Primera parte



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Sergio Viaggio

EL PAÍS

DE LA JUSTICIA




A León,

mi don Antonio para las cosas de la vida

“Sí, dices la verdad. Solo que el alma no se cura siempre con la verdad. Conocí una vez a un tipo que creía en el país de la justicia. Era pobre; vivía mal; y cuando la cosa se le ponía tan difícil que pareciera que no le quedaba más que dejarse morir, en vez de perder el ánimo, se reía diciendo “¡Poco importa, paciencia! Aguanto un poquito más y me voy al país de la justicia”. Pero cierto día llegó un científico con sus libros y sus mapas. Y el tipo le dijo “Muéstrame dónde queda el país de la justicia y cómo llegar”. El otro se puso a buscar en sus libros y a mirar sus mapas, pero no lo pudo encontrar. En las cartas estaban todos los países, pero el de la justicia no. El tipo no lo quiso creer, con lo que el científico se enojó: “Mis mapas no mienten. El país de la justicia no existe”. Entonces el tipo se puso furioso: “¿Cómo que no? ¡He sufrido toda la vida sin chistar creyendo que existía! ¡Ladrón! ¡Miserable! ¡Qué científico ni qué nada; un canalla, eso es lo que eres!”; y ¡zas!, le dio una bofetada y ¡zas!, otra. Después se fue a su casa y se ahorcó.”


Máximo Gorki, Los bajos fondos

PRIMERA PARTE. EL ENCUENTRO




Mayo de 1966


Cuando los estudiantes salieron de la Facultad de Ciencias Económicas y empezaron a formar una masa compacta sobre la Avenida Córdoba en preparación para marchar hacia el Congreso, se toparon con un espeso cordón policial. Ante la hilera de carros de asalto aguardaban, hieráticos, los guardias de infantería con sus lanzagases; detrás, los escuadrones de la Policía Montada se regocijaban ante la inminente oportunidad de repartir planazos. Algunos representantes de la Federación Universitaria Argentina se desprendieron a parlamentar. Mientras, los grupos de seguridad de los centros estudiantiles más aguerridos, controlados por la Federación Juvenil Comunista, formaban la línea de choque. A los pocos minutos, la delegación estaba de regreso. Uno de los dirigentes, orientando su megáfono a la multitud, vociferó:

-¡Compañeros! La Policía nos dice que el acto en la Facultad está autorizado, pero que la manifestación no. Que nos volvamos a meter en la Facultad o nos dispersemos. ¡Compañeros! ¿Volvemos a la Facultad a continuar el acto en el Aula Magna?

-¡No!

-¿Nos desbandamos?



-¡No!

-¿Entonces qué hacemos?

-¡Al Congreso!

El gobierno radical de Arturo Illia ha anunciado un presupuesto universitario irrisorio y los pichones de la nutrida pequeña burguesía porteña, que creen vivir en un país con futuro, se aprestan a luchar por uno y otro. La Argentina aún no lo sabe, pero está dando los primeros pasos camino del abismo. No lo sabe, tampoco, un joven de unos veinte años, alto y algo desgarbado, de vestir desprolijo y, dada la inminencia del combate, expresión melancólicamente combativa. Los de seguridad cierran filas formando un ariete y avanzan decididamente avenida abajo. El plan es abrir una brecha entre la milicada, aguantar la zurra y que la columna llegue hasta Callao para enfilar hacia la Plaza de los Dos Congresos. Va a fracasar. Los chicos de la Fede, temerarios pero disciplinados, arremeterán como se han prometido en innúmeras reuniones ahogadas en humo y clichés. Pero la policía los dejará pasar para cerrar filas detrás de ellos y cortar el paso al grueso de la columna que, cercenada de su vanguardia y acribillada a bombazos, va a retroceder presa del pánico para refugiarse en la Facultad o dispersarse por las calles laterales.

El joven se encuentra corriendo por Ayacucho hacia Viamonte. Los cosacos han procedido entretanto a una maniobra de rodeo por Tucumán y Charcas y convergen hacia Córdoba distribuyendo generosos mandobles. Detrás viene la Guardia de Infantería deteniendo a cuanto revoltoso queda tirado en el pavimento. El joven atina a meterse en un zaguán. Aguarda a que amaine el fragor de los cascos y resuelve aventurarse fuera. Ha decidido volver, si puede, a la Facultad. Al llegar a la esquina de Córdoba, ve atravesado un taxi y a un sujeto en tren de encender una mecha en el tanque de combustible. La consigna ha sido clarísima: evitar la provocación, impedir cualquier desmán o exceso; sobre todo, no permitir destrozos. El tipo es, sin duda, un policía o un provocador a sueldo. Lo ha visto también otro estudiante, que se dirige resueltamente al facineroso, comienza a increparlo e intenta forcejear con él. El hombre es más corpulento y está acostumbrado a la violencia. El joven, azorado ante su propia intrepidez, se lanza a intervenir. Entre los dos logran dominarlo y arrancar la mecha. Desde el cordón de carros de asalto, los policías advierten la situación y avanzan hacia ellos. Los muchachos echan a correr hacia la Facultad mientras empiezan a dar a su alrededor las granadas. Uno rebota en un poste de luz y da de lleno en la cara del segundo estudiante que, enceguecido, hace gestos desesperados. Ya está a punto de desbarrancarse por la boca del subte cuando entre tres que lo han visto desde la puerta de la Facultad lo levantan en vilo y lo meten en el edificio. Su compañero logra llegar a Uriburu, dobla hacia Corrientes y se refugia en un bar. No tiene un centavo, pero no quiere salir a la calle, sabedor de que la policía se ha aplicado a una minuciosa redada por el vecindario. Los parroquianos lo miran con recelo. Un camarero le sale al encuentro con cara de pocos amigos.

-¿Se va a sentar?

El joven mira desconsoladamente a su alrededor buscando el milagro de un rostro conocido.

-¡Aquí estoy, muchacho! Ya pensaba que no ibas a venir.

El hombre tiene unos sesenta años y viste una chaqueta gris discreta y elegante. Sobre la mesa hay un cuaderno, una pila de hojas sueltas, dos o tres libros, una lapicera de oro y una tabaquera de cuero. Por detrás asoma el mango de un grueso bastón. El hombre apenas ha interrumpido la parsimonia cavilosa con que se dedicaba a encender una veterana pipa de espuma de mar. Al acercarse, el joven, menos sorprendido que aliviado, siente que penetra en un espacio invadido por el aroma cordial y sereno del tabaco.

-Vení, sentáte.

Mientras el joven se acomoda en la silla, el hombre le dice por lo bajo:

-Si entra la autoridad legalmente constituida, me llamo Antonio Muñoz y soy tu tío. ¿Vos cómo te llamás?

-Luciano Bertone.

El hombre medita un instante.

-Luciano Bertone … ¿Y tu viejo cómo se llama?

-Como yo. Es cirujano. Vive en El Tigre.

-Bueno, acordate: yo soy primo de tu viejo. Nos hemos dado cita aquí para que me cuentes por qué te fuiste de tu casa.

-¿Cómo lo sabe?

-Por viejo, nomás... y porque, sin darte cuenta, acabás de decírmelo.

-¿…?


-No dijiste “es cirujano, vivimos en El Tigre”, sino “es cirujano, vive en El Tigre”; ergo vos vivís en otro lado. Si él viviera en La Quiaca, sería natural que te hubieras venido solo a Buenos Aires, pero no viviendo en El Tigre. Los muchachos que se mudan cerca no se mudan, se van. Otra que me dijiste sin saber es que, o es viudo, o -menos probablemente- separado, o que ni él ni vos le dan demasiada pelota a tu vieja. ¿Cuál de las tres?

-¡…!


-¡Elemental, mi querido Watson! ¿O acaso me equivoqué?

-No. Tal cual. No le da… no le damos mucha pelota.

-Bueno, para empezar, habláme de tu viejo.

-Viene de una familia de ricachones, pero en los años treinta se hizo comunista. Ahora vive totalmente entregado al Partido y a la medicina...

-Uno no puede estar entregado totalmente a dos cosas, muchacho, o mitad y mitad o alguna otra proporción.

-Bueno, quiero decir que para él lo más importante es, primero, el Partido, y luego, la medicina.

-O sea, primero la clase obrera y el pueblo, y luego los pacientes.

-Exacto.


-O sea, primero los demás.

-Eso.


-¿Y después?

-Qué sé yo... Después él mismo.

-¿Y ustedes?

-¿Nosotros quiénes?

-Ustedes: vos, tus hermanos, si tenés, tu vieja.

-Soy hijo único y me temo que mi vieja y yo somos una carga. La vieja, le digo, no lo comprende, le recrimina todo el tiempo que no le da bola, que no salen, que no la lleva de veraneo. Es que quiere ser como su familia y sus amigas, bacanes que no piensan más que en el bridge y lo difícil que se ha puesto el servicio doméstico. Desde chico que me pregunto por qué el viejo se casó con ella…

-Esa es la mitad de la incógnita, muchacho.

-¿…?


-La pregunta complementaria es por qué tu madre se casó con tu viejo. ¿Esa no te la hiciste nunca?

-La verdad que no… Bueno, no es que no me la haya hecho nunca, sino que creo saberlo. Se casó porque lo quería. A su manera, sospecho, lo sigue queriendo... dentro de lo que es capaz de querer, claro.

-¿Y no se te ocurre que tu viejo también se casó porque la quería y que, a su manera, la sigue queriendo… dentro de lo que es capaz?

-No. Le juro que me cuesta verlo al viejo enamorado de la vieja. La verdad es que me cuesta verlo enamorado y punto.

-Si las cosas son como te parecen, el misterio se hace medio tenebroso, muchacho.

-¿Por?


-Porque si tu viejo se casó sin estar enamorado, las razones que lo llevaron a dar el mal paso no han debido ser del todo kosher. Pero ¿y vos? Contáme acerca de vos. ¿Estabas en la manifestación?

-Sí. Soy estudiante de sociología. La cana nos reprimió. Yo quise volver a la Facultad, pero iba tan muerto de miedo a los bombazos que me pasé de largo. A un compañero que estaba conmigo le dieron en plena cara y lo dejaron ciego. Por suerte otros lo pusieron a salvo.

-¿Y vos no te detuviste a ayudarlo?

-Yo no me di cuenta hasta después, porque él, que venía detrás, nunca pidió socorro. Si no, ¡claro que lo hubiera ayudado!

-Sin duda estaría más muerto de miedo que vos.

-Eso no es tan fácil, don Antonio. Yo me temo que soy un cagón.

-¿Y entonces por qué fuiste a la manifestación?

-¿Cómo iba a no ir?

-Hubo muchos que fueron a no ir. Acá, sin ir más lejos, tenés como treinta estudiantes que no se han movido de este bar. Ya ves, tan cagón no sos. No tanto como ellos, en todo caso.

-Si usted lo dice.

-Yo lo digo. Pero seguí.

-Mire, yo básicamente trato de no desmerecer a mi viejo...

-Por ejemplo metiéndote en la Fede.

-Sí, soy militante de la Fede, pero no para contentar al viejo sino porque me parece que es lo que tengo que hacer para ayudar a que este cochino mundo cambie.

-...

-¿Qué, no me cree?



-No me hagas caso. Seguí.

-Bueno, eso... Soy muy vago, estudio poco, la carrera no me convence. El viejo habría preferido que estudiase medicina, pero yo francamente no tengo vocación de samaritano ni disciplina ni voluntad ni nada. Y él lo sabe, y sabe también que yo lo sé.

-O sea, que sos una caca.

-Bueno, no es para tanto. En todo caso no soy el tipo que creo que tendría que ser, ni tampoco el tipo que me gustaría ser. La verdad es que no me quiero.

-Te creo que no te querés, pero no por ser como decís que sos, sino porque quienes tenían que quererte no te han querido, o, mejor dicho, no han sabido transmitirte que te querían. Tenés mucho que averiguar, muchacho.

-¿Por?


-Porque el presente de uno es como el del país: producto de la Historia. Y tu historia bien puede ser como la Historia: una grandísima hija de puta.

-Se me hace cuento, don Antonio. Me da la sensación de que me conoce como si me hubiera visto nacer. Parece brujo.

-Parezco solamente. Como le parece brujo al joven teniente de las películas del Far West el rastreador que sabe exactamente dónde están los indios con solo mirar lo que para el teniente no son más que piedras. Yo soy un viejo scout y vos un tenientito recién asomado de West Point, muchacho. Pero ya vas a aprender vos también. Porque, como en las películas de cowboys, en la vida aprendés o lo pagás con sangre.

-Me la pinta difícil, don Antonio.

-¿Por qué? ¿Te venía pareciendo fácil?

-La verdad que no. Me venía pareciendo jodidísimo.

-Pues ya ves.

Se hizo un silencio plácido, que don Antonio dedicó a limpiar y recargar la pipa.

-¿Está escribiendo?

-Estaba.


-¿Es escritor?

-Sí y no. Escribo, pero no soy escritor.

-¿…?

-Escribo porque me gusta. Esto que ves es el cuarto capítulo de una novela que empecé hace unos meses y me tiene atascado. Mirá, esta es una antología de cuentos argentinos que acaba de salir. Ahí me tenés desmereciendo la selecta compañía. Te lo regalo, total tengo más.



-Pero entonces, sí es escritor…

-No. Te lo repito. Escribo, pero no soy escritor. Este cuento me lo publicaron porque el editor es amigo mío. No tengo publicado nada más. Y ahora que vas a transformarte en admirado lector de mis obras completas, nos vamos a dar cita dentro de unos días para que me cuentes qué te pareció. Es el precio de la cerveza y del especial de jamón y queso que te vas a zampar, y de la coartada, si llegan a entrar nuestras sufridas fuerzas del orden.

-Gracias. Pero ¿puede ser una Coca? Porque yo no tomo, ¿sabe?

-¿Ni cerveza, muchacho?

-No. No me gusta. No estoy hecho para el alcohol.

-¡Pamplinas! Pero bueno, si Coca es lo que querés… ¡Otra cerveza bien fría pero esta vez bien tirada, y una Coca con un especial de jamón crudo y queso, por favor!

-¿Puede ser jamón cocido?

-¡Ni pensarlo, muchacho! Ya he hecho la concesión de la gaseosa infame. Bastante tenemos con que el queso sea de cuarta. El jamón cocido, sobre todo en este país que mastica de espaldas al cerdo y al cordero, no tiene gusto a nada. Hacéme caso, empezá a educarte el paladar, que la comida te va a procurar placeres menos peliagudos que las mujeres.

-Bueno, si insiste, pero le juro que probé y no me gustó.

-Porque probaste creyendo saber que no te iba a gustar.

-¿Cómo lo sabe?

-Por viejo, y, sobre todo, por argentino gastronómicamente redimido. Yo también empecé con los típicos melindres del mimado por las vacas, muchacho. Te juro que me costó más hacerme hombre a la mesa que en la cama.

-Bueno, gracias por el sándwich y la lección de gastronomía, entonces.

El mozo practicó una silenciosa maniobra de aproximación e hizo aterrizar la bandeja entre ambos contertulios. Luciano abrió el sándwich, echó una mirada de resignada desconfianza al jamón y, con ademán heroico, volvió a cerrarlo, lo aferró y se lo metió casi entero en la boca. Lo primero que lo desconcertó fue que el jamón no se dejaba cortar así nomás. La operación resultó tan inesperadamente compleja que lo distrajo del sabor. Pero cuando pudo dedicarse a masticar, la salobre porfía de la carne curada sin cocer le acaparó todas las papilas. Don Antonio lo miraba atento con una sonrisa de victoria preparada detrás de las comisuras.

-Y ¿qué tal el prosciutto pampeano?

-La verdad que mejor que el cocido. Tiene un gusto saladito que pega fenómeno con la mansedumbre del queso y del pan.

-¿La qué, muchacho?

-La manse...

-No, si te entendí, pero me sorprendió el tropo. Cuando termines de masticar, contáme cuántos años tenés.

-Veinte en julio.

-¿Y de tu casa por qué te fuiste?

-No me fui. Pero como laburo de día y estudio de noche, la amansadora de viajar todos los días de El Tigre al centro se hacía demasiado pesada. Un primo de la vieja me ofreció un departamento que tiene vacío aquí cerca y aproveché.

-Te fuiste, muchacho, te fuiste. ¿Y tu viejo no se opuso?

-¡Qué va! Hasta insistió, a ver si me hago hombre de una vez por todas.

-¿Por qué? ¿Qué te falta?

-Todo. Agallas, madurez…

-...

-¿No me cree?



-Te creo que te lo creés. Pero attenti que aquí vienen los guardianes de nuestra pública seguridad.

Habían entrado unos policías de civil que iban por las mesas pidiendo documentos mientras dos uniformados guardaban la puerta. Cuando llegaron a la de don Antonio y Luciano los escrutaron con recelo profesional, pero al ver el bastón creyeron comprender que no era allí donde encontrarían una presa. Aun así no se fueron sin tantear:

-¿El joven está con usted?

-Así es, oficial. Es mi sobrino. ¿Por?

-No, nada.

Se fueron con las manos vacías.

-Bueno, parece que te salvaste de una buena tunda en la Comisaría. ¿Habría sido tu gran debut, no?

-Así es. Debo ser uno de los pocos estudiantes ilesos del país. Gracias otra vez.

-De nada, muchacho. Pero no te me escapes. ¿De veras te creés hombre a medias?

-No es eso, sino que todavía me falta crecer.

-¡No me digas! ¿Y a cuánto más de un metro ochenta y cinco querés llegar?

-Usted sabe bien a qué me refiero, don Antonio. No me cargue.

-No me estoy burlando, pero sí te ilumino con mi linternita donde parece que te queda oscuro. ¿Qué te falta para ser un hombre entero?

-Como le iba diciendo, agallas, madurez...

-Los cojones parecés haberlos adquirido hoy sin aviso previo. Así que nos queda la madurez. Que te falte no lo dudo, ¿pero desde cuándo un hombre que aún no ha tenido tiempo de madurar no es hombre del todo?

-Hasta cierto punto no lo es, me parece. Porque le falta criterio para entender determinadas cosas, para tomar ciertas decisiones, para asumir responsabilidades concretas.

-¡Bravo por los sinónimos, muchacho! Entre eso y la sonora mansedumbre del queso y del pan se te nota el vicio de escribir... Porque seguro que vos también escribís, ¿o me equivoco?

-No, sí, escribo. Quiero escribir, bah, pero no me sale.

-¿Y qué querés escribir?

-Qué sé yo... todo: novelas, cuentos, poesías, teatro inclusive.

-¿Y tenés algo que me puedas mostrar?

-Solamente este borrador de cuento.

-¿Vos vas a las manifestaciones con tus borradores a cuestas?

-No se ría, pero sí. Quiero decir que siempre llevo lo que estoy escribiendo conmigo.

-¿Llevás lo que estás escribiendo con vos o con vos lo que estás escribiendo?

-Tiene razón. Cuando se me escapan estas cosas pienso que nunca voy a llegar a ser escritor…

-Dicho no es tan grave como escrito, pero acostumbráte a hablar bien de entrada, aunque sin entreverar con la oralidad los artificios de la escritura. Te va a salir mejor cuando de veras cuente. Bueno, a ver ese incunable. ¡Que cacografía, muchacho! Se ve que sos hijo de médico. ¿Y vos te podés leer?

-No siempre.

-Te prometo que me voy a empeñar con un afán que ni Champollion con la Rosetta. ¿Qué te parece, entonces, si nos vemos en unos días, digamos el miércoles primero, a eso de las once en el bar que está sobre Tucumán en la esquina de Tribunales? Perdonáme que no te ofrezca encontrarnos en algún lugar más suntuoso, pero tengo que hacer un trámite y, como ves, no soy exactamente un Filípides.

-¿De veras?

-De veras, ¿o no se me nota?

-No, digo que si de veras quiere que nos veamos el miércoles primero.

-¿Por qué habría de macanearte, muchacho?

-Es que como no me conoce...

-¡Claro que te conozco! Luciano Bertone hijo, ¿vero?, de diecinueve años de edad, argentino, domiciliado aquí cerquita, vástago de padre que no le da pelota y madre a la que no respeta, estudiante de sociología y aspirante a literato y, de paso, a hombre entero. El que no me conoce sos vos. Me presento: Antonio Muñoz D., jubilado de la vida exterior, sesenta y tres años seguidos, cojea de la pierna derecha, soltero, sin hijos atribuidos, escribe pero no es escritor, vive de misteriosas rentas, gusta charlar con jóvenes aspirantes a poetas que se creen cagones, inmaduros y mediohombres.

-¿Me permite una curiosidad? ¿La D. esa, de qué es?

-¿Sabés guardar un secreto, muchacho? Mi segundo apellido es Demente; Demente todo junto, ni siquiera de Mente. ¿Podés creer? ¡Solamente a mí tenía que ocurrírseme tener un abuelo materno que se apellidara de esa manera! Entonces quedamos para el miércoles primero. ¡Se cobra, por favor!

El mozo se materializó a la derecha de don Antonio, desempaló los tíckets, tomó el billete, lo introdujo en su abultada billetera, extrajo el cambio y lo depositó en la mesa sin decir palabra.

-Este mozo pertenece a la especie Ganimedes Linguoparcus. Dícese del afiliado al sindicato gastronómico que cumple silenciosamente con su deber sin importunar al parroquiano con una cháchara fingidamente amistosa. Por mi parte, prefiero el género Loquens ma non troppo. No capto del todo bien por qué habría el hombre de desconfiar de la renquera del perro, según preconiza ante Martín Fierro el ladino Viejo Vizcacha, pero sin duda que sí del silencio del mozo. Creo que ya podés salir, pero dejáme que te acompañe hasta la esquina por si acaso. Más lejos, por desdicha, no se me puede exigir.

Luciano tuvo que hacer un enorme esfuerzo por ir arrastrando sus ansiosos pies al tranco operoso y descompasado de don Antonio.

-Ya ves por qué me solidarizo solapadamente con la renquera del perro, muchacho. -¿Un accidente, don Antonio?

-Podría decirse que sí.

-¿De tránsito?

-En efecto, transitando andaba.

-Usted me entiende…

-Claro que te entiendo, muchacho.

-¿Y entonces?

-¿Entonces qué?

-Entonces el accidente. ¿Cómo fue?

-Jodido, muchacho. Bastante jodido.

-Bueno, ¿me va a contar o no?

-Dejáme la incógnita, muchacho. El misterio siempre viene bien para mantener vivo el interés.

-Bueno, pero al menos cuénteme si hace mucho.

-Una punta de años.

Luciano comprendió que eran todas las cartas que don Antonio estaba dispuesto a mostrar. El aire conservaba el vaho inclemente del gas lacrimógeno, pero ya se podía respirar sin mayor recelo y el tufillo bonachón que brotaba del incensario de su nuevo amigo ayudaba bastante. En la esquina de Lavalle don Antonio se detuvo.

-Bien, hasta aquí ha llegado nuestra flamante amistad por esta noche. Haceme un favor, quedate conmigo hasta que venga un taxi, porque si no, te voy a pedir que me acompañes hasta Corrientes.

-No faltaba más.

Un par de minutos más tarde, don Antonio encaraba la complicada tarea de subir al coche, pero no permitió que Luciano lo ayudara.

-No, que me aburgueso. Algún día no tendré otro remedio que depender de la bondad del prójimo. Y ahí sí que habré defecado definitivamente, porque, al decir del gran Discepolín, la suerte, muchacho, es grela, y fallando, fallando, te larga parado o, en mi caso, ni siquiera. Gracias por la compañía. No te olvides: el primero frente a Tribunales. Que te vaya bien.

El taxi se puso en marcha pero a los pocos metros clavó los frenos. Por la ventanilla trasera asomaba la mano de don Antonio enarbolando un billete.

-Tené, muchacho, que seguramente te cabe otro especial… pero de jamón crudo, ¿eh? No vayas a abusar de mi confianza.

Luciano tomó el billete y se quedó inmóvil, sin atinar a dar las gracias, viendo cómo el automóvil se alejaba resquebrajando el silencio de una Lavalle que no resucitaría hasta entrada la mañana. Volvió a emprender rumbo ya más aplomado hacia Corrientes. En La Academia, mientras esperaba al control que nunca apareció (Los que no estén encerrados en la Facultad han de estar todos en cana, diagnosticó), se ordenó otro especial.

-¿Cocido?

-No, crudo.

-¿Y para tomar?

-Una Coc… no, mejor una cerveza. Eso sí, bien tirada y bien fría, por favor.





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