Por una nueva economíA, humana y sustentable


Buenos Aires, septiembre de 2008



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Buenos Aires, septiembre de 2008


* Breve CV:
Profesor Titular de Economía Política en la Facultad de Derecho de la Universidad Nacional de Rosario. Profesor de Postgrado en las universidades públicas de Buenos Aires, Córdoba, Mar del Plata y Rosario. Presidente de la Fundación de Investigaciones Sociales y Políticas, FISYP. Integrante del Comité Directivo del Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales, CLACSO. Director Adjunto del Centro Cultural de la Cooperación, CCC. Director del Centro de Estudios de la Federación Judicial Argentina, CEFJA e integrante del Instituto de Estudios de la Central de Trabajadores Argentinos, IEF-CTA.

LA CATÁSTROFE MUNDIAL QUE ACECHA, ¿A QUIÉN AMENAZA?



Por: Javier A. González3

La catástrofe bancaria y bursátil en desarrollo a escala mundial ha puesto enormes fuerzas en movimiento. El epicentro ha sido el sistema financiero de EE.UU., el centro neurálgico de las finanzas mundiales, y por ende, el orden mundial, político, económico y social tiende a reordenarse; como placas tectónicas que se dirigen hacia el choque al encontrar sus líneas de falla y ruptura.


Es común que las distinciones entre el plano político y el económico-social, entre la sociedad política y la sociedad civil, entre economía y política sean presentadas como distinciones orgánicas; cuando, en realidad, deben ser tratadas como distinciones meramente metodológicas. En situaciones críticas como las actuales, donde todo el orden del sistema capitalista mundial se encuentra en movimiento, estas distinciones pierden, incluso, todo sentido práctico. Las situaciones críticas como las actuales son aquellas donde los hechos sacan a las relaciones sociales del plano de la ideología y las develan tal cual son: relaciones de fuerza. Donde toda la fuerza del Estado Moderno expone su interés y a quien sirve: la Moderna Aristocracia Financiera.
Esta definición incluye el ámbito de las relaciones internacionales. Éstas habían caído, desde el colapso del campo socialista en Europa del Este, en el meandro ideológico y pseudo científico de términos como: “nuevo orden mundial”, “globalización”, “aldea global”, etc. Hoy se muestran tal cual son –y siempre, desde comienzo de la historia fueron-: equilibrios de relaciones de fuerza entre Estados en el tablero mundial.
En este estado de situación los “organismos supranacionales” se muestran ineficaces. Ni las recurrentes reuniones del G7, ni el FMI, ni el BM, pudieron evitar el desencadenamiento de la crisis desde sus albores en el 2007. La Unión Europea –al igual que en la crisis político-militar del criminal desmembramiento de Yugoslavia- no ha podido establecer una política común; cada Estado privilegia sus intereses. Sus acciones comunes se han reducido a sacar una foto protocolar de sus mandatarios; palmaria y recurrente demostración de que Europa no es una entidad política; sigue siendo una categoría geográfica. Es más, con Sarkozy a la cabeza –y el apoyo de Gordon Brown y Merkel- las principales potencias europeas “solicitan” a Bush –un “pato” sin poder político efectivo ya- una reunión del G-20 para establecer un “nuevo orden financiero mundial”. Sencillamente declaran, con ello, la defunción política de la Unión Europea y, con el cinismo propio de esas latitudes, llaman al convite a un pequeño conjunto de países que en la “cadena imperialista” han estado subsumidos a sus designios –entre ellos, la Argentina-.
En términos políticos, de Japón y China no hablamos, permanecen en la sempiterna paciencia asiática; tal vez, esperando que les llegue su hora; pero en general puede observarse que presentan la tendencia a sostener el “status quo”; ya veremos por qué.
Sin embargo, desde el punto de vista económico sí hubo acciones conducentes hacia una coordinación supranacional: la de los Bancos Centrales de las principales potencias imperialistas. Sus acciones no fueron muy efectivas en evitar las caídas bursátiles; pero todas las armas a su alcance las han utilizado en tres direcciones: bajar las tasas de interés referenciales, inyectar liquidez a los “mercados” y sostener la cotización del dólar estadounidense4. ¿Paradojas de estos tiempos?, no. El detonante de la crisis mundial ha sido la crisis bancaria en la principal potencial mundial; pero, igualmente, las relaciones de fuerza entre los Estados y las aristocracias financieras enlazadas mundialmente no han cambiado, por lo menos en el corto plazo. Así que es lógico que en la era del “dinero fiduciario”5, donde la cotización de las monedas mide entre otras cosas la “fe en la potencia de los Estados”, el dólar estadounidense y los títulos atados a él incrementen su valor.
La Reserva Federal y los Bancos Centrales siempre han defendido “doctrinariamente” su independencia del “poder político” en defensa de los intereses de los “agentes económicos del mercado” a largo plazo; manera peculiar de declarar su sumisión al JP Morgan Chase (Banca Rockefeller-Morgan), Citigroup, Bank of America, Goldman Sachs, Morgan Stanley, American International Group (AIG), la Banca Barclays, Lloyds TSB, HSBC, BNP Paribas-AXA, Deustche Bank, Allianz AG, Mitsubishi UFJ –sólo para nombrar los principales- y los oscuros y generalmente delictuales “hedge funds” – FMR-Fidelity Investments –Clan Johson-, Cerberus Capital Management, Lazard LLC, Janus Capital, Atticus Capital, Capital Research & Management, Wellington Management, etc.-.

La revalorización del dólar, entre otras circunstancias que veremos más adelante, ha permitido que las pérdidas de valor bursátil sean menores en la principal potencia, donde justamente se declaró la crisis. Las pérdidas en las bolsas del “taller industrial del mundo”, China, o de los proveedores de materias primas y commodities industriales –Brasil, Argentina, México- han sido sustancialmente mayores; ya veremos porqué.
La centralización del capital y la socialización de las pérdidas financieras
Los padres del socialismo científico ya han dejado en letra de molde que las crisis aceleran en forma exponencial la tendencia general a la centralización de la propiedad del Capital. Pues bien, la presente crisis no ha salido de las generales de la Ley. La crisis emerge al público conocimiento con la adquisición de la quebrada Bear Stearns, uno de los mayores aseguradores hipotecarios, por parte del JP Morgan Chase; pero con una salvedad, los fondos para tal adquisición los provee a este último banco de inversión la Reserva Federal –sin contraparte alguna, aparentemente-.
Pero el mayor golpe, que acelera la crisis de desconfianza a nivel mundial, todavía no había llegado. A comienzos de septiembre, la emblemática Lehman Brothers Holdings Inc. –fusión histórica de la familia Lehman y la Banca Kuhn & Loeb Co.- no es rescatada por la Reserva y entra en bancarrota6.
Ya para entonces la crisis se medía en días y horas. Otro gran banco de inversión, Merrill Lynch, es adquirido a precio de remate por el Bank of America –de las familias Giannini y Monnette-, el 14 de septiembre. Y los otros dos bancos de inversión que quedaban, Goldman Sachs y Morgan Stanley7 se apresuraron a cambiar de status y pasar a ser simples bancos comerciales, porque corrían serios riesgos de caer. Mientras tanto, American International Group (AIG), -cuyo controlante es Maurice R. Greenberg8-, la mayor aseguradora del mundo, fue salvada al ser capitalizada por la Reserva Federal con 85.000 millones de dólares, y lo mismo ocurrió con Fannie Mae y Freddie Mac –entidades hipotecarias semipúblicas-, virtualmente rescatadas por el Estado al costo de 100.000 millones de dólares cada una. El 29 de septiembre el Citigroup –de la familia Taylor-Pyne- el mayor banco comercial de EE.UU. anuncia la adquisición del Wachovia Corporation, el 4° según activos.
En apariencia, y sólo en apariencia, el colapso del sistema bancario estadounidense se produce a raíz de la fatal combinación de las generalizadas hipotecas con baja garantía, la generalización de los instrumentos de deuda “garantizada” –securities y swaps- y el cómplice fracaso de las “agencias calificadoras de riesgo”.
Un buen observador de la crisis, Michael Hudson, dice: “Un fondo hedge, o fondo de cobertura o de inversión libre, no gana dinero produciendo bienes y servicios. No avanza fondos para comprar activos reales, ni siquiera presta dinero. Lo que hace es tomar prestadas enormes sumas para apalancar sus apuestas con crédito prácticamente ilimitado. Sus ejecutivos no son ingenieros industriales, sino matemáticos que programan computadoras para hacer apuestas cruzadas o straddles sobre cómo se comportarán las tasas de interés, las tasas de cambio de divisas o los precios de las acciones y las obligaciones… o los precios de las hipotecas empaquetadas por los bancos. Los préstamos empaquetados pueden tener contenido o ser basura. No importa. Lo único que importa es ganar dinero en un mercado en el que el grueso de las operaciones comerciales dura apenas unos segundos. Lo que genera ganancias es la fibrilación de los precios, la volatilidad… Buena parte de las culpas deberían cargarse sobre la Administración Clinton, responsable directa en 1999 de la abrogación de la Ley Glass-Steagal, que permitió a los bancos fusionarse con casinos. O mejor dicho: a los casinos, absorber bancos. Eso es lo que puso en riesgo los ahorros de los norteamericanos.”9
La observación es válida en general, pero este honesto observador se equivoca en dos cosas. La primera de carácter práctico: en Wall Street se ponen en riesgo los ahorros de gran parte de la humanidad, no sólo de los norteamericanos –que, como sociedad, no ahorran y sostienen su nivel de vida con financiamiento externo-. La segunda de carácter teórico: las Bolsas de Comercio siempre fueron “casinos” –tanto a decir por Marx en sus tiempos como por Keynes, aunque éste último acostumbraba “apostar” en ellas- más allá de su mayor o menor regulación.

El tema es quiénes son punto y quiénes la banca en este juego; y éste no es un juego de palabras cuando, ciertamente, estamos hablando de los sujetos y los instrumentos institucionales que asignan la riqueza socialmente producida a nivel mundial. Lo demás, la crítica al carácter especulativo del capital dinerario, es más una cuestión propia del terreno ético-moral que político-económico; terreno del cual uno debería desprenderse para observar el movimiento de lo real.


Las dudas sobre el estado de los libros de las entidades bancarias rápidamente se transmitieron a Europa y todas las autoridades monetarias de los países centrales y su periferia inmediata salieron a respaldar y financiar a los “apostadores”.
Henry M. Paulson Jr., actual Secretario del Tesoro, empleado de Goldman Sachs desde 1974 hasta el 2005 –donde llegó a Presidente Ejecutivo-, propone al Congreso endeudar al Estado en u$s 700 mil millones para adquirir los títulos “tóxicos” o “basura” en posesión de la banca norteamericana. En una opereta propia de un país bananero, donde todos los congresistas mostraron sus pruritos en el sacrosanto altar de las “reglas del libre mercado”, el Congreso aprobó finalmente el proyecto y la estafa –como siempre con algunas modificaciones que guardan el “bien general” y la “equidad social”-. Las familias de la aristocracia financiera, sus operadores y agentes, agradecidos.
En Gran Bretaña, no por nada la cuna del pensamiento económico, las cosas fueron más elegantes y rigurosas, el Primer Ministro Gordon Brown –anteriormente Ministro de Hacienda de Tony Blair- propone al Parlamento “capitalizar” los principales bancos con fondos públicos –un fondo de alrededor de u$s 90.000 millones-; o sea, una parcial “nacionalización de la banca”. Así controlará un 60% del Royal Bank of Scotland y un 40% de la fusión entre Lloyds TSB y HBOS. Paralelamente, la Banca Barclays, orgullosa heredera de la fusión de la banca colonial del viejo imperio, será capitalizada con u$s 5.000 millones.

En síntesis, toda esta vertiginosa sucesión de acontecimientos ha dejado palpable y a la luz la intrincada relación entre el “poder político” y el “poder financiero”. De cómo, el “aparato del Estado” se encuentra en función de los intereses de la “Moderna Aristocracia Financiera”.



LA CRISIS FINANCIERA Y SUS EFECTOS SOBRE LA ECONOMÍA REAL
Podemos afirmar, en apretada síntesis, que la actual crisis expresa que, a cierto rango, el “capital dinerario” –que sólo circula bajo ésta forma o la de títulos- se ha desprendido de su contraparte en “mercancías” y “capital productivo”. A cierta medida, la capacidad de repago de las empresas y familias de esos instrumentos financieros “securitizados” fueron puestos en duda y de allí la caída abrupta de su aceptación y su valor. Las astronómicas pérdidas de riqueza en términos monetarios y bursátiles parecen buscar cierta “relación de proporciones definidas” con el capital productivo, que aparentemente, y hasta el momento, se encuentra intacto.

Pero, sin embargo, aunque el “capital productivo” –las máquinas y equipos, la infraestructura material, etc.- esté intacto, la desaparición del crédito y el corte de la cadena de pagos que produce la crisis financiera, -donde los bancos ya dejan de cumplir su función social específica “sentándose” sobre sus patrimonios-, hacen que todo el sistema económico mundial corre el peligro de entrar en una profunda depresión con fuertes caídas del nivel de actividad y empleo. Y, desde allí, la misma evaluación del valor de las empresas y el capital productivo tiende a la baja; cerrándose así, una espiral negativa.


La “quiebra del crédito” está causando un enfriamiento sin precedentes en el consumo de EE.UU. Los norteamericanos este año están gastando menos que el año anterior. Esta variación negativa en el consumo, sólo se había dado dos veces desde 1965, en los picos de la depresión de 1973 y 1988 (después del Crack de Wall Street de 1987). Es que el stock acumulado de la deuda yanqui (hogares, estado y empresas), que estaba en el 163% del PBI en 1980, hoy creció al 346% (valores a fines del 2007). En el caso de los hogares, su deuda trepó de un 50% del PBI en 1980 a 100% en el 2007. Dentro de las empresas, el sector financiero tenía una deuda igual al 27% del PBI en 1980 y hoy está en 116%. Por eso, uno de los grandes problemas para la economía real de EE.UU. es que está desapareciendo el crédito.
El otro gran problema, que no deja de estar asociado al anterior, es la inequidad distributiva del ingreso. Dice Robert B. Reich – ex–Secretario de Trabajo de Bill Clinton -: “Las maquinaciones financieras específicas que condujeron al colapso son siempre diferentes, pero los niveles alcanzados por la inequidad en Estados Unidos en el 2006 (último año para el cual hay datos) ya son una señal nítida de peligro. El 1% más rico de los estadounidenses se llevó a casa el año pasado el 23% del ingreso nacional. En 1980, el 1% más rico se llevó el 8% del ingreso total. La última vez que el 1% superior se llevó más del 20% del ingreso fue en 1928, un año antes de la Gran Depresión”.10
O sea, EE.UU. se ha convertido en el gran deudor mundial, con déficits gemelos de cuenta corriente y fiscal crecientes. Con la fuerza de Washington, Wall Street, la US-Navy y los organismos multilaterales que dominan, la aristocracia financiera de ese país logra que año tras año el mundo financie los niveles de inversión, gasto público y consumo de EE.UU.; donde el consumo, a su vez, está altamente concentrado en el 1% de su población.
Si China ha pasado a ser denominada el “taller industrial del mundo”11, EE.UU. es el “supermercado” del mundo.
La estructura del mercado mundial y de sus flujos comerciales y de capital puede esquematizarse en un “rombo”. EE.UU. es el gran consumidor de los excedentes producidos en el mercado mundial a cambio de “bonos del tesoro” que son aceptados por los productores. En los vértices laterales encontramos a los proveedores de bienes industriales. Alemania por un lado y Japón por el otro ofrecen bienes de consumo de alta gama y equipos industriales, Taiwán y Corea suministros electrónicos –entre otros bienes- y China la gran masa de bienes industriales de consumo –aunque ya está alcanzando la capacidad de exportar equipos de producción-. En el vértice inferior encontramos a los proveedores de materias primas, insumos energéticos e insumos industriales generalizados –Rusia y los miembros de la OPEP, Brasil, México y Argentina, entre otros- que dirigen sus producciones a los otros tres “vértices”.
Este es el “status quo” presente del sistema capitalista mundial, que tiene carácter mundial desde que emergió el “mercado mundial” entre los siglos XVII y XIX. De éste perverso “status quo” ninguna potencia política real vislumbra cómo salir. La debacle financiera de EE.UU., su cúspide, amenaza con reordenar todo el tablero económico, social y geopolítico; pero las salidas no están a la vista. Las señales de enfriamiento del consumo de EE.UU. ya están impactando en los niveles de actividad y empleo, presentes y esperadas, de los proveedores industriales de ese inmenso mercado (entre el 25 y el 30% del consumo mundial).
Las correas de transmisión de la crisis con los proveedores de insumos son inmediatas y ya se reflejan en la caída de los precios internacionales de las principales materias primas y “commodities”. Esto explica, entre otros factores que no expondremos aquí, que las expectativas a la baja y las caídas bursátiles sean mayores desde la periferia hacia el centro.
Por ahora, los organismos internacionales y los Estados sólo se dedican a proyectar la cuantía de la caída de los niveles de actividad y cuantos empleos se perderán. Algunos, sólo unos pocos, plantean incrementar los fondos para los seguros de desempleo y algunas deducciones impositivas a las empresas productivas –principalmente, Alemania y Japón-. En general, por ahora, ni las burguesías industriales, ni las clases trabajadoras, ni los pueblos del mundo en general encuentran en sus Estados la misma fuerza, convicción y solidaridad que ha encontrado, de forma acelerada e inmediata, la aristocracia financiera enlazada mundialmente.
El sistema capitalista mundial, en tanto “régimen social de producción” encuentra su límite, una vez más, en la contradicción entre la acelerada “organización social de la producción” y la “apropiación privada de la riqueza socialmente producida”.
La cúspide social de EE.UU., la moderna aristocracia de ese país que vive del “corte de cupones” –de rentas-, más sus agentes y operadores más cercanos, que junto a sus familias no representan más que 3 millones de personas, consumen y disfrutan de cerca del 7% de la renta mundial. La inequidad distributiva es el principal límite al crecimiento y desarrollo económico, tanto al interior de las naciones como a nivel mundial.

A MODO DE CONCLUSIÓN. EL ESTADO TEÓRICO Y EL ESTADO PRÁCTICO.
Antes de finalizar esta nota las noticias periodísticas sobre el “fuerte clamor de esperanza de cambio” que despierta la consagración de Barack Hussein Obama en EE.UU. y el mundo ya son de público conocimiento. La elección de un “demócrata” perteneciente a una históricamente castigada minoría racial permite al “régimen político y propagandístico” propalar esperanzas de un ejercicio ecuánime y socialmente justo de su gestión a nivel nacional y de un reencuentro con el multilateralismo y el pacifismo a nivel internacional. Toda una defensa del “Estado Teórico”, el cual se encontraría por encima de todo interés de clase e interés nacionalista.
Pero, sin embargo, el mismo 7 de noviembre, a 3 días de su consagración, el Presidente electo Obama anunció el primer integrante de su gabinete: Emanuel Israel Rahm12 ocupará la “Jefatura de Gabinete” de su Gobierno. Por otro lado, el mismo día, reunió un consejo de 17 colaboradores para tratar la crisis económica cuyas principales cabezas son los ex – Secretarios del Tesoro del Gobierno de Bill Clinton, Robert Rubin y Lawrence Summers, y el ex – Presidente de la Reserva Federal Paul Volcker13, durante los gobiernos de Jimmy Carter y Ronald Reagan. O sea, los mismos padres de la “desregulación y arquitectura financiera” –con la abrogación de la ley Glass-Steagal en 1999, gestión de Lawrence Summers- que pone a EE.UU. y al mundo al borde de una Gran Depresión son los actuales consejeros del Presidente Electo. No hay cambio, hay continuidad Estatal, continuidad de los intereses manifiestos por Wall Street y sus agentes.
Éste es el “Estado Práctico”, la hegemonía absoluta de los intereses de la moderna aristocracia financiera sobre los de toda otra fracción de su propia clase u otra clase social; del pueblo de su nación en general. La monopolización por parte de ella todos los aparatos e instrumentos del Estado más poderoso del planeta; conformando, en sí y para sí, el “capitalismo monopolista de Estado”, “El Estado Imperialista”. El período histórico venidero será lamentable para la mayor parte de los pueblos del mundo, para la humanidad, sin una “democratización real del poder del Estado” en cada Nación y una redefinición de las relaciones internacionales. Sin un cambio de las relaciones de fuerza sociales a escala mundial no hay solución a la catástrofe que nos amenaza.

Noviembre del 2008.
* El autor es Master en Economía de Gobierno, -egresado de la Universidad de San Andrés-, e investigador del Centro de Investigaciones en Ciencias Sociales (CICSO); que dirige Beba Balvé.



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