Primera parte



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Agosto de 1970


Tras el Cordobazo, Onganía debió defenestrar a su Ministro de Economía y promulgar la Ley 18.188, mediante la cual el nuevo peso pasaba a pesar lo que cien viejos, solo que devaluados en un 40%. Con esta ingeniosa medida, copiada paquetamente a Francia, la moneda patria volvía nominalmente a su valor de 1940 (bueno, dividido cien). El 29 de mayo, con el asesinato del general Pedro Eugenio Aramburu, cuyo propósito ostensible era vengar tardíamente al general Juan José Valle (fusilado sumariamente con otros tras la infructuosa asonada peronista de 1956), pero probablemente planeado e instigado por los Servicios a través de Mario Firmenich -asiduo, parece, huésped del Ministerio del Interior durante los dos meses previos y con contactos con el Batallón 601 de inteligencia militar-, realizan su gran debut los Montoneros. El 8 de julio Onganía es sustituido por el general Roberto Marcelo Lévingston. Entretanto, Chile se enardecía en torno a la candidatura de Salvador Allende, que ganaría las elecciones el 4 de septiembre.

En octubre del año anterior, Luciano y Verónica, que llevaba cuatro meses de embarazo, resolvieron casarse. El padre de ella, un empresario judío que declinaba camino de la ruina, le había comprado en tiempos mejores un hermoso departamento en el Barrio Norte. Verónica trabajaba de profesora en la Alianza Francesa y en el Liceo Jean Mermoz, y su sueldo, tan bueno como seguro, era el ancla de la economía familiar, a la que Luciano aportaba cada tanto un exiguo cheque de derechos de autor o el pago ocasional pero en suculentos dólares de algún artículo publicado en el extranjero. En esas ocasiones, festejaban comiendo afuera, y Luciano aprovechaba para lucirse con las lecciones aprendidas a la vera de don Antonio. Mientras, seguía colaborando con Barletta y desarrollándose como escritor. El consejo de su amigo no había caído en saco roto y pudo por fin dar el gran paso: dejar de ser un comunista que escribe para transformarse en un escritor comunista. Con ello pudo empezar a permitirse con la literatura desviaciones impensables que constantemente le ganaban la desconfianza y hasta la inquina de los cancerberos de la virginidad ideológica. En febrero nació Veroniquita.

Hacia el mediodía, Luciano salía de negociar con cierto editor la mitad de una promesa cuando, al llegar a la esquina de Carlos Pellegrini y Lavalle, vio la figura entrañable que intentaba la hazaña de subirse a un taxi.

-¡Don Antonio! ¿Es usted? ¡No lo puedo creer!

-¡Muchacho! No, no te preocupes que me arreglo solo. ¿Cómo estás? A ver, dejá que te mire. Te veo muy cambiado, no sé si estás más gordo o qué.

-Y usted sabe cómo es: después de tener familia los hombres ya no recuperamos la figura de antes.

-¡No me digas que sos papá, muchacho! ¡Enhorabuena, carajo; te felicito! ¡Esto hay que celebrarlo como es debido! Subí que te llevo a almorzar.

-Pero invito yo.

-¡Ni pensarlo, muchacho! Tu plata es para tu hijo.

-Hija. Me salió hembrita, don Antonio. Se llama igual que la madre, Verónica. Ya cumplió seis meses.

-¿Tanto hace que no nos vemos?

-Desde aquel Trovatore.

-¡Cómo pasa el tiempo, carajo! Pero bueno, no nos distraigamos. A Sarmiento entre Maipú y Esmeralda, chofer.

-¿Sarmiento y Esmeralda?

-Así es, muchacho. Vamos a festejar en forma. Te invito nada menos que a Clark’s. Y dígame, ¿cómo andan las cosas, chofer?

-Normal.

-Y con los milicos, ¿qué tal?

-Normal.


-Bueno, si prefiere, no hablamos.

-No es eso, amigo. Es que, para qué le voy a decir una cosa por otra, estoy de mal humor.

-...

-Es el pibe mío, el mayor, que no quiere estudiar.



-¿...?

-Uno hace todos los sacrificios, ¿se da cuenta? Y él que quiere ponerse un negocio con un amigo. Un bar en Villa Gesell. Yo la guita se la presto... Bah, se la presto... ¡se la doy!, porque seguro que no la voy a ver más. Pero ¿qué va a ser cuando se ponga más grande? Yo le digo, Estudiá, Willy, porque se llama Guillermo, ¿se da cuenta?, pero le decimos Willy, Estudiá, Willy, que en este país los que tienen futuro son los profesionales; si no te vas a quedar de mozo de lujo toda la vida. Pero no me quiere hacer caso. Es que la juventud de hoy es así; no piensan en el futuro. Y este país lo que necesita es gente que piense, que estudie, que sepa, ¿se da cuenta? Solamente así vamos a salir adelante. Yo le digo, Miráme a mí, Willy: yo he sido tachero toda la vida y tachero me voy a morir, pero vos podés progresar, vos podés hacer lo que yo no hice. Tu abuelo llegó a este país con una mano atrás y otra adelante, y laburó como un buey para que yo pueda ir al colegio secundario. No me quiso dejar trabajar, Estudiá, decía, que yo ya no puedo. Y yo terminé la secundaria y me conchabé de peón, y ahorré y ahora tengo este coche y otro que me lo trabajan dos pibes macanudos, un morocho, Gustavo, y otro casi rubio que se llama Alfredo y vive en Lanús. Y además tengo otro pibe, el Arturito, que me trabaja este de noche, pero yo hubiera preferido, qué se yo, ser profesional, ¿se da cuenta? Y el Willy, que en lo terco salió a mi señora, nada.

-¿Y cuántos más tiene?

-Dos. La nena, la Nancy, que tiene dieciséis, porque el Willy va para dieciocho y el menor, de siete, el Tony, “tiro al aire” que le digo porque me salió por casualidad y es un verdadero sabandija. La Nancy estudia magisterio, y yo le puse profesora particular de inglés y piano, y además va al conservatorio del barrio a aprender danza, que es lo que más le gusta. Es mi regalona. Pero esa se va a casar bien y no va a tener problemas.

-Yo en su lugar no me preocuparía por su hijo. Es joven. Déjelo que boludee un poco que ya solo va a entrar en razón.

-¿Usté tiene hijos?

-...

-Ya me parecía. Vea, yo tengo miedo que le pase lo que a tantos, que ponen un negocio cualquiera, les entra a ir bien, y después se quedan de comerciantes para toda la vida. El Willy da para mucho más. Yo no quiero que se quede a mitad de camino, como yo. Si en este país no hace falta ser comerciante para vivir decentemente. ¿Aquí está bien? Tranquilo que no hay apuro. Déjelo en 370 nacionales, o sea, 37 Ley… No; a ver… déjeme ver… ¡Es que con los nuevos pesos me hago cada quilombo! No; son 3,70 Ley.



Luciano esperó a que don Antonio lograra extirparse del coche y se pusiera dificultosamente de pie. Cuando entraron, su asombro no pudo haber sido mayor.

-¡Tengan los señores muy buenos días! Permítame que lo ayude con su sobretodo, señor. ¡Anselmo! Acomodá a los señores en la dos y pasá el cartelito de reservado a la cinco. Por aquí, señores.

Luciano no podía dejar de admirar la suntuosidad ambiente. Del techo colgaban carteles inusitados: Robes de chambre de alpaca, Camisas de sedadon Antonio, que le había seguido la mirada, explicó:

-Esto antes era The Brighton, una de las sastrerías más exclusivas de Buenos Aires. Cuando cerró y abrieron el restorán tuvieron la excelente idea de dejar todo tal cual, algo por demás inusitado en este país que no tiene inconveniente en destruir su pasado.

-¡Buenos días, señores!

El mozo estaba vestido como para una boda y traía dos gigantescos mamotretos de cuero. A Luciano le llamaron la atención la parquedad y el contenido del menú, en el que campeaban los nombres en francés. El bife de chorizo pasaba a ser Chateaubriand y su precio mutaba en consecuencia; y había platos exóticos, como patas de rana, bautizadas, desde luego, cuisses de grenouilles, y brie fundido con nueces y almendras.

-Aquí pedimos batido de Gancia y nos echan a patadas en el culo, muchacho, así que no abras la boca y seguime.

-¿Los señores gustan algún aperitivo?

-Dos jereces bien fríos, si es tan amable. Y ni sueñes con pedir provolone con aceite y pimienta que, como habrás visto, Italia está prácticamente desterrada de este incunable.

Cuando el mozo regresó con las dos exquisitas copas en la bandejita de plata, don Antonio engoló la voz.

-¿La centolla es fresca o viene congelada?

-Viene enfriada en hielo seco, señor.

-Bien. Con eso empezamos. ¿Y la langosta?

-Lo mismo, señor.

-¿Pero es langosta o bogavante?

-¿…?


-¿Langouste u homard?

-Ah, langouste, señor, viene del Pacífico.

-Bueno, con eso seguimos.

-¿Y con qué lo van a acompañar?

-Con un Errázuriz.

Tras una reverencia apenas lo suficientemente perceptible, el mozo hizo un gallardo mutis de palmípedo de lujo.

-¿Se puede saber qué cazzo pidió, don Antonio?

-Hoy comemos chileno, muchacho, y chileno vamos a chupar, en la esperanza de que del otro lado del Aconcagua triunfe el gran Salvador Allende. La centolla es la versión austral del cangrejo de Alaska; tiene una carne exquisita, que seguramente nos van a traer ya trozada dentro del caparazón, aunque yo preferiría las patas. Y la langosta es eso, langosta que no bogavante, o sea, con antenas gruesas en vez de pinzas. El vino es un chardonnay chileno de los buenos. Vas a ver que, en lo que a blancos respecta, nos sacan dos cabezas.

-¿Cree que la UP puede ganar, don Antonio?

-La derecha va dividida. Si los democristianos no hacen trampa en el senado, estoy casi seguro que sí. Va a ser el comienzo de un proceso inédito. Es la gran esperanza. Es, casi, la última. El grave peligro es que sobrevenga un sátrapa de izquierda o de derecha, y ahí no quiero ni pensar en las consecuencias.

-¿De veras lo cree posible?

-La primera no, la segunda, me temo que sí. Porque si el proceso se profundiza demasiado, los gringos y la burguesía local van a hacer todo por frustrarlo; si es preciso, por la fuerza, y la contrarrevolución es siempre despiadada. Aunque también es probable que se vaya desvirtuando solo, que las divisiones de la izquierda lo socaven, que la burguesía se aplique a un sabotaje metódico y que termine perdiendo las próximas elecciones o las siguientes, como Cheddi Jagan en Guyana. Eso va a ser una pena, pero menos grave, porque en la medida en que las instituciones se mantengan, una nueva victoria es siempre posible.

-Perdóneme, pero ¿quién es Cheddi Jagan?

-El fundador del Partido Comunista de Guyana, muchacho, que fue, además, el primer partido político de la colonia. Los ingleses no tuvieron más remedio que nombrarlo Primer Ministro en 1953, pero la contra angloyanqui le organizó tantas huelgas y sabotajes que tuvo que dimitir. Poco después los gringos derrocaron a Jacobo Árbenz en Guatemala. En 1961 ganó las primeras elecciones tras la independencia y otra vez lo mismo: la CIA le fomentó el descontento laboral y en 1964 perdió frente a Forbes Burnham, cofundador y desertor del Partido. Al año, los gringos invadieron Dominicana y defenestraron a Caamaño. Es increíble que nadie se acuerde de esa experiencia precursora. Ojalá que no se vuelvan a cometer los mismos errores.

-¡La pucha con su pesimismo, don Antonio!

El mozo reapareció con la botella asomando de un cubo bruñido y envuelta en una servilleta de lino. La descorchó con gran pompa, plegó el brazo izquierdo sobre la cintura a la espalda y lo extendió con un preciso conato de supinación para depositar medio centímetro exacto en el fondo de la copa de don Antonio. Este lo probó con discreto aspaviento, se demoró antes de tragarlo con aire reflexivo, como quien no termina de ponerse de acuerdo en el veredicto, y finalmente se pronunció por la afirmativa con una expresión de, Los he probado mejores, pero con este me arreglo. El mozo llenó entonces las dos copas hasta la mitad y giró para devolver la botella al cubo que había quedado a la zaga en una mesita apropincuada especialmente.

-En algún avatar lejano, este mozo debe haber sido mosquetero, porque sirve el vino como si fuera a lanzar una estocada. ¡Salud, muchacho! ¡Y a la de tu mujer y a la de tu hijita!

-¡Salud, don Antonio! ¡¡¡…!!!

-Bueno, ¿eh?

-¡Deputamadrísima!

-Sus centollas, señores.

En efecto, la carne venía desmenuzada dentro de la mitad inferior del caparazón. Luciano la roció con limón, la mezcló con una pizca de mayonesa y la espolvoreó con media vuelta del molinillo de pimienta. La pulpa se deshacía literalmente en la boca frustrando el afán de los dientes. Era más eficiente y placentero simplemente aplastarla con la lengua contra el paladar y sentir cómo el delicioso menjunje escapaba por los costados.

-Bueno, y ahora contáme.

-Ni sé por dónde empezar, don Antonio. Baste decirle que me cambió la vida.

-¿Y cómo anda tu viejo con la flamante nieta?

-¡Chocho! Claro, la gurrumina nos ha acercado más. Ahora tenemos tema neutral, y, además, él está mostrando una veta cariñosa que yo ni sospechaba.

-¿Y tu vieja?

-En vez de alegrarse por la nieta, se lamenta porque es abuela. No que no la quiera. Pero no es ni la mitad de abuela que mi viejo. Alguna vez le hemos tenido que pedir que nos la cuide. Ni se imagina las excusas. En fin...

-Casi ni hablás de ella.

-Casi ni tengo que decir. Para mí, es un poco como si no existiera.

-Tené cuidado, muchacho.

-¿...?


-Porque existe. No que exista en El Tigre, en casa de tu viejo... porque, claro, no es su casa, sino la de tu viejo, ¿vero? No; existe en vos, y no porque no te des cuenta deja de existir. No te conviene tener polizones en el alma, muchacho.

-Esa me la tengo que anotar.

-Esa, muchacho, te la tenés que aprender.

El mozo reapareció con una vasta bandeja sobre la que señoreaban dos enormes domos de plata.

-¡Sus langostas, señores!

Luciano advirtió que don Antonio no tenía empacho en colgarse la servilleta entre la laringe y el cuello de la camisa y lo imitó.

-Aquí, muchacho, los únicos cubiertos eficaces son los deditos. Seguime.

Y don Antonio procedió a triturar y desarticular el pobre bicho con un virtuosismo digno de Jack el Destripador. La carne era suculenta, de una textura inesperada, resistente y tierna a la vez. A Luciano le gustó tanto que se olvidó del arroz que aguardaba blandamente a la orilla del plato. Don Antonio lo dejó comer en paz, alzando cada tanto la vista para cerciorarse de que su pupilo no necesitara asesoramiento, y solo habló cuando Luciano terminó con la cola.

-Seguro que seguís en el Partido.

-Sí, adivinó: sigo en el Partido.

-Tu constancia es conmovedora, muchacho.

-¿Y por qué tiene tanto problema con que siga siendo bolche, don Antonio?

-Porque después del asesinato de media clase campesina, la colectivización forzosa, las purgas de Stalin, el pacto entre von Ribbentropp y Mólotov, la matanza del bosque de Katyn, los campos de concentración, los hospitales psiquiátricos, la conspiración de los médicos judíos, Hungría, el muro de Berlín y Praga, seguir creyendo en el comunismo soviético es como estar casado con una puta convencido de que tarde o temprano va a entrar en razones y permanecer fiel como las mismísimas Jenny Marx y Nadiezhda Krúpskaya de Uliánov, o sea, de Lenin (que, dicho sea de paso, con esa cara no debe haber tenido mayores oportunidades de otra cosa).

-¿Va a empezar otra vez, don Antonio?

-No. Perdonáme, muchacho, es que no puedo con mi genio. Vos sabés que una de las cosas que yo valoro en vos es la sinceridad con que hacés lo que creés que tenés que hacer. Lo único que me inquieta es que te empecines, como tantos de tus camaradas -que son, no tengo dudas, de lo mejor que tiene la humanidad para ofrecer-, en no ver lo evidente.

-Vea, don Antonio, lo evidente, desde donde yo estoy, es la explotación, el napalm sobre Vietnam, el hambre en la India, Haití, Guatemala o el África; y, ya que estamos, las condiciones infrahumanas de nuestros villeros, los estragos del mal de Chagas en la mitad de la Argentina, la falta de hospitales, de escuelas y de viviendas dignas en un país que solito podría darle de comer a media humanidad. Y, con todos lo quilombos, las contradicciones y las aberraciones que usted quiera, el único aliado que tienen los que luchan contra todo eso es la URSS. Si no fuera por la URSS no habría, por lo pronto China, pero tampoco Cuba, ni nada, y los yanquis estarían haciendo lo que se les diese la gana. Diga lo que se le antoje, don Antonio, pero si no han ocupado el planeta es porque la URSS se lo impide, ¿o me va a decir que no?

-No, muchacho. En esa tenés razón. Pero una cosa es ver eso, que yo, aunque no lo creas, lo veo, y otra muy diferente es casarse con eso. La Historia, acordáte, es una perfectísima hija de puta. Ustedes, los oficialmente comunistas, dicen que criticar a la URSS es hacerle el juego al enemigo, y entonces callan los crímenes más horrendos que se han perpetrado en este siglo. Porque no te engañes, muchacho, los crímenes que se cometieron en la URSS han sido cuantitativamente peores que los del nazismo. Y los que se están cometiendo en este instante son peores que los que se cometen en los Estados Unidos o Francia o Inglaterra. Si uno lucha por la justicia, no puede luchar por la mitad de la justicia. La dignidad humana no es negociable nunca. Y los comunistas, los comunistas de verdad, deberían ser los primeros en defenderla en su propia casa. Los hay, claro, y están todos presos o internados en hospitales psiquiátricos o muertos. Stalin ha matado más gente que Hitler, muchacho.

-Yo no sé cómo puede comparar los crímenes de Hitler con los de Stalin.

-Porque es una comparación necesaria. Pero ojo, que yo no digo que sean lo mismo. Tienen un contenido político y hasta ético diferente. Stalin no perseguía exterminar dos razas, como sí se lo proponían los nazis. Ni se metió a eliminar a los homosexuales ni a purificar la humanidad de retrasados y deformes. En ese sentido, los crímenes de los nazis han sido, sin duda, los peores de la Historia. Pero, desde cierta óptica, los crímenes del PCUS son más aberrantes, porque sus primeras y peores víctimas son los propios comunistas. Y lo peor es que tantos han aguantado los trabajos forzados y afrontado la muerte convencidos de que el destino que corrían era natural, de que la Revolución es así, como Dios; y muchos, tal vez la mayoría, de los que sobrevivieron siguieron siendo comunistas y no alzaron la voz para denunciar aquello. ¿Vos sabías que las mujeres de Voroshílov y Kalinin estuvieron confinadas mientras sus maridos eran número dos y tres del Comité Central? ¿Que mientras Lazar Kagánovich era ensalzado, asesinaban a su hermano? Ni los nazis llegaron a ese virtuosismo de la tortuosidad. Eso no puede ser una simple deformación. Eso es algo viciado de entrada. Eso no tiene, no puede tener solución “dentro del socialismo”. Ahí hay que hacer borrón y cuenta nueva. Pero eso, a su vez, va a costar ríos de sangre.

-¿Entonces hubiera sido mejor que la Revolución de Octubre fracasara?

-Nunca sabremos cómo habría sido el mundo si no hubiese sido como es; ni nuestra vida. Es posible que sin la Revolución de Octubre el fascismo hubiera triunfado, y eso, sin duda, habría sido peor. En todo caso, no tiene sentido ponerse a especular. Lo importante es analizar cómo han sido las cosas en vez de haber sido de otra manera, y de extraer las correspondientes lecciones. Y eso es lo que ustedes se niegan a hacer. La Historia, muchacho, es una enorme hija de mil putas, y uno no puede darse el lujo de seleccionar las páginas que va a leer y las que no. Porque ya lo dijo el viejo Hegel: los que no aprenden de la Historia están condenados a repetirla. Y ustedes, perdonáme, se han pasado sesenta años repitiéndola. No que los demás hayan aprendido mejor, y los trotzkos menos todavía... ¿En qué te has quedado pensando?

-En que estamos hablando de las lecciones de la Historia y los crímenes del PCUS en el restorán más caro de Buenos Aires, regalándonos con centolla y langosta. Hay algo que no me termina de cerrar don Antonio, perdóneme.

-¿Y qué es lo que no te termina de cerrar, muchacho?

-Usted, don Antonio. Usted habla a veces como un marxista, otras se las agarra con el marxismo, y todo siempre acompañado de los mejores vinos.

-La ironía está de más, muchacho, pero te entiendo. Te entiendo, además, que no me entiendas. Yo no denuesto el marxismo, yo sigo siendo tan marxista como cuando comprendí que Marx había hecho una radiografía precisa del capitalismo. Yo me las agarro, para usar tus palabras, con quienes confundieron la ética con la Historia y resolvieron que porque el socialismo era más justo tenía que triunfar ya. Y la Historia, muchacho, se caga olímpicamente en la justicia. Algunos hombres han creído sinceramente que podían hacer prevalecer la razón ética sobre la razón histórica, y de ellos, precisamente, se ha valido la gran hija de puta para desarrollarse con total desdén por toda noción del bien y del mal. Los iluministas franceses y tras ellos los revolucionarios del 89, y tras ellos los jacobinos que decapitaron media Francia creían estar haciendo “el bien”. Yo estoy convencido de que Robespierre y Saint-Just se creían investidos de una misión trascendente y objetivamente “buena” que exigía mano férrea contra los enemigos de la Revolución. Y creo que lo mismo les debe haber pasado a Moreno, Castelli y todos los genuinos revolucionarios de Mayo. Pero al cabo, una vez que cumplieron su verdadera misión histórica, no la éticamente trascendente en la que sinceramente creían, la Revolución -que todavía no se ha mostrado sin ser caníbal- se los comió, y luego la Historia, más caníbal que cualquier revolución, se ha morfado a su vez a todas las revoluciones.

-¿Y entonces?

-Y entonces los hombres de buena voluntad, sobre todo los que no tienen nada que perder más que sus cadenas, tienen que defender sus derechos y los de los demás, luchar por la justicia, no ceder jamás, no aflojar; pero a sabiendas de que las reglas del juego, en última instancia, se les escapan de las manos, al menos por ahora; de que mientras las fuerzas productivas no se desarrollen como para permitir, mejor dicho exigir, que cambie el modo de producción, el juego se da dentro del capitalismo. Y porque se da dentro del capitalismo, muchacho, yo, que vivo de fáciles rentas que no merezco, y vos, que aceptás mi invitación, hablamos de estas cosas en el restorán más caro de Buenos Aires, comiendo centolla y langosta. Y si en cambio hubiéramos ido al Sáenz Peña también habríamos estado comiendo mucho más y mejor que la inmensa mayoría de nuestros indigentes congéneres. No permitas que tu sinceridad de revolucionario de ida te impida disfrutar de este ágape que te ofrezco con toda mi sinceridad de revolucionario de vuelta en homenaje a tu flamante bebita. El día llegará, pronto, espero, que este restorán estará al alcance de cualquiera o habrá dejado de existir; pero entretanto, ¿por qué han de ser los explotadores y sus lacayos de lujo los únicos que puedan disfrutarlo? Comé y chupá sin complejos, muchacho, que no le estás sacando el pan de la boca a nadie.

Luciano tuvo la sensación de que don Antonio había remontado nuevamente vuelo a su orbe y no supo muy bien qué hacer con el silencio que le había dejado. Miró el cristal de las copas, la platería, los platos finísimos, el mantel y las servilletas de lino. Alzó los ojos y trató de imaginarse cómo habría sido aquella sastrería donde había una sección entera dedicada a las robes de chambre de alpaca. Un mundo que, por mucho que mutaba, se negaba a desaparecer. Y detrás, el hambre, la miseria, la sangre de miles de millones de seres humanos que habían vivido o vivían como bestias. Y las decenas, centenas de millones de soviéticos, de chinos, de coreanos sometidos al torniquete implacable de la Revolución. Él, entretanto, tenía la suerte infinita, la suerte inmerecida, la suerte por pura suerte, de haber sido prohijado por un don Antonio rico y generoso que le permitía el privilegio de un suculento banquete. La cuestión era no dejarse tentar, aceptar el trago sin hacerse alcohólico.

-¡Salud, don Antonio, porque algún día comer bien no sea de ricos!

-¡Y cuanto antes mejor, muchacho; salud! ¿Qué querés de postre?

-¿Usted qué recomienda?

-Unas crèpes suzette.

- ¡Non se ne parli più!

-Hablas con inusitado aplomo, muchacho. ¿Vas a decirme que sabés qué son las crèpes suzette?

-Ni idea, don Antonio, pero si las recomienda usted y las hacen en este templo de la gastronomía de Creso, han de ser deputamadre.

-Ya vas a ver, entonces.

El mozo vino empujando una mesita rodante sobre la cual había un mechero y las flambeó in situ para maravilla de Luciano. Estaban exquisitas, con la exacta proporción de azúcar, jugo de naranja, ron y Cointreau. La masa era de una sutileza que nada tenía que envidiar a la de los panqueques del Sáenz Peña, aunque, dada la diferencia de precios, habría debido ser al revés.

-¿Qué tal?

-Simplemente deputamadre.

Don Antonio voló nuevamente a su planeta y retornó para exhumar su aparejo de fumador.

-Te veo y me cuesta creerlo, muchacho.

-¿Qué?

-Que estés casado, que tengas una hija…



-¿Y qué tiene de extraño?

-No, nada, claro; pero no deja de asombrarme que seas el muchacho tímido y acomplejado que entró en aquel bar hurtándole el bulto a la cana y sin un puto mango para tomar un café. Has cambiado mucho… Para bien has cambiado; y yo me alegro más de lo que podés imaginar. ¡La cuenta, si es tan amable!

Don Antonio rechazó la ayuda que le ofreció el mozo y se incorporó en un complicado trabar de músculos. Luciano detuvo un taxi, abrió la portezuela y esperó a que su amigo volviera a recomponerse en su interior.

-Hasta pronto, muchacho. Y un beso enorme a tus dos mujeres.

-¿Y de veras no las quiere conocer, don Antonio?

-No sabés cuánto, muchacho.

-¿Y entonces?

-Entonces algún día. Te lo prometo, pero dejáme elegirlo a mí.






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