Primera parte


SEGUNDA PARTE. LOS AÑOS DUROS Septiembre de 1967



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SEGUNDA PARTE. LOS AÑOS DUROS




Septiembre de 1967


El 28 de junio de 1966, el general Juan Carlos Onganía encabezaba un golpe proclamado con toda fanfarria como “La Revolución Argentina”. Al día siguiente, la flamante dictadura promulgó la Ley de Represión del Comunismo, proscribió el PC, ordenó la intervención de los sindicatos y creó la DIPA (Dirección de Investigación de Políticas Antidemocráticas), responsable de la persecución de incontables militantes populares. Al caer de esa misma tarde, aquella infausta Noche de los Bastones Largos, la Policía Federal pulverizó la autonomía universitaria. El PC, única fuerza política de algún peso en condenar la asonada, se opuso a la renuncia masiva de casi mil quinientos de los mejores docentes de América latina, pero las firmas aparecieron en una inmensa solicitada en todos los diarios de la mañana. El precioso territorio de la universidad laica y gratuita se abandonaba a la derecha más retrógrada, que no tardó en descrismar todo asomo de libre pensamiento. Perón, por su parte, llamó a “desensillar hasta que aclare”, respaldando, de hecho, el alzamiento.

Luciano comenzó a colaborar en el periódico partidario, Nuestra Palabra, escrito y compaginado, semana tras inverosímil semana, por una meticulosa y abnegada diáspora de camaradas, muchos, como él, más o menos muertos de hambre. Así hizo sus primeras armas de periodista. El trabajo clandestino y su vinculación al semanario le permitieron acceso a los engranajes medios del aceitado aparato de uno de los partidos más disciplinados y estalinistas del hemisferio, si no de los de mayor arraigo obrero y campesino. (Somos poquitos, pero bien sectarios, bromeaba a medias un camarada que terminó desaparecido durante la dictadura siguiente). Fue testigo de viejas y sordas rencillas, de solapados rencores, de sigilosas disputas por el poder; pero también de la devoción y el desinterés casi apostólico de centenas, millares probablemente, de gentes sencillas, sensatas, informadas, que, en muchos casos, habían renunciado a una parte seminal de su albedrío para acatar la férrea disciplina con que se imponía “la línea del Partido” una vez convenida en las brumosas cumbres del Comité Central.

Los momentos preferidos los pasaba a solas con sus sueños despolitizados, sus libros y sus discos, que compraba con ingentes sacrificios y escuchaba en un irrisorio Winco. Don Antonio le había dejado clavada la curiosidad por Haydn, y se afanó por conocerlo mejor. Donde la cosa iba por carriles más inciertos era el amor, aunque de su torpeza no quedaban rastros. Se le enamoraron mujeres excelentes, pero él no daba en la tecla de una relación que lo satisficiese. Los intersticios se le llenaban invariablemente con la memoria de Rosaura.

Una mañana entró en El Ciervo a tomarse un café con medias lunas que sintetizara desayuno y almuerzo y se encontró con don Antonio sentado frente al aperitivo y fumando su infaltable pipa.

-¡Don Antonio! ¿Es usted?

-Depende de la escuela de pensamiento, muchacho. ¡Qué alegría, carajo!

-Ya creía que no lo iba a ver más.

-Pues ya ves, te equivocabas. Yo, en cambio, tenía la certeza de que, tarde o temprano, volveríamos a encontrarnos. Sentáte. ¿Qué te ofrezco?

-Por lo pronto, su amistad, don Antonio, y si no es mucho abusar, un especial de jamón cocido…

-¡...!


-¡Es en broma! De jamón crudo y queso.

-¡No me des esos sustos, muchacho! ¡Tené piedad de este pobre huérfano! Pero mirá, te propongo una alternativa más auspiciosa. Acompañáme con el aperitivo y después nos vamos a almorzar.

-Si insiste.

-Insisto. ¡Mozo! ¡Otro batido! Bueno, contáme, ¿en qué has andado todo este tiempo?

-Nada especial. Sigo en la Facultad, pero cada vez con menos entusiasmo.

-¿Y qué pensás hacer?

-No sé. Estoy mal, don Antonio, no me gusta estudiar, no tengo laburo fijo, no tengo un peso, no tengo novia, no tengo un carajo.

-¿Y tus viejos?

-Ahí andan; igual. Los veo poco. A la vieja no la soporto y con el viejo me llevo mal. Me basurea demasiado.

-¡Claro, porque seguro que él a tu edad él la tenía clarísima! ¿Tenés idea de qué hacía tu viejo a los veinte?

-Él no habla casi de su juventud. Sé que vivía con mis abuelos, que eran riquísimos…

-Y que, entonces, no necesitaba trabajar. Porque calculo que a tu viejo lo mantuvieron hasta que se recibió de médico, ¿no?

-Y mi abuelo, además, le puso el consultorio.

-Si las cosas son como decís, tu viejo te exige que seas como él, pero sin las ventajas que él tuvo. Y sospecho que no te da lo que su padre le dio como no les da guita a los mendigos. Mirá el cuadro que me pintás: no te habla de su juventud, de las dudas que tenía, de sus angustias… No te da ni consejos. Lo único que te brinda es el beneficio de la crítica.

-Me parece que usted es demasiado duro con el viejo. Es cierto que yo preferiría que me comprendiese y me aceptara más, que me aconsejara, que se pusiese más en mi lugar. Pero eso no le quita su valía como comunista y como médico, y mucho menos como persona. Además, y pedóneme, usted no puede juzgarlo.

-Tenés razón, muchacho. No soy quién. Pero fijáte que no estoy usando más elementos de juicio que los que vos mismo me has dado. Y además, no estoy juzgando ni a la persona, ni al médico ni al comunista, sino haciendo una crítica a fondo del padre. Porque a vos lo que te afecta no es cómo es tu padre con sus pacientes, sus amigos, sus camaradas o la clase obrera internacional, sino con vos. Tu viejo no es el Secretario Político de tu familia. Su deber es quererte y, sobre todo, hacer que te sientas querido, porque quererte a secas no basta. Todo vos sos un pozo de desafecto. Poco importa si real o percibido; porque la realidad que nos marca no es la que es sino la que percibimos. Si yo creyera que sos vos el que no sabe sentir el cariño de tu viejo, la conversación sería al revés. Pero no es así: vos percibís las cosas, solo que las interpretás mal. Ves la indiferencia, la lejanía, hasta la sorna de tu viejo, pero creés merecerla, cuando es tu viejo, sin duda gran tipo, gran galeno y gran revolucionario, el que no tiene ni la más puta idea de qué es ser buen padre. No te lo digo para que le tengas bronca; te lo digo para que dejes de mirarte en ese espejo y de juzgarte en función de la imagen distorsionada que ese espejo te devuelve.

-¿Y cómo se puede separar tan nítidamente a la persona del padre?

-Es imposible. En las cosas de los hombres nada puede separarse con absoluta nitidez. Pero es en ser padre donde a tu viejo se le juntan todos sus defectos. Porque donde más se ve la salud emocional de la persona es donde van colocados los afectos fundamentales: los hijos, la pareja, los amigos. Lo demás viene después. Tiene que venir después. Cuando viene antes, la persona padece un problema grave, creeme. Y tu viejo tiene un problemón de la San Puta. Si no entendés que toda su forma de relacionarse con vos está estructuralmente viciada, vas a seguir siempre sintiéndote una mierda. Y no solo que no lo sos, muchacho, sino que no merecés lo que te están haciendo. Nadie lo merece; y vos seguramente menos que muchos.

-No sabe cómo quisiera creerle, don Antonio.

-Tenés que creerlo, muchacho, no porque lo diga yo, sino porque es verdad. Creerme a mí no te va a servir; estarías simplemente cambiando un papá por otro. Ese es el secreto, te diría, de la vida misma: creer las cosas, no las cosas que dicen las personas. Nunca renuncies a ser tu primer y máximo juez. Implacable, severo, pero sin instancias superiores. Desde luego, cuando tu juicio choque con el de los demás, llamáte a la reflexión, fijáte bien si no están viendo en vos cosas que se te escapan. Pero nunca renuncies a ser juez de última instancia de vos mismo.

Los amigos se quedaron cada uno en su silencio. Don Antonio había aprovechado el entreacto para sacar su tabaquera y cargar prolijamente la pipa.

-¿Usted fue comunista, don Antonio?

-Si por comunista querés decir afiliado al PC, sí. Hace mucho tiempo.

-¿Cuándo se fue?

-Allá por 1939, cuando debimos haber destetado a los partidos comunistas de la ubre soviética. Claro, era difícil, porque reconocer que el enemigo tenía razón en aquello de las purgas, de los campos de concentración y demás lindezas del socialismo eslavo era, de hecho, dársela en todo lo demás, o sea, admitir lo inadmisible: que el socialismo no es un sistema mejor. Muchos se negaron a dar ese paso por temor de terminar pasándose con armas y pertrechos al enemigo de clase. Otros traicionaron. Otros desaparecieron de la Historia. Otros se disgregaron por diferentes corrientes y movimientos, pero es un hecho que ninguno logró crear una alternativa organizada, consecuente con los principios e ideológica y políticamente coherente. Nadie ha sabido por qué, y es algo que debería estudiarse a fondo.

-¿Y usted en cuál de esos grupos cae? El de los traidores sé que no, pero...

-Me temo que entre los que desaparecieron de la Historia, esa tremenda hija de puta. Todo lo que he hecho estos años ha sido fungir de conciencia crítica, solo que no termina de estar claro de quién. Yo, aunque te cueste creerlo, soy un comunista sin vuelta. Porque no hay vuelta: el capitalismo no puede resolver los problemas de la humanidad. Por eso el cinismo no me contenta. Yo soy escéptico, pero no soy un cínico. Enorme diferencia que me gustaría que pudieses ver.

-¿Y nunca se le dio por militar en otro movimiento?

-Al principio sí, pero me parecieron todos igual de sectarios o más, y mucho menos influyentes y peor organizados. Además, hace añares que ando con la movilidad menguadísima. Y entre una inmovilidad y la otra, me he movido poco. El drama tremendo es que el sueño más hermoso y más noble ha devenido una pesadilla siniestra. Ahora, la gran tarea que tenemos los que quedamos que hemos soñado ese sueño y creído en él es determinar cómo fue posible esa transmutación infame.

-¿Y cómo cree que esa degeneración haya sido posible? ¿Dónde fallamos?

-Vos, muchacho, en ninguna parte, no todavía, y por eso yo trato de abrirte los ojos, para que no vayas a cometer los mismos errores ni caer en las mismas trampas que yo, que los que sí fallamos, y fallamos fiero.

-Bueno, pero usted, usted personalmente, don Antonio, ¿en qué falló? ¿Qué tiene que reprocharse?

-Por lo pronto, haber renunciado a pensar, pero más todavía a aceptar lo que pensaba y a actuar en consecuencia. Prefiero no entrar en detalles truculentos, si no te importa, pero yo, por disciplina, por decirme que “el Partido sabe lo que hace”, he sido cómplice, casi siempre pasivo, de traiciones, de delaciones, de pequeñas injusticias que llevaban el germen de las grandes. He creído que bastaba una teoría correcta, una teoría a la vez éticamente irreprochable y científica para cambiar al mundo; que los depositarios de esta teoría éramos los defensores de la fe; y que, como tales, teníamos derecho a exorcizar, a excomulgar, a martirizar, por último, a los herejes. Nos erigimos en la gran Madre Iglesia del Comunismo Científico, y en su nombre sofocamos el mínimo intento de crítica. Transformamos el materialismo dialéctico en su exacto contrario -¡porque hasta en eso se verifica la verdad del materialismo dialéctico, ¡mirá la paradoja!-, lo convertimos en un dogma. O, mejor dicho, en un abanico de dogmas irreconciliables. Como los cristianos, los marxistas nos hemos odiado más entre nosotros que al enemigo. Y creo haber descubierto la explicación.

-¿…?


-El enemigo no traiciona. La única forma de traicionar que tiene es dejando de ser el enemigo. Pero para los que se creen revolucionarios, sobre todo los que se ufanan de ser marxistas auténticos -y cada grupo o grupúsculo cree serlo-, los revolucionarios de cualquier otro matiz son todos traidores que merecen en el mejor de los casos el ostracismo y en el peor la muerte. Volviendo a tu pregunta, muchacho, yo fui comunista devoto y convencido desde que comprendí, como vos, que este mundo de mierda había que cambiarlo. Los únicos que se lo planteaban en serio eran los comunistas. La Revolución de Octubre había inaugurado una era de esperanza, de entusiasmo. Por fin los trabajadores tenían patria. A mí me llevó al comunismo lo mejor de mí; eso mejor de mí se lo entregué al Partido.

-¿Y por qué se fue?

-Porque no quería perder eso que sigue siendo lo mejor de mí. Porque comprendí que las injusticias que se combatían -y que se combatían, sin duda, con el mayor heroísmo y con la mayor abnegación- eran solo las del capitalismo. Y luego ni siquiera, sino solo las de los países capitalistas con los cuales la URSS estaba directamente enfrentada.

-...


-¿En qué te has quedado pensando, muchacho?

-En que es una pena que un tipo como usted se haya quedado al margen, don Antonio. Es, y discúlpeme, casi imperdonable. Como si Colón hubiese llegado a América y se negara a contar su experiencia.

-Nunca me he sentido Colón, muchacho. Yo no he descubierto nada que haya sido el primero ni el único en conocer.

-Aun así, don Antonio; aun así...

Luciano volvió a recluirse en su mutismo y don Antonio a arrellanarse en el suyo, que sahumaba con perezosas fumaradas.

-¿Estás decidiendo qué pensás de mí?

-No, no es eso...

-¿Sino?


-Es que no lo termino de entender, don Antonio.

-No te aflijas. No es a mí a quién tenés que entender, sino a vos mismo. Y para eso, conviene que entiendas de una vez a tu viejo. ¿Qué tal si nos vamos a almorzar?

-No sé, don Antonio...

-¡Vamos, muchacho, que lo que menos interesa entre nosotros dos es mi pasado político… o mi presente! Yo no pretendo enseñarte a no ser comunista sino a hacer lo que quieras; pero bien, sin entresijos emocionales dudosos. Quiero ayudarte a que te saques el lastre que te impide volar con tus propias alas. Después, volá para donde te parezca. ¡Se cobra, por favor!

Salieron con don Antonio a la penosa rastra de Luciano. Subieron a un Di Tella cuyas piezas se mantenían juntas más por costumbre que por solidaridad para ser recibidos por un asiento que hacía rato había dejado de ofrecer resistencia alguna al cuerpo humano.

-¿Para dónde vamos?

-A Yrigoyen al 1600.

El taxista calzó la primera con ademán casi de director de orquesta y un largo eco de engranajes malhumorados y reticentes fue bajando por la columna de dirección hacia la vetusta caja hasta que por fin todos los dientes parecieron haber encajado y la versión patria del Riley se puso paulatinamente en marcha. El volante no debía estar del todo sincronizado con las ruedas, porque el mínimo ángulo de estas parecía requerir tres o cuatro vueltas de aquel. Así eran, desde siempre que Luciano recordara, las cosas en aquella Argentina con pretensiones de Primer Mundo. Todo imitación barata, improvisada y hasta ingeniosa de Europa; todo sazonado por una inagotable picardía que en el mejor de los casos completaba el esfuerzo pero casi siempre lo suplía.

-¿Cuánto lleva al volante hoy, chofer?

-Y, más o menos desde las cinco, menos media hora para desayunar, ¿vio? ¿Por?

-Por curiosidad, nomás. ¿Y cuántos viajes van?

-Pocos. Me la paso yirando la mitad del tiempo. Es que la gente no tiene plata, ¿vio? En esta ciudad el taxi está hecho un lujo.

-Sí, pero hay como cuarenta mil lujos dando vueltas por la calle.

-Sí, lujos como este, que ya no da más el pobre. Pero ¿quién puede cambiar así nomás? ¿Tiene idea de a cuánto está nuevo? Y digo nuevo por sin usar, porque el modelo no lo cambian desde que salió. Es que en este país los lujos son así, elementales: un taxi zaparrastroso, un buen bife, un vino que se deje tomar… esos son los lujos ahora, no como antes. Vea, yo me acuerdo cuando me compré este coche. Hasta entonces había laburado siempre de peón, ¿vio? Pero cuando Frondizi empezó a sacar autos baratos, yo decidí que me independizaba. Me empeñé hasta la verija, pero el crédito me lo dieron sin problemas y a los quince meses ya había salido de deudas. Fue el único año que no pude llevar a mi señora de veraneo, porque siempre nos íbamos una semanita con los pibes a San Clemente, ¿conoce? Bueno, pero al año siguiente veraneamos otra vez. Así era la vida entonces. ¿Pero vos dónde aprendiste a manejar, boluda, en el patio del quilombo? Después, poco a poco, que cortar aquí, que ahorrar allá, que esto se puso más caro, que patatín y que patatán, y ya hacen cinco años que con mi señora no vemos el mar. ¡Hay que joderse! Y no es que uno no quiera laburar. Pero ¿qué gana uno con levantarse a las cuatro para estar en la calle a las cinco y yugarla doce o trece horas si la gente no toma taxi? Yo a veces me digo que soy un boludo. ¿Para qué querés salir tan temprano ni volver tan tarde si igual es al pedo? Eso me digo, pero la verdad es que nunca se sabe, y, además, no se pueden desperdiciar viajes. ¡Ma sí, andá a cagar, pedazo de pelotudo! Porque en este país debiera haber trabajo para todos, y alcanzar con ocho o nueve horas. Si acá sobra para dar de comer a veinte países como este. Aunque, le digo, en todas partes se cocinan aves: porque en el Brasil la cosa está igual que acá o hasta peor. Pero claro, ellos están llenos de negros.

El vetusto Di Tella avanzaba como podía, esquivando baches entre colectivos que se le cerraban como paquidermos chirriantes y flatulentos que todo lo invadían con sus densas nubes de gasoil a media combustión.

-El tráfico se ha puesto imposible. Y le digo, si se tiene que quedar más de dos o tres minutos detrás del caño de escape de uno de estos coletivos, se queda sin pulmones. Es que claro, nadie tiene guita ni para arreglar, ¿vio? Acá creemos que las cosas se mantienen con la barrita mágica. Y, para peor, a la primera de cambio, ¡zas!, multa. Con razón o sin razón, que a la final da lo mismo, porque si no tienen razón se la inventan. Y si uno no transa con la coima, se mete en un balurdo flor, se mete. A veces uno piensa ¿qué me conviene más, pagar la coima y zafar o perder los viajes que voy a perder arreglándola por derecha? Y qué quiere, los tipos se la tienen calculada, ¿vio? Saben qué cuentas va a empezar a hacer uno, y piden lo justo para que convenga. La verdá, le voy a decir, no sé si los culpo. Porque esos tipos ganan sueldos de miseria, y si me tocaría a mí, quién sabe si no hago lo mismo. ¡Pero por qué no te metés el furgoncito bien en el culo, salame! Este es el problema de este país. Acá cada uno tira para su lado y los demás que se jodan. Porque acá todos quieren el loro y el mono. Mire los tanos, o los alemanes, sin ir más lejos: la guerra los dejó sin nada, ¡si hasta les dábamos de comer nosotros! Y en veinte años se volvieron a levantar. Usté me va a preguntar cómo, y yo le voy a decir: ¡laburando!, así se levantaron, laburando; ¡sí señor! Y el que no labura, ¡no come!, y el que quiere hacer tanganeta y no pagar los impuestos, ¡en cana! Así se levantaron. Y Rusia no le digo, ¿vio? Porque ellos serán comunistas, marsistas, bolches y todo lo que usté quiera, pero también se quedaron en pelotas y ahora tienen cohetes dando la vuelta al satélite. Porque ahí también. Pagan una miseria, pero ¿no querés laburar? ¡En cana y a otra cosa! En cambio nosotros… ¡no me haga reír!

-Bueno, pero usted anda al volante desde las cinco. No gana, porque nadie le compra su trabajo, que es manejar el taxi, pero usted no está sentado en un café esperando a ver si viene un pasajero. Usted está yirando en este tráfico infernal, gastando nafta, arruinándose los pulmones… ¿O usted labura menos que los tanos, los alemanes y los rusos?

-¡No, yo sí, claro! Pero no digo yo, sino toda esa manga de atorrantes. Mire, le voy a contar: allá atrás, en Corrientes y Ayacucho -¡Corrientes y Ayacucho, fíjese bien lo que le digo, no en Villa Ortúzar!- hay un bache que se hizo a los tres días que arreglaron la calle. O sea, que la arreglaron para la mierda, ¿vio? ¿La Municipalidad va a decirle a los tipos que le devuelvan la guita? ¡Minga, si para empezar la coimearon! No, la Municipalidad manda una gavilla de vagos; cinco negros con tres palas y dos baldes, que seguro que consiguieron el yeite por acomodo en el Sindicato. Claro, les paga una miseria. Pero se la paga para que tapen el bache y arreglen la calle, ¿no? Bueno, dígame, usté nunca tapó un bache, ¿no? Yo tampoco, pero si el bache se hace en el patio de mi casa yo lo tapo en media hora. Y lo tapo yo solo. Y no se me vuelve a hacer en diez años. Pero estos cinco grones de mierda están ahí desde hace va para una semana. Y yo paso todos los santos días hasta diez veces por día y el bache sigue igual. ¡Y ese tiene cinco grones para taparlo! ¿Cuántos hay que están hace años y nadie les da bola? ¿Y sabe quién tiene la culpa? Nosotros la tenemos. Porque nos dejamos tocar el culo. Porque no protestamos, porque si se irían los milicos y vendrían las elecciones volvemos a votar a los mismos tránsfugas de antes. Le digo, no vamos a aprender nunca.

-Bueno, pero ustedes, los taxistas, que son los grandes damnificados, ¿por qué no se juntan con los colectiveros y se mandan una protesta? Qué sé yo, una solicitada en los diarios amenazando con cortar el tránsito; cortarlo, llegado el caso…

-¿Nosotros? ¿Con los coletiveros? Pero dígame una cosa, joven, ¿usté en qué país cree que vive? ¡La recontrarreputísima madre que te recontra remil parió! ¿No le digo? ¿Y con un coletivero como ese quiere que me junte a protestar? Antes protestaría para que les saquen los coletivos y los metan a todos en cana. Además, ahora que tenemos a los militares, protestar no es tan fácil como antes, ¿vio? Aunque yo, la verdá, los prefiero. Porque serán tan chorros como los otros, pero por lo menos ponen un poco de orden. Porque ellos son militares, no políticos. Pero igual le digo -y mire que yo cuando lo sacaron al viejo inútil de Illia me alegré en serio, me alegré- me han decepcionado. Yo pensaba que iban a poner más orden. Pero los sindicatos se prendieron como antes. Lo que pasa es que no se animan a meter mano dura y a mandar a todos esos negros a la mierda. Como en Rusia, ¿vio? ¿No querés laburar? ¡En cana! ¿Querés hacer huelga y joder a los que quieren laburar en serio? ¡Te cago a garrotazos! A mí si me darían el gobierno, ¿sabe como pongo a laburar a toda esa negrada? A palos, le digo, porque de otra manera no se enteran.

-¿En serio prefiere a los milicos?

-¡Seguro! Se acabaron los políticos, se piensa más igual y, con todo lo que le decía de la manganeta con los sindicatos y todo, se labura mejor y más tranquilo. ¿Cuánto hace que no hay una huelga? En cambio en la época del viejo Illia no se podía salir a la calle que siempre había quilombo. Ahora, por lo menos, haberán pozos, pero hay, sobre todo, menos asaltos, porque los chorros saben que si los llegan a chapar los hacen boleta sin más trámite. Ah, y menos manifestaciones. Yo me acuerdo, por ejemplo, los estudiantes el ruido que hacían. A mí casi me queman el auto en la esquina de Ayacucho y Córdoba que lo tenía estacionado esperando que pasara la manifestación ¿vio? No sé si se acuerda, cuando con la escusa de pedir más presupuesto universitario rompieron todo.

-Yo creí que había sido la policía, para desprestigiarlos ante gente como usted.

-¡Ma qué va a ser la policía, joven! Me extraña, un hombre que se ve educado como usté creyendo esos cuentos de los comunistas. ¡Vamos! Es en la esquina ¿no? Deje que cierro el reloj, total, por unos metros. Gracias, joven; gracias, don. No se apure que el tiempo es lo que sobra, tranquilo a ver si todavía se cae.

Luciano esperó a que don Antonio terminara de descender. Simón lo vio entrar y se apresuró a correrle una silla en la primera mesa.

-¡Cómo anda, don Antonio! ¡Hacía rato que no se dejaba ver!

-Es que cada vez salgo menos, Simón.

-Y me lo trajo al pibe para que sigamos educándolo. Me parece muy bien, ¿Cómo está, joven?

-Medio muerto de hambre, Simón.

-Eso lo vamos a arreglar enseguida.

-Aperitivo ya tomamos, así que nos saltamos el provolone y pasamos directamente a un Perdriel. De plato fuerte nos servís dos conejitos al oporto. La entrada te la dejo elegir a vos. Pero acordáte que este no es un simple almuerzo, sino una lección para la juventud argentina representada en este famélico espécimen que te mira temblando como una hoja.

-Y, si van a seguir con el conejito, yo sugeriría algo liviano… qué se yo, melón con jamón, que está buenísimo. Hacía rato que no traían melones tan dulces, ¡y eso que estamos fuera de estación!

-Non se ne parli più.

-¿Crudo o cocido?

-¡¡¡¡...!!!!

-¡Perdón, don Antonio, es por el pibe!

-¡Precisamente!

Simón desapareció entre las mesas todavía desocupadas que parecían asteroides de un sistema solar yermo para regresar con el vino y dos platos en cada uno de los cuales, como en estrecha rada, venía un par de carabelas inmensas de melón rosáceo, arriado el velamen generoso y casi morado del jamón.

-El Perdriel es tal vez demasiado vino para este melón, muchacho, pero lo he pedido pensando en el futuro. Dale a probar al pibe, Simón.

Luciano cumplió minuciosamente el rito, que concluyó en una sonrisa de oreja a oreja.

-¿Y?

-Pasa muy bien, pero no sin antes haberle hecho un poco de guerra al paladar.



-¡¡¡Muchacho!!!

Apenas en contacto con la lengua, el melón renunciaba a su poca textura para transformarse en una pasta dulzona y refrescante que cedía todo protagonismo a la carne obcecada del jamón. El vino, en efecto, irrumpía pisando demasiado fuerte. Pero si se bebía en pequeños sorbos debidamente espaciados, el equilibrio era perfecto.

-¡Bien, muchacho! Ya estás aprendiendo a comer solito.

-¡Salud, don Antonio!

-¡Salud!

Despachada que fue la flota de melón, Simón retornó con los conejos.

-¡A ver qué les parece! A la hora de preparar conejo o liebre, el patrón es mago.

Bajo la espesa capa oscura la carne era blanca y tierna como tantos poetas han soñado a tantas mujeres. La sazón era un modelo de concordia: el dejo dulzón del oporto pervivía al cabo del ajo, del tomate y del romero; las papas y las cebollas, pequeñas y perfectamente esféricas, se pescaban ensopadas y chorreantes. El Perdriel, que ahora tenía que vérselas de igual a igual, peleaba dignamente por su lugar en el concierto de los sabores. Solo ahí comprendió Luciano el tino de don Antonio a la hora de elegirlo. Un vino más dócil se habría dejado matonear.

Erguido y vigilante, Simón sonreía con aire victorioso.

-Decíle al Tano que es un Paganini de los lepóridos. Pero advertíle también que no ha de tomar mis ditirambos por sustituto del agua y del jabón.

-¡Déjese de jorobar, don Antonio, a ver si le digo al patrón y lo envenena!

Simón dio media vuelta y se alejó meneando la testa.

-Una pregunta que me anda rondando la cabeza desde la otra vez. Si el cocinero es tan mugriento, ¿cómo se explica que insista tanto en que comamos aquí?

-No me lleves demasiado el apunte, muchacho; no es más que un juego que tengo con Simón. Lo que pasa es que ese único día que le vi la cara, el Tano tenía un enorme manchón de salsa en el delantal y desde entonces no he parado de revolverle el puñal en la herida.

Luciano no pudo conjurar la sensación de que don Antonio volvía a mostrarle una veta cruel, o en todo caso, amarga. O tal vez era otra manera de protestar por su inmovilidad forzada y creciente.

-Dígame una cosa, don Antonio. Usted, que despotrica tanto contra la Unión Soviética, ¿qué me dice de China y de Cuba?

-Lo de China es un verdadero desastre. Ahí tenés, clarito clarito, a qué puede llevar el afán por saltarse siglos de Historia. La hija de puta no perdona. Yo no quiero ni pensar en qué puede terminar la cosa. Los chinos son capaces de desencadenar una tercera guerra mundial. Aunque yo casi te apuesto a que no son tan pelotudos. Esa gente no piensa, como vos o yo, en años o decenios. No. Los chinos piensan en siglos. El afán, no me caben dudas, es convertirse en gran potencia. Pero únicamente lo van a lograr si dan marcha atrás. No me sorprendería si el propio Partido entrase a encabezar el glorioso retorno al capitalismo.

-¿Lo dice en serio?

-En seriísimo. Para acumular el capital que precisan van a tener que explotar su propio campesinado a mansalva. Y como es un pueblo todavía más campesino que el ruso de 1917, la cosa va a ser una verdadera salvajada. Bueno, ya lo está siendo.

Don Antonio bebió un lento sorbo de vino.

-Fijáte que todas las revoluciones diz que auténticas, o sea, producidas a raíz de la dinámica interna de los respectivos países y no de la ayuda fraternal, han sido más que problemáticas: Rusia misma, Yugoslavia y Albania en Europa, China y Corea en Asia, Cuba en América Latina. Todas en países sin desarrollo industrial, casi siempre feudales, que no podían estar maduros para el socialismo, todas producidas como consecuencia de guerras de liberación o contra dictaduras feroces, cuando no las dos cosas. ¿Cómo te lo explicás?

-¿Y Vietnam?

-Vietnam también es producto de una guerra de liberación que aún no ha terminado. Todavía no se puede juzgar la revolución como tal. Todavía no sabemos cómo van a gestionar esa economía cuando saquen a patadas a los yanquis…

-¿En eso sí cree?

-A pie juntillas. Lo que me consterna es lo que va a pasar después.

-¿Por?


-Por lo de siempre, muchacho, por lo de Marx; porque no sé de dónde mierda van a sacar guita para desarrollar las fuerzas productivas. Ustedes, los comunistas ortodoxos, de ortodoxos no tienen nada: la batalla histórica por el socialismo es económica. Si se pierde esa, se pierde la guerra, por muchas armas nucleares que se hayan acumulado. La Unión Soviética es un país del Tercer Mundo con satélites artificiales, muchacho, una verdadera anomalía, y la Historia es implacable con las anomalías. La muy hija de puta se lo va a cobrar caro. Preferiría no creerlo, pero no me sale.

-¿Y Cuba?

-Otra revolución en guerra, muchacho. Y para colmo, metida en el negocio de exportación. No entienden que la Historia no es indulgente con los que tienen la razón ética sino con los dueños de la razón económica. Yo no quiero ni pensar la suerte que le espera al pobre Che, metido mesiánicamente a salvar indios bolivianos que ni español hablan.

-¿Y la razón económica quién la tiene, don Antonio? ¿Rockefeller?

-Como que es multimillonario, muchacho. El capitalismo está lejos de haber agotado su ciclo. Es cierto que no puede más que agravar los problemas de la humanidad; pero se las arregla mejor que el socialismo prematuro porque tiene intacta su capacidad de regeneración. ¿Por qué crees que las revoluciones socialistas han resultado, todas ellas, incapaces de mantenerse sin una férrea represión? Porque el menor disenso produce inevitablemente resquebrajaduras fatales. Y si hace falta la fuerza para que el sistema no se desmorone, el sistema no puede ser producto de la madurez histórica.

-Bueno, pero lo mismo pasó con la Revolución Francesa, ¿no?

-Menos de lo que crees. Al principio, la revolución política, que se cree ética, no tiene otra que recurrir paradojalmente a la represión más feroz. Pero la históricamente decisiva, la revolución económica, triunfa con Napoleón, que se la lleva -¡vestido de emperador!- a pasear por toda Europa. Sin embargo de Waterloo y del Congreso de Viena, la burguesía termina cómodamente instalada en el poder y lanza la revolución industrial. ¿Vos has visto algo parecido en relación con la URSS? Fuera de la industria bélica y su aparatosa exportación al espacio, el desarrollo superior de las fuerzas productivas ¿dónde está? ¿Cómo hace una sociedad para poner un hombre a dar vueltas alrededor de la Tierra sin haber inventado el palo de la escoba?

-¡No exagere, don Antonio!

-No exagero, muchacho. Los soviéticos no han inventado -¡qué digo inventado, copiado!- el palo de la escoba, y, aunque no me creas, la escoba propiamente dicha tampoco. Y estos animales no han vacilado en proclamar tan orondos que habrán construido el comunismo antes de que fenezca el siglo… ¡Y vos y tus camaradas se lo creen!

Simón apareció ex machina.

-¿Van a querer postre después?

-Yo, don Antonio, unos panquequitos flambeados.

Simón recogió platos, condimentos y pan, verificó el contenido de la botella y sacudió las migas del mantel en una vertiginosa blitzkrieg que dejó la mesa como recién tendida y desapareció entre las otras que ya habían comenzado a poblarse con colonos venidos de la calle.

Luciano se había puesto serio.

-¿Te preocupa algo, muchacho?

-La verdad que sí.

-¿...?

-Se me acaba de ocurrir que si usted se fue del Partido en el 39, como me dijo, se fue justo en el auge del fascismo.



-¿Y con eso?

-Que en los países ocupados la columna vertebral de la resistencia fueron los partidos comunistas. Si no en todos, por lo menos donde la resistencia fue más importante: Francia, Italia, Yugoslavia, Albania, Grecia...

-Así es. Cuando los nazis atacaron la Unión Soviética, los comunistas, que habían calificado la guerra de interimperialista, vuelcan toda su energía, valor y capacidad de organización en la resistencia. Es muy probable que sin los comunistas el fascismo hubiera triunfado. Para no hablar de los comunistas soviéticos: Hitler pierde la guerra en Stalingrado.

-¿Y cómo se explica que quien vence al fascismo es Stalin, que viene de cometer tantos crímenes?

-Yo no creo que al fascismo lo haya vencido Stalin, pero sí que la fe del pueblo soviético en su jefe, su absoluta devoción por él fueron factores tan decisivos como su amor desaforado por la Madre Rusia. Porque los soviéticos, eran, básicamente, rusos, y morían por dos cosas: Rusia y Stalin, fijáte vos, como antes por Rusia y el Zar. Pero no morían por el socialismo, en todo caso no fundamentalmente.

-Pero si, como usted reconoce, los comunistas soviéticos desempeñan un papel decisivo, ¿cómo cuadra, entonces, que los rusos hayan peleado por Stalin y no por el socialismo?

-Porque la ideología marxista en un país atrasado es incapaz, ella sola, de generar tamaña capacidad de movilización y sacrificio. Los comunistas soviéticos, como la masa entera del pueblo, cuelgan la nueva ideología de la efigie de Stalin, como los chinos de Mao y los cubanos de Fidel. Esa es la razón por la que no ha habido revoluciones socialistas sin un líder único y venerado. La resistencia soviética a los alemanes se parece muchísimo a la que opusieron los rusos a Napoleón. Pero es indudable que en el caso del nazismo el odio al enemigo se amalgama con el odio a su ideología; y ese odio tiene sus raíces en la ideología propia. Con Napoleón eso no ocurrió. No creo que las cosas hubieran sido iguales si el combate lo hubiera librado una Rusia burguesa. El pueblo soviético, aparte de su amor por la patria y su líder y de su odio hacia el enemigo, tenía fe en un gobierno que sentía suyo. Mirá, muchacho, yo he aprendido que para ganar una guerra en condiciones de inferioridad hacen falta las tres cosas: fe, odio y amor. La fe es la fe, pero el odio no puede menos de ser proporcional al amor. Más querés lo que defendés, más odiás al que pretende arrebatártelo. Más querías lo que te han arrebatado, más odio sentís por el que te lo arrebató. El mayor peligro que se corre en la guerra es la pérdida de la fe, y en la paz, el triunfo del odio: el rencor. La humanidad lleva milenios saldando cuentas, con lo cual no hace, en realidad, sino acrecer las cuentas que le quedan por saldar.

-…

-¿En qué te has quedado pensando?



-No se vaya a enojar, pero ¿por qué desertó justo en el momento de la lucha contra el fascismo?

Don Antonio empalideció. Sus ojos cobraron un fulgor extraño, intenso y ausente a la vez. Parecía haber regresado a un sitio al que no quería retornar. Al cabo de un minuto interminable volvió.

-Es un golpe bajo, muchacho. Vos no sabés si deserté.

-Perdóneme, don Antonio, no quise ofenderlo.

-No me ofendo. Pero me apena enormemente que me hayas creído capaz de desertar... Mirá, te repito, prefiero no hablar de eso. No nos arruinemos este banquete.

-Perdone.

-No hay nada que perdonar.

-¡A ver estos panquequitos!

Don Antonio guiñó un ojo y empezó a saborear su plato. Luciano, aliviado, lo imitó.

Comieron en silencio, disfrutando a fondo la amistosa contienda entre el dulce de leche, el caramelo, la masa y el Cointreau.

-Muchacho, hay una cosa que tenés que aprender, y cuanto antes mejor.

-¿…?


-La tolerancia. Comprender que los hombres suelen tener razones atendibles para no ser héroes ni santos ni mártires. No te apresures a juzgar, que no hay nada más difícil y delicado que juzgar a un hombre. La ley no tiene más remedio que ser ciega, pero no quien la aplica. Nunca dejes de buscar la circunstancia atenuante, la explicación oculta. Sos joven, y parte de ser joven es ser terminante. Pero acordáte que no vas a ser joven toda tu vida. Nunca arrojes por la borda una saludable reserva de compasión y beneficio de la duda, que alguna vez vas a necesitarla en algún prójimo.

Luciano no pudo evitar una casi certidumbre de que don Antonio le estaba pidiendo que no lo juzgara.

-¡Simón: la cuenta!

Salieron como siempre, en yunta despareja: Luciano impaciente e impetuoso, don Antonio arrastrando su pierna con la vacilante ayuda del bastón y de la pierna heroica.

-Me parás un taxi, muchacho.

-¿Cuándo nos volvemos a ver, don Antonio?

-La próxima vez, muchacho. Me temo que antes va a ser imposible.




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