Primera parte



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Septiembre de 1977


Poco después de aquel encuentro con don Antonio Luciano se vinculó a la Liga de los Derechos del Hombre, dentro de la cual, junto con otros muchos, los abogados del PC -que insistía en que el régimen no era fascista- bregaban valientemente por arrancar a la dictadura la mayor cantidad de presos, sin distingos ideológicos. Aunque no era abogado, colaboró en la redacción de escritos, hizo de enlace, aconsejó a familias de desaparecidos e integró comisiones que visitaron cárceles, comisarías y cuarteles. Verónica se ocupaba de la casa, de las hijas y de ganar el poco dinero que, sumado a los eventuales cheques que venían de Europa, les permitía sobrevivir precariamente. Se veían poco y hablaban menos. Los dos sabían el papel que le correspondía cada uno. Entre ambos, protegieron a las pequeñas como mejor podían de la realidad espeluznante en que les tocaba crecer. El matrimonio se había transformado en una rutina eficiente y silenciosa, sin resquicios para la ternura ni remansos para el amor. Casi no pasaba un día sin que algún amigo o conocido fuera detenido o secuestrado. Cada mañana, Verónica veía partir a su marido sin saber si volvería a verlo, y él daba cada vez a sus hijas un beso que podía ser el último. Pero no había otra salida, y ambos lo sabían y lo aceptaban.

Hasta que un buen día, pasó lo que tenía que pasar.

Luciano estaba por meterse en la estación Puente Pacífico cuando vio que un taxi clavaba los frenos y se quedaba varado a un ángulo de 25 grados de la acera a pocos metros delante de él.

-¡Muchacho!

-¡Don Antonio! ¡Qué sorpresa y qué alegrón!

-¿Adónde vas?

-¿Adónde cree? Si parece que tengo un Dios aparte… ¡A almorzar!

-Bueno, en ese caso vamos juntos. Mire, entonces tome Sarmiento y después Libertador hasta Suipacha y nos deja entre Santa Fe y Charcas.

-Ya no se llama Charcas, maestro; hace como veinte años que le pusieron Marcelo T. de Alvear.

El taxi se puso en marcha, rodeó la Plaza Italia y tomó camino de la Avenida del Libertador.

-Milagro que no me lleva al Sáenz Peña, don Antonio.

-Desde que se jubilo Simón no he querido volver. Además el Tano también colgó el cucharón.

-Lo voy a extrañar... ¿Cómo anda, don Antonio?

-Solamente en taxi y cada vez menos. Dentro de poco me van a tener que traer el morfi a la catrera. Y vos, muchacho, ¿cómo estás?

-Vivo, que como están las cosas, no es poco.

-Bueno, ya me vas a contar. Ahora, dejáme contemplar mi ciudad, que no sé cuánto tiempo más la voy a poder disfrutar. Cuando lleguemos a la esquina de Libertador, fijáte en la estatua que está frente al zoológico. Del lado de Belgrano está la de Tarás Shevchenko… Pensar que esta ciudad tiene un monumento a Tarás Shevchenko… ¿sabés quién era?

-…

-Ni más ni menos que el poeta nacional ucraniano. Bueno, la que está del otro lado, casi tapada por los árboles y trepada a un pedestal tan alto que solo se le ven los pies, es el Sarmiento de Rodin. Porque en la belle époque, muchacho, nuestra oligarquía se gastaba parte de la plata para embellecer la ciudad. A Rodin le encargaron el Sarmiento y a Bourdelle el Monumento a Alvear, el que está en La Recoleta. Y si te fijás, cuando estemos por Plaza Francia, después del Museo de Bellas Artes, a tu izquierda vas a ver una escultura inmensa de Moore, una adolescente de Maillol y dos Bourdelles más: El centauro herido y el Heracles arquero. Algún día metete por los jardines de Palermo a admirar las esculturas, muchacho, una más magnífica que la otra. El esclavo, La cautiva, El arquero de San Sebastián, El segador, El sembrador… Y no dejes de mirar bien La duda, de Cordier, en la Plaza San Martín, una alegoría tan ingeniosa como sobrecogedora. Después bajá por Esmeralda hasta Juncal. El edificio Estrogamou, en la esquina donde arranca Arroyo, es uno de los más espléndidos de Buenos Aires. En el patio tiene una reproducción en bronce, tamaño natural, de la Victoria de Samotracia. Y aprovechá para echarle las últimas ojeadas al pasaje Seaver, que lo están por demoler.



El taxi dobló por el costado del Monumento a los Españoles e ingresó en la vastísima calzada que daba a los coches un aire de hormigas presurosas sobre una inmensa mesa de ónix.

-Fijáte la calidad de la construcción, la elegancia… y el verde maravilloso ennobleciéndolo todo… Te digo, muchacho, sin ánimo chauvinista, que esta debe ser una de las avenidas más hermosas del planeta. ¿A usted le gusta Buenos Aires, chofer?

-Vea, jefe, yo no conozco afuera, ¿vio? Ni Montevideo conozco. Pero los extranjeros que se me suben al coche se quedan con la boca abierta. Dicen que otra ciudad como esta no hay. ¿Es cierto?

-En gran medida sí. Es una ciudad deputamadre. Pero la están haciendo mierda. Ahora el atorrante de mi Brigadier Osvaldo Cacciatore, nuestro aeronáutico Intendente Municipal, derrumba edificios antiguos sin piedad; todo con la excusa de tajear la ciudad de autopistas tan caras como innecesarias. ¡Hay que joderse! ¿A usted le parece, chofer?

-La están haciendo papilla, jefe. Los otros días por la televisión Tato Bores daba la receta del pollo a la Cacciatore: la mitad de las manzanas partidas en dos y las otras hechas puré. Le digo, yo no sabía si reírme o ponerme a llorar.

-A mí me encantaba la Recova, ¿sabe, don Antonio? Una noche, me acuerdo, acababa de mandarme a la mierda una chica con la que estaba metido hasta las orejas y me puse a caminar la Recova desde la Casa Rosada hasta Retiro. Eran como las cuatro de la mañana y las arcadas estaban inundadas de los diarios de la mañana. Del otro lado todavía existían las grúas del puerto. Yo iba caminando… no sé, como si levitara. Y de pronto comprendí que, después de aquella piba, esta ciudad era lo que yo más quería en el mundo. Ahora de la mina ni me acuerdo.

Luciano se quedó pensativo. Era la primera vez que se le ocurría que Buenos Aires no era eterna, que también para él había cambiado y seguiría cambiando, que un día, antes, seguramente, de lo que pensaba, la acariciaría con la memoria, echando sobre la ciudad presente la nostálgica plantilla de la que había sido y lamentando cada uno de los huecos o de los rellenos nuevos.

-¿Y, qué tal la cosa, chofer?

-¿Qué quiere que le diga, jefe? Aquí ya casi no se puede vivir. La guita no alcanza para nada. Hace un año, por lo menos, uno laburaba un poco más y zafaba, pero ahora no basta ni con dos laburos. Claro, abrieron la importación de todo. Ahora hay para comprar todo lo que nunca hubo, hasta BMW hay. Pero guita... ni un peso partido por la mitad. Estos tipos están destrozando el país y nadie se anima a pararlos. Claro, si al que se atreve lo hacen boleta sin miramientos.

-¿O sea, que lo de la campaña antiargentina es camelo?

-¿Y qué interés tendrían los europeos o los norteamericanos en hacerle la contra a la Argentina? Lo que pasa es que allá se puede hablar y aquí no.

-Pero hay colegas suyos que la ven de otra forma.

-Algunos sí. Otros no, pero no se animan a abrir la boca. No vaya a creer todo lo que le dicen, porque la gente habla o se queda callada por miedo. Habla para mentir o no dice nada.

-No me diga que usted es medio subversivo...

-Si lo fuera o no se lo diría o estaría muerto, créame. No. Subversivo no, pero peronista sí, desde siempre, de familia, de tradición. Porque el argentino de veras, y perdóneme si lo ofendo, que no es la intención, el argentino de veras sigue siendo peronista. Y ahora casi le diría que más que nunca. Peor se pone la cosa, más lo extrañamos al Viejo. Aunque muchos sabemos que el Viejo que murió no es el mismo que el que presidió la década de oro.

-¿...?


-El primer Perón fue de zurda... ¡No, no me ponga esa cara! ¿O Perón no hizo todo lo que los zurdos decían que había que hacer? ¿O con Perón la clase obrera no estaba mucho mejor que nunca, ni antes ni después?

-¿Y ahora?

-¿En serio me lo está preguntando? Ahora es un desastre.

-Pero me cuentan que han disminuido mucho los asaltos.

-¡Y claro, si los chorros tienen miedo que los confundan con subversivos! Sí, es cierto que hay un poco más de orden, pero están matando mucha gente. Nadie dice nada, por miedo, claro, pero están matando mucha gente. Mire que yo me la paso en el taxi y veo cada cosas. Los otros días, por Juan B. Justo y Gaona, un jueves, a eso de las once de la mañana, pleno centro, clavan los frenos unos Falcon de esos que circulan sin patente, se bajan cuatro ursos y se le tiran encima a una parejita que él tendría veinte años y ella ni dieciocho y, para mejor, embarazada como de seis o siete meses. Les entraron a puñetazos y patadas. La chica gritaba que parecía que se iba a quedar sin garganta, y el pibe también, ¡Me llamo Rubén Centeno, nos van a matar, avisen a mi familia! Pero ahí no más le rompieron todos los dientes de un culatazo. Después los metieron en uno de los coches. Antes de mandarse mudar uno de los matones paseó la Itaka apuntando a todos lados y gritó, ¡Estos son subversivos. El primero que avise nada a nadie lo vamos a hacer boleta por cómplice! ¿Usté creé que alguien movió un dedo? ¡Qué van a mover, jefe, si acá a uno lo matan por menos! Lo más triste, le digo, es que cuando los Falcon desaparecieron, nadie comentó, nadie dijo una palabra. Cada uno siguió por donde iba y aquí no ha pasado nada. A mí, jefe, qué quiere que le diga, me da vergüenza este país.

-¿Y usted qué hizo?

-En ese momento nada, ¿qué iba a hacer? Además llevaba un pasajero con pinta de cana. Pero apenas lo dejé busqué el nombre en la guía. ¿Sabe la cantidad de Centenos que hay? Bueno, los fui llamando a todos. Pero o no tenían nada que ver o se hacían los suecos. Más de uno me cortó o me amenazó incluso con denunciarme. Por suerte yo siempre llamaba desde teléfono público, que buena guita me costó. Creo que a la final di con la familia, porque la señora que atendió se quedó muda y la oí que se echaba a llorar. En todo caso, yo avisé, como pidió el pibe. Porque yo no tendré las bolas para hacerles frente a estos hijos de puta, pero tampoco me voy a hacer cómplice.

-¿Y cómo sabe que nosotros no lo vamos a delatar?

-Llevo años de tachero, jefe. Si en todo este tiempo no hubiera aprendido a conocer a la gente no sé si estaría vivo.

Luciano mantuvo discretamente abierta la portezuela mientras don Antonio arriaba la pierna parásita y se aplicaba a su torpe coreografía de lisiado testarudo. Entraron en el restaurante y escogieron la primera mesa a la derecha.

-¿Y cómo anda, don Antonio?

-Literalmente, como el culo, muchacho, con esta pierna que ya está para tirarla, lástima que le tenga tanto cariño. Por lo demás, razonablemente bien, de vuelta de todo y de todos, viendo cómo se desangra, desintegra, vende, arruina y degrada mi país sin que nadie ofrezca una alternativa sensata a la locura.

Un mozo alto y moreno que se repartía mal dentro de una chaqueta dos talles exagerada trajo un menú que entregó a don Antonio con gran ceremonia.

-¿Qué se van a servir los señores?

-¿Cuánto hace que no probás tamales de humita, muchacho?

-¡Uh!


-Los señores no se van a arrepentir.

-Y para después me voy por los calamaretti a la lyonesa.

-Yo lo sigo, don Antonio, así nos elige un buen blanco.

-No te creas el mito de que los mariscos solo se acompañan con blanco, muchacho. Son cuentos chinos. Y como los tamales con blanco no pegan, vámonos por un tinto de los menos peleones. Ábranos una botellita de Pont l'Evêque.

-¿Agua mineral o soda?

-¡…!


-¿…?

-¡Los señores perdonen!

El mozo dio media vuelta seguido de la chaqueta y se fue a pasar la orden.

-Este sí que pertenece a la especie Sartolíngusque Praepósterus. Fijáte, muchacho: le queda tan grande el saco como el castellano. ¡Hay que joderse! ¡Y en La Payanca, la quintaesencia del bistró porteño! Yo que el patrón lo proscribía.

-¡Una botella de Ponlebé para los señores!

-No, déle a probar al joven… ¿Y?

-Un vino… cabal.

-¡Bien adjetivado, muchacho; bien adjetivado! ¿Seguís escribiendo?

-Casi nada, don Antonio. Prácticamente no tengo tiempo. Ni le cuento la cantidad de ideas que voy anotando para no olvidarme. Algún día las voy a desarrollar. Pero ¡cuándo!

-¿Tan ajetreado andás?

-Hay que parar la olla, don Antonio; y el poco tiempo que me queda se lo dedico a las gurruminas.

-¡Bien hecho, carajo!

-Y además, claro, está la militancia.

-Siempre bolche, supongo.

-Siempre.

-¿Y tu viejo?

-También.

-Sí, ya sé, pero ¿cómo está?

-Como siempre, sectario, pero sectario abuelo de dos nietas, lo cual lo humaniza notablemente.

-¿Y lo ves seguido?

-Con todo lo que está pasando y lo ocupados que estamos los dos, poco y nada. Él sigue en El Tigre. Yo por allá casi no voy. Salvo por las gurruminas, mantenemos una relación cordial pero distante: yo soy el cordial y él el distante. Y cada vez que nos vemos terminamos más distanciados que antes.

-¿Discuten mucho?

-¡Ni se lo imagina! Es que es un sectario de mierda.

-Y teniendo vos dos hijas y él sendas nietas ¿de política discutís con tu viejo? ¿A tu edad, muchacho?

-Y con él ¿de qué otra cosa? Salvo las nenas, es el único tema que tenemos en común.

-Pues tan en común no parece que lo tengan. ¿Y tu vieja?

-De polizón, don Antonio.

-¡A ver si los señores encuentran de su agrado los tamales!

Cada uno abrió su hoja de maíz y se vio sumido en un hálito vernáculo. La humita tenía la consistencia perfecta, ni muy pastosa, ni muy dura: apenas más tozuda que el buen puré de papas. A la distancia exacta, de modo que el paladar llegaba a ella tras un preámbulo dulzón, la carne picada, apenas sazonada para disputarle en pie de igualdad papilas al maíz.

-¿Qué me contás, muchacho?

-Ya que le gustó, un plato cabal; como el vino. No sé por qué, pero comiendo esta humita acompañada de un buen tinto sin pretensiones me siento más argentino que nunca.

-¡Te me has puesto telúrico, muchacho! No te conocía esta vertiente pachamamesca.

-Ha de saber que tiene ante usted a un chamamecero irreductible, adorador de los hermanos Ábalos y enemigo jurado de Los Fronterizos, amén de campeón del gran Aníbal Troilo, Pichuco, y adalid -y permítame que me ponga de pie- de los inmortales Julio de Caro y Carlos Di Sarli.

-¡Sentáte, muchacho, a ver si todavía te ponés a zapatear! Pero ¡qué te han hecho los Dioses!

-Me lo interpusieron a usted en mi meditabundo y desconcertado sendero de adolescente tardío, don Antonio.

-¡Qué parla, muchacho! No te me vengo con una admonición y un suplicante llamado a la cordura lingüística por que sé que el que me está cargando ahora sos vos… A menos que ya estés en pedo, lo que a este docente del etilismo le ocasionaría una profunda decepción.

-No se preocupe, que este vino es bueno, pero no tanto.

-¡Salud, de todos modos!

-¡Al gran pueblo argentino, salud!

-Buena falta que le está haciendo. Salud a nuestro pueblo, sensatez a los jóvenes que resisten la dictadura y que se les caigan las escamas de los ojos a los comunistas.

-No vamos a empezar otra vez, don Antonio.

-Yo no soy tu viejo. Conmigo tiene sentido discutir. Por lo pronto, el pozo ciego emocional fermenta menos. Y, además, yo no estaré de acuerdo con los comunistas del PC en general y con vos en particular, pero los respeto y te respeto. Ahora, si no querés que hablemos más de eso, hablemos de otra cosa. Igual, aquí viene nuestro atildado Demóstenes con bandeja.

-A ver si los señores lo encuentran de su agrado.

-¡Salud!


-¡Salud, don Antonio! Porque volvamos a encontrarnos pronto y lo pueda invitar yo.

-¡Je! ¿Seguís seco?

-Como el Sáhara, don Antonio.

-Me lo imaginaba. Aunque te ha mejorado sustancialmente el gusto renglón pilchas, muchacho. Si tuvieras un poco más de guita, serías un dandy, como debe haber sido -y no me extrañaría que siguiese siendo- tu señor papito.

Luciano saboreó concienzudamente su plato. Los pequeños moluscos, reducidos aún más por la cocción, parecían dátiles atrapados en un manglar de cebolla casi caramelizada empapada ella misma de una salsa espesa que olía intensamente a vino. La carne ofrecía a los dientes un conato de resistencia que se resolvía en un leve estallido seguido del sabor del líquido caliente y apenas más salado de lo que el paladar esperaba.

-¿Qué tal los minúsculos cefalópodos?

-A veces me da la impresión de que lo conoce.

-¿A quién?

-A mi viejo. Y de que lo conoce mejor que yo.

-Ni falta que me hace. El síndrome lo he visto muchas veces, e invariablemente en la zurda. Claro que también tengo más experiencia por esa mitad.

Luciano demoró largamente el bocado y bebió un sorbo sin prisa.

-Dígame una cosa, don Antonio. ¿Usted dónde está parado?

-No estoy parado casi nunca, muchacho.

-En serio.

-En serio. Vengo a ser, y te lo repito creo que por enésima vez, un escéptico de izquierda. Uno que está de vuelta de todo aquello adonde querés ir, muchacho. Un divorciado de la Revolución. Divorciado nomás. No me he vuelto a casar, a diferencia de tantos traidores que ahora se encaman con cualquier variante de la derecha; ni me he hecho monje, como otros que, sin traicionar, se han dedicado a la paja metafísica. En otras palabras, que he recuperado la lucidez sin perder la dignidad.

-…

-No acabás de convencerte, ¿no?



-No se vaya a ofender, don Antonio, pero la ecuación no me termina de cerrar.

Se hizo un silencio que para Luciano fue inicialmente incómodo. Temía haber contrariado a su amigo, pero su duda lo molestaba. Tenía la sensación de que don Antonio se le escabullía detrás de un muro infranqueable. El otro, sin embargo, no se fastidió. Su silencio era simplemente de reflexión.

-No me enojo, muchacho. Yo con vos creo que no me podría enojar jamás. Pero te comprendo. No sabés hasta qué punto te comprendo. Yo, te confieso, preferiría creer, tener la fe de tantos que han luchado y luchan por un mañana mejor. Mirá, lo que me pasa podría verse así: imagináte a un médico que, pongamos que por más avezado, conoce a fondo las enfermedades, sabe que las terapias conocidas no solo no son eficaces sino que, a la larga, resultan contraindicadas, pero no ha descubierto todavía una terapia mejor. ¿Qué hace? ¿Recomienda que no se haga nada hasta tanto la medicina avance un poco más? El paciente no puede aguardar. ¿Recomienda que, perdido por perdido, se apliquen las terapias conocidas? Sabe que a la larga son peores que la enfermedad. Una vez más, soy escéptico: no creo en las terapias que se han descubierto y ensayado hasta hoy. Pero soy de izquierda: no me dan lo mismo la injusticia, la miseria, la explotación. Y sé que son vilezas inherentes a la sociedad dividida en clases. Yo miro a gente como vos, como tu viejo mismo -al margen de la menesunda afectiva que lo lleva a comprar la noble distracción del amor a la humanidad sector operario-, y creéme que me causan envidia y admiración.

-¿Por qué insiste en creer que mi viejo es un hipócrita?

-Yo nunca he dicho tal cosa ni la he pensado. Lo que sí digo es que un padre que quiere más a todos los hombres abstractos que a su hijo concreto tiene el corazón en el culo. Para mí este es un caso de sospechosísimo daltonismo emocional: solo se distinguen los colores que están lejos. No me caben dudas de que tu viejo se dejaría matar, de que resistiría la tortura, de que aceptaría la pobreza o incluso la miseria si fuera el precio de sus convicciones. No se trata de eso. Se trata de que se dejaría matar o condenar a la miseria sin lamentarse de las consecuencias para vos. Eso es lo grave.

-¿Sería mejor al revés, entonces?

-Si por al revés querés decir que por amor a vos abjurara de sus principios, no. Pero si al revés quiere decir que, al margen de lo que haga con el sentimiento, sienta que te quiere más a vos que a él mismo y el resto de la humanidad, en ese orden, entonces sí, sin duda, mejor al revés. Mira, los alemanes capturaron al hijo de Stalin, que peleaba en el frente como soldado raso, y se lo quisieron cambiar por Von Paulus. Stalin dijo que él no trocaba a un general por un soldado. Hizo bien. Pero dudo mucho que lo haya sentido. Eso es lo terrible. ¡Eso! Porque eso no es humano. Y esa es la deshumanización que permite los tremendos crímenes que han cometido todas las revoluciones y tantos revolucionarios. Te digo más: eso es, precisamente, lo que conduce a cometer todos los crímenes.

-...


-¿En qué te quedaste pensando, muchacho?

-En que tiene razón, don Antonio, y sin embargo...

-¿Eppur?

-Y sin embargo, no termino de estar de acuerdo. Las revoluciones las hacen los hombres. Errores, crímenes incluso, se van a cometer siempre.

-¿Cómo cuántos millones de crímenes? Porque puestos a contabilizar cadáveres, te digo que para el padrecito Stalin necesitamos un ábaco más grande que para el Führer. O, más aquicito, el camarada Pol Pot, el camarada Kim Il Sung y el camarada Mao y sus zigzagueantes herederos... Muchacho, te repito una idea que alguna vez quise explicarte: en las masas analfabetas, el sueño de la razón proletaria produce monstruos. Los mujiks rusos cambiaron al Zar por Stalin, los campesinos chinos al Emperador por Mao, y la lista sigue.

-Mire, a mí de a ratos me sigue pareciendo que usted no cree en nada, don Antonio.

-Solo los nihilistas no creen en nada. Yo, en cambio, me considero realista: yo creo, pero en muy pocas cosas.

-¿En qué, por ejemplo?

-Como dice un proverbio árabe, la verdadera grandeza del hombre no está en no caerse nunca sino en levantarse cada vez que se cae. En eso creo yo: en la capacidad del hombre de volverse a levantar. Y creo que es posible una organización social que disminuya, espacie y amortigüe las caídas, que mitigue sus consecuencias para el que se cae y para los demás, y que ayude cada vez a levantarse. En eso creo. Pero en nada más. No parece mucho, pero es muchísimo. En eso debieras creer también vos. Lo demás son simples cuestiones tácticas.

-¿Y en la revolución ya no cree?

-A mi manera. Yo no creo que el hombre pueda cambiar exclusivamente a fuerza de praxis social. El hombre como bicho, como animal producto entre todos los demás de la evolución de las especies, no ha salido de la etapa en que estaba cuando se descolgó de la rama, se puso de pie y echó a andar por el planeta para adueñarse de él. La praxis social es la superestructura de la ontología biológica, muchacho. Solo puede encauzarla, no modificarla. El hombre puede cambiar de manera de pensar, y, desde luego, de actuar, pero no de sentir, porque el origen profundo de los sentimientos antecede a la práctica social y, a la postre, resulta independiente de ella, al menos en las tres o cuatro cosas fundamentales de la vida. Creo en una organización social que permita paliar el egoísmo, la superstición, el miedo a la muerte, los celos, la envidia, el afán de poder o de sumisión… pero no creo que los pueda modificar, ni muchísimo menos eliminar. Eso que ves en los monos, muchacho, esa es la base sobre la cual el hombre erige el portentoso y frágil edificio de su praxis social. Llegar a la luna o componer música dodecafónica no cambian mucho la cosa. Marx tiene razón al decir que la praxis determina la conciencia. Pero dudo mucho que determine el inconsciente. En todo caso, al revés. Como ves, yo soy marxista para afuera, para la práctica social, y freudiano para adentro, para los conflictos que nos endilga la superposición artificial entre la organización social consciente y los instintos con los que bajamos de las palmeras.

-¿Por qué artificial?

-Porque es eso, un “artificio”. La organización social del hombre se diferencia de la de los primates -y ni hablemos de la de las hormigas o las abejas- en que no es natural: evoluciona con el desarrollo de las fuerzas productivas, al margen de la evolución de la especie, que, desde ese punto de vista, no ha hecho mucho más que envejecer más lentamente y quedarse calva antes.

-¿De veras cree en una esencia inmutable, independiente de la praxis social? ¿De veras cree que la praxis social no hace más que cubrir con hojas de estación el tronco eterno de un hombre objetivamente incapaz de cambiar?

-De veras. Ojalá me equivoque, por supuesto, pero, te repito, no pienso que la praxis social pueda cambiar a fondo el hombre. Los problemas fundamentales los tenemos todos más o menos por igual, como que por igual los han tenido todos nuestros ancestros. No se manifiestan socialmente de la misma manera, es cierto. Ya no nos agarramos a mordiscones por un pozo de agua, pero seguimos agarrándonos a mordiscones atómicos por cosas psicológica y vitalmente equivalentes. Yo creo que el hombre no es inherentemente bueno ni malo, como no son ni buenos ni malos los leones o los escarabajos. La enorme diferencia -y ahí sí estamos hablando de una consecuencia directa de la praxis social- estriba en la conciencia de las consecuencias de nuestros actos. Porque podemos recordar e imaginar las consecuencias de lo que hacemos podemos juzgar lo que hacemos, y ese juicio sí que cambia y no es el mismo ni en el tiempo ni en el espacio. Se modifica con la praxis social del individuo más o menos paralelamente para todos los individuos del grupo, sobre todo en función de la clase social -y ahí Marx tenía todita la razón-, pero también en función de la edad, del sexo y de mil circunstancias más. Cambia la manera como nos vemos y nos entendemos, pero no la manera como somos.

-Bueno, pero estamos de acuerdo, supongo, en que así como no hay hormigas “mejores” que otras hormigas, o incluso especies “mejores” que otras especies, salvo desde la perspectiva específicamente humana, sí hay, en cambio, hombres mejores que otros hombres y grupos sociales mejores que otros, y organizaciones sociales mejores que otras, ¿no?

-Sin duda.

-Y a usted no le dan igual unos que otros, ¿no?

-Desde luego que no.

-Usted prefiere los tipos, los grupos y las organizaciones “buenos”, si me perdona la simplificación un tanto pelotuda, o en todo caso éticamente superiores.

-Desde luego, muchacho. Pero, acordáte de que las nociones del bien y del mal, por producto de la praxis social, están históricamente condicionadas. Aún así, yo creo tener firmes ideas de uno y otro, bien que esas ideas no han sido siempre idénticas. Han ido evolucionando ellas mismas con mi propia praxis. A mi edad, no creo que vayan a cambiar. Pero eso no las hace automáticamente eternas ni mucho menos indiscutibles.

-Usted me parece, sin embargo, un muy buen tipo; en todo caso mejor que la mayoría.

-¿A cuántos conocés lo suficiente para llegar a generalizar así?

-¿Y usted?

-Mis generalizaciones son simples inferencias. Sospecho -y estoy bastante convencido de que sospecho bien- que las cosas son como me parece que son. En cuanto a lo de que sea un buen tipo, sin duda… en algunos momentos y para algunas cosas, pero ni en todos los momentos ni para todas las cosas. He sido, por ejemplo, buen amigo y acaso buen amante, pero he sido mal novio y no sé si habría podido ser buen padre. Es difícil, en mi experiencia, ser buen padre y mal marido. No vayas a creer, muchacho; he hecho muchas cosas de las que me arrepiento y me avergüenzo, y otras tantas me arrepiento y me avergüenzo de no haberlas llegado a hacer. Cada uno de nosotros arrastra sus flaquezas y sus culpas.

Don Antonio emigró como a examinar la memoria de sus culpas y sus flaquezas, pero pareció regresar sin ellas.

-Lo más difícil es combinar la flexibilidad y la firmeza, el odio por el enemigo con el amor por los amigos, la sombra y la luz. Marechal -que en paz descanse en el paraíso en el que tanto creyó- diría el caballo terrestre y el caballo celeste. Pero vamos a pedirnos el postre. Yo te sugiero que nos reencontremos con la Pachamama y pidamos el quesillo con cayote. ¿Lo probaste alguna vez?

-No. ¿Qué es?

-Básicamente una especie de mozzarella subdesarrollada, de cabra, con el dulce de una fruta parecida a la sandía que tiene un rústico sabor a paisaje de Catamarca.

Non se ne parli più!



-¡Mozo!

-Los señores dirán.

-En efecto, diremos. Y, más particularmente, diremos que querríamos sendos quesillos con cayote.

-A sus órdenes.

-Y vos, muchacho, ¿en qué andas metido, si no es demasiada indiscreción?

-Como periodista estoy muy quemado, de modo que publico poco. Si no fuera por los derechos que cobro de Europa y el laburo de Verónica... Políticamente, estoy metido en la cosa de los derechos humanos.

-¡Bien hecho, carajo! Es la prioridad del momento. Aunque para defender con eficacia esos derechos, a esta dictadura hay que denunciarla a los cuatro vientos. Solo que, si no yerro, tu Partido no es muy proclive a levantar polvareda. Me consta que sus abogados no cejan con la metralla de hábeas corpus, pero fuera de eso, a la hora de señalar públicamente con el dedo, no quieren hacerle el juego a la “campaña antiargentina”, ¿o me equivoco?

-No se burle de una línea tan difícil de establecer y seguir, don Antonio. Esta dictadura es más terrible que la de Pinochet, pero el contenido político no es el mismo. Le hace pito catalán a los yanquis que no pueden terminar de tragarse el aceite de ricino de las relaciones con Cuba o, si a eso vamos, con la URSS.

-Lo que me espanta es que la URSS y Cuba sí. Y que el PC se ufane de ello y que se haya metido en el siniestro callejón sin salida de la “convergencia cívico-militar”.

-Vea, don Antonio, usted podrá decir lo que quiera, pero las contradicciones secundarias no pueden hacerse prevalecer sobre la principal. La lucha a muerte no es entre los montos y Videla sino entre el socialismo y el capitalismo. Y en esa lucha, que la Argentina -por las razones que sean- no esté anclada firmemente en el campo imperialista es una ventaja estratégica que no se puede arrojar por la borda.

-Desaparecido más, desaparecido menos. No, muchacho, te equivocás de cabo a rabo. Esta dictadura está firmemente anclada donde tiene que estar. Que por contradiccioncitas internas se mande un par de coletazos independientes a la larga no puede contar. ¿Quién la amenaza? ¿Los montos? Los montos no tienen ideología. Los que no caigan como mártires o como pelotudos van a terminar transando. Los del ERP son más sanos; todo lo sano que puede ser un trotzko ideológicamente mohíno. Pero ¿qué programa tienen? A estos hijos de puta no los va a sacar un centenar de valientes, y mucho menos de valientes sin puta idea de adónde quieren ir. En suma, que a mí me parece que lo que están haciendo los montos y el ERP es un disparate, pero un disparate éticamente menos disparatado de lo que está haciendo el PC, y sobre todo de lo que no está haciendo el PC.

-Hablemos de literatura, mejor.

-¡Por qué no! ¿Qué es de la vida de Rodolfo Walsh, de Paco Urondo y de Haroldo Conti?

-No quiero que nos disgustemos, don Antonio.

Don Antonio desenfundó pipa y tabaquera y se fue con ellas a su galaxia. Allí cargó devotamente la chimenea, apisonó el tabaco, lo encendió sin prisa y permaneció dos o tres exhalaciones, tras las cuales la comisura extendida por la succión aprovechó para aportar su mitad de una sonrisa. Esta vez, Luciano no tuvo ni asomo de inquietud. Su amigo ya regresaría con noticias de sus cavilaciones.

-Has cambiado mucho, muchacho...

-Ya no soy tan muchacho, don Antonio.

-¡Qué querés que te diga! Para mí sí. Desde aquí todos los de menos de cincuenta parecen muchachos. ¿Cuántos años tenés ahora?

-Camino de los treinta y cinco. Treinta y tres, para mayor precisión. Y estoy casado, y tengo dos hijas. Y soy escritor...

-¡Cierto! ¡Sos escritor, carajo! Y ya casi famoso, podemos decir. ¿Te acordás de cuando nos conocimos y pensabas que nunca habrías de poder?

-Todo el tiempo, don Antonio. Usted sigue sin darse idea cabal de lo que significó para mí haberlo conocido. Y de lo que sigue significando. Mire, yo...

-Dejálo ahí, muchacho. Hacéme el favor, te pido; dejálo ahí.

Don Antonio se retiró inesperadamente a un silencio melancólico, como si lo hubiese sorprendido la sombra de una fatalidad.

-Decíme una cosa, muchacho: ¿vos no tenés miedo de que te maten?

-Me cago de miedo, don Antonio. Con todos los secuestros y asesinatos que están cometiendo los parapoliciales, el miedo casi no me deja vivir. Y a Verónica tampoco, aunque nunca me dijo ni mu. Pero no podría hacer otra cosa. Dejar de pelear nunca habría sido una solución. Le digo, yo preferiría no tener que pelear por nada, por nadie ni con nadie. Pero no se puede.

-Se puede, muchacho; claro que se puede. Sos vos el que no puede. Y no podés porque te mueve un amor grande como una casa. Vos podrías ser feliz sin pelear. Pero no mientras quedasen en el mundo cosas que valieran una pelea.

-¿Y usted, don Antonio, qué? ¿Se quedó sin cosas que valieran la pena?

-Vos no me conocés, muchacho; casi no sabes quién soy. Para vos he sido un maestro, no una persona. Te lo digo sin inquina; yo tampoco moví un dedo para darme a conocer. Yo nunca he dejado de pelear. Lo que he dejado, hace mucho tiempo, es de pelear en un ejército.

-¿Los señores van a querer café?

-En rigor, ya lo queremos, para qué decir una cosa por otra…

Don Antonio volvió a la taciturnidad de sus brumas.

-¿En qué se quedó pensando?

-En que me gustaría conocer a tu familia, sobre todo a tus hijas. Perdonáme, no es que tu mujer no me interese...

-No tiene que disculparse, don Antonio. Creo que lo comprendo...

-A ver, ¿por qué?

-Porque mi mujer es toda de ella, pero mis hijas son mitad mías.

-Tanta perspicacia me confunde, muchacho. Así es. ¡La adición, si es tan amable!

-A las órdenes de los señores.

Don Antonio recuperó arduamente su imperfecta y vacilante verticalidad, pero siempre sin dejarse socorrer, y fue arrastrando el estorbo de su pierna hasta que llegó a la calle.

-¿De veras quiere conocer a mi familia, don Antonio?

-Por supuesto, muchacho, ¿o lo dudás?

-No, claro... Mire, déjeme que lo consulte con Verónica, a ver cuándo puede venir a comer a casa. Y como sé que no me va a dar su teléfono, aquí tiene el mío. Llámeme esta noche o mañana y arreglamos.

-Sin falta, muchacho. Sin falta. Y gracias.

-¿Por?


-Así no más, muchacho. Así no más.

Don Antonio fue ovillándose dentro del taxi hasta que solo le quedó por meter la pierna que le sobraba.

-No te prometo llamarte hoy o mañana. Pero sí dentro de poco. Tenéme paciencia.

-Ya era hora de que me tocara a mí.

-¿...?

-Tenerle paciencia a usted.





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