Preludio a la Fundación



Descargar 1.6 Mb.
Página7/23
Fecha de conversión20.03.2018
Tamaño1.6 Mb.
Vistas570
Descargas0
1   2   3   4   5   6   7   8   9   10   ...   23

SALVAMENTO


leggen, jenarr. — ... Su contribución a la meteorología, aunque considerable, palideció, ante lo que se conoce desde entonces como la Controversia Leggen. Que sus actos pusieron a Hari Seldon en peligro es indiscutible, pero persiste el argumento, y siempre ha estado presente, de si aquellos actos fueron provocados por circunstancias no intencionadas o formaban parte de una conspiración deliberada. Las pasiones ardieron en ambos lados, e incluso los más minuciosos estudios no han llegado a conclusiones definitivas. Sin embargo, las sospechas que se alzaron ayudaron a envenenar la carrera y la vida privada de Leggen en los años subsiguientes...

Enciclopedia Galáctica


25


La luz del día no había desaparecido del todo, cuando Dors Venabili fue en busca de Jenarr Leggen. Éste respondió a su angustiado saludo con un gesto y un gruñido.

—Bien —dijo con cierta impaciencia—. ¿Cómo anduvo?

Leggen, que estaba introduciendo datos en su computadora, repitió:

—¿Cómo anduvo quién?



Mi estudiante de la biblioteca, Hari. El doctor Hari Seldon. Subió contigo. ¿Te sirvió de algo?

Leggen apartó las manos de las teclas de su computadora y giró en redondo.

¿Ese sujeto de Helicón? No me sirvió de nada. No demostró el mejor interés. Permaneció mirando el panorama en un lugar donde no existe panorama que mirar. Un tipo raro en verdad. ¿Por qué te empeñaste en enviármelo?

No fue idea mía. Él quería ir. No lo comprendo. Parecía muy interesado... ¿Dónde está ahora?

Leggen se encogió de hombros.

—¿Cómo quieres que yo lo sepa? Por alguna parte.

—¿Adonde fue después de bajar contigo? ¿Te lo dijo?

—No bajó con nosotros. Te repito que nada de aquello le interesaba.

—Entonces, ¿cuándo bajó?



Lo ignoro. Yo no lo vigilaba; tenía muchísimo que hacer. Hace un par de días debió estallar un temporal de viento o caer algún chaparrón fuerte, algo inesperado. Nada de lo que registraron nuestros instrumentos ofrecía una explicación lógica de aquello o de por qué el sol que se esperaba hoy no apareció. Ahora, estoy tratando de encontrarle sentido y tú me estás molestando.

—¿Quieres decir que no le viste bajar?



Mira. No pensaba en él. El muy idiota ni siquiera iba correctamente vestido y pude darme cuenta de que, al cabo de media hora, no resistiría el frío... Entonces, le hice ponerse uno de mis jerseys, aunque no iba a servirle de gran cosa para las piernas y los pies. Así que le dejé el ascensor abierto y le expliqué que éste lo llevaría abajo y luego subiría automáticamente. Todo era muy sencillo. Estoy seguro de que sintió frío y bajó; después, el ascensor volvió a subir y, más tarde, todos los demás descendimos juntos.

—Pero no sabes con exactitud en qué momento bajó.



No, no lo sé. Ya te lo he dicho. Estaba ocupado. Desde luego, no se encontraba con nosotros cuando bajamos. La noche empezaba a caer y, además, amenazaba cellisca. Así que debió haber bajado.

—¿Lo vio alguien más?



No lo sé. Tal vez Clowzia. Estuvo un momento con él. ¿Por qué no se lo preguntas a ella?

Dors encontró a Clowzia en su habitación. En aquel momento salía de tomar una ducha caliente.

—Hacía mucho frío allá arriba —comentó.

¿Estuviste con Hari Seldon Arriba? —preguntó Dors

Clowzia levantó las cejas.



Sí, un momento —contestó—. Quería darse un paseo y se interesaba por la vegetación de Arriba. Es un chico muy agudo, Dors. Todo parecía interesarle, así que le fui contando lo que pude hasta que Leggen me llamó. Estaba de un humor de mil diablos. El tiempo no se comportaba como él deseaba y...

—Entonces, ¿no viste a Hari bajar en el ascensor? —la interrumpió Dors.



No le volví a ver después de que Leggen me llamara... Pero tiene que estar aquí abajo. No se encontraba arriba cuando nos fuimos.

—Lo he buscado por todas partes.

Clowzia pareció turbada.

No. No tiene por qué estar en algún lugar de aquí abajo —insistió Dors cada vez más angustiada—. ¿Y si sigue aún Arriba?

Es imposible. No estaba allí. Desde luego, le buscamos antes de bajar. Leggen le había explicado cómo usar el ascensor. No iba vestido adecuadamente y el tiempo era espantoso. Leggen le advirtió que si tenía frío, no nos esperara. Y tenía frío. ¡Lo sé! Entonces, ¿qué otra cosa podía hacer sino bajar?

—Pero nadie lo vio... ¿Le ocurrió algo allá arriba?



Nada. No mientras estuvo conmigo. Se hallaba perfectamente bien..., excepto que debía sentir frío, claro está.

Puesto que nadie lo vio bajar, es probable que siga arriba. ¿No deberíamos ir en su busca? —preguntó Dors, ya inquieta de verdad.

Ya te he dicho que eché una mirada antes de bajar —comentó Clowzia, nerviosa—. Había bastante luz aún y no se le veía por parte alguna.

—De todos modos, busquémosle.



Pero yo no puedo llevarte arriba. Sólo soy una interna y no conozco la combinación para abrir la cúpula de Arriba. Tendrás que pedírselo al doctor Leggen.

26


Dors Venabili sabía que Leggen no subiría en ese momento de buen grado. Tendría que obligarle.

Primero volvió a comprobar en la biblioteca y las áreas de alimentación. Luego, llamó a la habitación de Seldon.

Finalmente, subió y golpeó la puerta con los nudillos. Al no obtener respuesta, buscó al encargado de planta para que la abriera. Allí no estaba. Interrogó a los que le habían conocido las semanas anteriores. Ninguno de ellos le había visto.

Bien, obligaría, pues, a Leggen a que la condujera Arriba. Pero ya era de noche. Él comenzaría a protestar violentamente y, ¿cuánto tiempo podía permitirse perder en discutir con él si Hari Seldon había quedado atrapado arriba, en una noche glacial durante la cual el agua se transformaba en nieve?

Se le ocurrió una idea y fue corriendo a la pequeña computadora de la Universidad, que estaba siempre al tanto del paradero de los estudiantes, profesores y personal de servicio.

Sus dedos volaron sobre las teclas y no tardó en encontrar lo que buscaba.

Había tres de ellos en otra parte del campus. Firmó para conseguir un pequeño deslizador que la trasladara a ese lugar y no tardó en encontrar el domicilio que buscaba. Seguro que uno de ellos estaría disponible..., o resultaría disponible .., o resultaría fácil de localizar.

La suerte la acompañó. En la primera puerta a la que llamó le contestaron con una luz de indagación. Marcó su número de identificación, que también incluía su departamento y filiación. La puerta se abrió y un hombre de mediana edad, algo grueso, se la quedó mirando. Debía de haber terminado de lavarse para cenar. Sus cabellos rubios estaban desordenados y no llevaba puesto nada de cintura para arriba.

Lo siento —se excusó—. Me pilla en mal momento. ¿Qué puedo hacer por usted, doctora Venabili?

Es usted Rogen Benastra —preguntó ella atropelladamente—, el jefe de sismología, ¿verdad?

—Sí.


Se trata de una urgencia. Debo ver las fichas sismológicas de las últimas horas de Arriba.

Benastra se la quedó mirando.

—¿Por qué? Allí no ha ocurrido nada. Yo lo sabría. El sismólogo nos informaría.

—No estoy hablando del impacto de ningún meteorito.



Ni yo tampoco. No necesitamos un sismógrafo para ello. Estoy refiriéndome a arenillas, pequeñas fracturas. Hoy no ha ocurrido nada de eso.

Tampoco se trata de eso. Por favor. Lléveme a donde se encuentra el sismógrafo y léamelo. ¡Es cuestión de vida o muerte!

—Tengo una cita para cenar.

—¡Le he dicho vida o muerte, y lo digo en serio!

No veo... —empezó Benastra, pero calló ante la mirada de Dors. Se secó el rostro, dejó un pequeño mensaje y se puso una camisa.

Fueron medio corriendo (impulsados por una Dors sin piedad) al pequeño Edificio de Sismología. Dors, que no entendía nada, preguntó:

—¿Hacia abajo? ¿Por qué descendemos?



Vamos a ir por debajo de los niveles habitados. Claro. El sismógrafo debe estar fijado a la roca, lejos del clamor y la vibración de los niveles de la ciudad.

Pero, ¿cómo puede indicar lo que ocurre en Arriba desde aquí?

El sismógrafo está conectado por cable a unos transductores de presión colocados en el espesor de la cúpula. El impacto de un grano de arena mandará cruzar la pantalla al indicador. Podemos detectar el efecto aplastante de un vendaval contra la cúpula, podemos...

Sí, sí —exclamó Dors, impaciente. No había acudido a él para que le diera una conferencia sobre las virtudes y el refinamiento de los instrumentos—. ¿Puede detectar pisadas humanas?

¿Pisadas humanas? Arriba no es probable —respondió, y parecía desconcertado.

Claro que es probable. Esta tarde había un grupo de meteorólogos Arriba.

—Oh, bien, pero los pasos casi no se notarían.



Se notarían si usted se fijara bien en ellos y eso es lo que quiero que haga.

La firme nota de autoridad en la voz de Dors pudo haber molestado a Benastra, pero, si ocurrió así, no dijo nada. Apretó un botón, y la pantalla de la computadora despertó.

En el extremo derecho del centro podía observarse un rápido punto de luz del que salía una línea horizontal que llegaba hasta el límite izquierdo de la pantalla. Había un ligero temblor en ella, una serie de pequeños sobresaltos al azar, que se movían, con firmeza, hacia la izquierda. Su efecto sobre Dors era casi hipnótico.

Hay la máxima tranquilidad que puede haber —comentó Benastra—. Cualquier cosa que vea es el resultado, por arriba, del cambio de presión del aire, de gotas de lluvia quizás, el zumbido distante de motores. Arriba no hay nada fuera de lo normal.

Está bien, ¿y hace unas horas? Compruebe lo marcado a las quince de hoy, por ejemplo. Seguro que debe de haber algún dato.

Benastra dio las correspondientes instrucciones a la computadora y el caos más absoluto se hizo en la pantalla durante unos segundos. Luego, todo movimiento cesó, y la línea horizontal volvió a aparecer.

—La sensibilizaré al máximo —murmuró Benastra. Ahora se notaban sacudidas pronunciadas que, mientras desaparecían a trompicones hacia la izquierda, cambiaron marcadamente de forma.

—¿Qué es eso? —preguntó Dors—. Explíquemelo.

Como me ha dicho que hubo gente arriba, Venabili, yo diría que son pasos..., el desplazamiento de un peso, el impacto de unos zapatos. No sé lo que yo hubiera supuesto de no haber sabido lo de la gente que ha subido hoy. Es lo que solemos llamar una vibración benigna, no asociada con algo que sabemos que es peligroso.

—¿Puede decirme cuántas personas había?



Desde luego, no a primera vista. Verá, lo que obtenemos aquí es el resultado de todos los impactos.

Ha dicho: «no a primera vista». ¿Puede analizarse el resultado en componentes por medio de la computadora?

Lo dudo. Éstos son efectos mínimos y hay que contar con el ruido inevitable. Los resultados no serían fiables.

Bien. Adelante, hasta que las indicaciones de pasos cesen. ¿Puede usted forzar el «avance», por decirlo de alguna manera?

Si lo hago, el tipo de avance de que me habla resultará un borrón que pasará a formar una línea recta con una ligera sombra por encima y por debajo. Lo que puedo hacer es avanzar hacia delante por etapas de quince minutos y estudiar los resultados rápidamente, antes de que desaparezcan.

—Bien. ¡Hágalo!

Ambos contemplaron la pantalla.

—Ya no hay nada, ahora. ¿Lo ve? —comentó Benastra.



Volvía a aparecer una línea con sólo pequeños sobresaltos de ruido.

—¿Cuándo cesaron los pasos?

—Hace dos horas. Quizás un poco más.

—Y cuando cesaron, ¿había menos que antes?

Benastra pareció vagamente molesto.

No podría decírselo. No creo que el más minucioso análisis pudiera decidirlo con certeza.

Dors apretó los labios; luego, insistió:



¿Está probando con un transductor..., es así como le ha llamado, cerca de la estación meteorológica?

Sí, porque ahí es donde están los instrumentos y donde supongo estarían los meteorólogos. —Y como si le resultara increíble—. ¿Quiere que intente por los alrededores? ¿De uno en uno?

No. Siga donde está. Pero manténgase avanzando de quince en quince minutos. Alguien puede haberse rezagado y tratado de regresar junto a los instrumentos.

Benastra sacudió la cabeza y masculló algo entre dientes. La pantalla volvió a cambiar.

—¿Y eso qué es? —exclamó Dors, señalando con el dedo.

—No lo sé. Ruido.

No. Es un movimiento periódico. ¿No podrían ser los pasos de una sola persona?

Sí, pero también podrían ser un montón de cosas más.

Está acercándose al ritmo de pasos humanos, ¿no es verdad? —Y pasado un instante, ordenó—: Adelántelo un poco.

Lo hizo, y cuando la pantalla se normalizó, Dors preguntó:

—¿No están aumentando esas irregularidades?

—Es posible. Podemos medirlas.

No tenemos que hacerlo. Ya ve que lo están haciendo. Los pasos se van acercando al transductor. Vuelva a adelantar. Vea cuándo cesan.

Han cesado hace veinte o veinticinco minutos —comentó Benastra poco después, y añadió, cauteloso—: Sea lo que sea.

Pasos —aseguró Dors, firme en su convicción—. Hay un hombre ahí arriba y mientras usted y yo hemos estado jugando aquí, él se ha derrumbado, va a congelarse y morirá. ¡Por favor, no me diga «Sea lo que sea»! Llame a meteorología y consígame a Jenarr Leggen. Ya le he dicho que era cuestión de vida o muerte. ¡Llame!

Benastra, crispado, había pasado a la fase en que era incapaz de resistirse a cualquier cosa que aquella mujer extraña y apasionada le exigiera.

No tardó más de tres minutos en conseguir el holograma de Leggen en la plataforma de mensajes. Le había apartado de su cena. Llevaba una servilleta en la mano y un brillo sospechosamente grasiento debajo del labio inferior. Su alargado rostro se contraía en una espantosa mueca.

¿Vida o muerte? ¿Qué es eso? ¿Y quién es usted? —Luego, descubrió a Dors que se había acercado a Benastra para que su imagen se viera también en la pantalla de Jenarr—. ¿Otra vez tú? —exclamó—. ¡Esto se ha convertido en una pesadilla!

No lo es —contestó Dors—. He consultado con Rogen Benastra, que es el jefe de Sismología de la Universidad. Después de que tú y tu grupo salierais de Arriba, el sismógrafo muestra con toda claridad los pasos de una persona allí arriba. Es mi estudiante, Hari Seldon, el cual subió, a tu cargo, y que ahora se halla, con toda seguridad, inconsciente y tal vez a punto de morir.

»Por lo tanto, me llevarás arriba ahora mismo con el equipo que sea necesario. Y si no lo haces de inmediato, me dirigiré a seguridad universitaria..., o al propio Presidente si es preciso. De un modo u otro, iré a Arriba, y si algo le ocurre a Hari porque tú te retrases un sólo minuto, haré que te despidan por negligencia, incompetencia, por cualquier cosa que pueda achacarte; te haré perder todo status y que seas eliminado de la vida académica. Y si ha muerto, desde luego será homicidio por negligencia. O peor, puesto que te estoy advirtiendo de que está muriendo.

Jenarr, furioso, se volvió a Benastra.

—Detectó...

Pero Dors le interrumpió: \

Me ha dicho lo que ha detectado y yo te lo digo a ti. No estoy dispuesta a que lo confundas. ¿Vienes? ¿Ya?

—¿No se te ha ocurrido pensar que tal vez estés equivocada? —dijo Jenarr entre dientes—. ¿Sabes lo que puedo hacer contigo si todo esto no es más que una maldita falsa alarma? La pérdida de status puede funcionar en ambas direcciones.



Pero el crimen, no —declaró Dors—. Estoy dispuesta a someterme a juicio por falsa alarma maliciosa. ¿Lo estás tú para un juicio por asesinato?

Jenarr enrojeció, quizá más por la necesidad de someterse que por la amenaza.

Iré, pero no tendré compasión de ti, joven, si tu estudiante aparece, de cualquier forma, a salvo bajo las cúpulas, en las últimas horas.

27


Los tres se metieron en el ascensor, silenciosos, tensos. Leggen sólo había comido parte de su cena y había dejado a su mujer en el área de alimentación sin explicación alguna. Benastra estaba sin cenar y, posiblemente, había decepcionado a alguna compañera, también sin una explicación adecuada. Tampoco Dors Venabili había cenado y parecía la más tensa y angustiada de los tres. Llevaba una manta térmica y dos lámparas fotónicas.

Cuando llegaron a la entrada de Arriba, Leggen, con las mandíbulas contraídas, mostró su número de identificación y las puertas se abrieron. Un viento helado los envolvió y Benastra protestó. Ninguno de los tres estaba vestido de manera adecuada, ya que los dos hombres no tenían la intención de permanecer allí largo rato.

—Está nevando —dijo Dors con voz ahogada.

—Nieve húmeda —aclaró Leggen—. La temperatura se halla al borde de la congelación, pero no es un frío mortal.

Depende del rato que uno pase en él, ¿verdad? —comentó Dors—. Y estar empapado bajo la nieve no ayuda gran cosa.

Bueno, ¿dónde está? —preguntó Leggen, mirando resentido a la oscuridad, empeorada por el contraste de luz procedente de la entrada, detrás de él.

—Tome, doctor Benastra, coja la manta. Y tú, Leggen, entorna la puerta sin cerrarla del todo.

—No tiene cierre automático. ¿Crees que somos idiotas?

Quizá no, pero puede cerrarse desde dentro y dejar a cualquiera que se encuentre afuera ante la imposibilidad de volver a entrar.

Si hay alguien aquí, señálamelo. Muéstramelo —barbotó Leggen.

—Puede estar en cualquier parte. —Dors levantó los brazos, con una lámpara fotónica en cada mano, colgadas de las muñecas.



No podemos mirar por todas partes —murmuró Benastra angustiado.

Las lámparas se encendieron e iluminaron en todas direcciones. Los copos de nieve brillaban como multitud de luciérnagas, dificultando la visión.

Los pasos parecían más fuertes —musitó Dors—. Tenía que estar acercándose al transductor. ¿Dónde está situado?

No tengo la menor idea —contestó Leggen—. Esto no tiene nada que ver ni con mi especialidad, ni con mi responsabilidad.

—¿Doctor Benastra?

La respuesta de Benastra fue dubitativa:

En realidad, no lo sé. A decir verdad, jamás había subido aquí. Lo instalaron antes de mi tiempo. La computadora lo sabe, pero nunca se nos ha ocurrido preguntárselo... Estoy muerto de frío y no veo qué utilidad puede tener para ustedes el que yo esté aquí.

—Tendrá que quedarse un poco más. Síganme —ordenó Dors—. Voy a rodear la entrada en espiral, hacia fuera.

—No podremos ver gran cosa a través de la nieve —observó Leggen.

Ya lo sé. Si no nevara, ya lo tendríamos, estoy segura de que lo habríamos visto. Así, a lo mejor tardamos unos minutos. Podremos aguantarlos. —A pesar de todo no estaba tan segura como sus palabras daban a entender.

Empezó a andar, moviendo los brazos, proyectando las luces lo más ampliamente posible, forzando la vista en busca de una mancha oscura sobre la nieve. Pero fue Benastra quien primero señaló algo.

—¿Qué es esto? —preguntó.



Dors juntó las dos lámparas formando un resplandeciente cono de luz hacia la dirección indicada. Después corrió hacia allá, seguida por los otros dos.

Lo habían encontrado, contraído y empapado, a unos diez metros de la puerta, y a cinco del instrumento meteorológico más cercano. Dors le tomó el pulso, aunque era innecesario hacerlo porque, respondiendo a su contacto, Seldon se agitó entre gemidos.

Deme la manta, doctor Benastra —pidió Dors con la voz ahogada por el alivio. La desplegó y la extendió sobre la nieve.

Colóquenlo encima con cuidado, que ya lo envolveré yo. Luego, lo bajaremos.

Una vez en el ascensor, empezó a salir vapor de la manta al alcanzar ésta la temperatura de la sangre.

Una vez le tengamos en su habitación, Leggen —dijo Dors— consígueme un médico, un buen médico, y procura que venga de inmediato. Si el doctor Seldon sale de ésta sin daño, no diré nada, pero únicamente si no le ocurre nada. Recuerda...

No es preciso que me sermonees —cortó Leggen con acritud—. Lamento lo ocurrido y haré cuanto esté en mi mano, pero mi única falta fue, en primer lugar, permitir que este hombre subiera a Arriba con nosotros.

La manta se movió y se oyó una voz baja y débil. Benastra tuvo un sobresalto ya que la cabeza de Seldon estaba apoyada en el hueco de su codo.

—Creo que trata de decir algo —advirtió.

—Lo sé —asintió Dors—. Ha dicho: «¿Qué pasa?»

Y no pudo evitar echarse a reír. ¡Le parecía una frase tan normal!

28


El médico estaba encantado.

Jamás había visto un caso de enfriamiento —explicó—. Uno no se enfría en Trantor.

—Puede que no —repuso Dors con frialdad—, y me alegro de que tenga la oportunidad de experimentar esta novedad, pero no querrá decir con eso que no sabe cómo tratar al doctor Seldon, ¿verdad?



El médico, un hombre mayor, calvo, con bigotito gris, se erizó:

Claro que sé. Los casos de enfriamiento en los Mundos Exteriores son muy corrientes, algo cotidiano, y he leído mucho sobre ellos.

El tratamiento consistió en suero antiviral por una parte y el uso de un envoltorio de microondas por otra.



Esto debería solucionarlo —aclaró el médico—. En los Mundos Exteriores utilizan métodos más complicados en los hospitales, pero nosotros no los tenemos aquí, en Trantor. Le he puesto un tratamiento para casos benignos, pero estoy seguro de que servirá.

Dors pensó, algo más tarde, mientras Seldon se estaba recuperando sin mayor complicación, que tal vez por ser oriundo del Mundo Exterior había podido sobrevivir. La oscuridad, la nieve y el frío no le eran del todo desconocidos. Un trantoriano quizás hubiera sucumbido en parecidas circunstancias, no tanto por el trauma físico como por el psíquico.

No estaba segura de estar en lo cierto, claro, ya que tampoco ella era trantoriana.

Apartó aquellos pensamientos de su mente, se acercó una silla a la cabecera de la cama de Hari y se dispuso a esperar.

29


En la mañana del segundo día, Seldon despertó y vio a Dors que estaba sentada junto a la cama, mirando un libro-película y tomando notas.

—¿Todavía aquí, Dors? —preguntó Seldon en voz que era casi normal.



No puedo dejarte solo, ¿no te parece? —respondió ella, dejando el libro—. Y no confío en nadie.

Tengo la impresión de que todas las veces que he despertado, te he visto. ¿Has estado aquí todo el tiempo?

—Despierta o dormida, sí.

—¿Y tus clases?

Tengo un ayudante que se ha hecho cargo de ellas por el momento.

Dors se inclinó y tomó la mano de Hari. Al notar su turbación (Después de todo él estaba en cama), la soltó.

—Hari, ¿qué ocurrió? Yo estaba tan asustada...

—Tengo que hacerte una confesión —dijo Seldon.

—¿De qué se trata Hari?

—Pensé que quizá formabas parte de una conspiración...

—-¿Una conspiración? —repitió ella con vehemencia.



Quiero decir, para hacerme subir a Arriba, donde me encontraría fuera de la jurisdicción universitaria y, por tanto, expuesto a ser detenido por las fuerzas imperiales.

—¡Pero, si Arriba no está fuera de la jurisdicción universitaria! El sector jurisdiccional de Trantor va del centro planetario al cielo.



Ah, yo no lo sabía. Pero no viniste conmigo porque, según dijiste, tenías muchísimo trabajo, y, cuando me puse paranoico, pensé que me abandonabas deliberadamente. Por favor, perdóname. Es obvio que fuiste tú quien me ha bajado de allí. ¿Se preocupó alguien más?

—Se trata de hombres con muchas obligaciones —explicó Dors, prudente—. Creyeron que habías bajado antes que ellos. Creo que la idea era perfectamente plausible.

—¿También lo creyó Clowzia?

—-¿La joven interna? Por supuesto que sí.

—De todos modos, pudo tratarse de una conspiración. Sin ti, creo que...

—No, Hari, todo ha sido culpa mía. Yo no tenía ningún derecho a dejar que subieras solo. Mi obligación era velar por ti. No puedo dejar de censurarme por lo ocurrido, eso de que te perdieras...



No, espera un poco —la interrumpió Seldon, indignado—. No me perdí. ¿Qué te has creído que soy?

Me gustaría saber cómo lo llamas tú. No estabas por ninguna parte cuando los otros bajaron, y no supiste encontrar el camino de vuelta a la entrada, o a los alrededores de la entrada, hasta bien entrada la noche.

No ocurrió así. No me perdí por el mero hecho de alejarme y no poder encontrar el camino de vuelta. Te he dicho que sospechaba una conspiración y tenía motivos para ello. No soy tan paranoico.

Bien, entonces, ¿qué ocurrió?

Seldon se lo contó. No tuvo problemas para recordarlo con todo detalle; lo había vivido como una pesadilla durante la mayor parte del día anterior.

Dors lo escuchó, ceñuda.



Eso es imposible. ¿Un mini-jet? ¿Estás seguro?

—Por supuesto que estoy seguro. ¿Crees que sufrí alguna alucinación?



Era imposible que las fuerzas imperiales estuvieran buscándote. No podían detenerte en Arriba sin crear el mismo desbarajuste salvaje que si hubieran enviado un piquete de policías para detenerte en el campus.

—Entonces, ¿cómo explicas lo ocurrido?



No estoy segura —respondió Dors—, aunque es posible que las consecuencias de que yo no te acompañara arriba pudieron ser peores de lo que han sido y Hummin estará furioso conmigo.

Entonces, no se lo digamos —aconsejó Seldon—. Todo ha terminado bien.

Debemos hacerlo —insistió Dors—. Tal vez no haya terminado todo.

30


Aquella noche, Jennar Leggen acudió a visitarle. Fue después de la cena y miró a Dors y a Seldon varias veces, como preguntándose qué decirles. Ni uno ni otro se prestaron a ayudarle, sino que ambos esperaron pacientemente. No les dio la impresión de que fuera un maestro en el arte de la conversación intrascendente. Al fin, se decidió a hablar.

—He venido a ver cómo se encontraba —dijo a Seldon.

—Perfectamente bien —contestó éste—, excepto que estoy soñoliento. La doctora Venabilis me ha dicho que el tratamiento me tendrá atontado durante unos días, supongo que necesito este descanso —sonrió—, y, con franqueza, no me parece mal.

Leggen aspiró aire a fondo, lo exhaló, titubeó y, entonces, como si le arrancaran las palabras a la fuerza, continuó:

No le entretendré mucho rato. Comprendo perfectamente que necesite descansar. Pero, lo que sí quiero decirle es que siento todo lo ocurrido. No debí haber supuesto, con tanta tranquilidad, que había vuelto solo abajo. Dado que usted era un novato, debí haberme responsabilizado de usted. Después de todo, yo había permitido que subiera. Confío en que llegue a... perdonarme. Esto es todo lo que quería decirle.

Seldon bostezó, cubriéndose la boca con la mano.

—Perdóneme. Como todo ha terminado felizmente, no debemos abrigar rencores. En cierto modo, no fue culpa suya. No debí haberme alejado y, además, lo que ocurrió fue...

—Bien, Hari —se apresuró a interrumpirle Dors—, basta de conversación, te lo ruego. Relájate. Pero yo quiero hablar contigo, Leggen, antes de que te marches. En primer lugar, comprendo que te preocupes por las posibles repercusiones que este asunto pueda tener para ti. Pero yo te prometí que si el doctor Seldon se recuperaba, no diría nada. Parece que así ha sido, de modo que puedes estar tranquilo..., de momento. Sin embargo, me gustaría preguntarte algo más, y confío en que esta vez tenga tu absoluta y libre cooperación.

—Lo intentaré, Venabili —repuso Leggen, inquieto.

¿Ocurrió algo inesperado durante vuestra permanencia en Arriba?

Claro, perdí al doctor Seldon, error por lo que acabo de excusarme.

No, no me refiero a eso. ¿Ocurrió algo fuera de lo normal?

—No, nada. En absoluto.



Dors miró a Seldon y éste frunció el ceño. Le pareció que Dors trataba de confirmar su historia y buscar una versión independiente. ¿Acaso pensaba ella que él había imaginado la nave rastreadora? Le hubiera gustado objetar vivamente, pero ella había alzado la mano para que callara, como tratando de evitar esa posibilidad. Cedió y, en parte, fue debido a que, en realidad, deseaba dormir. Confió en que Leggen no tardara en marcharse.

¿Estás seguro? —insistió Dors—. ¿No hubo intrusiones del exterior?

—No, claro que no. Oh...

-¿Sí?

Hubo un mini-jet.

—¿Te pareció peculiar?

—No, desde luego que no.

—¿Por qué no?

—Esto se está pareciendo mucho a un interrogatorio, doctora Venabili. Y no me gusta.

Lo comprendo, doctor Leggen, pero todas estas preguntas tienen que ver con la desastrosa aventura del doctor Seldon. Tal vez todo este asunto sea mucho más complicado de lo que habíamos pensado.

¿En qué sentido? —preguntó él, y su voz tuvo un tono distinto—. ¿Nuevas cuestiones que requerirán nuevas excusas? En tal caso, puede que crea necesario marcharme.

No, antes de que me expliques por qué no te parece raro un mini-jet de vigilancia.

—Porque, mi querida amiga, varias estaciones meteorológicas de Trantor poseen mini-jets para el estudio directo de las nubes en la atmósfera. Lo que ocurre es que nuestra estación no tiene ninguno.

—¿Por qué no? Podría resultaros útil.

—Por supuesto. Pero ni competimos con nadie, ni mantenemos secretos. Nosotros informamos de nuestros descubrimientos; ellos informan de los suyos. Por lo tanto, es de sentido común trabajar en especialidades y campos diferentes. Sería idiota duplicar los esfuerzos. El dinero y la energía humana que gastaríamos en mini-jets, puede ser aplicada en refractómetros mesónicos, en tanto que otros lo gastan en lo primero y ahorran en lo segundo. Después de todo, puede que haya competitividad y mala intención entre los sectores, pero la ciencia es una cosa, la única cosa, que nos mantiene unidos. Me figuro que lo sabes —añadió con ironía.



Desde luego que lo sé; mas es una curiosa coincidencia que alguien mande un mini-jet a tu estación justo el mismo día en que tú vas a trabajar en ella, ¿no crees?

—En absoluto. Anunciamos que ese día, precisamente, íbamos a medir, y alguna otra estación debió pensar, con toda sensatez, que aprovecharían la ocasión para tomar medidas nefelométricas simultáneas (nubes, ya sabes). Los resultados, si son tomados en conjunto, suelen resultar mejores y ser más útiles que tomados por separado.

De pronto, Seldon preguntó con voz incierta:

—Entonces, ¿sólo tomaban medidas? —Y volvió a bostezar.



Sí —contestó Leggen—. ¿Qué otra cosa podían estar haciendo?

Dors parpadeó, como solía hacer cuando trataba de pensar con rapidez.

Hasta aquí, todo concuerda. ¿A qué estación pertenecía este mini-jet?

—No esperarás que pueda decírtelo.

—Pensaba que cada mini-jet meteorológico llevaría el distintivo de su estación de procedencia.

Claro, pero no me fijé, ¿sabes? Yo tenía un trabajo que hacer y dejé que ellos hicieran el suyo. Cuando manden su informe, sabré de dónde procedía.

—¿Y si no informan?



Entonces, tendré que suponer que sus aparatos no funcionaron. Suele ocurrir. —Tenía el puño cerrado y crispado—. ¿Hemos terminado ya?

Espera un momento. ¿De dónde supones que podía haber venido el mini-jet?

De cualquier estación que los use. Con un día de antelación, y se les avisa con mucho más tiempo, cualquiera de esas naves puede llegar hasta nosotros desde cualquier punto del planeta.

—¿De dónde es más probable que lo haga?



Resulta difícil decirlo. ¿Hestelonia, Wye, Ziggoreth, Damiano del Norte...? Desde cualquiera de estas cuatro estaciones, pero podría pertenecer a alguna de las cuarenta y tantas restantes.

Una pregunta más, sólo una más. Cuando anunciaste que tu grupo estaría Arriba, ¿mencionaste, por casualidad, que un matemático, el doctor Seldon, os acompañaría?

Una expresión de profunda y sincera sorpresa cruzó por el rostro de Leggen, una expresión que, al momento, se volvió despectiva:

—¿Y por qué iba yo a mencionar nombres? ¿A quién podían interesar?



Está bien —concluyó Dors—. La verdad del caso es pues que el doctor Seldon vio el mini-jet y le desconcertó, no sé bien por qué, y su memoria está algo confusa aún. Más o menos, huyó del mini-jet, se perdió y no intentó regresar, o no se atrevió, hasta que se hizo de noche, y no supo orientarse a oscuras. No se te puede censurar por ello, así que olvidémoslo por ambas partes. ¿De acuerdo?

—De acuerdo. ¡Adiós! —Dio media vuelta y se marchó.



Cuando Leggen se hubo ido, Dors se levantó, quitó las zapatillas a Seldon con cuidado, lo colocó bien en la cama y lo tapó. Estaba profundamente dormido, desde luego.

Entonces, se sentó y empezó a meditar. ¿Cuánto de lo que Leggen había dicho era cierto, y qué era posible que ocultase bajo sus palabras? Lo ignoraba.



Compartir con tus amigos:
1   2   3   4   5   6   7   8   9   10   ...   23


La base de datos está protegida por derechos de autor ©psicolog.org 2019
enviar mensaje

enter | registro
    Página principal


subir archivos