Por una nueva economíA, humana y sustentable



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LA GRAN CRISIS DE 1929



Por: Juan Antonio Vilar
Consecuencias de la primera Guerra Mundial

La Gran Guerra (1914/18) produjo efectos devastadores en Europa. La pérdida de vidas humanas fue terrorífica y la destrucción material, incalculable. Los daños económicos fueron cuantiosos, no sólo para las potencias derrotadas (Alemania, Austria-Hungría y Turquía), sino también para los países vencedores (el Reino Unido y Francia). Estos, se repartieron el despojo de los vencidos (las colonias africanas de Alemania y los territorios árabes de Turquía), pero no lograban compensar sus pérdidas.


Durante la contienda, había estallado la Revolución Rusa: los soviets de obreros y campesinos, organizaron el primer Estado Socialista del mundo: la Unión Soviética, bajo la conducción del bolchevique Lenin.
Al terminar la guerra, Europa se vio conmocionada por una serie de movilizaciones obreras y socialistas, que lograron éxitos efímeros (en Baviera y Hungría); rápidamente sofocados, ya que en su lugar se fortalecieron regímenes conservadores de derecha, como en Italia (el fascismo de Mussolini), Hungría o Polonia.

Los Tratados de Paz, dibujaron un nuevo mapa político europeo. Surgieron nuevas naciones; Alemania fue considerada ‘culpable’ de la guerra y castigada con el pago de compensaciones económicas y territoriales, de tal magnitud, que el verdadero propósito francés era impedir el resurgimiento como potencia de su vecino. Trato tan injusto, sólo podía provocar el resentimiento alemán y ansias de revancha.



La recuperación y reconstrucción de Europa fue muy lenta, lográndose con el auxilio de Norteamérica.
En realidad, el verdadero vencedor de la guerra, fue Estados Unidos. Sus pérdidas fueron mínimas y sus ganancias, máximas. Antes de la guerra, debía a Europa 3.000 millones de dólares y después, pasó a ser acreedor por U$S 9.000 millones (suma enorme para entonces). Una década después, Alemania, Francia, Gran Bretaña e Italia, le debían U$S 20.000 millones. Es que EE.UU. les proveía de materias primas, maquinarias y créditos.
Aunque Gran Bretaña conservaba su enorme imperio colonial, la libra esterlina era la divisa internacional y su flota dominaba los mares, el liderazgo económico norteamericano, era incontrastable. Su producción industrial, alcanzaba al 48 % del total mundial, su comercio exterior llegaba al 15 % y atesoraba la mayor parte de las reservas de oro del mundo. Su PBI, superaba a los del Reino Unido, Francia y Alemania juntos, más 20 países europeos.
El poderío y las ganancias de los monopolios, eran fenomenales. Gran cantidad de norteamericanos habían alcanzado un elevadísimo nivel de vida y aspiraban a enriquecerse especulando en la Bolsa de Nueva York. Vivían un clima de euforia, en el que parecía posible que todos pudieran disfrutar de un gran confort.
El valor de las acciones de la Bolsa, subían sostenidamente y el acceso a créditos, era fácil y rápido.
La otra cara de la realidad, la mostraban millones de trabajadores con salarios muy bajos y sin seguridad social.
La producción industrial crecía incesantemente, pero no así la demanda. Las importaciones europeas se estancaban, mientras que los norteamericanos multiplicaban sus compras a crédito.
La fiebre especulativa en la Bolsa, con operaciones en acciones y los abundantes créditos, fue ‘empapelando’ la economía norteamericana, con la apuesta a ‘ganancias a futuro’ que, de hecho, se transformaba en ‘dinero virtual’.
No empañó el desbordante optimismo de un futuro venturoso sin pausas, una crisis agropecuaria de mediados de la década, ni el estancamiento de algunos sectores industriales y de la construcción.
Nadie –o muy pocos- previó la crisis, y menos, las autoridades gubernamentales.
Se asignaba escasa importancia a los desequilibrios económicos producidos por el exceso especulativo y se desconocía el comportamiento cíclico del capitalismo, con sus períodos de expansión y auge, seguidos de momentos de declinación y crisis.
Durante el siglo XIX, fueron constantes las crisis cíclicas, cada 10 ó 12 años. Afectó a la actividad industrial. Una vez superada, podía apreciarse su resultado más notable: la mayor concentración de las empresas sobrevivientes. Fue todo un proceso de concentración de empresas, cada vez más grandes y fuertes, que culminó a fines de siglo con la formación de los Monopolios (Trust, Holding, Cartel, corporaciones gigantes) y del Sistema Monopólico.

Estalla la Gran Crisis.
En octubre de 1929, estalló la crisis bursátil en el Wall Street.
Las acciones comenzaron a bajar, desencadenando una estampida vendedora, que no hizo más que acelerar la caída vertical de su valor. El día 21, se pusieron en venta 6 millones de acciones, el 24, casi 13 millones y el 29, 16 millones. Los títulos cayeron vertiginosamente, arruinando a millones de especuladores y ahorristas.
Antes de la crisis, el valor total de los títulos de la Bolsa, era de 89.000 millones de dólares; a fin de año, bajó a U$S. 67.000 millones y en 1933, a U$S. 19.000 millones.
Esta catástrofe bursátil, arrastró a los demás sectores económicos: la industria, el comercio, la banca, la agricultura, la minería, el transporte, etc. Quebraron más de 100.000 empresas; de 24.000 bancos que operaban, quedaron 1165. Los desocupados, superaron los 15 millones. El salario, descendió un 45 % y la producción industrial, un 50 %.
EE.UU. prohibió la salida de dólares y abandonó el patrón oro.
Como el capitalismo es un sistema mundial, el hundimiento norteamericano contagió a todo el mundo –con excepción de la Unión Soviética-.
La crisis en Europa, arrojó resultados parecidos: quiebras, caída de la producción y del comercio, pérdida del valor de la moneda, desocupación, pánico, miseria. Inglaterra abandonó definitivamente la paridad moneda-oro. Así se desmoronó el sistema financiero apoyado en la libra esterlina. En Alemania, generó el triunfo del Nazismo.
Una Gran Depresión le siguió a la crisis, porque fue la más profunda de toda la historia del capitalismo.
El Estado regulador.
La libertad de Mercado, la libre iniciativa privada de producción y cambio, la sobreproducción y el descontrol especulativo, habían provocado un desbarajuste monumental. Era necesario que otro actor, pusiera orden al sistema.
El economista británico, John M. Keynes sostenía que el Estado debía intervenir y regular la actividad económica. Entendía que era fundamental crear fuentes de trabajo para aumentar la demanda y estimular la producción. Es decir, propiciaba un Estado proteccionista, dirigista, regulador y creador de fuentes de empleo.
Los países europeos realizaron las primeras reformas de autarquía y nacionalismo económico, con la intervención del Estado, en contradicción al tradicional liberalismo.
En EE.UU. hubo que esperar hasta 1933, para que el nuevo presidente, Franklin D. Roosevelt, pusiera en marcha el New Deal, un plan regulador, que incluía la realización de numerosas obras públicas por parte del Estado (viviendas, carreteras, puentes, canales, etc.), especialmente las del valle de Tennessee.

La perversidad del sistema capitalista, se mostró en toda su dimensión; mientras millones de norteamericanos sufrían hambre, eran sacrificados sin provecho centenares de miles de vacunos, porcinos y ovinos, y servían de combustible para las locomotoras, miles de toneladas de semillas de trigo, maíz y algodón, a fin de mantener el precio.

Simultáneamente fueron sancionadas leyes laborales y de seguridad social. Comenzó una sostenida recuperación, aunque los desocupados seguían siendo numerosos.
Este ‘dirigismo’ de ninguna manera era hostil a la empresa privada; más bien, la protege y regula. La experiencia fue exitosa y el capitalismo fue salvado.

Cuando la depresión quedó superada, los monopolios quedaron fortalecidos. La consecuencia de la crisis, fue el surgimiento del “Capitalismo monopolista de Estado”.


Repercusión en América Latina.
Los efectos de la crisis se hicieron sentir en América Latina, con la caída de los precios de sus materias primas exportables (café, salitre, azúcar, cereales, carnes, etc.). Su intercambio comercial, se vio resentido. Sus exportaciones totales sumaban en 1925, 4625 millones de dólares, en 1930 cayó a U$S. 3420 millones y en 1935, a U$S. 1745 millones. Sus importaciones, sufrieron la siguiente caída: en 1925: U$S. 3928 millones, en 1930: U$S. 3006 millones y en 1935: U$S. 1232 millones.

Aunque no pueda asegurarse la influencia directa de la crisis del ’29, lo cierto es que la América Latina se vio conmocionada en los años siguientes, por grandes convulsiones, revoluciones, golpes de Estado y cambios de gobierno de distinto signo, pero que casi siempre, dieron lugar a gobiernos reaccionarios o a dictaduras militares.


La dependencia de América Central y el Caribe a los EE.UU. era completa. Infinidad de veces, ‘marines’ yanquis habían invadido estos países, creado nuevos Estados, gobernado largamente, dictado constituciones y leyes y hasta organizado una fuerza armada nativa, en defensa de sus intereses, es decir, para defender los monopolios norteamericanos asentados en esos Estados.
En Nicaragua, en 1932 finalizó la gesta heroica encabezada por Augusto C. Sandino, con el retiro de las tropas yanquis, aunque éstos, organizaron un cuerpo armado, la Guardia Nacional para defensa de sus intereses, que pusieron al mando de Anastasio Somoza. Este asesinó a Sandino y asaltó el poder poco después, estableciendo una larga y violenta dictadura, que duró hasta 1956.
En 1930, un motín derrocó al gobierno guatemalteco. Al año siguiente, Jorge Ubico, con respaldo norteamericano, impuso una dictadura, hasta 1944.
En la República Dominicana, Rafael L. Trujillo, triunfó en unos comicios sin oposición en 1930, y estableció una sangrienta dictadura pro-norteamericana y anticomunista, que tuvo 31 años de vigencia.
Estallaron golpes militares en Panamá y rebeliones populares en Cuba.
En Perú, entre 1931 y 32, se produjeron varias sublevaciones.
En Uruguay, el presidente Gabriel Terra, rompió una larga continuidad democrática, con un golpe de Estado, del día 31 de marzo de 1933.
En Chile, una “Revolución Socialista” encabezada por Marmaduke Grove, tuvo una corta vida de 12 días, en junio de 1932.
En Brasil, la extraordinaria ‘larga marcha’ de la Columna Prestes, había finalizado. En 1930, se produjo una revuelta dentro de la clase dirigente, que dio el poder a Getulio Vargas. Su gobierno nacionalista e industrialista, duró 15 años en su primera etapa. Luego, volvió al poder político.
En Argentina, el 6 de septiembre de 1930, triunfó el primer cuartelazo del siglo XX. El general José Félix Uriburu, derrocó al presidente legítimo, Hipólito Yrigoyen, el primer presidente elegido en elecciones limpias por el voto popular. Todas las autoridades legítimas del país, fueron derrocadas. De esta forma, regresó al gobierno, la tradicional ‘clase dirigente’, la oligarquía que creó el Estado intervencionista y regulador en el país.

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BIBLIOGRAFÍA



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  • CROUZET, MAURICE, La Época Contemporánea, en M. CROUZET, Historia General de las Civilizaciones, vol. VII, Barcelona, Destino, 1967.

  • DE SALIS, J. R., Historia del Mundo Contemporáneo, t. III, Madrid, Guadarrama, 1960.

  • GODIO, JULIO, La Gran Crisis, en Siglomundo Nº 40, Buenos Aires, Centro Editor de América Latina, 1969.

  • HOBSBAWM, ERIC, Historia del siglo XX. 1914-1991, Barcelona, Crítica, 1995.

  • PLA, ALBERTO J, Hoover. El crack financiero de 1929, en Historia de América en el Siglo XX, Buenos Aires, Centro Editor de América Latina, 1964.

Juan Antonio Vilar








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