Preludio a la Fundación



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R. Daneel Olivaw hablaba sin levantar la voz, pero a Seldon le pareció notar un cambio sutil, como si ahora que no tenía que representar ningún papel, se expresara con mayor facilidad.

En veinte mil años —explicó Daneel—, nadie ha adivinado que yo fuera un robot, cuando no era mi intención que él o ella lo supieran. En parte, porque los seres humanos abandonaron los robots hace tanto tiempo, que muy pocos recuerdan que, en tiempos, hubieran existido. Y, en parte, porque tengo la habilidad de detectar y afectar las emociones humanas. Esta detección no me preocupa, pero afectar las emociones es difícil para mí por razones que tienen mucho que ver con mi naturaleza robótica..., aunque puedo hacerlo cuando quiero. Tengo esta capacidad, pero he de luchar contra mi propia voluntad para no hacerlo. Siempre trato de no interferir, excepto cuando no me queda más remedio. Y, si lo hago, procuro limitarme a reforzar, lo menos posible, lo que ya existe. Si puedo conseguir mi propósito sin hacerlo, lo evito.

»No fue necesario intervenir con Amo del Sol Catorce para que os aceptara; lo llamo «intervenir», lo habrás notado, porque es algo que me desagrada hacer. No tuve que intervenir con él porque me debía muchos favores y es un hombre honorable, pese a todas aquellas peculiaridades que observaste en él. Sí que intervine la segunda vez, cuando cometiste sacrilegio a sus ojos, pero no me costó mucho. A él le desagradaba entregaros a las autoridades imperiales, que no le gustan. Simplemente, exageró un poco su disgusto y os entregó a mi cuidado, aceptando los argumentos que le ofrecí, que, de lo contrario, no hubiera tenido en cuenta.

«Tampoco intervine excesivamente contigo. También desconfiabas de los imperiales. Así piensan, hoy en día, muchos seres humanos, lo que resulta un factor importante en la caída y deterioro del Imperio. Y mucho más importante: te sentías orgulloso de la psicohistoria como concepto, orgulloso de que se te hubiera ocurrido pensar en ello. No te hubiera importado que se demostrara que era una disciplina práctica. Esto hubiera alimentado tu orgullo aún más.

Seldon frunció el ceño.



Perdona, Mr. Robot —protestó—, ¡ pero no creo que yo sea tal monstruo de orgullo!

No estoy diciendo que seas ningún monstruo de orgullo. Eres perfectamente consciente de que dejarse llevar por el orgullo no es útil ni admirable, así que tratas de dominarlo. Lo mismo podría desagradarte ser dominado por el latido de tu corazón. No puedes evitar ni uno ni otro. Aunque ocultes tu orgullo a tus propios ojos en bien de tu tranquilidad mental, a mí no puedes ocultármelo. Ahí está, por más que tú lo disimules. Y yo no hice más que reforzarlo un poquito, y al momento te sentiste dispuesto a huir de Demerzel, acto que, un poco antes, habrías rechazado. Y sentiste ansia por trabajar en la psicohistoria con una intensidad que un poco antes habrías despreciado.

»No hubo necesidad de tocar nada más y así, tú solo, has razonado el robotismo. De haber previsto tal posibilidad, pude haberlo impedido, pero mi previsión y mis habilidades no son infinitas. Aunque, en verdad, tampoco lamento haber fracasado. Tus argumentos han sido excelentes y es importante que sepas quién soy, y que me sirva de lo que soy para ayudarte.

»Las emociones, mi querido Seldon, son un poderoso motor de las acciones humanas, bastante más poderoso de lo que los mismos seres humanos creen, y no te puedes imaginar cuánto puede hacerse con una mera presión, ni lo que me disgusta hacerlo.

Seldon respiraba con fuerza, disgustado por verse como un hombre empujado por el orgullo.

—¿Por qué ese disgusto? —preguntó al robot.



Porque sería fácil que me excediera. Tuve que impedir que Rashelle convirtiera al Imperio en una anarquía feudal. Yo podía haber doblegado mentes rápidamente, y el resultado hubiese sido un levantamiento sangriento. Los hombres son hombres..., y los generales de Wye son casi todos hombres. No se necesita mucho para despertar resentimiento y el latente miedo a las mujeres en todo hombre. Es un asunto biológico que yo, como robot, no puedo comprender del todo.

»No tuve más que forzar el sentimiento para provocar el fracaso del plan de Rashelle. Si me hubiera extralimitado un milímetro de más, habría perdido lo que quería..., un aplastamiento de la revuelta sin sangre. Sólo deseaba que no opusieran resistencia cuando llegaran mis tropas.

Daneel hizo una pausa, como tratando de elegir sus palabras.

—No deseo meterme con la matemática de mi cerebro positrónico —continuó diciendo—. Es más de lo que puedo entender, aunque quizá no más de lo que tú pudieras si te empeñaras en ello. No obstante, estoy gobernado por las Tres Leyes de la Robótica que, traducidas en palabras, son tradicionalmente, o lo fueron hace mucho tiempo, las siguientes:



»Una. Un robot no debe lastimar a un ser humano ni, por inacción, permitir que un ser humano sufra daños.

»Dos. Un robot tiene que obedecer las órdenes dadas por los seres humanos, excepto cuando estas órdenes entren en conflicto con la Primera Ley.

»Tres. Un robot debe proteger su propia existencia, siempre y cuando dicha protección no entre en conflicto con las Primera y Segunda Leyes.

»Pero yo tuve un amigo..., hace veinte mil años. Otro robot. No como yo. No se le podía confundir con un ser humano; sin embargo, él era el que poseía los poderes mentales y fue a través suyo como yo gané los míos. Le pareció que debía establecerse una ley general por encima de las Tres Leyes. La llamó la Ley Zeroth, puesto que el cero viene antes del Uno. Es la siguiente:

»Cero. Un robot puede no lastimar a la Humanidad ni, por inacción, permitir que la Humanidad sufra daños.

»Así que la Primera Ley debería decir:

»Una. Un robot puede no lastimar a un ser humano o, por inacción, permitir que un ser humano se lastime, excepto cuando estas órdenes entraran en conflicto con la Ley Zeroth.

»Y las demás Leyes deben ser igualmente modificadas. ¿Comprendes? —Daneel pareció esperar ansioso la respuesta de Seldon.

—Lo comprendo —dijo éste.



El problema, Hari, está en que el ser humano es fácil de identificar. Puedo señalarte alguno. Es fácil ver qué lastimará a un ser humano y qué no lo hará; relativamente fácil, por lo menos. Pero, ¿qué es la Humanidad? ¿Qué podemos indicar cuando hablamos de la Humanidad? ¿Cómo podemos definir el concepto de «daño a la Humanidad»? ¿Cuándo, una serie de acciones, hará más bien que mal a la Humanidad como un todo, y cómo puede uno saberlo? El robot que presentó como primera la Ley Zeroth, murió..., quedó permanentemente desactivado porque fue forzado a una actuación que, a su entender, salvaría a la Humanidad, pero que no podía tener la seguridad de que la salvara. Por ello, quedó desactivado, dejando en mis manos el cuidado de la Galaxia.

«Desde entonces, lo he intentado. He intervenido lo menos posible, confiando en los propios seres humanos para que juzgaran lo que era por su bien. Ellos podían juzgar; yo, no. Podían confundir su meta; yo, no. Podían dañarse involuntariamente unos a otros o a ellos mismos; yo me desactivaría si lo hiciera. La Ley Zeroth no admite daño involuntario.

«Pero, a veces, me he visto obligado a emprender alguna acción. Que siga funcionando aún, significa que he sido discreto y moderado. No obstante, cuando el Imperio ha empezado a degenerar y desmembrarse, he tenido que intervenir con más frecuencia desde hace unas décadas. Ahora, que tengo que representar el papel de Demerzel, he de esforzarme por gobernar de tal forma que impida la ruina..., pero, a veces, sigo funcionando.

«Cuando presentaste tu comunicación en la Convención Decenal, me di cuenta al instante de que en la psicohistoria teníamos una herramienta que haría posible identificar lo que era bueno y malo para la Humanidad. Con ella, las decisiones no serían tomadas a ciegas. Incluso, yo podría llegar a confiar en los seres humanos para que tomaran sus propias decisiones y volver de nuevo a reservarme para las grandes emergencias. Así que arreglé con rapidez el que Cleon se enterara de tu discurso y te llamara a su presencia. Luego, cuando oí tu negativa sobre el valor de la psicohistoria, me sentí obligado a pensar en algún medio de hacer que lo intentaras al menos. ¿Lo comprendes, Hari?

—Lo comprendo, Hummin —dijo Seldon, algo más que desanimado.

Para ti, debo seguir siendo Hummin, en las raras ocasiones en que pueda verte. Te proporcionaré toda la información que poseo si es algo que precises, y en mi persona de Demerzel, encontrarás toda la protección que pueda darte. Como Daneel, jamás hables de mí.

Nunca lo haría —se apresuró a asegurar Seldon—. Dado que necesito tu ayuda, no quisiera arruinar las cosas entrometiéndome en tus planes.

Sí, sé que no querrías hacerlo. —Daneel sonrió, cansado—. Después de todo, eres lo bastante orgulloso como para querer todo el mérito por tu psicohistoria. No querrías que nadie supiera... jamás... que necesitabas la ayuda de un robot.

Seldon se ruborizó.

—Yo no...

Lo eres, aunque lo ocultes cuidadosamente a tus propios ojos. Y es importante, porque estoy poniendo un mínimo refuerzo a esta emoción secreta tuya para que nunca puedas hablar de mí a otros. Ni siquiera se te ocurrirá que puedes hacerlo.

—Sospecho que Dors sabe...



Sabe quién soy. Tampoco ella puede hablar de mí a otros. Ahora que ambos conocéis mi naturaleza, podéis hablar con libertad de mí entre vosotros, pero a nadie más.

Daneel se puso en pie.

Hari, ahora tengo que hacer mi trabajo. Dentro de poco, tú y Dors seréis devueltos al Sector Imperial.

—El niño Raych debe ir conmigo. No puedo abandonarle. Y hay un joven dahlita, llamado Yugo Amaryl...



Lo comprendo. Raych irá también y puedes hacer lo que quieras con tus amigos. Todos vosotros seréis tratados debidamente. Y trabajarás en tu psicohistoria. Tendrás un equipo. Dispondrás de las computadoras necesarias y de todo el material de referencia. Yo «intervendré» tan poco como me sea posible y, si hay cierta resistencia en tus puntos de vista que no llegara al extremo de poner en peligro la misión, tendrás que resolverlo tú solo.

¡Espera, Hummin! —dijo Seldon, insistente—. ¿Y si después de toda tu ayuda y todos mis esfuerzos resulta que la psicohistoria no puede hacerse práctica? ¿Y si fracaso?

En tal caso —respondió Daneel—, tengo un segundo plan en marcha. Uno en el que llevo trabajando desde hace tiempo, en un mundo aparte, de forma separada. También éste es muy difícil y, en cierto modo, más radical que la psicohistoria. Puede que también yo fracase, pero hay más probabilidades de éxito si tenemos dos caminos abiertos, que si sólo hubiera uno.

«¡Acepta mi consejo, Hari!. Si llega el momento en que encuentras algún dispositivo que pueda actuar en evitación de que ocurra lo peor, intenta ver si puedes encontrar dos, de esa forma, si uno falla, el otro puede seguir. El Imperio debe ser afianzado o reconstruido sobre una nueva fundación. Procura, si te es posible, que haya dos, será mucho mejor que uno.



«Ahora, debo regresar a mi trabajo habitual y tú debes volver al tuyo. No temas, nos ocuparemos de ti.

Con una última inclinación, se levantó y salió.

Seldon miró cómo se alejaba y dijo en un murmullo:

—Primero, debo hablar con Dors.





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