Primera parte



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Julio de 1972


En abril, el ERP secuestró y asesinó al empresario Oberdán Sallustro. Fue su pimer hecho de sangre. Más tarde cayó víctima de un atentado el general Juan Carlos Sánchez. Entretanto, se encrespaba la lucha anticolonial en el anacrónico Imperio Portugués, arreciaban los movimientos de liberación por América Latina, se profundizaba el proceso peruano encabezado por el general Velazco Alvarado, se afianzaba en Chile el poder de la Unidad Popular y el socialismo real parecía haber superado definitivamente el acné juvenil que tan fieramente le había brotado entre el otoño de Budapest y la primavera de Praga. Luciano intuyó que 1972 podía ser el año definitivo para lo que quedaba del siglo. Ahora militaba en el Frente de Intelectuales del Partido y su labor se concentraba en ayudar a Héctor Agosti a dar vida al Encuentro Nacional de los Argentinos, la repuesta del PC a La Hora del Pueblo, nucleamiento institucionalista de la derecha al que Lanusse esperaba fagocitar. La militancia le absorbía casi todo el tiempo útil. Lo que le quedaba lo dedicaba a escribir y mirar crecer a Veroniquita. Fueron días de exaltación y entusiasmo. La dictadura se venía abajo corroída por sus propias contradicciones y escalabrada por la serie de “-azos” que le había propinado el pueblo. Si las cartas se jugaban bien, y con un poco de suerte, el país podía salir adelante y, quién sabe, capaz que se daban las condiciones para la Revolución Democrático-burguesa con Vistas al Socialismo en que cifraban sus esperanzas los marxistas más sensatos. Verónica lo acolitaba todo lo que su trabajo de maestra y Veroniquita le permitían.

Aterido y calado hasta el alma por aquella pérfida lluvia que lo había sorprendido a las cinco en punto de la tarde cruzando la Plaza San Martín y resuelto heroicamente a afrontar la lista de precios del Petit Paris, Luciano vislumbró del otro lado del enorme ventanal la silueta entrañable de don Antonio con la mirada perdida en la molicie de sus fumaradas. Golpeó con los nudillos en la ventana y vio como en el rostro de su viejo amigo se encendía preludiando el calor que lo aguardaba del otro lado de la puerta.

-¡Muchacho, carajo! ¡Qué ganas de verte!

-¡Y yo ni se imagina, don Antonio!

-Bueno, pero sacáte ese anorak ensopado y sentáte. ¿Un buen chocolate con tostadas?

Non se ne parli più!

-¡Mozo!

Se apersonó un provinciano achinado con aires de mayordomo venido a menos.

-¿En qué puedo servirlo, señor?

-Un chocolate bien espeso, doble ración de tostadas con manteca y dulce, y para mí otro café y un Reserva San Juan.

-Ya mismo, señor.

El mozo se alejó con un incongruo aire de pingüino puneño.

-¿Qué cuenta, don Antonio?

-¿Qué voy a contar? Mi historia hace rato que da vueltas cada vez más inútiles alrededor de esta puta pierna. Habláme de vos. ¿Qué es de tu vida? ¿En qué andás? ¿Cómo están tu mujer y tu hijita?

-Sigo básicamente en lo mismo, pero con más frío. Veroniquita hecha una diabla. Yo, tratando de ser escritor, marido y padre. ¡La pucha que son tres cosas difíciles! Entre el trabajo de Verónica y el mío, los problemas de guita que parece que no se resuelven nunca, la militancia y Veroniquita que nos acapara toda la atención que nos queda, llegamos al final del día extenuados. ¿Usted sabe cuánto hace que no nos tomamos vacaciones? Si de pronto pasan uno o dos meses y caemos en la cuenta de que no hemos salido ni a comer. El Colón no lo pisamos desde que nació la gurrumina.

El Perkins austral trajo en una taza la miniatura de un cráter del que manaba un aroma espeso que aventajó la memoria del del tabaco. Luego se entreveraron los levísimos armónicos del pan recién tostado y, de lejos, la presencia del café. Luciano apenas esperó lo suficiente para no calcinarse y sintió que el paladar se le tapizaba de una pátina remotamente amarga. Don Antonio echó en su pocillo unas gotas de coñac, bebió un sorbo y se quedó observando a su pupilo desde detrás de la pipa agonizante.

-Ya me lo veo venir. Usted quiere saber si sigo en el Partido, ¿no? Afirmativo.

-Después no me vengas con que te saco el tema.

-¡Quién me manda abrir la boca!

-Me temo que es tarde. ¿Qué me contás de la situación?

-La dictadura se está desmoronando. Lanusse quiere seguir en el poder y para eso está tratando de conglomerar a la derecha de los partidos burgueses que, en el fondo tiene miedo de que las masas desborden a Perón. Por eso nosotros estamos tratando de formar el polo progresista con lo mejor de esos mismos partidos... ¿Por qué sonríe?

-Porque veinticinco años después ustedes siguen sin comprender el peronismo.

-Vea, don Antonio, por lo pronto el peronismo de hoy no es el del 45…

-Mirá muchacho, el peronismo ha sido siempre una bolsa de gatos y ahora peor. Hay una masa trabajadora que no ha perdido sus ilusiones y está dispuesta a darle a Perón un cheque en blanco. Está la juventud que se ha jugado y le va a pasar la cuenta. Está una parte importante de la pequeña burguesía que se hace ilusiones de revivir el pacto social del primer peronismo, convencida de que, si se porta bien, la van a dejar vivir en paz y prosperar en medio del bochinche obrerista. Hay una intelectualidad que esta vez no quiere apearse del tren del pueblo. Tenemos a la gran burguesía que sabe que, si mueve bien sus fichas, va a hacer su negocio. Están también los oportunistas de siempre, buscando apostar al número ganador para después ver qué partido pueden sacar. Y, por último, por supuesto, todo el espectro de fascistas, que sueñan con la reencarnación de un “líder”, de un “conductor”, cuyos equivalentes italiano y alemán son, respectivamente, Duce y Führer. Esos son los sectores que apoyan a Perón. ¿Quiénes quedan por fuera? Únicamente los radicales que cuentan con capitalizar la pusilanimidad de la pequeña burguesía antiperonista, la derecha gorila, que no puede olvidar el incendio del Jockey Club, y los trotzkos menos enceguecidos. Entre eso y la bronca de la gente, el peronismo va a ganar. Y ahí no quiero ni pensar la que se viene.

-Todo va a depender de cómo reaccionen las masas. Por eso hay que trabajar para aglutinar a las fuerzas progresistas, dentro y fuera del peronismo. Y además, la coyuntura internacional es otra. Hay fenómenos inéditos; pero, sobre todo, hay un campo socialista fuerte que se ha convertido en una verdadera garantía para todos los pueblos, que ayuda a Vietnam y a Cuba; y a los movimientos de liberación.…

-Africanos, porque lo que es a los nuestros, ni un centavo. ¿No te llama la atención la escasísima atención que les merecemos a los dos referentes atómicos de la Revolución? Mirá, muchacho, primero: Yalta es Yalta. En nuestra querida América latina la URSS no se va a meter, y China menos (salvo para joder a los comunistas prosoviéticos, claro). Históricamente, Cuba ha sido y seguirá siendo un flato inesperado que tomó igualmente desprevenidos a los yanquis, a los soviéticos y a los chinos, y que, de yapa, casi causa una guerra, así que Chile mejor que no cuente con la ayuda fraternal de las irreconciliables vanguardias del proletariado. Segundo: no te engañes, la Unión Soviética y China defienden ante todo sus propios intereses.

-Usted habla de la URSS como si fuera lo mismo que los gringos. Pero si la clase gobernante en los países capitalistas es la de los dueños de los medios de producción, ¿qué clase tiene el poder en la Unión Soviética? Porque burguesía, que yo sepa, no hay, ¿no?

-Buena pregunta, muchacho. Yo mismo no estoy del todo satisfecho con la respuesta que se me ocurre. Es cierto que en la URSS no hay una clase propietaria de los medios de producción. Pero también es evidente que, sin haberse adueñado de ellos, la burocracia los administra para su propio beneficio. Por más vueltas que le des, los lujos de la nomenclatura no tienen otro origen que la plusvalía, léase la explotación. Lo que ocurre es que como los nomenclátores no son propietarios sino administradores -y, para peor, administradores incompetentes-, solo pueden enriquecerse venalmente con las migajas de privilegios y prebendas que a los cresos de occidente han de parecerles de risa. Porque es obvio que el más rico camarada del Politburó es un pobre diablo comparado con un burgués argentino mínimamente acomodado.

Don Antonio resolvió sumarse al silencio que había inaugurado su amigo so pretexto de la pipa, que volvió a encender con amorosa paciencia.

-En realidad, yo no quería reanudar nuestra tradicional polémica sino que me hablaras de vos, de tus planes. Si te entiendo bien, estás básicamente contento con tu vida…

-Con todo menos con el laburo.

-El trabajo se te va a arreglar tarde o temprano, creeme. Y la literatura también. Me alegra que sigas prendido a la pluma. ¿Cómo te está yendo?

-Me cuesta, pero no cejo. Los cuentos me empiezan a salir más o menos redondos, aunque, claro, yo sigo apuntando a la novela, pero me da muchísimo trabajo.

-Ya te vas a encontrar. El secreto está en buscar con tesón, disciplina y, sobre todo, sinceridad. Si ser escritor está en vos, el asunto no es sino cuestión de tiempo.

Don Antonio se recluyó en un silencio como de búsqueda.

-¿Y qué tal las cosas con tu mujer?

-Bien, toco madera. Es una gran mina, don Antonio, y una gran compañera. Con todas las dificultades que tenemos, con Veroniquita que no nos deja casi tiempo para estar juntos, yo la siento siempre conmigo. Volver a mi casa es lo mejor que me sucede cada día.

El gesto de entusiasmo de Luciano se transmutó un una expresión de extrañeza.

-¿Por qué me lo preguntó?

-Porque hablás poco de ella.

Esta vez fue Luciano el que se retiró a buscar.

-Pero contáme de tu hijita.

-¿Qué quiere que le cuente, don Antonio? Es una luz. Crece cada minuto, cada minuto descubre algo nuevo. Se la pasa correteando por todo el planeta y preguntando en una media lengua que es para comérsela el por qué del universo. ¡Ah!, y le cuento que con Verónica cuidamos que siempre haya música clásica de fondo… ¡y le encanta! Sobre todo… adivine.

-No me digas que…

-¡Francesco Giuseppe! Adora el cuarteto El emperador, mire qué paquetería.

-Por lo que decís, tiene que estar pasando por una infancia feliz. Bravo, muchacho. La lección principal la tenés bien aprendida.

-Me ha tocado en suerte un buen maestro.

Don Antonio esbozó un conato de sonrisa, y Luciano supo que había acusado el golpe siempre embarazoso de la gratitud.

-Y hablando de buenos maestros, ¿que es de la vida de tu viejo?

-No le podía fallar el orden del día, ¿eh? Ahí anda, enloquecido con la nieta. Le juro que a veces no lo reconozco. ¡Y la paciencia que le tiene!

-¿Y con vos?

-Conmigo igual. Eso me temo que no tiene remedio.

-Nunca se sabe muchacho. Todos los incurables tienen cura…

-…cinco segundos antes de la muerte. Almafuerte dixit. Ojalá, don Antonio.

-¿Y tu vieja?

-De perpetuo polizón. Y por lo demás, siempre igual… o peor. La nieta, como le dije, le ha hecho palmaria su vejez.

-Sí. Y ahora que ha aparecido esa nueva mujer que acapara el poco cariño que le sobra a tu viejo, siente que su hombre cada vez le queda más lejos, y que hasta vos, el sucedáneo al que nunca prestó mayor atención, la ha abandonado para siempre.

Don Antonio volvió a atender su pipa. Luciano tuvo la impresión de que lo hacía con mayor morosidad que otras veces.

-¡Estás hecho un hombre, carajo!

-Ya venía siendo hora, ¿no?

La primera vaharada abrió paso a un rostro inesperadamente melancólico.

-A veces hasta me da pena...

-¿...?

-No me hagas caso. Mejor aceptáme una invitación a cenar.



-No sabe cómo me encantaría, pero le prometí a Verónica que volvería antes de las siete.

-Esa es una promesa sagrada, muchacho. No te detengo más.

-¿Usted se queda?

-A mí el tiempo me da lo mismo pasarlo en cualquier sitio agradable.

Luciano se sintió incómodo. Recusar la invitación de su amigo tenía un dejo de traición; pero Veroniquita lo reclamaba… No. La gurrumina estaría ocupadísima en crecer. Era él el que no aguantaba un minuto más sin verla.

-¿Y si se viene a cenar con nosotros, don Antonio?

-Otro día, muchacho. Andá nomás, que le estás robando tiempo a tu hijita… y también a tu mujer.

-¿Hasta la próxima vez, entonces?

-Sin falta.

Luciano tuvo la sensación de que don Antonio se había quedado mirándolo como a un barco que zarpa.






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