Periplo nocturno



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—Resista un poco más, doctor. La estoy atacando con la azagaya.

—Así no conseguirá nada. Tiene la piel demasiado dura. Hay que... hay que alcanzarla en la garganta. Déme la azagaya.

Tallon colocó la azagaya en la mano de Winfield, que se agitaba a ciegas en el aire. El doctor empuñó la tosca arma y la hundió de punta en el agua pegada a su pierna. Los verdes tallos se aferraron ávidamente a sus brazos y luego, súbitamente, volvieron a erguirse.

—Lo estoy consiguiendo —gruñó Winfield—. Lo estoy consiguiendo.

Agarró la azagaya por la parte superior y empezó a hundirla triunfalmente, haciendo fuerza con las dos manos. La superficie del marjal se convulsionó a su alrededor cuando apoyó el peso de su cuerpo sobre la vibrante azagaya. Tallon, agachado muy cerca, estaba completamente abstraído en la lucha cuando unas silenciosas alarmas empezaron a resonar en su cerebro. Winfield estaba ganando su batalla, pero había otro peligro, algo que estaban olvidando.

— ¡Doctor! —gritó—. ¡Se está poniendo en pie!

Winfield se sobresaltó, con aire más culpable que asustado, y empezaba a agacharse cuando el proyectil le alcanzó.

Tallon oyó el increíble impacto, el rugido del vuelo del proyectil llegando a su destino, y vio el decapitado cuerpo del doctor desplomándose sobre el agua. Al cabo de unos segundos llegaron los resonantes ecos del disparo del rifle. La azagaya continuaba erguida en el cieno, oscilando ligeramente con los movimientos de la invisible araña.

Ha sido un acto absurdo, pensó Tallon, aturdido. El doctor no tenía que haberse levantado. Le había advertido a él que se mantuviera agachado, y luego, quizás instintivamente se había levantado. Tallon permaneció apoyado sobre sus manos y rodillas durante varios segundos, sacudiendo la cabeza, desconcertado; luego retornó la rabia, la misma rabia que le había impulsado a precipitarse contra Cherkassky y a lanzarle delante de él a través de la ventana de un hotel de New Wittenburg.

Tallon frotó el cieno de la cubierta de plástico de la jaula del pájaro para proporcionarse a si mismo una visión mejor de sus propios actos; luego se arrastró hasta la azagaya. Ignoran-do los latigazos de los tallos verdes, levantó la azagaya y volvió a hundirla en el mismo lugar una y otra vez, hasta que el agua se tiñó de color crema. Arrancando la azagaya por última vez, fue en busca del cadáver de Winfield. Lo encontró en un charco poco profundo, envuelto ya en una resplandeciente capa de sanguijuelas.

—Lo siento, doctor —dijo en voz alta—, pero la Tierra espera de usted una cosa más. Y sé que usted no me perdonaría que no le obligara a hacerla.

Tallon introdujo la punta de la azagaya en un pliegue del protector de plástico de Winfield y, gruñendo con el esfuerzo, levantó el cadáver y lo mantuvo en una postura erguida. Esta vez estaba mucho más cerca, y el impacto del segundo proyectil le dejó atontado mientras la azagaya y su macabra carga eran arrancadas de sus dedos. Tallon recogió el pájaro y el paquete de pertrechos y luego se envolvió en la pesada pantalla de hojas de dringo. Avanzó sin detenerse durante otras cuatro horas antes de arriesgarse a practicar una abertura en el tejido de hojas y sostener al pájaro pegado a ella.

Casi había alcanzado el borde septentrional del marjal, y muy adelante, con la luz del sol brillando sobre sus superficies superiores, la esbelta columna de un rifle cascabel asomaba por encima de la niebla. Tallon no podía saber si estaba contemplando el rifle que había matado a Logan Winfield, pero en alguna parte a lo largo de la línea una de las máquinas sensibles habría registrado dos proyectiles disparados. Para la fuerza de seguridad del Pabellón, dos proyectiles significarían que dos prisioneros habían cumplido definitivamente sus condenas.

Más allá de la esbelta columna Tallon percibió las mesetas grises del espinazo montañoso del continente. Se sentó en el suelo, con la jaula del pájaro en sus brazos, esperando a que se hiciera de noche y empezara el verdadero viaje.

Había aún dos mil kilómetros hasta New Wittenburg... y ochenta mil portales hasta la Tierra.

X

Tallon pasó a través de la línea de columnas al anochecer.



Suponía que el ángulo de tiro de los rifles estaría limitado al borde del marjal y más allá, pero de todos modos permaneció debajo de la pantalla, y la sensación de hormigueo entre sus omóplatos persistió hasta que hubo cruzado la línea sin novedad. Lo primero que hizo al llegar al otro lado fue cortar la envoltura de plástico, envolverla con las hojas y ocultarlo todo en una espesura de arbustos. Con rápidos movimientos, sacó a Ariadna II de su jaula, ató una de sus patas a la hombrera de su uniforme de prisionero, y escaló la empalizada que delimitaba el campo de acción de los rifles cascabel.

El júbilo de la libertad, de andar de nuevo como un ser humano sobre un suelo firme, sostuvo a Tallon mientras avanzaba diagonalmente sobre un terreno rocoso que señalaba el comienzo de una cadena de montañas que cruzaba todo el continente. Cuando ganó un poco de altura vio las luces temblorosas y multicolores de un pequeño pueblo arracimado en la curva de una bahía a unos ocho kilómetros de distancia. El imponente océano planetario extendía su negrura hacia el oeste, salpicado aquí y allá por las luces de navegación de los barcos que pescaban a la rastra. Tallon respiró profundamente, saboreando la libertad recobrada, así como el verse libre de todas las presiones de la identidad humana: una sensación que se experimenta cuando nadie en todo el universo sabe dónde estamos y ni siquiera si existimos.

En aquel momento, el viaje que Tallon estaba a punto de emprender parecía absurdamente fácil. Esta, de haber vivido, habría sido la hora de triunfo de Winfield, se dijo Tallon. Pero el doctor había muerto, y no una sino dos veces.

Súbitamente, Tallon se sintió cansado y hambriento y consciente de que apestaba. No había ninguna luz visible entre el pueblo y él —el terreno parecía demasiado escabroso para cualquier tipo de cultivo—, de modo que se encaminó de nuevo hacia la orilla del agua. Entretanto rebuscó en el paquete de Winfield y encontró, además de los verdes uniformes de guardián, una linterna, jabón y crema depilatoria. Había también varias barritas de caramelo: más recordatorios de los años de paciente trabajo del anciano doctor hacia un día que no llegaría a ver.

De pie sobre los guijarros de la estrecha playa, Tallon se desvistió y se lavó en el frío mar. Conservando sólo sus botas, se cambió de ropa, suspirando de alivio al descubrir que uno de los uniformes era de su talla. Ató al silencioso pájaro a uno de sus hombros, se colgó el paquete del otro, y echó a andar hacia el norte.

Al principio le pareció una buena idea avanzar a lo largo de la playa con preferencia a la rocosa ladera de la colina, pero no tardó en comprobar que en realidad no había ninguna playa. No era más que una franja estrecha de ásperos guijarros, y en numerosos lugares la hierba y la maleza llegaba hasta el mismo borde del agua. Entonces, Tallon recordó que no en contraría ninguna extensión de arena: Emm Lutero no tenía luna, lo cual significaba que no existían prácticamente mareas, y en consecuencia no había playas ni arena.



Si hubiera una luna, cariño, podríamos cenar en la playa a la luz de la luna, pensó, si hubiera una playa.

Masticando el caramelo, se desvió un poco tierra adentro, con la intención de andar hasta llegar a cosa de un kilómetro del pueblo, y entonces se tomaría un descanso; pero una inesperada circunstancia le obligó a cambiar sus planes. Ariadna II se durmió. Tallon le dio unos golpecitos con el dedo, y el pájaro abrió los ojos durante un par de segundos, pero volvió a cerrarlos, sumiéndole en la oscuridad. Tallon se irritó, pero su enojo se disolvió rápidamente al pensar en lo que el animalito había soportado hasta entonces. Con toda seguridad, cualquier especie de pájaro terrestre habría muerto ya en aquel viaje tan lleno de sobresaltos.

Se tumbó en el suelo y trató de dormir. Aunque estaba en el extremo más meridional del continente y sobre terreno seco, el invierno sólo empezaba a transformarse en primavera y la noche era fría. Transcurrió largo rato antes de que se sumiera en la inconsciencia, y entonces soñó: que hablaba con Winfield, que bailaba con Helen Juste, que volaba cada vez más alto a la cobriza luz del amanecer remontándose por encima del paisaje de sombras alargadas. Este último sueño fue muy vivido. Había la diminuta figura de un hombre que llevaba un uniforme de color verde oscuro tumbado allí sobre la hierba. Tallon buscaba frenéticamente algún punto de apoyo. ¡Estaba volando! Horizontes de mar y de tierra giraban en un mareante torbellino, y debajo de él no había más que aire.

Sus dedos se hundieron en la hierba. Tuvo consciencia de la presión del duro suelo contra su espalda, y se despertó del todo. Las visiones de tierra y mar remolineantes persistían, pero ahora Tallon sabía lo que las producía. Ariadna II había logrado liberarse de sus ataduras y se había escapado. Las imágenes se disiparon cuando el pájaro voló más allá del alcance del juego de ojos.

Su pérdida le planteaba otro problema: encontrar otros ojos y utilizarlos para obtener algo de comida. Le urgía ingerir algo sólido. El caramelo había elevado temporalmente el contenido de azúcar de su sangre, pero la superestimulación del páncreas que acompañaba siempre a la ingestión de hidratos de carbono puros había inundado su metabolismo de insulina aniquiladora del azúcar. El resultado era que el contenido de azúcar de su sangre había descendido de un modo alarmante, y ahora apenas podía mantenerse en pie sin que se doblaran sus rodillas. Deseó que el doctor hubiera pensado lo suficiente en los problemas de nutrición de un hombre ciego en fuga como para haber incluido sólidos lácteos o alguna otra forma adecuada de proteína en el equipo. Pero eso no le llevaba más cerca de la terminal del espacio de New Wittenburg.

Tallon situó el juego de ojos en "búsqueda y retención", y captó aves marinas volando sobre el agua cerca de la costa. Recogió más vistas aéreas del océano con sus grises del amanecer, de la desgreñada ladera de la colina y de su propia figura color verde oscuro. Esto era suficiente para permitirle seguir avanzando hacia el norte. Era muy temprano aún, y alcanzó las afueras del pueblo cuando el lugar empezaba a despertar. Conectó con los ojos de hombres que se dirigían a sus ocupaciones. Ninguno pareció prestarle la menor atención.

De momento, Tallon se limitó a andar lentamente a lo largo de las calles silenciosas, maravillándose de la semejanza de su entorno con los de la Tierra. La gran ciudad septentrional de Testamento, donde había pasado la mayor parte del tiempo desde que llegó a Emm Lutero, tenía un carácter propio, distinto al de las ciudades de la Tierra; pero los pueblos eran pueblos en cualquier parte de la galaxia. Las casitas soñolientas en el silencioso matinal eran iguales que las que había visto en media docena de mundos; y los triciclos de los niños, aparca dos sobre el césped de los jardines de la parte delantera, estaban pintados de rojo, porque a los niños humanos de toda la galaxia les gustaban de aquel color.

¿Por qué tendría un hombre que escoger un planeta y pretender situarlo por encima de todos los demás? Si sobrevivía al destripamiento psíquico de los tránsitos parpadeo y llegaba a otro mundo milagrosamente verde, ¿por qué no habría de bastarle con eso? ¿Por qué no podía dejar atrás la carga de obediencias políticas, de conflictos doctrinales, el imperialismo, el Bloque? Y sin embargo Winfield había sido hecho pedazos, y Sam Tallon llevaba aún la situación de un nuevo pía neta incrustada en su cerebro .Encontró una fonda y gastó la décima parte de su dinero en un enorme plato de filetes de pescado y verdura marina, que engulló con la ayuda de cuatro tazas de café. Ni la anciana camarera ni el otro cliente —el único aparte de él—, cuyos ojos estaba utilizando, le miraron dos veces. Admitió que por su aspecto podía ser tomado por cualquier cosa, desde un técnico en reparaciones de televisores hasta un empleado de una anónima sección del complejo de servicios públicos local.

De nuevo en la calle, compró un paquete de cigarrillos en un puesto ambulante y paseó lentamente, fumando, fingiendo contemplar los escaparates de las tiendas cada vez que dejaba de verse a si mismo. Ahora había más personas en las calles, y a Tallon le resultaba relativamente fácil conectar con nuevos ojos y localizarse rápidamente desde el nuevo ángulo visual. Descubrió que muy pocas personas tenían una vista perfecta. Los ojos que tomaba prestados sucesivamente eran présbitas o miopes, astigmáticos o daltonianos, y le sorprendió levemente comprobar que la gente con la vista más defectuosa era a menudo la que no llevaba gafas.

La mayoría de los grandes edificios tenían en sus fachadas pantallas tridimensionales que exhibían pautas cromáticas sintonizadas con pautas tonales de música corriente. No se proyectaban anuncios, pero cada quince minutos, aproximadamente, se emitía un boletín de noticias. Tallon estaba demasiado concentrado en el problema de esquivar transeúntes y cruzar calles para prestar demasiada atención a las noticias, pero súbitamente se sintió atraído por la enorme imagen de un pájaro semejante a una paloma posado sobre el dedo de un hombre. Un trozo de cordel colgaba de una de sus patas. Tallon quedó convencido de que era Ariadna II. Se paró a escuchar el comentario.


... regresó al Centro de Detención del Gobierno a primeras horas de esta mañana. Se cree que los dos reclusos ciegos se habían llevado al pájaro, y su regreso es otra prueba de que perecieron en el marjal. Los rumores de que los dos hombres habían logrado construir unos aparatos basados en el principio del radar para sustituir a unos ojos normales han sido desmentidos por un portavoz del Centro.

Y ahora, pasando de la escena local a la situación galáctica, los delegados del Moderador en la fracasada conferencia de alto nivel de Akkab llegarán a la terminal del espacio de New Wiüenburg esta tarde. En los medios oficiales se considera...
Tallon echó a andar de nuevo, con el ceño fruncido. Resultaba agradable saber que le daban por muerto y que, en consecuencia, no sería perseguido, pero la noticia había replanteado en su mente el misterio de Helen Juste. ¿Estaba en dificultades con las autoridades de la prisión por su heterodoxia? ¿Había visto llegar aquellas dificultades y trató de evitarlas ordenando la confiscación de los juegos de ojos? ¿Por qué les había permitido llegar tan lejos?

Un letrero en la fachada de la oficina central de correos confirmó lo que Tallon había sospechado: se encontraba en un pueblo llamado Sirocco. Sus vagos recuerdos de la geografía luterana le revelaron que Sirocco era una de las estaciones del ferrocarril de circunvalación que rodeaba todo el continente, realizando la función de los servicios aéreos en otros mundos. Winfield había planeado viajar de noche y a pie, lo cual había sido bastante razonable, teniendo en cuenta las limitaciones de la lámpara sonar; pero Tallon podía ver. Y aparte de lo que parecía ser un par de gafas algo voluminosas, su aspecto no difería mucho del de cualquier otro ciudadano de Emm Lutero. Si tomaba el tren llegaría a New Wittenburg en poco más de un día. Una vez allí, se enfrentaría con la dificultad de establecer contacto con un agente, pero cuanto antes se enfrentara con aquel problema, tanto mejor. La alternativa al tren era andar y exponerse a todos los peligros inherentes a tener que robar comida para sobrevivir, a dormir en cobertizos o al aire libre, y en términos generales a comportarse de un modo altamente sospechoso. Tallon decidió tomar el tren.

Mientras paseaba mató el tiempo practicando la lectura de labios, algo que enseñaban en el Bloque y para lo cual nunca había encontrado ninguna aplicación práctica. Los repetidos primeros planos de rostros de personas hablando sin los correspondientes efectos de sonido eran un reto para Tallon. Quería descubrir lo que estaban diciendo.

Tallon había oído hablar con frecuencia del ferrocarril de circunvalación, y en su calidad de agente de ventas de una empresa terrestre que fabricaba sistemas de calefacción y de aire acondicionado —una tapadera para sus verdaderas actividades—, incluso lo había utilizado para enviar mercancías, pero no lo había visto nunca.

Al llegar a la estación vio una hilera de vagones que se movían lentamente junto al largo y único andén, y supuso que había llegado en el preciso instante en que un tren estaba parándose o emprendiendo su marcha. El ferrocarril funcionaba a base de un sistema de cobro automático, de modo que no era preciso adquirir previamente el billete. Una máquina proporcionaba un simple rectángulo de plástico que permitía viajar a cualquier parte del sector meridional durante un día. Se abrió paso a través de grupos de personas y montones de mercancías estacionadas en el andén, y esperó a que los vagones que se movían con lentitud acelerasen la marcha o se detuvieran del todo. Transcurrieron varios minutos antes de que se diera cuenta de que no iba a ocurrir ninguna de las dos cosas: ¡el ferrocarril de circunvalación, llamado también continuo, justificaba este último nombre!

Tallon ajustó varias veces los controles del juego de ojos hasta que captó una buena panorámica de la estación y del sistema. El cuadro que obtuvo así mostraba una hilera interminable de vagones de mercancías y de pasajeros apareciendo en la curva de la estación por el este y desapareciendo hacia el norte. Ninguno de los vagones tenía un motor ni unos controles visibles, y sin embargo avanzaban rápidamente más allá de la estación y reducían su velocidad a unos cinco kilómetros por hora cuando pasaban por delante del andén. Esto intrigó a Tallon, hasta que vio que lo que había tomado por un tercer raíl era, en realidad, una rosca giratoria montada centralmente entre los raíles que sostenían las ruedas. Entonces empezó a apreciar la belleza del sistema.

Los vagones no necesitaban ningún motor porque su energía procedía de la rosca central, que giraba a una velocidad constante accionada por unos pequeños motores magnéticos separados unos de otros de siete a ochocientos metros. Cada uno de los vagones estaba unido a lo que equivalía a una tuerca corriente, accionada a su vez por la rosca giratoria. Los vagones no necesitaban ningún control porque su velocidad de marcha estaba gobernada por un aparato cuya sencillez complajo al ingeniero que había en Tallon: cuando se acercaban a la estación, el paso de la rosca central se reducía notablemente. Esto aminoraba automáticamente la velocidad de los vagones, sin frenarla del todo.

Momentáneamente pasmado admirando la mecánica práctica de Emm Lutero, Tallon se mezcló con un grupo de jóvenes estudiantes que estaban esperando el próximo vagón de pasajeros para montar. Miraba a través de los ojos de un empleado de la estación situado detrás del grupo. Cuando el vagón se acercó Tallon avanzó hacia él con los bulliciosos estudiantes, y entonces descubrió que había pasado por alto una importante característica del ferrocarril continuo. El borde del andén era un pasillo deslizante que se movía a la misma velocidad del tren, a fin de que los pasajeros pudieran subir y bajar sin el menor riesgo.

El pie derecho de Tallon resbaló debajo de él mientras avanzaba con los estudiantes, y su cuerpo se ladeó peligrosamente, perdido el equilibrio. Brotaron airadas protestas mientras se agarraba en busca de apoyo, y finalmente cayó sobre la plata forma del vagón, golpeándose en un lado de la cabeza. Disculpándose volublemente, se dejó caer en un asiento vacío, esperando no haber llamado excesivamente la atención. Notaba unos fuertes latidos en el oído derecho, pero el dolor era una consideración secundaria. El golpe había afectado directamente a la parte de la armazón del juego de ojos que ocultaba la microbateria, y Tallon creyó haber experimentado un breve oscurecimiento de la visión en el momento del impacto. Estaba recibiendo aún la visión del empleado de la estación apostado en el andén, de modo que reseleccionó la proximidad y conectó con los ojos de uno de los estudiantes que se había sentado en el lado contrario del compartimiento. Al cabo de unos instantes Tallon se relajó; el juego de ojos no parecía haber sufrido ningún daño, y los otros pasajeros habían olvidado aparentemente su espectacular entrada.

El vagón adquirió gradualmente velocidad hasta que rodó a unos sesenta kilómetros por hora en un silencio casi absoluto. La ruta hacia el norte discurría muy cerca del mar. Ocasionalmente, las montañas del otro lado retrocedían a una distancia de hasta quince kilómetros, pero normalmente estaban mucho más cerca, limitando el espacio vital, creando las presiones que se experimentaban en la Tierra. La cinta de terreno llano era un desarrollo suburbano continuo, con centros comerciales a intervalos de kilómetros casi regulares. Al cabo de media hora se hizo visible una ruptura en el espinazo continental y otro tren similar, marchando en dirección contraria, se cruzó con aquel en el que viajaba Tallon. Vio que a su velocidad máxima los escasos palmos de espacio que separaban a los vagones en una estación se multiplicaban en la misma proporción que la velocidad de los vagones, de modo que no existía el menor peligro de que entrechocaran.

Los estudiantes se apearon en uno de los ganglios urbanos, pero la corriente de nuevos pasajeros era continua, de modo que a Tallon no le faltaban ojos para tomar prestados. Observó que las mujeres iban vestidas de un modo más atractivo y más sofisticado que en el norte, más frío, donde la austera in-fluencia de Reforma, la sede del gobierno, era más intensa. Algunas de las muchachas llevaban los nuevos visiperfumes, los cuales las rodeaban de nubes de fragancia teñidas de colores difuminados.

En un momento determinado Tallon utilizó los ojos de una joven que, a juzgar por la persistencia con que se veía a si mismo en el centro de su campo visual, estaba demostrando cierto interés hacia él. Cambió a otro par de ojos a unos cuantos asientos de distancia, y contempló a sus anchas a la mujer. Después de observar que era rubia y atractiva, Tallon, con la agradable sensación que produce un engaño llevado a cabo con éxito, volvió a cambiarse a los ojos de la rubia para averiguar hasta qué punto estaba interesada por el número de veces que le miraba.

Apaciguado por el movimiento del vagón, la cálida luz del sol, y la misma presencia de mujeres, Tallon notó el primer despertar de su instinto sexual en mucho, muchísimo tiempo. Seria estupendo, pensó vagamente, vivir de nuevo de un modo normal, nadar con las cálidas corrientes de la vida, tener a una mujer de cabellos rojizos y ojos color whisky...

Tallon desconectó su juego de ojos y durmió. Despertó ante el persistente campanilleo que resonaba en unos altavoces invisibles, y conectó de nuevo su juego de ojos. Una voz masculina anunció que el vagón estaba a punto de llegar a la ciudad de Sweetwell, el punto más septentrional del sector, y luego se desviaría hacia el este. Los pasajeros que desearan seguir viajando hacia el norte tendrían que apearse y cruzar el Estrecho Vajda en el ferry, para tomar el tren del sector central al otro lado.

Tallon había olvidado que el fondo del continente estaba separado del resto por una estrecha incursión del mar. Empezó a maldecir silenciosamente, para asombrarse a continuación del cambio que se había producido en el tras unas cuan tas horas de sentirse cómodo y seguro. La noche anterior, es taba dispuesto a arrastrarse hasta New Wittenburg sobre su manos y rodillas, en caso necesario; hoy estaba enojado por un simple transbordo durante el trayecto.

Se desperezó, y viéndose a sí mismo realizar los familiares movimientos, se dio cuenta de que la muchacha rubia estaba todavía en frente de él y todavía demostraba interés. Tallon giró el rostro hasta que le pareció mirar directamente a sus propios ojos y exhibió la mejor de sus sonrisas. La imagen de sí mismo pálido y ojeroso, quizás algo romántica, también, permaneció durante unos segundos antes de que la mirada de la muchacha se desviara hacia los edificios que desfilaban más allá de la ventanilla. Sospechó que la muchacha le había sonreído también de un modo fugaz, y suspiró de satisfacción.

Tallon se levantó viendo acercarse el andén; el hombre más próximo a la puerta del compartimiento la abrió. La muchacha se levantó al mismo tiempo, y Tallon supo que estaba son-riéndole de nuevo. En el exterior, el andén había puesto en marcha su pasillo deslizante, y ahora era absolutamente indispensable que Tallon se apeara sin caer. Había cedido el paso maquinalmente a la muchacha, pero luego recordó que si ella pasaba delante él quedaría fuera de su campo visual.

—Lo siento, señorita —murmuró en tono contrito, apartándola con el codo y adelantándose hacia la puerta. La muchacha se quedó boquiabierta, pero la brusquedad de Tallon ejerció el útil efecto de fijar la mirada femenina en su espalda. Tallon saltó al pasillo deslizante y de allí al andén. La muchacha continuó dirigiéndole furiosas miradas cuando se apeó del tren, y hasta que estuvo fuera de alcance Tallon utilizó su atención para orientarse hacia el ferry que aguardaba. Era casi mediodía y el tiempo era espléndido. Tallon volvía a tener hambre y decidió obsequiarse con una espléndida comida al otro lado del Estrecho, sin fijarse en el precio. Viajando en tren, su dinero seria más que suficiente para llegar a New Wittenburg.

El ferry resultó ser de un modelo primitivo pero muy rápido, capaz de cruzar los dos kilómetros del Estrecho en un par de minutos. Tallon encontró estimulante el corto viaje. El característico balanceo, el rugir de las turbinas, los blancos surtidores alzándose en los costados, el bullicio de los otros pasajeros en el angosto salón donde se semiapretujaban... todo contribuía a crear un alegre ambiente de vacaciones. La embarcación atracó en el muelle. Tallon se abrió paso a través del grupo de personas que esperaban para embarcar, y empezó a buscar un buen restaurante. En el muelle había un pequeño snack pero su aspecto no satisfizo a Tallon, convencido de que le cobrarían un precio exorbitante por una comida insuficiente.

Se adentró por unas empinadas calles en dirección al centro de la ciudad, disfrutando todavía la sensación de libertad. Sweetwell era una ciudad bulliciosa que recordaba un poco a la Francia provinciana en sus sofisticadas boutiques y sus cafés con terraza. Le hubiera gustado comer a la luz del sol, pero decidió no prescindir de toda precaución: era probable que su imagen hubiera aparecido en los boletines de noticias, y siempre existía la posibilidad de que alguien le mirase de cerca y empezara a hacerse preguntas. En consecuencia, eligió un restaurante tranquilo, con una muestra gótica que lo identificaba como El Gato Persa.

Los únicos clientes, aparte de él, eran dos parejas de mujeres de mediana edad sorbiendo café y fumando, con los bolsos de la compra en el suelo, a sus pies. Tallon manipuló en el juego de ojos, se situó detrás de los ojos de una de las mujeres y se vio a sí mismo avanzar y sentarse ante una mesa desocupada. Las mesas eran de madera auténtica y estaban cubiertas con unos manteles que parecían de auténtico hilo. Dos grandes gatos grises circulaban entre las patas de las sillas. Tallon que aborrecía a los gatos hizo una mueca de desagrado y deseó que uno de los clientes le echara una ojeada a la carta.

La comida, cuando finalmente llegó, era bastante buena. El filete había sido preparado tan bien que Tallon no pudo detectar el sabor a pescado. Sospechó que la cuenta estaría en consonancia con el arte culinario. Comió rápidamente, con una súbita impaciencia por encontrarse de nuevo en el tren, se bebió el café de un trago y se llevó una mano al bolsillo, en busca de su dinero.

Su cartera había desaparecido.

Tallon rebuscó maquinalmente en los otros bolsillos, sabiendo mientras lo hacía que le habían robado la cartera, probablemente durante la travesía del Estrecho. El atestado salón del ferry era un terreno de caza ideal para los carteristas, y Tallon maldijo su propio descuido. La situación era grave, ya que ahora no podía pagar la cuenta del restaurante y más tarde no podría adquirir un billete para el tren.

Demorándose con los posos de su café, Tallon decidió que si tenia que empezar a robar dinero, El Gato Persa era un lugar tan bueno como cualquier otro para hacerlo. Al parecer sólo había una camarera, que pasaba largos ratos en la cocina, dejando desatendida la caja registradora situada sobre un mostrador cerca de la puerta. Era un exceso de confianza incomprensible, pensó; casi tan incomprensible como olvidarse de sujetar la cartera en medio de una multitud.

Dos de las dientas de mediana edad continuaban en el restaurante. Esperando que se marcharan, Tallon siseó a uno de los gatos grises y lo atrajo hacia él. Levantó el pesado animal hasta su regazo, tratando de cosquillearle detrás de las orejas, y ajustó el juego de ojos para situarse detrás de los grandes ojos amarillos del animal.

Tallon temió que las otras dos clientes se quedaran hasta que entrara alguien más y arruinara su plan, pero finalmente recogieron sus bolsos y llamaron a la camarera para saldar su cuenta. Ante la sorpresa de Tallon, la persona que salió de detrás del biombo situado al fondo de la sala no fue la camarera que las había atendido, sino una morena alta de unos treinta años, que llevaba unas gafas de montura negra y un elegante vestido. Tallon decidió que era la gerente o la propietaria del restaurante. En su camino de regreso del mostrador, la morena se detuvo delante de su mesa. Tallon levantó hasta sus labios su vacía taza de café.

— ¿Puedo servirle algo más?

Tallon agitó la cabeza.

—No, gracias. Estoy saboreando su excelente café.

—Veo que le gustan mis gatos.

—Me encantan —mintió Tallon—. Son unos animales muy bellos. Este es un gato particularmente hermoso. ¿Cómo se llama?

-Ethel.

Tallon sonrió desesperadamente, preguntándose si los verdaderos amantes de los gatos son capaces de distinguir a simple vista un macho de una hembra. Se concentró en rascar la cabe/a a Ethel, y la morena, después de dirigirle una mirada suspicaz, se alejó hacia el biombo. La breve conversación había llenado a Tallon de inquietud, y decidió no perder más tiempo. Sujetó al gato y lo hizo girar, asegurándose de que el restaurante estaba desierto, y luego echó a andar rápidamente hacia el mostrador. La anticuada caja registradora produciría ruido al ser abierta, de modo que Tallon entreabrió ligeramente la puerta de la calle para hacer más rápida su fuga. Apretó una tecla y cogió febrilmente un puñado de billetes del cajón.



—Recluso Samuel Tallon —dijo suavemente una voz femenina detrás de él.

Tallon giró en redondo, con el gato debajo de su brazo, y vio a la morena elegantemente vestida. Sus ojos, detrás de las gafas de montura negra, tenían un brillo especulativo. Y le estaba apuntando directamente al pecho con una pistola automática incrustada en oro.


XI

Tallon yacía en la cama, en una completa oscuridad, escuchando los sonidos nocturnos y esperando la llegada de Amanda Weisner.



A su lado, sobre las perfumadas sedas, su perro Seymour resoplaba y gruñía en sueños, removiéndose ligeramente de cuando en cuando. Tallon acarició el duro pelo del terrier, notando el calor del pequeño cuerpo, y se alegró de haber insistido en quedarse con el perro a pesar de las objeciones de Amanda. Extendió la mano en busca de sus cigarrillos, pero cambió de idea. Había algo insatisfactorio en un cigarrillo, a menos que pudiera ver realmente el humo y la diminuta ceniza roja. Podía haber despertado a Seymour para tomar prestados sus ojos, pero le pareció una falta de consideración.

Aparte de los sentimientos de Seymour, existían motivos de orden práctico para no utilizar el juego de ojos por la noche. La sugerencia original había sido de Amanda, pero Tallon había decidido continuar con ello porque significaba un ahorro de energía para la microbatería. Por dos veces, durante su primera semana en El Gato Persa, se habían producido momentáneos oscurecimientos semejantes al que había tenido lugar cuando se golpeó la cabeza en el tren. Desde que empezó a dejar reposar el juego de ojos no se había producido ninguno más, de modo que Tallon consideró que valía la pena soportar el inconveniente de la ceguera nocturna.

Oyó que la puerta de la parte trasera del restaurante se abría y volvía a cerrarse. Aquello significaba que Amanda había hecho salir a los gatos al exterior, y que no tardaría en subir a acostarse. En su cama. Tallon cerró su puño y apretó sus nudillos fuertemente contra sus dientes.

Cuando había visto la pistola aquel primer día creyó que su suerte le había abandonado; luego, cuando supo que Amanda no iba a entregarle a la P.S.E.L. decidió que volvía a estar de su parte. Después de conocer mejor a Amanda, se dio cuenta de que había estado en lo cierto al creer lo primero.

Amanda tenía un tipo de belleza ligeramente masculina, acentuada por sus cortos cabellos negros y sus gruesas gafas. Su cuerpo era esbelto y flexible, pero lo que fascinaba a Tallon era la mente de Amanda Weisner. Aunque habían existido frecuentes contactos sexuales durante aquella primera semana, Tallon intuía que carecían de importancia para ella. Mentalmente, sin embargo, Amanda le había devorado.

Las sesiones de preguntas y respuestas se prolongaban durante horas enteras, cubriendo cada detalle de su carrera anterior, de su vida en el pabellón, de la fuga. La memoria de Amanda era excesivamente buena, y parecía capaz de archivar con tanta minuciosidad cada uno de los hechos, que tarde o temprano toda mentira o error involuntario en las respuestas de Tallon eran puestos al descubierto.

Tallon no podía comprender las motivaciones de Amanda; sólo sabia, mientras yacían juntos hablando interminablemente a lo largo de la noche, que se encontraba de nuevo en una prisión.

Ella no le amenazaba nunca con la policía, al menos de un modo directo, pero dejaba bien sentado cuál era su situación. En dos semanas no había salido del restaurante ni una sola vez, ni siquiera había cruzado la puerta del apartamento de Amanda. Seymour era la única concesión que Tallon había ganado, y únicamente después de un recio choque de voluntades. Ella le había ofrecido uno de sus ocho gatos para que lo utilizara como ojos, y había sonreído fríamente cuando él dijo que odiaba a los gatos. —Lo sabia, Sam —dijo Amanda tranquilamente—. ¿Por qué crees que me fijé en ti cuando estabas en el restaurante? Tenias a Ethel en el regazo, pero no sé quién estaba más sobre ascuas de los dos, si Ethel o tú. Resulta muy difícil engañar a un gato.

—Especialmente si se trata de uno de tus gatos —murmuró Tallon.

Amanda le había mirado con aire insolente, y cuando por fin le trajo el terrier de pelo blanco, insinuó que no se hacía responsable de su seguridad en presencia de sus gatos. Tallon había aceptado el perro con gratitud, y revelando una latente debilidad por los juegos de palabras, le había bautizado con el nombre de Seymour. Desde entonces, el botón número uno del juego de ojos había sido asignado permanentemente al perro.

El juego de ojos había fascinado a Amanda. Había insistido en que Tallon le explicara minuciosamente cómo estaba construido, e incluso había intentado utilizarlo, privando de él a Tallon durante horas enteras mientras ella exploraba el mundo de su familia de gatos. Cuando Amanda cerraba los ojos el aparato funcionaba bastante bien para ella, salvo que ocasionalmente perdía la imagen debido a que sus córneas carecían de las placas metálicas que actuaban como referencias de enfoque. Tallon se había visto obligado a permanecer sentado, désvalidamente ciego, mientras Amanda estaba tumbada en el suelo llevando el juego de ojos. Tallon oía los susurrantes sonidos mientras el largo cuerpo de Amanda se enroscaba y desenroscaba extáticamente sobre las gruesas alfombras con diminutos ruidos gatunos brotando de su esbelta garganta. Y lo único que podía hacer era cerrar su puño y apretar fuertemente los nudillos contra sus dientes.

La puerta del dormitorio se abrió y Tallon oyó entrar a Amanda.

— ¿Duermes ya, cariño?

—Todavía no. Pero estaba a punto de quedarme dormido.

Tallon oyó los leves crujidos de la electricidad estática en las ropas de Amanda mientras se desvestía. Si al menos ella hubiera dejado pasar una noche sin las insoportables exigencias amorosas donde el amor no existía, sus relaciones hubieran sido más tolerables. Pero Amanda se mostraba más exigente, más insistente que nunca desde que él había iniciado su retorno nocturno a la ceguera. Tallon sospechaba que ello se debía a que su indefensión sin el juego de ojos satisfacía en Amanda alguna necesidad psicológica.

—Cariño, ¿otra vez tienes a ese perro asqueroso a tu lado?

—Seymour no es asqueroso.

—Si tú lo dices, cariño... Pero, ¿tiene que dormir en nuestra cama?

Tallon suspiró mientras colocaba al perro en el suelo.

—Me gusta tener a Seymour cerca de mí. ¿No tengo ningún privilegio en este lugar?

— ¿Qué privilegios tenías en el Centro, cariño?

La inevitable coletilla, pensó Tallon. ¿Cómo se las había arreglado? ¿Cómo, en una ciudad de más de un millón de habitantes como Sweetwell, había ido a caer precisamente en manos de Amanda Weisner? Aunque, reflexionó sombríamente, Sam Tallon siempre había encontrado Amandas en todas partes. ¿Cómo había empezado como físico y terminado trabajando para el Bloque? ¿Cómo, de todos los empleos seguros que estaban a su alcance, había escogido el que había de situarle tan exactamente en el lugar equivocado en el momento equivocado?

La noche era muy cálida, ya que la primavera había llegado muy pronto al extremo meridional del largo continente. A medida que transcurrían las horas, Tallon trataba de liberarse del duelo físico con Amanda dejando que su mente volara hacia arriba, a través del techo y del tejado, hasta donde pudiera ver el lento girar de constelaciones desconocidas. En el callejón, detrás del restaurante, los grandes gatos merodeaban y maullaban, tal como habían hecho siempre sus antepasados en la Tierra, contándose unos a otros mitos gatunos para explicar la ausencia de la luna, que había dorado sus ojos durante un millar de siglos.

Ocasionalmente, los maullidos se hacían más furiosos cuando macho y hembra se unían salvajemente, obedeciendo a un instinto más antiguo que la luna y tan universal como la materia. Tallon se dio cuenta de que el cuerpo de Amanda, una y otra vez, respondía a los feroces estallidos, y sentía inundada su mente por oleadas de disgusto. Si huía de su lado, Amanda acudiría a la policía, estaba completamente seguro. Podía matarla... pero sus empleados del restaurante notarían su ausencia en cuestión de horas. Y sin embargo, tenía que considerar la posibilidad de que Amanda se cansara de él y le denunciara, hiciera lo que hiciera.

Moviéndose inquieto en la oscuridad, Tallon rozó la cara de Amanda con su mano y toco la lisura del plástico, los bordes de diminutas proyecciones. Inmediatamente, los dos cuerpos se inmovilizaron.

— ¿Qué era eso? —Tallon habló en voz baja para enmascarar el frío que amanecía en su mente.

— ¿Qué era qué, cariño? ¿Te refieres a mis viejas gafas? Había olvidado que las llevaba.

Tallon meditó unos instantes sobre aquellas palabras, fingiendo relajarse, y luego arrancó las gafas del rostro de Amanda y las colocó delante de sus propios ojos. Tuvo una visión fugaz de la jungla nocturna a través de la cual se movían los grandes gatos, antes de que Amanda volviera a quitarle el juego de ojos.

Maullando de rabia, Amanda atacó, utilizando uñas y dientes con tanta naturalidad y eficacia como lo hubiera hecho uno de sus gatos. Tallon estaba en desventaja, por su ceguera y por su miedo a aplastar accidentalmente el juego de ojos, que había caído sobre la cama al lado de ellos.

Soportando estoicamente los arañazos que desgarraban su piel, Tallon buscó a tientas el juego de ojos, lo encontró, y lo puso a salvo debajo de la cama. Luego dominó a Amanda sujetando su garganta con su mano izquierda y descargando lentos y rítmicos puñetazos en su rostro con la derecha. Incluso cuando Amanda perdió el sentido siguió golpeándola, buscando venganza por cosas que apenas comprendía.

Diez minutos más tarde, Tallon abrió la puerta principal de El Gato Persa y salió a la calle. Echó a andar rápidamente, con el paquete abastecido de nuevo golpeando sólidamente su espalda y un Seymour soñoliento debajo del brazo. Quedaban cinco horas de oscuridad durante las cuales podría viajar hacia el norte, pero tenía la impresión de que la caza se iniciaría mucho antes de que amaneciera.

XII


Tallon se encontraba en los suburbios de la ciudad cuando oyó el solitario repiqueteo de un helicóptero. Sus luces de navegación derivaron a través del cielo, muy altas en la grisácea claridad del amanecer. En una tecnología que había aprendido a negar la propia gravedad, el helicóptero era un aparato tosco, pero seguía siendo la máquina de despegue vertical más eficaz que se había inventado hasta entonces, y no era probable que se prescindiera de ella mientras algunos hombres tuvieran que andar huidos y otros tuvieran que cazarles como águilas.

Manteniendo erguida la cabeza de Seymour, Tallon contempló la solitaria luz perdiéndose de vista más allá del horizonte septentrional. Amanda no había perdido tiempo, pensó. Ahora que toda esperanza de no ser denunciado a la policía se había desvanecido, Tallon empezó a buscar un lugar seguro para esperar a que transcurriera el día a punto de nacer. Avanzaba por una pista de segunda clase para vehículos a motor, bordeada en uno de sus lados por árboles nativos y en el otro por palmeras procedentes de semillas importadas y que mostraban un deficiente desarrollo debido a la superior gravedad de Emm Lutero. A aquella hora temprana el tráfico era prácticamente inexistente, limitándose a algún ocasional automóvil particular que viajaba a gran velocidad, dejando turbulento estelas de polvo y de hojas secas.

Tallon se mantenía cerca de los árboles, ocultándose cada vez que veía los faros de algún vehículo, y examinaba los silenciosos edificios buscando un lugar propicio para dormir. A medida que dejaba Sweetwell atrás, los bien cuidados jardines de las fábricas eran reemplazados gradualmente por pequeños bloques de viviendas y luego por casas particulares pertenecientes a las personas más adineradas. Los recortados céspedes resplandecían a la luz de la pista. Varias veces, mientras andaba, su visión de lo que le rodeaba pareció difuminar-se, y susurró severamente a Seymour, apremiando al terrier a mantenerse alerta. Pero al final tuvo que admitir que el fallo estaba en el juego de ojos. Empujó con el dedo la diminuta guía que controlaba la potencia y quedó desconcertado al descubrir que se encontraba casi al final de su ranura. Parecía como si el daño que había sufrido la batería de alimentación fuera de efectos progresivos, en cuyo caso...

Tallon descartó la idea y se concentró en encontrar un lugar para pasar el día. Empezaban a aparecer luces en las ventanas cuando abrió la puerta de un cobertizo rodeado de arbustos en la parte posterior de una de las viviendas más espaciosas. La oscuridad en el cobertizo estaba llena del nostálgico olor a tierra seca, herramientas de jardinería y aceite de máquinas. Tallon se instaló en un rincón, con Seymour, y sacó algunas de sus nuevas pertenencias. Tenía la automática incrustada en oro de Amanda Weisner, comida suficiente para varios días, un fajo de billetes, y un aparato de radio. A una hora más avanzada del día, mientras yacía en su universo privado de negrura, con el juego de ojos desconectado, pudo captar los primeros boletines de noticias.

El Recluso Samuel Tallon, decían, seguía con vida y había alcanzado la ciudad de Sweetwell. Tallon, convicto de espionaje para la imperialista Tierra, había penetrado en un restaurante de Sweetwell, había atacado y violado a la propietaria, y había desaparecido con la mayor parte de su dinero. Se confirmaba que el recluso en fuga, a pesar de ser ciego, estaba equipado con un aparato basado en el principio del radar que le permitía ver. Era descrito como un individuo armado y peligroso.

Tallon sonrió sarcásticamente. El detalle de la violación era particularmente irónico, procediendo de Amanda. Logró dormitar durante la mayor parte del día, despertando del todo únicamente cuando los leves gruñidos de Seymour anunciaban que alguna persona andaba cerca del cobertizo. Pero no entró nadie, y Tallon acabó por dejar de pensar en lo que haría si entraba alguien. La filosofía de Winfield de que un hombre tenia que desenvolverse lo mejor que pudiera en el presente, sin pensar en el futuro, no resultaba especialmente atractiva para Tallon, pero era la única que podía aplicarse en las actuales circunstancias.

Al atardecer recogió a Seymour y el paquete y abrió cautelosamente la puerta. Cuando estaba a punto de salir, un automóvil de color ciruela penetró en la finca y fue a detenerse delante del edificio principal. Un joven robusto se apeó, con su chaqueta colgada del brazo, y saludó con la mano a alguien de la casa que estaba más allá del campo visual de Tallon. El joven echó a andar hacia la entrada, se detuvo junto a un macizo de flores cantarinas de color azul celeste, y se inclinó para arrancar una mala hierba. Al contacto de sus dedos las flores iniciaron un canturreo suave y melancólico que fue claramente audible en los oscuros límites del cobertizo.

Las flores cantarinas eran una variedad nativa que se alimentaba de insectos, utilizando el lastimero canturreo para atraer o arrullar a sus víctimas. A Tallon nunca le habían gustado. Escuchó impasible unos instantes, manteniendo el ojo de Seymour pegado a la estrecha abertura de la puerta. El hombre robusto descubrió otras malas hierbas y las arrancó; luego, murmurando furiosamente, se encaminó al cobertizo. Tallon sacó la automática de su bolsillo, la cogió por el cañón y esperó, mientras los crujientes pasos se acercaban al otro lado de la puerta.

Este era exactamente el tipo de suceso que había esperado evitar. Había sido entrenado para derrotar a casi cualquier adversario en un combate físico; pero el tener los ojos sujetos bajo el brazo establecería una gran diferencia.

Tensó todo su cuerpo mientras la aldaba de la puerta se movía.

— ¡Gilbert! —gritó una voz de mujer desde la casa—. Cámbiate de ropa si vas a trabajar en el jardín. Lo prometiste.

El hombre vaciló durante dos o tres segundos, antes de dar media vuelta y alejarse en dirección a la casa. Cuando desapareció de su campo visual, Tallon se deslizó fuera del cobertizo y se dirigió hacia la carretera.

Caminó durante cuatro días, pero el deterioro del juego de ojos era cada vez más acusado. Al final de la cuarta noche, las imágenes que captaba eran tan débiles que casi se las hubiera arreglado mejor con la lámpara sonar. Su nombre había desaparecido gradualmente de los boletines de noticias, y hasta entonces no había visto a un solo agente de la P.S.E.L., ni tampoco de la policía civil. Decidió empezar a viajar de nuevo a la luz del día.

Tallon anduvo durante tres días más, sin atreverse a parar a ninguno de los vehículos que circulaban por la carretera. Ahora tenía mucho dinero, pero el peligro de comer en restaurantes o incluso en el mostrador de un bar parecía demasiado grande, de modo que vivía del pan y de las conservas que se había llevado de El Gato Persa, y bebía agua en las fuentes ornamentales que encontraba a lo largo del camino.

Viéndolo desde la perspectiva de un caminante, Tallon se daba cuenta, como nunca hasta entonces, de la desesperante necesidad de terreno de Emm Lutero. La densidad de la población no era particularmente elevada, pero si completamente uniforme: los complejos residenciales, entreverados de centros comerciales e industriales, se extendían sin fin, llenando cada kilómetro cuadrado de terreno llano que el continente podía ofrecer. Únicamente en los lugares donde las mesetas emergían en un entorno montañoso hostil, las oleadas de edificios prefabricados se batían en retirada. Se habían realizado algunas tentativas para convertir las tierras altas en zonas de cultivo, pero el verdadero espacio agrícola del planeta era el océano.

Tallon había recorrido casi dos centenares de kilómetros antes de darse cuenta de que podría ver con dificultades durante quizá un par de días más, y luego volvería a quedar ciego... con casi mil quinientos kilómetros por delante.

El único y débil rayo de esperanza era que el Bloque supiera que estaba fuera del Pabellón. Todos los miembros de la red tratarían de localizarle, aunque la organización no había sido nunca poderosa en Emm Lutero. New Wittenburg era el único punto de entrada al planeta, y la P.S.E.L. establecía automáticamente un servicio de vigilancia en torno a todo terrestre que solicitaba la carta de residencia. Era posible que en aquellos momentos agentes muy eficaces estuvieran siendo capturados debido al relajamiento de sus precauciones en sus esfuerzos para intentar localizar a Tallon. Decidió mantenerse en la carretera un día más y dirigirse de nuevo hacia el ferrocarril.

El día siguiente transcurrió sin novedad. Tallon tenía consciencia de que ninguno de los boletines de noticias había dado una descripción adecuada del juego de ojos, aunque Amanda había podido facilitarla. Imaginaba que se estaba ejerciendo algún tipo de censura, tal vez para evitar un escándalo oficial por el hecho de que unos peligrosos presos políticos hubieran dispuesto de medios para fabricar unos ojos artificiales altamente sofisticados. Tenía la impresión de que Helen Juste podía encontrarse en dificultades; pero lo esencial, en lo que a Tallon respecta, era que el público en general no tenía la menor idea de lo que estaba buscando. Cualquiera lo bastante interesado como para buscar a alguien que utilizara "un aparato basado en los principios del radar" podría esperar razonablemente ver a un hombre con una caja negra y una antena giratoria en la cabeza. En cambio, las gafas eran un espectáculo muy corriente, que nunca fueron reemplazadas del todo por las lentillas de contacto; y Tallon, con su polvoriento y anónimo uniforme, encajaba en la mayoría de los ambientes. Lo inconspicuo de su aspecto había sido una de sus mejores bazas como agente del Bloque.

El día siguiente fue ligeramente más frío y llovió un poco, la primera lluvia que Tallon había visto desde su detención. Su ruta no le había alejado nunca demasiado del sistema ferroviario costero, y ahora empezó a marchar de nuevo hacia el océano. La nebulosidad del día oscurecía aún más las imágenes que proporcionaba el averiado juego de ojos, y Tallon apresuró el paso para aprovechar en todo lo posible la cantidad de luz que le quedaba. A última hora de la tarde tuvo una fugaz visión del océano, y poco después divisó el brillo de los raíles del ferrocarril.

Desviándose oblicuamente hacia el norte, donde suponía que se encontraba la próxima estación del ferrocarril, Tallon se dio cuenta de que se estaba acercando al primer complejo industrial realmente grande que había visto en su viaje. Más allá de una alta verja los dentados tejados de una fábrica se extendían por espacio de casi dos kilómetros antes de terminar en un bloque que evidentemente albergaba los servicios de diseño y de administración. El rugido de unas potentes máquinas acondicionadoras de aire llegó a oídos de Tallon mientras andaba junto a la verja, intrigado ante el contraste entre esta enorme planta y las típicas industrias familiares que prevalecían aún en Emm Lutero. Pasaron varios camiones de color verde oscuro, aminorando la marcha para cruzar una entrada intensamente iluminada y controlada por unos guardianes a unos cien metros de distancia, y Tallon vio fugazmente los emblemas libro-y-estrella que los identificaban como propiedad del gobierno.

Tallon empezaba a comprender. Aquel inmenso y ruidoso complejo era uno de los factores que le habían conducido a su actual situación. Formaba parte de la cadena de fábricas gubernamentales que absorbían lo mejor de la tecnología del planeta en un programa de producción en masa para exploraciones interestelares.

Aquí se construían piezas para las naves robot fantásticamente caras que despegaban de Emm Lutero al ritmo de una cada cincuenta y cinco segundos, un año sí y otro también. Más de medio millón de lanzamientos al año —tantos como los efectuados por la propia Tierra—, dirigidos a solitarios destinos de tránsitos-parpadeo. El planeta se había desangrado a si mismo en el esfuerzo, pero había obtenido la recompensa de un nuevo mundo.

Ahora, las fábricas estaban siendo transformadas para la producción de todo lo necesario para poner en marcha Aitch Mühlenberg antes de que la Tierra pudiera intervenir. La superficie terrestre del nuevo mundo era todavía un secreto, pero si Emm Lutero podía instalar dos colonos, con apoyo material, por cada kilómetro cuadrado antes de que cualquier otra potencia pudiera llegar allí, el planeta sería enteramente suyo, de acuerdo con las leyes interestelares. Irónicamente, las leyes estelares habían sido promulgadas principalmente por la Tierra, pero aquello había ocurrido hacia muchísimo tiempo, cuando el planeta madre no había previsto la emancipación de sus hijos.
El coche patrulla de la policía avanzaba lentamente, diríase que como adormilado, cuando pasó junto a Tallon. Llevaba a dos oficiales uniformados delante y dos agentes de paisano detrás. Estaban fumando cigarrillos con una apacible concentración, a la espera de su inmediato relevo, y Tallon adivinó que lamentaban haberle visto por el modo de pararse el coche, casi a regañadientes. Incluso vacilaron antes de apearse y echar a andar hacia él: cuatro agentes de una pequeña ciudad, que podían ver enfriadas sus cenas si este polvoriento desconocido resultaba ser el hombre al que la policía tenía orden de buscar.

Tallon también lo lamentaba. Miró a lo largo de la desierta carretera y luego inclinó la cabeza y echó a correr hacia la entrada de la fábrica. Estaba a unos veinte metros delante de él, de modo que tuvo que avanzar hacia los policías durante unos segundos. Ellos apresuraron el paso, mirándose unos a otros, y luego empezaron a gritar mientras Tallon cruzaba la entrada y corría hacia el edificio más próximo. Estorbado por la carga del paquete y del perro, Tallon avanzó guiado por el puro instinto, y quedó sorprendido cuando alcanzó las altas puertas sin novedad. Espiando a través de la angosta abertura, miró hacia la verja y vio que los guardianes de la fábrica se habían movilizado y estaban discutiendo con los policías.

En el interior de la espaciosa nave, hileras de bastidores de almacenaje contenían tambores de plástico amarillo, baterías para unidades electrónicas herméticamente selladas. Tallon corrió a lo largo de un pasillo, giró en uno de los pasadizos transversales más estrechos y trepó a uno de los bastidores, ocultándose entre los cilindros. Que él supiera, no había nadie en la nave cuando entró. Sacó la automática y rodeó la culata con su mano, súbitamente consciente de lo inútil que era para un hombre con su defecto particular. Era más que dudoso que lograra persuadir a Seymour de que fijara la mirada en un blanco el tiempo suficiente como para permitirle acertar ni si quiera a un elefante.

Mientras se aquietaba el tumultuoso latir de su corazón, pasó revista a su situación. Nadie había entrado aún en el edificio, pero ello se debía probablemente a que lo estaban rodeando. Cuando más tiempo esperase, menos posibilidades tendría de escapar. Tallon descendió del bastidor y corrió hacia el extremo contrario a aquel por el que había entrado. Estaba casi a oscuras, peí o pudo ver que las paredes del edificio consistían en una serie de puertas correderas superpuestas. Cada una de las enormes puertas tenía incrustada una puerta de tamaño normal, lo cual significaba que podía salir por cualquier parte... con tal de que eligiera una salida que no tuviera a alguien esperándole al otro lado.

Casi al final de la nave se acercó a una de las puertas pequeñas, vaciló por espacio de un segundo, y empezó a abrirla lentamente. Se oyó un ominoso crack y algo caliente cayó sobre sus hombros. Tallon se apartó de un salto de la puerta, que ahora mostraba un orificio redondo en el lugar en el que se había fundido el metal. Seymour estaba aullando de miedo y arañando el costillar de Tallon, mientras que en el exterior los chillidos roncos de las sobresaltadas aves marinas ahogaban los ecos del disparo.

Se había equivocado de puerta, pensó Tallon, aturdido. Corrió hacia el extremo de la nave y agarró el pomo de otra puerta, pero no se abrió. La persona invisible que había disparado contra él esperaría probablemente a que repitiera su tentativa de salir, y podía estar esperándole al otro lado de aquella misma puerta. Tallon avanzó a través del extremo de la nave hacia otra puerta, pero se dio cuenta de que sus adversarios imaginarían también aquel movimiento. Podía regresar a la primera puerta, pero estaban transcurriendo valiosos segundos mientras él se entregaba al juego de las suposiciones; llegarían refuerzos, y lo tendrían todo a su favor. Tallon ni siquiera podía ver para disparar contra ellos, porque tenía que utilizar los ojos de... ¡Desde luego!

Los dedos de Tallon pulsaron los botones del selector del juego de ojos. A la quinta tentativa se encontró en el exterior, volando en el aire oscurecido, mientras debajo de él las figuras apenas entrevistas de dos hombres se movían a lo largo de la pared de la nave. Su vuelo en espiral le llevó más arriba... una ojeada a lo largo de uno de los costados... más figuras corriendo... un vertiginoso descenso... otro costado del mismo edificio... pequeños camiones estacionados cerca de la pared, pero ningún hombre a la vista-Tallon reseleccionó los ojos de Seymour, se orientó, y corrió hacia la pared más cercana. Abrió una puerta, salió, corrió entre dos camiones vacíos, cruzó una calzada, y entró en una nave como la que acababa de abandonar. También aquí había hileras de bastidores, pero esta nave estaba brillantemente iluminada y por varios de sus pasillos circulaban carretillas que transportaban la carga a los camiones estacionados en el exterior. Tallon se obligó a si mismo a andar lentamente a través de la nave. Ninguno de los conductores de las carretillas pareció fijarse en él, y llegó al otro lado y salió al frío aire del anochecer sin ninguna dificultad.

El edificio siguiente estaba tan desierto como el primero. Cuando salió de él. Tallon consideró que se había alejado lo suficiente del centro de actividad como para andar al descubierto. Avanzó por una avenida, alejándose de la parte delantera del complejo industrial. En la esquina, el moribundo juego de ojos le proporcionó una vista borrosa de pequeños edificios dispersos, corrales, grúas, pilones, farolas. Al noroeste, los curvados hocicos de dos hornos se recortaban contra el cielo color índigo. Aullaban sirenas, grandes puertas se cerraban de golpe, vehículos con brillantes faros afluían hacia las entradas.

Tallon se dio cuenta de que había tenido mucha suerte al encontrarse cerca de la pesadilla industrial cuando tuvo que huir. Tenía consciencia de un cálido reguero de sangre deslizándose por su espalda, y comprobó que sus piernas se doblaban debajo de él, y que estaba al borde de la ceguera.

Lo lógico ahora, pensó Tallon, sería rendirse... salvo que la lógica no entraba en sus cálculos.

Avanzó diagonalmente a través de la zona de la fábrica, tambaleándose un poco, apoyándose contra las paredes cuando el andar se hacía demasiado dificultoso. Tallon sabía que ofrecería una imagen lamentable a cualquiera que le viese, pero tenía dos cosas a su favor: en las grandes empresas propiedad del Estado los empleados tienden a ver únicamente lo que concierne a su trabajo, y al final de un turno ven todavía menos.

Transcurrieron una o dos horas; Tallon se encontró entonces en la vecindad de las cubas de los altos hornos. Consciente de que tendría que tumbarse en el suelo muy pronto, eligió su camino a través de hacinas de combustible traidoramente resbaladizas y alcanzó la parte posterior de los hornos, buscando un lugar caliente. La valla que señalaba el perímetro trasero de la zona se erguía encima de una selva de plantas trepadoras. Tallon supuso que estaba lo más lejos posible de los policías y de los guardianes de la fábrica, y buscó un lugar para descansar.

Entre los hornos y la valla, las plantas trepadoras y la hierba crecían sobre montones de cajas de embalaje y oxidados armazones de metal, que parecían las piezas dispersas de un rompecabezas. Los grandes fuegos ardían en silencio en sus hornos de cerámica, pero el calor de las cubas se proyectaba a toda la zona. Tallon examinó varios de los montones cubiertos de vegetación antes de encontrar un agujero lo bastante grande como para ocultarse. Se deslizó trabajosamente en el polvoriento orifico y volvió a colocar una pantalla de hierba sobre la entrada.

Palpando a su alrededor, descubrió que podía tenderse cuan largo era en el limitado espacio. Extendió su brazo y comprobó que había un túnel que conducía hacia el centro de la cuba, con el techo y las paredes levantados con materiales de desecho. Tallon se deslizó un poco más adentro, hasta que el esfuerzo resultó excesivo. Entonces se desprendió del paquete, apoyó su cabeza encima de él, desconectó el juego de ojos y dejó que todo el hediondo universo se alejara de él.

—Hermano —dijo una voz en la impenetrable oscuridad—, no te has presentado a ti mismo.
Eran cuatro: Ike, Lefty, Phil y Denver.

La gran atracción, explicó Ike, era el calor. En toda sociedad humana habían unos cuantos que no estaban equipados para aprobar la asignatura, que carecían de la voluntad y de la fuerza necesarias para trabajar. De modo que vivían de las migajas que caían de las mesas de los hombres ricos. Siempre se encuentran algunos de ellos en aquellos escasos lugares en los que una o más de las necesidades de la vida pueden ser satisfechas tendiendo una mano y simplemente esperando. Aquí caían migajas de calor, que en una larga noche de invierno podían significar la diferencia entre dormir y morir.

—Quieres decir —murmuró Tallon— que sois vagabundos.

—Es una cruda manera de expresarlo —respondió Ike con su voz gangosa—. ¿Tienes algo más de ese delicioso pan duro? Tostado por la Naturaleza, lo llamo yo.

—No lo sé —a Tallon le dolía la espalda y estaba muerto de sueño—. ¿Cómo podría saberlo a oscuras, en cualquier caso?

La voz de Ike sonó desconcertada.

—Pero, hermano, tenemos encendida nuestra lumilámpara. ¿No puedes mirar en tu bolsa? Tenemos hambre. Tus nuevos amigos están hambrientos.

—Lo siento, nuevo amigo. Estoy demasiado cansado para mirar, y aunque no estuviera demasiado cansado daría lo mismo, porque... —Tallon hizo el esfuerzo— soy ciego.

Era la primera vez que lo anunciaba a alguien.

—Lo siento —Ike pareció lamentarlo de veras. Siguió un largo silencio; luego, Ike inquirió—: ¿Puedo hacerte una pregunta, hermano?

— ¿De qué se trata?

—Esas pesadas gafas grises que llevas... ¿por qué los hombres ciegos han empezado a llevar pesadas gafas grises? ¿De qué les sirven si no tienen ojos?

Tallon alzó su cabeza unos cuantos centímetros.

— ¿Qué quieres decir?

—Que no le veo la utilidad de llevar...

— ¡No! —le interrumpió Tallon—. ¿A qué te referías al decir que los hombres ciegos han empezado a llevar pesadas gafas grises?

-Bueno, hermano, el tuyo es el segundo par que he visto esta semana. A unos veinte kilómetros al norte de aquí hay una finca propiedad de un hombre muy rico que es ciego Denver y yo saltamos a menudo el muro de la finca, porque nos gusta la fruta. Allí los árboles frutales están sobrecargados, de modo que hacemos una buena obra al aliviarles de sus pesos. Están los perros, desde luego, pero durante el día...

—Las gafas —volvió a interrumpirle Tallon—, ¿Qué pasa con las gafas?

—A eso iba, hermano. Esta semana vimos al ciego. Estaba paseando por uno de los huertos y llevaba unas gafas como las tuyas. Y ahora que pienso en ello, andaba como un hombre que puede ver...

Una oleada de excitación inundó a Tallon.

— ¿Cuál es su nombre?

—Lo he olvidado —respondió Ike—. Creo que está emparentado con el propio Moderador, y que es matemático o algo por el estilo. Pero no recuerdo su nombre.

—Su nombre —intervino Denver— es Cari Juste.

— ¿Por qué lo preguntas, hermano? —inquirió Ike—. ¿Piensas que podría ser un amigo tuyo?

—No, exactamente —dijo Tallon fríamente—. Soy más bien un amigo de la familia.

XIII


El precio de Ike para actuar como guía era de cien horas.

La cifra sorprendió a Tallon. En los dos años de estancia en Emm Lutero había ido acostumbrándose a la radical "democracia fiscal" que el gobierno había impuesto poco después de acceder al poder en 2168. La forma original y más pura ordenaba que por cada hora que un hombre trabajaba, fuera cual fuese su ocupación, debía cobrar una unidad monetaria llamada "una hora". Esa unidad estaba dividida, como el reloj luterano, en cien minutos; la fracción más pequeña era el cuarto: la cuarta parte de un minuto, o veinticinco segundos.

Cuando quedó sofocado el levantamiento que precedió y fue causa del término del mandato de la Tierra, el Moderador Temporal había considerado necesario modificar considerablemente el sistema. Se habían añadido cláusulas de compleja factorización, permitiendo que aquellos que aumentaban eficazmente su contribución a la economía con su esfuerzo personal pudieran cobrar más de una hora por hora. Pero el tope absoluto era un factor tres, lo cual era el motivo de que en Emm Lutero hubiera tan pocas empresas privadas importantes: el incentivo era limitado, tal como el Moderador se proponía que fuera.

Para acercarse al factor tres, un hombre debía poseer las más altas calificaciones profesionales y utilizarlas en su trabajo... pero aquí había un ocioso vagabundo llamado Ike exigiendo lo que Tallon calculaba muy por lo bajo como factor diez. —Sabes que eso es inmoral —dijo Tallon, preguntándose si poseía aquella suma. Se había olvidado de contar el fajo de billetes que había robado en El Gato Persa.

—No tan inmoral como hubiese sido robarte el dinero mientras dormías y desaparecer con él.

—Es evidente que has comprobado que tengo ese dinero. Por simple curiosidad, ¿a cuánto asciende mi capital?

Ike trató de fingir que estaba avergonzado.

—A unas noventa horas.

—Entonces, ¿cómo puedo pagarte cien?

—Bueno... tienes un aparato de radio.

Tallon rió amargamente. Suponía que debía considerarse afortunado. Era ciego, y la herida a través de sus hombros le causaba intolerables dolores cada vez que se movía. Los cuatro vagabundos podían haberle desvalijado durante la noche; de hecho, resultaba sorprendente que estuvieran dispuestos a hacer algo a cambio de su dinero.

— ¿Por qué estáis dispuestos a ayudarme? ¿Sabéis quién soy?

—Lo único que realmente sabemos de ti, hermano, es lo que deduzco de tu acento —dijo Ike—. Eres de la tierra, lo mismo que nosotros. Este era un mundo estupendo hasta que ese puñado de hipócritas esgrimidores de la Biblia se impusieron e hicieron imposible para un hombre ganar un decente sueldo diario por un decente trabajo diario.

— ¿Cuál era tu trabajo?

—Ninguno, hermano. Motivos de salud. Pero eso no cambia las cosas, ¿no es cierto? Si hubiera estado trabajando no habría obtenido por mi trabajo un sueldo decente en buenos solares, ¿no es cierto? Denver vendía astillas de la Verdadera Cruz...

—Hasta que cerraron su planta de producción, supongo —dijo Tallon en tono impaciente—. ¿Cuándo podéis llevarme a la finca de Juste?

—Bueno, tendremos que permanecer aquí durante el resto del día. Te pasaremos al otro lado de la valla al anochecer. Después de eso sólo es cuestión de andar. No podemos marchar a lo largo de los bulevares, desde luego, pero llegaremos allí antes del amanecer.

Antes del amanecer, pensó Tallon; o, si no lograba que Cari Juste le devolviera su juego de ojos, antes de la caída de la noche definitiva. Se preguntó si el hombre que lo tenía era el padre o un hermano de Helen Juste.

—De acuerdo —dijo—. Podéis tomar el dinero.

—Gracias, hermano. Ya lo tengo.

A petición de Tallon, Ike le permitió efectuar la caminata nocturna con el juego de ojos desconectado para ahorrar sus últimas reservas de vista y poder disponer de ellas cuando llegara a la finca. Le acompañaron solamente Ike y Denver, y cada uno de ellos agarró uno de sus brazos.

Mientras sus dos compañeros le guiaban a través de una abertura de la valla cubierta por la vegetación y hacia las silenciosas avenidas del exterior, Tallon se preguntó cómo los hombres de aquella raza habían sobrevivido a los siglos sin cambiar. El ininterrumpido desarrollo de la civilización no parecía haberles afectado; vivían y morían exactamente igual que los vagabundos de épocas remotas. Si la raza humana perduraba durante otro millón de años, tal vez al final de aquel periodo seguirían existiendo hombres como aquellos.

—A propósito —preguntó Tallon—, ¿qué haréis con todo ese dinero?

—Comprar comida, desde luego —respondió Ike, aparente mente sorprendido.

— ¿Y cuando se haya terminado?

—Viviremos.

—Sin trabajar —dijo Tallon—. ¿No sería más fácil aceptar un empleo?

—Desde luego que sería más fácil aceptar un empleo, hermano, pero yo no voy a ir contra mis principios.

— ¡Principios! —rió Tallon. —Sí, principios. El que no le paguen a uno buenos y decentes solares ya es bastante malo, pero el absurdo sistema empeora la cosa.

— ¿Cómo? A mí me parece una idea razonable.

—Me asombra oírtelo decir, hermano. La factorización en sí es una buena idea, pero ellos la aplican al revés.

— ¿Al revés? —Tallon no estaba seguro de si Ike estaba expresando una opinión sincera... o tomándole el pelo.

—Eso es lo que he dicho —Ike no bromeaba—. Pasa en la Tierra también. Tomemos a alguien como un cirujano. Ese hombre quiere ser cirujano, no haría ningún otro trabajo en el mundo, y sin embargo le pagan diez o veinte veces más que a algún pobre individuo que está realizando un trabajo que odia. No es justo que alguien como... ¿quién es el jefe de la Tierra en estos momentos?

—Caldwell Dubois —dijo Tallon.

—Bueno, a él le gusta ser jefe, de modo que, ¿por qué ha de ganar mucho más dinero que alguien que atiende a una máquina que le resultara aborrecible? No, hermano, tendría que haber una especie de revisión psicológica cada año para todos los que trabajan. Cuando la revisión demostrara que a alguien empieza a gustarle su trabajo, deberían rebajarle el sueldo, y eso proporcionaría dinero extra para otro individuo que odiara su trabajo un poco más que el año anterior.

—Le transmitiré tus ideas a Caldwell Dubois la próxima vez que le vea.

—Vaya, tenemos aquí a una verdadera celebridad —dijo Denver—. Después de tomarse unas copas con Juste, va a cenar con el presidente de la Tierra.

— Hablando de principios —le dijo Tallon a Ike—, ¿te permitirían los tuyos devolverme un poco de dinero para un billete de tren?

—Lo siento, hermano. Los principios son los principios, pero el dinero es el dinero.

—Lo suponía. Tallon avanzaba a ciegas, permitiendo que le arrojaran sin ceremonia a jardines o portales cada vez que pasaba un automóvil. Los dos hombres habían aceptado sin hacer preguntas su necesidad de evitar que le vieran, y le llevaron hasta la finca de Juste sin novedad. Tallon se preguntó si, a pesar de lo que Ike había dicho, sabían realmente quién era. Ello explicaría su buena disposición para ayudarle, y también el desenfado con el que se aprovechaban de él.

—Ya hemos llegado, hermano —dijo Ike—. Esta es la verja principal. Se hará de día dentro de una hora, de modo que no intentes entrar a oscuras. Los perros son peligrosos.

—Gracias por la advertencia, Ike.


Tallon se soltó de los barrotes de la verja de acero macizo y se dejó caer al suelo. A la grisácea media luz se vio a sí mismo a través de los ojos de Seymour, que se había deslizado ya a través de los barrotes y esperaba pacientemente mientras Tallon se encaramaba a la verja. El juego de ojos, sin utilizar durante un día y medio, estaba proporcionando una imagen débil a su máxima potencia. Había alcanzado la fase en la cual su vida útil podía ser medida en minutos.

—Vamos, muchacho —susurró Tallon en tono apremiante.

Seymour saltó a sus brazos, haciendo girar el universo de Tallon en torno a él, pero Tallon se había acostumbrado ya a la ocasional desorientación que tendía a producirse cuando sus ojos tenían cuatro patas, un rabo y la mente de un terrier. Aunque nunca le habían interesado los animales como "amigos del hombre", Tallon había llegado a experimentar un sincero afecto hacia Seymour.

Con el perro debajo del brazo y la pistola automática en su mano, Tallon avanzó cautelosamente por un sendero de grava que discurría a través de macizos de densa vegetación. Perdió de vista la verja inmediatamente, y se encontró avanzando a través de un túnel de ramas colgantes de árboles y lujuriante follaje oscuro. El sendero daba un par de vueltas sobre si mismo antes de llegar a un parque brumoso. También aquí había muchos árboles, pero Tallon pudo ver ahora una casa de techo bajo en la cima de una pequeña colina, con una serie de terrazas ascendentes.

Fue entonces cuando oyó a los perros aullar su profunda indignación ante su presencia en la finca. El espantoso sonido fue seguido por un intenso crujir de follaje mientras los perros se acercaban corriendo en su busca. Para Tallon sonaban tan grandes como caballos, y aunque no les había visto aún, pare-cian correr a toda velocidad.

Tallon giró en redondo sobre sus talones, un movimiento equivalente a volver la cabeza en una persona de vista normal. No ganaría nada retrocediendo, y la casa se encontraba al menos a cuatrocientos metros de distancia y en una elevación del terreno. Algunos de los árboles que crecían en las terrazas tenían troncos que se dividían en tres o cuatro gruesas ramas curvadas inmediatamente encima del suelo. Tallon corrió hacia el más próximo y se encaramó a la estrecha hendidura.

Los perros —tres formas grises— aparecieron a su izquierda, deslizándose a lo largo del borde de la vegetación. Parecían una mutación local, sin pelo, del alano original, con enormes cabezas achatadas que mantenían casi pegadas al suelo. Sus aullidos se hicieron más ruidosos cuando vieron a Tallon.

Tallon empezó a levantar la automática, pero el cuerpo de Seymour se convulsionó en sus brazos a la vista de sus enormes hermanos de raza. Antes de que Tallon pudiera sujetarlo, el perrito saltó al suelo aullando de miedo y corriendo frenéticamente hacia la verja principal. Tallon gritó desesperadamente al ver, a un lado de la visión de Seymour, una de las formas grises separándose de las otras para interceptar al terrier. Luego, Tallon tuvo que pensar en su propia situación, ya que sin el uso de los ojos de Seymour era, literalmente, pan comido.

Sus dedos pulsaron los controles del juego de ojos, reseleccionando en proximidad, y se situó detrás de los ojos del perro más cercano. Fue algo así como contemplar una película tomada desde el morro de un jet volando a muy baja altura: una tremenda sensación de vuelo agitado, con el suelo deslizando se rápidamente debajo, altos tallos de hierba irguiéndose como colinas y siendo penetrados sin esfuerzo como si fueran nubes verdes. Delante, oscilando ligeramente a causa del movimiento ondulante, había una figura humana, con un rostro desespera do y pálido, colgando de las curvadas ramas de un árbol.

Tallon se obligó a sí mismo a levantar la automática y a mover su brazo en torno a él hasta que, desde el punto de vista del animal en movimiento, el hocico del arma fue un círculo negro perfecto, con igual escorzo del cañón. El truco, pensó Tallon, consistía en tratar de colocarse una bala a sí mismo entre los ojos. Apretó el gatillo y se sintió recompensado por el golpe de retroceso de inesperada potencia de la automática. Pero, aparte de un leve estremecimiento, el disparo no estableció ninguna diferencia en la imagen que estaba recibiendo del perro y que se agrandaba rápidamente.

Contorsionándose torpemente en el limitado espacio de las ramas del árbol, Tallon disparó instintivamente, y esta vez la recompensa fue una inmediata ceguera. Aquello significaba que había hecho un blanco perfecto. Maravillándose de la eficacia de la pequeña arma, deslizó sus dedos sobre el metal y descubrió que la boca del cañón, en vez de ser un simple círculo, era un grupo de seis diminutas aberturas. Al parecer, Amanda Weisner no corría ningún riesgo cuando elegía un arma. La automática era de las que disparaban seis proyectiles ultrarrápidos al mismo tiempo, uno desde el centro y cinco desde cañones ligeramente divergentes. A corta distancia, la pequeña automática incrustada en oro destrozaría a un hombre; a distancias mayores, era una inmejorable arma antimotines de bolsillo.

No oyendo ningún movimiento cerca, Tallon pulsó el botón número uno —el de Seymour—, y sólo captó oscuridad. Con un suspiro de pesar, situó el juego de ojos en "búsqueda y re tención" y captó al tercer perro. Estaba avanzando a través de la densa vegetación muy lentamente, y en la borrosa zona del hocico había una rojez que obstruía el borde inferior de la imagen.

Furioso ahora, y confiando en su armamento, Tallon se apeó del árbol. Avanzando sin ninguna precaución, recogió su paquete que había caído al suelo y se encaminó hacia la colina en dirección a la casa. Como había dejado el juego de ojos sintonizado con el perro superviviente, estaba ciego en lo que respecta a sus propios movimientos, y mantenía los brazos extendidos para no tropezar contra algún árbol. Podía haber sacado la lámpara sonar del paquete, pero no esperaba llegar muy lejos antes de verse a sí mismo a través de los ojos del tercer perro. No se equivocaba. El animal surgió corriendo de la espesura de arbustos, y Tallon obtuvo una borrosa imagen de su propia figura avanzando hacia la casa. De nuevo, el suelo empezó a deslizarse con grandes oscilaciones.

Tallon esperó a que su espalda llenara el cuadro antes de volverse, con la llameante automática en la mano, y apagó las luces. Por ti, Seymour, pensó. Por los servicios prestados.

Tallon concentró su atención en el problema de entrar en la casa sin la ayuda de Seymour. Ike le había dicho que Cari Juste vivía solo en su enorme mansión, de modo que no le preocupaba el tener que enfrentarse a más de una persona; pero no podía ver, y la herida sin atender había convertido sus hombros en una rígida zona de dolor. Además, el ruido proporcionado por los perros y la automática podían haber alertado a Juste. Y a Tallon se le ocurrió que si Juste estaba utilizando el otro juego de ojos debía tener uno o más animales de algún tipo cerca de él.

Tallon volvió a situar el juego de ojos en "búsqueda y retención" pero no captó ninguna imagen. Sacó entonces la lámpara sonar y, con su ayuda, se dirigió apresuradamente hacia la casa. Sólo habían transcurrido cuatro o cinco minutos desde que había entrado en la finca. Cuando se acercaba a la casa empezó a captar imágenes oscuras y fugaces; lo único identificable era una zona oblonga casi brillante que correspondía a una ventana vista desde el interior de la casa.

Fue incapaz de decidir si aquel interior era realmente oscuro, o si el juego de ojos estaba a punto de apagarse definitivamente. Todavía más cerca, con sus pies sobre lo que parecía un patio enlosado, percibió otros detalles. Estaba viendo un dormitorio lujosamente amueblado, al parecer desde un punto muy elevado en una de las paredes. Y estaba tratando de imaginar qué clase de animal podía proporcionar aquella visión tan poco corriente cuando otra zona de la habitación se hizo relativamente clara.

Un hombre muy robusto, barbudo, permanecía incorporado en la cama con la cabeza ladeada, en la actitud de alguien que concentra todos sus esfuerzos en escuchar. Parecía llevar unas pesadas gafas.

Los agudos pitidos del sonar indicaron a Tallon que estaba a punto de tropezar con una pared. Giró a la izquierda y avanzó a lo largo de la pared, palpando con las manos en busca de una puerta. En el dormitorio, el hombre se levantó y sacó de un cajón algo que parecía una pistola. Las manos de Tallon encontraron el hueco de una ventana. La golpeó con su paquete, pero éste rebotó contra el grueso cristal. Retrocediendo unos cuantos pasos, levantó la automática e hizo añicos el cristal.

Mientras penetraba en la habitación, su visión del dormitorio cambió bruscamente, y de un modo característico con el cual Tallon se había familiarizado. El animal que prestaba sus ojos era un pájaro, posiblemente un halcón, que acababa de posarse sobre el hombro de su dueño. Tallon vio que la puerta del dormitorio se hacía más amplia en su campo visual, y supo que Juste estaba saliendo en busca del intruso. Corrió precipitadamente a través de la habitación en la cual se encontraba, preguntándose cómo iba a desenvolverse en la fantástica lucha que estaba a punto de producirse. Los dos hombres estaban viendo a través del mismo tercer par de ojos, de modo que cada uno de ellos vería exactamente lo que el otro viera. Pero Juste gozaba de dos ventajas: casi no tenía desorientación, porque sus ojos estaban posados sobre su propio hombro; y su juego de ojos se hallaba en perfecto estado.

Tallon consideró la posibilidad de evitar toda clase de combate. Tal vez si le decía a Juste quién era y por qué estaba aquí, podrían llegar a alguna solución. Encontró una puerta en la pared interior de la habitación y giró el pomo. La imagen que estaba captando mientras lo hacía era la de un rellano en lo alto de una escalera que desembocaba en un espacioso vestíbulo con puertas a cada lado, lo cual significaba que Juste había salido de su dormitorio y esta esperando el próximo movimiento de Tallon.

Tallon abrió ligeramente la puerta y vio aparecer una grieta oscura en el borde de una de las puertas del vestíbulo. Como siempre, experimentó un extraño desaliento ante la sensación de encontrarse en dos lugares al mismo tiempo.

— ¡Just! —gritó a través de la abertura—, ¡no seamos estúpidos! Soy Sam Tallon... el individuo que inventó ese aparato que usted lleva. Quiero hablar con usted.

Se produjo un interminable silencio antes de que Juste contestara.

— ¿Tallon? ¿Qué está haciendo aquí?

—Puedo explicárselo. ¿Vamos a hablar?

— De acuerdo. Salga de la habitación.

Tallon empezó a abrir la puerta, y de pronto vio que estaba contemplando la oscura grieta a lo largo del cañón de una pesada pistola de azulado acero.

—Creí que habíamos acordado no ser estupidos, Juste —gritó—. Yo también llevo un juego de ojos. Estoy sintonizando con su pájaro, y veo el arma que tiene usted en la mano. Tallon acababa de darse cuenta de su única y leve ventaja: el hombre que tenía los ojos en su hombro no podía evitar el transmitir información a su adversario.

—Muy bien, Tallon. Voy a dejar mi pistola en el suelo y a alejarme de ella; puede usted verlo, supongo. Deje también la suya en el suelo, acérquese, y hablaremos.

—De acuerdo.

Tallon soltó la automática y salió al vestíbulo. En su juego de ojos vio borrosamente su propia imagen saliendo a través de la puerta. Estaba intranquilo, no porque sospechara que Juste le engañaría, sino porque sabía que probablemente él mismo tendría que engañar a Juste para obtener lo que deseaba. A medio camino del pie de la escalera se detuvo, preguntándose cómo podría desposeer a Juste del juego de ojos sin violencia.

Juste debió dirigir algún tipo de señal al pájaro, pero Tallon no la captó. Sólo el estar familiarizado ya con las oscilantes sensaciones del vuelo de las aves salvó a Tallon de encontrarse indefenso ante el inesperado ataque. Mientras su propia imagen parecía flotar en el aire de un lado a otro, se lanzó hacia la puerta; la había alcanzado cuando las furiosas garras descendieron sobre sus hombros. Encogiendo la cabeza para proteger su yugular, Tallon luchó a través de la puerta, notando que unas afiladas navajas desgarraban tela y piel. Cerró la puerta de golpe, atrapando al pájaro entre el borde y la jamba, y dejó caer todo su peso contra ella. Se oyó un ronco alarido, y se instaló de nuevo la oscuridad.

Tallon descubrió que una garra estaba engarriada a través de los tendones en el dorso de su mano izquierda. Operando a ciegas, sacó el cuchillo del paquete y cortó la garra del pájaro. Seguía enterrada en su mano, pero aquello tendría que esperar. Rebuscó con el juego de ojos, no captó ninguna imagen, recogió su automática y volvió a abrir la puerta.

—Oscuro, ¿verdad, Juste? —Su voz era ronca gritando en el vestíbulo—. Lástima que no se le ocurriera pensar que debía tener más de un pájaro en la casa. Prescindiremos de nuestra conversación. Voy a quitarle ese juego de ojos y seguiré mi camino.

—No intente acercarse a mí, Tallon—. Juste efectuó dos ensordecedores disparos en dirección al vestíbulo, pero ninguno de los proyectiles pasó cerca de Tallon.

—No desperdicie su munición. Usted no puede verme, pero yo puedo alcanzarle. Tengo algo que Helen no se llevó y que no necesita ojos.

La pistola rugió de nuevo, y fue seguida por el sonido de cristales rotos. Guiado por las señales eléctricas del sonar, Tallon corrió hacia el pie de la escalera y empezó a subirla. Se encontró con Juste, que bajaba agarrado a la barandilla, a medio camino. Tallon, temiendo que el juego de ojos de Juste pudiera sufrir algún daño, no concedió la menor oportunidad a su adversario, más robusto y más fuerte, aunque desentrenado: aplicando una de las llaves del sistema de lucha desarrollado por el Bloque, inmovilizó a su rival, y luego le golpeó en la nuca con el filo de la mano derecha; los dos bajaron rodando la escalera, pero mucho antes de llegar al vestíbulo Juste era un peso muerto.

Tallon, que había estado sosteniendo la cabeza del hombre durante la última parte de la caída, tomó el juego de ojos de Juste y lo cambió por el suyo. Ahora sólo tenía que buscar un poco de dinero y de comida y marcharse a toda prisa.

Deseando comprobar si el juego de ojos había sufrido algún daño durante el breve combate, lo situó en "búsqueda y retención", y quedó asombrado al captar una imagen. Precisa, intensa y maravillosamente clara.

Un primer plano de una pesada puerta abriéndose y, más allá de ella, la imagen de sí mismo agachado sobre la tendida forma de Cari Juste. Tallon pudo ver la asombrada expresión de su rostro macilento y manchado de sangre.

¡Usted! —gritó una voz de mujer—. ¿Qué le ha hecho a mi hermano?


XIV


—Su hermano está bien —dijo Tallon—. Se cayó por la escalera. Estábamos discutiendo.

— ¡Discutiendo! Oí los disparos cuando me acercaba a la casa. Denunciaré esto inmediatamente. —La voz de Helen Juste era fría y rabiosa al mismo tiempo.

Tallon alzó a la automática.

—Lo siento. Entre y cierre la puerta detrás de usted.

— ¿Se da cuenta de lo serio que es esto?

—No he estado riendo demasiado.

Tallon retrocedió unos pasos mientras ella cerraba la puerta y se acercaba a su hermano. Le hubiera gustado poder mirar a Helen Juste, pero como ella tenía los únicos ojos que funcionaban en la casa, Tallon no veía nada excepto sus manos manicuradas moviéndose sobre el inconsciente rostro de Cari Juste. Como antes, en su presencia sentía que algo se removía profundamente en su interior. La mano de Helen se apartó de la nuca de Juste con rastros de sangre en la palma.

—Mi hermano necesita atención médica.

—Ya le he dicho que está bien. Dormirá un rato. Puede usted curarle ese corte, si quiere -Tallon hablaba confiadamente, sabiendo que había dejado inconsciente a Juste para una hora, como mínimo.

-Quiero hacerlo —dijo Helen; y Tallon notó la completa ausencia de miedo en su voz—. Tengo un maletín de primeros auxilios en mi automóvil.

-¿En su automóvil?—Sí. Puedo asegurarle que no siento el menor deseo de escapar dejando a mi hermano solo con usted.

—Vaya, entonces.

Tallon tenía la desagradable impresión de que estaba perdiendo la iniciativa. Acompañó a Helen hasta la puerta y esperó allí mientras ella se dirigía hacia su automóvil y sacaba el maletín de un compartimiento. El automóvil era un modelo de lujo con patines antigravedad en vez de ruedas, lo cual explicaba que Tallon no la hubiera oído llegar. Contempló sus manos colocando la almohadilla de gasa y las tiras adhesivas, y por un instante casi envidió a Cari Juste. Le dolía la cabeza, sus hombros ardían, y su fatiga superaba todo lo imaginable. Tumbarse a dormir cuando uno está cansado, pensó, era un placer más exquisito que comer cuando se tiene hambre o beber cuando se tiene sed...

— ¿Por qué ha hecho esto, Recluso Tallon? Debió tener en cuenta que mi hermano es ciego. —Helen habló casi abstraídamente mientras trabajaba.

— ¿Por qué lo hizo usted? Podíamos haber fabricado tres juegos de ojos, seis, una docena. ¿Por qué permitió que el doctor y yo los tuviéramos cuando planeaba quitárnoslos?

—Estaba dispuesta a violar las normas en beneficio de mi brillante hermano, no en beneficio de unos declarados enemigos del gobierno —dijo Helen rígidamente—. Además, usted no ha explicado aún este absurdo ataque.

—Mi juego de ojos se estropeó, de modo que tenía que tomar este. —Tallon se sintió inundado por una oleada de irritación y elevó el tono de su voz—. En cuanto al absurdo ataque, si mira a su alrededor verá unos cuantos orificios de bala en las paredes. Y ninguno de ellos ha sido hecho por mí.

—De todos modos, mi hermano es un hombre inofensivo, y usted ha sido entrenado para matar.

—Escuche —gritó Tallon, preguntándose a qué conducía realmente aquella conversación—. Yo tengo también un cerebro, y no soy un ase... —Se interrumpió al descubrir que los ojos de Helen habían abandonado a su hermano y estaban proporcionándole una nítida imagen de su propia mano izquierda.

— ¿Qué le pasa en la mano? —Helen Juste había hablado, por fin, como una mujer.

Tallon había olvidado la garra incrustada.

—Su inofensivo hermano tenía un inofensivo amigo volador. Eso es una parte de su tren de aterrizaje.

—Cari me prometió —susurró Helen—, me prometió que no...

—Más alto, por favor.

Se produjo un silencio antes de que Helen respondiera, hablando de nuevo normalmente:

—Es espantoso. Voy a extraérsela.

—Se lo agradeceré.

Súbitamente débil, Tallon esperó mientras Helen tapaba a su hermano con una manta. Luego cruzaron una puerta situada al fondo del vestíbulo y entraron en una cocina blanca y cromada, con huellas visibles de una descuidada vida de soltero. Helen Juste llevaba el maletín de primeros auxilios. Tallon se sentó ante la atestada mesa y dejó que la joven trabajara en su mano. El tacto de sus dedos parecía sólo ligeramente más sustancial que el repetido calor de su aliento sobre la desgarrada piel. Tallon resistió la tentación de prolongar la agradable sensación de verse cuidado por unas manos femeninas. Había un largo camino hasta New Wittenburg, y esta mujer era un nuevo obstáculo en aquel camino.

—Dígame —inquirió Helen—, ¿está el Recluso Winfield rea! mente...?

—Muerto —Tallon completó la pregunta—. Sí. Los rifles le alcanzaron.

—Lo siento.

— ¿Tratándose de un declarado enemigo del gobierno luterano? Me sorprende usted.

—No se haga el gracioso conmigo, Recluso Tallon. Sé lo que le hizo usted al señor Cherkassky cuando le detuvieron.

Tallon resopló.

— ¿Sabe lo que me hizo él a mí?

— Lo de sus ojos fue un accidente.

—Deje en paz a mis ojos. ¿Sabe que me sometió a un lavado de cerebro intentando eliminar todos mis recuerdos, es decir, todo lo que constituye mi personalidad, tal como usted acaba de hacer con las manchas de esta mesa?

—El señor Cherkassky es un veterano ejecutivo de Emm Lutero. No haría una cosa así.

—Olvídelo —dijo Tallon bruscamente—. Eso es lo que he hecho yo. Fuera lo que fuese... lo he olvidado.

Cuando Helen hubo terminado con su mano y cubrió la herida, Tallon flexionó sus dedos experimentalmente.

— ¿Podré volver a jugar, doctor?

No hubo ninguna respuesta, y Tallon experimentó una creciente sensación de irrealidad. Helen Juste se le escapaba; era incapaz de imaginarla como un individuo humano, visualizar su lugar en la sociedad de este mundo. Físicamente sólo podía verla de un modo fugaz cuando ella se contemplaba ocasionalmente en el espejo de la cocina. Observó, también, que miraba con frecuencia hacia un estante en el cual habían varios trozos de cuero blando, cosidos en forma de bolsas. Tallon se preguntó, intrigado, cuál podía ser su utilidad, hasta que recordó el pájaro de Juste y que había sido adiestrado para la halconería.

— ¿Hasta qué punto está enfermo su hermano, señorita Juste?

— ¿Qué quiere usted decir?

— ¿Cómo reaccionó al juego de ojos? ¿Le gusta cazar con sus pájaros? ¿Correr con sus perros?

Helen se acercó a la ventana y contempló los lejanos árboles, iluminados por el sol naciente, antes de contestar.

—Eso no es asunto suyo.

—Creo que sí -dijo Tallon . No me di cuenta de lo que estaba ocurriendo. Supe que Cherkassky estaba a punto de llegar. No quedaba tiempo para esperar la respuesta al problema de las cámaras, de modo que decidí mirar a través de los ojos de otros hombres. Fue así de sencillo. No tenia la menor idea de que estaba creando la primera forma nueva de perversión que el Imperio ha visto en mucho, muchísimo tiempo.

— ¿Quiere decir que usted...?

—No, yo no. Yo he estado recorriendo un difícil camino. Pero hubo aquella mujer en Sweetwell... la que se supone que violé. Ella utilizaba el juego de ojos cuando yo estaba durmiendo. Le gustaban los gatos, si sabe a lo que me refiero.

— ¿Qué le hace pensar que Cari es así?

Usted, aunque no sé por qué. Tal vez su insistencia en que es un hombre inofensivo. Es posible que en su caso no haya ningún ángulo sexual, desde luego. He leído que cuando una persona que ha estado ciega durante mucho tiempo recobra la vista, la experiencia no es siempre tan agradable como se esperaba. Pueden existir depresiones, sentimientos de inadaptación al hecho de encontrarse súbitamente en términos de igualdad con el resto de la humanidad, sin ninguna incapacidad en la que refugiarse. Es mucho mejor ser, digamos, un halcón, con ojos agudos y garras más agudas, y una mente que no comprende la debilidad, ni nada que no sea cazar y desgarrar y...

¡Basta!

—Lo siento —Tallon estaba levemente sorprendido de si mismo, pero había deseado llegar hasta ella y tenía la impresión de haberlo conseguido, hasta cierto punto—. ¿Cura usted únicamente las heridas que ha infligido su hermano? Hay este agujero en mi espalda...

Helen Juste fe ayudó a descubrirse los hombros y apenas pudo contener un grito cuando vio el charco de sangre coagulada en su espalda. Tallon casi gritó también al recibir la imagen. Nunca había apreciado realmente el grado de fealdad que puede reflejar la frase "una fea herida". Esta era fea, y era una herida para el más lerdo. — ¿Puede usted hacer algo... que no sea amputar mis hombros, desde luego?

—Creo que sí. No hay bastante soldador de tejido ni vendas en mi maletín de primeros auxilios, pero Cari suele tenerlos en este armario. —Lo abrió, encontró los medicamentos, y empezó a trabajar en su hombro con un paño húmedo, eliminando cuidadosamente la sangre reseca— ¿Es una herida de bala?

—Sí —Tallon le contó cómo había ocurrido. Casi se había convencido a si mismo de que Helen Juste era una oyente comprensiva, cuando le asaltó un súbito pensamiento—. Si sabía que su hermano tenía medicamentos aquí —dijo lentamente—, ¿por qué fue en busca de su propio maletín en el automóvil?

—Por ningún motivo concreto. La fuerza de la costumbre. Con una herida como esta, debería usted guardar cama, ¿sabe? ¿Por qué no se entrega y permite que le atiendan debidamente antes de que se produzca la reacción?

—Lo siento. Ahora tengo que buscar algo para comer; luego la ataré a usted, junto con su hermano, y seguiré mi camino.

—No llegará muy lejos.

—Tal vez no. ¿Le importa mucho, de todos modos? Tenía la idea de que el Pabellón y usted no hacían buenas migas después de lo ocurrido. ¿Es por eso por lo que está aquí ahora? ¿La han despedido?

—Recluso Tallon —dijo Helen secamente—, los presos fugados no interrogan a los ejecutivos de la prisión. Voy a preparar el desayuno. Yo también tengo hambre.

Tallon quedó levemente complacido ante aquella reacción. Se endosó de nuevo su uniforme y luego tomó un rollo de esparadrapo y ató las muñecas y los tobillos de Cari Juste. El hombre olía a brandy. Tallon regresó a la cocina y se sentó en una silla, notando el hormigueo del soldador de tejido en su espalda, mientras Helen Juste cocinaba algo que era tan parecido a huevos con jamón que Tallon estaba casi seguro de que eran huevos con jamón. Por dos veces, mientras comían, Cari Juste gimió y se removió ligeramente. Las dos veces, Tallon le permitió a Helen Juste ir a echarle una ojeada a su hermano.




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