Primera parte



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Diciembre de 1976


Tras el golpe del 23 de marzo, la represión se hizo masiva, con un ejército y una policía omnipresentes y omnipotentes que, sin embargo, casi nunca intervenían abiertamente en los cada vez más frecuentes secuestros y desapariciones. El vuelco no fue solo militar y político. Videla nombró Ministro de Economía al prosapioso José Alfredo Martínez de Hoz, que abrió de par en par las puertas a la importación con el sesudo concepto de que la industria nacional aprendiera a competir. En efecto, la industria creada por Perón al abrigo de una Segunda Guerra Mundial que tenía distraídos a Inglaterra y los Estados Unidos -nuestros tradicionales proveedores de todo lo que tuviera un tornillo, un pistón o un enchufe- fue desde el vamos un bebé de incubadora, protegido por una férrea cortina aduanera del insalubre aire del capitalismo cada vez más “globalizado”. Y la industria argentina, con un mercado interno ínfimo pero todo a sus anchas, se dedicó alegremente a crecer y multiplicarse artificialmente. Pero Martínez de Hoz pinchó la burbuja, y la criatura, en vez de aprender a respirar, empezó a morirse de asfixia. Las fábricas pasaron a reducir la producción o cerrar, mientras el capital, merced a una de las tantas gráciles piruetas que le son propias, pegó el saltito a la especulación para adquirir lucrativa carta de ciudadanía en la “Patria Financiera”. Los que no tenían más que su fuerza de trabajo para vender, por desdicha, se encontraron con un mercado que pagaba cada vez menos cada vez a menos. El globo de los cresos, por su parte, se desprendió de la cesta en la que se apiñaba el pueblo y remontó raudo a la estratosfera. Quienes les servían directamente -los peluqueros de los ricos, los carniceros de los ricos, los choferes de los ricos, los abogados de los ricos, los arquitectos de los ricos, los pedicuros de los ricos, los masajistas de los ricos- quedaron prendidos al cordaje sin molestarse por la canasta que se despeñaba. La contrapartida auspiciosa fue que, al igual que a principios de siglo, el argentino versión turística adquirió fama de ricachón en todo el orbe. Fue la época de la dulce guita dulce, del ubicuo, frívolo y prepotente “déme dos”. Pese a la infame “campaña antiargentina montada desde el exterior”, la Argentina -la Argentina formal, tan celosa ella de las formas- navegaba a toda vela aprestándose a lanzar sus garfios de abordaje para instalarse por fin y merecidamente en el codiciado bajel del Primer Mundo.

Los libros de Luciano, aunque no oficialmente prohibidos, desaparecieron de todas las librerías. Y con el dólar de improviso subvaluado, no quedaba otra que volver a dar clases en la Cultural Inglesa y traducir para varias empresas mientras Verónica seguía enseñando en el Jean Mermoz.

Luciano, se había detenido a tomar un café en el Foro cuando vio entrar por etapas la vacilante figura de don Antonio.

-¡Don Antonio!

-¡Muchacho!

-¡Siéntese, don Antonio, y acompáñeme con un batido!

-¿Cómo va todo, muchacho? ¿Cómo están tu mujer y tus chiquilinas?

-Bien, por suerte. Las dos aprendiendo a gangosear en el Liceo Francés.

-¡Caramba, muchacho, qué paquetería!

-Becadas, don Antonio; gracias a que Verónica enseña allí y que, por el lado de su vieja, tiene pasaporte francés.

-La mejor paquetería es la gratuita, muchacho. Pero tengo una idea mejor. En vez de tomarnos el aperitivo aquí, vámonos directamente a almorzar.

Los amigos salieron en despareja yunta, con don Antonio empeñado en la ingrata tarea de convencer a su pierna renuente de seguirlo por el planeta. Pararon un taxi. Como, concentrado en cerrar la portezuela tras su pierna indiferente, don Antonio se había desentendido del mundo mientras Luciano permanecía atento a que no precisase ayuda, no advirtieron un detalle que, por cierto, comenzaba a popularizarse: una a cada lado de la luna trasera, el coche ostentaba un par de calcomanías que rezaban, respectivamente, “Los argentinos somos derechos y humanos” y “Yo quiero a mi Argentina ¿Y usted?”.

-A Hipólito Yrigoyen al 1600.

-En dos patadas estamos.

-¿Y qué tal la cosa, chofer?

-Y muchísimo mejor, ahora que tenemos un poco de orden, porque con la Puta y el Brujo, le digo, ya no se podía vivir. Ahora sí que a este país no lo para nadie, fíjese lo que le digo. Ahora hasta televisión color dicen que vamos a tener. En el mundo nos tienen envidia, óigame bien, envidia nos tienen; porque más se quisieran ellos tener un país como el nuestro, que tiene de todo y no necesita nada ni nadie. Por eso montaron esa campaña antiargentina, ¿me interpreta?, por envidiosos. Y por engrupidos por los comunistas, que están cabreros porque acá les mojamos la oreja. Acá la subersión no les salió. Con todo el despelote que había ellos creían que les iba a salir, pero se quedaron con las ganas. Entonces van y arman el gran quilombo con los derechos humanos. Claro, los derechos humanos de los subersivos, porque de los derechos humanos de las vítimas ni mu. Yo quisiera saber cómo respetaban ellos los derechos humanos de los alemanes y de los japoneses durante la guerra. Porque hablar de derechos humanos en tiempo de paz, cualquiera. Pero yo les diría que se vengan acá unos días, que los secuestren o que les pongan una bomba y ya van a ver si vuelven tan gallitos.

-Bueno, pero no me va a negar que de vez en cuando se les va un poco la mano, ¿no?

-Mire, ecesos los hay en todas las guerras, qué se le va a hacer. Pero si hacen boleta a alguno, póngale la firma que en algo raro andaba.

-Sí, pero de repente se la agarran con la familia, por lo menos eso dicen.

-¡Sí, los de la campaña antiargentina! Y además le digo que yo no sé si está tan mal, porque a estos tipos les importa un carajo lo que les hagan a ellos, pero a su familia la tienen que querer, digo yo; tan degenerados no pueden ser. Entonces ya saben: vos hacé lo que se te dé la gana, matá, poné bombas, lo que quieras, pero la que paga es tu familia. Y si no te gusta, dejáte de matar y poner bombas y andá a laburar. Yo le digo, si en otros países, un suponer Israel, que tiene sus quilombos, hicieran lo mismo ya va a ver como se acabarían los líos en dos patadas.

-Bueno, pero acá hace como un año que están los milicos y los líos parece que no se acaban.

-Es que acá se dejaron madrugar. Si Lanusse habría tenido la visión de apretar las clavijas entonces, otro gallo cantaba ahora. Pero no, lo dejó venir a Perón. El Viejo le tuvo paciencia a la juventud, porque, claro, en parte se la debía, pero no cayó en que los marsistas habían aprovechado que llevaba diecisiete años afuera para hacer su laburito de infiltración, ¿me interpreta? Porque ellos trabajan siempre así. Como son cuatro gatos locos tienen que meterse en todos lados para ver si logran cactar a la gente, a los idiotas útiles que les dicen, para que les hagan el juego de ellos. Y claro, con la juventud la cosa les salió pipona. Y ahí los tipos se envalentonaron y para cuando entraron los milicos ya era tarde. Pero creamé, un año no es nada, ¿o cuánto duró la Segunda Guerra Mundial? Pero déles otro año, dos cuanto más, y va a ver como todo vuelve a ser como antes.

-¿Y el laburo, qué tal?

-Y, qué quiere que le diga, difícil. Ahora con lo que abrieron las importaciones hay algunas cosas más baratas, pero son básicamente las más caras, ¿vio? Las cosas que uno necesita, en cambio, las que uno compra, esas están por las nubes. Pero igual, si uno le mete, se vive. Claro, ahora con el mismo laburo no alcanza como antes, así que la gente se mete a hacer changas los fines de semana o chapa un laburo más. Usté, un suponer, labura en la oficina pongamos de nueve a cinco, y chapa un turno de noche en algún colegio, como profe de lo que sea, ¿me interpreta? Yo, por ejemplo, estoy al volante del tacho de siete a cinco, con una horita que me tomo religiosamente para almorzar, porque yo lo que usté quiera, pero mi bifecito con ensalada y medio de tintito es sagrado. Bueno, que a las cinco le entrego el tacho a un peón que tengo que me lo trabaja el resto del tiempo y ayudo a un primo mío en el restorán, ¿vio? Porque como soy bueno para las cuentas, me deja que atienda la caja mientras él se ocupa de la cocina y de vigilar al personal, que sirvan bien y no se manden cagadas. Los sábados ahí sí, laburo con él todo el día. Los domingos depende, cuando tiene mucha clientela va y me llama para que le dé una manito. Se labura, pero se va tirando.

-¿Y la seguridad?

-Vea, con los milicos se acabaron los chorros. Claro, hay que tener un poco de cuidado que no lo tomen a uno por subersivo, porque están un poco nerviosos, como es natural. Pero si uno se cuida y hace buena letra, esta es la ciudá más segura del mundo. ¿Dónde quiere que lo deje, jefe?

-En la puerta del Sáenz Peña.

Luciano se quedó atento a ver si el deterioro de esos años no había hecho abjurar a don Antonio de su soberbia. Pero durante el mucho tiempo que le tomó sacar la pierna inútil, apoyarla como un tronco sobre las baldosas, girar trayendo la otra, erguirse sobre ella y el bastón mientras hacía fuerza con la mano izquierda aferrada a la portezuela entreabierta, se ponía por fin de pie, daba media vuelta trabajosa, volvía a girar y por fin emprendía la marcha, ni miró a su compañero. Verlo causaba una mezcla de pena y admiración.

Un mozo joven se adelantó a correrle una silla de la primera mesa junto a la ventana.

-¿Y Simón no está?

-Sí, pero hoy avisó que venía tarde. Tenía que ir al médico por algo del hígado.

-Vos sos nuevo, ¿no? ¿Cómo te llamás?

-Agustín, pero puede decirme Tino.

-Bueno, yo me llamo Antonio, y este es Luciano, viejos clientes, así que nos tenés que tratar bien. Traenos a cada uno un batido de Gancia con limón, mucho hielo y un tercio de Campari.

-¡Délo por hecho!

El mozo hizo mutis entre las mesas que comenzaban a poblarse de los comensales de siempre.

-Si no se ofende, don Antonio, me arreglo con un buen filet de merluza con ensalada.

-¡Muchacho, no me asustes!

-En serio, don Antonio; dormí poco y mal y no quiero tentar al Diablo.

-Como quieras. Bueno, después me vas a contar. ¡Simón!

-¡Don Antonio, tanto tiempo!

Simón había entrado de civil, un poco encorvado y sin el garbo presuroso de otrora.

-Déjeme que me ponga el saco blanco y yo mismo lo atiendo, don Antonio. ¿Ya pidió el Gancia con Campari? ¿Vio cómo me acuerdo?

-Tenés una memoria de elefante, Simón. No te mueras nunca. Sos el portador de una de las tradiciones más gloriosas de este país: los mozos que no necesitan anotar los pedidos.

-¿Cómo le va, joven? ¿Sabe que todavía me acuerdo de las clases que le dio acá don Antonio? Aprendió un montón, ¿no?

-¡Más vale que sí! ¿Y usted cómo anda, don Simón?

-El don déjeselo a don Antonio. A mí llámeme Simón, nomás. Bien, aunque los años empiezan a pesar. Ya estoy pensando en colgar el repasador. Si no fuera porque la jubilación no me va a alcanzar para nada… ¡Parece mentira! Casi cuarenta años aportando religiosamente todos los meses, casi cuarenta años de laburar como un buey… No es por presumir, ¿vio? Y además a usté le consta que lo hago con gusto, porque dar de comer bien a la gente, sobre todo a la gente como don Antonio, que es un sibarita, es, le digo, un placer. Pero, igual, también es laburo, ¿vio? Y son casi cuarenta años. ¡Si habré gastado zapatos, le digo! Cuarenta años y lo que me van a dar no me va alcanzar para nada. Y lo que es peor, que con la inflación me va a alcanzar cada vez para menos… Pero bueno, ustedes han venido a comer como la gente y no a escuchar mis problemas. Perdonemén. ¿Qué se van a servir?

-Este sorprendente joven no quiere más que un filet de merluza con ensalada. Y para mí, entonces, lo mismo. Nos abrís un Orfila rosado. Con el vino no te vas a achicar, ¿no?

-Eso nunca, don Antonio.

-Pero primero traenos los batidos que le pedimos a tu colega.

Simón dio media vuelta fatigosa y se alejó. Todavía caminaba con firmeza, pero apenas si separaba los pies del piso.

-Bueno, contáme.

-No hay mucho que contar, don Antonio. No doy abasto. Enseño en la Cultural, doy clases privadas de inglés y francés y el resto del tiempo traduzco boludeces para varias empresas. Bueno, el resto del tiempo que dedico a parar la olla, se entiende. Porque también están las gurruminas… no se imagina lo grandes que se han puesto, sobre todo Veroniquita. Y además, claro, la militancia... y, cuando puedo, la literatura.

-Seguís en el Partido…

-Sigo en el Partido.

-Y creés el cuento de que esta no es una dictadura fascista.

-¿Otra vez, don Antonio?

-En serio. ¿De veras estás de acuerdo en que Videla no es Pinochet?

-No lo es, don Antonio. Si no, los yanquis no le harían tanta guerra.

-Pero están matando más gente que en Chile.

-Es cierto. Pero nosotros no hacemos un análisis ético sino político.

-¿Te das cuenta del disparate que estás diciendo?

- Es una verdad terrible, don Antonio, pero no un disparate. Este gobierno, con toda la sangre que derrama, no es Pinochet. Este gobierno tiene una derecha fascista que complota para derrocarlo. Si cae Videla y llega a subir Menéndez va a ser mucho peor.

-¿El vino se lo dejamos probar al joven, don Antonio?

-A ver qué le parece.

Simón regresó por las merluzas dejando tras sí el murmullo fatigado de sus pies.

-Y aquí están los filesitos. La merluza la trajeron fresquita esta mañana.

-En este país gastronómicamente idiosincrásico, muchacho, la merluza es lo más barato de cualquier menú. Pero, bien hecha, como en este caso, con la harina y el huevo en perfecta simbiosis, es un plato inusitadamente discreto, noble y digestivamente imperceptible.

Luciano cargó el tenedor de esa carne nívea que se deshacía con solo mirarla y lo casó con la lengua ávida. El sabor se difundió tímidamente, como pidiendo permiso. Un vino más varonil lo hubiera apabullado, pero el rosé hacía gala de una discreción casi inetílica.

-Parece mentira, don Antonio. Tanto esmero que gastan los cocineros en inventar los platos más alambicados, y viene una mísera merluza con un modesto vinito a hacerles competencia de igual a igual…

-No menosprecies el ingenio culinario que ha debido desarrollar la humanidad pararrioplatenese, muchacho. Si mañana probaras un buen foie gras poilé al vinagre balsámico, te olvidarías enteramente de la bondadosa modestia de esta merluza. Pero poco le hace. El gusto de lo demás no interesa; lo único que importa es la sensación de ahora. No caigas a la mesa en el mismo error que solemos cometer los hombres en la cama: concentráte en lo que tenés en el plato, y no en lo que has tenido o podrías tener.

Los amigos siguieron comiendo en silencio, hasta que don Antonio, incapaz de domeñar su genio, sondeó:

-¿Y tu viejo?

-Bien. Bien de abuelo, quiero decir…

-¿Porque de padre…?

-Como siempre.

-¿Y tu mamá?

-De sempiterno polizón.

-Y él, claro, defiende a pie juntillas la sensata línea del Partido…

-¡Don Antonio!

-Perdonáme, muchacho, pero no puedo impedírmelo. Abrí los ojos. Secuestran, torturan, asesinan. Desaparecen mujeres embarazadas y nunca vuelve a saberse ni de ellas ni de las criaturas. ¡Qué análisis geopolítico ni qué ocho cuartos! ¿Cómo podés contemplar esta locura asesina y solazarte en el hecho de que, pese a todo, le seguimos vendiendo grano a la Unión Soviética y material ferroviario a Cuba? ¡Y la mano de estos facinerosos no tiene inconveniente en lavar la de Cuba en las Naciones Unidas... ni Cuba la de ellos! En algún lado tienen que estar los principios, muchacho. Yo no sé bien qué aconsejarte hacer, pero sé una cosa que no tenés hacer, que no podés hacer: quedarte callado, mirar para el otro lado, ser cómplice de la mentira y de la sangre. Cualquier cosa menos esa, muchacho. ¡Cualquier cosa!

-Mejor cambiamos de tema, don Antonio.

-Sí, mejor.

Pero en vez de cambiar de tema, siguieron comiendo en silencios paralelos. Don Antonio se llevaba los trozos de merluza a su planeta con una mirada profundamente triste. Y Luciano traía al suyo un sabor amargo que no tenía nada que ver con el ex pez.

-¿Algún postrecito?

-Yo me arreglo con una manzana asada.

-Y después dos cafecitos bien pero bien cargados, que tenemos que ayudar a que nuestro joven amigo se despierte un poco.

Simón volvió a tramitar su lento giro de 180 grados y fue desapareciendo gradualmente como un sol.

Luciano sintió una pena interminable. Una pena que arrastraba a Simón, y a don Antonio cada vez más achacoso, y a los jubilados que habían trabajado toda su vida para cobrar una jubilación paupérrima, y a la Argentina en que pasaban, juntas, todas estas cosas: la vejez, el deterioro, la miseria postrera e inapelable…. la ignominia, la sangre, la muerte.

Simón regresó con su cansino glissando y sirvió las manzanas.

Luciano escarbó dentro de la cáscara rugosa y se llevó a la boca la cuchara cargada de pulpa rosácea. La manzana asada era simplemente eso: una manzana asada, con un poco de almíbar y canela. Un sabor simple, sin pretensiones pero ampliamente satisfactorio, como la merluza, como el módico rosé.

-Así es, muchacho.

-¿...?

-Están pasando cosas terribles. Cosas que no habían pasado nunca y que nunca creí que pudieran llegar a suceder. No te ofendas, pero no puedo creer que no lo veas, que no lo sientas, que no te indignes, que no quieras ponerte a llorar a grito pelado. Yo, te juro, no sé.... si tuviera cuarenta años menos y una pierna más, y si fuera menos cobarde, saldría a putear a la calle. Pero ese sería yo solo. Ustedes tienen un partido organizado, con experiencia; un partido de militantes aguerridos, valientes, abnegados, generosos; un partido que ha tenido una legión de muertos heroicos. ¿Cómo pueden ser cómplices de este holocausto? ¿Cómo puede un partido que, por muchos errores que haya cometido, nunca se vendió malbaratarse así por una legalidad indigna, por una legalidad, que, al cabo, no sirve absolutamente para nada?



Simón acudió dificultosamente con los cafés y luego se las arregló para cargar la bandeja sin mover un centímetro del torso, giró sin despegar los zapatos del piso y se alejó caminando como un torpe esquiador de fondo.

Bebieron sin hablar. Después, cuando don Antonio terminó de ponerse de pie, salieron sin cruzar palabra. Luciano aguardó a que su amigo lograra ingresar completamente en el taxi y ni pensó en preguntar cuándo volverían a encontrarse. Vio alejarse el coche casi con alivio. Pero apenas desapareció, se percibió invadido de un sentimiento incómodo que no llegaba a identificar. Dio media vuelta y se dirigió a Avenida de Mayo para tomar el subte. Cuando empezó a bajar las escaleras comprendió por fin lo que sentía: vergüenza.





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