Primera parte ¿Quién es Rafael Adorno?



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No es necesario hacer cálculos para darnos cuenta de que en los costos señalados por la tabla, la cifra más alta de las asignadas, se la lleva precisamente aquella donde se procuran algunas comodidades mínimas al trabajador, que para Adorno resultan imprescindibles. Por último, cabe la pena recordar la continuidad de temáticas así como la ampliación de las respuestas que Rafael Adorno ya había planteado, en tanto diputado de su tierra. El mundo agrícola, militar e industrial que condicionan el espacio de experiencia y el horizonte de expectativas de Juan Nepomuceno Adorno han sido pues, revisados por él mismo e integrados dentro las respuestas de la «familia» primer-socialista a la que Adorno abrió brecha.



2.5 Hacia una nueva ciudadanía155

El discurso de 1841 contenía una invitación a la imitación fáctica de virtudes y valores que el heroico Mariano Matamoros encarnó para la ejemplaridad del pueblo: verdad, amor, bondad, justicia, unión y concordia, respeto al derecho, patriotismo, heroísmo, trabajo (aquí artesanal), constancia y familia, son el mensaje cívico de este discurso. Adorno no titubeaba en calificarlo como uno de esos raros «hombres magnánimos, que despreciando el reposo y los intereses innobles, sacrificaron sus más caros afectos y aún la vida misma, para formar nuestra felicidad». Él y su triste ejército, recordémoslo, hicieron gala de los «sacrificios heroicos» en los que se funda la «virtud» y el «civismo», frutos de un «precioso árbol [que es] muchas veces regado con sangre». Triste el destino de estos hombres que se tomaron la molestia de pensar en el «derecho de gentes de los vencidos», pues cuando «llegó un tiempo en el que se le hizo justicia universal», su misma vida había tenido que ser «su fatigosa prueba» (Discurso, p. 1, 6, 16).156 Pero no es acaso éste el único genio superior que Adorno tuvo en la cabeza. A la postre, si el primero -hecho lamentable- muerto está, que al final seguramente será lo mejor dada la necesidad del orden, el segundo seguía todavía muy vivo. Sin embargo, algo habría tenido que hacer este otro como para que la posteridad juzgue sus actos,157 los que seguramente no son a veces tan heroicos, por mucho que busquen consolidar la felicidad pública. A propósito de su uso de las Fabulas literarias de Tomás de Iriarte, ¿no es verdad que en una de ellas, el León figura como dominador natural de este mundo? Orgulloso, suave, sabio y paternal cuando Fortuna le sonríe; valiente, desasosegado y también orgulloso en el destrono. Cinco meses después de que Adorno hubiera pronunciado su primer Discurso, Bustamante recordó cómo tenía que ser un gobernante morigerado al repartir la mitad del dinero que había recibido para su viaje al exilio a una multitud de pobres en la villa de Guadalupe mientras que los triunfantes, celebrando su victoria, llamaban a «restablecer las relaciones íntimas y cordiales que deben reinar entre todos los miembros de la familia mexicana» (Olivarría y Ferrari: 36). En 1856, cuando Arista cayó, no se marchó sin antes amenazar con distribuir armas entre la “porción más ignorante y menos morigerada del pueblo” (Palti, 1998: 57). Dos actitudes, muchos más ejemplos, una escuela para la posteridad.

Sin duda, no podemos excluir este paternalismo de nuestro repaso por la vida de Adorno. Pretender encerrarlo en una burbuja de sacralidad inmaculada respondería a objetivos poco honestos. Es verdad que en el “inventario” de su paso por el mundo -como entonces estaba configurado-, algo de lo que hoy nos parece aborrecible entonces no lo era, pues como ha señalado Koselleck, por esos años, ni siquiera en Europa se tenía muy claro qué era ser demócrata ni qué liberal. Por eso, mucho menos podemos esperar de él –como de ningún primersocialista- el juicio analítico marxiano de la lucha de clases, pues será precisamente este tópico analítico el que venga a marcar un cierre epocal.158 De todas formas, contra esas trampas de juicios anacrónicos nos han advertido ya Javier Fernández Sebastián con lo que él llama (nosotros miramos con recelo las posibles consecuencias epistemológicas y políticas del término) «las trampas del presentismo» y de la acompañante «mitología de la retrolepsis» han sido (aquella) causa y consecuencia (ésta) de los pre-juicios con que la “civilización” eurocentrista ha tipificado las “refracciones” de las «luces». Una de estas cifras arrojadas por esta vara de medir es la denominada “peculiaridad latinoamericana”, la cual es encerrada bajo los postulados de centralismo/autoritarismo/organicismo. Desde el punto de vista de esta escuela de seguidores de R. Koselleck y la Escuela de Cambridge, la inexactitud de estos juicios de valor presentistas responde más bien a los vicios inherentes a las tesis de los tipos-ideales. Más concretamente: «Mientras que los “modelos” de pensamiento (“los tipos ideales”), considerados en sí mismos, aparecen como perfectamente consistentes, lógicamente integrados y, por lo tanto, definibles a priori –de allí que toda “desviación” de éstos (el logos) sólo pueda concebirse como sintomática de alguna suerte de pathos oculto (una cultura tradicionalista y una sociedad jerárquica) que el historiador debe des-cubrir-, las culturas locales, en tanto sustratos permanentes (el ethos hispano), son, por definición, esencias estáticas. El resultado es una narrativa pesudohistórica que conecta dos abstracciones» (Palti, 2007: 38).

Carlos Illades (2002:60) nos ha recordado cómo Rhodakanaty apuntaba que a menudo los males sociales se suelen explicar o bien por la ineptitud de las instituciones, o bien por defectos inherentes a la naturaleza humana. Adorno también denunció que los gobiernos tienen un papel especial en este espinoso asunto.159 Uno de los principales deberes del gobierno, decía a los militares, es velar por el término de la miseria generalizada que sumerge al país en un espiral destructor «de los pocos elementos tradicionales que aún nos quedan» (AMM: 10).160 Este ejemplo que liga la suerte de los miserables con el tradicionalismo sería sólo una prueba –de ninguna manera débil- de cuan errático puede ser el destino de los supuestos que asocian la legitimidad del «pueblo» con una imagen del espíritu moderno -en realidad, de dudosa costura-. Adorno también quiere «que no sea un vano o perjudicial título el de ciudadano» (AMM: 16).



2.6 Política-exterior y Política-interior

Del Discurso de 1841 a los Análisis, es de notar una transición de aquella fe ingenua en la cacareada difusión de las luces al mundo, a la realidad del imperialismo del capitalismo industrial y financiero.

«Cuando en 1823 se negoció el primer préstamo inglés se preconizaba en México la funesta doctrina de que de este modo se aseguraba esta República su independencia, creando intereses laterales en una nación poderosa […] [Algunos años después caímos en la cuenta, continúa] que en realidad su actitud ha sido peor que neutral». En cada momento que a nuestra nación le fue imposible cumplir con sus obligaciones, inmediatamente «se promueven en nuestra contra el desprecio del mundo, y se azuza el espíritu devastador y rabioso del filibusterismo americano por los órganos mismos de la prensa inglesa [«en especial el Times»] que ostentan el estandarte de la civilización, de la justicia y de los derechos internacionales. ¡Extraña anomalía! ¡Los intereses que creíamos nuestros protectores necesarios, son los que se invocan para destruirnos, y en vez de tendernos una mano amiga, cuando estamos al borde del precipicio, se nos empuja con el golpe afrentoso del desprecio! México no puede hacer reclamos contra la prensa inglesa, apoyadas en el poder físico de una escuadra; pero yo, aunque débil y oscuro levanto la voz de la justicia y de la conveniencia para protestar ante la conciencia del generosos pueblo ingles» (AMM: 52-53, subrayado mío).

Retórica. En realidad, pocos “conservadores” podrían aceptar en casi todas sus letras este panorama pintado por Vigil respecto a las guerras de Reforma, sino es nuestro “reaccionario” “utopista”:

«Además, la dificultad en que se halla el extranjero para comprender la verdadera índole de las evoluciones de una sociedad que no conoce, hizo que los ministros enviados a México no se diesen cuenta de lo que había en realidad bajo la lucha que presenciaban. Con el juicio más desfavorable que puede formarse de un pueblo, exageraron la ignorancia, el atraso, la inmoralidad y abyección del mexicano; supusieron, en consecuencia, inmenso poder al partido conservador, que disponía a su antojo a muchedumbres degradadas y fanáticas; y una vez más establecidas bases tan falsas, fácil es de figurase que informes remitirían a sus gobiernos […] [para] concluir por asentar la necesidad absoluta de que la Europa echase el peso de sus armas para hacer cesar tanto desorden y tanto escándalo, he aquí los temas obligados que formaban el fondo de las correspondencias diplomáticas» (México, t. X, 1985: 4).

Así que no sólo lo suscribiría, sino que añadiría que sobre todo Europa justifica su comercio desleal con el nuestro en estos términos:

«¿Qué importa que los mexicanos exporten su oro y su plata? ¿No son estos metales el producto único exportable de su suelo e industria, y no reciben en cambio todos los objetos de necesidad y de lujo que solicitan del extranjero?» (AMM: 104).

Llamada está la atención sobre la defensa de lo nacional en el discurso de Adorno; pero no aún sobre el influjo de Napoleón III161 en los discursos románticos (y viceversa). Lamennais, que escribió a Francisco Bilbao en 1853: «La Providencia la ha destinado [a la América Española] a formar el contrapeso de la raza anglosajona, que representa y siempre representará las fuerzas ciegas de la materia en el Nuevo Mundo», servía a sus propias causas. Bilbao –contemporáneo de Adorno- será uno de estos románticos que pronto sospechará también del imperialismo francés ¿Y cómo no hacerlo, si en las revistas sansimonianas sólo se hablaba del comercio y las riquezas de Hispanoamérica? (Abramson, 1999: 106, 110).

Dudo que Adorno llegara a engañarse, al menos tal como queda sentado a lo largo de todos sus escritos, desde 1841 hasta 1873, sobre las intenciones segundas de los imperios. Previendo un asunto tan delicado como la emigración europea a América, señalaba ya en su Resumen, que le parecía inevitable, así que ella tenía que hacerse de la manera más conveniente para nosotros. Y la mejor manera es insertándonos de lleno en la Modernidad (v. § 2.3):

Indudablemente, si nosotros nos mostramos justos, cuerdos, fuertes y buenos vecinos, toda esa población que tiende a ensancharse, inmigrará en nuestro hermoso país, bajo de nuestras costumbres, nuestras leyes y nuestra hospitalidad (Resumen: 11, subrayado mío).

La experiencia de la modernización de la guerra y de las reformas a que ella nos empuja, plantea un esquema de organización mundial de orden hobbesiano. El hecho de que hoy como nunca antes, apunta, puedan los hombres darse muerte en cantidades nunca antes vistas, puede hacer que los países, «antes de la lanzarse a la guerra, apelarán los pueblos con empeño a los avenimientos o arbitrajes». De éste modo, él se atreve a aventurar, en 1873:

Un paso más, señores, en punto a armamentos, y la paz universal se verá asegurada, y la predicción de Napoleón I, que decía: que la paz universal llegará con la completa perfección de las armas, vendrá a ser un hecho y el mundo podrá descansar de la guerra por haber llegado el hombre al estado de virilidad que por su propia fuerza le obligue a ser prudente (op. cit.: 14).

Su revisión de Napoleón III encontró aquí sus límites. La vertiente abierta durante la Revolución Francesa que encontró en el corso su máxima representación fue la antesala de las otras doctrinas que llamaban a la puerta de la Soberanía Popular en éste mundo.

2.7 Los grandes hombres

Treitschke apuntaba en 1897 (bajo inspiración humboldtiana) que los grandes hombres aparecen: «en el tiempo justo […] el hombre adecuado será siempre un enigma para nosotros los mortales. El tiempo forma al genio, pero no lo crea».162 El misterioso genio que repugnaba a Isaiah Berlin, para quien, en tiempos de crisis, pretendían salvar la forma o crearla con el débil hilo de la contingencia en el preciso momento de la coyuntura; eran, sin embargo, para Adorno, quienes mejor que nadie conocían «el remedio que se aplica al origen de la enfermedad o la diestra maniobra que salva de la tormenta la nave del Estado», mientras que con la otra mano forjaban «el descanso, la paz y el bienestar social» (AMM: 17, 18).

Para Saint-Simon -dice Isaiah Berlin-, «todo lo que sea progresista dará la oportunidad de llegar a la cima a los mejores. Para Saint-Simon los mejores son los más talentosos, los más imaginativos, los más sagaces, los más profundos, los más enérgicos, los más activos, los que desean probar todo el sabor de la vida. Para Saint-Simon hay muy pocas clases de hombres: quienes intensifican la vida y quienes van en contra de ella, quienes desean que se hagan las cosas y quieren ofrecer cosas al pueblo […] y quienes están a favor de bajar el tono, de hacer las cosas más calmadas, de permitir que las cosas se hundan…» (2004: 152). De ahí la indignación y la impotencia: «un puñado de estos hombres habría cavado la tumba de los invasores [americanos] que por la primera vez han penetrado en nuestro suelo independiente; y por sólo la debilidad de los resortes que he indicado, se ha visto, en días de funesta memoria, ondear en esta misma capital un pabellón extraño» (AMM: 73).

Es verdad que la descripción berliniana cumple y comprende la visión que Adorno posee de los grandes hombres. Sin embargo, el héroe político que el mexicano tiene en mente no se reduce a la elemental ecuación más poder = menos libertad. Ciertamente, “activo” tiene que ser: sencillamente, un hombre moralmente ejemplar. Iluminado también, pero no exageremos. Los grandes maestros de moral pueden proporcionar otro giro de ejemplos que completen nuestro deseo de tipificar las características imprescindibles del asunto que nos ocupa. Pitágoras, Sócrates, Confucio… y no muchos más que la historia nos regale. Mientras la antigua Roma se pudría en corrupción, decía, «Egipto, Palestina y Arabia produjeron personajes de un orden peculiar, y que imprimieron un impulso extraordinario a las sociedades humanas, levantando en ellas prodigiosas ideas y encarnizadas luchas. Por esto, aquellos personajes fueron, y aun son hoy, tenidos por deidades, y en otras, en fin, por impostores. Pero sus obras, sus dichos, sus hechos, y aún aquellos que se les suponen, están ligados con los sentimientos religiosos». Y como la «tolerancia es el propósito de esta obra», respetemos «esos sentimientos de los pueblos que profesan aquellas creencias, cuando estas son acatadas de buena fe, y apoyadas en el principio de moralidad» (CPH: 56, subrayado mío).

Después de estas clarísimas palabras, ¿podríamos decir que Adorno encaja en el tipo-ideal del romántico que en ciernes encarna un culto al héroe del manido nazismo? No, aunque, cómo dudar que este párrafo encierra, por otro lado, el sello pluralista del talante herderiano: ¿por qué no han de guardar los pueblos sus propias versiones religiosas?, ¿no será que nos engañamos al ignorar la presencia de la moral por encima de esas mismas visiones? ¿En qué consiste, pues, esa moral?: sea lo que sea que ésta signifique, ni siquiera el mismo “héroe” tiene permitido ignorarla.

Sobre todo, no podemos ignorar que, para él, los hombres de genio son la fiel manifestación humilde de la Providencia. «Sus discursos y hechos [son] las bondadosas luces que intuitivamente [ella] les ha comunicado»; además, nadie está exento de serlo, pues las «luces divinas [las] posee la humanidad toda, y sólo fructifican en aquel que sabe cultivarlas en medio de la libertad de su albedrío» (CPH: 56, subrayado nuestro).

Cuando llegó a enunciar públicamente su deseo de que, por fin, habían terminado las «revoluciones», que ahora «el gobierno se [asentaba] sobre fundamentos indisputables de legalidad», descansando sobre la confianza en «un caballero, un sabio, un hombre de orden y de experiencia, un liberal práctico [¡sic!] y bien entendido, un jurisconsulto eminente, y en suma, el genio de quien la patria cifra sus esperanzas, [que] es el primer magistrado de la nación», el señor Sebastián Lerdo de Tejada, Adorno, el astuto Adorno, le estaba empujando a justificar su poder: «A él le toca regenerarla» (Resumen: 94), puntualizaba. 163

Por esas fechas, mientras Nicolás Pizarro esperaba las respuestas de los espíritus de ‘padres, amigos y protectores’, mientras que Rhodakanaty profundizaba y detallaba la agenda de los problemas sociales a los que el Socialismo tenía que avocarse,164 Adorno presionaba con sus elogios al «genio político» de Sebastián Lerdo de Tejada. Y seguramente le recordaba, bajo la clave de un lenguaje común, que aquél sin el “genio industrial”, está incompleto como las mesas de tres patas como en las que sesionaba Pizarro:

Si para el logro de tan alto fin fuera de alguna utilidad mis prolongados afanes y mis constantes desvelos, aquí los consigno, y si aun fueren necesarios mis servicios en México o en el extranjero, tendré a dicha el prestarlo con entero desprendimiento de mis intereses; ¿cómo podría fijarme en estos, yo, que daría gustoso la vida por la patria? Será esta feliz y su aventura será mi premio (Resumen: 94).

Cambio de tiempos, cambios de gobiernos, cambios de partidos (no sólo el bonapartismo había declinado, sino que hemos de recordar la escisión del Partido Liberal), pero no de estrategia. Ayer Zuloaga y Miramón, después el Segundo Imperio, hoy Lerdo de Tejada. ¿Oportunismo? Lo dudamos: La legitimidad del gobierno de Lerdo se fundaba en la misma que tanto miedo había causado a los liberales. No podemos omitir la tesis de que su relación con la familia Lerdo de Tejada había echado muchas raíces (debe recordarse la presencia sólida de ésa familia en el Ministerio de Fomento), como para dejar pasar la ocasión de llevar una vez más las Reformas a la cima, desde donde podrían ya ejecutarse de una buena vez, sin punto de retorno.



2.8 La opinión pública

Para Fernández de Lizardi, Lorenzo de Zavala y el mismo J. Mª L. Mora, «lo público y lo privado» eran los «ámbitos respectivos de la razón y de las pasiones». De hecho, «todo el modelo jurídico de Mora gira sobre la base del supuesto de que sólo un discurso racional puede objetivarse, articularse públicamente; las pasiones individuales, por el contrario, singulares e intransferibles por definición, no son susceptibles de ser intercambiadas y circular socialmente. Por ello no alcanzan nunca a constituirse como “opinión pública”», puesto que la opinión se funda en razones «que, para Mora, únicamente la clase propietaria puede poseer: ‘Solamente esta clase de ciudadanos es verdaderamente independiente y puede inspirar confianza así al legislador como a la masa de la Nación […] El indigente, el jornalero y el deudor no pueden menos de ser accesibles al soborno cuando su subsistencia, que es la primera necesidad del hombre, depende de aquellos que pueden tener interés en corromperla’». Si en Mora la corrupción es una preocupación de obligatorio interés para la vida civil, existen, decía, ‘fuentes de opinión […] que para distinguirlas de las anteriores, pudiéramos llamarlas facticias. En cada pueblo […] se adquieren séquito alguno o algunos vecinos por su generosidad, por su honradez […] y aun a veces por algún vicio reprensible. Estos tales se hacen también origen de creencias y persuasiones […] [y] no merecen el nombre de opinión, pero bien podrá dársele el de creencia o persuasión: y diremos que se puede tener una persuasión común (Palti, 2005: 97-98). 165 Con Adorno, el Adorno de los discursos exotéricos, el acento en lo facticio vendrá a invertirse.

Mientras que la opinión es producto de la razón, las creencias y persuasiones son producto de las pasiones. Por lo pronto, cabría preguntar a Mora por los atributos del discurso racional tanto como del “facticio”. Que no nos pille por sorpresa el observar en quién recaerá el «poder de nominar» sino en los suyos. Un temor parecido esbozaba Andrés Quintana Roo respecto al poder contenedor de las leyes en 1835.166 Exactamente cincuenta años después que Mora, un periódico de tendencias “desviadas” vendrá a señalar en dónde es que las cartas se marcaron antes del juego. En la Semblanza dedicada a P. Rhodakanaty, elaborada por El Socialista (28.X. 1877), se señala que uno de los principales fines de la creación de la Escuela Libre (desde 1863) era enseñar «al pueblo los derechos y prerrogativas de su soberanía nacional» así como a «no respetar en materia de creencia religiosa» a toda esta que no respete la «moral universal» (1998: 21-23). Soberanía popular, reformas administrativas, educación, moral y últimamente, religión, vendrán a ser las piezas principales que conformarán las disputas por los espacios de la arena pública. Pero la conformación de ése claro «punto de vista», habrá tenido, sin duda, sus puntos intermedios, aunque no tanto así.167

La importancia de la opinión pública –y sus contenidos- será para Adorno una constante en su vida. Sobre ella ya venía hablando a la altura de 1843. Pero comencemos, para situarnos con mejor perspectiva, en 1858. En su Análisis, ya delimita su partido hacia el topos:

«Pero si la consideración de mi pequeñez, en paralelo de tantas capacidades como forman el todo compactamente unido de la administración, me debiera enmudecer, me estimula, no obstante, a trazar estos renglones el creer que a veces brotan de humildes antecedentes algunos destellos de claridad que bastan acaso para que elementos más poderosos dirijan sus operaciones con mejor luz y acierto; pero principalmente aventuro emitir una opinión franca, el considerar que la nación hace mucho tiempo se queja con justicia de la apatía de sus ciudadanos, y que estos bien por un abandono culpable o por una indebida modestia se desvían de los asuntos públicos, en circunstancias las más difíciles, dejándolos al cuidado aislado de gabinetes agobiados con el ponderoso peso del trabajo hercúleo, y donde parece que se necesita nada menos que la organización de los elementos y la creación de un mundo político y social, donde sólo existe la confusión y el caos» (AMM: 6-7).

Una vez más Adorno, con sus formas elegantes, por una parte, invita al ejercicio de los entonces ciudadanos168 a vigilar el trabajo del poder público; por el otro, urge y señala la necesidad de crear ese «mundo» que no puede ser otro que la “región” de la opinión pública de la prensa y editoriales; del mundo de las notas, opúsculos, novelas y libros; se trata de «una de las primeras necesidades del país, y que con justicia ocupa hoy de preferencia la atención pública» (AMM: 8). Así también lo apuntaba en su Resumen al señalar como “sintomático” de «la virilidad de los pueblos democráticos» el papel «de la prensa periódica asumiendo su legítima parte en la expresión y dirección de la opinión pública, dedicándose espontáneamente no sólo a observar los sucesos, sino a vigilar las instituciones y corregir los abusos» (Resumen: 5). Mientras por un lado se desvive en elogios – tanto en 1858 como en 1873- al «Gabinete» en turno169, por el otro invita a la ciudadanía a exigirles el cumplimiento de su deber. «La opinión pública es de una fuerza irresistible, a la cual es necesario acatar» (AMM: 44).

Resulta, por otro lado, interesante (y de otro resulta corroboración que se explica por lo velado de la propuesta) la insistencia a lo largo de sus escritos en la creación de ese cosmos. Sobre todo cuando precisamente Europa no era en esos años un modelo a seguir. Al iniciar la década de 1820, Inglaterra mostraba ejemplos de censura, en las que Alemania no empezaría a ceder sino después de 1848, y que Francia no dejaría de practicar sino hasta 1907 (Charle: 18-21). De ello mismo se quejaron los redactores de El Iris (1826), para quienes, «en ese momento Europa no era […] una influencia benéfica y un faro civilizatorio; por el contrario, representaba un elemento retardatario que introducía de nuevo la barbarie política». El México que nos ocupa, por esos años vivía «un cierto crecimiento y diversificación de los receptores de la cultura escrita, que incluía ahora a las clases medias altas y a una porción del artesanado urbano […] [así como] a las mujeres» (Illades, 2005a: 69-70). 170

De hecho, ya en 1843, Adorno sostuvo un criterio sobre el punto en estas palabras: «el discurso es natural a todo hombre, y el que dirige sus palabras al público se sujeta al concepto de sus individuos: si algo disiente de su opinión, podrá confundirlo con razones, pero no conminarlo al desprecio, porque esto es un contra-principio». Como sus contemporáneos y como al parecer hoy todavía sucede, afirmaba que el juicio de la opinión pública era, en tanto que «juez», «inexorable en su sentencia» (Contestación: 23). En síntesis, la opinión pública es concebida como el instrumento de defensa de los «pueblos».

Sin embargo, los medios al servicio de la opinión, no dejan de prestarse a ciertas artimañas que empañan la importancia del linaje de aquella:

«Las expresiones denigrantes con que se ultrajan los diversos partidos, el abuso del lenguaje que aprovechan los que triunfan con el poder en las diversas reacciones, y las manchas bochornosas con que procuran difamar y humillar a sus contrarios, son tanto más perniciosas y lamentables, cuanto que ofenden a la nación entera, la envilecen ante los países extranjeros, y alejan más y más esa unión y transacción fraterna que todos miran como el primer recurso para regenerarnos política y socialmente» (AMM: 138-139).



Cierto es el hecho de que las interminables penurias económicas de los impresores, señala, contribuye a tal espectáculo, del que sólo la unidad puede arrancar de semejante círculo vicioso, y para ello propone, entre otras cosas, gravar los libros impresos en lenguas extranjeras, de suerte que el giro industrial nacional pueda hacer frente a los competidores europeos.



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