Periplo nocturno



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Tallon se tambaleó y se desplomó, indefenso.

Yació sobre su espalda, paralizado, y encontró un momento de extraña paz. Los agentes de la P.S.E.L. seguían disparando celosamente sus pistolas-avispa pero, al estar tendido, Tallon era un mal blanco para sus enjambres horizontales de dardos, que no le alcanzaban. Las estrellas, incluso en sus constelaciones desconocidas, eran agradables a la vista. Allí había otros hombres que, suponiendo que tuvieran el valor suficiente para soportar la casual pauta galáctica de tránsitos-parpadeo que adelgazaban sus almas a través del universo, eran libres para viajar. Sam Tallon no podría ya tomar parte en aquel terrible tráfico, pero nunca sería del todo un prisionero mientras pudiera contemplar los cielos nocturnos.

Las pistolas-avispa cesaron bruscamente de disparar. Tallon tendió el oído esperando escuchar el rumor de pasos precipitados, pero en vez de eso oyó un movimiento inesperadamente próximo.

Una figura apareció en su campo visual e, increíblemente, era Cherkassky. Su rostro era una máscara vudú de piel desollada y sangre, y uno de sus brazos colgaba inerte de su costado. Extendió hacia adelante su mano sana, y Tallon vio que empuñaba una pistola-avispa.

—Ningún hombre —susurró Cherkassky—, ningún hombre se ha atrevido nunca...

Disparó la pistola a quemarropa.

Las pistolas-avispa estaban consideradas como un arma humanitaria, y habitualmente no producían lesiones permanentes, pero Cherkassky era un profesional. Tallon, completamente inmovili7ado por las drogas, ni siquiera pudo parpadear mientras los dardos se clavaban en sus ojos, robándole para siempre la luz, la belleza y las estrellas.

IV

Para Tallon no existía ningún dolor; el dolor sólo llegaría cuando la droga paralizante empezara a ser absorbida por su metabolismo. Al principio ni siquiera estaba seguro de lo que había ocurrido, ya que la oscuridad no llegó de golpe, sino que su distorsionante visión de Cherkassky y del oscilante cañón de la pistola fue reemplazada por un universo incoherente de luz: pautas geométricas de color en movimiento, formas de pinos amatista y rosa.



Pero no era posible escapar a los procesos de la lógica. Una pistola-avispa disparada desde una distancia de treinta centímetros...

¡Mis ojos tienen que haber desaparecido!

Tallon tuvo tiempo para un momento de angustia; luego, toda su consciencia se contrajo para concentrarse en un nuevo fenómeno: no podía respirar. Con todas las sensaciones físicas bloqueadas por la droga, no podía averiguar por qué se había interrumpido su respiración; pero no resultaba demasiado difícil suponerlo. El cegarle había sido únicamente el primer paso; ahora, Cherkassky se disponía a terminar el trabajo. Tallon descubrió que no estaba muy asustado, considerando lo que estaba ocurriendo, quizá porque la antigua reacción de pánico —el impulso hacia abajo, en busca de aire, del diafragma— estaba bloqueada por su parálisis. Si hubiera pisoteado la cabeza de Cherkassky cuando tuvo ocasión de hacerlo...

Resonaron pasos acercándose, luego voces: — ¡Cabo! Lleve al señor Cherkassky al automóvil. Parece que está gravemente herido.

—A la orden, sargento.

La segunda voz fue seguida por el sonido de botas arrastrándose sobre el asfalto, y súbitamente Tallon tragó aire. Seguramente, Cherkassky había perdido el conocimiento y había caído encima de su rostro. Tallon aceptó el aire con gratitud; luego oyó de nuevo voces.

— ¡Sargento! Mire los ojos del terrestre. ¿Puede hacer eso una pistola-avispa?

— ¿Quieres que te lo demuestre? Lleva al señor Cherkassky al automóvil y luego echa al terrestre al remolque.

Unos vagos cambios en su sentido del equilibrio revelaron a Tallon que las órdenes estaban siendo cumplimentadas. Resonaron silbatos; las turbinas de los vehículos empezaron a girar ruidosamente. Transcurrió un espacio de tiempo indeterminado; entonces, Tallon empezó a sentir dolor....


Habían pasado menos de veinticuatro horas, pero Tallon creía ya que podía notar el aguzamiento de los otros sentidos que acompaña a la pérdida de la vista.

En el cuartel general de la policía de New Wittenburg alguien había pinchado su cuello con una aguja hipodérmica, y había recobrado el conocimiento con la consoladora sensación de unos vendajes a través de su rostro. Le habían dado a beber algo caliente y le habían escoltado hasta una cama —todo ello en el más absoluto de los silencios— y, milagrosamente, había dormido. Mientras estaba durmiendo alguien le había quitado los zapatos, reemplazándolos con unas botas de suela delgada varios números demasiado grandes para él.

Ahora estaba siendo transportado en otro vehículo, acompañado por tres o cuatro funcionarios anónimos de la P.S.E.L., que se comunicaban con él por medio de ocasionales empujones y codazos. Tallon estaba demasiado débil para intentar arrancarles alguna palabra. Y su mente era incapaz depensar en nada que no fuera el hecho de que estaba ciego.

El vehículo redujo su velocidad, escoró un par de veces mientras doblaba esquinas, y luego se paró. Cuando a Tallon le ayudaron a apearse, supo con certeza que se encontraba en un aeródromo. Notó las corrientes de aire, que hablaban de un espacio abierto, y captó el olor de combustible de aviación; luego, confirmando su primera impresión, oyó el sonido de enormes turbinas girando muy cerca.

Tallon se sintió ligeramente interesado. No había volado nunca sobre Emm Lutero porque era muy caro, y porque viajar de aquella manera le hubiera hecho demasiado conspicuo. Las aeronaves civiles eran grandes, pero transportaban comparativamente pocos pasajeros de pago, debido al estricto control que el gobierno ejercía sobre los objetivos del viaje. Los fuselajes estaban pesadamente acorazados, y las alas eran ineficaces según las normas de la Tierra, ya que además de los motores transportaban todo el combustible y los sistemas de control. En caso de aterrizaje forzoso las alas, con su mortífera carga de combustible, eran expulsadas por medio de unos pernos explosivos. El gobierno planetario había hecho seguro el vuelo sobre Emm Lutero, sin escatimar dinero para ello, y en ese aspecto se había ganado la aprobación de Tallon, poco inclinado a concederla. Más de una vez había pensado que ojalá que el Moderador Temporal hubiera demostrado el mismo buen sentido en lo que respecta al control de los organismos gubernamentales.

Unas manos invisibles le ayudaron a subir unos peldaños y a penetrar en el cálido interior, oliendo a plástico, del avión, hasta un asiento. Otras manos le abrocharon el cinturón de seguridad, y repentinamente le dejaron solo. Tallon escuchó intensamente, utilizando su truco recién descubierto de buscar conscientemente distintas frecuencias de sonido, pero las únicas voces que captó fueron las de los agentes de la P.S.E.L. conversando en susurros. Era evidente que habían fletado un avión exclusivamente para él. Sintiendo frío, Tallon se encogió en su asiento y deseó poder mirar a través de las ventanillas.

Sus ojos no le dolían ya, pero los nervios lastimados seguían proyectando pseudoimágenes, algunas de las cuales eran fogonazos de color dolorosamente brillantes. Tallon se preguntó cuanto tiempo pasaría antes de que le proporcionaran adecuada asistencia médica. Hasta que oyó el ruido de la puerta al cerrarse de golpe no se preguntó a dónde le llevaban. Decidió que sólo existía una posibilidad: el Pabellón.

La prisión reservada para los enemigos políticos de Emm Lutero se encontraba en el extremo más meridional del continente. Originalmente había sido la residencia de invierno del primer Moderador Temporal, que se había propuesto "rellenar" la región pantanosa que unía el islote rocoso a la tierra firme. Pero había cambiado de opinión y se había trasladado al norte. En aquella primera época de la colonización, cuando los materiales para la construcción escaseaban, algún desconocido funcionario había visto las posibilidades del Pabellón como prisión a prueba de fugas. Varias cargas explosivas perfectamente situadas habían roto el espinazo de la pequeña península, permitiendo que las cálidas aguas del Mar Erfurt penetraran en ella. Al cabo de unos cuantos años, la zona pantanosa original se había convertido en un súper marjal que sólo podía ser cruzado por el aire.

En el Pabellón había menos prisioneros ahora que en los años en que habían empezado a actuar los actuales jerifaltes políticos. Y la previsión del funcionario se había cumplido: no se había producido una sola fuga.

Tras un despegue sumamente suave y una breve ascensión, la aeronave estabilizó su marcha, con los motores casi silenciosos; de no haber sido por una ocasional sensación de hundimiento provocada por algún bache, Tallon no se hubiera enterado de que estaba moviéndose a través del cielo. Permaneció sentado escuchando el susurro del aire y el infrecuente gemido de los servocontroles, y acabó por adormilarse, con un sueño intranquilo. Le despertó el rugido de los motores, forzados al máximo e imprimiendo fuertes vibraciones a toda la estructura del avión. Tallon se agarró a los brazos de su asiento. Transcurrieron unos segundos de inenarrable ansiedad en su privado mundo nocturno antes de que comprendiera lo que estaba ocurriendo: la enorme aeronave estaba efectuando un aterrizaje vertical. En la gravedad de Emm Lutero, aquella maniobra implicaba un gasto tan prodigioso de combustible que sólo podía realizarse en un caso de emergencia... o para aterrizar-donde no hubiera espacio ni siquiera para un modelo primitivo de avioneta. Tallon decidió que habían llegado al Pabellón.

Descendiendo los peldaños desde la puerta de pasajeros, la primera impresión de Tallon fue la de un aire muy cálido en contraste con los vientos helados del invierno de New Wittenburg. Había olvidado que el vuelo de casi dos mil kilómetros lo llevaba cerca del trópico del planeta. Mientras era guiado a través de una zona de suelo hormigonado, con el calor penetrando a través de las suelas de sus delgadas botas, Tallon sintió la proximidad del mar con repentina angustia. Siempre le había gustado contemplar el mar. Le condujeron a través de un portal y a lo largo de una serie de resonantes pasadizos, y finalmente le introdujeron en una habitación silenciosa, donde le sentaron en una silla. Los pasos de sus acompañantes se alejaron. Preguntándose si estaba solo, Tallon volvió su cabeza de un lado a otro, consciente de su absoluta indefensión.

—Bueno, Tallon, esto es casi el final de la línea para usted. Supongo que se alegrará de poder descansar un poco.

La voz era recia y profunda. Tallon visualizó a su dueño como a un hombre robusto de unos cincuenta años. Lo importante era que le habían hablado personalmente, y sin animosidad. Otra mente humana estaba explorando a través de la oscuridad. Abrió la boca para contestar, pero de su garganta no brotó ningún sonido. Asintió con la cabeza, sintiéndose como un colegial.

-No se preocupe, Tallon. Eso es efecto de la misma reacción. Procuraré que le den algo que le ayude en los próximos días. Soy el doctor Muller, jefe del departamento de psicología adscrito a la prisión. Voy a someterle a una revisión rutinaria para comprobar que usted sabía lo que ha sido borrado permanentemente de su memoria; luego le pasaré a mi colega, el doctor Heck, el cual verá lo que puede hacer por sus ojos.

— ¡Mis ojos! —Una irracional oleada de esperanza inundó a Tallon—. ¿Quiere usted decir...?

—Ese no es mi departamento, Tallon. El doctor Heck le examinará en cuanto yo haya terminado, y estoy seguro de que hará todo lo que se pueda hacer.

Absorto en la idea de que quizá sus ojos no estaban tan dañados como había imaginado, Tallon permaneció pacientemente sentado a través de los diversos tests, que duraron casi una hora. El programa incluía más de una decena de diminutas inyecciones, algunas de las cuales provocaron intensos ataques de náuseas y vértigo. Las preguntas le eran formuladas en continua sucesión, a menudo por voces femeninas, aunque él no había oído entrar a nadie en la habitación. A veces, las voces que interrogaban parecían surgir de su propio cerebro: persuasivas, seductoras o amenazadoras, alternativamente, y siempre irresistibles. Tallon oyó su propia voz balbuceando respuestas incoherentes. Finalmente notó que desconectaban las terminales de su cabeza y de su cuerpo.

—Eso es todo de momento, Tallon —dijo el doctor Muller—. En lo que a mí respecta, está usted libre. Voy a certificar que hay en usted un riesgo de seguridad de tercera categoría normal, lo cual significa que podrá convivir con los otros presos y disfrutar de todos los privilegios acostumbrados. En cierto sentido, es usted afortunado.

—Supongo que utiliza usted la palabra en una acepción muy amplia, doctor —dijo Tallon, palpando el vendaje que cubría sus ojos—. ¿O me considera afortunado en comparación con otras personas que Cherkassky ha traído aquí?

—Le considero afortunado teniendo en cuenta el tipo de in-formación que usted poseía: cualquier otro gobierno del universo, incluyendo al de la Tierra, le hubiera ejecutado inmediatamente.

—Cherkassky intentó ejecutar mi mente. Siguió apretando el botón rojo de aquella...

— ¡Basta! —La voz de Muller había perdido su afabilidad—. Ese no es mi departamento.

— Perdone, doctor. Creí que había dicho que era el jefe de psicología ¿O es que prefiere no pensar demasiado en la clase de hombres para los cuales trabaja?

Siguió un largo silencio. Cuando Muller habló de nuevo, había recobrado su cordialidad profesional.

—Le estoy recetando algo que le ayudará a superar el inevitable periodo de adaptación, Tallon. Estoy convencido de que acabará por encontrarse muy bien aquí. Ahora le examinará el doctor Heck.

Muller debió de haber transmitido algún tipo de aviso, ya que una puerta se abrió silenciosamente y Tallon notó que una mano agarraba su brazo. Fue conducido fuera de la habitación y a lo largo de más pasadizos. El bloque médico, al parecer, era mucho mayor de lo que había esperado. Aunque a remolque de la Tierra en muchos campos de investigación, era posible que Emm Lutero estuviera muy avanzada en técnicas quirúrgicas.

Después de todo, pensó Tallon, estamos en el siglo veintidós. Y una persona herida podía beneficiarse de muchos progresos: microcirugía, regeneración de células, cirugía electrónica, soldadura de tejidos...

Cuando fue escoltado hasta una habitación que olía a antisépticos, Tallon estaba empapado en sudor y temblaba de un modo incontrolable. Alguien le guió hasta lo que parecía un alto diván y le hizo tumbarse en él. Una sensación de calor en la frente y en los labios le reveló que su rostro estaba ilumina do por unos potentes focos. El silencio era interrumpido única mente por un suave rumor de pasos y un leve crujir de tela cerca de Tallon, el cual luchó por dominar su temblor, pero le resultó imposible; el hálito de esperanza que le habían insuflado las palabras del doctor Muller había estropeado sus mecanismos de control.

—Bueno, señor Tallon —la voz del hombre tenía el ligero acento germano corriente en Emm Lutero—. Veo que está usted nervioso. El doctor Muller ha dicho que necesitaba usted medicación. Creo que le suministraremos un par de centímetros cúbicos de una de nuestras mezclas de tranquilidad destilada.

—No la necesito —dijo Tallon en tono decidido—. Si no hay inconveniente por su parte, me gustaría que examinara... que examinara...

—Comprendo. Voy a echar un vistazo.

Tallon notó que le quitaban suavemente el vendaje; y luego, increíblemente, el doctor Heck empezó a silbar.

—Oh, si, ya veo... ya veo. Un desgraciado accidente, desde luego, pero las cosas podrían haber sido mucho peores, señor Tallon. Creo que podremos arreglar esto sin demasiadas dificultades. Requerirá algún tiempo, probablemente más de una semana, pero le echaremos un buen remiendo.

— ¿De veras? —inquirió Tallon, y contuvo la respiración, extasiado—. ¿De veras cree usted que podrá hacer algo con mis ojos?

—Desde luego. Empezaremos a trabajar con los párpados mañana por la mañana (esa es la parte más complicada), y limpiaremos el puente de la nariz, y haremos algo con las cejas.

—Pero, mis ojos... ¿Qué me dice de mis ojos?

—No habrá problemas. ¿De qué color los quiere?

— ¿Color? —Un escalofrío de miedo recorrió el cuerpo de Tallon.

—Sí —dijo Heck jovialmente—. Es una pequeña compensación por estar ciego, pero podemos proporcionarle un par de ojos de plástico, de color castaño, realmente hermosos. Pueden ser azules... pero creo que ese color no le quedaría bien, y yo no se lo recomendaría, sinceramente.

Tallon no respondió. Transcurrió una helada eternidad antes de que sintiera penetrar en su brazo la ansiada aguja hipodérmica.


V

La rutina diaria en el Pabellón, tal como la explicaron a Tallon, era sencilla: más sencilla para él que para los otros presos, ya que estaba rebajado de toda actividad a excepción de las tres sesiones diarias de rezos. Hasta donde se le alcanzaba, el Pabellón parecía más un campamento de instrucción militar que una cárcel. Los reclusos trabajaban siete horas al día en numerosas tareas serviles, con un mínimo de regimentación, y tenían una biblioteca y facilidades para practicar varios deportes.



Hasta cierto punto era un lugar agradable para residir, salvo que aquella residencia tenía carácter definitivo: las únicas sentencias que allí se pronunciaban eran a perpetuidad.

Acompañado al campo de ejercicios el primer día que salió del bloque médico, Tallon se sentó en el suelo con la espalda apoyada contra una pared calentada por el sol. Era una mañana tranquila, apenas soplaba la brisa, y el patio de la prisión era una babel de sonidos —pasos, voces, otros ruidos sin identificar—, y más allá de ellos el audible movimiento del mar. Tallon apretó su espalda contra las cálidas piedras y trató de ponerse cómodo.

—Bueno, aquí le dejo, Tallon —dijo el guardián—. Sus compañeros le indicarán dónde está todo. Diviértase.

— ¿Cómo podría dejar de hacerlo?

El guardián rió sardónicamente y se alejó. Apenas se había apagado el sonido de sus pasos cuando Tallon notó que algo rozaba ligeramente su pierna extendida. Se inmovilizó, tratan-do de recordar si en la parte meridional del continente había algún tipo de insectos particularmente desagradables.

—Disculpe, señor. ¿Es usted Sam Tallon?

La voz le sugirió la imagen de un político inculto, de rostro rubicundo y cabellos blancos.

—El mismo —Tallon se frotó nerviosamente la pierna, pero no notó nada anormal—. Sam Tallon.

—Me alegro mucho de conocerle, Sam —el recién llegado se sentó al lado de Tallon, resoplando fuertemente mientras lo hacia—. Yo soy Logan Winfield. Aquí en el Pabellón es usted todo un héroe, ¿sabe?

—Lo ignoraba.

—Oh, sí. Ninguno de nosotros aprecia al señor Lorin Cherkassky —explicó Winfield—, y en consecuencia apreciamos al hombre que ha sido capaz de enviarle al hospital para una estancia prolongada.

—No me proponía enviarle al hospital. Quería matarle.

—Una laudable ambición, hijo mío. Lástima que no tuviera éxito. Sin embargo, su conducta le ha ganado a usted la amistad de por vida de todos los hombres de esta prisión; de por vida, porque imagino que esa será su sentencia.

—Supongo que sí.

—Supone usted bien, hijo mío. Una de las grandes ventajas de mezclar el luteranísimo, del tipo que aquí tenemos, con el gobierno, es que simplifica el procedimiento para librarse de los políticos. La teoría parece ser la de que, dado que nos hemos condenado alegremente a nosotros mismos a tormentos eternos en el más allá con nuestros propios actos, apenas nos daremos cuenta del paso de toda una vida mortal en la prisión.

—Una curiosa teoría. ¿Por qué está usted aquí? —preguntó Tallon por pura cortesía, ya que lo único que realmente deseaba hacer era permanecer sentado al sol y dormitar. Había des cubierto que aún podía soñar, y en sueños sus castaños ojos de plástico eran tan buenos como unos ojos de verdad.-Soy doctor en medicina. Llegué aquí procedente de Louisiana cuando este planeta fue alcanzado por primera vez. Entonces no se llamaba Emm Lutero, desde luego. Dediqué toda una vida de duro trabajo a este mundo, y lo amaba. De modo que cuando se separó del Imperio, trabajé para devolverlo a su verdadero destino.

Tallon sonrió con cierto sarcasmo.

—Supongo que cuando pasó usted a los detalles prácticos de su tarea para devolver un mundo a su verdadero destino, esa tarea incluía el librarse de los políticos obstinados...

—Bueno, hijo mío, en mi planeta natal teníamos el dicho de que vale más prevenir que curar. De modo...

—De modo que está usted en prisión a perpetuidad por algo que le hubiera valido la misma sentencia, o peor, bajo cualquier otro régimen político —Tallon habló furiosamente, y cuando hubo terminado se produjo un largo silencio. Un insecto zumbó cerca de su rostro y luego se alejó en el cálido aire.

—Me sorprende oírle hablar de esa manera, hijo mío. Creí que teníamos intereses comunes, pero temo haberme equivocado. Me marcho.

Tallon asintió y escuchó cómo Winfield se ponía trabajosamente en pie. Algo volvió a rozar ligeramente su pierna. Esta vez alargó la mano hacia ello y se encontró sujetando la contera de un bastón.

—Perdone —dijo Winfield—. El bastón es un recurso antiguo de los miembros de nuestra cofradía, pero su utilidad es indiscutible. Sin él hubiera caído sobre sus piernas, con las consiguientes molestias para ambas partes.

Transcurrieron varios segundos antes de que Tallon consiguiera absorber el pleno significado de las palabras del doctor Winfield.

— Espere un momento. ¿Quiere usted decir que es...?

—La palabra es ciego, hijo mío. Dentro de unos años se habrá acostumbrado a pronunciarla. — ¿Por qué no me lo dijo antes? Yo no lo sabía. Vuelva a sentarse, por favor.

La mano de Tallon encontró el brazo del hombre y lo retuvo. Winfield pareció considerar la idea; luego se sentó, resoplando. Tallon sospechó que estaba muy gordo y en mala condición física. Encontraba irritante la pomposidad de Winfield, especialmente cuando le llamaba "hijo mío", pero era un hombre que había explorado ya el camino que Tallon estaba destinado a recorrer. Permanecieron sentados en silencio durante largo rato, escuchando el rítmico crujir de la gravilla mientras el resto de los prisioneros realizaban sus ejercicios en otra parte del patio.

—Supongo que se está preguntando si perdí la vista de la misma manera que usted —dijo finalmente Winfield.

—Bueno, sí.

—No, hijo mío. Fue mucho menos dramático. Hace ocho años intenté fugarme de este lugar con la idea de buscar un modo de regresar a la Tierra. Logré llegar al marjal. Esa es la parte más fácil, desde luego; cualquiera puede alcanzar el marjal. Lo difícil es pasar al otro lado. En el marjal hay un tipo de insecto muy desagradable. Las hembras atacan al hombre en los ojos y depositan allí sus huevos. Cuando los guardianes me devolvieron al Pabellón tenía un nido de larvas en cada ojo.

"El doctor Heck se las vio y se las deseó para impedir que llegaran al cerebro. Se sintió delirantemente feliz durante casi una semana: silbaba continuamente melodías de Gilbert y Sullivan.

Tallon estaba anonadado.

— Pero, ¿qué esperaba hacer usted, suponiendo que hubiese logrado cruzar el marjal? La terminal del espacio de New Wíttenburg se encuentra a dos mil kilómetros de aquí, y aunque sólo estuviera a mil metros de distancia, no habría usted podido burlar los puestos de control.

-Hijo mió -dijo Winfield tristemente , te preocupan demasiado los detalles. Admiro a un hombre que tiene en cuenta los detalles, pero no hasta el punto de conducirle a una actitud negativa en lo que respecta al plan principal.

¿Plan? ¿Qué plan? Lo único que usted tenía era la idea descabellada de que podría recorrer unos cuantos siglos-luz y regresar a Louisiana.

—El progreso es la historia de muchas ideas descabelladas, Sam. Los vuelos interestelares fueron una idea descabellada hasta que alguien los puso en marcha. No puedo creer que estés dispuesto a pudrirte en este lugar durante el resto de tu vida.

—Es posible que no esté dispuesto a ello, pero voy a hacerlo.

— ¿Incluso si yo te ofrezco llevarte conmigo la próxima vez? —La voz de Winfield se había convertido en un susurro.

Tallon rió en voz alta por primera vez desde la mañana en que McNulty se había derrumbado en su oficina y le había entregado un trozo de papel conteniendo la dirección cósmica de un nuevo planeta.

—Déjeme en paz, viejo —dijo—. Ya me ha dado bastante lata. Ahora quiero que mis oídos descansen un poco.

Winfield continuó hablando.

—La próxima vez las cosas serán completamente distintas. En aquella ocasión no estaba preparado para el marjal, pero desde entonces han transcurrido ocho años. Y, le aseguro que ahora cómo cruzarlo.

— ¡Pero está usted ciego! Tendría dificultades incluso para cruzar el campo de juego de unos niños.

—Ciego —dijo Winfield con aire misterioso—, pero no ciego.

—Hablando —replicó Tallon en tono similar—, pero sin hablar cuerdamente.

—Escuche esto, hijo mío —Winfield se acercó más, hasta que su aliento rozó la oreja de Tallon. Olía a pan y mantequilla—. Usted ha estudiado electrónica. Y sabe que en la Tierra, y en la mayoría de los otros mundos también, un ciego puede beneficiarse de muchos tipos de aparatos. —Eso no cuenta para Emm Lutero, doctor, y usted lo sabe. Aquí, la industria electrónica forma parte del programa de investigación espacial. Todos los especialistas en electrónica del planeta trabajan en el programa o en proyectos prioritarios relacionados con él, o se encuentran en ese nuevo planeta que han descubierto. Además, el Moderador Temporal ha decretado que unir partes fabricadas por el hombre a cuerpos modelados a Imagen de Dios es un sacrilegio. Los aparatos de los que usted habla sencillamente no existen en esta parte de la galaxia.

—Existen —dijo Winfield en tono de triunfo—. O existirán muy pronto. Yo estoy construyendo una primitiva lámpara sonar en el centro de rehabilitación de la prisión. Al menos, Ed Hogarth, que dirige el taller del centro, la está construyendo bajo mi dirección. Yo no puedo hacer el trabajo por mí mismo, naturalmente.

Tallon suspiró resignadamente. Parecía como si la conversación de Winfield estuviera hecha de fantasías y de afirmaciones absurdas.

— ¿Quiere usted decir que allí no les vigilan? ¿Que no les importa que dos de las normas más estrictas del gobierno sean quebrantadas con equipo del gobierno y en un establecimiento del gobierno?

Winfield se puso ruidosamente en pie.

—Hijo mío, por lo visto es usted incurablemente escéptico, aunque quiero suponer que en circunstancias menos desgraciadas es capaz de comportarse de un modo civilizado. Venga conmigo.

-¿A dónde?

—Al taller. Allí le esperan un par de sorpresas.

Agarrándose al brazo de Winfield, Tallon le siguió fuera del patio, consciente de que su curiosidad se había despertado como nunca creyó que volvería a despertarse. Winfield avanzaba con seguridad y con bastante rapidez, golpeando el suelo con su bastón. Mientras andaban, una serie de hombres toca-ron el brazo de Tallon en un gesto de amistoso saludo, y uno de ellos depositó un paquete de cigarrillos en su mano libre. Tallon luchó por mantener su cabeza erguida y andar resueltamente, pero resultaba casi imposible, aunque podía sentir grabándose en su rostro la estereotipada sonrisa de disculpa de un hombre sin vista.

Para llegar al taller del centro de rehabilitación tuvieron que pasar por delante del edificio principal de la prisión y andar otros doscientos metros hasta un bloque auxiliar. Durante el paseo Winfield explicó que su lámpara emitía un delgado rayo de inaudible sonido de alta frecuencia y tenía un receptor para captar los ecos; un mecanismo electrónico combinaba los sonidos de salida y retorno. La idea era la de que el generador de sonido barrería repetidamente desde unos 80 a 40 kilociclos por segundo, de modo que en cualquier momento 'a señal de salida seria de una frecuencia ligeramente menor que la de cualquiera de los ecos. Combinando las dos se produciría un sonido de frecuencia proporcional a la distancia de cualquier objeto en el rayo de la lámpara, permitiendo así que un hombre ciego tuviera un cuadro mental de su entono.

Winfield había elaborado en parte la teoría, y en parte la recordaba de artículos en antiguas revistas de tecnología médica. Ed Hogarth, que al parecer era un hábil mecánico, le había construido un prototipo, pero tenía dificultades con la electrónica de la fase de reducción de frecuencia, que tendría que hacer audibles para el oído humano los ultrasonidos.

Mientras escuchaba, Tallon sentía un creciente respeto hacia el anciano doctor, que parecía sinceramente incapaz de aceptar la derrota. Llegaron al centro de rehabilitación y se detuvieron en la entrada.

—Una cosa más antes de que entremos, hijo mío. Quiero que me prometa que no le dirá nada a Ed acerca del verdadero motivo por el cual quiero construir la lámpara. Si lo sospechara, dejaría de trabajar en ella inmediatamente... para salvarme de mi mismo, como diría él. —De acuerdo —dijo Tallon—, pero a cambio quiero que usted me haga otra promesa. Si realmente tiene un plan de fuga, no me incluya en él. Si algún día decido suicidarme, escogeré un sistema más cómodo.

Subieron un tramo de escalera y entraron en el taller. Tallon lo identificó inmediatamente por el olor familiar a soldadura caliente y a humo viciado de cigarrillos, un olor que no había cambiado desde su época de estudiante.

— ¿Estás ahí, Ed? —Los ecos despertados por la voz de Winfield sugirieron que el taller era bastante pequeño—. He traído a un visitante.

que has traído a un visitante —dijo una voz áspera y chillona desde muy cerca—. Puedo verle, ¿no es cierto? Hace tanto tiempo que estás ciego que empiezas a creer que los demás tampoco tienen vista. — La voz se apagó en un refunfuñar apenas audible.

Winfield soltó su risa retumbante y le susurró a Tallon:

—Ed nació en este planeta, pero fue muy activo en el antiguo movimiento Unionista, y no tuvo el suficiente sentido común para marcharse cuando los luteranos se impusieron. Fue detenido por Kreuger, y sufrió un desgraciado accidente en sus talones cuando intentaba fugarse. Hay unas cuantas víctimas de Kreuger andando a saltitos como los pájaros por el Pabellón.

—Pero tengo los oídos sanos —advirtió la voz de Hogarth.

—Ed, te presento a Sam Tallon... el hombre que casi acabó con Cherkassky. Es un experto en electrónica, de modo que quizá ahora puedas conseguir que mi lámpara funcione.

—Me gradué en electrónica —dijo Tallon—, que no es lo mismo que ser un experto.

—Pero será capaz de poner en marcha un simple reductor de frecuencia —dijo Winfield—. Venga, toque esto.

Arrastró a Tallon hasta una mesa de trabajo y colocó sus manos sobre un complicado objeto de metal y de plástico de unos noventa centímetros cuadrados. — ¿Es esto? —Tallon exploró el aparato con sus dedos—. ¿De qué va a servirle esto? Creí que estaba hablando de algo que podría transportar en una mano.

—Eso es un modelo —intervino Hogarth en tono impaciente—, de un tamaño veinte veces superior al del verdadero instrumento. Eso le permite al doctor palpar lo que cree que está haciendo, y yo lo reproduzco en el tamaño adecuado. Es una buena idea, salvo que no funciona.

—Ahora funcionará —dijo Winfield, en tono de profundo convencimiento—. ¿Qué dice usted, hijo mío?

Tallon pensó en el asunto. Winfield parecía ser un viejo chiflado, y probablemente Hogarth estaba tan chiflado como él, pero en los breves momentos que había pasado con ellos, Tallon casi había olvidado que estaba ciego.

—Les ayudaré —dijo—. ¿Tienen materiales para construir dos prototipos?

Winfield le apretó excitadamente la mano.

—No se preocupe por eso, hijo mió. Helen se encargará de proporcionarnos todo el material que necesitemos.

-¿Helen?

—Sí. Helen Juste. Es la directora del centro de rehabilitación.

— ¿Y no les ha prohibido fabricar este aparato?

— ¿Prohibido? —rugió Winfield—. Fue principalmente idea suya. Se entusiasmó con ella desde el primer momento.

Tallon agitó la cabeza con aire de incredulidad.

— ¿No es una actitud un poco rara por parte de un funcionario del gobierno? ¿Por qué habría de arriesgarse a comparecer delante del sínodo doctrinal sólo para ayudarle a usted?

—Vuelve usted a las andadas, hijo mío... permitiendo que su preocupación por los pequeños detalles le oculte el plan general. ¿Cómo puedo saber por qué actúa de ese modo? Tal vez le gusten mis ojos; el doctor Heck me dice siempre que son de una hermosa tonalidad azul. Desde luego, el doctor Heck no puede ser objetivo, ya que los hizo el personalmente. Winfield y Hogarth estallaron simultáneamente en una ruidosa carcajada. Tallon apoyó sus manos sobre el macizo modelo de reductor de frecuencia, y pudo sentir la luz del sol calentado su piel. Todas sus ideas preconcebidas habían sido erróneas. La vida de un hombre ciego no tenía que ser forzosamente monótona y aburrida.

VI

Tallon colocó cuidadosamente la lámpara sonar en su frente, aplicó el auricular a su oído derecho y pulsó el interruptor. Se irguió, movió la cabeza a uno y otro lado experimentalmente, y empezó a andar. Tuvo una súbita consciencia de hasta qué punto se había acostumbrado a tantear su camino con un bastón.



El alcance de la lámpara había sido establecido para cinco metros, lo cual significaba que todo lo que se encontrara más allá de aquella distancia no produciría ningún eco. Mientras avanzaba movió la cabeza, primero horizontalmente y luego verticalmente. El último movimiento produjo un tono que podía ser comparado a una uve invertida cuando el rayo sonar, ahora tocando el suelo, se acercaba a sus pies y volvía a retroceder.

Tallon se obligó a si mismo a andar con pasos tranquilos y uniformes, prestando toda su atención al tono electrónico ascendente y descendente. Había recorrido casi diez metros cuando empezó a captar un leve blip próximo a la cumbre de cada rastreo vertical. Sin dejar de andar, aunque ahora más lentamente, se concentró en la parte superior del rastreo. El blip se hizo más agudo en la escala tonal con cada aparición, y finalmente Tallon fue capaz de convertirlo en una nota estable y estridente inclinando ligeramente su cabeza hacia abajo.

Extendió su mano y tocó una barra de metal suspendida inmediatamente debajo del nivel del ojo.

— ¡Maravilloso! ¡Eso es realmente maravilloso! La voz femenina sonó joven y lozana, y le pilló por sorpresa. Se volvió hacia ella, preguntándose qué aspecto tendría con su tosco uniforme de presidiario y una caja de plástico atada a la frente, e inmediatamente se sintió asombrado ante su propia reacción. Al parecer, su ego masculino se consideraba aún en libertad, con unos ojos de verdad en lugar de botones de plástico. En el sonar captó el tono ligeramente discordante producido por un ser humano.

— ¿La señorita Juste-? —preguntó.

—Sí. El doctor Winfield y Ed me dijeron que estaba realizando usted grandes progresos con el sonar, pero no imaginaba que hubiera llegado tan lejos. Me alegro de haberlo comprobado por mí misma.

—El trabajo ayuda a pasar el tiempo.

Tallon sonrió sin demasiada convicción. Se sentía extrañamente intranquilo, como si hubiese estado a punto de recordar algo importante y en el último segundo se le hubiera escapado. Tal vez este fuera un buen momento para empezar a hurgar en las motivaciones de la señorita Juste.

—Es usted muy amable al permitirnos trabajar en este aparato, visto el clima de opinión oficial.

Se produjo un breve silencio, y luego Tallon oyó el sonido familiar del bastón de Winfield y de las muletas de Hogarth acercándose a través del piso de hormigón que estaban utilizando para las pruebas del sonar.

—Bueno, señorita Juste —dijo Winfield—. ¿Qué opina usted de eso?

—Estoy realmente impresionada. Se lo estaba diciendo al Recluso Tallon. ¿Es necesario trabajar más en un instrumento que funciona tan bien?

Tallon observó que la señorita Juste utilizaba la palabra Recluso al referirse a él, en contraste con su manera informal de dirigirle a Winfield y a Hogarth. Mantuvo el rayo sonar enfocado hacia ella, maldiciendo silenciosamente sus limitaciones. En lo que respecta al rayo, no establecía ninguna diferencia significativa entre una grúa y una artista de variedades. Tallon sintió la primera comezón de una idea.

—Las pruebas preliminares están a punto de terminar —anunció Winfield orgullosamente—. A partir de ahora, Sam y yo llevaremos los sonares permanentemente a fin de adquirir experiencia con ellos. Tardaremos unas cuantas semanas en seleccionar la mejor longitud de frecuencia y establecer la anchura de rayo óptima.

—Comprendo. Bueno, manténganme informada de sus progresos.

—Desde luego, señorita Juste. Y muchas gracias por todas sus bondades.

Tallon oyó alejarse sus pasos firmes y ligeros; luego se volvió hacia Winfield. Distinguir entre Winfield y Hogarth con el rayo resultaba fácil, debido a que el doctor superaba en más de una cabeza la estatura de su tullido compañero. Para demostrar su creciente dominio del sonar, Tallon tocó a Winfield exactamente en el hombro.

— ¿Sabe una cosa, Logan? Podría usted cometer un error al no incluir en su plan general un análisis de las motivaciones de la señorita Juste. No me ha dado la impresión de ser una muchacha que hace las cosas sin tener un motivo concreto.

—Ya salió aquello —gruñó Hogarth—. Resulta que sabe más acerca de la señorita Juste que nosotros, sin haberla visto nunca. Este muchacho debió de ser un mediocre jugador de cartas cuando tenía ojos.

Tallon sonrió. Al principio le habían desconcertado las continuas y directas referencias de Hogarth a su ceguera. Luego se había dado cuenta de que eran beneficiosas para su sentido de la proporción, y de que eran formuladas por aquel mismo motivo.

Por la tarde, Tallon y Winfield dieron un paseo utilizando sus sonares para orientarse. Se limitaban a recorrer una pista de tenis que no era utilizada y a la cual sólo tenían acceso los prisioneros incapacitados. Ninguno de los guardianes les interrogó acerca de las cajas atadas a sus frentes, y Tallon supuso que Helen Juste les había dado instrucciones para que les dejaran en paz. Había observado, también, que ninguno de los médicos de la plantilla les había hablado acerca del proyecto sonar. Le preguntó a Winfield cuanta influencia tenía la mujer en la administración del Pabellón.

—No estoy seguro —respondió Winfield—. He oído decir que está emparentada con el propio Moderador. Me han contado que el centro de rehabilitación fue idea suya, y que el Moderador tuvo que tirar de muchos hilos para llevar la cosa adelante. La terapia ocupacional no es una doctrina ortodoxa, ¿sabes? El sínodo recomienda oración y ayuno para los intransigentes como nosotros.

—Pero, ¿relajaría el Moderador las normas hasta ese extremo?

—Hijo mío, usted se lo toma todo demasiado al pie de la letra. Unos cuantos años en la política práctica le hubieran sentado muy bien. Escuche, si el jefe de un gobierno ordena a su pueblo que deje de beber porque su embriaguez está arruinan do la economía del país, eso no significa que él mismo vaya a renunciar a la bebida. Y tampoco significa que la medida vaya a afectar a sus parientes y amigos. La naturaleza humana es así.

—Escuchándole a usted, todo parece muy sencillo —dijo Tallon en tono impaciente. Decidió exponer la idea que se le había ocurrido durante su conversación con Helen Juste-. ¿Sigue usted trabajando en su plan para fugarse del Pabellón?

—Hijo mío, si no puedo morir en la Tierra, no sabría cómo morir. ¿Va a venir conmigo?

—Ya le dije lo que opinaba al respecto, pero es posible que pueda ayudarle.

-¿Cómo?


— ¿Cree que la señorita Juste nos proporcionaría un par de cámaras de televisión? ¿De esas del tamaño de un cacahuete que se utilizan para espiar a las personas en sus apartamentos? Probablemente las tienen instaladas por toda la prisión.

Winfield se detuvo y hundió sus dedos en el brazo de Tallon.

— ¿Quiere usted decir lo que yo creo que quiere decir?

—Si. ¿Por qué no? Los dos tenemos nuestros nervios ópticos intactos. Sólo es cuestión de convertir la salida de la cámara al tipo de señal correcto y adaptarla a los terminales nerviosos. Es una técnica corriente en la Tierra.

—Pero, ¿no requeriría una intervención quirúrgica? Dudo que...

—No sería necesaria ninguna intervención quirúrgica si enfocábamos exactamente la señal a través del ojo. El hecho de que tengamos pieles de plástico en nuestros ojos podría ser útil, ya que podríamos insertar un simple dispositivo X e Y en el plástico para mantener el rayo apuntado al terminal nervioso, independientemente de los movimientos del ojo.

Winfield empezó a temblar de excitación.

—Si pudiera ver de nuevo, y con los preparativos que he hecho para el marjal, estaría paseando por la calle principal de Natchitoches dentro de un año. Lo —su voz normalmente poderosa, sonó extrañamente débil.

—Bueno, ese es el plan general —dijo Tallon—. Ahora tenemos que considerar esos pequeños detalles que son mi especialidad. Necesitamos las cámaras y una serie de componentes microminiaturizados. Y debemos tener acceso a revistas especializadas y a un lector automático: usted absorbería los datos fisiológicos; yo me ocuparía de las investigaciones sobre semiconductores.

—Pero, ¿quién construirá las unidades? Ed no sabe nada de ese tipo de trabajo.

—Ese es otro detalle. Tendría que pedirle usted a la señorita Juste que nos permitiera utilizar un robot de montaje, al menos del Grado 2, programado para electrónica microminiatura. Probablemente tienen uno en su laboratorio de mantenimiento. —Pero... ¡Dios mío, Sam! Esas cosas cuestan más de medio millón...

—Pídaselas, de todos modos. Ella le complacerá. Recuerde que está enamorada del color de sus ojos...

Tallon permaneció erguido por unos instantes, con el rostro vuelto hacia el cálido sol blanco de Emm Lutero, experimentando una rara sensación de certidumbre.

Una semana más tarde dos guardianes introducían el robot de montaje en el taller del centro sobre una carretilla de gravedad negativa.

Tallon había pasado la mayor parte de la semana practicando con su sonar y, al mismo tiempo, tratando de comprender lo que le había ocurrido el primer día que habló con Helen Juste. Una explosión psíquica, un violento trastorno en su subconsciente... y sin ningún motivo para ello. Descartaba todos los fenómenos vagamente paranormales que a veces se asocian con el amor romántico, en parte por escepticismo innato, en parte porque nunca había visto a la señorita Juste. Hogarth la había descrito como una pelirroja flaca con ojos color naranja, de modo que no podía ser el tipo de mujer capaz de trastornar profundamente a un hombre. Y ni siquiera en el supuesto de que hubiera sido una mujer realmente impresionante se explicaba la súbita sensación que había experimentado Tallon y a través de la cual había sabido que Helen Juste les proporcionaría el equipo. Cada noche, mientras yacía en su celda esperando la pálida luz de los sueños, retornaba al problema una y otra vez, intentando arrancar de él algún significado.

Pero una vez quedó instalado el robot y se inició la tarea de programarlo, la mente de Tallon se concentró exclusivamente en el proyecto. Winfield y él, durante semanas enteras, pasaron todas las horas del día —a excepción de las comidas y de los rezos obligatorios —en la biblioteca de la prisión, escuchando a lectores automáticos. La mayoría de las revistas eran de fecha muy atrasada, debido a que su importación de la Tierra no había sido estimulada nunca por el gobierno luterano y, en los últimos años, había sido prácticamente prohibida por la Tierra, a causa del empeoramiento de las relaciones entre los dos planetas desde que Aitch Mülhenburg había caído en el regazo de Emm Lutero; pero la información que contenían era igualmente valiosa.

Mientras trabajaba en ella, Tallon notó que su mente se hundía a través de las capas que los años habían superimpuesto sobre su personalidad. Emergía un Sam Tallon más joven, que se había propuesto abrirse camino en el terreno de la física, hasta que algún acontecimiento olvidado le había conducido al vagabundeo primero y finalmente al Bloque y a todo lo que el Bloque representaba. La alegría que Tallon experimentaba era tan profunda, que empezó a sospechar que el verdadero motivo para iniciar el proyecto del ojo artificial había sido un impulso subconsciente... y no el deseo de recobrar la vista ni de ayudar a Winfield. Había en él una absorbente necesidad de recrearse a sí mismo tal como era... ¿cuándo? ¿Y por que un solo encuentro con Helen Juste tendría que haber disparado el impulso? No recordaba a ninguna muchacha de pelo rojo y ojos de color anormal que pudiera haber sido una proto-Helen.

Cuando el programa computado tomó forma, pusieron al robot de montaje a trabajar en dos prototipos idénticos de lo que, por falta de imaginación, llamaron "juegos de ojos". Completando el programa, con su vasto almacén de instrucciones incluido en él para la electrónica microminiatura, el robot montó lentamente dos pares de gafas en la intimidad cerrada al vacío de su vientre estéril. Tenían un aspecto convencional, salvo por las cuentas que eran las cámaras de televisión montadas sobre el puente. Los aros servían para dirigir las microondas hacia el interior de los ojos.

El único problema que Winfield y Tallon tenían que resolver por si mismos —a través de las manos de Ed Hogarth — era el de mantener los rayos exactamente enfocados sobre el nervio óptico. Lo resolvieron mediante una modificación del plan original de Tallon: una sola cuña de metal en el borde de cada iris de plástico. La teoría era la de que cada movimiento del ojo llevaría a la cuña de metal a una nueva posición en un débil campo magnético generado en el interior de la armazón de las gafas, proporcionando así datos de referencia a una computadora situada en el cristal que modificaría la dirección de los rayos de acuerdo con aquellos datos.

Cuando llegaron a la parte final del programa, que se ocupaba de los circuitos para el lenguaje infinitamente más sutil de las células gliales, Tallon estaba entregado en cuerpo y alma a la aventura intelectual. Apenas tocaba sus comidas y adelgazaba cada día más.

El prolongado ensueño llegó a su final una tarde mientras Tallon permanecía en el cono de sonido de un lector automático. Supo que se acercaba Winfield por el rápido y nervioso golpeteo del bastón que el anciano seguía utilizando conjuntamente con la lámpara sonar.

-Tengo que hablar con usted inmediatamente, hijo mío. Siento interrumpirle, pero es muy importante —la voz de Winfield sonó ronca y apremiante.

—De acuerdo, doctor. ¿Cuál es el problema? —Tallon se levantó del sofá y salió de la zona de sonido.

-El problema es Cherkassky. Nuestro servicio clandestino de información dice que va a salir del hospital.

—Bueno, mientras yo esté aquí no puede alcanzarme.

—Ese es el problema, hijo mío. Dicen que aún no está apto para el servicio normal, pero se las ha arreglado para integrarse en la plantilla del Pabellón durante su convalecencia. Sabe lo que significa eso, ¿no es cierto? ¿Sabe por qué va a venir aquí?

Lentamente, Tallon alzó las manos hasta su rostro y las yemas de sus dedos recorrieron la curva de sus ojos de plástico.

—Sí, doctor —murmuró—. Gracias por decírmelo. Sé por qué va a venir aquí.


VII


¡Luz... intensa y sostenida!

¡Dolor... intenso y sostenido!

Tallon se quitó las gafas y permaneció sentado, encogido en la silla, esperando a que remitiera la terrible agonía. Sabía que sus ojos habrían estado llenos de lágrimas si las glándulas no hubieran sido reventadas por los dardos de la pistola-avispa de Cherkassky. El dolor tardó largo rato en retroceder, alcanzando ocasionalmente su nivel anterior, como una renuente marea baja.

— ¿Qué pasa, Sam? ¿No mejora la cosa? —preguntó Hogarth en tono frío y desinteresado, lo cual significaba que estaba alarmado.

Tallon agitó la cabeza.

—No damos en el clavo. Hay algo que no funciona en la fase de conversión. Las señales que el nervio espera y las señales que le proporcionamos no son compatibles... y duelen tanto que ni siquiera puedo buscar respuestas que armonicen.

—Emprendimos una gran tarea, hijo mío —dijo Winfield tristemente—. Tal vez demasiado grande, dadas las circunstancias.

—No se trata de eso. Todo marchaba perfectamente, hasta la última fase. La síntesis del código glial era la única parte realmente dura, pero la estábamos superando. Yo estaba bebiéndola, hasta que oí hablar de nuestro amigo Cherkassky.

—Fue solamente un rumor. No es la primera vez que nuestro servicio clandestino de información se equivoca. —Tal vez, pero el efecto es el mismo, sea cierto o falso el rumor. Ahora no puedo retener el concepto. No puedo decir con seguridad si hemos estado trabajando basándonos en un error fundamental o si se trata simplemente de eliminar unos cuan tos parásitos. ¿Qué me dice de un anestésico local para matar el dolor mientras examino los resultados que alcanzamos?

—Seria peligroso. Podría quemar sus nervios ópticos.

—Entonces, ¿qué diablos vamos a hacer? Hemos perdido ya dos semanas tratando de sintetizar algo que todo animal inferior que anda, vuela o nada puede hacer sin proponérselo si quiera. No hay derecho a... ¡Cristo! —exclamó Tallon súbita mente, muy excitado, mientras una nueva luz iluminaba su cerebro.

—No pierda la calma —le advirtió Winfield, intranquilo—. Ya sabe cómo se castiga la blasfemia en este planeta.

—No estaba blasfemando. Doctor, sé dónde podemos captar todo el complejo eléctrico-visual. Todo el proceso: varilla y-cono, bipolares, ganglios, guales... absolutamente a punto. Preparado para que nosotros podamos utilizarlo.

-¿Dónde?

—Aquí mismo, en el taller. Los ojos de Ed son normales, ¿no es cierto?

Hogarth gimió, alarmado.

—Mis ojos están muy bien, y pretendo consérvalos así, maldito vampiro terrestre. Deje a mis ojos fuera del asunto.

—Lo haremos, pero sus ojos no nos dejan en paz a nosotros. Nos están bombardeando, a nosotros y a todo lo que le rodea a usted, con la información exacta que el doctor y yo necesitamos. Cada contracción de sus nervios ópticos nos rocía de electrones. Es usted una pequeña emisora de radio, Ed, y su tocadiscos pone una sola melodía: el código glial.

-Mi madre tenía razón —dijo Hogarth reflexivamente—. Siempre supo que cumpliría como los buenos.

--No se excite, Sam —dijo Winfield sin perder la calma -¿Cree que esta ve/ lo conseguiremos?—Esta vez lo conseguiré.

Cuatro días más tarde, cuando el amanecer empezaba a difuminar las estrellas, Tallon vio a Winfield por primera vez.

Permaneció completamente inmóvil durante unos instantes, saboreando el milagro de la visión, sintiéndose anonadado por la repentina revelación del pináculo de tecnología humana sobre el cual se asentaba su triunfo: Los siglos de investigaciones sobre el complicado lenguaje de las transitorias células guales; el desarrollo de los robots de montaje y los micro-Waldos; los progresos de la filosofía cibernética que capacitaban a un hombre para incorporar un billón de circuitos electrónicos a un solo trozo de cristal y utilizar únicamente aquellos que servían a su propósito, sin saber siquiera qué circuitos eran.

—Cuéntanos lo peor, hijo mío.

—Perfecto, doctor; funciona. Puedo verle a usted. Lo malo es que también puedo verme a mí mismo.

Tallon rió su propia humorada y luchó por adaptarse a la situación increíblemente anómala de tener el cuerpo en un lugar y los ojos en otro. Para la primera prueba del nuevo juego de ojos, Winfield y él se habían sentado juntos en un extremo del taller, mientras Hogarth permanecía en el otro extremo con instrucciones estrictas de no apartar la mirada de ellos. Tallon no se había movido, pero sus nuevos ojos le de-cían que estaba al otro lado de la habitación, mirando a Winfield y a él mismo.

El doctor se parecía notablemente a la imagen mental que Tallon se había formado de él: un viejo gigante de rostro rubicundo y cabellos plateados. Sujetaba un bastón con una mano, y su cabeza, a la cual estaba atada la caja gris de su lámpara sonar, se mantenía en la actitud erguida y alerta del hombre ciego.

Tallon se examinó a sí mismo con curiosidad. Su rostro, detrás de la armazón del juego de ojos, parecía más alargado y más pensativo que nunca, y lo ancho que le quedaba el mono pardo del Pabellón revelaba que había perdido alrededor de media docena de kilos desde que llegó a la prisión. Aparte de eso tenía el mismo aspecto de siempre, algo que Tallon encontró sorprendente, teniendo en cuenta cómo se sentía. Su atención se volvió de nuevo hacia Winfield, cuyo rostro estaba tenso de concentración mientras esperaba oír lo que Tallon tu viera que decirle.

—Relájese, doctor. Ya se lo he dicho: funciona perfectamente. Sólo estoy acostumbrándome a verme a mí mismo tal como me ven los demás.

Winfield sonrió; en aquel preciso instante Tallon abrió mucho la boca y se agarró a los lados de la silla en busca de apoyo, mientras el taller parecía desdarse por debajo de sus pies y alejarse de él, rebotando.

— ¡Quieto, Ed! —gritó frenéticamente—. Deje de dar saltos. Recuerde que estoy conectado a usted.

—No me importa —dijo Hogarth—. Voy a estrechar su mano. Tenía mis dudas acerca de usted, Sam, pero veo que es un muchacho brillante, a pesar de su educación universitaria.

—Gracias, Ed.

Tallon contempló fascinado cómo su propia imagen se hacía más amplia y más cercana en tanto que las muletas metálicas de Ed fluctuaban en el borde inferior de su campo vi su al. Extendió su mano y observó que otro Sam Tallon realizaba un movimiento idéntico. Finalmente vio la delgada mano de Hogarth que agarraba la suya. El contacto de los dedos, produciéndose en el momento exacto, fue como un shock eléctrico.

Tallon se quitó el juego de ojos con su mano libre, sumergiéndose en una amable oscuridad, y luchó contra el mareo. Por un instante, la desorientación había sido absoluta.

—Ahora le toca a usted —dijo, alargando el juego de ojos hacia Winfield—. Quíteselos en cuanto note las primeras molestias, y no se alarme demasiado por sus sensaciones.

—Gracias, hijo mío. No se preocupe sintiéndose ligeramente incómodo, Tallon permaneció sentado mientras el doctor realizaba la prueba. El anciano había estado ciego durante ocho años y era probable que experimentara una impresión más fuerte incluso que la que había experimentado Tallon.

En lo que respecta a la calidad de la visión, el juego de ojos funcionaba perfectamente, aunque quizá no había prestado la atención suficiente a las implicaciones de ver sólo —y concretamente— lo que podía ser visto por la persona cuyos impulsos nerviosos estaba robando. Desde un punto de vista práctico, sería preferible una peor calidad de imagen captada por un receptor situado directamente encima del juego de ojos. Por otra parte, si dispusiera de algo como una ardilla amaestrada para instalarla sobre su hombro...

—Por el amor de Dios, Ed —exclamó Winfield—, deje de mover por unos segundos esa huesuda cabecita suya. Me está mareando.

— ¿Qué pasa aquí? —replicó Hogarth en tono indignado—. ¿De quién es la cabeza, a fin de cuentas? Nadie me da las gracias por utilizar mis ojos; todo el mundo actúa como si los hubieran arrancado de mi cabeza.

—No se preocupe, Ed —le tranquilizó Tallon—. Le serán devueltos cuando hayamos terminado con ellos.

Hogarth resopló y, como de costumbre, empezó a rezongar de un modo casi inaudible. Winfield volvió a demostrar su característica obstinación conservando puesto el juego de ojos más tiempo que Tallon, y ordenando a Hogarth que se acercara a las ventanas y mirase en las direcciones que él le indicaba.

Tallon escuchó con espanto cómo el anciano emitía ruidosos suspiros de satisfacción u ordenaba furiosamente "ojos a la derecha" y "ojos a la izquierda", mientras las protestas de Hogarth se hacían cada vez más audibles y más violentas. Todo terminó súbitamente.

—El juego de ojos ha dejado de funcionar —anunció Winfield—. Se ha estropeado. —Ni hablar —dijo Hogarth triunfalmente—. Me he tapado los ojos con las manos.

— ¡Traidora comadreja! —dijo Winfield en un estruendoso susurro, y luego se echó a reír. Tallon y Hogarth se unieron a la risa, desahogando la tensión que se había estado acumulando en ellos durante semanas.

Cuando finalmente dejaron de reír, Tallon descubrió que estaba hambriento y exhausto al mismo tiempo. Recuperó el juego de ojos y observó cómo Hogarth colocaba el otro prototipo, todavía sin modificar, sobre la plataforma de trabajo del robot de montaje. Vio cómo las delgadas manos del hombre se movían, como surgiendo del propio cuerpo de Tallon, y empezaban a pulsar botones. Las portezuelas del robot se deslizaron de través, y se oyó un siseo cuando fue expulsado el aire de su interior. Para la clase de trabajo que iba a realizar, incluso las moléculas de la atmósfera tenían que ser excluidas.

Tallon se puso en pie y se dio unos golpecitos en el estómago.

— ¿No es ya la hora del desayuno?

Hogarth permaneció sentado ante el cuadro de mandos del robot.

—Lo es, pero creo que me quedaré aquí hasta que haya terminado con este aparato. Algunos de los muchachos empiezan a quejarse de que últimamente les he tenido muy descuidados. Y no quiero que aumente su malestar y estropeen las cosas en el último momento.

—Yo también me quedaré, hijo mío. Lo que está ahí es mi juego de ojos, y no me importa esperar unas cuantas horas para tenerlo en mi poder. Si está usted de acuerdo, le enviaré recado a la señorita Juste diciéndole que esta tarde podemos ofrecerle una demostración.

Tallon encontró extrañamente alarmante la idea de ver real mente a Helen Juste. Ella no había vuelto al taller del centro desde el día en que vio funcionar la lámpara sonar, y el inexplicable torbellino que el encuentro había creado en el interior de Tallon empezaba a aquietarse. No deseaba excitarlo de nuevo, y sin embargo...

—Desde luego. Estoy de acuerdo, doctor. Bueno, voy a ver si encuentro algo para llenar el estómago. Siento volver a molestarle, Ed, pero, ¿le importaría mirarme hasta que haya cruzado la puerta?

Tallon había decidido confiar enteramente en el juego de ojos. Dejó su sonar y su bastón sobre la mesa de trabajo y echó a andar hacia la puerta. Mientras avanzaba se concentró en la imagen de su propia espalda, tal como la veía alejarse Hogarth, y fue capaz de guiar su mano exactamente hacia el pomo de la puerta. Respiró profundamente y abrió la puerta.

—Ahora depende de usted mismo, hijo mío —le recordó Winfield detrás de él.

Tallon fue todavía capaz de captar la visión de Hogart cuando se encontraba en el rellano superior, aunque ahora representaba una desventaja. Deslizó el control de la parte derecha de la armazón del juego de ojos hasta "pasivo", y bajó la escalera a oscuras. Cuando llegó abajo movió de nuevo el control hasta "búsqueda y retención" y seleccionó la extensión máxima. Los hombres se dirigían hacia el comedor en grupos de dos y tres, y casi inmediatamente Tallon se encontró mirando a través de los ojos de otro prisionero.

El hombre andaba seguramente con la cabeza inclinada, ya que Tallon sólo vio pies avanzando a través del hormigón blanco. Manteniendo el control en "búsqueda y retención", pulsó el primer botón de "rechazo". Había incluido seis de aquellos botones en el diseño, de modo que el juego de ojos memorizara temporalmente hasta seis señales individuales y le permitiera reseleccionar cualquiera de ellas a voluntad. Un séptimo botón servía para limpiar la pequeña unidad de memoria.

Esta vez, Tallon tuvo más suerte. Estaba mirando a través de los ojos de un hombre alto que avanzaba ágilmente, con la cabeza erguida, hacia un edificio bajo —presumiblemente el comedor—, en la esquina de una gran plaza. Otros bloques de dos y tres pisos delineaban la cuadratura, y Tallon no tenía la menor idea de cual de ellos era el taller del centro. Levantó los brazos y los agitó, como saludando a un amigo, y se vio a si mismo; una diminuta figura de pie en la entrada del segundo edificio a la derecha del comedor.

Tallon esperó hasta que su anfitrión estuvo cerca del taller; entonces echó a andar rápidamente desde la entrada hacia él, estuvo a punto de tropezar con un guardián y cayó tres pasos más allá. Un par de veces, por la fuerza de la costumbre, trató de mirar atrás por encima de su hombro, pero lo único que vio fue su propio rostro, pálido y ligeramente desencajado, volviéndose brevemente hacia su anfitrión.

En el vestíbulo del comedor reinaba cierto barullo a medida que los grupos convergían allí, y el anfitrión le alcanzó. Tallon se encontró mirando su propia nuca desde muy pocos centímetros de distancia. Aunque desconcertante, la misma proximidad hizo más fácil para Tallon orientarse a través de la puerta interior y hasta un asiento vacío en una de las largas mesas. Su anfitrión se adentró más en el comedor y se sentó, mirando en una dirección que excluía a Tallon del campo visual del hombre. Hurgando en el armazón del juego de ojos, Tallon limpió la unidad de memoria, conectó el alcance mínimo de dos metros, y puso de nuevo en marcha el "búsqueda y retención". Sufrió un momentáneo deslumbramiento mientras el juego de ojos captaba varias señales al mismo tiempo antes de seleccionar a una de ellas. De nuevo tuvo suerte: esta vez estaba mirando a través de los ojos del hombre sentado frente a él al otro lado de la mesa.

Cuando el robot en forma de torre avanzó a lo largo de la ranura central de la mesa sirviendo los desayunos, el estomago de Tallon estaba contraído a causa de la tensión. Sin embargo, se comió todo lo que le pusieron delante; tenía la impresión de que se lo había ganado. Tallon y Winfield, con sus respectivos juegos de ojos puestos, adoptaron la posición de firmes cuando Helen Juste entró en el taller. Hogarth, en su condición de tullido, no estaba obligado a nada más que a una actitud respetuosa, pero se puso en pie y se irguió todo lo que sus muletas le permitían.

Helen Juste sonrió a Hogarth y le indicó con el gesto que volviera a sentarse. Tallon, que estaba conectado a Hogarth, recibió también la sonrisa y respondió instintivamente antes de recordar que no le había sido dirigida. Comprendió lo que Hogarth había querido decir al describir a la señorita Juste como una flaca pelirroja con ojos de color naranja, y al mismo tiempo se maravilló de que un hombre pudiera haber definido con aquella frase el fenómeno de Helen Juste. Era esbelta, no flaca, y todo en ella tenía las proporciones exactas, creando una figura que hubiera emocionado a un diseñador de primera categoría de robots humanoídes. Sus cabellos tenían una tonalidad más cobreña que rojiza, y sus ojos eran del color —Tallon buscó una comparación exacta— del whisky envejecido en un frasco de brillante cristal. Se encontró a sí mismo susurrando una palabra una y otra vez: sí, sí, sí...

Helen Juste permaneció en el taller durante casi una hora, demostrando un vivo interés por los juegos de ojos, interrogando a fondo a Winfield acerca de su funcionamiento y posibilidades. El doctor protestó varias veces, afirmando que el cerebro que estaba detrás de los juegos de ojos no era el suyo, pero aunque la señorita Juste se volvió a mirar a Tallon en aquellas ocasiones, no le dirigió la palabra. Tallon lo encontró más bien satisfactorio, complacido de haber sido situado en una categoría especial.

Antes de marcharse, Helen Juste le preguntó a Winfield si había terminado con el robot de montaje.

—No estoy seguro —dijo Winfield—. Supongo que en el taller de mantenimiento desean recuperarlo lo antes posible, pero no hemos realizado aún pruebas exhaustivas con los juegos de ojos. Podrían ser necesarias algunas pequeñas modificaciones; de hecho, el Recluso Tallon no está realmente satisfecho del concepto básico. Creo que desea intentarlo de nuevo con un sistema de cámaras.

La expresión de Helen Juste se hizo dubitativa.

—Bueno, como usted sabe, he estado tratando de introducir en las altas esferas de la prisión la idea de asignar responsabilidades especiales a los reclusos afectados de alguna incapacidad. Pero hay un límite a lo que puedo hacer en esa dirección, —Vaciló—. Me marcho de permiso dentro de tres días; para entonces tienen que haber devuelto el equipo.

Winfield la saludó a estilo militar.

—Le estamos sinceramente agradecidos, señorita Juste.

Ella se marchó, y Tallon creyó que sus ojos habían parpadeado, especulativamente, en dirección a él, pero la mirada de Hogarth estaba ya enfocada hacia otro punto, de modo que Tallon no pudo estar seguro. Se sentía deprimido por el hecho de que Helen Juste les hubiera recordado que existía un mundo fuera del Pabellón, un mundo al cual ella seguía perteneciendo.

—Creí que iba a quedarse todo el día —se quejó Hogarth amargamente encendiendo su pipa—. No puedo soportar que esa dama flacucha entre en mí taller.

Tallon resopló.

—Usted tiene aún sus ojos, Ed, pero no sabe utilizarlos.

—Muy bien dicho, hijo mío —asintió Winfield—. ¿Se ha dado cuenta de que apenas ha dirigido una mirada a sus piernas? La primera vez en ocho años que tengo la oportunidad de ver a una mujer, y el viejo chivo a cargo de los ojos se pasa el tiempo mirando a través de la ventana...

Tallon sonrió, pero se dio cuenta de que sólo estaba viendo un primer plano de la pipa de Hogart, con un dedo nudoso apretando la ceniza gris en la ennegrecida cazoleta. Tuvo la impresión de que el hombre estaba preocupado.

— ¿Que pasa, Ed?

— ¿Alguno de ustedes, galanes de pacotilla, ha estado hoy en el bloque de recreo para oír las noticias de última hora?

-No.


—Bueno, tendrían que haber estado. Las negociaciones entre Emm Lutero y la Tierra sobre el nuevo planeta han quedado rotas. Los delegados terrestres han comprendido finalmente que el Moderador está dispuesto a quedarse allí para siempre, y han renunciado a continuar las conversaciones. Todo hace suponer que no tardará en estallar la primera guerra interestelar desde que existe el Imperio.

Tallon se llevó una mano a la sien; había estado obligándose a si mismo a olvidarse del Bloque y de la diminuta cápsula incrustada en su cerebro. La idea de que la pequeña esfera de tejido grisáceo pudiera ser equiparada con la inmensidad verdiazul de un mundo feraz resultaba insoportable.

—Una mala noticia —murmuró.

—Hay algo más. El servicio clandestino de información sabe algo concreto acerca de Cherkassky: llegará aquí la semana próxima.

Tallon continuó hablando tranquilamente a pesar del repentino martilleo de su pecho.

—Doctor, no hemos probado aún realmente nuestros nuevos ojos. Creo que deberíamos dar un largo paseo.

— ¿Te refieres a un paseo verdaderamente largo?

Tallon asintió sobriamente. Había dos mil kilómetros hasta New Wittenburg, y ochenta mil portales hasta la Tierra.


VIII


Cronin, el hombre de los pájaros, alzó la mirada hacia ellos con creciente suspicacia en sus enrojecidos ojos.

—No —dijo—. No tengo lechuzas, ni halcones, ni ningún pájaro de esa clase. Aquí, tan al sur, no hay suficientes bichos como para atraerlos. ¿Por qué quieren tener un ave rapaz?

—No la queremos —respondió Tallon rápidamente—. Nos llevaremos dos de esas de color pardo que parecen palomas. Nos basta con que estén lo suficientemente domesticadas como para quedarse con nosotros sin escaparse.

Había deseado aves rapaces porque las posiciones de sus ojos eran más coincidentes con las de los ojos humanos, lo cual significaba que resultaría más fácil acostumbrarse a su forma de visión. Era estupendo tener un centro de visión cerca de su propio cuerpo, pero a Tallon no le entusiasmaba la idea de ver por cada uno de los lados de su cabeza. Sin embargo, lo esencial era disponer inmediatamente de algún sistema óptico utilizable.

—Bueno, no sé nada de todo esto —el hombre de los pájaros miró fijamente a Tallon—: Oiga, ¿no es usted Tallon? Creí que estaba ciego o algo por el estilo.

—Lo estoy... casi. Por eso necesito los pájaros. Serán una especie de perros-guía.

—Mmmmm. No sé. No me parecen ustedes personas amantes de los pájaros. Los pájaros son muy sensibles, ¿sabe?

Winfield tosió impacientemente.

-Le daremos cuatro cartones de cigarrillos por cada uno. Creo que es el doble del precio normal.

El Recluso Cronin se encogió de hombros y sacó dos de los pájaros nativos con aspecto de palomas del tosco gallinero que había construido en el extremo meridional de la península. Ató unos cortos trozos de cordel a las patas de los dóciles y temblorosos pájaros y los entregó a sus clientes.

—Si quieren llevarlos al hombro, átenlos a sus hombreras durante un par de días hasta que se acostumbren a ustedes.

Tallon le dio las gracias, y Winfield y él se marcharon apresuradamente con los pájaros. Cerca de los muros semidemolidos de los jardines del Pabellón original, se detuvieron y trasladaron a los pájaros a sus hombros. Cuando Tallon seleccionó las señales visuales de su pájaro sobre una base de proximidad, experimentó la sensación de que le habían levantado la parte superior de la cabeza, dejando que la luz penetrara en ella. Los ojos ampliamente espaciados del pájaro proporcionaban a Tallon una brillante visión de 360 grados de tierra, mar y cielo. Esta visión, que permitía al pájaro localizar a cazadores y a otros enemigos, le daba a Tallon la impresión de que estaba siendo cazado. Resultaba difícil acostumbrarse a tener el propio oído encima de su campo visual, aunque esto ofrecía la ventaja de que nadie podría pillarle por sorpresa.

Anduvieron hasta la orilla oriental de la península, donde el terreno se elevaba hasta un bajo acantilado, ofreciéndoles una vista a través del planetario océano sin mareas. Tallon quedó extasiado ante aquel cuadro de espaciosidad sin límites y de libertad. Experimentó la sensación de que —si pudiera recordar cómo— era capaz de respirar profundamente y remontar el vuelo por encima de la curva del mundo iluminada por el sol.

Winfield señaló hacia el norte. Más allá de los almenados tejados del Pabellón, resplandeciendo a la luz de la tarde, había un muro de niebla. Arracimados en su base habían capullos, brillantes faros rojos que eran visibles desde más de dos kilómetros de distancia.

—Eso es el marjal. Tiene una extensión de unos ocho kilo-metros antes de que se alcance el continente propiamente dicho.

— ¿No seria más fácil nadar a lo largo de una orilla?

—Habría que nadar adentrándose en el mar durante un par de kilómetros para eludir la maleza que crece al borde del marjal, y las patrullas aéreas nos localizarían inmediatamente. No... el único camino es la línea recta por el centro. Marchando a través del marjal hay una gran ventaja: se nos daría por muertos al cabo de unas cuantas horas, y no investigarían demasiado al otro extremo. De hecho, creo que lo único que harían sería revisar diariamente los depósitos de proyectiles de los rifles cascabel para comprobar si habían registrado que habíamos sido alcanzados por ellos.

— ¿Rifles cascabel?

—Sí. ¿Acaso me olvidé de mencionarlos? —Y Winfield rió sin alegría.

El borde septentrional del marjal era una línea irregular que se extendía unos diez kilómetros a través de la península. La improbabilidad de que algún prisionero la alcanzara había persuadido a los consultores de seguridad del Pabellón de que podían ahorrarse las molestias y los gastos de unas patrullas humanas a lo largo de la frontera. En vez de las patrullas, habían instalado una cadena de cuarenta columnas, equipadas con rifles robot. Cada rifle tenía dos ventosas sensibles al calor ampliamente espaciadas, semejantes a las que hay en la cabeza de una serpiente de cascabel, que les permitían disparar automáticamente contra cualquier ser de sangre caliente que se pusiera a su alcance. Disparaban proyectiles rastreadores del calor, de unos tres centímetros de diámetro, equipados con di minutos motores que les daban una velocidad constante de dos mil metros por segundo. Los rifles habían entrado rara mente en acción contra seres humanos, pero su eficacia había sido demostrada de otras maneras. Una semana después de haber sido instalados, todos los animales indígenas de sangre caliente del marjal habían quedado exterminados. —Si los rifles son tan buenos, ¿cómo vamos a librarnos de ellos? —inquirió Tallon—. ¿Cómo podremos eludirlos?

—Sígueme y te lo enseñaré.

Cruzaron la península al sur del Pabellón y anduvieron a lo largo de la costa occidental, hasta que los edificios de la prisión quedaron detrás de ellos y las verdosas nieblas del marjal remolinearon en el aire, delante. Una simple empalizada de troncos, con alambre de espino en la parte superior, señalaba los límites de los terrenos del Pabellón; más allá, las caprichosas espiras de la niebla del marjal colgaban inmóviles en el aire. Tallon no se había alejado nunca tanto del Pabellón y no había tenido ocasión de comprobar lo inhóspito que era en realidad el marjal. Unas ráfagas de viento trajeron hasta él retazos de su aliento: un aliento pegajoso y frío, e impregnado de un hedor que removió desagradablemente su estómago.

— Precioso, ¿verdad? No es probable que nos asemos de calor ahí -dijo Winfield en tono casi de orgullo, como un propietario mostrando su hacienda—. Ahora no señales ni hagas nada sospechoso, por si nos estuvieran vigilando desde la torre, pero echa una ojeada a la empalizada, cerca de aquella roca blanca. ¿Ves dónde quiero decir?

Tallon asintió.

—Aquella parte está hueca, llena de un tipo de orugas que carcomen la madera. El equipo de mantenimiento revisa la empalizada dos veces al año, rodándola con un insecticida penetrante para eliminar a las orugas. Pero yo me adelanté a pintar aquella zona con un producto que impide la penetración del insecticida. De modo que allí hay ahora un par de millones de orugas para las cuales debo de ser un Dios.

— Buen trabajo; pero, ¿no hubiera sido más fácil pasar por encima de la empalizada?

—Para ti, si. Yo no estoy construido para trepar. Hace ocho años me resultó muy difícil, y mi sombra ha engordado considerablemente desde entonces.

— Iba usted a hablarme de los rifles. —Si. ¿Ves aquellas enredaderas con flores de color rojo os curo, en el mismo borde del marjal? Son plantas dringo. Sus hojas tienen más de medio centímetro de espesor y pueden ser cosidas unas con otras. Traeremos hilo y agujas y confeccionaremos unas pantallas que nos permitirán eludir los rifles.

— ¿Está usted seguro de que son buenas aislantes? —preguntó Tallon en tono dubitativo.

—Tienen que serlo. Una especie de escorpión saltarín que no puede soportar las variaciones de temperatura vive debajo de aquellas hojas. Si se le priva de su cubierta protectora se vuelve loco. Pero no se preocupe; estaremos protegidos.

—Esa es la otra cosa por la que iba a preguntarle.

—Todo está en el plan, hijo mío. Cerca de aquella misma roca blanca hay una pequeña fisura en el suelo. Era uno de los lugares que yo podía encontrar sin dificultad, incluso cuando no podía ver. Allí es donde están ocultos los equipos de fuga.

— ¿Equipos, en plural?

—Sí. Estaba dispuesto a marcharme solo, en caso necesario; pero sabía que tendría más posibilidades con un compañero que al menos pudiera ver el camino delante de nosotros. Eso es algo que usted descubrirá acerca de mí, hijo mío: soy estrictamente práctico.

—Doctor —dijo Tallon, maravillado—, le adoro.

El contenido principal de los equipos de fuga de Winfield era dos grandes trozos rectangulares de plástico delgado y resistente. Los había robado de la bahía de recepción del Pabellón, donde habían sido utilizados para cubrir paquetes de alimentos amontonados en el muelle. Su idea era la de practicar un agujero en el centro, lo bastante grande para que pasara la cabeza de un hombre, ponérselo y, trabajando desde dentro, pegar los bordes con cinta adhesiva. Aunque toscas, las envolturas proporcionarían una zona de membrana lo bastante amplia para sostener el peso de un hombre sobre el cenagal. En varios años de constante sisa, Winfield había acumulado una buena cantidad de antibióticos y de medicamentos para combatir cualquier fiebre de las marismas o picadura de insectos que pudiera afectarles. Incluso tenía una jeringuilla hipodérmica, dos uniformes de guardián y una pequeña cantidad de dinero.

—Lo único que no se me había ocurrido durante todos estos años —añadió Winfield— es que nuestros ojos viajaran por separado. No sé cómo les sentará el marjal a nuestros alados amiguitos. Temo que no demasiado bien.

Tallon acarició el pájaro atado a su hombro.

—Debemos protegerles, también. Si regresamos al taller ahora, podemos confeccionar dos pequeñas jaulas y cubrirlas con plástico transparente. Después de eso estaremos preparados para emprender la marcha en el momento que usted diga.

—Entonces, esta misma noche. ¿Por qué habríamos de demorarlo? Ya he perdido demasiado tiempo, demasiados años en este lugar, y tengo la sensación de que el tiempo se está acortando para todos nosotros.

Como de costumbre, la cena consistía en pescado. En los dos años que llevaba en el planeta, Tallon se había acostumbrado a que le sirvieran pescado en casi todas las comidas; el mar era la única fuente de proteínas de primera clase de Emm Lutero. Sin embargo, en el exterior de la prisión era preparado de modo que tuviera otros sabores; en el Pabellón, el pescado sabía a pescado.

Tallon jugueteó durante unos minutos con la blanca carne acecinada y las verduras marinas que recordaban vagamente a las espinacas, y luego se puso en pie y salió lentamente del comedor. Cada día le resultaba más fácil moverse en espacios limitados, utilizando únicamente una ojeada ocasional de si mismo robada a los ojos de otra persona. Operar a través del pájaro —al cual había bautizado con el nombre de Ariadna— mientras permanecía posado en su hombro, habría sido mucho mejor, pero hubiera llamada demasiado la atención en el comedor.

Winfield y él habían decidido pasar tan inadvertidos como fuera posible durante sus últimas horas en el Pabellón. Habían acordado mantenerse apartados el uno del otro y dirigirse por separado hacia la roca blanca al atardecer, dos horas antes de que los guardianes encerraran a los reclusos en sus celdas. El doctor saldría el primero, llevándose las improvisadas jaulas para los pájaros, y habría desenterrado los equipos de fuga cuando Tallon llegara allí.

Fuera del comedor, Tallon se detuvo, indeciso. Faltaba casi una hora para su encuentro con el doctor. Lo único que su estómago hubiera aceptado en aquel momento era café, pero Winfield le había advertido que no comiera ni bebiera nada, debido a que tendrían que permanecer encerrados en sus envolturas de plástico durante dos días, como mínimo. Tocó los controles del juego de ojos y, utilizando la selección de proximidad, se situó detrás de los ojos de un guardián que es taba de pie cerca de la entrada. El guardián estaba fumando, de manera que Tallon encendió un cigarrillo y, alzándolo hasta sus labios cada vez que veía hacerlo al guardián, fue capaz de alcanzar una simulación asombrosamente realista de una visión normal durante unos cuantos minutos. Disfrutó re creando un fragmento del cálido y seguro pasado. Pero las sombras reuniéndose detrás de los edificios alrededor de la plaza le recordaron que la noche estaba cayendo sobre el marjal y que él, Sam Tallon, pasaría aquella noche serpenteando a través de su hedionda negrura hacia los rifles robot.

Dejando los sonidos de las conversaciones del comedor de tras de él, Tallon echó a andar a través de la plaza hacia los bloques de celdas. Los ojos del guardián debieron seguirle ociosamente, ya que Tallon tuvo una visión perfecta de si mismo andando hacia los bloques, silueteado contra el horizonte occidental. Por un momento cuadró los hombros, pero aquel gesto no hizo que su figura pareciera más robusta, más fuerte, ni menos solitaria.

Quena recoger a Ariadna del gran gallinero que los jefes del Pabellón habían autorizado a construir a los reclusos que deseaban tener pájaros de compañía, pero decidió pasar antes por su celda y recoger sus pertenencias, por escasas que fueran. Cuando llegó a su propia sección estaba casi al final del alcance de su juego de ojos, y su visión de sí mismo era poco más que la de una mancha parda acercándose a la entrada del bloque de celdas. Creyó detectar otras dos manchas, con el uniforme de color verde oscuro de los guardianes de la prisión, apartándose del portal. La visión a distancia del guardián que seguía fumando fuera del comedor no era muy buena, de modo que Tallon decidió conectar con un par de ojos más próximos a él.

Mientras levantaba sus manos hacia los controles del juego de ojos se produjo un impacto de cuerpos, y sus brazos fueron sujetados contra sus costados. Tallon vio que las manchas verdes se habían pegado a la mancha parda que era él mismo.

Con el corazón latiendo violentamente, Tallon, dijo:

—Si me han denunciado por haber robado algún instrumento cortante del comedor, es una mentira.

—No trate de hacerse el gracioso, Tallon —gruñó una voz en su oído—. Necesitamos también a Winfield. ¿Dónde está?

Tallon supuso que si no habían encontrado al doctor en los edificios principales, se habría marchado ya hacia el lugar de la cita. Lo cual significaba que Winfield podría salir del Pabellón si no se demoraba demasiado esperando ver a Tallon. Pero, ¿quién había informado a los guardianes? Hogarth no, seguramente. Aunque Hogarth hubiera sospechado lo que pensaban hacer, no habría sido capaz...

— ¿Está usted sordo también, Tallon? Le he preguntado dónde estaba Winfield.

—No lo sé —Tallon trató de imaginar alguna evasiva convincente para darle más tiempo al doctor, pero su mente parecía haber sido afectada por un súbito entumecimiento. Con gran sorpresa por su parte, los guardianes no parecían estar particularmente alarmados.

— ¿Cuál es la diferencia? —El hombre que estaba a su derecha habló en tono casual—. Recogemos este ahora, y le quitamos a Winfield el suyo en cuanto le veamos.

—Supongo que es lo único que podemos hacer.

Mientras Tallon intentaba captar el significado de aquellos comentarios, una mano rozó su sien e, inmediatamente, quedó ciego. ¡Le habían quitado su juego de ojos!

— ¿Qué diablos...? —gritó furiosamente, librándose de los brazos que le sujetaban y tambaleándose ligeramente mientras los guardianes se desinteresaban de él, dejándole libre pero désvalidamente ciego—. ¡Devuélvanme eso! Es de mi propiedad, bastardos ladrones. Les denunciaré a... a la señorita Juste por esto.

Uno de los guardianes se echó a reír.

—Esta si que es buena. Winfield y usted han fabricado estas absurdas gafas con materiales robados al gobierno, Tallon. Y puede denunciarnos a la señorita Juste cuando quiera. Ella es la que nos ha ordenado que las confiscáramos.

IX

Por espacio de un segundo, la embotada aguja se negó a penetrar; luego pinchó la piel y se deslizó profundamente en el brazo de Tallon.



— Lo siento, hijo mió —dijo Winfield—. Hace mucho tiempo que no practico.

—Mire, doctor, ¿Está usted completamente seguro acerca de todo esto? Usted preparó un segundo equipo de fuga para que pudiera acompañarle alguien capaz de ayudarle... no un hombre ciego —Tallon desenrolló su manga sobre su brazo levemente pulsante.

—Desde luego que estoy seguro. Además, voy a darle este juego de ojos en cuanto estemos preparados para emprender la marcha.

—Ni hablar, doctor. Usted conservará el juego de ojos y yo me las arreglaré con el sonar. Supongo que puedo considerarme afortunado al disponer de él. ,

Tallon había sufrido varias caídas durante el trayecto de pesadilla desde el bloque de celdas hasta el lugar de reunión, pero apenas había sentido el dolor. Su cerebro estaba tratando de encontrar el motivo por el cual Helen Juste había confiscado su juego de ojos. ¿Por qué les había estimulado a completar los juegos de ojos antes de cambiar de actitud? ¿Acaso había llegado a sus oídos algún rumor acerca de su plan de fuga y había elegido aquel sistema de cerrarles la puerta?

— Bueno, eso es todo —anunció Winfield—. Quería que nos inyectáramos preventivamente antes de emprender la marcha. En esta parte del mundo, incluso las carcomas pueden tener una desagradable picadura.

Colocó un abultado paquete en los brazos de Tallon, y descendieron cautelosamente hacia la empalizada. El pájaro posado en el hombro de Winfield cloqueó aprensivamente cuan do el doctor resbaló en un momento determinado sobre la húmeda hierba. Tallon mantenía la lámpara sonar apuntada rectamente delante de él, atento al sonido revelador de que el rayo había chocado con la empalizada.

—Ya hemos llegado —gruñó el doctor. Su voz fue seguida por numerosos crujidos mientras astillaba con el pie la madera podrida habitada por su bien alimentada colonia de orugas. Tallon penetró detrás de él a través del agujero, haciendo una mueca cuando un contacto accidental con el borde superior derramó sobre su espalda una lluvia de millares de animalitos culebreantes. Recorrieron una corta distancia hacia el marjal hasta que el terreno se hizo más blando.

—Los plásticos, ahora —dijo Winfield bruscamente—. ¿Se ha acordado usted de no comer ni beber?

-Si.


—Bien, pero será mejor que se ponga esto, de todos modos.

-¿Qué es?

Un pañal.

— ¿Bromea usted?

—Más tarde me lo agradecerá.

Con Winfield realizando la mayor parte del trabajo, colgaron las hojas de plástico alrededor de sus cuellos y cerraron los bordes. Resultaba difícil manipular algo adecuadamente a través del plástico, pero Winfield sacó un rollo de cinta adhesiva y rodeó con ella sus cuellos, muñecas y tobillos. La sujeción les permitía andar y mover los brazos con relativa libertad. Para completar los grotescos atavíos, envolvieron más plástico en torno a sus cabezas, sujetándolo también con cinta adhesiva, y luego tiraron sus gorros de prisioneros. —Yo llevaré el paquete y el pájaro —dijo Winfield—. Procure mantenerse lo más cerca posible de mí.

—Puede estar seguro de que lo haré, doctor.

Avanzando hacia el marjal a oscuras, Tallon estaba horrorizado al pensar en lo que iba a hacer. Aunque ciego, supo cuando había alcanzado el borde del marjal por la pegajosa niebla que se cerraba en torno a su cuerpo, así como por el hedor, que convertía el respirar en algo que tenía que ser planeado por anticipado y llevado a cabo con decisión. A través del remolineante vapor, unos rumores nocturnos inidentificables le recordaban que, si bien los rifles robot habían acabado con los habitantes de sangre caliente del marjal, quedaban otros para compartir la oscuridad. Y, sin embargo, Tallon tenía consciencia de experimentar algo que se aproximaba a la paz. Finalmente se había cansado de dejarse llevar por la corriente, de contemporizar, de tener miedo. El viejo y obeso doctor, con su cerebro lleno de sueños absurdos, le estaba conduciendo a una muerte casi segura; pero le había enseñado a Tallon una gran verdad: andar hacia la muerte no es agradable, pero es preferible a saber que ésta avanza rápidamente detrás de uno.

El marjal era mucho peor de lo que Tallon había imaginado; de hecho, descubrió que no había esperado realmente que el marjal fuera un problema. Pudieron permanecer de pie y avanzar andando y chapoteando durante la primera hora, cubriendo casi doscientos metros con razonable comodidad. Pero de pronto Tallon empezó a encontrar trechos en los que sus pies parecían hundirse a través de quince centímetros de maleza antes de alcanzar apoyo sólido. El limo dificultaba el andar pero no lo hacía imposible, ni siquiera cuando empezó a alcanzar casi la altura de sus rodillas. Tallon continuó su marcha sin desfallecer, sudando en su envoltura de plástico. Luego, el fondo pareció hacerse insondable. En vez de encontrar lecho de roca, sus pies seguían hundiéndose cada vez más, como sí todo el planeta estuviera sorbiéndole a través de su piel. —Déjese caer hacia adelante —gritó Winfield—. Tiéndase boca abajo y mantenga los brazos extendidos.

Tallon obedeció, extendiendo los brazos sobre la densa superficie del cenagal, abrazando su suciedad. El agua salpicó su rostro y los sedimentos remolinearon hasta la superficie, desprendiendo todos los hedores de muerte. Incontrolables espasmos de vómitos le obligaron a inclinar de nuevo el rostro hacia el viscoso líquido.

— ¿Está usted bien, hijo mío? —preguntó Winfield ansiosamente.

El primer impulso de Tallon fue gritar pidiendo ayuda en su negro y ciego universo, pero apretó los dientes y continuó golpeando la superficie del cenagal con sus brazos. Gradualmente, sus pies se elevaron, y Tallon avanzó de nuevo con movimientos seminatatorios.

—Estoy perfectamente, doctor. Sigo adelante.

—Esa es la manera. No todo será como esto.

Unos furiosos chapoteos delante de él revelaron a Tallon que el doctor se había puesto de nuevo en movimiento. Con una mueca de desesperación, Tallon le siguió. A veces alcanzaban pequeños islotes en los que podían recorrer cortas distancias a pie, abriéndose paso a través de la frondosa vegetación. Otras veces encontraban sólidas cortinas de enredaderas y tenían que dar un rodeo o incluso volver sobre sus pasos para eludirlas. En un momento determinado Tallon apoyó su mano sobre algo liso y frío que yacía inmediatamente debajo de la superficie y que se agitó convulsivamente, huyendo por debajo de su cuerpo con silenciosa rapidez, paralizándole de miedo.

A medida que transcurría la noche, Tallon observó que atrapaba a Winfield con creciente frecuencia, y se dio cuenta de que el doctor estaba al borde del agotamiento. La respiración de Winfield se había convertido en un ronco y monótono estertor.

—Oiga, doctor —gritó finalmente Tallon—. Los dos necesitamos un descanso. ¿Ganamos algo exponiéndonos a un ataque cardíaco?

—Siga avanzando. Mi corazón funciona perfectamente.

Tallon encontró algo de suelo firme bajo sus pies. Se precipitó hacia adelante, arrojando su peso sobre Winfield y haciéndole caer. El doctor se incorporó trabajosamente.

—Por el amor de Dios, doctor —gimió Tallon—. Estoy hablando de mi corazón. Tómeselo con calma, ¿quiere?

Winfield vaciló unos instantes, y luego asintió.

—De acuerdo —murmuró—. Le concedo cinco minutos.

—Le estoy muy agradecido, doctor, puede creerlo.

—Yo me estoy agradecido a mí mismo.

Reposaron muy juntos, riendo débilmente mientras la respiración de Winfield recobraba paulatinamente su ritmo normal. Tallon le habló de su encuentro con el animal acuático.

—Un slinker... inofensivo en esta época del año —dijo Winfield—. Sin embargo, en la temporada del desove la piel de la hembra se endurece y sus costados se aguzan como cuchillos. Con ellos corta cualquier cosa que se mueva, abriéndola e inyectando sus huevos al mismo tiempo.

—Bonita costumbre.

—Si. Me dijeron que lo que hay que hacer es no pensar en que se va a perder un pie, sino en que se va a ganar un lote de crías de slinker. En realidad, estamos realizando este viaje en una época muy buena. El marjal está muy tranquilo a finales de invierno. El único peligro importante son las arañas de agua.

— ¿Venenosas?

—No. Con el tipo de boca que tienen, el veneno sería superfluo. Reposan en aguas poco profundas, con las patas erguidas y sobresaliendo como si fueran juncos, y en el centro no hay más que boca. De manera que hay que evitar cuidadosamente los juncos formando un círculo y con un hueco en el centro.

Tallon tuvo una desagradable idea. — ¿Qué tal es la visión nocturna del pájaro? ¿Ve usted con la claridad suficiente para localizar una araña de agua?

Winfield resopló.

— ¿Qué es lo que le preocupa? ¿Acaso no voy yo delante?

Cuando amaneció en el marjal, Winfield insistió en que Tallon se hiciera cargo del juego de ojos.

Tallon aceptó, agradecido por el cambio, y marchó en cabe 7a durante varias horas. Utilizaba una tosca azagaya, que Winfield había confeccionado arrancando un joven arbusto, para apartar a los lados la vegetación más pequeña. El pájaro gorjeaba ocasionalmente en su jaula cubierta de plástico, pero no daba muestras de sentirse realmente incómodo. Mientras avanzaba a través del goteante follaje, Tallon vio que el agua hervía de animalitos semejantes a las sanguijuelas y que se re torcían y luchaban continuamente unos con otros. Grandes bandadas de sus oscuros cuerpos se deslizaban alrededor de sus piernas. El aire vibraba con el zumbido de diminutos mosquitos, o era cruzado por legiones de enormes insectos negros volando a través del marjal con rumbo y misión desconocidos.

Dos veces durante el día, una aeronave volando a muy baja altura pasó directamente encima de sus cabezas, pero la niebla verdosa hacia invisibles a los dos fugitivos. Los procesos mentales de Tallon se ralentizaron, convirtiéndose casi en maquinales, con un radio de acción cada vez más reducido. En cambio, los periodos de descanso se hicieron más largos, y los intervalos entre ellos más cortos, a medida que la fatiga se ex tendía a través de sus cuerpos. Al anochecer encontraron un pequeño islote de suelo casi seco y durmieron como niños.


Los rifles robot eran más que capaces de disparar a través de la extensión de seis kilómetros de marjal, pero sus proyectiles estaban provistos de unos cohetes que limitaban el alcance a dos mil metros. Sin embargo, su alcance efectivo dependía de la densidad de la niebla del marjal. Cuando era más espesa, un hombre podía llegar a cuatrocientos metros de distancia de las columnas antes de que el calor de su cuerpo provocara el disparo. Pero incluso en los periodos de niebla más compacta, una súbita ráfaga de viento podía abrir una brecha en ella; entonces, las brillantes patas de saltamontes de los servos se contraerían, y un pesado proyectil se adentraría aullando por la avenida recién abierta en la niebla.

Winfield había pensado mucho en los rifles cascabel mientras planeaba su fuga.

En la segunda mañana en el marjal abrió su paquete, sacó un pequeño cuchillo y rajó el plástico que cubría las manos de Tallon y las suyas. Recogieron brazadas de las gruesas hojas de dringo, eludiendo los enloquecidos saltos de los escorpiones que se guarecían debajo de ellas, y las cosieron unas a otras hasta confeccionar dos pesadas mantas de color verde oscuro.

—Pronto volveremos a pisar tierra seca —dijo Winfield—. Como puede ver, la vegetación es cada vez más rala. Esta mañana la niebla es muy espesa, de modo que podremos recorrer tranquilamente unos centenares de metros; pero cuando los hayamos recorrido mantenga la cabeza baja y permanezca debajo de su pantalla. ¿Entendido?

—Mantener la cabeza baja y permanecer debajo de mi pantalla.

El engorro de la pesada manta de hojas dificultaba más que nunca el avance. Tallon sudaba copiosamente debajo del plástico mientras luchaba detrás del doctor, privado incluso de la pobre compañía de la voz electrónica de la lámpara sonar de su oído. Había tenido que desconectarla al colocar la pantalla sobre su cabeza.

Avanzaron paso a paso durante dos horas antes de que Tallon observara que la marcha se estaba haciendo más fácil. Gradualmente tenían que dar menos rodeos, encontraban menos pozos de cieno aparentemente sin fondo. Tallon empezó a pensar en la posibilidad de andar erguido al aire libre, de estar limpio y seco, de volver a comer...

Súbitamente, delante de él, Winfield profirió un ronco grito. — ¡Doctor! ¿Qué sucede? —Tallon oyó unos violentos chapoteos, y maldijo su ceguera que le convertía en un ser desvalido e impotente—. ¿Qué sucede, doctor? —inquirió de nuevo.

—Una araña. Muy grande... —El doctor volvió a gritar, y los chapoteos se hicieron más violentos.

Tallon tiró a un lado la carga de hojas y se arrastró hacia adelante con la mayor rapidez posible, esperando de un momento a otro colocar su mano desprotegida en una boca húmeda y fría.

— ¿Dónde está usted, doctor? ¿Puede verme?

—Por aquí, hijo mío. Ahora. Extienda su... mano izquierda.

Tallon obedeció, y notó algo ligero y rugoso que caía en sus dedos. Era el juego de ojos. Se lo colocó, y se sintió sacudido por verdes fogonazos de brillante luz. Winfield había deja do caer la jaula del pájaro, y Tallon se encontró contemplando una escena espantosa a través de] plástico empapado de cieno. Al principio no reconoció la forma de estrella de mar salpicada de fango que era él mismo, ni la otra contorsionante que era Winfield.

El doctor estaba tendido de espaldas y su pierna derecha estaba hundida hasta la rodilla en una especie de remolino. Unas manchas rojas se extendían por el agua removida, y alrededor de su perímetro ocho tallos unidos azotaban el aire. Con un gemido de desaliento, Tallon se orientó en busca de la azagaya, que se había desprendido de la mano de Winfield. La levantó y la introdujo de punta a través del fango hacia donde suponía que debía encontrarse el cuerpo de la araña de agua. La superficie del marjal se agitó aún con más violencia, y la azagaya se retorció en su mano.




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