Preludio a la Fundación



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DORS


seldon, hari. — ... Es costumbre pensar en Han Seldon sólo en relación con la psicohistoria; verle como matemático y cambio social, personificados. Es indudable que él mismo favoreció esta idea, porque, en ningún momento de sus publicaciones serias, dio la menor explicación sobre cómo llegó a resolver los diversos problemas de la psicohistoria. Por lo que nos dice, sus saltos mentales pudieron ser captados en el aire. Tampoco nos habla de los callejones sin salida con que se encontró o los caminos equivocados que pudo haber tomado.

... En cuanto a su vida privada, está en blanco. Sobre sus padres y familiares, conocemos un montón de hechos sueltos, nada más. Su único hijo, Raych Seldon, se sabe que fue adoptado, pero también se desconoce cómo ocurrió. Sobre su esposa, sólo sabemos que existió. Es obvio que Seldon quería ser un número, excepto en lo concerniente a la psicohistoria. Fue como pensar que sintió, o que quería que se sintiera, que no vivió, sino que, simplemente, psicohistorificó.

Enciclopedia Galáctica

91


Hummin siguió sentado, tranquilo, sin mover un solo músculo, sin apartar la vista de Seldon, mientras que éste, por su parte, esperaba. Pensaba que era él, Hummin, quien debía hablar primero.

Así lo hizo Hummin, que se limitó a decir:



¿Un robot? ¿Yo? Por robot, supongo que te refieres a un ser artificial tal como el objeto que viste en el Sacratorium de Mycogen.

—No del todo.



¿No de metal? ¿No bruñido? ¿No un simulacro sin vida? —fue preguntando Hummin, sin el menor asomo lúdico.

No. Tener vida artificial no es ser de metal necesariamente. Hablo de un robot indistinguible, en apariencia, de un ser humano.

—Si es indistinguible, Hari, ¿cómo puedes distinguirlo?



No por su aspecto.

—Explícamelo.



Hummin, en el curso de mi huida de ti como Demerzel, oí hablar de dos antiguos mundos, ya te lo he dicho: Aurora y Tierra. Cada uno parecía ser considerado como el primero y único mundo. En ambos casos, se habló de robots, pero con una diferencia.

Seldon miraba pensativo al hombre que tenía sentado delante, preguntándose si, de un modo u otro, daría signos de que era menos que un hombre..., o más.

Cuando se trataba de Aurora —siguió diciendo—, se hablaba de un robot, un renegado, un traidor, alguien que había desertado de la causa. Cuando se trataba de Tierra, se hablaba de un robot como de un héroe, uno que representaba la salvación. ¿Es mucho suponer que se trataba del mismo robot?

—¿Qué? —murmuró Hummin.



Eso fue lo que pensé, Hummin. Pensé que Tierra y Aurora eran dos mundos separados, coexistentes en el tiempo. Ignoro cuál precedió al otro. Por la arrogancia y el consciente sentido de superioridad de los mycogenios, yo podía suponer que Aurora había sido el mundo original y que allí despreciaban a los terrícolas que emanaban de ellos..., o que degeneraban de ellos.

»Por el contrario, Mamá Rittah, que me habló de Tierra, estaba convencida de que éste fue el mundo original de la Humanidad y, ciertamente, la pequeña y aislada posición de los mycogenios en una galaxia de cuatrillones de gente que carece del extraño carácter de los mycogenios, podría significar que Tierra fue, en verdad, el mundo original y Aurora, su vástago aberrante. No puedo decirlo, pero te paso mi pensamiento para que tú puedas comprender mi conclusión final.

Comprendo lo que estás haciendo —asintió Hummin—. Por favor, continúa.

—Ambos mundos eran enemigos. Así nos lo dio a entender Mamá Rittah. Cuando comparo los mycogenios que parecen representar a los auroranos, con los dahlitas que parecen representar a los terrícolas, imagino que Aurora, ya fuera primera o segunda, fue, no obstante, la más avanzada, la que pudo producir robots más complicados, incluso los indistinguibles de los seres humanos, en apariencia. Ese robot fue diseñado y confeccionado en Aurora. Para la gente de Tierra, fue un héroe, así que debió haberse unido a los terrícolas. ¿Por qué hizo él esto? ¿Qué motivos le impulsaron a ello? Esto es lo que no puedo decir.



Querrás decir por qué ello3 hizo esto? ¿Qué motivos lo impulsaron a ello? —murmuró Hummin.

Tal vez sí, no lo sé bien. Teniéndote sentado frente a mí —dijo Seldon— encuentro difícil servirme de un pronombre inanimado. Mamá Rittah estaba convencida de que el robot heroico, su robot heroico, existía aún, y que él volvería cuando se le necesitara. Tuve la impresión de que no había nada imposible en la idea de un robot inmortal o, por lo menos, uno que fuera inmortal mientras sus circuitos y piezas de recambio se mantuvieran en buen uso.

—¿Incluso el cerebro? —preguntó Hummin.



Incluso el cerebro. En realidad, no sé nada sobre robots, pero me supongo que un cerebro nuevo podría ser grabado de nuevo partiendo del viejo... Y Mamá Rittah sugirió extraños poderes mentales. Entonces, yo pensé: así debe ser. En ciertos aspectos, puedo parecer un romántico, pero no lo soy tanto como para pensar que un solo robot, pasando de un mundo a otro, pueda llegar a alterar el curso de la Historia. Un robot no podía asegurar la victoria de Tierra, ni la derrota de Aurora...; a menos que hubiera algo peculiar, algo extraño, en el robot.

¿Te has parado a pensar, Hari, que tratas con leyendas, leyendas que han sido distorsionadas a lo largo de los siglos y los milenios, hasta el extremo, incluso, de extender un velo sobrenatural sobre acontecimientos totalmente corrientes? ¿Puedes llegar a creer en un robot que no sólo parezca humano, sino que también viva eternamente y tenga poderes mentales? ¿No estás, acaso, empezando a creer en lo superhumano?

—Conozco muy bien lo que son las leyendas y no soy propenso a dejarme dominar por ellas y creer en cuentos de hadas. Pero cuando están respaldadas por ciertos hechos extraños que yo he visto, e incluso experimentado...

—¿Como cuáles?

Hummin, te conocí y confié en ti desde el primer momento. Sí, me ayudaste contra aquel par de matones cuando no necesitabas hacerlo, y eso fue algo que me predispuso en tu favor, porque, en aquel momento, no me di cuenta de que estaban a tu servicio, haciendo lo que tú les habías ordenado que hicieran... Pero, dejemos esto.

No —dijo Hummin con, por fin, un tono de voz divertido.

Confié en ti. Fui convencido con suma facilidad de no regresar a casa, a Helicón, y de convertirme en un vagabundo sobre la faz de Trantor. Creí, sin discutirlo, cuanto tú me dijiste. Me puse por entero en tus manos. Ahora, volviendo la vista atrás, me veo como si yo no fuera yo. No soy persona que se deje arrastrar con facilidad; sin embargo, me arrastraste. Y lo peor es que ni siquiera me pareció raro comportarme de un modo tan contrario a mi forma de ser.

—Tú te conoces mejor, Hari.



Y no hablemos sólo de mí. ¿Cómo te explicas que Dors Venabili, una bella mujer, con carrera propia, lo abandonara todo a fin de unírseme en la huida? ¿Cómo es que arriesgaba su vida para salvar la mía pareciendo adoptar, como una especie de deber sagrado, la tarea de protegerme, y con sólo esa idea en la cabeza? ¿No ocurrió así porque tú se lo pediste?

—Sí, yo se lo pedí, Hari.



No obstante, no me parece el tipo de persona que cambie tan radicalmente su vida sólo porque alguien le pida que lo haga. Tampoco puedo creer que fuera porque se hubiera enamorado locamente de mí, a primera vista, y la pasión la arrastrara. ¡Ojalá hubiera sido así!, pero, emocionalmente, parece muy dueña de sí, y te hablo con franqueza, como yo mismo respecto de ella.

Es una mujer maravillosa —comentó Hummin—. No te censuro.

¿Cómo podía ser —prosiguió Seldon— que Amo del Sol Catorce, un monstruo de arrogancia, que dirige un pueblo intransigente y pagado de sí, estuviera dispuesto a aceptar a unos tribales como Dors y yo, y nos tratara tan bien como unos mycogenios podían tratar a alguien? Cuando quebrantamos todas las reglas, cometidos todos los sacrilegios imaginables, ¿cómo pudo ser que le convencieras aun de que nos dejara marchar?

«¿Cómo pudiste convencer a los Tisalver, con sus mezquinos prejuicios, para que nos acogieran? ¿Cómo puedes encontrarte bien en cualquier parte del mundo, ser amigo de todos, influir en cada uno, prescindiendo de sus peculiaridades individuales? Y, sobre todo, ¿cómo has conseguido manipular a Cleon también? Y si a él se le tiene por maleable y fácil de manejar, ¿cómo pudiste gobernar a su padre que, según todo el mundo, era un tirano, duro y arbitrario? ¿Cómo pudiste hacer todo eso?



«Además, hay otra cosa, ¿cómo es que Mannix IV de Wye pudo dedicar décadas a organizar un ejército sin rival, o a entrenarle para que sobresalga en todo, y, no obstante, desarticularlo cuando su hija intenta servirse de él? ¿Cómo pudiste persuadirles de que todos ellos la traicionaran, como habías hecho tú?

Puede que sólo signifique el hecho de que soy una persona hábil, acostumbrada a tratar con gente de todo tipo, que me encuentro en una buena posición por haber hecho favores a gente crucial y en disposición de hacer favores adicionales en el futuro. Nada de lo que he hecho, al parecer, es de carácter sobrenatural.

—¿Nada de lo que has hecho? ¿Ni siquiera neutralizar a todo el Ejército de Wye?



—No deseaban servir a una mujer.

Ellos tenían que saber desde hace años que, en cualquier momento en que Mannix dejara el poder, o en el caso de su muerte, Rashelle sería alcalde hereditario. No obstante, nunca mostraron señales de descontento..., hasta que tú creíste necesario que lo sintieran. Dors te describió en un momento dado como un hombre muy persuasivo. Y lo eres. Más persuasivo de lo que cualquier hombre pueda ser. Pero no eres más persuasivo de lo que un robot inmortal, con extraños poderes mentales, pudiera ser. Bien, Hummin, ¿qué me dices a esto?

¿Qué es lo que esperas de mi, Hari? ¿Que admita que soy un robot? ¿Que mi aspecto de ser humano es sólo apariencia? ¿Que soy inmortal? ¿Que soy una maravilla mental?

Seldon se inclinó hacia Hummin, sentado en la mesa, frente a él.

Sí, Hummin. Eso es lo que espero de ti. Espero que me digas la verdad, y tengo la fuerte sospecha de que esto que acabas de esbozar es la verdad. Tú, Hummin, eres el robot que Mamá Rittah llamó Da-Nee, amigo de Ba-Lee. Tienes que admitirlo. No te queda más alternativa.



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