Primera parte



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Octubre de 1968


Mayo fue el mes de las ilusiones perdidas. El PC francés se quedó estultamente al margen de la revuelta estudiantil y con ello el Primer Mundo íntegro vio alejarse definitivamente el quimérico tren de la revolución proletaria. Pero el golpe de gracia vendría tres meses después, cuando los tanques soviéticos -y polacos y húngaros y alemanes y búlgaros, pero poquitos- hicieron añicos la Primavera de Praga. Por más que el capitalismo no cejaba en mostrar inequívocos síntomas de agonía, el sueño de Marx no hallaba cómo verificarse, y el magnífico fantasma dejaba de recorrer Europa para emigrar al trópico subdesarrollado, donde le daba contradictoria caza medio centenar de movimientos guerrilleros y algún nacionalista momentáneamente triunfante que terminaba invariablemente muerto; solo, como Násser, o con ayuda, como Lumumba y Kassim; defenestrado, como Nkrumah, Sukarno y Ben Bella, o corrupto, como Sekou Touré, Saddam Hussein, el príncipe Sihanouk y todos los demás sobrevivientes del proceso de descolonización. Como fuera, al tiempo que Cuba, bloqueada y proscrita, buscaba vanamente la tercera posición entre la URSS post-stalinista y la China de Mao con su espeluznante Revolución Cultural Proletaria -tres embustes en sendas palabras- que desgarraba la lucha antiimperialista, los movimientos populares anticoloniales peleaban como leones contra el imperio portugués, el régimen de Ian Smith en Rhodesia, la ocupación de Namibia y el apartheid. Los demás, muchos encabezados por partidos comunistas numerosos y aguerridos, se batían contra las dictaduras despiadadas de los coroneles griegos, Franco, Salazar, Suharto, Somoza, Stroessner, Trujillo, Castelo Branco y tantos otros. Y en medio del maremágnum geopolítico, vanguardia, ejemplo y esperanza de todos, los minúsculos vietnamitas resistían con cañas de bambú el napalm imperial de los yanquis.

En julio Luciano ya no regresó a la Facultad. El tío le ofreció un puesto de representante de su empresa de artículos de librería. El sueldo, sin ser alto, era más de lo que el sobrino estaba acostumbrado a esperar y, además, como tenía que visitar clientes por casi todo el país y era poco dispendioso por parte de padre, los viáticos ayudaban bastante. Su afición por la música crecía. Con el poco dinero que le sobraba seguía armando su lenta y amorosa discoteca de a uno o dos álbumes por mes, que cuidaba como si fueran joyas y escuchaba embelesado en su obsoleto pero leal Winco. La ópera la fue conociendo de domingo en domingo por Radio Nacional y trepando, cada vez que se le presentaba la oportunidad, al paraíso del Colón. Se había hecho también habitué de los conciertos gratuitos de la semana. Sus días favoritos eran los miércoles: música de cámara en la Facultad de Medicina y los jueves: Sinfónica de LRA en la Facultad de Derecho. Trataba, también, de no perderse ni uno de los recitales de la flamante Camerata Bariloche y hasta ahorró unos pesos para llevar a una chica, con la cual se puso de novio a raíz de esa salida, a ver el café concert de unos dementes salidos del Coro de la Facultad de Ingeniería que se burlaban de la música seria haciendo la más seria de las músicas y que se habían autoproclamado Les Luthiers. Los viajes le sirvieron para ir expandiendo y profundizando sus lecturas y -¡oh sorpresa!- para escribir. Casi sin darse cuenta empezó a hacerlo asiduamente, empeñando ingentes esfuerzos porque los zangoloteos del vagón o del ómnibus no le desfiguraran la letra allende el siempre inminente límite de la inteligibilidad.

Claudia trabajaba en el quinto piso de un edificio de Independencia al 1700 y de allí salía Luciano hacia las once de la mañana cuando reconoció la voz.

-¡Muchacho! ¡Muchacho!

Don Antonio le hacía señas desde la ventanilla de un taxi.

-¡Don Antonio! ¡Qué alegrón!

-¡Menuda sorpresa, muchacho! ¿Qué andás haciendo por estos pagos?

-Vengo de visitar a una noviecita que me he agenciado.

-¡Caramba, muchacho, te felicito! ¿Así que has salido eróticamente de pobre?

-Solo hasta cierto punto.

-Bueno, pero subí que te invito a almorzar. A Yrigoyen y Sáenz Peña, pero hágame un favor, dé la vuelta a la Plaza Congreso.

El taxi bajó por Entre Ríos. Al llegar al Congreso, don Antonio le pidió que aminorase la marcha.

-Le pedí al chofer que diera esta vuelta para mostrarte un par de cosas de mi Buenos Aires querido. Fijáte en la pareja de lansquenetes siempre a punto de darle al campanón en ese edificio de Rivadavia entre Rodríguez Peña y Callao. El par original observa de reojo desde hace cinco siglos la Catedral de San Marcos en Venecia. Si mirás para la plaza vas a ver El Pensador, de Rodin… Prestá atención a los vitrales art decó de El Molino. De estos lugares van quedando poquísimos: La Ideal en la calle Suipacha, la Richmond en Florida, el Tortoni en Avenida de Mayo. Nos están destruyendo a Buenos Aires, muchacho. Yo cuando puedo aprovecho para mirarla bien, porque nunca sé si no será la última vez que vea cierto café, determinado edificio, tal o cual estatua. Han tirado abajo mil joyas insustituibles. Han derruido el Palacio de Ridder para erigir un rascacielos y con eso cagaron de un plumazo la calle más hermosa de la ciudad. Si te descuidás, un día nos habrán dejado sin Corrientes, sin Lavalle y sin Florida.

-Usté es de mi generación, maestro. Yo a esta ciudá me la conozco como a mi propia casa, creamé. Y lo que dice tiene razón; la están haciendo trizas. Con cualquier pretesto tiran abajo un edificio de los viejos y levantan una porquería. Esta gente no tiene respeto por nada. ¡Usté no sabe la amargura para un porteño de ley como es uno ver cómo cada día falta algo más! Yo, en serio le digo, es como si el cuore se me estrujara como un bandoneón.

-Y fuera de eso, ¿cómo anda la cosa, chofer?

-Más o menos, pero en general bien. Hay que laburar, claro, pero vivir, se vive.

-Y de los milicos, ¿qué me cuenta?

-Vea, don, yo en política no me meto. Yo laburo y dejo laburar, vivo y dejo vivir. Sí todos haríamos así, este país tendría menos problemas. Eso sí, las cosas como son, porque los milicos serán milicos, pero saben gobernar mejor que los políticos, creamé lo que le digo. ¿Se acuerda de la inflación que había? ¿Se acuerda del dólar que parecía que siempre se volvía loco? Bueno, esta gente puso orden y ahora no tenemos ni el diez por ciento de inflación, tenemos hasta superavis como de doscientos millones de dólares en la balanza de pagos, están haciendo el túnel con el Uruguay, el puente sobre el Paraná, ¿vio?, las centrales nucreales y qué se yo cuántas cosas más… ah, y los puentes de Juan B. Justo y Saavedra, el túnel de Avenida del Libertador… ¿Usté sabe cuánto hace que los tacheros estábamos esperando que un día algún gobernante se despierte y haga esas obras? En este país no se hacía nada desde Perón. Además, le digo francamente, con los bifes que tenemos -porque en este país haberá pobreza en las provincias, no me aparto, pero hambre no va a haber nunca-, acá el que protesta es o porque está chinchudo por algo que no tiene nada que ver o porque tiene envidia o porque no quiere laburar. Diga que los argentinos somos tan pero tan pelotudos que siempre estamos quejándonos, que si no, ¡otra que Alemania o Norteamérica! Espere que se vaya ese otro tacho y los dejo justito en la puerta. Aquí tiene, hagamos quinientos, nomás, que si no me quedo sin cambio.

Don Antonio emergió a la intemperie tras una serie de engorrosas diligencias musculares. Luciano lo aguardó atento y caminó discretamente a su lado hasta la puerta del restaurante.

-¡Cómo le va, don Antonio!

-¡Qué contás, Simón!

-Veo que trajo otra vez al pibe. ¿Y? ¿Va aprendiendo?

-Ya mismo lo vamos a averiguar.

Simón le corrió la silla y don Antonio fue depositándose en ella músculo a músculo.

-¿Dos Gancias y un poquito de provolone?

-Signorsì! ¿Hay codornices o el Tano sigue engañando suciamente a su desprevenida clientela?

-Hay, don Antonio, claro que hay.

-¡“Claro” las pelotas!, pero igual ya mismo nos las hacés marchar. Pero las compartimos. Las codornices de este país son veros ñandúes, muchacho; nada de la exquisita mariconada que morfan en el Viejo Contiente. Y le decís al Tano que ponga todo el esmero que se ahorra en pulcritud preparándonos un par de corvinas a la vasca. Ah, y para tomar, un Castel Chandón.

Simón surcó el firmamento trayendo batidos, cuenco, queso, aceite y molinillo, se detuvo eclipsando el sol que entraba a raudales por la ventana mientras rallaba el basto ladrillo de provolone, y volvió a desaparecer. Luego reapareció con la botella de Castel Chandón, que descorchó con un par de movimientos certeros y, tras intercambiar una rápida mirada con don Antonio, sirvió un centímetro a Luciano. Este lo cató recordando minuciosamente los gestos preestablecidos y dio su bebátur. Don Antonio y Simón se miraron satisfechos.

-¡Salud!


-¡Salud!

-Este vinito, muchacho, no es otra cosa que la base del champagne, solo que antes de agregarle el licor para que haga espumita.

Simón viajó en busca de las codornices.

-Bueno; contáme.

-Se llama Claudia, estudia en la Facultad, tiene veintidós años, es rubia… bueno, castaña clara, bah, pelo algo crespo, un poco más baja que yo, de ojos marrones casi negros, tiene un cuerpo sensacional y el par de tetas más espléndido que me ha tocado -bueno, que haya tocado yo, en realidad-; canta en el coro, toca el piano, sabe un montón de música y en la cama es un fenómeno.

-En otras palabras, un verdadero mamífero de lujo. ¿Y qué más?

-¿Qué más quiere saber?

-Me dijiste que habías salido de menesteroso sexual hasta cierto punto. ¿Qué te falta?

-Estar enamorado. Me llevo bien, me encanta estar con ella, cogemos como desaforados, pero, qué quiere que le diga, yo no siento que sea la mujer de mi vida.

-O sea, que no es ella.

-No.

-Y vos, claro, la seguís buscando.



-Bueno, no es que la siga buscando en el sentido de que ande saliendo con otras chicas, pero la sigo esperando…

-Como a la musa. Seguís con la esperanza de que ella aparezca solita.

Simón sirvió las codornices. Luciano separó una pata, la tomó con los dedos y se la llevó a la boca. La carne era inesperadamente firme, pero sin llegar a dura, y casaba bien con la salmuera de vinagre, laurel, limón y pimienta.

-Mirá, muchacho, no creo que un día te vaya a golpear a la puerta. Y si aparece y llegás a estar con Claudia, va a dar media vuelta para mandarse mudar.

-¿Qué me aconseja, entonces, que deje a Claudia?

-No necesariamente, pero sí que, en vez de esperar a encontrar, busques. En todo caso, cuando la encuentres, vas a tener que estar disponible. ¿Claudia está enamorada de vos?

-Esa es la joda, don Antonio; creo que sí.

-No tenés derecho a engañarla, muchacho. No me refiero a serle infiel, sino a que ella no sepa que vos no estás enamorado.

-Lo sabe.

-¿Y?


-Dice que no le importa.

-Las pelotas. Una de estas: o ella tampoco está enamorada, o sí que le importa y no se da cuenta para no sufrir, o sí que le importa y sí que se da cuenta y sufre pero no te lo confiesa, o está loca como una cabra. ¿Cuál de ellas?

-¿Usted por cual vota?

-Así, a ciegas, por la primera.

-Si usted lo dice.

-Lo importante es lo que decís vos, muchacho. Yo no la conozco. Lo mío es un escopetazo al aire.

-En el gallinero. ¡Qué lo parió, don Antonio! Me encuentro con usted después de vaya a saber cuánto tiempo, abro la boca para contarle y usted inmediatamente me sale con la precisa. ¡Usted es brujo, don Antonio, no lo niegue!

-Lo niego rotundamente. Brujo no, viejo. Pero no te preocupes demasiado. Tenés… ¿cuántos… veinticinco años?

-Voy para veintitrés.

-Sos un recién nacido, muchacho. Podés darte el lujo de meter prácticamente todas las patas, que vas a tener tiempo para sacarlas. ¿Y de laburo en qué andás?

-Trabajo con mi tío, el que me presta el departamento. Viajo por el interior llevando catálogos, tomando pedidos y cobrando cuentas. Me paga más o menos bien y voy conociendo un poco la Argentina.

-¿Y qué te parece tu país?

-Me gusta; me gusta mucho y cada vez más. Yo sabía que la gente del interior era macanuda, pero nunca lo había podido corroborar en persona. Tenemos un pueblo fenomenal, don Antonio. Un pueblo que se merece otra cosa que la que le ha dado la Historia.

-La Historia, muchacho…

-Sí, ya sé, es una hija de puta.

-¡A ver estas corvinitas!

Simón traía dos fuentes de metal con los pescados cubiertos de trozos de ajo y mojados en un caldo que, según averiguaron las papilas de Luciano, era predominantemente vinagre, pero lo suficientemente emasculado por el propio jugo de la corvina, el aceite y el laurel. La carne era sabrosa y armonizaba de maravilla con las papas hervidas a la perfección y embebidas del caldillo

-¿Qué tal?

-Deputamadre.

Los amigos se dedicaron a saborear en silencio. Al rato, Luciano lo interrumpió.

-¿Sabe lo primero que aprendí? Que en Buenos Aires no tenemos ni idea de la Argentina. Es como si viviéramos en otro país…

-Es como si viviéramos en otro continente, muchacho; es como si viviéramos en Europa, solo que no vivimos en Europa, y de ahí la nostalgia intrínseca, la melancolía ínsita del Portenius Lachrimorreicus.

-Este país converge todo hacia Buenos Aires. Casi no hay ferrocarriles interprovinciales. De la Capital se va a todos lados y de todos lados se puede venir a la Capital, pero, por ejemplo, de Formosa a Santiago del Estero, que son provincias contiguas, hay dos trenes por semana, que tardan un siglo, con vagones destrozados y locomotoras asmáticas. ¡Una vergüenza! ¡Y la pobreza! Le digo, ¡otro país!

-Poco maduro para la Revolución Socialista, ¿no creés?

-¡Ya me tenía que salir, don Antonio!

-Porque vos, sospecho, seguís en el Partido.

-¿Vamos a empezar otra vez?

-No, a menos que vos quieras.

-Pero hay una cosa que sí le quiero decir.

-¿…?


-Usted tenía razón en que no había que apurarse a juzgar. Le cuento: la Fede aprovecha mis viajes para mandarme a ver a diferentes compañeros, llevar y traer mensajes…

-Etcétera.

-Etcétera. La vez pasada, en Concordia, me llamaron a participar en una reunión en que se trataba de imponer una sanción disciplinaria a un compañero que se había quedado con una plata de la Campaña Financiera. Nos juntamos con los camaradas de la célula y del Comité en el rancho de este hombre. Desde que de pibe una vez mi viejo me llevó a atender a algún paciente en Carupá, nunca había estado en una villa, don Antonio. ¡Hay que ver cómo vive esa gente! Nos ofrecieron mate con tortas fritas y no me atreví a despreciar, pero sentí tal repulsión que tuve que contener las arcadas. La mujer del compañero está embarazada del quinto hijo. Duermen todos en una pieza con piso de tierra, sin agua, sin luz. Los chicos van heredando la ropa unos de otros, y la del mayor es casi siempre regalo de los patrones de la mujer, que trabaja de sirvienta. El compañero se quedó con la guita -¡diez mil miserables pesos viejos!- para comprarle un regalo de cumpleaños a la nenita, que es la única mujer. Los camaradas se pusieron duros. Usted sabe cómo somos: la guita del Partido es sagrada. Sin embargo, yo aflojé. Me acusaron de debilidad. Pero me acordé de usted y de lo que me dijo la vez pasada: la ley tiene que ser ciega, pero el que la aplica no. Bueno, que terminé medio sancionado yo también.

-¿Y el compañero?

-Prometió devolver la plata poco a poco. Pero yo creo que no va a poder. ¡Es jodido ser comunista, don Antonio!

-Es jodido tener principios, muchacho. Sobre todo cuando se los tenés que aplicar a los demás.

-¿Cree que hice bien?

-Es difícil decir. Yo también creo que la plata del Partido es sagrada.

-¡Usted nunca va a dejar de sorprenderme, don Antonio!

-Mirá, muchacho. Los cristianos esa la tienen clara: se perdona al pecador pero no el pecado. Ese compañero tiene que devolver la guita. Si la hubiera necesitado para remedios o algo así, todavía; pero para un regalo… no me cierra. ¿Vos lo hubieras hecho?

-Yo ni tengo hijos ni vivo en la miseria, don Antonio.

-Es cierto, pero cerrá los ojos y tratá de imaginártelo, ¿lo hubieras hecho?

-No. Creo que no.

-Es muy difícil.

-Muy.

-Es toda la lección que tenías que aprender. Y es bueno que la hayas aprendido. Pero no caigas en el otro extremo, el de la sensiblería barata. La comprensión no es antónimo de la firmeza en los principios, solo su aderezo indispensable.



Don Antonio dio una lenta órbita a su planeta privado, como si hubiese ido a buscar el aguijón para ponerle a la pregunta.

-¿Y qué me contás de la ayuda fraternal a los camaradas checos, muchacho?

-¿Ya va a empezar otra vez, don Antonio?

-Si no querés, no. Pero sería una pena que no quisieras.

-¿Por?

-Porque es un hecho decisivo. O abrís los ojos ahora, o te vas a arrepentir mucho más tarde. ¿Cómo puede ser que, precisamente en Checoslovaquia, e lúnico país donde los comunistas ganaron elecciones genuinamente democráticas y no precisaron del Ejército Rojo, ahora haga falta la solidaridad de los tanques soviéticos? ¿Qué pasó con aquella clase obrera?



-Bueno, por lo pronto, los comunistas también supieron ganarse solitos a sus pueblos en Yugoslavia y en Albania... y, por cierto, solitos echar a los nazis a la mierda.

-Así es; países de un proletariado nutrido y acendrado, si los hay... y que han permanecido inconmoviblemente fieles a los sacrosantos principios, ¿no? Uno construyendo aceleradamente el capitalismo y el otro retrocediendo al medioevo de izquierda. ¿No te llama la atención que los países donde la resistencia popular fue masiva y hegemonizada por los comunistas y que derrotaron el fascismo casi sin ayuda soviética hayan sido precisamente los más pobres y atrasados? ¿No te parece curioso que justamente en esos países heroicos las cosas se hayan ido ideológicamente más para el carajo?

-No es tan así.

-¿Ah no? ¿Y cuán así es, entonces? Mirá, muchacho. Cuando lo de Berlín en 1953...

-¿...?

-¿Qué? ¿De ese no te enteraste? Fue el primer levantamiento del proletariado nacional aplastado por los tanques del internacionalismo proletario. La dirección del Partido no vaciló en manifestarse decepcionada por el pueblo -¡mirá vos a lo que puede llegar el disparate!-, lo que hizo preguntar a Brecht si, en ese caso, no sería mejor que el gobierno disolviese el pueblo y eligiera otro. Pero sigo. Cuando lo de Berlín uno podía llegar a creer que, bueno, la clase obrera era todavía rehén de la ideología nazi por mucho que la memoria hubiera entrado a componérsele a fuer de carteles y consignas. Cuando lo de Hungría, podía llegar a creerse que, bueno, era un país de tradición feudal que ni recordaba la República de los Consejos (o sea, soviética) de 1918. Pero Checoslovaquia es el único país socialista que llega a la revolución desarrollado; muchísimo más que Rusia en 1917. Checoslovaquia es el único país que más o menos responde al modelo que preveía Marx. Si la cosa no ha dado resultado ahí, la cosa es imposible; al menos en este dilatado momento de la hijueputísima Historia. El socialismo real, en realidad, no marcha, muchacho, y no hay enema blindado que valga.



-¿Y cuál es, entonces, la solución, don Antonio? ¿Decir, Perdonen, muchachos, nos equivocamos, aquí tienen, vuelvan a explotar tranquilos que cuando nos toque volvemos?

-¡Terrible pregunta, muchacho! Terrible pregunta.

-Sí, terrible, pero ¿y la respuesta?

-¡Si la tuviera, muchacho!

-¿Y entonces?

-Entonces, no sé; pero sí sé que las cosas no se pueden arreglar a tancazo ajeno.

-Es que si se abandona Checoslovaquia, se pierde la partida geopolítica, don Antonio.

-Lo peor es que tenés toda la razón. Pero esa partida, aun si los soviéticos (y no te engañes, porque no son los soviéticos en nombre de la clase obrera internacional, sino solitos en su alma, por mucho que Fidel y el tío Ho, enfrentados directamente al monstruo, crean otra cosa) no pierden esta pieza, está perdida de antemano: la revolución mundial no se produjo. Les salió igualmente mal a Lenin y a Trotzky, que se equivocaron, uno menos y otro más, cada uno por su cuenta. Seguir así no tiene sentido. No se puede marchar a contrapelo de la Historia. Si no ahora, dentro de diez o veinte o treinta años, pero, a menos que se produzca un milagro, la cosa no va a dar más, y cuanto más tarde el péndulo en recuperar su equilibrio, más violentamente se va a ir para el otro lado.

-¿Y qué hay que hacer?

-Lo que se pueda. El socialismo con fórceps está tan estructuralmente viciado que casi es peor que el capitalismo natural.

-¿Pero usted se da cuenta de lo que está diciendo, don Antonio?

-Sí. Es una de las conciencias más abrumadoras que tengo.

Se hizo un silencio de acero y hielo. Menos mal que existía Simón, el ángel de la gastronómica guarda, siempre oportuno.

-¿Y qué tal las corvinitas?

-Dignas de este par de famélicos huérfanos, Simón. Has de transmitir nuestro sentido reconocimiento al Tano, no sin antes recordarle las ventajas indudables de la higiene.

-¡Vamos, don Antonio! Mejor dígame si quiere algún postrecito.

- Unos panqueques flambeados al Cointreau, nomás.

Simón pareció succionar platos, cubiertos y panera para desaparecer como una tromba entre las mesas.

-Y decíme, ¿seguís queriendo ser escritor?

-Cada vez más.

-¿Y la idea?

-Me han venido varias. Estoy escribiendo bastante, pero todavía no he logrado publicar nada. Ya vendrá.

-Acordáte de una cosa fundamental, muchacho: el motor que escribe es el cerebro, pero el combustible que le permite funcionar es el afectivo. Nunca escribas con la cabeza sola. Nunca escribas lo que pienses que tenés que escribir. Escribí lo que sientas que tenés que escribir. En otras palabras, sé todo lo comunista que quieras, pero no seas nunca un comunista que escribe, sé, mucho mejor, un escritor que es comunista. Diabólica diferencia, como diría Pushkin.

-¡A ver estos panquequitos bien flambeaditos!

Luciano saboreó el manjar todavía candente y le pareció más sabroso que nunca.

-¿Y no tenés nada encima?

-¡Claro que sí!

-¿Se puede leer?

-No mientras no esté terminado, don Antonio. Perdóneme.

-¡Caramba, muchacho, te estás pareciendo peligrosamente a un escritor! Pero bueno, ¿qué escribís?

-Básicamente cuentos, y tengo el germen de una novela, pero esa sí que me da trabajo. Tengo el principio y tengo más o menos una idea del final, o sea, que sé de dónde voy y adónde tengo que llegar, pero no termino de encontrar el camino.

-Ese camino, muchacho, como el de la vida misma, no puede ser una recta, sino un gran arco. Y todo arco tiene una piedra angular que le da la cohesión necesaria para que se sostenga. Tenés que encontrar esa piedra. Si no, vas a seguir escribiendo un poco al garete. Pensá en qué momento la novela va a dejar de subir para empezar a bajar hacia un desenlace que tiene que parecer inevitable.

-No se me había ocurrido verlo así. Voy a tener que buscar esa piedra, entonces.

-Buena suerte.

-Y usted, don Antonio, ¿cómo está?, ¿en qué anda?

-Más o menos como el culo y en taxi.

-¿En serio?

-En serio, sobre todo lo primero. Los achaques me tienen podrido, muchacho. Es lo que un amigo, que seguro conocés, Álvaro Yunque, llama la vejentud y a la que define quirúrgicamente como “algo muy jodido”.

-¿Por qué nunca habla de usted, don Antonio?

-¿Quién?, ¿Álvaro Yunque?

-¡No me cargue!

-No me gusta hablar de mí, muchacho. Hay cosas que no quiero recordar, otras que prefiero que no se sepan, otras que no considero de interés general, y otras que no se pueden decir sin profanarlas. Además, si supieras más de mí, ¿qué cambiaría?

-No sé. Primero tendría que saber.

Touché!

-No me va a contar, ¿no?

-No, muchacho. Como tu novela, la historia de mi vida es para mostrarla cuando esté terminada.

-¡Simón! ¡Dos cafés y sendos Cointreau!

Simón se constituyó con las tazas y dos copitas.

-Dice don Niccola que le diga que el cuantró es de porteños maricones y que él le regala estas grapas que le manda su hermano de Italia.

-¡La grapa es un digestivo innoble, pero todo sea para no despreciar al Tano, a ver si después se enoja y nos exhala su mefítico aliento en plena fisonomía!

-¡Usted sí que es un caso, don Antonio!

-En efecto, muchacho, lo soy. Es todo lo que has de saber de mí y te las vas a tener que arreglar con eso. ¡Simón, la cuenta… y acordáte que sin las grapas!

Como las veces anteriores, Luciano se puso de pie para mantenerse atento a la ardua incorporación de don Antonio. Pero este, igual que las veces anteriores, no dio lugar a que lo ayudase.

-Supongo que no querrá que quedemos en vernos, don Antonio, ¿no?

-Mirá, te propongo la siguiente avenencia: quedemos en vernos, pero sin fecha fija.

Luciano comprendió que toda insistencia sería inútil y detuvo un taxi.

-Que tengas mucha suerte, muchacho. Que puedas encontrar tu piedra angular y que puedas encontrarla a ella.

El taxi se alejó al compás de su tos fuliginosa. Luciano se quedó mirando sin ver cómo desaparecía ciudad adentro. Las palabras de don Antonio le reverberaban en el cráneo con un fragor de orugas triturando tranvías.





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