Primera parte



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Marzo de 1973


Lanusse se jugó, pues, a quedarse con el poder pero el tiro le salió por la culata. Comenzó desafiando a Perón diciendo que no venía porque no le daba el cuero y perdió en el primer round. En su escala en Ciampino, fue a recibir al vetusto Líder una delegación encabezada nada menos que por el “hermano” Giancarlo Maria Valori, turiferario del “venerable” Licio Gelli, eminencia gris oscuro de la Logia P-2 y timonel del Banco Ambrosiano (administrador del capital de Dios en la Tierra), cuyo Presidente poco después apareció colgado, diz que con asistencia solidaria, de un puente londinense. El General viajó en un Boeing de Alitalia (el Giuseppe Verdi ¡pobre maestro!) acompañado por de cada pueblo un paisano, empezando por su futura viuda y el Cabo de la Policía Federal, astrólogo y nigromante José López Rega; desde el afamado neurocirujano Raúl Mattera hasta el burócrata sindical Casildo Herreras, pasando por escritores como Martha Lynch, cineastas como Leonardo Favio, cantores como Hugo del Carril, regisseurs como Juan Carlos Gené, actrices como Marilina Ross, mannequins como Chunchuna Villafañe, futbolistas como José Sanfilippo, historiadores como José María Rosa y sacerdotes como el padre Carlos Mugica. Llegado a sus pagos, Perón rechazó la candidatura a la Presidencia por el Frente Justicialista de Liberación -Freyulí, como le decían en el Barrio Norte-, pero la fórmula vicaria Héctor Cámpora-Vicente Solano Lima sacó el 11 de marzo el 49,56% de los votos y ya no hubo excusa para la segunda vuelta. El peronismo ecléctico, proteico y folclórico se había adueñado de la mitad de las conciencias. En suma, que votó a Perón una auténtica bolsa de gatos que no tardarían en entrarse a los zarpazos.

Esa misma noche a las ocho, Luciano salía de una reunión de balance en el Comité de la Capital cuando se dio casi de bruces con un bulto que se desplazaba con el torpor de un caracol maltrecho.

-¡Don Antonio!

-¡Muchacho!

-¿Pero qué hace por acá y de a pie?

-Vengo de votar, muchacho. Sin mayores esperanzas, te confieso, porque no creo que las cosas vayan realmente a cambiar para mejor, pero había que expresar el repudio a la maniobra continuista.

-¿Entonces vive por acá?

-A los efectos cívicos, sí. Pero a los vitales, no del todo.

-¿Y para dónde va?

-Me temo que para ningún lado, muchacho. Estuve sentado en un bar como tres horas esperando que volvieran a circular los taxis, pero no hay caso. Acabo de caminar media cuadra y te confieso que no doy más. ¡Pierna de mierda!

-Bueno, déjeme ver… ¡Mire, ahí viene uno! No tiene la banderita, pero a lo mejor si ve que usted no puede caminar nos para. ¡Taxi!

El taxista, en efecto, los vio y se detuvo.

-¡Arriba, compañeros, que si no vaya uno a saber cuánto más van a tener que esperar!

-¡Menos mal que lo encontramos, porque ya habíamos tirado la toalla!

-Es que el pueblo está de fiesta, compañero. Yo, le digo, salí porque pensé que alguien tenía que andar yirando por si había alguna emergencia. A ustedes les paré porque lo vi acá al compañero con bastón… Espero que no se ofenda.

-¡Qué me voy a ofender!

-¡Mejor así! ¿Para dónde los llevo?

-A Hipólito Yrigoyen al 1600.

-¡Con el mayor placer, compañero!

-¡Pero don Antonio, si seguro que va a estar cerrado! Y además, ¿cómo se va a volver a su casa después?

-De alguna manera nos vamos a arreglar muchacho. Que no se diga que nos hemos encontrado, y especialmente en un día como hoy, y que no hemos ido a festejar como Dios manda.

-¿Así que usted también está contento, compañero?

-¡Claro que sí! ¡Si por fin nos sacamos a estos milicos de encima!

-¡Satamente! ¡Y qué paliza que les dimos! Claro, Lanusse se creyó que con el cuco del Viejo iba a asustar a la clase media y que entonces lo iban a votar a él. Para eso tenía que jugarse a la polarización y entonces se inventó eso del ballotage que se trajo de Francia. En la primera vuelta ¡sálvese quién pueda!, y en la segunda: el Viejo contra él. Pero por una vez el pueblo nuestro, que es muy ignorante en estas cosas, la vio venir clarito y les escupió el asado.

-¿Y cómo cree que va a ser este gobierno?

-Y, popular, ¿cómo va a ser? Vamos a volver a tener la dignidad que teníamos los trabajadores, vamos a hacer como en Chile. Claro que los chilenos tienen la ventaja de un ejército que no se mete en política. Pero acá a los milicos les acabamos de dar la gran paliza, así que otro golpe de estado, ¡minga! Acá el pueblo no se va a dejar madrugar. Aparte de que muchos militares son peronistas y, si hace falta, al Viejo lo van a defender. ¡Lástima que no quiso ser candidato! Pero es lo de menos, porque la consigna está clarita: ¡Cámpora al gobierno, Perón al poder! Además, el Tío es un compañero de fierro, leal, honesto, sin ambiciones personales, un compañero que va a hacer la política del Viejo, ya va a ver. Y para más datos tiene detrás no solamente a toda la clase trabajadora, sino a la juventud. Y esta juventud, fíjese bien lo que le digo, al Viejo no lo conocía. Solamente lo conoce por lo que le contamos los viejos como yo. Porque si nosotros queremos el país que nos robaron, estos pibes quieren el país que nunca tuvieron, ¿se da cuenta? Estos pibes no quieren, como nosotros, el pasado; quieren el futuro. Quieren poder estudiar, poder laburar, tener lo que los padres les contamos que teníamos. Nosotros, a ver si me explico, peleamos por un recuerdo, ellos pelean por el mañana… ¡Y cómo pelean! Yo, le digo sinceramente, creo que sin estos pibes el Viejo no habría podido volver. Los viejos como yo se lo debemos a ellos. Y eso, a mí, como argentino, como peronista de toda la vida, me llena de orgullo. ¡Mire, si se lo digo y hasta me pongo a lagrimear, la puta que lo parió! Es que son diecisiete años, compañero. ¡Diecisiete años de rezar todas las noches! ¡Diecisiete años de hacer huelgas, de aguantar palos, de abrocharse el cinturón! Pero a ver si todavía me paso… ¿Dónde quieren que los deje, compañeros?

-En el Sáenz Peña. ¿Cuánto le debemos?

-¡Nada, compañero! ¿No se fijó que ni puse el reloj? Hoy el pueblo peronista está de fiesta, compañero; y el no peronista también. Hoy estamos de fiesta todos los argentinos menos los gorilas y los oligarcas. ¡Cómo quiere que le cobre!

Por suerte, el restaurante estaba abierto. A Luciano le dio la impresión de que don Antonio se había tornado más ágil. No que salir del taxi no le costara, pero lo hizo con inusitado vigor. Simón los vio y salió a recibirlos.

-¡Don Antonio! ¿Pero qué hace por la calle un día como hoy? ¡Pase, pase! ¡Y usté también, joven, y perdone que no lo saludé… es que la emoción, usté sabe!

-¿Cómo andás Simón?

-¿Y cómo quiere que ande, don Antonio? ¡Saltando en una nube! Y don Niccola ni le cuento. No bien anunciaron que seguro que no iba a haber segunda vuelta, me llamó a mi casa y me dijo, Vení que esta noche abrimos, Simón, para que la gente tenga dónde festejar. ¡Pero pasen, pasen, nomás! Eso sí, van a tener que disculpar, porque aparte de que acabamos de abrir casi no hay nada.

-Decinos que sí hay y cortamos por lo sano.

-Tengo un vitel toné que es de ayer, pero está muy bueno. Y después les puedo ofrecer, qué sé yo… algo sencillito, de parrilla…

-Don Antonio, ¿y si nos mandáramos unas buenas milanesas con papas fritas?

-¡Muchacho, tu sensatez me pasma! ¿Puede ser?

-¿Cómo no va a poder ser, don Antonio? Ya mismo marchan. ¿Les traigo el vitel?

-Y nos abrís un Montchenot para festejar.

Simón desapareció entre el desierto de mesas y sillas para rematerializarse armado del vino y el sacacorchos.

-¿Prueba el pibe?

-Prueba el pibe.

Luciano cató con especial atención. Le pareció una delicia, con una cálida reminiscencia de la madera que lo había prohijado seis de los diez años de espera y el dejo de una aspereza casi imperceptible.

-¿…?

-Deputamadre, don Antonio. ¡Salud!



-¡Salud muchacho! Pero esperá. ¡Simón!

Simón venía con la bandejita de metal.

-¡Vení, Simón! Vas a brindar con nosotros. Pero primero andá a llamarlo al Tano: ¡Que venga a brindar con su propio vino que pagamos nosotros, carajo! ¿Se baño? ¿O está de fiesta pero no tanto?

-No va a salir, don Antonio. Usté sabe como es.

-Sí, enemigo del jabón y sus derivados.

-Por hoy déjese de jorobar, don Antonio. ¡Salud!

-¡Salud!

-¡Salud!


-A ver qué te parece el vitello tonnato.

Luciano cortó un trozo de pesceto cubierto como por una salsa bechamel. Le llamó la atención un sabor levemente salobre que no llegó a individualizar.

-¿Y?

-Deputamadre, don Antonio; pero no consigo identificar el gusto.



-Bueno, la carne es pesceto, pero la salsa lleva atún y anchoas, y ese es el gusto que te desconcierta. Pero decíme, ¿cómo andan tus cosas, muchacho?

-Como siempre. O sea, bien en todo menos en plata. La gurrumina sigue creciendo minuto a minuto, cada vez más idéntica a la madre. Verónica sigue en el Liceo Francés. Yo sigo traduciendo y dando clases.

-¿Y escribiendo?

-Todo lo que puedo, que no es mucho. Pero tengo mi primera novela casi que terminada.

-¿Principio, fin y piedra angular?

-Principio, fin y piedra angular.

-¡Enhorabuena, muchacho! Aunque sospecho que no me vas a decir nada más, ¿vero?

-Verissimo.

-¡Así que habías salido escritor después de todo! ¿Y tu mujer y tu hijita? ¿Sigue amante de Haydn?

-¡Al pie del cañón! Aunque ahora que va al jardín de infantes me la están distrayendo con las típicas zonceras infantiles. ¡Pero viera como las canta! Tiene una afinación que ni la Tebaldi.

-¿Y tu señora?

-Bien, como siempre. Es más, andamos buscando acrecentar el parvulario. No queremos que la gurrumina se nos quede de hija única.

-Hacen bien, muchacho. Como tan bien sabés, ser hijo único suele ser peligroso. ¿Y tus viejos?

-Igual.


-Y vos, claro, siempre en el Partido…

-Y yo, claro, siempre en el Partido. Y usted, claro, ya va a empezar otra vez. ¡Estamos de fiesta, don Antonio!

-¡Bien acotado, muchacho! Mejor cierro el pico.

No habían terminado de deglutir el último trozo cuando Simón reapareció con las milanesas. Tiernas como una muchacha que se abre por primera vez al amor y con regusto al ajo abundante con el que habían compartido el aceite.

-¡Salud!

-¡Salud!


Camino de devolver la copa a la mesa, Luciano dejó entrever una sombra en la mirada.

-¿De veras cree que la cosa no va a cambiar, don Antonio?

-Como creo habértelo dicho, muchacho, mucho me temo que no para mejor.

-No lo entiendo, don Antonio. Fíjese el ánimo de la gente, el entusiasmo, la conciencia…

-No te encandiles, muchacho. Es cierto. Hay un aire nuevo. Pero yo en Perón no confío. Ya va a encontrar la manera de desviar todo este entusiasmo. Fijáte, además, en su entorno íntimo. Perón tiene cuerda si acaso para un par de años y esos secuaces siniestros son los que van a heredar el poder. Y además, está la violencia. Eso no va a parar así nomás. La derecha fascista va a pasar a la ofensiva, y a la hora de matar, va a dejar enanos a los Montoneros y al ERP juntos. La pequeña burguesía que ahora anda saltando de alegría se va a pegar el gran cagazo. Y una de dos: o nos sumimos en una guerra civil de consecuencias que ni quiero imaginar, o volvemos a tener a los milicos; y si llega a ser así, vamos a recordar el onganiato como un período de entrañable bonhomía.

-¡Pucha que está pesimista, don Antonio!

-Digamos, insisto, que escéptico. La Historia, muchacho…

-Es una hija de puta.

-¡Exactamente! Y no quiero ni pensar con qué nos va a salir.

-¡Pero hace cinco minutos usted estaba festejando, don Antonio!

-Y sinceramente, muchacho. Celebro el fin de esta dictadura. Pero también tiemblo pensando en la que puede venir si las cartas se barajan y se juegan mal. Es que cuando miro a los jugadores que tiene la zurda peronista me quiero agarrar de los pelos. Vaca Narvaja, Ramus, Cabo, Abal Medina, Galimberti… hasta hace quince minutos estos tipos eran nazis. Y los de la variante trotzka no son mucho más promisorios, porque Gorriarán Merlo, Pujals, Santucho y compañía se dicen guevaristas pero no han entendido lo esencial del planteo del Che…¡Y mirá que yo no comulgo con él!

-¿En qué sentido?

-En que no comprenden que ahora la lucha no puede más que ser cívica. Van a querer seguir fungiendo de Tupamaros transplatinos, solo que enchastrados de sangre y con gobierno constitucional. Entre ellos y los Montos bien pueden dar el pretexto para el golpe militar más sanguinario de la hijísima de puta de la Historia de este pobre país. Ojalá me equivoque, pero no lo creo.

-Me temo que de postre no les puedo ofrecer más que flan casero.

Non se ne parli più! ¿Crema o dulce de leche, muchacho?

-Dulce de leche, por supuesto.

-¡Que sean dos, entonces! Y le decís al Tano que, bien que comprendemos el pudor elemental que le impide manifestarse ante nosotros en todo su aromático esplendor, nos mande algo digno con que brindar.

Simón regresó con dos porciones elefantiásicas de flan que disputaban heroicamente el espacio a unas ciclópeas plastas de dulce de leche y con tres vasos de un vino espumante.

-Es champán, don Antonio.

-¿De qué procedencia geográfica?

-Pruebe y me dice. Y me traje también para mí. ¡Salud!

-¡Salud!


-¡Salud!… ¡Pero la reputísima madre que lo remil parió al Tano panodoro! ¡Esto es francés!

-Píper Jísic.

-¡Piper Heidsieck! ¿Y de dónde carajo lo sacó?

-Se lo trae un piloto de Air France que viene siempre a comer aquí.

-¿Y lo abrió para nosotros?

-No es para tanto. Lo abrió apenas supo que no habría segunda vuelta y esto es lo que le quedaba.

-O sea, que no ha querido comparecer no tanto por prurito de higiene deficiente como de beodez excesiva.

-¡Usted no cambia, don Antonio!

-A esta edad, ni aunque quisiera. El próximo acto del drama, empero, es cómo mierda consigo un taxi para volver a mi casita.

-Yo tengo un amigo remisero que lo puede venir a buscar. Ya mismo lo llamo.

-En el ínterin, fijáte si no quedó alguna gota de este galo néctar. Caso contrario, unos cafecitos bien cargados y dos Cointreau. ¡Ah, y la cuenta!

Simón se internó en la cocina y regresó con los cafés y dos copas de champán a medio servir.

-Es todo lo que quedaba, don Antonio.

-¿Y la cuenta?

-Dice don Niccola que la próxima vez le cobra doble.

-Ese hombre es como los primeros santos de la cristiandad: cochino, pero infinitamente bondadoso.

Entretanto había llegado el taxi. Don Antonio, por supuesto, no se dejó ayudar y se trasladó con su sempiterna laboriosidad hasta la calle para desembocar en la ímproba tarea de subirse al coche que lo aguardaba con la portezuela abierta.

-¿Te puedo acercar a algún sitio, muchacho?

-No vale la pena don Antonio. Vivo bastante cerca y prefiero caminar.

-¡Hasta la próxima, entonces!

Y el auto fue empequeñeciéndose por la calle que se angostaba hacia una noche en la que, distantes, comenzaban con su estruendo los cohetes y los bombos.




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