Preludio a la Fundación



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El palacio está vacío —dijo Dors—. Rashelle no va a ser maltratada. Y tú regresarás al Sector Imperial, Hari.

¿Y tú, Dors? —preguntó Seldon con un nudo en la garganta.

Supongo que volveré a la Universidad. Mi trabajo ha sido abandonado, mis clases olvidadas.

—No, Dors. Tú tienes una tarea más importante.

—¿Cuál?

—Psicohistoria. Yo no puedo emprender esa tarea sin ti.



—Claro que puedes; yo soy una analfabeta absoluta en Matemáticas.

—Y yo en Historia..., y necesitamos ambas cosas.

Dors se echó a reír.

Sospecho que, como matemático, eres único. Yo, como historiadora, soy del montón, nada sobresaliente. Encontrarás infinidad de historiadores que encajarán en tus necesidades de psicohistoria mejor que yo.

En ese caso, Dors, déjame explicarte que la psicohistoria necesita algo más que un matemático y una historiadora. También necesita la voluntad de sumirse en lo que, tal vez, puede ser el problema de toda una vida. Sin ti, Dors, esa voluntad me faltará.

—Claro que la tendrás.



Dors, si tú no estás conmigo, no me propongo tenerla.

Dors lo miró, pensativa.



Ésta es una discusión absurda, Hari. Hummin, indudablemente, será quien decida. Si me manda a la Universidad...

—No lo hará.

—¿Cómo puedes estar tan seguro?

Porque se lo plantearé sinceramente: si te devuelve a la Universidad, yo volveré a Helicón, y que el Imperio se vaya al garete, si quiere.

—¡No lo dirás en serio!

—¡Por supuesto que sí!

¿No te das cuenta de que Hummin puede hacer que tus sentimientos cambien de modo que te pongas a trabajar en la psicohistoria..., incluso sin mí?

Seldon sacudió la cabeza.



Hummin no tomará semejante decisión arbitraria. He hablado con él. No se atreve a tocar demasiado la mente humana porque está sometido a lo que él llama las Leyes de la Robótica. Modificar mi mente al extremo de que no te quiera conmigo, Dors, sería un cambio al que no puede arriesgarse. Por el contrario, si me deja en paz y si tú colaboras en el proyecto, obtendrá lo que quiera...: una auténtica oportunidad de psicohistoria. ¿Por qué no conformarse?

—Puede no estar de acuerdo, por razones propias.



¿Y por qué no? Él te pidió que me protegieras, Dors. ¿Ha cancelado, acaso, esa petición?

—No.


Entonces, eso quiere decir que debes continuar con tu protección. Y yo quiero tu protección.

¿Contra qué? Ahora cuentas con la protección de Hummin, tanto como Demerzel, como Daneel, y seguro que no necesitas más.

Si tuviera la protección de cada persona y de cada fuerza de la Galaxia, seguiría necesitando la tuya.

Entonces, no me quieres para la psicohistoria. Me quieres para protegerte.

—¡No! —exclamó Seldon, sombrío—. ¿Por qué distorsionas mis palabras? ¿Por qué me obligas a decirte lo que ya debes saber? No te quiero ni para protegerme, ni por la psicohistoria. Todo eso es una excusa que he utilizado, como cualquier otra. Te quiero a ti..., sólo a ti. Y si quieres saber la verdadera razón, es porque tú eres tú.

—Ni siquiera me conoces.

Carece de importancia. Me da lo mismo... No obstante, te conozco en cierto modo. Mejor de lo que tú piensas.

—¿De veras?



Por supuesto. Obedeces órdenes y arriesgas tu vida por mí sin vacilar y sin aparente preocupación por las consecuencias. Aprendiste rápidamente a jugar al tenis. Aprendiste a utilizar las navajas mucho más de prisa y te manejaste perfectamente en tu lucha contra Marrón. Inhumanamente..., si me permites decirlo así. Tus músculos son asombrosamente fuertes y, al igual que tus reacciones, asombrosamente rápidas. Sabes cuándo una habitación está sometida a escuchas y puedes ponerte en contacto con Hummin de algún modo que no precisa instrumentos.

—¿Y qué piensas de todo esto? —preguntó Dors.



He pensado que Hummin, en su capacidad de R. Daneel Olivaw, tiene una tarea imposible. ¿Cómo puede un robot dirigir el Imperio? Necesita ayudantes.

Es obvio. Millones, diría yo. Yo soy uno de ellos. Tú eres otro ayudante. El pequeño Raych lo es también.

Tú eres un ayudante distinto.

¿En qué forma? Hari, dilo. Si te oyes decirlo, tú mismo te darás cuenta de lo insensato de tu pensamiento.

Seldon la miró largamente.



No voy a decirlo..., porque no me importa —musitó.

¿De verdad no te importa? ¿Deseas tomarme tal como soy?

Te tomaré como debo. Eres Dors. Si eres algo más, no quiero a nadie más que a ti en todo el mundo.

Hari —dijo Dors, con dulzura—. Yo deseo lo mejor para ti debido a lo que soy. Sin embargo, siento que si yo no fuera lo que soy, seguiría queriendo lo mejor para ti. Y no creo que yo sea buena para ti.

Buena para mí o mala, me tiene sin cuidado. —Al decir esto, Hari dio unos pasos con la vista baja, como sopesando lo que iba a decir—. ¿Te han besado alguna vez, Dors?

Desde luego, Hari. Eso forma parte de las relaciones sociales, y yo vivo en esta sociedad.

¡No, no! Quiero decir, si has besado, de verdad, a algún hombre. Ya sabes, apasionadamente. —Pues sí, Hari, lo he hecho. —¿Disfrutaste? Dors titubeó.

Cuando he besado así —respondió—, he disfrutado más que si hubiera decepcionado a un hombre que me gustaba, alguien cuya amistad significaba mucho para mí. —Al llegar a este punto, Dors se ruborizó y volvió el rostro hacia otro lado—. Por favor, Hari, todo esto me resulta muy difícil de explicar.

Pero Hari, más decidido que nunca, insistió: —O sea, que besaste por motivos equivocados, para evitar lastimar los sentimientos de alguien.

Tal vez, en cierto sentido, todo el mundo hace lo mismo.

Seldon estuvo digiriendo esas palabras. —¿Has pedido tú, alguna vez, que te besen? —preguntó de repente.

Dors, como si repasara su vida pasada, esperó unos instantes.

—No —respondió.



O, una vez besada, ¿deseaste ser besada de nuevo? —No.

¿Te has acostado alguna vez con un hombre? —insistió con voz sorda, desesperadamente.

Desde luego. Ya te lo he dicho. Esas cosas forman parte de la vida.

Hari la agarró por los hombros como si fuera a sacudirla:

Pero, ¿has sentido alguna vez el deseo, la necesidad de este tipo de acercamiento con una persona en especial? Dors, ¿has sentido amor alguna vez?

Dors levantó la cabeza con lentitud, y miró al fondo de los ojos de Seldon.

—Lo siento, Hari, pero no.

Seldon la atrajo hacia sí, rodeándola con sus brazos.

Entonces, Dors colocó con suavidad sus manos en los brazos de Seldon.

O sea, Hari. Ya ves que, en realidad, no soy la mujer que tú quieres.

La cabeza de Seldon se inclinó y miró fijamente el suelo. Sopesaba la cuestión con suma atención y trataba de pensar con racionalidad. Entonces, renunció. Él quería algo, y lo que quería estaba más allá de sus pensamientos y más allá de la razón. Alzó la mirada.

Dors, amor mío, incluso eso, ¡no me importa!

La rodeó con sus brazos y acercó su rostro al de ella, despacio, esperando que Dors elevara el suyo hacia él, hasta que casi se rozaban.

Dors no hizo movimiento alguno y Seldon la besó, despacio, suave, apasionadamente..., y los brazos femeninos se cerraron con fuerza alrededor de su cuello.



Cuando él separó sus labios ligeramente de los de ella, Dors le miró con ojos que la sonrisa entrecerraba.

—Bésame de nuevo, Hari... Por favor.



FIN


* Todas las citas de la Enciclopedia Galáctica reproducidas aquí proceden de la Edición 116, publicada el 1020 por la Enci­clopedia Galáctica Publishing Co., Terminus, con permiso de los editores.

1 Wye = sector y Why = ¿por qué?, se pronuncian casi igual, de ahí la confusión de Seldon.

2 El nido.

3 En inglés, los objetos y los animales tienen un pronom­bre personal (It) distinto al del hombre (He); de ahí lo expre­sado por Hummin





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