Por una nueva economíA, humana y sustentable


LA DISYUNTIVA DE LA ECONOMIA SOCIAL Y DE LAS FÁBRICAS RECUPERADAS



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LA DISYUNTIVA DE LA ECONOMIA SOCIAL Y DE LAS FÁBRICAS RECUPERADAS



Por: Luis Lafferriere

Vivimos en una sociedad donde las actividades económicas se rigen por un patrón de funcionamiento condicionado por la dinámica capitalista. Esto significa que la organización de las tareas de producir y distribuir lo que necesita el ser humano para vivir, se definen en el marco de ‘las fuerzas del mercado’ a partir de las señales que dan los precios de las mercancías.


Esta modalidad de funcionamiento, donde cada agente económico se informa sobre lo que es más conveniente producir y sobre cuánto le toca en la distribución, a través del mecanismo de los precios, tiene un elemento esencial que regula todas las actividades y todas las acciones: es la competencia. Esta va a poner las reglas de juego que obligarán a cualquiera que desee participar, a respetarlas o a correr el riesgo de desaparecer.
Competencia significa, en resumen, que cuando se produce una mercancía para lograr ingresos que permitan la propia supervivencia y continuar con la actividad, hay que tener alguien que adquiera ese bien en el mercado. Esto es: cualquier agente económico necesita clientes. Pero los clientes que conforman el mercado de cada productor, no son ‘de propiedad’ del mismo, hay que conquistarlos. Y nadie tiene asegurado esos clientes para siempre.
¿Qué sucede si a un productor (individuo o empresa) que tiene sus clientes que le permiten producir y desarrollar su actividad, le aparece otro productor que produce lo mismo y le conquista esos clientes? El primero se irá a la ruina y desaparecerá, con todas las consecuencias traumáticas y dramáticas que ello implica. En otras palabras, el más eficiente sobrevive y crece, y el más débil de la cadena desaparece.
¿Qué hacer para no estar en el lado perjudicado? ¿Cómo hacer para ser más competitivo? ¿Cómo actuar para ganar clientes, o para no perderlos? Tenemos que ofrecer lo mejor, ya sea por precios más bajos, por mejor calidad, por mejores condiciones de ventas, etc. Y para lograrlo, hay que tener capital, invertir en tecnología, abaratar costos, ampliar la escala, etc. Esos elementos facilitarán o permitirán ser más productivos, eficientes y competitivos. Y así, en lugar de ser arrasados por la competencia, se podrá arrasar a otros y ganarles mercado.
Pero ¿de dónde sacar más capital para poder ser más competitivos? En última instancia, del giro de la propia actividad, es decir, de la ganancia no consumida por el empresario. De allí que la búsqueda de la mayor rentabilidad no es un mero capricho o un simple egoísmo, sino una cuestión de necesidad imperiosa (de “vida o muerte”) para quienes intervienen en la actividad económica en una sociedad capitalista.
Es natural que en ese contexto, la conducta generalizada de buscar la máxima ganancia se imponga como prioridad del sistema en su conjunto. Lo cual significa que al ser la prioridad, cualquier otra cuestión es secundaria y se subordina a ese eje central. No hay valores por encima de la búsqueda desenfrenada de maximizar ganancias. Nada es tan importante como la rentabilidad: ni la solidaridad, ni la consideración hacia los demás, ni la preocupación por preservar el ambiente sano, ni la salud humana ni la vida.
Este proceso que rige las relaciones económicas capitalistas se impone en el resto de las relaciones sociales, y produce una conducta egoísta y una cultura individualista, que apoyada y potenciada por los medios de comunicación y por el sistema educativo lleva a naturalizar los horrores del sistema. En especial si consideramos la realidad de las últimas décadas del capitalismo, donde avanzó a fondo el proyecto neoliberal.

Las ‘razones’ de los defensores del mercado salvaje
En este duro contexto que implica la competencia capitalista, ese ‘libre juego de las fuerzas de mercado’, hay quienes se erigen como firmes defensores de su lógica implacable, intentando explicar y justificar lo que significa poner como valor supremo de las relaciones sociales a la búsqueda de la máxima ganancia.
Los argumentos de los fundamentalistas del mercado son variados. Muchos conocidos, y a veces repetidos sin comprenderse lo que realmente significan.
Si hay pobres, es culpa de los pobres mismos. Si hay desempleados, es porque no les gusta trabajar. Si unos tienen riquezas cuantiosas y otros no tienen ni para alimentarse, es porque los primeros son más capaces, más dinámicos, más emprendedores. Si en una sociedad se producen alimentos para cientos de millones pero la comida no alcanza para una gran mayoría de la población, es que la economía debe crecer más hasta que alcance para todos (la vieja teoría del efecto derrame).
Si una actividad afecta negativamente al ambiente, no hay que preocuparse porque eso se corregirá sólo: si una especie vegetal o animal corre peligro de extinción, su valor será más caro y habrá muchos interesados en reproducirla. Y además, se afirma que en última instancia toda actividad económica del hombre produce algún efecto sobre el ambiente (entonces, ¡no hay que ser exagerados!).
Pero si llegado el caso, hay que reconocer que muchas cosas andan mal (porque no se pueden ocultar o ignorar), en tal caso la culpa la tendría el Estado que interviene demasiado, afectando la libertad de mercado (intervención que cuestionan, pero sólo cuando el Estado interviene para ponerle límites a los que manejan el “mercado”).

En todos estos argumentos, para los fundamentalistas del mercado los problemas no tienen nada que ver con la manera en que se distribuyen los ingresos y la riqueza, ni con la forma de funcionamiento del sistema. En todo caso, si hay algunos hechos demasiados evidentes que ponen en riesgo la credibilidad de la sociedad en las bondades del sistema, podrían llegar a aceptar alguna acción del Estado para que realice las correcciones y para que ataque los efectos, pero nunca se llegará a mencionar, mucho menos a atacar, a las causas sistémicas generadoras de esos males.



ARGENTINA – Neoliberalismo, quiebras empresarias y empresas recuperadas
En el mundo capitalista se comenzó a evidenciar una crisis profunda hacia comienzos de los años ’70 del siglo XX. La tasa de ganancia en las actividades productivas había comenzado a disminuir, y la reacción de los capitales más concentrados de los países dominantes fue buscar recomponer esa esquiva rentabilidad. Ello genera un sacudón de magnitud en todo el sistema, que es casi lo mismo que decir en todo el planeta. Ciertamente que como estamos en el sistema capitalista, el sacudón profundo tendrá claros (y pocos) beneficiados y claros (y muchos) perjudicados.
Varias reacciones se desatan en procura de recuperar las alicaídas ganancias. Algunas serán respuestas de ‘las fuerzas del mercado’, otras provendrán de decisiones políticas del Estado.
Entre las principales reacciones se destacan: el vuelco de una porción importante de los capitales más concentrados hacia las actividades especulativas (dando inicio entre otras cosas al aumento de la masa financiera que crece al margen y muy por encima de la producción global; al desarrollo de muchas actividades ilícitas como el tráfico de armas, el negocio de las drogas, etc); el despliegue de la llamada globalización (internacionalización de los capitales financieros y de las actividades productivas de las grandes empresas transnacionales); el impulso de las nuevas tecnologías; y la batería de políticas públicas a favor de las grandes empresas privadas (neoliberalismo y Consenso de Washington).
En nuestro país nos acercamos mucho al ideal del neoliberalismo, cuando de la mano de la dupla Menem-Cavallo (y del arco político mayoritario) se impulsó el paquete pro-mercado, con privatizaciones, desregulación, flexibilización laboral, etc. Esa política fue acompañada por el plan de convertibilidad, que definió un tipo de cambio bajo (dólar barato), con el que se favoreció el ingreso barato de muchos bienes del exterior (afectando gravemente a las actividades productivas nacionales).
Resultado de ese conjunto de medidas, la Argentina vivió una etapa de destrucción masiva de empleos, de cierre de una gran cantidad de empresas industriales y de servicios, de un aumento significativo de la desigualdad social, de la desocupación y de la pobreza.

En especial, esos problemas se agravaron cuando se inicia la última recesión, en el año 1998, que se prolongará hasta el año 2002 y terminará en una explosión económica, política y social.


En ese contexto de los noventa neoliberales, de apertura importadora, donde asoman los efectos destructivos del capitalismo salvaje sobre la salud de la economía y la supervivencia de las empresas, surgirá un nuevo fenómeno masivo (que ya tenía antecedentes, pero se trataban de casos aislados), que es el de las fábricas recuperadas por sus trabajadores.
En general, ante la falta de rentabilidad o debido a situaciones de imposibilidad de continuar compitiendo en los términos del capitalismo, muchos empresarios debieron cerrar sus empresas, algunos se retiraron del negocio, otros fueron a la quiebra, muchos decidieron hacerlo previo vaciamiento de las mismas.
Las consecuencias eran obvias: los empleados de esas empresas quedaban sin trabajo, por lo tanto sin ingresos, por lo tanto condenados a la marginalidad, arrojados a engrosar las filas de millones de argentinos sobreviviendo en la pobreza y la indigencia.
Pero hubo muchos trabajadores que decidieron dar la pelea en la propia empresa, impedir que cierre la fuente de trabajo, luchar por mantener en marcha la actividad, tomando ellos mismos las riendas directamente, ante la ausencia del propietario que abandonó el buque cuando dejó de ser una fuente rentable de beneficios.
Y los propios trabajadores debieron enfrentar una situación tremendamente difícil y desfavorable, ya que debían mantener la empresa funcionando, con todas las exigencias y dificultades que ello implica en cualquier economía capitalista, pero en un contexto recesivo y con un marco económico agresivo hacia las actividades productivas internas. En la gran mayoría de los casos, con una alto grado de endeudamiento que también debían hacer frente, aunque no fueran los responsables ni los beneficiados por esa deuda.
Otras reacciones de parte de muchos de los perjudicados por el modelo neoliberal acompañaron este movimiento de empresas recuperadas, tales como los llamados “clubes del trueque”, los emprendimientos asociativos de pequeños productores o trabajadores por cuenta propia, las iniciativas de algunas organizaciones populares de iniciar producción comunitaria de alimentos, comedores barriales, etc.
En todos los casos, estamos observando que se trata de acciones que no tienen como características la lógica del mercado capitalista (es decir la búsqueda de la máxima ganancia), sino que se desarrollan a partir de elementos de solidaridad y cooperación, que no entran dentro de los cánones de la economía convencional.
Esto quiere decir que si cualquiera de esos emprendimientos hubiera debido pasar por un análisis previo de viabilidad económica en los términos capitalistas, no se habrían iniciado nunca. Sin embargo, los múltiples elementos de enorme valor social que podemos destacar en esas experiencias (alimentar al grupo familiar, generar fuentes de trabajo, atemperar la crítica situación de millones de personas, evitar que muchos caigan en la mendicidad, la droga, la delincuencia o el suicidio), y que no forman parte de los índices considerados en un proyecto de inversión, permitieron llevar adelante tales actividades.
En este aspecto, se pueden mencionar dos elementos que jugaron a favor de la continuidad de la empresa, aún en el contexto competitivo de una economía de mercado, y que no eran posibles en la situación anterior (con la conducción de sus propietarios).
Uno de ellos fue la “desaparición” de una parte significativa de los costos de funcionamiento de la empresa, expresados en los altos sueldos de gran parte del personal gerencial y en la ganancia empresaria. La autogestión y la conducción de la empresa por los propios trabajadores permitieron un fuerte ahorro de gastos que venían incidiendo en la marcha de las empresas.
El otro elemento fue la decisión de los trabajadores de continuar con la actividad, a pesar de tener que percibir (al menos momentáneamente) un ingreso inferior al que estaban cobrando antes. Esto era posible dado que los mismos trabajadores se consideraban como los destinatarios de ese esfuerzo, y se hacían cargo de la gestión y de las decisiones gerenciales, antes en manos de un estrato de especialistas.
En el caso de las empresas recuperadas por sus trabajadores, entre las muchas dificultades que debieron (y deben superar), se encontraba también la cuestión de su organización legal. Y en la urgencia de los escasos tiempos disponibles, la gran mayoría optó por una herramienta jurídica ya existente, que más cercana se presentaba a su situación y que mejor reflejaba sus necesidades operativas. Constituyeron múltiples cooperativas de trabajo, las que asumían la propiedad de la empresa recuperada.

Empresas recuperadas: ¿Nueva economía o nuevos capitalistas?
El conjunto de actividades y experiencias solidarias y asociativas que surgieron como reacción a los efectos de la crisis, cayeron dentro de la caracterización teórica y genérica de “la economía social”. Tenían como elementos comunes el hecho ya mencionado de realizarse con el objetivo de mejorar la situación de vida de sus protagonistas (y no de maximizar beneficios), de priorizar la cuestión humana de las actividades (antes que la supremacía del capital), de promover el accionar cooperativo (antes que el individualismo egoísta), etc.

En paralelo al crecimiento de estas numerosas experiencias en todo el territorio nacional, se fue dando una proliferación del análisis teórico, una mayor difusión de trabajos de intelectuales de diversos ámbitos, como también de proyectos y políticas que pretenden impulsar el desarrollo de este sector. Universidades, municipios, provincias, organizaciones sociales, y hasta el gobierno nacional y organismos internacionales, comenzaron a hablar de la Economía Social, y a proponer programas y acciones para su promoción.


Pero no todos darán al concepto de economía social el mismo significado. Mientras para algunos, la economía social se considera una parte constitutiva del sistema económico actual, que tiende a mejorar el funcionamiento del mercado capitalista y a atemperar los males que éste puede ocasionar; para otros la economía social es un espacio que debe crecer como alternativa sistémica al capitalismo salvaje que hoy rige en el país y en todo el planeta.
La disyuntiva sería entonces: economía social para “mejorar la cara” del sistema capitalista, o economía social para reemplazar este sistema por una nueva forma de organización social superadora, humana y sustentable.
La primera opción se limitaría a realizar todo el esfuerzo en procura de garantizar las fuentes de trabajo, o posibilitar ingresos más elevados para sus protagonistas, o mejorar las condiciones de vida de quienes realizan una actividad asociativa. Pero sin ir “más allá” del emprendimiento concreto, encerrado en sí mismo. Sin plantearse intervenir en el contexto, ni aspirar a cambiarlo por una opción sistémica superadora.
Normalmente, en este caso, sus demandas se limitan a medidas que favorezcan su supervivencia. Aunque ello signifique la continuidad del capitalismo depredador y de la lógica económica, política, social y cultural prevaleciente (con el riesgo que ese sistema las destruya en el futuro).
La segunda alternativa se plantea la actividad concreta como una etapa necesaria, pero no suficiente, a los efectos de lograr una mejora sustentable y sistémica en la vida de las personas.
En este caso, la conciencia prevaleciente que se va desarrollando producto de la propia experiencia, es de la necesidad de ir “más allá” de la empresa, de tener un mayor interés en el entorno y una mayor incidencia en la comunidad. Porque se piensa que existe el peligro latente y permanente de sufrir los efectos negativos del sistema vigente, no sólo por las dificultades propiamente económicas, sino también por la presión política amenazante y la cultura neoliberal predominante.
En este caso también, las demandas no quedan sólo en el estricto campo microeconómico de los reclamos para sí, sino que procuran y proponen nuevos espacios y nuevos caminos, hacia la construcción de otra economía y de otro sistema.
Las fábricas recuperadas, que pertenecen a este “recorte teórico” de nuestra realidad económica concreta, se consideran una parte componente de la economía social, y han sido objeto de numerosos estudios y análisis. Su forma de funcionamiento cooperativo, su modalidad de autogestión, el objetivo que buscan con la actividad, etc, son claros elementos que diferencian esos emprendimientos de una empresa típicamente capitalista. Pero no pueden incluirse todas en la misma “canasta” de la “economía social” (aunque se utilice el mismo vocablo).
Esta misma cuestión puede plantearse en términos más amplios, al considerar que las cooperativas constituyen también parte del sector de la Economía Social, y las mismas son casi tan antiguas como el capitalismo. Han coexistido con ese sistema, y en muchos casos han sido tan afectadas (y cooptadas) por su lógica, que se pueden identificar experiencias donde su funcionamiento no se diferencia demasiado de las empresas capitalistas. En este caso, vale la disyuntiva planteada antes, y por supuesto, genera las mismas dudas.
En síntesis, las numerosas experiencias de fábricas recuperadas en la Argentina, resultado de los efectos negativos del modelo neoliberal, presentan una diversidad de situaciones.
Para unos, las mismas son parte de la solución a los déficits del mercado, atemperan sus males, y coexisten con las empresas privadas típicamente capitalistas. No ponen en riesgo, ni se plantean siquiera, un cambio del sistema. Se convierten en instrumentos útiles para aumentar la sobre explotación, para llevar adelante la flexibilización laboral, etc. Son absorbidas por la lógica mercantil del capital.
Para otros, sin embargo, esas empresas pueden constituir un germen de una nueva forma de organización más humana y solidaria, que trascienda y supere al salvajismo de mercado. Y entienden por ello que deben luchar por un objetivo más amplio, que es la transformación social.
No se trata sólo de una cuestión teórica, de un debate de intelectuales ‘de laboratorio’, sino de una cuestión de evidente efecto práctico, necesaria en el campo de la acción concreta. Esto es: su lucha actual se expresa tanto en el marco de las ideas, como en el de la construcción de la realidad.
Para quienes pensamos que es necesario construir un futuro mejor, consideramos a la economía social como un espacio favorable para impulsar el desarrollo de una alternativa a este sistema salvaje, que pone como máximo valor la búsqueda desenfrenada de ganancias, a costa de cualquier otra cosa, y de crecimiento a cualquier precio. Creemos, por el contrario, en un desarrollo donde el valor supremo y el centro de las preocupaciones sea el de mejorar la calidad de vida de todos los miembros de la sociedad.

En este camino, hay muchas tareas pendientes y esfuerzos a realizar. Porque el desafío de los emprendimientos de la economía social es enorme, en el contexto de un sistema que impone otras lógicas y otra cultura. Hay que procurar en forma creativa los modos de fortalecer las nuevas experiencias, recrear nuevos instrumentos de gestión, nuevas formas de vinculación con el Estado y con la sociedad, en una búsqueda constante de la mayor participación, protagonismo y democracia de quienes integran los más variados emprendimientos de la economía social, con integración de redes horizontales de intercambio solidario, de complementación productiva, de comunicación cooperativa.


Todo esto se podría sintetizar en una consigna y a la vez un desafío: pasar de una economía social como mera definición teórica y conjunto de experiencias atomizadas (inexistentes como sistema), a una economía social con existencia concreta, de un sistema orgánico e integrado, luchando por surgir y desarrollarse como esperanza de un mundo mejor.

Luis LAFFERRIERE - Julio de 2008


www.porunanuevaeconomia.com.ar

* Profesor Titular de Economía Política en la Facultad de Derecho de la Universidad Nacional de Rosario. Profesor de Postgrado en las universidades públicas de Buenos Aires, Córdoba, Mar del Plata y Rosario. Presidente de la Fundación de Investigaciones Sociales y Políticas, FISYP. Integrante del Comité Directivo del Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales, CLACSO. Director Adjunto del Centro Cultural de la Cooperación, CCC.

1 The Economist September 13th 2008, sección Finanzas y economía de la página 82.

2 Ramón Fernández Durán “EL CREPÚSCULO DE LA ERA TRÁGICA DEL PETRÓLEO. Pico del oro negro y colapso financiero (y ecológico) mundial”.

3 .- El autor es Master en Economía de Gobierno, -egresado de la Universidad de San Andrés-, e investigador del Centro de Investigaciones en Ciencias Sociales (CICSO); el cual dirige Beba C. Balvé.

4 .- La Reserva Federal de Estados Unidos ha creado una nueva línea de créditos para los Bancos Centrales de México, Brasil, Corea del Sur y Singapur. En la misma declaración informa que ha proporcionado créditos similares a los Bancos Centrales de Australia, Canadá, Dinamarca, Reino Unido, Japón, Nueva Zelanda, Suiza y el Banco Central Europeo. En virtud de esos acuerdos, proporciona dólares a los Bancos Centrales a cambio de reservas en divisas de esos países, que han sufrido pérdidas considerables debido a la crisis financiera y comercial.

De ese modo se afianza el poder económico de su moneda, privilegio otorgado en Bretton Woods. El Fondo Monetario Internacional, que es el mismo perro con diferente collar, anuncia la inyección de elevadas sumas a sus clientes de Europa Oriental. A Hungría le inyecta el equivalente a 20 mil millones de euros, gran parte de los cuales son dólares procedentes de Estados Unidos. No cesan las máquinas de imprimir billetes ni el FMI de otorgar sus leoninos préstamos.

5 .- El tipo de dinero llamado fiduciario (del lat. fidere: creer) son las monedas y billetes que no basan su valor en la existencia de una contrapartida en oro, plata o cualquier otro metal noble o valores, ni en su valor intrínseco, sino simplemente en su declaración como dinero por el Estado y también en el crédito y la confianza (la fe en su futura aceptación) que inspira. Sin esta declaración, la moneda no tendría ningún valor: el dinero fiduciario sería entonces tan poco valioso como los pedazos de papel en los que está impreso.

En 1971, Richard Nixon, rompiendo de facto los acuerdos de Breton Woods eliminó el respaldo en oro de la divisa norteamericana.

6 .- Existen versiones periodísticas que la quiebra de Lehman Brothers fue fraudulenta al haber transferido sus directivos a tres bancos de Israel -Grupo Hapoalim, Banca Leumi y al Israel Discount Bank- la módica suma de u$s 400 mil millones, escondida bajo la forma de pérdida de valor activos. El Grupo Hapoalim es el mayor grupo financiero de Israel. La Banca Leumi está vinculado al “Cerberus Capital Management”, cuyas cabezas son nada más y nada menos que: Dan Quayle (Vice-Presidente del Gobierno de George H.W.Bush), John W. Snow (Secretario del Tesoro entre el 2003 y el 2006, antecesor de Henry Paulson) y Donald Rumsfeld (Secretario de Defensa entre del Gobierno de George W. Bush, entre el 2001 y el 2006). Cerberus Capital, entre otros activos, domina el 80% del paquete accionario de la automotriz Chrysler-Dodge. En la mitología griega el Can Cerbero es el perro de tres cabezas que cuida las puertas del Hades, el inframundo griego.

Fuente: Alfredo Jalife-Rahme, ¿EE.UU. declara la guerra financiera al mundo? . http://www.jornada.unam.mx/2008/10/12/index.php?section=opinion&article=012o1pol

7 .- Morgan Stanley, una brazo desprendido de la Banca Morgan en 1935, acordó ser capitalizado por el Mitsubishi UFJ de Japón; éste último pasará a ser el principal accionista de la entidad con una participación del 21% a cambio de u$s 9.000 millones.

8 .- Maurice R. Greenberg es “Chairman and CEO” de AIG y posee el 13% de la empresa. Es vocal del “Council of Foreign Affairs (CFR)” , organización fundada en 1921 y financiada desde sus comienzos por la Banca Rockefeller, Morgan y Warburg. Su fin histórico ha sido establecer las líneas estratégicas de EE.UU. en el exterior hasta el presente. Miembros destacados del período histórico reciente son: Henry Kissinger, Cyrus Vance, Robert Rubin, Madeleine Albright, Colin Powell, Condolezza Rice y Peter Ackerman, entre otros.

9 .- Michael Hudson, IADE, 26/09/08, “Golpe de Estado Cleptocrático en EE.UU.”.

10 .- Robert B. Reich, “La Lección más dura”, American Prospect, noviembre 2008.

11 .- Según previsiones del FMI en el año 2009 EE.UU. perderá por primera vez desde la 2° Guerra Mundial la posición de primer productor de bienes industriales en términos cuantitativos en el mercado mundial al descender su participación del 15% al 14%; será superado por China que incrementará su participación del 14% al 16%.

12.- Emanuel Israel Rahm, norteamericano-israelí -tiene ambas ciudadanías-, con una amplia carrera en el Partido Demócrata y en el ámbito financiero. Fue asesor de Bill Clinton y a su salida de la Casa Blanca cumplió funciones bien pagas en el “Dresdner Kleinwort Bank” y en la “Freddie Mac Corporation”. Es miembro del “American Israel Public Affairs Committee (AIPAC), organización que hace lobby de los intereses israelíes frente al Congreso de EE.UU.

13 .- Paul Volcker, de larga relación con la familia Rockefeller, es asesor del “G-30”, agrupamiento de los 30 principales líderes financieros mundiales y miembro de la “Trilateral Comisión”. Ésta organización fue fundada por David Rockfeller cuando era Chairman del Council of Foreign Affairs (CFR) en 1973 y reúne a hombres influyentes del ámbito financiero, político y académico de EE.UU., Europa y Japón.

14 Artículos sobre ambiente y sustentabilidad

19, 22, 24, 26, 28, 30, 33, 49, 50, 51 53, 56, 57, 58, 61, 62, 67, 68, 69, 75, 78, 83, 84, 85, 86, 215, 216, 217, 240 incs. 20, 21, 23; 257, 260, 261






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