Patas Arriba La Escuela Del Mundo Al Revés



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Dime tus secretos, 2

¿Cómo se comunica una empresa moderna con sus clientes reales? Por medio de sus clientes virtuales, programados por computadora.

La cadena británica de hipermercados Sainsbury ha puesto en práctica un modelo matemático, que simula a la perfección los movimientos y los sentimientos de sus compradores. La pantalla, que reproduce a la clientela virtual caminando por los pasillos entre las góndolas, permite conocer sus gustos y sus aversiones, sus compromisos familiares y sus necesidades personales, su ubicación social y sus ambiciones. También se puede evaluar el impacto de la publicidad y de las ofertas de promoción, la influencia de los horarios sobre el flujo del público y la importancia de la ubicación de la mercadería.

Así se estudia la conducta de compra y se diseña la estrategia de venta, para multiplicar, por medios virtuales, las ganancias reales.


undo debían mantener libre de impuestos la venta de bienes y servicios a través de Internet, y desde entonces éste es uno de los asuntos que más

preocupan a los representantes norteamericanos ante los organismos internacionales.

El control del ciberespacio depende de las líneas telefónicas y no resulta para nada casual que la ola privatizadora de los años recientes haya arrancado los teléfonos de manos públicas, en el mundo entero, para entregarlo a los grandes conglomerados de la comunicación. Las inversiones norteamericanas en teléfonos extranjeros se multiplicaron mucho más que las demás inversiones, mientras corre al galope la concentración de capitales: hasta mediados del 98, ocho megaempresas dominaban el negocio telefónico en los Estados Unidos, y en una sola semana se han reducido a cinco.

La televisión abierta y por cable, la industria del cine, la prensa de tiraje masivo, las grandes editoriales de libros y de discos, y las radios de mayor alcance también avanzan, con botas de siete leguas, hacia el monopolio. Los mass media de difusión universal han puesto por las nubes el precio de la libertad de expresión: cada vez son más los opinados, los que tienen el derecho de escuchar, y cada vez son menos los opinadores, los que tienen el derecho de hacerse escuchar. En los años siguientes a la segunda guerra mundial, todavía encontraban amplia resonancia los medios independientes de información y de opinión, y las aventuras creadoras que revelaban y alimentaban la diversidad cultural. Hacia 1980, la devoración de muchas empresas medianas y pequeñas había dejado la mayor parte del mercado planetario en poder de cincuenta corporaciones. Desde entonces, la independencia y la diversidad se han ido haciendo más raras que perro verde.

Según el productor Jerry Isenberg, el exterminio de la creación independiente en la televisión norteamericana ha sido fulminante en los últimos veinte años: las empresas independientes proporcionaban entre un treinta y un cincuenta por ciento de lo que se veía en la pantalla chica, y ahora apenas llegan al diez por ciento. También reveladoras son las cifras de la publicidad en el mundo: actualmente, la mitad de todo el dinero que el planeta gasta en publicidad va a parar al buche de apenas diez grandes conglomerados, que acaparan la producción y la distribución de cuanta cosa tenga que ver con la imagen, la palabra y la música.

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El héroe globalizado

El agente secreto 007 ya no trabaja para la Corona británica. Ahora, James Bond es un hombre-sandwich al servicio de muchas empresas de muchos países. Cada escena de su película Tomorrow never dies, estrenada en 1997, funciona como un spot publicitario. El infalible Bond consulta su reloj Omega, habla por un teléfono celular Ericsson, salta desde una azotea para caer sobre un camión de cerveza Heineken, huye en un automóvil BMW alquilado en Avis, paga con tarjeta Visa, bebe champaña Dom Pérignon, desviste mujeres previamente vestidas por Armani y Gucci y peinadas por L’Oréal, y combate contra un rival que luce ropas de Kenzo.


n los últimos cinco años, han duplicado su mercado internacional las principales empresas norteamericanas de la comunicación: General Electric, Disney, ABC, Time Warner, CNN, Viacom, TeleCommunications Inc. TCI y la recién llegada Microsoft, la empresa de Bill Gates, que reina en el mercado del software y ha irrumpido con éxito en la televisión por cable y en la producción televisual. Estos gigantes ejercen un poder oligopólico que en escala planetaria comparten con el imperio Murdoch, la empresa japonesa Sony, la alemana Bertelsmann y alguna que otra más. Entre todas han tejido una telaraña universal. Sus intereses están entrecruzados; numerosos hilos atan a unas con otras. Aunque los mastodontes de la comunicación simulan competir entre sí, y a veces hasta se golpean y se insultan para satisfacción de la platea, a la hora de la verdad el espectáculo cesa y, tranquilamente, se reparten el planeta.

Por obra y gracia de la buenaventura cibernética, Bill Gates ha amasado una rápida fortuna equivalente a todo el presupuesto anual del estado argentino. A mediados del 98, el gobierno de los Estados Unidos entabló una demanda contra Microsoft, acusada de imponer sus productos mediante métodos monopólicos que han aplastado a los competidores. Tiempo antes, el gobierno federal había formulado una demanda similar contra la IBM: al cabo de trece años de idas y venidas, el asunto quedó en agua de borrajas. Poco pueden las leyes jurídicas contra las leyes económicas, y la economía capitalista genera concentración de poder tan inevitable como el invierno genera frío. No parece probable que las leyes anti-trust, que otrora amenazaban a los reyes del petróleo o del acero, puedan poner en peligro, alguna vez, a la urdimbre planetaria que está haciendo posible el más peligroso de los despotismos: el que actúa sobre el corazón y la conciencia de la humanidad entera.

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Vidas ejemplares, 4

Sus admiradores y sus enemigos coinciden: su virtud principal es la falta de escrúpulos. También le reconocen la capacidad de exterminio imprescindible para triunfar en el mundo del fin de siglo. Rompiendo silencios y devorando competidores, Rupert Murdoch se hizo desde la nada y actualmente es uno de los campeones mundiales de la comunicación. Su carrera imparable comenzó cuando heredó un diario en la remota Australia. Ahora es dueño de ciento treinta diarios en varios países, incluyendo el venerable Times de Londres y los tabloids ingleses que vivieron sus días de gloria cuando informaban con quién durmió anoche la princesa Diana. Este modelador de mentes y guía de almas ha hecho la más alta inversión del mundo en tecnología de la comunicación por satélite, y posee una de las mayores redes de televisión de todo el planeta. Además, es dueño de los estudios de cine Fox y de la editorial Harper Collins, donde publica algunas obras maestras de la literatura universal, como las que escriben sus amigos Margaret Thatcher y Newt Gingrich.


a diversidad tecnológica dice ser diversidad democrática. La tecnología pone la imagen, la palabra y la música al alcance de todos, como nunca antes había ocurrido en la historia humana; pero esta maravilla puede convertirse en una engaña pichanga si el monopolio privado termina por imponer la dictadura de la imagen única, la palabra única y la música única. Habida cuenta de las excepciones, que afortunadamente las hay y no son tan pocas, por regla general esta pluralidad tiende a ofrecernos miles de posibilidades de elegir entre lo mismo y lo mismo. Como dice el periodista argentino Ezequiel Fernández-Moores, a propósito de la información: «Estamos informados de todo, pero no nos enteramos de nada».

Aunque las estructuras de poder están cada vez más internacionalizadas, y resulta difícil distinguir las fronteras, no constituye pecado de anti-imperialismo primitivo decir que los Estados Unidos ocupan el centro del sistema nervioso de la comunicación contemporánea. Las empresas norteamericanas reinan en el cine y en la televisión, en la información y en la informática. El mundo, inmenso Far West, invita a la conquista. Para los Estados Unidos, la difusión mundial de sus mensajes masivos es una cuestión de estado. Los gobiernos del sur del mundo suelen atribuir a la cultura una función decorativa, pero los inquilinos de la Casa Blanca no tienen, al menos en este asunto, ni un pelo de tontos: ningún presidente norteamericano ignora que la importancia política de la industria cultural pesa tanto como su valor económico, que mucho pesa. Desde hace años, por poner un ejemplo, el gobierno influye directamente sobre las ventas al exterior de los productos de Hollywood, ejerciendo presión diplomática, que suele no ser muy diplomática, sobre los países que intentan proteger su cine nacional.

Ya más de la mitad de lo que gana Hollywood viene de los mercados extranjeros, y esas ventas crecen, a ritmo espectacular, año tras año, mientras los premios Oscar atraen una teleaudiencia universal sólo comparable a la que convocan los campeonatos mundiales de fútbol o las olimpiadas. El poder imperial no masca vidrio, y sabe muy bien que en gran medida se apoya sobre la difusión ilimitada de emociones, ilusiones de éxito, símbolos de fuerza, órdenes de consumo y elogios de la violencia. En la película Cerca del Paraíso, de Nikita Mikhalkov, los campesinos de Mongolia bailan rock, fuman Marlboro, usan gorras de Pato Donald y se rodean de imágenes de Sylvester Stallone en el papel de Rambo. Otro gran maestro en el arte de pulverizar al prójimo, Terminator, es el personaje más admirado por los niños del mundo: en 1997, una encuesta de la UNESCO, realizada simultáneamente en Europa, África, Asia y América latina, reveló que nueve de cada diez niños se identificaron con esta musculosa y violenta encarnación de Arnold Schwarzenegger.

En la aldea global del universo mediático, se mezclan todos los continentes y todos los siglos ocurren a su vez. Somos a la vez de aquí y de todas partes, es decir, de ninguna, dice Alain Touraine, a propósito de la televisión: Las imágenes, siempre atractivas para el público, yuxtaponen al surtidor de gasolina y el camello, la Coca-Cola y la aldea andina, los blue jeans y el castillo principesco. Creyéndose condenadas a elegir entre la copia y la cerrazón, muchas culturas locales, desconcertadas, desgarradas, tienden a borrarse o se refugian en el pasado. Con desesperada frecuencia, esas culturas locales buscan abrigo en los fundamentalismos religiosos o en otras verdades absolutas, negadoras de cualquier verdad ajena: proponen el regreso a los tiempos idos, cuanto más puritanos mejor, como si no hubiera más respuesta que la intolerancia y la nostalgia ante la modernidad avasallante.



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La guerra fría ha quedado atrás. Con ella, el llamado mundo libre ha perdido las justificaciones mágicas que hasta hace poco proporcionaba la santa cruzada de Occidente contra el totalitarismo imperante en los países del este. Ahora, está resultando cada día más evidente que la comunicación manipulada por un puñado de gigantes puede llegar a ser tan totalitaria como la comunicación monopolizada por el estado. Estamos todos obligados a identificar la libertad de expresión con la libertad de empresa. La cultura se está reduciendo al entrenamiento, y el entrenamiento se convierte en brillante negocio universal; la vida se está reduciendo al espectáculo, y el espectáculo se convierte en fuente de poder económico y político; la información se está reduciendo a la publicidad, y la publicidad manda.

Dos de cada tres seres humanos viven en el llamado Tercer Mundo, pero dos de cada tres corresponsales de las agencias noticiosas más importantes hacen su trabajo en Europa y en los Estados Unidos. ¿En qué consisten el libre flujo de la información y el respeto a la pluralidad, que los tratados internacionales afirman y los discursos de los gobernantes invocan? La mayoría de las noticias que el mundo recibe provienen de la minoría de la humanidad, y a ella se dirigen. Eso resulta muy comprensible desde el punto de vista de las agencias, empresas comerciales dedicadas a la venta de información, que recaudan en Europa y en Estados Unidos la parte del león de sus ingresos. Un monólogo del norte del mundo: las demás regiones y países reciben poca o ninguna atención, salvo en caso de guerra o catástrofe, y con frecuencia los periodistas, que trasmiten lo que ocurre, no hablan la lengua del lugar ni tienen la menor idea de la historia ni de la cultura local. La información que difunden suele ser dudosa y, en algunos casos, lisa y llanamente mentirosa. El sur queda condenado a mirarse a sí mismo con los ojos que lo desprecian.

A principios de los años ochenta, la UNESCO patrocinó un proyecto, nacido de la certeza de que la información no es una simple mercancía, sino un derecho social, y que la comunicación tiene la responsabilidad de la función educativa que ejerce. En ese marco, se planteó la posibilidad de crear una nueva agencia internacional de noticias, para informar con independencia, y sin ningún tipo de presión, desde los países que padecen la indiferencia de las fábricas de información y de opinión. Aunque el proyecto fue formulado en términos más bien ambiguos y muy cuidados, el gobierno norteamericano tronó de furia ante este atentado contra la libertad de expresión. ¿Por qué tenía que meterse la UNESCO en los asuntos que pertenecen a las fuerzas vivas del mercado? Los Estados Unidos se fueron de la UNESCO dando un portazo, y también se marchó Gran Bretaña, que suele actuar como si fuera colonia de la que fue su colonia. Entonces, se archivó la posibilidad de una información internacional desvinculada del poder político y del interés mercantil. Por tímido que sea, cualquier proyecto de independencia puede amenazar, en alguna medida, la división internacional del trabajo, que atribuye a unos pocos la función activa de producir noticias y opiniones, y atribuye a todos los demás la función pasiva de consumirlas.

Poco se informa sobre el sur del mundo, y nunca, o casi nunca, desde su punto de vista: la información masiva refleja, por regla general, los prejuicios de la mirada ajena, que mira desde arriba y desde afuera. Entre aviso y aviso, la televisión suele colar imágenes de hambre y de guerra. Esos horrores, esas fatalidades, viene del submundo donde el infierno acontece, y no hacen más que destacar el carácter paradisíaco de la sociedad de consumo, que ofrece automóviles que suprimen la distancia, cremas faciales que suprimen las arrugas, tinturas que suprimen las canas, píldoras que suprimen el dolor y muchos otros prodigios. Con frecuencia, esas imágenes del otro mundo vienen del África. El hambre africana se exhibe como una catástrofe natural y las guerras africanas son cosas de negros, sangrientos rituales de tribus que tienen una salvaje tendencia a descuartizarse entre sí. Las imágenes del hambre jamás aluden, ni siquiera de paso, al saqueo colonial. Jamás se menciona la responsabilidad de las potencias occidentales, que ayer desangraron al África a través de la trata de esclavos y el monocultivo obligatorio, y hoy perpetúan la hemorragia pagando salarios de hambre y precios de ruina. Lo mismo ocurre con la información sobre las guerras: siempre el mismo silencio sobre la herencia colonial, siempre la misma impunidad para el amo blanco que hipotecó la independencia africana, dejando a su paso burocracias corruptas, militares despóticos, fronteras artificiales y odios mutuos; y siempre la misma omisión de cualquier referencia a la industria de la muerte, que desde el norte vende las armas para que el sur se mate peleando.

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La Era de la Información

En vísperas de la Navidad del 89, pudimos todos contemplar el más horrendo testimonio de las matanzas de Nicolae Ceausescu en Rumania.

Este déspota delirante, que se hacía llamar El Danubio Azul del Socialismo, había liquidado a cuatro mil disidentes en la ciudad de Timisoara. Vimos muchos de esos cadáveres, gracias a la difusión mundial de la televisión y gracias al buen trabajo de las agencias internacionales que nutren de imágenes a los diarios y a las revistas. Las hileras de muertos, deformados por la tortura, estremecieron al mundo.

Después, algunos diarios publicaron la rectificación, que pocos leyeron: la matanza de Timisoara había ocurrido pero había cobrado un centenar de víctimas, incluyendo a los policías de la dictadura, y aquellas imágenes espeluznantes no habían sido más que una puesta en escena. Los cadáveres no tenían nada que ver con esa historia, y no habían sido deformados por la tortura, sino por el paso del tiempo: los fabricantes de noticias los habían desenterrado de un cementerio y los habían puesto a posar ante las cámaras.


primera vista, como dice el escritor Wole Soyinka, el mapa del África parece «la creación de un tejedor demente, que no ha prestado ninguna atención a la trama, al color ni al dibujo de la manta que estaba haciendo.» Muchas de las fronteras que han roto al África negra en más de cuarenta pedazos, sólo se explican por motivos de control militar o comercial, y no tienen un pito que ver con las raíces históricas ni con la naturaleza. Las potencias coloniales, que inventaron las fronteras, fueron también hábiles en la manipulación de las contradicciones étnicas. Divide et impera: un buen día el rey de Bélgica decidió que tutsis eran todos los que tenían más de ocho vacas, y hutus los que tenían menos, en el espacio que ahora ocupan Ruanda y Burundi. Aunque los tutsis, pastores, y los hutus, labriegos, tenían orígenes diferentes, habían compartido varios siglos de historia común en el mismo territorio, hablaban la misma lengua y convivían pacíficamente. Ellos no sabían que eran enemigos; pero terminaron creyéndolo con tanto fervor que, durante 1994 y 1995, las largas matanzas entre los hutus y los tutsis cobraron más de medio millón de víctimas. En la información de estas carnicerías, ni por casualidad se escuchó, y muy raras veces se leyó, el menor reconocimiento a la obra colonial de Alemania y Bélgica contra la tradición de convivencia de dos pueblos hermanos, ni al aporte de Francia, que después brindó armas y ayuda militar para el exterminio mutuo.

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Juguemos a la guerra, 1

Yenuri Chihuala murió en 1995, durante la guerra de fronteras entre Perú y Ecuador. Tenía catorce años. Como muchos otros muchachos de los barrios pobres de Lima, había sido reclutado por la fuerza. La leva se lo había llevado, sin dejar rastros.

La televisión, la radio y la prensa exaltaron al niño mártir, ejemplo de la juventud, que se había sacrificado por el Perú. En esos días de guerra, el diario El Comercio consagraba sus primeras páginas a glorificar a los mismos jóvenes que maldecía en sus páginas policiales y deportivas. Los cholos trinchudos, nietos de indios, pobres de pelo chuzo y piel oscura, eran héroes de la patria cuando vestían el uniforme militar en los campos de batalla, pero esos mismos buenos salvajes eran bestias peligrosas, violentas por naturaleza, cuando vestían de civil en las calles de las ciudades y en los estadios de fútbol.

Juguemos a la guerra, 2

Los video games, los videojuegos, cuentan con un público multitudinario y creciente, y de todas las edades. Sus abogados dicen que la violencia de los videojuegos es inocente, porque imita a los informativos, y que estos entrenamientos resultan útiles para mantener a los niños lejos de los peligros de la calle, y para mantener a los jóvenes y a los adultos lejos del cigarrillo.



Los videojuegos hablan un lenguaje compuesto por el tableteo de las ametralladoras, la música pavorosa, los gritos de agonía y las órdenes categóricas: -Finish him! (¡Remátalo!), Beat’em up! (¡Golpéalos!), Shoot’em up! (¡Dispárales!). La guerra del futuro, el futuro como guerra: los videojuegos de mayor difusión ofrecen campos de batalla donde el jugador está obligado a disparar primero y a volver a disparar después, sin dudar nunca, contra todo lo que se mueva. No hay vacilación ni tregua posible ante la embestida de los malos, despiadados extraterrestres, robots feroces, hordas de humanoides, ciberdemonios de espanto, monstruos mutantes y calaveras que llamean. Cuantos más adversarios mata el jugador, más se acerca al triunfo. En el ya clásico Mortal Kombat, se recompensa los golpes certeros: golpes que decapitan al enemigo, volándole de cuajo la cabeza, o le arrancan del pecho el corazón sangrante, o le revientan el cráneo en miles de pedacitos. Por excepción, también hay videojuegos no militares. Por ejemplo, carreras de autos. En una de ellas, una de las maneras de acumular puntos consiste en aplastar peatones.
on los países pobres ocurre lo mismo que ocurre con los pobres de cada país: los medios masivos de comunicación sólo se dignan echarles una ojeada cuando ofrecen alguna desgracia espectacular que puede tener éxito en el mercado. ¿Cuántas personas deben ser destripadas por guerra o terremoto, o ahogadas por inundación, para que algunos países sean noticia y aparezcan por una vez en el mapa del mundo? ¿Cuántos espantos debe acumular un muerto de hambre para que las cámaras lo enfoquen por una vez en la vida? El mundo tiende a convertirse en el escenario de un gigantesco reality show. Los pobres, los desaparecidos de siempre, sólo aparecen en la tele como objeto de burla de la cámara oculta o como actores de sus propias truculencias. El desconocido necesita ser reconocido, el invisible quiere hacerse visible, busca raíz el desarraigado. Lo que no existe en la televisión, ¿existe en la realidad? Sueña el paria con la gloria de la pantalla chica, donde cualquier espantapájaros se transfigura en galán irresistible. Con tal de entrar en el olimpo donde los teledioses moran, algún infeliz ha sido capaz de pegarse un tiro ante las cámaras de un programa de entretenimientos. Últimamente, la llamada telebasura está teniendo, en unos cuantos países de América latina, tanto o más éxito que las telenovelas: la niña violada llora ante el periodista que la interroga como si la violara otra vez; este monstruo es el nuevo hombre elefante, miren, señoras y señores, no se pierdan este fenómeno increíble: la mujer barbuda busca novio; un señor gordo dice estar embarazado. Hace treinta y poco años, en Brasil, ya los concursos del horror convocaban multitudes de candidatos y ganaban enormes teleaudiencias: ¿Quién es el enano más bajito del país? ¿Quién es el narigón de nariz más larga, que la ducha no le moja los pies? ¿Quién es el desgraciado más desgraciado de todos? En los concursos de desgraciados, desfilaba por los estudios la corte de los milagros: la niña sin orejas, comidas por las ratas; el débil mental que había pasado treinta años encadenado a la pata de una cama; la mujer que era hija, cuñada, suegra y esposa del marido borracho que la había dejado inválida. Y cada desgraciado tenía su hinchada, que desde la platea gritaba, a coro: ¡
Para la Cátedra de Historia

Durante el año 1998, los medios globalizados de comunicación dedicaron sus más amplios espacios, y sus mejores energías, al romance del presidente del planeta con una gordita voraz y locuaz llamada Mónica Lewinsky.

Fuimos todos Lewinskizados, en todos los países. El tema invadió los periódicos que desayuné, los informativos radiales que almorcé, los telediarios que cené y las páginas de las revistas que acompañaron mis cafés.

Me parece que en el 98 también ocurrieron otras cosas, que no consigo recordar.


Ya ganó! ¡Ya ganó!

Los pobres ocupan también, casi siempre, el primer plano de la crónica policial. Cualquier sospechoso pobre puede ser impunemente filmado y fotografiado y escrachado cuando la policía lo detiene, y así la tele y los diarios dictan sentencia antes de que se le abra un proceso. Los medios de comunicación condenan de antemano, y sin apelación, a los pobres peligrosos, como de antemano condenan a los países peligrosos.

A fines de los años ochenta, Saddam Hussein fue demonizado por los mismos medios de comunicación que antes lo habían sacralizado. Cuando se convirtió en el Satán de Bagdad, Hussein pasó a ser una estrella de la maldad en el firmamento de la política mundial, y el mentidero de los medios se ocupó de convencer al mundo de que Irak representaba un peligro para el género humano. A principios de 1991, los Estados Unidos lanzaron la Operación Tormenta del Desierto, con el respaldo de veintiocho países y del numeroso público. Los Estados Unidos, que venían de invadir Panamá, invadieron a Irak porque Irak había invadido a Kuwait. El gran show, que el escritor Tom Engelhardt definió como la mayor superproducción de la historia de la televisión, con la participación de un millón de extras y con un costo de mil millones de dólares por día, conquistó a la teleplatea internacional y tuvo muy elevados índices de rating en todos los países. También en la Bolsa de valores de Nueva York, que rompió récords.

Artes de la guerra, el canibalismo como gastronomía: la Guerra del Golfo fue un interminable y obsceno espectáculo de homenaje a las armas de alta tecnología y de desprecio a la vida humana. En esta guerra de máquinas, protagonizada por satélites, radares y computadoras, las pantallas de televisión mostraron bellos misiles, rockets maravillosos, prodigiosos aviones y smart bombs que pulverizaban gente con admirable precisión. La gesta dejó un saldo de 115 norteamericanos muertos. A los iraquíes muertos, nadie los contó. Se calcula que no fueron menos de cien mil. En la pantalla, nunca se vieron. La única víctima de la guerra que la tele mostró fue un pato embadurnado de petróleo. Después se supo que la imagen era falsa. El pato venía de otra guerra. El almirante retirado Gene LaRocque, de la marina de guerra de los Estados Unidos, comentó al periodista Studs Terkel: «Ahora matamos a la gente sin verla jamás. Se aprieta un botón a miles de millas de distancia. Es la muerte por control remoto, sin sentimientos ni remordimientos... Y entonces, regresamos a casa en triunfo.»

Pocos años después, a principios del 98, los Estados Unidos quisieron repetir la hazaña. La inmensa maquinaria de la comunicación se puso, nuevamente, al servicio de la inmensa maquinaria militar, para convencer al mundo de que Irak estaba amenazando a la humanidad. Esta vez, fue el turno de las armas químicas. Años antes, Hussein había usado gases mortíferos norteamericanos contra Irán, y con esos gases había arrasado a los kurdos sin que a nadie se le moviera un pelo. Pero súbitamente cundió el pánico cuando se difundió la noticia de que Irak poseía un arsenal bacteriológico, ántrax, peste bubónica, botulismo, células cancerosas y otros letales agentes patógenos que en los Estados Unidos cualquier laboratorio puede comprar, por teléfono o por correo, a la empresa American Type Culture Collection ATCC, ubicada en los alrededores de Washington. Pero los inspectores de las Naciones Unidas no encontraron nada en los palacios de las mil y una noches, y la guerra se suspendió hasta el próximo pretexto.

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El amigo electrónico

Los jugadores, absortos, en trance, no hablan entre sí.

En el camino del trabajo a casa, o de casa al trabajo, treinta millones de japoneses se encuentran con el pachinko y al pachinko encomiendan sus almas. Los jugadores pasan las horas sentados ante la máquina, disparando bolitas de acero hacia los agujeritos que prometen premios. Cada máquina está gobernada por una computadora que se ocupa de que los jugadores pierdan casi siempre y también se ocupa de que ganen alguna que otra vez, para que no se apague la llama de la fe. Como la timba por dinero está prohibida en Japón, se juega con tarjetas que se compran, y los premios se pagan con chucherías que se cambian por dinero a la vuelta de la esquina.

En 1998, los japoneses ofrendaban quinientos millones de dólares por día en los templos del pachinko.


a manipulación militar de la información mundial no resulta para nada sorprendente si se tiene en cuenta la historia contemporánea de la tecnología de la comunicación. El Pentágono ha sido siempre el principal financiador, y el principal cliente, de todas las novedades. La primera computadora electrónica nació por encargo del Pentágono. Los satélites de comunicación provienen de proyectos militares, y fue el Pentágono quien por vez primera articuló la red Internet, para coordinar sus operaciones en escala internacional. Las multimillonarias inversiones de las fuerzas armadas en la tecnología de la comunicación han simplificado y acelerado su tarea, y han hecho posible la promoción mundial de sus actos criminales como si fueran contribuciones a la paz del planeta.

Afortunadamente, la historia también se alimenta de paradojas. Jamás el Pentágono presintió que la red Internet, nacida al servicio de la programación del mundo como un gran campo de batalla, iba a ser utilizada para que divulgaran su palabra los movimientos pacifistas, tradicionalmente condenados al casi silencio. Pero el espectacular progreso de la tecnología de la comunicación y, los sistemas de información está sirviendo, sobre todo, para irradiar la violencia como modo de vida y como cultura dominante. Los medios de comunicación que más mundo, y más gente, abarcan, nos acostumbran a la fatalidad de la violencia y nos entrenan para ella desde la infancia.

Las pantallas, cine, televisión, computadora, sangran y estallan sin interrupción. Una investigación de dos universidades de Buenos Aires midió la violencia en los programas infantiles de la televisión, abierta y por cable, en 1994: había una escena cada tres minutos. La investigación llegó a la conclusión de que, al cumplir los diez años de edad, el niño argentino ha visto ochenta y cinco mil escenas violentas, sin contar los numerosos episodios de violencia sugerida. La dosis, se comprobó, aumentaba los fines de semana. Un año antes, una encuesta realizada en los alrededores de Lima reveló que casi todos los padres estaban de acuerdo con este tipo de programas. Las respuestas decían: son los programas que los chicos prefieren; así están entretenidos; si a ellos les gusta, por algo será; mejor, así aprenden cómo es la vida. Y también: no los afecta, es como si nada. Simultáneamente, una investigación del gobierno del estado de Río de Janeiro llegó a la conclusión de que la programación infantil concentraba la mitad de las escenas de violencia transmitidas por la Red Globo de Televisión: los niños brasileños recibían una descarga de brutalidad cada dos minutos y cuarenta y seis segundos.

Las horas de televisión superan ampliamente las horas del aula, cuando las horas del aula existen, en la vida cotidiana de los niños de nuestro tiempo. Es la unanimidad universal: con o sin escuela, los niños encuentran en los programas de la tele su fuente primordial de información, formación y deformación, y encuentran también sus temas principales de conversación. El predominio de la pedagogía de la televisión cobra alarmante importancia en los países latinoamericanos, por el deterioro de la educación pública en estos últimos años. En los discursos, los políticos mueren por la educación, y en los hechos la matan, dejándola librada a las clases de consumo y violencia que la pantalla chica imparte. En los discursos, los políticos denuncian la plaga de la delincuencia y exigen mano dura, y en los hechos estimulan la colonización mental de las nuevas generaciones: desde muy temprano, los niños son amaestrados para reconocer su identidad en las mercancías que simbolizan el poder, y para conquistarlas a tiro limpio.

Los medios de comunicación, ¿reflejan la realidad, o la modelan? ¿Quién viene de quién? ¿El huevo o la gallina? ¿No sería más adecuada, como metáfora zoológica, la de la víbora que se muerde la cola? Ofrecemos a la gente lo que la gente quiere, dicen los medios, y así se absuelven; pero esa oferta, que responde a la demanda, genera cada vez más demanda de la misma oferta: se hace costumbre, crea su propia necesidad, se convierte en adicción. En las calles hay tanta violencia como en la televisión, dicen los medios; pero la violencia de los medios, que expresa la violencia del mundo, también contribuye a multiplicarla.

Europa ha hecho saludables experiencias en materia de comunicación masiva. En varios países europeos, la televisión y la radio han alcanzado un alto nivel de calidad como servicios públicos, no dirigidos por el estado sino directamente por las organizaciones que representan a las diversas expresiones de la sociedad civil. Estas experiencias, que hoy día han sido puestas en crisis por la embestida de la competencia comercial, brindan ejemplos de una comunicación de veras comunicante y democrática, capaz de dirigirse al ciudadano a partir del respeto a su dignidad humana y a su derecho a la información y al conocimiento. Pero no es éste el modelo que se ha internacionalizado. El mundo ha sido invadido por el mortal cóctel de sangre, valium y publicidad que suministra la televisión privada de los Estados Unidos: se ha impuesto un modelo fundado en la comprobación de que es bueno todo l




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