Para la reflexión grupal con los padres



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Apunte 4: PARA LA REFLEXIÓN GRUPAL CON LOS PADRES

Esta propuesta es simple. Se trata de tener la oportunidad y posibilidad de reunirse con los padres para hablar no solo acerca de las adicciones, sino de otros temas, no para constituir un grupo terapéutico o especializado, o de apoyo para familias con conflictos. Sino para motivar a intercambiar, opinar y sobre todo pensar acerca de estos temas.

-Creemos que el colegio debe ayudar pero no crearse conflictos con los padres innecesarios. Por lo tanto no es bueno causar perplejidad sobre temas que después no se pueden manejar; para eso puede servir un grupo especializado.

-Pero sí puede haber un grupo de reflexión libre, o una oportunidad de dar un mensaje y un intercambio de opiniones, que no vinculan ni obligan, pero sí movilizan y hacen caer en la cuenta de que en el colegio estos temas se abordan, que no hay miedo.

Un enfoque similar con el que se hacen encuentros espirituales con algún documento del propio carisma del colegio, o por algún tema de la marcha diría pedagógica, etc.

-Se puede entonces proponer una ficha de lectura, hay algunas más interpelantes y otras más abstractas, lo que nos permite tener mejor pulso para la receptividad y reacción que esperamos. Dividir y coordinar de la manera más práctica para leer y opinar, pero teniendo en cuenta estas pautas:

- Cuando alguien habla todos deben escuchar, sin interrupciones, excepto el de un coordinador

- Se debe hablar desde su propia opinión y experiencia, sin teorizar ni bajar línea o dar clases, se trata de compartir, reflexionar o expresar dudas y cuestionamientos.

- No hay juicios de valor, calificativos ni aprobación o rechazo a ninguna opinión. Todo se acepta si es expresado con respeto, sin agresiones y desde la honestidad personal.

- Las reuniones pueden dar lugar a propuestas de continuidad o respuestas a necesidades y demandas que se planteen. (Pedir ayuda especializada por una situación, llamara especialistas u otros, generara actividades extra escolares, etc.)


Creemos aportar una experiencia válida, refrendada con algunas experiencias positivas. Para cualquier consultanos a: reddevida.org@gmail.com





Los hijos de la noche

Por Rolando Hanglin 
Especial para lanacion.com

Martes 5 de octubre de 2010 | 01:42 (actualizado a las 03:07)

Pensándolo bien: ¿Qué tiene que hacer un chico de 16 años, a las cinco de la madrugada, en las inmediaciones de la Ruta Panamericana, después de bailar en Pachá? ¿Qué tienen que hacer todos nuestros hijos adolescentes, de 12 a 19 años, en boliches donde se fuma, se bebe alcohol, se estropea el oído, se gritan insensateces y en cualquier momento se muere en la humareda de un incendio, o a manos de los desalmados que abundan a esas horas?

No son horas.

La clase media argentina, tradicional reserva de talentos que ha producido a Domingo F. Sarmiento, a Juan B. Alberdi, a Juan B. Justo, a René Favaloro, a Luis Sandrini, a Ricardo Lorenzetti, a Gerardo Sofovich, debe buscar en sus entrañas y lanzarse a una profunda mutación.

De vuelta al estudio, el trabajo, el ahorro. Como ha sido siempre, antes.

Los adolescentes no tienen ninguna necesidad de bailar. No es uno de los derechos humanos. La prueba está en que, si se le impide dormir a una persona, enloquece y muere. En cambio, se lo deja sin bailar y sigue contento y feliz. No pasa nada.

Si los teenagers quieren reunirse, pueden hacerlo en las casas de familia, como ha sido siempre. Con la música bajita, porque los vecinos descansan. Sin fumar ni beber. Hasta las doce de la noche. Y después, a dormir. ¿Cuál es el problema? Dormir es sano y necesario, porque mañana hay que levantarse a las 8 para jugar al rugby, o al hockey, o al fútbol, o repasar una materia. Como ha sido siempre y como sigue siendo en países serios como Canadá, Japón o Inglaterra.

¿Que la industria de la noche es un negocio lícito y produce ganancias importantes? Perfecto, que los señores de la noche hagan su negocio, como hasta ahora. Pero sólo para adultos. Que llegan en su auto y, si quieren, con su chofer. Por mí pueden emborracharse hasta quedar catatónicos: pero entre cuatro paredes y siendo mayores de 21 años. En la calle y manejando: no.

Nuestros hijos no deberían alquilar una Combi (en realidad, la pagamos nosotros) para llegar al boliche a las 2 de la mañana con la sagrada misión de "cagarse de risa" hasta las 5 y media. Es una locura. Es tentar a la desgracia. No lo permitamos.

La verdad que no confesamos es que nuestros hijos de 15 años salen de noche y beben aunque esté prohibido, porque existen "salones de fiestas" que son discotecas encubiertas, y en nuestro medio es fácil burlar la ley. Sobre todo si los padres no sabemos decir que no, cuando nuestros encantadores mocosos nos rezongan que "todos tienen permiso", "todos van", "todos lo hacen", "soy el único tarado", "soy la única pavota". Entonces, todos los viernes y sábados hay un cumpleaños, una despedida, un fin de curso, un recital, una fiesta del colegio tal o del liceo cual. En resumen, los adolescentes borrachos y circulando por las rutas hasta el amanecer.

Los "viajes de egresados" son un invento maldito. Primero: los chicos no han egresado de ninguna parte. Apenas acaban de terminar malamente un año, y deben rendir materias. No están egresando. No tienen por qué viajar. Y menos a Bariloche u otros sitios, lejos del control de sus padres, con el exclusivo propósito de producir aturdimiento, ebriedades, desórdenes sexuales y destrozos en los hoteles. ¿Cuál es la idea y quién la instaló?

La verdadera fiesta de egresados es, originariamente, un hecho institucional: se trata de un acto en el cual los alumnos que terminan su secundario presentan a sus familias, reciben sus diplomas, se despiden del colegio y, a veces, bailan. Todo supervisado por el rector y los profesores. Punto.

La nocturnidad adolescente es una creación siniestra que lleva la marca argentina en el orillo, porque ninguna sociedad del mundo la permite. Ni los católicos, ni los socialistas, ni los neoliberales, ni los protestantes... ¡No hablemos de los islámicos!

Mediante la nocturnidad, hemos establecido que los jóvenes se van de sus casas, después de descansar un rato, a las dos de la mañana. Llegan como pueden a las proximidades de una discoteca. Por lo general, están borrachos al arribar a la puerta, debido a la simpática "previa". En esas largas filas de espera, hay chicas que venden "petes" o "besos por un peso", para pagar la entrada, otras que exhiben el documento de la hermana mayor para que las dejen pasar, y no faltan los muchachitos que vomitan en la vereda o caen desvanecidos. Frecuentemente, se pegan e insultan. A la salida, en la desbandada del amanecer, ocurren las desgracias.

De la juventud del "amor y paz", sonrisas alucinadas, pies descalzos, un porrito, el sonido de voces y guitarras, el sexo libre (pero sano y sin violencia) hemos pasado en pocos años a esta cabalgata de barras bravas, haciendo "pogo". Sin embargo, son las mismas edades adolescentes, con las mismas caras puras y cuerpos vírgenes. ¿Cómo fue? ¿Cómo hicimos la metamorfosis de "una chica moderna" a "un gato"?

Naturalmente, a la madrugada, los padres yacen desmayados en sus camas. Hoy día se trabaja mucho. No se les puede pedir a papá y mamá que arranquen el auto o pidan un remise a las 6 de la mañana para salir a campear a los hijos e hijas por los inmensos bailables del conurbano. Físicamente, no pueden. Se ha creado así un mundo aparte, un universo de adolescentes completamente separados de sus familias. El mundo del alba es uno, el de la noche es otro. Los chicos viven de noche y duermen de día. Duermen en el colegio, en la playa, en la iglesia y en sus casas. Duermen, duermen, duermen. Cuando despiertan, se sientan frente a la computadora, frotándose los pelos, a leer disparates, o se aferran al celular para enviar mensajes de texto donde todo se escribe sin hache y sin acento.

Cuando nosotros no estemos: ¿De qué van a vivir estos adolescentes, que a los treinta años todavía están meditando sobre "cual es mi verdadera vocación"? ¿Cómo se ganarán el pan, vendiendo drogas?

Hemos hecho un estropicio. Nosotros, los padres de clase media.

Dicen que toda persona tiene derecho a poseer un sueño. Yo, por de pronto, tengo el mío. Una juventud sana, que salga del ruido, la noche, la droga, la ignorancia y lo "divertido". Que se entregue al día, al silencio, al estudio, al deporte, a la cultura, a la familia.

Alguno me dirá que este es el mismo ideal de "Mi hijo el dotor", que escribió Florencio Sánchez en 1930. Sí, es lo mismo. ¿Alguien tiene una idea mejor?



¿ESTAMOS CRIANDO MANTENIDOS....?

El hoy del padre "amigo"... ¿Estamos criando Vagos....?

Por el Dr. César Mella (Psiquiatra)

 
A los jóvenes de este siglo hay que llamarlos varias veces en la


mañana para llevarlos a la escuela. Se levantan irritados, pues se
acuestan muy tarde, hablando por teléfono o conectados a Internet. 

No se ocupan de que su ropa esté limpia y mucho menos poner un dedo en nada que tenga que ver con arreglar algo en el hogar.

Tienen los últimos juegos, ropas y artefactos del mercado y cada
día hay que actualizárselos.

Idolatran a sus amigos y viven poniéndoles defectos a sus


padres con los cuales lidian a diario. No hay a quien escuchen sobre
ideologías, moral y buenas costumbres.

Hay que darles su semana o cuota de la que se quejan a diario porque


'eso no me alcanza'. Si son universitarios siempre inventan unos paseos de fin de semana, ante los cuales, lo menos que uno teme, es que pudieran regresar con un embarazo o habiendo fumado marihuana o alcoholizándose. 
 
Definitivamente la tasa de retorno se aleja cada vez más, es casi
nula, pues aún el día en que consiguen un trabajo, hay que seguirlos
manteniendo.

    
En que estamos fallando?

 Para los nacidos en los años cuarenta y cincuenta, el  orgullo


era levantarse temprano a estudiar; limpiar la casa; lustrar los zapatos. Algunos adultos triunfadores fueron limpiabotas y repartidores de diarios en su juventud; otros eran aprendices en talleres de costura, de mecánica, carpintería, o simplemente hacían los tradicionales "mandados" (simples compras en negocios del barrio o los pagos de impuestos en el banco).
 
Lo que le pasó a nuestra generación, es que elaboramos un discurso
que no dio resultado: '¡Yo no quiero que mi hijo pase los trabajos que
yo pasé!'
. Y el injusto resultado fue que debimos producir primero
para nuestro desarrollo personal y familiar, para luego seguir
produciendo lo mucho que consumen nuestros hijos en edad de producir.
 
Nuestros hijos no conocen la escasez. Se criaron desperdiciando.
Algunos a los 15 conocen Disney World, cuando nosotros, a los 20 no conocíamos las Sierras de Córdoba.

El 'dame' y el 'cómprame' siempre fue generosamente complacido y


ellos se convirtieron en habitantes de una pensión con todo incluido,
que luego queríamos que fuera un hogar. Consumir sin producir... El pato de la boda: los padres.

Al final, se marchan al exterior a la conquista de una pareja donde


el concepto de "familia propia" aparece decolorido y suelen vuelver al
hogar divorciados o porque la cosa 'les aprieta' en su nueva vida,
eligiendo un "no" a la respuesta con sacrificio. El sacrificio siempre queda para los padres.

Ojalá que este mensaje llegue a los que tienen hijos pequeños y


puedan cambiar o hacer algo al respecto, pues ya los abuelos pagaron (o estamos pagando) la transición...

Dr. César Mella.

Las flores del Mayo Francés

Por Jorge Eduardo Lozano Para LA NACION

 En la primavera de París de 1968 hervía la sangre en los corazones juveniles. Los unían el descontento y el deseo de lo no conocido aún, pero soñado, imaginado, casi intuido. Estudiantes de buen pasar económico, pero movidos por una insatisfacción con la sociedad, ocuparon las calles.

Expresaron rechazo a la guerra en Vietnam y a la pobreza y el hambre en el Tercer Mundo, producto del colonialismo imperante. Se quejaron de la hipocresía y el despilfarro de la sociedad europea. Manifestaron su disgusto por su presidente, el general Charles De Gaulle, y también del aburguesado Partido Comunista francés: "Esto no es izquierda", se diría hoy.

Movida por los mismos vientos, la juventud también irrumpía en la vida social y política, deseando ser factor de cambio. Algunos anacrónicos con nostalgia de aquel tiempo aún dicen "jóvenes eran los de antes". La primavera ya se había instalado en París con algo más que pájaros y flores.

Todo comenzó a principios de mayo, con dos hechos disparadores: un grupo de jóvenes que son desalojados a palazos por la policía y el cierre de la universidad. De modo geométrico, crece la movilización estudiantil hasta sumar al movimiento obrero en pocas semanas.

Así las cosas, varios fueron los motivos desencadenantes y subyacentes en las revueltas: movilizaban el aire revolucionario, el deseo de la utopía al alcance de la mano, la religión, una manera de plantear la sexualidad, el cuestionamiento al mundo adulto. Algunos se movilizaban más por una cosa que por otra, pero todo formaba parte de un clima social.

Por eso, era una contestación abierta en varias direcciones: a la relación jóvenes-adultos (hijos-padres, docentes-alumnos), varón-mujer, valores sociales y políticos (autoridad, economía, trabajo, pobreza), sueños y utopías (buscar lo imposible). Se trataba de una rebelión contra un mundo hostil y violento organizado por sus padres, a la par que el afán de liberación del colonialismo iba creciendo simultáneamente en el llamado Tercer Mundo.

Y aquí me detengo ante lo sociológicamente novedoso: aparece la juventud como sujeto social, factor de cambio, actor-interlocutor de la realidad. Más allá del país, la clase social, la ocupación -estudiante, obrero, artista, intelectual- hay una suerte de conciencia de estar en un mismo sector; una misma fuerza con unos mismos ideales y unas mismas negaciones. La consigna "obreros y estudiantes, unidos y adelante" quiso recoger esta convicción en nuestras tierras.

Muy pronto, a su vez, otras ciudades del mundo tuvieron protestas semejantes. ¿Podremos olvidar la dulce pero tan corta Primavera de Praga? En América latina, Córdoba, Santiago de Chile, Caracas...

El espíritu del llamado Mayo Francés se expresó en la moda, la ropa, la música, los lugares de vivienda colectiva de jóvenes, el "amor libre", la ponderación cultural de Oriente -más en el campo de algunas "costumbres" que en sus propuestas éticas-. Fue el tiempo de la minifalda, los pantalones campana, la bikini. Surge una estética hippie , lo psicodélico, el arte en sus distintas expresiones y, muy puntualmente, la valoración de los poemas "progresistas".
Se rechaza que los jóvenes sean carne de cañón en las guerras de Estados Unidos, o que la universidad sólo los prepare para ser un engranaje -grande o pequeño- de una gran máquina automática. En el fondo, es ansia de libertad y capacidad de soñar más allá de lo que ya está decidido en aquella modernidad desarrollista. Hacía falta proclamar "la imaginación al poder". Ese Mayo se constató también como ruptura en la familia. Muchos jóvenes se fueron de casa con un portazo. Portazo dado en la universidad y en la sociedad por medio del grito, la consigna cantada, los graffiti.

En nuestro país, es la época de las canciones de protesta: "Marcha de la bronca", "Hombres de hierro", "Mañanas campestres"...

¿Qué nos queda de aquella irrupción juvenil? ¿Qué es lo que el viento no se llevó? Mucho sin duda. Conciencia de libertad. Muchos que se comprometen con la justicia y los desposeídos. Cuidar el mundo como casa de todos, no para despilfarro de los poderosos. Nada de engañosas guerras preventivas. Lo importante: el amor. Valoración del rol de la mujer. Imágenes emblemáticas de jóvenes levantando banderas.

Pero también han quedado unas cuantas deudas pendientes. Un graffiti en La Sorbona decía "no se encarnicen tanto con los edificios, nuestro objetivo son las instituciones".


Cargar contra las instituciones -educación, justicia, familia, partidos políticos - se transformó en agresión contra uno mismo. Provocó desconfianza de lo institucional, sospecha, logrando como herencia desamparo, soledad. Vemos entonces a un hombre que se siente solo, desnudo y a la intemperie.
Los jóvenes de los años 60 son morosos de ideales. Se sumaron a algunas moratorias, pero pronto dejaron de cumplir de nuevo sus compromisos.

Algunos se han quedado sólo con una protesta amarga por lo no conseguido. Animos derrotados y escépticos como para seguir luchando. Una especie de aceptación triste del "no se puede" que expresa que "la vida es una herida absurda" y sin sentido. Se lavó en las memorias que la vida tiene sentido si hay un horizonte hacia el cual caminar.

La frustración de bajar las banderas derivó en un consumismo depredador de la riqueza natural y la biodiversidad. Se corre el riesgo de ser funcionales al sistema, cipayos del imperialismo colonizador que se quiso cuestionar. Y acá estamos.

A la realidad sólo se la observa desde un plasma de 29" o 32", y lo único que vincula con aquellos ideales es un whisky irlandés y un cigarro cubano. El joven devaluado del 68. En lugar de ganar la calle anhela ir de shopping.

La consigna "seamos realistas, pidamos lo imposible" es osadía si hay un plus de humanidad que sobresalga de la mediocridad negociadora que prefiere la transa.

Podemos mencionar dos carencias que conspiraron para que aquellos acontecimientos no cambiaran radicalmente la historia: la religión y el amor.

Humildemente, me parece que la protesta se quedó en lo inmanente -encerrada en el aquí y ahora-. No se animó a pedir lo imposible, sino que se contentó con "mucho" o "bastante".

Le faltó fe religiosa para ser trascendente y anhelar de verdad lo imposible. "Para los hombres es imposible, pero no para Dios", dijo Jesús.

Faltó la osadía del Sermón de la Montaña y las Bienaventuranzas enseñadas por Jesús. O la búsqueda de la pobreza y la sobriedad de san Francisco. O el compromiso con los excluidos y despreciados de la Madre Teresa de Calcuta.

Aquellos jóvenes no supieron cuidarse de un voluntarismo disfrazado de romanticismo. Quisieron pedir "lo imposible", pero se contentaron con "lo imaginable".

La segunda carencia es una manera limitada de comprender el amor. Pretender en la vida un amor "libre" traducido en "sin compromiso" fue el gusano que carcomió el ansia revolucionaria. Si lo que mueve al mundo es el dinero o el poder, el amor puede ser confundido con sólo sentimiento; el ombliguismo consumista y hedonista va bien. Pero si lo que mueve es el amor, no puede ser sin vínculo, sin atadura.

El sexo sin amor, sin compromiso, aliena la voluntad y nos vincula con lo más primitivo mientras nos fragmenta. El otro/a es objeto de mis pasiones.

La utopía no puede ser reemplazada por la fantasía, ni la esperanza por la ilusión, ni la realidad por lo virtual.

No hay un mundo nuevo sin hombre nuevo.

Y lo único siempre nuevo es el amor.

El autor es obispo de Gualeguaychú. Miembro de >Pastoral Social y de la Pastoral sobre las adicciones en la Conferencia Episcopal Argentina.

http://www.lanacion.com.ar/1014215


Lunes 27 de marzo de 2006



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