Principios de psicoterapia II



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UNIVERSIDAD CENTRAL DE VENEZUELA

FACULTAD DE HUMANIDADES Y EDUCACIÓN - ESCUELA DE PSICOLOGÍA

CÁTEDRA DE CLÍNICA DINÁMICA

PRINCIPIOS DE PSICOTERAPIA II

PSICOTERAPIA DE PAREJA: CASO JAKE Y AMY (IN TREATMENT)

Prof. Yubiza Zárate Alumnos: Fernández, Adolfo

Mirabal, Andrea

Caracas, noviembre de 2016

En la serie In Treatment se abordan desde adentro del campo analítico varios casos de psicoterapia desde el punto de vista del terapeuta, exponiendo las dinámicas, intervenciones e influencia de la transferencia y contratransferencia sobre los mismos. Para la temática del presente trabajo se escogió el caso de Jake y Amy, pacientes quienes inicialmente asisten a terapia de pareja debido al problema que les genera la disyuntiva sobre si deberían o no practicarse un aborto, puesto que existen opiniones y expectativas encontradas sobre la gestación y el bebé mismo.

Jake, el esposo, es un hombre de aproximadamente 35 años con gran presencia de rasgos infantiles, dependientes y celotípicos, frustrado por no poder vivir de su vocación, la música, y avasallado por las expectativas que siente que sus padres depositaron sobre él, vinculándose de manera paranoica donde el vínculo está caracterizado por la desconfianza que experimenta el sujeto hacia los demás, tal como lo indica Pichón Rivière (2000, c.p. Bernal, 2010). Amy es una mujer de aproximadamente la misma edad, quien demuestra claramente un modo de funcionamiento propio de una estructura histérica, vinculándose a través de la seducción, relaciones triangulares y la constante necesidad de despertar el deseo en un tercero una vez que la posibilidad de unión definitiva la confronta con sus sentimientos, los cuales son percibidos como debilidad/castración.

Jake inicia la relación con Amy en un escenario de infidelidad puesto que, para entonces, Amy se encontraba aún casada con su anterior esposo. La oportunidad de serle infiel con un hombre de características diametralmente opuesta a él hizo que a Amy le pareciera irresistible la idea y así, tras un embarazo inesperado un mes después de conocerse, llegaron hasta el matrimonio para darse ahora una actualización del mismo patrón de funcionamiento.

Por su parte, Jake ha utilizado inconscientemente a los hijos como modo de retener a su inaprehensible esposa, quien con su gravidez quedaría inhabilitada sexualmente e inhabilitada (en su fantasía) para serle infiel. Este retorno a la castración que representa el segundo embarazo hace que Amy juegue con la idea de practicarse un aborto, puesto que no quiere encontrarse con toda la serie de “inconvenientes” que le representa una nueva gesta; Jake, sin embargo, lucha por actualizar su “huella” en el cuerpo de Amy mediante un nuevo hijo y lucha por mantener el embarazo.

La temática del aborto aparece como el motivo de consulta manifiesto de la pareja, donde ambos desean conseguir de Paul (terapeuta) una respuesta de sí o no: “debemos o no tener este bebé”. Sin embargo, a medida que avanza la terapia, el problema en cuestión se va transformando en una problemática mucho más profunda, que va desde las bases en las que se fundó la pareja, hasta las concepciones de “amor” o de “estar en pareja” de Amy y Jake. Continuando la terapia, incluso después de perder el bebé, ya que aunque aún no lo manifiestan, ambos saben que algo ocurre entre ellos que está afectando la vida de pareja que conocían. Pichón Rivière (2000, c.p. Bernal, 2010) indica que lo que ocurre es que siempre lo que está dicho y consciente, tiene algo oculto por detrás, algo que habla de las intenciones verdaderas de la pareja o de la verdad oculta “tras las máscaras”. El autor plantea que la fórmula a utilizar sería desenmascarar al sujeto, despertarlo y hacerlo más consciente de sus conductas, convirtiéndolo así en el responsable de la consecuencia de sus actos.

En un punto álgido sobre la disyuntiva en torno al aborto, Jake logra arrinconar al terapeuta, a quien identifica proyectivamente como un persecutor/destructor, y el terapeuta sucumbe ante dicha identificación haciendo un acting out que posteriormente no logra enmendar del todo: Se manifiesta como sujeto y les hace saber su posición ante el aborto. Este fallo cometido por el terapeuta implica una toma de responsabilidades que no entran dentro de lo que representa el campo analítico y psicoterapéutico, lo cual implicó un retroceso en el establecimiento de una sana transferencia que permitiese actuar efectivamente y sin necesidad de maniobras desesperadas o improvisadas, que fue a lo que le tocó recurrir para evitar una responsabilización total sobre los hechos. Se nota cómo esta pareja moviliza en el terapeuta los problemas inconscientes propios, llevándolo incluso a volver a la terapia personal.

Si bien en un inicio no se aprecia explícitamente en la serie, el encuadre propuesto por Paul es el que los autores indican para la terapia conjunta de parejas. Él les deja claro que no puede hablar con ellos a solas a menos que después esto se le comunique al otro integrante de la pareja, les indica que si quieren realizar terapia individual tiene que ser con otra persona, tras un episodio de violencia por parte de Amy, les deja claro que el consultorio es para hablar y elaborar y que la violencia física es inadmisible. Se observa también cómo Paul se esmera por defender el encuadre de los constantes intentos de los esposos por atraerlo cada uno a su favor y defenderlo de sus propios actings, los cuales trata de hacer ver como reflejos terapéuticos una vez que nota que ha incurrido en ellos. Esta capacidad para abstenerse de tomar partido por alguno de los miembros coincide con lo mencionado por Corominas (2002), quien comenta que a pesar de que la terapia de por sí plantea una situación triangular, el terapeuta debe asumirse a sí mismo como excluido (y debe poder lidiar narcisísticamente con ello) para así poder observar clínicamente el vínculo y no abordarlo como un sujeto más que forme parte de la cotidianidad de la pareja.

Paul tiende a hacer uso de la confrontación e interpretación en su técnica, al igual que hace un estilo de función reverie, mediante el cual le traduce a ambos lo que el otro le está tratando de decir. Es interesante ver cómo, si bien realiza interpretaciones a los miembros individuales de la pareja, luego las utiliza como puente para hacer una integración con la pareja como unidad, colocándose así como mediador “lo que ella trata de decir…”. En esta pareja este punto de traducción es sumamente importante, ya que Jake se tiende a manejar con la identificación proyectiva, colocando la problemática en el otro exclusivamente y el reflejo de lo que él está haciendo y cómo esto puede hacer sentir a Amy genera (aunque solo en ocasiones) un efecto en él.

Este estilo que demuestra Paul a la hora de hacer interpretaciones que conecten a ambos miembros va de la mano con el enfoque principal de la psicoterapia de parejas, el cual se centra exclusivamente en el vínculo y cómo los integrantes de la pareja aportan de sí mismos a la complejidad que representan las relaciones. En esta modalidad de psicoterapia no se hace uso de interpretaciones individuales, ni se hace enfoque particular sobre algún miembro específico, sino que todo es orientado a la pareja como ente, como híbrido entre dos mentes que por alguna razón decidieron entablar una relación

Sobre la terapia conjunta de pareja, Corominas (2002) comenta que ésta posee alta influencia y repercusiones sobre el espacio vincular ya que las modificaciones que se produzcan en dicho vínculo serán orientadas hacia la mejoría y “cura” de la pareja que consulta. Sin embargo, el terapeuta también se halla inmerso dentro del espacio vincular, por lo que las reacciones contratransferenciales, sean de la naturaleza que sean, pasarán a aportar a la narrativa del vínculo analizado, sea para bien o para mal. En este caso, el material clínico se vio contaminado por la presencia de un acting out, lo cual despertó tanto las fantasías paranoides de Jake, como las fantasías erótico/triangulares de Amy.

A pesar del desliz contratransferencial del terapeuta, la pareja vuelve a terapia contra todo pronóstico. En este momento la pareja vuelve de una manera totalmente diferente, llegan juntos y se muestran aliados como un “equipo” contra el terapeuta, decidiendo que si van a tener el bebé a pesar de su recomendación. Lo que ejemplifica cómo los lugares de la triada pueden ir rotando a medida que el trabajo va avanzando, la pareja se muestra como una unidad ante el terapeuta y en ocasiones ambos lo convierten en un blanco de ataque que “no sabe nada” sobre sus problemas, pudiendo así plantearse la hipótesis de que esta supuesta “unión” de la pareja contra el terapeuta es una defensa para no seguir trabajando los problemas reales o de trasfondo que se van destapando en el consultorio.

Mediante este funcionamiento se observan las bases narcisistas y edípicas que sustentan a esta relación, cuyos miembros, a pesar de sentirse insatisfechos, la consideran intocable y se resisten al trabajo analítico. Dicho trabajo analítico implicaría desnudar las vulnerabilidades individuales que cada uno consigue ocultar mediante peleas, juegos de poder y conflictos vanos y, por ende, la situación requeriría que dejasen de funcionar como una célula indivisible para pasar a manifestarse ante el otro como sujetos dueños de deseos particulares.

Con respecto al “pacto silente” que establecen las parejas inconscientemente a modo de ocultar sus más grandes debilidades, se observa que en la pareja en cuestión dicho pacto silente está estructurado en torno a las experiencias infantiles que, bajo diferentes presentaciones, resultaron esclavizantes aun en la adultez. En el caso de Amy, el hecho traumático fue la muerte de su padre, sobre la cual se culpabiliza todavía y que en torno a este hecho estructura toda una serie de fantasías y pensamientos autopunitivos, los cuales la llevan a entablar relaciones conflictivas que son sostenidas casi exclusivamente por una sexualidad violenta y “sucia”, la cual le permite redimirse al ser degradada, golpeada o penetrada por un otro masculino que no la haga entrar en contacto con sus sentimientos, los cuales son celosamente reservados para su fallecido padre.

En cuanto a Jake, la crianza fue vivida por él como hecho traumático sostenido, lo cual le generó la necesidad de distanciarse y oponerse a los mandatos morales y sociales defendidos y/o representados por sus padres. Sin embargo, en la búsqueda de pareja escoge a Amy, una mujer que comparte las características intelectuales y fálicas de su padre y que lo hace sentirse como “un perdedor”, como alguien insuficiente e incapaz de provocar la mirada complaciente del otro sobre sí mismo.

Sin embargo, esta profundización que intenta realizar el terapeuta sobre la infancia de cada uno de los esposos entra en contradicción con lo enunciado por Corominas (2002) en cuanto a los objetivos del terapeuta, dentro de los cuales menciona que el terapeuta debe siempre tener presente que realmente el único hecho que convoca a ambos miembros a la consulta es el sufrimiento vincular y que, en consecuencia, probablemente no será deseo de ninguno de los miembros la posibilidad de ahondar en el conocimiento propio o el de su pareja. Este hecho puede ser fácil de percibir y enunciar desde lo teórico, sin embargo, en la práctica el hecho se vuelve mucho más complicado, ya que implica un quiebre con la dinámica terapéutica más habitual que se da con un paciente individual que, muy probablemente, sí asiste a consulta por un deseo de conocimiento propio, lo cual exige al terapeuta la capacidad de flexibilizarse y ajustarse al nuevo encuadre orientado a observar el vínculo. Y en el caso particular estas relaciones de objeto que establecen ambos desde sus propias infancias pasan a formar parte del por qué de la unión de esta pareja. Reportándolo ellos mismos en el momento de la terapia, Jake era todo lo contrario al “aburrido” esposo de Amy y Amy tenía las cualidades para “castrar” a Jake en todo sentido.

Asimismo, se observa con claridad que la pareja en cuestión posee un claro patrón de comportamiento en el cual se provocan mutuamente buscando iniciar una pelea, este hecho posee un beneficio secundario para ambos que consiste en que, por un lado, Amy obtiene el “castigo” que cree merecer, y por otro lado, Jake recibe las humillaciones de su padre reeditado en Amy. Sobre este hecho de la repetición, Pichón Rivière (2000, c.p. Bernal, 2010) sostiene que la enfermedad de sujeto está asociada a la estereotipia de su conducta, lo cual refleja un esquema referencial cerrado, fijo y rígido en el sujeto, el cual le genera inconvenientes y malestares, y termina por afectar sus vínculos. La premisa del autor es que el sujeto puede llegar a hacer una rectificación de las conductas que tienden a repetirse, aprender a corregirlas y cambiarlas por nuevos esquemas que le generen nuevos y mejores resultados vinculares. Este patrón de destructividad constante es lo que mantiene unida a la pareja, Paul lo advierte y se los interpreta “lo que los unía en un principio es lo que los está separando”, indicando de la misma forma que aunque ya ambos están cansados de la batalla, tienen miedo de parar, ya que “la batalla” constante es lo que los mantiene unidos como pareja. Las bases y dinámicas que los conforman como pareja van tambaleándose y sin ellos decirlo explícitamente, a medida que avanza la terapia van notando cómo la relación ha ido cambiando y la separación se va haciendo un hecho inminente. De la misma forma, el terapeuta reconoce que la forma de diálogo de la pareja era el sexo, la forma de arreglar sus problemas era a través de la vía física, al esto desaparecer y empezar a trabajar mediante la palabra, todas sus bases se ven debilitadas.

Estas bases son nombradas por Cincunegui y de Chebar (1996) como el encuadre de la pareja matrimonial. Caracterizado por la fusión de dos yoes, momento en el cual se borran los límites corporales y se atraviesan los psiquismos de forma narcisista y transubjetiva, fundándose así el sentimiento de pertenencia. El modo en que ambos se encuentran constituye el encuadre que producirán, siendo único y singular de cada pareja. Las autoras proponen que hay un acto primordial en el que se basa la formación de pareja, el de la mutua elección, donde se concreta el efecto de encuentro y que se constituye bajo el “paradigma del enamoramiento”. Toda esta elección está sustentada en los elementos inconscientes de cada miembro de la pareja matrimonial, donde la relación se estructura a partir de vínculos narcisistas y modelos de identificación edípicos y sociales. Dando así origen a los pactos silentes inconscientes y a las bases dinámicas de la relación.



Para el momento del cierre Paul busca que ambos consigan puntos en común a pesar de la decisión de divorcio. Sin embargo, aunque los dos entienden que la decisión tomada es la mejor, culpan al terapeuta de lo ocurrido en una especie de “si nunca hubiésemos venido a este consultorio, esto no hubiese terminado así”. La rabia, tristeza y decepción de ambos es notoria en la última sesión y se percibe también reflejada en Paul. Lo que indica cómo el terapeuta no está exento de sentirse parte de la relación triangular que se ha formado y en la que se ha ido trabajando por un tiempo determinado.

Referencias bibliográficas





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