Problemas en la adolescencia


Intervención sobre los trastornos depresivos



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Intervención sobre los trastornos depresivos.
El tratamiento de la depresión en adolescentes es muy similar al de los adultos, y los terapeutas emplean un abanico amplio de enfoques, como el uso de fármacos antidepresivos , la psicoterapia cognitiva, el entrenamiento en habilidades sociales o la terapia familiar. En relación con el tratamiento farmacológico, aunque algunos fármacos utilizados con adultos se muestran poco eficaces con adolescentes, otros, como el PROZAC, suelen tener buenos resultados (Graber, 2004).

La psicoterapia cognitiva trata de identificar y cambiar los pensamientos negativos asociados a la depresión, mientras que con el entrenamiento de habilidades sociales se pretende mejorar la capacidad del chico o chicas para establecer relaciones con los iguales, ya que en muchas ocasiones se trata de adolescentes que suelen ser poco aceptados y que tienden a evitar las situaciones sociales, por lo que tienen pocas ocasiones de desarrollar su competencia social. Finalmente, la terapia familiar trata de cambiar los patrones de relaciones familiares que están contribuyendo a los síntomas depresivos del adolescente (Petersen et al., 1993).

La prevención también es importante, y puede resultar más efectiva que los tratamientos individuales una vez que el trastorno se ha desarrollado. Se pueden utilizar estrategias como el entrenamiento en habilidades para la vida que permita a los adolescentes afrontar situaciones estresantes, el apoyo a padres de adolescentes, o la detección precoz para intervenir antes de que los síntomas vayan a más.
4. Suicidio adolescente.

Muy relacionados con los trastornos depresivos se encuentran las conductas suicidas, que son aquellos actos mediante los que un sujeto persigue el objetivo de procurarse la muerte. No obstante, en bastantes ocasiones el adolescente no busca realmente morir, y el intento de suicidio es un acto de desesperación, ira, o búsqueda desesperada de ayuda.

La mayoría de autores establecen tres categorías dentro de la conducta suicida:

Las ideas suicidas, que son pensamientos frecuentes y recurrentes acerca de la inutilidad de la vida, y del suicidio como una forma de huir de una situación de sufrimiento considerada insoportable.

Las tentativas de suicidio son aquellas acciones mediante las que el adolescente intenta acabar con su vida pero que no tienen éxito. Algunos autores diferencian entre las tentativas reales de suicidio y el gesto suicida, que aunque puede causar algún daño tiene poca probabilidad de provocar la muerte, y más bien se trata de un intento por parte del adolescente de llamar la atención sobre su situación.

El suicidio consumado, se refiere a toda muerte que es causada de forma intencional y con pleno conocimiento por el sujeto. La asociación entre ideas, tentativas y suicidio consumado no está clara, aunque algunos autores sugieren que se trata de conductas situadas en un continuo y diferenciadas sólo por el grado de intensidad.

Prevalencia y diferencias de género en la conducta suicida.

Aunque el suicidio es un hecho bastante inusual en la niñez, con la llegada de la adolescencia la incidencia del suicidio sube de forma llamativa, hasta el punto de convertirse en la segunda o tercera causa de mortalidad entre adolescentes y jóvenes, muy por detrás de los accidentes de tráfico, y casi igualada con los tumores. No obstante, su incidencia sigue aumentando durante la adultez, y el suicidio es una causa de muerte más frecuente entre adultos y ancianos que entre jóvenes, aunque las tentativas sí son más usuales entre adolescentes, especialmente entre las chicas.

No es fácil conocer las cifras reales sobre incidencia y prevalencia del suicidio, entre otras razones porque muchas muertes causadas por accidentes son en realidad un suicidio encubierto. Las tasas de incidencia varían mucho entre países, así, en Europa países como Finlandia y Hungría tienen las tasas más elevadas, mientras que Italia y España tienen las más bajas. Los datos del Instituto Nacional de Estadística (2005) indican que 10 de cada 100.000 adolescentes españoles con edades entre los 19 y los 19 años muere por suicidio. La incidencia de de las ideas suicidas es bastante más alta, y se estima que entre el 20 y el 30% de adolescentes tienen cada año ideas suicidas, y un porcentaje que ronda el 5% puede cometer alguna tentativa. En Estados Unidos un 10% de adolescentes ha intentado suicidarse en algún momento de su vida. Afortunadamente la gran mayoría de las tentativas de suicidio – entre un 90 y un 98% - no consiguen su objetivo, lo que parece indicar que se trata más bien de gestos suicidas con los que se pretende conseguir ayuda por parte de familia y amigos .

La mayoría de estudios encuentran una mayor incidencia de suicidios consumados entre el sexo masculino, mientras que las tentativas son más frecuentes en las chicas, que duplican o triplican los intentos de los chicos. Aunque no están claras las causas de estas diferencias, tal vez los diferentes métodos empleados pueden aportar alguna explicación, ya que mientras que ellas optan por métodos más pasivos como el envenenamiento o la ingesta de píldoras, ellos utilizan métodos más violentos y letales como el ahorcamiento, arrojarse al vacío, o las armas de fuego, este último sobre todo en Estados Unidos.



Factores de riesgo de la conducta suicida.

Muchos autores consideran que la mejor explicación de por qué un adolescente se implica en una conducta suicida es la acumulación de estresores que experimenta. Cuando estos estresores sobrepasan los recursos del chico o chica para afrontarlos se sentirá tan desbordado por la situación que podrá pensar en el suicidio como una vía de escape.



La depresión es sin duda una de los principales factores de riesgo, y la mayoría de los estudios encuentran una tasa mayor de depresión entre adolescentes que han realizado alguna tentativa de suicidio (Seroczynski, Jacquez y Cole, 2003). No obstante, es importante destacar el papel de la co-morbilidad, ya que cuando la depresión aparece asociada a otros problemas como el consumo de sustancias, la ansiedad o la conducta disruptiva, la posibilidad de suicidio es mayor.

A pesar de esa fuerte asociación entre la depresión y las conductas suicidas, no siempre se cumple el estereotipo del joven suicida como una persona retraída, aíslada y deprimida. El análisis realizado por Shaffer (1985) de los suicidios cometidos por adolescentes en Inglaterra durante un periodo de 12 años reveló que dos tercios de los suicidas presentaban impulsividad, agresividad y problemas de conducta. Cairns y Cairns (1994) han sugerido varias explicaciones de esa fuerte asociación entre problemas externos y suicidio, como que ambas conductas son manifestaciones de un pobre control de los impulsos y una baja tolerancia al estrés, o que la agresividad puede ser una manifestación externa de la irritabilidad que suele acompañar a la depresión. A partir de estos datos puede decirse que existen dos patrones o tipos de conductas suicidas, uno en el que predominan los sentimientos depresivos y las conductas pasivas y evitativas y otro dominado por los sentimientos de ira y las conductas agresivas.

Teniendo en cuenta la fuerte asociación entre la depresión y las ideas y tentativas de suicidio, no es de extrañar que las variables cognitivas sean consideradas como un importante factor de riesgo. Muchos estudios han encontrado en los jóvenes con tendencias suicidas un estilo de pensamiento rígido y obsesivo con una escasa flexibilidad para ver la realidad desde otro punto de vista o para encontrar soluciones alternativas a una determinada situación problemática para el sujeto. Con frecuencia se trata de un pensamiento fuertemente dicotomizado que tiende a ver el futuro como una elección entre dos únicas salidas sin soluciones intermedias, o la vida perfecta o la muerte. El pesimismo o visión negativa de la realidad suele estar también presente en estos chicos y chicas, que suelen percibir de una forma sesgada sólo los aspectos negativos de la realidad que les rodea.

Sin duda, y al igual que ocurría con la depresión, los factores familiares despempeñan un papel fundamental en el desencadenamiento de las conductas suicidas, pues son numerosos los estudios que encuentran que los suicidas tienen familias caracterizadas por los conflictos, la falta de afecto y apoyo, los estilos parentales muy autoritarios y la carencia de comunicación. Las situaciones de negligencia, malos tratos físicos o abusos sexuales suelen estar presentes en muchas familias, y pueden impulsar al menor al buscar una salida desesperada a la situación. En ocasiones la falta o pérdida de un progenitor puede acrecentar la vulnerabilidad del adolescente ante otros estresores. Más controversia existe acerca de la influencia que el suicidio de familiares puede tener sobre los intentos de suicidio. Aunque algunos estudios han encontrado un contagio conductual o imitación tras el suicidio no sólo de familiares o amigos sino incluso de personales famosos, otros estudios hallan un aumento de la ansiedad y los síntomas depresivos pero no de las conductas suicidas (Pfeffer et al. 1997).

La importancia de los factores sociales de riesgo se apoya en el hecho de que la tasa de suicidios haya aumentado espectacularmente durante las últimas décadas en la mayoría de países occidentales – triplicándose en Estados Unidos y Australia y duplicándose en Cánada (Stewart, Manion yDavidson, 2002). Así, algunas explicaciones que se han ofrecido sobre este incremento tienen que ver con el aumento de las rupturas matrimoniales, la exposición crónica a la violencia, la disminución de la cohesión social, el escaso empoderamiento o la incertidumbre sobre el futuro. La mayor competitividad entre jóvenes, tanto a nivel académico como en cuanto al acceso al mundo laboral, aparece relacionada con la incidencia de conductas suicidas, así en algunas universidades fuertemente competitivas las tasas de suicidio son muy elevadas. Algo que también ocurre en sociedades más individualistas y que ponen mucho énfasis en el éxito personal, como la norteamericana o la japonesa. La falta de apoyo o el aislamiento social durante los años de la adolescencia pueden dejar al chico o chica en una situación de mayor vulnerabilidad ante el estrés generado por algunos acontecimientos vitales o situaciones de riesgo.

Las actitudes homofóbicas de rechazo de la homosexualidad, aún presentes en nuestra sociedad, pueden explicar que algunos estudios hayan encontrado una incidencia de suicidios consumados 2 ó 3 veces mayor entre adolescentes homosexuales, probablemente por el sufrimiento que experimentan estos chicos y chicas ante el rechazo de quienes les rodean (Remafredi, 1999).



Intervención sobre la conducta suicida.

Las estrategias dirigidas a la prevención del suicidio son variadas, algunas son de carácter general, mientras que otras se centran en aquellos adolescentes que se encuentran en una situación de mucho riesgo. Entre las primeras cabe destacar los esfuerzos educativos encaminados a que los adolescentes sean capaces de identificar en ellos mismos o en sus compañeros ideas suicidas, advertirles de su peligrosidad y animarles a buscar ayuda. También se han llevado a cabo programas para formar a aquellos adultos que están en un contacto más estrecho con adolescentes, como padres, educadores o monitores deportivos y culturales, para que sean capaces detectar adolescentes en situación de riesgo e intervenir de forma adecuada. Los programas dirigidos a formar a padres y madres, de forma que pueden ofrecer a sus hijos un estilo más afectuoso y comunicativo, son una alternativa para reducir los factores familiares de riesgo y aumentar el apoyo al adolescente vulnerable Las líneas telefónicas en las que los adolescentes con ideas suicidas puedan solicitar orientación y ayuda también han sido utilizadas, aunque su eficacia es más bien reducida (Mann, et al., 2005; Speaker y Petersen, 2000).

La intervención con adolescentes que han realizado alguna tentativa se suicidio es importante si tenemos en cuenta que hay una alta probabilidad de que los intentos se repitan. Las estrategias utilizadas van desde la psicoterapia hasta la hospitalización en los casos de mayor riesgo. Los tratamientos psicoterapéuticos en combinación con antidepresivos pueden ser eficaces para reducir las ideas y tentativas de suicidios. Estos tratamientos tratan de modificar los estilos cognitivos, mejorar la visión que los adolescentes tienen de sí mismo y de su futuro, identificar y reducir los elementos que están causando el dolor y mejorar las relaciones familiares. En algunos casos en los que las tendencias suicidas son muy intensas y se desconfía de la capacidad de la familia para monitorizar al chicos o chica, la hospitalización puede ser una opción necesaria (Stewart et al., 2002).

Cuadro 2: Signos de alerta para la detección de conductas suicidas.



  • Amenazas o comentarios directos sobre quitarse la vida.

  • Anteriores intentos de suicidio.

  • Interés por todo lo relacionado con la muerte.

  • Tristeza excesiva y persistente tras la muerte de alguien cercano.

  • Visión pesimista de la realidad.

  • Falta de ilusión por todo

  • Aislamiento respecto a familiares y amigos

Cuadro 3: Algunos mitos erróneos acerca del suicidio adolescente.

- Las personas que siempre están diciendo que se van a suicidar nunca lo hacen. Al contrario, las amenazas repetidas son una señal clara de que el chico puede estar contemplando la posibilidad de suicidarse. Pueden ser una llamada de atención y una búsqueda de ayuda ante una situación difícil. Es conveniente animar al adolescente a que hable de sus problemas.

- Debido a la culpa y al dolor asociados a un intento de suicidio, no lo volverá a intentar. No es cierto, Las tentativas recurrentes son muy frecuentes, Si el adolescente ha intentado suicidarse y no lo ha conseguido, es probable que lo intente de nuevo.

- Una repentina mejoría del estado de ánimo durante una significa que ha desaparecido la probabilidad de suicidio. Aunque no ocurrirá siempre, en algunas ocasiones una repentina recuperación puede indicar que, tras un periodo de dudas, ha tomado ya la decisión de suicidarse, y por ello, parece más tranquilo. Además, esa relativa recuperación puede darle la energía y determinación de la que carecía cuando se encontraba más abatido.

- Las chicas se suicidan más que los chicos. Aunque se dan más intentos de suicidio entre las chicas, ellos lo consiguen con mayor frecuencia.


5. Trastornos de la conducta alimentaria.
Tal vez los trastornos de la conducta alimentaria sean menos frecuentes que la mayoría de los problemas tratados en este capítulo, sin embargo la gravedad de sus consecuencias, junto al incremento de su prevalencia, han generado una enorme preocupación social al respecto. Los trastornos alimentarios más frecuentes son la anorexia y la bulimia.
La anorexia nerviosa se caracteriza por una pérdida acentuada e intencionada de peso, que se sitúa un 15% por debajo del mínimo considerado normal para una persona de la misma talla y edad; una intensa preocupación por engordar; una percepción distorsionada de la imagen corporal junto a una gran importancia de dicha imagen para la autoestima personal; una negación de la delgadez extrema; y en las mujeres un retraso en el inicio de la menstruación o una pérdida de la misma durante al menos 3 meses consecutivos. Según el Manual diagnóstico de los trastornos mentales DSM IV, se pueden distinguir dos subtipos en la anorexia nerviosa:

Tipo restrictivo: este subtipo describe cuadros clínicos en los que la pérdida de peso se

consigue siguiendo una dieta estricta, ayunando o realizando ejercicio intenso. Estas personas no recurren a atracones ni purgas.

Tipo compulsivo/purgativo: este subtipo se utiliza cuando el individuo recurre regularmente a atracones y purgas (o ambos). La mayoría de los individuos que pasan por los episodios de atracones también recurren a purgas, provocándose el vómito o utilizando diuréticos, laxantes o enemas de una manera excesiva.


La bulimia nerviosa es otro trastorno de la conducta alimentaria que se caracteriza por la alternancia de atracones de comida y conductas purgativas o compensatorias con las que se pretende evitar la ganancia de peso (vómitos, uso de laxantes, ejercicio físico intenso). En la bulimia nerviosa, hay una excesiva preocupación por la comida y un trastorno en el control de los impulsos, con una gran dificultad para evitar los atracones o acabarlos, consumiendo grandes cantidades de comida en periodos cortos de tiempo. Los chicos y chicas con este trastorno, a diferencia de los anoréxicos, son conscientes de que su comportamiento alimentario no es normal y que su preocupación por su imagen corporal es exagerada, es decir, tienen conciencia de que sufren un trastorno. Por otro lado, no presentan problemas de peso que pongan en peligro sus vidas ya que la mayoría suele mantener un peso normal. Al igual que en el caso se la anorexia, pueden considerarse dos tipos de bulimia, una de tipo purgativo, que incluye vómitos o uso de laxantes y diuréticos, y otra no purgativa, en la que se acude al ayuno o al ejercicio intenso para compensar los atracones.

Prevalencia de los trastornos de la conducta alimentaria.
No puede decirse que estos trastornos sean un problema reciente ya que las primeras descripciones se casos clínicos se remontan varios siglos atrás, no obstante las cifras de prevalencia en la mayoría de los países del mundo occidental han experimentado un notable aumento en las últimas décadas, especialmente entre las chicas de menos de 20 años. En el caso de la anorexia la prevalencia se sitúa algo por debajo del 1%, mientras que la bulimia oscila entre el 1 y 3% (Peláez, Labrador y Raich, 2005). Hay una proporción más elevada de chicas que de chicos que sufren estos trastornos, de forma que por cada chico con anorexia hay 10 chicas con ese problema; en el caso de la bulimia la proporción es de 5 a 1. Teniendo en cuenta esos datos, se puede afirmar que los trastornos de la conducta alimentaria constituyen hoy día la tercera enfermedad crónica entre la población femenina adolescente y juvenil en países occidentales.
En cuanto a la edad de inicio, la anorexia nerviosa comienza muy pronto, generalmente en torno a la adolescencia inicial o media, aunque se observan algunos casos antes de la pubertad (Field et al., 1999). Con frecuencia aparece tras un periodo en que se ha seguido una dieta que ha ido intensificándose en la medida en que la dieta ha tenido éxito y se ha perdido peso. La bulimia suele comenzar algo más tarde, hacia el final de la adolescencia o comienzo de la adultez temprana. Muchas chicas que desarrollan un trastorno bulímico tenían sobrepeso y los primeros atracones aparecieron en un momento en el que estaban siguiendo una dieta de adelgazamiento. Muchas adolescentes con trastornos alimentarios llegan a recuperarse totalmente después de un único episodio, otras presentarán un patrón fluctuante de ganancia de peso seguida de recaídas, mientras que en algunos casos se observa un deterioro progresivo crónico a lo largo de los años, de muy difícil curación.

Consecuencias y factores de riesgo relacionados con los trastornos de la conducta alimentaria.
Tanto la anorexia como la bulimia nerviosas pueden tener consecuencias físicas muy graves, especialmente en el caso de niños y adolescentes. La anorexia puede provocar trastornos digestivos, disminución de la densidad ósea, trastornos hormonales, cambios en neurotransmisores, pérdida de la menstruación y retraso en el crecimiento.

Algunos de estos cambios suelen ser considerados marcadores biológicos de la depresión, lo que sugiere que el estado de ánimo depresivo presente en muchas adolescentes que siguen dietas muy estrictas puede deberse a la reducción de la ingesta de alimentos.


La bulimia también tiene secuelas graves, como los problemas en boca, dentadura y esófago, como consecuencia de la exposición repetida a los ácidos gástricos. Los daños estomacales y las hernias de hiato son también frecuentes. En algunos casos, tanto la anorexia como la bulimia pueden causar la muerte, así algunos estudios encuentran porcentajes comprendidos entre el 3 y el 6% de fallecimientos tras periodos prolongados (de 5 a 12 meses) de anorexia. De esas muertes la mitad corresponden a suicidios, mientras que la otra mitad son debidas a problemas de salud originados por la anorexia (Neumarker, 1997).
De todas las conductas problemáticas presentadas en este capítulo, quizá sean los trastornos en la conducta alimentaria los que hayan generado un mayor número de teorías explicativas sobre su etiología. Los factores de riesgo abarcan desde los modelos culturales hasta los biológicos; entre los primeros se ha destacado la importancia que se otorga en nuestra cultura al atractivo físico y a estar delgado, que lleva a muchas chicas a sentirse muy poco satisfechas con un cuerpo que ha podido ganar peso como consecuencia de la pubertad, lo que explicaría la mayor incidencia de anorexia tras los cambios puberales. Las presiones por estar delgadas pueden venir del entorno familiar por parte de padres que quieren tener hijos e hijas físicamente atractivos o que se muestran preocupados por su propio peso (Attie y Brooks-Gunn, 1989). Muchos chicas anoréxicas provienen de familias de nivel económico y educativo alto que valoran mucho el esfuerzo, la competitividad y los logros. Estas chicas suelen ser perfeccionistas y fijarse unos objetivos muy elevados, y se muestran muy estresadas cuando no son capaces de alcanzarlos. A veces la presión para estar delgada o seguir una dieta viene del grupo de iguales, cuando estos otorgan mucho valor al aspecto físico y rechazan a los chicos y chicas con sobrepeso.
En relación con los factores biológicos, en la actualidad se está estudiando el papel que desempeñan algunos neurotrasmisores que controlan el hambre, el apetito y la digestión, ya que en algunos sujetos que presentan trastornos alimentarios se encuentran desequilibrados, aunque el significado exacto y las implicaciones de estos desequilibrios aún no se conocen con exactitud. La importancia de los factores genéticos se pone de manifiesto en el hecho de que con mucha frecuencia los trastornos de la conducta alimentaria se presentan en varios miembros de una familia.

Intervención sobre los trastornos de la conducta alimentaria.

La mayoría de los programas de prevención primaria que tratan de evitar que surjan trastornos de la conducta alimentaria suelen comenzar en la adolescencia temprana y van dirigidos a compensar los efectos negativos de algunos factores de riesgo. Estos programas preventivos, que suelen formar parte de un currículum más amplio relacionado con la salud, incluyen información sobre dietas saludables y no saludables, análisis del papel que desempeñan los medios de comunicación en el establecimiento de estándares físicos casi imposibles de alcanzar y estrategías encaminadas a aumentar la autoestima y la aceptación del propio cuerpo. Desafortunadamente, existe poca evidencia empírica acerca de la eficacia de estos programas, ya que aunque consiguen aumentar la información acerca de los trastornos alimentarios, no parecen reducir su incidencia. Incluso, en algunos casos se han encontrado efectos contraproducentes, aumentando los trastornos a medio plazo (Carter, Stewart, Dunn y Fairburn, 1997). Otros esfuerzos se dirigen a detectar adolescentes que sufran anorexia o bulimia y derivarlos a servicios de tratamiento.


El tratamiento de estos trastornos requiere un enfoque multidimensional que incluye el aumento de peso y la estabilización de funciones metabólicas, el cambio de los patrones de alimentación, la reducción de las emociones negativas y de los patrones de pensamiento destructivo y la mejora de las relaciones familiares. Algunos terapeutas de familia consideran que el trastorno es el resultado de un funcionamiento familiar conflictivo y que es necesario cambiar dicho funcionamiento para suprimir el trastorno alimentario del chico o chica adolescente (Minuchin, Rosman y Baker, 1978). La hospitalización puede ser necesaria en casos anorexia nerviosa de extrema gravedad, cuando la desnutrición es severa y las complicaciones para la salud son importantes, y también cuando el adolescente presenta una depresión profunda y hay sospechas de que puede realizar alguna tentativa de suicidio.

Cuadro 4: Señales de alerta para la detección de la anorexia nerviosa



  1. Preocupación excesiva por el peso y la imagen.

  2. Mirarse al espejo y negar que se está delgada

  3. Perder mucho peso en muy poco tiempo

  4. Tener miedo a engordar

  5. Si es chica, no aparece o le falta la regla durante varios meses (amenorrea)

  6. Evitar las situaciones sociales en las que tiene que comer

  7. Realizar ejercicio físico de forma muy intensa.

6. Conductas de asunción de riesgos.

Aunque algunos autores no establecen diferencias entre conductas de asunción de riesgos y de búsqueda de sensaciones, puede decirse que las primeras son un subconjunto de las segundas. Así, la búsqueda de sensaciones es la necesidad de nuevas experiencias que conllevan una activación fisiológica y una excitación psicológica. Algunas actividades y comportamientos como la escalada, el esquí, el consumo de alcohol, las relaciones sexuales sin protección o el robo en grandes almacenes, pueden considerase conductas de búsqueda de sensaciones, ya que una de las principales razones para implicarse en ellos es la excitación fisiológica derivada de su práctica. Muchas de estas conductas no suelen entrañar demasiado riesgo —esquiar, montar en la montaña rusa—, y podemos considerarlas conductas de búsqueda de sensaciones sin más. Sin embargo, la implicación en otras actividades como conducir bajo los efectos del alcohol, mantener relaciones sexuales sin protección o robar, puede conllevar una alta probabilidad de consecuencias negativas sociales o personales a corto o medio plazo.



Factores relacionados con las conductas de asunción de riesgos durante la adolescencia.

Aunque ambos tipos de comportamientos pueden encontrarse en sujetos de todas las edades, son mucho más frecuentes durante los años de la adolescencia (Arnett, 1992), por lo que su prevención requiere una atención especial en esta etapa evolutiva. Son variadas las razones que distintos autores han propuesto para explicar esta mayor implicación de los adolescentes en conductas de riesgo, y algunas de ellas son de carácter cognitivo. Por ejemplo, la tendencia del adolescente a considerarse invulnerable, y sus limitaciones para el razonamiento probabilístico que le lleva a una infravaloración del peligro derivado de su implicación en conductas arriesgadas. Por otro lado, para el adolescente las consecuencias inmediatas de su comportamiento pesarán más en sus decisiones que los probables resultados a largo plazo (Gardner, 1993). Esta forma de pensar suele verse reforzada por los compañeros que suelen mostrar estilos cognitivos similares, y que van a admirar a aquellos chicos y chicas que asumen más riesgos, por lo que la presión del grupo de iguales va a ejercer en muchos casos una influencia decisiva.


Los modelos explicativos basados en los déficits cognitivos del adolescente, han sido complementados recientemente por algunos estudios realizados el campo de las neurociencias (Steinberg, 2007). Las investigaciones realizadas en este área durante los últimos años han relevado que el córtex prefrontal, que tiene un papel destacado en la planificación de acciones, la toma de decisiones y la autorregulación del comportamiento se encuentra aún inmaduro al comienzo de la adolescencia, ya que hasta final de esa etapa o la adultez temprana no alcanzará su madurez definitiva. Sin embargo, esa inmadurez es aún mayor en años anteriores a la pubertad, cuando las conductas de riesgo muestran una menor incidencia. Por lo tanto, es preciso buscar un elemento adicional que justifique el brusco incremento de las conductas de asunción de riesgos tras la pubertad. El candidato mejor situado es el sistema mesolímbico relacionado con la motivación y la recompensa, que se activa como consecuencia de la implicación del sujeto en actividades recompensantes, como el sexo, y motiva al sujeto a la repetición de dichas actividades. Este sistema muestra una hiper-excitabilidad como consecuencia de los cambios hormonales propios de la pubertad, lo que supone que en la adolescencia, especialmente en sus primeros años, existe un claro desequilibrio entre el sistema mesolímbico de recompensa muy propenso a actuar en situaciones que puedan deparar una recompensa inmediata y un sistema prefrontal autoregulatorio que aún no ha alcanzado todo su potencial, y que tendrá muchas dificultades para imponer su control inhibitorio sobre la conducta impulsiva. En aquellos casos de adolescentes que experimentan la pubertad muy precozmente, los riesgos pueden ser aún mayores puesto que la excitación mesolímbica consecuente a los cambios puberales coincidirá con una menor maduración del sistema cognitivo, ya que el desarrollo del córtex prefrontal es independiente del timing puberal y sólo depende de la edad o de algunas experiencias intelectualmente estimulantes (Oliva, 2007).
El alcohol y otras drogas van a favorecer también de forma clara la implicación en conductas de riesgo y temerarias. Por una parte van a alterar la capacidad del adolescente para evaluar los peligros potenciales de una determinada conducta y centrarse en los beneficios inmediatos (Arnett, 1992). Pero, además, el alcohol es un depresor del sistema nervioso, por lo que el adolescente que se encuentre bajo sus efectos va a necesitar asumir una mayor riesgo para experimentar el mismo nivel de excitación (Apter, 1992).
Por lo general, los hombres se implican en conductas de riesgo más que las mujeres a todas las edades, aunque las diferencias son menores en la adolescencia temprana que en la tardía (Byrnes, Miller y Schafer, 1999). Algunos autores han señalado como causa de estas diferencias el hecho de que en condiciones normales las mujeres tienen niveles más altos de activación fisiológica, por lo que cualquier añadido puede resultar incómodo, y esta activación extra sería percibida más como ansiedad que como excitación. En cambio, en el caso de los varones, sus niveles más bajos de activación les llevarían a buscar experiencias arriesgadas que son vividas de forma positiva (Zuckerman, 1990). Por otra parte, los factores culturales también ejercerán su influencia sobre estas diferencias de género, ya que la socialización ejerce presiones diferentes sobre chicos y chicas: de ellos se espera que sean atrevidos y arriesgados, y de ellas prudentes y cautas.

Las ventajas evolutivas de las conductas de asunción de riesgos.
A pesar de las evidentes consecuencias negativas de estas conductas, también podríamos pensar en los beneficios que podrían derivarse de la asunción de riesgos o retos. Así, nos atrevemos a afirmar que asumir determinados riesgos conlleva ventajas desde el punto de vista evolutivo, y por lo tanto, existirían razones para su mantenimiento. La conceptualización de Erikson de la adolescencia como una etapa de moratoria psicosocial, en la que la experimentación con ideas y conductas —dentro de unos límites— es un requisito para el logro de la identidad y de la autonomía personal, apuntaría en esta dirección. Frente a la concepción de la asunción de riesgos como un problema, especialmente durante la adolescencia, tendríamos que admitir la idea del riesgo como una oportunidad para el desarrollo y el crecimiento personal, y algunas conductas temerarias del adolescente pueden funcionar como indicadores de la transición a un estado más maduro. Para apoyar esta idea no faltan los estudios longitudinales que encuentran que conductas de riesgo, como el consumo moderado de ciertas drogas durante la adolescencia, están relacionadas con un mejor ajuste psicológico en la adultez temprana (Oliva, Parra y Sánchez-Queija, 2008; Shelder y Block, 1990). Es posible que una actitud adolescente conservadora y de evitación de riesgos esté asociada a una menor incidencia de algunos problemas comportamentales y de salud, sin embargo, también es bastante probable que esa actitud tan precavida conlleve un desarrollo deficitario en algunas áreas, como el logro de la identidad personal, la creatividad, la iniciativa personal, la tolerancia ante el estrés o las estrategias de afrontamiento (Oliva, 2004).

Intervención sobre las conductas de asunción de riesgos.
Si tenemos en cuenta que algunos de los factores relacionados con las conductas de riesgo tienen que ver con las características del pensamiento adolescente, es importante hacer conscientes a chicos y chicas de sus procesos de pensamiento y de cómo esos procesos pueden conducirlos a una serie de consecuencias negativas a largo plazo. Por ejemplo, puede ser muy eficaz ayudarlos a analizar algunas de las estrategias publicitarias utilizadas para promover el uso del alcohol o del tabaco. Muchos anuncios dirigidos a los jóvenes contrarrestan el anuncio que las cajetillas deben incluir sobre las consecuencias negativas que el tabaco conlleva para la salud, con una apelación a los beneficios inmediatos de este hábito —prestigio social, excitación derivada de la implicación en una conducta de riesgo—, y una infravaloración del peligro a largo plazo, lo que encaja bien con las características cognitivas de los adolescentes.
Otra estrategia diferente para reducir estas conductas consiste en dar a los adolescentes algunas alternativas más saludables para lograr los mismos objetivos que pueden obtener mediante las conductas temerarias. Así, es posible asumir riesgos de forma menos peligrosa a través de actividades como, por ejemplo, participar en competiciones deportivas, en cursos de escalada o de esquí. Estas actividades deportivas o de ocio, no sólo proporcionan excitación y activación fisiológicas, sino que permiten al adolescente sentirse competente y fomentar su identidad y autonomía.
7. Consumo de sustancias.

El consumo de drogas es probablemente una de las conductas de asunción de riesgos más frecuentes durante la adolescencia, y aunque la simple experimentación no tiene por qué suponer una amenaza para la salud y el ajuste psicológico de chicos y chicas, en algunos casos el uso esporádico se convertirá en un consumo habitual o abusivo que interferirá con las obligaciones familiares, escolares o laborales del adolescente. Si tenemos en cuenta que en nuestra sociedad el consumo de sustancias como el alcohol está ampliamente aceptado y forma parte del estilo de vida de la mayoría de adultos, no resulta extraño que su consumo sea considerado por muchos adolescentes como un indicador del acceso a la adultez y sea utilizado para demostrar su madurez y aumentar el prestigio frente al grupo.


Como ocurre con otros problemas propios de la adolescencia, existen muchos estereotipos al respecto que no siempre guardan relación con la realidad. Entre ellos se encuentra la idea generalizada de que los jóvenes actuales consumen sustancias en mayor proporción que los de generaciones anteriores, o que este consumo se debe fundamentalmente a la presión de los iguales, o que es el responsable de la mayoría de los problemas propios de esta etapa. Como vamos a exponer más adelante estas afirmaciones no siempre se corresponden con la realidad, y se basan en creencias generalizadas pero con poco apoyo empírico.
Prevalencia y trayectorias evolutivas del consumo de sustancias.
En la actualidad disponemos en nuestro país de estudios sólidos que nos informan periódicamente del consumo de sustancias entre adolescentes, como el Health Behaviour in School Aged Children (HBSC; Moreno, Muñoz, Pérez y Sánchez-Queija, 2005; Moreno et al., en prensa) o la encuesta del Plan Nacional de Drogas sobre el uso de drogas entre estudiantes de secundaria (Ministerio de Sanidad y Consumo, 2007), que cada 2 y 4 años respectivamente recogen información de adolescentes españoles escolarizados. Estos estudios coinciden en señalar que el tabaco y el alcohol son las drogas legales más consumidas entre los adolescentes. Los datos del Plan Nacional de Drogas indican que más de la mitad de los adolescentes declararon haber consumido alcohol durante el último mes, mientras que en el caso del tabaco el porcentaje ronda el 25%. Entre las drogas ilegales el cannabis es con mucha diferencia la más consumida, ya que aproximadamente la cuarta parte de los adolescentes la han consumido alguna vez. El porcentaje de quienes han consumido cocaína es inferior al 5%, y el de quienes han consumido éxtasis o alucinógenos baja del 2%, aproximadamente. Los datos de consumo en Estados Unidos (Johnston, O’Malley y Bachman, 2003) y en otros países europeos (HBSC, 2001/2002) presentan un panorama semejante en cuanto a cuáles son las sustancias consumidas, aunque el consumo en algunos de estos países es algo más elevado que en España. Los datos también indican que aunque la mayoría de chicos y chicas ha experimentado con alcohol, tabaco y cannabis, y que muchos consumen algunas de estas sustancias de forma más o menos habitual, el consumo de otras sustancias es infrecuente y sólo una proporción muy baja de adolescentes realizan un consumo abusivo. El hecho de que sean el alcohol y el tabaco las drogas más consumidas indica que desde el punto de vista de la salud, los programas de prevención deben centrarse de forma prioritaria en estas sustancias.

Figura 1. Porcentaje de chicos y chicas que han consumido alguna vez cada una de las siguientes sustancias - Fuente: Estudio HBSC-2006 (Moreno et al., en prensa).



En cuanto a la tendencia histórica que ha seguido el consumo de estas sustancias, los datos del Plan Nacional de Drogas, que se inicio en 1994, indican un decremento más o menos continuo del consumo de alcohol, una cierta estabilización en el caso del tabaco, y una tendencia ascendente entre 1994 y 2004, con un descenso en 2006, en el consumo de cannabis. El informe Juventud en España 2004 (Aguinaga et al., 2005) coincide en la disminución del consumo de alcohol y en un adelanto en la edad de iniciación. No existen datos fiables referidos al consumo antes de 1994, por lo que cualquier referencia a un menor consumo en generaciones anteriores se basará necesariamente en apreciaciones subjetivas y poco rigurosas. En países, como Estados Unidos, con registros que se remontan más tiempo atrás, tampoco se observa un aumento claro en el consumo, ya que aunque aumentó hasta mediados de los 70 luego comenzó a descender para volver a aumentar a principios de los 90 y estabilizarse posteriormente. Estas fluctuaciones en la prevalencia de consumo parecen estar relacionadas con los cambios en la percepción que tienen los adolescentes del daño que provocan las drogas, lo que pone de manifiesto la importancia de los mensajes que padres, educadores y medios de comunicación dirigen a la juventud acerca del uso de drogas (Johnston et al., 2003).


En cuanto a las diferencias de género, en España, al igual que en otros países occidentales, el mayor consumo entre varones que se observaba hace años ha ido desapareciendo, de forma que en la actualidad los niveles de consumo de tabaco, alcohol y cannabis son muy parecidos en chicos y chicas, sobre todo en la adolescencia inicial y media. Aunque es ligeramente superior entre ellos el consumo de algunas drogas ilegales, y entre ellas el de tabaco (Moreno et al., en prensa).
Si atendemos a la relación entre consumo de sustancias y la edad, los datos procedentes de investigaciones transversales y longitudinales indican que la iniciación suele tener lugar entre los 11 y los 16 años, aumentando el consumo en frecuencia y cantidad durante los años de la adolescencia hasta tocar techo en torno a los 25 años, momento en que comienza a disminuir, probablemente debido a la asunción de los roles y responsabilidades propias de la adultez (Chassin et al., 2004; Gil y Ballester, 2002). Algunos estudios longitudinales han analizado las diferentes trayectorias evolutivas que sigue el consumo de sustancias, identificando a un grupo un grupo de adolescentes que muestra una iniciación precoz seguida de una escalada pronunciada en el consumo y consecuencias muy negativas a largo plazo. Sin embargo, no coinciden todos los estudios en considerar al grupo de iniciación precoz como el de más riesgo, ya que en algunos casos, son los adolescentes que comienzan algo más tarde, pero cuyo consumo sigue una clara trayectoria ascendente, quienes muestran en la adultez temprana los niveles más altos de abuso y desajuste psicológico. También suele aparecer un grupo de chicos y chicas que muestran un consumo muy bajo o nulo a lo largo de toda la adolescencia (Hill, White, Chung, Hawkins y Catalano, 2000; Oliva, Parra, y Sánchez-Queija, 2008).
Los investigadores también han mostrado interés por la secuencia que sigue el consumo de distintas drogas, que generalmente comienza con el consumo de cerveza, seguido del consumo de alcohol de más alta graduación, tabaco y cannabis. En algunos casos, después se entrará en contacto con drogas como la cocaína o el éxtasis. Aunque esa suele ser las secuencia más común de consumo, ello no quiere decir que el alcohol lleve inevitablemente al cannabis, y después a la cocaína, ya que la gran mayoría de adolescentes no irá más allá del alcohol o la experimentación ocasional con el cannabis. No obstante, es altamente improbable que quien no haya consumido alcohol o cannabis se convierta en consumidor habitual de otras drogas (Chen y Kandel, 1995).



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