Periplo nocturno



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—Ya le he dicho que está perfectamente —insistió Tallon—. Es un muchacho robusto y fuerte.

No volvió a intentar conversar con Helen durante la comida, limitándose a disfrutar del leve eco de domesticidad que recibía del acto de desayunar con una joven en la quietud matinal de una cocina, a pesar de los mundos de distancia que les separaban.

Tallon estaba sorbiendo su cuarta taza de café cuando oyó que alguien arañaba la puerta de la entrada al otro extremo del vestíbulo. A continuación resonó un estridente ladrido que Tallon reconoció inmediatamente.

¡Seymour! —gritó—. Entra, granuja. Creí que estabas muerto.

Se encaminó hacia la puerta delante de Helen Juste, y casi se turbó ante la alegría que experimentó al ver la familiar figura del animal saltando a sus brazos. Por lo que podía ver a través de los ojos de Helen, el perro estaba ileso. Tal vez Seymour había logrado llegar a la verja y pasar entre los barrotes, escapando por centímetros del enorme mastín. Si este último tenía unos frenos ineficaces, ello podría explicar la rojez que Tallon había detectado alrededor de su hocico; y era posible también que Seymour se hubiera alejado con la rapidez suficiente como para estar fuera de alcance cuando Tallon había tratado de localizarle con el juego de ojos.

Apretando al excitado animal contra su pecho, Tallon reséleccionó en proximidad y situó de nuevo a Seymour en su botón número uno. Equipado una vez más con lo que eran prácticamente sus propios ojos, se volvió a mirar a Helen Juste. Era tan perfecta como recordaba, vistiendo aún el uniforme verde del Pabellón, que acentuaba su rubor. Sus cabellos eran un compacto casco de cobre, brillantemente pulimentado; sus ojos, de color whisky, estaban mirando más allá de él, a su automóvil de color azul celeste.

Tallon sintió aumentar sus suspicacias en relación con aquel automóvil. Se dirigió hacia él y abrió la portezuela. Una pequeña luz color naranja parpadeaba pacientemente, en la parte inferior del salpicadero: sobre el panel de la radio exactamente. El interruptor de transmisión estaba en posición de "encendido", y en la horquilla del micrófono no había nada.

Respirando pesadamente, Tallon desconectó la radio y volvió a entrar en la casa. Helen le estaba mirando fijamente, con el rostro pálido pero muy erguida.

—Tengo que admitir que es usted muy lista, señorita Juste —dijo Tallon—. ¿Dónde está el micrófono?

La joven lo sacó de su bolsillo y se lo entregó. Tal como esperaba, era un modelo que llevaba incorporado un pequeño transmisor en vez de estar conectado por cable a la radio principal. Llevaba algún tiempo en el aire, sin duda en una de las longitudes de onda de la policía. Tallon casi había olvidado la pistola automática en su mano derecha. La levantó pensativamente.

—Adelante, dispare —dijo Helen tranquilamente.

—Si creyera usted que voy a disparar, no correría el riesgo —replicó Tallon—, de modo que ahórreme la escena en la que se enfrenta con la negra boca del cañón sin parpadear. Póngase su abrigo, si tiene uno aquí. No disponemos de mucho tiempo.

— ¿Mi abrigo?

—Sí. No confío en mí mismo para conducir su automóvil. Seymour tiene la mala costumbre de no mirar donde yo deseo que mire, y a gran velocidad eso podría ser peligroso. Además, no me hará ningún daño tenerla a usted como rehén.

Helen agitó la cabeza.

—No voy a salir de esta casa.

Tallon sopesó significativamente la pistola en su mano y avanzó un par de pasos. — ¿Apostamos algo? —inquirió.

Cuando estaban a punto de cruzar la puerta, Cari Juste pareció despertar del todo. Exhaló varios gemidos, cada vez más ruidosos, hasta convertirse casi en gritos; luego, al darse cuenta de su situación, cayó en un brusco silencio.

—No quiero dejarle así —dijo Helen Juste.

—No tardará en tener compañía, ¿recuerda? Siga andando.

Tallon se volvió a mirar a Cari, que estaba luchando inútilmente con sus ataduras; su frente brillaba de sudor y los ojos ciegos parpadeaban frenéticamente. Tallon vaciló. Sabía demasiado bien cómo se sentía aquel hombre después de su larga escalada desde la inconsciencia hasta un privado infierno negro de ceguera, indefensión y desesperanza.

Un momento —dijo. Retrocedió y se arrodilló al lado de Cari Juste-. Escúcheme, Juste. Me llevo su juego de ojos porque lo necesito más que usted. ¿Puede oírme?

—Le oigo... Pero usted no...

Tallon levantó la voz.

—Le dejo otro juego de ojos idéntico, que sólo necesita una batería nueva para funcionar perfectamente. Le daré también por escrito las características de la batería. Si no deja que la policía se lo lleve como prueba material, no tardará en poder volver a utilizar el juego de ojos. Con su dinero, no creo que represente un problema para usted.

Le hizo una seña a Helen Juste, y ella corrió a buscar papel y pluma. Tallon los tomó y, arrodillado aún en el suelo, empezó a escribir. Mientras lo hacia, Helen pasó un pañuelo por la frente de su hermano y le habló en un tono suave y triste que Tallon apenas reconoció. Había algo profundo y extraño en las relaciones de aquella pareja. Terminó de escribir e introdujo el papel en el bolsillo del pijama de Juste.

—Ha perdido usted mucho tiempo —dijo Helen Juste mientras se incorporaba-. No esperaba esa...

La palabra es estupidez. No me lo recuerde. Ahora, en marcha. El automóvil era cómodo, silencioso y rápido. Tal como Tallon había observado ya, era un modelo importado de sofisticado diseño, con un motor antigravitacional que en vez de impulsar al vehículo permitía que cayera hacia adelante. Las naves espaciales utilizaban un sistema motriz similar en su primera época, pero debido a la dificultad de encajarlos en un espacio limitado apenas eran usados en otros vehículos, ni siquiera en aeronaves. Esto significaba que el automóvil era realmente muy caro. Helen Juste lo conducía con gran pericia. Salió a través de la verja que había dejado abierta a su llegada y enfiló la carretera con una prolongada aceleración que pegó literalmente a Tallon al respaldo de su asiento.

Mientras el automóvil tomaba una larga curva, que desembocaba en una carretera más ancha, Tallon situó a Seymour de modo que pudiera mirar a través de la ventanilla trasera. Seymour era algo miope, pero parecía haber unas manchas en el cielo meridional, avanzando con el vuelo característico de los helicópteros, es decir, con el morro ligeramente inclinado.

—Conecte la radio —dijo Tallon—. Quiero oír qué clase de delitos he cometido esta vez.

Escucharon música durante media hora; luego el programa se interrumpió para dejar paso a un boletín de noticias.

Tallon silbó.

—Se han dado mucha prisa. Oigamos ahora lo depravado que he sido desde mi última aparición en público.

Pero cuando el locutor terminó de hablar, Tallon se sintió turbado ante su exhibición de egotismo: su nombre no fue mencionado.

La noticia oficial era la de que Caldwell Dubois, por la Tierra, y el Moderador Temporal, por Emm Lutero, habían llamado simultáneamente a sus representantes diplomáticos como consecuencia de la ruptura de las negociaciones de Akkab sobre el reparto de nuevos territorios.

Oficiosamente, los dos mundos estaban al borde de la guerra.

XV

Helen Juste: veintiocho años de edad, soltera, guapa, licenciada en ciencias sociales en la Universidad Luterana, miembro de la familia del primer ministro del planeta, ocupando un alto cargo oficial... y un completo fracaso como ser humano.



Mientras conducía hacia el norte trataba de analizar las interacciones de carácter y circunstancia que la habían conducido a su actual situación. Existía su hermano mayor, desde luego, pero quizá resultaba demasiado fácil reprochárselo tanto a Cari. Había estado siempre allí, descollante, una especie de mojón marcando el camino a través ríe la vida; pero con el paso de los años el mojón se había desmoronado.

La erosión empezó cuando sus padres y Peter, su hermano menor, murieron ahogados en un accidente a bordo de una canoa rápida cerca de Easthead. Cari, en su último año en la Universidad, conducía la canoa. Después de aquello empezó a beber más de la cuenta, lo cual hubiese sido bastante grave en cualquier otro mundo. En Emm Lutero, donde la abstinencia formaba parte de la estructura política y social, era casi suicida. Logró resistir tres años, trabajando como matemático en el centro de investigaciones espaciales; luego, una caja de brandy falsificado de contrabando le había costado la vista.

Helen le había ayudado a instalarse en su finca particular, lo cual habría representado un gasto prohibitivo si el Moderador no hubiera intervenido, en parte por sentimiento familiar y en parte por el deseo de mantenerle apartado de la vida pública. Desde entonces, Helen había visto aumentar progresivamente la neurosis de Cari, cuya personalidad se desintegraba cada vez más.

Al principio, Helen había creído que podría ayudarle: pero al mirar dentro de sí misma no había encontrado nada que ofrecer a Cari. Nada que ofrecer a nadie. Sólo una tremenda sensación de insuficiencia y soledad. Intentó convencer a Cari para que emigrara temporalmente con ella a otro mundo, quizás incluso a la propia Tierra, donde una operación para proporcionarle alguna forma de vista artificial hubiera sido legal. Pero Cari había temido ir en contra de los deseos del Moderador, enfrentarse a la atenuación de las facultades volitivas de los tránsitos-parpadeo, abandonar el cómo útero de oscuridad de su nuevo hogar.

Cuando el Recluso Winfield le había hablado de la idea de Tallon de construir un aparato para ver, le había parecido la respuesta a todo, aunque, al mirar atrás, se daba cuenta de que se había equivocado al suponer que el hacer feliz a Cari en aquel aspecto particular compensaría sus insuficiencias personales. Había violado todas las normas para permitir la creación de aquellos aparatos, llegando demasiado lejos incluso para una protegida del Moderador, sólo para ver como Cari utilizaba sus nuevos ojos para buscar otras formas de oscuridad...

Después de que Winfield y Tallon llevaron a cabo su descabellada fuga, las autoridades de la prisión habían realizado una investigación preliminar; como resultado de ella, Helen había sido suspendida de empleo y sueldo y confinada a su alojamiento hasta que terminara la encuesta. Un impulso la había inducido a marchar hacia el norte para ver a Cari quizá por última vez, y —con extraña inevitabilidad— Tallon había estado también allí.

Miró de soslayo a Tallon, sentado a su lado en el asiento delantero, con el soñoliento perro tumbado a través de sus rodillas. Tallon había cambiado mucho desde el primer día que le vio andando con paso inseguro con la caja de la lámparasonar atada a su frente. Su rostro era mucho más delgado, reflejando tensión y fatiga, pero al mismo tiempo una mayor serenidad. Observó que sus manos, apoyadas ligeramente sobre el desgreñado lomo del perro, tenían una apacible inmovilidad.

—Dígame —inquirió—, ¿cree usted realmente que lograra llegar a la Tierra?

—No estoy demasiado seguro.

—Pero está ansioso por llegar allí. ¿Cómo es la Tierra?

Tallon sonrió débilmente.

—Los niños montan en triciclos rojos.

Helen fijó su mirada en la carretera. Estaba empezando a llover, y las blancas cintas de señales de la carretera se deslizaban bajo el automóvil como balas trazadoras disparadas desde el horizonte cada vez más oscuro delante de ellos.

Poco después observó que Tallon había empezado a temblar. Al cabo de unos minutos su rostro estaba cubierto de sudor.

—Le aconsejé que se entregara —dijo Helen en tono casual—. Necesita cuidados médicos.

— ¿Cuánto tardaremos en llegar a New Wittenburg si no nos detenemos?

—Suponiendo que usted quiera que me mantenga dentro de los limites de velocidad autorizados... de diez a once horas.

— ¿Yendo directamente hacia el norte? ¿Siguiendo esta carretera?

-Sí.

Tallon agitó la cabeza.



—Lo más probable es que Cherkassky me esté esperando a lo largo de esta carretera, y es obvio que tendrá una descripción de este automóvil. Será mejor que se dirija hacia el este, a la zona montañosa.

—Pero eso alargará mucho mas el viaje, y no creo que pueda usted resistir hasta New Wittenburg ni siquiera siguiendo el camino más corto... —Helen se preguntó vagamente porqué se preocupaba de lo que pudiera pasarle a aquel vulgar terrestre. ¿Es posible que sea así como empiezan las cosas?, pensó con una sensación de inquietud.

—En tal caso, no importa el camino que sigamos —dijo Tallon en tono impaciente—. Diríjase hacia el este.

Helen tomó la primera carretera lateral que encontraron. El automóvil se deslizó sin esfuerzo aparente a través de varios kilómetros de complejos residenciales densamente poblados, idénticos a todos los demás del continente. Suburbios sin urbs. Helen volvió a preguntarse cómo hubiera sido su vida si hubiese nacido en otro planeta, en el seno de una familia corriente. Sin el aislamiento social del rango, podría haberse casado y tener hijos... con alguien —el pensamiento llegó espontáneo, pero con la fuerza de un planeta en su órbita— como Tallon. En otra vida, ella podría haber viajado; Tallon lo había hecho más que cualquier otra persona de las que ella había conocido hasta entonces.

Miró de nuevo a Tallon de soslayo.

— ¿Son muy terribles los vuelos espaciales?

Tallon se sobresaltó ligeramente, y Helen se dio cuenta de que había empezado a adormilarse.

—No. Le inyectan a uno tranquilizantes una hora antes del primer salto, y algo un poco más fuerte antes de que la nave llegue al portal. Y cuando uno quiere darse cuenta, ya ha llegado.

— ¿Pero usted lo ha hecho alguna vez sin tranquilizantes ni anestésicos?

—No lo he hecho nunca con ellos —dijo Tallon con inesperada energía—. La propulsión a través del no-espacio, tal como nosotros la empleamos, tiene un gran fallo: es la única forma de viaje ideada que no ensancha la mente. Los viajeros desvían sus cuerpos a través de la galaxia, pero mentalmente continúan dentro de la órbita de Marte. Si realizaran el viaje sin inyecciones de ninguna clase, de modo que pudieran saber lo que realmente significan los tránsitos-parpadeo... las cosas podrían ser distintas. — ¿Qué tipo de cosas?

— Por ejemplo, que usted sea una luterana y yo un terrestre.

—Qué raro —dijo Helen en voz alta—, un espía idealista...

Pero Helen admitió algo en su fuero interno: Así es cómo empieza... Había tardado veintiocho años en descubrir que no podía convertirse en un ser humano completo por sí misma. Lo triste era que hubiera empezado con alguien como Tallon y, en consecuencia, tuviera que interrumpirse en seguida. Vio que los ojos de Tallon habían vuelto a cerrarse detrás de la gruesa armazón de sus gafas, y que Seymour dormitaba apaciblemente... lo cual significaba que Tallon estaba a oscuras y sumiéndose en el sueño.

Helen empezó a elaborar un plan. Tallon estaba debilitada -por la tensión, la fatiga y los efectos de su herida, pero en su alargado y pensativo rostro había algo que le revelaba a Helen que conservaba aún las energías suficientes como para que ella no pudiera dominarle sin la ayuda de nadie. Si lograba en ganarle y mantenerle despierto hasta que se hiciera de noche, tal vez podría hacer algo cuando se hubiera dormido. Buscó un tema que pudiera interesar a Tallon, pero no encontró ninguno. El automóvil avanzaba al pie de las verdes colinas del espinazo continental cuando el propio Tallon empezó a hablar en un esfuerzo para combatir su somnolencia.

—Hay algo que me intriga en el sistema de salarios luterano —dijo—. Todo el mundo cobra en horas y minutos; e incluso con las cláusulas de factorización, lo máximo que un cirujano de primera categoría, por ejemplo, podría ganar en una hora son tres horas, ¿no es cierto?

—Exacto. —Helen repitió unas palabras familiares-: En su sabiduría, el primer Moderador Temporal eliminó las tentaciones de ilimitadas ganancias temporales del sendero de nuestro progreso espiritual.

—No me interesa el catecismo. Lo que me gustaría saber es por qué su hermano, y presumiblemente el resto de su familia, pueden tener mucho más dinero que cualquier otra persona. ¿Cómo encaja con el sistema esa finca de Cari, por ejemplo?

—Encaja con el sistema, como usted lo expresa, porque el Moderador no acepta ningún pago por sus servicios al pueblo de Emm Lutero. Su rebaño atiende a sus necesidades por medio de donativos voluntarios. Y lo que sobra de esos donativos lo invierte como considera oportuno, habitualmente para aliviar sufrimientos o necesidades.

—El jefe comparte lo que le sobra con sus amigos y parientes —dijo Tallon—. Me gustaría que el doctor Winfield estuviera aquí.

—No lo entiendo.

— ¿Quién lo entiende? ¿A qué campo de las matemáticas se dedicaba su hermano?

Helen estuvo a punto de dar una respuesta sarcásticamente evasiva adecuada para un agente político que metía sus narices en el reino de las matemáticas superiores; luego recordó el trabajo de Tallon en el juego de ojos. Y recordó también que en su expediente figuraba el detalle de que había empezado su carrera como investigador en el terreno de la física antes de convertirse, inexplicablemente, en un agente del Bloque.

—Yo no podría comprender el trabajo de Cari —dijo Helen—. Tenía algo que ver con la teoría de que el universo del no-espacio es mucho más pequeño que el nuestro... tal vez de sólo unos cuantos centenares de metros de diámetro. En cierta ocasión dijo que las esferas de dos segundos-luz que llamamos portales podrían corresponder a átomos individuales en el no-espacio continuo.

—Había oído hablar de esa idea —dijo Tallon—. ¿Hasta qué punto llegó a desarrollarla su hermano?

—Sabe usted perfectamente que toda la información acerca de la exploración espacial está clasificada como materia altamente reservada.

—En efecto; pero usted misma me ha dicho que no podría comprenderla, de modo que le resultaría imposible proporcionar algún dato relevante. —Bueno... lo único que sé es que Cari formaba parte del equipo que decidió el aumento del salto y las coordenadas -para la exploración de Aitch Múhlenberg. El viaje circular tiene un número de portales menor que cualquier otra ruta del imperio. Cari dijo que eso significaba que podrían construir naves espaciales más baratas, aunque no veo por qué.

—Las naves para viajar a Aitch Mühlenberg serían más baratas porque no necesitarían unas normas de fiabilidad tan elevadas en su equipo de control posicional. Con un número inferior de saltos habría menos probabilidades de que se produjera un accidente a lo largo del trayecto. Pero aquella exploración fue un éxito aislado, ¿no es cierto? No pudieron alcanzar ningún otro mundo utilizando el mismo principio matemático.

—Supongo que no —dijo Helen, concentrándose en las curvas ascendentes de la carretera—, pero Cari no creía que fuera pura coincidencia.

—Sé cómo se sentía. Es muy duro dejar de lado una teoría perfectamente buena sólo porque no encaja con los hechos. ¿Sigue trabajando en ella?

—Cari está ciego.

— ¿Y qué? —Tallon habló bruscamente—. Un hombre no tiene que tumbarse a la bartola sólo porque ha perdido sus ojos. Desde luego, hizo falta alguien como Lorin Cherkassky para enseñarme eso, de modo que quizá tengo una ventaja sobre su hermano.

—El señor Cherkassky —dijo Helen en tono impaciente— es un veterano ejecutivo del gobierno luterano y...

—Lo sé; si hubiera moscas en Emm Lutero no dañaría a una de ellas. El gobierno de la Tierra tiene sus defectos, pero cuando hay que hacer un trabajo sucio, hace el trabajo sucio. No lo encarga a otros y pretende que no pase nada. Le diré una cosa: le diré cómo es realmente el señor Cherkassky.

Helen no interrumpió a Tallon ni una sola vez mientras le hablaba de su detención, del uso del limpiacerebros, de su ata que a Cherkassky, de los dardos disparados contra sus ojos, y de su convencimiento de que Cherkassky terminaría con él a la primera oportunidad.

Helen Juste dejó que Tallon hablara porque ello le mantenía despierto, lo cual significaba que después dormiría más profundamente; y en alguna parte a lo largo del camino comprendió que todo lo que decía Tallon era verdad. Por desgracia, eso no establecía ninguna diferencia: Tallon seguía siendo un enemigo de su mundo, y su captura seguía siendo para ella el pasaporte para volver a su anterior posición de confianza y responsabilidad.

Helen conducía ahora más lentamente. Tallon continuó hablando, y Helen descubrió que le resultaba fácil conversar con él. Cuando el crepúsculo empezó a caer del cielo en diminutas manchas grises, habían pasado de la mera conversación a una verdadera comunicación: una experiencia completamente nueva para Helen. Se había arriesgado a llamarle Sam, haciéndolo con la mayor naturalidad posible, y Tallon había aceptado el cambio implícito en la calidad de sus relaciones sin comentario. Parecía haberse hecho más pequeño, como si sus sufrimientos le hubieran encogido físicamente; mentalmente, experimentaba una gran fatiga. Consciente del estado de Tallon, Helen Juste efectuó ahora su movimiento.

—Hay un motel cerca de aquí, y usted tiene que dormir.

— ¿Y qué haría usted mientras yo durmiera?

—Yo lo llamaría una tregua. Llevo muchas horas sin dormir también.

— ¿Una tregua, encanto? ¿Por qué?

—Ya se lo he dicho: estoy cansada. Además, usted corrió un riesgo para ayudar a Cari; y después de lo que me ha contado del señor Cherkassky, no quiero ser la persona que le entregue a él.

Todo era verdad, y Helen descubrió que resultaba fácil mentir cuando se estaba diciendo la verdad.

Tallon asintió pensativamente, con los ojos cerrados y el sudor brillando en su frente. El motel se encontraba en las afueras de un pequeño complejo residencial situado al pie de una montaña. A lo largo de la parte central de la calle principal, los escaparates de unas tiendas brillaban a la media luz del crepúsculo, y unos tubos de neón de diversos colores eran hebras resplandecientes contra la impresionante masa negra de los picos de las montañas. La población estaba silenciosa, a pesar de lo temprano de la hora, como acurrucada debajo de una corriente invisible de viento helado que descendía de las mesetas en dirección a) océano.

Helen estacionó el automóvil delante de la oficina del motel y pagó por un chalet doble. El conserje era un hombre de edad mediana, con unos ojos soñolientos y una camisa desabotonada —el arquetipo de todos los conserjes de motel—, que tomó el dinero de Helen maquinalmente, sin parecer escuchar su historia de que su marido padecía un fuerte resfriado y tenia que acostarse lo antes posible. Helen tomó la llave y condujo el automóvil a lo largo de la hilera de chalets cubiertos de enredaderas hasta el número 9.

Tallon empuñaba la automática con su mano derecha cuando Helen abrió la portezuela del automóvil a su lado, pero temblaba tan violentamente que Helen casi estuvo tentada de desarmarle por si misma. Sin embargo, no había necesidad de correr aquel riesgo, por leve que fuera. Ayudó a Tallon a salir del automóvil y a entrar en el chalet, sosteniendo casi la mitad de su peso. Tallon murmuraba disculpas y agradecimientos a nadie en particular, y Helen supo que estaba al borde del delirio. Las habitaciones eran frías y olían a nieve. Helen acostó a Tallon, que se enroscó voluptuosamente, como un chiquillo, cuando ella le tapó con las mantas.

—Sam —susurró Helen—, hay una farmacia a un par de manzanas de aquí. Voy a buscar algo para usted. Volveré en seguida.

—Eso está bien... Tráigame algo.

Helen se incorporó con la automática en su mano. Había ganado, y había resultado fácil. Tallon habló mientras ella se dirigía hacia la puerta del dormitorio.

—Helen —dijo débilmente, llamándola por su nombre de pila por primera vez—, pídale a la policía que me traiga unas cuantas mantas más cuando venga.

Helen cerró la puerta rápidamente y corrió a través del pequeño cuarto de estar hacia el frío aire nocturno. ¿Qué importaba que Tallon supiera a donde iba ella? Su mente se extravió en un interminable diálogo-espejo: Lo sé; sé que tú lo sabes; sé que tú sabes que yo lo sé...

La verdad del asunto, decidió, era simplemente que se senda culpable ante la idea de entregar a Tallon, sabiendo lo que ahora sabía acerca de Cherkassky, sabiendo lo que ahora sabia acerca a Tallon. El estaba demasiado enfermo para evitarlo, pero había sido importante para Helen engañar a Tallon exactamente igual que le hubiera engañado si su salud hubiese sido perfecta. Tallon había adivinado su jugada. De acuerdo. Helen podía soportar el sentirse un poco más culpable.

Helen abrió la portezuela del automóvil y subió. Seymour se desenroscó del asiento del pasajero y lamió su mano. Apartando al perro de ella, Helen alargó la mano hacia el panel de la radio... y la retiró antes de alcanzarlo. Su corazón había iniciado un lento y rítmico golpeteo que erizó los cabellos de sus sienes. Helen se apeó del automóvil y volvió a entrar en el chalet, cerrando la puerta detrás de ella.

Mientras se inclinaba sobre el lecho y retiraba el juego de ojos de su rostro, Sam Tallon se removió intranquilo y gimió en sueños.

Así es como empieza, pensó Helen, mientras desabotonaba la blusa de su uniforme.


XVI


Una mañana de primavera, embellecida con gases de niebla de suaves colores, había descendido sobre New Wittenburg, aportando una sensación de vida a las calles bordeadas de árboles, tendiendo franjas de clara luz solar a través del desierto asfalto de la terminal del espacio.

—Ya hemos llegado —dijo Tallon cuando el automóvil remontó una elevación del terreno en la carretera y vio la ciudad extenderse delante de él—. Puedo ir andando desde aquí.

— ¿Tenemos que separarnos? —Helen desvió el automóvil a un lado de la carretera y dejó que se posara en el suelo—. Estoy segura de que podría ayudarte.

—Tiene que ser así, Helen. Eso fue lo que acordamos —Tallon habló en tono firme para ocultar su propio desaliento ante la idea de tener que separarse de Helen. Los cinco días que habían pasado juntos en el motel habían transcurrido como otros tantos segundos. En términos de afectar a su vida, sin embargo, podrían haber sido décadas. Al amar a Helen había encontrado al mismo tiempo juventud y un nuevo nivel de madurez. Pero ahora la cápsula del tamaño de un guisante enterrada en su cerebro había adquirido una importancia superior incluso a la del nuevo planeta que representaba. Otros dos mundos estaban en juego, ya que si estallaba la guerra, ni la Tierra ni Emm Lutero sobrevivirían en su forma actual.

Le había costado mucho convencer a Helen de que debían separarse al llegar a New Wittenburg. Helen no se había impresionado en lo más mínimo cuando Tallon observó que el marcharse del Pabellón desafiando una orden no significaba nada comparado con lo que seria si la sorprendían en compañía de él. Al final, Tallon tuvo que decirle que no podría establecer contacto con sus propios agentes mientras le acompañara un funcionario de la prisión del gobierno.

—Me llamarás a mi hotel, ¿verdad, Sam?

—Te llamaré —Tallon la besó una vez, brevemente, y se apeó del automóvil. Mientras cerraba la portezuela, Helen le sujetó de la manga.

— ¿Me llamarás, Sam? ¿No te marcharás sin mi?

—No me marcharé sin ti —mintió Tallon.

Con Seymour acurrucado bajo su brazo, echó a andar hacia la ciudad. El automóvil de color azul celeste pasó rápidamente por su lado, y Tallon intentó dirigir una última mirada a Helen, pero Seymour desvió su cabeza en dirección contraria. Tallon había considerado necesaria la separación, porque si Cherkassky y él tenían que encontrarse de nuevo, sería aquí en New Wittenburg. Lo malo era que, pasara lo que pasara, la separación iba a ser permanente. Si él lograba salir del planeta sin que le localizaran, no podría pensar en regresar; y con lo que su fuga le costaría a Emm Lutero, no existiría la menor esperanza de que Helen estuviera libre para reunirse con él.

Tallon andaba rápidamente, manteniéndose relajado pero prestando mucha atención a la posible aparición de coches patrulla o agentes uniformados a pie. No tenía ningún plan concreto para establecer contacto, pero New Wittenburg era la única ciudad de Emm Lutero en la que el Bloque había podido montar una organización eficaz. Sus órdenes originales habían sido las de permanecer en las cercanías de la terminal del espacio hasta que alguien contactara con él, y eso era lo que estaba haciendo ahora, tres meses más tarde. Teniendo en cuenta la publicidad que se habla dado a su fuga del Pabellón, era lógico pensar que la organización habría efectuado los debidos preparativos para recibirle.

El contacto llego antes de lo que esperaba. Tallon avanzaba por una calle tranquila, paralela a la del hotel donde había empegado todo, cuando perdió súbitamente la visión. Se detuvo, tratando de dominar su pánico, y luego descubrió que al mover ligeramente sus ojos hacia la izquierda recuperaba la vista. Evidentemente, el rayo señal del juego de ojos había sido desviado del nervio óptico. Acababa de decidir que tenía que proceder del interior de un gran camión estacionado junto a él en la acera cuando... ¡snap!

Tallon se tambaleó y buscó donde agarrarse. Estaba dentro de una caja estrecha y alargada, tapizada de circuitos eléctricos e iluminada por un solo fluorescente en la parte superior. Unas manos le sujetaron por detrás, sosteniéndole.

—Un truco muy limpio —dijo Tallon—. Supongo que estoy dentro del camión.

—En efecto —dijo una voz—. Bienvenido a New Wittenburg, Sam.

Tallon dio media vuelta y vio a un hombre alto, estrecho de hombros, de aspecto juvenil, con los cabellos alborotados \ una nariz ligeramente aplastada. Ambos se tambalearon cuan do el camión se puso en marcha.

—Soy Vic Fordyce —dijo el hombre—. Empezaba a creer que nunca llegarías aquí.

—También empezaba a creerlo yo. ¿Por qué no fue alguien hacia el sur para intentar localizarme a lo largo del camino?

—Lo hicieron. Y la mayoría de ellos se encontraron en el Pabellón en menos que canta un gallo. Los muchachos de la P.S.E.L debían controlar a todos los terráqueos del planeta. Un movimiento sospechoso... y a la jaula.

—Imaginaba algo por el estilo -dijo Tallon-. Cherkassky tiene muchos defectos, pero entre ellos no figura la falta de minuciosidad. Pero, ¿de quién fue la idea de "pescarme" en la acera? ¿No habría sido más fácil abrir la puerta y silbar?

Fordyce sonrió.

—Eso es lo que yo dije; pero este cacharro fue construido especialmente para pescarte, como tu dices, de un crucero de la P.S.E.L si era necesario, y supongo que no querían desaprovechar un mecanismo tan cuidadosamente preparado. Y hablando de mecanismos especiales... ¿son esas gafas el aparato de radar del que hemos oído hablar? ¿Cómo diablos pudiste construir algo semejante?

Tallon pensó en Helen Juste y el pensamiento le dolió.

—Es una larga historia, Vic. ¿Qué va a pasar ahora?

—Bueno, tengo unas cuantas drogas aquí en el camión. Voy a administrártelas mientras los muchachos dan una vuelta alrededor de la ciudad-, luego te llevaremos al espaciopuerto. Tienes que estar a bordo de tu nave dentro de una hora.

— ¡Dentro de una hora! pero, la lista de vuelos...

— ¡Lista de vuelos! —le interrumpió Fordyce excitadamente—. Sam, ahora eres un hombre importante: no puedes viajar en un vuelo regular. El Bloque ha enviado una nave especial para ti. Está registrada en Parane como una nave de carga, y tú embarcarás como sustituto de un tripulante.

— ¿No resultará un poco sospechoso? ¿Y si a algún funcionario del espaciopuerto se le ocurre investigar por qué una nave de Parane tiene que recalar en Emm Lutero sólo para recoger a un tripulante?

—Eso llevaría tiempo, y una vez a bordo de la Lyle Star estarás tan seguro como en casa. Parece una nave de carga, pero es muy rápida y tiene la potencia de fuego de varios cruceros de combate. Están dispuestos a aplastar toda la ciudad para sacarte de aquí.

Fordyce se movió alrededor del ligeramente oscilante interior del camión, desconectando el equipo antigravitacional. Tallon se sentó sobre una caja y acarició a Seymour, que yacía sobre sus rodillas y emitía leves gruñidos de satisfacción. Después de lo que había pasado, pensó Tallon, resultaba imposible creer que estaba casi a salvo. Dentro de una hora, de un mero centenar de minutos, estaría a bordo de una nave y a punto de despegar de New Wittenburg, dejando detrás de él a Lorin Cherkassky, al Pabellón, al marjal, a Amanda Weisner... a todo lo relacionado con este mundo. Y a Helen. El pensamiento de dejarla a ella resultaba especialmente doloroso ahora que la ruptura final era inminente.

Fordyce desplegó un catre en forma de camilla a lo largo del suelo y abrió una caja de plástico negro. Hizo un gesto señalando el catre.

—Vamos, Sam, túmbate ahí y pongamos manos a la obra. Me han dicho que esto duele un poco, pero el dolor desaparece en unas cuantas horas.

Tallon se tumbó y Fordyce se inclinó sobre él.

—En cierto sentido estás de suerte —dijo Fordyce, llenando una jeringuilla—. El disfrazar la pigmentación del ojo y el diseño de la retina es siempre la operación más dolorosa, pero tu no tiene que preocuparte por ella, ¿verdad?

— Hablas como el médico del Pabellón —replicó secamente Tallon—. El también disfrutaba con su trabajo.

El tratamiento no era tan malo como Tallon había imagina do. Algunos de los procesos —oscurecer su piel y aclarar el color de sus cabellos— eran completamente indoloros; otros dolían un poco o resultaban molestos. Fordyce operaba rápida y expertamente mientras aplicaba las inyecciones necesarias. Algunas de las agujas fueron insertadas inmediatamente debajo de la piel de las yemas de los dedos de Tallon, distorsionando las huellas dactilares. Algunas fueron hundidas pro fundamente en grupos musculares importantes, produciendo tensión o relajamiento, modificando sutilmente su postura, sus dimensiones corporales, incluso su manera de andar. Las mis mas técnicas, a una escala reducida, fueron aplicadas a su rostro.

Mientras las drogas ejercían su efecto, Fordyce ayudó a Tallon a cambiarse de ropa sin conservar ni una sola de las prendas que llevaba. El traje era gris, de confección y barato, muy adecuado para un modesto tripulante de una nave espacial temporalmente en paro. Tallon saboreó el tacto civilizado de la ropa limpia contra su piel, y especialmente de los zapatos y calcetines, a pesar de que los zapatos estaban preparados para hacerle parecer más alto.

—Hemos terminado, Sam —dijo finalmente Fordyce, con visible satisfacción—. No te reconocería ni tu propia madre, por decirlo de alguna manera. Aquí están tus documentos y tu nueva identidad. Son más que suficientes para que pases sin novedad los puestos de control del espaciopuerto.

— ¿Qué pasa con el dinero?

—No lo necesitarás. Te dejaremos en la misma terminal. Tendrás que desprenderte del perro, desde luego.

—Seymour se quedará conmigo.

-Pero, ¿y si...?

— ¿Acaso mencionaron a un perro que me acompañaba... en fuentes oficiales, en algún periódico o en los noticiarios?

—No, pero...

— Entonces, Seymour se queda.

Tallon explicó que su juego de ojos funcionaba captando señales de los nervios ópticos de los ojos del perro. Y además, el apreciaba a Seymour y no estaba dispuesto a deshacerse de él. Fordyce se encogió de hombros como si el asunto le tuviera sin cuidado. El camión empezó a aminorar su velocidad, y Tallon cogió al perro.

—Ya hemos llegado, Sam —dijo Fordyce—. Estamos en la terminal del espacio. Cuando hayas cruzado la verja principal, dirígete hacia el lado norte. Encontrarás a la Lyle Star en el muelle N.128. El capitán Tweedie te estará esperando.

De pronto, Tallon se sintió invadido por una especie de aversión. El espacio era enorme, frió e interminable, y él no estaba preparado para el viaje.

—Escucha, Vic —dijo—, esto es algo precipitado, ¿no crees? Yo esperaba hablar con alguien aquí, en New Wittenburg. ¿No desea verme el jefe de la célula?

—Estamos actuando de acuerdo con las instrucciones del Bloque. Adiós, Sam.

En cuanto Tallon se hubo apeado, el camión reemprendió la marcha. Tallon haló Seymour hasta su pecho y examinó el kilómetro de extensión de las entradas de pasajeros y de carga, desde las cuales se desplegaban en abanico hacia un deslumbrante horizonte de hormigón blanco diversos ramales de pistas y de pasillos rodantes. Vehículos de todas las formas y tamaños se deslizaban entre los edificios de recepción, almacenes y amplios hangares de servicios. Los resplandecientes lomos de las naves en sus soportes reflejaban el sol matinal; y muy altas en el a7ul del cielo brillaban otras naves disponiéndose a iniciar su descenso.

Tallon respiró profundamente y echó a andar. Descubrió que el tratamiento no sólo había cambiado su aspecto sino que también le hacia sentirse distinto. Andaba con un paso regular pero al mismo tiempo con un extraño ritmo, observando que autobuses y taxis descargaban sus pasajeros en la parte exterior de las verjas y en el sistema principal de pasillos rodantes. Uniéndose a la corriente de peatones, encontró la entrada reservada para funcionarios del puerto y tripulantes de las naves. Un empleado de aspecto aburrido apenas ojeó sus documentos antes de devolvérselos. Tallon observó que en la oficina, detrás del empleado, había otros dos hombres que al parecer no hacían nada: también ellos parecían completamente desinteresados en el personal de vuelo. Pero Tallon estaba convencido de que unos sensores, conectados a una computa dora, le habían examinado y medido de pies a cabeza, y ha brian dado la alarma si Tallon hubiera coincidido con unas de terminadas descripciones.

Maravillado de la facilidad con que había pasado el puesto de control, Tallon subió al pasillo rodante que conduela hacia el sector norte, buscando la Lyle Star mientras la rápida cinta le transportaba entre hileras de naves. Hacia mucho tiempo que no había estado tan cerca de buques espaciales, y a través de los ojos de Seymour los veía con una nueva claridad, súbitamente consciente de lo irreales que parecían a la luz de la mañana. Los enormes elipsoides de metal reposaban indefensos en sus soportes. Muchos de ellos con escotillas erguidas como alas de insectos. Junto a las escotillas abiertas había numerosos vehículos con mecanismos idóneos para manejar la carga.

En el sistema Luterano no había otros mundos explotables, de modo que todas las naves del puerto eran embarcaciones interestelares, equipadas con tres sistemas motrices completamente independientes. Los motores antigravedad eran utilizados en el despegue, permitiendo que las grandes naves cayeran hacia arriba en el cielo; pero sólo eran eficaces mientras existía un fuerte campo gravítico susceptible de ser retorcido sobre si mismo. Cuando un portal de un planeta era de larga distancia, como ocurría en la mayoría de los casos, los motores de reacción iónica impulsaban a las naves del modo tradicional. Luego entraban en juego los motores para el no-espacio que —de un modo sólo a medias comprendido— absorbían las grandes naves a otro universo en el cual la partida energía contra masa se desarrollaba bajo normas distintas.

Tallon observó que, de los numerosos uniformes que veía dentro y alrededor de la terminal, los cordones grises de los agentes de la P.S.E.L. eran los que más abundaban. No cabía duda de que habían tendido la red para él, y que de momento la había burlado. Aunque los recursos de Cherkassky eran limitados comparados con los del Bloque, este era, después de todo, su suelo natal. Casi parecía...

Apareció un letrero con la indicación "N.128", y Tallon pasó lateralmente a franjas del pasillo progresivamente más lentas hasta que pudo saltar al suelo. Echó a andar a lo largo de una hilera de naves, buscando el emblema del centauro que llevaban los buques de Parane. Había dado un par de docenas de pasos cuando un gigante de hombros anchísimos, vistiendo un uniforme negro con una insignia dorada, surgió de detrás de una grúa a cuya sombra había estado acechando.

— ¿Es usted Tallon?

—El mismo. A Tallon le desconcertó el tamaño del desconocido. Todo el mundo le parecía muy grande visto a través de los ojos que llevaba bajo el brazo, pero este hombre era extraordinario, una impresionante pirámide de músculo y hueso.

—Soy el capitán Tweedie, de la Lyle Star. Me alegro de que lo haya conseguido, Tallon.

—Yo también me alegro. ¿Dónde está la nave? —Tallon se esforzó en dar a su voz un tono optimista, pero no dejaba de pensar en los ochenta mil portales existentes entre Emm Lutero y la Tierra. Pronto estarían entre Helen y él. Helen estaría esperando en una habitación de un hotel de New Wittenburg, y él se encontraría a ochenta mil portales de distancia, sin ninguna posibilidad de regresar. Cabellos rojizos y ojos color whisky... Ningún color en la oscuridad... Desearía estar junto a Helen... ningún color, sólo textura y calor y comunión... Noche y día llora por mí...

Tweedie señaló hacia el extremo de la hilera y echó a andar rápidamente. Tallon se mantuvo a su altura por espacio de unos cuantos metros y luego se dio cuenta de que no podía continuar.

—Capitán —dijo tranquilamente—. Vaya usted a la nave y espéreme allí.

— ¿Qué quiere usted decir? —Tweedie se giró inmediatamente, como un enorme gato. Sus ojos llamearon debajo de la visera de su gorra.

—Tengo que resolver un asunto en la ciudad; regresaré dentro de una hora —Tallon habló con voz fría e inexpresiva mientras su mente repetía: ¿Qué estoy haciendo? ¿Qué estoy haciendo? ¿Qué...?

Tweedie sonrió sin alegría, mostrando unos dientes anormalmente grandes.

—Tallon —dijo, con exagerada paciencia—, no sé en lo que está pensando, ni quiero descubrirlo. Lo único que sé es que subirá a bordo de mi nave... ahora mismo.

—Subiré a borde de su nave —dijo Tallon, retrocediendo un par de pasos— dentro de una hora. ¿Desde cuando dan órdenes los conductores?

—Esta es una nueva categoría de traición, Tallon. No sobrevivirá usted a ella.

— ¿Qué piensa usted hacer, capitán?

Tweedie arrastró los pies ligeramente al tiempo que inclinaba la masa de su cuerpo hacia adelante, como un luchador disponiéndose a aplastar a un adversario de menor estatura.

—Vamos a expresarlo así —dijo secamente—. El Bloque está interesado en que su cabeza llegue a la Tierra. El hecho de que continúe unida a su cuerpo o no es un detalle que carece de importancia.

—Le costará trabajo capturarme —dijo Tallon, retrocediendo un poco más—, a no ser que quiera llamar a un policía. Hay muchos por aquí en este momento.

Tweedie encorvó sus macizos dedos, haciendo crujir las articulaciones, y luego miró a su alrededor con una expresión de impotencia. Una pareja de agentes de la P.S.E.L. montados en el pasillo rodante pasaron a corta distancia de él, y su nave se encontraba cuatrocientos metros más allá al otro lado del atestado transportador.

—Lo siento, capitán —Tallon echó a andar tranquilamente hacia el pasillo rodante—. Tendrá que esperar un poco más. Entretanto, puede prepararme su celda-G más cómoda...

— Le advierto, Tallon —la voz de Tweedie sonó ronca de rabia y de frustración—, que si sube usted a ese pasillo rodante hará el viaje de regreso a la Tierra dentro de una sombrerera.

Tallon se encogió de hombros y siguió avanzando. Diez minutos más tarde se encontraba en la carretera en el exterior de la entrada al aeropuerto. Salir había resultado más fácil toda-vía que entrar. Guardó sus documentos en un bolsillo interior, instaló a Seymour en una postura más cómoda contra su Pecho y pensó en la mejor manera de llegar al hotel de Helen. A su derecha se produjo una conmoción en una de las entradas, y Tallon giró maquinalmente en dirección contraria. Tardaría algún tiempo en llegar hasta Helen, y tendría que mostrarse más prudente que nunca. Tweedie no había bromeado. Sam Tallon había desafiado al Bloque —algo que un hombre hacía una sola vez—, y ahora dos grupos de agentes recorrerían la ciudad, buscándole. Conociendo como conocía al Bloque, Tallon tenía la desagradable seguridad de que sus probabilidades de supervivencia serían posiblemente mayores si la P.S.E.L. se adelantaba a localizarle.

Encogiendo sus hombros para encender un cigarrillo, Tallon emprendió la marcha hacia la ciudad.

XVII


Tallon se sorprendió al descubrir que tenía una ventaja sobre sus adversarios. El descubrimiento se produjo cuando captó su propia imagen en el escaparate de una tienda y no pudo, de momento, reconocerse a sí mismo. Lo que veía era un desconocido más bien alto, de cabellos casi rubios, y algo cargado de espaldas. Su rostro parecía más ancho, compuesto de planos más achatados, y Tallon supo que era él mismo sólo por el perro que llevaba bajo el brazo.

Aquello, decidió, sería también una identificación útil para los agentes terrestres. Pensó en ello unos instantes, y se le ocurrió una idea. Valía la pena correr el riesgo.

—Baja, Seymour —susurró—. Ya te he llevado a cuestas demasiado tiempo.

Depositó al perro en el suelo, a sus pies, y le ordenó que se mantuviera pegado a sus talones. Seymour aulló y giró alrededor de los tobillos de Tallon varias veces, con una especie de frenesí. Aturdido ante el repentino remolinear de su universo, Tallon repitió la orden anterior y se sintió aliviado cuando el perro, que al parecer había expresado ya sus sentimientos a su entera satisfacción, se detuvo obedientemente tras él.

Tallon echó a andar de nuevo, guiado por la afectuosa mirada de Seymour a sus tacones subiendo y bajando, pero de aquel modo le resultaba difícil caminar, y ajustó los controles del juego de ojos hasta que recibió la visión de alguien que estaba detrás de él. Helen se hospedaba en el Conan, en la calle 53 Sur, un hotel que había frecuentado en anteriores visitas ala ciudad. Se encontraba a unos seis kilómetros del espacio-puerto.

Maldiciendo periódicamente su falta de dinero para tomar un taxi, Tallon avanzó a través de un calor inusitado en aquella época del año, notando que los zapatos semiortopédicos empezaban a llagar sus pies. Vio coches patrulla avanzando a través del tránsito varias veces, pero era evidente que estaban realizando su servicio rutinario en la ciudad. En más de una ocasión Tallon se sorprendió a sí mismo pensando vagamente que todo resultaba demasiado fácil, que su suerte era demasiado buena para ser verdad.

El Conan resultó ser, tratándose de Emm Lutero, un hotel de primera categoría. Tallon se detuvo en un portal al lado contrario de la calle y consideró un nuevo problema. Helen Juste era probablemente una persona conocida —como pariente del Moderador Temporal, miembro del consejo directivo de la prisión y poseedora de cierta riqueza—, y en consecuencia un blanco fácil para la policía, especialmente alojándose en un hotel que ya había frecuentado. Dirigirse a la conserjería y preguntar por ella podría ser el último de los errores que Tallon tuviera la oportunidad de cometer.

Decidió quedarse donde estaba y esperar a que Helen saliera o entrara en el hotel. Transcurrió media hora y pareció una eternidad; Tallon empezó a pensar que tenía que hacer algo. Luego le asaltó otro pensamiento: ¿Cómo podía estar seguro de que Helen se encontraba allí? Podían habérsela llevado ya, o no haber encontrado habitación, o haber cambiado de idea. Esperó otros diez minutos, hasta que Seymour empezó a impacientarse y a tirar de la pernera de su pantalón. A Tallon se le ocurrió una idea; el perro parecía ser inteligente, de modo que, ¿por qué no...?

—Oye, muchacho —susurró Tallon, agachándose al lado de Seymour—. Busca a Helen. Allí. Busca a Helen. —Señalo la entrada del hotel, donde habían varios grupos de personas de pie y hablando. A través de los ojos de un transeúnte, Tallon vio a Seymour cruzar la calle y desaparecer, agitando el rabo, en el interior del vestíbulo. Reseleccionó las señales visuales de Seymour e inmediatamente capto un deambular inseguro a través del vestíbulo, sólo a unos cuantos centímetros encima de la alfombra. Siguieron más primeros planos de peldaños, zócalos y jambas de puertas. Tallon, fascinado por el avance del perro, casi podía oírle olfatear buscando el olor de Helen. Finalmente, Tallon se encontró mirando la parte inferior de una puerta blanca, vio unas patas delanteras arañándola, y luego apareció el rostro de Helen, curioso, sorprendido, risueño.

Cuando Helen salió a la calle con el perro en brazos, Tallon vio su propia figura vestida de gris esperando en el portal en frente del hotel. Agitó una mano y Helen cruzó la calle y se acercó a él.

— ¡Sam! ¿Qué te ha pasado? Pareces...

—No tenemos tiempo, Helen. ¿Sigues deseando exponerte a los tránsitos-parpadeo?

—Sabes que sí. ¿Qué es lo que tengo que llevarme?

—Lo siento, pero tampoco disponemos de tiempo para que hagas tu equipaje —habiendo llegado tan lejos, Tallon se sintió repentinamente enfermo de ansiedad, con la sensación de que la suerte que le había sonreído hasta entonces no podía durar mucho más tiempo—. Si tienes dinero para tomar un taxi podemos marcharnos ahora mismo.

—De acuerdo, Sam. Tengo el dinero.

Con Seymour bajo el brazo, Tallon tomó la mano de Helen y echaron a andar buscando un taxi. Mientras andaban, Tallon le explicó a Helen la situación a grandes rasgos. Unos minutos más tarde detuvieron a un robo-taxi vacío. Tallon se dejó caer en el asiento posterior mientras Helen marcaba su punto de destino e introducía un billete en el cilindro. Los nervios de Tallon vibraban como cables de alta tensión azotados por un vendaval. Deseaba gritar. El mirar a Helen e incluso el tocarla no cambiaba las cosas; todo el universo estaba desplomándose sobre él, y tendría que correr aprisa, muy aprisa...

En la última manzana antes de la terminal del espacio Tallon extendió la mano y pulsó el botón de parada del taxi. Se apearon y recorrieron a pie el resto del camino, ya que el instinto de Tallon le hacía sentirse más seguro sobre el suelo.

—Cuando lleguemos a la entrada —dijo— tendremos que separarnos durante unos minutos. Se supone que yo soy un tripulante de una nave de Parane, de modo que pasaré por la entrada del personal, situada a la derecha. Tú sacarás un billete de andén y entrarás por una de las otras puertas. Nos reuniremos en este extremo del pasillo rodante principal en dirección norte.

— ¿Saldrá todo bien, Sam? No creo que nadie pueda subir a una nave, sin formulismos de ninguna clase, y escapar.

—No te preocupes. Las terminales como esta son demasiado enormes para unos servicios de inspección y aduanas centralizados. Hay un neutralizador de campos energéticos en cada uno de los soportes que impide que la nave que reposa en él despegue hasta que los equipos de los servicios de emigración y aduanas hayan llevado a cabo la inspección.

— ¿No viene a ser lo mismo para nosotros?

—No, si tenemos en cuenta que en nuestro caso no se trata de una nave corriente. Tiene algo a bordo para anular al neutralizador. No tendremos que esperar ninguna inspección.

—Pero tus amigos no esperarán que me lleves a bordo...

—Confía en mí. Helen. Todo saldrá bien —Tallon distendió sus labios en una sonrisa... esperando que reflejara un optimismo que él distaba mucho de sentir.

Al acercarse al negro túnel de la entrada para tripulantes, Tallon notó que un sudor helado empapaba su frente. Cuando los ojos de Seymour se hubieron adaptado a la semipenumbra del túnel, Tallon descubrió que nada había cambiado. El mismo empleado de aspecto aburrido ojeó superficialmente sus documentos; los mismos hombres vestidos de paisano holgaban en la oficina detrás de él. Tallon recogió sus documentos, avanzó a través del campo iluminado por el sol, y vio a Helen esperando. Tenía un aspecto increíblemente perfecto, sonriendo como si se dispusiera a acudir a un baile, pensó Tallon, y tuvo la instintiva sensación de que no era una buena danzarina.

La inquietud de Tallon iba en aumento, aunque no podía localizar su causa. Luego, mientras subían al pasillo rodante, la idea que había estado hurgando en las profundidades de su subconsciente ascendió a la superficie.

—Helen —dijo—, ¿qué distancia hay desde aquí al Pabellón?

—Alrededor de dos mil kilómetros... o un poco más; no estoy segura.

—Un largo trayecto para ser recorrido por un hombre ciego sin que le localicen, especialmente cuando le persigue alguien como Cherkassky.

—Bueno, tú mismo dijiste que habías tenido suerte.

—Eso es lo que me preocupa: hasta ahora nunca había tenido suerte. Tengo la impresión de que Cherkassky podría haber planeado una gran jugada. Detenerme en la carretera no hubiera añadido muchos méritos a su historial; pero supongamos que me detuviera en una nave terrestre...

—Eso significaría asumir una gran responsabilidad por su parte —objetó Helen.

—Tal vez no. Las negociaciones de Akkab sobre adquisiciones territoriales han quedado rotas, pero hay mucha gente en el Imperio que opina que los luteranos mantienen una postura de deliberada intransigencia, actuando como el perro del hortelano. Para Emm Lutero resultaría muy oportuno un incidente... por ejemplo, una nave propiedad del Bloque enmascarada como un carguero de Parane y sorprendida en el acto de sacar de contrabando a un espía.

La brisa empezó a alborotar los cabellos de Helen cuando pasaron a las franjas más veloces del pasillo rodante. Helen sujetó los mechones color cobre con sus dedos extendidos.

— ¿Qué vas a hacer, Sam? ¿Volver atrás? Tallon agitó la cabeza.

—He renunciado a volver atrás. Además, podría estar sobrevalorando a Cherkassky. Esto podría ser una idea enteramente mía, y no suya. Aunque resulta muy raro que pudiera recorrer media ciudad y llegar a tu hotel sin que nadie me molestara. ¿La diosa Fortuna, acaso?

—Eso parece.

—De todos modos, nos apearemos un poco antes de llegar al lugar, por si acaso.

Se apearon del pasillo rodante en N. 125, tres hileras antes de aquella en la que Tallon había encontrado a Tweedie. Tallon observó que Helen llevaba aún su uniforme verde y no parecía fuera de lugar en la anónima actividad del campo. Todo —desde las propias naves hasta las grúas y otros aparatos para manejar los cargamentos— era tan enorme, que dos manchas adicionales de humanidad resultaban prácticamente invisibles.

Tardaron veinte minutos en llegar al final de la hilera, y empezaron a andar de nuevo hacia el norte. Tallon se detuvo cuando vio el verde centauro de Parane en la proa de una gran nave gris-plateada delante de ellos, a cierta distancia.

— ¿Puedes leer el nombre de esa nave? Seymour es un poco corto de vista.

Helen colocó una mano a la altura de su frente, para proteger sus ojos del sol poniente.



-Lyle Star.

—Esa es.


Tallon tomó a Helen del brazo y la arrastró al socaire de una hilera de enormes carretillas cargadas de grandes canastas, y avanzaron de nuevo, manteniéndose fuera del campo visual de cualquiera que pudiera estar vigilando desde \?, nave. Cuando llegaron más cerca, Tallon vio que ninguno de los so portes contiguos a la Lyle Star estaba ocupado. Podía tratarse de una coincidencia... o podía ser que alguien hubiera despeja do el terreno deliberadamente. La nave estaba completamente cerrada, como dispuesta para el despegue, a excepción de la escotilla por la que entraban los tripulantes, situada cerca del morro. No había ninguna señal de vida ni en la nave ni en sus proximidades.

—No tiene un aspecto normal —dijo Tallon—, ni tiene un aspecto sospechoso. Creo que deberíamos ocultarnos en alguna parte y observar lo que pasa en los próximos minutos.

Se acercaron más, cruzando espacios abiertos solamente cuando las grandes grúas móviles les permitían deslizarse sin ser vistos, y se situaron a un centenar de metros de la Lyle Star. Las sombras se iban espesando, y el número de trabajadores de servicio era cada vez más escaso, hasta el punto de que la presencia de dos personas extrañas podría parecer sospechosa. Tallon miró a su alrededor buscando un escondite, y se decidió por una grúa estacionada cerca de allí. Arrastró a Helen hasta la imponente máquina amarilla, que erguía su mole por encima de sus cabezas. Abriendo una escotilla de inspección en el compartimiento del motor, Tallon sacó sus documentos, los ojeó, miró a través de la escotilla abierta, y volvió a ojear sus papeles, como si fuera un inspector de mantenimiento en plena tarea.

—Asegúrate de que nadie te mira —le dijo a Helen—, y métete dentro.

Helen le miró con aire de sorpresa, pero obedeció. Tallon examinó los alrededores, entró detrás de Helen, y cerró la escotilla. En la sofocante oscuridad, impregnada de olor a petróleo, avanzaron alrededor de los grandes motores giratorios hasta el lado de la grúa más próximo a la Lyle Star. Una hilera de respiraderos les permitía ver perfectamente la nave y la zona de hormigón contigua.

—Lamento haberte metido aquí —dijo Tallon—. Supongo que te sientes como un niño ocultándose en una caverna...

—Algo por el estilo —susurró Helen, y se acercó un poco más a Tallon en la oscuridad—, ¿Haces con frecuencia este tipo de cosas?—No suelen ser tan ridículas, pero a veces esta clase de trabajo resulta infantil, hasta cierto punto. Tal como yo lo veo, casi todos los llamados asuntos de estado requieren que al menos un desgraciado se arrastre sobre su vientre a lo largo de una alcantarilla...

— ¿Por qué no lo dejas?

—Eso me propongo hacer. Y por eso no quiero arriesgarme a caer en brazos de Cherkassky en esta fase del juego.

—Pero no crees realmente que esté en esa nave...

Tallon alzó a Seymour hasta el respiradero más próximo para mirar al exterior.

—No, sólo es una posibilidad. Pero las cosas parecen demasiado tranquilas allí.

— ¿No puedes sintonizar tu juego de ojos a alguien de dentro y ver quién está allí?

—Es una buena idea, pero impracticable; acabo de intentar lo. Las señales son altamente direccionales, y el casco debe ser demasiado grueso para permitir una visión directa a través de él.

—Entonces, ¿cuanto tiempo tendremos que esperar aquí? —preguntó Helen, en un tono que reflejaba cierto desaliento.

—Hasta que oscurezca un poco más; entonces enviaremos a Seymour. Si entra en la nave, creo que podré mantenerme en contacto con él el tiempo suficiente como para comprobar si hay un comité de recepción en el interior.

Cuando el sol se ocultó y se encendieron las luces azules al-rededor del campo, Tallon depositó al perro en el suelo, en el espacio libre en la parte inferior de la chapa, y le señaló la nave. Seymour agitó el rabo, inseguro, y luego trotó hacia el oscuro casco de la Lyle Star. Utilizando los ojos de Helen por unos instantes, Tallon contempló al perro ascendiendo por la corta rampa. Al llegar arriba, Seymour quedó silueteado durante unos segundos contra los rayos luminosos color limón que surgían del interior de la nave. Tallon pulsó el botón de Seymour en el juego de ojos en el preciso instante en que el perro veía un pie calzado con una pesada bota proyectándose hacia él.

Tallon, agachado en el compartimiento de motores de la grúa a un centenar de metros de distancia, oyó el sobresaltado aullido de Seymour. Unos segundos más tarde el perro había regresado a la grúa y estaba temblando en brazos de Tallon, el cual tranquilizaba al terrier mientras se preguntaba cuál debería ser su próximo movimiento.

Había sido solamente una fracción de segundo, pero le había bastado para reconocer al sargento rubio y rechoncho que había ayudado a Cherkassky con el lavacerebros la noche que trataron de dejar en blanco la mente de Tallon.

XVIII


Poco antes del amanecer empezó a padecer persistentes calambres en sus piernas. Friccionó furiosamente los anudados músculos, preguntándose si la droga tenía algo que ver con aquel problema, o si era un efecto natural del frío.

— ¿Qué pasa, querido? —inquirió Helen con voz soñolienta.

—Mis piernas me están matando. Cuarenta años son muchos años para pasar toda la noche encaramado sobre el frío bloque de un motor. ¿Qué hora es?

—Mi reloj quedó en el hotel. Pero no puede faltar mucho para el amanecer; oigo trinar a unos pájaros.

—Los pájaros pueden trinar, pero si oyes a alguna persona moviéndose en la cabina que hay encima de nosotros, prepárate para salir de aquí —Tallon rodeó los hombros de Helen con su brazo. Le pareció menuda y fría, y súbitamente lamentó haberla conducido a aquella situación—. Tal vez deberíamos salir, de todos modos. Nadie abandonará la nave.

—Pero si regresas a la ciudad te cogerán, tarde o temprano. Tu única posibilidad de volver a la Tierra está aquí, en la terminal.

—Una cierta posibilidad.

Se produjo un largo silencio antes de que Helen hablara, y cuando lo hizo su voz fue vigorosa y fría... tal como había sido cuando Tallon la oyó por primera vez en el Pabellón.

—Ellos saldrían si yo les dijera dónde estás, Sam. Podría ir a la nave y decirles que te ocultas en otra parte del campo.

—Olvídalo. —escucha, Sam. Podría decirles que acababa de escapar de tu lado mientras dormías, y que estabas al acecho para embarcar en alguna otra nave.

—He dicho que lo olvides. Cherkassky, o quienquiera que esté allí, se olería el engaño a la legua. Esa clase de historias no convencen a nadie, al menos no a un profesional. Cuando se cuenta una mentira hay que hacerla tan increíble que todo el mundo la crea, precisamente porque nadie diría una cosa semejante si no fuera verdad; o mejor aún, decir la verdad, pero hacerlo de un modo que...

Tallon se interrumpió bruscamente, como deslumbrado por una súbita revelación.

—Helen, ¿te dijeron en el Pabellón cuál había sido el motivo de mi detención?

—Sí. Habías descubierto la manera de llegar a Aitch Mühlenberg.

— ¿Qué dirías si te dijeran que todavía conservo esa información?

—Diría que es mentira. Todo aquello quedó borrado, tal como quedó demostrado en las revisiones a las cuales te sometieron.

—Subestimas a la Tierra, Helen. Las colonias han olvidado lo buenos que podemos ser en algunas cosas. Tenía que ocurrir, supongo. Cuando una frontera se extiende, siempre es a costa de otra que se encoge...

—Déjate de rodeos y dime lo que tengas que decirme, Sam.

Tallon le habló de la cápsula incrustada en su cerebro, protegida perfectamente, conservando en sus circuitos submoleculares la información deseada por el Bloque. Notó que Helen se envaraba mientras él hablaba.

-De modo que ese es el motivo por el que los tuyos se toman tantas molestias para hacerte regresar —dijo finalmente Helen—. No sabía que te estaba ayudando a entregar todo un planeta a la Tierra. Esto cambia las cosas.

—Puedes apostar a que cambia las cosas —dijo Tallon— ¿No sabes que está a punto de estallar una guerra por causa de aquel planeta? Si logro salir de aquí, esa guerra no tendrá lugar.

—Desde luego que no tendrá lugar: la Tierra habrá obtenido lo que quería.

—No estoy pensando en términos de gobiernos —se apresuró a decir Tallon—. Lo único que importa es la gente, la población civil, los niños que montan en triciclos rojos, y que no tendrán que morir si yo regreso al Bloque.

—Todos compartimos ese sentimiento, pero queda el hecho de que...

—Podía haberme marchado —la interrumpió Tallon—. Estaba en la nave y volví a la ciudad.

—Déjate de melodramas; conmigo pierdes el tiempo. Ya habíamos decidido que la policía de seguridad planeó que les condujeras hasta la nave. Suponiendo que hubiera despegado, la habrían interceptado antes de llegar al portal.

—De acuerdo. Probablemente, yo estaría muerto. Y no tendría miles de millones de muertes sobre mi conciencia.

—Tu nobleza rutinaria es peor aún de lo que era la mía.

—Lo siento —dijo Tallon secamente—. Mi sentido del humor parece haberse atrofiado en los últimos meses.

Helen rió con delectación.

—Ahora es cuando realmente te muestras pomposo— se apoyó contra Tallon, y besó su mejilla impulsivamente. El calor de sus labios contrastaba violentamente con la frialdad de su rostro—. Tienes razón, desde luego. ¿Qué quieres que haga?

Tallon explicó su idea.

Una hora más tarde, a la incierta claridad del alba, Tallon revisó la munición de su automática y flexionó sus piernas, preparándose para correr.

Su idea era muy simple, pero había un noventa por ciento de probabilidades de que Helen y él quedaran separados cuan do la pusiera en práctica. Y esta vez la separación sería definitiva. En la helada oscuridad del compartimiento de motores de la grúa se enfrentaron con aquella posibilidad y la aceptaron. Los dos sabían más allá de toda posible duda que si Tallon lograba despegar —por muy buena que fuera su nave, incluso desde el punto de vista de la tecnología de la Tierra—, podía no llegar al portal; y si lo alcanzaba, sus futuros personales serian tan divergentes como los de sus mundos natales. Se habrían dicho adiós.

El plan consistía en que Helen retrocediera hasta el pasillo rodante, sin que la vieran desde la nave, y luego volviera sobre sus pasos sin tratar de ocultarse. Su historia sena la de que Tallon la había obligado a llevarle a la ciudad, y que la habían hecho prisionera cuando Tallon estableció contacto con los miembros de la célula de New Wittenburg. Tallon había regresado allí cuando se dio cuenta de la trampa que le habían tendido en la Lyle Star. Tenía que dar una dirección del cinturón de almacenes, y decir que se había escapado mientras Tallon y los otros estaban durmiendo. Temiendo que la esperasen cerca de las comisarías o en la calle, había decidido dirigirse a la terminal del espacio, el único lugar que los terrestres evitarían. Luego tenía que hablarles de la cápsula.

Tallon no las tenía todas consigo cuando pensaba en lo endeble de la historia. Se lo jugaba todo a la carta de que Cherkassky no se tomaría tiempo para pensar, sería incluso incapaz de pensar, cuando le dijeran lo que había en el cerebro de Tallon. De ser una venganza semipersonal por parte de Cherkassky, o incluso una maniobra política de Emm Lutero, el incidente se convertiría en una verdadera crisis a nivel de gobiernos. Lo que ocurriera después dependería de la reacción de Cherkassky. Si se dirigía a la ciudad, dejando a Helen bajo guardia en la nave, Tallon subiría a bordo y confiaría en la eficacia de su pequeña y sofisticada automática para despejar su camino y despegar del planeta con Helen. Cherkassky podría insistir en llevarse a Helen como guía, en cuyo caso Tallon tendría que intentar la aventura solo. Seymour gimió y apartó su cabeza del respiradero, privando a Tallon de su visión del exterior. Acarició la áspera cabeza, susurrando:

—Tómatelo con calma, muchacho. Pronto saldremos de aquí.

Agarró con fuerza a Seymour y volvió a situarlo delante de la estrecha ranura de luz. En la parte inferior de la chapa había un espacio libre, y si el perro salía por allí no tendría ganas de regresar. Tallon no se lo reprochaba, pero necesitaba los ojos de Seymour, ahora más que nunca. Helen estaba a punto de aparecer entre los obreros del turno de la mañana. La terminal volvía a la vida después de la larga noche, y Tallon pensó, una vez más, que alguien podría decidir que se utilizara la grúa en la cual se encontraba.

Súbitamente, los miopes ojos de Seymour captaron la mancha rojiza de los cabellos de Helen y una vaga zona verde que era su uniforme.

Helen subió la rampa y entro en la Lyle Star. Tallon se agachó en la oscuridad, mordiéndose los nudillos, preguntándose qué prueba visible tendría del éxito o del fracaso de su plan. Transcurrió un minuto; luego dos... tres... El tiempo se alargo dolorosamente, sin que se produjera ningún movimiento dentro o alrededor de la nave. ¡Y luego su pregunta fue contestada!

El cielo se oscureció.

El corazón de Tallon casi dejó de latir al ver lo que estaba ocurriendo. Una formación de seis cañones autopropulsados cruzaron el campo en menos de treinta metros de altura, proyectando sus sombras contra el suelo. Nubes oscuras de tierra y piedras colgaban debajo de ellos, remolineando sin peso en las corrientes de sus campos de gravedad negativa. Se desplegaron en abanico y se instalaron cerca del perímetro norte de la terminal, a menos de un kilómetro de distancia, y simultáneamente las sirenas aullaron su ensordecedora alarma. Las diminutas figuras de los técnicos que habían estado moviéndose entre las naves espaciales se detuvieron mientras los aullidos de las sirenas eran reemplazados por una voz humana aumentada inmensamente de volumen.


Les habla el general Lucas Heller en nombre del Moderador Temporal. La terminal ha sido puesta bajo la ley marcial. Todo el personal debe dirigirse con la mayor rapidez posible al extremo sur del campo y reunirse en la zona de recepción. Las entradas han sido cerradas, y cualquiera que intente salir por otro lugar será ametrallado sin previo aviso. Repito: ametrallado sin previo aviso. No se dejen ganar por el pánico y obedezcan esas instrucciones inmediatamente. Es una emergencia planetaria.
Mientras los ecos de la voz rodaban a través de las hileras de naves en ondas monótonas, el cielo volvió a oscurecerse con las balsas láser tomando silenciosamente posiciones sobre el campo. Tallon notó que sus labios se contraían en una temblorosa e incrédula sonrisa. Su plan había fallado... ¡y cómo había fallado! Cherkassky debía haber aceptado la parte de la historia de Helen acerca de la cápsula, rechazando el resto. Debió de sospechar que Tallon se encontraba cerca, y utilizó la radio de la nave para proclamar una emergencia.

Tallon contempló estupefacto cómo el personal del espacio-puerto abandonaba sus tareas y montaba en vehículos o corría hacia el pasillo rodante. Al cabo de cinco minutos el inmenso campo aparecía completamente sin vida. El único indicio de movimiento estaba en las remolineantes cortinas de polvo que colgaban de las balsas láser.

Nadie había salido de la Lyle Star desde que Helen había entrado en ella, y Tallon no disponía de ningún medio para averiguar lo que le había ocurrido. No podía pensar en nada y se limitó a permanecer sentado en la oscuridad, esperando, aunque no tenía nada que esperar. Apretó su frente contra el frío metal y profirió unas maldiciones en voz baja. Cinco minutos después Tallon oyó el sonido de pasos sobre el suelo de hormigón. Levantó de nuevo a Seymour hasta el respiradero y vio a varios hombres con los uniformes grises de la P.S.E.L. saliendo del fondo de la rampa. Un transporte militar avanzó a lo largo de la hilera de naves y se detuvo junto al grupo. La mayoría de los hombres subieron al vehiculo, que se alejó inmediatamente en dirección a la ciudad; otros dos volvieron a subir por la rampa y desaparecieron en la nave.

Tallon frunció el ceño. Parecía como si Cherkassky pudiera estar cubriendo la apuesta principal de Tallon comprobando el resto de la historia de Helen, lo cual hacía doblemente desesperada la situación de Tallon. Y cuando los agentes de la P.S.E.L. llegaran a la dirección que Helen les había dado y no encontraran nada, ella se vería también en un grave apuro. Cherkassky era bueno, admitió Tallon, manoseando nerviosamente la automática. Si Cherkassky saliera de la nave, Tallon podría acercarse a él lo suficiente como para terminar lo que había empezado la noche en que había lanzado a su enemigo por la ventana del hotel. Tal vez por eso permanecía en la nave, no queriendo darle a Tallon la oportunidad de atacarle por sorpresa.

Si Cherkassky piensa que estoy dispuesto a arriesgarlo todo por una última oportunidad para matarle, pensó Tallon, ¿cuál será su primer movimiento lógico? Respuesta: ordenar un minucioso registro de la zona.

Como si hubiera leído sus pensamientos, los primeros miembros de la P.S.E.L. aparecieron en aquel preciso momento. Estaban aún a varios centenares de metros de distancia, pero el hecho de que él pudiera ver uniformes grises en su limitado campo visual significaba que debían ser muy numerosos en el espaciopuerto. Tallon apoyó su espalda en uno de los motores, sosteniendo al perro contra su pecho. Su escondite no era especialmente favorable; sería uno de los primeros lugares que los agentes registrarían cuando llegaran a aquella altura. Sopesando la automática en su mano, Tallon se sentó en la oscuridad, rumiando su decisión. Podía quedarse en el compartimiento hasta que le acorralaran, o podía optar por morir a campo abierto buscando una probabilidad entre un millón de alcanzar a Cherkassky.

—Vamos, Seymour —susurró—. Ya te dije que saldríamos pronto de aquí.

Se acercó a la escotilla de inspección, vaciló un momento, y abrió la portezuela, admitiendo brillantes franjas de luz diurna. Estaba a punto de deslizar su pie a través de la escotilla cuando oyó el chirriar de unos neumáticos y el zumbido del motor de un vehículo acercándose.

Tallon echó su pie hacia atrás y volvió a guarecerse en el compartimiento. El vehículo era el transporte que se había llevado a los agentes de la P.S.E.L. y frenó bruscamente, deteniéndose a media distancia entre Tallon y la Lyle Star. El mismo grupo de hombres echó pie a tierra y corrió hacia la nave. En su actual posición, el vehículo podía favorecer el propósito de Tallon de acercarse a la nave. Probablemente no le serviría de mucho, pero al menos lo habría intentado.

—Vamos, Seymour. Ha llegado el momento.

En aquel preciso instante resonó una risa chillona y estridente. Con un súbito escalofrío, Tallon reconoció la voz de Lorin Cherkassky. ¿Por qué había abandonado la nave? Tallon apretó el rostro de Seymour al respiradero, pero los ojos del perro giraron de un lado a otro, proporcionando solamente visiones fugaces de la escena que Tallon quería ver. Al final localizó la figura uniformada de negro con cuello blanco de Cherkassky andando hacia el transporte, con Helen y varios agentes de la P.S.E.L. Cherkassky parecía sonreírle a Helen, pero la miopía de Seymour no le permitió a Tallon comprobarlo. ¿Qué diablos había ocurrido?, pensó.

Recordando de pronto el juego de ojos, Tallon pulsó el botón número dos, conectado todavía a Helen, y se situó detrás de sus ojos. El delgado rostro de Cherkassky con su incongruente mata de cabellos ondulados se hizo visible. Sus ojos brillaban de excitación mientras hablaba y Tallon se concentró en sus labios, leyendo las palabras a medida que se iban formando.

"...considerando mi posición, señorita Juste. Su historia sonaba ligeramente fantástica, dadas las circunstancias; pero ahora que mis hombres han detenido al Recluso Tallon en la dirección que usted nos dio, ¿qué puedo hacer sino disculparme por haber dudado de usted? Al principio, Tallon se resistió, pero al darse cuenta de que era inútil se entregó y admitió quién era, de modo..."

La visión de su rostro se perdió cuando Helen volvió su mi rada hacia la grúa amarilla en la que Tallon estaba oculto.

Tallon se preguntó si Helen estaba tan desconcertada como él. Lo único que sabían de la dirección que Helen le había dado a Cherkassky era que se encontraba en alguna parte del distrito de almacenes. Pero los hombres de Cherkassky habían ido evidentemente a aquella dirección, y habían encontrado a un hombre al que habían identificado como Sam Tallon. ¡Y no sólo eso, sino que el propio hombre había admitido que era Sam Tallon!

XIX


Tallon volvió a conectar los ojos de Seymour y observó cómo Helen, Cherkassky y los otros se acercaban al vehículo de transporte de personal. Dentro de unos instantes su camino hasta la nave quedaría despejado, gracias a aquel otro Tallon, cuya milagrosa aparición resultaba absolutamente misteriosa.

Sin embargo, Cherkassky descubriría la verdad, tarde o temprano, y cuando lo hiciera nada salvaría a Helen de su rabia. Helen andaba tranquilamente con los demás, aparentemente despreocupada, pero Tallon la vio mirar repetidamente hacia la grúa. Esta era, pensó, la última vez que la veía, y lo único que podía hacer era contemplarla en compañía del monstruo de Cherkassky... En aquellos escasos segundos Tallon se sintió envejecer.

—Helen —susurró.

Al oír aquel nombre, Seymour se retorció violentamente en los brazos de Tallon, saltó al suelo, pasó a través del espacio libre en la parte inferior de la chapa, y emprendió una veloz carrera hacia el grupo.

Tallon, conectado aún a los ojos del perro, vio agrandarse las figuras en su visión. El enjuto rostro de Cherkassky se volvió hacia el perro —y hacia Tallon— con una expresión súbitamente suspicaz.
Cuando Seymour llegó cerca del grupo empezó a regatear a los agentes para aproximarse a Helen, y la escena que estaba transmitiendo se hizo demasiado inestable para resultar satisfactoria. Tallon reseleccionó los ojos de Helen y vio al perrito saltando hacia adelante, a uno de los hombres agitando sus brazos para espantar a Seymour, y —en el ángulo de su visión— a Cherkassky señalando la grúa y hablando rápidamente. Las estridentes órdenes de Cherkassky se filtraron en el escondrijo de Tallon.

Maldiciendo salvajemente, Tallon se precipitó a través del compartimiento, obstaculizado a no poder ver más que lo que Helen estaba viendo, y se dirigió a la escotilla de inspección. Vio sus propios pies aparecer debajo de la grúa en el extremo más lejano, tal como los veía Helen; luego apareció su figura gris, en el ángulo de la base de la grúa amarilla.

Guiado por los ojos de Helen, Tallon corrió desesperadamente hacia la nave. Sus piernas estaban entumecidas por la larga espera en el limitado espacio, convirtiendo su avance en una grotesca y tambaleante carrera. Mientras agitaba sus brazos y piernas, tratando de extraer de ellos alguna velocidad, vio que los agentes se desplegaban en abanico, extrayendo armas de sus fundas.

Oyó el familiar zumbido de las pistolas-avispa. La distancia era excesiva, y los dardos cargados de droga repiquetearon alrededor de sus pies. Luego oyó el sonido que había estado esperando: los secos chasquidos de disparos de pistola, seguidos por unos gritos lejanos de los agentes que registraban otros sectores de la terminal, alertados por la conmoción. Un rifle automático ladró, llenando el aire de estampidos.

Tallon vio la pequeña y borrosa forma de Seymour, frenético de terror, corriendo hacia él. El perro saltó a sus brazos, y el impacto casi derribó a Tallon. Sin soltar al animal siguió avanzando, ahora a medio camino de la rampa de la Lyle Star.

Todavía a través de los ojos de Helen vio a Cherkassky avanzar unos pasos hacia él, detenerse y apuntarle cuidadosa mente con una pistola. Cuando se disponía a disparar, Helen lo agarró del brazo, luchando por apoderarse del arma. El rostro de Cherkassky se distorsionó de rabia mientras apartaba violentamente a Helen y volvía a apuntar. Helen le atacó de nuevo, esta vez clavándole las uñas en la cara.

Tallon captó el brillo maligno de los ojos de Cherkassky mientras se giraba hacia Helen, vio el negro y redondo hocico de la pistola escupiendo fuego, vio la oscuridad cayendo sobre su propia figura al apagarse la mirada de Helen. Luego quedó ciego y confuso con una mezcla de asombro y de odio. Reseleccionó los ojos de Seymour y vio uniformes grises de pie al lado del cuerpo de Helen.

La automática vibró en la palma de la mano de Tallon cuando se giró con ella, apretando el gatillo una y otra vez. Hombres en gris se tambalearon y cayeron bajo el granizo de múltiples proyectiles, pero no Cherkassky, que continuó de pie y finalmente disparó contra Tallon.

Tallon notó que algo atravesaba su manga y oyó el gemido de dolor casi humano de Seymour. Luego se encontró al pie de la rampa y ascendiendo por la elástica pendiente. El sargento rubio apareció en la parte superior con el rostro desencajado por el asombro y hurgó en la funda de su arma. Tallon disparó instintivamente, y el sargento fue levantado en vilo de la rampa por seis proyectiles.

— ¡Disparad contra él, estúpidos! —gritó Cherkassky furiosamente—. ¡No le dejéis escapar!

Tallon se precipitó a través de la cámara reguladora de la presión, zambulléndose bajo una granizada de plomo, y se arrojó sobre la palanca de mandos manual. Mientras los motores cobraban vida, cerrando la pesada puerta exterior, Tallon vio a unos hombres corriendo en la parte inferior de la rampa. Disparó contra ellos hasta que el percutor de la automática chasqueó en el vacío.
Tirándola al suelo, Tallon corrió hacia adelante, a lo largo de un pasillo, hasta la sala de control. Las pantallas de observación eran paneles en blanco, y la consola de control estaba apagada. Su mano derecha pulsó la hilera de interruptores primarios, dando vida a redes de circuitos y sistemas. Habría una espera de quizás un minuto antes de que las unidades antigravedad estuvieran preparadas para dejar caer la nave en el cielo. Una luz verde parpadeó indicando que la cámara regula dora de la presión estaba cerrada y la nave sellada para emprender el vuelo.

Momentáneamente a salvo, Tallon se dejó caer en el asiento central y activó las pantallas de observación, agradeciendo el meticuloso adiestramiento del Bloque en el manejo de todos los elementos básicos de control.

Las pantallas se llenaron de color, ampliando los pequeños paneles de visión directa, ofreciendo a Tallon una vista de naves y grúas. Captó el cuerpo de Helen cerca del transporte de personal, tendido en la misma posición, con el uniforme verde oscuro, la cabellera rojiza y la mancha de sangre cada vez más extensa.

—Lo siento, Helen —dijo en voz alta—. Lo siento mucho, muchísimo.

— ¿Tallon? —restalló una voz en el techo, cerca de su cabeza—. ¿Eres tú, Tallon?

Tallon no vio ninguna rejilla que pudiera dar paso a la voz.

—Sí, soy Sam Tallon —respondió en tono fatigado—. ¿Quién habla?

— ¡Fordyce! —Tallon empezó a comprender el enigma de la aparición del otro Tallon—. ¡Me habéis estado controlando todo el tiempo!

—Desde luego. ¿Cómo crees, si no, que hubiéramos podido situar a un hombre en la dirección que tu amiga le dio a Cherkassky? Fue una lástima que tuvieras que contarle a todo el mundo lo de la cápsula cerebral; significa que no podremos volver a utilizar esa técnica. El Bloque te habría hecho objeto de una severa reprimenda.

— ¿Me habría?

—Sí... si hubieras logrado escapar. Pero no podrás hacerlo Hay una escuadrilla de balsas láser encima mismo de tu cabeza, y Heller ha puesto en juego todas las armas nucleares tácticas disponibles en la zona. No conseguirás burlarlas; y si lo consiguieras, la Gran Flota no tardará en darte alcance.

Tallon estaba pensando aún en Helen Juste.

—Creo —dijo maquinalmente— que he cometido todos los errores posibles en este viaje.

—Desde luego —dijo Fordyce, con voz inexpresiva—. Adiós, Tallon.

Tallon no contestó. Acababa de observar que los agentes de la P.S.E.L. se estaban alejando de la Lyle Star a todo correr. Algunos de ellos miraban hacia el cielo mientras corrían, lo cual significaba que las balsas láser se disponían a utilizar sus brillantes lanzas rojas, y que su muerte era ahora cuestión de segundos. Ni siquiera tendría tiempo de hacer despegar la nave.

Desesperadamente, alargó la mano izquierda para iniciar la secuencia de despegue, y observó que sus dedos estaban manchados de sangre, aunque él no había sentido ninguna herida. Luego recordó el grito de dolor de Seymour cuando estaban acercándose a la rampa. Con su otra mano giró la cabeza del perro para obtener un primer plano del cuerpo. Había un ominoso orificio en el tórax, inmediatamente encima del vientre, que se dilataba y contraía rápidamente. El pelo de color pardo estaba ahora rojo de sangre.

—Tú también... —murmuró Tallon, notando que Seymour lamía débilmente su mano.
Un fogonazo de luz roja llameó en las pantallas de observación, y el sistema de alarma de la nave desencadenó su estridencia mientras las balsas láser se situaban sobre la indefensa nave. Tallon permaneció sentado con la cabeza inclinada durante unos segundos, convencido de que iba a morir. Luego hizo algo que sólo habría hecho un hombre que estuviera loco o desesperado: alargó la mano hacia el panel del motor del no-espacio, desconectó todas las válvulas de seguridad, y pulsó el botón que ponía el motor en marcha. El salto a otro continuo aportó un silencio inmediato y un lancinante fogonazo de luz de su juego de ojos. Tallon profirió un gemido de agonía; luego todo terminó. El salto había sido completo.

En el exterior de la nave había la suave y apacible negrura de una parte de la galaxia mucho más allá de la influencia del género humano. Constelaciones desconocidas brillaban en la oscuridad. Tallon no trató de identificar las agrupaciones de resplandecientes puntitos de luz; sabía demasiado acerca de las hostiles geometrías del no-espacio.

Debido a que el salto no había sido realizado desde uno de los portales establecidos, Tallon se había lanzado a un punto fortuito de la rueda galáctica. Lo había hecho impulsado por la desesperación, pero lo había hecho deliberadamente, sabiendo que no podría regresar de aquellas oscuras inmensidades.

XX

Al principio existió únicamente una sensación de vacío y de alivio de unas presiones y una tensión intolerables. La sensación era similar a la que había experimentado la noche que huyó del Pabellón, pero ahora inmensamente amplificada. Tallon no tenía ninguna identidad, y ninguna de las responsabilidades de la identidad. Durante un breve espacio de tiempo no fue nadie, nada, no estuvo en ninguna parte... y se sintió satisfecho con aquel estado de no-existencia. Luego, parte de su mente empezó a captar el horror. El miedo empapó lentamente todo su ser, hasta que Tallon tuvo que apretar con fuerza sus dientes para contenerlo.



No había ningún camino de regreso.

Podía dar otro salto, y otro... hasta que se quedara sin alimentos o muriera de vejez. Los tránsitos-parpadeo le llevarían de un lado a otro a través de los campos estelares del infinito. Pero, por muchos saltos al azar que diera, las probabilidades de surgir al alcance de un planeta habitable eran tan escasas como para ser consideradas virtualmente inexistentes. Mientras envejecía, sentado en la misma silla, vería casi todas las manifestaciones de la materia y la energía —estrellas individuales, binarias, múltiples, nubes de gas sin forma, ruedas—... salvo que, desde luego, estaría ciego al cabo de unas cuantas horas.

Tallon se arrancó de la espiral descendente y volvió su atención hacia Seymour, que estaba tumbado en su regazo, temblando ligeramente, enroscado alrededor de la oscura herida. Las pulsaciones de su vientre eran ahora más rápidas, pero menos vigorosas. Tallon tenía la completa seguridad de que Seymour se estaba muriendo.

Se quitó la chaqueta, la dobló, la colocó sobre la consola de control de la propulsión antigravitatoria, y depositó al perro encima de ella. Seymour tenía dificultades para mantener los ojos abiertos, y Tallon padecía momentáneas pérdidas de visión. Se levantó y empezó a buscar un botiquín, notando en sus pies la tracción de la gravedad artificial. El campo estaba diseñado para reproducir el peso normal de un hombre, pero como se originaba en las planchas del suelo y estaba sujeta a la ley del cuadrado inverso, la parte inferior del cuerpo era siempre mucho más pesada que la cabeza y los brazos.

No había ningún medicamento a la vista en la sala de control, y para buscar en los otros compartimientos tendría que llevarse a Seymour. Necesitaría comida, y sería mejor organizarlo todo mientras podía ver lo que estaba haciendo.

—Lo siento, Seymour —dijo—. Esta será tu última tarea.

Tallon tomó cuidadosamente al perro en brazos y se dirigió hacia popa. La Lyle Star era básicamente un carguero convencional, con una semicubierta en el morro, la mayor parte de sus elementos motrices en la cola y un cuerpo cilíndrico central para la carga. Su sala de control, los alojamientos de la tripulación y unos almacenes ocupaban la semicubierta, y debajo se encontraban el equipo de astrogación, las plantas de energía para los servicios internos y otros heterogéneos almacenes. En la parte posterior de la semicubierta un estrecho pasillo lateral conducía a la cavernosa bodega. La parte de atrás de la bodega estaba atestada de balas de plantas proteínicas deshidratadas, pero la parte delantera aparecía despejada, con las argollas de amura del carguero recogidas en sus nichos. Tallon sabía que la nave estaba armada, pero no había ningún tipo de sistemas ofensivo a la vista, de modo que tuvo que llegar a la conclusión de que el Bloque había empezado a utilizar un material mucho más sofisticado desde la última vez en que él había viajado a bordo de una de sus embarcaciones. Una breve ojeada a los indicadores del nivel de existencias en los almacenes de víveres le permitió comprobar que disponía de reservas para quince años, como mínimo. La idea de pasar todo aquel tiempo en la oscuridad y después morirse de hambre resultaba de lo más deprimente. Tallon se alejó a toda prisa de allí para ir a empujar otras puertas y asomarse brevemente a unas habitaciones vacías.

"¡Qué final! —pensó—. ¡Qué manera más miserable y absurda de terminar.'"

Desde que los hombres habían aprendido a enviar naves al espacio más allá del alcance de la gravedad, habían estado llenando el cosmos de cápsulas de metal conteniendo cualquier cosa, desde cuencos de microbios hasta cabezas de armas nucleares. Pero un alienígena inteligente que tropezara por casualidad con la Lyle Star sólo encontraría en ella una basura cósmica todavía más asombrosa: un hombre con botones castaños de plástico por ojos y un perro moribundo en sus brazos, vagando por el interior de una nave vacía. Sin embargo, ningún alienígena subiría a bordo, porque ninguna de las innumerables exploraciones estelares había aportado pruebas de la existencia de seres inteligentes...

¡Clang-ang-ang-ng-ng! El metal chocó con el metal en alguna parte cerca de la cámara reguladora de la presión. Los ecos se desvanecieron en los vastos espacios de la bodega.

Las rodillas de Tallon casi se doblaron a medida que la oleada de sonidos repercutía en sus nervios. Estaba en otro pasillo que enlazaba por la parte de popa con el que desembocaba en la bodega, y podía ver lo que había causado el ruido yendo tan sólo hasta el extremo y mirando por encima de la barandilla. Tallon avanzó hacia el oscuro rectángulo y luego se detuvo: una forma negra estaba moviéndose en la cubierta inferior, cerca de la puerta interior de la cámara reguladora de la presión.

Era Lorin Cherkassky.

Cherkassky alzó la mirada, y Tallon vio que tenía una brecha ensangrentada en la frente, y que seguía empuñando una pistola. Se miraron en silencio el uno al otro durante varios palpitantes segundos. Cherkassky dejó asomar a su rostro una helada sonrisa, mientras su cabeza oscilaba levemente sobre el largo cuello de pavo. Involuntariamente, Tallon dio un paso atrás.

—Está usted ahí, Tallon —dijo Cherkassky amablemente—, Y con su amiguito, también.

—No trate de acercarse —dijo Tallon, por decir algo.

Cherkassky apoyó su espalda contra la pared de metal, sin dejar de sonreír.

—Tallon, usted y yo sólo nos hemos encontrado en dos ocasiones antes de ahora... y cada vez ha intentado usted asesinarme. Si sus últimos proyectiles hubiesen partido unos centímetros más bajos, en estos momentos yo estaría muerto.

—No eran mis últimos proyectiles —mintió Tallon.

—En ese caso, fue usted muy tonto al desprenderse de su pequeña pistola. Supongo que oyó tirarla a la bodega de un puntapié. Si hubiera sabido que estaba cargada habría tenido más cuidado, por si acaso...

—De acuerdo, Cherkassky. Déjese de bromas de mal gusto.

Tallon retrocedió rápidamente por el pasillo, preguntándose qué podía utilizar para defenderse. La única posibilidad era encontrar algo que pudiera ser lanzado. Corrió hacia la semicubierta y abrió febrilmente alacenas y cajones con su mano libre. No había cuchillos grandes, y los cuchillos de mesa eran de plástico. Los segundos transcurrían velozmente y, para empeorar las cosas, los ojos de Seymour estaban casi cerrados, reduciendo la visión de Tallon a unas vagas sombras grises.

Los únicos objetos que parecían prometedores eran varias latas grandes de fruta cerca de uno de los almacenes de vive res. Intentó levantarlas con un brazo, pero salieron rodando v cayeron de nuevo al suelo. Entonces, Tallon dejó a Seymour en el suelo, recogió las latas, y corrió ciegamente por el pasillo hacia la sala de control, esperando sentir en cualquier momento el impacto de un trozo de plomo en su espinazo. Llegó a la sala de control, saltó a un lado, y hurgó en los controles del juego de ojos hasta que captó los ojos de Lorin Cherkassky.

Obtuvo una imagen definida y clara del pasillo, tal como se veía desde el otro extremo, y se dio cuenta de que Cherkassky se encontraba ahora en el pasillo de la bodega y le contemplaba mientras corría, sin disparar. Aquello significaba que el hombre estaba decidido a prolongar la caza, haciéndola maratoniana. Tallon alzó una de las pesadas latas y la lanzó a lo largo del pasillo con todas sus fuerzas. A través de los ojos de Cherkassky vio aparecer su mano y vio la lata rodando a través del aire. Cherkassky la esquivó fácilmente, y la lata rebotó ruidosamente en la bodega, llenando la nave de ecos.

Tallon se agachó y cogió otra lata. Decidió esperar hasta que Cherkassky hubiera avanzado más a lo largo del pasillo, dándole menos tiempo para ver —y esquivar— el improvisado proyectil. Con su espalda apretada contra la pared, Tallon contempló la panorámica del pasillo y el rectángulo cada vez mayor de la puerta de la sala de control. En la entrada a la semicubierta, la vista giró examinando las alacenas y los cajones en desorden; y allí estaba Seymour avanzando penosamente a través del suelo, mostrando sus afilados colmillos en un ridículo intento de aparentar ferocidad. Tallon sospechó lo que ocurriría a continuación.

— ¡Atrás, Seymour! —gritó—. Túmbate, muchacho.

Aparte de gritar, no podía hacer nada. Y el cerrar los párpados no borró las imágenes que estaba recibiendo. Tuvo que soportarlo y mirar a lo largo del cañón de la pistola con los ojos de Cherkassky. La pistola rugió, y el cuerpo de Seymour se aplastó contra la pared de la semicubierta.

Tallon avanzó unos pasos y lanzó la lata, proyectándola con todos los músculos de su cuerpo en tensión. La oyó estrellarse contra algo blando, e inmediatamente echó a correr por el pasillo, impulsado por una indescriptible sensación de odio.

Las paredes de metal giraron violentamente cuando chocó con Cherkassky. Medio patinaron medio rodaron hacia el oscuro borde del pasillo, luego rebotaron de la barandilla y volvieron a deslizarse por el angosto pasadizo. En alguna parte a lo largo del camino el juego de ojos fue empujado hacia arriba, hasta su frente, y Tallon se quedó sin vista, pero esto no establecía ninguna diferencia para él. Estaba trabado con Cherkassky, y una voz sonora y cantarina en su cerebro le estaba diciendo que nada en el universo podría impedir que sus manos realizaran su tarea. Se equivocaba.

Utilizando los ritmos de combate desarrollados por el Bloque, podría haber eliminado a Cherkassky en unos segundos, pero sus dedos, obedeciendo a una disciplina más antigua, se engarfiaron en la garganta de su adversario. Sintió el cuerpo de Cherkassky transformado por la misma fuerza acerada que había desplegado cuando estaban cayendo de la ventana del hotel. Los antebrazos entrelazados de Cherkassky se triangularon hacia arriba en la llave más antigua del manual, y las manos de Tallon soltaron su presa. Tallon trató de evitar la separación, que daría todas las ventajas a Cherkassky, pero unos golpes de la pesada pistola entumecieron los brazos de Tallon. Se vio obligado a perder un valioso segundo tirando hacia abajo del juego de ojos, sabiendo mientras lo hacía que el combate estaba perdido.

Cherkassky aprovechó la ocasión, y Tallon recobró la visión en el momento justo para ver el cañón de la pistola avanzando hacia su plexo solar. Cayó hacia atrás en la sala de control, notando que le faltaba el aire para respirar. De nuevo miró a lo largo de la pistola de Cherkassky, con el punto de mira ascendiendo desde su vientre hasta su cabeza y volviendo a descender.

—Ha recorrido un largo camino, Tallon —dijo Cherkassky sin alzar la voz—, pero en un cierto sentido me alegro. Matar a cualquier otro prisionero arruinaría mi reputación con nuestro reverenciado Moderador, pero usted ha causado tantos problemas que nadie va a quejarse. Tallon, luchando por recobrar el aliento, hizo una débil tentativa para rodar sobre sí mismo mientras veía el dedo de Cherkassky tensarse sobre el gatillo; luego, la presunción subyacente detrás de las palabras alcanzó a su cerebro, con un mensaje final de inesperada esperanza.

—Espere... espere... —Sus pulmones lucharon para abastecerse del aire necesario para hablar.

—Adiós, Tallon.

—Espere, Cherkassky... ¡Mire las pantallas!

Los ojos de Cherkassky se volvieron fugazmente hacia las constelaciones desconocidas que se reflejaban en los negros paneles, para posarse de nuevo en Tallon, y otra vez en las pantallas.




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