Primera parte



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Septiembre de 1971


Lévingston había contrariado ciertos intereses sacrosantos y ofendido a los puristas del neoliberalismo con el nombramiento de Aldo Ferrer al Ministerio de Economía, para meter inmediatamente la pata hasta el pubis designando al cavernícola José Camilo Uriburu Interventor Federal en la Córdoba perennemente insurrecta. El “pintoresco Gobernador Uriburu” -como lo bautizó de modo inusitadamente certero Nuestra Palabra- llegó el 1º de marzo decidido a “cortar la cabeza de la víbora marxista” y la CGT lo sacó a patadas en el upite dos semanas después en lo que dio en llamarse “el viborazo”. Entre una cosa y otra, Lévingston se quedó solo en su alma, con lo que el 26 de marzo cayó víctima del primer golpe de estado que el público argentino pudo seguir por televisión. El nuevo presidente fue el general Alejandro Agustín Lanusse, quien, decidido a salir del impasse político sin perder la continuidad, lanzó la idea gattopardesca del Gran Acuerdo Nacional. Los radicales, ilusionados como siempre con retornar al poder y que fuera lo que Dios quisiese, le prestaron a Arturo Mor Roig (que tres años después caería ajusticiado por los Montoneros) para que, desde el Ministerio del Interior, manijease la cosa. “Cano” comenzó así un vistoso peregrinaje hacia la institucionalización, voz que, como a buen militar, nunca terminó de acomodársele del todo entre los dientes. Llegó incluso a reunirse con Salvador Allende y proclamarse “de centro-izquierda”. Por derecha, devolvió a Perón el cadáver de Evita y, de hecho, le levantó la proscripción. Pero las cosas tenían sus bemoles. La inflación pegó uno de esos respingos tan argentinos. El descontento masivo que ocasionó habría de culminar en una gran huelga general. Los Montoneros, por su parte, habían asesinado al mayor Julio Sammartino, su segunda víctima después de Aramburu. Mientras, el Ejército Revolucionario del Pueblo, imitando a los Tupamaros que imitaban a Robin Hood, se dedicaba festivamente a los secuestros extorsivos y repartir el rescate entre los desfavorecidos.

Luciano había contraído una paternitis aguda. Las horas que tenía que pasar fuera de casa se le hacían eternas, pero cuando se sentaba a escribir, con el rabo del ojo y una oreja y media barriendo el espacio como un radar, las constantes peripecias de su hija le daban un ánimo que nunca dejaba de azorarlo. Veroniquita era un bólido que desparecía o aparecía detrás o debajo de todos los muebles, que abría o trataba de abrir todas las puertas, todos los cajones y todas las tapas, que se llevaba a la boca todo lo que encontraba, que desordenaba papeles y descuartizaba libros y, en general, que absorbía los cuidados y el amor de sus padres como una esponja de incolmables ojos azules. Entre la militancia, sus afanes de escritor ansioso de romper el cascarón y la sempiterna preocupación por estabilizarse económicamente le quedaba poco tiempo para marido, y a Verónica tampoco le sobraba para esposa.

Acababan de sonar las doce y Luciano caminaba por Santa Fe hacia Callao cuando advirtió un torpe perfil que trasponía trabajosamente la puerta de Roussillon.

-¡Don Antonio, carajo!

-¡Muchacho! ¡No sabés las ganas que tenía de volver a verte! ¿Al Sáenz Peña?

Senz' altro!

Pararon un taxi y, como siempre, Luciano observó atento pero sin entrometerse el combate entre don Antonio y su pierna rebelde.

-¿Y cómo anda la cosa, chofer?

-Jodida.

-¿...?


-Imagínese, con el salto que pegó la inflación... porque estamos en un cuarenta por ciento, como en los viejos tiempos. Yo no sé... Para mí que Lanusse no va a durar. Se viene una huelga grande. La CGT está en armas. Vea, yo, que siempre creí que este país se iba a ir para arriba, me estoy poniendo pesimista. ¿Usté vio los atentados, los secuestros, las tomas? No, vea, y se lo digo con pena de argentino, la cosa va para mal, para muy muy mal.

-¿Y el laburo?

-Bueno, acá el laburo siempre pagó. A veces hay que yugarla más, sobre todo ahora con los aumentos. Pero la verdad que vivir, de tachero se puede. Eso sí, no sé por cuánto tiempo, porque si seguimos así...

-¿Y a la gente cómo la ve?

-Muy amargada, ¿cómo la voy a ver? Nadie sabe lo que puede pasar. No hacen más que hablar de la vuelta de Perón. La mitad juran que si el Viejo llega a volver hacen las valijas y se mandan mudar, y la otra mitad dicen que venga de una vez así se arregla todo.

-¿Y usted qué piensa?

-No sabría qué decirle. Vamos a ver qué pasa ahora. Porque yo nunca había sido peronista, creamé, pero ahora a este hombre le quiero dar una oportunidad.

-¿Le parece que vale la pena?

-¿Y qué otra queda? Si lo dejan gobernar, puede que vuelva a hacer como antes…

-Pero antes teníamos las arcas llenas de oro, Europa en ruinas comprándonos lo que quisiéramos venderle al precio que le pidiésemos, y los yanquis ocupados con Corea, China y Centroamérica nos dejaban más o menos en paz. Ahora la cosa es muy distinta, ¿no le parece?

-¡A mí me lo va a decir! ¡Más vale que es distinta! Pero ¿qué otra queda? Si estos guerrilleros se dejarían de joder y se pondrían a laburar, seguro que Perón sabría manijear a los militares y a los yanquis. Bueno, es lo que me parece, porque, como lo digo, yo nunca he sido peronista. Pero si pifiamos esta, yo no sé adónde mierda va a ir a parar el país, creamé. En todo caso, yo trato de hacer lo mío: laburo honestamente, no jodo a nadie, obedezco las leyes… si todos haríamos igual, este país en una de esas se salva. Porque en su momento Perón hizo mucha obra, para qué lo voy a engañar. Claro que, como usté dice, ahora son otros tiempos. Yo lo único que sí sé es que si no viene esto se va a ir al carajo, pero que si viene, en una de esas también. Perdonenmén, ¿no?, pero yo, le digo, la veo muy pero muy mal. Déme mil pesos viejos, o sea, diez Ley, nomás, que si no me quedo sin cambio.

Don Antonio cumplió con todos las enojosas gestiones que le imponía emigrar del taxi. Simón corrió a abrirles la puerta.

-¡Qué gustazo, don Antonio, joven! ¡Por acá, don Antonio, que ya le limpio la mesa!

Mientras don Antonio se sentaba en cámara lenta Simón procedió a barrer con las aspas de sus brazos platos, copas, cubiertos, panera, servilletas y migas.

-¿Dos batidos de Gancia y provolone con aceite de oliva?

Signorsì! Y como acá el joven va a comer calamares en su tinta, aunque aún no lo sepa, nos vas abriendo un Torrontés don David y haciendo marchar dos revueltos Gramajo.

-Ya mismo, don Antonio.

-Dejáme que te ponga en antecedentes, muchacho. Estás por degustar uno de los pocos platos auténticamente patrios que no son indios. Consta de papas paille de un micrón de espesor, jamón crudo, pimienta y perejil. El secreto está en el punto del huevo. Como ves, nuestro carnívoro pueblo no ha sido propenso a la cocina intrincada. Aun así, por su alambicada complejidad, el revuelto Gramajo ocupa, para nosotros, un sólido lugar intermedio entre el sándwich de chorizo y un banquete imperial chino. Pero ¡salud!

Desaparecidos el último rastro de provolone y la última gota de los batidos, Simón se apersonó con el cubo de metal del que asomaba una botella bruna. La descorchó con dos certeros aspazos y sirvió un centímetro exacto a Luciano, que tras los prolegómenos de norma se lo llevó a los labios. ¡Qué diferencia! La boca se le agrandó henchida de un refrescante e intenso sabor a uva.

-¿Y?


-Deputamadre, don Antonio.

-¡A ver estos revueltitos!

Y Simón depositó cada porción al cabo de un preciso movimiento circular de su brazo derecho.

-¿Qué tal?

-¡Delicioso!

-¡¿...?!


-Perdón. ¡Deputamadre!

En efecto, las papas solo parecían existir como reminiscencia que tornaba a gatas crocante la simbiosis entre el huevo y el jamón.

-¿Y qué ha sido de tu ajetreada existencia todo este tiempo, muchacho?

-Sin parar un minuto. Con decirle que casi no tengo tiempo para estar con la gurrumina.

-Tenés que hacértelo, muchacho, y ha de ser el tiempo más importante. Todo lo demás puede aguardar, pero un chico no, porque no puede esperarte para crecer y no es justo que crezca sin vos. Tu hijita está aprendiendo a vivir, se está enterando sin saber de si la quieren y la respetan. Lo que aprenda ahora va a ser decisivo para el resto de su vida. Y lo que no aprenda, también. Esa plantita requiere enorme atención y tiene derecho a que se la presten. Es cierto que ni vos ni tu mujer pueden dejar de hacer todo lo que haga falta para darle de comer y un techo decente; pero la atención que le robe el trabajo de ustedes, por mucho que ella no lo pueda comprender ahora, le está volviendo transformada cada día. En cambio, la atención que le roban las demás cosas no.

-¿Me está diciendo que tendría que dejar de militar?

-¡De ningún modo! No se trata de elegir entre tu conciencia y tu hija. Pero, si me permitís, tenés que tener claras tus prioridades. Y esas prioridades han dejado de ser personalmente tuyas. Ahora tienen que venir primero las de tu hijita. Tu hijita tiene prioridades básicas; básicas por elementales y porque sobre ellas se está construyendo el edificio de su vida.

-Créame que a Veroniquita no la desatiendo. Vivo prácticamente para ella.

-Te creo que no la desatendés, muchacho, pero no te creo que vivas prácticamente para ella. Y es bueno que así sea. Tu hija tiene que ser, sin duda, lo más importante en tu vida, pero sería jodidísimo que fuera prácticamente lo único. Todo lo que te digo es que tenés que cuidar bien de que vos y, claro, sobre todo tu mujer le estén dedicando el tipo de tiempo que precisa. Cuidáte mucho de cometer con tu hijita los mismos errores que tus viejos con vos.

-A esa póngale la firma. Yo no sabré qué tengo que hacer para ser el padre que quiero para mi hija, pero sé perfectamente qué no tengo que hacer. Pierda cuidado, don Antonio, que Veroniquita cuando sea grande me va a pasar, no lo dudo, una resma de cuentas, pero ninguna por falta de amor ni de atención ni de ternura ni de respeto.

-Bravo, muchacho.

Simón llegó precedido de un frondoso aroma a yodo.

-¡A ver estos calamarcitos!

Luciano tuvo que hacer un esfuerzo por superar la aversión inicial a un plato que parecía de petróleo crudo. Pero no bien se llevó el primer trozo a la boca el paladar le sonrió agradecido. La textura apenas gomosa del molusco venía bañada en una pasta de un sabor intenso que guardaba resabios de vino. Casi más apetitoso resultaba el arroz totalmente teñido de negro.

-¿Y? ¿Qué tal la parda pócima?

-¡Deputamadre! Aunque le juro que otro no me la habría hecho probar jamás.

Don Antonio bebió un pausado sorbo de vino.

-¿Así que seguís militando?

-Más que nunca. Y por favor, no empecemos. La dictadura se desmorona, la gente jamás había estado tan combativa. Pueden suceder grandes cosas, don Antonio; este país puede empezar a cambiar en serio y para mejor.

-¡Dichosas las neuronas que se lo creen!

-¡Vamos, don Antonio! A ver si depone un cachito ese derrotismo a ultranza.

-No es derrotismo ni a ultranza: es escepticismo y sensato. Este país va a cambiar, y puede que para mejor, aunque yo, personalmente, lo dudo. No mientras esté el peronismo atajando la pelota de la Historia, muchacho, que, hija de puta como es, no deja de patearle al cuerpo.

-El peronismo de hoy es otro, don Antonio.

-¿De veras lo creés? ¿Y en qué, seré curioso?

-En que han cambiado los propios peronistas. Hay una juventud nueva, que busca una salida distinta, socialista. La propia clase obrera ha cambiado. Somos un país mucho más industrializado, los trabajadores de hoy no son los cabecitas negras del 45 recién llegados del interior sin experiencia de clase.

-Estás hablando como un burócrata, muchacho. Como escritor, debería darte vergüenza.

-Todo lo que usted quiera, don Antonio, pero es así.

-Parece así, muchacho, pero en el fondo, las cosas no han cambiado tanto. La ideología peronista está incólume, simplemente se acentúan los matices de zurda, pero es una maniobra coyuntural. Vas a ver. Si Perón llega a la presidencia otra vez, va a hacer el juego de siempre, solo que con cartas mucho peores. Y entonces sí que puede correr sangre.

-¿Y usted qué salida ve?

-Ninguna. Esa es la gran macana.

Simón se materializó como enviado por los Dioses.

-¿Un postrecito?

-Panqueques flambeados al Cointreau. Y a ver si Mr. Clean nos regala dos vasitos de su oporto particular.

Don Antonio desenfundó sus avíos para la pipa y se puso a prepararla con la terneza de siempre. Poco después reapareció Simón portando dos copas de oporto y sendas bandejitas en las que agonizaban las llamas.

-Dice don Niccola que esta botella se la acaban de mandar y que aprovechen porque de este no les vuelve a ofrecer.

Ave Nicholae pulcherrime!

-¿Van a querer un cafecito?

-En realidad, preferiríamos uno cada uno, si no es mucho pedir.

-¡Usté sí que no tiene arreglo, don Antonio! Cada vez que se va yo me quedo de mejor humor.

-En ese caso, podés tomarlo como sucedáneo de la propina. ¡Salud, muchacho!

-¡Salud, don Antonio!

-¿Y?


-¡De pe eme!

Mientras Simón traía los cafés, don Antonio se marchó a su galaxia para encender la pipa. Terminada la meticulosa operación, regresó.

-¿Y tu padre, muchacho?

-Bien. Como siempre;.bah, como siempre desde que tiene nieta. Mientras hablamos de la gurrumina no hay mayores cataclismos.

-¿Y tu vieja?

-De sempiterno polizón, don Antonio. La veo poco y casi no pienso en ella.

-¡Ojo con ese fantasma, muchacho!

Una vaharina más intensa que de costumbre monopolizó la mesa.

-¿Y las cosas con tu mujer?

-Bueno, como se imaginará, casi no tenemos tiempo para nosotros: el poquísimo que nos queda después de todo lo que hay que hacer es para Veroniquita.

-Sí, pero las cosas ¿qué tal?

-Bien. Vamos sacando adelante la familia, somos compañeros... Bien.

-Si vos lo decís, muchacho.

-¿Qué, no me cree?

-Es que si yo no te pregunto, casi no la mencionás.

-No se me asuste, que por ese lado no hay problema.

Su viejo amigo se quedó con un gesto trunco que Luciano tal vez no llegó a percibir.

-¡Simón, la cuenta!

Don Antonio se fue incorporando apoyándose en la mesa, el respaldo de la silla y el bastón, pero sin permitir que su amigo ni Simón lo ayudaran. Ya en la calle, Luciano detuvo un taxi.

-¿Y me va a dejar como siempre colgando del azar, don Antonio?

-Así es, muchacho. Ya ves que le podemos tener confianza.

El taxi se disolvió entre dos colectivos y Luciano se sorprendió contemplando un extraño paisaje de soledad.





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