Poner los pies en la vida verdadera



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SI NO YO, ¿QUIÉN? SI NO AQUÍ, ¿DÓNDE? SI NO AHORA, ¿CUÁNDO?

PONER LOS PIES EN LA VIDA VERDADERA

Si no yo, ¿quién? Si no aquí, ¿dónde? Si no ahora, ¿cuándo? Son las preguntas que casi inevitablemente afloran cuando Alguien grande nos visita, cuando la vida verdadera brilla delante nuestro y nos llama.
«“Yo” significa “heme aquí”» (E. Levinas).
«Las estrellas brillan en sus puestos de guardia y se han alegrado; él las ha llamado y han respondido. “He nos aquí!”, y han brillado alegres para aquel que las ha creado» (Baruc 3, 34)
Cuando Dante se queda “turbado” al ver a Beatriz, un amigo suyo le pregunta qué le pasa y él responde: “Puse los pies en esa parte de la vida más allá de la cual no se puede pasar con propósito de volver atrás” (Dante, Vida Nueva, cap. XIV). Es decir: he puesto los pies en la vida verdadera, aquella que quiero, la que me espera, la que me hace vibrar y alegrar. He entendido que allí está todo lo que necesito y ya no quiero volver atrás.

¿Has puesto los pies en aquella vida desde la cual no quieres volver atrás?

¿Qué miras, qué te apasiona, qué te hace vibrar el corazón, qué despierta tu interés, qué pone en movimiento tus recursos? ¿Cuándo, por donde te parece que la vida fluya potente dentro de ti?

Las pasiones, los deseos verdaderos, los signos que te encaminan son como las estrellas: “las ves brillar todas, cuando se apagan las luces artificiales, y eso que estaban ahí desde antes. Tú no las veías, por el excesivo fulgor de las otras luces”, se escribe en Blanca como la nieve.


«Las estrellas son huecos en el cielo por los cuales filtra la luz del Infinito» (Confucio)
«Hay quien decide mirar solamente la oscuridad. Yo prefiero contemplar las estrellas. Cada uno tiene su manera de mirar la noche»(Victor Hugo)
Es fácil sentirse descritos por lo que le pasa a Dante. Se encuentra en una selva oscura, sin saber bien cómo, dormido, presa de un sueño que se apodera de él. No logra salir solo. “Amor me mueve, Amor me lleva a hablarte”, le dice Virgilio. Se refiere al amor de Beatrice y de Aquel del cual ella es reflejo. Es con la ayuda de Virgilio que Dante puede “volver al mundo luminoso”: “Mi Guía yo yo, sin concedernos el menor descanso, subimos, él delante y yo detrás, hasta que pude ver por una abertura redonda las bellezas que contiene el Cielo, y entonces salimos para ver las estrellas”. Así se sale de los propios pequeños o grandes infiernos, de la condición “líquida” en la cual tantas veces nos encontramos: siguiendo a otro que nos llama a emprender el viaje que nos lleva a la verdadera alegría. Siguiendo esta estrella -este guía- y las demás que se le ofrecen en el camino, Dante se encuentra a sí mismo. Lo hace cuando descubre que su rostro -su historia- es parte del Rostro del “Amor que mueve el sol y las demás estrellas”.
«Si tú sigues tu estrella, no puedes no llegar a glorioso puerto» (Dante)
LA NOCHE EN QUE VI LAS ESTRELLAS

“La noche que vi las estrellas no podía más dormir. Quería subir a lo alto para ver, y comprender”.

Todo lo que vivimos, todo lo que amamos, o es estrella o es cueva, es decir una tumba en la cual uno se entierra y entierra...

¿Qué significa ver las estrellas?

Qué raro es verlas. Demasiado encogida la mirada. Demasiadas luces artificiales, que están siempre encendidas... Puede que a veces, en algún momento especial, uno mire la estrellas. Pero verlas: es otra cosa. Pocos las ven.

Hay como una voz en ellas, que pocos escuchan. Qué grande, qué poco obvio es que para alguien llegue el momento en el cual no se queda en el disfrute o en la “admiración” de las estrellas, sino que quiera comprender, desee ir hasta el fondo de esta luz que lo llama a través de ellas. Ojalá llegue este momento! Quiero ver el sentido, quiero ver a qué apuntan las estrellas... no a caso “deseo” viene de de-siderare. El deseo del corazón es como una chispa que tenemos dentro, una estrella, un imán que frente a las estrellas se siente llamado, una brújula que quiere zarpar hacia su norte... La meta llama a través de una estrella, nos invita no sólo a admirarla, sino a seguirla, a con-movernos... Sin embargo, cuántas veces las estrellas que se nos han donado no han sido capaces de movernos, de desplazarnos. No sólo en el sentido físico, pero también en este sentido. Cuantas veces nos hemos “quedado” en la estrella, en lo bonito que era disfrutarla por el momento, y no ha cambiado nada. La hemos “consumido”, nos ha hecho estar bien un rato. Como si esto nos bastara, como si esto buscáramos, estar bien un rato! Entonces aquello que llama, en lugar de lanzarnos, se trasforma en “droga legal”, un anestésico, una entretención.

En la decisión de “ver” las estrellas o no está en juego la vida (se trata de una decisión, aunque fuera la decisión de mirar dónde mira el otro, el amigo que ya ha emprendido el viaje).

Cuantas estrellas -estrellas grandes- nos han llamado. ¿Hemos escuchado la voz única del Ideal buscarnos a través de ellas? Siempre hay algo que brilla más... una preferencia verdadera, un testigo, una experiencia juntos... es decir la voz única del Ideal siempre susurra, pero tantas veces me grita.

Une las estrellas y aparecerá el dibujo... quiero conocer a qué apuntan... estoy dispuesto a aventurar la vida...

“Hoy es el día más grande de mi vida”, dice Rapuncelle después de que por fin se ha aventurado en el viaje para ver las linternas y quién la llamaba a través de ellas desde hacía mucho tiempo. Era una gran cantidad de linternas por las cuales se sentía atraída, que hacían vibrar la “linterna” que llevaba adentro, que afloraba en todas sus pinturas. En efecto -como descubrirá yendo al fondo se su recorrido-, las linternas que la llaman y el corazón que no logra callar y “salta” frente a ellas, nacen del mismo Sol y apuntan al mismo lugar. Está tan decidida, ha esperado tanto, que es capaz de involucrar a todo el mundo, no permite a nadie detenerlo, todos se vuelven aliados en su búsqueda. La tentación de volver a la torre aparece a menudo. Pero vale la pena seguir lo que la llama afuera, volver historia la novedad acontecida.


«Hallarás un gancho en el medio del cielo, y sentirás el camino hacer latir tu corazón» (C. Baglioni)
LAS ESTRELLAS HABLAN Y NOS ACOMPAÑAN

Las gentes tienen estrellas que no son las mismas. Para unos, los que viajan, las estrellas son guías. Para otros, no son más que lucecitas. Para otros, que son sabios, son problemas. Para mi hombre de negocios, eran oro. Pero todas esas estrellas no hablan. Tú tendrás estrellas como nadie las ha tenido”.

¿Qué quieres decir?”

Cuando mires al cielo, por la noche, como yo habitaré en una de ellas, como yo reiré en una de ellas, será para ti como si rieran todas las estrellas. Tú tendrás estrellas que saben reír! […] Serás siempre mi amigo. Tendrás deseos de reír conmigo. Y abrirás a veces tu ventana, así...por placer...Y tus amigos se asombrarán al verte reír mirando el cielo” (El principito, cap. XXVI)


Las estrellas no sólo ríen, sino que son compañía, nos acompañan. Y tienen una voz. No basta admirarlas, sino seguirlas y dejarse iluminar el corazón por ellas. Y así no estaremos nunca solos. Y también cuando lloramos, las lágrimas nos permitirán ver más estrellas... Las estrellas entran en el alma de quien está dispuesto a recibir su luz. Para que yo también me vuelva estrella. Hay un espacio de cielo que yo solo puedo iluminar...
GIROVAGOS

En cada uno de nosotros hay un giróvago. Alguien que escapa a una relación definitiva. Que no quiere dejarse tomar porque quiere ser él a aferrar. Alguien que no quiere involucrarse porque esto significa pertenecer. “Escapé de una relación verdadera, exigente, o sea escapé de mi rostro”, dijo una de nosotros. En cada uno de nosotros hay un giróvago que no quiere pertenecer a nada, al cual quedarse en la burbuja le parece más cómodo y rápido…


«Un día los monos decidieron hacer un viaje de aprendizaje. Camina que camina, se pararon y una preguntó:

¿Qué es lo que se ve?

La jaula de un león, el estanque de las focas y la casa de la jirafa.

Qué grande es el mundo y qué instructivo es viajar.



Siguieron el camino y se pararon sólo al mediodía.

¿Qué es lo que se ve ahora?

La casa de la jirafa, el estanque de las focas y la jaula del león.

Qué extraño es el mundo y qué instructivo es viajar.



Se pusieron en marcha y se pararon sólo a la puesta del sol.

¿Qué hay para ver?

La jaula del león, la casa de la jirafa y el estanque de las focas.

Qué aburrido es el mundo: se ven siempre las mismas cosas. Y viajar no sirve precisamente para nada.



Claro: viajaban, viajaban, pero no habían salido de la jaula y no hacían más que dar vueltas en redondo como los caballos del carrusel del parque de diversiones» (G. Rodari).
¿Qué es la jaula de los monos?

Es la realidad reducida a nuestro proyecto y medida sobre ella. Es como si estuviéramos en un bunker con las ventanas cerradas. La jaula es su prisión y a la vez aquella pequeña certeza que no están dispuestos a dejar...


«La esfera del aislamiento es comparable a una prisión que al mismo tiempo encierra y protege de los peligros externos» (G. Bataille)
Estoy en prisión, entonces o abro esta jaula a la realidad que toca a mi puerta, abro las ventanas a la luz que quiere penetrar, al punto de fuga que viene del Misterio o, aunque uno dé muchas vueltas, el mundo será cada vez más aburrido y se verán siempre las mismas cosas. La Belleza que nos quiere obsequiar se quedará afuera.

Tenía razón Gaber cuando cantaba: “Hay un aire, pero un aire, que falta el aire”. Es la perfecta descripción de nosotros -tantas veces- y de nuestras relaciones. En el bunker falta el aire.



BULIMIA DEL GIRÓVAGO

El giróvago es un bulímico. No quiere asimilar. Empieza siempre de cero. Goza sin querer pertenecer a lo que goza. En toda relación, también con el Señor. El Señor se entrega, pero quiere gozar con Él un rato, sin dejarse asimilar por Él. No quiere entrar en comunión con Él. El Señor quiere entrar en comunión con nosotros, identificarnos, y nosotros lo vomitamos. El giróvago es presa de los altibajos de sus emociones, por esto, con suerte, a veces tiene fe... siente que cree mucho esta mañana, un poco menos por la tarde, y que llega a la noche descreyendo... es una concepción sentimental y egocéntrica, ombliguista -centrada en sí mismo- de la fe: “Oh sí, esas palabras [de la misa] penetraban en mí, yo las recibía directamente en pleno corazón. Y durante cinco o diez minutos, cada domingo, yo creía en Dios”. (M. Houellebecq). No le importaba a Dios, sino a una sensación, consumir algo un ratito. Estaba en misa, pero en el fondo no había salido del supermercado: la misa era una entretención entre otras. Y por eso uno lo deja, porque se fija en otra oferta, en otra entretención.

“En esta compañía encontré una mirada diferente”, hemos escuchado tantas veces. Esta mirada es una estrella. No es obvio que se vuelva “memoria”, es decir contenido de mi mirada, contenido de mi conciencia, que yo tenga constantemente como contenido de mi conciencia la mirada con la que he sido mirado. El hijo pródigo salió de la bulimia: su identidad era la conciencia de aquel abrazo del Padre. Se había implantado algo nuevo, hay un principio nuevo en él. El giróvago no se deja penetrar por nada, o sea no está dispuesto a recibir. No encuentra nada. O se reserva, se preserva. Imagínense alguien que va por la vida con un anticonceptivo gigante puesto en la cabeza (es decir en el corazón). Es interesante: la palabra “contracepción” significa contra capere, hacer obstáculo a la acogida. ¿Cuál es lo contrario de contracepción? Re-cepción: renovar la acogida, que es fruto de la per-cepción: acoger para.

El primer sacrificio, entonces, es el sacrificio de abrirse, de acoger: lo nuevo necesita amigos. El sacrificio es dejarse regalar algo verdaderamente grande. El sacrificio es no ser mediocres... el mediocre es quien no aprovecha la belleza... El sacrificio más grande es recibir. La alternativa es entre acoger y coger... cuando uno coge las cosas en lugar de acogerlas, entonces la acción se transforma en depredación. Y si en algún momento se rompe el preservativo, si se despista, el giróvago aborta. ¿Por que? Porque no quiere pertenecer, porque no quiere salir del mundo del control, de las satisfacciones inmediatas de sus necesidades.

Nietzche desenmascara la agitación y la tibieza de esta posición, su ipersentimentalismo, su necesidad de sobre excitación artificial, con estas palabras: “Nuestra época es una época de sobre excitación, no es una época de pasión; se sobrecalienta constantemente porque no se siente caliente, en el fondo tiene frío” (F. Nietzche).

Si no encontramos algo más grande, verdaderamente nuevo, que nos haga descubrir el sentido de las cosas... no se entiende nada... dolor sin sentido, vida sin sentido, yo sin sentido, sexo sin sentido... imagínate una hoja de garabatos... no se lee nada...

Se genera un cortocircuito de no compromiso... lo que importa es llenarme con una fuerte sensación de adrenalina... estar entretenido... y mañana se vuelve a empezar... Se da un afán experimentador. Pero con una vejez del alma, porque uno acumula emociones -next-, consume las cosas, pero no aprende nada.

San Pablo no era bulímico: “Vivo yo, pero ya no soy yo, sino Tú que vives en mí”. Su vida se cumplía en la comunión con Quien lo había alcanzado. Éste se había implantado en él.


¡AQUÍ ESTABA YO PRESENTE!

«Si me detengo a pensar y miro hacia atrás, no encuentro nada o casi nada que me lleve a decir: “Aquí estaba yo presente”». Es muy común: si echamos un vistazo al pasado, raramente podemos afirmar: «Aquí estaba presente yo». Vivimos la vida como si estuviéramos sentados junto a la ventanilla de un tren que va a gran velocidad, atravesando pueblos grandes y pequeños, lagos y montañas, vemos muchas cosas, personas, colores..., pero nunca nos detenemos a mirar el rostro de una persona, la belleza de un lago o de una montaña. Vivimos una vida en la que todo aparece desdibujado, confuso....

En Estados Unidos lo llaman multi-tasking: hacer muchas cosas al mismo tiempo, como por ejemplo, estar escuchando al profesor mientras mandas mensajes por el celular, u oír música mientras hablas con los amigos. Estamos determinamos por el querer hacer siempre muchas cosas. Pensemos en lo extraño que resulta, lo difícil que es para nosotros, apagar el celular y estar en un lugar de verdad. Al hacer tantas cosas, ya no experimentamos nada, ya no sentimos nada, excepto el aburrimiento que invade nuestro corazón. Vemos muchas cosas, realizamos infinidad de actividades, tenemos a mucha gente a nuestro alrededor, pero raramente nos impactan, nos mueven, por eso vivimos la vida distraídos, entretenidos, anestesiados, hasta el punto de que ya no experimentamos la presencia de lo real, de lo que está fuera de nosotros. Es como si todos los días, antes de levantarnos, decidiéramos ponernos una armadura invisible para protegernos del impacto con lo real, de las circunstancias, y cuanto más enfrascados estamos en lo que hacemos, cuanto más presos del activismo, menos nos dejamos provocar. De esta manera, intentamos “protegernos” de la realidad. Hacemos muchas cosas, pero no tenemos experiencia de nada y perdemos el gusto por la realidad, porque no estamos presentes en ella.
CRISTIANISMO: ¿DROGA LEGAL?

Muchas veces nuestra compañía, nuestra amistad, puede convertirse en un escondite, un lugar en el que nos sentimos protegidos. No nos obliga a salir del bunker. A Cristo también lo podemos percibir como un refugio psicológico, un escondite del mal del mundo y de sus perversiones, una respuesta sentimental que permite poner orden en la vida durante un tiempo (no siempre, porque la vida es testaruda), que permite intentar aplacar el dolor y hacerlo desaparecer, y que puede convertirse para todos en una droga legal.

“Intento protegerme de todo y de todos; de este modo, me construyo un caparazón en el que no es que me sienta muy bien, pero, al menos, estoy protegida”, dijo una joven.

Nos atemoriza la realidad y ya no la experimentamos, no porque no sea atrayente, o no nos mueva y nos desafíe, sino porque ya no estamos frente a ella. Sólo nos interesa todo lo que hay que hacer, como decía una amiga, “la vida y una bicicleta se basan en el mismo principio: tienes que seguir moviéndote para estar en equilibrio”. El resultado de vivir así es que nos hallamos a merced de las circunstancias, determinados por ellas, por el ambiente, por los sentimientos que tenemos, por el contexto devastador que nos priva de nuestra humanidad, haciéndonos huir de la realidad. Otra amiga escribe: “Nunca como ahora me he descubierto a merced de las circunstancias. De forma paradójica, estoy completamente definida por lo que consigo o no consigo hacer, y no debería ser así. Es frustrante, porque es como pasar de momentos de entusiasmo a otros de sentir un vacío inexplicable por dentro, en el que me pregunto: ¿Qué determina el impulso gozoso hacia las cosas? ¿Qué hay detrás de esta especie de apatía?”. Al encontrarnos en poder de las circunstancias, incapaces de ver más allá de nuestras narices, y vivir prescindiendo de lo que sucede a nuestro alrededor, nos encerramos en nosotros mismos, asustados. Cuantas más cosas hacemos, más frágiles nos volvemos y a veces nos molesta que la vida no resulte como la habíamos planeado, porque las cosas escapan a nuestro control. Las circunstancias nos fastidian, no sólo porque escapen a nuestro control, sino también porque carecen de la potencia que parecen prometer. Nos sentimos siempre insatisfechos, pero, sorprendentemente, no tanto como para explotar; experimentamos el hastío de la vida, pero no lo bastante como para gritar, y así, poco a poco, la vida y la realidad dejan de interesarnos: ya sólo queremos hacer cosas, sólo nos interesan las emociones que percibimos. Tantas veces, ya no nos importan los amigos, sino lo que podemos hacer con ellos o lo que pueden hacernos sentir. No nos interesa lo que está fuera de nosotros mismos.


«¿Cómo colmar este abismo de la vida? ¿Qué puedo hacer? El deseo está siempre presente más fuerte, más angustioso que nunca. Es como un incendio marino que con su llama llega a alcanzar lo más negro de la nada universal! ¡Es un deseo de abrazar las infinitas posibilidades!» (M. Mañara)
Ni la droga más dura, ni la armadura más impenetrable pueden matar nuestro corazón: pueden cubrirlo con sus propias cenizas, silenciarlo, proporcionar al hombre muchas cosas que hacer, muchas actividades, con el fin de conseguir que olvide el grito del corazón para distraerlo, para que no se escuche; pero nunca podrá matarlo.
«¡Dejarte en paz! No es difícil, pero, ¿cómo podré dejarme a mí mismo en paz? ¡Hace falta que no nos dejen en paz! ¡Necesitamos que nos atormenten de vez en cuando! ¿Desde cuándo no te atormenta nada? ¿[Desde cuando no] Te atormentas en serio por algo que importa de verdad?» (Fahrenheit 451)
«Yo también, en el pasado, estaba convencida como Montag [el protagonista de Fahrenheit 451] que mi vida era “perfecta”. Creía que lo tenía todo, pero me faltaba lo esencial, me faltaba ese “tormento”... Y así iba sobreviviendo, deseando que acabara el día para esconder mi infelicidad. A pesar de esa “perfección”, yo quería morirme cada día, pero de repente conocí a unas personas fantásticas, que me abrazaron, me tomaron consigo y educaron mi mirada en la búsqueda de la belleza, y así nació ese “tormento”, esa búsqueda constante... Aquel deseo de que se acabara el día desapareció; en su lugar nació el deseo de vivir cada instante al cien por cien, mirando todo como don... Así pues, he comenzado a experimentar en mi vida la presencia de Alguien más grande que me hacía regalos a cada momento» (Marta)
ANOREXIA

«Después de cada compromiso hay de nuevo/ el vacío, y hace falta otro compromiso» (P. Pasolini)
«Creía ser más fuerte que mi hambre». Pero cuando uno se olvida de sí mismo, «el mundo se hace pequeño». Hasta no poder ya vivir. La filósofa y escritora Michela Marzano habla de sí misma. La anorexia, el intento de suicidio, el descubrimiento de que el vacío «es el signo de nuestra humanidad».

«Mi filosofía nace de aquello que me desconcierta», dice. De este modo ha tomado su acontecimiento y le ha dedicado su último libro. Quería ser una mariposa habla de su anorexia. Pero no es un libro sobre la anorexia. Habla de la vida que deviene en tormento cuando se hace de todo para ignorar la ausencia que somos, para negar «el vacío que se tiene dentro».
Querer ser más fuertes que su propio hambre. No se trata de la comida, «la comida sólo es un síntoma. Se trata de pensar que basta querer para poder. Pensar que la necesidad no cuenta, sino que cuenta sólo la voluntad. Y así el mundo se hace pequeño», dice: «Y yo ya no podía vivir».





Usted escribe que «aprender a vivir significa aceptar la espera». Y añade: «Integrar la idea de que el vacío que llevamos dentro nunca podrá llenarse. Que habrá siempre algo que nos falta». ¿Qué significa «aprender» esto?

Mucho antes de la anorexia, que es solamente un mecanismo, existe otra cosa: el rechazo de aquello que se es porque se piensa que se debería ser. Que se deberían, sobre todo, superar los propios límites, para responder de manera sistemática a las expectativas, propias o ajenas. En mi caso, se trataba de las de mi padre. Pero este construirse negando cómo se es verdaderamente, como si la propia fragilidad no existiese, es después de todo la clave de nuestra sociedad...




¿Por qué?

Es una sociedad voluntarista. En la que nos repiten por doquier, los compañeros, la familia, los profesores, los amigos... esta idea de que se debe querer y que si se quiere algo, se obtiene. Es un sistema ideológico y muy actual. Se halla claramente en todo lo que a mí me ha sucedido: consideraba que debía ser más fuerte que mi hambre, porque debía intentar seguir una especie de mandato que decía: “Eres más fuerte que cualquier otra cosa, tu voluntad es más fuerte”. Como si las necesidades no contaran. Comencé de nuevo a vivir cuando me acepté a mí misma. Cuando comprendí que esa fragilidad estructural que nos caracteriza a todos – sin excepción – puede convertirse en un recurso.
[...] En mi vida todo cambió cuando dejé de pasar el tiempo forzándome a seguir un deber ser.

[…] Así se empieza a olvidar lo que de verdad uno quiere: es la relación entre lo que el psicoanalista Donald Winnicott llama falso yo y verdadero yo. El primero es aquel que nos construimos para corresponder a las expectativas. Mientras que dentro de nosotros tenemos deseos y esperanzas, tenemos “aquello que somos” de verdad, pero que no tenemos el valor de ser ni de decir. Ante todo porque no nos aceptamos tal y como somos.



¿Qué es lo que le ayudó a aceptarse?

Se trata de un proceso que ha necesitado mucho tiempo, porque no basta con comprenderlo. Mi padre siempre me enseñó que tiene éxito en la vida quien se impone a sí mismo, pase lo que pase. Entonces me pregunté. ¿Por qué? No por qué me lo decía, eso forma parte de su historia. Sino, ¿por qué le creí? Porque le quería muchísimo, y temía perder su amor.



En el libro escribe: «¿Qué saben los demás de lo que he tenido que hacer para comprender que tenía necesidad de todo?». Luego, en su blog habla del «vacío» como del «signo de nuestra humanidad». Dice: «Cuando se habla de vacío, todos inmediatamente se ponen nerviosos. Porque algo no va bien, es peligroso... Se trata de una “agitación” general. Como si se tuviera que llenar de manera inmediata. ¡Sólo que no es así! Inevitablemente, tarde o temprano, algo nos falta...».

Nada ni nadie puede colmar este vacío. A menos que uno piense que existe algo que consiga llenarlo para siempre. He percibido que el problema se da cuando espero todo de otra persona, cuando espero que el otro me ame completamente. Para quien tiene fe, el único que nos ama exactamente como somos es Dios. Pero cuando has experimentado un amor con condiciones, un «te amo si...», como me sucedió a mí en la relación con mi padre, por quien me sentía querida en el momento en que cumplía sus expectativas sobre mí, entonces empiezas a creer que en el fondo sólo en aquel «si» puedes ser amada, y dejas de creer que pueda existir un amor incondicional.

[...] Cuenta que a los veintisiete años intentó suicidarse, cuando su prometido la dejó, precisamente por la ilusión de «que otra persona podía llenar mi vacío».


El otro no es una cosa que podamos tomar y poner allí donde nos duele. El otro es “otro”. Es una alteridad absoluta. En 1997, habiendo perdido a la persona que amaba, pensaba que había perdido todo. Si hoy perdiera a Jacques, mi compañero, seguiría “perdiéndolo todo”. Pero no me perdería a mí misma. Porque yo tengo un valor irreductible.



[…] Los “suicidios de la crisis” de los que se habla en este momento me sorprenden mucho. Es un gesto terrible, porque se piensa que se ha perdido todo. El hecho es que este “perderlo todo” puede suceder. Pero en realidad, aun cuando se pierda todo, queda aquello que antes no veía: la sencilla y banal evidencia de que vivir es algo bello. Tuve que vivir todo aquello por lo que he pasado para darme cuenta.


¿Su experiencia ha cambiado incluso su trabajo, su filosofía?


Totalmente. Hoy soy la persona que soy porque he tenido que pasar por todo aquello que he vivido, pero sobre todo porque me he vuelto a cuestionar a mí misma. Todo lo que me ha sucedido, el «acontecimiento», es un momento de verdad que cambia el modo de mirar. A cada uno le impresiona un momento de verdad, algo que sucede.


«Y obtuviste lo que querías de esta vida, a pesar de todo?

Sí.

¿Y qué es lo que querías?

Saber que era amado, sentirme amado en la tierra» (R. Carver)


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