Primera parte


TERCERA PARTE. EL REENCUENTRO Noviembre de 1982



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TERCERA PARTE. EL REENCUENTRO

Noviembre de 1982


El dos de abril de 1982 los kélpers se despertaron para encontrarse con la bandera albiceleste abofeteada por el contrariadísimo viento de las Malvinas. Fue el principio del fin de muchas cosas, pero sobre todo del capítulo más siniestro de la historia argentina, que arrastró consigo el vistoso plumaje de creerse europea que tanto había pavoneado ante el espejo la vernácula pequeña burguesía. Los militares se democratizaron de la noche a la mañana, y el pueblo, que había perdido su capacidad de intimidarse, amaneció, por su parte, entusiasmadamente belicoso. Para colmo del absurdo llegó a Europa una inverosímil ensalada de vicarios sufragados por el Gobierno libertador, integrada por sapos de todos los pozos políticos, incluidos, ¡oh magnífica ironía!, como diría Hegel citando a Borges, algunos compañeros del Partido, que, en nombre de la “contradicción principal”, venían a sacar las castañas del fuego a los criminales más terribles de la azarosa cronología del país. Era una locura, sin duda alguna, pero una locura antiimperialista. Y las prioridades eran más internacionales que vernáculas. Envuelto en el vaho del scotch importado, el general Leopoldo Fortunato -es un decir- Galtieri había pateado el tablero geopolítico, y eso favorecía directamente la causa del socialismo y fortalecía a la URSS. Solo se mantuvieron al margen los circunspectos pistoleros de Tradición, Familia y Propiedad, que hicieron un análisis ajustadamente simétrico al del PC: primero el Cristianismo, luego Occidente y después la Argentina. Unos y otros habían comprendido el hecho esencial. La propia URSS, que, para variar, venía perdiendo fiero lo que luego resultó un final de juego, lo celebró. El linajudo canciller Nicanor Costa Méndez no tuvo más remedio que trasladarse a una Canosa tropical y abrazarse tiernamente con Fidel Castro; el general Mario Benjamín Menéndez y sus camaradas de armas, veteranos curtidos en la represión contra un puñado de soñadores insensatos, tuvieron que enfrentarse a un ejército de veras; el almirante Jorge Isaac Anaya perdió el vetustísimo si venerable crucero General Belgrano, que en su avatar de Phoenix había logrado eludir las bombas niponas que aniquilaron Pearl Harbor; y el brigadier Basilio Lami Dozo (¡ah los nombres de nuestra tan poco casta casta castrense!), cacique de la fuerza más nazi de las tres, la que comulgaba íntimamente con el sesudo planteo de Tradición, Familia y Propiedad, no tuvo otra que lanzar a sus gallardos pilotos a bombardear las fragatas británicas con aviones Phantom de la guerra de Corea y bombas calculadas para pegar contra el duro suelo cordillerano de Santiago de Chile, que perforaban sin estallar los gráciles cascos de aluminio de las fragatas inglesas mientras los Sea Cat y los Sea Wolf los bajaban como moscas.

Luciano aprovechó, como tantos, el resquebrajamiento de la dictadura para volver ese mismo noviembre. Solo, sin Verónica, que se había casado con un arquitecto valenciano, y sin Veroniquita ni Patricia, que perdían aire por todas las eses y saliva por todas las zetas y no querían saber nada de ese país que no recordaban.

En Ezeiza el funcionario de migraciones que le escrutó el pasaporte con aire a la vez un tanto sobrador y otro tanto solidario le dijo un genuino y sonriente, Bienvenido a su país, que no era difícil interpretar como, Sabemos quién es y por qué se fue, pero los tiempos han cambiado, y, por último, ya es hora de que hagamos borrón y cuenta nueva. Se encontró frente un Buenos Aires con las contradicciones al rojo vivo. El centro se había desplazado de sus añoradas Florida, Lavalle y Corrientes hacia la Recoleta. Al tiempo que la inflación superaba el 200%, y para julio el salario real se había desmoronado en un 34%, la ciudad lucía telarañada de autopistas y en cada esquina parecían haber inaugurado un shopping monumental, con todos los chiches del Primer Mundo al que, tenía que confesárselo, se había acostumbrado. Sabía que este despilfarro suntuario no era más que una pompa de jabón cuyo aire provenía de la explotación más cerril y de ríos de sangre; que era, como todos los nuevos oropeles de la burguesía que se creía primermundamente próspera, una mentira colosal, un sueño del que esos mismos burgueses tan atildados y perdonavidas se iban a despertar en la ruina. Pero de todos modos, ver a Buenos Aires -a ese Buenos Aires, en el que había crecido y al que llevaba atadas las puntas de todos los recuerdos- tan parecido a como él había soñado siempre a toda la Argentina... ¡Si hasta los precios eran del Primer Mundo!

Fue fácil encontrar a algunos amigos, difícil pescarles el rastro a otros… otros, demasiados, no habían dejado rastro que seguir. Varios, acaso también demasiados, habían intentado con diferentes grados de fortuna cobijarse al calor de una dictadura más benigna. Otros no podían escupir de sus bocas condenadas al perpetuo rictus de amargura el sabor a sangre inútil de la derrota. Los que mejor sobrellevaban la demencia del carnaval macabro eran los familiares de los desaparecidos. La suya era la única tristeza digna, porque eran los únicos que aún tenían claro por qué y para qué pelear: para poder enterrar de una vez a sus muertos. Junto a ellos, un grupo valiente y nutrido -¡ay, pero no lo suficiente para salvar a su clase del bochorno!- trabajaba incansablemente por encontrar pistas, recuperar documentos, convencer a testigos, sufriendo toda clase de insolencias, burlas, humillaciones y vejámenes, pero sin aflojar ni un milímetro. Eran, pensó Luciano, lo mejor de su burguesía natal. Los únicos con los que podía hablar sin fingir cordialidad.

A quien no logró ubicar pese a todos sus pesquisas fue a don Antonio. Buscó inútilmente su nombre en la guía de teléfonos, donde no había ningún Muñoz D. o Demente, y por más que se tomó el trabajo de llamar uno por uno a todos los Muñoz nadie supo darle una pista.

Fue recibido con gran pompa, solicitado por la prensa que le había huido como a la peste y buscado por una televisión que jamás había querido ni enterarse de que existía. La Argentina vivía la euforia de las primeras elecciones auténticamente democráticas desde la Independencia. El Partido había reunido casi un millón de firmas que exigían su inscripción en los padrones, celebrado un multitudinario acto en Atlanta (donde Rúbens Íscaro, el viejo amigo de su padre, fue abucheado por la juventud y luego expulsado sin mayor ceremonia junto a su hermano Normando), negociado su apoyo al burócrata sindical Herminio Iglesias, y en general cometido todos los errores que se podían cometer en tan poco tiempo y que le costarían lisa y llanamente su presencia en la vida política del país. La Historia, aburrida de los gritos de los torturados y los llantos de las Madres y las Abuelas de la Plaza de Mayo, se dedicaba locamente a la farsa. El principio del fin había terminado. Luciano se fue alejando, casi sin proponérselo, del PC. Pero sin saber exactamente para dónde, aunque el camino pasaba ciertamente por la soledad. Por suerte, podía permitirse viajar y, por otra parte, no le faltaban invitaciones: Cuba, Canadá, México, Brasil, Francia, Alemania.

Su madre había muerto hacía dos años. Él intentó volver, pero el consulado se negó a renovarle el pasaporte y los camaradas le informaron de que, aún si conseguía algún salvoconducto o procuraba ingresar por el Uruguay, los servicios lo estarían esperando. En el fondo, fue un alivio: no tenía nada de ganas de enterrarla nuevamente. Hacía años que lo había hecho. El flamante viudo, por su parte, se había vuelto a casar casi inmediatamente con una mujer mucho más joven que, según Luciano supo después, era su amante desde hacía años. Sin mayores esperanzas ni entusiasmo, resolvió que debía restablecer el contacto. Se preparó para un encuentro difícil. Efectivamente, su padre, tras encontrarlo bien de aspecto, no tardó en decirle que su literatura le parecía derrotista, impregnada hasta el tuétano de una visión pequeño burguesa, que no contribuía a la lucha… ¡A la lucha! Y el que había escapado a la muerte y tenido que exiliarse con lo puesto había sido precisamente él, Luciano, el pequeño burgués derrotista. Mientras que al viejo, constantemente amenazado, es cierto, no le habían tocado un pelo. No se lo dijo. ¿Para qué? Hablaron de otras cosas. De Verónica, de las gurruminas que hablaban castellano con acento, de la nueva consorte del Doctor, una mujer más joven que, a su manera, parecía quererlo. La cosa no cuajó. La zalamería estridente de “mamastra”, como la llamaba entre los pocos amigos que había logrado recuperar, le daba alergia. Pero lo que le asestaba el golpe de gracia era la obsecuencia de su padre ante esta mujer tan obviamente inferior. Al cabo de cinco años, y pese a que el Dr. Bertone se mantenía en un estado más que envidiable vistos sus casi ochenta, Luciano lo veía vencido, insignificante… Un día el Doctor sufrió un infarto. Luciano se abrió paso entre la turbamulta de médicos de todas las edades, viejos camaradas y hasta algún que otro pariente de pro avenido a la reciente democracia que se agolpaban en la antecámara de la sala de terapia intensiva, entró en la habitación desangelada, se aproximó a aquel cuerpo de pronto empequeñecido, empobrecido, derrotado, tomó la mano casi inerte más por liturgia que por convicción, miró el rostro macilento del que crecían unos tétricos tubos amarillos, y no pudo menos de decirse, E avanti a lui tremava tutta Roma! Fue, recapacitó más tarde, su XX Congreso. ¡Cuánto habría querido poder contárselo a don Antonio! Creyó que su padre no sobreviviría. Pero al cabo de cuarenta y ocho horas estaba repuesto, más sectario que nunca y más que nunca chupamedias de la insufrible mamastra, henchida del heroísmo de haber sido, durante dos días, viuda inminente de médico notable.

Fue rehaciendo su vida sin mayores cataclismos. Durante sus años de exilio había ido consolidando su posición económica, ayudado, de paso, por su atávica frugalidad salvo -nadie es perfecto- a la hora de comer y beber, sobre todo si pagaba otro (de tal palo tal astilla, se decía, reconociendo en sí mismo el lastre genético de su padre). De modo que, pese a que Buenos Aires estaba más cara que Madrid y hasta que París, vivía holgadamente. Un mediodía, con la ciudad hecha una doncella de primavera, decidió que era hora de regalarse un minibanquete. Optó por probar un restorán que acababan de abrir cerca de Coronel Díaz y Las Heras. Le habían dicho que allí servían las mejores perdices en escabeche de Buenos Aires y que el cordero era auténticamente patagónico. Fue subir al taxi y sentir una profunda nostalgia de su viejo amigo.

-¿Qué tal la cosa, chofer?

-¿Qué quiere que le diga, señor? Este país se va bien a la mierda. Los milicos nos han metido hasta la verija en una guerra totalmente al pedo. Y mire que yo lloraba de alegría, ¿eh? Las cosas como son. Porque a mí, como argentino, ¿vio?, las Malvinas siempre me parecieron sagradas. Acá todos nos pusimos como un solo hombre. El que tenía plata, puso plata, y el que no, lo que tuviera. Si usté supiera la sangre que donamos mis dos pibes y yo… todos, le digo. Mi señora, con las otras mujeres del barrio, juntó qué sé yo cuántas frazadas y ropa, ¿vio?, y remedios. Le digo, pelaron los placares y los botiquines. En mi casa no quedó una aspirina ni un par de medias de lana. Todo se fue para los chicos. ¡Cómo los mandaron al muere, señor; no hay derecho! ¡Y encima nos engrupían que les estábamos hundiendo todos los barcos! Ahora esto es un desastre: los precios por el cielo, la gente con bronca… No, mire, mejor me callo que si no no sé si me pongo a llorar o a dar patadas. ¡No hay derecho, señor; no hay derecho! Y pensar que yo me alegré cuando sacaron a la Copera, le digo sinceramente. Además, las cosas como son, durante un tiempo pareció que esto se iba para arriba. Porque yo, créame, como tantos argentinos, de todo eso que hablan ahora de los desaparecidos no sabía nada. Yo de veras creía que solamente mataban terroristas, que bien se lo merecían, las cosas como son. Pero ahora resulta que también mataron a mucha gente que no tenía nada que ver. Eso sí que es una barbaridad. Y lo que es peor, ¿cómo mierda salimos de esta ahora? Van a volver los políticos y va a ser igual pero con más quilombo y, claro, con menos guita. ¡Qué lo parió, carajo; pobre país! ¿Lo dejo en la puerta del restorán? ¡Pensar que antes yo sacaba a mi señora a comer afuera todos los fines de semana! No, redondeemos, señor, total por unos centavos de mierda…

Luciano buscó una mesa apartada, donde nadie lo fuera a distraer de la comida y se dirigía directamente al fondo de la sala cuando vio el viejo bastón apoyado contra una mesa y a su dueño que, evidentemente, había llegado unos pocos minutos antes.

-¡Don Antonio!

-¡Muchacho! ¡Qué alegría, carajo! ¿Cuánto hace que no te veo? Dejáme ver, cuatro… no, ¡cinco años! Desde el día mismo que te llevaron… Pero seguramente no querés acordarte y no te culpo. Esa pesadilla ya pasó. Sé que en Europa te fue muy bien y que aquí te ha estado yendo estupendamente. ¡Uno de los pocos, mirá qué paradoja! Por cierto, aprovecho para felicitarte por tu novela. Magnífica. Yo me he transformado en un admirador tuyo. Siempre compro Noticias los primeros domingos del mes para leer tu columna. Pero contáme, ¿seguís casado? ¿Cómo están tus crías? ¿Qué planes tenés? Contáme todo.

-Ella no existe más, don Antonio…

-¡Caramba!

-Así es. Como usted ya sabe, la cosa venía mal desde hacía algún tiempo. Cuando llegué a Madrid, casi el mismo día, me contó que había tenido una relación… una relación buena, con un buen tipo que la ayudó a sobrellevar la cosa. Con nosotros mal entre nosotros, sin tiempo ni ganas, con las gurruminas a cuestas, la policía encima, los amigos en la clandestinidad o desaparecidos, no debe haber sido fácil y nunca la quise juzgar. Él era un abogado compañero de la Liga al que mataron poco después de desaparecerme a mí. La cosa es que, pese a todo, cuando me dieron la opción de irme del país Verónica no vaciló un segundo. Hizo las valijas en un santiamén, metió a las chicas en un taxi y se apareció en el aeropuerto en un par de horas. ¡Pero qué le estoy contando si usted lo sabe mejor que yo! ¡Y pensar que hasta hoy no había tenido cómo darle las gracias por todo lo que hizo, por haberme ido a despedir cuando me iba solo y hecho mierda sin saber siquiera por qué, ni a qué, ni adónde!

-No me tenés que agradecer nada, muchacho. Hice lo que había que hacer, lo que hubiera hecho cualquiera.

-Cualquiera no, don Antonio.

-No, no cualquiera, pero sí cualquiera de nosotros. Hice, sin ir más lejos, lo que habrías hecho vos. Por otro o por mí. ¿O me equivoco?

-No. Pero igual...

-Hacéme un favor, muchacho, y te lo pido muy en serio: no hablemos más del tema, ¿puede ser?

-Si insiste...

-Insisto, muchacho, y por favor no me hagas insistir más.

-¡Mozo! Nos trae ya mismo dos copas del mejor champán que tenga.

-¿Importado?

-Importado, que nosotros nos hemos quedado en el Torrontés.

El camarero hizo mutis por la cocina y reapareció trayendo dos copas ambarinas alborotadas de ínfimas burbujas.

-Es francés. Beb Cli... Cli...

-Veuve Clicqot. ¡Perfecto! ¡A su salud, don Antonio!

-¡Ah, eso sí que me vendría bien; a mi salud, entonces!

Los viejos amigos entrechocaron las copas y libaron largamente el vino que los unía.

-De modo que cuando se encontraron en Madrid la cosa ya no dio para más…

-No. Ya casi no nos quedaba nada en común más que las gurruminas. A mí, por suerte, me empezó a ir mejor casi enseguida. En fin, que se la hago corta. Nos separamos bien, sin resentimientos. Fue la mujer que necesité y estuvo al pie del cañón siempre. Se merece ser feliz, pero conmigo no puede, ni yo con ella, ¡qué se le va a hacer!

-Estás a la vez más blando y más duro muchacho.

-No me lo va a creer… ¡No, seguro que sí! Lo que me hizo más duro y más blando fue la tortura, don Antonio. Me hizo a la vez más fuerte y más tolerante.

Don Antonio pareció emigrar una vez más a su viejo planeta privado, del cual regresó estrenando una sonrisa de satisfacción.

-Bueno, pero no nos distraigamos con cosas importantes. Me vas a dejar que te invite para festejar el reencuentro. ¿A que no sabés por qué elegí este sitio?

-Porque tiene las mejores perdices en escabeche de Buenos Aires y el corderito patagónico viene nomás de la Patagonia y eso es lo que piensa pedir.

-¡’Ta que estás irreconocible, muchacho! ¡No me digas que vos viniste para eso también!

-Para eso y para probar el Montchenot 1974, que dicen que es de antología.

-¡Muchacho, me enternecés hasta lo más profundo del caracú!

-Buen discípulo de mejor maestro, don Antonio.

-No digas chambonadas. Tarde o temprano habrías visto la gastronómica luz, sobre todo en Francia. Porque se sigue comiendo deputamadre en Francia, ¿no? ¡No me vayas a ocasionar una desilusión a esta edad provecta!

-Usted sí que no cambia, don Antonio. Pero esta vez el que invita soy yo. ¡Mozo! Mire, perdices en escabeche para los dos y después dos corderitos.

-Si van a empezar con unas perdices, con un corderito les sobra, don. Casi le aconsejaría que también compartan las perdices, que vienen de a dos.

-Bueno, mire, vamos a hacer así. Compartimos unas perdices y un corderito. Pero empezamos con un buen cacho del mejor provolone que tenga que me lo raya aquí, y me trae, además, un poco del mejor aceite de oliva que encuentre…

-Bueno, ahora tenemos provolone italiano y aceite de oliva italiano también, o español. Yo le recomiendo el español, ¿vio? Me parece que tiene más gusto sin ser tan fuerte.

-¡Loado sea el hijo de puta del ex ministro y consumado safarista, Fito Martínez de Hoz, que con el hambre de nuestros padres y el futuro de nuestros hijos ha abierto las puertas de este país a las delicias del provolone y el aceite madrepatrios! Carajo, si hasta me da vergüenza aprovecharme. Extra virgen, por supuesto.

-¿Y para beber?

-¿Ya tiene el Montchenot 74?

-Desde el mes pasado que llegó, don. ¿Agua con o sin gas?

-¿Agua?


-Perdonemé, don, es la costumbre. ¿Para el señor tampoco?

-Él fue el que me enseñó a no tomar agua.

-¡Te miro y no lo puedo creer, muchacho!

-Pues ya ve, don Antonio.

El mozo trajo los aparejos para el matrimonio entre el provolone y el aceite.

-¿Así que usté se come el provolone rallado con aceite? Eso seguro que lo aprendió afuera, ¿no? ¿Pero sabe lo que yo le pondría? Un poco de pimienta fresca le pondría. Espere que le traigo un molinillo.

Don Antonio y Luciano intercambiaron miradas en que se mezclaban la complicidad, la sorna y la admiración.

-El día en que los mozos dejen de ser así, ese día, oíme bien, ese día la Argentina habrá cagado para siempre. El Sindicato Gastronómico, muchacho, es, a la vez, la última esperanza y el último baluarte.

-¿El vino lo prueba usté o el señor?

-Déselo a probar al señor, no más, que sabe cómo. ¿De qué se ríe?

-De nada muchacho, de nada.

-¿Y?


-Deputamadre.

-¡A la salud de los Ganimedes criollos, don Antonio!

-¡Eterna, muchacho, eterna, para que este país de mierda no se muera nunca!

Luciano se quedó mirando su copa unos segundos.

-¿Sabe cuándo comprendí que ya era escritor, don Antonio?

-...


-No me lo va a creer: en medio de la tortura. Para tratar de distraerme, de no sentir el dolor, me imaginaba que lo que me estaba pasando le sucedía a un personaje, y yo escribía mentalmente la escena. A veces un dolor peor que los otros me interrumpía la búsqueda de un adjetivo y ese dolor se me transformaba en frustración y bronca. Odiaba más al milico hijo de puta que me ponía la picana en los huevos por haberme hecho perder el adjetivo que por el vejamen y el sufrimiento físico, ¿lo puede creer? Me salió un mecanismo de defensa a toda prueba. Sin eso, quién sabe si no me hubiera quebrado, como les pasó a tantos. Lo más extraordinario es que cuando salí, ya tenía la novela de pe a pa en la cabeza. Si no fuera porque apenas si me despertaba para comer, casi me pongo a escribirla en el avión. Verónica no lo podía creer. La terminé en dos meses. Para mejor, un escritor amigo me ayudó a publicarla enseguida. Sobre el pucho, un compañero de exilio me presentó a una amiga traductora al francés y seis meses después era un joven autor latinoamericano consagrado en el resto de Europa, ¿qué me cuenta? Claro que la novela ganó muchísimo en traducción, y que el éxito se debió en gran parte a que los exiliados estábamos de moda y el tema era lo suficientemente escabroso, pero el hecho es que ahí comenzó a cambiar mi vida…

-Te equivocás, muchacho; ahí terminó de cambiar. Todo lo demás es consecuencia. Esa, muchacho, fue tu piedra angular.

-Si usted lo dice.

-Yo lo digo.

-...

-Y también empezaste a dejarla de necesitar… a ella, digo.



-Tal cual. Veo que no ha perdido sus dotes de Nostradamus, don Antonio.

-Y conociste a otra mujer. Apuesto a la traductora amiga de tu amigo.

-¡Usted es un brujo!

-No, muchacho, apenas sagaz.

-Pero ¿cómo se le ocurrió justo esa?

-Porque te mejoró la novela, o, mejor dicho, porque vos estás convencido de que te la mejoró. Un escopetazo a oscuras…

-… en el gallinero. ¡Nunca me voy a olvidar de esa! Sí, fue la traductora… sigue siendo. Me la traje conmigo, para que aprenda a comer carne de veras. Me está costando un poco de trabajo hacerle comprender que la vaca tiene mejor gusto muerta, pero no tanto como el que le hice tomar a usted.

-¿Seguís con ella?

-Teóricamente sí, prácticamente, está por ver, como dicen los íberos.

-¿Y las chicas?

-Se quedaron con Verónica. La menor termina la primaria dentro de dos años, y la mayor ya va para los trece. Quiere estudiar adivine qué: sociología, ¿y qué quiere ser? ¡Escritora! ¿A quién saldrá, no? Y creo que ya anda medio noviando con el hijo de un compañero que desapareció el mismo día que yo. Pero ese nunca volvió a aparecer.

Se hizo un silencio total. Los dos amigos se quedaron mirando fijamente sus copas, como si los muertos pesaran sobre la mesa, como si los años de delirio, sangre y desolación no hubieran terminado de hundirse lo suficiente en la memoria. Luciano sintió el latigazo de mil recuerdos: rostros queridos, muertos, derrotados. ¡Historia hija de puta!, pensó, y levantó unos ojos vidriosos al encuentro del mirar amargo que a don Antonio se le había quedado atrapado en su vaso.

-Recuerdo a un soviético que conocí en Austria. Nos hicimos amigos y lo llevé a casa de un comunista español que había sido capturado en Francia y recluido casi tres años en el campo de concentración de Mauthausen. El español nos ofreció una manzanilla, pero el soviético sacó de su bolso una botella de vodka, llenó los vasos a lo bestia y alzando el suyo dijo, En la Unión Soviética, el primer brindis es por los caídos, por los demás brindamos después, si queda. Vamos a brindar por los que no están, muchacho. Con cada bocado vamos a brindar. Se lo merecen y te lo merecés.

-¡A ver, este por los héroes de la Guerra de la Independencia!

-Este, ¡por Martí caído en combate, por Morelos fusilado y por Belgrano muerto en la miseria!

-Y este, ¡por los mártires de la Semana Trágica y de la Patagonia Rebelde!

-Y este ¡por los asesinados en José León Suárez, por Tróxler, por Haroldo Conti, por Rodolfo Walsh, por Paco Urondo!

-¡Por Kehoe y Trumper, por Ingalinella y Calvo, por Mentaberry!

-¡Por Felipe Vallese, por Pascal Allende! ¡Por los muertos de Trelew y Monte Chingolo!

-¡Por Víctor Jara, por Camilo Torres, por el glorioso Che, por Camilo Cienfuegos! ¡Por Frank Pais!

-¡Por Salvador Allende! ¡Por Augusto César Sandino!

-¡Por el Coronel Francisco Caamaño! ¡Por Zelmar Michelini!

-¡Por Carlos Marighela! ¡Por Emiliano Zapata! ¡Por Victoriano Lozano!

-¡Por Karl Liebknecht y Rosa Luxemburgo! ¡Por Julius y Ethel Rosenberg!

-¡Por Patrice Lumumba, Agostinho Neto, Amílcar Cabral, Stephen Biko y Ahmed Ben Barka!

-¡Por Bobby Sands! ¡Por el Mahatma Ghandi!

-¡Por Niccola Sacco y Bartolomeo Vanzetti! ¡Por Buenaventura Durruti!

-¡Por Jean Moulin! ¡Por Julius Fucik! ¡Por Julián Grimau! ¡Por Ernest Thälmann!

-¡Y por los nuestros que hemos matado: por Bujarin, por Rádek, por Tujachevski, por el Comité Central del Partido Comunista Polaco entregado a los nazis y por Roque Dalton!

Don Antonio bajó de pronto la voz.

-Y por Claudia, muchacho.

-Y por el ruso, el gallego, el turco y el indio.

-¿...?

-Cuatro amigos con los que debí haber muerto, don Antonio.



Y así, con provolone italiano, aceite de oliva español y vino de Mendoza fue aquel homenaje a todos los muertos por un mundo mejor.

-¿Y, qué tal tu perdiz?

La carne conservaba su gusto a campo abierto, realzado y suavizado a la vez -¡milagros de la dialéctica culinaria!- por la larga marinación, ofreciendo a los dientes una resistencia nominal de mujer coqueta.

-Deputamadre, don Antonio. De-pu-ta-ma-dre.

-¿Y tu viejo cómo está?

-Viudo y vuelto a casar. La vieja murió hace tres años.

-Lo siento.

-Yo no tanto, créame. Nunca pensé que perder a una madre fuera tan fácil.

-No lo es, muchacho, y si es lo que te parece, ya lo vas a pagar con interés compuesto. No te engañes. Tu vieja se habrá muerto, pero el polizón sigue a bordo.

-Tal vez, pero esos intereses, en todo caso, todavía no me los cobran. ¿Y usted cómo anda de salud, don Antonio?

-Con todos los achaques que cabe esperar, aparte del premio consuelo de esta pierna cada vez más hostil, muchacho. Pero sin problemas de monta, valga la ironía. Como ves, puedo comer y chupar a voluntad… sin exagerar, claro. Vos, supongo, tendrás una salud de acero inoxidable.

-No me puedo quejar. De no haber sido por eso, no sé si el encierro y la tortura no me hubiesen destruido.

-Y encima no fumás.

-Nunca me gustó. ¿Y usted sigue quemando incienso?

-En dosis más reducidas, pero sigo.

Como obedeciendo a un pacto tácito, ambos amigos callaron y se concentraron en las perdices. Cada tanto uno alzaba el vaso en un conato de brindis y el otro lo imitaba. Don Antonio no llegó a terminar su porción y se quedó jugando con el pan, esperando que Luciano diera cuenta de la suya.

-¿Se quedó sin hambre, don Antonio?

-No muchacho, pero quiero dejar el grueso de mi contraída voracidad para el corderito.

-¡Hablando de Roma!

-¡Este corderito son palabras mayores! Cuidado con la fuente que está hecha una brasa. ¿Qué les sirvo primero, la paleta o las costillas?

-¿Cómo que primero?

-Y sí… Todo de una vez no se los voy a servir, porque si no se enfría.

-En este país nunca va a haber hambre, don Antonio. Pedimos una sola porción para compartir y nos traen cuatro. ¡Qué animales! Yo no logro volverme a acostumbrar y termino pidiendo siempre de más.

-¡Esto está… me quedé sin epítetos, don Antonio!

-Deputamadre.

-¡Nunca mejor dicho!

Nunca. La carne delgada y crocante tenía todo el sabor de las distantes estepas patagónicas que el general Julio Argentino Roca había robado a los indios y repartido entre sus oficiales.

-¡Me van a perdonar, pero me había olvidado el chimichurri! Aquí tienen.

Luciano probó el bocado siguiente con una gota de la espesa solución de condimentos. Buenísimo, pero era mejor el del cabo, pensó, y no se equivocaba. El recuerdo de aquel chimichurri de ensueño trajo apareado el de toda la pesadilla. Ansioso por conjurar los fantasmas, tuvo que hacer un enorme esfuerzo que don Antonio no pudo dejar de advertir.

-¿Estás bien, muchacho?

-Ahora sí… Ahora por fin sí, don Antonio.

-¡Salud, muchacho!

Volvieron a comer en silencio. Don Antonio estudiaba a su amigo con delicadeza, pronto a intervenir si le parecía preciso. Pero, por suerte, no hizo falta.

-¿Y en qué andás ahora, muchacho?

-En mil cosas, don Antonio. Escribo mucho. Es más, estoy escribiendo dos novelas a la vez.

-¿Una con cada mano?

-No es para tanto.

-¿No me querés contar?

-Secreto profesional, don Antonio; espero que me comprenda y no se enoje.

-Te comprendo, muchacho, y no me enojo. ¿Y qué más?

-Bueno, usted sabe, artículos en los diarios, alguna entrevista por radio y televisión…

-Ya hace rato que has dejado de ser casi famoso, ¿eh?

-…

-Siempre lo supe.



-¿De veras?

-De veras. Desde cuando leí aquel cuento tuyo tan malo… porque ahora puedo decirte que era malo con ganas, pero se veía que era una obra mala de un gran escritor. No me equivoqué y me alegro.

-¿Y por qué no me dijo nada entonces?

-Porque ya tenías bastante con tu padre. Vos lo que necesitabas era que te dieran una mano, no una patada.

-¿Y? ¿Les gustó? ¿No les dije yo que esto eran palabras mayores? ¿Seguimos con la paletita?

-Yo…


-¡Vamos, don Antonio; pruébela aunque más no sea!

-Y bueno… Si insistís, muchacho.

-Insisto.

La paleta estaba aún más deliciosa. La carne tenía más espacio para ser carne. Tierna y firme a la vez, con el sabor penetrante que su homóloga de res no podría tener jamás. Carne para ocasiones especiales, como los licores fuertes. Don Antonio probó un bocado, abandonó los cubiertos y se quedó mirando a su amigo con unos ojos profundos que no perdían detalle, como si, muy discretamente, estuviera haciéndole el inventario. Cuando Luciano terminó de chuparse literalmente los dedos, don Antonio le sirvió el resto del vino y alzó su copa como quien celebra una misión bien cumplida.

-¿Algún postre?

-Me comería un panqueque de banana quemado al rhum.

-Yo paso.

Mientras esperaban, don Antonio fue preparando sin premura los útiles de fumar.

-¡A ver este panquequito! Cuidado que el plato está caliente.

El panqueque estaba poco menos que perfecto. El caramelo cubría la circunferencia con un mosaico traslúcido y quebradizo para abrir paso a las bananas casi derretidas, pero no tanto que no regalaran memorias de su textura original. Un colofón en Do mayor digno de Haydn.

Don Antonio aguardó a que su amigo terminara su panqueque y luego se replegó a encender la pipa. Unos segundos después, Luciano recuperaba el recuerdo de aquella humareda bonancible que tanto mejoraba el aire.

-¿Cafecitos?

-Bien cargados, por favor.

Don Antonio seguía en su galaxia privada, donde se lo veía acomodando pensamientos y ordenando ideas. Luciano esperó paseando por memorias sin trascendencia: plazos que respetar, llamados que hacer, libros que comprar.

-¡A ver estos cafecitos!

-¡Salud, muchacho!

Don Antonio alzó la taza de café y Luciano la chocó con la suya.

-¡Por el futuro, que, como siempre, empieza mañana! ¡Mozo!

-Señor.

-¿Tiene oporto importado?



-¿Tinto?

-Tinto.


-¿Común, de diez o de veinte años?

-El mejor, dos vasos como la gente.

-Ya mismo.

El mozo regresó con dos copas de un rubí casi ónice.

-¿Se acuerda cuando protestaba contra la ausencia de buenos vinos dulces, don Antonio? ¡Quién hubiera dicho que ni diez años después nos darían a elegir cuánto de añejo!

-Y el precio que vas a pagar no es ni la diezmillonésima parte del que ha tenido que pagar todo nuestro pueblo muchacho. ¡Esa es la gran desgracia!

-El gran crimen, don Antonio.

-Pero veo que eso no te disuade.

-A que no me disuadiera me enseñó usted. Lo venden, tengo dinero que me ha ganado con mi propio trabajo, y lo compro. Pero no me va a temblar la mano si tengo que romper hasta la última botella para que podamos volver al país que teníamos, de mierda como era.

-No exageres muchacho; con botellas como esta, la mano te va a temblar un poquito.

-Bueno, sí; un poquito. ¡Salud!

-¡Salud, muchacho!

Luciano pagó y se levantó, poniendo especial atención a ver si su amigo seguía negándose a que lo ayudaran. Don Antonio se obstinó en sus cada vez más endebles trece hasta que por fin logró ponerse de pie, aunque era evidente que pronto ya no podría.

-¿Para dónde va, don Antonio?

-¿Por?

-Porque si me queda de camino, lo llevo, ¿o sigue sin querer que sepa dónde tiene la madriguera?



-¿Vos para dónde vas?

-Para el centro.

-Ah, no, yo voy para el otro lado.

Luciano vaciló, pero por fin se atrevió a hacer la pregunta.

-¿Cuándo lo vuelvo a ver, don Antonio?

-Yo te llamo muchacho.

-¿Adónde?

-A tu casa. Estás en la guía, ¿no?

-Estoy en la guía.

Don Antonio se ovilló con exasperante lentitud dentro del taxi, guardó la pierna y cerró la portezuela.

-Pronto.

-Hasta pronto, don Antonio.

-No, muchacho, que te llamo pronto. Adiós.

-¡Mire que le tomo la palabra, don Antonio!



Gritó Luciano al taxi que desaparecía.



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