Preludio a la Fundación



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Fue como si se hallaran sentados en una pequeña Universidad propia. Allí, en pleno Wye, con el Ejército desarmado por las Fuerzas Imperiales, guardaban silencio. Allí, en medio de los acontecimientos que todo Trantor, y quizá toda la Galaxia contemplaba, estaba esa diminuta burbuja de total aislamiento, dentro de la cual, Seldon y Hummin libraban su juego de ataque y defensa... Seldon tratando con todas sus ansias de forzar una nueva realidad, Hummin sin hacer nada por aceptar esa nueva realidad.

Seldon no temía ser interrumpido. Estaba seguro de que la burbuja en la que se encontraba tenía unos límites que no podían ser traspasados, que las fuerzas de Hummin, no, las del robot, mantendrían a todo el mundo a distancia hasta que el juego hubiera terminado.

Eres una persona ingeniosa, Seldon —dijo Hummin al fin—. Sin embargo, no acierto a ver por qué debo admitir que soy un robot y por qué no me queda más alternativa que hacerlo. Todo lo que has dicho puede ser verdad en cuanto a hechos: tu propio comportamiento, el de Dors, el de Amo del Sol, de los Tisalver, de los generales de Wye..., todo, todo puede haber ocurrido como has dicho, pero esto no significa que tu interpretación del sentido de los acontecimientos sea cierta. Seguro que todo lo ocurrido tiene una explicación natural. Confiaste en mí porque aceptaste lo que te dije. Dors sintió que tu seguridad era importante porque intuía que la psicohistoria era algo crucial, y eso fue así por el hecho de ser ella una historiadora. Amo del Sol y Tisalver me debían favores de los que tú nada sabes. Los generales de Wye estaban resentidos de que una mujer los gobernara. Nada más. ¿Por qué tenemos que pensar en algo sobrenatural?

Oye, Hummin, ¿crees de verdad que el Imperio se desmorona y considera realmente importante permitir que así ocurra sin hacer nada por salvarlo, o, por lo menos, por mitigar su caída?

—En efecto.

Seldon se dio cuenta de que lo decía con sinceridad.

¿Y deseas realmente que yo resuelva los detalles de la psicohistoria y sientes que tú mismo no puedes hacerlo?

—Carezco de esa capacidad.



¿Y crees que sólo yo puedo encargarme de la psicohistoria..., aunque yo a veces dude de mí mismo?

—Así es.


Y, por consiguiente, piensas que si tienes la posibilidad de ayudarme de algún modo, debes hacerlo.

—En efecto.



Los sentimientos personales..., las consideraciones de egoísmo..., ¿no tienen nada que ver?

Una leve y breve sonrisa iluminó el rostro grave de Hummin y, por un momento, Seldon percibió un inmenso y árido desierto de cansancio detrás de aquella plácida fachada que era Hummin:

He cimentado una larga carrera, sin prestar atención a los sentimientos personales o a las consideraciones egoístas.

Entonces, necesito tu ayuda. Puedo resolver la psicohistoria sobre la base de Trantor, solo, aunque sé que tropezaré con muchas dificultades. Estas dificultades creo que podré superarlas, pero cuánto más fácil me resultaría si conociera ciertos datos clave. Por ejemplo, ¿fue Tierra, o Aurora, el primer mundo de la Humanidad?, ¿o fue otro mundo distinto? ¿Cuáles eran las relaciones entre Tierra y Aurora? ¿Fue una, o ambas, que colonizaron la Galaxia? Si fueron ambas, ¿cómo se decidió? ¿Hay mundos descendientes de ambos, o sólo uno? ¿Cómo fue que los robots fueron abandonados? ¿Cómo pasó Trantor a ser el mundo Imperial, y no otro planeta? ¿Qué ocurrió, entretanto, con Tierra y Aurora? Hay un millón de preguntas que podría formular ahora mismo, y cien mil que irán surgiendo a medida que vaya avanzando. ¿Permitirás que yo siga ignorante, Hummin, y que fracase en mi tarea cuando tú podrías informarme y ayudarme a tener éxito?

Si yo fuera el robot —respondió Hummin—, ¿tendría espacio en mi cerebro para los veinte mil años de historia de millones de mundos diferentes?

—Desconozco la capacidad de los cerebros robóticos. Tampoco conozco la capacidad del tuyo. Pero, si careces de capacidad, entonces deberás tener la información que no puedes abarcar, grabada a salvo en algún lugar y de tal forma que puedas acceder a ella cuando la necesites. Si la tienes y yo la necesito, ¿cómo puedes negármela y ocultármela? Y si no me la puedes ocultar, ¿cómo puedes negar que seas un robot..., aquel robot..., el Renegado?



Seldon se echó hacia atrás y respiró profundamente.

Así que, vuelvo a preguntarte: ¿Eres aquel robot? Si quieres psicohistoria, debes admitirlo. Si te empeñas en negar que eres un robot y me convences de que no lo eres, entonces, mis probabilidades de obtener la psicohistoria se reducen muchísimo. Depende de ti. ¿Eres un robot? ¿Eres Da-Nee?

Y Hummin, tan imperturbable como siempre, respondió:

Tus argumentos son irrefutables. Soy R. Daneel Olivaw. La «R» significa «robot».



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