Primera parte



Descargar 0.71 Mb.
Página2/20
Fecha de conversión26.03.2018
Tamaño0.71 Mb.
1   2   3   4   5   6   7   8   9   ...   20

Junio de 1966


Luciano era un muchacho melancólico, que no sabía bien si se iba o venía de una adolescencia desastrosa. Hablaba fluidamente inglés y francés, se había ahitado de libros y comenzaba a apasionarse por la música. Su padre fustigaba a los suyos con una visión maniquea de la existencia: Los demás podían ocupar el océano que separaba los nítidos perfiles del bien y del mal, pero él estaba firmemente plantado en la orilla impecable, desde la cual recriminaba incesantemente a su desorientado retoño, que parecía víctima elegida de todos los remolinos y de todos los escollos. La madre era una mujer contradictoria, y atrapada también ella en la pleamar. Su familia la había ostracizado, y como el Dr. Bertone hubiera prácticamente renegado de la suya, Luciano se crio sin el plácido contrapeso de abuelos indulgentes y tíos cómplices, salvo el esporádico y distante que finalmente le ofreció el departamentito del centro. Desde los seis o siete años vivía enamorado de manera tan perpetua como inútil. Su torpeza con el sexo opuesto se había hecho legendaria. A medida que sus amigos se adentraban en la jungla del amor, él se iba quedando más y más rezagado. Su iniciación sexual había sido traumática y tardía. Solo había logrado acostarse gratis con la mucama de un vecino. Casi no hablaban, y sus encuentros eran siempre fugaces y a escondidas. Sin embargo, durante esos momentos entre que se desnudaban y volvían a vestirse, se sentía querido como nunca. Cuando se mudó al centro comenzó a visitarla más espaciadamente. Un día vio que baldeaba la acera otra mujer. Le preguntó por Rosaura y ella le dijo que no trabajaba más en esa casa. No la volvió a ver. Pero tampoco llegaría a olvidarla. Años más tarde, tratando de resistir el dolor de la picana eléctrica, se esforzaría por recordarle cada centímetro cuadrado. Y aun antes, cuando su matrimonio entraba en el declive final, se auxiliaría en el amor con el recuerdo de su olor acre a mujer en celo y de sus inmensos pezones de mestiza.

Escribía bastante, aunque nunca daba exactamente con qué. Empezaba siempre con entusiasmo, pero ya la segunda o tercera página solía acabar en el piso hecha un apretado bollo de frustración y bronca. Aun así, consiguió completar varios cuentos que los pocos amigos lectores elogiaron. Su inmersión en la política tenía cortapisas. No terminaba de decidir si había ingresado en la Juventud Comunista por convicción, por culpa o por no defraudar a su padre. Jamás se sintió valiente y prefirió eludir todo enfrentamiento que no fuera verbal; pero a la hora de los puños supo defenderse y, a veces, atacar, asombrándose cada vez de haber podido superar su cobardía.

El día convenido, tras el desayuno líquido que le consentía su hacienda, Luciano bajó caminando lentamente por una Callao todavía de doble sentido y navegada por trolebuses grises, que iba poniéndose cada vez más aristocrática y belle époque hacia la esquina de Santa Fe, donde aún existían la panadería Los Dos Bulevares y la confitería El Águila, a cuyas señoriales veras se enfrentaban, postreros de la ciudad paqueta, los cines Grand Splendid y Capitol, mientras en la esquina siguiente el Bar Río Bamba era un último punto de referencia para los amantes del buen comer. Ya tendría ocasión de recordar con profunda nostalgia aquel Buenos Aires próspero y prepotente que parecía incontenible en su arrolladora marcha en diagonal, camino de engancharse definitivamente al tren de Europa, arrastrando como mejor pudiera veintitantas provincias menos presentables. Subió por Santa Fe y dobló por Cerrito. Pasó frente a la Sinagoga donde no habían logrado borrar del todo un “Judíos a la horca” y un “Comunismo y masonería, crías malparidas del sionismo” firmados respectivamente por la Guardia Restauradora Nacionalista y Tacuara. Dio una vuelta al Colón. Atravesó la Plaza Lavalle. Husmeó entre los buquinistas y entró finalmente en el café lleno de gestores, abogados, tinterillos y demás gente aviesa y sórdida digna de la lupa de un Dickens del subdesarrollo. Al rato, don Antonio empujaba laboriosamente la puerta.

-¡Salve, muchacho!

-¡Don Antonio! ¡Siéntese! ¿Leyó lo que le di?

-Con un poco de esfuerzo.

-Sí, ya sé. Como le decía, a veces ni yo mismo me entiendo la letra.

-No me refería a ese esfuerzo.

-Entonces no le gustó…

-No dije eso, sino que me costó trabajo.

-¿Y eso está bien o está mal?

-Depende. El problema no está tanto en el esfuerzo como en lo que sacás con el esfuerzo.

-La tierra tiene lo que tú levantas de la tierra. Nada más tiene.

-Hacéme caso, muchacho; dejálo tranquilo a Porchia y no entrés a citar al pedo. Afiláte la memoria y el ingenio, en todo caso, con esa minita que te tiene tan enamorado.

Luciano se puso bermejo.

-¿Tanto se me nota?

-No. Fue un escopetazo a oscuras en el gallinero, pero seguro que iba a amanecer lleno de plumas.

-¿Ve, don Antonio? A mí esas cosas que usted larga sin pensar nunca se me ocurren. -¿Y quién te dijo que no las pienso? Lo que pasa es que las pienso rápido.

Don Antonio había sacado la pipa y un encendedor con el que estuvo sopleteando el caldero desde diversos ángulos.

-Bueno, pero las piensa… y encima rápido. A mí, en cambio, no se me ocurre nada. Me paso horas frente al papel con la sensación de que ahí nomás, a la vuelta del cerebro, está la idea salvadora, la idea, que después se va a escribir sola. Y no me viene.

-Ojo muchacho que Platón meaba olímpicamente fuera del tarro. Las ideas solo existen cuando se tienen. No hay ideas ahí escondidas, cual frasquito de aspirinas empeñado en ocultarse recóndito en el botiquín como si quisiera fastidiarnos. Vos querés escribir. Pero preguntáte si de veras te gusta. Es la pata de la sota que nos descubrió Ortega. Los demás, decía, escriben porque les gusta escribir, el argentino escribe porque quiere ser escritor. ¿Vos por qué querés “ser escritor”?

-¡Qué sé yo, don Antonio! Me gusta leer…

-Mirá, muchacho, a mí me apasiona comer, pero no se me ocurre meterme a chef.

-Pero si no me gustara leer, difícilmente me gustaría escribir, ¿no?

-¡Alto ahí! No te gusta escribir; o, en todo caso, no sabés si te gustaría, porque, como vos mismo has dicho, no escribís.

-Bueno, lo que quiero decir es que me gustaría poder…

-Eso ya es otra cosa. Pero volvamos a nuestra pesquisa. Si no tenés nada que decir, ¿para qué querés poder decirlo?

-Esa es precisamente la cosa. Yo siento que sí tengo algo que decir, salvo que no se me ocurre, y que si se me ocurriera no sabría si podría decirlo. Es como cuando uno siente ganas de orinar, saca la pistola, se queda parado como un imbécil y nada. Y al rato se da por vencido, pega media vuelta… y comprende que las ganas de orinar siguen ahí.

-Convengamos en que tenés una idea medio diurética de la literatura, muchacho. Pero exploremos el símil un poco más. ¿Qué pasa si, de pronto, la vejiga se te torna solidaria y meás como un beato?

-Bueno, nada. Quiero decir que se me pasan las ganas, que ya no me molestan ni distraen…

-¿Y de qué te andan distrayendo esas molestas ganas de orinar literatura que andás tan desasosegado?

-No, no es que me distraigan de nada…

-¡Exacto! Ahí es donde el símil de la micción hace avergonzado mutis por el foro. Las ganas de mear molestan y meando desaparecen, como cogiendo las de coger. ¿Vos qué querés ser, un don Juan de la literatura o un escritor de veras? ¿Por qué querés “ser escritor”? O, lo que no es más que el reverso de la pregunta, ¿para qué querés “ser escritor”?

-¡Qué lo tiró, don Antonio, usted es como uno de esos perros que una vez que muerden no sueltan ni aunque los maten!

-No es para tanto. Aunque vos has querido verme para que te mordiera y no te soltase. Y yo, de yapa, te invito a almorzar como es debido. Pero antes vas a probar un buen batido de Gancia con Campari y limón, que una buena comida exige un aperitivo digno. ¡Mozo!

-¡Gracias, don Antonio!

-No te me distraigas, que después te tengo que andar juntando como si fueras un rebaño de diez mil ovejas. ¿Adónde querés llegar “siendo escritor”?

-¡Qué se yo! Ya le dije, a ser alguien; pero no alguien cualquiera, como ahora, como toda esta gente…

-Como yo.

-No, usted es diferente…

-¿Por qué? No “soy escritor”, no me conoce nadie; vos, casi que por casualidad…

-¡Pero usted escribe fenomenalmente bien!

-¡Mida sus palabras, jovencito! No es para tanto.

-No, en serio, No sé qué más tiene aparte del cuento que me dio, pero yo daría mi brazo derecho por poder escribir así.

-Con un solo brazo vas a tardar un montón, sobre todo si es el izquierdo.

-Usted sabe lo que quiero decir. Y sabe que escribe bárbaro.

-Te lo repito, muchacho. No es para tanto. Pero no es para hablar de mí que nos hemos congregado. Recomencemos: ¿Adónde querés llegar “siendo escritor”?

-Qué sé yo… A ser famoso. Bueno, no exactamente famoso…

-¿Y cómo es ser no exactamente famoso?

-¿Cómo le explico? Quisiera que la gente me leyese…

-Para lo cual, claro, tendrías que escribir, que es, me temo, la condición innegociable de “ser escritor”.

-Sí, claro. Y, como le digo, no me sale.

-Y no te sale porque sentís ganás de mear, pero tenés la vejiga más seca que la Puna de Atacama. Esa es la diferencia entre vos y yo. Yo escribo, pero no “soy escritor” ni lo quiero. Me importan tres soberanos pepinos que la gente me lea. Yo escribo porque de repente me viene una idea y entonces saco el papel y la pluma. Yo no juego al tenis con la inspiración, muchacho. No me pongo como un papanatas a hacer jueguito de piernas raqueta en mano esperando a ver si hoy la musa viene por fin a la cancha. Esa es la diferencia. Y por eso a mí las ganas de escribir ni me molestan ni me distraen. Me dan y escribo.

-Bueno, pero entonces usted escribe como orina, ¿no?

-No. A mí ni no me gusta mear. Meo porque no tengo más remedio. Si pudiera, preferiría no tener que mear una gota más el resto de mi vida. Sí me gusta, en cambio, escribir. Me gusta quedar contento con lo que escribo. Me gusta saber que hoy mismo, o mañana, voy a volver a escribir y me va a volver a gustar. Pero no me angustia que un día el berretín se me pase. No necesito que me guste. Me gusta y punto. Eso sí, cuando me entra el sueño y estoy embalado me da una pena tremenda y trato de aguantar todo lo que puedo, por temor de que al día siguiente se me haya cortado la inspiración. A veces, claro, se me corta, y ahí es cuando el potencial capolavoro emigra al limbo.

-¿Pero no era que la cosa se limitaba a una frustración pasajera? ¿Cómo pega con que le dé miedo perder el hilo si se va a dormir?

-Lo de “pasajera” viene con problemas de similitud fonética sospechosa. No es miedo, es más bien ansiedad, me da como vértigo de sentirme tan entusiasmado y que se me corte… Un poco como cuando suena el teléfono y se te esfuma la erección in medias res... (¡je! en medio de la vaca... ¡cuidado con el inconsciente, muchacho, que te va a hacer meter todas las patas!). Pero miedo, te repito, no me da. Y esa es la diferencia que estoy tratando de hacerte entender. Yo escribo porque me encanta y se me canta; pero no “soy escritor” ni tengo milongueras pretensiones de llegar a serlo alguna vez. Si un día de estos dejara de gustarme, es decir, si dejaran de venirme solitas las ideas y las ganas… ¡nada! Dejaría de escribir.

-Me va a perdonar, pero aquí el que no le termina de creer soy yo. Si no le importa que lo lean, ¿para qué escribe?

-Para qué no, muchacho, para quién. Escribo para mí.

-¿Y el reverso, don Antonio? Escribe para usted, fenómeno; pero entonces ¿por qué?

-También por mí. Escribo porque me da placer leerme.

-No lo tome a mal, pero me viene una asociación medio fulera…

-Sí, ya sé, una asociación “pasajera”, ¿no? Decila con todas las letras nomás…

-Bueno, usted ya se imagina. Si hace un ratito me acusaba de tener una visión diurética de la literatura, la suya tira francamente para lo masturbatorio, ¿no? Digo, y ¡por favor no se me vaya a ofender!

-De ninguna manera; has dado certeramente en el clavo. ¿Y con eso?

-Sus batidos, señores.

-A ver qué te parece este elixir, muchacho.

Luciano se llevó el vaso a los labios con una mezcla de curiosidad y rechazo. Se encontró con un gustillo inesperado. El dulzor casi empalagoso y apenas amarillento del vermú se batía -nunca mejor elegido el verbo- glacialmente a duelo con el áspero rubor del Campari bajo el arbitraje ecuánime del limón para luego amigarse camino de la garganta, lubricado todo por la apenas perceptible clara de huevo.

-¿Y?

-¡Magistral, don Antonio!



-O, como decimos los profesionales de estas cosas, “deputamadre”. Volvamos al tema, ¿qué me decías?

- El que estaba diciendo era usted. Me estaba preguntando si a la literatura la quería de amante o de legítima esposa, si lo entendí bien.

-¡Perfectamente! De eso, precisamente se trata. Y ni siquiera de amante más o menos estable, sino como una colección de conquistas de una noche: un cuentito por aquí, un poemita por allá, y mientras tanto, solterito de letras.

-¿Como usted, don Antonio?

-¡Y dale con la cantinela! Lo mío, muchacho, es diferente. Habíamos quedado en que yo soy un literario pajero. No vuelvas a confundir las cosas.

-Bueno, eso lo dice usted…

-No, muchacho, lo dijiste vos, y yo estuve totalmente de acuerdo. No te olvides; yo no escribo ni por amor de la literatura ni para que me lean. Yo escribo porque me da la gana, y me da la gana porque me da placer. Y hablando de placer, me ha entrado un hambre de tiburón. Vení, vamos a almorzar como yo merezco y vos necesitás. ¡Se cobra, por favor!

Luciano esperó a que don Antonio lograra erguirse sobre su pierna útil y le fue abriendo camino hacia la puerta. A la salida había uno de los pocos mendigos de entonces; un hombre ya mayor, en inexorable derrota, sucio y con el brazo cubierto de costras.

-Esperá un momento, muchacho.

Don Antonio se detuvo, se apoyó contra la pared para no perder su precaria verticalidad y hurgó sin premura en el caos de sus bolsillos. Al cabo de unos segundos que a Luciano se le hicieron eternos, extrajo un billete.

-Aquí tiene, amigo. Buena suerte.

-¡Dios lo bendiga!

-Buena falta que me haría, pero me temo que anda distraído en Vietnam.

Tomaron uno de los últimos Mercedes gasoleros importados por Perón unos quince años atrás que negociaban los baches porteños. Luciano hizo ademán de ayudar a su amigo.

-El día que precise tu ayuda, muchacho, te prometo que te la voy a pedir.

-¿Adónde lo llevo, caballero?

-Al Sáenz Peña, en Yrigoyen…

-… al 1600. Se ve que elige bien dónde comer, caballero. ¿Sabe que tienen una trucha salmonada que se la traen siempre fresca de la Patagonia?

-Ah, ¿así que usted también la probó?

-¡Y de no! Porque yo supe trabajar mucho en la Patagonia, ¿sabe? Fui obrero de YPF y delegado del SUPE en Plaza Huíncul, hasta que me harté de Cavalli, mandé todo a la mierda y me vine a la Capital a laburar de tachero. No me arrepiento, le digo, pero a veces extraño ese cielo gris, no sé si conoce, que no empieza ni termina nunca.

-Así que no lo quiere a Cavalli. Cavalli, muchacho, es el burócrata que dirige el Sindicato Único de Petroleros del Estado. Un hampón como tantos otros traidores a la clase obrera que Perón compró para que lo apoyaran en su proyecto fascistoide. Y ahí los tenés ahora, haciéndoles el juego a los milicos para el inminente golpe de estado.

-Y se viene, caballero; créame que se viene. Al viejo Illia no lo dejan gobernar. Está bien que siempre parece que se acabara de despertar de la siesta, pero ya va a ver cómo nos vamos a acordar de este gobierno como la época dorada. Incompetente, seguro, pero no ladrón, y eso hace más de treinta años que no se veía. Yo levanto muchos pasajeros que están deseando mano dura para acabar con las huelgas y el quilombo. Pero, qué quiere que le diga, yo a los milicos nunca les he creído. Ni cuando gobernaban con Perón ni cuando gobernaban contra Perón, ni cuando gobernaron con Frondizi ni cuando gobernaron sin Frondizi. Le digo, este país no va a salir adelante hasta que no haiga más militares ni curas… y perdone si es creyente, pero yo pienso así.

-Somos dos, chofer. O tres, si lo contamos al pibe.

-Le digo, caballero, aquí la cosa se va a poner muy mal. Y para peor, al viejito lo presionan mucho, ¿vio? Los milicos están asustados, y van a aprovechar el descontento de la gente, créame. Mire que uno escucha cosas en este laburo. Aproveche para comer bien, caballero, porque créame que se vienen tiempos jodidos. Y vos, pibe, cuidáte, porque a los primeros que van a cagar a palos es a ustedes, los estudiantes. Mire no tengo cambio, dejémoslo en treinta. Chau, caballero. Buen provecho.

Don Antonio descendió por lentas etapas mientras Luciano daba la vuelta y se mantenía expectante al menor indicio de solicitud de ayuda. No lo hubo.

El Sáenz Peña era un restaurante como siguen siendo los buenos restaurantes argentinos, sin pretensiones, heredero visible de la trattoria, con jamones pendiendo del cielo raso cual suculentas espadas de Damocles y botellas en las repisas, pero con un abanico de manjares insólitamente heterogéneo.

Un mozo de chaqueta blanca impoluta y pantalón negro con las rayas cinceladas de cintura a botamanga les salió al encuentro.

-¡Qué tal, don Antonio! ¿Hoy se nos trajo a su sobrino?

-No. Es un amigo. Un discípulo, va.

-¿De la universidad?

-No, de la vida, y hoy especialmente de la mesa, así que tratános bien. Este, muchacho, es Simón, arcángel vicario del Tano Niccola, egregio si astroso propietario de este tradicional repostadero porteño.

Con maniobras que ni la diosa Khali con sus ocho brazos, Simón corrió las dos sillas superfluas, sacudió el mantel, retiró dos juegos de vasos, platos y cubiertos, redistribuyó los dos restantes, verificó el pliegue de las servilletas, deslizó desde diversas direcciones vinagrera, aceitera, salero, pimentero y frasquito de mondadientes al centro geográfico preciso de la mesa, dejó el menú singular a 45 grados exactos sobre el plato de don Antonio y, antes de hacer un breve mutis, tuvo tiempo de inquirir:

-¿Y cómo anda, don Antonio?

-A medias, como siempre, ¿y vos, Simón?

-También, como siempre.

Simón regresó con el pan y los grisines.

-¿Que le puedo ofrecer? Déjeme que le explique. Codornices en escabeche no me quedan, pero tengo unos ñoquis a la sorrentina de chuparse los dedos. La entraña la trajeron esta mañana y es lo que voy a comer yo, así que ya se imaginará. El matambre no se lo recomiendo; a mí me pareció poco tierno, aunque está rico, eso sí. Pero bueno, lo dejo elegir tranquilo. ¿Ya sabe qué vino va a tomar?

-Traéme un Carcassone.

-¿Soda?

-¡Me extraña, Simón!



-¡Perdone, don Antonio, se lo pregunté por el pibe!

Luciano había asistido al ritual sin decir palabra, mirando a su alrededor con ojos a una voraces y comedidos. El hambre lo iba invadiendo desde el bajo vientre hasta el paladar, pero la parte superior de la cabeza seguía conservando autonomía suficiente para advertir todos los detalles de aquella fonda que para él era una novedad tan admirable como ominosa: Calculaba que don Antonio jamás condescendería a dejarlo pedir una simple milanesa con papas fritas. Pero lo que más lo alarmaba era la proscripción de la soda.

-Muchacho, me imagino que tenés un hambre acorde con tu edad y tu anémica anatomía, de modo que tenéme confianza que vas a comer como un pashá. Simón, mirá, para el primer round nos hacés marchar unos ñoquis. Decíle al Tano que la ración es para el pibe, a ver si lo hacemos rellenar mejor la ropa. Después nos servís unas mollejas al verdeo. Ah, y me traés ya el provolone, me sacás este aceite de mierda y me contrabandeás un poco del de tu patrón. Y el molinillo de la pimienta.

-¡Délo por hecho, don Antonio! Perdóneme; lo del provolone, el aceite y la pimienta se me pasó. No tendría ni que pedírmelo.

En una bandeja que planeaba inverosímilmente con la gracia de un plato volador del que parecía colgar, Simón trajo un cuenco vacío, el vino, la soda, el molinillo, el provolone, el rallador de hojalata y una garrafita llena de un aceite verdoso y perfumado. Don Antonio cubrió el fondo del cuenco con unos diez milímetros de queso, distribuyó un chorro de aceite, cogió el molinillo y esparció el polen de la pimienta. Acabada la operación, tomó la botella de vino con dulzura.

-Es casi como tomarle el brazo a una mujer cuando querés empezarlo a llevar hacia detrás de tu nuca. Mirá, muchacho, te voy a enseñar a tomar vino. Porque a tomar vino se aprende. La botella es verde, de modo que no da idea del verdadero color. El vino, como las mujeres, es para mirar primero.

Don Antonio vertió exactamente un centímetro en su copa, la alzó, la puso al trasluz, la estudió amorosamente y la pasó al contraluz opuesto para que quedara interpuesta ante Luciano.

-¿Ves este color rubí? El buen vino te tiene que dar ganas de beber con solo mirarlo. Fijáte en los destellos, en la densidad. El vino tiene siempre el color del gusto que va a tener. Si alguna vez dejás de ser un pobre diablo gastronómicamente pusilánime, no dejes que ningún advenedizo venga a impresionarte agitando el vaso antes de dártelo a catar. Es cierto que el vino tiene que respirar, pero hay que olerlo antes. Tomá. Chapá la copa por el tallo para ver bien el color. ¡Ojo, no lo agites demasiado! ¿Ya? Bueno, tratá de retener el aroma.

Don Antonio se llevó la copa a la nariz, entrecerró los ojos y aspiró frunciendo el ceño como si quisiera impedir que el olor se le escapase de las fosas nasales. Acto seguido la apoyó sobre el mantel y la hizo trazar vertiginosas órbitas entre índice y mayor de su diestra.

-Queda más paquete agitarlo a copa alzada, pero yo soy medio bagual para las pezuñas y siempre me termino manchando. Lo que oliste fueron los alcoholes primarios, los que reaccionan espontáneamente al contacto con el aire. No son demasiado fuertes, pero ya comienzan a revelar la catadura fundamental del vino. Se parece a cuando la mujer se saca el abrigo. Todavía no es ella, pero ya se va pareciendo a como va a ser cuando lo sea. El vino y la mujer han de ser revelados con paciencia, esmero y deleite. Ahora fijáte en cómo “baja”. Cuanto más espeso, más tarda en bajar y más grueso el anillo que marca hasta donde llegó. Siempre como con una mujer: mirás para que se te revele el cuerpo que le vas a sentir.

Tras volver a ponerse la copa delante, don Antonio la fue acercando al rostro en un movimiento pendular cada vez más cerrado hasta que la punta de su generosa probóscide calzó en el anillo de vidrio y aspiró con una expresión de profunda beatitud, tras lo cual volvió a pasársela a su compañero de mesa.

-¡Olé ahora!

A Luciano le iluminó el semblante un gesto de maravilla.

-Son los alcoholes secundarios. Como tardan en reaccionar, conviene apurar el proceso aumentando la superficie expuesta al aire. Lo del vals que le hice bailar camino de olerlo es para que el aroma no te inunde de golpe sino que vaya acostumbrando la nariz.

Don Antonio inclinó la copa con delicadeza y bebió un sorbo.

-Ahora vos, muchacho. A probarlo despacito con cada milímetro cuadrado de la lengua y del paladar. Que vaya raspándote la garganta suavemente... ¿Y? ¿Qué tal?

Luciano tardó un tanto en acostumbrarse al gusto inesperadamente agresivo, pero no se dejó vencer por la reacción de rechazo a la acerbidad temida. Lo fue dejando hacer. Don Antonio tomó un trozo de pan, lo partió en dos, dio una mitad a su amigo y le corrió hacia él el cuenco con la pasta de provolone y aceite. Luciano untó la miga generosamente y se la llevó instintivamente a la nariz.

-¡Bravo, muchacho! Como con una mujer. El aroma de la piel se aspira antes del primer beso. ¡Vas por buen camino!

Luciano mordió casi con pasión el pan enjaezado. La boca se le llenó de las dos consistencias contradictorias y de los cuatro sabores tan distintos y tan inesperadamente convergentes.

Simón llegó portando unos dos kilos de ñoquis trabados en desesperada batalla por ganarle la primacía del plato a un queso derretido de amor por el tomate que lo invadía todo con su humo celestial. Luciano se volcó con denuedo a devorar los almohadoncillos apenas consistentes que se consustanciaban con el queso y el tomate para cubrir la lengua entera con un velo cremoso y candente.

-¿Qué tal los ñoquis? No, no tenés que esclarecérmelo… seguí morfando, pero ¡despacito! No te atores que esto no es más que el Kyrie.

Luciano aminoró apenas el ritmo de su pasmosa deglución.

-¿Sabe una cosa, don Antonio? Me quedé pensando: Yo al pordiosero ese ni lo miré. Pero usted se paró, estuvo como cinco minutos hurgándose los bolsillos y encima, cuando vio que no tenía cambio, le dio un billete de quinientos pesos.

-¿Y eso qué tiene de particular?

-Es que una de las cosas que el viejo me decía siempre era que la limosna no arregla nada, que la única solución verdadera es cambiar el mundo.

-Supongo que la coherencia ideológica le impediría dar dinero a los menesterosos, entonces.

-Así es. Cuando por casa aparecía alguno, el viejo le daba muestras de remedios.

-Ya veo.


-¿Qué es lo que ve exactamente?

-Que tu viejo es un amarrete.

-¡No diga eso, don Antonio!

-Es la verdad. A él las muestras no le cuestan un centavo. Así cualquiera es generoso.

-¡...!

-Mirá, muchacho, ¿tu viejo puede cambiar el mundo?



-Bueno; solo, claro que no. Pero trata.

-Sí, trata… pero ¿puede?

-No.

-Y mientras trata porque solo no puede, ¿podría darle de comer hoy a este pobre tipo?



-Y… sí.

-Fijáte, entonces: al mundo no lo cambia porque solo no puede, y a este pobre tipo no le daría un centavo porque no sirve para cambiar el mundo. Yo creo que lo hace por avaro, no por consideraciones ideológicas trascendentes. Porque ¿qué mal hay en tratar de cambiar el mundo y, entretanto, darle de comer a este tipo? ¿Dónde esta la incompatibilidad? ¿O este pobre hombre, gracias a que le den de comer hoy, se va a aburguesar y pasarse al bando de la reacción? Mirá, muchacho, los únicos que recelan del aburguesamiento de los pobres son los marxistas burgueses. ¿O me vas a decir que tu viejo toma agua en vez de soda para no aburguesarse?

-No, claro... Pero...

-¿Y, pibe, qué te parecieron los ñoquis del patrón? Mano santa, el patrón, ¿eh? ¿Y usted, don Antonio, qué tal, contento?

-Le das un beso en cada mejilla al Tano. Pero eso sí, primero pedíle que se afeite y se mande unas gárgaras de detergente.

-¡Déjese de embromar, don Antonio!

Simón recogió los platos y reapareció colgado de una bandeja humeante.

Las mollejas venían en pequeños trozos y entreveradas con unas papas diminutas y perfectamente esféricas, las hebras verdiblancas de los cebollines y lo que parecía una lluvia de perejil. Don Antonio las roció con una sutilísima garúa de pimienta. Luciano las probó con desconfianza. Lo primero que le llamó la atención fue la consistencia insospechadamente tierna de la carne, que contrastaba con el crocante inicial de las papas que inmediatamente cedían el casi puré de su interior. Los cebollines aportaban su sabor dulzón mezclado con la pugnacidad apenas indiscreta del ajo, mientras que el aceite de oliva cimentaba todo y el perejil recordaba a cada bocado que lo habían añadido a último momento, fresco e independiente.

-Glorioso el Gloria, ¿no?

Luciano sonrió todo lo que le permitieron sus carrillos inflados.

-Y no te olvides que el vino es parte de la comida. El secreto está en ir dosificando sorbos y bocados. No hay proporciones prescritas. Vos buscá tu propia cadencia. Ya sabés con qué se me ocurre compararlo, pero algo me dice que me estoy pasando de revoluciones. Como me decía Eulogio Joel, un amigo chileno escritor, cuando Pancho Coloane, otro colega, comenzaba a desvariar, Bueno el vino, ¿no?

-¿Usted estuvo en Chile, don Antonio?

-Preguntá mejor dónde no he estado, muchacho. Sí, conozco Chile.

-¿Y qué tal?

-Es un país que tiene sobre el nuestro una ventaja decisiva: está lleno de chilenos.

-¿En qué sentido?

-En todos menos el vestir. Es gente como la de campo nuestra, sencilla, sensible, cálida, generosa, sin ansias de ser otra cosa ni complejo de no serlo; gran patria de poetas. Hay, en este pobre continente en el que han naufragado nuestros padres o abuelos, dos países de poetas: Chile y Cuba.

-Bueno, pero nosotros también tenemos. Un montón. Y de primera.

-Tenemos. Un montón. Y de primera. Pero no somos un país de poetas. Nuestro pueblo no conoce a sus poetas como los chilenos conocen a Neruda o los cubanos a Martí. Los nuestros son poetas de nuestro país, sin duda, pero nuestro país sigue sin ser un país de poetas. Como que tenemos montañas, pero no somos un país de montañas. Chile, en cambio, sí; de montañas y de poetas. En prosa, claro, el resultado del partido es otro. Ellos vinos blancos, nosotros tintos; ellos mariscos, nosotros carne; ellos poetas, nosotros prosistas; ellos, de paso, un respeto básico por las leyes de la convivencia, nosotros un olímpico cagarnos en ellas que algún día, me temo, vamos a pagar caro. Pero ¿qué tal las mollejitas?

-Bárbaras, don Antonio. Le juro que nunca me había mandado una comida así.

-Ni falta hace que me lo jures, muchacho, aunque te recomiendo precisar la terminología. Te repito: los profesionales decimos “deputamadre”. Y ahora, de postre, el Agnus Dei. ¡Simón! Le decís al Tano que quiero panqueques flambeados al Cointreau. Ya vas a ver, muchacho, la diferencia entre un panqueque vulgar y uno como Dios habría mandado si supiese comer. Claro, como no le hace falta...

-Perdóneme la ignorancia, don Antonio, ¿pero qué cazzo es el cuantró?

-Es un brandy que roba su gusto de la naranja. En la Argentina nos sale bastante bien, como casi todo lo intrascendente que plagiamos. Te va a gustar.

-¿Por qué habla mal de la Argentina, don Antonio. ¿Tanta bronca le tiene? ¿Qué le hizo la Argentina?

-No me ha hecho nada. Hablo mal porque, en el fondo, soy un cascarrabias. Uno tiende a extrapolar su propia experiencia; uno siempre confunde su mundo con el mundo, su clase con su país. Yo mismo, que la tengo maliciada, no puedo evitar caer en la trampa. Hablo de la Argentina, pero en rigor me refiero a una Argentina especial, la mía, la de la pequeña burguesía. Es con esa Argentina, con esta clase social de la Argentina, con la que tengo cuentas que saldar. Me hizo querer ser europeo, me hizo querer ser otro y otra cosa. Me hizo avergonzarme sigilosamente del verdadero pueblo, de los que de veras la yugan y sufren todas las humillaciones y toda la miseria; me hizo avergonzarme de quienes hacen la música que adoro, el tango, la chacarera, la zamba, el chamamé…

-Lo del tango se lo puedo creer, y lo del folclore del norte en todo caso, pero no me va a venir con el cuento de que usted es chamamecero.

-¡Cómo se conoce que soy mucho más argentino que vos, carajo! Es que en los países como todos los demás, se nace y chau; ¡qué digo en los países!, en las culturas. Naciste de familia francesa, así sea en la propia Cochinchina, y ya sos irremediablemente francés, para mejor o para peor. Aquí te vas haciendo argentino de a poco. Claro, ¿ves?, digo aquí y quiero decir exactamente aquí, aquí en Buenos Aires, aquí en el Buenos Aires de nosotros, en el Buenos Aires de nuestra pretenciosa pequeña burguesía. Yo, que tarareaba corales de Bach antes de enterarme de La Cumparsita, que conocí Siberia antes que Ushuaia…

-¡Conoció Siberia, don Antonio!

-Sí. Una cagada. Dejáme terminar. Yo me hice chamamecero de adolescente. Si a vos no se te frunce el ojete cuando pita la acordeona, te faltan muchas leguas para ser argentino, aun si argentino pequeño burgués. Y si un simple grave del bandoneón no te retuerce hasta el último palmo del intestino delgado, ni te cuento. Los hermanos Ábalos, Sixto Palavecino y su violín afónico, Ernesto Montiel, De Caro, Di Sarli. Eso me gusta; eso y Beethoven. Y Verdi. Y Billie Halliday… Ese es el ecléctico folclore universal de nuestra melancólica y acomplejada pequeña burguesía. Ya es bastante jodido ser argentino, pero a mí de yapa me ha caído en suerte ser porteño. Yo estoy cagado por esta doble nacionalidad argentina y porteña. Y no tengo adónde irme, muchacho. Porque no he podido dejar de ser argentino y porteño ni en Pekín, que era tan distinta, ni en París que era tan igual.

Simón trajo los panqueques que todavía relucían entre tenues llamas azuladas. Los sirvió con su pericia de siempre y volvió a esfumarse. Luciano no pudo salir de su asombro. En sus cuatro lustros de monótona ingestión había deglutido vagones de panqueques de dulce de leche, pero nunca pensó que el sabor pudiera llegar a ser tan diferente. Sintió la boca invadida por la confitada amalgama de la masa sutil, el dulce de leche civilizado por el distante sabor a naranjas del Cointreau en que apenas si llegaba a disolverse, y la sorpresa que cada tanto se llevaban los dientes con los cristales de caramelo.

-¿...?

-¡Esto no se puede creer, don Antonio!



-Sí que se puede, muchacho. Todo es cuestión de fe.

Don Antonio dejó que Luciano se solazara en silencio. Su joven amigo no salió de trance hasta que terminó de engullir la última cucharada de dulce bañada en licor.

Simón volvió a describir una fugaz órbita alrededor de la mesa alzando platos y cubiertos, sacudiendo migas y reacomodando copas.

-¿Café?


-Dos. Pero como me gustan a mí.

-¡No tiene ni que decírmelo, don Antonio!

Y desapareció una vez más en el espacio intergaláctico de planetas en forma de mesa con lunas de sillas y comensales. Don Antonio volvió a desexiliar la pipa que comenzó a cargar con la noble lentitud de siempre.

-¡Gloria al gran Manitú por haber dado a los hombres la delicia del oppávoc! Y gloria también por habernos hecho más bonancible la vida con Leopoldo Marechal, por mucho que haya sido cómplice en la aventura fascistosa de mi general Perón.

-Le voy a decir que para enemigo de las citas literarias en la conversación, don Antonio, hoy lo veo un tanto apóstata.

-Enemigo de las citas pretenciosas y arbitrarias muchacho, o sea, de las traídas de los pelos para pasmar a interlocutores medio pajarones o para ostentar lecturas de dudosa solidez. Pero cuando ya está dicho con infalible contundencia, ¿para qué innovar? La cita es como el refrán: ha de calzar justamente en el momento justo, como la alpargata de vidrio en la minúscula -y, de ser consecuentes con las leyes del realismo, roñosa- pata de Cenicienta. Acaba de darse un tal momento. Y espero que me alcancen las citas justas para todos los momentos justos que me quedan por vivir. Parafraseando una vez más al insigne Viejo Vizcacha, cada cita en su momento es el modo de charlar… y, si a eso vamos, de escribir, ¡qué joder!

-¿En qué quedamos, don Antonio? ¿Se escribe como se habla, se habla como se escribe o se habla como se habla y se escribe como se escribe?

-Así es, muchacho.

Y don Antonio dio por concluida la escena exhalando una humareda que era como un espeso telón.

-¿Así que a usted le gusta la música, don Antonio? La clásica digo, ¿toca algún instrumento?

-Sí y no. Me apasiona la música clásica y no toco ningún instrumento, pero siempre me he interesado por la teoría. Con la música me pasa un poco lo que con la literatura y, si me apurás, con la vida misma. Soy buen crítico, pero mal ejecutante; teórico perspicaz, pero como práctico... tirando a choto.

-¿Y qué tipo de música prefiere?

-Salvo Wagner, la última que haya escuchado.

-No tiene pinta de que no le guste Wagner, ¿sabe?

-En realidad exagero. No es que no me guste, sino que cada vez lo aguanto menos. Como dice Bernard Shaw, te obliga a hastiarte durante cinco horas para escuchar veinte minutos de la música más celestial jamás compuesta. Fuera de eso, me gusta todo, o casi; más que nadie, Haydn.

-Yo de Haydn no conozco prácticamente nada, pero lo que he escuchado me parece medio como un híbrido de Mozart y Beethoven.

-Convendrás en que como híbrido no está tan mal. Y se explica; fue el maestro de los dos. Mirá muchacho, es una lástima que se toque tan poco y que la discografía sea tan pobre, pero en Austria, creeme, lo adoran como merece.

-¿Y por qué le gusta tanto?

-Porque es el compositor más sano que conozco. Un hombre de un magnífico sentido del humor pero sin maldad ninguna, capaz de reír sin burlarse. Rústico, alegre, buen amigo. No hay una nota que revele un ápice de neurosis. Con Haydn, Freud se habría fundido.

-Voy a tener que prestarle más atención, entonces.

-No te vas a arrepentir, muchacho. Es el mejor antídoto contra la melancolía. Y hablando de melancolía, contáme de ella.

-¿Qué quiere saber?

-Por lo pronto, todo lo que me quieras decir. Después, ya veremos.

-Mire, ni sé por dónde empezar... se llama Verónica, tiene mi edad, es alta, delgada, pelo castaño claro, ojos marrones...

-No me hace falta el identikit, muchacho. Poco importa si es bizca. Habláme de ella, de la mujer. ¿O te enamoraste del envase?

-No sé... Es todo… Su manera de hablar, de reír; su sonrisa, cómo camina...

-Seguimos describiendo el envase, muchacho. Pero bueno… ¿Te da bola?

-Poca, don Antonio. En todo caso, no la que quisiera.

-Entonces tan como es no has de quererla. A menos que la quieras porque no te da bola, y eso te va a costar caro cuando te la dé. O, más bien, le va a costar caro a ella.

-¿Por qué dice eso, don Antonio?

-Después te cuento. Vos ahora seguí.

-No sé que más quiere que le diga...

-Pues todavía no me has dicho gran cosa.

-Es que no sé qué decirle. Parece mentira, pero ahora que me lo pregunta, ni sé por qué la quiero. La quiero y chau.

-La querés y hola. La cosa no termina ahí, ahí no hace más que empezar.

-Es que de veras no sé...

-No querés saber, muchacho. Es malo no querer saber por qué uno siente lo que siente y termina haciendo lo que hace, porque se hace difícil controlar lo que se terminará por hacer. Es malo no querer saber cómo es uno, sobre todo cuando uno está peleado con lo que siente y descontento con lo que hace.

-¿Usted cree que a mí me pasa algo de eso, don Antonio?

-Vos mismo me lo dijiste, ¿no te acordás? Pero no te acomplejes que nos pasa a todos. A unos más y a otros menos. Si no estuviéramos peleados con lo que sentimos y descontentos con lo que hacemos seríamos todos felices. Los curas no tendrían problemas con el celibato ni los adolescentes con la paja. Pero, a unos más, a otros menos, a todos nos aqueja el cortocircuito entre corazón y bocho, entre corazón y verga y, a la postre, entre verga y bocho. Y, o yo estoy ciego como un topo, o vos estás en plena guerra civil interna.

-Bueno, no sé si estoy peleado con lo que siento, como usted dice. Yo no quiero no quererla; lo que quiero es que ella me quiera a mí. Y en cuanto a lo que hago, no es que esté descontento, sino que no parece servirme de mucho.

-Entonces tan contento no has de estar. Pero contáme, ¿cómo hacés para quererla si no la conocés?

-¿Cómo que no la conozco?

-No la conocés un carajo. Todavía no me has dicho una palabra acerca de ella. Eso sí, si te dejaba, el identikit habría sido tan minucioso que podría ir en el pasaporte en vez de la foto. No la conocés, insisto, un carajo. Por lo pronto, no sabés cómo coge.

-¿Y eso usted cómo lo sabe?

-Porque acabás de decir que la bola que te da no te sirve, porque en el identikit falta la textura de la piel, el sabor de la piel, el olor de la piel. La tuya es congoja de deprimido, no de enamorado sin correspondencia. Si tengo razón, que ella te quiera no te va a servir de gran cosa, porque la vas a dejar de querer. Y antes, durante o después de ir dejándola de querer te vas a enamorar de otra que no te dé ni la hora, para repetir la jugada en cuanto te la dé. Y si te la diera, en vez de probarte que sos mejor de lo que creés, lo único que te va a estar demostrando es que ella no es tan buena como vos creías. Si pasaste el examen no habrá sido porque estabas bien preparado, sino porque el examen no era debidamente escarpado, y como vos lo que querés es probarte, te vas a ir a buscar un examen más arduo. Por eso no podés decirme nada de ella, porque ella no es más que un examen que aún no has dado, y todo lo que sabés es el color y el espesor del sobre.

-¡La pucha, don Antonio! ¿Usted es brujo o qué?

-Viejo, nada más, aunque también un poco diablo. Además, escucharte a vos es volver a vivir. Todas las fotografías que me mostrás son de paisajes que he conocido, ¡y vaya si los he conocido!

-¿Usted tampoco se gustaba?

-Así es, muchacho.

-¿Y cuándo se le pasó?

-Cuando entendí por qué sentía lo que sentía y qué me llevaba a hacer lo que hacía. Me tomó años, y aún no estoy enterado del todo. Menos mal que para vivir una vida de la cual no vayas luego a arrepentirte hay que conocerse bien, pero no necesariamente del todo, porque del todo no se puede nunca. Pero, a ver, ¿por qué no te gustás?

-Porque soy demasiado egoísta y mediocre.

-¿Y eso de dónde lo sacaste?

-De verme, de ver cómo soy, de ver lo poco que me importan las cosas importantes y lo mucho que me voy en pelotudeces.

-¿Y a esa conclusión llegaste solo o te ayudó algún gurú?

-Solo, don Antonio; solo. Solo, mirándolo a mi viejo.

-¿Qué, es espejo tu papá?

-Hasta cierto punto sí. Yo veo en él todo lo que a mí me falta, y en mí lo que él desprecia. El viejo se hizo comunista en los años 30 y nunca aflojó. Toda su vida ha sido una entrega total. Lo echaron de todos los hospitales, lo metieron en cana, le pusieron bombas en la casa…

-¿A él solo?

-¿Qué quiere decir?

-Si las bombas se las pusieron a él solo o si la casa era la de todos ustedes.

-No, claro, era la casa nuestra.

-Entonces las bombas te las pusieron a vos también. A tu viejo, de pibe, no le ponían bombas en la casa. A tu viejo, de pibe, no le mentían al padre en la cárcel. Los peligros que afronta los afronta porque él decidió afrontarlos.

-¿Y le parece mal?

-¡De ningún modo! Hay que tener ideales, pero sobre todo cojones para ir en busca del peligro sin ambición de fama, riqueza o poder.

-¿Y entonces?

-Entonces me interesás vos, no tu viejo. Vos empezaste, en muchos sentidos nada políticos, con el pie izquierdo. Por lo pronto, a tu viejo no lo echaron de su clase; se fue él. Y no te enojes, pero habría que ver hasta qué punto, que no es tan fácil abandonar una clase porque sí no más.

-Le aseguro que sí, don Antonio…

-¿Qué, me vas a decir que se proletarizó?

-No, claro. Vivimos bien. Pero ni la décima parte de lo que podríamos si mi viejo se dedicara simplemente a curar por guita.

-O sea, que tu viejo renunció a su lugar en la gran burguesía para ocupar uno mucho más modesto en la burguesía media… Tiene, sin duda, su mérito. Y, para continuar el peregrinaje hacia el proletariado redentor, a vos te educa como pequeño burgués. Si seguís así, vas a tener un hijo soldador y un nieto campesino sin tierra. Pero el primer pobre de la familia vas a ser vos, y no por elección propia sino por edicto paterno. Por lo que me decís, tu viejo no te inculca sus ideas; te las inyecta como jamás se las inyectaron a él: te las inyecta, y, para colmo, te las inyecta con culpa. Te refriega su abnegación, que es genuina, no lo dudo, pero con pies emocionales de barro.

-¿En qué sentido?

-Vos, si veo bien la cosa, te avergonzás de ser hijo suyo, pero te avergonzás al revés. Creés que estás usurpando un honor inmerecido, como si ser hijo de tu padre fuera un galardón que se confiere por concurso entre aspirantitos a héroe y vos hubieras hecho trampa.

-Bueno, no sé si es para tanto…

-Mirá, muchacho, y perdonáme, pero a mí me está pareciendo que en cierto sentido tu viejo es un flor de hijo de puta.

-¿Cómo dice, don Antonio?

-Lo que oíste. Porque vos, en vez de estar orgulloso de él te avergonzás de vos mismo. Y eso no lo aprendiste solo; eso te lo ha enseñado él cada día. Tu vieja sí que entendió siempre a tu papá. Por eso vive deprimida, frívola y abroquelada en su inexpugnable egoísmo. Lo que pasa es que toda su capacidad de amar se la regaló a él; y lo más irónico es que se la regaló literalmente, se la dio a cambio de nada. O sea, que él no quiere a nadie, ella lo quiere solamente a él, y no queda una pizca para vos. Espabiláte, muchacho. Hacé como los camaradas soviéticos con el padrecito Stalin: celebrá tu XX Congreso y sacá a tu papá del mausoleo. Un hijo se tiene para que sea feliz primero y, si se puede, mejor que uno. Si no, no se tiene, ¡qué joder! Un hijo se tiene para quererlo.

-El amor se tiene que merecer, don Antonio,

-A los cincuenta años sí. Para un adulto el amor de los demás es un privilegio. Para un purrete es un derecho, ¡mierda! ¿En qué momento y por qué te quitaron el permiso de ser amado? ¿Qué cagada te mandaste que perdiste la ciudadanía de hijo?

-Fue así desde el principio, don Antonio. Yo fui siempre como soy.

-O sea, que lo tuyo es genético.

-Más o menos.

-Entonces no hay nada que hacer. O te la aguantás o te suicidás, pero no vas a poder vivir de otra manera, porque nunca vas a poder ser otro.

-No me asuste, don Antonio. ¿De veras piensa que no tengo remedio?

-No. El que lo piensa sos vos. Lo que piense yo, lo que piensen los demás, lo que piense ella, solo te sirve si corrobora lo que pensás vos. Yo lo que creo no es que no tengas remedio, sino que no lo precisás. No tenés que ser otro, lo que tenés que entender es por qué sos como sos... y de paso, como son los demás, porque el icono que me pintaste de tu papito, con la hoz y el martillo en una mano y el estetoscopio en la otra se parece tanto a tu viejo como la cara de pánfilo de un santo de Frà Angelico a la del borracho que seguramente le sirvió de modelo. Tenés que hacer tu XX Congreso, muchacho. Un XX Congreso afectivo. Te va a costar, pero se puede. Ahí sí que vas a ver quién sos. Ese es el gran examen que tenés que pasar. Y el aprendizaje va a ser largo y doloroso.

-¿Y quién me va a enseñar, don Antonio?

-Esa es la gran cagada. Para esto no hay escuela. Vas a tener que aprender solo. Pero no te amilanes. Se puede. Miráme, si no, a mí.

-¿Y usted cómo aprendió?

-...

-¿De qué se ríe?



-De la respuesta que se me acaba de ocurrir, que diz que fue la que dio Jacinto Benavente a un pibe como vos que le preguntó cómo había empezado a ser puto.

-¿Qué le contestó?

-Le contestó lo que te contesto yo ahora: Como tú, muchacho, preguntando. ¡Simón, la cuenta!

Ya en la calle, don Antonio no dejó que Luciano lo ayudara a subir al taxi.

-Me encantaría volverlo a ver, don Antonio.

-Dejá que la casualidad nos vuelva a juntar, muchacho. A vos no te conviene demasiado frecuentarme. Vos andás creyendo que yo tengo todas las respuestas, y lo único que tengo son preguntas más difíciles.





Compartir con tus amigos:
1   2   3   4   5   6   7   8   9   ...   20


La base de datos está protegida por derechos de autor ©psicolog.org 2019
enviar mensaje

    Página principal
Universidad nacional
Curriculum vitae
derechos humanos
ciencias sociales
salud mental
buenos aires
datos personales
Datos personales
psicoan lisis
distrito federal
Psicoan lisis
plata facultad
Proyecto educativo
psicol gicos
Corte interamericana
violencia familiar
psicol gicas
letras departamento
caracter sticas
consejo directivo
vitae datos
recursos humanos
general universitario
Programa nacional
diagn stico
educativo institucional
Datos generales
Escuela superior
trabajo social
Diagn stico
poblaciones vulnerables
datos generales
Pontificia universidad
nacional contra
Corte suprema
Universidad autonoma
salvador facultad
culum vitae
Caracter sticas
Amparo directo
Instituto superior
curriculum vitae
Reglamento interno
polit cnica
ciencias humanas
guayaquil facultad
desarrollo humano
desarrollo integral
redes sociales
personales nombre
aires facultad