Parciales cátedra Barrionuevo



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CRECER, IR EN AUMENTO
: Implica crecimiento que el adolescente soporta en el orden del cuerpo que se impone bizarro y en exceso como expresión de lo real.

  • ARDER: Alude al alto voltaje del erotismo genital en la pubertad.

    Hay un cuerpo real que se presenta en primer plano cuestionando un saber vigente, lo real es algo ante lo cual las palabras se detienen, que no se puede simbolizar, aquello que no tiene nombre y que marca el límite del pensamiento.


    El término adolescencia suele estar relacionado comúnmente con dolor, en cuanto a la existencia de duelos que la caracterizarían y que se deben elaborar. Los adolescentes deberán enfrentarse a la exigencia de tener que procesar psíquicamente las perdidas en el reposicionamiento subjetivo y este trabajo de elaboración implica dolor (aunque el duelo no es propiedad exclusiva de la adolescencia). Pero no es sólo dolor lo que define a la adolescencia, ni tampoco la adolescencia es sinónimo de falta dejando implícita la idea de que con la adultez se lograría el saber por mera experiencia, por haber vivido, quebrando la “inmadurez” como exclusividad de niños y adolescentes. También otra dimensión: de fuerza y el interés puestos en juego en la tarea de encontrar nueva posición, el atrevimiento creador o el goce que se encuentra en lo lúdico, la posibilidad de arriesgar y permitirse sorprenderse ante las experiencias nuevas o la riqueza de la imaginación adolescente. Período de las alegrías más intensas.
    Otro sentido de la palabra duelo: enfrentamiento entre dos partes, algo necesario en el trabajo de ir construyendo un espacio propio para sí por parte del adolescente, lo cual implica ruptura y desprendimiento. En la rivalidad o en la competencia con padres y pares, los adolescentes se comprometen con entusiasmo, agresiva y hasta divertida y alegremente.
    En la adolescencia el sujeto se enfrenta nuevamente a enigmas para los cuales
    no existe la respuesta,

    no hay saber acerca de ello: muerte y sexualidad.


    Exige a sus padres reenfrentarse a aquellos enigmas para los que se pretendió tener respuesta, se los reenvía hacia ese vacío de saber, hacia la falta, que se procuró rellenar con argumentaciones discursivas tranquilizadoras.


    Adolescencia se enlazaría doblemente, con falta, en el supuesto adolecer como equivalente de la castración, y con presencia opresora de algo que está allí en demasía, que crece escapando de viejos controles. Como desprotección, ante los duelos que se debe enfrentar, y como exceso, con la aparición de un cuerpo que aumenta y que arde, incontrolable irrupción del erotismo genital en la pubertad.
    Enfrentado con la pérdida, con la desaparición de un mundo y un cuerpo infantil, y con ese “ir en aumento” que “quema”, el joven se interroga acerca de su propio lugar y del de los otros en el mundo, en un momento en que vacila el fantasma. La realidad supuesta se resquebraja surgiendo algo distinto a lo creído hasta ese momento, algo increíble que desde lo real se impone haciendo tambalear viejos saberes. El intento es saber acerca del deseo del Otro, encontrar en la mirada del otro algo que pueda garantizar un nuevo lazo entra la imagen y el cuerpo sentido desde lo interior, sufrido el desvanecimiento de su ser niño que lo reenfrenta a la angustia del cuerpo fragmentado que lleva a la búsqueda de nueva imagen.


    La experiencia de identificación constituye al sujeto al mismo tiempo que lo aliena,


    y no sólo conduce a la adueñarse de su propia imagen sino que le permite descubrir al otro

    y al mundo en ese intercambio de miradas que lleva implícita la agresividad.


    La agresividad también se observa desde los padres hacia sus hijos al sentirse cuestionados en una autoridad hasta el momento intocable, incluso expresándose como violencia; desde lo familiar y desde lo social se dirigen al adolescente comentarios denigrantes como respuesta al haberse visto obligados a reenfrentarse a la propia castración al ser interpelados por la presencia del hijo en metamorfosis.


    La consolidación o el afianzamiento de la posición subjetiva que se replantea durante la adolescencia se produce como resultado de la conjunción del trabajo de duelo, en dirección al reconocimiento de la castración, y del accionar de la agresividad, que marca una posición de desafío o confrontación con la autoridad de los padres coexistente con el respeto y/o amor hacia los mismos. Es en estos movimientos entre duelo y agresividad en donde se evidencia la presencia de la ambivalencia afectiva.
    El DUELO es la reacción frente a la pérdida de una persona amada o de una abstracción que haga sus veces. Trabajo del duelo:

    • El examen de realidad muestra que el objeto amado ya no existe más  exhortación a quitar la libido de sus enlaces con ese objeto.

    • Se opone una renuencia.

    • Normalmente prevalece el acatamiento a la realidad, pero la orden no se cumple enseguida, sino que se ejecuta pieza por pieza con un gasto de tiempo y de energía de investidura y entretanto la existencia del objeto perdido continúa en lo psíquico.

    • Cada uno de los recuerdos y cada una de las expectativas en que la libido se anuda al objeto son clausurados, sobreinvestidos y en ellos se consuma el desasimiento de la libido.

    Habría inicial renuencia u oposición a reconocer el juicio de realidad que decreta la pérdida del objeto, y tras la sobreinvestidura de los recuerdos, con nostalgia y anhelo por los objetos perdidos, se produce el trabajo propiamente dicho de elaboración de la perdida, con desasimiento de la libido, con el desprendimiento pieza por pieza, en tanto el vinculo sujeto-objeto se construyera por múltiples inscripciones o puntos de enlace entre uno y otro.


    En primera instancia, ante el juicio relativo a la perdida del objeto amado el sujeto se resiste a reconocerla (oposición desde la lógica del yo placer). En todo proceso de duelo la inicial reacción correspondería al accionar de la desmentida. El sujeto se rehúsa a aceptar esta perdida por el dolor y el desamparo psíquico que la misma genera.
    MELANCOLÍA. También ella puede ser reacción frente a la pérdida de un objeto amado, pero no atinamos a discernir con precisión lo que se perdió y tampoco el enfermo puede apresar en su conciencia lo que ha perdido. El sujeto sabe a quién perdió o qué perdió pero no lo que perdió con dicha pérdida. Se trataría de una pérdida de objeto substraída de la conciencia. En el duelo el mundo se ha hecho pobre y vacío, en la melancolía eso le ocurre al yo mismo. Delirio de insignificancia. Debilitamiento de la pulsión de vida. La investidura de objeto resultó poco resistente, fue cancelada, pero la libido libre no se desplazó a otro objeto sino que se retiró sobre el yo y ahí sirvió para establecer una identificación del yo con el objeto resignado. La sombra del objeto cae sobre el yo, que pasa a ser juzgado como un objeto abandonado. La melancolía tendría los caracteres del duelo pero agregándose a ello una regresión desde la elección de objeto narcisista hasta el narcisismo, siendo la pérdida de objeto de amor ocasión privilegiada para que se despliegue la ambivalencia. Si el amor por el objeto se refugia en la identificación narcisista, el odio se ensaña con ese objeto sustitutivo, insultándolo, denigrándolo, haciéndolo sufrir y ganando en este sufrimiento una satisfacción sádica. Este sadismo revela la inclinación al suicidio. El yo puede llegar a tratarse como un objeto en virtud del retroceso de la investidura de objeto y puede darse muerte dirigiendo contra sí la hostilidad que recaía sobre un objeto, resultando así sojuzgado el yo por el objeto. Esa angustia de empobrecimiento derivaría del erotismo anal arrancado de sus conexiones y por el accionar de la regresión.
    Lacan. El concepto de agresividad lo lleva a reflotar el concepto freudiano de ambivalencia. La agresividad está tan presente en la competencia y en la rivalidad como en el intercambio amoroso. Es de existencia normal y esperable en la adolescencia. Lacan ubica la agresividad entre el yo y el semejante. Se presenta frente a la imagen en el espejo del mismo como totalidad que provoca una tensión agresiva, que lo reenvía a las sensaciones de cuerpo fragmentado. Dicha tensión agresiva deriva en una identificación con la imagen especular ambivalente y subyace en todas las formas futuras de identificación y constituye la característica esencial del narcisismo.
    La adolescencia va a tener características peculiares de acuerdo al contexto, y las diferencias se manifestaran en la forma en que desplieguen los procesos de duelo inherentes al devenir adolescente en su relación con la dimensión de la agresividad que se expresa en el trabajo de desprendimiento de las figuras de identificación propuestas por la estructura familiar.
    El medio familiar en la actualidad ha sufrido importantes transformaciones respecto de aquel característico de décadas pasadas. Las actuales condiciones de vida han estimulado las grandes concentraciones urbanas, el reemplazo de las casas por departamentos que albergan a dos generaciones como máximo, etc.  derivación parcial o total de las funciones respectivas de los padres en sustitutos, debido a las actuales exigencias económicas que hacen que tanto padre como madre deban trabajar buena parte del día dejando mucho tiempo solos a sus hijos.
    Se agrega la ADOLESCENTIZACIÓN de los adultos: una masiva identificación con los adolescentes con el consiguiente corrimiento en el desempeño de las funciones a su cargo. El progreso a nivel científico alimentó una ilusión de eterna juventud que permitiría que los adultos puedan aparentar menor edad que la que poseen,, sosteniéndose además esta apariencia en la apropiación de modas en el decir, en las vestimentas y en los ideales emblemáticos de los jóvenes, en un achicamiento imaginario de la brecha general existente en otros tiempos.
    A un sujeto que esta en procura de emblemas identificatorios que harían a su identidad, desde lo socio-cultural se le proponen lugares poco claros. Se jerarquiza el tener estimulándose el consumo, mientras que respecto del ideal del yo y de los proyectos en cuanto a su propio futuro como adulto, la ausencia o debilidad de perspectivas lo relanzan a espacios de funcionamiento de satisfacción inmediata y narcisista en los cuales el ideal se encarna en ídolos que pueden acceder a los medios de comunicación masiva, que se toman como modelos de identificación para ser algo, ante el borramiento o desacreditacion de ideales en los cuales el esfuerzo y el trabajo, orientados hacia el intento de transformación de un mundo en procura de otro mejor, pertenecerían al sujeto de una escena que no corresponde a la de la actual modernidad.
    Se ha ido produciendo una progresiva devaluación del Nombre del Padre, en lo relativo a la autoridad de los padres. El debilitamiento de la función paterna hace que el necesario juego de fuerzas padres-hijos no se realice sino como tímidos intentos o tibios y temerosos escarceos por un lago, sin plantearse como confrontación o competencia, o bien con desbordes de agresión o violencia que pueden llegar a la destrucción o al daño físico por el otro lado.
    Devaluadas las figuras de identificación, debilitado el significante del nombre del padre con la caída de los ideales y el descrédito de la verdad y la justicia, al no otorgar los significantes amor y los ideales lugar seguro al sujeto, la época del tiempo del capitalismo tardío seria la de los hombres del padre. Al no estar claro el limite, al no reconocerse lo imposible como un freno a la omnipotencia narcisística y unificándose el goce al ofrecer la ciencia objetos iguales para todos, el consumo que promueve el capitalismo frustra el deseo, exige goce sin limite, y en la misma medida se va produciendo empobrecimiento del deseo, quedando el sujeto sometido a un goce desenfrenado y mortífero, con accionar libre de la pulsión de muerte, siendo empujado el sujeto al lugar de objeto.
    El goce autoerótico del niño se inicia indiferenciado del goce del Otro, y es con el accionar de la metáfora paterna que el deseo emerge y se produce una brecha entre diversas formas de goce, si bien queda la marca del pasado en el intento de reencuentro con un goce imposible.
    El pasaje de la madre al padre puede ser entendido como TRASMUTACION DE GOCE. Pasaje de un goce primero, arcaico, a formas de goce fálico, prendido al significante, que se definen como procesos intelectuales superiores, reflexiones y juicios, y que permitirán la constitución del superyo.
    De no mediar el nombre del padre no hay posibilidades de poner coto al goce del otro, no se podría producir el pasaje de un goce a otro (de uno incestuoso a uno posible) y el sujeto puede tener dificultades en descubrir su propio deseo y consolidar el fantasma, con las dificultades consecuentes en la constitución de la posición subjetiva, quedando a expensas del accionar de la pulsión de muerte.
    Supuestamente, eludida la castración, el tiempo del capitalismo tardío ofrece la ilusión de una seguridad y confortabilidad cotidianas que vende la esperanza de poder librarse de los limite, unificándose el goce al vender la promesa de lograr todos por igual los objetos que la sociedad de consumo ofrece, con goce masivo e ilimitado, e instalando la convicción de que todo es posible, desde cuestionar el paso del tiempo sobre el propio cuerpo con cirugías hasta no necesitar el encuentro con el otro para lograr placer sexual.
    La sociedad de consumo produce objetos y plantea la exigencia de consumir, siendo el goce la herramienta del discurso capitalista para suponer que se puede eludir la castración, con recuperación de goce no fálico y fuera del registro simbólico. Aumenta la desigualdad y el individualismo en tanto es falso que todos pueden llegar a obtenerlos, debilitándose el lazo social, favoreciéndose el conflicto con la ley penal o la mendicidad, por la exclusión o la marginación social.
    Como fenómeno derivado de la desigualdad socioeconómica y de la fractura de la trama social y de los códigos de convivencia se produce un incremento de la delincuencia, y con el incremento de la inseguridad social y de la violencia, se refuerzan los reclamos de la población de mayor protección o cuidado a un estado cada vez mas debilitado o ausente, reduplicándose la espiral violenta.
    El tiempo del capitalismo tardío es tiempo del Otro devaluado, de la declinación y del debilitamiento de la metáfora paterna, quedando inhabilitado el deseo cuando la desmentida de la castración cuestiona los limites y arroja al sujeto al goce. El exceso de goce plantea cambios en la subjetividad y en el Otro, primando por momentos el desconcierto y por otros el terror ante la inconsistencia de aquel.
    El sujeto intenta en el GOCE ir más allá del principio del placer, pero en ese transgredir no se logra más placer sino dolor. Placer doloroso = goce = satisfacción paradójica que el sujeto obtiene de su síntoma.
    El sujeto se protege del goce del Otro con la Ley, sostenida por la función paterna, construyendo sobre esa grieta que se abre en la célula narcisista madre-hijo por acción de la metáfora paterna una red de protección tejida con palabras que impida la caída a un vacío de muerte y silencio.
    FANTASMA. Respuesta que el sujeto construye como argumentación discursiva en cuanto a lo que supone que el Otro desea (específicamente en lo referido a QUE QUIERE DE MI?) que toma forma de escena en la que se encuentra incluido el propio sujeto. Es respuesta al interrogante respecto del deseo del Otro, que se deduce o se construye en el campo del Otro, no es otorgado, y es posible su conformación siempre y cuando el goce del Otro no aplaste al sujeto, en cuyo caso no queda lugar para el deseo. El goce se opondría y debilitaría al deseo.
    No hay objeto del que el deseo se satisfaga. No hay ocasión de que el deseo sea satisfecho, solo se puede satisfacer la demanda el deseo es el deseo del Otro, su falla se produce en el lugar del Otro, en tanto que es al lugar del otro que se dirige la demanda. Si es de la demanda de la que surge el deseo, el deseo en el inconciente estaría estructurada como un lenguaje, igual que el fantasma que es una frase con una estructura gramatical.
    En la adolescencia se debe producir un rearmado del fantasma. Se tendría que producir la consolidación de la respuesta implícita en el fantasma, en un trabajoso fortalecimiento de la posición del sujeto que solo es posible si este puede construir un lenguaje simbólico propio, diferente al del niño que fuera, diferencial respecto del Otro familiar, todo lo cual hace que se pueda sentir validado, con derecho, para tener una respuesta ala pregunta por el deseo del otro. La consolidación del fantasma tendrá que ver con la forma en que las vicisitudes de la relación sujeto-otro refuercen o debiliten los puntos de articulación que la historia familiar otorga al trabajo de reposicionamiento subjetivo sobre la pase que provee la estructura.
    En la adolescencia el fantasma puede vacilar, ser insuficiente o desdibujarse, al punto tal de que el sujeto pueda llegar a no contar con el en una instancia critica. Su endeblez momentánea durante la adolescencia puede provocar movimientos en la vía del acto o ponerse en primer plano al cuerpo para responder ante la angustia.
    A partir de operaciones de expulsión de lo real es posible iniciar la construcción del marco discursivo o escritural del fantasma que sostiene al sujeto en situaciones de conmoción o de golpes en la vida.
    Cuando irrumpe la angustia el sujeto apela al fantasma, y si este no se halla consolidado o se muestra débil, se puede responder por dos vías: con un decir sin palabras en la actuación – haciéndose cargo el cuerpo de la falta de argumento fantasmático.
    El fantasma se construye, no es provisto u otorgado como un regalo, sino que es producto de la pregunta acerca del deseo del Otro, siempre y cuando el goce de ese Otro no oprima al sujeto. Cuando el goce del otro materno es muy fuerte debilita la función paterna y se hace campo propicio para la presencia opresora de la angustia.
    Si el estadio del espejo nos coloca frente al papel constitutivo de la imagen en la función del yo, esta enajenación primera esta indisolublemente unificada con la agresividad que despierta que el otro que es yo mismo, en la dialéctica excluyente del yo y el otro. Agresividad como la tendencia correlativa de un modo de identificación narcisista.
    En distintos momentos de la vida, porque la fase del espejo no es evolutiva, la representación de nosotros mismos requiere de la acción enajenante de la imagen especular y así sucede en la adolescencia.
    Así como el otro familiar fue fundamental en los primeros años de vida, luego el grupo de pares, la dimensión del complejo fraterno, equipara o reemplaza la importancia de aquel en los procesos identificatorios adolescentes.
    En la adolescencia se produciría un replanteo de los términos involucrados en la dialéctica de identificación inaugurada por la fase del espejo, en tanto esta instala una forma de relación con otro en dimensión imaginaria sostenida por el orden simbólico al mismo tiempo que circunscribe lo real.
    Es en cuanto a las dificultades de reconocerse unido a partir de sensaciones propioceptivas, en relación a fantasías de fragmentación corporal que se disparan con la transformación en el orden del cuerpo, que adquiere nueva dimensión la lógica de la fase del espejo en la adolescencia.
    Experiencia fundante de la constitución subjetiva que se replantea en términos de la adolescencia con los cambios corporales, teniendo el sujeto que asumir nueva imagen: la de conformación como adolescente y no como niño, desde una imagen fragmentada del cuerpo, hasta una forma ortopédica de su totalidad.
    Hay un acto psíquico que instala el narcisismo, la identificación, que deja atrás el autoerotismo con la unificación de las pulsiones parciales y la constitución de un yo como anhelo de unidad. Es esta IDENTIFICACION que Lacan ubica en la fase del espejo como identificación imaginaria, esbozándose el yo sobre la base de una identificación con la imagen del semejante, siendo el yo desde sus orígenes otro.
    Yo ideal: esa imagen amable que se le ofrece al yo para que se identifique con ella. IDENTIFICACION IMAGNARIA que es regulada y sostenida por el ideal del yo y a partir de la imagen del semejante, del otro, se constituye el yo.
    El IDEL DEL YO es el sostén simbólico a la operación que regula las relaciones imaginarias en la construcción de la realidad. Sostiene en cuanto a la estructuración imaginaria.
    En la experiencia ante el espejo, el niño vuelve su mirada hacia el adulto que lo sostiene para solicitar en cierto modo su asentimiento en cuanto a su reconocerse en el espejo.

    Desde un lugar tercero se ratifica al niño que esa imagen del espejo le corresponde, se le asegura que ese del espejo es el, y dicha garantía proviene desde el lugar del ideal del yo, desde el lugar del otro.


    Ante la angustia que invade al adolescente en el trabajo de reposicionamiento subjetivo, es importante que cuente con el otro como forma de fortalecerse ante ciertos ataques sentidos como expresión acrecentada de las emociones. Es importante con quienes cuenta cada adolescente ante el desorden que la conmoción estructural impone, en la trama de la estructura familiar.
    La identificación formadora del yo es identificación narcisista, uno es imagen, y si luego otro ocupa el lugar de esa imagen, un semejante, ello implicara una tensión erotoagresiva en tanto el narcisismo implica la existencia de un solo lugar, único, el lugar del falo imaginario. Se experimenta tensión entre la imagen que se presenta en el espejo y su insuficiencia, o sensación de cuerpo fragmentado. En tanto uno no tiene la certeza de poder coincidir totalmente con su propia imagen, y es porque eso que el yo necesita siempre reconocimiento que le asegure la permanencia de su imagen.

    Momento narcisista en el sujeto. Antes: debe asumir una frustración libidinal. Después: se trasciende en una sublimación normativa.


    LA LOGICA DE LA FASE DEL ESPEJO MARCA UN ANTES Y UN DESPUES EN LA CONSTITUCION DE UN SABER QUE SE TIENE UN CUERPO, UNA IMAGEN UNIFICADA, NO YA DEL NIÑO QUE FUERA SINO DEL ADOLESCENTE.
    METAFORA PATERNA: El significante del nombre del padre es la función simbólica paterna, que desplaza el deseo de la madre y produce una operación que define un significado que es el falo.
    Respecto del fantasma


    El deseo del S se construye en relación con el deseo del Otro.

    Fantasma respuesta q el S construye en cuanto a lo q supone q el Otro desea de sí. Es pues respuesta al interrogante respecto del deseo del Otro: “¿qué quiere de mí?”.

    En la ad se debe producir un “rearmado” de los términos del fantasma. Se tendría q producir la consolidación de la respuesta implícita en el fantasma, en un trabajoso fortalecimiento de la posición del S q solo es posible si puede construir un lugar simbólico propio.

    En este momento crucial, el fantasma puede vacilar, ser insuficiente o desdibujarse, al punto tal de q el S pueda llegar a no contar con él en una instancia crítica. Cuando irrumpe la angustia el S apela al fantasma, y si éste no se halla consolidado, o bien se muestra débil, se puede responder con un decir sin palabras en la actuación o haciéndose cargo el cuerpo de la falta de argumento fantasmático.

    El S reformula o fortalece los términos del fantasma en la ad, dejando la posición infantil en la cual el deseo estaba pegado al deseo del Otro fliar, hacia la posibilidad de asumir su propio deseo, lo cual permite la construcción de proyectos aceptando la existencia de limites q la realidad impone.

    El contexto socio-histórico-cultural determina las condiciones de construcción de la subjetividad. Contexto q facilita el goce y jerarquiza el acto, el tener x sobre el ser, y q presenta condiciones de inseguridad q no permiten construir proyectos a largo alcance. Son ampliamente conocidas las dificultades q tienen los jóvenes hoy para insertarse en el mercado laboral.

    En la actualidad nadie quiere llegar a ser adulto, y el adulto quiere ser joven, identificándose con el lugar de ad, en un fenómeno de “adolescentización” q incluye la apropiación de ideales y propuestas juveniles.

    FICHA: FALO Y CASTRACIÓN SU ARTICULACIÓN EN LA ADOLESCENCIA



    Autores: Roxana Capano; David Mandet; Maria Rosa Nappi
    El propósito del siguiente trabajo es articular los conceptos de castración, falo, Edipo, para comprender los procesos de estructuración subjetiva. Así se pretende, además, entender de qué forma las fallas en dicho proceso pueden actuar como desencadenantes de algunas patologías en la adolescencia.

    A su vez, teniendo en cuenta que el período adolescente es un período de reestructuración, de resignificación y de reedición, se considera importante la manera en que se llevan a cabo diferentes procesos que ya tuvieron lugar en la formación de la estructura psíquica del sujeto.

    En un período de fragilidad subjetiva como el de la adolescencia será el modo de resolver el encuentro con la castración el que posicionará al sujeto en determinada estructura. De ahí que comprendemos la injerencia de este complejo que tiene directa incidencia con el surgimiento o desencadenamiento de diversas patologías. En esta línea, también será la resolución o modo de enfrentarse a la castración el que determinará que modalidades defensivas se manifestarán con prevalencia en cada sujeto.




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