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3. Las Batallas Teológicas.


Tan pronto como empezó a elaborar su propia teología la Iglesia rusa moscovita, comenzaron a aparecer las herejías como subproducto inevitable de la duda y la controversia. Las crónicas relatan que en 1311 un concilio ruso de obispos condenó a un sacerdote de alto rango por rechazar el monaquismo. Posteriormente, a finales de ese mismo siglo, apareció la herejía de los strigolniki. La etimología de la palabra indica cierta conexión con el corte de cabello: o bien se trataba de barberos o bien tenían algunas teorías referentes a la barba... Lo que se sabe de ellos es que protestaban contra la práctica de cobrar dinero por las ordenaciones de los clérigos, algo que consideraban simonía y de lo que acusaban a Alejo, metropolitano de Moscú. Según decían, las ordenaciones mediante tal simonía no eran canónicas y, por lo tanto, no eran válidas dichas ordenaciones del clero ruso. Esto les llevó a rechazar todos los sacramentos administrados por la Iglesia salvo el bautismo. Después de que varios concilios de la Iglesia rusa condenaran la simonía, los strigolniks más moderados volvieron a la Iglesia, mientras que una minoría extremista siguió alejándose cada vez más de ella, y acabaron rechazando incluso el Nuevo Testamento, la vida después de la muerte, la resurrección y la fe en Cristo como salvador. Solamente aceptaban la oración del Señor (el Padrenuestro) y confesaban sus pecados a la Húmeda Madre Tierra o al cielo y las estrellas del universo de Dios. En su forma última, sobrevivieron hasta el siglo XX como dyrniki, es decir, “adoradores del agujero,” ya que construían sus viviendas con un hueco en el centro de la techumbre para rezar a los cielos.

Puede que hubiera cierta relación entre la herejía y los strigolniks y la de Judaizantes, que trajo a Rusia desde Lituania en la segunda mitad del siglo XV un judío, un tal doctor Zacarías junto con dos compañeros también judíos. Como pocos años más tarde Kuritsyn, un antiguo diplomático ruso, hizo llegar esa misma herejía a Moscú, procedente en este caso de Hungría, parece que pudiera tratarse de una de las muchas herejías antitrinitarias, probablemente anabaptistas, que en aquella época eran populares en Europa central. Observaban el sábado en vez del domingo como día de descanso, rechazaban todos los sacramentos, los iconos, los crucifijos, el monaquismo, los rituales y el ayuno. Reconocían a Cristo únicamente como gran maestro de moralidad, pero daban preferencia al Antiguo Testamento por encima de los evangelios y rechazaban la Trinidad como “politeísmo.” Como, evidentemente, era mucho más culto que el clero ruso de la época, Zacarías logró convertir a varios sacerdotes a su fe, incluyendo dos clérigos a los que el gran duque Iván III, entonces reinante, nombró rectores de las dos principales catedrales del Kremlin; al mismo tiempo, Kuritsyn lograba propagar la herejía entre los miembros de la alta sociedad moscovita, incluyendo a la familia real. Incluso Zósimo, que además de ser un notorio alcohólico corrupto era metropolitano, en aquella época llegó a simpatizar con los Judaizantes. Fueron el arzobispo Gennadi de Novgorod y su amigo Iósif, abad de Volotsk, quienes emprendieron la campaña contra los Judaizantes. Acusado de llevar una vida inmoral y de negar la resurrección de Cristo, Zósimo fue depuesto por un concilio local en 1494, cuando ya había muerto Gennadi. Pero la campaña contra los Judaizantes aún no había terminado. Poco antes de morir, Gennadi logró concluir la primera traducción completa al eslavo de la Biblia.31 El culto secretario y traductor de Gennadi era un monje dominico croata, Benjamín, que acababa de venir de España donde había sido testigo de los métodos de la Inquisición, de los cuales informó a Gennadi y a Iósif. Ambos aprobaban por completo aquella manera de combatir la herejía, aunque no todos los dirigentes eclesiásticos estuvieran de acuerdo con la misma.

En aquella época el movimiento monástico hesicasta estaba representado en Rusia por los llamados ancianos del trans-Volga, encabezados por san Nil de Sorsk. Él y sus discípulos fueron quienes se opusieron a que se quemara en la hoguera a los herejes. Los otros puntos de controversia entre los ancianos del trans-Volga y los seguidores de Iósif incluían la cuestión de la propiedad de las tierras por parte de los monasterios así como las relaciones entre la Iglesia y el Estado. A Nil y a su escuela se los conocía como los no propietarios porque eran partidarios de la pobreza monástica a imitación de Cristo, y defendían que la Iglesia no debía participar en los asuntos del Estado, ya que el Reino de Dios no es de este mundo. Por el contrario, la escuela de Iósif recibió el nombre de los propietarios puesto que insistían en la riqueza monástica y en una colaboración activa de la Iglesia y el Estado en el ámbito de la política según la teoría de la simphonía. Después de varios concilios locales dedicados a estos temas y después de la muerte de san Nil, prevalecieron las ideas de Iósif en el concilio de 1504-1505. Y por primera vez en la historia de Rusia quemaron en la hoguera a varios dirigentes judaizantes.32 Esto sentó un precedente que se utilizaría en el siglo XVII contra los dirigentes del movimiento del Ritual Antiguo.

Pero alrededor de los seguidores de Iósif había muchas más cosas que lo que podría limitarse a un simple debate en torno a la manera de tratar a los herejes. En el siglo XV habían caído dos imperios de los que Rusia, aunque sólo fuera simbólicamente, había sido vasallo, es decir, la Horda de Oro mongol y Bizancio, mientras que la Rusia moscovita recuperaba su independencia completa, se expandía territorialmente en todas direcciones (llegando incluso a recuperar terrenos de Lituania) y a finales del siglo XV, después de que los turcos conquistaran los Balcanes, se convertía en el único estado ortodoxo independiente, todo un imperio al que tan sólo le faltaba el nombre. Fue en este momento, a comienzos del siglo XVI, cuando surgió la doctrina de Filoteo (Filóteos) el Viejo sobre la Tercera Roma: la Primera Roma había caído a causa de la herejía papista (es lo que escribía Filoteo); la Segunda Roma (Constantinopla) cayó por someterse a la herejía papista; Moscú es la Tercera y última Roma, y no habrá una cuarta.33 Hay que tener en cuenta, empero, que Filoteo expuso esa “doctrina” en su epístola al gran duque Basilio (Vasili) III en la que le recriminaba por tratar a sus súbditos como si fueran un botín de guerra y como si él mismo fuera un soberano infiel y no un ortodoxo. Se trataba de un contexto moral, sin referencias al Imperio; es decir, ahora que él era el único soberano ortodoxo, tenía que actuar como tal y convertirse en patrono y protector de todos los cristianos ortodoxos. Por el contrario, la visión de Hilarión, en el siglo XI, era estatalista e imperialista porque justificaba que Rusia conquistara las naciones paganas para iluminarlas.

La situación y las relaciones de la Iglesia en los siglos XV y XVI eran claramente distintas de la época de Hilarión. Durante los 240 años de dominio mongol, los obispos rusos, y especialmente los metropolitas, con frecuencia tenían que actuar como intermediarios entre los príncipes rusos y Rusia en general por una parte, y los señores mongoles por otra. Para proteger al país de la ira y de la venganza de los mongoles a raíz de los motines locales de los rusos contra los ocupantes, los obispos tuvieron que hacer uso de la diplomacia, del cohecho, etc. La politización del sistema eclesiástico y sus componendas morales hicieron que quienes buscaban consuelo y salvación espiritual en la Iglesia tuvieran que retirarse al desierto. Mientras que los monasterios de la Rusia premongol se concentraban en las ciudades y en sus alrededores, la mayor parte de las nuevas comunidades monásticas de los siglos XIV y XV se establecieron lejos de las ciudades, en los claros de los bosques. Los no propietarios, seguidores de Nil, en contraposición a Hilarión y a sus contemporáneos, estaban libres de la ilusión de que se podía cristianizar un estado. Querían mantenerse al margen de la política, y su llamamiento, como el de todos los hesicastas y el de Jesús mismo, era un llamamiento a la persona humana individual. De aquí su énfasis en los pequeños esketes de varios monjes con un starets (anciano), elegido por ellos mismos para que dirigiera su vida espiritual. Su doctrina en un contexto moderno llevaría a la separación de la Iglesia y del Estado. Por el contrario, los propietarios de la línea de Iósif querían que la Iglesia estuviese asociada al Estado y poseyera el derecho a influir moralmente en él. Era preciso que hubiese miembros de las familias aristócratas en la fraternidad monacal y especialmente en el episcopado, según creía Iósif, porque solamente aquellos obispos tendrían peso ante los ojos del monarca y de la corte, y así solamente ellos podrían influir en la política del Estado. Para atraer a los vástagos de las familias aristocráticas, acostumbrados al lujo, los monasterios tenían que ser ricos y a los monjes aristócratas había que ofrecerles un régimen más indulgente que a los demás monjes, a los que, como a sí mismo, Iósif recomendaba un ascetismo estricto. La otra justificación para la riqueza monástica era que los monasterios debían dedicarse a la caridad de manera institucional: creando orfanatos, asilos para los ancianos, hospitales y escuelas. Iósif emprendió todas estas empresas, y se le puede considerar fundador de tales instituciones monásticas de beneficencia. En el siglo XVII el Estado se convirtió en socio de la Iglesia en la gestión y financiación de tales instituciones al cincuenta por ciento.

Respecto a la pena capital de los herejes, Iósif defendía que si el Estado ejecutaba a los asesinos del cuerpo, con mucha mayor razón había que ejecutar a quienes mataban el alma, es decir, a los herejes. Pero añadía que, puesto que la Iglesia no podía privar a nadie de la vida, era deber del zar juzgar y ejecutar a los herejes. Por lo tanto, Iósif concedía al monarca la autoridad para tomar decisiones respecto a asuntos tan estrictamente eclesiásticos como la persecución de la herejía, preparando el camino para la definitiva subordinación de la Iglesia al Estado. Este proceso comenzó con la independencia eclesiástica de Rusia, cuando los metropolitas dejaron de ser al menos unos “expatriados espirituales,” ya que eran consagrados en Constantinopla y seguían siendo responsables espiritualmente ante el Patriarcado ecuménico. Como meros súbditos del monarca moscovita y consagrados a voluntad del mismo, éste podía controlarlos con muchísima mayor facilidad. Esta domesticación y subordinación de la Iglesia al aparato estatal culminó con Pedro el Grande en el siglo XVIII. Y difícilmente podría haberlas impedido la doctrina de Iósif respecto a la desobediencia frente a los tiranos. Iósif fue el primer pensador ruso capaz de plantear el problema. Afirmaba que el monarca que da órdenes contrarias a la conciencia cristiana de un individuo, es un tirano, y no un verdadero dirigente cristiano. Por lo tanto, no hay que obedecerle, especialmente si, además, es hereje.

Aunque la doctrina de Filoteo sobre la Tercera Roma tenía un contexto puramente moral y cuasi teológico, y a pesar de que la consecuente Realpolitik de Rusia, en particular su política exterior, no estaban guiadas por las ideas de Piloteo,34 desde una perspectiva que siguiera la línea de Iósif se podían utilizar como apoyo de una mitología historiosófica imperial para la interpretación que habría hecho Iósif de la symphonía de la Iglesia y el Estado.

El triunfo final de las teorías de Iósif no pudo llegar en peor momento para la Iglesia Ortodoxa. Fue en la época del terror de Iván el Terrible cuando, después de liquidar a todos aquellos dirigentes religiosos que se habían atrevido a oponerse a su baño de sangre, acalló a la Iglesia imponiéndose a sus débiles obispos, que aprobaban tácitamente su política y colaboraron con él por puro miedo, pero que justificaban implícitamente aquella colaboración en términos ideológicos propios de Iósif.

El reconocimiento definitivo de la autocefalía de la Iglesia rusa por parte de los patriarcas orientales y su elevación a la condición de patriarcado en 1589 hizo que la Iglesia cobrara mayor fuerza y quedase restaurada su categoría ante los ojos de la nación solamente durante la crisis dinástica e ideológica del período conocido como “la era del terror,” que duró desde la muerte del último zar de la dinastía Riúrikovichi, el hijo de Iván, Teodoro (Fédor), hasta la elección en 1613 de Miguel (Mikhail), primer zar de la nueva dinastía de los Romanov. Durante aquel interregno, en el que las invasiones de los polacos y de los suecos desgarraban el país desde el exterior mientras que las rebeliones de los cosacos y de los campesinos lo deterioraban en el interior, fue un número de dirigentes religiosos quienes se convirtieron en verdaderos dirigentes de la nación. El patriarca Hermógenes, que estaba prisionero en una mazmorra del Kremlin por orden de los ocupantes polacos, hizo un valiente llamamiento a la nación entera para que se alzara y restaurara la independencia, motivo por el cual hubo de sufrir el martirio a manos de los polacos. Los abades del monasterio de las Grutas, de Pskov, y del de la Trinidad y San Sergio, de Moscú, lograron rechazar militarmente todos los intentos de los polacos por conquistarlos. Después de la restauración nacionalista, apareció en Rusia un movimiento de “amadores de Dios” o “Zelotas de la Piedad” cuyo objetivo era restaurar espiritualmente la patria y abocar por último al cisma del Viejo Ritual. Pero en lo que se refiere a la institución eclesiástica y a la nueva dinastía, tal renovación no se llevó a cabo. El Estado autocrático prosiguió en su ofensiva contra la autonomía de la Iglesia, siguió triunfando la espada física del Estado frente a la espada espiritual, mientras que la estructura y la ideología inspirada por Iósif no hacía más que facilitar y legitimar el proceso.

El encuentro con la Europa occidental (suecos, germánicos del Báltico, y sobre todo polacos) durante la “era del terror” causó un doble efecto en la mentalidad religiosa de Rusia. Por una parte, tampoco en esta ocasión resultó cordial el encuentro (y esto es decir poco), en particular con los polacos, ya que intentaron convertir a los rusos al catolicismo romano y dieron muestras deliberadas de desprecio hacia la piedad rusa, convirtiendo las iglesias en caballerizas, etc. Por otra parte, el encuentro convenció a los rusos de que la civilización occidental, su educación y su tecnología estaban muy por delante de las de Rusia. El resultado fue la confusión y una “esquizofrenia” social: el hecho de darse cuenta de que necesitaban aprender de Occidente se mezclaba con el miedo y la repulsión hacia las realidades occidentales. Fue en esta atmósfera donde surgió el antedicho movimiento de los “amadores de Dios,” que se extendió entre el clero parroquial mejor formado, siguiendo la orientación de Dionisio, abad del monasterio de la Trinidad y San Sergio, que había resistido los ataques polacos contra su monasterio y cuya fama se asienta más que nada en sus escritos históricos y en su dirección espiritual. Los “amadores de Dios” proclamaron su doctrina no sólo en las celebraciones litúrgicas, sino también en las plazas y en los mercados. Incluso invitaban a que predicaran los laicos. Los “amadores de Dios” atacaban a los administradores corruptos, y exigían una renovación espiritual de la nación, prestaban su apoyo creando escuelas y dirigían la editorial mixta del Estado y de la Iglesia, que publicó durante el período en que ellos la administraron, de 1630 a 1650, muchos más libros que en ningún otro momento hasta bien entrado el siglo XVIII. Sus publicaciones incluían traducciones de los libros más recientes de Europa occidental en torno a la ciencia, la medicina, la ingeniería, así como a las humanidades. Como encontraron apoyo y comprensión en el zar Alejo Mihailovich (el segundo de la dinastía de los Romanov) prohibieron la venta de bebidas alcohólicas durante las épocas de ayuno así como los domingos, e insistieron en que no se abreviaran los oficios religiosos (de hecho, los hicieron más largos) y que se leyeran los textos lenta y claramente para que pudieran entenderlos los laicos. Todo esto le creó al movimiento numerosos enemigos entre la burocracia, los cortesanos y los comerciantes.

Cuando se estableció la imprenta en la Moscovia del siglo XVI, surgió el problema de qué manuscritos había que utilizar como modelo para la impresión de los libros litúrgicos, ya que con el paso de los siglos los escribas que transcribían los textos habían cometido numerosos fallos y errores. El concilio local de 1551 decidió que había que recoger los manuscritos más antiguos que se pudiera de los monasterios también más antiguos de Rusia, de los Balcanes y de Oriente Próximo, cotejarlos y utilizarlos consecuentemente como prototipos. Toda la labor se vio entorpecida por la “era del terror.” Y fueron los “amadores de Dios” que trabajaban en la editorial estatal quienes renovaron la labor emprendida en la década de 1630. No obstante, uno de los “amadores de Dios,” un tal Nikon, tan pronto como lo eligieron patriarca en 1652, cayó bajo el influjo del clero griego que visitaba Rusia en aquel momento y también bajo el influjo de los intelectuales de la Academia de Kiev, y en vez de llevar a cabo una labor escrupulosa que ocupase un largo período de tiempo en el estudio y comprobación de los manuscritos antiguos, decidió por las buenas utilizar los rituales y otros textos religiosos de los griegos y de los ucranianos. En aquella época Polonia y Ucrania estaban en guerra, y tanto el joven zar como el patriarca deseaban que la guerra se extendiese hacia los Balcanes de tal manera que el patriarca de Moscú pudiera concelebrar con el patriarca ecuménico de Constantinopla. ¿Pero sería posible tal cosa cuando existían tantas diferencias entre los rituales de una y otra Iglesia?

La mayoría de los “amadores de Dios” se rebelaron contra el que había sido su aliado. Argumentaban que se había fundado la Academia de Kiev siguiendo el modelo de las academias jesuíticas y que sus creadores habían sido expertos formados en universidades católicas y que por regla general su ortodoxia estaba contaminada35 por las imposiciones de la Unión de Brest, al mismo tiempo que la ortodoxia de los griegos les resultaba sospechosa desde la unidad de Florencia, además de que quienes habían publicado todos los libros eclesiásticos eran monjes uniatas de Venecia.36

Los acontecimientos greco-rusos del siglo XV y la doctrina de los que seguían a Iósif tuvieron sus secuelas negativas: los griegos se vengaron de los rusos por la desconfianza de estos últimos respecto a la ortodoxia griega; los prelados griegos hicieron que un concilio local ruso de 1666 pronunciara un dictamen sobre los antiguos ritualistas, condenándolos y excomulgándolos como herejes; aun cuando las diferencias existentes entre ambas Iglesias se limitaban a discrepancias secundarias de índole ritual y no había ninguna de carácter teológico. No se hizo pública en el concilio una carta anterior dirigida a los rusos en la que el patriarca ecuménico (que se había negado a asistir al concilio de 1665-1667) les aconsejaba que no tuvieran en cuenta las diferencias del ritual mientras su teología fuera correcta. Quienes seguían el viejo ritual tenían la impresión de que la condena que habían pronunciado los griegos significaba una condena de toda la espiritualidad rusa incluyendo a sus propios santos. El resultado fue un motín y la separación de la Iglesia oficial: un cisma que arrastró a un 20 o 30 por ciento de los creyentes. Como aquello suponía que iban a enfrentarse con siglos de persecución, es obvio que fueron los más entregados y comprometidos con la religión quienes abandonaron la Iglesia del Estado, mientras que la mayor parte de los que quedaron como adeptos de la Iglesia estatal eran religiosamente tibios, dispuestos a seguir cualquier normativa que viniese de arriba. Se rompió la columna vertebral de la Iglesia, lo cual habría de facilitar la abolición de los últimos vestigios de su autonomía, labor que llevaría a cabo Pedro el Grande.

Claro que podríamos preguntarnos: ¿Y qué tiene que ver todo esto con las ideas de Iósif ? Pues bien, de entrada hay que decir que las dos partes que estaban en conflicto aceptaban la simphonía de Iósif; es decir, todos buscaban un lugar bajo el sol, cuanto más cerca del zar, tanto mejor. De aquí que fuesen tan largas y tan ásperas las persecuciones contra los que defendían el ritual antiguo. En segundo lugar, el hecho de adoptar la intransigencia de Iósif respecto a los herejes, una vez que había quedado condenada la doctrina de los partidarios del ritual antiguo, era algo que debían aplicarse a sí mismos (aun cuando no se les denominase con el término de herejes sino con el de cismáticos). Por último, toda teoría de los seguidores de Iósif respecto a la desobediencia a los tiranos y el hecho de que un zar pudiera ser al mismo tiempo hereje y tirano, legitimaba la condena que habían proclamado los partidarios del ritual antiguo respecto al zar Alejo y a sus descendientes en virtud de la cual eran herejes satánicos cuyas órdenes no debían ser obedecidas por los seguidores del ritual antiguo. A largo plazo, lo más trágico del cisma que habría de sufrir la dinastía real fue que, al perseguir a los partidarios del ritual antiguo, se alejaron de los súbditos pertenecientes al sector más tradicionalista, patriótico y conservador. A partir de entonces, los seguidores del ritual antiguo habrían de ser quienes encabezaran las revueltas de cosacos y campesinos de los siglos XVII y XVIII, y en los tiempos confusos del siglo XX fueron muchos los adeptos del ritual antiguo que apoyaron, financiaron e incluso llegaron a ser miembros de partidos revolucionarios.






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