Prólogo del editor alemáN prólogo prólogo a la segunda edicióN 6



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3. EL SIMBOLISMO DEL MANDALA

A. Sobre el mandala


Como ya se ha mencionado, he reunido, de una se­rie de cuatrocientos sueños relacionados entre sí, todos los que considero sueños mándala. Se ha elegido el tér­mino «mándala» porque esta voz define el círculo ritual o mágico que se usa particularmente en el lamaísmo y después también en el yoga tántrico como yantra, como instrumento de la contemplación. En su uso del culto, los mándalas orientales son figuras establecidas tradicionalmente que no sólo se pintan o dibujan, sino que re­ciben también forma corporal y, ciertamente, en fiestas especiales70 .
En 1938 tuve la ocasión de hablar sobre el mándala (khilkor) en el convento de Bhutia Busty71 con un rimpotche lamaísta llamado Lingdam Gomchen. Lo explicó como un dmispa (pronunciado migpa), una imagina­ción mental (imago mentalis) que sólo puede ser obte­nido mediante la imaginación de un lama instruido. Se­gún dijo, ningún mándala era como los demás, son in­dividualmente diferentes. Dijo también que los mándalas que se ven en conventos y templos no tienen significa­ción alguna especial, pues son únicamente representa­ciones exteriores. El mándala auténtico —siguió infor­mándome— es siempre una imagen interior que sólo se construye gradualmente por medio de la imaginación (activa), y sólo cuando existe una perturbación del equi­librio anímico o no se puede encontrar un pensamiento y por ello ha de ser buscado, al no estar contenido en la doctrina sagrada. En el curso de mis ulteriores expo­siciones, se demostrará cuán acertada es esta explica­ción. La conformación en apariencia libre e individual se ha de comprender mucho cum grano salis, al predomi­nar en todos los mándalas lamaístas no sólo un cierto estilo inequívoco, sino también una estructura tradi­cional. Por ejemplo, es siempre un sistema cuaternario, una quadratura circuli, cuyos contenidos proceden siem­pre de la dogmática lamaísta. Existen textos como el Shri-Chakra-Sambhara-Tantra72 que contiene instruc­ciones para la producción de la «imagen mental». Del khilkor se separa rígidamente el sidpekorlo, la rueda del mundo, que, según la idea budista, representa el cur­so de la forma de la existencia humana. En oposición al khilkor, la rueda del mundo está formada por un sis­tema ternario, al encontrarse en el centro de los tres principios del mundo, concretamente el gallo, equivalen­te del placer; la serpiente, igual al odio o la envidia; y el cerdo, símbolo de la ignorancia y el inconsciente, res­pectivamente (avidya). Tropezamos aquí con el dilema del tres y el cuatro, que también desempeña un papel en el budismo. Aún nos encontraremos con este proble­ma en el ulterior transcurso de la serie onírica.
Para mí está fuera de toda duda que, en Oriente, estos símbolos han surgido originariamente de sueños y vi­siones y que no han sido inventados por ningún padre de la Iglesia mahayana. Al contrario, pertenecen al campo de los símbolos más antiguos de la Humanidad y quizá se tropiece con ellos ya en el Paleolítico. También están extendidos por el mundo entero, sobre lo cual no quiero seguir insistiendo aquí. En esta parte, quisiera, simple­mente, mostrar, con ayuda de material empírico, cómo tienen lugar los sueños mándala.
En su uso de culto, los mándalas revisten gran im­portancia, al contener su centro, por lo general, una figura de valor religioso máximo: o el propio Shiva, fre­cuentemente abrazado con Shatki, o Buda, Amitaba, Avalokiteshvara o uno de los grandes maestros mahaya­na o también, simplemente, Dorje, el símbolo de todas las fuerzas divinas, reunidas, de naturaleza destructora y creadora. El texto de la Floración áurea, que procede del sincretismo taoísta, indica aún propiedades «alqui­mistas» especiales de este centro en el sentido de las cualidades de lapis y del elixir vitae; por tanto un φαρμακον αθανασίας 73.
No carece de importancia el conocimiento de esta alta valoración, pues concuerda con el significado cen­tral de los símbolos individuales del mándala, los cua­les poseen las mismas cualidades de naturaleza «meta­física»74 por decirlo así; si todas las apariencias no engañan, significan un centro-psíquico de la persona­lidad, no idéntico con el «yo». He observado estos pro­cesos e imágenes durante veinte años, utilizando un ma­terial empírico relativamente grande. Durante catorce años no he escrito nada ni he dado conferencia alguna relacionada con esto para no prejuzgar mis observacio­nes. Pero cuando Richard Wilhelm me presentó, en 1929, el texto de la Floración áurea, tomé la decisión de publi­car los resultados de mis observaciones, al menos so­meramente. No se puede ser jamás suficientemente pru­dente en cosas de este tipo, pues el afán de imitación por un lado y una avaricia realmente enfermiza por otro, tendente a adueñarse de la pluma de otros y adornarse así exóticamente, induce a demasiadas personas a coger tales motivos «mágicos» y utilizarlos exteriormente como un ungüento. Al fin y al cabo, se hace todo, inclu­so lo más absurdo, para escapar de la propia alma. Se practica yoga indio de cualquier observancia, se ob­servan mandamientos sobre la comida, se aprende teo­sofía de memoria, se recitan textos místicos de la li­teratura mundial entera: todo ello porque no se ha encontrado el hombre a sí mismo y carece de toda fe de que podría llegar de su propia alma algo útil en algún aspecto. Así, el alma se ha ido convirtiendo poco a poco en ese Nazaret del que no puede llegar nada bueno, y por ello, se busca en los cuatro puntos cardinales: cuanto más lejos y más peregrino, tanto mejor. No qui­siera perturbar en modo alguno a tales gentes en sus ocupaciones preferidas; pero si alguien que pretenda ser tomado en serio está asimismo cegado y opina que em­pleo métodos y doctrina del yoga, que a lo mejor hago dibujar mándalas, para llevar a mis pacientes al «punto exacto», tengo que protestar en tal caso y reprochar a estas personas una cosa: que leen mis escritos con una ligereza realmente punible. La teoría según la cual todos los malos pensamientos proceden del corazón y que el alma humana es el recipiente de todas las mal­dades tiene que estar profundísimamente introducida dentro de estas personas. Si fuera así, bien triste sería la Creación divina, y realmente sería ya más que tiem­po de volvernos hacia Markion, el gnóstico, y despedir al incapaz demiurgo. Ciertamente, desde el punto de vista ético resulta cómodo por encima de toda medida dejar que sea Dios únicamente el que se cuide de tal asilo de idiotas, donde ninguno está en condiciones de llevarse sin ayuda ajena la cuchara a la boca. Vale la pena que el ser humano se preocupe de sí mismo y que sepa que tiene un alma que le puede ser útil75. Vale la pena observar con paciencia lo que ocurre quietamente en el alma, y ocurre en ella lo más y lo mejor cuando no es reglamentada desde fuera y desde arriba. Lo con­fieso de buen grado: tengo en tan gran estima lo que acontece en el alma humana que me espantaría pertur­bar y desfigurar la quieta actividad de la Naturaleza por medio de torpes intromisiones. Por ello, he renun­ciado en este caso incluso a realizar observaciones per­sonales y dejar este cometido en manos de un prin­cipiante no influido por mis conocimientos, con objeto de no perturbar en absoluto. Los resultados que expon­go son autoobservaciones puras, concienzudas y exactas de una persona de intelecto firme al que nadie ha hecho indicación alguna y que tampoco hubiese permitido que nadie se la hiciera. Por tanto, los auténticos conocedo­res de los materiales psíquicos reconocerán sin dificul­tad la autenticidad y carácter directo de los resultados.
B. Los mándalas en los sueños
Para completar la exposición, hago mención, una vez más, del simbolismo mándala en los sueños inicia­les ya descritos:
1. Impresión visual 5: Serpiente que describe un círculo en torno al sujeto que sueña.
2. Sueño 17: Flores azules.
3. Sueño 18: Hombre con monedas de oro en la mano. Lugar delimitado para la representación de variedades.
4. Impresión visual 19: Esfera roja.
5. Sueño 20: Globo.
[El siguiente símbolo mándala aparece en el primer sueño de la nueva serie.]

6. Sueño:


Le persigue una mujer desconocida. El sujeto que sueña corre siempre en circulo.
La serpiente del sueño mándala 1 era anticipadora, como ocurre con frecuencia que una figura, la cual per­sonifica el inconsciente bajo un aspecto determinado, anticipe la actuación o padecimiento que el sujeto ex­perimentará más tarde. La serpiente indica un movi­miento circular en el que el sujeto se verá envuelto pos­teriormente, es decir, tiene lugar en el inconsciente algo que es concebido como movimiento circular, y este acon­tecer avanza ahora con tanta fuerza hacia el conscien­te que el mismo sujeto es cogido por dicho acontecer. La mujer desconocida o anima representa al incons­ciente, el cual importuna al sujeto soñante hasta que éste se pone a dar vueltas en círculo. Se da así sin más ni más un punto central potencial que no tiene identi­dad con el yo. Este último gira alrededor del medio.
7. Sueño:
El anima le reprocha que se preocupa poco de ella. Hay un reloj que señala las... (?) menos cinco.
La situación es parecida: el inconsciente le impor­tuna como una mujer exigente. De esto surge el reloj, en el que la aguja corre en círculo. Las ... menos cin­co significan para la persona, que vive pendiente del re­loj, una cierta situación de tensión, pues habrá que ha­cer una u otra cosa cuando hayan transcurrido los cin­co minutos. Incluso se está presionando. (El símbolo del círculo está siempre unido a una sensación de ten­sión, como más adelante se verá con claridad.)
8. Sueño:
En un buque. El sujeto que sueña está ocupado en un método nuevo de determinación de la posición. Él está ora demasiado lejos, ora demasiado cerca: el lugar justo está en el medio. Hay un mapa en el que está se­ñalado un círculo con el centro.
El cometido aquí fijado es, evidentemente, la deter­minación del punto central, del lugar acertado. Éste es el centro de un círculo. Mientras está escribiendo lo que ha visto en sueños, el sujeto recuerda que había soñado con tirar al blanco poco antes. El blanco acer­tado estaba en el centro. Ambos sueños le parecen muy importantes. La diana es un círculo con un punto cen­tral. El lugar en el mar se determina por medio de los astros que giran aparentemente en torno a la Tierra. Según esto, el sueño describe una actividad que apun­ta a construir o determinar un centro objetivo. Es un punto medio fuera del sujeto.
9. Sueño:
Un reloj de péndulo que marcha sin cesar, pero sin que las pesas desciendan.
Es un reloj cuyas agujas se mueven incesantemente, y como, con toda evidencia, no existe ninguna pérdida por rozamiento, el reloj es un perpetuum mobile, un movimiento circular sin fin. Nos encontramos aquí aho­ra con un atributo «metafísico». Como ya se ha expues­to, utilizo esta palabra desde el punto de vista psicoló­gico, o sea, de una forma impropia. Se quiere decir con esto que la cualidad de la eternidad es una afirmación del inconsciente y no una hipóstasis. Para la capacidad de juicio científico del sujeto que sueña, la afirmación del sueño es, naturalmente, escandalosa; pero a esto precisamente presta el mándala una significación especial. Se rechazan con frecuencia cosas importantes por­que parecen hallarse en contradicción con la razón y ponen asi a la última ante una prueba demasiado dura. El movimiento sin pérdidas por roce caracteriza de cósmico al reloj, incluso de trascedente, con lo cual, en cualquier caso, aparece una cualidad que pondría en duda la espaciotemporalidad del fenómeno psíquico que se expresa en el mándala. Se caracteriza así una di­ferencia, difícil de salvar, con el yo empírico; es decir, el otro centro de la personalidad se halla también en un plano distinto al del yo, pues tiene, a diferencia de éste, la cualidad de la «eternidad» y, respectivamente, de una intemporalidad relativa.
10. Sueño:
El sujeto que sueña, el médico, el individuo de la pe­rilla y la mujer muñeca se encuentran en el Peterhofstatt de Zurich. La mujer es una desconocida que no ha­bla y a la que no se dirige la palabra. Existen dudas sobre a quién de los tres corresponde la mujer.
La torre de San Pedro, de Zurich, tiene una esfera llamativamente grande. El Peterhofstatt es una plaza delimitada, un témenos en el sentido más estricto de la palabra, un lugar perteneciente a la iglesia. Es en este lugar donde se encuentran los cuatro. El círculo del reloj está dividido en cuatro sectores, como el horizon­te. El sujeto que sueña representa a su «yo»; el indi­viduo de la perilla, al intelecto «empleado» (Mefistófeles), la «mujer muñeca», al anima. La muñeca es un objeto infantil, de aquí que sea una expresión apropia­da de la naturaleza non-ego del anima, caracterizada también como objeto por el hecho de que «no se le di­rige la palabra». La negación apunta (como antes en los sueños 6 y 7) a la deficiente relación entre el cons­ciente y el inconsciente; asimismo la duda de a quién pertenece la «desconocida». También corresponde al non-ego el «médico», que posiblemente encierre una leve alusión a mí, a pesar de que el sujeto que sueña no tenía conmigo relación alguna por aquella época76. En cambio, el individuo de la perilla corresponde al ego. Esta situación recuerda de manera directa a las relacio­nes existentes en el esquema de las funciones. Si nos imaginamos las funciones del consciente77 ordenadas en un círculo, la función más diferenciada por lo gene­ral es el soporte del yo, al que pertenece asimismo re­gularmente una función auxiliar. En cambio, la fun­ción «de menor valor» o inferior es inconsciente y, por tanto, está proyectada en un non-ego. Igualmente corres­ponde a ella una función auxiliar. Por consiguiente, no sería imposible que las cuatro personas representasen las cuatro funciones, y ciertamente como componentes de la personalidad total (es decir, incluido el incons­ciente). La totalidad es el ego más el non-ego. De aquí que el centro del círculo como expresión de una tota­lidad no coincidiría con el yo, sino con la individualidad como suma de la personalidad total. (El centro con el círculo es una alegoría, conocida hasta la saciedad, de la esencia de Dios.) En la filosofía upanishad, la indivi­dualidad es ante todo el atman personal, el cual, sin embargo, tiene al mismo tiempo cualidad cósmico-metafísica como atman ultrapersonal78.
También nos encontramos con ideas similares en la gnosis. Menciono la idea del anthropos, del pleroma, de las mónadas y de la chispa luminosa (spinther) que fi­gura en un tratado del Codex Brucianus: This same is he (Monogenes) who dwelleth in the Monad (μονάς) which is in the Setheus (σηθευς), and which came from the Place of which none can say where it is... From him it is the Monad (μονάς) came, in the manner of a ship, laden with all good things (αγαθόν), and in the manner of a field, filled, or (η) planted with every kind (γένος) or tree, and in the manner of a city (πολις), filled with all races (γένος) of mankind... This is the fashion of the Monad (μονάς), all these being in it: there are twelve monads (μονάς) as a crown upon its head... And to its veil (καταπετασμα) which surroundeth it in the manner of a defence (πύργος) there are twelve Gates (πύλη)... This same is the Mother-city (μητρόπολις) of the Only-begotten (μονογενής) 79.
Añado en concepto de explicación: Setheus es un nombre de Dios, que denomina al Creador. Monogenes es el hijo del dios. La comparación de las mónadas con un campo y una ciudad responde a la idea del té­menos.
La mónada está coronada también (véase a este respecto el «sombrero», en el sueño 1 y en el número 35). Como metrópoli, la mónada es femenino, en forma similar al padma (loto), la forma básica del mándala lamaísta (chino: floración áurea; occidental: rosa y flor de oro). Mora en ella el hijo de dios, el que ha lle­gado a ser dios 80.
En el Apocalipsis, hallamos al cordero en el centro de la Jerusalén celestial. Se dice también en nuestro texto que Setheus mora en el santuario del pleroma, una ciudad con cuatro puertas (similar a lo que ocurre en el simbolismo indio: la ciudad brahmán en el monte universal Meru). En cada puerta se halla una mónada81. Los miembros del anthropos nacido en Autogenes (= Monogenes) corresponden a las cuatro puertas de la ciudad. La mónada es una chispa de luz (spinther) y una imagen del padre, idéntica con Monogenes. Una in­vocación dice así: Thou art the House and the Dweller in the House82. Monogenes está en una tetrapeza83 , una mesa o podio con cuatro columnas, correspondiente a la cuaternidad de los cuatro evangelistas84.
La idea de la lapis tiene no menos relaciones con estas representaciones. Así, la lapis dice en Hermes: Me igitur et filio meo coniuncto, nihil melius ac venerabilius in Mundo fieri potest85. Monogenes es mencionado también en la «luz oscura»86. El Rosarium hace decir a Hermes: Ego «lapis» signo lumen, tenebrae autem naturae meae sunt87 . Asimismo, la alquimia conoce el sol niger, el Sol negro88.
Un interesante paralelismo con Monogenes, que ha­bita en el regazo de la ciudad madre y es idéntico con la mónada coronada, envuelta por el velo, es el siguiente pasaje del Tractatus aureus, capítulo IV: Pero el sobe­rano reina, de lo que sus hermanos dan testimonio (y) habla: «Seré coronado y me adornarán con la diadema y me serán dados vuestros reinos y llevaré alegría a los corazones; y yo, encadenado a los brazos y el pecho de mi madre y a la sustancia de ellos, haré que mi sustan­cia se mantenga unida y repose, y compondré lo invisi­ble partiendo de lo visible; entonces aparecerá lo escon­dido, y todo lo que los filósofos han escondido será pro­ducido a partir de nosotros. Comprended, guardad, me­ditad estas palabras, ¡oh vosotros, que me escucháis! y no busquéis ninguna otra cosa. El ser humano es crea­do desde el principio por la Naturaleza, cuyas entra­ñas son carne, y no procede de ninguna otra sustancia.»
El «soberano» se refiere a la lapis. La lapis es el «señor», como se desprende del siguiente pasaje del Rosarium89: Et sic Philosophus non est Magister lapidis, sed potius minister. Igualmente es denominada Aenigma Regís la obtención definitiva de la lapis en forma del hermafrodita coronado90 . Unos versos ale­manes, referidos al Aenigma, dicen así:
Ha nacido aquí el emperador de todos los honores,

ninguno puede nacer más alto que él.

Mediante arte o medíante la Naturaleza,

de ninguna criatura viviente.

Los filósofos le llaman su hijo,

y él es capaz de hacer todo lo que ellos hacen.

Los dos últimos versos se podrían referir de un modo directo a la cita de Hermes antes mencionada.


Es como si en los alquimistas hubiese alboreado el pensamiento de que, según el concepto de la Antigüe­dad (y cristiano), el Hijo que vive eternamente en el Padre y que se revela a la Humanidad como regalo de Dios sea algo que el hombre, cierto que con la ayuda de Dios (Deo concedente), pueda crear partiendo de su propia naturaleza. Es evidente el carácter herético de este pensamiento.
La naturaleza femenina de la función inferior pro­cede de su contaminación con el inconsciente. Como el inconsciente tiene signo femenino está personificado por el anima (concretamente en el hombre e inversamente en la mujer)91 .
Supongamos que con este sueño y los precedentes se quiera decir algo que, con razón, produce en el su­jeto que sueña una sensación de gran importancia; y supongamos, además, que esta importancia pueda co­rresponder a los puntos de vista añadidos en el comen­tario: habríamos alcanzado entonces un punto culmi­nante de intuición introspectiva que no deja nada que desear en cuanto a audacia se refiere. En cualquier caso, ya el reloj de péndulo eterno es un bocado de difícil digestión para un consciente no preparado, un obstácu­lo que podría paralizar con facilidad un vuelo de ideas demasiado alto.
11. Sueño:
El sujeto que sueña, el médico, un piloto y la mujer desconocida vuelan en un avión. Una bola de criquet rompe de repente el espejo, aparato necesario para la navegación, y el avión cae. De nuevo surge aquí tam­bién la duda de a quién pertenece la mujer descono­cida.
Médico, piloto y desconocida son caracterizados como pertenecientes al non-ego. Los tres son extraños. Por tanto, el sujeto que sueña es el único en posesión de la función diferenciada, la portadora del yo. La pelota de críquet corresponde a ese juego en el que la pelota es hecha pasar por debajo del arco. Se dice en el sueño 8 que no se debe (¿volar?) sobre el arco iris, sino que se ha de cruzar por debajo. El que pasa por encima, cae. Parece como si el avión, al fin y al cabo, hubiese subido a demasiada altura. El críquet se juega en tierra, no en el aire. No nos hemos de elevar sobre la tierra, es decir, sobre la dura realidad, con intuiciones «menta­les» y escapar así a ella, cosa que ocurre con frecuencia cuando se tienen intuiciones brillantes. No estamos ja­más a la altura de nuestros presentimientos; y, por tan­to, nunca hemos de identificarnos con éstos. Sólo los dioses caminan sobre el puente del arco iris; los mor­tales andan sobre la tierra y están sometidos a las leyes de ella. Cierto que, atendiendo a las facultades de pre­sentimiento del ser humano, la terrenalidad de éste es una imperfección lamentable; pero precisamente esta imperfección pertenece a la esencia innata del hombre, a su realidad. El ser humano no consta de sus mejores presentimientos, de sus máximas ideas y aspiraciones, sino también de sus odiosas realidades, como la heren­cia y esa serie inextinguible de recuerdos que le dicen: «Esto lo has hecho tú y así eres también.» Cierto que el ser humano ha perdido la primitiva cola de saurio; pero, en cambio, parte de su alma una cadena que le mantiene unido a la tierra: una cadena no menos que ho­mérica92 de «realidades» tan poderosas que es mejor permanecer unido a ellas, a riesgo de no ser un héroe ni un santo. (La Historia nos ofrece algunos ejemplos que justifican no atribuir un valor absoluto a estas nor­mas colectivas.) La dependencia respecto de la tierra no quiere decir que no se pueda crecer; al contrario: es en este sentido hasta una conditio sine qua non. Ningún árbol maduro y noble ha renunciado jamás a sus oscu­ras raíces; crece incluso no sólo hacia arriba, sino tam­bién hacia abajo. Hay una cosa segura: es muy impor­tante el lugar adonde se va, pero me parece asimismo importante la pregunta: ¿Quién va hacia un lugar? Pero este «quién» conduce siempre al «de dónde». La posesión duradera de la altura implica la existencia de magnitud. Pero alzarse por encima lo pueden hacer muchos; lo difícil es hallar el centro acertado (véase sueño 8). Para esto es imprescindible tener conciencia de las dos caras de la personalidad humana, su objetivo y su proceden­cia. Estos dos aspectos no se deben separar jamás en hibridez o en cobardía.
Es posible que el «espejo» como «instrumento nece­sario para la navegación» se refiera al intelecto, que puede pensar y siempre persuadir para que nos identi­fiquemos con sus conocimientos de causa («espejis­mos»). Schopenhauer acostumbra a servirse de la pa­labra «espejo» como metáfora del intelecto. Está carac­terizado de una forma acertada con la expresión «ins­trumento de navegación», pues es la guía imprescindi­ble del ser humano en los mares, carentes de senderos. Pero quien pierde el terreno debajo de sus pies y co­mienza a hacer especulaciones, seducido por la intui­ción, que divaga sin límites, se ha de enfrentar después con el peligro.
El sujeto que sueña, forma de nuevo también aquí una cuaternidad con las tres personas del sueño. La mujer desconocida, el anima, representa en cada caso lo «de menos valor», es decir, la función no diferen­ciada; por tanto, la sensación en el caso de nuestro so­ñador. La bola de criquet pertenece al motivo de lo «re­dondo», y es por ello un símbolo de la totalidad, es de­cir de la individualidad, la cual se muestra aquí hostil al intelecto (al espejo). Es evidente que el sujeto que sueña «navega» demasiado con el intelecto y perjudica así el proceso de individuación. En el tratado De vita longa, de Paracelso, se califica de scaiolae a los cuatro; pero la individualidad se la denomina adech (De Adán = primer hombre). Como Paracelso destaca, ambos pre­sentan dificultades a «la obra», por lo que casi se puede hablar de una hostilidad del adech93 .
12. Sueño:
El durmiente se encuentra en la plataforma de un tranvía con su padre, su madre y su hermana en una situación muy peligrosa.
También aquí constituye el durmiente con las perso­nas del sueño una cuaternidad. Por tanto, la caída con­duce hasta la niñez, en la que el ser humano no está aún, ni mucho menos, en posesión de su totalidad. Su familia representa la totalidad, al estar proyectados todavía sus componentes en los miembros de la familia y estar personificados por ésta. Pero esta situación es peligrosa para el adulto, debido a ser regresiva, pues significa una disociación de su personalidad, que percibe lo primitivo en forma de una amenazadora «pérdida del alma». Al producirse la escisión, vuelven a ser arras­tradas hacia fuera las partes de la personalidad, que se han integrado fatigosamente. Se pierde la culpa y se cambia por una inocencia infantil; el padre malo y la madre sin amor son culpables de esto o aquello de nuevo, y uno se prende en esta innegable atadura causal como una mosca en la red de la araña sin darse cuenta de haber perdido la libertad moral94. Sean cualesquie­ra los pecados cometidos contra el niño por padres y antepasados, el hombre adulto los explica como su rea­lidad, con la que ha de contar. Sólo el necio se interesa por la culpa de los demás, en la que no se puede cambiar nada. Únicamente en los propios errores es donde aprende el hombre inteligente, que se hará esta pre­gunta: ¿Quién soy yo, a quién le ocurre todo esto? Mi­rará en su propia profundidad para encontrar en ella la respuesta a la pregunta de su destino.
El avión era el vehículo en el sueño anterior, en éste lo es el tranvía. La clase de vehículo aparecido en el sueño describe la forma del movimiento y del modo, respectivamente, que se sigue para avanzar en la época oportuna. Dicho de otro modo: en qué forma se vive aní­micamente, si individual o colectivamente; si por pro­pios medios o con ayuda de los recibidos de otros; si de manera espontánea o mecánica. En el avión, es lle­vado por el piloto, que le es desconocido, es decir, es conducido por intuiciones. (El error en este caso es que se gobierna demasiado con ayuda del «espejo».) El so­ñante se encuentra ahora en un vehículo colectivo, el tranvía, donde cualquiera puede acompañarle, es decir, se mueve o se comporta como cada cual. A pesar de todo, también son cuatro los que viajan aquí, lo que quiere decir que se encuentra en los dos vehículos a causa de su aspiración inconsciente a la totalidad.
13. Sueño:
Hay un tesoro en el mar. Se ha de sumergir por una abertura muy estrecha. Es peligroso, pero se encontrará abajo un compañero. El soñante se atreve a dar el salto a la oscuridad y descubre abajo un hermoso jardín, dis­puesto con regularidad, con un surtidor en el centro.
La «preciosidad difícil de alcanzar» está oculta en el mar del inconsciente, una preciosidad que sólo es conseguida por el hombre valeroso. Me atrevo a conje­turar que la joya es también el «compañero», uno que va a nuestro lado y con nosotros por la vida, posible­mente una analogía muy cercana del yo solitario, al que se le une un tú en la individualidad, pues «indi­vidualidad» es, ante todo, un non-ego extraño. Éste es el motivo del encantador compañero de viaje. Cito tres ejemplos célebres: los discípulos en el camino de Emaús, la Bhagavadgîta (Krishna y Arjuna) y la sura 18 del Corán (Moisés y Chidher)95 . Conjeturo, ade­más, que el tesoro existente en el mar, el compañero y el jardín, donde hay un surtidor son una y la misma cosa: concretamente la individualidad. A saber: el jar­dín vuelve a ser el temenos, y el surtidor es la fuente del «agua de la vida», que conocemos por san Juan 7, 38 y que también buscó y encontró el Moisés del Corán, y, con éste, Chidher96, uno «de nuestro servidores, al que habíamos provisto de nuestra gracia y sabiduría» (sura 18). Y según continúa la leyenda, crecieron en el suelo del desierto flores primaverales en torno a Chidher. Apoyándose en la arquitectura de los primeros tiempos cristianos la figura del temenos con la fuente ha evolucionado en la arquitectura islámica hacia el patio de la mezquita y los baños rituales en el centro (por ejemplo, Ahmed Ibn Tulún, en El Cairo). Obser­vamos una cosa similar en los claustros occidentales con la fuente en el jardín. Es éste también el «jardín de rosas de los filósofos», que conocemos por tratados de alquimia y que más tarde fue representado con fre­cuencia en hermosos cobres. The Dweller in the House (véase el comentario al sueño 10) es el «compañero». El centro y el círculo, representados aquí como fuente y jardín, son analogías de la lapis, que, entre otras cosas, es un ser animado. Hermes le hace decir (en el Rosarium): Protege me, protegam te. Largire mihi ius meum, ut te adiuvem97. Por tanto, la lapis es aquí tanto como un buen amigo y auxiliar que ayuda a quien le ayuda a ella, con lo cual se indica una relación de compensa­ción. (Me remito aquí al comentario al sueño núme­ro 10, especialmente a lo dicho sobre el paralelismo Monogenes —lapis— individualidad.)
La caída a la tierra conduce, por consiguiente, a la hondura del mar, precisamente del inconsciente, y así alcanza el soñante la protección del témenos frente a la escisión de la personalidad en la regresión a lo infantil. Así pues, la situación es un poco similar a la expuesta en los sueños 4 y 5, en los cuales el círculo mágico te­nía que proteger contra la atracción de la diversidad del inconsciente. (De manera totalmente semejante se apro­ximan a Polifilo los peligros de la tentación en el co­mienzo de su nekyia.)
La fuente de la vida es, como Chidher, un buen com­pañero, pero no exento de riesgos, de los que, según el Corán, el viejo Moisés hubo de gustar algunas muestras dolorosas; pues esta fuente es el símbolo de la fuerza vital que se renueva continuamente, el del reloj que ja­más se para. El señor dice en una frase no canónica: «Quien está cerca de mí, está cerca del fuego»98. En la misma forma que este Cristo esotérico es una fuente de fuego, posiblemente no sin relación en el πυρ αεί ζωον de Heráclito, también el aqua nostra es ignis (fuego) según la opinión de los filósofos alquimistas99. La fuente no es sólo el fluir de la vida, sino también su calor, incluso su calor abrasador, el secreto de la pasión, que siempre utiliza sinónimos del fuego100.
El agua nostra, que todo lo disuelve, es un ingrediente indispensable en la obtención de la lapis. Pero la fuente procede de abajo y, por ello, el camino pasa por debajo. Sólo debajo se puede encontrar la fuente ígnea de la vida. Este abajo es la historia de la naturaleza del ser humano, su nexo causal con el mundo de los instintos. Sin esta unión no puede llegar a ser ninguna lapis ni individualidad alguna.
14. Sueño:
Va con su padre a una farmacia, donde se pueden conseguir cosas valiosas a precio barato, sobre todo un agua especial. El padre le habla del país de donde procede el agua. Después pasa en tren el Rubicón.
En la «botica» tradicional, con sus tarros y vasos, sus aguas, su lapis divinus e infernalis y sus magisterios, se conserva aún un residuo patente del laboratorio cha­pucero alquimista de aquellos que no veían en el donum spiritus sancti —el «don preciado»— otra cosa que la quimera de la obtención del oro. El «agua especial» es, en cierto modo literalmente, el aqua nostra, non vulgi101 . Se comprende fácilmente que el padre le conduz­ca a la fuente de la vida, pues el padre es el creador na­tural de la vida del sujeto que sueña. Por decirlo así, el padre representa el país o el suelo donde brotó la fuen­te de su vida. Pero es también en forma metafórica el «espíritu que enseña», un espíritu que nos introduce en el sentido de la vida y cuyos secretos explica según las enseñanzas de los antiguos. Es uno que nos proporciona la sabiduría de la tradición. Ciertamente, el educador paternal de nuestro tiempo satisface únicamente todavía esta misión en los sueños del hijo, en la figura arquetípica del padre, del «viejo sabio».
El agua de la vida se puede obtener a bajo precio, pues todo el mundo la posee, aunque bien es verdad que desconociendo su valor. Spernitur a stultis: es despre­ciada por los necios porque suponen que todo lo bueno está siempre fuera y en otro sitio, y que la fuente que hay en su propia alma no es otra cosa que... Como la lapis, es pretio quoque vilis, de precio bajo; y por ello, como en el Prometeo de Spitteler, desde el sumo sacer­dote hasta el campesino, pasando por el académico, es in viam eiectus, «arrojada a la calle», donde Ajásvero se guarda la joya en el bolsillo. El tesoro se ha vuelto a sumir de nuevo en el inconsciente.
Pero el soñante ha notado algo y cruza el Rubicón con resolución enérgica. Ha aprendido a no subestimar el flujo y el fuego de la vida, dándose cuenta de que son imprescindibles para la realización de su totalidad. Y ya no existe retroceso cuando se cruza el Rubicón.
15. Sueño:
Cuatro personas viajan rio abajo: el sujeto que sue­ña, el padre, un determinado amigo y la mujer desco­nocida.
Al ser el «amigo» de una persona concreta con quien está bien familiarizada, éste pertenece al mundo de su yo consciente, lo mismo que el padre. Así ha ocurrido algo muy especial: en el sueño 11, el inconsciente estaba en proporción de tres contra uno; pero la situación es ahora a la inversa: el durmiente está en proporción de tres contra uno (la mujer desconocida), o sea, que se ha despotenciado el inconsciente. La razón de esto se halla en que, a consecuencia de la inmersión, se ha unido lo de abajo a lo de arriba, es decir, el durmiente se ha decidido a vivir no sólo como un ser incorpóreo que piensa, sino también a aceptar el cuerpo y el mundo de los instintos, la realidad del problema del amor y la vida, y a realizarlos102. Éste fue el Rubicón cruzado. La individuación, el llegar a ser uno mismo, no es precisa­mente sólo un problema espiritual, sino en definitiva el problema de la vida.
16. Sueño:
Hay muchas personas y todas dan vueltas en el cua­drado, en dirección izquierda. El sujeto que sueña no está en el centro, sino en un lado. Se dice que se pre­tende reconstruir el gibón.
Aparece aquí el cuadrado por primera vez, que qui­zás haya salido del círculo por medio de las cuatro per­sonas. (Esto se confirmará más tarde.) Como la lapis, la tinctura rubea y el aurum philosophicum, el proble­ma de la cuadratura del círculo ha tenido ocupado al espíritu medieval. La cuadratura del círculo es un sím­bolo del opus alchymicum, al disolver en los cuatro ele­mentos la unidad inicial, caótica, para luego reunirlos y lograr con ellos una unidad superior. La unidad está representada por el círculo; los cuatro elementos, por el cuadrado. La obtención del uno a partir de los cuatro se conseguía mediante un proceso de destilación y sublima­ción, respectivamente, que discurría en forma «circu­lar», es decir, el destilado era sometido a diversas desti­laciones103 con objeto de que el «alma» o el «espíritu» surgiera en su forma más pura. Por lo general, el resultado se conoce con el nombre de quintaesencia, que, sin embargo, no es el único nombre del «uno» siempre es­perado y jamás logrado. Como dicen los alquimistas, tiene «mil nombres», como la «materia prima». He aquí lo que dice sobre la destilación circular Heinrich Khunrath en su Confession104: «Mediante circumrotación o giro filosófico circular de lo cuaternario... traída de nuevo a la más alta y más pura simplicidad o inge­nuidad... Monadis Catholicae pluscuamperfectae...» De un uno burdo e impuro, se obtiene en uno sutil de pu­reza máxima, etc. El alma y el espíritu se han de sepa­rar del cuerpo, lo cual equivale a una muerte: «Por ello —dice también Pablo de Tarso—: Cupio dissolvi, et esse cum Christo105...», por ello, querido filósofo, tienes que recoger aquí el espíritu y el alma Magnesiae106. El espíritu (espíritu y alma respectivamente) es el ternario (tres) que es separado primero de su cuerpo y vuelto a insuflar en éste una vez purificado aquél107. El cuerpo es el cuarto con toda evidencia. Por consi­guiente, Khunrath se refiere a la cita pseudoaristotélica108, según la cual el círculo vuelve a surgir del trián­gulo inscrito en el cuadrado109 . Junto a Ouroboros, el dragón que se devora por la cola, esta figura circular constituye el mándala alquimista básico.
El mándala oriental, sobre todo el lamaísta, contie­ne, por lo general, un plano horizontal de una stupa cuadrada. En el mándala, ejecutado corpóreamente, se aprecia que el plano representa realmente el de un edi­ficio. Viene dada en él, con la figura del cuadrado, tam­bién la idea de la casa o del templo y, respectivamente, un recinto interior110 (véase más adelante). Según el rito, por las stupas se ha de andar siempre por la dere­cha, ya que avanzar por la izquierda trae consigo el mal. La izquierda (siniestra) significa la parte incons­ciente. Por consiguiente, el movimiento de avance por la izquierda equivale a un movimiento en dirección hacia el inconsciente, mientras que caminar por la derecha es «correcto» y apunta hacia el consciente. En Oriente, estos contenidos inconscientes han llegado a adquirir gradualmente formas concretas a fuerza de largos ejer­cicios, formas que expresan lo que sucede en el incons­ciente, han de ser adoptadas y fijadas como tales por el consciente. También el yoga, tal como lo conocemos en la práctica —como una práctica establecida— procede de forma parecida: imprime en el consciente formas fijas. De aquí que el paralelismo occidental más impor­tante lo constituyan los Exercitia spiritualia de san Igna­cio de Loyola, los que imprimen en la psique las ideas de salvación establecidas. Esta práctica es «justa» en cuanto el símbolo expresa todavía de forma válida el es­tado de cosas inconsciente. La autenticidad psicológi­ca del yoga, tanto en Oriente como en Occidente, ter­mina sólo cuando el proceso inconsciente, que anticipa futuras modificaciones del consciente, se ha desarrolla­do ya hasta tal punto que presenta matices que ya no pueden ser expresados de manera satisfactoria con el símbolo tradicional y que, respectivamente, no son ya compatibles con el mismo. Entonces, y sólo entonces, se puede decir que el símbolo ha perdido su «autentici­dad». Es posible que este proceso sea un lento desplaza­miento secular de la imagen inconsciente del mundo y no guarde relación alguna con críticas y comentarios intelectualistas. Los símbolos religiosos son fenómenos de la vida, hechos a secas, y no opiniones. Si la Iglesia se atuvo durante siglos a que el Sol giraba en torno a la Tierra y abandonó este punto de vista en el siglo xix, puede escudarse en la verdad psicológica de que, para muchos millones de personas, el Sol giraba alrededor de la Tierra; y que sólo la llegada del siglo xix trajo con­sigo un gran número de personas cuya función intelec­tual consiguió la seguridad necesaria para poder com­prender las demostraciones de la naturaleza planetaria de la Tierra. Por desgracia, no existe ninguna verdad, cuando no hay personas que la perciban.
La circumambulatio del cuadrado en sentido izquier­do podría indicar que la cuadratura del círculo pasará por el camino al inconsciente; que, por tanto, es así un punto instrumental de paso, que procura el logro de una meta todavía no formulada, existente detrás. Es uno de los caminos que conducen al centro del non-ego, camino que fue también recorrido por la investigación medieval: concretamente, en la obtención de la lapis. El Rosarium philosophorum111 dice: «Haz con el hom­bre y la mujer un círculo y saca de éste el cuadrado; y del cuadrado, el triángulo. Haz un círculo y tendrás la piedra filosofal112
Naturalmente, tales cosas son absurdos rematados para el intelecto moderno. Pero este juicio de los valo­res no elimina de ningún modo el hecho de que existen tales asociaciones de ideas y hasta han desempeñado un papel importante durante muchos siglos. Compete a la psicología comprender estas cosas y dejar que sea el profano en la materia quien se desate en improperios contra la necedad y el oscurantismo. (Muchos de quie­nes me critican, que se las dan de «científicos», proce­den exactamente como aquel obispo que excomulgó a los abejorros por multiplicarse de manera indebida.)
Lo mismo que las stupas guardan reliquias de Buda en lo más íntimo de sí mismas, se encuentra en el inte­rior del cuadrado lamaísta, poco más o menos que en el cuadrado chino de la Tierra, lo santísimo o mági­camente eficaz: en concreto, la fuente de energía cós­mica, el dios Shiva, Buda, un bodhisattva o un gran maestro; en el chino, es Kiän: el cielo con sus cuatro fuerzas cósmicas radiantes. También en el mándala occi­dental, el medieval cristiano, la divinidad está en el cen­tro, con frecuencia en la figura del Salvador triunfante, con las cuatro figuras simbólicas de los evangelistas. El símbolo del sueño contrasta ahora de la manera más viva con estas máximas representaciones metafísicas, pues ha de ser reconstruido en el centro el «gibón», un mono sin lugar a dudas. Nos encontramos de nuevo aquí al mono, que aparece por vez primera en el sueño 22, don­de da motivo al pánico y una intervención eficaz del inte­lecto. Ahora debe ser «reconstruido», lo que posible­mente no signifique otra cosa sino que debe ser recom­puesto el antropoide, la arcaica realidad «ser humano». Por tanto, es evidente que el camino por la izquierda no conduce hacia arriba, al mundo de los dioses y de las ideas eternas, sino hacia abajo, a la historia de la Na­turaleza, a la base instintiva animal del ser humano. Se trata, por consiguiente, de un misterio dionisíaco, para expresarlo con palabras de la Antigüedad.
El cuadrado corresponde al temenos, donde se re­presentan funciones teatrales, en este caso la de un mono en vez de la de un sátiro. Lo interior de la «flo­ración áurea» es un «lugar germinativo» donde se crea el «cuerpo diamantino». El sinónimo «tierra de los ante­pasados»113, incluso quizás apunta hacia la idea de que esta creación surge de una integración de las fases de los antepasados.
Los espíritus de los antepasados desempeñan un pa­pel importante en los ritos de renovación primitivos. Los nativos del centro de Australia hasta se identifican con sus antepasados de la época alcheringa, una especie de época de Homero. Igualmente, los Taos-Pueblos, en la preparación de sus danzas rituales, se identifican con el Sol, cuyos hijos son. La identificación regresiva con los antepasados humanos y animales significa psicológica­mente una integración del inconsciente, en realidad un baño de renovación en la fuente de la vida, donde se vuelve a ser pez, es decir, inconscientemente como en el sueño, en la embriaguez y en la muerte; de aquí el sue­ño de la incubación, la consagración dionisíaca y la muerte ritual en la iniciación. Naturalmente, estos pro­cesos tienen siempre lugar en sitios sagrados. Estas ideas se pueden trasladar fácilmente al concretismo de la teoría freudiana: el temenos es entonces el regazo de la madre, y el rito es una regresión al incesto. Pero éstas son equivocaciones neuróticas de personas que continúan infantiles aún en parte y no saben que se trata de cosas que han sido desde siempre prácticas de los adultos, cuyas actividades no es posible explicar en absoluto como simples regresiones al infantilismo. En caso contrario, las conquistas más importantes y sublimes de la Humanidad no serían al fin y a la postre sino deseos infantiles pervertidos, y la palabra «pueril» habría perdido su raison d'être.
Dado que la alquimia, en su expresión filosófica, se ha ocupado en problemas en parte muy evidentes —los que interesan a nuestra psicología más moderna—, qui­zá revista alguna importancia considerar un poco más a fondo el motivo onírico del mono que se debe recons­truir en el espacio cuadrado. En la gran mayoría de los casos, la alquimia identifica su sustancia de transfor­mación con el argentum vivum y Mercurio. Química­mente, este término corresponde a un metal; filosófica­mente, en cambio, es el spiritus vitae, incluso el alma del mundo, y Mercurio tiene así también el significado de Hermes, el dios de la revelación. No es éste el lugar de exponer in extenso esta relación, de la que nos ocu­paremos en otro extremo114. Hermes está unido a la idea de la redondez, así como a la de la rectangularidad, como señala en especial el papiro V, línea 401, de los Papyri Graecae magicae115. Se encuentra allí la deno­minación στρογγυλός και τετράγωνος (redondo y cuadrangular). Se dice también τετραγλωχιν (cuadrado). En suma, guarda relación con el número cuatro; de aquí que haya también un Ερμης τετρακέφαλος (de cua­tro cabezas116. Estos atributos eran conocidos también en la Edad Media, según muestra, por ejemplo, la obra de Catari, donde se dice117:
Davantage, les figures quarres de Mercure, qui n'avait seulement que la teste et le membre viril, signifoient que le soleil est le Chef du monde, et qui seme toutes choses, mesmes les quatre costez de la figure quarree, designent ce que signifie la sistre à quatre chordes, qui fut aussi dominée à Mercure, c'est a dire, les quatre parties du monde, ou autrement, les quatre saisons de l'année ou bien que les deux equinocces, et les deux solstices, viennent a faire les quatre parties de tout le Zodiaque.
Se comprende fácilmente que tales atributos hicieran a Mercurio adecuado, sobre todo, para representar la misteriosa sustancia de transformación de la alquimia, pues ésta es redonda y cuadrangular, es decir, una tota­lidad que consta de cuatro partes (elementos). Por consi­guiente, tanto el hombre primitivo gnóstico de cuatro partes118 como el pantocrátor Cristo son una imago lapidis119. En cuanto que la alquimia occidental tie­ne un origen egipcio en su mayor parte, dirigimos nues­tra mirada en primer lugar al heleno Hermes Trismegisto, cuya figura, por un lado, apadrina la del Mer­curio medieval y, por otra, procede del Tot del antiguo Egipto. El atributo de Tot era el babuino, o se le representaba directamente en forma de mono120, idea que se mantuvo hasta los últimos tiempos del modo de ver directo a consecuencia de las innumerables ediciones del libro de los muertos. Cierto que en la alquimia, cuyos textos existentes pertenecen salvo raras excepciones a la Era cristiana, ha desaparecido la antiquísima relación de Tot-Hermes con el mono, aunque todavía perduraba en la Roma imperial; pero como Mercurio tiene algo en común con el diablo (sobre lo que no entraremos aquí en detalles), vuelve a aparecer el mono en simia Dei en las proximidades de Mercurio. Pertenece a la esencia de la sustancia de transformación que, por una parte, sea muy barata, incluso despreciable, y se represente mediante una serie de alegorías diabólicas tales como la serpiente, el dragón, el puerco, el león, el basilisco y el águila; y, por otra, sea lo más valioso, que hasta signi­fique lo divino. Precisamente, la transformación condu­ce de lo más profundo a lo más elevado, desde lo infantil animal-arcaico hasta el místico homo maximus.
Si se toma en serio, el simbolismo de los ritos de renovación señalan, por encima de lo arcaico y pura­mente infantil, hacia esa innata disposición psíquica que es el resultado y depósito de toda la vida de los antepa­sados remontándose hasta la animalidad; de aquí el simbolismo de antepasados y animales Se trata de inten­tos que tienden a eliminar la separación del consciente y el inconsciente, que es la auténtica fuente de la vida, lograr que el individuo se una de nuevo con el suelo ma­terno de la disposición instintiva heredada. Si tales ri­tos de renovación no tuvieran unos efectos patentes no sólo se habrían extinguido ya en la Prehistoria, sino que, en realidad, jamás hubiesen llegado a vías de hecho. Nuestro caso demuestra que aunque el consciente está alejadísimo de las primitivas ideas del rito de renova­ción, el inconciente, sin embargo, se aprovecha del sue­ño para intentar aproximarlas de nuevo al consciente. Cierto que la autonomía y la autarquía del consciente son cualidades sin las cuales no exisitiría en realidad; pero significan también el peligro del aislamiento al crear una insoportable extrañeza del instinto mediante la escisión del inconsciente. Y la carencia de instintos es la fuente de innumerables errores y extravíos.
Finalmente, la circunstancia de que el soñante no se encuentre en el «centro», sino en un lado, es una clara alusión a lo que ocurrirá con su yo: no podrá exigir ya más el puesto central, sino que habrá de contentarse probablemente con el puesto de un satélite o, al menos, con el de un planeta que gira en torno al Sol. Es evi­dente que el importante lugar del centro está destina­do al gibón que se pretende reconstruir. El gibón, que pertenece a los antropoides, es, merced a su parentesco con el hombre, un símbolo apropiado para dar expre­sión a la parte de la psique que enlaza con lo infrahuma­no. En el ejemplo del cinocéfalo relacionado con Tot-Hermes, el mono que ocupaba una posición más alta entre todos los conocidos por los egipcios, hemos visto cómo este animal, gracias a su parentesco con los dio­ses, era el adecuado para expresar la parte del incons­ciente que está por encima del nivel del consciente. Po­siblemente apenas nadie se encandalizará seriamente si suponemos que la psique humana tiene «pisos» que es­tán situados debajo del consciente. Pero si admitimos que igualmente puede haber pisos que, por decirlo así, se hallan por encima del consciente, parece ésta una su­posición rayana en un crimen laesae maiestatis humanae. Según mis experiencias, el consciente sólo puede reclamar una posición central relativa y ha de tolerar que, en cierto modo, la psique inconsciente la rodee por todas partes y sobresalga. Los contenidos inconscientes hacen que el consciente enlace hacia atrás con con­diciones fisiológicas por un lado y premisas arquetípicas por otro. Pero también se anticipa hacia delante me­diante intuiciones, las cuales, a su vez, están condicio­nadas en parte por arquetipos, y en parte por percepcio­nes subliminales que están en armonía con la relativi­dad espaciotemporal del inconsciente. Tengo que dejar al albedrío del lector que sea él quien emita un juicio propio sobre la posibilidad de tal hipótesis, basándose para ello en una consideración a fondo de esta serie de sueños y de los problemas que se le exponen.
El sueño que sigue se reproduce en su texto original, sin acortar:
17. Sueño:
Todas las casas tienen algo de teatral: bastidores y decoraciones. Se menciona el nombre de «Bernard Show». Al parecer, la obra se representará en un futuro lejano. Encima de un bastidor, figura en inglés y ale­mán:
Ésta es la Iglesia católica general.

Es la casa del Señor.

Pueden entrar todos los que se sientan instrumento del Señor.
Debajo está impreso en letras más pequeñas: «La Iglesia ha sido fundada por Jesús y Pablo» como si qui­siera elogiar la antigüedad de una casa comercial. Digo a mi amigo: «Ven, echemos un vistazo.» Él responde: «No veo por qué han de reunirse muchas personas cuan­do tienen sentimientos religiosos.» Responde entonces: «Como eres protestante, jamás lo comprenderás.» Una mujer está muy de acuerdo conmigo. Ahora veo una es­pecie de bando en la pared de la iglesia, que dice:
Soldados:
Si sentís estar en el poder del Señor, evitad hablar­le directamente, pues al Señor no se le puede alcanzar con palabras. Además, os recomendamos con encareci­miento que no discutáis entre vosotros sobre los atri­butos del Señor. Tales discusiones son estériles, pues lo valioso y lo importante no se puede expresar con palabras.
Firmado: Papa...
(Ilegible.)
Entramos ahora. El interior es parecido al de una mezquita, especialmente a la Hagia Sofía: ningún ban­co. Un hermoso efecto de espacio, ninguna imagen; sentencias enmarcadas adornan las paredes (como allí las sentencias del Corán). Una de las sentencias dice: «No aduléis a vuestros bienhechores.» La mujer que antes había estado de acuerdo conmigo rompe a llorar y ex­clama: «Ya no queda nada.» Yo contesto: «Encuentro completamente bien todo esto.» Pero la mujer desapa­rece. Un pilar delante de mi me impide por completo la visión. Después cambio de sitio y veo frente a mí gran número de gente, pero no pertenezco a ellos y es­toy solo. Sin embargo, se perfilan con claridad delante de mi y veo sus caras. Todos dicen al unísono: «Confe­samos estar en el poder del Señor. El reino del Cielo está en nosotros.» Esto se dice con mucha solemnidad tres veces. Después se toca el órgano y se canta a coro una fuga de Bach. Pero se ha abandonado el texto ori­ginal. A veces, es sólo una especie de colorido, y luego se repiten las palabras: «Todo lo demás es papel» (debe de significar: no actúa sobre mí de una forma viva). Después de concluir el coro, comienza en forma estu­diantil, por decirlo así, la parte agradable de la reunión. Las personas se muestran alegres y serenas. Se va de un lado a otro, se saludan entre sí, y se ofrece vino (de un seminario sacerdotal episcopal) y refrescos. Se desea a la Iglesia un alegre florecimiento; y como para expre­sar la alegría por el aumento de los miembros de la co­munidad, un altavoz transmite una canción de moda con el estribillo: «Karl está ahora también.» Un sacerdote me explica: «Estas diversiones, un poco secundarias, están autorizadas y admitidas oficialmente. Tenemos que adaptarnos un poco a los métodos americanos. Es inevitable con el movimiento de masas que tenemos. Pero nos diferenciamos básicamente de las Iglesias ame­ricanas en que seguimos una dirección manifiestamente antiascética.» Me despierto entonces y tengo una sensa­ción de gran alivio.
Tengo que renunciar, por desgracia, a comentar todo el sueño121, por lo cual me limito a nuestro tema. El

temenos se convierte en un gran edificio sacro (corres­pondiendo a la alusión precedente). De esta forma, la acción se califica de «culto». Lo comicogrotesco del mis­terio dionisíaco aparece en la parte «agradable» de la acción, donde se ofrece vino y se brinda por el floreci­miento de la Iglesia. Una inscripción existente en el sue­lo de un santuario orfeodionisíaco dice con mucha pro­piedad: μόνον μη ύδωρ (¡Nada de agua!)122. Las reli­quias dionisíacas existentes en la Iglesia, por ejemplo, los símbolos del pez y del vino, el cáliz de Damasco, la barra de sellar con el crucifijo y la inscripción OPFEOC BAKKIKOC123 y otras muchas cosas se mencionan aquí únicamente de una forma somera.
La dirección «antiascética» señala con claridad la di­ferencia respecto de la Iglesia católica, a la que cali­fica aquí de «americana». (Véase el comentario al sue­ño 14. América es el país ideal para las ideas sensatas del intelecto práctico, que, por medio de un brain trust, querría dar al mundo la estructura auténtica124.) Este modo de ver las cosas responde a la fórmula mo­derna de intelecto = espíritu, olvidándose por completo de que el «espíritu» jamás ha sido una «actividad» hu­mana por no hablar de «función». El andar por la iz­quierda se confirma, por tanto, como un alejamiento del mundo ideológico moderno, al principio en dirección de una regresión al mundo dionisíaco precristiano, que desconoce toda «ascética» en el sentido cristiano. Pero, mientras esto sucede, la evolución no sale en definitiva del lugar sagrado, sino que permanece dentro del mis­mo. Dicho de otro modo, no pierde su carácter sacro. No se torna sencillamente anárquica y caótica, sino que pone a la Iglesia en relación inmediata con el santuario de Dionisos, tal como ha hecho también el proceso his­tórico, pero en dirección opuesta. Por tal motivo, se puede decir que la evolución regresiva vuelve a recorrer con exactitud el camino histórico para llegar a los esca­lones precristianos. Así pues, no se trata de un retroce­so, sino, por decirlo así, de un descenso sistemático ad inferos, de una nekyia psicológica.
He hallado un proceso parecido en el sueño de un religioso que tenía una postura algo problemática res­pecto a su fe: Viene por la noche a su iglesia, donde se ha derrumbado toda la pared del coro. El altar y los escombros están llenos de parras de las que penden gruesos racimos, y la luna penetra por la abertura pro­ducida.
Mitra está también con la antigua Iglesia en una re­lación parecida a la de Dionisos. El sueño de un perso­naje ocupado asimismo en problemas religiosos es así: Una gigantesca catedral gótica casi enteramente a oscu­ras. Se está celebrando una misa mayor. Toda la pared de la nave lateral se derrumba de repente. Penetra a raudales en la iglesia una cegadora luz del sol y al mis­mo tiempo una gran manada de toros y vacas. Este sue­ño es evidentemente más mitraico.
La iglesia de nuestro sueño es un edificio sincrético, extremo que resulta interesante, pues la Hagia Sofia es una antiquísima iglesia cristiana que sirvió de mez­quita, sin embargo, hasta hace poco tiempo. Encaja muy bien en el objetivo del sueño establecer en él una reunión de las ideas religiosas cristianas y dionisíacas. Evidentemente, esto ha de ocurrir de manera que nin­guna excluya a la otra; que, por tanto, no se destruya valor alguno. Esta tendencia es extraordinariamente im­portante, pues es en el lugar sagrado donde se preten­de proceder a la reconstrucción del «gibón». Un sacrilegio de tal naturaleza despertaría con facilidad la ame­nazadora suposición de que caminar por la izquierda es una diabolica fraus y que el «gibón» es el diablo; pues, al fin y al cabo, al diablo se le considera el «mono» de Dios. La marcha por la izquierda sería entonces una «tergiversación» de la verdad divina, con objeto de po­ner a «Su Negra Majestad» en el lugar de Dios. Pero el inconsciente no tiene tales intenciones blasfemas, sino que intenta, sencillamente, establecer de nuevo una re­lación entre el mundo religioso y Dionisos, el dios per­dido cuya falta notan de algún modo los hombres mo­dernos (piénsese en Nietzsche). El final del sueño 22, donde el mono hace acto de presencia por primera vez, dice así: «Todo ha de ser gobernado por la luz.» O sea —debemos añadir—, también el señor de las tinieblas, con sus cuernos y patas de macho cabrío: en realidad un coribante dionisíaco que se encuentra un poco ines­peradamente con la dignidad de gran duque.
El momento dionisíaco se refiere a la emocionalidad o afectividad del ser humano, la cual no ha encontrado ninguna forma religiosa conveniente en el culto a Apo­lo y en el etos del cristianismo. Las fiestas de carnaval y danzas medievales en la iglesia fueron suprimidas ya relativamente pronto; en consecuencia, el carnaval se ha mundanizado y así ha desaparecido del recinto sagrado la embriaguez divina. La iglesia se ha quedado con la tristeza, la seriedad, la severidad y una alegría espiri­tual bien dosificada. Pero la embriaguez, esa emoción directísima y peligrosísima, ha dado la espalda a los dioses y se ha apoderado del mundo de los hombres con su entusiasmo y apasionamiento. Las religiones paganas se enfrentaron a este peligro haciendo que el éxtasis de la embriaguez tuviera su lugar en el culto. Heráclito probablemente viera lo que se escondía detrás al decir: «Es al Hades al que corren como locos y al que dedican sus fiestas.» Precisamente por esta razón obtuvieron las orgías licencia de culto, con objeto de conjurar los amenazadores peligros procedentes del Hades; pero lo único que ha conseguido nuestra solu­ción ha sido abrir de par en par las puertas del Averno.
18. Sueño:
Un espacio cuadrangular. Se celebran en él compli­cadas ceremonias que tienen por objeto la transforma­ción de animales en seres humanos. Dos serpientes que corren en dirección opuesta tienen que ser suprimidas en seguida: hay en esa parte animales tales como zorros y perros. Se da vuelta de nuevo por el cuadrado y hay que dejarse morder en las pantorrillas por estos ani­males en cada uno de los cuatro rincones. Si se huye corriendo está todo perdido. Surgen ahora animales más nobles: toros y machos cabríos. Cuatro serpientes se dirigen a los cuatro ángulos. Después sale la asam­blea. Dos sacerdotes inmoladores llevan un reptil enor­me con el que tocan la frente de una masa animada o animal que no tiene forma todavía. De esta masa surge una cabeza humana en forma transfigurada. Una voz exclama: «¡Éstos son los intentos de la creación!»
El sueño se sigue ocupando en la «explicación» de lo que acontece en el espacio cuadrangular. Se pretende transformar animales en personas. Una «masa anima­da» todavía informe se ha de transformar, mediante el contacto con un reptil, en una cabeza humana «trans­figurada» (iluminada). Posiblemente la masa animada animal represente a la totalidad del inconsciente innato, al que se pretende unir con el consciente. Esto acontece mediante la utilización como objeto del culto del reptil, quizás una serpiente. La idea de la transformación y re­novación por medio de la serpiente es un arquetipo bien demostrado. Es la serpiente salvadora que representa al dios. Se dice de los misterios de Sabacio: Coluber aureus in sinum demittitur consecratis et eximitur rursus ab inferioribus partibus atque imis125. Entre los ofitas, Cristo era la serpiente. Posiblemente se encuentre en el yoga kundalini el perfeccionamiento más impor­tante del simbolismo de la serpiente bajo el aspecto de la renovación de la persona126. Según esto, la expe­riencia que tiene con la serpiente el pastor del Zaratustra de Nietzsche sería un presagio fatal. (Por lo demás, no el único de esta clase: compárese la profecía en la muerte del equilibrista.)
La «masa animada informe» trae a la memoria de una forma directa las ideas del «caos»127 alquimista, de la massa o materia informis o «confusa», que contie­ne desde la Creación el germen divino de la vida. De for­ma semejante es creado Adán según la idea midraica: Dios hace un montón de polvo en la primera hora, hace con él una masa informe en la segunda, forma las extre­midades en la tercera, etc.128 .
Pero para que se produzca esta transformación, es imprescindible la circumambulatio, o sea la concentra­ción exclusiva en el centro, en el lugar de la transfor­mación creadora. En este proceso, se es «mordido» por animales, es decir, hay que exponerse a los impulsos animales del inconsciente sin identificarse con ellos ni «huir de los mismos», pues la huida frente al incons­ciente haría ilusorio el objeto del procedimiento. Hay que seguir en él, es decir, el proceso, iniciado en este caso por la autoobservación, ha de ser vivido en todas sus peripecias y anexionado al consciente mediante la mejor comprensión posible. Naturalmente, esto signi­fica una tensión casi insoportable a consecuencia de la increíble inconmensurabilidad de la vida consciente y del proceso inconsciente, no pudiendo ser vivido el últi­mo sino en lo más íntimo del ánimo y sin que deba tocar por parte alguna la superficie visible de la vida. El prin­cipio de la vida consciente reza así: Nihil est in intellectu, quod non antea fuerit in sensu129 . Pero el prin­cipio del inconsciente es la autonomía de la psique mis­ma, la cual no refleja al mundo en el espejo de sus imá­genes, sino a sí misma, aunque utilice para la ilustra­ción de sus imágenes las posibilidades de representa­ción que le ofrece el mundo sensorial. Pero la fecha de las impresiones sensoriales no es en este proceso la causa efficiens, sino que se elige y toma con autonomía, con lo cual resulta herida continuamente de la forma más penosa la lógica del cosmos. Sin embargo, también el mundo sensorial actúa de manera igualmente destruc­tiva en los procesos psíquicos internos cuando irrumpe en éstos como causa efficiens. Si, por un lado, no se ha de ofender a la razón y, por otro, no se ha de sofocar con tosquedad y violencia el juego creador de las imáge­nes, se necesita de un procedimiento prudente y perspi­caz, sintetizador, que lleve a vías de hecho la paradoja de reunir lo irreconciliable: de aquí los paralelismos alquimistas en nuestros durmientes.
La atención al centro y la advertencia de «no huir» que se reclaman en este sueño, tienen en la alquimia sus paralelismos evidentes: vuelve a subrayarse una y otra vez la necesidad de concentrarse en la obra y la meditación en la misma. En cambio, la tendencia a huir no se presume en el actuante, sino más bien en la sustancia de transformación: el mercurio es calificado evasivamente de servus (siervo) o de cervus fugitivus (ciervo fugitivo). El recipiente se ha de cerrar bien para que no se escape lo que está en su interior. Ireneo Filaleteo130 dice de este servus: «...habéis de proceder con él con sumo cuidado en la forma de guiarle, pues se os escapará si encuentra ocasión, y os acarreará gran cantidad de desgracias»131 . Ciertamente, estos filóso­fos no cayeron en la cuenta de que corrían en pos de una proyección y que, cuanto más confiaban en la ma­teria, tanto más se apartaban de la fuente psicológica de sus esperanzas. Observando la heterogeneidad de este sueño, es posible reconocer el proceso psicológico de sus grados preliminares medievales: La huida apa­rece ya ahora claramente como una propiedad del su­jeto que sueña, es decir, ya no está proyectada en la sustancia desconocida, por lo cual la huida se convier­te en una cuestión moral. Cierto que los alquimistas conocían también este aspecto en cuanto que subraya­ban la necesidad de una especial devoción religiosa al actuar; pero no pueden quedar exentos por completo de la sospecha de haber empleado sus oraciones y pia­dosos ejercicios con el fin de conseguir el milagro. Al fin y al cabo, los hay que hasta deseaban que el Espíri­tu Santo fuera familiaris con ellos132 . Sin embargo, un juicio justo no debe silenciar que existen no pocos tes­timonios que señalan hacia un reconocimiento de la pro­pia transformación. Por ejemplo, un alquimista excla­ma: Transtnutemini in vivos lapides philosophicos! (¡Transformaos en piedras filosofales vivientes!)
Apenas se ponen en contacto el consciente y el in­consciente huyen también unos de otros sus respectivos contrastes. Por ello, nada más comenzar el sueño, han de ser eliminadas las serpientes que se escapan en direcciones opuestas; es decir, el conflicto entre el cons­ciente y el inconsciente es anulado mediante la decisión; el consciente es estimulado a la circumambulatio y, con ello, a resistir la tensión. Pero mediante el círculo má­gico descrito se impide que el inconsciente salga al ex­terior, pues esta salida equivaldría a una psicosis. Nonnulli perierunt in opere nostro (unos cuantos perecieron en nuestra obra), se puede decir con los filósofos del Rosarium. El sueño muestra que se ha conseguido la di­fícil operación, sólo posible para un intelecto superior: concretamente, pensar en paradojas. Las serpientes no huyen ya, sino que se colocan ordenadamente en los cuatro ángulos, lográndose el proceso de transformación e integración, respectivamente. La «transfigura­ción» e iluminación, o sea la adquisición de conciencia por el centro, son alcanzadas por fin, al menos en la an­ticipación del dueño. La conquista potencial significa —si se puede afirmar, es decir, si el consciente no vuel­ve a perder su nexo de unión133 — la renovación de la personalidad. Pero como ésta es una situación subjetiva, cuya existencia real no puede ser acreditada mediante criterio exterior alguno, resulta inútil cualquier ulterior intento de descripción y explicación: sólo el que ha pasado por esta experiencia está en situación de com­prender y testimoniar su realidad. Por ejemplo, la «fe­licidad» es una realidad tan ostensible que no existe nadie que no la anhele; sin embargo, no existe un solo criterio objetivo que permita acreditar sin ningún géne­ro de dudas la existencia de tal estado. Con frecuencia, y precisamente en las cuestiones más importantes, te­nemos que basarnos en el juicio subjetivo.
La disposición de las serpientes en los cuatro rin­cones señala hacia una ordenación del inconsciente. Es como si hubiera un boceto preexistente, una especie de tetraktys pitagórico. He observado con mucha fre­cuencia el número cuatro en este contexto. Probable­mente explique esto la extensión universal y la signi­ficación mágica de la cruz o del círculo dividido en cua­tro sectores. En el caso presente, parece tratarse de la captura y el ordenamiento de instintos animales, con lo cual se conjura el peligro de caminar hacia el incons­ciente. Acaso fuera ésta la base empírica de la cruz, ven­cedora de las potencias de las tinieblas.
El inconsciente ha conseguido en este sueño dar un gran paso hacia delante mediante una peligrosa apro­ximación de sus contenidos al consciente. El sujeto que sueña aparece ampliamente envuelto en la misteriosa ceremonia de síntesis y llevará a su vida consciente un recuerdo importante de este sueño. Se sabe por expe­riencia que esto supone para la conciencia un conflic­to considerable, pues no siempre está dispuesta ni se halla en situación de realizar el desacostumbrado es­fuerzo intelectual y moral que supone resistir una para­doja. No hay nada tan celoso como una verdad.
Según muestra una mirada a la historia del espíri­tu medieval, toda nuestra mentalidad moderna está preformada por el cristianismo, cosa que no tiene nada que ver con que exista o no una fe en las verdades cristianas. La reconstrucción del mono en el lugar sagrado —lo que se propone en el sueño— resulta perturbado, por tanto, hasta un extremo tal que la mayoría del pú­blico se refugia frente a ella en la protección que ofrece la incomprensión. Otra parte pasará sin que se le pres­te atención a la profundidad abismal del misterio dionisíaco y, con exaltación mística, saludará como salva­dor al sensato fondo darvinista. Sólo los menos perci­birán el choque de dos mundos y comprenderán de qué se trata en el fondo. Ciertamente, el sueño dice con cla­ridad que el mono debe surgir en el sitio donde, según la vieja tradición, mora la deidad. Esta inversión es casi tan perjudicial como una misa negra.
En el simbolismo oriental, el espacio cuadrado tiene el carácter del yoni, de lo femenino, como tierra (chino) y padma (loto, indio). El inconsciente del hombre es asimismo femenino, al estar personificado por el ani­ma134, la cual representa también siempre la «función inferior»135 y tiene, por ello, con frecuencia un carác­ter moralmente dudoso; incluso en ocasiones es direc­tamente representación del mal. Por lo general, es la cuarta persona (véanse sueños 10, 11 y 15). Es el oscuro y temido regazo materno, que, como tal, tiene una natu­raleza ambivalente. La deidad cristiana es una en tres personas. No hay duda de que el diablo es la cuarta persona del drama celestial; el diablo, que es, en un inofensivo concepto psicológico, la función inferior. Evaluado moralmente, es el pecado del hombre, o sea, una función atribuida a éste: por tanto, es masculino. Lo femenino se silencia en la divinidad, pues se considera herejía la intepretación del Espíritu Santo como «Sophia Mater». Así pues, el drama metafísico cristiano, el «prólogo en el cielo», conoce tan sólo actores masculi­nos, lo cual tiene en común con muchos misterios ori­ginales. Lo femenino tiene que estar en algún sitio, por lo que es probable haya de encontrársele en la oscuri­dad. De todos modos, la vieja filosofía china lo ha lo­calizado allí136, concretamente en el yin. Aunque el hombre y la mujer se unen, representan, no obstante, contrastes irreconciliables que degeneran en enemigos a muerte cuando se les hace entrar en actividad. Así esta oposición original simboliza todas las oposiciones que se puedan imaginar: caliente-frío, claro-oscuro, Sur-Norte, seco-húmedo, bien-mal, etc. Y también: consciente-inconsciente.
En la psicología de la función, hay, ante todo, dos funciones conscientes, o sea, masculinas: la función di­ferenciada y su función auxiliar, que se representan en los sueños por el padre y el hijo, mientras que las fun­ciones inconscientes tienen su representación en la ma­dre y la hija. Pero como la oposición entre las dos fun­ciones auxiliares no es ni muchísimo menos tan grande como la existente entre la función diferenciada y la in­ferior, puede ser alzada al consciente también la ter­cera función, concretamente la «auxiliar», tornándose así masculina. Pero llevará consigo algo de su contami­nación con la función inferior y se convertirá así en una especie de mediadora con la oscuridad del inconsciente. En este hecho psicológico se fundó la interpretación he­rética del Espíritu Santo con «Sophia», al ser el media­dor del nacimiento en la carne y hacer posible de esta manera que se hiciera visible la luz de Dios en la oscu­ridad del mundo. Posiblemente haya sido esta relación que echó sobre el Espíritu Santo la sospecha de lo feme­nino, pues María era el oscuro campo de labor, illa terra virgo nondum pluviis rigata, como la llamó Tertulia­no137.
La cuarta función está contaminada con el incons­ciente y arrastra consigo todo el inconsciente cuando es hecha consciente. Se llega entonces a una polémica con el inconsciente y se intenta lograr una síntesis de las oposiciones138 . Pero de primera intención estalla el vivo conflicto de que sería presa todo hombre sen­sato cuando se le hiciera evidente que habría de acep­tar las supersticiones más absurdas. Todo se rebelaría en su interior y se revolvería desesperadamente contra algo que le parece un desatino criminal. Es esta situa­ción la que nos explica la existencia de los sueños que siguen a continuación.

19. Sueño:


Una guerra salvaje entre dos pueblos.
El sueño es una representación del conflicto. El consciente defiende su posición e intenta oprimir al in­consciente. Así se expulsa, en primer lugar, a la cuarta función; pero como ésta se halla contaminada por la tercera, también la tercera amenaza con desaparecer, con lo cual se llegaría a un estado anterior, que precede al actual: concretamente, a un estado en el que sólo hay dos funciones conscientes, mientras las otras dos son presas del inconsciente.
20. Sueño:
Hay dos muchachos en una cueva. Un tercero cae también al interior por un tubo.
Esta cueva representa la oscuridad y apartamiento del inconsciente. Los dos muchachos corresponden a dos funciones que se encuentran en el inconsciente mencio­nado. El tercero tendría que ser, en teoría, la función auxiliar, lo cual apuntaría a que el consciente se ha retirado por completo al campo de la función diferen­ciada. Por tanto, la partida es de uno contra tres, lo que se traduce en una gran supremacía del inconsciente. Así pues, se puede esperar un nuevo avance del inconsciente y una reconstrucción de sus posiciones. Los «mucha­chos» remiten al motivo de los enanos, de lo que habla­remos más adelante.
21. Sueño:
Una gran bola transparente que contiene muchas bolas pequeñas. Una planta verde sale y crece por la parte superior.
La bola es una totalidad que abarca todos los conte­nidos, lo cual hace que sea posible de nuevo la vida pa­ralizada por una lucha inútil. En el yoga kundalini, el «regazo verde» es una denominación del Ishvara (Shiva) que sale de su estado latente.
22. Sueño:
En un hotel americano. Se sube en el ascensor hasta el tercero o cuarto piso, donde se ha de esperar en unión de otras muchas personas. Hay allí un amigo (una persona determinada), quien dice que él (el so­ñante) no tendría que haber hecho esperar tanto tiem­po a la mujer de oscuro y desconocida que se encuen­tra abajo, la cuál, al fin y al cabo, había dejado a su cargo. Ahora le entrega una nota abierta, dirigida a la mujer de oscuro, en la que se dice: «La salvación no se logra huyendo o no acompañando, pero tampoco por un dejarse arrastrar sin voluntad. La salvación llega por la vía de una entrega total, en la que la mirada debe estar dirigida.» Había un dibujo en el margen de la nota: una rueda o corona con ocho radios. Llega ahora un as­censorista y dice que su habitación (la del sujeto que sueña) está en el octavo piso. Entonces sube en el as­censor hasta el séptimo o el octavo piso, donde se encuentra con un hombre pelirrojo desconocido que le saluda amistosamente. Se produce ahora un cambio en el escenario. Se dice que hay revolución en Suiza: un partido militarista está haciendo propaganda, al pa­recer, para que «se estrangule por completo a la izquier­da». La objeción de que la izquierda es ya débil de por sí es contestada de la siguiente forma: precisamente por eso se pretende estrangularla por completo. Apare­cen ahora soldados con uniformes anticuados, todos los cuales son iguales que el hombre pelirrojo. Cargan sus fusiles con las baquetas, forman un círculo y se dispo­nen a disparar hacia el centro; pero al final no dis­paran y parece que se marchan. Despierta sintiendo gran temor.
La tendencia del sueño precedente, que apunta ha­cia la reconstrucción de la totalidad, vuelve a chocar en este sueño con el consciente, orientado en otro sentido. El sueño se desarrolla en un fondo americano, como es adecuado. El ascensor sube, como es debido cuando del «subconsciente asciende» algo al consciente. Lo que as­ciende en este caso es el contenido inconsciente: con­cretamente, el mándala caracterizado por la cuaterni­dad. De aquí que el ascensor tuviese que subir hasta el cuarto piso. Pero como la cuarta función es tabú, sube sólo aproximadamente hasta el tercero o cuarto. Esto no le ocurre sólo al sujeto que sueña, sino también a otras muchas personas que, como él, han de esperar hasta que pueda ser recogida la cuarta función. Un buen amigo le llama la atención en el sentido de que no debería haber hecho esperar «abajo», es decir, en el inconsciente, a la mujer de oscuro, concretamente el anima, que representa la función hecha tabú. Ésta era la razón de que él, concretamente, hubiese de esperar arriba con los otros. No es simplemente un problema individual, sino colectivo, al dar motivo la vivificación del inconsciente, que se observa últimamente —como ya presintió Friedrich Schiller— a cuestiones que no se podían soñar en el siglo xix. En el Zaratustra, Nietzsche se decidió al rechazo de la serpiente y del «ser humano más feo» y, por tanto, a una heroica convulsión del cons­ciente que condujo lógicamente al derrumbamiento vati­cinado en el Zaratustra.
El consejo dado en la nota es tan profundo como acertado, por lo cual no se le puede añadir absolutamen­te nada. Después de dado el consejo y aceptado de al­gún modo por el sujeto soñante, podía continuar la su­bida en el ascensor. Posiblemente se haya de admitir que fue aceptado el problema de la cuarta función, al menos en general, pues el durmiente sube hasta el sép­timo o el octavo piso, con lo que la cuarta función no está representada ya por un cuarto, sino por un octavo; por tanto, aparece disminuida en la mitad.
Esta vacilación frente al último paso hacia la tota­lidad parece, curiosamente, desempeñar un papel también en el Fausto, segunda parte. Se trata de la escena de los cabiros: se acercan sobre el agua «mujeres del mar transfiguradas».
Nereidas y tritones cantan:
Os agradará

Lo que traemos en nuestras manos.

Aunque la concha enorme de Chelona, privada de brillo,

Refleja una imagen severa,

Traemos a dioses con nosotros,

Entonad vuestros mejores cantos.
sirenas
Pequeños de talla,

Grandes en poder

Son dioses adorados desde remota Antigüedad,

Que salvan a los náufragos.
nereidas y tritones
Traemos a los cabiros

A celebrar una fiesta en paz,

Pues tienen a Neptuno propicio

Allí donde ellos reinan.
Las «mujeres del mar», o sea, figuras femeninas, que representan en cierto modo el inconsciente en forma de mar y olas marinas, portan una «severa imagen». Lo «severo» recuerda a las «severas» formas arquitectó­nicas o geométricas, que representan una idea concre­ta sin adornos románticos (sensitivos). Se «despoja del brillo» al caparazón de una tortuga139, que, como la serpiente —primitivos animales de sangre fría— simbo­lizan lo que el inconsciente tiene de instintivo. La «ima­gen» es idéntica de algún modo con los dioses enanos, invisibles y creadores, los embozados que son mante­nidos en el oscuro «kista»; pero que también, como figurillas de aproximadamente un pie de altura, están a orillas del mar donde protegen, como parientes del inconsciente, la navegación, es decir, la arriesgada em­presa de introducirse en la oscuridad y la incertidumbre. Por ello, son, como dáctilos, dioses de los crea­dores.
Cierto que pequeños e insignificantes como los es­tímulos del inconsciente, pero tan poderosos como éste. El gabir es el grande, el poderoso.
nereidas y tritones

Nos acompañan tres,

Pues el cuarto no quiso.

Cree ser el cerebro

Que piensa por los cuatro.
sirenas:
Bien puede un dios

Burlarse de otros dioses.

Venerad su gracia,

Temed todo mal.
Es característico de la naturaleza sensitiva de Goethe el hecho de que el cuarto sea precisamnete el pensador. Si «el sentimiento lo es todo», se ha de consi­derar el principio supremo, el pensamiento se ha de con­tentar entonces con el papel más desfavorable y desa­parecer en el naufragio. La primera parte del Fausto describe esta evolución, de la que el mismo Goethe era modelo. En este caso, el pensamiento es la cuarta función, la tabú. Al ser contaminado por el inconsciente, el pensamiento adopta la grotesca figura de los cabiros, pues éstos, como enanos, son dioses del reino subterrá­neo y por ello aparecen deformados por lo general en medida adecuada. («Veo a los deformes como malos potes de tierra.») Por ello, se encuentran en contra­dicción asimismo grotesca con lo celestial y son objeto de burla de los dioses. (Véase «mono de Dios».)
nereidas y tritones
Así, pues, son siete,
sirenas:
¿Dónde están los tres?
nereidas y tritones:
No sabríamos decirlo,

Habrá que preguntar por ellos en el Olimpo;

Posiblemente esté allí también el octavo,

En el que todavía nadie ha pensado,

Dispuestos a ofrecernos sus favores,

Pero aun no todos ellos.

Estos incomparables seres,

Siempre desean más;

Y padecen, con nostálgico anhelo

De alcanzar lo inalcanzable.
Observamos que son de siete a ocho; sin embargo, vuelve a existir una dificultad en el octavo, lo mismo que antes con el cuarto. Está asimismo en contradicción con la procedencia de lo inferior, de la oscuridad, antes subrayada, el hecho de que ahora se diga que los cabiros han de ser realmente buscados en el Olimpo; pues están aspirando eternamente a ascender de la profun­didad a la altura y por ello se les haya de encontrar siempre abajo y arriba. La «severa imagen» es con toda evidencia un contenido inconsciente que pugna por sa­lir a la luz. Busca y es ella misma lo que he calificado en otro lugar de «preciosidad difícil de conseguir»140. Esta suposición se confirma inmediatamente:


Los héroes de la Antigüedad

Carecen de gloria

Tal como ella se manifiesta.

Si ellos conquistaron el vellocino,

Vosotros a los cabiros.
El «vellocino de oro» es la meta ansiada por los argo­nautas, el fabuloso quest que es uno de los incontables sinónimos de lo inalcanzable. Tales hace a este respec­to la sabia observación:
Es esto lo que se codicia:

El óxido, que hace que las monedas adquieran valor.
El inconsciente es siempre el pelo en la sopa: la carencia, angustiosamente escondida, de la perfección; el penoso mentís a todas las pretensiones ideales; el residuo de tierra que hay en la naturaleza humana y que enturbia dolorosamente la anhelada claridad cristalina. Según el concepto alquimista, tanto el óxido como el cardenillo son una enfermedad de los metales. Pero precisamente esta «lepra» es la vera prima materia, la base para la preparación del oro filosofal. El Rosarium philosophorum dice: «Nuestro oro no es el oro común. Pero tú has preguntado por el verde (viriditas, posible­mente cardenillo), suponiendo que el cobre sea un cuer­po leproso (leprosum) a causa del verde que tiene en­cima. Por tanto, te digo que lo que hay de perfecto en el cobre es sólo verde, pues ese verde se transformará pronto en nuestro oro con ayuda de nuestro método (magisterium)141
La paradójica observación de Tales en el sentido de que las monedas no adquieren auténtico valor hasta no estar oxidadas es una especie de paráfrasis alquimista que sólo quiere decir que no hay luz sin sombras, ni integridad anímica sin imperfección. Para llegar a su plenitud, la vida, no necesita de la perfección, sino de la totalidad. En esto se comprende la «espina en la car­ne», al sufrir por la existencia de faltas, sin las cuales no existe ningún adelante ni ningún hacia arriba.
El problema del tres y del cuatro, del siete y del ocho, atacado por Goethe en este lugar, es una perple­jidad de la alquimia, la cual se remonta históricamente a los textos atribuidos a Christianos142. En el tratado que se refiere a la obtención del «agua mítica», se dice: «Por tanto, la profetisa hebrea gritó sin recelo: "El uno se transforma en dos, el dos se convierte en tres, y del tercero sale el uno como cuarto143".» Esta profetisa es la María Profetisa144 de la literatura alquimista, lla­mada la Judía, la hermana de Moisés, o la Copia, y no parece improbable que guarde relación con la María de la tradición gnóstica. Epifanio atestigua de la existen­cia de escritos de esta María Profetisa: las Interrogationes magnae y parvae, en las que, según dice, se descri­be una visión de Cristo que, en la montaña, ha hecho brotar de su costado a la mujer y se ha fundido con ella145. Posiblemente no se deba al azar el hecho de que en el tratado que abajo se indica, María Profetisa trate el tema del matrimonium alchymicum, en un diá­logo con el filósofo Aros146; de aquí procede la ex­presión «goma casada con goma en verdadero matri­monio»147, repetida posteriormente con frecuencia. Gummi arabicum es el nombre que se da aquí origina­riamente a la sustancia de transformación, y ciertamen­te a causa de sus propiedades de adherencia. Así, por ejemplo, Khunrath148 afirma que la goma «roja» es «la resina de los sabios», lo cual es precisamente un sinónimo de la sustancia de transformación. Esta sus­tancia como fuerza vital (vis animans) es comparada por otro con la «cola del mundo» (glutinum mundi), que forma lo intermedio entre el espíritu y el cuerpo y lo que une a ambos149. El viejo tratado Consilium coniugii explica que el «hombre filosófico» consta de «las cuatro naturalezas de la piedra». Según dicho tra­tado, tres de ellas serían terrenas o estarían en la tierra: «la cuarta naturaleza es el agua de la piedra, concretamente el oro viscoso, que se llama goma roja, con el que se colorean las tres naturalezas terrenas»150 . Como vemos aquí, la goma es la cuarta naturaleza crí­tica: es doble, o sea, masculina y femenina, y, sin em­bargo, es el aqua mercurialis única. Así pues, la unión de ambas es una especie de autofecundación, lo cual, al fin y al cabo, se afirma siempre del dragón mercu­rial151. Se puede reconocer fácilmente con estas alu­siones quién es el hombre filosófico: el hombre pri­mitivo andrógino o anthropos del gnosticismo152, cuyo paralelo en la India es el atman. El Brhadâranyaka Upanishad dice a este respecto: «Era tan grande como una mujer y un hombre que se mantienen abrazados. Esta individualidad suya (atman) la dividió en dos par­tes, surgiendo así el esposo y la esposa. Él tuvo ayun­tamiento carnal con ella»153 , etc. El origen común de estas ideas está en la forma primitiva de imaginarse los seres originarios bisexuados.
La cuarta naturaleza —para volver al texto del Consilium coniugii— nos lleva directamente a la idea del anthropos, que es una representación de la integridad del ser humano: de uno, concretamente, que existía ya antes del ser humano y representa al mismo tiempo la meta de éste. Se une en calidad de cuarto a los tres y efectúa así la síntesis de los cuatro en la unidad154. Parece tratarse de algo semejante en el caso del siete y el ocho; sin embargo, este motivo aparece en la litera­tura con mucha menos frecuencia. Pero se encuentra en la obra de Paracelso Otra explicación de toda la as­tronomía, a la que tuvo acceso Goethe155 : «El uno es poderoso / Seis son sujetos, el octavo es también pode­roso»156 e incluso hasta algo más que el primero. El uno es el rey, y seis son los criados y el hijo: son el rey Sol y los seis planetas y, respectivamente, los ho­múnculos de los metales, según muestra la representa­ción existente en la Pretiosa margarita novella de Jano Lacinio de 1546157 . Cierto que el octavo no aparece aquí. Paracelso parece haberlo inventado. Pero como éste es todavía «más poderoso» que el primero, debería corresponderle la corona. El octavo, que Goethe nos dice hallarse en el Olimpo, señala de forma directa al texto de Paracelso en cuanto que éste formula la Astrologie Olympi, es decir, la estructura del corpus astrale158.
Al retornar de nuevo a nuestro sueño, encontramos en el punto crítico, o sea, del séptimo al octavo piso, al hombre pelirrojo, un sinónimo del individuo de la pe­rilla, o sea, el inteligente Mefistófeles, que transforma la escena de una manera mágica, pues le importa lo que Fausto no vio nunca: concretamente, la «severa ima­gen», que significa la joya más preciada, lo «Inmor­tal»159. Se transforma en los soldados, los represen­tantes de la uniformidad, la opinión colectiva, que, como es natural, se opone a tolerar cosas sin objeto. Bajo una autoridad máxima, el tres y el siete son sagrados para ella; pero el cuatro y el ocho pertenecen al mal: «malos potes de tierra», «no otra cosa» que inferioridad, que no tiene consistencia alguna frente al severo juicio de los caciques de cualquier matiz. «La izquierda» ha de ser «estrangulada por completo», es decir, el lado in­consciente y todo lo sospechoso que procede de la iz­quierda, o sea, del inconsciente. Cierto que esta opinión está anticuada y se sirve de modelos anticuados tam­bién, pero los fusiles que se cargan por el cañón toda­vía pueden dar en el blanco. Por razones desconoci­das, es decir, no indicadas en el sueño, este atentado destructivo apunta hacia «el centro», al que «se debe dirigir siempre la mirada», según el consejo. Este cen­tro está representado en forma de rueda de ocho radios en el dibujo que hay en el margen de la nota.
23. Sueño:
En un lugar cuadrangular. Está sentada frente al sujeto que sueña la mujer desconocida, cuyo retrato debe dibujar él. Pero lo que él dibuja no es ningún ros­tro, sino hojas de trébol de tres hojas o cruces desfi­guradas, en cuatro colores distintos: rojo, amarillo, verde y azul.

A continuación de este sueño, el sujeto durmiente dibuja de forma espontánea un círculo cuyos cuatro sectores están coloreados con los colores arriba men­cionados. Se encuentra en el centro una flor azul de cuatro hojas. Siguen ahora, en pequeños intervalos, nu­merosos dibujos que tratan de la curiosa estructura del «centro» y brotan de la necesidad de descubrir la configuración que presta una expresión adecuada a la esencia del «centro». Los diversos dibujos proceden, en parte, de impresiones visuales; en parte, de la intuición; y, en parte, de los sueños.


Se ha de observar respecto a la rueda que es una expresión favorita de la alquimia: la rueda define el proceso de la circulación, la circulatio. Con esto se alu­de, por una parte, al ascensus y al descensos —por ejem­plo, las aves que se elevan y caen (vapores que se con­densan 160—; por otra, a la rotación del mundo como muestra ejemplar de la obra y, por tanto, de los ciclos del año en que la obra se lleva a efecto. El alquimista supo de la relación entre la rotatio y sus dibujos circula­res. La alegoría moral contemporánea de la rueda desta­ca, entre otras cosas, el ascensus y el descensus como el descenso de Dios al ser humano y la elevación de este último hacia Dios (remitiéndonos al sermón de san Ber­nardo: Suo nobis descenso suavem ac salubrem dedicavit ascensum)161. Además, la rueda es expresión de las virtudes constantia, obedientia, moderatio, aequalitas y humilitas162 , las más importantes para la obra. Des­pués, las relaciones místicas de la rueda no desempeñan ningún pequeño papel según Jakob Böhme; como los alquimistas, opera éste también con las ruedas de Ezequiel. Y así dice: «... reconocemos, por tanto, que la vida espiritual está vuelta hacia su ulterior, y que la vida natural está vuelta fuera de sí y frente a sí. Considerado en conjunto, podemos comparar esto con una rueda esférica que se dirige a todas partes, como apunta la rueda de Ezequiel»163 . Y continúa explicando: «La rueda de la Naturaleza se vuelve desde fuera hacia su in­terior, pues la divinidad vive dentro de sí misma y tiene una imagen que no se puede pintar. Es una parábola natural: como si Dios se dibujara en la figura de este mundo, pues Dios está en todas partes; y, por tanto, vive dentro de sí mismo. Ten en cuenta: la rueda exte­rior es el Zodíaco con los astros: y después los siete planetas»164 , etc. Aunque esta figura no está lo bastan­te bien hecha, sin embargo, es una imitación: y se po­dría desarrollar con más perfección en un gran círculo para los que entienden menos la imitación. Ten en cuen­ta también que el deseo se dirige hacia el corazón, que es Dios, etc. Pero la rueda es también, para Böhme, la impression (informatio en alquimia) de la voluntad eterna. Es la madre naturaleza y, respectivamente, el «espíritu de la madre / a partir del cual ella siempre crea y actúa: son las estrellas con la rueda planeta­ria / según el modelo del astro eterno / el cual es sólo un espíritu / y el espíritu eterno en la sabiduría de Dios / como la naturaleza eterna / de la que han salido los espíritus eternos para penetrar en una criatura»165. La «propiedad» de la rueda es la vida en figura de «cuatro secretarios» que «ejercen el mando en la madre / la que alumbra hijos». Son éstos los cuatro elementos, «a los que da voluntad y deseo... la rueda del espíritu / de ma­nera que este ser entero no es más que una cosa única» como «el espíritu de un ser humano, que está en el cuer­po y en el alma»; pues ha sido creado según la imagen de este «ser entero». Pero la Naturaleza es así también, en sus cuatro elementos, un «ser entero» dotado de alma166. Esta «rueda sulfúrica» es también el origen del bien y del mal y, respectivamente, conduce hacia el interior de estos principios o fuera de ellos167.
El misticismo de Böhme está influido en sumo grado por la alquimia. Y así, dice: «La figura del nacimiento es como una rueda giratoria / que obra Mercurio en el sulfuro168.» El «nacimiento» es el «niño áureo» (el filius philosophorum = arquetipo del niño divino169) cuyo «maestro de obras» es Mercurio170. Mercurio también es la «rueda de fuego de la esencia» en figura de una serpiente. Asimismo, el alma (sin iluminar) es un «Mercurio ígneo de esta clase». Vulcano enciende en ella la «rueda del fuego de la esencia» cuando ella se «apar­ta» de Dios. De aquí surgen los apetitos y pecados, que son la «cólera de Dios». El alma es entonces un «gusa­no», como la «serpiente de fuego», una «larva» y un «monstruo»171.
La interpretación de la rueda por Böhme descubre algo del arcano místico de la alquimia, y por ello, es de no pequeña importancia tanto en este aspecto como en el psicológico: la rueda aparece aquí como idea de la to­talidad, la cual representa la esencia del simbolismo mándala y, por consiguiente, comprende también en sí el mysterium iniquitatis.
Los hechos demuestran que la idea del «centro», acercado una y otra vez por el inconsciente al conscien­te, comienza a pisar con fuerza y a ejercer una fascina­ción peculiar en la última. El dibujo inmediato vuelve a reproducir la flor azul, pero dividida en ocho partes; luego siguen imágenes de cuatro montes y un lago en un cráter; un aro rojo tirado en el suelo, dentro del cual hay un árbol seco por el que sube, girando a iz­quierdas, una serpiente verde.
Posiblemente asombre un poco al profano en la mate­ria el estudio en serio de este problema, pero algunos conocimientos de yoga, así como de la filosofía medieval de la lapis, le resultarían eficaces para comprenderlo. Como ya hemos dicho al hablar de la cuadratura del círculo, es éste uno de los métodos para la obtención de la lapis como también el empleo de la imaginatio, se­gún demuestra con claridad el texto que sigue: «Y pro­cura que tu puerta esté sólidamente cerrada para que no se pueda escapar el que está dentro, y así, con la ayuda de Dios, llegarás a la meta. La Naturaleza actúa gradualmente, y yo quiero que hagas lo mismo: tu ima­ginación debe regirse por la Naturaleza. Y observa, con­forme a la Naturaleza, qué cuerpos son los que se re­generan en las entrañas de la tierra. E imagina esto de una forma auténtica y no fantástica172
El vas bene clausum, esta regla de prudencia que se observa con frecuencia en la alquimia, equivale al círculo mágico. Se pretende en ambos casos que el inte­rior sea protegido frente a la irrupción del exterior y la mezcla con éste173 , como también se debe impedir la huida. La imaginatio se ha de entender aquí como «imaginación» al pie de la letra, respondiendo al empleo clásico de la palabra y en contraposición a «fantasía», que a lo sumo equivale a «ocurrencia» en el sentido de un pensar insustancial; lo que, para Petronio, es hasta equivalente de ridiculez si se refuerza el significado de este modo de pensar: phantasia, non homo174. La imaginatio es una creación activa de imágenes (inte­riores), secundum naturam, un auténtico trabajo de pen­samiento o representación que no «fantasea» sin orden ni concierto, a lo que salga, que no juega con sus obje­tos, por tanto, sino que intenta captar en ideas las rea­lidades internas, en ideas que son fiel reflejo de las circunstancias naturales. Esta actividad es calificada de opus, de obra. La forma en que el soñante maneja estos objetos de la experiencia interior no se puede denomi­nar posiblemente sino como un auténtico trabajo, a la vista del registro y conformación concienzudos, preci­sos y cuidadosos del contenido que el inconsciente sumi­nistra al consciente. La semejanza con el opus es evi­dente para todo conocedor de la alquimia. Además, los sueños confirman la analogía, tal como mostrará el sue­ño 24.
El presente sueño 23, del que surgieron los dibujos a que nos acabamos de referir, no indica nada en el sen­tido de que quizás hubiera sido «estrangulada» la parte izquierda. Al contrario, el sujeto que sueña vuelve a en­contrarse en el temenos, confrontado con lo descono­cido, que personifica a la cuarta función, la «infe­rior»175 . Su dibujo es anticipado por el sueño, y lo que el sueño representa como personificado lo repro­duce el soñante como ideograma abstracto. Quizá pueda ser esto una alusión a que el sentido de la personifica­ción es un símbolo de algo que puede ser representado también en forma completamente distinta. Esta «forma distinta» nos lleva de nuevo al sueño 16, al as de trébo­les, cuya analogía con la cruz de brazos desiguales fue destacada allí. La analogía se confirma aquí. Yo inten­té resumir la situación de entonces en esta fórmula: Tri­nidad cristiana, pero coloreada o sombreada por los cuatro (colores). Los colores aparecen aquí como concretizaciones del tetraktys. El Rosarium cita un anuncio similar, extraído del Tractatus aureus: Vultur176 ... clamat voce magna, inquiens: «Ego sum albus niger et rubeus citrinus»177. En cambio, al hablar de la lapis se destaca en el sentido de que reúne en sí omnes colo­res. Por consiguiente, se podría suponer que la cuater­nidad representada aquí por los colores es en cierto modo un preliminar. Eso se confirma en el Rosarium: ...lapis noster est ex quator elementis178; asimismo por el aurum philosophicum: ... in auro sunt quator ele­menta in aequali proportione aptata179. La realidad es que, en el sueño, también los cuatro colores represen­tan la transición de la trinidad a la cuaternidad; y con ello, a la cuadratura del círculo, el cual, según la idea alquimista, es el que más se aproxima a la lapis a causa de su redondez (sencillez perfecta). Así se dice en una fórmula para la preparación de la lapis, atribuida a Raimundo: Recipe de simplicissimo et de rotundo cor­pore, en noli recipere de triangulo vel quadrangulo, sed de rotundo: quia rotundum est propinquius simplicitati quam triangulus. Notandum est ergo, quod corpus simplum nullum habens angulum: quia ipsum est primum et posterius in planetis, sicut Sol in stellis180.
24. Sueno:
Dos personas hablan de cristales, en especial de dia­mantes.
Le resulta a uno difícil no pensar aquí en la idea de la lapis. Antes bien, este sueño pone al descubierto el fondo histórico e indica que se trata ahora realmente de la lapis buscada, la «preciosidad difícil de conseguir». El opus del sujeto que sueña es prácticamente una re­petición inconsciente de las aspiraciones de la filosofía hermética. (Más sobre «diamantes», en sueños 37, 39 y 50).
25. Sueño:
Se trata de la construcción de un punto medio y de dar simetría a la figura mediante reflejo en este punto.
La palabra «construcción» alude a la naturaleza de síntesis del opus, como asimismo el fatigoso levanta­miento, por decirlo así, que exige el concurso de la capacidad de trabajo del sujeto que sueña. El «dar sime­tría» es una respuesta al conflicto presente en el sueño 22 (estrangular a la izquierda por completo). Un lado ha de ser por completo una imagen reflejada del otro, y, ciertamente, esta imagen reflejada se forma en el «punto medio», que, según esto, posee una cualidad re­flejante, siendo un vitrum181, un cristal o una super­ficie acuosa. El reflejo parece apuntar de nuevo a la idea en que se base la lapis, el aurum philosophicum, el eli­xir, el aqua nostra, etc.
Como la «derecha» representa el consciente de este mundo y los principios del mismo, se pretende con el «reflejo» una inversión de la imagen del mundo hacia la izquierda, de manera que surja una correspondencia en sentido inverso. Igualmente se puede expresar así: me­diante el «reflejo», la «derecha» aparece como inver­sión de la «izquierda». Por tanto, la «izquierda» aparece así disfrutando de los mismos derechos que la «dere­cha»; y, respectivamente, el inconsciente y su orden, in­comprensible en su mayor parte, se convierten en un complemento simétrico del consciente y sus contenidos, aunque, de momento, permanece en la oscuridad qué es lo que se refleja y qué es imagen reflejada. Por tan­to, para proseguir esta deducción, se podría conside­rar el «punto medio» también el punto de intersección de dos mundos que se corresponden, pero invertidos en el espejo182.
Así pues, la idea de prestar simetría sería un punto culminante en el reconocimiento del inconsciente y su incorporación a una imagen general del mundo. El in­consciente alcanza aquí carácter «cósmico».
26. Sueño:
Es de noche, con un cielo estrellado. Una voz dice: «Ahora comenzará.» El sujeto que sueña preguntas: «¿Qué va a comenzar?», a lo que la voz responde: «Pue­de comenzar el movimiento circular.» Cae ahora una es­trella fugaz, la cual describe una singular curva hacia la izquierda. La escena se transforma: el soñante se en­cuentra en un local de diversión de dudosa fama, don­de está el dueño, un explotador sin escrúpulos, y mucha­chas con aspecto de venidas a menos. Surge una disputa sobre la derecha y la izquierda. El soñante se marcha entonces y da vueltas en un taxi por el perímetro de un cuadrado. De nuevo, el bar. El dueño dice: «Mis sen­timientos no están de acuerdo con lo que la gente ha dicho de la derecha y la izquierda. ¿Es que existe real­mente una parte izquierda y otra derecha en la sociedad humana?» El que sueña responde: «La existencia de la izquierda no se opone a la de la derecha, ambas están en cada persona. La izquierda es la imagen reflejada de la derecha. Siempre que siento las cosas como imágenes reflejadas estoy de acuerdo conmigo. No existe ninguna parte derecha ni ninguna izquierda en la sociedad hu­mana; lo que hay posiblemente son personas simétri­cas y ladeadas. Los ladeados son aquellos que sólo pue­den atender a una parte, la derecha o la izquierda; están todavía en un estado infantil.» El dueño del local dice, pensativo: «Eso está ya mucho mejor» y vuelve de nuevo a su ocupación.
He descrito este sueño extensamente porque demues­tra de manera acertada cómo pueden ser aceptadas por el sujeto que sueña las ideas apuntadas en el sueño 25. La idea de la relación simétrica es despojada de su ca­rácter cósmico y trasladada al psicológico, expresada en símbolos sociales. Las palabras «derecha» e «izquierda» se utilizan casi como consignas políticas.
El aspecto cósmico aparece en el comienzo del sueño. El sujeto que soñaba notó que la curva singular descrita por la estrella fugaz corresponde exactamente a una lí­nea que él dibujó cuando diseñó la figura de la flor divi­dida en ocho partes183. La curva forma el borde de las hojas de la flor. Por tanto, la estrella fugaz discurre en cierto modo a lo largo del borde de una flor que se extiende por el entero cielo estrellado. Es la circulación de la luz, que comienza aquí184 . Esta flor cósmica se corresponde, poco más o menos, con la rosa del «paraí­so» de Dante.
Como aspecto de una experiencia «interior», que se ha de entender únicamente como psíquica, su natura­leza «cósmica» resulta escandalosa y ocasiona al ins­tante una reacción de lo «inferior». El aspecto cósmico es evidentemente demasiado «alto» y, por ello, es com­pensado hacia «abajo», de manera que la simetría no es ya la de las dos imágenes del mundo, sino simplemente la de la sociedad humana, incluso la del soñante mismo. Cuando el dueño del establecimiento, respecto a esta comprensión psicológica, opina que «esto está mucho mejor ya», expresa así su reconocimiento que habría de ser completado de la siguiente forma: «pero no lo bastante todavía».
La disputa sobre derecha e izquierda que surge al co­mienzo en el local es un conflicto que se produciría en el soñante mismo si éste hubiera de reconocer la sime­tría. Pero no puede hacerlo, debido a que el otro lado presenta un aspecto tan peligroso que es preferible no contemplar de cerca su imagen. Por ello, hace acto de presencia la circumambulatio mágica (la vuelta en tor­no al cuadrado), con objeto de que el durmiente perma­nezca dentro y no huya, sino que aprenda a soportar su imagen reflejada. También lo hace como mejor puede; sin embargo, no como quisiera la otra parte. De aquí el reconocimiento un poco frío de sus méritos.
27. Impresión visual:
Un círculo en cuyo centro hay un árbol verde. En el círculo se entabla un furioso combate entre salvajes, los cuales no ven el árbol.
Es evidente que no ha concluido el conflicto entre la izquierda y la derecha. Sigue tranquilamente su cur­so, pues los salvajes están todavía en «estado infantil» y, por tanto, como «ladeados», sólo conocen la derecha o la izquierda; no así un tercero que esté por encima del conflicto.
28. Impresión visual:
Un círculo. En su interior, unos escalones descien­den a una piscina, dentro de la cual hay surtidores.
Cuando un estado no es satisfactorio, debido a que falta en él un aspecto especial del contenido inconscien­te, el proceso inconsciente recurre a símbolos anterio­res, como sucede en este caso. El simbolismo vuelve al sueño 13, donde encontramos el jardín mándala de los filósofos con los surtidores de agua nostra. El círculo y la piscina recalcan la idea del mandala que en el simbolismo medieval185 es la rosa. El «jardín de rosas de los filósofos» es un símbolo muy frecuente186.
29. Impresión visual:
Un ramillete de rosas; después de un signo

pero que debería ser así:

El ramillete de rosas es como un surtidor que se abre. El sentido del primer signo (¿árbol?) no está claro; en cambio la corrección representa la flor dividida en ocho partes. Es evidente que se corrige aquí una equi­vocación que resultó perjudicial de algún modo para la totalidad de la «rosa». Por tanto, la reconstrucción ha de acercar de nuevo a la conciencia el problema del mándala; concretamente, la forma acertada de juzgar e intepretar el «punto medio».


30. Sueño:
Está sentado a una mesa redonda con una mujer des­conocida de oscuro.
Siempre que se alcanza un determinado punto cul­minante de claridad o una amplia posibilidad de hacer deducciones, surge con facilidad una regresión. Los sue­ños existentes entre los citados aquí muestran con cla­ridad que al durmiente le resulta un poco penosa la exi­gencia de la totalidad, que le apremia; pues con la reali­zación de esta exigencia surgen para él consecuencias prácticas de amplio alcance, cuya naturaleza personal queda fuera del marco de nuestra observación.
La redondez de la mesa vuelve a referirse al círculo de la totalidad, en la que entra el anima como representante de la cuarta función, especialmente en su varie­dad «oscura», que se hace ostensible siempre que con­creta algo, es decir, cuando debiera ser trasladada a la realidad o amenaza con trasladarse ella misma. Lo «os­curo» es subterráneo; es decir, terrenal-real. Ésta es la fuente del miedo, que origina la regresión187 .
31. Sueño:
Está sentado a una mesa redonda con un hombre determinado de cualidad negativa. Hay encima un vaso, lleno de una materia gelatinosa.
Este sueño representa un avance respecto al anterior en cuanto que lo «oscuro» es admitido aquí como «oscu­ridad» propia hasta el punto de surgir de ella una autén­tica sombra188 que corresponde personalmente al sujeto que sueña. El anima es liberada así de la proyec­ción de la inferioridad moral y puede pasar a desem­peñar su función peculiar, concretamente a lo que vive y crea189 . Esto último está representado por el vaso con su curioso contenido, el cual, con el durmiente, com­paramos con la «masa-animada» indiferenciada del sue­ño 18. Se trataba entonces de una transformación gra­dual de lo primitivo-animal en humano; por lo que aquí hemos de esperar algo semejante, pues parece como si la espiral de la evolución ulterior hubiese llegado de nuevo al mismo grado, aunque en un plano superior.
El vaso corresponde al unum vas de la alquimia; y su contenido, a la mezcla viva semiorgánica de la que saldrá el cuerpo vivo, dotado de espíritu, de la lapis, o la memorable figura existente en la segunda parte del Fausto, de Goethe, que se disuelve tres veces: el mucha­cho guía, el homúnculo y Euforión que se estrella junto al tronco de Galatea (disolución del «centro» en el in­consciente). Como es sabido, la lapis no es sólo una piedra, sino que se constata de forma expresa que está compuesta de re animali, vegetabili et minerali e inte­grada por cuerpo, alma y espíritu190; se forma a par­tir de la sangre y la carne191. De aquí que el filósofo (Hermes en la Tabla esmeraldina) diga: «El viento le ha traído en su seno.» Por consiguiente, está claro, que: «El viento es el aire, el aire es la vida, y la vida es el alma.» La piedra es el objeto intermedio entre los cuer­pos perfectos y los imperfectos, y lo que la Naturaleza misma ha comenzado será llevado a la terminación por el arte192.» Esta piedra es llamada la piedra de la invisibilidad (lapis invisibilitatis)193.
Posiblemente se trate en el sueño de un dar vida (de hacer real) al «centro», por decirlo así, de su naci­miento. El hecho de que este nacimiento se produzca a partir de una masa amorfa guarda paralelismo con la idea alquimista de la prima materia como masa informis caótica, impregnada de germen de la vida. Como hemos visto, se le atribuye la propiedad de la goma arábiga y de la cola, o se le califica de «viscosa» y «un­tuosa» (viscosa). Para Paracelso, es el nostoc la sustan­cia del arcano. Aunque el concepto «gelatinoso» está basado, ante todo, en ideas modernas de suelos nutriti­vos, crecimientos glutinosos y formaciones similares, existen, sin embargo, enlaces hacia atrás con las ideas alquimistas, mucho más antiguas, las cuales, como se ha subrayado con frecuencia, influyen grandemente en la elección del símbolo de forma inconsciente aunque no se tenga conciencia de que existan.
32. Sueño:
Recibe una carta de una desconocida, quien le dice que siente dolores en el útero. La carta lleva anejo un dibujo como el que sigue194:

Hay muchos monos en la selva. Luego se ofrece un panorama de glaciares.
El anima transmite la noticia de procesos dolorosos en el centro creador de la vida, que ya no es aquí el «vaso» lleno de masa animada, sino un punto medio caracterizado como «útero»; punto que, como indica la espiral, es alcanzado por medio de circunvalación. En cualquier caso, la espiral acentúa el punto medio y, por tanto, el útero, que es un sinónimo frecuente del reci­piente alquimista, lo mismo que también es un signifi­cado básico del mándala oriental195. La línea sinuo­sa conduce al recipiente, con lo que surge una analogía con la serpiente curativa de Esculapio; también con el símbolo tántrico del Shiva hindú, el dios creador, laten­te, sin extenderse, que, en figura de punto o lingga está rodeado tres veces y media por la serpiente kundalini196. Lo mismo que en los sueños 16 y 18 de esta parte y el 22 de la anterior, el mono aparece con la selva, conduciendo en el mismo sueño 22 a «la luz que debe gobernarlo todo» y, en el 18, a la cabeza «transfigurada», se ofrece ahora a la vista en el último instante un pa­norama de «glaciares», a los que el soñante va en un sueño anterior (no mencionado aquí), un sueño donde el sujeto ve la Vía Láctea y en el que tiene lugar una conversación sobre la inmortalidad. Así pues, el símbolo «glaciar» es el puente que conduce de nuevo al aspecto cósmico, al aspecto que ha dado motivo para la regre­sión. Pero, como ocurre siempre, por decirlo así, lo pasado no regresa con tanta sencillez como parecía al prin­cipio, sino que trae consigo una nueva complicación que repele a la conciencia intelectiva no menos que el aspec­to cósmico, aunque era lógicamrente de esperar. Esta complicación es, en este caso, el recuerdo de la conver­sación sobre la inmortalidad. Este tema fue apuntado ya en el sueño 9 con ocasión del reloj de péndulo, que es un perpetuum mobile. La inmortalidad es un reloj que no se detiene jamás, un mándala que gira eterna­mente, como el cielo. Así pues, el aspecto cósmico vuel­ve con intereses acumulados. Pudiera ser fácil que esto resultara demasiado para el soñante, pues un estóma­go científico tiene una capacidad de digestión muy li­mitada.
En realidad, es esto una aturdidora abundancia de determinaciones que el inconsciente presenta para esta oscura cuestión y que denominamos mándala o «indivi­dualidad». Casi podría parecer que nos dispusiéramos, con el inconsciente, a continuar el sueño secular de la alquimia y amontonáramos nuevos sonónimos sobre la montaña de los antiguos, para saber de ello al final de tan poco o tanto como los antiguos. No quiero exten­derme sobre lo que significa la lapis para nuestros an­tepasados, ni lo que supone el mándala para el lamaísta y el tantrista, el azteca y el indio pueblo, o la «pildora de oro»197 para el taoísta, ni el «germen áureo», para el hindú. Conocemos los textos que nos proporcionan una imagen viva de esto. Pero, ¿qué significado tiene que al inconsciente de un europeo civilizado se le pre­senten con tenacidad constante unos símbolos tan abstrusos? El único punto de vista de que me puedo servir a este fin es el psicológico. (Quizás existan otros de los que yo no entienda.) Desde este punto de vista, todo lo que se puede resumir en el concepto general mándala me parece la sustancia de una postura determinada. Las posturas conocidas del consciente tienen metas y pro­pósitos indicables. Pero la postura centrada en la indi­vidualidad es la única que no tiene ninguna meta indicable ni propósito alguno visible. Naturalmente, se puede hablar de «individualidad»; pero lo que se pretende decir con esta palabra queda envuelto en una oscuridad «metafísica». Cierto que yo defino la «individualidad» como la totalidad de la psique consciente e inconsciente; pero esta totalidad es inabarcable con la vista, es una auténtica lapis invisibilitatis; pues el inconsciente no es indicable como tal, es un simple postulado —en el as­pecto de existencia— sobre cuyos contenidos posibles no se puede explicar nada en realidad. La totalidad es empírica sólo en sus partes y en cuanto que éstas son contenido del consciente, pero como totalidad trascien­de forzosamente del consciente. En consecuencia, la «in­dividualidad» es sólo un concepto límite, poco más o menos «la cosa en sí» de Kant. Cierto que es una idea que se ilustra de manera continua empíricamente, como exponen nuestros sueños, pero sin que por ello pierda nada de su trascendencia. Y como es imposible seña­lar límites a lo que desconocemos, a lo que no podemos saber, tampoco estamos en condiciones de señalar lí­mite alguno a la individualidad. Sería una violencia y, por tanto, anticientífico limitar la individualidad dentro de las fronteras de la psique individual, prescindiendo por completo de una circunstancia fundamental: que no conocemos en absoluto esas fronteras, pues éstas están a su vez en el inconsciente. Podremos señalar los lími­tes del consciente, pero el inconsciente es a secas lo psí­quico desconocido y, por consiguiente, lo ilimitado, de­bido a ser indeterminable. Así pues, considerada esta situación, no debe asombrar en absoluto que el empi­rismo de los contenidos inconscientes presente precisa­mente la cualidad de lo ilimitado, de lo indeterminable en el tiempo y en el espacio. Esta cualidad es caracte­rística de un numen y, por tanto, aterrorizadora, sobre todo para una reflexión cuidadosa que conoce el valor de conceptos exactamente delimitados. Uno se siente contento de no ser filósofo ni teólogo y de que, por con­siguiente, no tenga que tropezar con tales noumeno, den­tro de su especialidad. Esto se torna aún peor cuando se va viendo cada vez con más claridad que los noume­no, son entia psíquicos que importunan al consciente al hacer los sueños filosofía noche tras noche por cuenta propia. Todavía más: cuando intenta zafarse de estos noumena y rechaza con enojo el oro alquimista ofre­cido por el inconsciente, entonces se siente malo uno en el aspecto empírico; incluso se tienen síntomas a pesar de toda sensatez. Y en el momento en que uno se vuelve hacia la piedra de escándalo y se convierte esta piedra en angular —aunque sólo sea de manera hipo­tética—, los síntomas desaparecen y uno se encuentra «inexplicablemente» bien. En esta confusión, uno se puede consolar al menos con la idea de que el incons­ciente es precisamente un mal necesario con el que se ha de contar, y que por ello es más inteligente acompa­ñarle en algunas de sus extrañas andanzas simbólicas, aunque el sentido de éstas es sobremanera dudoso. Qui­zá sea beneficioso para la salud repasar de nuevo «el tra­bajo de la anterior humanidad» (Nietzsche).
Yo sólo podría objetar una cosa a tales recuerdos in­telectuales: que con frecuencia no resisten en presen­cia de los acontecimientos. Concretamente, en casos como éstos y otros parecidos se observa que la entelequia de la individualidad se impone de tal modo al correr de los años que el consciente ha de tomar vuelo para lograr rendimientos completamente distintos con objeto de ir al paso con el inconsciente.
Así pues, lo que hoy podemos decir del símbolo mán­dala es que representa una realidad psíquica autónoma que se caracteriza por una fenomenología idéntica que se repite siempre y en todas partes. Parece ser una es­pecie de átomo del núcleo, de cuya estructura más ín­tima y último significado no sabemos nada. Podemos considerarlo también la imagen reflejada real (es decir, eficaz) de una postura del consciente que no puede indi­car ni meta ni propósito y que, a causa de esta renun­cia, proyecta por completo su actividad en el centro virtual del mándala198. El constreñimiento imprescindible para esto es que el individuo se halle en una posi­ción que no sepa cómo remediar de otra forma. Pero un reflejo puramente psicológico contradice, por un lado, la naturaleza autónoma del símbolo, que se mani­fiesta en sueños y visiones con espontaneidad a veces arrolladura; y por otro la naturaleza autónoma del in­consciente en definitiva, pues este último no es tan sólo la forma primitiva de lo psíquico, sino también el esta­do, porque pensamos en los primeros años de nuestra vida y al que, además, regresamos todas las noches. No existe prueba alguna para sostener la afirmación de una actividad de la psique puramente reactiva (de tipo re­flejo). Es ésta, en el mejor de los casos, una hipótesis biológica de validez limitada. Elevada a la categoría de verdad general, no es otra cosa que un mito materia­lista, pues pasa por alto la capacidad creadora del alma, una capacidad existente, frente a la cual se convierten en simples motivos todas las «causas».
33. Sueño:
Una lucha entre salvajes en la que se cometen cruel­dades bestiales.
Como era de prever, la nueva complicación («inmor­talidad») ha desatado un furioso conflicto cuyo simbo­lismo corre parejas con el de la situación análoga que se da en el sueño 27.
34. Sueño:
Conversación con un amigo. El durmiente le dice: «Tengo que perseverar en el Cristo sangrante y con­tinuar trabajando para salvarme.»
Como en el sueño 33, señala éste hacia un sufrimien­to extraordinario, sutil, ocasionado por la irrupción de un mundo espiritual extraño apenas admisible; de aquí la analogía con la tragedia de Cristo: «Mi reino no es de este mundo.» Pero también nos descubre que el soñante «sangra» a partir de ahora en el serio afán de seguir realizando su tarea. La mención de Cristo tiene una significación más honda que el simple recuerdo moral: se trata, en este caso, de una individuación, ese proceso que ha puesto una y otra vez delante de los ojos del hombre de Occidente el ejemplo de la vida de Cristo, tanto en el dogma como en el culto. Ciertamente, el acento del significado se ponía en la «realidad histó­rica» de la existencia del Salvador, con lo cual su natura­leza simbólica quedó en la oscuridad, aunque la encar­nación de Dios constituía una parte completamente esen­cial del symbolon (de la confesión de la fe). Pero la efi­cacia del dogma no se basa en modo alguno en la rea­lidad histórica única, sino en su naturaleza simbólica, gracias a la cual esto fue expresión de una condición previa relativamente omnipresente que también existe sin la existencia del dogma. Por consiguiente, hay un Cristo «precristiano» y un Cristo «acristiano», en cuanto que éste es una realidad anímica existente en sí. Por lo demás, la doctrina de la prefiguración se basa en este pensamiento. Nada más lógico, en consecuencia, que en el hombre moderno, «sin condiciones previas» en el aspecto religioso, surja la antropofigura o poimenfigura, existente psíquicamente.
35. Sueño:
Un actor arroja su sombrero contra la pared, donde adquiere esta forma:

El actor alude (como demuestran materiales aquí no mencionados) a un determinado hecho en la vida personal del sujeto que sueña. El sujeto había mantenido hasta ahora una cierta ficción de sí mismo, lo que le impedía tomarse en serio. La ficción se ha tornado incompatible con la postura seria adoptada ahora. Tie­ne que desprenderse del actor, pues es éste el que rechaza a la individualidad. El sueño se refiere al sueño 1, en el cual se pone un sombrero ajeno. El actor arro­ja el sombrero contra la pared, con lo que se descu­bre que el sombrero es un mándala. Por tanto, el som­brero «ajeno» era la individualidad, que antaño todavía se le antojaba extraña, cuando todavía desempeñaba un papel ficticio.
36. Sueño:
Va en taxi a la plaza del Ayuntamiento, que, sin em­bargo, se llama «patio de María».
Menciono este sueño de manera puramente inciden­tal, porque demuestra la naturaleza femenina del té­menos, como también la rosa mystica es uno de los atributos de la Virgen en la letanía del Rosario.
37. Sueño:
Curvas en torno a un centro oscuro, alrededor de las cuales gira la luz. Después se camina al interior de una caverna oscura, donde tiene lugar un combate entre el bien y el mal. Pero hay también allí un príncipe que lo sabe todo. Éste le regala un anillo con un diamante y se lo pone él mismo en el dedo anular de la mano iz­quierda.
La circulación de la luz que comenzó en el sueño 26 vuelve a presentarse aquí con claridad. La luz indica siempre el consciente, la que, por tanto, corre siempre al principio por la periferia. El centro está oscuro to­davía. Se trata, por consiguiente, de la cueva oscura en la que aún resulta conflictivo penetrar. Pero es también como el príncipe, que está por encima de todos y lo sabe todo y está en posesión de la piedra preciosa. El regalo significa tanto como prometerse el soñante en matrimonio con la individualidad, pues es en el anular donde se lleva por lo general el anillo de boda. Cierto que la izquierda es lo inconsciente, de lo que podría deducirse que la situación está velada todavía por el desconocimiento en la cuestión fundamental. El prín­cipe parece ser el representante del aenigma regis. (Co­mentario al sueño 10.) La caverna oscura corresponde al recipiente que guarda los contrastes que se oponen mu­tuamente. La individualidad se manifiesta en los con­trastes y su conflicto; es una coincidentia oppositorum. Y por ello es ante todo un conflicto el camino hacia la individualidad.
38. Sueño:
Una mesa circular y, en torno, cuatro sillas. Están vacías la mesa y las sillas.
Este sueño confirma la suposición expuesta arriba. El mándala no está todavía «en uso».
39. Impresión visual:
El durmiente cae a un lugar profundo. Hay en el fon­do un oso cuyos ojos relucen alternativamente en cua­tro colores: rojo, amarillo, verde y azul. Tiene en rea­lidad cuatro ojos, que se transforman en cuatro luces. Desaparece el oso. El durmiente avanza por un corredor oscuro y largo en cuyo extremo hay una luz tenue. Hay aquí un tesoro y, encima de él, el anillo con el diaman­te. Se dice de éste que llevará al durmiente lejos, ha­cia el Este.
Esta ilusión viva confirma que el sujeto que sueña está todavía ocupado en el centro oscuro. El oso repre­senta el elemento del mundo subterráneo que podría cogerle. Pero se muestra después que el animal es el grado anterior de los cuatro colores (sueño 23), los cuales conducen a la lapis, concretamente al diamante, en cuyo juego de colores están contenidos todos los colores del arco iris. El camino hacia el Este se refiere, proba­blemente, al inconsciente antípoda. Según la leyenda, la piedra del Santo Grial procede del Este, adonde ha de regresar de nuevo. En la alquimia, el oso correspon­de al nigredo, a la prima materia, de la que surge el jue­go policromo de la cauda pavonis.
40. Sueño:
Guiado por la mujer desconocida, tiene que descu­brir el polo con grandísimo riesgo de su vida.
El polo es el punto en cuyo torno gira todo: por tan­to, una vez más el símbolo de la individualidad. La al­quimia ha utilizado asimismo esta analogía: «En el polo está el corazón de Mercurio, que es el auténtico fuego. En él descansa su señor. Al navegar por este gran mar, determina su curso con ayuda de la estrella polar»199. Mercurio es el alma del mundo, y el polo es el corazón del mismo. La idea del anima mundi coincide con el concepto del inconsciente colectivo, cuyo centro es la individualidad. El símbolo del mar es otro sinónimo más del inconsciente.
41. Impresión vital:
Balas amarillas que giran en círculo en sentido opuesto a las agujas del reloj.
Representación de la rotación alrededor del centro, que nos trae a la memoria lo ocurrido en el sueño 21.

42. Sueño:


Un viejo maestro le indica una mancha iluminada de rojo que hay en el suelo.
El philosophus le señala el «centro». El rojo podría referirse a la salida del Sol, según ocurre en la alqui­mia con el rubedo, que en la mayor parte de las ocasio­nes crece inmediatamente a la terminación de la obra.
43. Sueño:
Se ve en la niebla una luz amarilla como si fuera el Sol, pero aparece enturbiada. Parten ocho rayos del pun­to central. Es el punto del atravesamiento: la luz debe atravesar, pero no lo ha conseguido por completo aún.
El sujeto que sueña observa la identidad del punto del atravesamiento con el polo (sueño 40). Así pues, como se había supuesto, se trata de la salida del Sol, que se torna aquí amarillo. Pero la luz aparece todavía enturbiada, lo que posiblemente sea una alusión a la comprensión defectuosa. El color amarillo (citrinitas) coincide frecuentemente con el rubedo. El «oro» es amarillo rojizo.
44. Sueño:
En un lugar cuadrado, donde hay que estar quieto. Es una prisión para liliputienses o niños (?). Los vi­gila una mujer mala. Los niños se ponen en movimiento y comienzan a circular por la periferia del lugar. El que sueña quisiera marcharse, pero no le está permitido. Un niño se transforma en un animal, que le muerde las pantorrillas.
La claridad defectuosa exige un ulterior esfuerzo de concentración; por ello, el que sueña se encuentra todavía en un estado infantil (o sea «ladeado», véase sueño 26), encerrado en el témenos bajo la vigilancia de una malvada anima madre. El animal aparece como en el sueño 18, y en el sueño que sueña es mordido, lo que significa que ha de exponerse y probar algo de las con­secuencias. Como siempre, la circumambulatio significa la concentración en el centro. El sujeto encuentra casi insoportable este estado de tensión, pero se despierta con la sensación, tan intensa como agradable, de haber llegado a una solución, «como si tuviera el diamante en la mano». Los «niños» indican el motivo de los enanos, que quizá sean expresiones de elementos «cabíricos», es decir, de fuerzas representadoras inconscientes (sue­ños 56 y siguientes) o también el infantilismo todavía existente de la situación.
45. Sueño:
Un campo de instrucción. Hay tropas en él; pero no se preparan ya para la guerra, sino que forman una estrella de ocho radios que gira hacia la izquierda.
Posiblemente lo importante aquí sea que aparece su­perado el conflicto. La estrella no está en el cielo ni es un diamante, sino una configuración en la Tierra, cons­tituida por seres humanos.
46. Sueño:
Apresado en un espacio cuadrado. Aparecen leones y una maga malvada.
La prisión del mundo subterráneo no le deja porque no está todavía dispuesto a realizar algo que debería hacer en realidad. (Se trata de un asunto personal-im­portante o hasta de un deber que, sin embargo, es mo­tivo de muchos reparos.) Los leones, como en general los animales salvajes, significan afectos latentes. El león desempeña en la alquimia asimismo un papel consi­derable, y ciertamente de significado parecido. Es un animal «de fuego», también un símbolo del demonio, y representa el peligro de ser devorado por el incons­ciente.
47. Sueño:
El anciano sabio le muestra un lugar en la Tierra que se halla particularmente marcado.
Posiblemente sea éste el lugar de la Tierra donde se ha de encontrar el soñante si quiere que su individuali­dad llegue a ser un hecho. (Semejante al sueño 42.)
48. Sueño:
Un conocido consigue un premio por haber desen­terrado en una excavación un torno de alfarero.
El torno de alfarero que gira en la Tierra (sueño 45) y produce recipientes de tierra (terrenos) que, en senti­do exagerado quizá se puedan calificar de cuerpos humanos. Dada su condición de redondez, el torno se refiere a la individualidad y a la actividad creadora de ésta, en la que aparece. El torno de alfarero simboliza asimismo la circulación, con que hemos tropezado ya en varias ocasiones.
49. Sueño:
Una figura estrellada que gira. En los puntos cardi­nales del círculo, existen imágenes que representan las estaciones del año.
Lo mismo que fue señalado el lugar, es ahora el tiem­po el que se señala. Tiempo y lugar son los elementos más generales e imprescindibles en toda determinación. Ya se destacó al principio tanto la determinación del tiempo como la del lugar (véanse sueños 7-9). Para una existencia real es necesaria una situación determinada en el espacio y el tiempo. Las estaciones del año indi­can la divisibilidad del círculo en cuatro partes, que corresponde al ciclo del ano. El año es un símbolo del hombre primitivo200. El motivo de la rotación señala que el símbolo circular no se ha de considerar estático, sino dinámico.
50. Sueño:
Un hombre desconocido le da una piedra preciosa, pero le atacan apaches. Huye (sueño de miedo) y se pue­de salvar. La mujer desconocida le dice después que esto no sucederá siempre así: en una de las ocasiones no debería huir, sino que habría de quedarse.
Si al lugar determinado se añade el tiempo deter­minado es que el sujeto se acerca con rapidez a la reali­dad. De aquí el regalo de la piedra preciosa, pero tam­bién el sueño de miedo frente a la decisión, que le priva de la capacidad de decidirse.
51. Sueño:
Hay una gran tensión. Muchas personas circulan en torno a un gran rectángulo que hay en el centro y cua­tro pequeños rectángulos adosados a los lados del gran­de. La circulación es en sentido izquierdo en el rectángulo grande y en sentido derecho en los pequeños. Se halla en el centro la estrella de ocho radios. En el centro de los cuatro rectángulos pequeños hay una copa en cada uno de ellos, con aguja roja, amarilla, verde e in­colora. El agua gira en sentido izquierdo. Surge la an­gustiada pregunta de si quizás alcanzará o no el agua. Los colores significan una vez más los grados pre­vios. La cuestión «angustiosa» es si se cuenta con sufi­ciente agua (aqua nostra, energía, libido) para llegar a la estrella. La circulación es hacia la izquierda todavía en el centro, o sea, que tiene lugar el movimiento de lo consciente a lo inconsciente. La marcha hacia la derecha en los rectángulos pequeños, que representan el cuatro, parece apuntar a la toma de conciencia por las cuatro funciones. Los cuatro se caracterizan por lo general con los cuatro colores del arco iris. Es llamativo el hecho de que falta aquí el color azul, lo mismo que también se ha abandonado de repente la forma cuadrada básica. Las horizontales se han alargado a costa de las vertica­les; o sea que se trata de un mándala «perturbado»201. Desde un punto de vista crítico, se ha de tener en cuen­ta que la disposición antitética de las funciones no es consciente todavía hasta un punto que permita reco­nocer el antagonismo peculiar202. La preponderancia de las horizontales sobre las verticales indica un predominio de la conciencia del yo, con lo que se pierde en altura y profundidad.

52. Sueño:


Una sala de baile rectangular. Todo el mundo dis­curre en el sentido de la izquierda por la periferia. Se oye de repente una voz de mando: «¡A los núcleos!» Pero el sujeto que sueña tiene que ir primero a la habi­tación contigua para cascar en ella todavía algunas nue­ces. La gente baja después por escaleras de cuerda al agua.
En realidad, habría llegado el momento de penetrar hasta el «núcleo»; pero el sujeto tiene que ir al rectán­gulo pequeño («habitación contigua»), es decir a una de las cuatro funciones, para romper todavía antes algunos problemas, representados por las nueces. Mientras tan­to, el proceso continúa descendiéndose hacia el «agua», que está en el fondo. La vertical se alarga de esta forma, surgiendo así nuevamente el cuadrado del rectángulo incorrecto, pues el cuadrado expresa la simetría com­pleta del inconsciente y el inconsciente, con toda la sig­nificación psicológica implicada en el logro de la sime­tría del consciente y el inconsciente.
53. Sueño:
Se encuentra en un lugar cuadrado y vacío que se halla en rotación. Una voz dice: «No dejarle salir. No quiere pagar el impuesto.»
Se refiere esto a la realización insuficiente de sí mis­mo en el asunto personal ya mencionado, que en este caso es una de las condiciones fundamentales de la in­dividuación, siendo, por tanto, imprescindible. Como era de esperar, se ha reconstruido el cuadrado después de la acentuación preparatoria de las verticales, ocurrida en el sueño precedente. El motivo de la perturbación era la apreciación insuficiente de la exigencia del incons­ciente (de las verticales), mediante lo cual se ha producido un aplanamiento de la personalidad (rectángulo en posición horizontal).
Después de este sueño, el sujeto desarrolló seis mándalas, intentando establecer la longitud exacta de las verticales, la «circulación» y la distribución de los colores. Al terminar este trabajo, llegó el siguiente sueño:
54. Sueño:
Voy a una casa especial, llena de unción: la «Casa del recogimiento». Hay en segundo término muchas ve­las, colocadas de una forma especial, terminando en cuatro puntas. Hay fuera un hombre viejo, en la puerta de la casa. Penetran en ella personas que no despegan los labios y permanecen inmóviles de pie para recogerse interiormente. El hombre que está en la puerta dice, re­firiéndose a los visitantes de la casa: «Tan pronto ha­yan salido, estarán limpios.» Ahora entro en la casa y puedo concentrarme por completo. Entonces habla una voz: «Es peligroso lo que haces. La religión no es el impuesto que debes pagar para poder prescindir de la imagen de la mujer, pues esta imagen es imprescindi­ble. ¡Ay de aquellos que utilizan la religión como sustitutivo de otro lado de la vida del alma! Están en el error y serán malditos. La religión no es un sustitutivo, sino que debe ser la actividad última que, unida a las otras actividades del alma, resulte en la perfección total. Has de servirte de la plenitud de la vida para forjarte tu religión, sólo entonces serás bienaventurado.» Mientras se pronuncia esta última frase, dicha en tono particu­larmente alto, oigo una música lejana: sencillos acordes ejecutados con un órgano. Hay algo en ellos que evoca el Fuego mágico de Wagner. Cuando salgo después de la casa, veo una montaña ardiendo y oigo: «Un fuego que no puede ser extinguido es un fuego sagrado.» (Shaw: Santa Juana).
El durmiente nota que este sueño fue para él una «fuerte experiencia». En realidad, el sueño tiene carácter de numen, y por ello no se cometerá un error al admitir que representa de nuevo un punto elevado de la penetración y la comprensión. La «voz» tiene, por lo general, un carácter autoritario absoluto y también se escucha la mayor parte de las veces en los momentos decisivos.
La casa corresponde posiblemente al cuadrado, un lugar de «recogimiento». Los cuatro puntos luminosos existentes en segundo término apuntan de nuevo hacia el número cuatro. La observación referente a la limpie­za se relaciona con la función transformadora del recin­to tabú.
La obtención de la totalidad, que se impide me­diante «la huida ante el impuesto», necesita, como es natural, de «la figura de la mujer»; pues ésta, como anima, representa la cuarta función, la «inferior»: feme­nina, al estar contaminada por el inconsciente. El senti­do en que se haya de satisfacer este «impuesto» depende tanto de la esencia de la función inferior como de su función auxiliar así como el tipo del modo de obrar203. El resultado puede ser de naturaleza tanto concreta como simbólica. Pero no entra en el campo del consciente determinar cuál de las dos es la forma vá­lida.
El aspecto del sueño en el sentido de que la religión no debe ser ningún sustitutivo «del otro lado de la vida del alma» representa para muchos, ciertamente, una innovación trascendental. Según este criterio, la reli­gión coincide con la totalidad, incluso aparece como expresión de la integración de la individualidad en «la plenitud de la vida».
No es inadecuado el leve sonido del «fuego mágico», pues, ¿qué significa «plenitud de la vida»? ¿Qué signi­fica «totalidad»? Según me parece, hay aquí razón sufi­ciente para sentir algún temor, pues el ser humano, con­siderado como un todo, arroja una sombra. No en vano se separó la cuarta función de las otras tres y se la re­mitió al fuego eterno. Pero, ¿no dice una frase del Señor, no canónica, «Quien está cerca de mí está cerca del fue­go»?204. Tales ambigüedades no significan nada para niños crecidos. Ésa fue la razón de que a Heráclito se le llamara «el oscuro», pues decía cosas demasiado claras y calificaba la vida misma de «un fuego eternamente vivo». Por esa razón hay logias no canónicas para los clarividentes.
Con respecto al motivo de la montaña ardiente, nos lo encontramos en el apocalipsis de Enoc205 . Enoc ve las siete estrellas encadenadas como grandes montañas ardientes en el lugar de castigo de los ángeles. Las siete estrellas son originariamente los siete grandes dioses ba­bilónicos; pero ya en la época del apocalipsis de Enoc los siete arcontes, los dominadores de «este mundo», los ángeles caídos, condenados al castigo. Pero en el otro lado existe también una relación con los milagros obra­dos por Yahvé al pie del Sinaí, y tampoco el número sie­te es claramente nefasto, al encontrarse en la séptima montaña del país occidental el árbol que daba los frutos dispensadores de la vida: concretamente, el arbor sapientiae206.
55. Sueno:
Una escudilla de plata con cuatro nueces, cascadas, en los puntos cardinales.
Este sueño muestra la solución de los problemas del sueño 52. Cierto que la solución no es definitiva. La meta alcanzada por el momento es representada en un dibujo del sujeto soñante por medio de un círculo dividido en cuatro sectores, coloreados con los cuatro colores. La circulación va en sentido izquierdo. Cierta­mente, se satisface así a la simetría; pero todavía queda sin reconocer el carácter antiético de las funciones, a pesar del ilustrativo sueño 54, al estar yuxtapuestos, en vez de contrapuestos, el rojo y el azul, el verde y el amarillo. De esta circunstancia se ha de deducir que la «realización» tropieza con resistencias interiores: en parte, de naturaleza filosófica y, en parte, de índole éti­ca, cuya justificación histórica no se puede eludir con facilidad.
El reconocimiento defectuoso del carácter antité­tico se aprecia por el hecho de que, en primer lugar, las nueces «se han de cascar» todavía en realidad, y, en segundo, cada nuez ha de ser intercambiada con las demás, es decir, todavía no están diferenciadas.
56. Sueño:
Cuatro niños llevan un aro grande y oscuro. Andan en círculo. Aparece la desconocida oscura y dice que vendrá de nuevo, que es ahora la fiesta del solsticio.
Se reúnen aquí de nuevo los elementos del sueño 44: los niños y la oscura (que antes era la bruja mala). El «solsticio» indica el momento crítico. En la alquimia, la obra se termina en otoño (vindemia Hermetis). Los ni­ños, los dioses enanos, llevan el aro, es decir, el sím­bolo de la totalidad se halla todavía en el campo de fuerzas creadoras infantiles. Es digno de tenerse en cuenta que también los niños juegan un papel en el opus alchymicum. La obra, o cierta parte de ella, es la denominada ludus puerorum, juego de niños. No he hallado explicación alguna a este respecto, salvo la ob­servación de que la obra puede ser fácil como un «juego de niños». Pero como la obra, según testimonio en que coinciden todos los adeptos, es extraordinariamente di­fícil, acaso esta expresión sea un eufemismo y proba­blemente se trate también de una denominación simbó­lica. Se aludiría así a una cooperación de fuerzas «infantiles», o sea inconscientes, representadas en forma de cabiros y gnomos (homúnculos).
57. Impresión visual:
El anillo oscuro. Un huevo en el centro.
58. Impresión visual:
Un águila negra brota del huevo y coge con el pico el anillo, convertido en oro. El sujeto que sueña se en­cuentra en un barco, y el ave vuela delante.
El águila significa la altura. (Antes aparecía la pro­fundidad: gente que bajaba hacia el agua.) Coge todo el mándala y con ello también la dirección del individuo que sueña, el cual, llevado por un barco, viaja detrás del ave. Las aves son pensamientos y vuelos de la fanta­sía. Por lo común son fantasías o ideas intuitivas que se representan así (Mercurio alado, Morfeo, genios, ánge­les). El barco es el vehículo que lleva al pasajero por el mar y las profundidades del inconsciente. Como cons­trucción humana, tiene el significado de un sistema o un método (o de un camino; véase hinayana y mahayana, equivalentes a vehículo grande: las dos formas del budismo). El vuelo de la fantasía precede, y detrás viene el trabajo metódico. El ser humano, a diferencia de un dios, no puede andar por el puente del arco iris, sino que ha de pasar por debajo con los medios de reflexión de que dispone. El águila (sinónimo de ave fénix, cuer­vo, buitre) es un símbolo de la alquimia bien conocido. Incluso la lapis, el rebis (compuesto de dos, por lo que se le presenta con frecuencia en forma hermafrodita como fusión del Sol y la Luna) se representa a menudo con alas, concretamente como intuición y posibilidad espiritual (¡alada!). Todos estos símbolos describen, en último término, la trascendencia consciente de ese es­tado de cosas que denominamos individualidad. Esta impresión visual es algo así como la fotografía instantánea de un proceso en evolución que conduce a la próxima fase.
El huevo significa en la alquimia el caos abrazado por el artífice, la prima materia, que contiene el alma del mundo encadenada a él. Del huevo, simbolizado por la olla redonda, se levanta el águila, el ave fénix, el alma ahora liberada, que después de todo es idéntico con el anthropos, que estaba apresado en la Naturaleza.

C. Visión del reloj del mundo


59. «Gran visión»207
Un círculo vertical y uno horizontal con centro co­mún; es el reloj del mundo, sostenido por cuatro aves negras. El círculo vertical es un disco azul con borde blanco, dividido en 4 x 8 = 32 partes. Gira en él una aguja.
El círculo horzintal consta de cuatro colores. Hay en él cuatro hombrecillos con péndulos, alrededor está el anillo oscuro, ahora dorado (antes llevado por los cua­tro niños).
El «reloj» tiene tres ritmos o pulsaciones:
Pulsación pequeña: la aguja del círculo vertical azul avanza 1/32.

Pulsación media: una vuelta completa de la aguja. El círculo horizontal avanza al mismo tiempo 1/32.

Pulsación grande: 32 pulsaciones medias equivalen a todo un giro del anillo dorado.
Fue esta curiosa visión la que causó en el sujeto la impresión más honda y persistente: una impresión de «armonía máxima», según expresión suya. El reloj del mundo quizá sea, probablemente, la «severa imagen», la idéntica con los cabiros, o sea con los cuatro niños o los cuatro hombrecillos del péndulo. Es un mándala tridimensional, que, por tanto, ha conseguido corporei­dad y con ello se ha visto realizado. (Por desgracia, la discreción profesional como médico me impide dar a conocer hechos biográficos. Ha de ser suficiente la afir­mación de que esta realización ha tenido también lugar «realmente».) Lo que uno hace en la realidad se torna también real para él.
El porqué la visión de esta extraña imagen despierta la impresión de «armonía máxima» resulta, por un lado, de muy difícil comprensión; pero, por otro, es fácil­mente comprensible si tenemos en cuenta los materiales históricos de comparación. Es difícil tratar de compren­der este asunto, pues el sentido de esta figura es so­bremanera oscuro. Pero si el sentido es incomprensible y la forma y los colores no tienen en cuenta requisito estético alguno, entonces no quedan satisfechos ni el entendimiento ni el sentido de la belleza, y no se puede entender cómo es posible que dé ello origen a la im­presión de «armonía máxima», a no ser que nos atre­vamos a formular la hipótesis de que en esta imagen se reúnen de la manera más feliz elementos disparata­dos e incongruentes y, al mismo tiempo, crean una fi­gura que realiza en alta medida las «intenciones» del inconsciente. Por tanto, quizá se habrá de admitir que la figura es una expresión particularmente feliz de una realidad psíquica en otro caso irreconocible, la que has­ta ahora sólo se pudo manifestar en aspectos aparen­temente inconexos.
La impresión es sobremanera abstracta. Una de las ideas en que se basa parece ser en que se cortan dos sistemas heterogéneos, ya que tienen común el centro. Por consiguiente, si, como hasta ahora, partimos de la hipótesis de que el «centro y su periferia» representan la totalidad de la esencia anímica —la individualidad, por tanto— la figura quiere decir que se cortan en la indi­vidualidad dos sistemas heterogéneos que, en lo que a su función se refiere, se hallan en una relación regida por una ley, regulada por «tres ritmos». La individuali­dad es, por definición, el centro y la periferia del sistema consciente e inconsciente. Pero la regulación de su función por «tres ritmos» es algo que no puede apo­yar con pruebas; no sé a qué se refieren los ritmos. Pero no albergo la menor duda de que la alusión está sancio­nada por la ley. La única analogía que podría presentar a este respecto serían los tres regimina mencionados en la introducción, mediante los cuales fueron transforma­dos unos en otros los cuatro elementos o sintetizados, respectivamente, en la quintaesencia:
Régimen 1.° tierra en agua;

Régimen 2.° agua en aire;



Régimen 3.° aire en fuego.
Posiblemente no fallaremos al suponer que este mán­dala aspira a una unión lo más completa posible de los contrastes; de aquí, por tanto, también la trinidad mas­culina y la cuaternidad femenina, en analogía con lo hermafrodita de la alquimia.
Dado que la imagen presenta un aspecto cósmico (re­loj del mundo) se ha de suponer que significa una reduc­ción o, quizás, hasta un origen del espacio-tiempo; en todo caso, una sustancia del espacio-tiempo; o sea, de carácter cuatridimensional en el aspecto matemático y una proyección tridimensional en el puramente intuiti­vo. Pero tampoco quisiera poner demasiado énfasis en esta deducción, ya que esta interpretación de la figura está más allá de mi capacidad demostrativa.
Las 32 pulsaciones pudieran tener su origen en la multiplicación del cuatro (8 x 4), al saber por expe­riencia que el cuatro que se encuentra en el centro de un mándala se convierte con frecuencia en 8, 16, 32 y más, según se desplaza hacia la periferia. El número 32 desempeña un gran papel en la Cabala. Por ejemplo, en el libro Yerizah 1, I, reza: «Yah, el Señor de los Ejér­citos, el dios de Israel, el Dios vivo y rey del mundo..., ha grabado su nombre en 32 caminos misteriosos de la sabiduría.» Constan de «10 números cerrados en sí (Sephiroth) y 22 letras fundamentales» (1,2). La signifi­cación de las diez cifras es la siguiente: «1, el espíritu del Dios vivo; 2, el espíritu salido del espíritu; 3, el agua nacida del espíritu; 4, el fuego nacido del agua; 5 a 10, altura, profundidad, Este, Oeste, Sur, Norte» (1,14)208 . Ya Cornelio Agripa menciona: «Los sabios he­breos atribuyen la sabiduría al número 32, pues es éste el número de caminos de sabiduría señalados por Abraham»209 . Franck relaciona el número 32 con la trinidad cabalística: Kether, Chochma y Bina: «Estas tres personas contienen y reúnen en sí todo lo que exis­te; pero, a su vez, están reunidas en la cabeza blanca, en el anciano de los ancianos; pues él es todo y todo es él. Es representado ora por tres cabezas que, sin embargo, constituyen una sola, ora es comparado con el cerebro que, sin menoscabo de su unidad, se divide en tres par­tes y se extiende por todo el cuerpo mediante treinta y dos pares de nervios, así como la divinidad se extiende en el Universo a través de treinta y dos caminos maravi­llosos»210. También Knorr von Rosenroth menciona estos 32 canales occulti. Para él, es Chochma la unidad donde se resume todo (semita altissima omnium, complectens omnes) y se refiere en este sentido al Libro de Job, 28, 7: «Por caminos desconocidos por las aves de presa, impenetrables a los ojos del buitre»211. Rene Allendy que ha compuesto una exposición muy útil del simbolismo de los números, escribe: 32. C'est la différenciation apparaissant dans le monde organisé; ce n'est pas la généraíion créatrice, mais plutôt le plan, le schéma, des diverses formes de créatures modelées par le Créateur... comme produit de 8 x 4...212 . Lo que re­sulta dudoso es si se pueden comparar con la cifra ca­balística los 32 signos favorables (mahavyanjana) del hijo de Buda.
Por lo que se refiere ahora a la interpretación histó­rica comparada, nos hallamos en una situación más fa­vorable, cuando menos en lo tocante a lo general. En primer lugar, disponemos de todo el simbolismo mán­dala de tres continentes y, en segundo, especialmente, del simbolismo del mandala en el aspecto del tiempo, según se ha desarrollado bajo la influencia de la astrología, sobre todo en Occidente. El horóscopo mismo es un mándala (un reloj) como un centro oscuro213 , una circumambulatio hacia la izquierda, con «casas y gra­dos planetarios. Los mándalas del arte de la Iglesia, en especial los mándalas del suelo delante del altar o de­bajo de la cuadratura, se sirven a menudo del Zodíaco o de las estaciones del año. También está emparentada la idea de la identidad de Cristo con el año eclesiástico, cuya vida y cuyo polo de reposo es Él al mismo tiempo. El Hijo del Hombre es una anticipación de la idea de la individualidad; de aquí la mezcla gnóstica de Cristo con otros sinónimos de la individualidad en los escritos de Hipólito. Emparentada con esto, se halla también el simbolismo de Horus: Por un lado, el Cristo reinante con los cuatro símbolos de los evangelistas, los tres ani­males y el ángel; por otro, el padre Horus con sus cua­tro hijos u Osiris con los cuatro hijos de Horus214. Horus es también un ήλιος ανατολής215, en forma del cual era venerado Cristo por los primeros cristianos.
Encontramos un paralelismo especial en Guillaume de Digulleville, prior del monasterio cisterciense de Cha­lis, poeta normando que, con independencia de Dante, compuso entre 1330 y 1355 tres pélerinages: Les pelerinages de la vie humaine, de l'ame et de Jésus-Christ216 . El último canto del Pélerinage de l'ame contiene una visión del Paraíso, que consta de siete esferas grandes, cada una de las cuales contiene otras siete más peque­ñas217 . Todas las esferas giran, y este movimiento recibe el nombre de siécle (saeculum). Los siécles ce­lestiales son los prototipos de los siglos terrenales. El ángel que guía al poeta la explica: Quand la sainte Église dans ses oraisons ajoute: in saecula saeculorum, il ne s'agit point du temps de lábas, mais de l'eternité, Los siécles son, al mismo tiempo, lugares esféricos don­de moran los santos. Siécles y cieux son idénticos. En el cielo más alto, de oro puro, está sentado el rey en un trono redondo que resplandece más que el Sol. Le rodea una corona (couronne) de valiosísimas piedras. A su lado, y sentada en un trono de cristal pardo, está senta­da la reina, que intercede por los pecadores.
En regardaní veres le del d'or, le pélerin aperçut un cercle merveilleux qui paraissait avoir trois pieds de large. II sortait du del d'or en un point et rentrait d'autré part et il en faisait tout le tour. Este círculo tiene el color del zafiro, es decir azul. Es un pequeño círculo de tres pies de diámetro, que evidentemente se mueve como un disco giratorio en un gran círculo. El círculo grande se corta con el círculo de oro del cielo218.
Mientras Guillaume está abstraído en esta visión, aparecen, de repente, tres espíritus vestidos de púrpura, con cinturones y coronas de oro, y entran en el cielo de oro. Según le explica el ángel, este momento es una fête, como una fiesta de la Iglesia en la Tierra:
Ce cercle que tu vais est le calendrier,

Qui en faisant son tour entier,

Montre des saints les journées

Quand elles doivent être fêtées.

Chacun an fait le cercle un tour,

Chacune étoile y est pour jour,

Chacun soleil puor l'espace

De jours trente ou zodiaque219 .
Las tres figuras son tres santos cuya fiesta se está celebrando precisamente. El círculo pequeño tiene tres pies de diámetro —el círculo que entra en el cielo de oro— y son tres las figuras que asimismo entran de repente en el cielo. Significan el momento temporal en la eternidad, como el círculo del calendario. Pero lo que permanece inexplicable es que el «calendario» tenga pre­cisamente tres pies de diámetro y sean también preci­samente tres las figuras. Naturalmente, se piensa en los tres ritmos de nuestra visión, que se producen en el círculo azul por el movimiento de la manecilla y que entra en el sistema tan inexplicablemente como el círcu­lo calendario en el cielo de oro.
El guía continúa explicando a Guillaume la signi­ficación de los signos del Zodíaco respecto a la historia de la salvación y termina con la observación de que en el signo de los peces se celebra la fiesta de los doce pescadores, que luego se presenta frente a la Trinidad. Entonces Guillaume cae de repente en la cuenta de que, en realidad, jamás ha comprendido del todo la esencia de la Trinidad y ruega al ángel una explicación. Y el ángel responde: Or, il y a trois couleurs principales: le vert, le rouge et l'or. Ces trois couleurs se voient réunies en maints ouvrages de soie moirée et dans les plumes de maints oiseaux, tel le paon. Le roi de tuote puissance qui met trois couleurs en unité ne peut-il faire aussi qu'une substance soit trois?220 . Al Dios Padre se le asigna el color dorado real; al Dios Hijo, el rojo, porque ha derramado su sangre; y al Espíritu Santo, el verde, la couleur qui verdoie et qui reconforte. El ángel le recomienda a continuación que no haga más pregun­tas y desaparece. Pero Guillaume se despierta y se ve en su cama, con lo que termina le pélerinage de l'âme. Sin embargo, tenemos que preguntar algo todavía: «Son tres; ¿dónde ha quedado el cuarto?» ¿Por qué fal­ta el azul? También faltaba este color en el mándala «perturbado» de nuestro sujeto soñante. Curiosamente, es azul el calendrier que penetra en el círculo dorado, como también lo es el círculo vertical en el mándala tridimensional. Suponemos que el azul, como vertical, significa altura y profundidad (el cielo azul arriba, el mar azul abajo); que el acortamiento de las verticales convierten el cuadrado en un rectángulo horizontal, o sea, que origina algo así como una inflación del cons­ciente221 y que, por consiguiente, las verticales co­rresponden al inconsciente. Pero el inconsciente tiene en el hombre signos femeninos. Y el azul es el color tradicional del manto celestial de la Virgen. Guillaume se ha olvidado de la «Reyne» a consecuencia de la trini­dad del «Roy». Fausto la venera con estas palabras:
Suprema soberana del mundo: Déjame que en la azul y tensa tienda celestial mire tu secreto.
Inevitablemente, falta en Guillaume el tetras de los colores del arco iris: falta el azul porque es un color de naturaleza femenina. Pero el anima significa, como la mujer, la altura y la profundidad del hombre. Sin el círculo vertical azul, el mándala dorado se queda en una bidimensionalidad incorpórea, en algo puramente abs­tracto. Sólo la interferencia del tiempo y el espacio en el aquí y el ahora crea realidad. La totalidad se hace real sólo en el instante, en ese momento que Fausto buscó toda su vida.
Es cierto que el poeta que existió en Guillaume po­siblemente adivinara la verdad herética al añadir a la figura del rey la de una reina a la que sienta en un trono de cristal pardo. Pues ¡qué es el cielo sin la mujer llamada Tierra! ¡Y cómo puede el hombre llegar a su plenitud si la reina no intercede en favor de la negra alma de él! Ella comprende bien lo que es la oscuridad, pues se ha llevado con ella al cielo su trono, la Tierra misma; bien es verdad que con la alusión más delicada. Añade ella el azul al rojo, el oro y el verde, formando el todo armónico.
D. Sobre los símbolos de la individualidad
La visión del «reloj del mundo» no es ni lo último ni lo máximo en la evolución de los símbolos de lo ob­jetivo-psíquico; pero separa aproximadamente el primer tercio del material, que consta de unos cuatrocientos sueños y visiones. La serie es digna de atención por el hecho de describir con rara perfección una realidad fí­sica que había observado ya hace mucho tiempo en mu­chos individuos aislados222. Debemos esto no sólo a la integridad del material objetivo, sino también al cui­dado del soñante, que nos ha colocado en situación de seguir paso a paso el trabajo de síntesis del inconscien­te. No hay duda de que las peripecias de esta síntesis se hubiesen presentado con mayor integridad todavía si se hubiesen comprendido en la consideración los 340 sueños tenidos entre los 59 que se han tratado aquí. Pero, por desgracia, era esto una cosa imposible, pues los sueños penetran, en parte, en la intimidad de la vida personal y han de ser por ello retirados de la pu­blicación. Por consiguiente, tuve que limitarme a mate­riales impersonales.
Espero haber conseguido hacer más comprensibles los símbolos de la individualidad en su desarrollo y ha­ber dominado, al menos en cierto modo, las considera­bles dificultades implicadas en un material experimen­tal de tal índole. Soy totalmente consciente de que se podría aumentar todavía mucho el material de compa­ración imprescindible para explicar y complementar. Pero para no recargar demasiado el sentido, me he im­puesto una gran reserva en este aspecto. En consecuen­cia, mucho queda apuntado tan sólo, lo cual no debe ser tomado como signo de ligereza. Creo hallarme perfec­tamente en condiciones de poder presentar pruebas abundantes en que basar mis opiniones. Pero no qui­siera despertar la impresión de que quizá yo me imagi­ne haber dicho algo definitivo en relación con este tema tan complicadísimo, aunque, bien es verdad, no es la primera vez que estudio una serie de manifestaciones espontáneas del inconsciente. Ya ha ocurrido una vez en mi obra Transformaciones y símbolos de la libido; pero en aquel caso se trataba más bien de un problema neurótico (de pubertad), mientras que la problemática se ha extendido aquí ya a la individuación. Además, exis­te una diferencia muy considerable entre las personali­dades que entran en consideración. Aquel caso anterior, al que jamás traté personalmente, se cerró con una ca­tástrofe psíquica (psicosis); el de ahora, en cambio, re­presenta una revolución normal, tal como la he obser­vado con frecuencia en individuos de inteligencia ele­vada.
Pero lo especialmente notable en este caso es la lógica existente en la evolución del símbolo central. Ape­nas se puede uno resistir a la impresión de como si el proceso inconsciente se moviese en espiral alrededor de un centro al que se aproxima con lentitud, proceso en el que las propiedades del «centro» se van perfilando con mayor claridad cada vez. Inversamente, acaso se pudiera decir también que el punto central, irreconoci­ble en sí, actúa como un imán sobre los dispares mate­riales y procesos del inconsciente y los atrapa poco a poco detrás de una reja de cristal. Por esta causa, no es raro (en otros casos) que el centro se represente como la araña en la tela, sobre todo cuando predomina en el consciente todavía la actitud de miedo frente a los procesos inconscientes. Pero si se deja que el proceso discurra libremente, como ha ocurrido en nuestro caso, el símbolo central, renovado una y otra vez, se abre paso de una manera continuamente consecuente a tra­vés del aparente caos de las dramáticas complicaciones de la psique personal, según dice de las espirales el epitafio del gran Bernouilli223: Eadem mutata resurgo. Las representaciones del centro en forma de es­piral son correspondientemente frecuentes, como, por ejemplo, la serpiente enrollada alrededor del punto crea­dor, del huevo.
Parece como si las complicaciones personales y las peripecias subjetivas, dramáticas, que constituyen la vida y toda la intensidad de ella no fueran sino sim­ples vacilaciones, un medroso retroceder o casi menu­das complicaciones y pretextos meticulosos frente al carácter definitivo de este proceso de cristalización ex­traño o inquietante. Produce con frecuencia la impre­sión de como si la psique personal fuese un animal re­celoso, fascinado y angustiado al mismo tiempo, que corriese velozmente en torno a este punto central, siem­pre huyendo y, sin embargo, siempre acercándose cada vez más.
No quisiera dar pie a la mala inteligencia de que yo posea cualquier conocimiento de la esencia del «centro», pues este centro es irreconocible de plano y, por tanto, sólo se puede expresar simbólicamente por medio de su fenomenología; tal como, por lo demás, ocurre con cada objeto de la experiencia. Entre las características especiales del centro, me ha llamado desde antiguo la atención el fenómeno de la cuaternidad. Pero no se trata, simplemente, de «cuatro», como por ejemplo, los cuatro puntos cardinales o algo similar, según se des­prende del hecho de no ser infrecuente una concurren­cia de tres y cuatro224. También existe, pero ya es más rara, la concurrencia de cuatro y cinco, en la que los mándalas de cinco rayos se califican de anormales a consecuencia de faltas de simetría225 . Según esto, parece como si existiera una insistencia clara en el cua­tro o como si hubiese estadísticamente una probabili­dad mayor para dicho número. Es —posiblemente no deba silenciar la observación— un extraño lusus naturae el hecho de que el elemento químico fundamental del organismo corporal sea el carbono, caracterizado por cuatro valencias; también es sabido que el diamante es carbono puro cristalizado. El carbono es negro (car­bón, grafito); pero el diamente es «agua clarísima». Tal analogía sería una lamentable falta de gusto intelectual si, al referirnos al fenómeno del cuatro, se tratara de una simple ficción del consciente y no de una produc­ción espontánea de lo objetivo-psíquico. Incluso admi­tiendo que la autogestión puede influir de manera peli­grosa en los sueños, en lo que, naturalmente, importaría menos la forma que el sentido, tendría que verse en este caso la demostración de que el consciente del sujeto soñante ha hecho esfuerzos considerables para impo­ner al inconsciente la idea de la cuaternidad. Pero, en definitiva, no se trata de esta posibilidad en este caso ni en otros muchos que he observado, prescindiendo por completo de numerosos paralelismos históricos y religiosos226 . Si se contempla este estado de cosas con una visión de conjunto, se llega a la conclusión —al menos eso opino— de que existe un elemento psíquico que se expresa mediante la cuaternidad. Para esto, no es necesario ni hacer especulaciones audaces sin tener una loca imaginación. Al denominar «individualidad» al centro, lo he hecho tras una madura reflexión y un sopesar cuidadoso de datos tanto empíricos como his­tóricos. Una interpretación materialista podría decir sin dificultad que el «centro» «no es otra cosa» que el lugar donde la psique se torna irreconocible porque se funde allí con el cuerpo. En cambio, una interpretación espiritualista podría afirmar que esta individualidad «no es otra cosa» que el «espíritu» que anima alma y cuerpo y penetra en tiempo y en espacio en ese punto creador. Me abstengo expresamente de tales especu­laciones físicas y metafísicas y me conformo con la constatación de hechos empíricos que yo, en lo que al progreso del conocimiento humano se refiere, consi­dero infinitamente más importantes que correr en pos de locuras de moda intelectualistas o de presunciones de fe llamadas «religiosas».
En la medida de mi experiencia, se trata de signi­ficativos «procesos nucleares» en la psique objetiva; de una especie de imágenes de la meta que el proceso psíquico «orientado hacia una meta» parece fijarse él mismo, sin que le motiven a ello sugestiones227. Na­turalmente, en el exterior existe siempre un cierto esta­do de necesidad anímico, quizás como un hambre que, sin embargo, se propone como meta platos bien conoci­dos y favoritos y jamás una comida que el consciente no conozca o mucho menos absurda. La meta que se ofrece la necesidad anímica, la imagen que promete actuar «salvadoramente», alcanzando la totalidad, es ajena de manera tan desmesurada al consciente, al principio, que tropieza con grandísimas dificultades para encon­trar acogida. Naturalmente, es distinto lo que ocurre cuando se trata de personas que viven en un tiempo y en un entorno donde tales imágenes de una meta tie­nen validez dogmática. Estas imágenes son entonces puestas delante del consciente eo ipso y se muestra así al inconsciente una imagen reflejada secreta en la que él se vuelve a reconocer, razón por la cual se enlaza de nuevo al consciente.
Por lo que atañe ahora al surgimiento del motivo mándala, parece, examinado de modo superficial, como si surgiera gradualmente en el transcurso de la serie de sueños. Pero lo único indudable en realidad es que aparece más claro y diferenciado: ya existió siempre con anterioridad y apareció en realidad, ya en el pri­mer sueño (donde las «ninfas» dicen: «Hemos estado siempre, lo que ocurre es que no te has dado cuenta jamás.»). Por ello, es más probable que se trate de un tipo existente, a priori, de un arquetipo que es inhe­rente al inconsciente colectivo y que, por consiguiente, se escapa al ser y perecer individual. El arquetipo es, por decirlo así, una presencia «eterna», y queda sim­plemente la cuestión de si el consciente percibe esta presencia o no. Considero una hipótesis más probable y que explica mejor las observaciones, la admisión de que el surgimiento más claro y frecuente del moti­vo228 en el ulterior curso de la serie de sueños corres­ponde a la compresión más precisa de un tipo existen­te a priori, que el suponer que el mándala no comenzó a ser producido, por decirlo así, hasta no discurrir la serie de sueños. Habla en contra de la última hipótesis, por ejemplo, la circunstancia de aparecer ya en el mis­mo comienzo pensamientos tan fundamentales como el del sombrero que cubre a la persona, la serpiente que gira en derredor y el movimiento perpetuo (sueños 1, 5 y 9).
El motivo mándala, en la medida que es un arque­tipo, habría de presentarse de modo colectivo, es de­cir, tendría, en teoría, que darse en cada persona. Pero en la práctica se tropieza con él de manera clara en re­lativamente pocos casos, lo que no es obstáculo en absoluto para que desempeñe el papel de un polo se­creto en torno del cual gira todo en última instancia. Cada vida es, en definitiva, la realización de un todo, es decir, de una individualidad, por lo que la realiza­ción se puede calificar también de individuación; pues toda la vida está unida a portadores y realizadores in­dividuales y es inimaginable por completo sin ellos. Pero cada portador implica también una determina­ción individual, y el sentido de la existencia viva es que dicha determinación se realice como tal. Cierto que el «sentido» es, con frecuencia, algo que se podría deno­minar igualmente «un absurdo»; pero entre el misterio del ser y el entendimiento humano existe una distan­cia inconmensurable hasta cierto punto. «Sentido» y «absurdo» son cambios de sentido antropomorfos que tienen como finalidad establecer una orientación que estimamos suficiente.
Según muestran los paralelismos historíeos, los sím­bolos mándala no son, en modo alguno, curiosidades peculiares, sino —se puede decir— figuras regidas por una ley. De no ser así, no habría tampoco ningún ma­terial de comparación. Y precisamente las posibilida­des de comparación con los productos espirituales de todos los tiempos y direcciones de la rosa de los vien­tos muestran de manera evidentísima qué importancia tan inmensa se ha atribuido por el consensus gentium a los procesos que se verifican en lo objetivo-psíquico; razón más que suficiente para no darlos de lado a la ligera. Mi experiencia como médico no puede sino con­firmar esta apreciación de valores. Ciertamente, exis­ten personas que no consideran científico tomar algo en serio; no quieren que las seriedades perturben su campo de juego intelectual. Pero el médico que no tie­ne en cuenta los valores del sentimiento humano co­mete un error lamentable. Y cuando, con procedimientos llamados científicos, intenta rectificar la actividad misteriosa y difícilmente comprensible de la Natura­leza, lo que hace es poner sus pobres sutilezas en el lugar de los procesos curativos de la Naturaleza. Tome­mos en consideración la vieja sabiduría alquimista: Naturalissimum et perfectissimum opus est generare tale quale ipsum est229.




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