Prejuicio, esterótipo y discrimacióN



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Prejuicios, Estereotipos y Discriminación:

Poniendo límites en los conceptos
Marcelo Andrade – PUC-Rio/ U Valencia

¿Cómo se relacionan los prejuicios generalizadores con los sentimientos de miedo o asco hacia a los diferentes y las prácticas sociales de marginalización de los más débiles de una sociedad? El objetivo de esta comunicación es hacer una distinción entre los conceptos de prejuicio, de estereotipo y de discriminación, destacando y desvelando sus elementos racionales, emocionales y comportamentales presentes en la exclusión social y reproducidos en el ambiente escolar. Busca mostrar también como la exclusión de los más débiles se construye socialmente a través de una falta de reflexión entre elementos del pensamiento, del sentimiento y del comportamiento, en los cuales todos estamos, de una manera u otra, involucrados. Partiendo de la conceptuación de “etnocentrismo” como rechazo o temor al diferente y como afirmación que se hace sobre el propio grupo como el centro de la interpretación del mundo, esta comunicación intenta entender y desmontar los más comunes argumentos sobre la discriminación hacia a los diferentes, bien como apuntar las posibilidades de una pedagogía que valore la diferencia como una riqueza.


1 – Introducción:

La exclusión social – como sinónimo de rechazo, división, alejamiento – es un tema tan antiguo como complejo en nuestras sociedades, pues involucra distintas y profundas dimensiones de la vida, tales como: una dimensión personal que, en general, queda marcada por una bajo autoestima de aquellos que la sufren; una dimensión comunitaria, en la cual, no es raro, que los más débiles sean el blanco de las bromas, anécdotas, ironías y burlas; una dimensión social que se revela en la jerarquía de grupos que imponen su manera de ver el mundo como la mejor o la más correcta y los otros grupos, en consecuencia, son considerados como raros, extraños, inferiores, a causa de sus distintas maneras de vivir; una dimensión política, en la cual se observa grupos que poseen más poder para garantizar tanto sus derechos cuanto algunos (o muchos) privilegios y otros que se quedan totalmente fuera del sistema de participación y garantías de los derechos más básicos; una dimensión histórica, en la cual constatamos grupos que están en una situación de marginalidad al largo de los siglos, tales como las mujeres, los negros, los homosexuales; entre otras tantas dimensiones de la vida: cultural, económica, jurídica, medios de comunicación, mundo del trabajo y de las profesiones etc.

La exclusión social, además de tantas y tan distintas dimensiones, posee su faceta inmoral, pues ella siempre involucra situaciones de injusticia. Y ante de ello el pensamiento filosófico no puede dar la espalda. La ética – como filosofía moral, o sea, como fundamentación razonable del fenómeno moral – puede y debe ofrecer su colaboración para que se de una mejor comprensión de la discriminación, sus diferentes dimensiones, sus cimientos y sus consecuencias. Además, nada es más específico en la filosofía que aclarar el sentido de los conceptos.

Con el objetivo de poner la exclusión social en cuestión, procuraré “re-des-velar” algunas ideas que están “congeladas” bajo tres conceptos que rodean nuestro tema, a saber: prejuicio, estereotipo y discriminación. Estos conceptos están profundamente correlacionados con una visión del mundo que, en verdad, le da los cimientos necesarios para el funcionamiento de su lógica interna. Intentaré mostrar como una manera de verse en el mundo y en la relación con los otros marca, de una manera muy fuerte, nuestra costumbre de rechazar aquellos que son diferentes. Esa visión de mundo es llamada etnocentrismo.


2 – Etnocentrismo: “nosotros” versus “los otros”.

Según Everardo Rocha (1984), el “etnocentrismo” es una visión del mundo en la cual uno toma su grupo como el centro de todo y a partir de esta visión todos los demás grupos son evaluados. Si importa la etimología de las palabras, podemos acordarnos que del griego “etno” significa “grupo, clan, tribu o familia”, que añadiendo la terminación “centrismo” se queda obvio su significado original: “mi grupo al centro”. Lo que sigue también es bien claro: “los demás grupos a la margen”.

Así, los otros grupos son pensados a partir de los valores, de los modelos, de los criterios de cierto y errado, de bien y mal, de justo e injusto, del grupo que se considera el centro. Además de poner en el centro un determinado grupo, “el nosotros”, el etnocentrismo descalifica los demás grupos, funcionando como un pensamiento binario, donde “el nosotros” son los mejores, los más evolucionados, los civilizados, en última instancia, los humanos. Mientras que “ellos” son los peores, los inferiores, los subdesarrollados, los salvajes, los bárbaros etc.

En el etnocentrismo, hay una distancia inconciliable entre “nosotros” y “ellos”, que son muchas veces identificados sencillamente como “los otros”. Sabemos que “el otro” es el diferente del “yo”, es aquel que no soy yo, que es distinto de mí, que está fuera de mí, que me es extraño, extranjero de mi existencia. Como bien sabemos a través de la psicología social, la distinción entre las personas es un proceso complejo y necesario para la afirmación de una personalidad libre y autónoma. Es en la relación con “el otro”, que “el yo” se descubre distinto, independiente, individuo, persona. Un bebé al nacer se siente uno con la madre y tardará algunos tantos años para percatarse como un ser totalmente distinto de ella. Según Juan José Millás, “uno se hace en la medida en que deshace lo que le rodea. Se hace cuando diferencia el cuerpo de su madre del propio; cuando distingue el cerca del lejos; cuando intuye el significado de dentro y fuera; cuando separa, en suma, cuando desmonta la realidad como se desmonta un juguete.” De ahí que no hay nada de esencialmente negativo o maléfico en hacer distinciones, separaciones y diferenciaciones.

No obstante, en una visión de mundo etnocéntrica, la distinción no es un reconocimiento del “otro” como persona con la cual “el yo” o “el nosotros” participa de la misma naturaleza y por eso una sana descubierta de la unicidad de la persona como individuo o de la especificidad de una agrupación humana. En una visión de mundo en la cual “el nosotros” es el centro de todo, “los otros” no son un espejo que desvela una humanidad compartida, sino revela el absurdo de la existencia del “nosotros”: ¿Cómo es posible que sean tan diferentes? (perplejidad). ¿Cómo pueden pensar, sentir y obrar de manera tan distinta? (espanto asustador). ¿Estarán ellos en lo cierto? ¿Será nuestra manera de vivir errada? (duda alarmante) “¡No! ¡La vida de ellos no está correcta, son salvajes, bárbaros y primitivos!” (decisión hostil). Entonces, la preocupación central con el etnocentrismo puede ser vista como la búsqueda de saber cuales son los mecanismos, las formas, los caminos, por los cuales tantas y tan profundas distorsiones sobre la vida de aquellos que son diferentes de nosotros se hacen y se mantienen en nuestros pensamientos, emociones y comportamientos. ¿Cómo pasamos de la perplejidad inicial para una decisión hostil de rechazo?

En el etnocentrismo, la diferencia no hace que “el nosotros” crezca, la diferencia no es una riqueza, sino algo que da miedo, que asusta, que trae sobresaltos y aprensiones, que dispersa desconfianza, pánico y pavor. Tras tamaña incertidumbre, viene el rechazo y el odio. “El nosotros” odia “los otros” porque son diferentes, distintos, raros, extraños, porque la sencilla existencia “de ellos” niega la existencia del “nosotros” como la manera – supuestamente correcta – de existir en el mundo. “Los otros” no revelan la humanidad del “nosotros”, sino la deforman.

Para resumir, en el pensamiento etnocéntrico las diferencias no son una riqueza, igual son entendidas de manera jerarquizada, donde unos son peores y otros mejores, comprendiendo que solamente es posible una manera – supuestamente correcta – de existir, de entender las relaciones familiares y sociales, de relacionarse con la divinidad o con la naturaleza, de organizar la escuela y la enseñanza, de entender la higiene y el cuidado con el cuerpo, de estructurar los valores y las ideas, de construir el saber y transmitirlo, de concebir la vida y la muerte. En suma, solamente es posible una manera de vivir y esa manera tiene que ser la del “nosotros”. “Ellos” tienen que estar equivocados. Y “el nosotros” debe convencerlos de ello, así fuera necesaria la fuerza.

El fenómeno etnocéntrico ha pasado en muchas ocasiones en la historia de la humanidad, en los malogrados “choques de civilizaciones”: griegos y bárbaros, cristianos y moros, europeos y amerindios, occidente y oriente, sur y norte etc. Choques o encuentros – para ser más suave – en los cuales los primeros son los desarrollados, los civilizados, los mejores y los otros… bien, los otros son “los otros”.

Veamos ahora, como el etnocentrismo se desarrolla en prejuicios, estereotipos y discriminaciones.
3 – De la racionalidad al comportamiento.

El etnocentrismo – esta manera tan propia como común de verse en el mundo y en relación con los otros – se despliega en las diferentes esferas de la vida humana: el pensar, el sentir y el obrar. De esta manera, como toda visión de mundo, el etnocentrismo se concretiza en pensamientos, en sentimientos y en comportamientos.

En la esfera del pensar, de la racionalidad, de los pensamientos e ideas; el etnocentrismo puede ser visto como la dificultad de pensar la diferencia como algo admisible y positivo. Aquí entramos en el ámbito de los prejuicios. En la esfera del sentir, de la afectividad, de los sentimientos y emociones; el etnocentrismo puede ser percibido como sentimientos de extrañeza y hostilidad. Este es el ámbito de la construcción de los estereotipos, de las rotulaciones sin ninguna reflexión, basados solamente en sentimientos de miedo y asco ante las diferencias. En la esfera del obrar, del comportamiento, de las actitudes y acciones; el etnocentrismo puede ser visto como el procedimiento que separa, que excluye, que marginaliza a los diferentes. Este es el ámbito de las discriminaciones propiamente dichas. Así, el etnocentrismo deja de ser una visión de mundo y pasa a ser un fenómeno que mezcla elementos racionales, afectivos y comportamentales, mezcla pensamiento, sentimiento y acción. Esta mezcla es un fenómeno que se encuentra tanto a lo largo de los tiempos como en nuestras sociedades de hoy. Veamos más atentamente cada uno de eses ámbitos y cómo se relacionan con los demás.
3.1 – Prejuicio: la contradicción de la racionalidad.

Para empezar, fijémonos en la palabra “prejuicio”, que está compuesta de dos partes que ya revelan mucho de su significado: “pre” + “juicio”, es decir, un juicio, una opinión, una apreciación, que se hace antes de cualquier información o conocimiento más profundo. Prejuicios, en suma, son juicios anticipados, son sentencias que no cuentan con ningún juzgamiento reflexivo más elaborado. Los prejuicios son opiniones livianas y arbitrarias, que repetidas innumeras veces figuran como verdades incuestionables.

Los prejuicios no son, como se pudiera equivocadamente pensar, opiniones individuales, o mejor, son convicciones colectivas construidas tras repeticiones seguidas e irreflexionadas, pero no menos peligrosas y dañinas. El hecho de que sean irreflexionados no los hacen inocentes. Según Hannah Arendt, la banalidad del mal no hace que el mal cometido sea menos imputable. Por eso, los prejuicios deben ser considerados como un juzgamiento indigno, pues son fruto de una abdicación inaceptable para quien si quiera plenamente humano, o sea, se abdica del pensamiento libre y autónomo. Y aquí está la contradicción del prejuicio. Si por un lado los prejuicios se encuentran en el ámbito de la racionalidad, por otro se trata de una racionalidad débil, floja, perezosa. Los prejuicios no son ideas construidas tras una reflexión libre, crítica e investigativa, que es lo mejor del pensamiento. Por eso, es muy común que los prejuicios se formulen en frases llenas de generalizaciones groseras, tales comos: “los moros son violentos”, “los judíos son avaros”, “los sudacas son perezosos”, “los gitanos son peligrosos” etc.

Estas frases – dichas tantas veces y de diferentes maneras a través de bromas, de reclamaciones, de comparaciones, de insultos y, hasta mismo, de un supuesto nivel de raciocinio – cumplen una doble función en relación con el segundo ámbito tratado aquí, el ámbito de los sentimientos. Los prejuicios contra ciertos grupos de personas al mismo tiempo que surgen de sentimientos de miedo y enojo, acaban también por alimentarlos, creando así un círculo vicioso entre el pensar y el sentir, entre los prejuicios y los estereotipos.


3.2 – Estereotipo: la mezcla del pensar y del sentir.

Según el diccionario de la lengua española, los estereotipos son un conjunto de trazos o modelos fijos que caracterizan un determinado objeto, que puede ser un grupo humano en sus aspectos físicos, mentales o comportamentales. Los estereotipos, tales cuales los prejuicios, son falsos y livianos. Ellos se establecen en sentimientos de miedo, asco y hostilidad, que unos grupos mantienen en relación a otros a causa de alguna diferencia con la cual los primeros se sienten agredidos, asustados o enojados con los criterios de los otros sobre lo que es cierto y errado, bueno y malo, limpio y sucio etc. Imaginemos, por ejemplo, las expresiones faciales de una familia europea, blanca y cristiana al asistir a un documental sobre pueblos africanos que se comen las vísceras de monos o de religiones brasileñas que en sus rituales utilizan la sangre del pollo recién abatido como bebida sagrada. No será difícil que alguien de tal familia viendo tal documental diga o al menos piense: “¡Que asco! ¿Cómo pueden hacer eso?” Y, incluso, con cierta buena voluntad puede intentar una excusa para este comportamiento – supuestamente – tan grosero: “Pobres… Son unos primitivos…” Del sentimiento de enojo y, algunas veces, de miedo, instaurados básicamente en el desconocimiento y en el rechazo por la diferencia que asalta violentamente los padrones establecidos del grupo del “nosotros”, se pasa a los prejuicios generalizadores.

Hace falta decir que los estereotipos pueden ser negativos o positivos, dependiendo de la perspectiva que se tenga de una determinada característica de un grupo. Así, podemos escuchar “los judíos son avaros” como “los judíos son ahorrativos”, podemos topar con frases como “los franceses son muy cultos” como “los franceses son intelectualmente pedantes”. Negativos o positivos los estereotipos son siempre una caricatura de un grupo, es decir, refuerzan exageradamente una característica en desprestigio de tantas otras, por eso ellos no ayudan a conocer verdaderamente a los otros grupos diferentes del “nosotros”. Los estereotipos siempre empobrecen y desfiguran la realidad de acuerdo con los criterios del “nosotros”. Además, como ya he dicho, los estereotipos surgen y se alimentan de sentimientos oscuros, sin ninguna reflexión, tales como el miedo y el asco. Por tanto, no deberían ser tenidos en cuenta en un pensamiento que se quiera fuerte, laborioso y cuidadoso.
3.3 – Discriminación: ¿cuándo categorizar no es conveniente?

De la mezcla de sentimientos oscuros y pensamientos toscos para el comportamiento discriminatorio hay una cierta distancia. Ni todos, por ejemplo, que sienten asco al ver una persona tomando la sangre de un pollo llegarán a pensar que los brasileños que lo practiquen son primitivos. Tampoco podemos concluir que entre los que lleguen a pensarlo todos tendrán una postura discriminatoria delante de esos brasileños. No obstante, podemos decir, con total seguridad, que los comportamientos discriminatorios son resultado de un proceso que surge y se desarrolla en las esferas del pensar y del sentir.

Antes de todo, tenemos que “descongelar” la palabra “discriminación”. Discriminar significa esencialmente hacer distinción, separar, categorizar. Cuando uno se refiere a un grupo de personas que comparten algún trazo específico, sea un trazo físico, racial, de opiniones, de personalidad o de religión, hace una generalización necesaria a la rapidez del pensamiento y del lenguaje. Entonces, se puede decir, por ejemplo, “las mujeres”, “los orientales”, “los protestantes”, “los chavales”. Esta manera de agrupar las personas es algo simplificador porque, aunque sea momentáneamente, ella borra las diferencias individuales para destacar sólo una o unas pocas características de un conjunto de personas. No obstante, no hay nada de negativo en crear algunas generalizaciones, siempre que se tenga consciencia de que se habla de manera simplificadora y que la generalización no sirva nunca para generar estereotipos y prejuicios, tales como: “las mujeres son sentimentales” o “los chavales son irresponsables”. Cuando se establecen distinciones que no sólo crean grupos diferentes, pero que también sugieren que unos grupos son mejores y otros peores – a causa del genero, de la etnia o de la color, del idioma, de la nacionalidad, de las creencias o opiniones, de la orientación sexual, de la edad o de la capacidad física – lo que se hace, en verdad, es discriminar en el sentido peyorativo que estamos tratando de entender aquí. En esta perspectiva, discriminar no es conveniente.

La discriminación, entonces, es resultado de un proceso que disminuye a un grupo de personas en su dignidad humana y ayuda a crear o a justificar abusos contra este tipo de personas. Pero, no nos olvidemos, la discriminación es una práctica. Por no estar restringida a los pensamientos y a los sentimientos, ella es mucho más peligrosa y merece todo nuestro esfuerzo por eliminarla, porque no podemos legislar sobre pensamientos y sentimientos, pero sí sobre los comportamientos. La discriminación parte de los pensamientos y sentimientos equivocados que “el nosotros” hace sobre “los otros”, pero tiene consecuencias que van más allá, tales como podemos notar en los diferentes tipos de discriminación que tenemos en nuestras sociedades.

La discriminación puede tener muchas formas, tantas cuantas diferencias legítimas puedan existir entre las personas. Las más frecuentes son: por genero: discriminación a la mujer (sexismo); por la origen étnica o cultural: discriminación a los grupos no blancos y de raíces culturales no europeas, especialmente negros e indios (racismo); por la nacionalidad: discriminación a los extranjeros o, en general, contra los inmigrantes pobres (xenofobia); por la orientación sexual: discriminación a los colectivos de gays, lesbianas, bisexuales, transexuales y travestís (homofobia); por el credo religioso: discriminación a los creyentes de religiones no oficiales o no mayoritarias en una sociedad; por pertenecer a grupos minoritarios: discriminación a los grupos que, en algún sentido, están en una situación diferente de la mayoría en una sociedad, por ejemplo, los gitanos y los judíos; por la capacidad física o mental: discriminación a las personas que sufren de alguna discapacidad física o mental: ciegos, zurdos-mudos, portadores de la Síndrome de Down etc.

La discriminación hace parte de un proceso que incluye los prejuicios y los estereotipos. No obstante, sería bueno evitar pensar en yuxtaposición de los diferentes elementos, como si la realidad fuera una sucesión de capas. Mejor no pensar en una lasaña, la realidad en capas. Tampoco nos sirve la imagen de un caldo, donde todo se mezcla y pierde sus formas, sus especificidades. Sugiero, entonces, la imagen de una ensalada, en la cual los elementos se mezclan, aunque mantengan sus características propias. Prejuicios, estereotipos y discriminaciones son distintos elementos que se mezclan, pero tienen y mantienen sus especificidades.

Recordemos también que los prejuicios, estereotipos y discriminaciones no son un tema menor, es decir, que envuelven pensamientos, sentimientos y comportamientos de unos pocos sin mayores consecuencias para los demás. Esa ensalada es bastante indigesta, pues, en general, viene seguida de una intolerancia asesina. No se trata de una cuestión de gustos u opiniones ingenuas, de gentes poco esclarecidas. La humanidad está marcada dolorosamente por la esclavitud de los negros, por el genocidio de los pueblos amerindios, por el holocausto de los judíos, por la persecución a los gitanos, por la criminalización a los homosexuales, por la sumisión de las mujeres y por los actuales conflictos culturales de la inmigración en los países del Norte.

4 – por una pedagogía de la diferencia:

Después de reflexionar sobre la importancia de los conceptos de prejuicio, de estereotipo y de discriminación para los educadores/as e intentar superarlos en la práctica educativa, a mi juicio, debemos buscar algunas posibilidades de una pedagogía por la diferencia. Para eso, creo que dos tópicos deben ser discutidos en esta reflexión.

El primer tópico que se presenta es la necesidad de pensar en el campo educacional sobre cuáles son los “mínimos decentes” que deben ser enseñados, es decir, cuáles son los valores que debemos más puntuar, apreciar, cotizar en el proceso de enseñanza y aprendizaje, tiendo como referencia una práctica pedagógica que busque la diferencia como riqueza. Sobre esto, CORTINA (1997:57-58) cuestiona:

Los educadores también tienen que saber cuáles son sus ‘mínimos decentes’ de moralidad en la hora de transmitir los valores, sobre todo en lo que se refiere a la educación pública en una sociedad pluralista. Pues es cierto que, siendo educadores, no tienen legitimidad para transmitir, sin más, apenas los valores que les parezcan oportunos. (...) ¿No seria urgente descubrir cuáles son los valores que podemos compartir y que vale la pena enseñar? ¿Es o no es urgente descubrir un ‘mínimo decente de valores’ ya compartidos?


¿Cuáles son los mínimos decentes de valores morales que deben ser respetados para se comportar con justicia en una sociedad plural? ¿Y cuál debe ser el compromiso de la escuela con la construcción y la difusión de eses valores? Según Adela Cortina, cuando hablamos de “mínimos decentes” estamos fundamentalmente delante de una cuestión de justicia, o sea, de cómo atender, con equidad, a las demandas y necesidades de los diferentes grupos en nuestras sociedades pluralistas. Así, es necesario la difícil tarea de “fijar un mínimo decente de valores compartidos, a fin de que las decisiones sean respetuosas de la pluralidad” (CORTINA, 1996:57).

Esta tarea nos lleva a las definiciones de “éticas mínimas” (o de justicia) y “éticas máximas” (o de felicidad). En este sentido, es importante distinguir en el campo de la moral las distancias y las aproximaciones entre lo justo y lo bueno, entre lo que debe ser hecho como exigencia de justicia y lo que da a los seres humanos el sentimiento de felicidad. Esta reflexión entre justicia y felicidad no debe estar ajena, en una sociedad pluralista, de las discusiones y análisis sobre la construcción de prácticas pedagógicas que busquen ser respetuosas con la diferencia.

Una agenda mínima de valores compartidos en una sociedad pluralista para el campo educacional es una posibilidad de responder al desafío que José Gimeno Sacristán viene destacando sobre el papel de la escuela y la defensa de las minorías. Así, una educación en valores que se quiera pluralista “no puede adoptar posiciones propias de un cierto fundamentalismo universalista en el currículum, sacralizando una determinada cultura por encima de otras, el etnocentrismo curricular” (Gimeno sacristán, 2001:90).

El segundo tópico, en la tentativa de responder al cuestionamiento anterior, es presentar la necesidad de pensar una educación para la valoración de la diferencia, para la tolerancia con aquellos que no se asemejan al nuestro grupo, para el respecto activo hacia a todos los grupos, principalmente las minorías en sociedades pluralistas. Es, en resumen, una tentativa de difundir una educación que sea conciliadora entre “el nosotros” y “los otros”, que supere la dicotomía del etnocentrismo.

Para reflexionar sobre este segundo tópico recurro a Umberto Eco, que afirma que un cierto nivel de no aceptación de lo diferente es, inclusive, natural, forma parte de nuestra condición de humanos: “la intolerancia con relación a lo diferente o a lo desconocido es natural en el niño, tanto como el instinto de se apoderar de todo cuanto desea” (ECO 2001:114). Todavía, el autor defiende vehementemente que como el niño es educado para respetar la propiedad ajena ello también debe ser educado para la tolerancia hacia el diferente.

Educar para la tolerancia a los adultos que disparan los unos a los otros por motivos étnicos y religiosos es tiempo perdido. Ya es muy tarde. La intolerancia selvática debe ser, por lo tanto, combatida en sus raíces, a través de una educación constante que tiene inicio en la más temprana infancia, antes de que pueda ser escrita en un libro, y antes de que se transforme en una cáscara de comportamiento espesa y demasiado dura. (ECO, 2001:117)


5 – Referencias Bibliográficas:

ARENDT, Hannah. Eichmann em Jerusalén: um relato sobre a banalidade do mal, São Paulo: Cia das Letras, 1999.

CORTINA, Adela. Ética civil e religião, São Paulo: Paulinas, 1997.

ECO, Umberto. Cinco escritos morais, Rio de Janeiro: Record, 2001.



Gimeno SACRISTÁN, José. Educar y convivir en la cultura global, Madrid: Ediciones Morata, 2001.

MILLÁS, Juan José. La diferencia entre el dedo y el pezón, en El País, 08 de Agosto de 2005.



ROCHA, Everardo. O que é etnocentrismo?, Rio de Janeiro: Editora Brasiliense, 1984.

URQUIJO, Martín. Razón comunicativa: opción en la relación hombre-sociedad. En: Revista de Humanidades, Universidad Industrial de Santander, Vol. 23 # 2 – Julio-Diciembre, 1994.
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