La opción por un estado de vida. causa consolación: paz, alegría, aumento de fe, esperanza, caridad, etc. Szentmártoni afirma que la Vocación se descubre entre los doce y los dieciséis años, aunque se la concreta varios años después. El autor agrega que, cuando hablamos de vocaciones adultas, estamos más bien hablando de un descubrimiento tardío de la propia vocación. En la presente etapa el joven tiene ante sí un triple desafío: crecer como persona, como discípulo misionero de Jesucristo y concretar su vocación específica.
La motivación inicial, que antes permanecía unida a otras motivaciones, ahora se hace clara y se convierte en el núcleo integrador de la personalidad. Una vocación consagrada comienza, por ejemplo, por la influencia positiva de personas significativas -sacerdote, religio­sa, educador, o madre- por una experiencia de fe “fundante” como la misión o el voluntariado, una situación límite que ayuda a reflexionar, una lectura, un retiro, el ingreso de un amigo a la casa de formación, etc. Algunas motivaciones iniciales deberán purificarse o completarse con el tiempo. Recuerdo a “A” que ingresó a una casa de formación pensando que era la única forma de seguir a Cristo en profundidad. Progresivamente descubrió el valor de cada vocación y el que todas ellas son formas de seguir a Cristo. Fue así tomando conciencia de que realmente el Señor lo llamaba al sacerdocio. Su motivación inicial se había clarificado y purificado.

Recuerdo también una persona a la que llamaremos “B”. Sintió que Dios lo llamaba a la vida sacerdotal y dio su primera respuesta. Durante el camino formativo tomó conciencia que, aunque había cambiado su geografía, seguía siendo el mismo. Era el “viejo B”. El “nuevo B” le exigía crecer como persona, madurar su dimensión afectiva, ser más responsable en el estudio, tomarse en serio la oración, procurar ser más libre y vencerse a sí mismo en algunos aspectos. “B” descubrió que debía organizar sus tiempos, cambiar el método de estudio, aprender nuevas formas de oración, superar su timidez, ensayar nuevas formas de interacción. Las tres dimensiones de su vocación: la humana, la cristiana y la específica lo desafiaban a cambiar, a ser mejor. También quien opta por la vocación laical-matrimonial es llamado a un cambio. Asumir con responsabilidad el matrimonio y una familia exige atravesar fronteras donde la persona, el discípulo, el profesional intentarán ser mejores. La respuesta es siempre dinámica. Mientras el sujeto realiza su proceso humano-cristiano, se forma para un estado de vida1.


Para el trabajo grupal:

  1. ¿Qué etapas percibimos en los procesos vocacionales que acompañamos?

  2. ¿Cuáles podríamos proponer?

  3. Compartir las etapas de la propia vocación.

Capítulo 2

Etapas y contenidos de cada una de ellas.


El Primer Congreso Latinoamericano de Pastoral Vocacional celebrado en Itaicí, Brasil en 1994 pensó el proceso vocacional en tres etapas: despertar, discernir y acompañar la Vocación. El II Congreso Internacional: “Desarrollo de la Pastoral Vocacional en las Iglesias particulares: experiencias del pasado y programas para el futuro”, Roma 1981, había dicho que el proceso vocacional “se realiza especialmente en la comunidad parroquial” (número 43).


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