Primera parte



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Octubre de 1975


Luciano resultó finalista del premio Casa de las Américas y pudo viajar a Cuba. La Revolución efervescente lo entusiasmó. Hizo contactos por todo el planeta que le permitieron conocer Europa. Lo invitaron a una recorrida de varios países socialistas: la República Democrática Alemana, Checoslovaquia, Hungría, Bulgaria y nada menos que la URSS, que, como había dicho don Antonio años atrás, seguía ajena al descubrimiento del palo y de la escoba. Su encuentro con el socialismo “real” lo decepcionó mucho más de lo que estuvo resuelto a admitirse y, claro está, de lo que llegó a admitir de los dientes para afuera. Pero la Revolución imparable comenzaba a florecer por su cuenta, sin pedir autorización al Partido Comunista de la Unión Soviética. En abril de 1974, la dictadura fascista más antigua del planeta, anterior incluso a la de Mussolini, había volado hecha añicos por un levantamiento militar y en Portugal parecía comenzar el primer proceso socialista europeo moderno no contiguo a la URSS. Exactamente doce meses después, los yanquis huían despavoridos de Saigón y de Pnom Penh, y en septiembre, lo impensable: la Revolución Socialista en Etiopía, otra vez encabezada por militares ganados milagrosamente para la causa del marxismo y de sus pueblos. Portugal, Angola, Mozambique, Etiopía, Somalia, Yemén del Norte… las revoluciones ya no eran cesáreas practicadas por el Ejército Rojo. Para desesperación del siempre lúcido Henry Kissinger, las fichas del dominó empezaban a desmoronarse cada vez más estrechamente en torno de los Estados Unidos.

Luciano sacó un nuevo libro de cuentos y comenzó a publicar asiduamente en diversos medios de prestigio internacional. Llegó incluso a ver su nombre al pie de un par de artículos de Le Monde. El PC lo envió de viaje varias veces. Sus renovadas visitas a la URSS y los países del “campo socialista”, la inexplicable China, el Vietnam imbatible y la Cuba paradojal, que amalgamaba socialismo y sol, principios de acero y salsa, la ineficiencia y la irresponsabilidad más escalofriantes y el más caliente de los entusiasmos, le fueron haciendo comprender que esos heterogéneos cimientos no podrían menos de quedar irreconocibles una vez comenzado a erigir de veras el verdadero edificio de un mundo verdaderamente mejor. Pero no dudaba que estos y no otros eran los cimientos, los únicos que había, pringosos de sangre, venalidad, sectarismo, intolerancia, miedo e ineptitud como habían terminado siendo por tantos “errores” insensatamente criminales. El verdadero edificio debiera ser como el que había comenzado a construirse en Chile: revolución en libertad; revolución con todas las ideas progresistas en pugna hacia adelante. Poco importaba aquel fracaso sangriento. Tarde o temprano la experiencia habría de repetirse para triunfar de una vez por todas. Como había profetizado desde su voz de violonchelo Nicolás Guillén, en vez de aquel barco hundido decenas salían a navegar.

Excepto que en la Argentina el barco de recambio estaba todavía en algún astillero perdido. La izquierda parecía haberse vuelto loca. El Partido Comunista Revolucionario –”fraccionado” del PC madre algunos años antes por considerarlo “revisionista”- llamaba a “defender a Isabel y López Rega del golpe pro-ruso”. El PC, por su parte y para variar, no sabía bien qué hacer. Condenaba la violencia de izquierda y de derecha, denunciaba la política reaccionaria de la viuda del viudo y buscaba agrupar a las fuerzas más sensatas; pero no hacía nada para parar el golpe de estado, solazado en su paciente trabajo de captación y adoctrinamiento de “militares patriotas”. Luciano no terminaba de comprender la línea partidaria, pero veía que era, si no la más sensata, en todo caso la menos disparatada. El Partido era el único que no le había chupado las medias a Perón y denunciaba claramente a la derecha sin caer en el voluntarismo suicida que no podía menos de socavar la cada vez más frágil democracia burguesa. Era, además, la única fuerza revolucionaria en comprender que no había salida democrática posible sin el apoyo decidido de una parte del ejército, y también la única en creer que semejante milagro era posible.

Para fin de año los asesinatos políticos pasaban de mil quinientos. Era evidente que la cosa no podía durar. Gelbard fue reemplazado por Alberto Gómez Morales y este por Celestino Rodrigo, que pasó a la posteridad como asestador del rodrigazo el 2 de junio siguiente. La moneda se devaluó de la noche a la mañana un 150% y se liberaron -o sea, duplicaron- los precios. La inflación remontó al 300%. Sobrevino una huelga general y, tras ella, la defenestración de López Rega. Entretanto, Isabelita firmaba el decreto que encargaba a las Fuerzas Armadas el cuidado del orden interno y la lucha contra la subversión. Poco importó que convocase a elecciones para fines del 76: el huevo de la serpiente se hacía más traslúcido que nunca.

Serían las doce y media cuando Luciano, que acababa de dejar en la boletería del Teatro del Pueblo un artículo para Propósitos, vio que don Antonio salía penadamente del edificio contiguo.

-¡Don Antonio, carajo!

-¡Muchacho! ¿Sos vos?

-¡Don Antonio! ¡Qué alegrón!

-Pero decíme, ¿cuánto hace que no nos vemos?

-Camino de un año.

-¡Mirá que han pasado cosas desde entonces! ¡Vení que te invito a almorzar!

-Voy, don Antonio, pero esta vez me toca invitar a mí, ¿no le parece?

-Todavía no te lo podés permitir, muchacho.

-¿Cómo lo sabe?

-Por la pinta zarrapastrosa que no has dejado de arrastrar, aliteración más, aliteración menos.

-No vaya a creer, don Antonio. Mire que ya conozco París.

-Sí, pero más bien de mochilero. Seguro que no probaste el foie gras ni las patas de rana. No lo niegues.

-No lo niego.

-¡Taxi!

Luciano sostuvo, como siempre, la portezuela, mientras don Antonio iba acomodándose en trabajosos pliegues.



-A Yrigoyen y Sáenz Peña.

-¿Qué nos cuenta de la situación que estamos viviendo, chofer?



-¿Qué le voy a contar? Esto es un desastre. Vea, yo cuando por fin se fue Lanusse, volvió el Viejo y subió Cámpora estuve saltando y hasta llorando en la Plaza. ¡Chile, Cuba; el pueblo te saluda!, me acuerdo que gritábamos cuando el Tío salió acompañado de Allende y Dorticós. Me hacía acordar a los actos de los años gloriosos, cuando el trabajador tenía dignidad, maestro, cuando los chicos de los laburantes tenían colonia de vacaciones mientras sus viejos podían pasar una o dos semanas en el hotel del Sindicato en la sierra o en la playa. ¡Esa era otra Argentina! Pero después se acabó. Desde el 55 empezamos a los tumbos. Primero Lonardi y después Aramburu, con el hijo de puta del Almirante Rojas, Hormiga negra que le decían, ¿se acuerda? ¡Bueno usté sí, maestro, pero usté qué se va a acordar si usté debía ser un pibe de pantalones cortos! Pero bueno… Después subió Frondizi, que había transado con Perón. Al principio la cosa parecía mejor. Hasta entraron a radicarse las fábricas de autos. Como quince; ni en Norteamérica había tantas… Claro, así les terminó de ir. Y entonces empezaron a darle de nuevo a los peronistas con el plan CONINTES, no sé si lo habrá oído nombrar, aunque usté seguro que se acuerda, maestro. Y terminaron sacándolo a Frondizi y poniéndolo a Guido, que era un títere. Y después hubo elecciones sin peronismo y subió el viejo Illia, que era un tipo honesto, pero que no servía para nada. Y después lo bajó Onganía, que lo bajó Lévingston, que lo bajó Lanusse. Y ahí la cosa se les puso más que marrón oscuro a los militares y Lanusse se jugó a dejarlo venir al Viejo, que no quiso ser candidato y por eso lo pusieron al Tío con Solano Lima. Yo no sé si se acuerda que el dólar bajó por primera vez en la historia y se clavó en mil pesos. El Tío decretó que la ropa se vendía con descuento. Todos corrimos a comprarnos un traje nuevo, me acuerdo. Y entraron a volver los profesionales que se habían ido, no sé si se acuerda, que les dieron facilidades. Parecía que por fin íbamos a ser el país que siempre quisimos. Pero la cosa se puso fea enseguida. El Viejo estaba viejo. Al Tío lo sacaron ignominiosamente. Yo, en el fondo, me alegraba -¡cómo no me iba a alegrar!- que el presidente fuera otra vez el propio Viejo. Pero Isabel no era Evita, y el Brujo era un colado. Mire, si no, la paradoja: sube el Tío y vienen Allende y Dorticós. A los seis meses sube el propio Viejo y manda traer a la Carmen Polo de Franco -bueno, también el hermano se lo bancó al Viejo todos los años de exilio, de modo que eso hasta cierto punto lo puedo llegar a comprender-, pero, de yapa, se invitó al presidente uruguayo, Bordaberry, un oligarca de los mismos que en la Argentina le hicieron la guerra al Viejo hasta que por fin lo tumbaron. Y empezaron a sacar a los que habían peleado en la resistencia y a meter a los gorilones más antiperonistas. Los Montos se pusieron a hacer quilombo enseguida. Claro, tenían a toda la juventud que se había jugado para que el Viejo pueda volver y se habían hecho muchas ilusiones. Entonces la gente del hijo de puta del Brujo les entró a dar con todo. Y ellos meta hacer presión, denuncias y todo eso, hasta que se hartaron y se mandaron mudar de la Plaza. Y yo, que soy peronista de toda la vida, le digo, les di la razón. Pero ellos también tuvieron su culpa. Entre ellos y el Brujo no lo dejaron gobernar al Viejo, que se debe haber muerto más de pena que de viejo.

-Usted debió haber sido historiador, no tachero.

Ma qué historiador! Yo lo que soy es un argentino con memoria.

-¡Ojalá hubiera más, créame!

-Pero ahora la cosa se puso mal, le digo. Todos los días ponen bombas, todos los días matan a alguien, si no son los Montoneros, es el ERP, y si no, la Triple A, que, le digo francamente, son de lejos los más jodidos. Y encima volvemos a tener la inflación de los peores tiempos. ¡Y esta mujer, por el amor de Dios! No, le digo, este país se va derechito a la mierda. Mucha gente empieza a rogar que vuelvan los milicos. Le digo, si esta mina no empieza a poner un poco de orden, la van a sacar a la mierda, y yo no sé si no me voy a alegrar. ¿Aquí está bien? ¡No, jefe, que me deja sin cambio! Déme cinco mil.

Don Antonio descendió, como siempre, al cabo de una compleja maniobra, pero sin un gesto que diera pie a la intervención de Luciano.

-¡Dichosos los ojos, don Antonio! ¡Y otra vez con su pupilo!

-¿Cómo estás, Simón?

-Tirando, don Antonio. Y usté, joven, ¿qué me cuenta?

-Tirando también, Simón, como todo el mundo.

-Como todo el mundo no, creamé; que acá hay más de uno que en vez de tirar, mete la mano. Ya les traigo los menús. Mientras tanto unos batiditos y un poco de provolone, ¿no?

-¿Y cómo le ha ido todo este tiempo, don Antonio?

-Como siempre, muchacho. Solo que la pierna me da cada vez más trabajo y ando con la movilidad mermadísima. Igual me arreglo, como ves, porque, por suerte, todavía voy colado en la clase media y me alcanza para desplazarme en taxi. ¿Y vos?

-Escribiendo cada vez más, cada vez mejor y cada vez por más plata, aunque nunca demasiada. Y si no, como siempre; dando clases, haciendo mis changuitas… Y ocupándome todo lo que puedo de mis gurruminas, pero con los tiempos que corren, no tengo ni la mitad del tiempo que quisiera.

-Que estás escribiendo mejor, me consta.

-¡No me diga que me ha seguido leyendo!

-¡Claro que sí! No todos los días un compatriota sale finalista del Premio Casa de las Américas.

-Pero si ese no me lo publicaron en la Argentina, ni tampoco el segundo libro de cuentos...

-Uno tiene sus contactos, muchacho.

-Pero bueno, cuénteme, ¿qué le pareció la novela?

-Buena.

-¿Buena a secas?



-Buena a secas. Pero muy buena para ser la primera. Aunque, a mi juicio, todavía tenés que terminar de emanciparte de Gorki. Los cuentos, en cambio, son otra cosa. Ahí sí que se te ve el verdadero fuste.

-¿Y qué cuento le gustó más?

-Sin duda el del asesinato en el subte de Nueva York.

-¿Y cuál le pareció más flojo?

-No es que me haya parecido flojo, pero el del pibe que viaja por la República Democrática Alemana y se encuentra con la chica que no quiere irse con él es un cuento de hadas. En los países socialistas habrá un montón de pibas remacanudas y reconscientes que no querrían mandarse mudar a Occidente, pero no por pruritos ideológicos, sino, sobre todo, por miedo de que luego los camaradas se las agarren con los que quedan atrás. Es una de las primeras cosas que me abrieron los ojos, ¿sabés? Vos vas a Francia o a Nigeria o a Panamá, te levantás una piba, te la traés a la Argentina y el problema se te plantea acá, no allá. Que se haya piantado no le va ni le viene a nadie más que a ella y a la familia que tiene que verla irse. Y si se arrepiente y se quiere volver, no tiene que pedirle permiso a nadie. Y mirá que este país de mierda nunca se ha pegado una vuelta demasiado lejos del fascismo. En cambio, en los países socialistas, ¡cagaste! Para colmo, el que se va es un traidor, pierde el laburo, pierde la casa, y, en muchos casos, pierden el laburo los parientes hasta de cuarto grado. ¡Dejáme de joder! ¡Si esa es la etapa superior del capitalismo, estamos rejodidos, muchacho!

-Le voy a hacer una confesión, don Antonio: yo llegué a creer que usted tenía razón, que el socialismo era, al menos por ahora, una quimera, que la revolución no podía cometerse sin crímenes. Pero fíjese: a Cuba se le pueden enrostrar mil cosas, incluso mil injusticias y mil aberraciones, pero ni un solo crimen.

-Ojalá tengas razón, muchacho. Ojalá la sigas teniendo por muchos años. Porque sería la primera vez…

-Y no solamente eso, don Antonio. Mire lo que está pasando en todo el mundo. Se ha caído el imperio portugués, y donde estaban Salazar y Caetano y sus tropas coloniales ahora empiezan procesos revolucionarios inéditos. ¡En el África, don Antonio; en Angola, en Etiopía… hasta en el Yemén! Después de Cuba, las revoluciones se hacen sin la URSS.

-Parece, muchacho; parece. Te repito por enésima vez: no puede haber revoluciones proletarias en países sin proletariado. No puede ser. Y si no puede ser, muchacho, no es. El precio de esta ceguera de los revolucionarios, porque no me caben dudas de que son auténticos revolucionarios ni de que están auténticamente ciegos, será terrible. Van a empezar por devorarse entre ellos y se los va a terminar morfando el imperialismo. Tiemblo de solo pensarlo. Fijáte bien en Pol Pot. Los crímenes de esa bestia van a dejar enanos los desmanes de los yanquis. Yo tengo muchísimo miedo del fin de siglo que nos espera.

Simón, que había traído los batidos volvió para retirar los vasos

-¿Que van a querer comer?

-¿Qué opinás de un chivito a la calabresa, muchacho?

Non se ne parli più

-¡Y nos abrís un Montchenot!

-Perdóneme que insista con mi libro, don Antonio, pero ¿qué crítica me puede hacer que me vaya a servir?

-Más literatura y menos política. Vos no sos un Borges de izquierda, un filósofo disfrazado de escritor, y mucho menos un criptopolítico. Solo a un Borges le sale ser Borges. Vos sos un escritor de veras.

-¿Me quiere decir que Borges no lo es?

-No es eso. Borges no escribe sobre la vida, porque sencillamente no la conoce. No tiene más personajes que él mismo, porque no conoce a nadie. Pensá: ¿qué personajes tiene el pobre Georgie? ¿Funes? Lo más parecido a una persona de carne y hueso que ha imaginado es Emma Zunz -¡y la única mujer de su obra!-. Borges es un pajero genial. Vos no. Vos has querido y sabido vivir. Pero todavía ponés la literatura al servicio de un programa político. No cometas ese error. La vida es primero. Si querés que nos pongamos marxosos, lo primero es la praxis social. La conciencia viene después. Dejá que tus personajes vivan su vida. No te metas demasiado con ellos, que se la vas a arruinar. Sé buen padre de tus criaturas: dales el ser, ayudalas a crecer y desarrollarse, pero dejalas que crezcan y se desarrollen solas. No trates de imponerles tu lógica. Contá las cosas, narrá los hechos, describí las situaciones, pero sin meterte a sermonear. Acordáte de que el lector, el que te interesa, aquel para el cual consciente o inconscientemente escribís, no es ningún idiota y que -como a vos mismo, como a mí- no le gusta que le den clases de nada. Dejále sacar sus propias conclusiones. Y si no son las que querías, mala suerte.

-No estoy de acuerdo, don Antonio. Yo escribo, precisamente, en busca de que mi lector saque ciertas conclusiones. En todo caso, quiero orientarlo hacia esas conclusiones, o, al menos, que se dé cuenta de que esas son las conclusiones a que yo mismo llego. Yo no tiro al aire, don Antonio. Yo trato de apuntar con todo cuidado.

-Se me hace que en el fondo seguís creyendo en el realismo socialista, muchacho. Tené cuidado con el costumbrismo de izquierda. Realista es Shakespeare, no Shólojov.

-Me temo que no he leído a don Mijaíl.

-A mi modo de ver, no te perdés gran cosa. A mí me parece un farsante. Y hablando de todo un poco, ¿qué hay de tu padre?

-Bueno, él tampoco ha tenido demasiado tiempo para sus nietas, para no hablar de la abuela. Sigue militando a todo vapor, don Antonio. Pero últimamente hemos discutido mucho. Me acusa constantemente de desviacionismo de derecha. La verdad es que a veces me parece que, en el fondo, tiene razón.

-¿Todavía no has celebrado tu XX Congreso, entonces?

-Mi viejo no es Stalin, don Antonio.

-Fijáte que más de lo que te parece. Por lo pronto, ha generado un zalamerísimo culto a la personalidad.

-¿…?

-En tu gentil persona. Y, según me dijiste, la de tu madre. Pero el problema fundamental del estalinismo no es Stalin; el problema está en quienes renuncian voluntariamente a mirar con ojo crítico.



-Usted entonces está de acuerdo con Borges en eso de que meterse en un partido es excusa para no pensar.

-Solo hasta cierto punto. Yo creo que la decisión de comprometerse organizadamente con una causa tiene que ser fruto de una reflexión profunda. El problema empieza cuando la reflexión cede paso a la disciplina ciega, cuando uno entra a escudarse en que los caminos del Partido son igual de misteriosos que los del Señor. Porque, por cierto, Borges dice que tanto profesar una religión como meterse en un partido son no únicamente renunciar a pensar sino ceder a otros la responsabilidad por los propios actos.

-Pero usted y yo sabemos que la única manera de derrotar a un enemigo organizado es organizándose uno, ¿no? Y la disciplina es parte de toda organización, ¿no?

-Sin duda, muchacho. Pero no te olvides de que la disciplina consiste, siempre, en permitir que el juicio a primera vista equivocado del otro prevalezca sobre el de uno.

-Bueno, no siempre.

-¡Siempre, muchacho! Siempre. Para obedecer órdenes que se creen justas se precisa coraje, pero no hace falta disciplina.

-El Monshenó lo prueba el pibe, ¿no?

-¡Desde luego!

Luciano cumplió con todas las mociones olfativas, ópticas y papilares de la ceremonia y sentenció:

-¡Deputamadre!¡Salud, don Antonio!

-¡Salud, muchacho!

Libaron detenidamente, mirando cada tanto el escarlata de los cristales.

-¡A ver estos chivitos!

La carne tenía apenas más consistencia que la de res, pero el gusto era mucho más avasallador. La salsa -más bien un simple aderezo compuesto de ajo, aceite de oliva, orégano y ají molido- lo completaba, enriquecía y realzaba a la vez. Luciano masticó largamente, tratando de discernir uno por uno los diferentes sabores y de volverlos a juntar. Después se dio un instante para despedirse de ellos a medida que desaparecían garganta abajo y se premió por fin con un buche generoso que paseó por todos los rincones de la lengua y del paladar.

-¡Deputamadre!

Al cabo de tres o cuatro bocados a los que dedicó hasta la última hebra de concentración, pudo por fin avenirse a hacer una pausa.

-¿Le puedo preguntar algo, don Antonio?

-...


-¿Por qué insiste tanto en que nos encontremos por casualidad?

-Yo mismo no lo sé bien, muchacho.

-No se ofenda, pero a mí me da la impresión de que no quiere que lo conozca.

-No es que no quiera que me conozcas, sino que... ¿Cómo explicártelo? No quiero que me veas como papá sustituto. No lo tomes a mal, pero no me animo con la responsabilidad.

-Oiga, don Antonio, eso me lo podría haber creído cuando nos conocimos y yo andaba sin saber qué hacer de mi vida. Pero ahora, se lo digo una vez más, estoy grandecito. Me casé. Soy padre de dos hijas. He viajado. Tengo publicados varios libros. Me va a disculpar, pero francamente no creo que ande necesitando un papá. Además, ya tengo.

-¿Y cómo anda?

-No me cambie de tema, don Antonio.

-No, si el que cambió fuiste vos.

-Me doy por vencido. Anda bien... supongo. Nos vemos poco. ¿Puede creer que no leyó ninguno de mis libros?

-Puedo.


-Yo no sé, pero pienso que si una de mis hijas escribiese un libro, qué sé yo, ¡de costura! yo me lo leería de pe a pa. Haciendo de tripas corazón, tal vez, pero de pe a pa.

-¿Y por qué creés que no los quiere leer?

-Ni idea.

-¿Porque no te quiere?

-Bueno, espero que no...

-No, no puede ser por eso.

-¿Y por qué entonces?

-Porque tiene miedo de que seas mejor que él.

-¡Pero si él no necesita creer que es mejor que yo!

-Evidentemente sí.

-Pero ¿por qué?

-Eso no lo sabe ni él, te lo aseguro.

-¿Y usted?

-Yo tampoco, ¿cómo lo voy a saber? Pero en este caso no hace falta ser médico para ver que la persona está enferma.

El chivito había dejado de importar. Seguía igual de sabroso y aromático, pero Luciano había interrumpido las relaciones diplomáticas con su paladar. Masticaba mecánicamente, casi a desgano. Le daba a la vez pena, bronca y vergüenza saber que sus muchos y fehacientes triunfos no compensaban el agujero negro que le quedaba de no haber llegado a sentir nunca ni la tibia aprobación de su padre.

-No permitas que también te prive del placer de la comida, muchacho. Perdonáme, no debí haber sacado el tema. Dejá de hablar y, si podés, de pensar hasta terminar con este chivito. Está deputamadre, acordáte.

Luciano reorganizó toda su anatomía, buscó una posición más vertical, trató de hacer limpieza a fondo en el cráneo y volvió a fijar ojos y nariz en el plato. Poco a poco, entre el chivito y él fueron ganando la batalla. Don Antonio vigilaba de reojo, tratando de no distraer a su joven amigo. Así siguieron degustando en silencio, cada uno en lo suyo, hasta que Luciano, emancipado ya del chubasco, procedió a engullir lo que quedaba de la salsa chorreando de toneladas de pan.

-Rico el chivito, ¿no, joven?

-Deputamadre, Simón. Deputamadre.

-Pensar que no hay tanta gente que le gusta. Parece mentira, pero le digo una cosa, aquí habemos muchos que no saben comer. Por eso cada vez que le digo que vino don Antonio el patrón se pone de fiesta.

-¿Y cómo se conocieron, don Antonio?

-Un día el patrón me preguntó que quién era el cliente que había pedido los panqueques flambeados al cuantró y quiso salir a conocerlo.

-Y ahí es donde me enteré de su idiosincrásico concepto de la higiene personal.

-No exagere, don Antonio. Bueno, y desde entonces, cada vez que sabe que es para don Antonio se esmera más. Y mire que nunca volvió a salir, ¿eh? Porque el patrón no se mueve de la cocina más que para ir al baño.

-Querrás decir al toilet, porque al baño propiamente dicho, ni en pedo.

-Déjese de embromar, don Antonio, y mejor dígame qué quiere de postre.

-¿Probaste alguna vez el sambayón al oporto con nueces, muchacho?

-Ni sé qué es.

-¡Y vos creés que ya no te hace falta papá! Me hacés marchar dos sambayones... con oporto en serio, ¿estamos? Y traételos con dos vasos del ídem.

Simón remontó vuelo camino de la cocina persiguiendo la bandeja cargada de despojos.

-Comer con vos se ha convertido en un verdadero placer, muchacho.

-El placer ha sido mío desde el primer día, don Antonio.

-Con tu permiso.

Los brazos de don Antonio se ocultaron detrás del mantel para resurgir empuñando pipa y tabaquera. Luego volvieron a desaparecer. Los codos revelaron un prolijo hurgar en los bolsillos laterales de la chaqueta que culminó con la presentación del encendedor y del curapipas. Luciano observó con renovada curiosidad y antiguo cariño la apacible prosopopeya. Las manos de don Antonio acariciaban esos objetos, sobre todo la pipa. La cargó con meticulosa fruición, se la llevó a los labios y apenas si los chasqueó para ir verificando el tiro mientras aplastaba suavemente el tabaco. La mano derecha descendió para cambiar el curapipas por el encendedor y volvió a alzarse sin prisa. Llama y chimenea se amigaron en silencio. Don Antonio pareció regresar desde la despaciosa bruma de la primera bocanada como de otro planeta del que traía como trofeo el encendedor nuevamente dormido.

-Así es muchacho.

-¿...?


-Es un verdadero placer.

Y retornó nuevamente a su planeta para quedarse hasta que Simón trajera los sambayones.

-Me dijo don Niccola que me cuenten qué les parece este oporto. Se lo trajeron de Oporto mismo. Tiene un amigo que de tanto en tanto le hace llegar unas botellas.

-Muchacho, vas a probar un vino de reyes. Miráme un poquito el color de esta joya. ¡Salud!

Luciano intuyó que había que sorber apenas un par de gotas y dejarlas haciendo equilibrio en la punta de la lengua. Bastó para que se le invadiera el paladar. Era un gusto tenaz aferrado a una textura casi pastosa. Después probó el sambayón. Una enorme copa como de mayonesa bronceada en la que, en medio de una tormenta inmóvil, había quedado atrapada una flotilla de trozos de nuez.

-Es la única cosa que hemos copiado mejorando el original. El zabaione primigenio es chirle y amarillento. Sabroso, sin duda, pero no tanto. Más delicado, sin duda, pero no te llena la boca como este. El nuestro es sambayón a lo bestia.

-…

-¿Y?


-¡Deputamadre!

-¡Amén! Contáme más de tu mujer, muchacho.

-¿Cómo explicarle, don Antonio? Con Verónica nos queremos, de eso no hay duda, pero no sé… con la vida que llevamos la cosa se hace muy cuesta arriba. Nos vemos poco. Cuando estamos juntos, las gurruminas nos acaparan la atención…

-¿Y aquella cama alternativa?

-…

-¿Preferís no hablar?



-Era Claudia, ¿se acuerda? La que me sacó eróticamente de pobre, como usted decía. La mataron, don Antonio. En un supuesto enfrentamiento, aunque yo sé que es mentira, porque ella jamás habría sabido siquiera cómo manejar un arma. Apareció con otros tres. Andaba en el ERP.

-Lo siento mucho; en el alma lo siento, muchacho, creeme. Es la primera vez que te toca de cerca, ¿no?

-Sí… muy de cerca.

-Esta locura no hay cómo pararla, muchacho, pero no te voy a empezar con mi sermón de siempre. ¡A su memoria, muchacho!

Luciano sintió que un escozor se le adueñaba de las pupilas.

-Si querés llorar, llorá, muchacho. Es lo menos que se merece.

-Perdóneme, don Antonio. Ya vuelvo.

-Tranquilo, muchacho, tranquilo.

Luciano se levantó con torpeza y ganó al baño justo a tiempo para poder encerrarse en un gabinete y esperar que nadie oyera los gritos, que llegaban con casi un año de retraso. Inmóvil en su silla, don Antonio volvía a guardar, humedecido, su pañuelo de seda para esconder luego el rostro tras una densa nube de humo. Parado a una mesa de distancia, también Simón tenía un brillo extraño en la mirada.

Luciano se lavó la cara y regresó lentamente a la mesa. Don Antonio no lo dejó abrir la boca.

-Sentáte, muchacho. No digas nada. Tomáte otro café. ¡Simón, dos cafés bien pero bien cargados!

Simón acudió con los pocillos y dos copas de coñac.

-Tenga, don Antonio, tené, pibe; estos se los regalo yo.

-Sos un gran tipo, Simón. Y el Tano también. Ahora traenos la cuenta.

-Vaya tranquilo, don Antonio. Me la paga la próxima vez, yo después le explico a don Niccola. Chau, pibe, ¡fuerza!

Don Antonio tardó largo rato en obtener una vertical precaria en la cual no llegó a afianzarse sino tras varios bamboleos.

-Bueno el vino, ¿eh?

Pero Luciano comprendió que el vino no tenía nada que ver.





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