Parte 3: juventud juventud


En el acto se perfila un sujeto en una posición de goce silencioso, en el terreno del autoerotismo, un goce apartado de la palabra



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En el acto se perfila un sujeto en una posición de goce silencioso, en el terreno del autoerotismo, un goce apartado de la palabra. Un apelar al acto con el cual es sujeto supone poder ponerse a salvo de la castración.

Es la función paterna la q permite poner coto al goce materno (producciones diversas pueden instalarse en procura de ese objetivo, pero la privilegiada es el lenguaje), resultado de procesos intelectuales superiores. El pasaje de la madre al padre puede ser entendido como transmutación de goce: de un goce casi mitifcable (arcaico) a formas de goce fálico (enlazado a la palabra, al STE; procesos superiores, reflexiones, juicios)

Cuando en esa transmutación se producen fallas, es posible ubicar vacilaciones o fracasos en la reconstrucción del fantasma. La presentificación de un goce arcaico es fuente de impulsiones y formas de acting out y pasaje al acto.

Hay tres caminos frente a la privación: La palabra cuando la reconstrucción del fantasma se produce adecuadamente en la adolescencia y el sujeto busca caminos posibles creativamente / Puede caerse en la resignación, duelo patológico (regresión del narcisismo y a la fase sádica, suicidio) / Salida a través del acto (acting out o pasaje al acto) puede conducir a la transgresión.

En tanto la frustración no encuentra caminos de dialectización en el Otro social, la actuación es marca de la desmentida y conjuntamente con la desestimación de los peligros q puede llegar a afrontar, en ciertos casos la vida se pone en riesgo en la transgresión, mientras q en otros la marca de la aceptación de la existencia de una salida se orienta hacia la resignación (abandono de la propia persona)



(Del resumen del 1° parcial, de la parte 2 del libro de Barrionuevo)

ACTING OUT Y PASAJE AL ACTO: Es a través del acto en q se pueden expresar aspectos de la vida anímica, de fantasías o de emociones q el sujeto no puede poner en palabras. Se entiende el acting out como un acto realizado por el sujeto sin conocimiento de lo q lo motiva. Es una acción enmarcada en cierta escenificación, q lleva el sello de la repetición. Implicaría una vacilación fantasmática produciendo una confusión en la q el sujeto queda absorbido por el objeto en su valor de goce.

Si bien ambos son reacciones del sujeto ante la angustia, en el primero el sujeto permanece en escena y su actuar es un mensaje simbólico dirigido al Otro, mientras q en el pasaje al acto hay salida de la red simbólica, una huida del Otro hacia la dimensión de lo real con disolución del lazo social. En el pasaje al acto el sujeto se desengancha de la cadena significante y en tanto no se siente representado por significante alguno queda en lugar de “desecho”, se deja caer como puro objeto, se deja caer al a.

  • El acting out se produce cuando el sujeto supone q no hay escucha desde el Otro. Entonces dirige un mensaje a través de la acción para que el Otro lo “descifre”. Habría cierta mediación fantasmática, se produce en transferencia, y por lo tanto dirigido o dedicado el acto a Otro pidiéndose “contención”. Se expresa en acto la exigencia, el pedido, de una respuesta dirigida a los padres o al analista. Forma parte de las vicisitudes normales de la tarea de reposicionamiento subjetivo de la adolescencia.

  • El pasaje al acto sería más bien algo del “no querer decir”, el sujeto apostaría sin Otro. Se ubica del lado de lo irreversible, de un sin retorno y expresa clara victoria de la pulsión de muerte. El único acto totalmente logrado es el suicidio (implicaría una ruptura total, una separación absoluta con el Otro). Se pone en juego el cuerpo cayendo o saliéndose el sujeto de escena, con consiguiente destitución subjetiva. Va dirigido al gran Otro, como imbarrable (aquel al q no le falta nada), mientras q el sujeto se barra de una forma tan radical q se “hace” objeto. Es un exceso, el sujeto se pone en el lugar de la falta del Otro, en el lugar del objeto. Es condición del pasaje al acto la ID al objeto q se le supone a ese Otro. Hay un exceso q empuje a lo real, q es un saber q se rechaza reconocer como tal.


Agieren, llevar a la acción, refiere a la tendencia de un sujeto en análisis a actuar movimientos pulsionales q la labor analítica pone en evidencia, viviendo así en el presente deseos y fantasías Icc. (F) lo opone a erinnern (recordar). El actuar puede darse más allá de la dimensión transferencial propuesta por el análisis. Es posible pensar la actuación relacionada al esfuerzo desmentidor, en un intento de preservar el autoerotismo por medio de la acción. El sujeto enfrentado a la angustia recurre al acto con el propósito de eludirla.

En la definición de adolescencia decíamos q implicaba un reposicionamiento en relación al objeto a, q nunca puede alcanzarse; sería “causa” del deseo y no aquello hacia lo q el deseo tiende. Pone en movimiento al deseo, por lo cual las pulsiones no intentan obtener el objeto a sino q giran en torno a él. Es el objeto de la angustia.

En el acting out, en el campo de un análisis, es la exclusión, a nivel del lenguaje, de un elemento simbólico q retorna desde lo real como comportamiento inquietante, provocador, exigiendo algo. En el intento de eludir o sortear la angustia el sujeto en acting out apela al Otro, personificado por el analista. Mientras q en el pasaje al acto el sujeto apuesta ante la indeterminación o la inconsistencia del Otro, otro no atravesado por la función paterna, con la certeza de q no hay escucha para su padecer.
LAS VERSIONES DEL PADRE: ADOLESCENCIA, JUVENTUD Y SUS POSICIONES

La adolescencia y la juventud como posiciones anímicas encuentran su fundamento en ciertas versiones del padre. Cada posición depende de la versión del padre de la cual el sujeto se sirve para ir más allá.



En Lacan encontramos un padre simbólico, uno imaginario y otro real.

  • Padre real como aquel que soporta lo real como imposible, (no el de la realidad cotidiana o biológica). El padre real es el agente de la castración simbólica.

  • Padre simbólico implica una función que procura imponer la ley y armonizar el deseo en el complejo de Edipo. Se trata del padre muerto.

  • Padre imaginario remite a una configuración de todos los constructos imaginarios incluidos en el fantasma en derredor de la figura del padre. Es el agente de la privación en el segundo tiempo del Edipo.

En las construcciones de Freud, elaboradas principalmente, a partir de su propia casuística se ve la puesta en práctica y a los preliminares de un asesinato cuya víctima no es otra que el padre. En dichos textos, la muerte de un padre que accede al goce primordial, al supuesto goce puro, se presenta siempre como resultado de un acto criminal. Llamativamente esta muerte del progenitor que prohíbe no abre las puertas al goce desenfrenado, sino que otorga mayor investidura a la prohibición.

Satisfecho el odio con el crimen, el amor cobra valor y por vía de la identificación se instituye el superyó, al que se le atribuye el poder del padre a modo de castigo por la agresión llevada a cabo. Este asesinato se encuentra en el fundamento del retorno del amor, de la instauración del vínculo social. ¿A qué nos referimos con lo social? Podemos definir el lazo o vínculo social, como una estructura en cuya articulación el adolescente se encuentra alienado, identificado de manera inexorable. A esta estructura también la solemos llamar discurso, que como tal involucra por un lado, un modo de relación y por otro, la circunscripción de ciertos modos del goce. Lo social, en tanto vinculado al asesinato del padre varía en función de una específica versión del Padre. El padre freudiano, en todas sus versiones es considerado como un concepto límite, de corte.
Padres de Tótem y tabú (padre terrible):

El vínculo o lazo social implicado en esta configuración se basa en la identificación a un rasgo (de goce), propio de la masa, que posibilita que el púber en medio de los “tormentos de la adolescencia” haga en masa lo que sólo no puede hacer. Recordemos que la masa es anónima y por tanto su responsabilidad ante el goce es limitada.

La historia del padre primordial no es la historia del goce absoluto, sino que por el contrario pone en evidencia que este goce absoluto es imposible. El joven sólo puede acceder a goces acotados y circunscriptos por diversas versiones de este padre, como la totémica, la mítica y la religiosa, que oscilan entre el crimen y la restauración en función de una operación defensiva predominante (desmentida)

Dicho de otra manera, como relevo del padre muerto, asesinado, aparecen una variedad de versiones del padre que como un repertorio selecto instauran la ley y el deseo.
El padre del Edipo (matar al padre)

Hablar de Edipo, es recurrir como fundamento a la función del padre. Si pensamos en términos de la relación entre ley y goce, hay una inversión dialéctica entre Edipo y el padre terrible de Tótem y tabú: en este último el goce se anticipa a la ley, mientras que en Edipo, la ley habilita al goce fálico, a la par que queda interdicto el goce del incesto materno.

Aquí, el vínculo o lazo social implica la identificación histérica propia de una posición de la adolescencia (caso Emma). A la par que la castración cobra eficacia mediante el recurso de la evitación. Se trata de un padre que es muerto, que es asesinado, pero no se sabe quién es el homicida. Así, el hijo Edipo se encuentra inmerso en la tragedia de no saber a quién ha matado (“no saber” está estrechamente vinculado a la represión que inaugura un tiempo diferente, donde los rastros del asesinato pujan por acceder a la cc)

El padre del Moisés (padre que no hace la ley sino que la transmite)

Finalmente y como otra posición de la adolescencia, como momento lógico de la negación, podemos hablar de un padre al estilo del Moisés. Este es un padre que porta la ley pero no la genera. Se trata de una ley que restringe el goce o dicho de otra manera instaura un goce como prohibido. Aquí el padre es ubicado en el lugar de la voz.


El padre del nombre

El segundo despertar de la sexualidad requiere del despertar de los sueños. Aquí, la estructura del sujeto del inconsciente es confrontada por lo real, un agujero en la simbolización, que tiene un efecto traumático. En este contexto, la adolescencia puede ser considerada como un síntoma que se constituye como una respuesta a ese real.



Joyce: “Retrato del artista adolescente”. Hay un pasaje del Nombre del Padre al padre del nombre “artista”, para cuya producción se apela a un remiendo que ata de una manera singular las piezas de la experiencia subjetiva.

El sinthome implica una suplencia del Nombre del Padre y opera, como el rasgo más singular que diferencia al sujeto. El nombre así logrado suple la función fallida del significante Nombre del Padre. Es notorio que este concepto subsume al de carácter síntoma y fantasma. Aquí, el síntoma adquiere valor no tanto como impedimento o inconveniente sino como lazo, mientras que la singularidad adquiere relevancia sobre las identificaciones vinculadas al Otro social y sus criterios. Estas singularidades son las diversas modalidades que el adolescente procura instaurar para resolver el real propio de la pubertad

El lazo social implica la identificación al síntoma, a la suplencia del nombre del padre. Esta identificación remite al «tú eres esto» redactado por la prosa de Joyce. De alguna manera, el joven se constituye en un sujeto joyceano en la medida que le pone un nombre a aquello de lo que no se puede decir nada más. El síntoma o suplencia, por una parte, es una forma de goce por la muerte del padre primordial, imposible para el sujeto y por otra, se vincula a la verdad inconsciente de un deseo de muerte del padre.


ADICCIONES: DROGADICCIÓN Y ALCOHOLISMO EN LA ADOLESCENCIA

Los términos toxicomanía, drogodependencia o drogadicción suelen ser utilizados habitualmente como sinónimos para referirse a un estado psicofísico causado por la interacción de un organismo vivo con un fármaco o una sustancia.

En cuanto a las formas de consumo de drogas, suele diferenciarse entre uso, abuso y adicción:

Uso: Contacto esporádico u ocasional con la droga, consumo circunstancial y en ocasiones determinadas.

Abuso: Reiterado consumo de drogas, recurriendo el sujeto a cantidades y/o frecuencia que superan en mucho a las iniciales. Discontinuo o no, el abuso suele ser considerado un riesgo en cuanto a la posibilidad de facilitar el traspaso de los límites que lo separan de la adicción propiamente dicha.

Drogadicción: Dependencia, compulsiva y constante, de una sustancia de la cual el sujeto no puede prescindir, ocasionando trastornos en lo físico y en lo psíquico, constituyéndose el sujeto en peligro para sí y para los demás.
Adicción a drogas:

El consumo de drogas es tan antiguo como la historia de la civilización, son diversas las causas o “motivaciones” del consumo así como también la consolidación de la drogadicción propiamente dicha. La diversidad de factores intervinientes en la aparición y desarrollo de las adicciones permite considerarlas un problema multicausal, determinado no solo por factores biológicos y psicológicos sino también por razones sociales y culturales.

Los tipos de drogas pueden ordenarse en:


  • Legales: Usadas por un alto porcentaje de la población. Tabaco, bebidas alcohólicas, fármacos, anabólicos y esteroides. Y entre ellos los ansiolíticos, o tranquilizantes menores, que disminuyen la ansiedad.

  • Ilegales: Sustancias cuyo consumo está prohibido por ley, y pueden dividirse en tres grupos:

    • Narcóticos o depresores: adormecen los sentidos al actuar sobre el sistema nervioso central (como la marihuana, el opio y la morfina).

    • Estimulantes: Cocaína, anfetaminas. Aumento de la actividad psicomotora

    • Alucinógenos: Éxtasis, L.S.D.

Hoy la problemática de las adicciones se presenta como un fenómeno complejo, dinámico, en evolución, con indicadores propios como el inicio del consumo a edades cada vez más tempranas, la aparición de nuevas sustancias en el mercado -generadoras de un deterioro físico y psíquico cada vez más rápido- y diferentes patrones de consumo.

Desde la perspectiva que propone el psicoanálisis la relación se invierte (droga –> sujeto): es el sujeto quien construye a la droga como tal, le otorga valor de droga. No es el drogadicto quien, en tanto consume reiteradamente una sustancia queda dependiendo de ella por su acción, por los efectos que produce, sino que el sujeto le da estatuto o lugar de tal a determinada sustancia que se constituye en droga para sí, pero puede no ser droga para otros. Así pues, no es droga cualquier sustancia, sino la que el sujeto define para sí como droga, otorgándosele importancia al sujeto en esta relación. SUJETO DROGA

En una carta dirigida a Fliess Freud dice “la masturbación es el único gran hábito que cabe designar «adicción primordial», y las otras adicciones sólo cobran vida como sustitutos y relevos de aquella (el alcoholismo, morfinismo, tabaquismo, etc.)”.



En la drogadicción habría desmentida de la castración, el drogadicto queda aferrado a un goce imposible, sin poder realizar el pasaje de lo pulsional a lo deseante. De allí la fuerza de la definición freudiana de la adicción como sustituto de la masturbación en la cual hay goce con lo que la pulsión reclama del goce perdido. Es posible pensar que el adicto se sostiene en una primera posición propuesta por Freud para el duelo, oponiéndose a reconocer la pérdida, apelando a una cancelación tóxica al problema de la castración. En la drogadicción, cada uno a su manera, el intento es fugar, vía acto de inyectarse o de beber, de ese duelo inacabado, eterno, permanente, para el cual no se encuentra otra salida

Como drogadicto, desde el psicoanálisis, se designaría a un sujeto que ha entablado cierto lazo con una sustancia, droga, y él mismo supone que por proclamarse de tal manera, como autodefinición, o como carta de presentación, los demás podrían construir los atributos relativos a su ser. El aceptar definirse como tal lo ubica, en bruta o masiva identificación, en cierto lugar de no falta, y la droga le facilitaría poder sortear el problema de reconocer las diferencias, incluidas en éstas las sexuales, le evita tener que vérselas con los enigmas fundamentales: muerte y sexualidad, con la falta y con lo des-semejante.

La droga ofrece un goce por el cual puede llegar a perderse el sujeto como tal, el sujeto de la palabra, re-jerarquizándose la dimensión de la necesidad en la adicción a drogas propiamente dicha. Podríamos pensar que es posible hablar de un “sujeto del goce”, que porta “la solución” por medio de la cual obtiene un goce que no pasa por el Otro.
Drogadicción como patología del acto

La drogadicción propiamente dicha no constituiría síntoma como tal, sino que se encontraría prioritariamente en la dimensión de las patologías del acto. En la adicción a las drogas el duelo o la angustia son evitados, siendo el anularlos con sustancias diversas la maniobra a la cual el sujeto recurre ante la imposibilidad de su procesamiento psíquico, ante la desesperanza o la desesperación para las cuáles no se cuenta con recursos sólidos o se duda de que lo sean.



Si bien el sujeto en estas problemáticas habita el lenguaje no puede apelar al mismo en ciertas circunstancias en las cuales un pánico sin nombre, sin palabras, o una intensa depresión, devastadora, hace imposible todo procesamiento psíquico con riesgo consiguiente de quedar a merced del goce del Otro, como objeto.

En las patologías del acto el sistema protector o entramado de contención constituido por el lenguaje tiene puntos de debilidad o fallas, no alcanzando para impedir que el sujeto quede a merced del goce del Otro, no pudiendo hacer uso del lenguaje o no teniendo eficacia el mismo para ponerle límite a dicho goce.

Las patologías del acto se construyen como configuraciones clínicas o recursos destinados al intento de eludir la angustia desbordante o la intensa depresión que imposibilitan todo procesamiento psíquico, desdibujado el fantasma, acudiéndose a recursos que se encuentran en la gama del acto o del actuar, en un decir sin palabras que adquiere envergadura de repetición producido un cortocircuito en el pensar. En tal caso habría devaluación de la dimensión simbólica, y no se podría hablar de síntoma propiamente dicho, desde una perspectiva psicoanalítica. El acto, en cualquiera de sus formas, se encuentra por fuera de la dimensión del lenguaje, buscando el sujeto por su intermedio un atajo o desvío que eluda la angustia que no ha podido ser tramitada por la vía del síntoma o procesada en el pensar.


Drogadicción y alcoholismo en la adolescencia

Diferenciación en cuanto al consumo de drogas y bebidas alcohólicas que puede presentarse en la adolescencia y la drogadicción o el alcoholismo propiamente dichos, diferencia q se sostiene en la intención icc puesta en juego:

  • Hacerlo por placer o buscando encontrar fuerzas cuando las propias flaquean, en búsqueda de sostén identificatorio, como primera posición.

  • Se ubica a la sustancia en el intento de reforzar el esfuerzo desmentidor o renegatorio, patológico, ante la ley en sus diversas manifestaciones, en la otra.

Es entendible entonces que en caso de los adolescentes e apego a drogas se presente en relación con las dificultades inherentes a la tramitación de los duelos. Las sustancias intoxicantes vendrían al lugar de facilitar una sutura ante dificultades propias del esfuerzo identificatorio en ciertos sujetos y en determinadas situaciones de pérdida importantes. Las drogas facilitan al sujeto poder escapar al peso de la realidad.


Las bebidas alcohólicas, como otras drogas, se encuentran presentes desde tiempos inmemoriales en la historia de la humanidad. En el beber circunstancial en festividades varias o en simples reuniones de amigos el vino o la cerveza suelen oficiar de facilitadores del acercamiento entre quienes circula, al producir rebajamiento de la censura a través de sus efectos embriagadores. Las bebidas espirituosas tendrían desde esta perspectiva la "virtud" de dotar a quien bebe de las fuerzas necesarias para triunfar sobre los límites materiales, al darle “ánimo”. Esta operación supondría, desde lo inconciente, la pretensión de tener éxito en el esfuerzo por oponerse a la existencia de una realidad traumatizante o desquiciante. Hasta aquí, es clara la relación de los jóvenes, y de los no tan jóvenes, con las bebidas alcohólicas como recurso buscado cuando el valor flaquea, pudiéndose pensar que en forma circunstancial, o incluso recurrente durante cierto tiempo, pueden ser buscadas como garantía supuesta de sostén identificatorio en el trabajo de procesamiento de duelos “adolescentes”.

En el alcoholismo se marcaría el exceso en la pretensión de encontrar un reaseguro ante la inevitabilidad con la que la muerte se presenta como límite para la propia existencia. La desconexión que sigue al exceso en la borrachera, y luego la depresión y la resaca, mostrarían en su secuencia lo fallido del intento y la eficacia del accionar de la pulsión de muerte en la búsqueda de la bebida nuevamente, en forma compulsiva. No sería en este caso búsqueda de lograr un sostén allí donde el sujeto siente que sus fuerzas están débiles, sino intento de borrarse del mundo, desconectarse. En el alcoholismo propiamente dicho se busca "nada", no se intenta reforzar sentimiento de sí, o identidad, sino la búsqueda es desaparecer. En el exceso del beber, el sujeto queda arrojado o caído, como organismo, en un encierro autoerótico, atrapado en el goce. Consumo o adicción vera o propiamente dicha están diciendo de una posición del sujeto respecto de la vida y de la muerte (en cuanto al límite, a la castración). Se considera drogodependencia cuando el consumo de drogas está al servicio de reforzar la desmentida o la oposición a la ley en todas sus expresiones.

Podríamos decir, recurriendo a Lacan, que en la problemática de las patologías del acto, drogadicción y alcoholismo incluidos en ellas, habría un déficit importante en la función paterna, en el significante del Nombre del Padre. El sujeto no posee sostén identificatorio suficientemente fuerte como para "bancarse" o soportar la angustia o la depresión.

No podríamos sostener que por el hecho de que haya consumo de drogas se pueda hablar de un “caso” de drogodependencia, en tanto en esta circunstancia la droga puede presentarse como refuerzo del sostén identificatorio durante un tiempo y luego es abandonada u ocupa un lugar accesorio según la elaboración en cada quien realizada. El problema se plantea cuando el “ser drogadicto” se instala como carta de presentación con la que supone el otro debe poder construir los atributos relativos a su “ser”, y es “la” solución que se construye para, supuestamente, responder a los enigmas de la vida, a los límites o a la castración. Estaríamos en tan circunstancia en presencia de lo q denominábamos “patologías del acto”

SUICIDIO E INTENTOS DE SUICIDIO

Etimológicamente, suicidio proviene del latín: sui (si mismo) cidium (matar), “atentado contra la propia vida”, “matar-se”.

Desde la sociología Durkheim plantea la importancia de las condiciones sociales y culturales en la determinación del suicidio. Admite que podría entenderse que ha de haber una predisposición individual pero explica que ésta es a su vez fruto del medio social en el que viven, que se asimila dentro de las conciencias individuales. 3 formas de expresión del suicidio:


  • Altruista: Cuando el sujeto asume la necesidad de su muerte como acto heroico por el bien de la sociedad o del grupo del que forma parte, generalmente con una marca fuerte de lo religioso en el amplio sentido de la palabra.

  • Egoísta: Se enmarca en el terreno de una decisión individual, que no considera a los otros, y que presenta cuando hay disgregación o pérdida de cohesión de una sociedad y fallas en su función de sostén social.

  • Anómico: Se presentaría en una sociedad con un sistema normativo debilitado y con derrumbe de los valores sociales según Durkheim, lo cual se podría enlazar en lo individual con la ausencia de Ley y la desprotección total para los sujetos que se encontrarían entonces en total desamparo.

Desde la psiquiatría se considera que las conductas suicidas pueden acompañar a muchos trastornos emocionales como la depresión, la esquizofrenia y el trastorno bipolar. Así pues, más del 90% de todos los suicidios se relacionarían con trastornos emocionales u otras enfermedades psiquiátricas.

Tres categorías:



  • el suicidio propiamente dicho o completo, que termina con la muerte.

  • el intento suicida, que es acto con daño físico pero sin muerte.

  • las ideas suicidas, que expresan pérdida del deseo de vivir, pero que no llevan a daño concreto.


Suicidio y psicoanálisis

Es clara para Freud la relación que existiría entre el suicidio y un estado de duelo en la dimensión de la melancolía. Destaca que la energía psíquica para matarse derivaría del deseo de matar a alguien con quien se ha identificado, volviendo hacia sí dicho deseo de muerte.

El principio general del funcionamiento psíquico, que marca que el aparato psíquico tiene como tarea fundamental reducir al mínimo la tensión, queda subsumido a la pulsión de muerte, es decir, a la tendencia general de los organismos no ya a reducir la excitación sino a volver a un estado primitivo o punto de partida: a la muerte. El sadismo entonces, bajo ciertas condiciones, puede ser introyectado de nuevo, como masoquismo secundario que viene a añadirse al originario, dando nuevas fuerzas a la pulsión de muerte que puede volver contra la propia persona en el intento de suicidio o en patologías del acto diversas.

Karl Menninger sostiene que en la idea de suicidio se encuentran:



  • deseo de muerte propia: el ser humano buscaría el reposo, el alivio de tensiones y la satisfacción del deseo de ser pasivo (deseo oral pasivo) y de entregarse al dormir.

  • deseo de matar: que se expresa como idea de que en el deseo de matarse subyace la intención de matar a otro.

  • deseo de ser matado: habría búsqueda de un castigo que se debe sufrir o q uno mismo se infringe. Alude al masoquismo y a la culpabilidad inconciente, con el accionar del sadismo del superyó

Hoy en día, cuando es precisa una definición del momento de la muerte, se considera que este corresponde al momento en que se produce la irreversibilidad de este proceso. El acto para conseguirlo es lo que se llama “suicidio”. Lo contrario, es el deseo de vivir que se expresa en el “instinto de sobrevivencia”

La inevitabilidad de la propia muerte se presenta como un juicio ante el cual el hombre muestra su flaqueza. Intelectualmente, desde el saber conciente, todos aceptamos la posibilidad de la muerte propia, pero hay renuencia a reconocer que puede ocurrir, estamos en el terreno de la desmentida.
EL ACTO O PASAJE AL ACTO SUICIDA:




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