Preludio a la Fundación



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CAÍDA


thalus, emmer. — ... Un sargento de las Fuerzas de Seguridad Armadas del Sector de Wye, en el antiguo Trantor...

... Aparte de estas estadísticas sin importancia vital, nada se sabe del hombre, excepto que, en cierta ocasión, tuvo en sus manos el destino de la Galaxia.

Enciclopedia Galáctica

87


A la mañana siguiente, el desayuno se sirvió en un gabinete cercano a las habitaciones de los tres cautivos y fue espléndido de verdad. Había enorme variedad de comida y más que suficiente de todo.

Seldon tenía ante sí una montaña de salchichas especiales, ignorando las oscuras predicciones de Dors Venabili sobre estómagos y cólicos.

—La mujer... —dijo Raych—, la Señora Alcaldesa, cuando vino a verme anoche, me...

—¿Vino a verte? —le interrumpió Seldon.

—Sí. Dijo que quería asegurarse de que estaba cómodo. También me prometió que, cuando pudiera, me llevaría a un zoológico.

—¿A un zoológico? —Seldon miró a Dors—. ¿Qué clase de «zoo» pueden tener en Trantor? ¿Gatos y perros?

Hay algún animal aborigen —explicó Dors—, y me imagino que importan aborígenes de otros mundos. también están los animales compartidos que hay en todos los mundos..., otros mundos que tienen más que Trantor. En realidad, Wye posee un zoológico famoso, quizás el mejor del planeta, después del propio «zoo» Imperial.

—Es una vieja señora estupenda —observó Raych.



No tan vieja —dijo Dors—, y nos alimenta bien.

—Algo es algo —comentó Seldon.

Cuando terminaron de desayunar, Raych se fue de exploración.

Una vez se hubieron retirado a la habitación de Dors, Seldon observó con marcado descontento:

No sé por cuánto tiempo nos dejarán tranquilos. Seguro que ha estado tramando formas de ocupar nuestro tiempo.

—En realidad, no podemos quejarnos por el momento. Estamos mucho más cómodos aquí que en Mycogen o en Dahl.

—Dors, ¿no te habrás dejado embaucar por esta mujer?

¿Yo? ¿Por Rashelle? Pues claro que no. ¿Cómo puedes pensar semejante cosa?

Bueno, estás bien instalada. Bien alimentada. Sería natural bajar la guardia y aceptar lo que la fortuna nos depara.

—Sí, muy natural. ¿Y por qué no hacerlo?



Mira, anoche estuviste diciendo lo que va a ocurrir si ella gana. Puede que yo no tenga mucho de historiador, pero estoy dispuesto a creerte, porque tus palabras eran muy sensatas, incluso para el que no es historiador. El Imperio se hará pedazos y sus astillas lucharán unas con otras por..., por,..., indefinidamente. Tiene que ser detenida.

De acuerdo —asintió Dors—. Hay que detenerla. Lo que no acabo de ver es cómo podemos hacer esta significancia ahora mismo, en esté momento... —Miró fijamente a Seldon—. Hari, anoche no dormiste, ¿verdad?

¿Y tú? —Era obvio que no había dormido.

Dors se quedó mirando, con el rostro ensombrecido por la preocupación.

¿Has estado despierto pensando en la destrucción galáctica a causa de lo que dije?

Por eso y por otras cosas. ¿Puedes ponerte en contacto con Chetter Hummin? —Esto último lo preguntó en un murmullo.

Intenté ponerme en contacto con él cuando tuvimos que esquivar la detención, en Dahl. Y no vino. Estoy segura de que recibió el mensaje, aunque no acudiese. Puede ser que, por diversas razones, no pudiera hacerlo, pero lo hará tan pronto como le sea posible.

—¿Supones que puede haberle ocurrido algo?

—No —respondió Dors, paciente—. No lo creo.

—¿Cómo podemos saberlo?



De un modo u otro su aviso me llegaría. Estoy segura. Y no me ha llegado nada.

Seldon frunció el ceño.



No tengo tanta confianza como tú —insistió—. La verdad, es que no tengo la menor confianza. Incluso si Hummin viniera, ¿qué puede hacer en este caso? No puede luchar contra todo Wye. Si tienen, como Rashelle presume, el Ejército mejor organizado de Trantor, ¿qué podría hacer él contra esas Fuerzas?

Es inútil discutirlo. ¿Crees que podrías convencer a Rashelle, meterle en la cabeza, de un modo u otro, que no tienes aún la psicohistoria?

Estoy seguro de que sabe que no la tengo aún y de que voy a tardar muchos años en conseguirla..., suponiendo que la consiga. Pero ella dirá que la tengo, y si lo hace con suficiente habilidad, la gente la creerá y, con el tiempo, obrarán de acuerdo con lo que les comunique como mis predicciones y pronunciamientos..., incluso si yo no digo una sola palabra.

Pero tardará cierto tiempo. No puede montar tu tinglado en una noche. Ni en una semana. Para hacerlo como es debido, debería tardar un año.

Seldon paseaba de una punta a otra de la habitación, girando bruscamente sobre los talones y volviendo a repetir el paseo.

Puede que sí —musitó—, pero no lo sé. La presionarán para que haga las cosas de prisa. No me parece el tipo de mujer que haya cultivado el hábito de la paciencia. Y su anciano padre, Mannix IV, estará más impaciente aún. Debe presentir la cercanía de la muerte y, si toda su vida ha luchado por esto, preferirá verlo conseguido una semana antes de su muerte, que una semana después. Además... —Hizo una pausa y miró a su alrededor.

—Además, ¿qué? —preguntó Dors.



Pues que necesitamos tener nuestra libertad. Verás, he resuelto el problema de la psicohistoria.

Dors abrió los ojos.

—¿De veras? ¡Lo has resuelto!

No lo he resuelto del todo. Pero ahora sé que es práctica, no teórica. Sé que puede hacerse, así que necesito disponer de tiempo, de paz y de tranquilidad para trabajar. El Imperio debe mantenerse unido hasta que yo, o posiblemente mis sucesores, aprendan cómo mejor conservarlo, o cómo minimizar el desastre si se divide pese a nuestros esfuerzos. La idea de tener que empezar mi trabajo y no ver cómo podía hacerlo, fue lo que me mantuvo despierto anoche.

88


Era su quinto día en Wye, por la mañana, y Dors ayudaba a Raych a vestirse con ropa de ceremonia, con la que ni uno ni otra estaban familiarizados.

Raych se contempló dubitativo en el holoespejo y vio una imagen reflejada en él que lo miraba fijamente, imitando todos sus movimientos, aunque sin ninguna inversión de derecha o izquierda. Raych nunca hasta entonces se había servido de un holoespejo y se sentía incapaz de evitar tocarlo, luego se reía, casi avergonzado, cuando la mano de la imagen trataba inútilmente de llegar a su cuerpo real.

—Estoy raro —dijo al fin.



Miró su casaca, hecha de un material muy flexible, con un fino cinturón de filigrana; luego, pasó las manos por un cuello tieso que se alzaba como una corola más allá de las orejas, por ambos lados.

—Mi cabeza parece una pelota dentro de un bol.



Pero éste es el tipo de ropa que llevan los niños ricos de Wye. Todo el que te vea te admirará y te envidiará.

—¿Con mi cabello todo aplastado?

—Claro. Llevarás este sombrero redondo.

—Mi cabeza se parecerá aún más a una pelota.



No dejes que nadie te la golpee. Ahora, recuerda bien lo que te he dicho. No pierdas la calma y no te portes como un niño.

Pero si soy un niño —protestó, mirándola con expresión inocente.

Me sorprende oírtelo decir. Estoy segura de que te consideras un adulto de doce años.

Raych se rió.

—Está bien. Seré un buen espía.

Eso no es lo que te he pedido. No te arriesgues. No te escondas detrás de las puertas para escuchar. Si te atraparan, no nos ayudarías a nadie..., en especial a ti mismo.

¡Bah, venga, señora! ¿Qué se ha creído que soy? ¿Un niño o algo así?

—Tú mismo lo has dicho hace un momento, ¿no es así, Raych? Debes escuchar todo lo que se dice sin parecer que lo haces. Y acuérdate bien de lo que oigas. Y cuéntanoslo después. Es bastante fácil.



Bastante fácil para usted decirlo, doctora Venabili —dijo Raych con un guiño—, y bastante fácil para mí hacerlo.

—Ten cuidado.

Raych le guiñó un ojo.

—¡Y que lo diga!



Un lacayo (tan fríamente y mal educado como sólo un lacayo arrogante puede serlo) acudió a recoger a Raych para acompañarlo a donde Rashelle lo esperaba.

Seldon los vio alejarse, pensativo.



Probablemente no verá el zoológico, sino que lo escuchará todo sin perder palabra. No sé si está bien que metamos al niño en semejante peligro.

¿Peligro? Lo dudo. Recuerda que Raych se ha criado en el arroyo de Billibotton. Supongo que tiene más recursos que tú y yo juntos. Además, Rashelle le tiene un cariño especial e interpretará a su favor todo lo que él haga... Pobre mujer.

¿Acaso la compadeces, Dors?

¿Quieres decir que no merece simpatía por el hecho de ser hija de un alcalde, considerarse alcaldesa por derecho propio, y estar decidida a destruir el Imperio? Quizá tengas razón, pero, pese a todo, hay aspectos en ella por los que uno puede mostrar simpatía. Por ejemplo, tuvo un amor desgraciado. Eso es evidente. Indudablemente, se le partió el corazón..., durante un cierto tiempo, por lo menos.

—¿Has tenido alguna vez un amor desgraciado, Dors?

Dors lo estuvo pensando.

Creo que no —respondió—. Estoy demasiado sumida en mi trabajo para que se me parta el corazón.

—Ya me lo figuraba.

Entonces, ¿por qué me lo has preguntado?

—Podía haberme equivocado.

—Han pasado cinco días —dijo Seldon, después de una pausa— y no hemos sabido nada.

—Excepto que nos tratan muy bien, Hari.



Si los animales pudieran hablar y pensar, dirían que están bien tratados cuando, en realidad, están siendo engordados para ser sacrificados.

Admito que ella está cebando al Imperio para la matanza.

—Pero, ¿cuándo?

—Supongo que lo hará cuando ella se crea preparada.

Presumió de que no tenía problema para completar el golpe en un día, y la impresión que a mí me dio fue que podía llevarlo a cabo en cualquier día.

—Incluso si eso fuera cierto, ella querría estar segura de poder cortar de raíz la reacción Imperial, y eso tiene que llevarle algún tiempo.



¿Cuánto tiempo? Pretende impedir esa reacción Imperial, pero no hace ningún esfuerzo por conseguirlo. No hay indicios de que me esté dando ninguna importancia ante los demás. Vaya por donde vaya en Wye, nadie me reconoce. No hay masas de gente que me vitoreen. Nada sobre mí en las holonoticias.

Dors sonrió.



Uno podría llegar a suponer que te duele que no te consideren famoso. Eres un ingenuo, Hari. O no eres historiador, lo cual viene a ser casi lo mismo. Creo que deberías sentirte más contento de que el estudio de la psico-historia hará de ti un historiador, que de poder salvar al Imperio, Si todos los seres humanos comprendieran la Historia, podrían dejar de cometer los mismos estúpidos errores una y otra vez.

¿Por qué dices que soy un ingenuo? —preguntó Seldon mirándola por encima de la nariz.

No te ofendas, Hari. Creo que, en realidad, es uno de tus mayores atractivos.

Lo sé. Despierta tu instinto maternal y además se te ha pedido que cuides de mí. ¿En qué soy un ingenuo?

Al pensar que Rashelle trataría de hacer propaganda entre la gente del Imperio, en general, para que te aceptaran como vidente. De ese modo, ella no conseguiría nada. Es muy difícil poner rápidamente en marcha a cuatrillones de gente. Existe una inercia social y psicológica, así como una inercia física. Y, mostrándose a descubierto, no haría sino alertar a Demerzel.

—Entonces, ¿qué está haciendo?

—Sospecho que la información sobre ti (debidamente exagerada y glorificada) es servida a unos pocos importantes: a los virreyes de Sectores, almirantes de las flotas, esas personas influyentes por las que ella se cree mirada con estimación..., o que miran malignamente al Emperador. Un centenar, más o menos, de los que pueda fiarse lograran causar confusión entre los leales el tiempo necesario para que Rashelle I se permita montar su Nuevo Orden con la suficiente firmeza para resistir cualquier oposición que pudiera surgir. Por lo menos, así es como creo que ella razona.

—Entretanto, nada sabemos de Hummin.



Pero tengo la seguridad de que estará haciendo algo. Esto es demasiado importante para ignorarlo.

—¿No has pensado que pudiera estar muerto?



Es una posibilidad, pero no lo creo. Si lo estuviera, me habría llegado la noticia.

—¿Aquí?


—Incluso aquí.

Seldon levantó las cejas, pero no dijo nada.



Raych volvió a última hora de la tarde, feliz y excitado, con descripciones de monos y de seres bakarianos, y acaparó la conversación durante toda la cena.

Sólo después, cuando ya estuvieron en sus habitaciones, Dors preguntó:

Ahora, cuéntame lo que ocurrió con la Señora Alcaldesa, Raych. Dime todo lo que hizo o dijo que tú creas que debemos saber.

Una cosa... —exclamó Raych, iluminándosele el rostro—, y apuesto a que por eso no ha venido a cenar.

—¿Qué cosa?



El zoo estaba cerrado, excepto para nosotros. Había mucha gente... Rashelle y yo, y toda clase de tíos de uniforme y mujeres muy elegantes y así. Entonces, un tío de uniforme..., un tío diferente, que no estaba allí antes, llegó hacia el final y dijo algo a Rashelle en voz baja, y ella se volvió a la gente y con la mano les indicó que no tenían que moverse, y la gente no lo hizo. Y se apartó un poco con ese tío nuevo, para hablar con él y que nadie los oyera. Sólo que yo me hice el distraído, seguí mirando las jaulas y me acerqué a Rashelle, así pude oír lo que decía: «¿Cómo se atreven?», preguntaba, como si estuviera furiosa. Y el tío de uniforme parecía nervioso. Yo sólo los veía de refilón porque figuraba que estaba contemplando a los animales, así que lo más que oí fueron palabras sueltas. Él dijo que alguien, no me acuerdo del nombre, pero era un general o algo así. Dijo que ese general dijo a los oficiales que él había jurado religión al viejo, al padre de Rashelle...

—Adhesión —le corrigió Dors.



Algo así, y que ellos estaban nerviosos por hacer lo que la mujer decía. Dijo que querían al viejo, o nada. Que si estaba demasiado enfermo para ser Alcalde, buscaran a otro, pero que no querían a una mujer.

¿No una mujer? ¿Estás seguro?

Eso es lo que él dijo. Se lo contó en un murmullo. Estaba muy nervioso, y ella tan furiosa, que casi no podía hablar. Entonces ella gritó: «Me lo cargaré.» Mañana todos le jurarán fidelidad y el que se niegue, sea quien sea, «lo lamentará antes de que haya pasado una hora». Es exactamente lo que ella dijo. Y se acabó el paseo, y volvimos todos, y no volvió a hablarme en todo el tiempo. Permaneció sentada, enfadada y furiosa.

—Bien —dijo Dors—. No le cuentes esto a nadie, Raych.

—Claro que no. ¿Es lo que usted quería?

Precisamente, lo que yo quería. Lo has hecho muy bien, Raych. Ahora, vete a tu cuarto y olvídate de todo. Ni siquiera pienses en ello.

Una vez Raych hubo salido, Dors se volvió hacia Seldon.



Muy interesante —comentó ella—. Las hijas han sucedido a los padres, o a las madres, y han sido alcaldesas u otros cargos importantes en diferentes ocasiones. Ha habido Emperatrices reinantes, como indudablemente sabes, y no recuerdo que en toda la Historia se haya cuestionado nunca si las servían o no. Y eso me hace pensar, ¿por qué, precisamente ahora, en Wye, surge el problema?

—¿Por qué no? —observó Seldon—. Hace poco hemos estado viviendo en Mycogen, donde las mujeres no cuentan para nada y no pueden ostentar cargos ni dignidades por insignificantes que éstos sean.



Sí, por supuesto, pero eso representa una excepción. Hay otros lugares en los que las mujeres dominan. No obstante, en su mayor parte, el Gobierno y el poder han estado más o menos equilibrados entre ambos sexos. Si hay más hombres que tienden a ocupar altos cargos, suele ser debido a que las mujeres tienden a verse más sujetas, biológicamente, a los hijos.

—Pero, ¿cuál es la situación de Wye?



Equisexual, por lo que yo sé. Rashelle no dudó en asumir el poder mediante la Alcaldía, y me imagino que el viejo Mannix no vaciló en cedérselo. Y ahora se ha sentido sorprendida y furiosa al encontrarse con la oposición de los hombres. No podía esperar algo así.

Estás encantada con todo esto, ¿verdad? —preguntó Seldon—. ¿Por qué?

Muy sencillo. Se trata de algo tan poco natural, que debe ser provocado, y me imagino que Hummin tiene algo que ver con esa provocación.

—¿Piensas eso?

—Sí.

—¿Sabes una cosa?, yo también.


89


Era su décimo día en Wye y por la mañana. La señal de la puerta de Hari Seldon sonó mientras la voz excitada de Raych gritaba del otro lado:

—¡Señor, señor! ¡Es la guerra!



Seldon tardó unos segundos en despejarse, despertar del todo y saltar de la cama. Temblaba ligeramente (los wyeianos preferían sus domicilios más bien fresquitos, lo había descubierto a poco de llegar), cuando fue a abrir la puerta.

Raych entró de un salto, con los ojos muy abiertos, excitado.

¡Doctor Seldon, tienen a Mannix, el viejo alcalde! ¡Ellos tienen...!

¿Quiénes tienen, Raych? —le interrumpió Seldon.

Los Imperiales. Sus jets llegaron anoche de todas partes. Las holonoticias están diciéndolo todo ahora. Las hemos oído en el cuarto de la señora. Dijo que le dejara dormir, pero yo he pensado que usted querría saberlo.

—Y tenías razón —declaró Seldon, entreteniéndose sólo para echarse un albornoz por encima y precipitarse a la habitación de Dors.

Ella se encontraba vestida del todo y contemplaba el holoproyector.

Sentado al otro lado de una mesa, había un hombre, con la insignia de la Nave y el Sol en la parte izquierda de su guerrera. A ambos lados suyos, dos soldados, también con la misma insignia, se mantenían de pie, armados. El oficial iba diciendo:

—... Se halla bajo control pacífico de su Majestad Imperial. El Alcalde Mannix está a salvo, bien y en plena posesión de sus funciones de alcalde bajo la protección de las tropas Imperiales. No tardará en encontrarse ante vosotros para tranquilizar a todos los habitantes de Wye y pedir a sus tropas que depongan las armas.



Había otras holonoticias por parte de periodistas con voces indiferentes, todos ellos con la insignia Imperial en los brazaletes. Las noticias eran siempre las mismas: la rendición de ésta u otra unidad de las Fuerzas de Seguridad de Wye, tras disparar unas pocas ráfagas para que quedara patente... Otras veces, sin ninguna resistencia. Ese centro ciudadano y aquel otro estaban ocupados... Y mostraban repetidas vistas de la muchedumbre contemplando, sombría, cómo las Fuerzas Imperiales desfilaban por las calles.

Ha sido perfectamente ejecutado, Hari —comentó Dors—. Una sorpresa completa. No han tenido ni la oportunidad de resistirse y no se ha presentado ninguna de las consecuencias.

El alcalde, Mannix IV, apareció en la pantalla, tal como les habían prometido. Se mantenía erguido y, tal vez para salvar las apariencias, no había Imperiales a la vista, aunque Seldon estaba casi seguro de que un número adecuado de ellos se encontraba presente, fuera del alcance de la cámara.

Mannix era viejo, pero su fuerza, aunque disminuida, seguía siendo aparente. Sus ojos no miraron a la holocámara y sus palabras fueron pronunciadas como si alguien le estuviera obligando, mas, de acuerdo con lo prometido, aconsejó a los habitantes de Wye que mantuvieran la calma, que no ofrecieran resistencia, que mantuvieran Wye a salvo de cualquier daño y que cooperaran con el Emperador, quien, era de esperar, seguiría en el trono durante mucho tiempo.

No ha mencionado a Rashelle —comentó Seldon—. Es como si su hija no existiera.

Nadie la ha mencionado y este lugar, que es después de todo, su residencia, o una de ellas, no ha sido atacado.

Incluso si consigue huir y refugiarse en algún Sector vecino, dudo de que se encuentre a salvo en Trantor por mucho tiempo.



Tal vez no —oyeron que decía una voz—, pero creo que seguiré aquí a salvo por un tiempo.

Rashelle entró. Iba correctamente vestida, y parecía muy tranquila. Incluso sonreía, aunque no era una sonrisa alegre, sino más bien un rictus que dejaba los dientes al descubierto.

Los tres la miraron sorprendidos durante unos segundos, y Seldon se preguntó si le quedaría alguno de sus sirvientes o si habían desertado al menor signo de adversidad.

Veo, Señora Alcaldesa —dijo Dors con cierta frialdad—, que sus esperanzas de un golpe de Estado no han podido cumplirse. En apariencia, ellos se le han adelantado.

No se me han adelantado. Me han traicionado. Mis oficiales han sido manejados y, contra toda la Historia, y todo lo racional, se han negado a luchar por una mujer, y sí por su anciano amo. Y, traidores como son, han dejado que su anciano amo fuera apresado de forma que no pueda dirigirles en la resistencia.

Buscó una silla y se sentó.



Y, ahora, el Imperio continuará su decadencia y acabará muriendo, mientras que yo estaba preparada para darle nueva vida.

Creo —observó Dors— que el Imperio ha evitado un período indefinido de inútil lucha y destrucción. Que esto le sirva de consuelo, Señora Alcaldesa.

Pero Rashelle pareció no oírle.



Tantos años de preparación destruidos en una noche. —Se quedó allá sentada, vencida, descorazonada, como si hubiera envejecido veinte años.

No puede haber sido hecho en una sola noche —dijo Dors—. Sobornar a sus oficiales, si ocurrió así, tuvo que ser labor de mucho tiempo.

En eso, Demerzel es un maestro y ha quedado claro que le subestimé. ¿Cómo lo hizo? Lo ignoro. Quizá por medio de amenazas, dinero, argumentos falsos y suaves... Es un maestro en el arte de la traición y el disimulo... Yo hubiera debido darme cuenta. Calló durante unos instantes y, después, prosiguió—: Si, por su parte, sólo hubiera empleado la fuerza, yo no hubiera tenido problemas para destruir todo cuanto se nos opusiera. ¿Quién podía pensar que Wye sería traicionado, que un juramento de lealtad podía olvidarse con tanta facilidad?

Seldon, maquinalmente racional, objetó:



Pero supongo que el juramento fue hecho a su padre no a usted.

¡Tonterías! —protestó Rashelle vigorosamente—. Cuando mi padre me cedió la alcaldía, como dentro de la legalidad podía hacer, automáticamente, me traspasó todos los juramentos de lealtad que se le habían hecho a él. Existe un amplio precedente de ello. Es costumbre que el juramento se repita ante el nuevo gobernante, pero no es más que una ceremonia y no un requisito legal. Mis oficiales lo sabían; sin embargo, han preferido olvidarlo. Emplean el hecho de que yo sea una mujer como excusa porque tiemblan de miedo ante la venganza imperial, la cual nunca les habría alcanzado si se hubieran mantenido firmes, o se estremecen en espera de las recompensas prometidas, recompensas que jamás verán..., si conozco a Demerzel.

De repente, se volvió hacia Seldon.



Es a ti a quien quiere, ¿sabes? Demerzel nos atacó por ti.

—¿Por qué por mí? —preguntó Seldon, sobresaltado.



¡No seas tonto! Por la misma razón que te quería yo: para utilizarte como instrumento, desde luego —suspiró—. Al menos, no he sido traicionada del todo. Todavía me quedan soldados leales... ¡Sargento!

El sargento Thalus entró con paso cauto y silencioso que parecía incongruente, dado su tamaño. Su uniforme aparecía impecable; su largo bigote rubio, perfectamente rizado.

Señora Alcaldesa —dijo, cuadrándose. Seguía siendo en su aspecto un pedazo de carne con ojos, como Seldon le había calificado... Un hombre que obedecía las órdenes ciegamente, ajeno por completo al nuevo y cambiado estado de cosas.

Rashelle sonrió a Raych con tristeza.



Y ahora tú, pequeño Raych. Pensaba poder hacer algo de ti. Al parecer, ya no podré hacerlo.

Hola, sen... Madam —dijo Raych, turbado.

Y también quise hacer algo por ti, doctor Seldon, y también debo pedirte perdón. No podré.

Por mí, Madam, no debe tener remordimientos.

Pues los tengo. No puedo dejar que Demerzel se apodere de ti. Sería una victoria más para él, pero hay algo que tal vez lo remedie.

Nunca trabajaría para él, Madam, se lo aseguro, como tampoco hubiera trabajado para usted.

No es cuestión de trabajar para él. Es permitir que te utilice. Adiós, doctor Seldon... ¡Sargento, desintégrelo!

El sargento sacó su desintegrador al momento y Dors, con un grito, saltó hacia delante..., pero Seldon pudo conseguir cogerla por el codo. La sujetó, desesperado.

¡Atrás, Dors! —gritó—. A ti te matará. A mí, no. Raych, tú retrocede también. No te muevas.

Seldon se encaró con el sargento.



Vacila, sargento, porque sabe que no puede dispararme. Pude haberle matado hace diez días, pero no lo hice. En aquel momento, usted me dio su palabra de honor de que me protegería.

¿Qué estás esperando? —gritó Rashelle—. He dicho que le dispares, sargento.

Seldon no habló nada más. Se quedó quieto mientras el sargento, con ojos desorbitados, mantenía su desintegrador apuntando con firmeza a la cabeza de Seldon.

—¡Te he dado una orden! —chilló Rashelle.

—Tengo su palabra —dijo Seldon.

De un modo u otro estoy deshonrado —exclamó el sargento Thalus con voz entrecortada. Luego, bajó la mano y el desintegrador cayó al suelo.

—Entonces, ¡también tú me traicionas! —gritó Rashelle.



Antes de que Seldon pudiera moverse o Dors librarse de su mano, Rashelle se apoderó del arma, se volvió al sargento y apretó el botón de contacto.

Seldon jamás había visto a nadie desintegrado. De un modo u otro, a juzgar por el nombre del arma, esperaba un ruido fuerte, una explosión de carne y sangre. Este desintegrador, al menos, no hacía nada parecido. De los órganos internos desintegrados dentro del cuerpo del sargento, Seldon no podía saber nada, pero el sargento, sin un cambio de expresión, sin un rictus de dolor, se desplomó muerto, sin la menor duda, sin la menor esperanza.

Y Rashelle volvió el desintegrador hacia Seldon con tal firmeza, que eliminó cualquier esperanza que éste hubiera podido tener de seguir con vida. Pero Raych saltó en el momento en que el sargento cayó al suelo. Se precipitó entre Rashelle y Seldon, mientras agitaba las manos como un loco.

—¡Señora, señora, no dispare! —gritó.

Por un segundo, Rashelle pareció confusa.

—Apártate, Raych, no quiero hacerte daño.



Aquel segundo de vacilación fue lo único que Dors necesitó. Se soltó violentamente, y se lanzó sobre Rashelle. Ésta cayó con un grito, y el desintegrador fue a parar al suelo por segunda vez.

Raych lo recuperó.



Dámelo, Raych —murmuró Seldon, con un hondo suspiro.

Pero el muchachito retrocedió.



No irá a matarla, ¿verdad, doctor Seldon? Ha sido buena conmigo.

No pienso hacerlo, Raych. Ella mató al sargento y me hubiera matado a mí, pero no disparó por no hacerte daño a ti, y por eso dejaremos que viva.

Fue Seldon quien se sentó ahora, con el desintegrador en la mano, mientras Dors retiraba el látigo neurónico de la otra funda del sargento muerto.

Una nueva voz se oyó resonar:

—Yo me ocuparé de ella ahora, Seldon.

Éste levantó la mirada y exclamó con alegría:

—¡Hummin! ¡Por fin!

Lamento haber tardado tanto, Seldon. Tenía mucho que hacer. ¿Qué tal, doctora Venabili? Deduzco que ésta es Rashelle, la hija de Mannix. Pero, ¿quién es el chico?

—Raych es un pequeño dahlita amigo nuestro.



Entraron unos soldados que, a un gesto de Hummin, levantaron a Rashelle respetuosamente.

Dors, al fin libre de su intensa vigilancia de la otra mujer, se arregló las ropas con la mano y se alisó la blusa. De pronto, Seldon se dio cuenta de que todavía iba en albornoz.

Rashelle, liberándose de los soldados con un gesto de desprecio, preguntó a Seldon, señalando a Hummin:

—¿Quién es éste?



Chetter Hummin, un amigo mío y protector en este planeta.

¿Tu protector? —Rashelle lanzó una carcajada de loca—. ¡Idiota! ¡Insensato! Este hombre es Demerzel, y si te fijas en tu compañera Venabili, verás por su expresión que está perfectamente enterada de ello. ¡Has caído de lleno en la trampa, estarás mucho peor de lo que estabas conmigo!

90


Hummin y Seldon se sentaron a almorzar aquel día, completamente solos, pero un gran silencio pesaba sobre ellos.

Hacia el final de la comida, Seldon pareció despertar de su marasmo.

Bien, señor, ¿cómo debo dirigirme a usted? —preguntó con vivacidad—. Para mí, es Chetter Hummin todavía, pero si bien lo acepto como otra persona, no puedo dirigirme a usted como «Eto Demerzel». En calidad de ello, usted tiene un título y desconozco el tratamiento apropiado. Por favor, instrúyame.

Llámame Hummin, si no te importa —respondió gravemente el otro—. O Chetter. Sí, soy Eto Demerzel, pero para ti seguiré siendo Hummin. En realidad, ambos no son distintos. Te dije que el Imperio se está desintegrando y acabando. Yo, en ambas calidades, creo que es cierto. Te dije que quería la psicohistoria para evitar la degeneración y el fracaso, o para llevar a cabo una renovación y revigorización si ambas, la degeneración y el fracaso, siguen adelante. Lo creo también en mis dos calidades de persona.

Pero ya me tuviste en tus manos... Supongo que te hallabas cerca cuando visité a Su Majestad Imperial.

—A Cleon. Sí, desde luego.

—Y pudiste haberme hablado entonces, exactamente igual que hiciste más tarde como Hummin.

—¿Y lograr qué? Como Demerzel, tengo un trabajo inmenso. Debo manejar a Cleon, un gobernante bien intencionado pero no muy capaz, y evitar, en lo que yo pueda que cometa errores. Tengo, no sólo que gobernar Trantor, sino también el Imperio. Y, como ves, necesito dedicar mucho tiempo a evitar que Wye haga daño.

—Lo sé —murmuró Seldon.

No fue fácil y casi perdí. He pasado años lidiando cuidadosamente con Mannix, aprendiendo su forma de pensar y planeando una finta a cada uno de sus movimientos. En ningún momento pensé que traspasaría sus poderes a su hija en vida. Yo no la había estudiado y no estaba preparado para su absoluta falta de prudencia. Al contrario que su padre, fue educada para hacerse cargo del poder, dándolo por sentado, sin tener una idea clara de sus limitaciones. Así que se apoderó de ti y me obligó a actuar antes de que estuviera completamente preparado.

Y, como resultado, por poco me pierdes. Me encontré por dos veces ante un desintegrador.

Lo sé —asintió Hummin—. Y también pudimos haberte perdido en Arriba..., otro accidente que no pude prever.

De acuerdo; sin embargo, no has contestado realmente a mi pregunta. ¿Por qué me enviaste huyendo por todo Trantor para escapar de Demerzel, cuando tú mismo eras Demerzel?

Le dijiste a Cleon que la psicohistoria era un concepto puramente teórico, una especie de juego matemático sin sentido práctico. Eso pudo muy bien ser cierto, pero si me acercaba a ti de forma oficial, yo estaba seguro de que mantendrías tu punto de vista. No obstante, la idea de la psicohistoria me atraía. Me pregunté si, después de todo, no sería sino un juego. Debes comprender que no sólo pretendía utilizarte, quería una psicohistoria real y práctica. »Así que te envié, como bien has dicho, huyendo por toda la faz de Trantor con el temido Demerzel pisándote los talones en todo momento. Esto, pensé, haría que tu mente se concentrara con fuerza. Haría de la psicohistoria algo excitante, mucho más que un juego matemático. Te esforzarías por resolverlo para el sincero idealista Hummin, cosa que no hubieras hecho para el lacayo imperial, Demerzel. También, así conocerías diferentes aspectos de Trantor y eso te ayudaría..., mucho más, por supuesto, que vivir en una torre de marfil, en un planeta lejano, rodeado únicamente de colegas matemáticos. ¿Tuve razón? ¿Has hecho algún progreso?

—¿En psicohistoria? Sí, lo he hecho, Hummin. Pensé que ya lo sabías.



¿Cómo iba a saberlo? —Se lo dije a Dors.

Pero no a mí. No obstante, me lo estás comunicando ahora. Es una buena noticia.

No del todo —objetó Seldon—. No he llegado a más que un simple principio. Sin embargo, es un principio.

¿La clase de principio que puede explicarse a un no-matemático?

Creo que sí. Verás, Hummin, desde el principio, he visto la psicohistoria como una ciencia que depende de la interacción de veinticinco millones de mundos, cada uno con su población media de cuatro mil millones. Es demasiado. Resulta de todo punto imposible manejar algo tan complejo. Si fuera a tener éxito, si hubiera algún modo de encontrar una psicohistoria útil, tendría, primero, que encontrar un sistema más simple. Así que decidí retroceder en el tiempo y empezar a tratar con un solo mundo, un mundo que fuera el único ocupado por la Humanidad en el oscuro pasado anterior a la colonización de la Galaxia. En Mycogen, me hablaron del mundo original de Aurora, y en Dahl del mundo original Tierra. Pensé que pudiera tratarse del mismo planeta bajo nombres distintos, pero había un punto clave en el que se diferenciaban lo bastante, por lo menos, para que aquello fuera imposible. No tenía la menor importancia. Se sabía tan poco de ambos, y ese poco estaba tan oscurecido por el mito y la leyenda, que no cabía la esperanza de servirme de la psicohistoria en conexión con ellos.

Se calló para tomar un sorbo de zumo fresco, sin apartar los ojos del rostro de Hummin.

—Bien, ¿qué más? —insistió Hummin.



Entretanto, Dors me había contado algo que yo llamo la historia de la-mano-en-el-muslo. No tenía un significado innato, era, simplemente, un cuento humorístico y trivial. Pero, como resultado, Dors mencionó las diferentes costumbres sexuales en los diversos mundos y en los varios Sectores de Trantor. Tuve la impresión de que trataba a los diferentes Sectores trantorianos como si fueran mundos separados. Pensé, distraído, que tendría que manejar veinticinco millones, más ochocientos. Me pareció una diferencia trivial y dejé de pensar en ello.

»Pero, al viajar del Sector Imperial a Streeling, de éste a Mycogen, a Dahl y a Wye, observé por mí mismo lo diferentes que eran cada uno de ellos entre sí. La idea de Trantor, no como un mundo, sino como un complejo de mundos, fue creciendo en mi mente, aunque todavía no descubría el punto crucial.

»Fue al escuchar a Rashelle... Verás, no estuvo mal que Wye me capturara al fin, y fue bueno que el atrevimiento de Rashelle la empujara a planes grandiosos que me confió... Cuando oí a Rashelle, como he dicho, me dijo que lo único que quería era Trantor y algunos de los mundos inmediatamente adyacentes. Era un Imperio en sí, aseguró, y desechaba los mundos exteriores como «vacíos y distantes».

«Entonces, de improviso, fue cuando vi lo que había estado guardado oculto en mis pensamientos durante un tiempo considerable. Por un lado, Trantor poseía un sistema social extremadamente complejo, dado que se trataba de un mundo populoso formado por ochocientos pequeños mundos. Era, en sí, un sistema lo bastante complejo para dar sentido a la psicohistoria y, sin embargo, lo bastante simple, comparado con todo el Imperio, para hacer que la psicohistoria fuera, quizá, práctica.

»Y los Mundos Exteriores, los veinticinco millones de ellos, eran «vacíos o la nada, distantes». Desde luego, afectaban a Trantor, y Trantor les afectaba a ellos, pero todo eso eran efectos secundarios. Si pudiera hacer funcionar la psicohistoria como primera aproximación, sólo para Trantor, entonces, los efectos menores de los Mundos Exteriores podrían añadirse como modificaciones posteriores. ¿Comprendes lo que quiero decir? Yo buscaba un solo mundo en el que establecer una ciencia práctica de psicohistoria, y lo buscaba en el pasado lejano, cuando todo el tiempo el mundo único que yo quería se encontraba, ahora, bajo mis pies.

—¡Maravilloso! —exclamó Hummin, claramente aliviado y complacido.



Pero está todo por hacer, Hummin. Debo estudiar Trantor con suficiente detalle. Debo discurrir las necesarias matemáticas con que tratarlos. Si tengo suerte y vivo una larga vida, puedo obtener las respuestas antes de morir. Si no, mis sucesores tendrán que seguirme. Tal vez el Imperio se derrumbe y se deshaga antes de que la psicohistoria sea una técnica útil.

—Haré cuanto pueda por ayudarte.

—Lo sé —reconoció Seldon.

—¿Confías en mí, pues, pese a que soy Demerzel?



Por completo. Absolutamente. Pero que conste que lo hago porque tú no eres Demerzel.

—Lo soy —insistió Hummin.

—No lo eres. Tu personificación como Demerzel está tan lejos de la verdad, como tú lo estás de Hummin.

¿Qué quieres decir? —Hummin abrió mucho los ojos y se separó ligeramente de Seldon.

Quiero decir que es probable que eligieras el nombre de Hummin por un curioso sentido de honestidad. Hummin es parecido a «humano», ¿no es cierto?

Hummin no contestó. Continuó mirando a Seldon fijamente. Y éste dijo, por fin:

Porque no eres humano, ¿no es verdad, Hummin-Demerzel? Tú eres un robot.




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