Posición de valores y voluntad de poder



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POSICIÓN DE VALORES Y VOLUNTAD DE PODER

Pero el nihilismo, pensado por Nietzsche como historia de las posiciones de valores, sólo puede comprenderse si se conoce la posición de valores como tal en su esencia, es decir, aquí: en su necesidad metafísica Por ello, el peso principal de nuestras reflexiones se traslada al círculo de cuestiones nombrado en segundo lugar.

Ad 2) Las tesis conductoras de este círculo de cuestiones son: Nietzsche piensa el nihilismo, en lo que hace a su proveniencia, despliegue y superación, únicamente desde la idea de valor. El pensar en términos de valores forma parte de esa realidad que está determinada como voluntad de poder. El pensamiento del valor es un elemento necesario de la metafísica de la voluntad de poder.

Pero ¿dónde tiene esta metafísica su fundamento histórico esencial? Preguntado de otro modo: ¿dónde tiene la idea de valor su origen «metafísico» ? Si la metafísica es la verdad sobre el ente en su totalidad y habla por lo tanto del ser del ente, ¿de qué interpretación del ente en su totalidad surge la idea de valor? Respondemos: de la determinación del ente en su totalidad por el carácter fundamental de la voluntad de poder. La respuesta es correcta. Pero ¿cómo se llega a esa interpretación del ente, si no surge simplemente como una opinión arbitraria y violenta de la cabeza del desencaminado señor Nietzsche? ¿Cómo se llega al proyecto del mundo como voluntad de poder, dando por supuesto que en tal interpretación del mundo Nietzsche sólo tiene que decir aquello hacia lo que tiende en su curso más oculto una larga historia de Occidente, especialmente la historia de la época moderna? ¿Qué es lo que esencia e impera en la metafísica occidental para que se convierta finalmente en una metafísica de la voluntad de poder?

Preguntando de este modo salimos de lo que aparentemente es un mero referir y comentar para pasar a una «confrontación» [Auseinander-setzung] con la metafísica de Nietzsche. En el supuesto de que la metafísica de Nietzsche sea el acabamiento de la metafísica occidental, la confrontación con ella sólo podrá ser adecuada si afecta a la metafísica occidental en su totalidad.

En una confrontación pensante con un pensador no se trata de que una «opinión» se oponga a otra, de que un «punto de vista» sea refutado por otro. Todo eso es exterior e inesencial. Confrontación no quiere decir, para nosotros: «polémica» sabihonda y «crítica» vanidosa. Confrontación significa aquí meditación sobre la verdad que está sometida a decisión, a una decisión que no es tomada por nosotros sino que, en cuanto historia del ser, es dictada por éste para nuestra historia. A nosotros no nos queda aquí más que, o bien insistir en «opiniones» y aferrarnos a «puntos de vista» -entre los que hay que contar el pretendido estar «libre de todo punto de vista»-, o bien romper con todo lo que tiene que ver con opiniones y puntos de vista, abandonar todos los pareceres y representaciones corrientes, para entregarse únicamente a un saber originario.

Ya en nuestro primer comentario del nihilismo nos chocamos con el hecho de que el nombre y el concepto «nihilismo» aluden a un pensamiento relativo al ser, mientras que Nietzsche piensa el nihilismo por completo desde el pensamiento del valor. Mientras que la pregunta por el ente en cuanto tal en su totalidad era desde muy antiguo, y sigue siendo, la pregunta conductora de toda metafísica, el pensamiento del valor sólo ha llegado a dominar en ella recientemente, y de modo decidido sólo con Nietzsche, realizando de esta manera la metafísica un giro decisivo hacia el acabamiento de su esencia.

En parte bajo la influencia de Nietzsche, la filosofía erudita de fines del siglo XIX y comienzos del XX se convirtió en «filosofía de los valores» y «fenomenología de los valores». Los valores mismos aparecen como cosas en sí que se ordenan en «sistemas». En esta tarea, y a pesar del rechazo tácito de la filosofía de Nietzsche, sus escritos, especialmente el Zaratustra, fueron examinados en busca de tales valores para montar entonces con ellos una «ética de los valores» de modo «más científico» que el «poco científico poeta-filósofo» que era Nietzsche.

Al tratar aquí del pensamiento del valor en la filosofía, nos referimos exclusivamente a la metafísica de Nietzsche. Como «filosofía de los valores» en un sentido más estrecho y doctrinal se designa a comienzos de siglo una corriente del neokantianismo que se asocia con los nombres de Windelband y Rickert. El mérito duradero de esta corriente no es la «filosofía de los valores» sino una actitud, notable en su época, que, frente al avance de la «psicología» y la «biología» científico-naturales como la pretendidamente única y verdadera filosofía conservó y transmitió aún una huella del auténtico saber acerca de la esencia de la filosofía y del preguntar filosófico. Sólo que esta actitud, «tradicional» en un buen sentido, le impidió a su vez pensar a fondo la «filosofía de los valores», el pensamiento del valor, en su esencia metafísica, es decir, tomarse realmente en serio el nihilismo. Se creyó poder enfrentarse al nihilismo volviendo a la filosofía kantiana, lo que no fue, sin embargo, más que un modo de rehuirlo y de renunciar a mirar el abismo que recubre.

Si la filosofía de Nietzsche lleva a cabo el acabamiento de la metafísica occidental, y si en esta filosofía el pensamiento del valor es decisivo por primera vez y de modo más originario que en la «filosofía de los valores que le sigue claudicante, entonces el pensamiento del valor no puede haber penetrado en la metafísica de modo casual y desde el exterior. La pregunta por la proveniencia del pensamiento del valor en la metafísica se convierte por igual en pregunta por la esencia del valor y en pregunta por la esencia de la metafísica. En la medida en que ésta llega a su acabamiento, nuestra pregunta se convierte en una cuestión decisoria acerca de lo que determina la necesidad de la filosofía y lo que le da su fundamento.

¿De dónde proviene el pensamiento del valor, ese pensamiento que estima todo de acuerdo con valores, que se comprende a sí mismo como una estimación de valor y que se ha puesto como tarea una nueva posición de valores? El propio Nietzsche se ha planteado la pregunta por el origen del pensamiento del valor y ya la ha respondido. Sólo necesitamos recordar el curso de sus reflexiones en el fragmento n. 12. Allí Nietzsche se pregunta explícitamente en la sección B: ¿de dónde proviene nuestra creencia en los valores cosmológicos? La respuesta es: de la voluntad del hombre de asegurarse a sí mismo un valor. Pero ¿cómo habrá de hacerlo si el mundo al que pertenece no tiene por su parte un valor, un sentido y un fin, una unidad y una verdad, si el hombre no puede someterse a un «ideal»? La sección final del fragmento 12 expresa ya con suficiente claridad la conexión interna entre posición de valores y voluntad de poder. No obstante, con remitir a ese pasaje no está aún propiamente comprendida esa conexión. Podemos suponer, sin embargo, que Nietzsche, a su modo, ya debía haberla aclarado, desde el momento en que a la transvaloración de los valores le corresponde una especial consciencia y por lo tanto, un saber acerca de qué ocurre con los valores.

Toda especie de posición de valores, también y especialmente la nueva posición de valores por la que debe llevarse a cabo una transvaloración de los valores, tiene que estar referida a la voluntad de poder. Nietzsche expresa esta conexión en la primera proposición del fragmento 14:

 

«Los valores y su modificación están en relación con el crecimiento de poder de quien pone los valores».



 

De acuerdo con la determinación de la esencia de la voluntad de poder hecha al comienzo, «crecimiento de poder» no quiere decir otra cosa que acrecentamiento del poder en el sentido de un sobrepotenciarse del poder. Pero en esto consiste la esencia del poder. La proposición quiere decir, por lo tanto: los valores y su modificación, es decir la posición de valores -ya se trate de la desvalorización, de la transvaloración o de la posición de nuevos valores- se determina en cada caso desde el correspondiente modo de voluntad de poder, el cual determina a su vez a aquel que pone los valores, es decir al hombre, en cuanto a su modo de ser hombre. Los valores proceden de la posición de valores, ésta corresponde a la voluntad de poder. Pero ¿en qué medida y por qué es la voluntad de poder instauradora de valores? ¿Qué entiende Nietzsche por «valor»?



La voluntad de poder, libro muy confuso en lo que hace al ordenamiento de los fragmentos póstumos, contiene con el n. 715 (1888) una nota de Nietzsche que responde a nuestra pregunta:

 

«El punto de vista del “valor” es el punto de vista de las condiciones de conservación, de acrecentamiento respecto de formaciones complejas de duración de vida relativa dentro del devenir».



 

De acuerdo con ello, «valor» es un «punto de vista». «Valor» es incluso «esencialmente» el «punto de vista para...» (cfr. n. 715). No preguntamos todavía para qué es un punto de vista el valor; previamente reflexionamos sobre el hecho de que el «valor» sea un «punto de vista», algo que, tenido en vista, es un punto de la vista para un ver, para un ver que ha puesto su mira en algo. Este poner la mira en algo es un contar con algo que tiene que tener en cuenta otra cosa. Por eso ponemos el valor inmediatamente en relación con un «cuanto» y un «tanto», con el quantum y el número. Los «valores» están referidos, por lo tanto (n. 710), a una «escala numérica y de medida». Queda sin embargo la pregunta de a qué se refiere a su vez la escala de acrecentamiento y disminución.

De la caracterización del valor como un «punto de vista» resulta algo único y esencial para el concepto nietzscheano de valor: en cuanto punto de vista, el valor está puesto en cada caso por el ver; sólo mediante la posición el valor se convierte, para el poner la mira en algo, en un «punto» perteneciente a su óptica. Los valores no son, por lo tanto, algo que esté allí delante previamente y en sí, de manera que puedan convertirse ocasionalmente en puntos de vista. El pensar de Nietzsche es lo suficientemente lúcido y abierto como para advertir que el punto de vista sólo se «puntúa» como tal gracias a la «puntuación» de ese mirar. Lo que vale no vale porque sea un valor en sí, sino que el valor es valor porque vale. Vale porque es puesto como algo que tiene valor. Es puesto de tal modo mediante un poner la mira en algo, algo que sólo por este poner la mira recibe el carácter de aquello con lo que debe contarse y que por lo tanto vale.

Una vez que ha surgido el pensamiento del valor hay que admitir también que los valores sólo «son» donde se calcula, del mismo modo en que sólo hay «objetos» para un «sujeto». Hablar de «valores en sí» es o bien una muestra de falta de pensamiento o bien una falsificación, o ambas cosas a la vez. «Valor» es, por su esencia, «punto de vista». Puntos de vista sólo los hay para un ver que puntúa y que tiene que contar de acuerdo con «puntos».

Pero en el valor, ¿qué se ha captado con la vista como punto de la vista? ¿Qué es aquello con lo que en cada caso se cuenta? ¿Adónde ha puesto la mira el contar? Nietzsche dice: «El punto de vista del “valor” es el punto de vista de las condiciones de conservación, de acrecentamiento». Al contar con algo, siempre tiene que tenerse en cuenta aquello de lo que depende la conservación y el acrecentamiento, lo que favorece o inhibe la conservación, lo que provoca o hace fracasar el acrecentamiento, es decir, tiene que tenerse en cuenta aquello que condiciona. Después de todo lo dicho hasta ahora podemos suponer que con conservación y acrecentamiento se está aludiendo a conservación y acrecentamiento del poder. El poder es el «algo», la «cosa», por así decirlo, de la que se trata, la cosa cuya conservación y acrecentamiento está sometida a condiciones.

«Valores» son las condiciones que tiene que tener en cuenta el poder en cuanto tal. Contar con el acrecentamiento del poder, con la sobrepotenciación del nivel de poder de cada caso, es la esencia de la voluntad de poder. «Valores» son, en primer lugar, las condiciones de acrecentamiento que tiene en vista la voluntad de poder. La voluntad de poder, en cuanto sobrepotenciarse a sí, no es nunca un estado de reposo.

Voluntad de poder es, en la metafísica de Nietzsche, el nombre más pleno para el desgastado y vacío título de «devenir». Por eso dice Nietzsche: «El punto de vista del “valor” es el punto de vista de las condiciones de conservación, de acrecentamiento»... «dentro del devenir». Pero en la determinación de la esencia del valor como condición está aún indeterminado qué condicionan [bedingen] los valores, qué cosa [Ding] convierten en «cosa», si empleamos aquí la palabra «cosa» en el muy amplio sentido de «algo», que no nos obliga a pensar en objetos y cosas palpables. Pero lo que los valores condicionan es la voluntad de poder. Ciertamente; sólo que la voluntad de poder, en cuanto carácter fundamental de lo «real», no es de una esencia simple, como ya lo expresa su nombre. No es casual que Nietzsche diga que el «valor» es la «condición de conservación, de acrecentamiento» puesta en cuenta en cada caso. En lo real se trata, con igual necesidad, de conservación y de acrecentamiento; en efecto, para que la voluntad de poder, en cuanto sobrepotenciación, pueda superar un nivel, este nivel no sólo tiene que ser alcanzado sino también mantenido, más aún, fijado ejerciendo el poder, ya que, de lo contrario, la sobrepotenciación no sería sobrepotenciación. Sólo lo que ya tiene en sí un estar y una existencia consistente firme puede «pensar» en acrecentarse. Es necesario que un nivel sea ya en sí mismo firme para que se puedan acumular otros encima de él.

Por eso, para lo real que tiene el carácter de la voluntad de poder se necesitan aquellos valores que le aseguren la existencia consistente respecto de su consistencia. Pero de manera igualmente necesaria se necesitan las condiciones que garanticen un más-allá-de-sí, una sobreelevación de lo real (de lo viviente), se necesitan los valores como condiciones de acrecentamiento.

Por lo tanto, la voluntad de poder, por su esencia más intima, tiene que poner siempre y ante todo valores de conservación y valores de acrecentamiento. Tiene que mirar abriéndose y yendo más allá según estos dos respectos, referidos alternativamente uno al otro, y mirando de este modo, puntuar los puntos visuales: poner valores. Este mirar abriéndose a puntos de vista forma parte de la posición de valores. Este carácter de la voluntad de poder de mirar abriendo y atravesando es lo que Nietzsche denomina su carácter «perspectivista». Voluntad de poder es, por lo tanto, en si misma: poner la mira en más poder; el poner la mira en... es la trayectoria de la visión y de la mirada que atraviesa: la per-spectiva. Por eso, en el fragmento n. 12 (sección final) que nos sirve de hilo conductor, dice Nietzsche: «Todos estos valores, recalculados psicológicamente, son resultados de determinadas perspectivas»...También podemos decir: todos esos valores son, en cuanto valores, determinados puntos visuales de determinadas trayectorias visuales de una determinada voluntad de poder. Pero en la medida en que todo lo real es real por el carácter fundamental de voluntad de poder, a cada ente individual le corresponde una «perspectiva» propia. El ente en cuanto tal es perspectivista. Lo que quiera decir verdad se determina desde su carácter perspectivista. Sólo en continua referencia a éste puede pensarse «lo que es» propiamente dentro de la metafísica de Nietzsche.

Con el carácter perspectivista del ente Nietzsche no hace más que expresar lo que desde Leibniz constituye un oculto rasgo esencial de la metafísica.

Según Leibniz, todo ente está determinado por perceptio y appetitus, por el impulso que lleva en cada caso a poner-delante, a «representar» la totalidad del ente, y a que éste sea sólo y exclusivamente en y como esta repraesentatío. Este representar tiene en cada caso lo que Leibniz denomina un point de vue, un punto de vista. Así dice también Nietzsche: es el «perspectivismo» (la constitución perspectivista del ente) aquello «en virtud de lo cual todo centro de fuerza -y no sólo el hombre- construye desde sí la totalidad del mundo restante, es decir, lo mide, lo palpa, lo conforma de acuerdo con su propia fuerza... (n. 636; 1888. Cfr. XIV, 13; 1884-1885: «Si se quisiera salir del mundo de las perspectivas, se perecería» ).

Pero Leibniz no piensa aún los puntos de vista como valores. El pensamiento del valor no es aún tan esencial y explícito como para que los valores puedan pensarse como los puntos de vista de las perspectivas.

Lo real cuya realidad está determinada por la voluntad de poder es, en cada caso, un entrelazamiento de perspectivas y posiciones de valores, una formación de «tipo complejo»; pero esto porque la voluntad de poder misma es de una esencia compleja. Observemos nuevamente la unidad compleja de su esencia.

Si la esencia del poder es la voluntad de más-poder y si, por lo tanto, el poder ejerce el poder como una sobrepotenciación, entonces forma parte de éste, por un lado, aquello que, como nivel de poder alcanzado en cada caso, es superado y, al mismo tiempo, algo que supera. Lo que se ha de superar sólo puede ser tal si opone una resistencia y es algo constante y firme que se sostiene y mantiene. Lo que supera, en cambio, necesita poder ir más allá hacia niveles de poder superiores, exige la posibilidad del acrecentamiento. A la esencia de la sobrepotenciación le es inherente la necesaria combinación de conservación y acrecentamiento. La esencia misma del poder es algo combinado. Lo real así determinado es consistente y, al mismo tiempo, inconsistente. Su consistencia es, por lo tanto, relativa. Por eso dice Nietzsche: «El punto de vista del “valor” es el punto de vista de las condiciones de conservación, de acrecentamiento respecto de formaciones complejas de duración de vida relativa dentro del devenir». En estas formaciones se reúnen las producciones de la voluntad de poder, cuya esencia consiste en poder-ser-señor y poder-ordenar. Por eso Nietzsche denomina también a estas formaciones, de modo abreviado, «formaciones de dominio» o «centros de dominio» (n. 715):

 

«“Valor” es esencialmente el punto de vista para el aumento o la disminución de esos centros de dominio».



 

En esta determinación se expresa que los valores, en cuanto condiciones de acrecentamiento y conservación, están referidos siempre a un «devenir», en el sentido de crecimiento y decadencia del poder. Los valores no son de ninguna manera ante todo algo «por sí», para ser referidos después ocasionalmente a la voluntad de poder. Son lo que son, es decir condiciones, en cuanto condicionantes y por lo tanto en cuanto posibilitaciones de la voluntad de poder puestas por ella misma... De este modo proporcionan una medida para estimar el quantum de poder de una formación de dominio y la dirección de su aumento y disminución. Cuando Nietzsche dice en el fragmento n. 12 (sección final) que los valores son «resultados de determinadas perspectivas de utilidad para conservar y acrecentar formaciones de dominio humanas», útil y utilidad son entendidos aquí exclusivamente en referencia al poder. «Valor» es esencialmente valor útil; pero «utilidad» tiene que equipararse aquí con condición de conser­vación del poder, es decir, ya siempre: de acrecentamiento del poder. Los valores son, por su esencia, condiciones y por lo tanto nunca algo incondicionado.

Los valores son condiciones de las «formaciones de dominio» dentro del devenir, es decir, de la realidad en su totalidad, cuyo ca­rácter fundamental es la voluntad de poder. Las formaciones de do­minio son formas de la voluntad de poder. Nietzsche denomina con frecuencia «valores» no sólo a las condiciones de esas formaciones de dominio sino a ellas mismas, y con razón. Ciencia, arte, estado, reli­gión, cultura, son tomados como valores en la medida en que son condiciones en virtud de las cuales se lleva a cabo el ordenamiento de lo que deviene en su carácter de realidad única. Estos valores ponen a su vez, como formaciones de poder, determinadas condi­ciones para el aseguramiento de su propia existencia consistente y para su despliegue. El devenir mismo, sin embargo, lo real en su totalidad, «no tiene ningún valor». Esto resulta claro después de las determinaciones esenciales que se han hecho. En efecto, fuera del ente en su totalidad no hay ya nada que pueda ser aún condición del mismo. Falta algo de acuerdo con lo cual se lo pudiera medir (al devenir en su totalidad). «El valor total del mundo es invalorable, en consecuencia el pesimismo filosófico forma parte de las cosas cómi­cas» (n. 708; 1887‑1888).

Cuando Nietzsche dice que el ente en su totalidad «no tiene ningún valor», no quiere dictar un juicio despectivo sobre el mundo. Sólo quiere mantener alejada toda estimación de valor de la totali­dad en cuanto sería un desconocimiento de la esencia de la misma. La proposición: el ente en su totalidad no tiene ningún valor es, pensada en el sentido de la metafísica de la voluntad de poder, el rechazo más radical de la creencia de que los «valores» sean algo en sí, por encima del ente en su totalidad y válido para él. Que el ente en su totalidad carezca de valor quiere decir: está fuera de toda valo­ración, ya que por medio de ésta sólo se haría que el todo y lo incondicionado se volvieran dependientes de partes y condiciones que sólo son lo que son desde el todo. El mundo en devenir es, en cuanto voluntad de poder, lo in-condicionado. Sólo dentro del deve­nir: en referencia a formaciones de poder individuales, sólo puestas por medio de ellas y para ellas, hay condiciones, es decir puntos de vista de la conservación y acrecentamiento de los quanta de energía, sólo allí hay valores. ¿Entonces los valores surgen de la voluntad de poder? Ciertamente, pero pensaríamos de nuevo de modo erróneo si quisiéramos volver a comprender los valores como si fueran algo «al lado de» la voluntad de poder, como si en primer lugar estuviera ésta y, a continuación, instaurara «valores» que pondría en función de acuerdo con las circunstancias. Los valores, en cuanto condiciones de conservación y acrecentamiento del poder, sólo son como algo condicionado por lo único incondicionado, la voluntad de poder. Los valores son esencialmente condiciones condicionadas.

Los valores, sin embargo, evidentemente sólo pueden ser condi­ciones de la voluntad de poder si ellos mismos tienen carácter de poder y representan por lo tanto quanta de poder para el contar con el acrecentamiento de poder desde el ejercicio consciente de la volun­tad de poder. Los valores, por lo tanto, en cuanto condiciones del acrecentamiento y la conservación del poder, están referidos esencial­mente al hombre. En cuanto puntos de vista, quedan integrados en la perspectiva humana. Por eso dice Nietzsche (n. 713; 1888):

 

«Valor es el mayor quantum de poder que el hombre es capaz de incorporar; el hombre: ¡no la humanidad! La humanidad es mucho más un medio que un fin. Se trata del tipo: la humanidad es meramente el material experimental, el enorme excedente de lo fallido: un campo de ruinas».



 

El valor es en cada caso un quantum de poder, puesto y medido por la voluntad de poder.



Voluntad de poder y posición de valores son lo mismo, en la medida en que la voluntad de poder mira abriéndose a puntos de vista para la conservación y el acrecentamiento. Por eso la posición de valores no se puede retrotraer a la voluntad de poder como si fuera algo diferente de ella. La elucidación de la esencia del valor y de la posición de valores sólo da como resultado una caracterización de la voluntad de poder. La pregunta por el origen del pensamiento del valor y por la esencia del mismo no está de ninguna manera contestada con la demostración de la conexión interna entre la po­sición de valores y la voluntad de poder. Queda retrotraída a la pre­gunta por el surgimiento esencial de la voluntad de poder. ¿Por qué es ésta en sí misma instauradora de valores? ¿Por qué con el pensa­miento de la voluntad de poder se vuelve también dominante en la metafísica el pensamiento del valor? ¿Cómo y por qué la metafísica se vuelve metafísica de la voluntad de poder?

Martin Heidegger


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