Primera parte



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Diciembre de 1974


El 1º de mayo la Juventud Peronista hizo lo que nadie había hecho jamás. Primero interrumpió el discurso del líder cada dos cláusulas cantando, ¿Qué pasa, qué pasa, qué pasa General que está lleno de gorilas el Gobierno Popular? Y después lo dejó plantado en el balcón mientras un Perón desaforado les gritaba, ¡Estúpidos! ¡Imberbes! ¡Infiltrados! El Viejo murió el 1º de julio y ahí se terminó de desencadenar el desastre. El 6 de septiembre los Montoneros pasaron a la clandestinidad. La Triple A, por su parte, arreció. La Argentina se descoyuntaba sin que nadie pareciera dispuesto a poner coto a la demencia... ni mucho menos capaz de lograrlo.

Frente al batido con el que procuraba olvidar el calor pegajoso, contrapartida del frío húmedo con los que Buenos Aires castiga a los porteños cuando le entra el malhumor de los solsticios, Luciano vio aparecer por la puerta de El Foro el fiel bastón y tras él la figura de don Antonio que negociaba arduamente con la puerta.

-¡Don Antonio, carajo!

-¡Muchacho!

-¿Cómo está?

-Achacoso, como siempre, pero fuera de eso relativamente bien. ¿Y vos?

-Bien. En todo caso, mejor que la última vez que nos vimos.

-La última vez que nos vimos, andabas con problemas de cama, que son, según se mire, donde comienzan o terminan los problemas del hombre.

-¡La pucha con su memoria de elefante, don Antonio!

-Qué querés, muchacho; yo lo único que hago en esta vida es acordarme. Pero contáme. ¿Se han arreglado las cosas con tu mujer?

-Digamos que dejaron de descomponerse. Debe ser por falta de tiempo, porque no doy abasto, y Verónica tampoco.

-¿Y tus hijas?

-Creciendo sin miramientos. Veroniquita está hecha una pizpireta y Patricia una bandida. ¡Lástima que tenga siempre tan poco tiempo para ellas!

-...


-Sí, ya sé. Le juro que les dedico hasta el último segundo que puedo. Si no estoy más tiempo con ellas es porque realmente no tengo cómo, créame.

-Te creo, muchacho, claro que te creo. Pero ¿en qué andás que estás tan ocupado?

-En literatura, don Antonio. Creo que estoy cerquita de mi centro. Y además el periódico. Y lo que escribo para fuera. Y las traducciones. Y, por supuesto, la militancia.

-En el Partido.

-Sí, don Antonio, en el Partido. ¿Ya va a empezar otra vez?

-No muchacho, a menos que me aceptés una invitación a cenar donde siempre.

-En realidad, no debería, porque tengo que hacer, pero déjeme hacer una llamado y en una de esas me arreglo. Mientras tanto pídase un batido.

Luciano regresó a los pocos minutos con una expresión de felicidad completa.

-¡Listo! ¡Se cobra, por favor!

-Ya pagó el señor.

Don Antonio se encogió de hombros. Luciano le hizo lugar para su compleja operación de ponerse en pie. Después salieron en lenta yunta y pararon un taxi.

-A Yrigoyen al 1600, por favor.

-¿Y cómo ve la cosa, chofer?

-Como el culo, ¿cómo quiere que la vea? Este país se va a la mierda. ¡Y yo que lo vote a Perón con tantas esperanzas! Le juro que no era esto lo que soñaba. Esta no se la vio venir nadie, le digo; mire que yo acá escucho hablar a mucha gente. ¿Y sabe lo qué es peor? Que cada vez son más los que andan nostalgiando a los milicos.

-¿Y usted no?

-Vea, ¿qué quiere que le diga?, yo a los milicos los tuve siempre aquí, que no los puedo tragar. Aunque, la verdá la verdá, a veces me pregunto si no van a ser mejor que todo este quilombo. No, si se lo digo yo, este país se va a la mierda. ¡Hay que joderse, carajo! ¡Y mire que podríamos estar viviendo todos como reyes! Porque aquí sobra todo: hasta laburo sobra. El problema de la Argentina ¿usté sabe cuál es? Escúcheme bien: ¡los argentinos! El problema de este país somos nosotros, que no aprendemos más.

-¿Y según usted qué tendríamos que hacer?

-¿Y qué vamos a tener que hacer? ¡Laburar! ¿Qué otra? Laburar y dejarnos de joder. ¡Eso tendríamos que hacer! Es que acá los inmigrantes que vinieron no vinieron a hacer un país, ¿me sigue? No, vinieron a hacerse la América. Y cada uno tira para su lado y los demás que se jodan. Y así andamos. Se lo digo yo: este país se va bien pero bien a la mierda.

-Pero usted también es hijo de inmigrantes, ¿no?

-¡Y de no! Mi viejo es hijo de tano y griega y mi vieja mezcla de yugoslavos y turcos… sirios, bah. En el gremio hay un gallego de Barcelona que me llama “hijo de todas las leches”, el muy guacho. Pero la verdá que tiene razón, así que ¿cómo me voy a enojar?

-¿Y sus abuelos no laburaron como todos los demás? ¿Y el catalán ese no labura igual que usted?

-No, sí… ellos, claro; pero yo digo los demás, ¿vio? Porque execsiones hay siempre. ¿Vienen al Sáenz Peña? Esperen que se corra ese señor y los dejo justito en la puerta. Sin apuro, don, tranquilo... No, que me quedo sin cambio, don; déme mil quinientos nomás. ¡Buen provecho!

Como tantas veces, Simón corrió a abrirles la puerta.

-¡Don Antonio, joven: qué placer! ¡Adelante!

-¿Cómo andás, Simón?

-Como todo el mundo, don Antonio, con los dedos cruzados que esto no se vaya a ir al mismísimo demonio. ¿Batiditos de Gancia y provolone?

-Batidos acabamos de tomar, pero venga nomás el provolone

-¿Y para comer?

-Yo diría de empezar con unos sesos a la romana.

-¿Me va a hacer comer neuronas, don Antonio?

-Tenéme confianza, muchacho. Y de plato fuerte ¿qué te parece una truchita salmonada?

-¡Hágase su voluntad así en el cielo como a la mesa, divino Maestro!

-Y nos abrís un Caballero de la Cepa Chardonnay.

Simón desapareció camino de cumplir con su misión sagrada.

-Bueno, decíamos ayer, de modo que seguís en el Partido.

-¡Todo sea por el placer de comer con usted, don Antonio! Sí, contestábamos ayer, sigo en el Partido. Cambio.

-¿Y cómo ves venir la cosa, muchacho?

-Difícil. Cambio.

-Difícil es un piropo, muchacho. Se avecinan tiempos fuleros. Este gobierno, que no es tal, va a terminar desintegrándose. El problema es quién ataja la pelota.

Simón reapareció con el provolone y el vino, que dio a probar a Luciano, quien cumplió con todas las prescripciones de la liturgia. El Chardonnay le llenó la boca con su amable frescor, apenas acidulado, que desfilaba sin alardes por el paladar.

-¡Deputamadre!

-Parece que le gustó, Simón. Podés respirar tranquilo.

Don Antonio produjo una sonrisa como un iceberg, que apenas mostraba la superficie de su contento.

-¿De modo que te estás dedicando a la literatura?

-Yo mismo no me lo puedo creer. Estoy escribiendo montones.

-¡Enhorabuena, muchacho! ¿Y qué, si puede saberse?

-Cuentos y la novela, que terminé y volví a empezar y volví a terminar.

-Y que no me vas a contar de qué va,

-Secreto profesional.

-A ver joven si le gustan los sesos.

Para su propia sorpresa, Luciano no vaciló en cortar con el tenedor un trozo abundante de una especie de molleja sutilísima rebozada en harina y huevo. Fue un sabor desconocido pero no sorprendente; el seso tenía el gusto que su textura anunciaba: apenas una caricia lejanamente salobre a la lengua antes de desaparecer sin dar oportunidad a los dientes.

-¿Y?


-¡Deputamadre! ¡No puedo creer que estoy comiendo masa encefálica, carajo! don Antonio, usted me ha cambiado la vida.

-¡Salud!


-¡Salud!

Simón se llevó los platos y regresó con las truchas. Luciano comprendió intuitivamente cómo extraer la cabeza con el espinazo intacto. Don Antonio lo miraba con un orgullo indisimulable. Luciano se llevó a los labios el primer bocado y se esmeró en saborear esa carne que se deshebraba sin más pelea que la de unas gotas de limón para marcharse arrastrando un eco de tomillo, laurel y perejil.

-¿Y si le echo un poquito del aceite de oliva?

-¡Muchacho, me conmovés en lo más profundo de mi mucosa estomacal!

Luciano estaba en la gloria. Y la gloria le reclamaba más atención de la que podía dedicarle sin callar. Don Antonio lo dejó largo rato en esa intimidad que, lo sabía, no estaba hegemonizada por el almuerzo. De pronto, Luciano pareció espabilarse y comprender que estaba siendo mal compinche de mesa. Don Antonio se le adelanto sacando el primer tema que le vino a la testa.

-¿Sabés de qué hace rato que no charlamos? De música. ¿Alguna novedad en tus gustos?

-No demasiadas, porque casi no tengo tiempo, aunque cada vez que puedo me escapo a algún concierto. Pero al Colón va para un año que no voy.

-Ya no es el que era. ¿Te acordás de aquel Trovatore?

-¡Cómo iba a olvidarme! Y pensar que el año pasado tuvimos que conformarnos con Nino Mastrango y Elinor Ross; menos mal que Manuguerra y la Arkhípova salvaron el día. ¿Sabe qué me gustó mucho? Juana de Arco en la hoguera. No me pareció una obra maestra, pero salí muy contento.

-Yo tengo por Honnegger una debilidad. No es un gran músico, es cierto, pero nunca decepciona.

Los amigos volvieron a callar. Don Antonio emigró a su orbe para encender la pipa. Luciano se rebobinó dentro del suyo.

-…

-¿Me iba a preguntar algo, don Antonio?



-En realidad, te quiero preguntar un montón de cosas.

-Tire, nomás.

-¿Cómo andas con tu viejo y, sobre todo, con tu vieja?

-Igual.


-Andás inusitadamente lacónico, muchacho. No te reconozco.

Simón se apersonó como enviado por los Dioses.

-¿Algún postrecito?

-Yo, con su permiso, paso, don Antonio.

-¿Café tampoco?

-Bueno, un cafecito sí.

-Estás como en otra, muchacho.

-Perdonemé, don Antonio, pero sí. Tengo la cabeza por ahí.

Don Antonio no preguntó nada. Y Luciano, entonces, no tuvo que contestar. Salieron en silencio.

-¿Te puedo dejar en algún lado?

-Tranquilo, don Antonio. Me voy caminando. Igual, Verónica sabe que no voy a volver hasta la madrugada.

-¿Hasta la madrugada?

-Sí, ¿por?

-Porque para la medianoche faltan dos horas y para la madrugada como cuatro. No me quiero meter, muchacho, pero me huele a cama alternativa.

-¡Usted es brujo, don Antonio!

-Brujo no; viejo. Pero tené cuidado que estás jugando con plata ajena. Hasta pronto, y que te vaya bien. ¡Te lo merecés, carajo!

Luciano se quedó mirando cómo el coche desaparecía por Cevallos y emprendió paso cada vez más vivo hacia Independencia. Claudia, se había casado y divorciado; se habían vuelto a encontrar por casualidad hacía dos semanas. Tal vez la cosa habría tenido secuela, pero no hubo cómo. Ella militaba en el ERP y poco después pasó a la clandestinidad. A fines de abril su cadáver apareció con otros tres acribillados en un estacionamiento de Lomas de Zamora. Llevaba cinco meses de embarazo y le habían vaciado un cargador de FAL en el vientre. Luciano nunca llegó a saber que el hijo era suyo.




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