Persiguiendo a



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Persiguiendo a

Bukowski

Copyright 2002 José Mª Escudero Pérez


Zothique82@hotmail.com

1

Cuando Aurora me abrió la puerta me entraron ganas de follar. Encontrarme inesperadamente aquel cuerpo menudito de uno setenta, envuelto en un pijama amarillo que mostraba por su abertura superior una generosa porción de peras y sonriéndome como si me conociera de toda la vida, me hizo olvidar que durante todo el camino hasta llegar al staff house de South Ealing me había estado cagando. Era la primera vez que veía a esa tía, así que aquello bien podía ser un síntoma de amor a primera vista. Nunca el cagadero me había parecido un sitio tan inhóspito como hasta ese momento y nunca Londres, villorrio con el que mantenía un tira y afloja de lo más irreconciliable, un sitio tan acogedor. En fin, allí estábamos de nuevo. Ya había perdido la cuenta de las veces que había ido a London en busca de trabajo. El problema siempre era el mismo. Siempre lo encontraba. El trabajo, quiero decir.



La cosa siempre ocurría de la misma manera. Empezaba por un billete de avión, un vuelo plácido y aburrido, un viaje en metro, un trabajo en cualesquiera de los restaurantes u hoteles de Londres y mi renuncia al cabo de días, semanas y en algún que otro caso un par de meses. Los colegas me llamaban boomerang. Creo que no hace falta explicarlo. En cualquier caso, esta vez me había prometido a mi mismo que la cosa sería diferente. Coño, que aguantaría más tiempo antes de regresar triunfante al predio de los Borbotones. Viendo como estaba aquí el panorama laboral, lo mejor era najarse una vez más y cambiar la península por la ínsula. Tres letras de nada como quien dice.

Los colegas, por supuesto, me prepararon una despedida a mi altura con pancarta y todo. “No vuelvas por aquí si no es para cobrar el subsidio, mamón”, rezaba. Me llegó al alma. Los muy cabrones estaban en todo. Incluso se hicieron apuestas sobre cuánto tiempo disfrutaría el pueblo inglés de mi gallarda presencia. La franja temporal oscilaba desde una semana hasta los seis meses preceptivos necesarios para hacerme acreedor al paro nuestro de cada día.

Esa noche me beneficié a la primera tipa que se me puso por delante. Con un pie y medio en el avión tampoco era el momento de encontrar al amor de tu vida, digo yo. La chiquilla sólo tenía medio polvo pero dadas las circunstancias, mamado como estaba, tal vez eso era todo lo que podía darle. Dejé las exigencias a un lado, hice acopio de toda mi concentración y me metí adentro con todo lo que tenía. Hubiera bastado pero la tía, en plena faena, no paraba de decir una y otra vez “oh, dios mío, oh, dios mío” y aquello me cortaba el punto. Entonces interrumpí bruscamente el metesaca.

-Oye, tía. Deja ese mal rollo de una puñetera vez, me estás poniendo de los nervios.

-Lo siento.-dijo así como muy apurada-.No puedo.

-¿Cómo que no puedes?. Te estoy follando, no dando una misa.

-Es lo que digo siempre.

-Prueba con otra cosa.-sugerí.

-Vale.

Lo intentó de veras, pero después de cuatro o cinco embestidas salpicadas con una serie de guarradas impronunciables sobre el tamaño de mi polla, volvía nuevamente a invocar a las más altas instancias. Cuando terminamos me preguntó mi nombre. No sé por qué, reaccioné con mala hostia, un poco paranoico creo, como si me hubiera comido un tripi chungo.



-¿Qué es esto?, ¿un puto love story?. Olvídame.

La pobre tía me miró como si me viera por primera vez.

Eso había ocurrido dos noches atrás pero ahora, delante de mí, estaba Aurora, con pinta de anoréxica galopante, y lo más importante de todo, queridos, ofreciéndome un futuro prometedor. Si nunca os habéis tirado una tía que pese cincuenta quilos, ese es vuestro problema. Os lo digo en serio, es como follarse una pluma que cayera del bendito cielo. Para mí no era nada nuevo pero, qué cojones, la oportunidad la presentaban calva.

-Hola.-me presenté-. Soy Jose. Vengo de Hispania y no creo en las putas fronteras.

-Estás loco.-me dijo Aurora.

Era un buen comienzo.

-¿Dónde está el cagadero?.

2

Para los no iniciados tengo que decir que un staff house es el lugar propiamente dicho donde duermen, comen, defecan y en algunos casos joden los trabajadores de un hotel de Londres. Por lo general suele ser un sitio apartado, situado más o menos en el quinto coño. Allí hay de todo y, además, están todos. Cuanto se dice del puto Smoke es cierto. Aquello es la pesadilla de un racista. Sin ir más lejos, nuestro glorioso edificio de proporciones victorianas acogía una nutrida representación de la ONU en un hipotético pleno donde se discutiera algo de tan poca relevancia como la extinción de las ballenas o la tala de bosques tropicales. Es decir, nos faltaban un americano de los estados juntitos, un japonés, un noruego y un ruso de los de antes. Excepto los españoles, que estábamos agrupados en el apartamento número dos, el resto de la peña se hallaba distribuida en los otro nueve apartamentos como la dirección del hotel había tenido a bien disponer tras sesudas reflexiones. Algo así como un pito, pito gorgorito.



A mi me tocó compartir habitación con un capullo de Córdoba con el que también compartía nombre, así que a los dos días decidimos zanjar la cuestión y convertirnos en primos. El tío llevaba en el Hilton cuatro meses y se sabía todos los trucos del oficio. Hacía las camas en tiempo récord, extendiendo sábanas que eran auténticos campos de fútbol con admirable habilidad. No cabía duda, mi primo era un maestro. Básicamente, la técnica consistía en agitar con furia leviatánica los dos quilos de sábana asiéndola por uno de sus extremos. A continuación, la hijaputa se elevaba como una cometa y si tenías suerte los dobleces caían a ambos lados del colchón con precisión milimétrica. Pero claro, en los primeros tiempos esto no era muy frecuente. Tenías que desplazarte de un lado a otro de la cama, ajustando por aquí o por allá y aparecían los primeros dolores de espalda.

Luego estaba la cuestión de quitar el polvo, pasar la aspiradora y hacer que los muebles de la habitación adoptaran una posición concreta. Por último estaba el cuarto de baño, un sitio infame donde cuatro tipos diferentes de toallas debían ser dobladas y colocadas de un modo específico, hacer que los grifos brillaran como el primer día y que un puto espejo de un metro cuadrado te devolviera tu imagen cabreada mientras te peleabas como un bellaco con gotitas de agua y manchas de jabón que se resistían ferozmente a ser borradas. Y así durante trece habitaciones al día, cinco días a la semana. Nada que un hombre no pudiera soportar.

3

Al día siguiente conocí al resto de la panda. Un par de tronchos que llevaban en Londres algo así como un mes y una tía más ancha que alta, compañera de habitación de Aurora, que trabajaba en el departamento de room service del Hilton. Se llamaba Laura y, hasta ese día, el momento más emocionante de su vida aconteció la mañana que sirvió el desayuno a los Backstreetboys. Después de eso tuvo que cambiarse de bragas con urgencia. A las dos semanas de incorporarme fue reclutada por una ONG y se abrió hasta algún ignoto rincón de África donde, como luego supimos por carta, sucumbió a los encantos de un mandingo que la tenía como una barra de mortadela.



Por otro lado, lo de los tronchos era comida aparte. Los dos respondían al nombre de Paco y venían del sur de Al Andalus. Uno de Algeciras, el otro de Trebujena. El tío de Algeciras fumaba canutos desde los once años, estaba fichado desde los quince, cocinaba sus propias sustancias y traficaba con ellas, y tenía sobre sus espaldas una docena de detenciones. Había estado a punto de palmarla alguna que otra vez, la más grave cuando se preparó para desayunar una infusión de opio y amanita muscaria. Tuvieron que hacerle tres lavados de estomago en urgencias. Eso sí, me dijo que en su puta vida se había picado, que no estaba loco. Habría que creerle, digo yo.

Paquito de Trebujena era otra perla del cantábrico. Prematuramente alopécico se definía a sí mismo como “calvo pero sexy”. Su afición favorita no era leer poesía portuguesa del siglo XVI ni tampoco elucubrar sobre el destino de las pasiones perdidas para siempre jamás que Juan Sebastián había legado al más baranda de sus vástagos. No, señor. El tronco era un experto en pornografía. Entre sus logros intelectuales más notables se encontraban haber resistido la exhibición de una peli donde una titi hacía chup chup sobre una polla aproximadamente durante dos horas, o un vasto conocimiento de records olímpicos que incluían la tranca más larga o la corrida más lejana.

Con algunas de sus historias me descojonaba de la risa. La primera que me contó versaba sobre un amigo suyo que estaba dándole por culo a la novia. La cosa había entrado pistonuda y cuando parecía que todo iba sobre ruedas el amigo de mi nuevo amigo descubrió que nuestra heroína estaba llorando y detuvo de inmediato la prospección como hubiera hecho cualquier caballero.

-Cariño,¿qué pasa?,-preguntó alarmado-¿te duele?.

Desde luego el hombre no estaba preparado para lo que iba a escuchar a continuación.

-Sí, me dueeele.-gimió la titi entre sollozos-. Pero me guuuusta.

El efecto de tamaña declaración fue fulminante. El tío se corrió como un toro con las pelotas a reventar. El mejor orgasmo de su vida, dijo.

4

Los dos primeros días en el Hilton fueron de una auténtica coña marinera, aunque remunerados, of course. Eran los días de la “induction”, palabra terrible que en la mouth de un inglés podía significar cualquier cosa. Una tía de Irlanda, directora de recursos humanos para más señas, fue la encargada de insuflarnos en nuestros corazoncitos lo que ellos llaman el Spirit of Hilton. Algo así como un catálogo innumerable de normas a observar durante el curro, que iban desde la correcta colocación de la raya del pelo hasta el brillo reglamentario de la punta de los zapatos. Política de empresa, vamos. Afortunadamente, mi conocimiento del inglés era bastante limitado por aquellos días y logré sustraerme a la mayor parte del pastiche lavacocos que nos estaba largando la irish. A lo largo de la mañana desvié mi atención hacia derroteros más interesantes. Por ejemplo, el resto de piolines que hacían el introducing en mi nunca suficientemente valorada compañía eran un argentino, un alemán, una chinita de Beijing y una francesita de Estrasburgo. La franchute era una especie de muñequita Barbie Malibú que no había por donde cogerla pero la china, tíos, la china era canela en rama. Pedazo de cuerpo que tenía todo en su sitio y le sonreía hasta a los lápices de la mesa. Ya veis, en nuestra cultura cuando una titi te sonríe así es que está a punto, pero este no era el caso presente. Cosas raras que pasan. A pesar de todo la chorva tenía una buena media hora de contemplación extática y me dediqué a ello con una concentración digna de elogio, y fue tanta que cuando mi nombre apareció en medio de aquel despiporre lingüístico no me cosqué lo más mínimo.



-Mal-do-na.-estaba diciendo la irish-. Jo-se...

-Eh,¿sí?, señora...

La profe me miró esgrimiendo una media sonrisa divertida. Tenía los ojos azules, yo también los tenía, así que estábamos empatados.

-Te estaba preguntando,-dijo vocalizando lentamente, detalle que era de agradecer-,¿qué esperas del Hilton?.

Aquella era una pregunta con truco. Coño, en ningún momento se me había ocurrido que tuviera que esperar nada del Hilton. Bueno sí, la panoja a fin de mes y una comida decente al mediodía pero nada más. Las cinco cabezas estaban vueltas hacia mí, expectantes, y a mí no se me ocurría qué cojones decir. Opté por hacer mutis por el foro.

-No lo sé.-respondí encogiéndome de hombros.

La profe no pareció ni mucho menos decepcionada con mi respuesta y rápidamente pasó a otro de los contertulios. El capullo alemán estaba preparado de sobras para responder. Casi sin tiempo para respirar soltó una serie de zarandajas sobre hacer nuevas amistades en un óptimo ambiente laboral y ¿por qué no?, ya puestos, hacer también carrera en el ramo de la hostelería. Era una respuesta cojonuda, sí señor.

El segundo día fue algo menos soporífero. Después de que se nos impartiera un cursillo acelerado contra incendios dedicamos la jornada a visitar las nueve plantas del hotel y a conocer al personal que allí trabajaba. Una jornada nada relevante si no fuera porque pasamos de puntillas ante la habitación de Conan Doyle, respiramos efluvios de romanticismo en la suite de Wally Simpson y posé mis profanos pinreles en el dormitorio de Oscar Wilde. En las paredes, alguien había colgado unos cuantos retratos del bueno de Oscar en sus mejores tiempos. Es decir, antes de que la estupidez, la intolerancia y las deudas lo cogieran por las pelotas y lo enviaran de una patada a recorrer Europa hundido en la más cochina de las miserias. Ahora, cualquier puto analfabeto, bujarrón o no, podía pasar una noche en su suite por el módico precio de seiscientas libras.


5

Fue a partir del día siguiente cuando empezó de verdad lo bueno. Tenías que levantarte a las siete de la mañana, asearte lo suficiente para que parecieras limpio y salir cagando leches con toda la tropa al asalto del primer metro que pasara en dirección a Picadilly Circus. En total, cuarenta y cinco minutos de nada con cara de gilipollas alucinado. Llegabas con el tiempo justo para cambiarte y tomarte un café en la cantina del staff. A continuación te pasabas por tu departamento y allí firmabas, y tu supervisora, también llamada housekeeper, te asignaba las habitaciones a currelar durante el día. Como dije antes, eran trece. No sé si os parecen muchas pero probad a hacerlo un día tras otro y luego me contáis. Allí se me exigía una disciplina espartana de la que yo había carecido toda mi vida y, creedme, no era el mejor sitio para empezar a tenerla.



Entre las housekeepers, la que más me gustaba se llamaba María. María era una linda portuguesita de pelo negro y piel oscura y desde que la vi por primera vez supe que entre nosotros ocurriría algo tarde o temprano. Cada vez que me la encontraba en algún pasillo yo canturreaba aquello de “María, la portuguesa” y ella me sonreía con cierta intención o así me lo parecía. Perspicaz que es uno. Con todo, lo que de verdad me derretía las meninges era su acento portugués cuando después de la sonrisa decía algo parecido a “Cóumo te vau, Yose?. Y luego tú te quedabas allí y la veías alejarse meneando el culo pasillo adelante impotente y empalmado al mismo tiempo. Alguien tenía que explicarme como era posible eso.

En fin, allí estaba yo con mi uniforme azul de corte gilipollas empujando mi carrito alpha julieto cargado hasta los topes de sábanas, toallas y demás potingues para el cuarto de baño.

La cosa empezaba de forma suave. El primer día te endiñaban cuatro habitaciones, luego seis, después ocho y así hasta llegar a las trece. Moco de pavo como quien dice. Para entonces la única idea que te rondaba por la cabeza era la de abandonar. Mi diablillo particular me hablaba al oído y me decía: “Chaval, si haces una sola cama más acabarás herniado para toda la eternidad”. Pero entonces aparecía mi ángel de la guarda y, bueno, el tío me parecía igual de sabio: “Pero cojones, ¿has visto la cantidad de titis que hay en el personal pidiendo a gritos que le hagan un buen trabajo?”. Y no podías hacer otra cosa que claudicar. Los dos eran buena gente, los dos tenían razón pero como dicen y dicen bien, la carne es débil.

Mis mayores problemas los tenía con el mirror del cuarto de baño. Cada vez que creía que había hecho un trabajo pistonudo aparecía mi housekeeper Pauline, una negraza enorme, y señalaba con su enorme índice y decía:

-Allí hay una mancha.

Y yo, intentando seguir la dirección de su finger preguntaba alucinado:

-¿Dónde?.

Y la tía decía:

-Allí.

Y yo miraba y no veía un carajo. El espejo me parecía de puta madre.



-¿Dóoonde, señora?.

-Aquí, joder.-explotaba la tía, y entonces se abalanzaba como una orca asesina a la caza de una pacífica ballena.

-Aquí.-repetía señalando con su dedazo.

Y yo, incauto de mí, acercaba mi nariz al espejo y descubría una mácula microscópica de jabón que no hubiera servido ni para iniciar el estudio del genoma humano.

6

Bueno, y así iban pasando los días. La vida de siete de la mañana a cinco de la tarde era una pura, purita mierda. Así que cuando bajábamos del metro, de nuevo en South Ealing, mi primo, los Paquitos y yo mismo nos íbamos a un súper que había a mano derecha y allí hacíamos acopio de birras y otras menudencias espirituales. Después, tras una ducha reparadora, nos reuníamos en la cocina del flat, nos mirábamos, sonreíamos y empezábamos a privar. Era divertido y necesario. Seguro que el tío que inventó el trabajo, inventó también el bebercio cinco minutos antes de volverse loco. Sea como fuere, al menos el colega había tenido una idea buena y allí estábamos nosotros para confirmarlo.



Más tarde se nos unían las niñas pero sólo testimonialmente. Las tías eran hipersensibles al alcohol, o eso decían, y no aguantaban ni media pinta de cerveza. Una pena. Para entonces ya se nos había incorporado Sara, una asturiana que juraba como un camionero y tenía un culo más que interesante.

Hablábamos de cualquier cosa que tuviera que ver con el amor, las mujeres y el sexo. Paquito de Trebujena nos contaba historias de un amigo suyo que se hacía pajas cinco veces al día porque padecía insomnio. El Algeciras proclamaba a las cuatro birras que todas las mujeres eran unas insensibles, que había llegado a Londres huyendo de tres relaciones simultáneas que estaban a punto de volverle loco. Mi primo, el más romántico de todos, nos hablaba de su novia, una azafata de la Air no sé cuantos a la que veía de pascuas a ramos. El tronco se vanagloriaba de ello. Esa es mi suerte, decía refiriéndose a los espacios interestelares que había entre polvo y polvo. Yo, en cambio, más prosaico, me limitaba a esgrimir mi teoría favorita sosteniendo contra viento y marea que el fin último de todo cuanto hacemos es follar. Para ello utilizaba la elocuencia y la oratoria, cosas que nunca se me han dado mal. Comprendedlo, después de media docena de birras me sentía como Cicerón en medio del senado y largaba como un energúmeno, no podía evitarlo. Denostaba contra la iglesia, el status laboral, la estructura familiar y todo cuanto hace infeliz a un hombre. Argumentaba yo, que en alguna parte del camino el hijoputa se había olvidado de sí mismo y ya no sabía donde estaba, ni siquiera se le ocurría meterla o tal vez pensaba que no valía la pena, que aquella raja entre los mundos que antaño le parecía la octava maravilla se había convertido en un túnel oscuro y sin salida. Y entre tanto, Aurora me miraba con una sonrisa de oreja a oreja y yo no sabía si pensaba que yo estaba loco o si era una pieza a merecer.

Entre una cosa y otra nos daban las dos de la madrugada, y cuando nos retirábamos a dormir yo estaba convencido de que cada uno de nosotros merecía el Nóbel de la Paz.

7

Por las mañanas, cuando sonaba el despertador, me quería morir.



-Levanta, maricón.-me susurraba mi primo al oído-. Es la hora de la resignación.

Entonces, haciendo esfuerzos sobrehumanos, yo entreabría un ojo y veía al hijoputa completamente vestido y repeinado, fumándose un petardo sentado en su cama. Taras de un educación deficiente. Volvía a mirar el reloj y desde el manotazo definitivo había pasado a toda leche un buen cuarto de hora.

-Piérdete, mamón.-protestaba yo escondiendo la olla bajo la almohada-. Hazme un favor, vete al cuarto de baño y menéatela un buen rato.

-Yo ya he bautizado el día.-decía el capullo-. Ahora te toca a ti.

Y entonces yo me levantaba y los milagros me parecían posibles, y dando tumbos me plantaba en calzoncillos ante el lavabo, ponía la cabeza bajo el grifo, dejaba correr el agua y recitaba de memoria la lista de los reyes godos. Luego, tocaba enfrentarse al espejo por primera vez en el día. Era fascinante y aterrador. El espectáculo cuando enfocaba bien mi imagen, quiero decir. Todas aquellas venitas rojas en el blanco de los ojos eran una visión para mear y no echar gota. Parecían a punto de estallar.

8

Entonces conocí a Svetlana. Fue después de una bronca con Roberta. Roberta no era una tipa, sino un gordito cuyo cargo en el staff era nada más y nada menos que el de director del departamento de housekeeping. En el Hilton todo era piramidal incluido, por supuesto, los sueldos, y se cumplía a rajatabla la primera máxima del sistema: el tío que más trabaja es el que menos cobra. Le llamábamos Roberta porque todos estábamos convencidos de que perdía aceite. No teníamos más pruebas que ciertos ademanes delatores que veían nuestros ojitos resacosos pero tampoco hacía falta más.



Ocurrió una mañana que estaba particularmente hasta los huevos. Era la una del mediodía y aún me faltaban seis habitaciones por hacer. En todas ellas colgaba del pomo de la puerta el famoso cartelito “Do not disturb”, y la pregunta que te hacías a continuación era si todos estaban muertos, o si estaban follando, o si habían muerto mientras follaban. En cualquier caso no había nada que hacer así que para liberar tensiones te ponías a maldecir en hebreo, o en lo que podría haber sido algún tipo de dialecto africano. Estoy seguro de que en alguna parte del mundo se me habría entendido. Os juro que estaba solo, no había nadie a la vista. Cómo cojones se enteró Roberta sigue siendo un misterio.

Un cuarto de hora más tarde, mientras comía con los compis en la cafetería, una manaza repleta de dedos gordezuelos se posó sin miramientos en uno de mis castigados hombros. Me volví. Era Roberta. Tenía cara de pocos amigos. Probablemente tenía pocos amigos.

-¿Jose?.

-¿Sí, Robert?.

-Cuando acabes reúnete conmigo en la oficina. Tenemos que hablar.

Aquí hay tomate, dijo mi primo que ya se conocía como las gastaba el puto gordo. Así que allí me fui después de tomarme un café y fumarme un cigarrillo en los vestuarios. No sabía qué coño me esperaba ni tampoco me importaba.

Cuando entré en la oficina Roberta estaba tabaleando con sus deditos sobre el escritorio. Al verme giró sobre su silla, se ajustó las gafas y utilizó una expresión deliberada para mirarme. Yo tomé asiento y me quedé allí, devolviéndole la mirada, esperando. Evidentemente, el gordo pretendía que yo me pusiera nervioso y diera el primer paso pero le estaba saliendo el tiro por la culata. Podía apreciarlo en el color de su cara cada vez más roja. Entonces explotó y comenzó a sermonearme sobre el privilegio que para mí suponía trabajar en el Hilton. Era una oportunidad única en la vida, el Hilton era una empresa de prestigio en el mundo entero, y ese prestigio era nuestro crédito más importante, teníamos una reputación que mantener y bla, bla, bla. Atónito, soporté durante diez minutos aquella estúpida arenga sin enterarme de qué cojones iba la cosa. Cuando el gordito se desactivó no pude evitar preguntar.

-Bueno, ¿y qué?.

-Como que, ¿y qué?.-gritó Roberta manoteando en el aire-. Esto es el Hilton. Aquí no se pueden decir tacos y menos en español. Suenan peor.

En eso estaba de acuerdo. Nosotros le poníamos más imaginación a la cosa. Herencias de nuestro rico acervo cultural.

Ahora ya sabía donde estaba. Decidí jugármela.

-No sé de qué me habla.-dije en el mayor tono de perplejidad que me fue posible.

Creí que iba a darle un infarto.

-No lo niegues.-rugió, señalándome con un rechoncho índice acusador-. Si no lo admites te abriré de inmediato un expediente disciplinario.

Aquello daba un giro trágico al asunto. Si el gordito estaba dispuesto a joderme no tenía más remedio que admitir lo que fuera, incluso que, yo solito, me estaba cargando la capa de ozono a pedos. Un expediente podía suponer una semana de suspensión de empleo y sueldo, y eso era peor que estar doblando el espinazo.

-No eran tacos.-dijo una voz temeraria.

La mía.

Estuve a punto de volverme para ver quién había sido el gracioso.




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