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CRISIS MUNDIAL: SOLO SE MUESTRA LA SUPERFICIE



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CRISIS MUNDIAL: SOLO SE MUESTRA LA SUPERFICIE

(…EN EL FONDO ES MUCHO MAS GRAVE)



Por: Luis Lafferriere
El capitalismo es un sistema que a partir de la competencia salvaje promueve la tendencia a la inversión, la búsqueda de la máxima ganancia, la reinversión y el crecimiento general. Para que esa rueda sea posible, necesita mercados en crecimiento permanente. Pero ese crecimiento económico no es parejo a lo largo del tiempo, sino que sucede en forma de ciclos: fases de expansión y fases recesivas.
El último período expansivo de largo plazo que vivió el sistema capitalista internacional sucedió luego de la segunda guerra mundial. Fue la primavera keynesiana, con el Estado del bienestar, las mejoras distributivas, y la producción y el consumo masivo. Pero a principios de los años ’70 del siglo XX, comienzan a asomar las dificultades: caída de la tasa de ganancia en las actividades productivas. Se afectaba el núcleo determinante de la actividad económica del sistema.
Las reacciones no se hicieron esperar, y por la magnitud que tomaron van a producir una profunda transformación del escenario mundial. Primero hubo inflación, en procura de mejorar la rentabilidad. No alcanzó. Luego, los capitales se dirigieron a la esfera especulativa en búsqueda de mayores ganancias. Se inició en los años ’70 y ’80 la burbuja financiera, que crecerá a tasas exorbitantes, a pesar del lento crecimiento de la producción.
Paralelamente, las políticas neoliberales reemplazarán al keynesianismo estatal, dejando el mercado libre a los grandes conglomerados empresarios y empobreciendo a gruesos sectores de la población. En el afán de recuperar el ritmo de crecimiento de la ganancia caerán los salarios reales y se perderán históricas conquistas laborales.
Pero habrá otras dos reacciones que van a recomponer la rentabilidad de las actividades productivas de las grandes empresas de los países capitalistas desarrollados.
Una, el despliegue de la llamada tercera revolución industrial, de la mano de una nueva oleada tecnológica, que en la medida que se va generalizando en todo el sistema provocará una enorme suba de la productividad del trabajo (y de la ganancia). La otra, la estrategia de las grandes empresas de trasladar parte de su producción hacia países con bajísimo costo laboral, aprovechando las potencialidades de las nuevas tecnologías.
Hacia mediados de la década del ’90 comienzan a madurar las condiciones de alta rentabilidad en las empresas transnacionales que producen en el mundo con tecnología de punta.

Pero ahora que el potencial productivo es fenomenal, se necesitan mercados gigantescos que apoyen esa mayor oferta con una mayor demanda. Y los mercados han languidecido en todo el planeta. Esto es grave, ya que sin demanda no hay ventas, sin ventas no hay ganancias, y sin ganancias se derrumba el edificio capitalista.


No obstante, ese potencial desequilibrio se fue evitando transitoriamente con medidas ‘artificiales’ en la principal potencia capitalista, los EE.UU. Allí se promovió el consumo privado de varias maneras, ya sea generando burbujas especulativas que como tales terminan explotando, o con un creciente gasto público para elevar la demanda global. Así, el efecto riqueza creado por el boom accionario de los ’90 terminó abruptamente a fines de siglo pasado, y dejó un panorama incierto hacia comienzos del actual. La economía norteamericana comenzaba a ‘enfriarse’.
La receta anti recesiva no tardó en aparecer. Por un lado, un nuevo salto en el gasto público, de la mano de la política armamentista y guerrerista, lo que además beneficiaba a un sector clave, el complejo militar-industrial (donde el valor del armamento, los equipos y las fábricas que producen para el Pentágono ascendía al 83% de todo el parque industrial del país, en la década del ‘90). Las invasiones a Afganistán e Irak no son ajenas a esta necesidad de la economía de la gran potencia.
Por otro lado, se buscó promover de nuevo la demanda privada, esta vez con una generosa oferta de créditos hipotecarios para vivienda, dirigida a millones de norteamericanos con ingresos medios e impedidos de acceder a su casa propia por otras vías. Para ello se bajó la tasa de interés a niveles irrisorios (el 1% anual) y se dio años de gracia para comenzar a pagar las cuotas. Los bancos que otorgaron esos créditos, vendieron a su vez las hipotecas con nuevas modalidades financieras, lo que se hizo una cadena que llegó hasta bancos e inversores de todo el mundo (fue como vender comida envenenada).
El tema es que cuando llegó el momento de pagar, y con tasas de interés que comenzaron a subir en forma sostenida, esas cuotas se hicieron imposibles de cubrir para millones de familias. La solución fue simple y rápida: el remate. Pero el valor de las viviendas comienza a caer, la demanda y la construcción se detienen, los créditos no se pueden cobrar, las carteras de los bancos pierden valor, y comienza la llamada crisis hipotecaria, financiera y bancaria. Que luego será crisis económica y social.
Los que habían adquirido papeles con esas hipotecas ‘escondidas’, comenzaron a sentir los efectos del derrumbe. Así, la crisis no era sólo local, sino que se había sembrado la semilla tóxica en todo el mundo. El veneno de los papeles ‘tóxicos’ se hacía sentir, pero ya era tarde para quienes lo ingirieron. Bancos sin poder recuperar el dinero prestado, peligro inminente de corridas y de quiebras en cadena. Y de que la recesión incipiente se transforme en profunda depresión.
Ante esto, y para que no cunda el pánico entre los depositantes de los bancos, aparecía la necesidad de llevar ‘calma a los mercados’. Entonces aparecen las primeras medidas de ‘salvataje’: los Estados, con el dinero de toda la comunidad, salen al auxilio del sistema financiero. En especial en los EE.UU, epicentro de la crisis global. Así, en pocas semanas se vuelca más dinero que en cualquier otro momento de la historia del capitalismo, pero no para solucionar los problemas del hambre y la pobreza, o los problemas del deterioro ambiental del planeta. El dinero es para salvar la sacrosanta riqueza de la aristocracia financiera y la debacle del capitalismo salvaje.
Aún en el caso de que la masiva intervención de la Reserva Federal y de otros bancos centrales de países desarrollados pueda atemperar la crisis mundial desatada, subsisten graves problemas y peligros para el capitalismo y para la humanidad, que siguen sin resolverse. No se trata sólo del grave problema coyuntural de la crisis bancaria, o de la recesión que se ha desatado y que llegará a todos los países del mundo. Se trata de fenómenos mucho más profundos.
Hoy existe una sobreabundancia de capitales líquidos que pretenden continuar con alta rentabilidad, sin un sustento paralelo de aumento de la producción. Existe una sobreacumulación de capacidad productiva, que no encuentra una demanda sólida que crezca de manera sostenida. Y en el fondo, un planeta que ya no permite un crecimiento tan irracional y depredador, lo que genera tendencia al agotamiento de recursos estratégicos y a un fuerte deterioro ambiental (incluido el cambio climático con el calentamiento global).

¿Qué hacer frente a ese panorama? La cúpula más concentrada del poder mundial, con centro en los EE.UU., tiene una estrategia: salvar sus intereses, a costa del resto del mundo y de la mayoría de su propia población. Es un proyecto imperial y fascista donde sobran al menos 3 mil millones de personas, de las 6.500 que poblamos este planeta. Y donde quedan afuera, inclusive, muchos aliados históricos.




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