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ESTADO, CAPITAL Y COMPETENCIA



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ESTADO, CAPITAL Y COMPETENCIA

¿Ha muerto el liberalismo financiero?



Por: Fernando Hugo Azcurra*
I MERCADO Y ESTADO
La crisis económico-financiera en la que está inmersa la sociedad capitalista ha desplegado una enorme producción de enfoques, interpretación, descripciones, en notas, artículos, entrevistas a economistas y funcionarios en búsqueda de explicaciones y previsiones que permitan avizorar una luz en el fondo del túnel. Uno de los ámbitos en que parece desarrollarse los comentarios, debates e ideas es el de examinar los acontecimientos como el de un antagonismo entre un neoliberalismo, que habría mostrado su irracionalidad y lo perjudicial de su absurda práctica de “libertad” de los mercados, y la racionalidad, prudencia y estabilidad que supondrían los controles estatales en el funcionamiento de la movilidad mundial del capital. De manera que la controversia sobre el mejor funcionamiento de la economía se sitúa entre Mercado y Estado, y los grados de responsabilidad social que a cada uno le correspondería cuando al primero se lo libera de toda supervisión del segundo y se le permitiera operar “salvajemente” como en sus inicios históricos.
Esta contraposición, sin embargo, no es un antagonismo real sino una oposición ideológica dentro de la propia cosmovisión de la sociedad burguesa, que muestra sí tensiones de aquél, pero desde la cual sería falso partir para explicar la crisis actual cuando es lo que en rigor debe ser explicado. Antagonismo y oposición se parecen pero no son iguales. Uno es un fundamento objetivo real la otra es proceso objetivo formal. La oposición formal, Estado versus Mercado, remite al antagonismo real, que como fundamento de la estructura social alude al modo de producción del capital, entre una colosal socialización de las actividades productivas y de servicio y una cada vez mayor (y no menos colosal) apropiación-expropiación por el capital, en esta etapa financiera-monopolista, en su carácter de propietario privado de aquellas fuerzas sociales.
LIBERALISMO FINANCIERO
La oposición se presenta y difunde, bajo aquella formalidad como “neoliberalismo” en tanto expresión ideológica de los mercados enfrentada a las “regulaciones” como expresión de la injerencia exógena y contraproducente del Estado. Pero el concepto básico de la expresión neoliberalismo, tan de moda desde hace años, es el de “liberalismo”. Esta modalidad ideológica, económica y política fue bandera de combate de la burguesía industrial en su enfrentamiento con las formas feudales y los poderes de la nobleza y de la monarquía en esa etapa en que se abría paso el modo de producción específicamente capitalista en la Europa de los siglos XVII y XVIII. La consigna “laissez faire, laissez passer, le monde va de lui-même » exigía libre concurrencia sin obstáculos de naturaleza alguna, eliminación de cualquier intromisión del Estado (Monárquico), supresión de todo monopolio (feudal), para favorecer el desarrollo del capital industrial. Se trataba, pues, de un “liberalismo industrial”. La Revolución Francesa abrió toda una época en Europa de confrontaciones políticas de clase entre una nobleza definitivamente declinante y una burguesía industrial ascendente que marchaba hacia el pleno dominio de la sociedad al mismo tiempo que la transformaba.
Vertiginosa marcha y no menos vertiginoso triunfo que superó su etapa de maquinismo y gran industria para acceder a las formas monopólicas de la producción a la par que de expansión de los mercados constituyendo el surgimiento de una nueva forma histórica de dominio del capital: el monopolio financiero. Concentración y acumulación de capital, centralización de la propiedad, monopolios en competencia agresiva, difusión mundial de estos, dominio del capital ficticio, etc. Mercado dejó de ser sinónimo de “libre concurrencia” y se transformó en monopolio.
Luego de la crisis de los años 30 del siglo pasado y de la aparición del Estado como estabilizador de las fluctuaciones y de la desocupación, por tanto de su intervención en la economía, las consignas básicas de la ideología liberal “resurgen” del letargo que sufriera entre 1945-1975. El capitalismo había cambiado: el capital en su forma de imperialismo financiero exigía desregulación y eliminación de trabas institucionales y estatales; mantenimiento de la rivalidad competitiva de los monopolios (privados); mejoras en las condiciones de desenvolvimiento del capital ficticio, etc. exigencias, necesidades que hoy sólo la expresión “liberalismo financiero” puede ser su fiel reflejo y no la de “neoliberalismo” que engañosamente y anacrónicamente aludiría a concurrencial, que como se ve borra diferencias históricas y especificaciones concretas de dominio del capital. Aquella expresión en toda su candidez y fácil difusión esconde más de lo que muestra: no es el “resurgimiento” de un liberalismo empedernido y anticuado, no es tampoco el empecinamiento de unos fanáticos (economistas, empresarios, funcionarios gubernamentales, etc.) que no “aprenden”, es la exigencia y la imposición de lo “financiero” que no explicita pero que lo sostiene y fundamenta. Liberalismo financiero, pues, y no neoliberalismo.
Pero además esta rabiosa ofensiva del liberalismo financiero contra las regulaciones de los mercados y la supervisión del Estado, jamás fue sinónimo de recuperación de una doctrina rigurosa en sus fundamentos que restableciera la adecuación del movimiento real del capital con su expresión teórica como fiel reflejo de una economía capitalista “sana”. Se trató siempre de una doctrina geopolítica de dominación mundial por parte de los países centrales, en especial de los EE.UU., hacia el mundo periférico. Se elaboró una estrategia denominada Consenso de Washington que creó instrumentos (Grupo de los 7) y aprovechó otros existentes en la órbita de las Naciones Unidas (FMI; Banco Mundial; OMC) para implementarla y subordinar al resto del mundo. La crítica económica seria ya ha determinado la carencia de toda rigurosidad teórica y de la falsedad de argumentos de la doctrina como para ser aceptada por sus inexistentes bondades de conocimiento como de explicación.
Y no obstante en sus carencias, falsedades y oposición formal existe una referencia al antagonismo real que la sostiene en el imaginario ideológico-social creado y difundido por la economía vulgar. Mercado alude a Competencia, regulación a Estado, y ambos descansan sobre el Capital. Lo cual conduce a examinar a todos ellos en sus mutuas relaciones reales. La crisis muestra, pues, la aparición de un conflicto entre todos ellos que en lo inmediato señalaría una derrota de la ofensiva que por décadas llevara a cabo el Capital, como liberalismo financiero, contra su propio Estado, el que tendería a comportarse cada vez más como un capitalista colectivo, como un representante del conjunto de la clase burguesa y no de una de sus fracciones. Ante la desestabilización a la que somete el imperialismo financiero especulativo a la sociedad toda, surgiría la cordura puesta por el Estado como institución suprema del cuerpo social.
¿Qué tipo de relaciones mantienen entre sí capital, competencia y Estado burgués?
II CAPITAL, ESTADO Y COMPETENCIA
Las formas competitivas constituyen, en general, la modalidad en que el capital establece su predominio como modo de producción ante cualesquiera otras formaciones socio-económicas; plantea, exige y termina imponiendo la eliminación de todo tipo de trabas y obstáculos como sinónimos de atraso y perjuicio para el progreso y la libertad. La competencia muestra la multiplicidad del capital en sus mutuas recíprocas relaciones, ya que él no puede existir sino como muchos capitales, por lo que en rigor lo que hace aquella es imponer como ley obligatoria para cada capital individual las leyes internas del capital como un todo, es la naturaleza esencial del capital, es su determinación como autodeterminación. La competencia, pues, se erige en motor esencial de la economía del capital, y pone en práctica sus leyes (explotación, valorización, acumulación), adquiriendo carácter de oxigeno vital de la existencia del capital y de su funcionamiento.
Esto es lo que la burguesía y los economistas vulgares toman en el nivel doctrinario como un principio universal de toda economía bajo la llamada “ideología o doctrina liberal” en sus diversas modalidades: “liberalismo clásico”; “conservadorismo liberal”; “neoliberalismo”, etc. y que sus instituciones sostienen como un dogma bíblico. Por esta razón, pues, el capital y las clases empresariales se oponen y combaten la intervención económica del Estado, aunque se trate de “su” Estado. No hay teoría ni argumentación científica alguna que la convenza de que el Estado extienda su actividad de regulación económica, ni siquiera señalando lo importante que es su función de estabilizador al administrar la demanda del gasto estatal con finalidades anticíclicas, de aumentar la ocupación de la mano de obra, de reactivar la inversión, las ventas y las ganancias del capital privado. Las instituciones políticas, económicas y sociales del capital en los países centrales luchan con toda su fuerza contra esta realidad que es la intervención del Estado en la economía y su propiedad de medios de producción y esa ideología la imponen al resto del mundo.

ESTADO Y COMPETENCIA
No obstante, esta denodada acción del capital privado se acompaña de otra opuesta y no menos real. El propio capital y sus burguesías demandan, exigen y ven con buenos ojos y razones, cuando crisis, quiebras, o la realización de pingües negocios lo requiera, que el Estado intervenga con políticas de “nacionalizaciones” o “estatizaciones” para alcanzar a “equilibrar” la situación económica y limpiarla de sus “excesos”, sin que además se muestren disconformes por la continua injerencia de aquél cuando en sus abultados presupuestos se convoca al capital privado para sus suministros, cuando la Banca Pública concede créditos subsidiados o permite la evasión de sumas millonarias en concepto de ganancias.
¡Paradoja! Ambos momentos son reales y actuantes. Cuando el movimiento del capital transita una etapa ascendente, de reanimación, expansión, boom, hasta alcanzar la cima del auge, rechaza enfáticamente toda “intromisión” estatal, más cuando como ahora se trata del capital imperialista financiero. Cuando, desbordado por el proceso de acumulación y la especulación consecuente el capital estalla en una crisis y se abre una época de desequilibrios, quiebras, depresión y conflictividad social, una sola voz se alza: ¡intervención del Estado!, ¡los “poderes públicos” deben poner límites y reestablecer el equilibrio económico y la armonía social!. Luego de la segunda guerra mundial el Estado adoptó formas estables de intervención y políticas económicas de planeación, demandadas y aceptadas hasta salir de la etapa de reconstrucción mundial. Hacia fines de la década del 70 “reapareció” la ofensiva del liberalismo doctrinario ya transformado en liberalismo financiero pero difundido y conocido “urbi et orbe” como neoliberalismo. La expansión de la acción estatal y la competencia que ésta crea en el mismo momento en que actúa como complemento compensatorio de sus inestabilidades intrínsecas, hacen que se presenten de nuevo las tendencias agresivas anti-estatales apuntando a su burocracia, corrupción, anquilosamiento, etc. y sobre todo a lo indebido que es el que se ocupe mal de lo que el capital privado hace bien (!?)
Pues bien el fundamento real de tales posturas reside en aquel antagonismo que hemos aludido. Más de 50 años de crecimiento capitalista, que aún con ciclos, ha logrado un fabuloso desarrollo de las fuerzas productivas, muestra que ellas han alcanzado las fronteras dentro del capital mismo y que las limitaciones con las que tropieza ahora no son las antiguas (Monarquía, corporaciones, privilegios, proteccionismo, etc.) son aquellas que él mismo ha creado y ya no puede administrar en su condición de propiedad privada (planeación de mercados; economía de Estado; concentración monopólica; corporaciones empresariales; corporaciones, sindicales; gestión social del capital; controles públicos de producción; etc.). Lo que sucede es una creciente coacción estructural del capitalismo a reconocer la naturaleza cada vez más social de la producción, circulación y consumo del capital, siendo esto lo que aparece como exigencia de estatismo o nacionalizaciones por parte de la clase burguesa misma, es decir a tratar como fuerzas productivas colectivas lo que todavía es de carácter privado. Esto, por supuesto, dentro de la propia sociedad burguesa y en lo que ella hace posible.
Crisis como la actual, su profundidad, su duración, sus características, empujan a que las formas estatales de intervención sean necesarias y estables y a que el propio capital privado se transforme más y más en producción y gestión asociada, es decir, en los hechos, excluyendo la explotación bajo la forma capitalista típica de apropiación. Necesarias porque surgen del proceso mismo del movimiento del capital y no de directivas o deseos individuales de empresarios, funcionarios o políticos. Esta es la base amor-odio del capital-competencia versus Estado-regulación que aparece como neoliberalismo o estatismo, o bien como Mercado o Estado.
La burguesía imperialista es entonces una clase que mantiene una relación conflictiva con su propio Estado, es la lucha de ella consigo misma y de su capacidad, nunca desmentida, de desarrollar el proceso de crecimiento de las fuerzas productivas sociales hasta ponerlas fuera de su propio cauce de administración. Es una relación del capital consigo mismo y sus tendencias inmanentes a la eliminación completa de la multiplicidad en pro de una unidad de monopolio que no podrá verificarse jamás porque no puede existir ni tampoco pensarse de modo riguroso el capital sin competencia en cualquiera de sus variantes modernas: duopólicas, oligopólicas, etc.
Pero con todo, ninguna ampliación de la intervención del Estado, ninguna transformación cada vez más social por oposición a lo privado de la producción y circulación, elimina la propiedad del capital sobre el conjunto económico y social.
El Estado sigue siendo un Estado de clase, de ahí que toda política ante esta crisis sea “salvar” al capital financiero haciendo que pague la sociedad que trabaja no castigando las clases que especulan y producen estos gigantescos latrocinios. Se exacerba, cierto es, el antagonismo real, pero si bien se crean las condiciones socio-económicas cada vez más visibles y cercanas para el cambio, sólo una rebelión política de la sociedad hará que se vuelva tangible la superación del capital y de su acción depredadora. No hay cambio evolutivo por condiciones puramente económicas, pero sin éste sería imposible el cambio político.
En conclusión una vez pasada la situación crítica actual que verá un paso adelante en la política de regulación sobre el capital financiero, por lo mismo la certeza de un mayor desplazamiento del capital en la economía por el Estado retomando, quizás dentro de varios años o lustros, la senda de crecimiento con un nuevo acuerdo internacional y nuevas reglas de juego mundial, la burguesía y sus adláteres reaparecerán y volverán por sus fueros con nuevos bríos y argumentos haciendo flamear nuevamente la bandera ideológica y la práctica del liberalismo financiero. Para que muera debe morir el sistema que lo sostiene y le da sentido.
* Economista. Docente e investigador UNLu y UBA.



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