Periplo nocturno



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—Eso es un truco —dijo Cherkassky, con una voz que no era completamente normal—. Usted no ha...

—Lo hice. Salté al no-espacio —Tallon se llenó los pulmones de aire—. De modo que estaba usted en lo cierto al decir que el matarme no arruinará su reputación. Nadie lo sabrá nunca, Cherkassky.

—Está mintiendo. Las pantallas pueden estar pasando una grabación...

—Entonces, mire los paneles de visión directa. ¿Cómo cree que salimos al espacio a través de todo aquel material que usted había acumulado?

—Ellos sabían que yo estaba en la nave. Y no habrían disparado estando yo en la nave.

—Dispararon —afirmó Tallon—, y nosotros saltamos.

No habrían hecho eso —susurró Cherkassky—. No a mí.

Tallon disparó sus pies hacia arriba, golpeando el vientre de Cherkassky y haciéndole caer hacia adelante, encima de él. Esta vez luchó de un modo frío y eficaz, impermeable al miedo y al odio, al estruendoso sonido de la pistola, al conocimiento de que los ojos vivientes de su enemigo eran la única portilla que le quedaba hacia la luz, la belleza y las estrellas.

Tallon cerró aquella portilla para siempre.

XXI


Uno puede sentirse morir. Puede incluso tumbarse en el suelo y desear morir. Pero lo único que ocurre es que uno sigue viviendo.

Tallon hizo el descubrimiento lentamente, en un periodo de horas, mientras recorría la silenciosa nave. Visualizaba la Lyle Star como una burbuja de luz suspendida en un infinito de oscuridad, y a si mismo como una mancha de oscuridad moviéndose en un limitado universo de luz. Nada podía ser más inútil que prolongar aquella situación durante quince años; pero Tallon tenía hambre, y allí había comida, de modo que, ¿por que no comer?

Tallon meditó en aquello. Un objetivo a corto plazo. Una vez alcanzado, ¿qué? Una línea de pensamiento equivocada, decidió. Si uno va a existir a base de objetivos a corto plazo, tiene que descartar los procesos lógicos asociados con objetivos a largo plazo. Cuando uno tiene hambre prepara algo y se lo come. Luego tal vez se siente cansado, y duerme; y cuando despierta, vuelve a tener hambre...

Se quitó el juego de ojos, pero descubrió que sus ojos de plástico quedaban incómodamente desnudos sin aquella protección, y volvió a ponérselo. El primer objetivo a corto plazo de su nueva existencia sería disponer de un hogar aseado. Encontró el cadáver de Cherkassky, lo arrastró hasta la cámara reguladora de la presión, y lo apoyó contra la puerta exterior Tardó varios minutos en situar el cuerpo de modo que no cupiera duda de que sería arrastrado fuera de la cámara cuando se agotara el aire residual. Un cadáver era un desagradable compañero de viaje en circunstancias normales, pero una exposición a presión cero lo haría menos atractivo aún.

Cuando quedó satisfecho con la disposición del cadáver, fue en busca de Seymour y depositó el patético cuerpecillo sobre el regazo de Cherkassky.

De regreso en la sala de control, identificó al tacto los controles pertinentes y abrió la compuerta exterior de la cámara. Otros dos personajes que hacían mutis, pensó, dejando a Sam Tallon solo en el escenario. El doctor Winfield había sido el primero; luego Helen, con sus cabellos rojizos y sus ojos color whisky. Se le ocurrió que Helen podría estar viva, aunque no disponía de ningún medio para averiguarlo... y descartó la idea: se estaba dejando arrastrar de nuevo a una línea de pensamientos equivocada.

Tallon se dirigió a la semicubierta, sacó una lata de cada uno de los compartimientos de víveres, y las abrió. Identificó sus contenidos y memorizó el lugar del que había sacado cada una de ellas. En Emm Lutero, la dieta había tenido como base —y casi como único componente— el pescado, de modo que ahora se decidió por la carne, y mientras la cocinaba descubrió un compartimiento refrigerado con una gran cantidad de recipientes tubulares de plástico llenos de cerveza. Gracias a que Parane, de donde procedía la Lyle Star, tenía al mismo tiempo una adecuada provisión de proteínas y unos puntos de vista liberales sobre el consumo del alcohol, Tallon disfrutó en su primera comida en el espacio desconocido. Cuando terminó, se deshizo de los platos y utensilios de plástico, y luego se sentó a esperar... sabiendo que no podía suceder nada.

Poco después se sintió cansado y fue en busca de una cama. El sueño tardó mucho en llegar debido a que Tallon se encontraba a muchos millares de años-luz del resto de su especie.

Tallon dejó transcurrir cuatro ciclos de actividad y sueño antes de llegar a la conclusión de que se volvería loco si continuaba de aquella manera. Decidió que debía tener un objetivo a largo plazo para dar una dirección a su vida, aunque el plazo fuese más largo que la duración de su vida y el objetivo inalcanzable.

Se dirigió a la sala de control y exploró el banco computador central con las yemas de los dedos, reprochándose el no haberle prestado más atención cuando aún disponía de unos ojos. Tardó algún tiempo en comprobar a su entera satisfacción que era un modelo standard, basado en el amplificador de inteligencia cibernético. El viaje por el no-espacio exigía que una nave se situara por sí misma dentro de portales que no midieran más de dos segundos-luz de diámetro. Las normas de precisión involucradas requerían que los elementos computadores y el complejo de astrogación estuvieran unificados en un solo sistema automático.

El complejo de control estaba plenamente programado para posibles variaciones, tales como las derivadas de estrellas de magnitud cambiante, en la esfera celeste percibida; pero también se había previsto la necesidad de evitar que las fijaciones posiciónales fueran afectadas por fenómenos raros e impredecibles, como las novas y las supernovas. Esto asumía la forma de paneles de inyección de datos que proporcionaban, entre otras cosas, un acceso directo a los almacenes de instrucciones. El inyector de datos no había cambiado desde la primera época de los viajes por el espacio. Tallon había oído decir que el sistema relativamente primitivo era conservado únicamente porque permitía a un mecánico razonablemente competente convertir una nave espacial en un vehículo de exploración interestelar.

En otras palabras, la motivación de los constructores, lo que podríamos llamar su "filosofía", era la siguiente: esta nave está plenamente garantizada y te llevará siempre a tu punto de destino; pero, si no lo hace, te permitirá tratar de encontrar otro mundo mientras estés en ella.

Tallon no había investigado nunca la cuestión personalmente, pero se inclinaba a creer que las historias eran ciertas, ya que no le serviría de nada realizar otros saltos sin disponer de algún medio para comprobar su posición. Las probabilidades de situarse al alcance de un mundo habitable eran quizá de una entre mil millones. No se engañaba a sí mismo acerca de las posibilidades de éxito, pero no había ningún otro camino abierto delante de él; y vegetar, como había hecho durante cuatro días, resultaba inaceptable. Además, en un universo realmente casual, podía dar un solo salto y encontrarse colgando sobre la propia Tierra, casi capaz de respirar su atmósfera, de oler el humo de hojas muertas quemadas arrastrándose con el suave viento de los atardeceres del mes de octubre...

Empezó a trabajar en el complejo de control central. Transcurrieron dos días más de descanso y actividad antes de que Tallon se sintiera satisfecho de haber programado el sistema para hacer frente a sus nuevas necesidades. Trabajando a ciegas, utilizó su cerebro a fondo, alcanzando el mismo grado de eficacia que le había permitido construir los juegos de ojos.

Varias veces se descubrió a sí mismo poseído de una intensa satisfacción. En esto, pensó, es en lo que soy realmente bueno. ¿Por qué lo dejé de lado al salir de la Universidad y me dediqué a recorrer otros mundos? Cada vez, inexplicablemente, veía los cabellos rojizos y los ojos singulares de Helen sobreimpuestos a su cuadro mental del complejo de control. Y finalmente había modificado la red de astrogación, transformándola de un animal que sólo saltaría cuando supiera dónde estaba, a otro que se negaría a moverse si sus múltiples sentidos detectaban un sistema planetario al alcance.

Cuando Tallon terminó se sintió cuerdo, con la mente aguda y despejada. Se acostó y durmió sin que su sueño se viera alterado por ningún tipo de pesadillas.

Después del desayuno, nombre que daba a su primer comida después de un periodo de sueño, Tallon se dirigió a la sala de control y se instaló en el asiento central. Vaciló, preparándose a sí mismo para la dislocación psíquica, y pulsó el botón que proyectaría a la nave a aquel otro universo incomprensible. ¡Click! Un fogonazo de resplandor insoportable conmocionó sus ojos; luego, el salto quedó completado.

Tallon se arrancó el juego de ojos y se echó hacia atrás en el gran sillón, con las manos apretadas contra sus párpados, presa de una gran confusión mental. Había olvidado el fogonazo que se había reflejado en sus nervios ópticos cuando hizo dar el primer salto a la Lyle Star en New Wittenburg. En ningún manual se hablaba de que en el no-espacio se produjeran fogonazos de luz; en realidad, la mayoría de la gente experimentaba una momentánea ceguera durante la transición. Escuchó al computador y estaba silencioso, lo cual significaba que no se había materializado al alcance de ningún planeta en alguna parte de la enorme y fría galaxia.

Encogiéndose de hombros mentalmente, se preparó para dar otro salto. Esta vez redujo la sensibilidad del juego de ojos a casi cero, y cuando se produjo el fogonazo su intensidad fue mucho menor. Se quitó el juego de ojos, y dio otro salto que no produjo ninguna luz. Poniéndose de nuevo el juego de ojos, dio un cuarto salto, y el fogonazo volvió a producirse.

Tallon empezó a sentirse excitado, sin saber por qué. Lo único que parecía ser cierto era que el fogonazo estaba asociado con el juego de ojos. Pero, ¿cuál era la causa? ¿Existía acaso en el no-espacio alguna forma de radiación que era captada por el juego de ojos? Difícilmente, dado que los circuitos estaban diseñados para cernerlo todo a excepción de las increíblemente sutiles emanaciones de "puesta en fase" de las células gliales. ¿Qué podía ser, pues? No había ninguna persona en el continuum del no-espacio.

Tallon se puso en pie y empezó a pasear por la sala de control: ocho pasos hasta la pared, media vuelta, ocho pasos en sentido contrario.

Recordó la conversación con Helen Juste acerca del trabajo de su hermano para el centro de exploraciones espaciales de Emm Lutero. Cari Juste había estado trabajando sobre una hipótesis acerca de que el universo del no-espacio podía ser sumamente pequeño, quizá de un diámetro mensurable de metros. El motivo de que ningún equipo de radio normal funcionara en el no-espacio (impidiendo así que los humanos trazaran mapas de su topografía), ¿podía encontrarse en el hecho de que todos ellos se encharcaran en sus propias señales, debido a que los espacios vacíos entre los perfiles de ondas se rellenaban mientras ellos viajaban interminablemente alrededor del diminuto universo? En caso afirmativo, el ojo humano —que transmitía su información, no por amplitud, frecuencia ni siquiera modulación de fase, sino por puesta en fase— podía ser perfectamente la única pieza de equipo "electrónico" capaz de funcionar en el no-espacio sin borrar completamente sus propias señales características. Y el juego de ojos podía ser el primer receptor que funcionara en el no-espacio. Pero seguía en pie la pregunta: ¿Cuál era la causa del fogonazo?

El asombro inmovilizó a Tallon mientras la respuesta se le revelaba bruscamente: ¡Había gente en el universo del no-espacio! El tiempo que tardaban los generadores en establecer su campo y apagarse de nuevo era inferior a dos segundos en un salto de mínimo incremento, pero las rutas comerciales del imperio estaban atestadas. Millones de toneladas de carga y de pasajeros pasaban a través de los caminos en zigzag del comercio galáctico cada hora, de modo que en cualquier instante determinado había millares de seres humanos en el continuum del no-espacio. El efecto maculante, producido por la repetición de la señal en el universo claustrofóbico, podía ser suficiente para unir todas sus emanaciones nervio-ópticas en una vasta y desordenada secreción.

Tallon notó que la excitación aceleraba los latidos de su corazón. Las emanaciones de las células gliales eran tan débiles como para ser prácticamente inexistentes. Era posible que pudieran cruzar el universo del no-espacio sólo unas cuantas veces antes de desvanecerse, lo cual significaba que podía haber información direccional en el fogonazo que producían en el juego de ojos... sin hablar de la posibilidad de una forma de viaje por el no-espacio controlada por la voluntad humana y no por los dictados de una geometría extraña.

Tallon permaneció inmóvil unos instantes. Luego enfiló el pasillo que conducía al taller de la Lyle Star.

Tras unos minutos de rebuscar entre los bastidores de herramientas, Tallon logró identificar una pesada sierra eléctrica con una hoja oscilante convencional. La escogió con preferencia a una sierra láser, con la cual resultaría demasiado fácil que un ciego perdiera sus dedos.

Cargando la sierra sobre su hombro, se dirigió hacia la popa de la nave, orillando las balas de plantas proteínicas prensadas, y empezó a trabajar en la primera capa del sistema de tamizado de la radiación. Cortó tres paneles, cada uno de ellos de un metro y medio por sesenta centímetros, del material de casi tres centímetros de grosor; luego cortó otro más pequeño, de sesenta centímetros en cuadro. La aleación de plástico y metal era muy pesada, y Tallon cayó varias veces mientras transportaba las piezas a la sala de control.

Con las piezas en posición, efectuó varias tentativas para utilizar un multisoldador, pero su ceguera era una desventaja excesiva. Dejando el soldador a un lado, confeccionó unos toscos corchetes angulares aplastando y doblando latas de conserva vacías, y los incrustó en los paneles de plástico. La tarea le llevó mucho tiempo —incluso un familiar taladro manual resultaba difícil de manejar a ciegas—, pero al final había construido algo semejante a una garita de centinela. Cambió la broca del taladro y practicó un pequeño orificio en la pared central de la garita.

Tallon se sobresaltó cuando trató de trasladar la caja al lugar que deseaba y descubrió que no podía moverla debido a su enorme peso. Tras unos minutos de inútiles esfuerzos, recordó que se encontraba en una nave espacial, un entorno en el cual el peso era algo contra lo que había que luchar. Encontró el interruptor principal del sistema de gravedad artificial y lo cerró, y la caja resultó mucho más fácil de manejar. La colocó delante del asiento del capitán, con el lado hueco encarado a popa, y volvió a conectar la gravedad.

Confiando en el éxito y temiendo la decepción, Tallon se encaramó al asiento central y gateó hacia la caja. El lado abierto estaba casi en contacto con los barrotes de la silla, y cuando Tallon se arrodilló en el espacio delimitado por las tres paredes de la garita quedó eficazmente aislado de los paneles de visión directa. Colocó su mano derecha en torno al lado de la garita, atrajo hacia él la consola del motor del no-espacio, y localizó el botón del salto. Con su mano izquierda buscó el orificio que había practicado en la pared central —ahora el único canal por el cual las señales nervio-ópticas podían alcanzarle— y situó sus ojos directamente detrás de él.

Esta vez, cuando apretó el botón del salto, el fogonazo fue —tal como había esperado— un súbito y breve resplandor de soportable intensidad. Ahora había llegado el momento de la prueba crucial. Dio una serie de saltos, procurando mantener su cabeza en la misma posición con respecto al orificio; luego salió de la garita, sonriendo de satisfacción. Los fogonazos habían variado de intensidad.

Ignorando las insistentes llamadas del hambre, Tallon desactivó la unidad motriz del no-espacio y situó los generadores para control manual. La Lyle Star estaba ahora ajustada para viajar por el universo del no-espacio sin modificar su posición en cualquiera de los dos planos de existencia.

Tallon separó un módulo computador numérico simple de la instalación principal y pasó algún tiempo familiarizándose con su teclado, esforzándose por recuperar la antigua y casi olvidada pericia mediante la cual sus dedos convertían al instrumento en una extensión de su cerebro. Cuando estuvo preparado, se visualizó a sí mismo como situado en el centro de una esfera hueca, y asignó coordenadas básicas de dos mil puntos regularmente espaciados en la superficie interior de la esfera. El siguiente paso del proyecto era hacer girar la Lyle Star alrededor de sus tres ejes mayores, alineando la proa con todos los puntos sucesivamente. En cada una de las posiciones realizaba el tránsito al no-espacio, calculaba en una simple escala arbitraria la brillantez de la señal que estaba recibiendo, e introducía la información en el computador.

Tuvo que interrumpir su trabajo tres veces para dormir antes de darlo por terminado, pero al final tenía en sus manos —por lastimosamente incompleto que fuera— el primer mapa que el hombre había trazado del universo del no-espacio.

Concretamente, era un modelo computador de baja definición de la disposición de las rutas comerciales galácticas, vistas desde un punto del no-espacio. Lo que ahora necesitaba era un modelo similar del universo del espacio normal, visto desde el mismo punto. Con ello, podría introducir los dos en el gran computador, que establecería una comparación. Habían diecinueve mundos en el Imperio, y como los portales iniciales y terminales para todos menos dos de ellos se encontraban cerca de la Tierra, el modelo del espacio-normal mostraría una notable concentración en aquella zona. El mapa del no espacio no mostraría una concentración idéntica, ya que no existía una correspondencia uno-por-uno entre los dos continuums, pero Tallon confiaba en que un computador encontraría alguna correlación entre los dos. Y si lo hacía... Tallon estaría en casa, en más de un sentido.

Como si quisiera celebrar el éxito por anticipado, Tallon decidió obsequiarse con una comida extraordinaria mientras pensaba en el paso siguiente. Guisó un enorme filete y empezó a reducir sistemáticamente su provisión de cerveza. Después de comer se sentó plácidamente en la semicubierta y pasó re vista a la situación. Hasta entonces se había desenvuelto bastante bien a ciegas, pero ello era debido a que resolvía problemas familiares con instrumentos que podía manejar casi por instinto. Construir un modelo computador de su propio uní verso de espacio normal resultaría, paradójicamente, más difícil. No seria capaz de "ver" la densidad de las entretejidas rutas espaciales, y la alternativa era introducir las coordenadas galácticas de cada portal. Esto significaría una tarea enorme: el viaje desde Emm Lutero a la Tierra, por ejemplo, implicaría introducir tres coordenadas por cada uno de los ochenta mil portales. Podía hacerse, desde luego —los datos estarían almacenados en alguna parte—, pero sin ojos iba a resultar... difícil. La palabra "imposible" había acudido al cerebro de Tallon, que se había apresurado a rechazarla.

Tallon bebió con moderación, sintiendo apagarse su entusiasmo inicial. Debido a su ceguera, le aguardaba al parecer la tarea de explorar a fondo el principal computador, desmontándolo y volviendo a montarlo en la oscuridad, simplemente para llegar a conocerlo. Luego tendría que escuchar todo lo que tuviera acceso a su memoria, hasta obtener los datos que necesitaba. Eso podía durar cinco o diez años. Podía morirse de hambre antes de llevar a cabo lo que un hombre dotado de vista, capaz de leer el lenguaje del computador, podía realizar en unas horas.

Tallon empezó a dormitar, pero fue despertado por un ruido furtivo que no había oído durante muchos años. El miedo le paralizó por unos instantes, hasta que identificó el sonido. Estaba oyendo a un descendiente del primer polizón que navegó a bordo de un barco en épocas remotas, cuando el hombre descubrió que podía viajar por los mares de la Tierra.

Era una rata.

XXII


Tallon había olvidado que no había ninguna luz encendida en el interior de la nave. Localizó el panel de iluminación en la consola de control y pulsó todos los interruptores, pero a pesar de que el juego de ojos funcionaba a toda potencia no captó nada. Llegó a la conclusión de que esto era debido al exceso de tamizado entre la rata y él, o a que la rata se ocultaba más allá del alcance de la luz. Cualquiera de los dos factores, o ambos, habían impedido que Tallon descubriera al animal antes de que este se decidiera a moverse en busca de comida.

Tallon salió de la sala de control y se dirigió al estrecho pasillo situado sobre la bodega. Inclinándose por encima de la barandilla detectó algo, no tanto un resplandor luminoso como una leve disminución de la oscuridad. Era un nuevo tipo de problema. No sólo tenía que adaptarse a tener los ojos separados de su cuerpo, sino también deducir exactamente dónde estaban sus ojos, basándose en unas pistas mínimas.

La rata estaba probablemente en alguna parte entre las balas de plantas proteínicas, pero recordando la rapidez con que había desaparecido cuando trató de agarrarla en la semicubierta, Tallon comprendió que sería inútil perseguirla de un lado a otro de la nave. Decidió instalar una trampa.

Existía el viejo truco de colocar una caja en el suelo y mantener levantado uno de sus bordes por medio de un corto palo, que seria retirado cuando la presa estuviera debajo de la caja. Pero Tallon cambió de idea al recordar un experimento que había realizado en su niñez y que terminó con la muerte por aplastamiento de un pobre ratón. En las actuales circunstancias, la rata, que probablemente había subido a bordo en Parane, era más valiosa que el mejor de los caballos de carreras.

Tallon fue en busca de un trozo de pan, lo colocó cerca de las balas de plantas y se tumbó a poca distancia. Cerró los ojos y fingió dormir. A medida que transcurrían los minutos casi llegó a dormirse de veras. Luchó decididamente contra aquella especie de modorra; luego empezó a notar un aumento gradual de la claridad. Unas zonas grises surgieron de la oscuridad, seguidas de un fragmento irregular de resplandor semejante a la boca de una cueva. Una forma enorme se movió muy cerca, pavorosamente; unos ojos rojizos brillaron, especulativa y fríamente. Tallon suspiró silenciosamente. Supo que su rata había pasado simplemente cerca de otra rata que salía de su madriguera.

De pronto pudo ver brillantes planchas metálicas del suelo en primer plano, extendiéndose hacia horizontes oscuros como un desierto sin vida. Encima había un cielo extraño, una sugerencia de inmensidad cavernosa. El interior de la bodega, visto por una rata, era un universo raro y hostil en el cual el instinto natural era buscar la seguridad de los rincones oscuros, para solaz de los compañeros de ojos rojizos en las negras madrigueras.

Tallon se preguntó, inquieto, si el juego de ojos podría ser un receptor más eficaz de lo que había imaginado. ¿Era posible que existiera una conexión entre las señales suministradas a la corteza visual y los otros procesos mentales del animal o la persona afectados, una especie de superposición emocional? Quizá, si sintonizaba con un toro que estuviera contemplando las oscilaciones de un trapo rojo, captaría sensaciones de rabia... Quizá el utilizar los ojos de Cherkassky le había convertido en un despiadado asesino, en un instrumento que se limitó a reflejar los feroces instintos del agente de la P.S.E.L. en una nueva manifestación de justicia poética. En ese caso, ¿le habían transmitido amor los ojos de Helen? Absorto en esta idea, Tallon apenas observó el trozo de pan haciéndose visible a medida que la rata se acercaba a él. El pan se acercó más, se convirtió en una montaña de comida; luego, su propio rostro gigantesco, barbudo y soñoliento, se ir-guió en el amenazador horizonte. La escena se prolongó largo rato, y Tallon se obligó a sí mismo a permanecer inmóvil. Finalmente, la rata reanudó su avance. Tallon espero hasta que la brillante estructura celular del pan estuvo muy cerca, y entonces saltó hacia adelante. Vista a través de los ojos de la rata, su tentativa para capturarla resultaba casi cómica.

Al primer movimiento de los torpes dedos del gigante todo se hizo borroso, y Tallon volvió a sumergirse en un mundo de formas apenas entrevistas. Lo intentó tres veces más, con el mismo resultado, antes de admitir que tendría que encontrar un sistema mejor. ¿Qué ocurriría, pensó, si no podía capturarla?

El cuadro se hizo todavía más ridículo. En la burbuja metálica de luz y aire, un hombre con ojos de plástico arrastrándose en interminable persecución de un roedor, sin capturarlo nunca porque el único momento en que lo veía era cuando el roedor le miraba a él...

—Si un buen espadachín te reta en duelo —dijo Tallon en voz alta—, insiste en luchar con pistolas.

El sonido de su voz en la solitaria quietud de la nave le recordó que era, después de todo, un ser humano, un miembro de la especie cuya mejor arma era el pensamiento, algo peligrosamente fácil de olvidar en unas circunstancias como las que estaba viviendo.

Recogió el pan y fue a colocarlo sobre las planchas al final del pasillo que conducía a la sala de control. Se detuvo un instante en la semicubierta, y luego entró en la sala de control y se sentó. Esta vez Tallon esperó hasta que la rata enterró su hocico en la montaña de comida. Entonces efectuó su movimiento.

Desconectó la gravedad artificial. Mientras la rata se agitaba y chillaba flotando en el aire, Tallon avanzó hacia ella, con una jarra de plástico transparente que había tomado en la semicubierta. Al verle, los movimientos de la rata se hicieron frenéticos, contorsionando su cuerpo como un pez recién capturado y dejado caer sobre la hierba de la orilla del río, planteándole a Tallon —que sólo obtenía una visión fragmentaria y oscilante de sí mismo— un delicado problema de balística. A la segunda tentativa capturó al animal, tapó la jarra y sonrió levemente mientras el recipiente de plástico vibraba en su mano.

Lo primero que hizo Tallon con sus nuevos ojos fue instruir a la Lyle Star para que descubriera dónde se encontraba.

El complejo de astrogación tardó solamente unos segundos en establecer la posición aproximada de las otras diecisiete galaxias del grupo, y luego pulir y confirmar sus hallazgos con lectura quasar. La nave se hallaba a unos 10.000 años-luz del centro galáctico, y a unos 35.000 años-luz de la Tierra. Tallon estaba habituado a las distancias interestelares, pero resultaba difícil contemplar las resplandecientes cifras que colgaban en el aire encima del computador sin una helada sensación de desaliento. La distancia a través de la cual esperaba encontrar su camino de regreso era tan grande que la luz del Sol no podría alcanzarle; habría sido absorbida por el polvo interestelar en el trayecto. Pero si no hubiera polvo, y si Tallon dispusiera de un telescopio de potencia y capacidad de análisis ilimitadas, podría mirar a la Tierra y ver a hombres del Paleolítico Superior empezando a afirmar su supremacía sobre los bosques de la Tierra y portando orgullosamente sus armas de pedernal recientemente perfeccionadas.

Tallon trató de visualizarse a sí mismo cruzando con éxito aquella bóveda inimaginable —sentado en el gran sillón, con una rata cautiva parpadeando malévolamente en una jarra de plástico sobre las rodillas de Tallon—, guiado solamente por una idea nacida en la ceguera en su propia mente y girando ahora sin cesar en las células cerebrales de un computador. Por fantástica que fuera la visión, tenía que seguir adelante e intentarlo.

Para construir su modelo de las rutas espaciales, Tallon transfirió la posición de cada portal, expresada como coordenadas absolutas, al volumen operativo del computador, y las convirtió en coordenadas basadas en la actual posición de la Lyle Star. Esto le llevó algún tiempo, pero le proporcionó un mapa que era el equivalente en el espacio normal del que ya poseía del no-espacio. Luego introdujo el módulo conteniendo a este último mapa en el cuerpo principal del computador y lo programó para descubrir la correspondencia, si existía alguna. Era posible también que existiera una auténtica correspondencia tan atenuada que sólo pudiera ser descubierta por una de las redes de computadores tan amplias como el planeta que funcionaban en la Tierra, pero Tallon se negó a pensar en esa posibilidad.

Una hora más tarde el computador tintineó suavemente, y una serie de ecuaciones aparecieron en el aire encima de él, con los resplandecientes símbolos colgando silenciosamente sobre su proyector de soluciones. No era necesario que Tallon las entendiera —el complejo de astrogación era capaz de absorber la información y actuar consecuentemente por sí mismo—, pero tenía un lógico interés en ver por sí mismo lo que podía ser perfectamente la piedra filosofal matemática que convertiría el plomo del no-espacio en el oro del espacio normal.

Por un instante las ecuaciones parecieron absolutamente incomprensibles, como si las captara no sólo con los ojos de una rata sino también con el cerebro de una rata. Contempló fijamente las cifras, sosteniendo la jarra de plástico en alto delante de ellas, y paulatinamente fueron aclarándose, a medida que despertaban las adormiladas facultades matemáticas de Tallon. Reconoció los elementos de una superficie de onda cuatridimensional, el quartic, y súbitamente se dio cuenta de que estaba contemplando una definición incompleta y disfrazada de una superficie de Kummer. Esto significaba que el no-espacio era análogo a una superficie de singularidad de segundo grado: una entidad interconectada, con dieciséis nódulos reales y otros tantos planos tangentes dobles. En consecuencia, no era de extrañar que, con una mezquina provisión de puntos de referencia, los años de investigación en las astrogación del no-espacio no hubiera llegado a ninguna parte.

Tallon sonrió. Si salía con bien de su actual situación, y resultaba que el matemático alemán del siglo XIX, Ernst Kummer, había sido un luterano, lo irónico del caso no tendría parangón.

Tallon volvió a conectar el complejo de astrogación y la unidad motriz del no-espacio, y marcó las coordenadas y el incremento de salto para lo que esperaba que fuera el primer vuelo controlado en la historia de los viajes interestelares. Se quitó el juego de ojos, para evitar una prolongada explosión de luz, y lanzó a la nave al continuum del no-espacio durante los ocho segundos exigidos por las nuevas ecuaciones.

Cuando volvió a colocarse el juego de ojos permaneció sentado y sudoroso durante unos segundos antes de levantar la rata de modo que le permitiera ver el informe de posición en el complejo de astrogación. Ofrecía una larga hilera de coordenadas absolutas que Tallon estaba demasiado excitado para comprender. Instruyó al computador para que redujera la información a una sola cifra: la distancia geodésica entre la Lyle Star y la Tierra.

La nueva respuesta era ligeramente inferior a un centenar de años-luz.

Suponiendo que no hubiera realizado un salto fortuito afortunado, aquello significaría un error de sólo una tercera parte de un porcentaje de la distancia total.

Temblando ligeramente, de un modo impropio para el conquistador del no-espacio, Tallon programó el salto siguiente y lo llevó a cabo. Esta vez, cuando volvió a ponerse el juego de ojos vio una brillante estrella en el cielo reflejada en las pantallas de observación. El computador señaló una distancia inferior a medio año-luz.

Tallon dio rienda suelta a su alegría sin la menor inhibición, y apretó la jarra de plástico, lamentando no poder transmitir a su estólido compañero la idea de que la gama que brillaba delante de ellos era el sol que había iluminado el camino, para que los antepasados de ambos surgieran del mar, y que sus cuerpos habían sido creados de su abundante energía, y que representaba todo lo que resumía la palabra "hogar". No importa, pensó, tú y aquella otra rata de la madriguera estáis pensando cosas que yo tampoco soy capaz de comprender.

Dio otro salto, consciente de que este podía ser el último antes de poner en marcha el motor de iones. Cuando quedó completado, Tallon levantó el juego de ojos, sabiendo que tenía que encontrarse en el sistema solar, posiblemente a la vista de la propia Tierra.

Antes de que pudiera colocar el juego de ojos sobre el puente de su nariz, el ronco sonido de una sirena de alarma estalló a través de la sala de control.

—Identifíquese inmediatamente —ordenó una voz desabrida desde el sistema de comunicación externo—. Conteste en seguida, o será destruido por los misiles que ya han sido lanzados hacia su posición.

La voz repitió el mensaje en los idiomas más importantes de todo el Imperio.

Tallon suspiró profundamente. Había cruzado la mitad de la galaxia; y ahora sabia, más allá de toda duda, que había llegado a casa.

XXIII


—Esta es la última advertencia. Identifíquese inmediatamente.

Tallon activó el sistema de comunicaciones.

—Hagamos las cosas un poco distintas, por una vez —dijo—. ¿Por qué no se identifica usted?

Se produjo un silencio, y cuando la voz habló de nuevo contenía una nota de indignación apenas perceptible.

—Repetiré esta advertencia una sola vez: los misiles ya han sido enviados hacia su posición.

—No los malgaste —dijo Tallon en tono casual, apoyando sus dedos sobre el botón de salto al no-espacio—. No pueden alcanzarme. Y yo repito: quiero saber su nombre y graduación.

Otro silencio. Tallon se echó hacia atrás en el gran sillón. Sabía que estaba mostrándose innecesariamente desagradable, pero aquellos 35.000 años-luz habían arrancado de él los últimos vestigios de tolerancia hacia el sistema político-militar en el cual había pasado la mayor parte de su vida. Mientras esperaba una respuesta, programó a la Lyle Star para un salto a través del no-espacio de sólo medio millón de kilómetros, y lo mantuvo en reserva. Cuando terminó, unas ondas preliminares de color parpadearon en el aire delante de él, revelando que en alguna parte los técnicos en comunicaciones estaban trabajando para establecer contacto visual con su nave.

Los colores aumentaron bruscamente la intensidad de su brillo y se conjugaron hasta formar una imagen tridimensional de un hombre de rostro severo y cabellos grises que vestía el uniforme de mariscal. Estaba sentado, y la imagen era tan buena que Tallon podía ver la red de venas diminutas en sus pómulos. El mariscal se inclinó hacia adelante, con la incredulidad pintada en sus ojos.

—Su nombre, por favor —dijo Tallon en tono decidido, no haciendo ninguna concesión por el efecto que su aparición iba a producirle al mariscal.

—No sé quién es usted —dijo el mariscal lentamente—, pero acaba de suicidarse. Nuestros misiles casi han alcanzado el punto de coincidencia. Ahora es demasiado tarde para detenerlos.

Tallon sonrió, disfrutando un momento de megalomanía; y cuando los indicadores de proximidad dieron la alarma, pulsó el botón del salto. Un torrente de resplandor inundó sus ojos, pero se trataba únicamente del ahora familiar fogonazo del no-espacio.

Cuando la Lyle Star emergió de nuevo en el espacio normal, la imagen del mariscal se había desvanecido, pero volvió a formarse unos segundos después. El hombre parecía desconcertado.

— ¿Cómo ha hecho eso?

—Su nombre, por favor.

—Soy el mariscal James J. Jennings, comandante del Tercer Escalón de la Gran Flota de la Tierra Imperial —el mariscal se removió nerviosamente en su asiento; tenía el aspecto de un hombre que se está tragando una píldora muy amarga.

—Escuche con mucha atención lo que voy a decirle, mariscal; es lo que quiero que haga.

— ¿Qué le hace...?

—Por favor, calle y escuche —le interrumpió Tallon fríamente—. Soy Sam Tallon, ex miembro de los Servicios de Inteligencia Amalgamados, y estoy pilotando la Lyle Star, que fue enviada a Emm Lutero para recogerme. Puede usted confirmar esto con relativa facilidad. El mariscal se inclinó a un lado, escuchando algo que no estaba siendo transmitido a la nave. Asintió varias veces con la cabeza y volvió a encararse con Tallon.

—Acabo de comprobarlo. La Lyle Star fue enviada a Emm Lutero, en efecto, pero tuvo problemas. Alguien de la nave dio un salto al no-espacio, con Tallon a bordo... lo cual significa que está usted mintiendo.

Tallon habló furiosamente.

—He recorrido un largo trayecto, mariscal, y estoy...

Se interrumpió al ver que Jennings se levantaba de su silla y desaparecía durante unos segundos. Luego regresó.

—Es correcto, Tallon —dijo el mariscal con una nueva nota de respeto en su voz—. Acabamos de obtener un informe visual de su nave. Es la Lyle Star, en efecto.

— ¿Está seguro? Yo podría haber pintado el nombre en el casco.

Jennings asintió.

—Es cierto, pero nosotros no nos guiamos por el nombre. ¿Ignora usted que arrastra un soporte para naves y varios millares de metros cuadrados de hormigón de espaciopuerto? Hay también un par de hombres muertos con uniformes luteranos orbitando a su alrededor.

Tallon había olvidado que la Lyle Star tenía que haber arrancado un trozo de Emm Lutero y haberlo arrastrado al no-espacio. El vacío instantáneo creado por el despegue de la nave tenía que haber causado estragos en aquella zona de la terminal. Y el cadáver de Helen se encontraba muy cerca. Su necesidad de Helen, amortiguada por el peligro y la desesperación, fue súbitamente aguda, borrando todo lo demás en su mente. Oh, si estuviera donde reposa Helen...

—Debo disculparme con usted, Tallon —dijo Jennings—. Ha existido un estado de guerra entre la Tierra y Emm Lutero durante tres días. Por eso nos mostramos tan bruscos cuando su nave fue detectada tan cerca de la Tierra y tan lejos de un portal. Tenia todos los indicios de un ataque por sorpresa...—No se disculpe, mariscal. ¿Puede facilitarme una comunicación directa con el Bloque? ¿Ahora mismo?

—Podría hacerlo, aunque sin garantía de seguridad.

—No importa. Nada de lo que tengo que decir en este momento es materia reservada.


—Su regreso es un motivo de gran satisfacción para nosotros, Tallon, pero esto es sumamente irregular.

El representante del Bloque era un hombre al que Tallon no había visto nunca. Su cutis sonrosado, sus manos fuertes y morenas y sus ropas vulgares le conferían un aspecto de próspero granjero. El fondo para su imagen era una mancha color verde pastel deliberadamente anónima.

—Irregular, pero también importante —dijo Tallon—. ¿Está usted cerca de la cumbre?

El hombre alzó sus inexpresivos ojos por espacio de un segundo, y Tallon supo que estaba cerca de la cumbre.

—Me llamo Seely. Antes de que diga nada, Tallon, quiero recordarle que estamos en un circuito abierto. También quiero...

—Deje de hablar de cosas sin importancia —le interrumpió Tallon impacientemente—, y concéntrese en mis peticiones.

—/ Tallon! —Seely casi se levantó de su asiento, pero se relajó inmediatamente. Sonrió—. Daremos por terminada esta conversación ahora mismo. Es obvio que ha estado usted sometido a una gran tensión, y existe la posibilidad de que aluda a temas clasificados como materia reservada. Estoy seguro de que sabe a lo que me refiero.

— ¿Quiere decir que podría hacer alguna referencia accidental a la cápsula incrustada en mi cerebro? ¿La que retiene aún toda la información necesaria para llegar al nuevo planeta luterano?

Las rubicundas mejillas de Seely adquirieron un color terroso.

—Lamento que haya dicho eso, Tallon. Hablaré con usted aquí en el Bloque. He dado instrucciones al mariscal Jennings para que le traiga aquí sin demora de ninguna clase. Eso es todo.

—El mariscal Jennings no puede cumplir esas instrucciones —se apresuró a decir Tallon, sonriente—. Pregúntele lo que ocurrió cuando disparó contra mí algunos de sus misiles, hace media hora.

Seely pulsó una tecla en su escritorio, cortando el sonido, y habló silenciosamente con alguien fuera del alcance de la cámara. Luego volvió a conectar el sonido y miró a Tallon con aire preocupado.

—Me han estado dando unos informes muy singulares acerca de usted, Tallon. Los primeros son de que su nave emergió en el espacio normal en el interior mismo del sistema solar. ¿Ha establecido usted un nuevo portal?

—Los portales son cosa del pasado, Seely. He resuelto el problema de la astrogación en el no-espacio. Puedo ir a cualquier parte que me plazca, sin portales.

Seely entrelazó sus robustos dedos y miró a Tallon por encima del puente que formaron.

—En tal caso, no tengo más alternativa que la de ordenar que se interfieran completamente todas las comunicaciones del sistema solar hasta que podamos traerle aquí para que presente su informe.

—Haga usted eso —dijo Tallon jovialmente— y no volverá a verme. Visitaré todos los mundos del Imperio, empezando por Emm Lutero, y difundiré el método en todas las longitudes de onda existentes.

¿Cómo espera escapar? Podemos englobar todos...

Seely vaciló.

—Todos los portales, creo que iba a decir usted —dijo Tallon, sintiéndose inundado por una oleada de rabia—. Está usted desfasado, Seely; usted, y los portales, y el Bloque, forman parte de la historia antigua. A partir de ahora dejaremos de pelearnos por un puñado de mundos descubiertos por pura casualidad. Todos los planetas de la galaxia están abiertos para nosotros, y habrá espacio para todo el mundo. Incluso para usted y los de su especie, Seely... aunque tendrá que cambiar. Nadie jugará a los soldados en su patio trasero sabiendo que hay cien mil planetas nuevos y habitables.

"Y ahora... ¿va usted a escucharme, o tengo que decirle adiós? He perdido ya demasiado tiempo. —Tallon apoyó su mano sobre el rojo botón del salto al no-espacio. La nave no había sido programada para un salto controlado desde su posición actual, de modo que pulsar el botón podría enviar a la Lyle Star directamente a través del borde exterior del espacio; pero, Tallon sintió una oleada de salvaje placer, aquello no importaba ya.

Seely pareció atrapado.

—De acuerdo, Tallon. ¿Qué es lo que quiere?

—Tres cosas: una cancelación inmediata de todos los preparativos para atacar a Emm Lutero; libertad para difundir los detalles de la técnica de astrogación en el no-espacio de modo que cualquiera que lo desee pueda utilizarla; y quiero ser asignado, con la categoría de comandante en jefe, al buque-insignia del mariscal Jennings para un vuelo inmediato a Emm Lutero.

Seely abrió la boca para contestar, pero una nueva voz penetró en el circuito:

—Peticiones aprobadas.

Tallon reconoció la voz de Caldwin Dubois, representante designado de la Tierra y de las otras cuatro colonias humanas del sistema solar.
La reluciente quilla de mil metros de longitud del Wellington, buque-insignia del Mariscal del Espacio Jennings, se deslizó suavemente por el aire encima de New Wittenburg. Se había convertido en la segunda nave que realizaba un vuelo controlado por el no-espacio, y la primera que lo hacía desde la Tierra hasta Emm Lutero. Había transcurrido una hora desde que sus potentes transmisores habían enviado su mensaje a través de la ancha cara del planeta.

El Wellington era demasiado enorme incluso para los mayores soportes de la terminal de New Wittenburg, de modo que había decidido mantenerse en el aire —aunque no en órbita—, en una poderosa pero pacífica exhibición de inigualable potencia. Una sección elíptica de su casco se despegó del resto de la nave y empezó a descender, resultando ser un bote salvavidas.

Tallon permanecía de pie delante de la principal pantalla de observación del bote, contemplando el alargado y único continente que se extendía bajo él. Llevaba todavía el juego de ojos, pero durante la aproximación a New Wittenburg y la emisión del subsiguiente mensaje, los ilimitados recursos técnicos de los talleres electrónicos del Wellington le habían adaptado una cámara de televisión del tamaño de un guisante y habían codificado el aparato de acuerdo con el plan original de Tallon, el cual disponía de nuevo de sus propios ojos, que le proporcionaban una visión excelente, aunque monocular. Más tarde, le habían asegurado, podrían instalarle una cámara independiente en cada ojo.

El continente se deslizaba, curvándose, debajo del bote, una mezcla de verdes y ocres bordeados de encaje blanco cuando discurrían junto al océano. Tallon podía captar casi todo el trayecto de su periplo nocturno con una sola ojeada: hacia el norte, semiocultos por la niebla, el Pabellón y el terrible marjal; la ciudad de Sweetwell y El Gato Persa; la inmensa fábrica, donde le habían herido; la finca de Cari Juste; y el motel de la montaña donde había pasado cinco días con Helen... y la terminal del espacio, donde Helen había recibido el disparo a quemarropa de Cherkassky.

En aquel momento, Tallon era uno de los hombres más importantes y más famosos del Imperio; su nombre era propagado de mundo en mundo, y los hombres le recordarían mientras se escribiera la historia, pero hasta entonces había temido pedir la única información que realmente le importaba. Si Helen está muerta, no quiero saberlo, pensó, mientras permanecía sentado, inmóvil, maravillándose ante la marea de recuerdos que golpeaban las paredes de su consciencia, como si él hubiera existido en esa matriz emocional, antes, hacía mucho tiempo, amando a Helen en otra vida, perdiéndola en otra vida...

—Tomaremos tierra antes de un minuto —dijo el mariscal Jennings—. ¿Está usted preparado para la prueba?

Tallon asintió. La terminal del espacio se ensanchaba rápidamente en las pantallas de observación. Tallon podía ver ahora las hileras de naves, la red de atestados caminos y pasillos rodantes. El espacio contiguo a la zona de recepción había sido despejado para su aterrizaje. Al cabo de unos segundos localizó las figuras vestidas de negro del comité de bienvenida oficial, que según le habían dicho incluiría al propio Moderador Temporal. Las cámaras de televisión esperaban grabar su llegada para transmitirla a todo el Imperio.

Súbitamente, reconoció el pálido rostro ovalado de Helen mirando hacia arriba, entre las figuras vestidas de negro; y el torbellino de su mente se apaciguó, dejando detrás de él una sensación de paz absoluta, mucho más intensa de lo que nunca había esperado experimentar.

—Disponemos simplemente del espacio suficiente para tomar tierra —observó el piloto del bote por encima de su hombro—. Este lugar está tan atestado como dicen.

—Eso es temporal —le aseguró Tallon—. Las cosas van a cambiar.

El rostro de Helen estaba alzado hacia la nave de Tallon. Pero también podía estar mirando más allá de Tallon, hacia las estrellas que habían empezado a reunirse en el cielo del atardecer. Hacia —Tallon recordó los antiguos versos— aquel tranquilo domingo que perdura incesantemente, cuando incluso los enamorados encuentran finalmente la paz; el verso final era: "Y la Tierra no es más que una estrella, que brilló en otros tiempos". Pero aquello era algo en lo que Helen y él y el resto de la humanidad no tenían que pensar.

La madre envejecería algún día y se convertiría en estéril; pero entonces sus hijos ya habrían crecido a su alrededor, altos y fuertes y bellos. Y serían muy numerosos.



FIN









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