Primera parte



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Junio de 1969


Pese a que la fraternal invasión de Checoslovaquia había dividido lo que iba quedando del movimiento comunista internacional, seguía dando la impresión de que, evadido por fin del patio trasero de la URSS tan saturado de chatarra blindada, el magnífico y temible fantasma de la Revolución marchaba transparente y promisorio hacia partes menos mentadas del planeta. Ajena a la suerte contradictoria de los movimientos guerrilleros de Guatemala, Nicaragua, Venezuela, Colombia y el Perú, la Argentina efervescía. Tras los disturbios estudiantiles de Corrientes y Rosario, el 29 de mayo Córdoba se alzaba unánime contra el onganiato. En la Docta había sucedido algo inesperado: la genuina unidad obreroestudiantil hegemonizada por los propios trabajadores. Luciano, como tantos otros, jóvenes y viejos, comunistas y peronistas, radicales y trotzkistas, socialcristianos y socialdemócratas, proletarios o pequeño burgueses, estaba borboteante: había un futuro y, luminoso y sonriente, se avecinaba.

A principios de año la empresa del tío había quebrado de manera algo sospechosa, y Luciano aprovechó para dedicarse seriamente al periodismo. Un camarada de la redacción de Nuestra Palabra, con la cual mantenía contacto pese a que había dejado el periódico casi un año atrás, le presentó a Leónidas Barletta, que lo prohijó y comenzó a darle cada vez más encargos para Propósitos. Barletta le financió también una edición modesta de su primer libro de cuentos y casi llegó a estrenarle una obra en el Teatro del Pueblo. El asunto no prosperó porque Luciano quiso perfeccionar el texto y acabó tirándolo sabiamente a la basura. Escribía mucho, o sea, que iba siendo escritor; no del todo bueno, pero escritor. Había ganado la mitad más difícil de la batalla. Y, por supuesto, no perdía oportunidad de asistir a los tantos conciertos que aquel Buenos Aires regalaba a los oídos de sus muchos y belicosos melómanos. Fue casualmente haciendo cola para una función extraordinaria del Colón como se encontró, al cabo de casi tres años, con Verónica. Ella fue quien lo vio y se acercó a saludarlo. Él, que estaba entre los primeros, la invitó a quedarse. Cuando los demás comenzaron a protestar, la tomó por los hombros, le dio un beso en plena boca entreabierta por la sorpresa y dijo, Es mi novia. Sin saberlo, había dicho la verdad. Ya no se separaron. A Luciano le encantaba Verdi, pero Verónica era fanática incondicional de Wagner. Sus discusiones, en las que Luciano citaba subrepticiamente a don Antonio, eran un jolgorio que siempre terminaba dirimiéndose en la cama. La semana misma del Cordobazo, por cierto, el Colón estrenó un Trovatore de antología. Desde la primera fila del gallinero, Luciano casi no veía sino la nuca de los cantantes. ¡Pero qué cantantes! Carlo Bergonzi, petisito y más duro que una piedra, sí, pero el más extraordinario Manrico después de Del Monaco, o tal vez antes. Leontine Price, hermosa e imponente, una Leonora que no desmerecía a la inigualable Renata Tebaldi, le daba la espalda a Piero Cappucilli, acaso el mejor Conte di Luna de todos los tiempos. Y sin acaso, la mejor Azucena de la historia: Fiorenza Cossotto. Por si fuera poco, para Ferrando el Colón se había traído nada menos que a Ivo Vinco. Desde el foso, Oliverio de Fabritis dirigía una Estable que sonaba como la Filarmónica de Viena. Y haciendo olvidar a todos de todo, la tierra, el agua, el aire y el fuego de ese Verdi que era una fuerza de la naturaleza.

A la salida, muerto de leticia pero también de hambre, excepto que con las monedas contadas, Luciano decidió poner proa hacia Corrientes en busca de Güerrín para irse a la cama con Verdi en el corazón y un par de buenas porciones de pizza en el estómago. No había dado el primer paso cuando oyó una voz que lo llamaba:

-¡Muchacho! ¡Muchacho! ¡Mirá qué casualidad, carajo! ¿Así que vos también conseguiste tu entrada? ¿Qué me decís de este Trovatore? Creeme; te lo digo yo que lo he visto en La Scala, la Ópera de París, el Metropolitan y Covent Garden, el mejor, de lejos. ¡Qué maravilla! Pero no nos quedemos papando moscas que me muero de frío. Vení, te invito a cenar a La Emiliana. Vas a probar unos canelones de choclo dignos de terminar esta velada. Y de paso lo homenajeamos al maestro Verdi con el sincretismo ítalo-colla. ¡Taxi!

En realidad, había decenas de melómanos para disputarse los ocho o diez taxis que atinaban a bajar por Cerrito en ese momento, pero estaban todos tan extasiados que dejaron que Luciano se adueñase de la portezuela y la abriera para que don Antonio se acomodara en un acto de diez o doce cuadros.

-Me va a perdonar, pero vamos acá nomás, a La Emiliana.

-No se haga problema, don, que los dejo y vuelvo. Esto da para rato. Parece que estuvo lindo ¿no? ¿Va a creer que yo nunca estuve en el Colón? Y no que no me guste la música clásica, ¿vio? Porque a mí los valses de Estráus y todo eso me gusta mucho. Pero, no sé… como dicen que la ópera es toda cantada… y además dura como cinco horas, ¿no? Yo soy más bien tanguero. Usté me da un fuelle bien pero bien llorón y yo le regalo la orquesta y todas las gordas; qué quiere que le diga, don.

-Mucha gente en la calle, ¿eh?

-Esta ciudá es así, don, se lo digo yo que me paso horas arriba de este tacho. No va a aflojar hasta las cinco de la mañana. Y no vaya a creer que solamente en el centro, ¿eh? También en los barrios. Los grandes, los viejos, las criaturas… Y mire que está haciendo frío.

-¿Y el trabajo bien?

-Se va tirando, don. Pasajeros no faltan. Claro que con los aumentos… Pero uno ya está acostumbrado, ¿vio? Yo, la verdá, no me puedo quejar. Laburo como un buey, es cierto, pero porque tengo que terminar de pagar el coche, que es nuevo, no sé si se fijó; y la olla la paro, y mis pibes van a la escuela, y mi señora no tiene que laburar así que me los educa bien… En este país el que trabaja vive bien. Y comer, comen todos, porque con la pampa que tenemos tiramos una tuerca y crece un bulón. Acá el que no come es porque no quiere o tiene úlcebra, se lo digo yo que desde el tacho se ve el país mejor que desde el aire.

-¿Y los milicos no lo joden?

-¡No, qué van a joder! Ellos están en la suya. A veces pegan un palo de más, pero al país lo están manejando bien. Y si no, mire toda esa gente, o míreme a mi, o mírese usté mismo, don. Tan mal no estamos, ¿no?

-Bueno, a mí me vendría bien tener para comer algo más que una pizza…

-¡Entonces en vez de ir al Colón andá a Pippo, que con trescientos pesos te morfás un bife de chorizo de ensueño! Perdonáme la franqueza, pibe, pero ustedes los jóvenes de hoy, sobre todo los estudiantes, tienen la cabeza llenas de esas ideas que les meten. Te lo digo yo, pibe, conseguite un buen laburo; un laburo de verdad que en este país es lo que sobra y te juro que vas a morfar como un hipopótamo.

-Bueno, pero si estuviéramos tan bien no habría pasado lo que acaba de pasar en Córdoba.

-Yo cómo estarán las cosas en el interior no sé, pero acá en la Capital tan mal no están. Además, mirá lo que te digo, pibe, están los comunistas, que siempre aprovechan para avispar el avispero. Porque yo te digo una cosa: yo vi las manifestaciones y los quilombos por la tele y cuando pasaban las villas era como las de aquí; no hay rancho que no tenga antena de televisión. Si les alcanza para un televisor les tiene que alcanzar para morfar, ¿no? Mira pibe, el día que los argentinos nos pongamos a laburar en serio en vez de hacer huelga por cualquier cosa, ese día nos vamos para arriba. Espere, don, que lo dejo justito en la puerta.

Luciano salió por su lado y corrió a abrir la portezuela a don Antonio, que sin mirarlo comenzó a desovillarse vértebra por vértebra. Entraron en el vasto salón de altas columnas y una interminable bacanal pareció estallarles en los ojos y los oídos. Parejas. Matrimonios con tres o cuatro hijos. Mesas de diez o doce amigos. Y hasta una interminable que parecía un ciempiés de patas antropomorfas. Risas torrenciales, conversaciones desbordantes, discusiones a viva voz, niños regañados por negarse a terminar los ravioles o por haberle robado una papa frita a la hermana pertrechaban la guerra de decibeles. Las escuadrillas de mozos hormigueaban con sus bandejas como prótesis cargadas de viandas humeantes o montañas de sobras. El restaurante estaba literalmente repleto y varios grupos de aspirantes a comensales aguardaban apostados en puntos estratégicos entorpeciendo las incursiones de los camareros y estorbando la gesticulante y ajetreada manducación de los parroquianos. Por fortuna, en ese instante se desocupó una mesa a la entrada. Luciano se abalanzó a ocuparla por delante de una parejita que obviamente hacía rato que esperaba. El chico ya lo iba a increpar cuando ella advirtió la figura oblicua de don Antonio y le hizo señas de que lo dejara pasar.

-Perdonáme, flaco, pero mi amigo no puede con su alma. Te debo una.

-No te calentés. Mi viejo también camina con bastón y yo habría hecho lo mismo. Tranquilo. Buen provecho.

-Se lo agradezco de todo corazón, joven. ¡Mozo! Cuando estos chicos consigan mesa, el vino -porque van a comer con vino, ¿no?- me lo pone en mi cuenta.

-¡No hace falta, señor!

-No me prive de mostrarle mi gratitud, joven. Tómelo como mi homenaje a la señorita. Vea que si no acepta, me va a hacer cenar con culpa. Y, por favor, elíjase una buena botella.

Don Antonio se sentó en varias etapas sin hacer caso de Luciano, que le había corrido la silla y luego la mesa para que le quedara a una distancia cómoda.

-¿Por qué le dijo eso al pibe, don Antonio?

-¿...?


-Si usted no le ofreció el vino para comer sin culpa.

-No, no fue por eso, sino para hacerle más fácil aceptarme la botella delante de la chica, que no sé si te fijaste, no era su novia... en todo caso no todavía. De yapa va a poder lucirse con un vino que no se podría costear. Creo haber aportado mi granito de arena al feliz desenlace de esa cita, muchacho.

-¡A usted no se le pasa una, don Antonio!

-No vayas a creer, pero en todo caso pocas, ¡lástima que sea tan tarde!

El mozo se acercó esmirriándose entre el caos de sillas, la bandeja en alto como si fuera la antorcha de la Libertad.

-¿Y qué comemos esta noche?

-Mire. Para empezar, unos matambritos. Y después canelones de choclo con salsa blanca y al filetto, así probamos las dos.

-¿Y que vinito tomamos?

- Ábranos un Perpignan.

-Ese sí que nos va a caer macanudamente. ¿Nos servimos agua?

-No, que me bañé el jueves.

-Hacemos marchar, entonces, dos matambritos y dos canelones mixtos. Ya mismo traemos el vinito.

-¿Y qué ha sido de tu vida? Sé que has empezado a hacerte no exactamente famoso, como querías.

-¿Leyó mi libro, entonces?

-Leí tu libro, entonces.

-¿Y?


-Bien.

-¿Bien y punto?

-Y punto. Pero ya te va a salir muchísimo mejor. Vas por buen camino. Tenés pasta de cuentista, muchacho. Pero contáme, ¿qué otras novedades?

-Desde que largué la Facultad me dedico a escribir. Bueno, a eso me dedico pero no vivo de eso…

-¿Y de qué, entonces?

-Básicamente de changas. Barletta me paga cuando puede lo que puede. Doy clases de inglés, escribo para diarios del interior… usted sabe.

-¡A ver qué nos parece este vinito!

-Probálo vos, a ver si te acordás. Sírvale al pibe.

Luciano cumplió meticulosamente con el ritual. Cuando por fin se llevó el rubí a los labios, sintió la templada inundación. El Perpignan parecía vicario de viejos cascos de roble que habían enviado por su intermedio muestras de su sabor y su textura. Al tragarlo, pasaba acariciando suavemente la garganta como doncella que quiere llamar discretamente la atención del caballero rozándole apenas la mano.

-¿Y?


-¡Magnífico!

-Hablá con precisión, muchacho.

-¡Deputamadre!

-¡Así está mejor! El vocabulario del gourmet ha de ser un carcaj de certeros dardos.

-Mejor saetas.

-¿...?


-En el carcaj. No sé en qué se llevan los dardos, pero para mí que el carcaj es para flechas, solo que saetas queda más paquete.

-¡Muchacho, me apabullás!

-Aquí tenemos los matambritos.

Las rodajas de matambre estaban perfectas. La carne apenas tibia, con su tenuidad exacta, la espinaca y la zanahoria en su justo punto, el queso apenas presente, el huevo perfectamente funcional y el aderezo de sal, pimienta, orégano, azúcar y vinagre, quirúrgicamente dosificado.

-¿Qué te pareció Il Trovatore, muchacho?

-¿Qué quiere que le diga, don Antonio? Yo es la primera vez que lo veo en el teatro, pero me lo conozco de memoria, y le digo que a mí también me pareció mejor que todas las versiones que he escuchado.

-¿Y cómo hiciste para conseguir la entrada?

-Estuve haciendo cola desde las cinco de la tarde del domingo hasta las diez de la mañana del lunes.

-Se ve que sos un verdiano de ley. Es la única manera: verdiano, como tanguero, ¡se es de ley o no se es, carajo! ¿Así que sos capaz de pasarte la noche haciendo cola para dos horas del Maestro?

-O de cualquier otra cosa que valga la pena. Dentro de unas semanas me aguarda otra amansadora para escucharla a la Sutherland en Norma.

-¡Lástima que dirija el gaznápiro del marido! Pero al menos te vuelven a tocar la Cossotto y Vinco. Aprovechá bien, porque si el país sigue así, estos elencos no los vas a ver nunca más, y mucho menos el mismo mes.

-¡Cuidado con las fuentes que queman!

El relleno de maíz se decantaba por un lado hacia una papilla sutil y por el otro se deshacía en esporádicos granos casi inconsistentes. La pasta era tan delgada y liviana que había que hacer un esfuerzo de concentración para detectarla entre la lengua y el paladar. La salsa blanca, apenas llovida de nuez moscada y que en la chamuscada parte superior imitaba el lustre pardo del caramelo, se sonrojaba milímetro a milímetro a medida que se acercaba al canelón vecino. El filetto, por su parte, iba desempalideciendo hasta ponerse encarnado.

-¿Y en el frente sentimental?

-De novísimo.

-¿Con quién?

-Adivine.

-¡No me vas a decir que con…!

Ella! Con ella, don Antonio, Verónica, la mina que me tenía a maltraer cuando nos conocimos. Es de no creer, ¿no?

-Pero yo sí lo creo. Y me alegro mucho. Contáme más.

-Bueno, por lo pronto ya sé cómo le huele la piel.

-¿Y?


-Huele que muy pero muy bien. ¿Quiere más datos?

-No, muchacho, que me vas a hacer morir de envidia. Contáme mejor cómo te sentís, qué planes tenés…

-Queremos irnos a vivir juntos, don Antonio, pero no es tan fácil. Usted sabe cómo son las cosas. De últimas nos casamos. Yo no tengo dudas.

-¿Y ella?

-¡La pucha que usted no afloja, don Antonio! No, ella tampoco… creo.

-¿Y cómo es?

-Es una mina de ley, don Antonio; buena, inteligente, inquieta, con un fenomenal sentido del humor. Y melómana. Le gustan los mismos músicos que a mí, sobre todo… ¡adivine!

-Francesco Giuseppe.

-El mismo. La he hecho una haydniana empedernida. Y también se lo debo a usted.

-Se lo debés a Haydn, muchacho.

-Claro que no todo es paz y armonía…

-¿…?


-Le encanta Wagner.

-La mujer perfecta no existe, muchacho. Y hablando de Roma, ¿a qué se debe la conspicua ausencia de la señorita?

-No está en Buenos Aires. Si no, ni en pedo habría venido a ver esta maravilla yo solo.

-¡Estás enamorado, muchacho!

-Y otra cosa que tenemos en común es la ideología, don Antonio…

-¡Esa compatibilidad sí que cuenta mucho más que la acústica! A ver, contáme.

-Bueno, ella también milita en la Fede. Es la Secretaria de Prensa de la Facultad.

-¡Caramba, tan joven!

-No me cargue, don Antonio. Yo sé que usted está a la vuelta de todo, pero, con su permiso, Verónica y yo y los demás compañeros estamos de ida.

-¿De ida adónde, seré curioso?

-De ida a la vida, don Antonio, hablemos en serio, por favor.

-Atribuílo a la conjunción lírico-etílica. No me hagas caso. Seguí.

-Sigo si me promete que me va a escuchar con el respeto con que yo lo he escuchado siempre a usted. Si no, cambiamos de tema y chau.

-Tenés toda la razón, muchacho. Perdonáme.

-Bueno, eso… Nos llevamos bien, estamos bien juntos, nos gustan las mismas cosas, creemos en las mismas cosas, y queremos luchar juntos por las mismas cosas.

-¿…?


-Un mundo mejor para todos, un mundo mejor para nuestros hijos.

-¡Salud muchacho! ¡Por vos, por ella, por el mundo mejor que se merecen y por el que luchan!

-¡Salud!

Don Antonio se quedó callado unos segundos, como si lo hubiesen llamado sorpresivamente de su planeta. Cuando regresó, tenía una mirada más triste.

-Te envidio, muchacho.

-¿A mí? ¿Por?

-Por estar enamorado. Por estar de ida. Por creer que el mundo mejor está al alcance de tu mano.

-Yo no creo tal cosa, don Antonio.

-Sí, muchacho, la creés. De veras creés que el mundo va a cambiar para mejor en vida tuya. En fin, ya te vas a enterar. Lo que importa no es cómo te vas a sentir cuando llegues. Lo que importa es la dignidad con que vayas.

-¿…?


-No me hagas caso. Yo me entiendo.

Los canelones sirvieron de pretexto al nuevo silencio.

-Don Antonio.

-¿Muchacho?

-¿Qué piensa del cordobazo?

-Un gran paso, sin duda, que, como tantos otros antes y después va a quedar en la nada. No. Me corrijo, no es que vaya a quedar en la nada, sino que va a tener consecuencias poco perceptibles a la larga. Creeme, en este país, como en el mundo, el capitalismo, cochino como es, tiene para rato.

-¿Sabe lo que pienso a veces? Que con gente como usted, no habría habido revoluciones.

-Con gente como yo las revoluciones habrían sido mejores. Antes de intervenir activamente en la Historia -gran hija de puta, no lo olvides nunca-, tenés que estar razonablemente seguro de que no va a ser para peor; mucho más razonablemente de lo que ha sido el caso hasta ahora. Sé lo que te digo, muchacho, he visto demasiada miseria humana. He creído demasiadas mentiras; he visto dioses y diablos donde solo había hombres... en parte engañado y en parte porque quería dejarme engañar. La fe es una cosa jodida, muchacho, porque solo puede ser ciega. Sobre todo su manifestación más irracional: la idolatría. Los miles de miles de seres humanos que se gastan un dineral que no tienen para sudar la gota gorda dando vueltas alrededor de la piedra negra en la Meca o apelmazarse haciendo el agosto de los vendedores de chucherías en la Plaza San Pedro para ver a un alfil enjoyado, las centenas de miles que lloraron en los entierros de Evita y de Stalin, todos ellos obedecen al mismo motor psicológico, y yo empiezo a convencerme de que ese motor es mucho más determinante de lo que hemos creído los que creíamos haber domado a la guacha de la Historia.

-Aun así, no me va a decir que es el contenido es el mismo, don Antonio.

-No. Se parece peligrosamente, pero no es el mismo. Hay diferencias entre las iglesias, el populismo fascista y los partidos revolucionarios. La fe religiosa se tiene y chau. El populismo fascista termina por frustrar las esperanzas de las masas que ha logrado embaucar y tarde o temprano tiene que elegir entre mostrar a los cuatro vientos a qué clase verdaderamente sirve o dejar de ser; como le pasó a Perón. La gran diferencia entre la fe religiosa y la fe en el socialismo, en la Revolución, es que la nuestra quiere, en el fondo, ser corroborada. Los marxistas de veras no tenemos un Dios omnisciente y omnipotente a quien nos neguemos a pedir cuentas. Y por eso somos tantos los que hemos tenido que aprender a vivir sin ella. Los que necesitaban una fe a cualquier precio la han trocado en religiosa, que no reclama garantías empíricas. A esos los comprendo todavía menos. ¿Cómo hacen para creer en un Dios bondadoso? ¿Qué pruebas tienen de esa bondad frente a la evidencia atroz de su perversidad sin límites? Todo el mundo animal es una carnicería interminable, y nosotros, la especie privilegiada, dejamos muchísimo que desear. Sin embargo, ahí los tenés. Se hunde el Titanic, mueren mil quinientos pasajeros, se salvan setecientos y eso es prueba de la bondad del Ser Supremo, que, por cierto, creó el iceberg y lo puso donde estaba... para no hablar de Auschwitz. ¡Y esta gente se atreve a condenar a Stalin! En fin, que unos pierden la brújula y otros la cambian por una enloquecida. Pero no me hagas demasiado caso. Yo estoy quemado. Este soldado ya no sirve para la guerra. Vos, en cambio, sí. Pero ¡tené cuidado!

-¿Cuidado de qué?

-De perder de vista la realidad, de creer que el hombre es mejor de lo que parece. No lo es, como tampoco es peor. Ni vos ni yo somos tanto mejores o peores que la especie. Más lúcidos, nomás; muchísimo más lúcidos. Nunca pierdas esa lucidez. Y no te pierdas de vista. Yo no creo en los santos ni en los mártires. Hay gente que cae en combate, pero eso no es ser mártir. Ser mártir es otra cosa. El mártir religioso es el masoquista transitorio que, en el fondo, cree estar haciendo buen negocio con su sacrificio, cambiando unos instantes de dolor por toda una eternidad de bienaventuranza en el cielo y, quién sabe, de gloria en la tierra. El mártir revolucionario, es cierto, no cree en el más allá, pero se complace en el martirio. Mala cosa el masoquismo revolucionario, porque se transforma raudamente en todos sus contrarios: el sadismo revolucionario, el sadismo contrarrevolucionario y el sadismo de ultraizquierda.

-No se vaya a ofender, pero a mí me parece que usted mezcla demasiado la psicología de diván con la política. Que los pequeños burgueses tengan todas las taras que usted pinta no lo niego, pero no creo que con esa gota de barniz se pueda pintar a la humanidad entera.

-¡Vaya uno a saber, muchacho! Pero importa poco. Esa gota de barniz sobra para pintarnos a vos, a mí y a todos los amigos y enemigos que conocemos, porque esa es nuestra clase y yo no creo, te digo, que sea tan fácil emanciparse de ella. Podrás pelear sinceramente contra sus intereses y firmar sin que te tiemble la mano la confiscación de tus propios bienes, pero la ideología de clase, muchacho, o, peor, la sensibilidad de clase, es como la sombra: cuando no la ves, es porque estás parado encima.

-Usted sabrá por qué lo dice, don Antonio.

-No te quepa la menor duda.

Luciano se retrajo a un mutismo filoso.

-¿En qué te has quedado pensando, muchacho?

-En que usted habla de la historia como habla de Dios.

-¿...?


-Usted, que se dice ateo, habla de Dios como si existiera, Salvo que en vez de hablar con reverencia, unción o temor, como los creyentes normales, habla con bronca. Como si de veras existiese, pero fuera un atorrante decidido a cagar a la humanidad.

-¿Y entonces?

-¿No ve que, igualito que los creyentes, solo que al revés, le pone en las manos las riendas de todo lo que pasa; que lo usa un poco para echarle culpas que o las tienen los demás, o las tiene usted mismo, o no las tiene nadie?

-No se me había ocurrido, pero es muy probable que tengas razón.

-Pero eso no me parece lo más jodido, don Antonio. Lo más jodido es que usted también habla de la Historia, así, que parece que la dijera siempre con mayúscula, como si fuera Dios, como si fuese una voluntad misteriosa y terrible y no simplemente lo que han hecho o hacen los hombres.

-Tenés toda la razón. Pero en este caso creo ser más coherente que con Dios. Porque para mí la Historia no es más que una metáfora, o, en todo caso, una manera taquigráfica de significar lo que los hombres terminan haciendo por mucho que hayan empezado queriendo hacer otra cosa. Poné “inconsciente colectivo” en vez de “Historia” y vas a ver como la cosa empieza a lucir menos fetichista.

El mozo acudió a recoger los platos e indagar si querían postre.

-Dos mousses de dulce de leche, por favor.

-¿Sabe una cosa, don Antonio?

-…

-Me empieza a hacer mal hablar con usted. No lo digo para ofenderlo, créame, pero usted me saca fuerza.



-No es lo que querría, muchacho, te lo aseguro. Yo quiero simplemente abrirte los ojos. Yo no te digo que no te metas a pelear por lo que creés, por la justicia, por la dignidad de todos que es, por último, la dignidad de los más pobres y marginados. Pero sí te digo que te metas con los ojos bien alerta, que no dejes que te vendan ningún buzón, y, sobre todo, que no ansíes comprarlo. Nunca renuncies a tu propio juicio. Nunca aceptes ninguna verdad revelada. Por la sencilla razón de que no las hay. Acordáte de lo que decía Gide: creer en los que buscan la verdad y desconfiar de quienes digan haberla hallado. Porque, si no, lo vas a pagar carísimo. Yo sé, como vos decís, por qué lo digo.

-¿Cómo se hace para ganar, qué digo ganar, pelear una guerra con un ejército de Descartes concentrados en su ombligo? Llega un momento en que o se impone la disciplina y se obedecen las órdenes o se pierde todo.

-Llega, muchacho; por desdicha llega, y llega seguido.

-¿Y ahí?


-Ahí no hay más que dos: hacer de tripas corazón o desertar.

-¿Y usted qué recomienda?

-Depende. Depende de la guerra, de por qué, contra quiénes y junto a quiénes se pelee. Lo más fácil de identificar es el enemigo. A mí me han desilusionado o traicionado absolutamente todos, menos el enemigo. ¡Gracias a los Dioses por el enemigo, muchacho, porque, a la postre, es el único que nos permite ver de veras quiénes somos!

-¿Y quién ha sido su enemigo, don Antonio?

-El mismo de ahora, muchacho; el tuyo: la explotación del hombre por el hombre, putísima madre de todas las injusticias.

-¿Y cómo lo combate?

-Ya te dije. Como puedo, que no es gran cosa.

-Y el día de la guerra, don Antonio, ¿qué va a hacer?

-Chapar un fusil, espero.

-¿Para quedarse mirándolo mientras sopesa variables dependientes o para disparar?

-Para disparar sopesando variables, muchacho. Nunca hay que dejar de sopesarlas; ni mientras devolvés el fuego.

-Hmmm…


-Ya lo sé, muchacho. No sería el mejor soldado. No hay peor soldado que el soldado que piensa.

-¿A usted le parece que el Che no pensaba?

-Muchacho, yo no me aparto de que cada tanto aparezca, en realidad, algún que otro aparente santo; como el Che, sin ir más lejos…

-Vea, don Antonio, y perdóneme, pero yo al Che lo respetaría…

-¿Y dónde le estoy faltando yo el respeto?

-Bueno, no sé, pero…

-Mirá, muchacho, vos no tenés idea de la admiración y reverencia que yo siento por el Che. Pero desconfío de la variante mesiánica y hagiográfica. Solo la Iglesia tiene profetas, santos… y mártires.

El mozo trajo los postres, que los amigos saborearon callados.

-¿Qué tal tu viejo, muchacho?

-Ahí anda. Igual que siempre. Lo veo poco.

-¿La conoce a ella?

-Sí.


-¿Y?

-Y nada. Le cae bien, claro, como milita en la Fede y es casi tan sectaria como él...

-Esa no me la habías contado...

-¡Uy! Al lado de Verónica mi viejo es Gramsci. Pero ella es sectaria sin ser dura, no sé si me explico. No hace concesiones cuando discute, pero sabe escuchar, y es muy buena para comprender a la gente. Es más, creo que lo del sectarismo es una especie de coraza que se pone para que no se le note demasiado el corazón de mina capaz de llorar con el radioteatro de Nené Cascallar. El hecho es que al viejo ella le cae bien. Lo cual tiene la enorme desventaja de que no para de decirle que soy un boludo, que me tiene que enseñar a ser revolucionario y demás lindezas por el estilo.

-¿Y ella qué opina?

-Un poco como usted. Me defiende con uñas y dientes...

-¡Bien hecho! ¡Buena mina!

-Y al viejo no lo quiere. Si no fuera por ella, en una de esas yo lo vería más seguido.

-¿Y con tu vieja cómo se lleva?

-Casi no se lleva. La vieja no para de hablarle de trapos. Verónica le sigue la corriente por pura urbanidad… y también porque le tiene un poco de lástima. Le diría incluso que la acepta más a ella que al viejo. Pero tampoco le tiene demasiada paciencia. No me lo dice, pero creo que no les termina de perdonar cómo han sido conmigo.

-Me alegro de que tengas una mujer que te valore y te defienda muchacho. Ojalá que ese espejo te sirva mejor que el de tu viejo, porque ese sí que te refleja como sos.

-¿De veras lo cree?

-¡Pero carajo! ¿Te das cuenta de lo que estás haciendo? Me estás pidiendo una segunda opinión respecto de la de tu mujer. ¡O sea, que en el fondo no le creés! ¿Y si yo te dijera que francamente no me parece que tenga razón, que o es una pelotuda que no ve nada o te miente para que no sufras? ¿Ahí me vas a creer a mí en vez de a ella?

-No... es que...

-¿Sabés por qué el juicio de ella no te sirve muchacho? Porque a vos simplemente no te sirve el juicio de los que te quieren. Para vos, los que te quieren o no saben juzgar porque te quieren o, porque te quieren, son demasiado indulgentes.

-Bueno, pero usted dice que me quiere, y encima me lo demuestra, ¿no?

-Ah, pero es que a mí no me preguntás porque te quiero...

-¿Sino?


-A mí me preguntás porque soy lo más parecido a tu padre a quien le podés preguntar. Y lo peor es que si te digo lo que te dice tu mujer, entonces no me creés. Pero no es eso lo que importa. Lo que importa y es una gran pero gran pena es que el que sale perdiendo siempre sos vos. Tenés que hacer tu XX Congreso, muchacho. Tenés que hacerlo urgentemente.

Luciano calló y se retrajo. Don Antonio lo aguardó unos instantes, mientras aprovechaba para cargar cariñosamente la pipa. Cuando la hubo encendido, y viendo que su compañero no retornaba, lo llamó.

-¿Y qué estás escribiendo?

-Cuentos. Pero no abandono la esperanza de la novela. Lo que pasa es que no me sale. No llego a encontrar la famosa piedra angular.

-¿Y qué piedra es esa que no podés encontrar?

-Si lo supiera, es porque le habría encontrado.

-¡La pucha con esa subordinada, muchacho! Probá con “si lo supiera es porque me ha venido”.

-A veces pienso que en vez de prestar atención a lo que quiero decirle usted se queda analizando la superficie.

-La pericia a la hora de montar la superficie, es la que, a la postre, distingue al escritor del hablante de a pie, muchacho.

-No se me vaya a enojar, don Antonio, pero hay momentos para todo. Hay momentos en que corregir una subordinada es casi insultante.

-Tenés toda la razón muchacho. Disculpáme. Francamente no sé qué me pasa. Debo haberme puesto de pésimo humor y no llego a darme cuenta.

Don Antonio hizo un mohín y se marchó a su planeta como para rendir cuentas.

-No me vas a creer, pero creo que me da bronca envidiarte. Tenés algo que yo quisiera tener. Algo que, para peor, tuve y he perdido.

-¿..?


-Mejor lo dejamos aquí, muchacho. No me siento bien. ¡La cuenta, por favor!

Don Antonio fue despegándose fatigosamente de la silla. Luciano lo observaba atento a cualquier amague de desequilibrio. Salieron a Corrientes coincidiendo con un taxi que depositaba su hambrienta y lenguaraz carga de noctámbulos. Luciano retuvo la portezuela y aguardó a que don Antonio se rebobinara en el interior.

-Estuve como el culo, muchacho, perdonáme.

-No es para tanto, don Antonio, pero dígame ¿cuándo lo vuelvo a ver?

-Un día de estos, muchacho. Ya ves que no podés deshacerte de mí así nomás.

-Pero don Antonio…

-Hasta la próxima, muchacho. Y le das un beso a Verónica de mi parte. Decíle que te envidio a vos y la envidio a ella. Adiós. ¡Vamos, chofer!

Luciano se quedó un largo rato viendo desaparecer el taxi Corrientes abajo. Por primera vez sintió que se conmiseraba de su mentor. Debía ser difícil llegar a esa edad solo y casi desvalido. El descubrimiento lo dejo atónito: don Antonio era un desdichado. Un desdichado de lujo, pero desdichado al fin.





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