Paper (II) Animal Spirits: “Historias” de ayer… y de hoy. ¿Aprendemos algo de las crisis? ¿Estamos mal, pero vamos mejor? La farsa continúa Algunos “desastres”



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Párrafos de mi Ensayo: La economía de los hipócritas - ¿Una “vía única” de retorno al pasado? (El germen de la autodestrucción) (Entre la confiscación del poder y la corrupción de la economía), de febrero de 2004


¿Un modelo antropófago?

Entre el “poder duro”, gracias al Viagra del Pentágono y, el “poder blando”, gracias a Hollywood, EEUU se debate entre un colonialismo con una población imperial empobrecida y el enriquecimiento de los súbditos (históricamente siempre sucedió lo contrario). Este modelo “antropófago” de deslocalización, pasa del tradicional dualismo exterior al novedoso (?) dualismo interior.

Mientras pasan de los “monstruos cromados” de Detroit a los “monstruos dorados” de Wall Street, los augures del modelo antropófago intentan contestarse la gran cuestión: ¿Cómo ser poderoso viviendo de prestado?

Al perseguir con tanto afán más prosperidad han empeorado el nivel de bienestar. Muchos estudios sugieren que para ser felices hay que reorientar la política económica. A partir de los 15.000 dólares al año, la correlación entre aumentos de renta y felicidad desaparece. El énfasis en aumentos continuos en el PIB como indicador básico del éxito económico de un país es equivocado.

En EEUU, el porcentaje de la población que se considera “muy feliz”, según las encuestas, no tiene correlación con el incremento del PIB por habitante. Desde 1946 a 1956, por ejemplo, el porcentaje de norteamericanos “muy felices” subió de manera bastante estable, pero a partir de 1956 empezó a disminuir, a pesar de los incrementos constantes de prosperidad económica. Aunque ha vuelto a subir en algunos años determinados, la tendencia general ha sido a la baja, desde alrededor de un 42% en 1956 a un 30% a finales de los 90. Durante ese mismo período, el PIB por habitante ha subido de manera espectacular.

Si en vez de examinar la evolución histórica nacional se comparan distintos países en el mismo año, hay una relación que salta a la vista: la felicidad sube a la par con la renta por habitante hasta que alcanza un PIB por habitante de aproximadamente 15.000 dólares por año. A partir de ese nivel, la correlación entre incrementos de renta e incrementos de felicidad desaparece. Los países más ricos -EEUU, Suiza, Noruega, Dinamarca y Alemania- demostraban niveles de felicidad comparable a los de Nueva Zelanda e Irlanda a finales de los 90, aunque estos últimos tenían una renta por habitante bastante menor.

Hay otros indicadores además de estas encuestas que apuntan a que la prosperidad no ha traído bienestar. La incidencia de depresión ha aumentado a la par con la renta per cápita en EEUU. También lo han hecho el suicidio, el alcoholismo, la delincuencia y la inseguridad ciudadana. El divorcio tiene una correlación positiva con el bienestar material económico. La calidad del medio ambiente se ha degradado, y los problemas de obesidad se han disparado a pesar de los incrementos significativos que se han conseguido en el nivel general de salud de la población.

Una institución de EEUU ha intentado cuantificar varios aspectos de bienestar en la vida de ese país e incorporarlos a un indicador de progreso auténtico (el Genuine Progress Indicator, o GPI). Este indicador suma al dato oficial del PIB una estimación del valor del trabajo no remunerado en el hogar y en organizaciones voluntarias, e incrementos en el tiempo libre; y resta el coste estimado del divorcio, la delincuencia y los daños al medio ambiente, entre otros. Según este indicador, EEUU alcanzó su nivel de progreso “máximo” a finales de los 60, cuando el PIB por habitante rondaba los 26.000 dólares. Desde entonces, el GPI o ha permanecido estable o incluso ha disminuido, a pesar de casi duplicarse el PIB por habitante desde entonces.

Se pongan como se pongan, reputados “fundamentalistas de mercado”, los americanos de gorra de béisbol, Big Mc o hot dog, patatas fritas o palomitas, Buds o Coca Cola, y Super Bowl, eran “más felices” con los “monstruos cromados” de Detroit, que con los “monstruos dorados” de Wall Street.

Tal vez, porque el dinero no hace la felicidad, tal vez, porque las estadísticas del PIB per cápita, son falaces, y resulta que ustedes, “especuladores apalancados”, se quedaron con el PIB, y gran parte del per cápita. O sea.

Tal vez, porque en la época de los “monstruos cromados”, tenían trabajo en Detroit, y eran más felices que viendo por Bloomberg, como tienen ustedes trabajo en Wall Street. O sea.

Quizás ha llegado el momento de replantear el enfoque de la política económica.

Quizás ha llegado el momento de irse a vivir a un paraíso fiscal (de esos que ustedes conocen tan bien), antes que la “manada” se dé cuenta de la fenomenal estafa y haga sonar el escarmiento!! (Yo que ustedes, me iría disfrazando de pobre…).

Antes de cambiar de tema, interesados “especuladores sin frontera”, les dejo dos asuntos más (timos espectrales), para que vayan ahuecando el ala:

-La trampa del doble sueldo: Más gastos y nuevos riesgos cuestionan que las familias vivan mejor pese a ganar más. Muchas familias viven ahora con el sueldo de los dos tras la entrada de la mujer al mercado de trabajo. Pero este hecho -que significa más empleo y riqueza- ha ido acompañado de una precarización laboral y ha ayudado incluso a la creación de una burbuja inmobiliaria. Las familias ahora ganan más, pero tienen más gastos, más estrés y una vida laboral más compleja. (Datos europeos extrapolables).

-Cuando la banca son los padres: Más de la mitad de los jóvenes necesitan ayuda familiar para pagar una vivienda. Y uno de cada tres precisa de este apoyo para hacer frente al alquiler. (Datos europeos extrapolables).

Si desean agregar más elementos de juicio (los unos y los otros), pueden tomar nota de lo señalado por Paul Krugman, profesor universitario, autor de varios libros y analista de “The New York Times” (publicado por El Mundo - 3/11/02):

“EEUU: Todo para los más ricos”

…“Los EEUU en los que yo crecí, los años cincuenta y sesenta del siglo pasado, eran una sociedad de clases medias, objetiva y subjetivamente. Las enormes desigualdades de rentas y riquezas acumuladas durante la Edad de Oro habían desaparecido.

Sí, claro que había pobreza, la de los desclasados, pero entonces, aquello se consideraba un problema más social que económico…

Sin embargo ahora vivimos una nueva Edad de Oro, tan extravagante como la primera…

Resulta imposible entender lo que está ocurriendo en EEUU si no se comprenden la dimensión, las causas y las consecuencias del enorme avance de las desigualdades registrado en las tres últimas décadas y, en particular, de la asombrosa concentración de rentas y riquezas en unas pocas manos. Para hacerse cargo cabalmente de la actual oleada de escándalos empresariales, hace falta entender el proceso por que el “hombre de traje de franela gris” ha sido sustituido por el consejero delegado imperial.

La concentración de ingresos en la parte superior de la escala es una de las razones clave por las que EEUU, a pesar de sus logros en el ámbito económico, sufre más pobreza y una esperanza de vida más baja que las principales naciones avanzadas. Más que cualquier otra circunstancia, la cada vez mayor concentración de la riqueza ha modificado nuestro sistema político: es esa concentración la que está en la raíz tanto del bandazo general hacia la derecha como de la extremada polarización de nuestra política…

En el transcurso de los últimos 30 años, la mayoría de la población no ha visto más que modestos aumentos de salario: el salario medio anual, expresado en dólares de 1998 (es decir, descontada la inflación), ha aumentado en los EEUU desde los 32.552 de 1970 a los 35.864 de 1999, lo cual representa alrededor de un 10% de incremento en un total de 29 años; un avance, pero no muy grande.

Durante el mismo período de tiempo, sin embargo, de acuerdo con la revista Fortune, la retribución media anual de los 100 primeros de la lista de máximos directivos empresariales pasó, en términos reales, de 1.300.000 dólares, 39 veces el salario de un trabajador medio, a 37.5 millones de dólares, más de 1000 veces el salario de los trabajadores normales…

Durante los últimos 15 años, como mínimo, ha resultado muy difícil negar la evidencia de que las desigualdades iban en aumento en EEUU. Los datos del censo muestran bien a las claras que un porcentaje cada vez mayor de las rentas va a parar al 20% de las familias más pudientes y, dentro de ese 20%, a un 5% todavía más rico, mientras que un porcentaje cada vez menor va a parar a las familias de clase media.

Un estudio de la neutral CBO (Oficina de Presupuestos del Congreso) dio como resultado que, entre 1979 y 1997, los ingresos netos (una vez pagados los impuestos) del 1% de las familias más pudientes habían crecido un 157%, comparado con sólo un 10% de más para las familias en torno a la media de la distribución de la renta.

En 1998, el 1% de los más ricos empezaba en 230.000 dólares (ingresos anuales). A su vez, dentro de ese 1% de privilegiados, el 60% de los incrementos de riqueza iba a parar al todavía más privilegiado 0.1%, es decir, a aquellos cuyos ingresos superaban los 790.000 dólares. Aún hay más, casi la mitad de esos incrementos iban a manos de apenas 13.000 contribuyentes, el 0.01% de los más acaudalados, que obtuvieron unos ingresos mínimos de 3.6 millones de dólares al año, y unos ingresos medios de 17 millones de dólares anuales.

Así pues, no es exagerada la convicción de que hemos entrado en una segunda Edad de Oro”.



Esto también es América (la cara oculta de EEUU)

La trastienda del imperio tiene poco o nada que ver con esa imagen omnipotente e incontestable. De cara al exterior, América exhibe su poderío como no lo hacía en décadas; pero de puertas hacia adentro se están encendiendo una tras otra las “alertas rojas”. El país que se gasta casi el 40% del presupuesto mundial de Defensa -unos 300.000 millones de dólares- es también el país de los 60 millones de ciudadanos sin seguro médico, del millón de niños sin techo, de las deudas pendientes en cuestiones sociales.

Mientras George W. Bu$h hacía planes de recorte de impuestos para los más ricos, los Estados hacen aguas en la mayor crisis desde la Segunda Guerra Mundial. Drásticos recortes de educación. Despidos masivos de policías y bomberos. Servicios “mínimos” en las ciudades…Y como telón de fondo, el paro, que sobrepasa por primera vez en 10 años el 6% y el récord histórico del déficit fiscal, superior al 5%. Los fantasmas de Bush padre acechan peligrosamente a Bu$h hijo…

Una noche cualquiera, a las puertas de la Unidad de Asistencia de Emergencia en el Bronx (Nueva York): Los autobuses escolares van y vienen, cargados de madres solteras con sus hijos, rumbo a un refugio donde dormir. Son familias sin techo, símbolo de la América invisible que rara vez vemos en la CNN. Récord histórico de “homeless” en Nueva York: 38.476 personas pernoctaron en los refugios de la ciudad el pasado abril de 2003. Entre ellos, 16.685 niños con sus familias.

Entre 900.000 y 1.400.000 niños americanos viven sin techo. El 40% de los “homeless” del “nuevo siglo americano” son niños.

Los alquileres se duplicaron durante los felices noventa. La construcción cayó un 90% desde los años 70. El bache entre ricos y pobres se agranda. La crisis es mucho más cruel con los que no tienen…

Tan mal andan las cosas en la enseñanza pública, que los niños van al cole, en Nueva York, con papel higiénico. En Oregón han dado 17 días de vacaciones a los niños para recortar la nómina de los profesores. La moral ha caído tanto que muchísimos profesores están cambiando de profesión, denuncia Carolyn Crowder, presidenta de la Asociación Educativa de Oklahoma, California.

¿Para qué necesitamos 40 policías más si no podemos mantener los juzgados abiertos para procesar a la gente?, se pregunta Max Williams, republicano y representante de la Asamblea local de Oregón.

Bu$h crea un Comando Militar para defender el frente doméstico (el Northcom) y apadrina un Superministerio de Seguridad Interior (36.000 millones de dólares de presupuesto). La Guardia Nacional sale a la calle con fusil pero los policías de barrio desaparecen. Los índices de criminalidad están remontando en todo el país.

Por orden del señor gobernador, Bob Holden, los funcionarios del estado de Missouri han aflojado una de cada tres bombillas en los edificios públicos, por aquello de reducir el gasto de electricidad.

Los violadores y los asesinos han de sacrificarse, como el resto de la población, alegó Marty Seifer, representante de Minnesota, al proponer la fórmula anticrisis: dejar a los presos sin postre. Pero resulta que dejarlos sin postre iba a costar medio millón de dólares, pues hay un mínimo de calorías que han de recibir, y las calorías son más baratas en forma de tartas y pasteles.

En Texas, el estado más justiciero de la Unión, van a rebajar el número de calorías que se administra a los presos, de 2.700 a 2.500 por día.

Durante los “prósperos” noventa, la población reclusa superó los dos millones y EEUU arrebató a Rusia el primado mundial de presos por habitante. Estados como Texas y Ohio tomaron la delantera en la privatización de prisiones, que a este paso dejarán de ser negocio: Ohio y Kentucky han anunciado el cierre de varias cárceles y la puesta en libertad de decenas de presos no violentos.

Sesenta millones de americanos (casi la cuarta parte de la población) no pueden costearse un seguro médico anual, según un reciente informe de la Oficina de Presupuesto del Congreso. La mayor parte de ellos está totalmente desprotegida durante los 12 meses.

El Medicaid atiende a 47 millones de personas: niños, ancianos, discapacitados y embarazadas sin recursos, así como refugiados políticos y veteranos del Ejército. El resto de la gente depende de si su Estado quiere o no correr con sus gastos sanitarios.

En los dos últimos años, la situación “emergencia sanitaria” del país con los mejores médicos y los mejores centros hospitalarios del mundo se ha agravado considerablemente. Y eso por no hablar del precio de las medicinas en EEUU, el más alto del mundo, con beneficios de hasta el 73% para las empresas farmacéuticas. La romería de ciudadanos rumbo a Canadá o a México para comprar pastillas es casi un rito a partir de cierta edad.

Los camiones de la basura pasarán una sola vez por semana en los barrios de la periferia neoyorquina…

Los parados que esperaban a la cola de la oficina de desempleo de Louisville recibieron la visita inesperada de los músicos de la Orquesta de Louisville, vestidos de frac. No pretendían deleitarles con su música, sino apuntarse al paro. Llevaban tres semanas trabajando sin sueldo…

La Sinfónica de Pittsburg piensa vender su sala de conciertos para capear la crisis…

La Filarmónica de Nueva York se queda prácticamente sin subvención oficial…

Cientos de museos se ven obligados a cerrar total o parcialmente por falta de fondos…

Los parques se enfrentan a una “sequía” sin precedentes… (El Botánico del Bronx cerrará al público la mitad de sus jardines, En Boston han decidido vender el nombre de los parques a “gentiles patrocinadores”)…

La Biblioteca de Hawái, con un flamante edificio recién acabado, no se puede abrir porque no llego el dinero para comprar los libros. Para colmo, el “bookmobile” o biblioteca-bus, ha tenido que suspender sus viajes por las islas. Hay que ahorrar gasolina…

Las instituciones benéficas están desorbitadas. “Acabada la guerra, deberíamos centrarnos todos en la batalla que muchas familias están luchando todos los días para poder salir adelante”, palabra del reverendo J. Bryan Hehir, presidente del Catholic Charities USA, que atiende a siete millones de “necesitados”.

La avalancha de gente buscando ayuda económica, refugio o comida ha sido incontenible en los últimos meses. Sólo en la capital, Washington, las colas de “sopa boba” han aumentado un 40% con respecto al año pasado.

“Muchos americanos están compitiendo por unos recursos que son limitados”, afirma el reverendo Hehir. “Por un lado, la seguridad nacional, y por el otro la seguridad personal…Es importante que los gobiernos no pierdan el horizonte y provean más recursos para que puedan prosperar las personas y las familias más vulnerables”

(Fuente: El Mundo 18/5/03)

El cielo protector

Para aportar más elementos de juicio al lector (con el deseo de ser lo más imparcial posible, aunque sin renunciar a mis “objetividades”, ni a mis “subjetividades”, que haberlas...haylas, como las “meigas”), recurriré a dos autores “políticamente correctos”, Joseph S Nye Jr. (decano de la Kennedy School of Government de la Universidad de Harvard, ex presidente del Consejo Nacional de Inteligencia de EEUU, y ex Secretario Adjunto de Defensa en el gobierno de Clinton, colaborador del New York Times, Washington Post y Wall Street Journal, autor de varios libros, incluidos Governance in a Globalizing World y Bound to Lead: The Changing Nature of American Power) y Robert Kagan (columnista y escritor, colabora habitualmente con The Washington Post, entre otros medios; estuvo a cargo del Comité de Asuntos Interamericanos en el Departamento de Estado norteamericano y fue principal redactor de los discursos del secretario de Estado; es miembro de la Fundación Carnegie para la Paz Internacional y del Consejo de Relaciones Internacionales; actualmente vive en Bruselas).


Dice Joseph S. Nye Jr. En su libro “La paradoja del poder norteamericano” (Taurus - 2003):

… “Existen hoy día señales de desmoronamiento…en EEUU? Podría esta nación perder su capacidad de influir positivamente en los acontecimientos mundiales debido a conflictos domésticos relacionados con la cultura, la decadencia de las instituciones y el estancamiento económico?…

Incluso aunque EEUU mantenga tanto su hegemonía militar y económica como su poder blando, podríamos perder nuestra capacidad para transformar estos recursos en una influencia eficaz?…

Es cierto que algunos indicadores sociales como las cifras de delitos, divorcios y embarazos adolescentes son peores hoy que en la década de 1950, pero los índices mejoraron considerablemente en la década de 1990. Incluso antes de septiembre de 2001, el país había emprendido un progreso considerable hacia la consecución de más de dos tercios de los setenta o más objetivos domésticos significativos relacionados con la prosperidad, la calidad de vida, las oportunidades, la seguridad personal y los valores. En contraste con las opiniones que a menudo expresan los pesimistas sociales, “no existen pruebas fiables de que los estudiantes estadounidenses estén aprendiendo menos en el colegio, que el “sueño americano” haya dejado de existir ni que el medio ambiente esté contaminado”. Las cifras de homicidios y drogadicción han disminuido, al tiempo que la salud, el medio ambiente y la seguridad han mejorado. La mayoría de los niños viven con sus padres naturales y el índice de divorcios se ha estabilizado. La pertenencia de los estadounidenses a organizaciones religiosas ha aumentado de un cuarenta y un por ciento a un setenta por ciento a lo largo del siglo XX, aunque la asistencia a misa se haya mantenido aproximadamente igual, con un cuarenta y tres por ciento en 1939 y un cuarenta por ciento en 1999. Aunque EEUU tenga problemas sociales -y siempre los ha tenido-, no parece ir directo a la catástrofe a toda velocidad.

Entonces, como se explica el pesimismo cultural que existía antes de septiembre de 2001? En parte, refleja la tendencia de los medios de comunicación de hacer hincapié en los acontecimientos relacionados con las malas noticias. “Si la mayoría de los estadounidenses creen que el mundo real es como ven por televisión es fácil entender por qué el país tiene problemas”. La reacción ante las tendencias nacionales es un fenómeno de origen mediático, del que pocas personas tienen experiencia directa…

Aunque los problemas culturales y sociales tratados hasta ahora no amenazan con debilitar el poder de EEUU, un fallo en el funcionamiento de la economía nacional podría ser un verdadero desastre…No me refiero a la caída de la bolsa…Ni a las recesiones de aproximadamente un año…Me refiero más bien al descenso de la productividad y a la incapacidad de mantener niveles altos de crecimiento económico sostenido a lo largo de una década o más. El crecimiento económico no sólo constituye la base del poder duro, sino que incremente el prestigio y la confianza en el país, contribuyendo igualmente al poder blando”…

Dice Robert Kagan en su libro “Poder y debilidad” (Taurus - 2003):

“Ha llegado el momento de dejar de fingir que Europa y EEUU comparten la misma visión del mundo o incluso que viven en el mismo mundo. En lo que concierne a la esencial cuestión del poder -la eficacia del poder, su moralidad y su conveniencia-, lo cierto es que la perspectiva estadounidense diverge hoy de la de la europea. Europa comienza a alejarse del poder o, dicho de otro modo, se está trasladando más allá del poder a un mundo autosuficiente regido por normas de negociación y cooperación transnacionales, al tiempo que se adentra en un paraíso posthistórico de paz y relativa prosperidad -en la materialización de lo que Kant bautizó como “paz perpetua”-. Entretanto, EEUU sigue enfangado en su propia historia, ejerciendo su poder en un mundo anárquico y hobbesiano en el que el derecho y los usos internacionales han dejado de merecer confianza y donde la verdadera seguridad, la defensa y el fomento de un orden liberal siguen dependiendo de la posesión y el uso del poderío militar…

Hoy en día muchos europeos recuerdan los años en que gobernó Clinton como un período de armonía transatlántica, y sin embargo por entonces empezaron las quejas sobre el poder y la arrogancia de EEUU en el mundo posterior a la Guerra Fría. Fue también durante la era de Clinton cuando el entonces ministro francés de Asuntos Exteriores Hubert Védrine acuñó el término “hyperpuissance”, “hiperpotencia”, para describir un monstruo estadounidense cuyo poder había crecido de forma preocupante, hasta el punto de que el término “superpotencia” le quedaba pequeño. También en los noventa los europeos comenzaron a ver el poder de EEUU como una “hegemonía tiranizante”. Tales quejas se dirigieron sobre todo contra la secretaria de Estado Madeleine Albright, a quién uno de sus compatriotas críticos describió, un tanto hiperbólicamente, como “el primer secretario de Estado de la historia de los EEUU cuya especialidad diplomática (…) consiste en sermonear a otros gobiernos, emplear un lenguaje amenazante y jactarse sin ninguna gracia del poder y la virtud de su país”…

Si la evolución de la situación internacional sigue acentuando la tendencia de EEUU al unilateralismo en materia de asuntos exteriores, ello no debería sorprender a ningún observador objetivo…

Lo cierto es que los estadounidenses de hoy no son ni más ni menos idealistas de lo que eran hace cincuenta años. Lo que ha variado es la realidad objetiva, no el carácter estadounidense. El cambio en las circunstancias internacionales después de la Guerra Fría allanó el camino a aquellas fuerzas políticas del Congreso -principal aunque no exclusivamente republicanas- que pretendían revisar viejos acuerdos multilaterales y cerrar la puerta a otros nuevos, liberando a EEUU de obligaciones contraídas en virtud de tratados que ahora se consideraron onerosos o excesivamente invasores de la soberanía de EEUU…

Es razonable presumir que no hemos hecho más que entrar en la larga era de la hegemonía de EEUU…

Como observa The Economist, “la lógica de la demografía a largo plazo parece ir en la dirección de fortificar el poderío estadounidense y agrandar la grieta transatlántica”, provocando un agudo “contraste entre el joven, exuberante, multirracial EEUU y la envejecida, decrépita e introspectiva Europa”…

Así como el poder relativo de EEUU no disminuirá, tampoco es probable que los estadounidenses alteren sus puntos de vista sobre cómo deben utilizar ese poder”…



El imperio irresponsable

Para compensar a los “palmeros” les aporto la opinión de otros autores: Michael Moore (director de Bowling for Columbine, Oscar 2002 a Mejor Película Documental, productor de la serie televisiva The Awful Truth, director de Roger y yo, The Big One, autor de Downsize This! Randon Threats from an Unarmed American y Adventures in a TV Nation); Emmanuel Todd (diplomado por el Institut d´etudes politiques de Paris y doctor en Historia por la Universidad de Cambridge, autor entre otras obras de La invención de Europa, El destino de los inmigrantes, La ilusión económica); Noam Chomsky (profesor del Massachusetts Institute of Technology, lingüista, filósofo y analista político, autor entre otras obras de Fateful Triangle: The United States, Israel and the Palestinians, Power and Prospects: Reflections on Human Nature and the Social Order, Autodeterminación y nuevo orden: los casos de Timor y Palestina, Como se reparte la tarta y Barreras).

Michael Moore dice en su libro “Estúpidos hombres blancos” (Ediciones B - 2003):

“El siguiente mensaje, enviado desde algún punto de América del Norte, fue interceptado por las fuerzas de la ONU a las 6.00 Hs. del 1 de septiembre de 2001:

Soy un ciudadano de EEUU. Nuestro gobierno ha sido derrocado y el presidente electo se ha visto forzado al exilio. La capital de la nación ha sido ocupada por hombres blancos y viejos que beben Martini y llevan pechera.

Estamos sitiados. Somos el gobierno de EEUU en el exilio.

No se pueden pasar por alto nuestros números. Somos 154 millones de adultos y 80 millones de niños, en total 234 millones de personas que no votaron por el régimen que se ha hecho con el poder y que no nos representa.

Al Gore es el presidente electo de EEUU. Obtuvo 539.898 votos más que George W. Bush. Sin embargo, no es él quien ocupa el Despacho Oval…

Entonces, quién es el hombre que mora en el número 1600 de la avenida Pennsylvania? Es George W. Bush, “presidente” de EEUU. El ladrón en el poder…

Después de apretar el acelerador, la Mentira Americana fue a refugiarse en la caseta acorazada construida enfrente de la Casa Blanca. Buena parte de la familia Bush y de los invitados ya había abandonado el lugar para guarecerse. Aún así, George se quedo allí, saludando orgulloso a las bandas de música con sus instrumentos inutilizados por el aguacero y el prolongado desfile de carrozas empapadas y deshechas…Al final del desfile, hasta sus padres habían desertado para ponerse a cubierto y Bush permanecía solo en la caseta, como una sopa. Era una visión patética: el pobre niño rico segundón que reclama su premio sin que nadie lo anime.

Pero más tristes estábamos los 154 millones de personas que no habíamos votado por él. En un país de 200 millones de votantes, resulta que éramos mayoría.

Y sin embargo, que otra cosa iba a pensar George en esos momentos sino “todo esto me la suda”? Ya había un mogollón de manos contratadas para instalarse en la Casa Blanca y mover los hilos de su presidente marioneta. Los viejos amiguetes de papá regresaban a Washington para echar una mano, y Georgie no tenía más que ponerse cómodo y presentarse como alguien con capacidad de delegar. Los titiriteros habían tomado las riendas y el negocio de gobernar el mundo podría fácilmente dejarse en sus manos…

(De la Carta abierta al “Presidente” George W. Bush)

…Aunque apenas llevas unos meses en el poder, la lista de tus logros es abrumadora:



  • Has reducido en 39 millones de dólares el gasto federal dedicado a bibliotecas.

  • Has recortado 35 millones de dólares de fondos para la formación pediátrica avanzada de los médicos.

  • Has recortado en un 50% los fondos destinados a la investigación sobre fuentes de energía renovable.

  • Has aplazado la aprobación de leyes para la reducción de los niveles “aceptables” de arsénico en el agua potable.

  • Has recortado en un 28% los fondos de investigación para el diseño de vehículos más limpios y seguros.

  • Has abrogado normas que conferían un mayor poder al gobierno para negar contratos a empresas que violan leyes federales y medioambientales y no garantizan unos mínimos de seguridad laboral.

  • Has permitido que la secretaria de Interior Gale Norton solicite la apertura de parques nacionales para que en ellos se puedan talar árboles, abrir minas de carbón y hacer perforaciones para extraer gas natural.

  • Has roto tu promesa de campaña de invertir 100 millones de dólares al año en la conservación forestal.

  • Has reducido en un 86% el Community Access Program, que coordinaba la ayuda sanitaria a personas sin cobertura médica a través de hospitales públicos, clínicas y otros centros sanitarios.

  • Has invalidado una propuesta para facilitar el acceso público a información acerca de las consecuencias potenciales de accidentes en plantas químicas.

  • Has recortado en 60 millones de dólares los programas de vivienda social.

  • Te has negado a ratificar el Protocolo de Kioto de 1997, firmado por 178 países para frenar el calentamiento global.

  • Has rechazado un acuerdo internacional para reforzar el tratado de 1972 que prohíbe la guerra bacteriológica.

  • Has recortado en 200 millones los programas de formación profesional para trabajadores desplazados.

  • Has retirado 200 millones destinados al programa Child-care and Development que ofrece servicio de guardería a familias de bajos ingresos.

  • Has negado a los funcionarios la cobertura médica de los anticonceptivos que precisan receta (aunque la Viagra sigue estando cubierta).

  • Has recortado 700 millones de los fondos de reparaciones en viviendas sociales.

  • Has reducido en 500 millones de dólares el presupuesto de la Agencia para la Protección del Medio Ambiente.

  • Has anulado las reglas laborales “ergonómicas” diseñadas para proteger la salud y seguridad de los trabajadores.

  • Has incumplido tu promesa de campaña de regular las emisiones de dióxido de carbono, factor determinante del calentamiento global.

  • Has prohibido toda ayuda federal destinada a organizaciones internacionales de planificación familiar que ofrecen asesoramiento para abortar y otros servicios con sus propios fondos.

  • Has nombrado al ex ejecutivo de la industria minera Dan Lauriski como subsecretario de Trabajo para la Salud y la Seguridad en las Minas.

  • Has nombrado subsecretaria de Interior a Lynn Scarlett, escéptica acerca del calentamiento global y contraria a la implantación de normas más estrictas contra la contaminación del aire.

  • Has aprobado el controvertido plan de la secretaria de Interior Gale Norton para subastar terrenos del litoral oriental de Florida a empresas relacionadas con la industria del gas y el petróleo. Has anunciado planes para permitir prospecciones petrolíferas en el Parque Nacional Lewis and Clarck de Montana.

  • Has amenazado con cerrar la oficina del sida de la Casa Blanca.

  • Has decidido prescindir del asesoramiento de la Asociación de Abogados de EEUU para los nombramientos judiciales federales.

  • Has denegado ayuda económica a estudiantes declarados culpables por faltas menores relacionadas con las drogas (a pesar de que asesinos confesos pueden seguir optando a esa ayuda económica).

  • Has destinado un mero 3% de la cantidad solicitada por los letrados del Departamento de Justicia para los continuados litigios de la administración contra las tabacaleras.

  • Has proseguido con tu recorte de los impuestos, un 43% del cual beneficia al 1% de los estadounidenses más ricos.

  • Has firmado un proyecto de ley que dificultará a los americanos pobres y de clase media declararse en bancarrota, incluso cuando tengan que pagar facturas médicas elevadas.

  • Has nombrado a la enemiga de la discriminación positiva Kay Cole James como directora de la Oficina de Gestión de Personal.

  • Has reducido en 15.7 millones de dólares los programas destinados a la asistencia de niños maltratados.

  • Has propuesto la eliminación del programa Reading is Fundamental, que distribuye libros gratuitos entre los niños de familias pobres.

  • Has impulsado el desarrollo de armas nucleares menores, diseñadas para atacar objetivos subterráneos, lo que supone una violación del tratado contra pruebas nucleares.

  • Has tratado de revocar normas que protegen 25 millones de hectáreas de parques naturales de la explotación forestal y de la construcción de carreteras.

  • Has nombrado a John Bolton, contrario a los tratados de no proliferación armamentística y a la ONU, subsecretario de Estado para el Control de las Armas y la Seguridad Internacional.

  • Has convertido a la ejecutiva de Monsanto Linda Fisher en administradora adjunta de la Agencia para la Protección del Medio Ambiente.

  • Has nombrado juez federal a Michael McConnell, destacado crítico de la separación entre Iglesia y Estado.

  • Has nombrado juez federal a Terrence Boyle, que se ha opuesto a los derechos civiles.

  • Has cancelado la fecha límite de 2004 para que las empresas automovilísticas desarrollen prototipos de bajo consumo.

  • Has nombrado zar antidroga a John Walters, ferviente detractor de los programas de rehabilitación de presos drogadictos.

  • Has designado subsecretario de Interior a J. Steven Giles, miembro de los grupos de presión con intereses petrolíferos y carboníferos.

  • Has nombrado a Bennett Raley, que pretende revocar la Ley de Especies en Peligro de Extinción, subsecretario de Interior para el Agua y la Investigación Científica.

  • Has pretendido que se desestime una querella presentada en EEUU contra Japón por parte de mujeres asiáticas forzadas a trabajar como esclavas sexuales durante la Segunda Guerra Mundial.

  • Has nombrado procurador general del Estado a Ted Olson, tu principal abogado en la debacle electoral de Florida.

  • Has propuesto la simplificación del trámite de permisos para construir refinerías y presas nucleares e hidroeléctricas, lo que implica la reducción de las normas de protección del medio ambiente.

  • Has propuesto la venta de áreas protegidas en Alaska que cuentan con reservas de petróleo y gas.



Caray! Que pedazo de lista, no? De dónde sacas tanta energía? (Son las siestas, a que si?)”…

Dice Emmanuel Todd en su libro “Después del imperio (Ensayo sobre la descomposición del sistema norteamericano)” (Foca - 2003):

… “Para equilibrar sus cuentas exteriores, los EEUU necesitan un flujo de capitales exteriores de un volumen equivalente a 450.000 millones de dólares. En este comienzo del tercer milenio, ya no pueden vivir solo de su producción. En un momento en que el mundo, en vías de estabilización educativa, demográfica y democrática, está a punto de descubrir que puede prescindir de los EEUU, “estos descubren que no pueden prescindir del mundo”.

El debate sobre la “mundialización” está parcialmente desconectado de la realidad, porque aceptamos, demasiado a menudo, la representación ortodoxa de intercambios comerciales y financieros simétricos, homogéneos, en los que ninguna nación ocupa una posición particular. Las nociones abstractas de trabajo, beneficio y libertad de circulación del capital enmascaran un elemento fundamental: el papel específico de la nación más importante en la nueva organización del mundo económico. Si bien su potencial económico relativo ha retrocedido mucho, los EEUU han conseguido aumentar masivamente su capacidad de exacción sobre la economía mundial, hasta el punto de que es posible afirmar objetivamente que se han convertido en una nación depredadora. ¿Esta situación debe interpretarse como un signo de poder o debilidad? Lo que es seguro es que los EEUU van a tener que luchar política y militarmente para mantener una hegemonía en adelante indispensable si quieren mantener su nivel de vida.

Esta inversión de la relación de dependencia económica es el segundo factor importante, que, combinado con el primero, la multiplicación de las democracias, permite explicar una situación mundial bastante inusual, el extraño comportamiento de EEUU y el desconcierto del Planeta “¿Cómo administrar una superpotencia económicamente dependiente y políticamente inútil?”…

Noam Chomsky dice en su libro “Estados canallas” (Paidós - 2002):

… “La circular de la American Society of International Law (ASIL) señalaba en marzo de 1999 que “la consideración que se presta al derecho internacional en nuestro país es menor que en cualquier otro momento” del siglo; el editor de esta publicación profesional había advertido poco antes sobre la “alarmante exacerbación” del menosprecio de las obligaciones contractuales por parte de Washington…

En comparación con las 400.000 muertes causadas por el tabaco cada año en EEUU, las muertes vinculadas a las drogas alcanzaron una cifra record de 16.000 en 1997. Además, sólo cuatro de cada diez de los adictos necesitados de tratamiento lo recibieron, según un informe de la Casa Blanca. Estos hechos plantean más interrogantes sobre las motivaciones de la guerra de las drogas…

La “guerra contra las drogas” se ceba en los campesinos pobres en el exterior y en la gente pobre en el interior del país; se usa la fuerza, y no las medidas constructivas que alivien los problemas que supuestamente motivan el consumo, lo que supondría una pequeña parte de los costes actuales…

Desde 1980, la guerra contra las drogas se ha desplazado hacia el castigo a los delincuentes, la vigilancia de las fronteras y la lucha contra la producción en los países fuente…

El criminólogo Michael Tonry concluye que “los planificadores de la guerra sabían exactamente lo que estaban haciendo”. Lo que estaban haciendo es, en primer lugar, librarse de la “población superflua”, la “gente eliminable”, los “desechables”, que es como se les llama en Colombia, donde se les elimina mediante “limpieza social”; y, en segundo lugar, atemorizando a los demás, una tarea no poco importante en un período en el que se está imponiendo una forma interna de “ajuste estructural”, con costes significativos para la mayoría de la población.

“Mientras que la guerra contra las drogas solo en algunas ocasiones contribuye a la salud pública y a la seguridad y más a menudo la degrada”, concluye un informe bien documentado y perspicaz, “normalmente sirve a los intereses de la riqueza privada: intereses revelados por la pauta de ganadores y perdedores, objetivos y no objetivos, receptores y no receptores de fondos”, de acuerdo con “los principales intereses de la política exterior e interna de EEUU en general” y del sector privado, que “tiene una abrumadora influencia en la formulación de políticas”.

Podemos debatir sobre las motivaciones, pero las consecuencias en EEUU, y en el exterior parecen razonablemente claras…

El Estado más poderoso del mundo ha sido un líder del campo relativista, e incluso dentro de la subcategoría de los derechos humanos que sostiene defender, los abusos son “persistentes y continuados”, concluye un informe reciente de Amnistía Internacional…

Si los peores violadores de los Derechos Humanos son los agresores mundiales y aquellos que alientan la propagación del armamento, a que conclusión hemos de llegar sobre el principal mercader de armas del mundo, que entonces se podía vanagloriar de vender más de la mitad del armamento al Tercer Mundo, principalmente a unas dictaduras brutales?...

Las principales formas de interferencia del mercado para beneficio de los ricos: las transferencias de fondos públicos a industrias avanzadas que tienen lugar virtualmente en todos los sectores dinámicos de la economía estadounidense, a menudo bajo el disfraz de la “defensa”

Creo que ustedes ya tienen suficientes “condimentos” para alinear la ensalada.

Pueden coincidir con Bu$h: “Estás conmigo o eres mi enemigo”…

Pueden coincidir con Guy Sorman: “Es necesario entender más a Estados Unidos”…

Pueden coincidir con Paul Kennedy: “Estados Unidos vivía (lo dijo en los años ochenta) un proceso de “sobre expansión estratégica”, como el de los Habsburgo en el siglo XVII y la Gran Bretaña en el XIX”…

Pueden coincidir con George Soros: “La política de George W. Bush fracasará porque está asentada sobre el fundamentalismo del libre mercado. Es como una burbuja financiera en la que sus propias profecías se acaban cumpliendo. Y, como toda burbuja financiera, acabará por estallar. Me opongo profundamente a las políticas de la Administración Bush. No sólo en Irak, sino todas juntas. Creo que la Administración Bush está llevando a los EEUU y al mundo en la dirección equivocada”…

Pueden coincidir con Antonio Gala: “Cuando el “imperio” de un país se basa en la fuerza y el dinero, las cosas no funcionan o funcionan mal. Cuando no hay ejemplaridad, sino armamentos, una nación no puede pretender que se la respete y menos que se la admire o se la quiera. Cuando un 4% de la población mundial, la que habita ese desquiciado país, acapara la cuarta parte de toda la riqueza; cuando sólo sus tres hombres más ricos lo son más que los 60 países más pobres del mundo juntos, algo huele mucho peor que a podrido. Cuando ese país quiere abolir la ONU por falta de capacidad de decisión, tras desobedecerla; cuando se erige como conductor, símbolo y centro de una forma de vida que ha de imitarse, tiene que actuar de otra manera. Exactamente la contraria”.

Párrafos de mi Paper: Los “animales” modelo (Cuando la “violencia” es el “mensaje”), del 5/2/06

Nueva Orleáns - De cómo el Primer Mundo devino al Tercero…

¿Sobrevivencia del más apto?

(Fuente: Programa “Punto de vista” de la BBC)

Después de tantos años de darwinismo social, el huracán Katrina podría revivir el apetito de la población estadounidense por la compasión gubernamental.

Se necesita mucho para sacudir a Estados Unidos hasta sus cimientos, el 11-S lo hizo hace cuatro años, la guerra en Irak no lo ha logrado aún.

Hace 70 años el satírico Eric Linklater dijo en su novela Don Juan que la vida en EEUU estaba repartida en un área tan vasta que podrían ocurrir cualquier cantidad de interludios siniestros sin alterar el equilibrio nacional.

El huracán Katrina es uno de esos raros interludios que sí alteran el equilibrio antes mencionado. Si el 11-S enojó a los estadounidenses, la situación en que quedó Nueva Orleáns los llevó más allá. En diferentes grados, la población está enojada, avergonzada y temerosa.

Enojada ante la incompetencia y el deslinde de responsabilidades entre las autoridades locales, estatales y federales; avergonzada ante las imágenes de una clase negra empobrecida y abandonada; y temerosa al ver que el país no está preparado para enfrentarse a las posibles consecuencias de un ataque terrorista a gran escala.

Habrá mucho que pagar por Katrina.

Probablemente el huracán tendrá un impacto tan traumático sobre EEUU como la depresión de los años 30. Dicha catástrofe iniciada en 1929 resultó en dos décadas de gobiernos del partido Demócrata y aún más: revirtió el darwinismo social del libre mercado aplicado por ambos partidos en los 150 años anteriores.

Selección natural

El darwinismo social fue una doctrina del individualismo inventada en el siglo XIX en Inglaterra por el filósofo Herbert Spencer. Muy amigo de Charles Darwin, fue Spencer el que acuñó la frase “la sobrevivencia del más apto” y lo hizo nueve años antes de que Darwin publicara su Origen de las Especies.

Esta doctrina nunca se infiltró en la política británica con la fuerza con que lo hizo en la estadounidense, donde fue propagada en forma brillante por William Graham Sumner, un experto en debates de la Universidad de Yale.

Argumentaba que las intervenciones del gobierno para regular la vivienda, la salud pública, las fábricas y demás eran equivocadas. Su opinión era que todas esas reglas impedían la libre empresa, que a su vez era la creadora de la riqueza.

Sumner teorizaba que la humanidad progresa solamente por la “incesante desaparición del débil a manos del más fuerte”.

Políticos de todos los colores se mostraron de acuerdo. Grover Cleveland, un presidente demócrata, llegó al paroxismo de la filosofía con su célebre afirmación de 1877.

Tras serle solicitada ayuda federal para granjeros de Texas afectados por una intensa sequía respondió: “No creo que el poder y los servicios del gobierno general deban ser extendidos hacia el alivio del sufrimiento individual (...) La lección que debe ser impuesta constantemente es que aunque el pueblo apoye al gobierno, el gobierno no debe apoyar al pueblo”.

Esta actitud nunca desapareció del todo y quizá nunca lo haga. Su atractivo es enorme no sólo para los económicamente poderosos con una fe inquebrantable en el mercado, sino también para los idealistas románticos del individualismo de Thomas Jefferson.

El darwinismo social siempre ha estado en la psiquis estadounidense. Ronald Reagan dijo en los años 80 que “el gobierno no es la solución a nuestro problema, el gobierno es el problema”.

La agenda de George W. Bush para su reelección era de impuestos bajos y un gobierno reducido.

El día del juicio

Es de desear que el darwinismo social vaya a desaparecer bajo las aguas tóxicas de Nueva Orleáns. Los cuerpos flotando son una imagen demasiado impactante para cualquier estadounidense. Seguramente mirarán al gobierno otra vez como una fuente de vigor y compasión, incluso al precio de impuestos más elevados.

Antes de Katrina el peor desastre natural fue una inundación del río Mississippi en 1927. El presidente republicano Calvin Coolidge se negó incluso a que el Congreso votara un fondo de emergencia.

Quien sí hizo algo fue Herbert Hoover, entonces secretario de Comercio. Sus esfuerzos, su inmersión literal en las aguas de la inundación, le valieron la nominación republicana y la Presidencia.

Pero Hoover es casi una mala palabra en los libros de historia. ¿Por qué? Porque enfrentado al desafío mayor que implicaba la depresión y el desempleo de 13 millones de personas, se negó a aceptar los deberes del gobierno en el alivio del sufrimiento individual.

Creía que las depresiones económicas debían seguir su curso al igual que los desastres naturales, aliviadas por la compasión de actos voluntarios y el mundo de los negocios.

Pero la crisis afectó a demasiada gente para hacerlo posible, algo que Hoover no supo ver.

Bush, al igual que Hoover, ha encontrado difícil el enfrentarse a la realidad. Dijo por ejemplo que nadie podía esperar que los diques de contención se rompieran, ignorando así decenas de advertencias de informes oficiales, publicaciones científicas y periódicos.

El darwinismo social no pudo seguir en los tiempos de Hoover, su sucesor, Franklin Delano Roosevelt estableció los cimientos del estado de bienestar. De la reafirmación del compromiso de EEUU con las masas, ávidas por tener una parte del gran sueño americano.

Tal vez sea la hora de consolidar una moral pública basada no en la hipocresía de lo que se dice, sino en la verdad de lo que se hace…

Tirando de la manta

(El desarrollo no es sinónimo de paraíso)

Al regreso de sus vacaciones los “conformes burgueses” de los países del hemisferio norte, se han encontrado con que el huracán Katrina y los repetidos incendios de edificios ocupados por inmigrantes en Francia les recibían (en las noticias) para enseñarles otra cara de la pobreza. La pobreza que tienen (tenemos) más cerca, la que no acostumbran a mostrar puesto que tiene más prensa en el mundo desarrollado la otra, la de lejos de sus casas. La “pobreza en casa” quizás lleguen (lleguemos) a atisbarla, antes de retirar la vista, al pasar por las calles de sus (nuestras) ciudades: en los bancos de los parques; en los cartones de los portales y cajeros automáticos; en las aceras al esquivar las manos extendidas o en los transportes públicos al hacer oídos sordos a las retahílas aprendidas. Es una realidad que les (nos) incomoda, y en la que intentan (intentamos) no pensar, la mayoría de las veces por pura supervivencia y tranquilidad de conciencia.

Han sido los elementos naturales, ya sea agua, viento o fuego los que, como se dice vulgarmente, “han tirado de la manta”. A su paso, devastador por sí mismo, ha emergido -con meridiana claridad en el centro de la catástrofe- otro tipo de desastre: ni las condiciones de vida ni el trato de las administraciones públicas es el adecuado para buena parte de la población. Población que convive en el mundo desarrollado con la riqueza de sus conciudadanos, pero que ni lejos la comparte.

Esto no es nuevo, pero es más fácil, en todos los sentidos, ocuparse de aquella parte del mundo a la que no pertenecemos, donde las condiciones míseras son para la mayoría de la población el pan de cada día, que reconocer que desarrollo no es sinónimo del paraíso que vienen buscando los inmigrantes. Éste va acompañado siempre de desigualdad -una constante más o menos evidente de todas las sociedades, ricas o pobres- y que por lo tanto “la clave social no está en desarrollarse sino en compartir y redistribuir”. La sola mención de estos dos términos incomoda, cuando no levanta airadas polémicas, porque es mucho más fácil y parece más neutro sumar desarrollo sólo a educación y tecnología.

Los países ricos no están (estamos) acostumbrados a que se ponga en evidencia -con tanta crudeza y menos en noticia de portada mundial- que no todos los ciudadanos gozan del supuesto ranking de bienestar que se les atribuye en los índices de comparación global tan al uso en estos tiempos. De ahí que para no pocos el comentario haya sido que EEUU parecía más América Latina o África que una potencia mundial.

Pero los días de septiembre de 2005 han sido especialmente aleccionadores también porque han (hemos) constatado con las imágenes que recibíamos que el mundo puede ser muy distinto de cómo les (nos) han explicado que es, y eso es lo que les (nos) ha producido zozobra.

Da miedo la desprotección y el desamparo que hemos palpado en Luisiana y no podemos dejar de pensar que nadie nos puede asegurar que estemos menos expuestos nosotros que ellos. Y no por el hecho de que llegue aquí ese tipo de fenómeno meteorológico, sino porque como miembros del sistema confiamos en su funcionamiento y no estamos preparados para asumir fallos de tal magnitud.

Los atentados inaugurados el 11 de septiembre (luego repetidos en Madrid y Londres) ya hicieron perder la confianza; pero, pasado el aturdimiento, el mensaje siguió siendo: es un mal de fuera; eso sí, un mal que ha entrado en casa y que hay que erradicar. Pero ya no sirve el mismo argumento, después de la desasistencia pasado el huracán. Se ha resquebrajado la fe en la solidez de nuestro mundo -todos hemos pensado en algún momento ¿y si me hubiera pasado a mí?- , y se ha sustituido por el miedo de que nuestra sociedad de bienestar sea como la casa del cerdito más pequeño, sólo de paja…

Tal vez sea hora de que la verdad de los hechos sustituya a la hipocresía de las palabras…

No es “antiamericanismo” hablar claramente de los motivos que han contribuido a la catástrofe: imprevisión, desorganización, un punto de indiferencia, ineptitud política (de Bush, de la gobernadora demócrata Kathleen Blanco -la primera mujer que ocupa el cargo en toda la historia del estado-, del alcalde Ray Nagin), y también racismo, o (si se prefiere) la consecuencia de muchas décadas de racismo y de políticas dirigidas a exacerbar en vez de disminuir las diferencias de dinero y de clase en los EEUU. Se trata de un país socialmente desestructurado donde blancos y negros viven en mundos paralelos que raramente se rozan, excepto en el culto a la bandera, la reacción patriótica frente a enemigos externos reales o imaginarios, e instituciones locales como periódicos y equipos de fútbol.

Antes de que arrasara “Katrina” los negros constituían el 67 por ciento de la población, pero el 88 por ciento de los parados; su renta per cápita era un 25 por ciento inferior; un 20 por ciento no tenía coche; un 25 por ciento eran considerados estadísticamente pobres; a uno de cada cien hogares le faltaba agua caliente, ducha o retrete; un doce por ciento de las familias carecían de figura paterna. Para ellos sí que se trata realmente de “la ciudad olvidada de la mano de Dios”, como dice el eslogan.

Las imágenes de miseria, abandono y desesperación han mostrado al mundo la cara amarga de los EEUU, la hiperpotencia donde cuarenta millones de personas viven sin seguro médico y los blancos ganan por término medio el doble que los negros, el país más rico del planeta y objeto de pasiones desatadas, el que inspira al mismo tiempo más amor (no es mi caso) y más odio, más admiración (no es mi caso) y más desprecio.

Con una crueldad darwiniana, el huracán ha planteado dilemas morales sobre el modelo socioeconómico impulsado por Bush (de ahí mi especial interés en este caso -emblemático-, un “leading case”, como dirían los hipócritas de Wall Street, y más aún por la propagación que el modelo socioeconómico está teniendo en la Unión Europea -lamentablemente-), y abierto interrogantes sobre la salud de la nación más poderosa de la tierra. Las imágenes de refugiados hambrientos, bebés moribundos y cadáveres flotando se asociaban con África Sub-Sahariana o el subcontinente indio, pero no con el gigante. Lo que más impresionaba era la cara de la gente. Y es que las víctimas de “Katrina” son los sirvientes, jardineros y cocineros de las clases altas y medias de Nueva Orleáns que escaparon del huracán en un éxodo ordenado, propio del primer mundo, como EEUU sabe hacer estas cosas.

Quienes se quedaron atrás carecían de coche, tenían las peores viviendas, estaban enfermos o no encontraron otro lugar al que ir. Son aquéllos que, como dicen las canciones “country” de Cristal Gayle o Willie Nelson que tanto gustan en el Sur, viven “en el lado malo de las vías del tren”. No hizo falta que nadie les hiciese vudú en un lugar donde la espiritualidad africana está a la orden del día.

Los sin techo, sin seguro…

País anhelado por muchos emigrantes como el paraíso en la tierra, de gente generosa y amable, con una energía y un optimismo que se pueden confundir con ingenuidad, EEUU también tiene un lado negro que siempre está ahí -en los guetos del Bronx neoyorquino, el Watts de Los Ángeles y el sur de Chicago, en el asesinato de Martin Luther King y los disturbios del 68- pero que los blancos ignoran y los turistas pocas veces ven: el del millón de personas sin techo, las decenas de millones sin seguro médico, una expectativa de vida (77 años) inferior a la de Europa y Japón, un índice de mortalidad infantil (6,5 muertes por cada mil nacimientos) impropio de la nación más desarrollada y las leyes que permiten adquirir armas de fuego a menores que no pueden beber alcohol ni comprar cigarrillos.

Son los rifles y pistolas que convirtieron el pantanal de Nueva Orleáns en una ciudad sin ley, más cerca de Dodge City y de Bagdad que de San Francisco. La renta per cápita de Luisiana -uno de los estados más pobres y con mayor índice de obesidad de la Unión- es de 28.508 dólares, muy por debajo de la media nacional de 40.000 pero tan sólo ligeramente inferior a la del Reino Unido y Suecia, y superior a la de la Unión Europea tras la ampliación. Las imágenes de desesperación y miseria que han planteado cuestiones sobre la moralidad y el futuro del modelo social norteamericano responden sin embargo a una realidad paralela: un uno por ciento de la población tiene acumulada tanta riqueza como cien millones de sus compatriotas, y los ingresos de los negros son la mitad que los de los blancos.

“Estados Unidos atraviesa una crisis parecida a la de Gran Bretaña a principios del siglo pasado, víctima de una fatiga imperial que pasa desapercibida por la inercia y la prosperidad, pero que aparece en cuanto se hurga un poco. En el caso norteamericano, algunos de los síntomas son el conflicto de Iraq (que ya ha costado más que toda la guerra de Vietnam), el avance de China y la India, el temor a perder la supremacía y las diferencias socioeconómicas que “Katrina” ha desnudado de manera obscena”, escribe Rafael Ramos en su “Diario de Londres” (Memorias de Nueva Orleáns: El sudoku del tiempo”) - La Vanguardia - 20/9/05.

Al margen de todo ello, la pregunta es si el racismo ha jugado algún papel en los sucesos, y si la maquinaria del poder habría respondido de manera diferente a una amenaza similar en Beverly Hills o Coral Gables, es muy legítima. La cuestión racial, en lenguaje de tragedia shakesperiana, es el “fallo fatal” de la sociedad norteamericana.

Decenas de millones de blancos desprecian a los negros por su dependencia del estado del bienestar, elevado índice de delincuencia y cultura del “victimismo”, comparándolos con el avance y energía de “otras minorías”. Los negros, sin embargo, se niegan a ser equiparados con hispanos y asiáticos, porque sus antepasados no llegaron voluntariamente a los EEUU sino en barcos de esclavistas, llevan los nombres de los “amos” galeses o escoceses de sus tatarabuelos, y estiman que la sociedad tiene con ellos una deuda que no se ha saldado ni mucho menos.

Existen historias individuales de éxito como en todas partes, pero el modelo norteamericano -sobre todo el conservador- alimenta las desigualdades en vez de combatirlas, y hace todavía más difícil salir del gueto. Un niño negro típico nace en una familia sin figura paterna, es criado por la madre y por la abuela, acude a una escuela pública de las peores del país y enseguida sucumbe a la tentación de ganar dinero con la droga en vez de estudiar. Es un círculo vicioso para el que nadie ha encontrado solución.

Bush no puede ser reelegido, y el propio “establishment” conservador está dispuesto a sacrificarlo en el altar de las críticas a la mala gestión del “Katrina”. En el fondo ya ha cumplido su “misión” con la guerra de Iraq, los contratos multimillonarios para Halliburton and Company, las reformas económicas y medidas fiscales. Hasta los medios de comunicación que lo defendían a capa y espada le disparan dardos envenenados. Está políticamente muerto, y se trata de hallarle un sucesor carismático…

Pero el huracán podría ir más allá y abrir un debate político en toda regla sobre el papel del estado, y tal vez cerrar el ciclo de minimalismo que llegó de la mano de Ronald Reagan en los ochenta. Los progresistas de EEUU sueñan con una vuelta de tuerca en la historia del país como respuesta al caos del “Katrina”, y el nacimiento del equivalente en el siglo XXI del “New Deal” de Roosevelt, la “Great Society” de Johnson, la “Nueva frontera” de Kennedy, el replanteamiento de las prioridades sociales, la cultura de autosuficiencia del individuo y propiedad de armas de fuego, la fe en el estado como resolutor de problemas e inversor en el bien común.

Tal vez salga algo positivo de las aguas putrefactas de Nueva Orleáns…

Para ayudarlos en la reflexión o el debate sobre el replanteamiento de las prioridades sociales (y no sólo en los Estados Unidos, que Europa también tiene “vela en este entierro”), les sugiero lean algunas frases (ordenadas cronológicamente) pronunciadas por personajes importantes de la política norteamericana que pueden “ilustrar” el tema:

“La pobreza de los negros no es la pobreza de los blancos. Muchas de sus causas y muchas de sus curas son las mismas, pero hay diferencias profundas, obstinadas, corrosivas, cuyas raíces se extienden al individuo, a la familia y a la comunidad. No son raciales, sino simplemente la consecuencia de la brutalidad e injusticia del pasado, y de los prejuicios actuales. Para los negros son un recuerdo constante de la opresión” (Lyndon Johnson, 1965)

“Ya ha pasado la hora de que Estados Unidos convierta los conflictos de otras naciones en los suyos propios, o que asuma la responsabilidad de los fracasos de los demás, o que presuma de decir a otros países cómo manejar sus asuntos. Cada uno tiene que preocuparse de su propio futuro” (Richard Nixon, 1973)

“El estado no es la solución, es el problema” (Ronald Reagan, 1980)

“Para empezar muchos de los desplazados del Katrina eran personas desfavorecidas, así que van a salir ganando” (Barbara Bush, 2005)



Estadísticas engañosas

Lo explicaba con su habitual gracejo didáctico el popular economista estadounidense Paul Krugman el pasado 27 de agosto de 2005 en el “International Herald Tribune”.

Las familias norteamericanas afirman que las cosas no les van bien, mientras que los funcionarios de Washington responden que “están equivocados, que les va muy bien. Miren las estadísticas”. Más adelante, sintetiza así las contradicciones que alejan a economistas y periodistas de información económica del público en general, que desconfía a menudo y cuyo enojo se ha acentuado con la introducción del euro en sustitución de la peseta, en el lejano enero del 2002.

“A las familias americanas no les importa el PIB. Les preocupa si hay empleos disponibles, qué salarios se pagan y cómo evolucionan respecto al coste de vida”, prosigue Krugman antes de recordar que “los salarios de la mayoría de los trabajadores no han seguido la evolución de la inflación”…

En abril, el “International Herald Tribune” dedicaba un reportaje al contrate entre una cajera de supermercado que había recibido un aumento del 1,8% sobre 800 euros que gana a tiempo parcial y el grupo para el que trabaja, con beneficios de 1.400 millones de euros en el 2004 y una indemnización por despido a su presidente de 40 millones de euros. Desde 1975, la parte de los salarios en la facturación de las empresas ha bajado más de diez puntos.

El caos televisado

Con imágenes que costaba bastante creer provenientes de EEUU, la televisión mostraba el caos que se había adueñado de Nueva Orleáns, al mismo tiempo que afloraban los primeros reproches y críticas sobre la actuación de los poderes públicos tanto antes como después del brutal asalto del huracán “Katrina”. Mientras la Casa Blanca intentaba no perder su cierto prestigio de “manager” de crisis, ganado tras el 11-S, la dramática situación dejaba en evidencia la efectividad de las autoridades locales, estatales y federales.

En una ciudad cada vez más desesperada, las operaciones de evacuación eran suspendidas temporalmente ante múltiples incidencias de violencia armada pese al envío de refuerzos policiales y efectivos de la Guardia Nacional. Situación que motivó renovadas peticiones para que la Administración Bush interviniera de forma excepcional con tropas regulares del Pentágono para poner orden en la histórica ciudad de Luisiana y proceder al rescate.

Peleas, incendios, tiroteos, cadáveres, montañas de basura y heces se acumulaban en refugios oficiales como el centro de convenciones y el estadio “Superdome”, donde 25.000 personas se encontraban en el proceso de ser evacuadas hasta Houston. Cuando algunos autobuses conseguían llegar a estos puntos se producían disturbios en la desesperación por conseguir plaza. Una y otra vez se podía ver a personas de todas las edades -en su mayoría afroamericanos de mínimos recursos económicos- abandonadas a su suerte sin agua, alimentos o cuidados médicos.

Antes de la llegada del “Katrina”, Nueva Orleáns era una de las ciudades más violentas de EEUU. El Departamento de Policía local tiene un notorio historial de corrupción e incompetencia, hasta el punto de haber sido controlado temporalmente por el FBI y contar con la mitad de efectivos que otros grandes municipios. Con un 60 por ciento de vecinos negros, la ciudad ya sufría toda clase de problemas sociales multiplicados por el huracán.

El presidente Bush, que demoró su primera visita a la zona devastada más de una semana (estaba de vacaciones, y siguió de vacaciones) se apresuraba a insistir en que la anarquía y la falta de respeto a la ley se tenían que terminar. Según el mandatario, al que se criticaba por no haber reparado antes en la gravedad de la situación, “debía haber tolerancia cero hacia la gente que rompe la ley en una emergencia como la que se vivía, ya sea saqueando o con subidas ilegales en el precio de la gasolina, o aprovechándose de donaciones caritativas, o cometiendo fraude con pólizas de seguro”.

Algunos activistas demócratas no tardaban en aprovechar el desastre para cuestionar las prioridades presupuestarias de la Administración Bush, denunciando que las partidas federales para mantener el sistema de diques de Nueva Orleáns se habían visto reducidas para afrontar otros gastos como la guerra de Irak

También se cuestionaban el nivel de preparación y la respuesta dada ante esta emergencia, con miles de millones de dólares invertidos en protección civil desde el 2001. Además se criticaba el despliegue de unidades de la Guardia Nacional en Irak y Afganistán en lugar de estar disponibles para situaciones de emergencia nacional como la vivida. En ese momento, Mississippi, Luisiana y Alabama tenían un cuarenta por ciento de sus efectivos en Irak (que casualidad,...tierra de negros!!).

A propósito de negros, a la que no se vio por la región fue a Condi (que además de ser “sister”, es nacida en Alabama). La “halcona” negra, cuando el “Katrina” comenzó a sembrar destrucción y muerte, estaba comprando zapatos en la Quinta Avenida de Manhattan…y continuó en ello (no hay peor astilla que la del mismo palo!!...).

Si me permiten la disgregación, quisiera reparar por un momento en las guerras de Irak, y Afganistán, tan cara a los “intereses” del presidente Bush y su canciller Rice.

La historia parece ir camino a repetirse. Afganistán y, sobre todo Irak son nombres que durante años también se asociarán a guerras cruentas que muy probablemente acabarán, como Vietnam, sin el triunfo de nadie y con la derrota del agresor, con la retirada del ejército ocupante. Diversos síntomas así lo indican. Uno de ellos tuvo lugar hace unos meses. A la señora Cindy Sheehan, californiana de 48 años, se le murió hace algo más de un año su hijo Casey combatiendo en Irak. Desolada, sin entender las razones de la muerte de su hijo o, peor aún, viendo que todas ellas constituían un gran engaño, decidió instalarse el 6 de agosto de 2005 delante de la entrada del famoso rancho tejano de Bush (ahí, donde estaba de vacaciones cuando “pasó” el “Katrina” por el “otro” Golfo) para pedirle explicaciones. Su gesto, como era de esperar, fue seguido inmediatamente por otros muchos norteamericanos contrarios a esta guerra, concentrado ahí a partir de aquel día con idéntica finalidad.

La imagen no es nueva: una “madre coraje” decidida a todo. En este caso decidida a defender no la vida en abstracto, sino las responsabilidades por una vida concreta y muy especial, la de su propio hijo. Ningún padre, ninguna madre, ignora lo que esto significa: por la vida de un hijo estás dispuesto a entregar, si es preciso, tu propia vida. Tener cada día acampados delante de tu casa a padres y madres que han visto cómo sus hijos morían por ciertos ideales en guerras sin motivo alguno que las justificaran puede llegar a ser insoportable. “Creen morir por la patria y en realidad mueren por los industriales”, escribía Anatole France, en alusión a los soldados muertos durante la guerra europea de 1914, la “drôle guerre”.

De ahora en adelante, George W. Bush no podrá borrar de su memoria la patética imagen de Cindy Sheehan, nuestra madre universal, pidiéndole cuenta, día tras día, por la muerte de su hijo. ¿Significa esta espectacular protesta el inicio de un movimiento antiguerra de Irak que podría desembocar en una movilización con un alcance parecido al que tuvo lugar con ocasión de la guerra de Vietnam? Quién sabe.

Por el momento, no parece que el presidente republicano tenga unas buenas perspectivas. ¿Estaremos ante un nuevo Vietnam?



El “responsable”

El 1 de septiembre de 2005, la prensa informaba que Bush regresaba a Washington de sus vacaciones en Texas y daba un discurso:

“Estamos encarando una de las peores tragedias naturales en la historia de nuestra nación”, dijo.

El New Orleans Times-Picayune, con sus imprentas bajo el agua y operando sólo por Internet, le contestaba:

“Nadie puede decir que no lo veían venir” y agregaba, “ahora, debido a una de las peores tormentas hay muchos cuestionamientos sobre la falta de preparación”…

Los enemigos de Bush comenzaban a cuestionarlo.

Un ex funcionario del gobierno de Clinton, Sydney Blumental escribía en la publicación alemana Der Spiegel:

“A comienzos de 2001 la Administración de Emergencias Federales publicó un informe que decía que un huracán en Nueva Orleáns era uno de los tres desastres más probables en los Estados Unidos”.

Blumental, añadía: “…pero en 2003 el fondo federal para el proyecto de control de inundaciones fue dirigido a Irak”.

El 2 de septiembre, la prensa informaba: “Trescientos soldados procedentes de Irak llegan a Nueva Orleáns para controlar el pillaje y con permiso de disparar a cualquier persona sorprendida en actos de pillaje”.

Kathleen Blanco, la gobernadora de Luisiana, explicaba a la prensa con tono extremadamente firme que se trataba de soldados “aguerridos, armados con fusiles de asalto M-16, que saben tirar y matar y en esta ocasión espero que lo hagan”.

El día anterior, el presidente George W. Bush había anunciado el traslado de 22.000 soldados a las zonas devastadas en Luisiana. Según la gobernadora, serían necesarios 40.000 efectivos para devolver la normalidad a las calles de Nueva Orleáns.

En la rifa para determinar quién tiene la culpa de la pésima respuesta oficial al “Katrina”, el mayor número de papeletas se encontraron en poder de Michael Brown, director de la Agencia Federal de Gestión de Emergencias (FEMA), quién se ha cubierto de gloria al declarar públicamente que no había tenido conocimiento hasta el jueves (días después del hecho de la causa) que había miles de personas abandonadas en Nueva Orleáns. Negligente ignorancia que ha llegado a inspirar el chascarrillo de que a partir de ahora, las operaciones de rescate y ayuda humanitaria deberían ser encomendadas en Estados Unidos a las grandes cadenas de televisión.

La penosa actuación de la FEMA en Luisiana ha generado bastante curiosidad sobre las credenciales de Michael Brown, que en los diez años antes de desembarcar en Washington gracias a conexiones políticas trabajó como comisionado de algo llamado “Asociación Internacional del Caballo Árabe”, un grupo de Colorado que organiza ferias ecuestres. Cinco años después de ser cesado de ese puesto “por no seguir las instrucciones”, Brown se encontraba como máximo responsable federal ante uno de los peores desastres de la historia de EEUU.

Durante esos gloriosos días, Brown había descrito la situación de seguridad en Nueva Orleáns como “bastante buena” y se había permitido hacer bromas en las ruedas de prensa hasta afirmar que desconocía la existencia de cadáveres abandonados. El bochornoso espectáculo había llegado hasta tal punto que durante una entrevista en la cadena ABC se le preguntó: “¿Pero usted ve la televisión en su trabajo?

La ascensión de Michael Brown dentro de la FEMA se explica gracias a su vieja amistad con su anterior director, Joe Allbaugh, hombre de confianza de Bush desde los tiempos de gobernador de Texas. El frustrado aspirante a congresista fue nombrado primero consejero legal y después subdirector. Asumiendo el puesto de director cuando Allbaugh dimitió hace dos años.

A pesar de todo, Bush no tenía reparos durante su primer viaje a la zona afectada en alabar la gestión del cuestionado responsable de la FEMA, diciendo: “Brownie está haciendo un excelente trabajo”. Pero, como ha indicado una irónica funcionaria de Florida, el hombre realmente merece ser felicitado porque no se sabe de un solo caballo árabe que haya sucumbido ante el “Katrina”.

Aunque para el 7 de septiembre la urbe más castigada por los efectos del huracán comenzaba a sentir cierto alivio, aunque al precio de una evacuación casi total, la Administración Bush soportaba cada vez más una tormenta mayor de reproches por su actuación.

Se pedían las dimisiones del secretario de Seguridad Nacional, Michael Chertoff y, sobre todo, la del director de la FEMA, Michael Brown. Mientras, el presidente Bush no quería, sin embargo, hablar de destituciones.

Algunos comentaristas saldaban viejas cuentas pendientes con Bush y le acusaban abiertamente de haber dado puestos de responsabilidad a personajes incapaces “colocados” en virtud de favores políticos a quienes financiaron su campaña.

En medio de las críticas, el presidente se reunía con su gabinete en la Casa Blanca (6/9) y anunciaba que él mismo dirigiría una investigación que no buscaría culpables (?) - “La gente quiere saber de quién fue la culpa, pero vamos a resolver primero los problemas”, apuntaba-, pero sin aclarar qué falló y qué se hizo bien. “Queremos estar seguros de que podremos responder adecuadamente si se produce un ataque con armas de destrucción masiva u otra catástrofe natural”, dijo.

Poco después, el ex presidente Clinton declaraba a la CNN que el Gobierno “falló” inicialmente a los miles de habitantes de la zona devastada. “El Gobierno ha fallado a todos los niveles”, decía a su vez la senadora republicana Susan Collins y señalaba que el Senado crearía una comisión de investigación “justa, constructiva y bipartidista” que analice cómo mejorar la reacción ante desastres. Y cuestionaba la “mala” respuesta gubernamental sólo cuatro años después del atentado del 11-S y pese a los miles de millones de dólares invertidos en “mejorar la preparación”.

Y con todo esto sobre sus espaldas, Estados Unidos consideraba oportuno no ofrecer, ni por un momento, una imagen de debilidad. Su secretario de Defensa, Donald H. Rumsfeld, decía que el país “tenía fuerzas, capacidad e intención de llevar adelante la guerra total contra el terror a la vez que responder a esta crisis humanitaria sin precedentes: Podemos y haremos ambas cosas”.

El “Katrina” llega a Washington

Más allá de la controversia política puntual, lo que la catástrofe del huracán ha puesto de relieve es que Estados Unidos, a punto de conmemorar el cuarto aniversario de los atentados de Nueva York y Washington, se ha visto en serios apuros organizativos y logísticos para superar una emergencia de grandes proporciones en una ciudad densamente poblada. De nuevo ha mostrado la vulnerabilidad de su tecnificada sociedad. Los hechos son más preocupantes, si cabe, teniendo en cuenta las inversiones realizadas en protección civil y otras agencias afines, y las reformas administrativas acometidas para prepararse para lo peor. El Departamento de Seguridad Nacional, un monstruo burocrático se creó precisamente para afrontar un escenario como el sucedido.

A la hora de la verdad, se sabe que mucho del esfuerzo se ha ido en pura tarea de reorganización. Ha mejorado sustancialmente el control aeroportuario y la verificación de la identidad de los numerosos extranjeros que diariamente entran en el país, pero sigue habiendo, según los expertos, importantes lagunas en la protección de instalaciones vitales (a menos que las destinadas a dar protección a la población más necesitada no fueran consideradas por la Administración como “vitales”).

Lo cierto es que la catástrofe natural estaba anunciada y estaba prevista, acaso a tiempo de evitar muchas de sus peores consecuencias. Pero las medidas necesarias -sobre todo la evacuación de la población más necesitada- no se tomaron a tiempo e, incomprensiblemente, los auxilios más elementales no llegaron hasta seis días después. El propio presidente Bush, no tuvo más remedio, aunque a regañadientes, que reconocer este inaceptable fallo con impotencia y consternación. A la desgracia siguieron el pillaje, el aislamiento y el caos.

Los ecologistas ya se han pronunciado. Y el balance es arrasador para la Administración Bush. Con la naturaleza no se juega. Cuando en 1992 se definió en la conferencia de Río el concepto de desarrollo sostenido, se entendió que para sostener el crecimiento económico no se pueden obviar las cuestiones ambientales, ni mucho menos los equilibrios ecológicos fundamentales. El sistema neoliberal no lo entiende así: el valor supremo es el lucro por el lucro -la obtención de dinero fácil, incluso obtenido por medios especulativos-, y la calidad de vida de las personas, sobre todo de las necesitadas, no cuenta en absoluto.

Más de una década después de la conferencia de Río, EEUU sigue sin ratificar la convención de Kioto. El agujero de ozono no es una ficción de un científico loco: el calentamiento de la Tierra sigue evolucionando y provocando alteraciones climáticas que están a la vista en todas partes. Ya se sabe: “Quien siembra vientos recoge tempestades”…Por otra parte, la actual política de Estado, propia del neoliberalismo, ya viene de Reagan. Las infraestructuras públicas están dejadas de la mano de Dios, no ha habido dinero para reforzar los diques, aún cuando existía el peligro de que se vinieran abajo, como ha sucedido en alguna ocasión. La población más pobre está abandonada a su suerte -como en los países del llamado Tercer Mundo- porque los ricos siempre disponen de medios para huir de las amenazas.

Las imágenes transmitidas a todo el mundo han sido de una crueldad atroz. Dolió (duele aún) verlas. Es imposible no pensar en la dimensión social y racial de la tragedia, como es imposible no pensar en la dimensión política.

EEUU es un país profundamente dividido, con guetos de miseria y de pobreza comparables con los peores del Tercer Mundo. ¿Siempre ha sido así? Tal vez. Pero los dos mandatos del presidente Bush, tan infelices tanto en el orden interno como en el externo, han contribuido mucho a agravar su situación, y de manera peligrosa.

Ahora EEUU está necesitado de un nuevo Roosevelt como el pan que llevarse a la boca; de alguien capaz de reforzar el poder del Estado y de lanzar nuevas políticas neokeynesianas. Aunque tengo la impresión de que, para ello, habrán de pasar -al menos- tres años más. Y hasta entonces, ¿cuántas catástrofes y cuánto sufrimiento tendremos que soportar?

Las dos Américas del huracán “Katrina”

Decía Carlos Fresneda, enviado especial del diario El Mundo, en su crónica desde Nueva Orleáns, del 11/9/05:

“Tras los atentados del 11-S, los americanos cerraron filas en torno al comandante en jefe y proclamaron aquello de “una sola nación, indivisible, bajo Dios”. Cuatro años después, el huracán “Katrina” ha abierto en canal al país más poderoso del planeta y ha desenterrado las eternas rencillas entre las dos Américas”.

Hace cuatro años, Bush supo sacar provecho de la ira colectiva contra el enemigo común (su índice de popularidad se disparaba al 90%). Luego del huracán, sin más culpable que la propia naturaleza, los dedos acusadores apuntan contra la Casa Blanca por su falta de previsión ante el “tsunami” americano que nadie supo ver (su índice de popularidad planea por debajo del mínimo histórico del 40%).

Dos terceras partes de los americanos están convencidos de que el presidente pudo hacer más por acelerar el rescate de los supervivientes en los momentos críticos.

Pero la división del país va mucho más allá del termómetro de la popularidad de Bush. El “Katrina” ha recordado el abismo que aún existe entre el norte y el sur y ha hecho aflorar a la superficie toda la miseria escondida bajo la alfombra del sueño americano. La lacerante desigualdad social y los brotes de racismo han quedado más patentes que nunca en las escenas tercermundistas que siguieron al huracán. La solidaridad internacional tras los atentados contra Nueva York (“Todos somos americanos”) contrasta con la estupefacción mundial por las imágenes patéticas que llegaban de Nueva Orleáns, con el 28% de su población bajo la línea de la pobreza, antes de que se desbordara el lago Pontchartrain.

Los ricos pudieron huir a tiempo; los pobres, los desahuciados y los ignorantes (y también los turistas) quedaron atrapados durante días en el cenagal. Un temporal de acusaciones y reproches cayó sobre Washington, mientras los supervivientes, hacinados como animales, esperaban ayuda que no llegaba. El “estoy cabreadísimo” del alcalde negro, Ray Nagin, se convirtió en el grito de desesperación de la América marginada y olvidada.

El 67% de los americanos pensó que el presidente habría podido hacer más por acelerar las operaciones de rescate tras el “Katrina”, y la mayoría opinó que Bush “sobrevoló” por encima de la tragedia. En el mismo sondeo, el 65% de los encuestados opinó que el país iba “en la dirección equivocada”.

Pero el debate que ha levantado el Katrina es el papel del Estado como protector de los intereses y en este caso las vidas de todos los ciudadanos. El neoliberalismo o el liberalismo sin complejos que ha reavivado la doctrina Bush vuelven a enfrentarse con el viejo keynesianismo que fue aplicado en el mundo después de la crisis económica de 1929.

La batalla entre estas dos corrientes no es una confrontación puramente técnica entre economistas profesionales para hacer frente a la complejidad de la sociedad moderna. No es una batalla entre economistas sino entre dos planteamientos políticos incompatibles. En Europa el modelo socialdemócrata triunfó en los países escandinavos y el liberalismo se aposentó en la Inglaterra de Thatcher y en los Estados Unidos de Reagan y ahora en los neoconservadores de Bush.

El papel del Estado ha sido el centro del debate desde 1929. Dicen los liberales que sus teorías crean más riqueza, controlan la inflación y reducen los gastos desproporcionados de los Estados, estimulando la creación de riqueza y beneficios que acaban llegando al conjunto de la sociedad. Los keynesianos dicen que los salarios altos, el pleno empleo y el Estado del Bienestar crean la demanda del consumidor que acaba propiciando la expansión económica y el bienestar de la sociedad.

Dejo al lector establecer el “punto medio”, y agrego mi aportación al debate…

Mientras la sociedad es la suma de las actividades individuales es razonable apartar la tarea del Estado como gestor de la actividad pública que no suele ser competitiva. Pero si el Estado se adelgaza tanto hasta el punto de abandonar a su suerte a los ciudadanos indefensos, pobres, desamparados, el resultado puede ser catastrófico como ha demostrado el huracán “Katrina”.

Me permito reproducir lo escrito por Antonio Gala en “La Tronera”, del diario El Mundo, al respecto, bajo el título: “Los malos gobernantes”

“El hombre ha de hacer, de cuando en cuando, un acto de humildad. O incluso de humillación. No hay tanta diferencia de resultados entre el desvalimiento del “tsunami” y la riqueza de medios ante el “Katrina”. La naturaleza está siempre por encima de nuestras fuerzas, cualesquiera que sean: ya por su invalidez, ya, como en el segundo caso, por su pésimo empleo. “Lo que quiero es que, quien quiera que pueda, ponga su culo en un avión y venga a ayudarnos”, ha dicho el alcalde de Nueva Orleáns, una de las escasas ciudades que merecían la pena en USA y ahora golpeada con severidad paradigmática. El ser humano no toca el cielo nunca con los dedos. Los países del “tsunami” acaban de ofrecer ayuda a los norteamericanos. Y eso sí es ejemplar. Para que aprendamos todos lo que es un mal Gobierno: desconcertado, tardío, perjudicial más aún que inútil. Bush es peor que cualquier huracán”.

¿Por qué ha tardado tanto la ayuda?

“Es increíble, pero el Gobierno no tenía ningún plan de evacuación. La primera potencia del mundo deja a su propia población abandonada a su suerte”. Resulta particularmente mortificante que el hombre que ha expresado con palabras lo que tantos han pensado haya sido Hugo Chávez, el presidente de Venezuela y uno de los personajes que más aborrecimiento despierta en la Administración de George Bush.

Se ha acusado a la Agencia Federal de Gestión de Emergencias (FEMA) de estar tan preocupada por la posibilidad de un ataque terrorista que no ha sido capaz de prepararse de manera adecuada para una catástrofe natural mucho más inevitable.

Otra de las causas posibles del caos estriba en que tradicionalmente hay tal cantidad de alarmas en la temporada de huracanes que la reacción de muchos de los habitantes de las zonas afectadas no va más allá de restar importancia a los avisos. Es por esa razón por la que quizás muchos de ellos no abandonaron la zona.

Da también la impresión de que muchos funcionarios cometieron un error de grueso calibre a la hora de calcular las necesidades de quienes no disponían de automóvil propio. “¡Bah, nos dijeron que iban a tener que evacuarnos, pero en realidad eso era para los ricos!”, comentó a “The Chicago Tribune” Curtis Vaughn, de 48 años. “Aquí hay muchos que viven del subsidio y no se pueden permitir pasar ni una sola noche fuera de su casa”, agregó.

Según todos los indicios, los funcionarios de la Administración estatal no esperaban que dejaran de funcionar los teléfonos móviles y los tendidos fijos.

Nancy Lessin, de la organización Military Families Speak Out, reveló que “existen en Luisiana 11.000 miembros de la Guardia Nacional, de los que 3.000 se encuentran en Irak con la mayor parte de su material pesado, en el que hay que incluir generadores, vehículos anfibios y de otro tipo que hubieran podido colaborar en las tareas de rescate”.

Por último, las infraestructuras de la ciudad se han revelado lamentablemente insuficientes para unas inundaciones que, sin embargo, se habían pronosticado innumerables veces. Las 22 estaciones de bombeo de la ciudad no han funcionado.

Lo que más perplejos ha dejado a los expertos es que, desde hace más de un año, se tenían predicciones sobradas y una idea muy concreta de lo que podía ocurrir.

En julio de 2004, más de 40 organismos federales, estatales y locales, junto con varias organizaciones de voluntarios, llevaron a cabo un simulacro durante el cual tuvieron que hacer frente a un temporal imaginario que destruía más de la mitad de los edificios de Nueva Orleáns y causaba la evacuación de millones de habitantes. En aquel momento, Ron Castleman, director regional de la FEMA declaró lo siguiente: “Esta semana hemos realizado grandes progresos en nuestra labor de preparación”.

Para los responsables de las tareas de socorro, lo más desconcertante radicó en que no sólo Hugo Chávez expresó su asombro. Jack Cafferty, el presentador de la CNN, conocido por no morderse la lengua, dijo: “Recuerdo los disturbios de Watts. Recuerdo el terremoto de San Francisco. Recuerdo un montón de cosas. Eso sí, jamás he visto nada peor gestionado que la situación de Nueva Orleáns. ¿Dónde coño está el agua para toda esta gente? ¿Por qué no les pueden echar unos cuantos bocadillos, a todos esos que están ahí abajo, en el Superdome? Es una desgracia, y no se crean que el mundo no la está viendo”.

La realidad oculta

Para muchos norteamericanos las estremecedoras imágenes de la inundación y éxodo de Nueva Orleáns, que la televisión expuso sin pausa durante los días que siguieron a la devastación del huracán “Katrina”, significaron el descubrimiento de una realidad insospechada, un estado mayormente invisible, sepultado bajo la montaña de estadísticas de la Oficina de Censo, pero cuya población es equivalente a la de California.

Éste estado virtual -técnicamente podría considerarse el estado Nº 51 de la Unión- está conformado por los 37 millones de norteamericanos que viven bajo la línea de la pobreza, una condición que la Oficina de Censo define como ingresos anuales inferiores a 9.393 dólares para un individuo y de 14.680 para una familia de tres. Este nivel de pobreza es el más alto del mundo desarrollado y duplica el de la mayoría de los países industrializados.

Contrariamente a lo que se supone, la mayor porción de esta población (72%) es blanca, aunque los porcentajes son los que reflejan la verdadera configuración de este fenómeno. Mientras sólo el 8% de los blancos son considerados pobres, la proporción trepa al 22% en el caso de los hispanos y al 25% en el de los negros.

Los habitantes del estado número 51 no gozan de ninguno de los beneficios que resultan de vivir en el país más poderoso del planeta. El “sueño americano” los ha eludido y su condición se asemeja más a la de millones de desposeídos de América Latina, Asia y África que la de sus compatriotas del otro lado de la frontera económica.

En 2003, 12,6 millones de hogares en los EEUU (el 11,2% del total) admitieron vivir bajo el constante temor de que el día siguiente los sorprenda sin suficiente comida. Esta cifra incluye 1,6 millones que se incorporaron a ese grupo desde el año 2000.

Según el Instituto Pan para el Mundo, una fundación cristiana con sede en Washington, el 3,5% de los hogares norteamericanos pasa hambre. Unos 9,6 millones de norteamericanos se encuentran en esta situación, incluyendo 3 millones de niños.

Ya en 1972, durante su campaña electoral, el candidato demócrata George McGovern había advertido que “admitir la existencia de hambre en los EEUU es admitir que hemos fracasado en responder a la más sensible y dolorosa de las necesidades humanas”. Treinta y dos años después, la cifra de hambrientos se ha incrementado al punto de que 4 de cada 10 norteamericanos entre los 20 y 65 años requiere vales de comida del gobierno para poder alimentarse.

La pobreza en EEUU no proviene del desempleo sino de los bajos salarios. Las cifras de la Oficina de Censo revelan que en el año 2004, el 6% de todos los norteamericanos con empleo pertenecía a la categoría de pobreza.

De hecho, los ingresos del segmento inferior de la pirámide laboral se han estancado o han ido perdiendo terreno respecto del costo de la vida, mientras que la brecha con aquéllos en la cúspide se ha ido ampliando. Según la revista Newsweek, en 1965, el sueldo de un CEO era 24 veces el de un trabajador promedio; en 2003, era 185.

En un esfuerzo por contrarrestar la ola de críticas por el desempeño de su administración en las primeras 72 horas de la catástrofe, Bush prometió reconstruir la ciudad e impulsar medidas para eliminar la persistente pobreza y la discriminación racial.

Fue la primera vez que Bush admitió la existencia de este tipo de males y la primera vez que asumió la responsabilidad por un error de su gobierno. Pero a pesar de su elocuencia, pocos parecían convencidos de que la promesa pudiera materializarse. El costo de la guerra se está acercando a los 195.000 millones de dólares. El presupuesto militar norteamericano equivale hoy al total de los presupuestos de defensa combinados del resto del mundo.

Más que reparar la devastada costa del Golfo de México, Bush parecía empeñado en tratar de reparar su propia imagen. Y a esta altura, ambas intenciones pueden revelarse inaccesibles.

Tres meses después…

Tres meses después de la pesadilla del “Katrina”, la Nueva Orleáns fantasma se recupera gracias a la fuerza de miles de latinos legales unos, sin papeles la mayoría, que buscan en el sur de EEUU su gran sueño americano. La escritora Lourdes Ventura escribe desde la ciudad que emerge del lodo (Revista Yo Dona - Diario El Mundo - 17/12/05).

“Cuando llegas en el último vuelo nocturno al solitario aeropuerto Louis Armstrong de Nueva Orleáns y apenas hay luces encendidas, y no encuentras ningún taxi a la vista, y cuando, no lejos de la garita desde la que un hombre sin rostro te conseguirá un coche, percibes las sombras de unas tiendas de campaña donde duermen personas desplazadas, comprendes que acabas de aterrizar en un territorio fantasma. Pero no tardarás en descubrir que existen dos ciudades: la devastada, la sepultada bajo las ruinas, barrios enteros abandonados en un sudario de silencio, y la ciudad que permanece despierta, una pequeña célula latiendo con fuerza. Por las mañanas, en torno al distrito financiero, se mueve una colmena subterránea de trabajadores hispanos, llegados desde todos los puntos de Centroamérica para reconstruir un mundo surgido de un barrizal. Por las noches, el Barrio Francés, salvado milagrosamente de las aguas, celebra fiestas hasta bien entrada la madrugada, con una continua procesión de turistas, voluntarios con ganas de ocio, músicos locales que no desertaron, obreros y una horda de policías: todos pululando al son de los “blusistas” que han vuelto a los bares, sintiendo las notas esperanzadas de un saxofón, elevándose sobre la calle Bourbon. No hay que olvidarlo: las gentes de Luisiana siempre entierran a sus muertos al ritmo de “jazz”.

Estás sola, tras 24 horas sin dormir, en la parada de taxis de un aeropuerto sin vida y nadie te espera en Nueva Orleáns. Al final, aparece un conductor afroamericano y, mientras te lleva por autopistas mal iluminadas, te cuenta su éxodo hacia Baton Rouge en los días de la calamidad. De pronto, el hombre te señala con tristeza la siniestra silueta del Superdome, ese enorme estadio de los horrores. Estamos cerca de Canal Street, la arteria central del distrito financiero y las avenidas y calles por las que pasamos son un gran basurero atestado de escombros, montones de maderas podridas, frigoríficos apilados, amasijos de colchones y bultos informes, viejas cocinas y esqueletos de bicicletas. Bajo la luz mortecina de las calles desiertas, descubro los restos de un pavoroso naufragio. Era domingo por la mañana cuando me dirigí caminando hacia los barrios humildes de los alrededores del parque Louis Armstrong. Hallé manzanas enteras de casas abandonadas, las puertas abiertas y un silencio de cementerio. Un ruido fuerte de pisadas sobre madera me sobresaltó, y crucé por instinto al otro lado de la calle. Dos afroamericanos con una televisión, seguramente robada, me increparon y yo esbocé una sonrisa cómplice, alejándome a toda prisa, con el gesto de quién no ha visto nada”…



¿Catástrofes naturales?

El profesor de la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales de París, Michel Wieviorka, escribía en La Vanguardia (23/12/05):

“Por último, estos fenómenos “naturales” no se abaten sobre sus víctimas en forma indiscriminada. Alcanzan de manera mucho más devastadora y generalizada -y con mayor dureza- a los pobres que a los ricos.

Digamos nuevamente que “río arriba” del acontecimiento o suceso, los pobres cuentan con menos recursos para prepararse, anticiparse e incluso cobrar plena conciencia de un peligro eventual, por más que de manera más o menos inconsciente sepan efectivamente que se materializará tarde o temprano. Cuentan, así mismo de menos mecanismos para beneficiarse de los recursos susceptibles de contribuir a hacer frente al acontecimiento -ya provengan de los poderes públicos o de la ayuda humanitaria-, salvo en el caso de poder movilizarse de forma colectiva como así fue con ocasión de los terremotos en México o Turquía. Y por lo que se refiere a los responsables de prever la eventualidad de estos dramas y de adoptar las medidas imprescindibles, actúan en ocasiones a instancia de lógicas de clase que de hecho les impiden pensar de manera eficaz en la suerte de los más desprotegidos. Ha podido comprobarse de forma espectacular durante el huracán “Katrina”, de efectos mucho más devastadores para los pobres y los negros de Nueva Orleáns (que suelen coincidir) que para la población más acomodada blanca. La naturaleza, desde luego, puede adoptar la forma de un terrible tifón, pero sus efectos no se comprenden adecuadamente si se hace abstracción de las realidades sociales y políticas que suele poner al descubierto, incluso exacerbar…

La parte de la Naturaleza -con mayúscula- en las catástrofes “naturales” es grande, sin duda; pero en caso de catástrofe, hay que hacer constar -en mayor medida de lo que suele pensarse- la parte relativa al ser humano, a sus modos de organización social, a su sentido de la solidaridad, a su demografía, a sus sistemas políticos. Lo “natural” es, en muchos aspectos, una realidad política”.

La gran impotencia

Una forma de finalizar este apartado -dejando a vuestro criterio dar y quitar razones-, es recordar a los afroamericanos (y de paso al resto de los americanos, por la que se puede venir) que si Rosa Parks no se hubiese saltado la ley todavía estarían sentándose en la parte trasera del autobús (recientemente fallecida heroína de la lucha civil afroamericana que en 1955 se negó a ceder su asiento a un blanco).

Por ahora, y no se por cuánto tiempo (ojalá que muy poco), los negros se asaltan, y matan mucho más entre ellos, que lo que lo hacen con la población blanca. Puede que un día (ojalá que muy pronto), cuando amanezcan del caballo, abandonen el anestésico del baloncesto, la chupa de la televisión, y renuncien a la obesidad reemplazando el “fast” food por su tradicional “creole” food, se pasen al “lado bueno de las vías del tren” y hagan justicia por su propia mano.

Sólo se trata de que “asuman” la “insensibilidad” de los “sensibles”…

Sólo se trata de que “asuman” que el fracaso de todos los organismos del “Imperio” en ayudarles no fue (y es) porque no pueden o no saben hacerlo, sino que fue (y es) porque no quieren hacerlo. No les interesa…No les “interesan”…

Es una cuestión de lógicas de clase que de hecho les impiden pensar de manera eficaz en la suerte de los más desprotegidos.

La nación más poderosa de la tierra perdió la batalla contra la furia de la naturaleza.

El espectáculo de debilidad interna mostrado por Estados Unidos ante el huracán “Katrina” tendrá consecuencias irreparables para la imagen del “rey de la selva” de las naciones.

Las aspiraciones de Washington a instaurar un fuerte y sólido mundo unipolar han dejado de ser realistas.

El proyecto “neocon” de permanente y continuada expansión del poder y hegemonía mundial estadounidense se ha desmoronado.

En consecuencia, Estados Unidos ya no cuenta con el respeto -incluso temor- de la mayor parte del mundo.

Hemeroteca reciente

- Pobre Paulson (Cinco Días - 30/1/10)

(Por José Carlos Díez)

El otrora todopoderoso último Secretario del Tesoro de George Bush, procedente de la aristocracia de Wall Street ya que era Presidente de Goldman, ha publicado sus memorias y culpa de la crisis de Fannie Mae y Freddie Mac a los rusos y a los chinos y de la de Lehman a su homólogo británico por no permitir que Barclays comprara la entidad.

Al igual que Greenspan que en sus memorias, en las que no escribió ni una línea sobre supervisión financiera, salvo el episodio de la quiebra del hedge fund LTCM en 1998, las biografías acaban siendo un ejercicio de autojustificación lamentable.

La tesis de Paulson es que los rusos acordaron con los chinos vender bonos de Fannie Mae y Freddie Mac lo cual forzó a la nacionalización de ambas entidades. La realidad es que ambas entidades estaban muy apalancadas y con débil capitalización para los riesgos que estaban asumiendo comprando carteras de créditos hipotecarios, sólo prime, y titulizaciones, donde entraron en el maravilloso mundo del subprime, puenteando la regulación en las mismas narices del Gobierno. Pero ya sabemos que el Gobierno y la Fed confiaban plenamente en los mercados libres en una versión moderna de la Teología del amor de San Agustín.

En marzo de 2008, la banca americana ya acumulaba 400.000 millones de dólares en pérdidas y en el mercado todo el mundo sabía que estaban ocultando muchas más. La quiebra de Bear Stearns, una de las sextillizas de Wall Street, fue una señal evidente de que el sistema bancario estaba descapitalizado y necesitaba urgentes inyecciones de capital.

Antes de reconocer la crisis bancaria, el Gobierno optó por contarnos las mil y una noches y embarcó a los fondos soberanos de oriente medio para que metieran capital en sus bancos. Pero ese capital era sólo para reponer parte de las pérdidas y no servía para que llegara nuevo crédito a empresas y familias. Entonces, el Gobierno forzó a los bancos regionales de la Fed y a Fannie Mae y Freddie Mac para que compraran activamente créditos hipotecarios con el fin de evitar el credit crunch hipotecario y frenar el desplome residencial y la caída de precios de la vivienda, principal variable que provocaba minusvalías.

Desde marzo hasta junio de 2008, los bancos federales compraron un billón español de dólares en créditos al sistema bancario, aliviando sus elevadas necesidades de liquidez, y Fannie Mae y Freddie Mac 200.000 millones. La Fed financiaba las compras monetizándolas, lo cual ayudaba a mitigar el desplome de la velocidad de circulación del dinero y la deflación de activos pero Fannie y Freddie tenían que financiarse en mercado y los chinos, los rusos y los árabes eran sus principales compradores de bonos.

En junio, la presión sobre el mercado de capitales de ambas agencias era enorme y Paulson no estuvo muy afortunado al generar dudas sobre el supuesto aval público de ambas agencias en caso de suspensión de pagos. Los chinos y los rusos dejaron de acudir a las subastas de pagarés de Fannie y Freddie e intentaron vender sus bonos en mercados para comprar directamente deuda pública.

Desde julio, la iliquidez en el mercado fue en aumento hasta el 8 de septiembre, cuando el Gobierno anuncia la nacionalización de ambas agencias y pasan a financiarse del Tesoro y de la Fed. Pero, la crisis ya se había activado y la desconfianza inundaba el mercado. Esa semana, sus colegas de Wall Street cerraron sus líneas de financiación a corto a Lehman y forzaron el error histórico de dejarla caer.

Si Barclays hubiera comprado Lehman sin apoyo de capital público del Tesoro, cómo sucedió con JP Morgan al comprar Lehman en marzo, habría sido una inmolación y habría forzado al Gobierno británico a incluir a Barclays en su plan de salvamento bancario.

En enero de 2009 tuve una reunión con un Gobernador de la Fed. El resto de comensales estaban preocupados por la deflación y la posible depresión pero mis miedos ya habían pasado ya que el diagnóstico del problema era el correcto y los gobiernos habían aplicado las políticas necesarias por lo que le hice dos preguntas que le incomodaron mucho. La primera es cuál era la causa de su discrecionalidad para decidir que Bear si, Lehman no y luego Citi y BoA si y, tres días después, cuando quiebra Washington Mutual, la mayor caja de ahorros de los EEUU, por qué deciden salvar el 100% de los depósitos y permitieron que un pequeño ahorrador que había metido su dinero en un fondo de inversión que compraba pagarés de la entidad perdiese el 90% de su inversión.

La respuesta fue que en Bear tuvieron apoyo privado de JP Morgan, con una opción de venta del Gobierno del valor de la acción a 2 dólares, y en Lehman no, ahora le echan la culpa a los británicos. En el caso de Washington se puso muy nervioso y reconoció que fue una semana muy complicada y no eran muy conscientes de lo que hacían.

Ahora que intentamos cambiar la regulación para evitar crisis futuras y hay un aquelarre contra los banqueros, ya nadie recuerda que las familias americanas estaban igual de apalancadas que Lehman y no debemos olvidar que la gestión de la crisis fue nefasta. Si George Bush y Henry Paulson hubieran aplicado el plan de salvamento bancario en marzo 2008, los efectos de la crisis en términos de pérdidas de empleos y cierres de empresas en todo el mundo habrían sido infinitamente inferiores a las actuales.

Por no montar otro aquelarre contra los políticos, si hubieran tomado esa decisión habrían perdido con seguridad las elecciones presidenciales de noviembre. Los errores de Bush forzaron a la mayor intervención pública en años y ahora los republicanos culpan a Obama de mala gestión del dinero de los contribuyentes y la culpan del elevado déficit público y de ayudar a los bancos, planes que ya aprobó su antecesor.

Demos gracias que esta pesadilla ya acabado, sigamos tomando medidas para evitar que se reproduzca la temida W y seamos conscientes que “Dios no juega a los dados con la naturaleza” y que las crisis económicas son periódicas y no es futo de la casualidad.

Pero lo que no es de recibo es que aquellos que tomaron las decisiones adecuadas vengan ahora a justificarse, aduciendo una conspiración chino-rusa-británica. Hasta nunca Henry Paulson, seguramente el peor Secretario del tesoro de la historia de los Estados Unidos de América.

- Los dos días que estremecieron a Wall Street (The Wall Street Journal - 2/2/10)

En un pasaje de su nuevo libro, el ex secretario del Tesoro de EE.UU. Henry Paulson detalla las tensas horas previas a la bancarrota de Lehman Brothers

(Por Henry M. Paulson Jr.)

Sábado 13 de septiembre, 2008

A primera hora del sábado, dejé el hotel Waldorf-Astoria en el centro de Manhattan y me subí a un auto que partió raudo por la desierta Park Avenue para llegar al edificio de la Reserva Federal de Nueva York poco después de las siete de la mañana.

Tomamos el ascensor hasta el piso 13, donde Tim Geithner me había conseguido una oficina... Llamé a Ken Lewis (el presidente ejecutivo de Bank of America), quien me informó que después de revisar de cerca las finanzas, su equipo creía que los activos de Lehman estaban en peor estado de lo que habían estimado la tarde anterior. Era cada vez más obvio que, en realidad, no quería comprar Lehman.

Fui a la oficina de Tim para participar en una conferencia telefónica con Barclays a las ocho de la mañana. El presidente de la junta del banco, Marcus Agius, y el presidente ejecutivo, John Varley, estaban en Londres. Mientras, (el director general) Bob Diamond estaba en las oficinas de Barclays en Manhattan. Varley manifestó que estaban trabajando arduamente para alcanzar un posible acuerdo, pero que había grandes preocupaciones acerca de algunos de los activos de Lehman e indicó que Barclays tendría que desprenderse de unos US$ 52.000 millones en activos.

Le dije a Varley que se concentrara en los problemas mayores, los activos que en su opinión eran más problemáticos, y nos dijera qué era lo que necesitaba para resolver el problema. Si Barclays nos presentaba su mejor oferta ese día, pensamos que podíamos hacer que un consorcio del sector privado financiara cualquier brecha. Mientras hablábamos, los líderes de prácticamente toda la industria financiera se estaban reuniendo en los pisos de abajo de la Fed.

Habíamos programado una reunión con los presidentes ejecutivos de Wall Street para las nueve de la mañana. Justo antes, me llamó Dick Fuld (el presidente de Lehman Brothers). Le informé sobre mi poco prometedora conversación con Lewis y le dije que era más importante que nunca trabajar con Barclays. Estaba muy decepcionado, rayando la incredulidad, acerca de los hallazgos de BofA.

Al hablarles a los presidentes ejecutivos, traté de ser totalmente transparente. “Estamos trabajando intensamente en una transacción, y tenemos que saber cuál es su postura”, señalé. “Si hay un agujero de capital, el gobierno no lo puede llenar. ¿Cómo lo solucionamos?”.

Sólo puedo imaginar lo que estaba pasando por sus mentes. Me encontraba ante empresarios inteligentes y realistas en una posición difícil. Les estábamos pidiendo que rescataran a un competidor al ayudar a financiar su venta a otro rival.

John Mack (el presidente ejecutivo de Morgan Stanley) quería saber por qué el gobierno no podía orquestar otra transacción asistida, como el rescate de Bear Stearns. Tim descartó la posibilidad. “No es una opción viable”, afirmó. Dejó en claro que la Fed no iba a prestar contra los cuestionados activos de Lehman.

Al caer la tarde, los presidentes ejecutivos ya habían acordado apoyar, en principio, una propuesta que permitiría a Barclays dejar atrás un montón de deudas incobrables relacionadas con préstamos de bienes raíces e inversiones de capital privado, y que dejaría sin un centavo a los titulares de acciones comunes y preferentes de Lehman. Para cerrar el negocio, Barclays pretendía que el consorcio de firmas de Wall Street prestara hasta un máximo de US$ 37.000 millones a un vehículo de propósito especial que conservaría los activos.

Dejé el edificio de la Fed a las nueve de la noche. En ese momento era optimista acerca de las posibilidades de un acuerdo. Anticipé otra noche de desvelo y llegué al hotel exhausto. Me dirigí al baño de mi habitación y saqué un frasco con pastillas para dormir que me habían dado en Washington. Como devoto de la Ciencia Cristiana, no tomo medicinas, pero esa noche necesitaba descansar con desesperación. Me quedé parado bajo la luz del baño, observando la pequeña pastilla en la palma de mi mano. Luego, boté el frasco entero por el inodoro. Decidí que iba a depender de la oración y confiar en un Poder Más Alto.

Domingo 14 de septiembre, 2008



Cuando me quedé dormido albergaba un optimismo moderado acerca de las probabilidades de salvar a Lehman. La oferta de Barclays seguía su curso y Diamond había fijado una reunión de la junta directiva para primera hora de esa mañana en Londres.

Tim habló con Diamond tras la reunión de la junta de Barclays, a las 7:15 de la mañana, hora de Nueva York. Bob le advirtió que Barclays tenía problemas con sus reguladores. Aproximadamente 45 minutos después acudí a la oficina de Tim para dialogar con Diamond y Varley, quien nos informó que la Autoridad de Servicios Financieros de Gran Bretaña (FSA por sus siglas en inglés) se había negado a aprobar el pacto. Pude percibir la frustración en la voz de Diamond.

No lo podíamos entender. Era la primera vez que nos decían que era posible que la FSA no aprobara el acuerdo. Barclays nos había asegurado que mantenía a los reguladores al corriente de las negociaciones. Ahora decían que no entendían la postura de la FSA. A las 10 de la mañana, nos volvimos a reunir con los líderes de la banca y les dijimos que Barclays se había topado con algunos obstáculos regulatorios, pero tenía la firme determinación de superarlos. Los presidentes ejecutivos nos presentaron una hoja con las condiciones de un acuerdo. Acordarían aportar más de US$ 30.000 millones para salvar a su rival. Si Barclays se comprometía a llegar a un acuerdo, podríamos contar con el financiamiento del sector.



A las 11 de la mañana, volví a mi oficina y me comuniqué por teléfono con Alistair Darling (el ministro de Hacienda británico), que quería que lo pusiera al tanto de lo que pasaba con Lehman. Le conté que nos habíamos quedado atónitos al enterarnos de que el gobierno británico se negaba a aprobar la transacción de Barclays.

Me dejó en claro, sin el rastro de una disculpa en su voz, que no había forma de que Barclays comprara Lehman. No brindó detalles, salvo puntualizar que le estábamos pidiendo al gobierno británico que asumiera un riesgo demasiado alto y que él no estaba dispuesto a que le traspasáramos nuestros problemas a los contribuyentes británicos.

Poco después de la una de la tarde, Tim, Chris Cox (presidente de la Comisión de Bolsa y Valores) y yo volvimos a dirigirnos a los presidentes ejecutivos. Barclays había desistido y no había comprador para Lehman.

“Los británicos nos jodieron”, señalé, más presa de la frustración que de la rabia. No me cabe duda de que la FSA tenía muy buenas razones para justificar su postura y habría sido más apropiado y responsable expresar mi sorpresa y desilusión al conocer la decisión del ente regulador británico, pero me traicionó la emoción del momento.

De regreso en mi oficina temporal del piso 13, me invadió súbitamente el miedo mientras pensaba en lo que se avecinaba. Lehman ya había pasado a mejor vida y los problemas de AIG estaban fuera de control. EEUU estaba inmerso en una recesión y la quiebra de una institución financiera importante repercutiría en todo el país y mucho más allá de nuestras fronteras. Salir de un desastre de estas proporciones demoraría años.

Durante todo el fin de semana me había puesto mi armadura de crisis, pero ahora sentí que bajaba la guardia. Sabía que tenía que llamar a mi esposa... Caminé a un rincón cerca de unas ventanas. Wendy acababa de regresar de la iglesia. Le dije que la quiebra de Lehman era inevitable y que AIG estaba en aprietos. “¿Qué pasa si el sistema colapsa?” le pregunté. “Todos me están mirando y no tengo la respuesta. Tengo mucho miedo”.

Le pedí que rezara por mí y por el país, y que me ayudara a confrontar el temor que me invadía. De inmediato, recurrió a una cita del Segundo Libro de Timoteo, versículo 1:7: “Dios no nos ha dado espíritu de cobardía, sino de poder, de amor y de dominio propio”.

(Adaptado del libro “On the Brink: Inside the Race to Stop the Collapse of the Global Financial System” (algo así como “Al borde: Al interior de la carrera por detener el colapso del sistema financiero”) de Henry M. Paulson Jr. De momento, no hay planes para que el libro se publique en español)

- El gran agujero fiscal de EEUU (BBCMundo - 1/2/10)

(Por Marcelo Justo)

En 2001, Bill Clinton dejó la Presidencia de Estados Unidos sin déficit fiscal y la Oficina Presupuestaria del Congreso proyectaba un superávit de US$ 800.000 millones por año entre 2009 y 2012.

Hoy, la deuda pública federal estadounidense se acerca a los US$ 2 billones y el pago de sus intereses se ha convertido en uno de los cuatro grandes gastos gubernamentales.

¿Qué pasó en estos años? ¿Cuánto de esta deuda se debe a las dos presidencias de George W. Bush? ¿Cuánto a las recesiones económicas (2001-2002, 2008-2009)? ¿Cuánto a los rescates de los bancos y a la inyección fiscal a una economía moribunda?

Según Josh Bevins, investigador del Economic Policy Institute de Washington, la mayor parte de este déficit se debió a decisiones políticas.

“En el período 2001-2008, el deterioro del déficit se debió a la política de reducción impositiva de 2001 y 2003 que explica un 50% del deterioro fiscal. Las guerras en Irak y Afganistán son una cuarta parte del déficit. En 2008-2009, el gran responsable es la recesión”, le indicó Bevins a BBC Mundo.

La recesión produjo una caída de la recaudación por menor actividad económica equivalente a unos US$ 800.000 millones.

A esto hay que sumar el paquete de estímulo fiscal de US$ 700.000 millones y el mega rescate de los bancos, cuyo costo final aún está siendo calculado, pero que Bevins estima en unos US$ 120.000 millones.

Escalera al infierno

Más allá del debate político, lo cierto es que la deuda que financia este déficit es un espiral ascendente que puede terminar en un infierno.

El pago de intereses se ha convertido en el cuarto rubro del gasto federal estadounidense después de Defensa, Seguridad Social y Atención Médica.

Esto, en momentos en que las tasas de interés están en un mínimo histórico amortiguando el impacto en las cuentas fiscales, un alza en las tasas cambiaría esta ecuación.

En un estudio muy debatido en EEUU, Alan J. Auerbach, de la Universidad de California, Berkeley, coincide con Bevins en que el origen del problema es la presidencia de Bush, pero señala que Barack Obama puede agravar la situación.



“Bush fue extremadamente irresponsable durante ocho años. Es injusto achacarle a Barack Obama el problema. Por otra parte, no lo está solucionando. Si no lo soluciona lo empeora”, opina Auerbach.

Según Bevins, del Economic Policy Institute, el problema del déficit es a mediano plazo y depende enteramente de la recuperación económica y del nivel de empleo.

“El gran problema es el empleo. Si logramos el pleno empleo en 2015 habría que plantear allí una reducción del déficit fiscal. Pero esto no está garantizado”, le señala Bevins a BBC Mundo.

El viernes pasado se informó que el crecimiento en el último trimestre de 2009 había superado el 5%.

Es un dato positivo, pero también un fenómeno típico de la salida de la recesión que los economistas llaman el efecto rebote, alimentado además por el paquete de estimulo fiscal del año pasado.

El dilema de Obama es que, si la economía deja de crecer, la deuda aumentará porque habrá menos recaudación y más gasto social, pero si no hace nada, el peso mismo de la deuda puede resultar abrumador.

- Miedo, insomnio y arcadas en el epicentro de la crisis: memorias de Henry Paulson (El Economista - 22/2/10)

Henry “Hank” Paulson regresa a la actualidad más de un año después de abandonar su cargo de secretario del Tesoro, y lo hace con un libro autobiográfico en el que relata los infernales pormenores de la parte más dura de la crisis financiera. On the Brink: inside the race to stop the collapse of the global financial system (Al borde del abismo: dentro de la carrera para detener el colapso del sistema financiero global) promete convertirse en uno de los clásicos imprescindibles para entender nuestro agitado tiempo.

Paulson es humano. El que fuera CEO del todopoderoso Goldman Sachs antes de unirse a la Administración Bush en 2006 relata de modo natural que en otoño de 2008 era una persona consumida por el insomnio y la arcada fácil, ya que el colapso financiero se le había agarrado al estómago.

“No tuvimos otra alternativa que dejar caer a Lehman Brothers”, asegura Paulson. Esta fue, sin duda, una de las decisiones más difíciles y polémicas que se hayan tomado durante la crisis, ya que no falta quien asegura que la caída de este icono de Wall Street aceleró y empeoró la situación. “Para alguien como yo, que trabajé en Wall Street, ver a una firma quebrar de esa forma es algo terrible”, explicaba Paulson en una reciente entrevista con Bloomberg.

“Los ingleses nos han jodido”



Este gigantón con porte de jugador de fútbol americano, curtido en mil batallas en Wall Street, vio como el suelo se abría bajo sus pies tras conocer que el desesperado plan de rescate de Lehman Brothers se iba al traste, ya que las autoridades británicas no permitieron que Barclays cargara con un muerto cuyos activos tóxicos estaban sobrevalorados en unos 37.000 millones de dólares. Aquella fue la sentencia de muerte de un banco con 158 años de historia y el comienzo de una pesadilla sin parangón.

Paulson dice en su libro que quería salvar a Lehman, pero que resultó imposible porque la operación de rescate no se podía realizar del mismo modo que con Bear Stearns, que tuvo a JP Morgan como salvador en marzo de 2008 gracias a un respaldo de 29.000 millones de dólares de la Reserva Federal (Fed). Lehman también necesitaba un comprador al que poder prestarle dinero, pero tras la retirada de Barclays no lo había y la Fed no tenía poder para prestar directamente. Además, como recuerda Paulson, “la calidad de los activos tóxicos de Lehman le habría asegurado pérdidas a la Fed”.

Al fin y al cabo, los rescates y las ayudas del Gobierno partían de la premisa de que el dinero se recuperaría con intereses. Y por lo visto la salvación de Lehman no se ajustaba a ese criterio porque sus cuentas eran un insondable agujero negro. No había fórmulas legales ni morales que justificaran el rescate. Ahora bien, el tiempo dirá si el contribuyente ha recuperado, como dijo el presidente Barack Obama, hasta el último centavo prestado a los bancos.



Así las cosas, y tras recibir las noticias de Barclays, no sorprende que Paulson les espetara a sus colaboradores un coloquial “los ingleses nos han jodido”. El secretario del Tesoro sabía positivamente que las placas de la tectónica financiera habían chocado, que el terremoto iba a ser devastador y que sus consecuencias eran impredecibles.

La confesión: “Estoy muy asustado”

Paulson evoca en On the Brink que acto seguido pidió disculpas a los congregados en la sede de la Fed de Nueva York, antiguo hogar el actual secretario del Tesoro, Tim Geithner, y que se dirigió al lavabo para llamar a su esposa Wendy. Era domingo, llevaba todo el fin de semana encerrado con su gabinete de crisis y el mundo estaba en vilo a la espera de noticias.

“¿Y si el sistema se derrumba? Le pregunté. Todo el mundo está pendiente de mí, y yo no tengo la respuesta. Estoy muy asustado”. De nuevo, el Paulson más humano, un tipo con fuertes convicciones religiosas que no encontraba respuestas y que le pedía tierno consuelo y oraciones a su mujer. “No debes tener miedo, dijo Wendy. Tu trabajo es el reflejo de Dios, de su mente infinita, y puedes confiar en él”.

No es de extrañar, sabiendo que lo de Lehman sólo fue el comienzo de la pesadilla, porque luego vendría la lucha con el Congreso para la aprobación del plan de estímulo y los nuevos rescates de la aseguradora AIG y las hipotecarias Freddie Mac y Fannie Mae, que Paulson diga a estas alturas que “ahora me siento yo mismo por primera vez en mucho tiempo”.

¿Más confesiones? Paulson concede en su libro sin pudor alguno que en medio de esa carrera por evitar el colapso financiero buscaba la paz y la tranquilidad que no tenía en el aseo, donde intentaba relajarse ojeando la revista Sports Illustrated.

El gran paquete: peligro de infarto

Efectivamente, la siguiente parada del viacrucis fue el paquete de rescate financiero que el Tesoro orquestó con la ayuda de la Reserva Federal y su presidente, Ben Bernanke, para el que Paulson sólo tiene palabras de elogio.

“Bernanke es realmente brillante. Es un gran economista y un gran historiador económico que fue capaz de hacer lo que se tenía que hacer en el momento adecuado. Creativo y fuerte. Como estadounidense estoy muy orgulloso de que haya sido reelegido. Duermo más tranquilo cada noche sabiendo que él está al frente de la Fed”, comentaba Paulson en la entrevista con Bloomberg.

Paulson cuenta como ambos convocaron a los líderes del Congreso en el Capitolio para explicarles que el Gobierno debía comprar una gran cantidad de activos tóxicos para sacarlos de los balances bancarios. Fue entonces cuando se les preguntó cómo de grande era esa cantidad, a lo que Paulson respondió que “cientos de miles de millones de dólares”. “Sabía que era mejor así que pronunciar la palabra billón. Les habría causado un paro cardiaco”, recuerda.

“Necesitamos anunciarlo esta noche para calmar a los mercados y la legislación para semana que viene”, continuó Paulson, que aulló un “que dios nos ayude a todos” ante los asombrados y reacios congresistas, que no parecían dispuestos a autorizar con tanta celeridad y sin más detalles un rescate histórico con las elecciones presidenciales a la vuelta de la esquina.

La colisión de los mercados y la política

El sufrimiento por la batalla que se desencadenó en el Congreso mientras los mercados se desangraban no había hecho más que empezar. ¿Qué congresistas apoyarían un plan impopular antes de unas elecciones? El ala republicana quedó retratada al echar abajo el plan de rescate el 26 de septiembre de 2008, un plan liderado por su secretario del Tesoro y respaldado por el presidente George W. Bush.

Ni el mismo Paulson, cada vez más agotado, nauseabundo y aterrado por los acontecimientos, se lo podía creer. Es más, tuvo que arrodillarse ante la presidenta de la Cámara de Representantes, la demócrata Nancy Pelosi, para pedirle su ayuda a la vista de que los republicanos le estaban fallando.

No en vano, Paulson afirma que On the Brink es un libro que trata sobre la colisión de los mercados y la política, ya que lo peor de la crisis llegó seis semanas antes de las elecciones y hubo todo tipo de interpretaciones sobre la finalidad del rescate.



Harina de otro costal fue la lucha contra las posiciones cortas que día a día machacaban el mercado de valores y especialmente a los bancos e instituciones financieras. Y es que los pasillos de la SEC también fueron el escenario de otra de las encarnizadas batallas de Paulson, un hombre que se lo debía todo a Wall Street y que se vio en la tesitura de pedir la prohibición de las ventas a corto para estabilizar las bolsas de manera urgente. Chris Cox, presidente del regulador, se mostraba reticente, por lo que Paulson, tal y como rememora en su libro, tuvo que presionarle diciendo que “si esperamos más no habrá un mercado que regular”.

“Odio lo que tuvimos que hacer”



El ex secretario del Tesoro, desaparecido de la vida pública desde enero de 2009, cuando la Administración Obama tomó el poder, ha roto su silencio con motivo de la publicación de su libro y sigue defendiendo a capa y espada que el paquete de ayuda de 700.000 millones de dólares era necesario.

“Entiendo las críticas. A nadie en este país le gustan los rescates, ni a los republicanos ni a los demócratas. Odio lo que tuvimos que hacer. Pero era la mejor alternativa”, afirmó Paulson en la citada entrevista con Peter Crook para Bloomberg. “A todos aquellos que dicen que no debimos hacerlo, les digo que no había otra alternativa”, reitera.

¿Y qué piensa de las críticas hacia él y hacia Tim Geithner, actual secretario del Tesoro y estrecho colaborador en aquellos días como responsable de la Fed de Nueva York? “Tim fue un gran gestor durante las crisis. Calmado y frío. Siento un gran agradecimiento hacia él porque fue clave para estabilizar el sistema financiero. Es difícil para quienes lideraron el país durante la crisis recibir este trato por prevenir una calamidad que nadie ve. Lo que la gente ve es el 10% de desempleo, pero nuevamente les digo: ese nivel de desempleo es después de un esfuerzo masivo, ¿qué hubiera pasado si no se hubiera hecho?”.



La mayoría de las decisiones tomadas en el otoño de 2008, según Paulson, fueron las más apropiadas en aquel momento, porque si los mercados se hubieran colapsado totalmente las empresas se habrían quedado sin acceso a ningún dinero, y no habrían podido pagarle ni a sus proveedores ni a sus empleados. “Hubiera sido horrible. Millones de empleos perdidos, millones de hogares perdidos, miles de millones de dólares en ahorros perdidos”.

Una cuestión humillante: mirando al futuro



A pesar de que llevaba tiempo barruntando una crisis, Paulson no esconde en su libro que fue incapaz de predecir las dimensiones y las causas del tsunami financiero. En agosto de 2006 charló con el presidente George W. Bush sobre economía en Camp David, y le dijo que el aumento de las reservas de capital no reguladas y el crecimiento exponencial de algunos mercados de derivados auguraban problemas, ya que todo eso había permitido que ingentes cantidades de deuda y riesgo anegaran el sistema financiero.

Fue entonces cuando Bush preguntó con la inocencia de un niño que cómo había sucedido todo eso y cuando Paulson se dio cuenta de que, en parte, él mismo había sido culpable. “Era una pregunta humillante para cualquier persona del sistema financiero. Después de todo, somos los únicos responsables”, escribe el que fuera CEO de Goldman Sachs.

¿Y a partir de ahora, qué? El pasado 18 de febrero, en un coloquio celebrado en Nueva York con motivo de la presentación de sus memorias, Hank Paulson explicó que “fuimos los primeros en responder a un incendio forestal... y no teníamos las herramientas adecuadas. Yo estaba allí con un hacha y tratando de sacar una manguera”.

Por eso, Paulson dice que se necesita una estructura reguladora que resista el paso del tiempo. “Me gustaría ver un regulador de riesgo sistémico, con amplias facultades. Cualquier tipo de institución que vigile las amenazas que intenten echar abajo el sistema. En este momento nos enfocados en los árboles, pero lo que necesitamos es alguien que se centre en todo el bosque”.

- La falacia del “ultraliberal” - Bush, el presidente más intervencionista de EEUU del último medio siglo (Libertad Digital - 25/2/10)

Los socialistas suelen asociar la política económica del ex presidente republicano George W. Bush a la desregulación y el impulso del libre mercado. ¿Qué hay de cierto en estas afirmaciones? Los datos muestran que la era Bush fue la más intervencionista desde los años 60.

(Por Ángel Martín)

Se puede comprobar que buena parte de la población vive de eslóganes facilones e ideas preconcebidas. Aunque cada uno de nosotros pretendamos fingir estar interesados con el mundo que nos rodea, y tener una mente libre e independiente, lo cierto es que del dicho al hecho hay un trecho.

En términos económicos, recurrir a este tipo de recursos fáciles y rápidos, para utilizar en debates en la calle o en las comidas familiares y “quedar bien”, resulta muy efectivo a la hora de ahorrar tiempo pero, normalmente, el precio que hay que pagar es la desinformación, o una información muy sesgada. La objetividad y la ausencia de sesgos son prácticamente una quimera. Existen múltiples ejemplos como el “mito de la discriminación salarial entre sexos”.



Otro de los tópicos que, aunque tiene una parte indudablemente cierta, debe ser matizado es el que pone a Estados Unidos como el modelo de economía de libre mercado por excelencia. Las matizaciones a esta afirmación no son baladíes. Este tópico en ocasiones viene acompañado con la afirmación de que los republicanos norteamericanos son los liberales, favorables a recortar el peso del Estado, mientras que los demócratas son los que abogan por un Estado más grande y paternalista.

Caeríamos en una grave simplificación si dijéramos que esta opinión solo es mantenida por el populacho y la prensa generalista. Pero lo cierto es que economistas de la supuesta talla de Paul Krugman, Premio Nobel en 2008, promueven esta misma idea.

Así como en otras muchas columnas, Krugman decía muy recientemente que desde Ronald Reagan, presidente de los Estados Unidos entre 1981 y 1989, el Partido Republicano ha sido controlado por “gente que desea un gobierno mucho más pequeño”.



Uno de los ejemplos que vendrían a ilustrar esta tesis es la supuesta aplicación de una política de corte laissez-faire de Herbert Hoover ante el crash bursátil de 1929, en contraposición al intervencionismo de Franklin D. Roosevelt de los años 30. O en el caso actual la disminución en el peso del estado en tiempos de George W. Bush, frente al elevado aumento en el grado de injerencia estatal sobre los mercados con Barack Obama. Sin embargo, esta tesis se encuentra con importantes evidencias que juegan en su contra, sin negar las evidencias que apuntan a su favor.

En ocasiones, es más una cuestión de retórica que de acción política. Y algunos lo que más recuerdan de los políticos no son sus acciones sino su retórica. Así, en general, sí que suele ser cierto que los republicanos tienen una retórica más proclive a la libertad de mercado frente a los demócratas -mostrando, no obstante, una retórica más intervencionista en otros campos-.

Obama y Bush son “similares”

Pero, como ha dicho recientemente Russ Roberts, profesor de economía de la George Mason University, los políticos, como el resto de los mortales, deberían ser juzgados por sus hechos y no por sus palabras: “Somos lo que hacemos repetidamente. No lo que decimos que somos. No lo que nos gustaría ser. Sino lo que hacemos”.

Por ejemplo, George Bush en la campaña presidencial de 2000 se presentó como un candidato muy favorable al mercado libre. Sin embargo, su mandato dejó mucho que desear respecto a sus iniciales intenciones. De hecho, a finales de 2008 declaraba que: “Con el fin de asegurar que la economía no se desplome he abandonado los principios del libre mercado para salvar el sistema de libre mercado”.

El mensaje de esa campaña de Bush contrasta notablemente con el ofrecido por Obama. Sin embargo, algunos han apuntado las similitudes entre ambos. El mismo Roberts, en una entrevista concedida en exclusiva para LD, afirmaba que “Obama y Bush son similares”. Y es que, “ambos han concedido enormes sumas de dinero a los bancos y banqueros (…) Mediante la socialización de gran parte de las pérdidas, tanto Obama como Bush han contribuido a sustituir el capitalismo por un falso capitalismo”, sostenía este economista.

No en vano, George W. Bush llevó a cabo la mayor expansión del Gobierno federal desde Lyndon Johnson en los 60, como se analizaba en estas páginas a raíz de un artículo de The Economist. Dejaba así el camino preparado para la llegada de Obama.

Gasto público similar al de Canadá



Entre las acciones del republicano destacan las siguientes: el aumento del gasto en Medicare (programa público de salud), la extensión del control del Estado sobre la educación y los estados federales, la creación del mayor organismo burocrático desde la Segunda Guerra Mundial (el Departamento de Seguridad Nacional), disparando el gasto público en defensa e incurriendo en intervenciones militares extranjeras de gran calado.

Así, la distancia de 15 puntos porcentuales que en 1992 separaba el gasto público americano del canadiense se ha reducido a dos en la actualidad.

En la rúbrica de las regulaciones, Bush tampoco se quedó corto. Tyler Cowen, académico asociado del Cato Institute, señalaba que “existe la mal concebida noción de que los años del Presidente Bush en la presidencia han sido caracterizados por una actitud negligente respecto de la regulación”, algo que atribuía a la retórica. Sin embargo, opina Cowen, que “la realidad ha sido muy distinta: una continua regulación pesada, con una creciente pérdida de rendición de cuentas y efectividad. Eso es gobernabilidad disfuncional, no laissez-faire”.

En materia de regulaciones financieras y leyes referentes al mercado inmobiliario, dice este economista, que la Administración de Bush hizo poco por cambiar su estructura, manteniendo así el statu quo -que no se caracterizaría, precisamente, por la escasez de regulaciones-.

Pero no sólo mantuvo la impasividad sino que ayudó activamente a incrementar las regulaciones. Ésta es la conclusión de un estudio realizado por el Mercatus Center de George Mason University, “Regulatory Agency Spending Reaches New Height”, que examina las proyecciones del Presupuesto estadounidense que se realizó para el año fiscal 2009.

Entre otras cuestiones, en este documento se veía cómo el gasto propuesto por parte de las agencias reguladoras crecería en un 6,4%, en línea con el crecimiento del año anterior y continuando una tendencia expansiva de largo plazo.

Más regulación



Otro de los puntos del estudio dice que durante sus dos legislaturas, el Presidente Bush presidió un periodo con el incremento en el gasto regulatorio más elevado. Además, las rúbricas de regulaciones en los presupuestos de 2002 y 2003 estuvieron “entre los 10 incrementos anuales en gasto regulatorio más altos de los últimos 60 años”. Estas conclusiones acompañan al dato que aportaba The Economist, según el cual el número de páginas de las regulaciones federales aumentó en 7.000 con Bush.

Ya en 2003, años antes de que Bush anunciara oficialmente su abandono de los principios del libre mercado con el fin de salvar el sistema capitalista, ya había quien denunciaba las acciones intervencionistas del Presidente. En este artículo para el Cato Institute, Veronique De Rugy y Tad DeHaven comparaba la trayectoria de Bush con la de Reagan respecto al gasto público y a la expansión del estado.



Los autores señalaban que, bajo la Administración de Bush, “el gobierno continúa expandiéndose, los programas burocráticos prosperan, y la mención de eliminar departamentos gubernamentales enteros es una memoria lejana. No, Bush no es Reagan”, añadían.

Y a continuación ponían de manifiesto que los principios de gobierno limitado que supuestamente presidían al Partido Republicano -y que siguen haciéndolo, según Krugman y muchos otros- eran prácticamente papel mojado. El partido “continúa alejándose cada vez más del gobierno limitado ideado por nuestros Padres Fundadores”, concluían.

Por tanto, vemos cómo el caso del mandato de George W. Bush introduce matizaciones importantes a la preconcebida idea de que los republicanos son los liberales frente a los intervencionistas demócratas. Los datos no corroboran, pues, la tesis de Krugman. Difícilmente podría calificarse a Bush como un político que quiere reducir notablemente el peso del estado.

- Paulson: “Soy el tipo que salvó Wall Street, no el que dejó que Lehman se hundiera” (El Economista - 1/3/10)

Henry Paulson se inclina sobre la mesa, con el ceño fruncido de desagrado. “¿Se da cuenta de lo difícil que es vender una entidad financiera en un fin de semana?”, refunfuña el ex secretario del Tesoro estadounidense.



“Sobre todo, si tiene grandes problemas y un enorme agujero de capital. ¿Y conseguirlo en medio de una crisis?”. Por si alguien no lo sabe, fue Paulson. En el otoño de 2008, mientras rescataba u orquestaba ventas de rescate, se produjo el colapso de una gran entidad financiera como mínimo cada fin de semana. La empresa a la que se refería concretamente era Lehman Brothers, la que se escapó, y a cuyo hundimiento se le achaca haber convertido la crisis financiera en una catástrofe económica global.

Está claro que su lugar en la historia le preocupa. Paulson, una ex estrella del fútbol americano universitario, de 64 años, gobernó el mundo financiero desde su posición de consejero delegado del gigante de la banca de inversiones Goldman Sachs antes de meterse a regañadientes en política, tras una llamada de George Bush a mediados de 2006.



Se dice que Paulson fue quien dejó que Lehman se hundiera y nos puso a todos de camino hacia la ruina. Su versión, tal como la explica en su libro On the brink, demuestra lo cerca que estuvieron otros gigantes financieros del colapso ¿Citigroup, Morgan Stanley e incluso Goldman Sachs, probablemente? En su opinión, no fue él quien permitió la ruina de Lehman, sino el que salvó al resto de Wall Street y, con ello, el sistema financiero internacional.

Situación paradójica



Paulson es consciente de lo paradójico de su situación. En Goldman se ganó una reputación de capitalismo agresivo de mercado libre, pero al final se le recordaría como el rey de los rescates del Estado. “Hicimos lo que hicimos porque teníamos que hacerlo”, ha explicado. “No hacía falta escribir un libro para saber que yo estaría allí cuando se hicieron las intervenciones y los rescates. Y eso era el mejor de los casos. El peor era que, después de todo lo que habíamos hecho, se hundiría y el sistema se vendría abajo”.

En ocasiones parecía que el propio Paulson estaba al límite, trabajando semanas sin parar y durmiendo a ratos. “Llegaba a casa agotado siempre, ponía la cabeza sobre la almohada y me quedaba dormido en el acto. Después me despertaba a medianoche o a la una. Algunas noches me quedaba mirando el techo, enfrentándome a mis peores miedos. En aquellos momentos tomé algunas de mis mejores decisiones”. Más de una vez perdió la paciencia con el senador John McCain, candidato republicano, y su pareja de cartel, Sarah Palin, que defendían “no más rescates”.



En cuanto a Lehman, era imposible inyectar efectivo del Gobierno en la achacosa compañía. Él no tenía el poder para hacerlo, aunque podría haber insistido a la Reserva Federal para que respaldar a un comprador.

El último comprador que se desmoronó fue Barclays, cuando la autoridad de servicios financieros (FSA) mostró su preocupación de que el banco británico ultimara el acuerdo. Días después, Barclays compró las partes de Lehman que quería de la bancarrota, pero, para entonces, el daño del hundimiento ya estaba hecho. “Los británicos nos jodieron”, dijo Paulson a los dirigentes de los principales bancos de Wall Street, cuando supo que la FSA se había negado a que Barclays rescatara Lehman, según cuenta el libro. ¿Intentaba escurrir el bulto?

Paulson no dudó en aclarar las cosas. “Lo dije por frustración. En aquel momento, las palabras fueron de la cabeza a la boca. ¿Opino lo mismo hoy? No. No sé lo que habría hecho si la situación fuera la contraria. Yo no tenía los datos que manejaban ellos. Las cosas se movían rápidamente. No dejé ninguna piedra por mover y ellos eran la última piedra”.

- Informe Lehman (Cinco Días - 23/3/10)

(Por José Carlos Díez)

Te adjunto el link al resumen ejecutivo del informe que han elaborado los examinadores contratados por el juzgado responsable del expediente de quiebra de Lehman Brothers.

http://lehmanreport.jenner.com/VOLUME%201.pdf

El informe contiene mucha y valiosa información de las causas y los errores de gestión que provocaron la mayor crisis financiera global desde la Gran Depresión y permite ver claros fallos en la regulación y en la supervisión de la entidad. Mi trabajo me deja muy poco tiempo libre pero cuando Cinco Días me propuso crear este blog, en el verano de 2008, acepté porque era consciente que estábamos viviendo un momento histórico y era una oportunidad única para ir analizando la realidad a modo de diario pero con la aportación valiosa de los internautas, alumnos, colegas y amigos.

Lo que voy a contar a continuación es un resumen comentado del informe con mis conocimientos teóricos y la experiencia y vivencias desde dentro del sistema financiero en los dos últimos años. Aunque será un post extenso creo que la ocasión lo merece.

Recuerdo el domingo 14 de septiembre de 2008 como si fuera hoy. Después de una comida familiar recibí una llamada de un periodista. Eran las 19 horas de un Domingo y supe que era algo importante. El periodista me soltó la bomba de que se especulaba que Lehman podría solicitar el capítulo 11 de quiebra. Incrédulo por la información pregunté la fuente y me dijo que en el teletipo se citaban fuentes de la Fed. Mi primera reacción fue pensar cómo era posible liquidar a una de las entidades más activas en los mercados de derivados, muchos de ellos no regulados y las tremendas implicaciones que eso tendría sobre los mercados, como luego lamentablemente pudimos comprobar.

El informe describe bien las causas de la crisis. Lehman tenía un activo de 700 m.m. de dólares y capital por tan sólo 25 m.m. por lo que su ratio de apalancamiento era de 28 veces. El caso confirma el fracaso de Basilea II y la necesidad de que los estados estén ya debatiendo Basilea III donde una de las medidas será reforzar los requerimientos de capital pero también imponer un techo máximo de apalancamiento.

El crecimiento del balance había sido brutal en la última década y con muchas vulnerabilidades. La principal, la abismal diferencia entre los plazos de vencimiento del activo y del pasivo. Lehman, como cualquier entidad financiera, invertía a largo plazo y se financiaba a plazos más cortos pero al ser un banco de inversión eran muy dependientes de los mercados, especialmente del mercado de repos y de pagarés con colateral, a diferencia de una entidad de depósito que al tener una base de financiación minorista han resistido mejor esta crisis. Habitualmente las crisis bancarias se producían por la pérdida de confianza de los depositantes en una entidad pero en esta ocasión la causa última fue la pérdida de confianza en los mercados financieros por eso afectó más a los bancos de inversión y tan sólo Goldman ha sobrevivido a la crisis sin fusionarse o convertirse a banco comercial.

Pero el mayor problema de Lehman fue su elevada exposición al negocio de subprime y estructuración de deuda asociada que unido a su insuficiente nivel de capital para el riesgo asumido y su vulnerable sistema de financiación provocaron la quiebra.

A principios de 2007, el mercado de ABX de titulizaciones subprime colapsó. Los diferenciales de emisiones AAA en ese mercado pasaron de cotizar a libor +150 puntos básicos en septiembre de 2006 a libor + 400 en febrero de 2008. Lehman tenía una elevada exposición y ese debería haber sido el momento en el que una supervisión eficaz hubiera detectado el problema y exigido a la entidad un plan de saneamiento y recapitalización.

La ausencia de esa supervisión permitía a la entidad lo que en la literatura se conoce como una huída hacia adelante. La mejor descripción de este problema la hizo Hyman Misnky en su hipótesis de inestabilidad financiera. Según Minsky, el negocio bancario requiere de una regulación estricta ya que ante aumentos de la presión competitiva y deterioro de los márgenes, la opción de las entidades siempre es aumentar la asunción de riesgos y al tener riesgo sistémico acaban poniendo en peligro la estabilidad financiera, condición absolutamente necesaria para que una economía de mercado pueda tener una senda de crecimiento sostenido.

Lehman optó por el doble o nada como en tantas ocasiones, pensando que estábamos ante un problema transitorio pero se equivocaron. Los problemas en el segmento de titulizaciones subprime se contagiaron con rapidez al de titulizaciones prime, no por el riesgo de crédito sino por el de liquidez. Ese mercado había crecido en exceso al amparo de lo que luego se denominó el Sistema Bancario en la Sombra. Las entidades dejaron de comprar esos activos para sus vehículos de inversión fuera de balance SIV y el principal mecanismo de generación de liquidez endógena del sistema colapsó.

En julio de 2007 las agencias de rating anunciaron un cambio en su metodología de valoración del riesgo de los CDO, un bono que contiene a su vez otros bonos de diferente naturaleza entre los que podría haber mezcla de titulizaciones subprime, y que ponía en revisión cientos de emisiones. Aquello elevo la incertidumbre de los inversores que desconocían la magnitud del problema y colapsó el mercado de crédito y en agosto acabo contagiando el mercado interbancario global.

En aquel momento los bancos centrales inyectaron liquidez para evitar el colapso de los mercados pero lamentablemente lo único que consiguieron fue diferir el problema un año y ampliar sus efectos desastrosos sobre la economía real y el desempleo.

Sin embargo, la liquidez no se distribuía con normalidad por los respectivos mercados y dejaron de ser arbitrables por lo que los precios de los derivados financieros y de sus respectivos subyacentes dejaron de responder a sus valoraciones matemáticas de equilibrio y la banca de inversión incurrió en cuantiosas pérdidas.

En noviembre de 2007, Lehman presentó sus resultados de cierre de año y comenzó la sangría de pérdidas, aunque los beneficios de trimestres anteriores permitieron mantener los números negros en el cierre anual.

Fuld, Consejero Delegado de Lehman, era consciente que su dependencia de los mercados y que necesitaba mantener su rating. También era consciente de que las agencias vigilaban especialmente la liquidez y el apalancamiento y utilizó lo que el informe denomina Repo 105. La entidad vendió activos la última semana de noviembre con pacto de recompra una semana después, pero lo hicieron por un importe inferior al valor de los activos, no especifican si fue motu proprio o porque la desconfianza del mercado les aplicaba esa rebaja para protegerse de posibles impagos como es práctica habitual en los repos de mercado privado. El repo es una práctica tan antigua como las finanzas. En la Edad Media, los comerciantes judíos españoles utilizaban esta práctica denominada vender a barata para puentear las leyes contra la usura. Pactaban el precio de recompra del bien a un precio superior y eso implicaba un tipo de interés implícito. Esta práctica se sigue utilizando en países islámicos donde las leyes de usura siguen en vigor. En los mercados es una práctica habitual que exige el prestador para obtener doble garantía y habitualmente son bonos de deuda pública, aunque el BCE admite bonos privados en sus subastas que se formalizan también como repos.

Por lo tanto, estamos ante una práctica habitual pero el informe desvela un uso que puede ser considerado como fraude de Ley. Según la norma contable en EEUU, al suponer el valor de los activos un 105% o más de la financiación obtenida, permitía contabilizar la operación como una venta en firme. Por lo tanto, legalmente, Lehman pudo reducir su balance en 30 m.m., reducir su apalancamiento y, lo que era más importante para las agencias e inversores, contar con una posición estructural de liquidez que era ficticia ya que la entidad debía devolver el dinero en pocos días. Cualquier norma contable debe cumplir el principio de que el balance refleje la imagen fiel del patrimonio y claramente esta norma era inapropiada. Gracias a la quiebra nos hemos enterada de esta operativa, pero la duda es ¿cuántas de estas operativas de este tipo se hacen y no se conocen? Crédito viene de la palabra latina creer y la pérdida de confianza en los balances bancarios es lo que explica que el interbancario siga sin funcionar con normalidad y tardará mucho tiempo en recobrarla.

En febrero de 2008, Bear Stearns pierde la confianza de los inversores y ve como se cerraban sus fuentes de financiación. La Fed tiene que intervenir de urgencia y garantizar a JP Morgan una línea de liquidez y una opción de venta sobre Bear. JP Morgan valoró Bear en 2 $ por acción pero al argumentar que desconocía la situación de la entidad, la Fed pagaría cualquier pérdida por debajo de los 2 $.

En ese momento se cambia la regulación para que sea la Fed y no la SEC la que supervise a los bancos de inversión y abre una línea de descuento especial para estas entidades puedan acudir a sus subastas de liquidez, lo cual dio un balón de oxígeno a Lehman ya que de lo contrario habría caído como un castillo de naipes.

El informe revela en sendas entrevistas con Paulson, Secretario del Tesoro, Bernanke, Presidente de la Fed, Geithner, Presidente de la Fed de Nueva York, responsable de la supervisión de Lehman desde febrero de 2008, actual Secretario del Tesoro y Cox Presidente de la SEC y responsable de la supervisión de Lehman hasta febrero de 2008, que los cuatro eran conscientes de que tras Bear, Lehman era la entidad más vulnerable.

Geithner manda un equipo de inspectores permanente a Lehman y controla especialmente la posición de capital y de liquidez del banco por lo que fue consciente del Repo 105 y máximo responsable de la incomprensible complacencia del supervisor antes los hechos que voy a contar a continuación. En ese momento, era evidente que la entidad necesitaba ser intervenida y recapitalizada bien por vía privada como Bear o por la vía pública como ya hacía el Fondo de Garantía de Depósitos con decenas de entidades.

En febrero y mayo, Lehman vuelve a presentar resultados y las pérdidas van a más y el Repo 105 aumenta a 50 m.m. El 12 de junio Lehman consigue embaucar a varios inversores para suscribir una ampliación de capital, ¿habrían comprado acciones nuevas conociendo la situación patrimonial de la entidad y la práctica del Repo 105? Pero la situación siguió deteriorándose.

En julio se produce un hecho que no se le ha dado la importancia debida. China había sido el principal comprador de papel de Fannie Mae y Freddie Mac pero tras el deterioro de su solvencia y las declaraciones de Paulson en las que creo dudas sobre el apoyo público de ambas entidades, los chinos deciden dejar de compra su papel y pasan a invertir sólo en deuda pública.

En septiembre, el Tesoro tiene que nacionalizar ambas agencias, lo cual supuso doblar la deuda pública, pero no consigue estabilizar la tensión en los mercados. JP Morgan y Citi exigen esa semana más garantías a Lehman para mantener sus líneas de liquidez y acaban de dar la puntilla de muerte a la entidad.

Comienza unos días frenéticos en Nueva York para encontrar comprador, ya que Paulson defiende que el Estado no tiene instrumentos para intervenirla e inyectarla capital. Barclays muestra interés pero no se sabe muy bien porque no fraguó la operación, aunque en el informe se cita los recelos de la FSA, el supervisor británico, en la misma. Ante el asombro de propios y extraños dejan que Lehman vaya a la quiebra y salvan, en el mismo fin de semana, a Merrill Lynch, que fue comprada in extremis por Bank of America, sin duda un capítulo de la historia bancaria estadounidense aún por escribir.

A principios de 2009 estuve reunido con un Gobernador de la Fed. Todo el mundo en la reunión preguntó por la deflación por el suelo de la recesión pero yo le hice dos preguntas: ¿por qué Bear sí y Lehman no recibió ayuda de la Fed? y ¿por qué tras la quiebra de Lehman el Fondo de Garantía interviene Washington Mutual, la mayor caja de ahorros de EEUU con un balance equivalente en tamaño al de La Caixa, y decidieron salvar a los depositantes pero no a los pequeños inversores de fondos de inversión?

Su respuesta fue que en Bear tuvieron apoyo privado de JP Morgan y en Lehman no y que en Washington Mutual la tensión en los mercados era máxima y no eran muy conscientes de los efectos de sus decisiones. JP Morgan tuvo liquidez y un suelo de capital en la compra de Bear ¿se lo ofrecieron a Barclays? Y con respecto a Washington es comprensible pero con su decisión provocaron reembolsos masivos en los fondos de inversión que secaron por completo las fuentes de financiación bancarias, especialmente el mercado de pagarés, y pusieron al sistema financiero al borde del colapso y a la economía camino a la depresión y a la deflación. El propio Bernanke ha reconocido errores y que deberían haber hecho más en el caso Lehman.

Tras la quiebra de Lehman, el Estado tuvo salvar a AIG, la mayor aseguradora de EEUU que gestionaba buena parte de las pensiones privadas de los estadounidenses y el informe estima las pérdidas para los contribuyentes en 182 m.m. El Presidente Bush y su Secretario Paulson propusieron al Congreso el TARP un vehículo de recapitalización de entidades por importe de 700 m.m. y que sigue manteniendo a bancos con respiración asistida como Citi, donde el estado sigue siendo el principal accionista. El Fondo de Garantía ya ha intervenido casi 300 entidades y estima que hay otras 700 que pueden caer y millones de trabajadores en el mundo han perdido su empleo y los estados han tenido que endeudarse hasta máximos históricos a causa de esta crisis. Por la tanto, la obsesión por proteger a los contribuyentes, los mitos del riesgo moral, del nada es gratis y la aversión a la intervención pública nos han salido carísimos a todos los contribuyentes del planeta.

Ahora todo el debate se concentra en las presiones de los lobbies bancarios para frenar los intentos de regulación, pero Keynes ya nos advirtió que el problema no es la defensa de intereses creados, el poder reside en las ideas.

En 1987, el titular de Wall Street Journal tras el nombramiento de Greenspan como Presidente fue profético “un grave error”. Greenspan no tenía prestigio académico y un marcado perfil político. Había sido Presidente del Consejo de Asesores de Nixon y Ford, colaborador de Reagan y un defensor a ultranza de los mercados libres y de la autorregulación. Sin desmerecer los aciertos de Greenspan al frente de la Fed durante casi veinte años, su herencia de desregulación y débil supervisión es el problema que hay que erradicar y no es suficiente con que ahora reconozca que los defensores de los mercados libres se sienten consternados por lo que ha sucedido. El miró para otro lado mientras el sistema bancario en la sombra crecía sin ningún control y lo que mejor puede hacer por la humanidad es desaparecer para siempre de la esfera pública.

Habitualmente estas crisis se producían en países emergentes tras errores graves en la gestión de la política económica, débiles instituciones y deficiente supervisión del sistema bancario. Las causas de la Gran Recesión han sido las mismas pero se han producido en el líder mundial y le corresponde a EEUU liderar los cambios en la regulación para que evitemos otra crisis similar en el futuro.

Es cierto que esta crisis no se habría producido si China, Oriente Medio, Alemania y Japón, países con excedente de ahorro estructural, no hubieran tenido un elevado apetito por el tótem del AAA y hubieran financiado el boom residencial en EEUU a tipos de interés y primas de riesgo ridículas pero el epicentro de la crisis fue en EEUU y deben asumir su responsabilidad.

Hay que volver a los principios, hay que reordenar el sistema financiero para que el fin sea canalizar el ahorro a los proyectos de inversión real y entender que el resto es complementario y nunca la libertad individual puede volver a poner en cuestión el fin último de las entidades financieras. Esto suponer limitar sus actividades de banca de activos y evitar que el sistema vuelva a montar castillos de naipes sin una base real que los sustente. Por desgracia, corremos el riesgo de que el éxito de la intervención pública nos haga olvidar rápido lo sucedido desde 2007, aunque muchos cambios regulatorios están en marcha y el cambio es irreversible. Por otro lado, la victoria histórica en la reforma sanitaria da margen al Presidente Obama a acometer la reforma financiera y en esta ocasión será difícil que los Congresistas republicanos voten en bloque en contra de la misma, desde que ganó las elecciones han estado acusando a Obama de ayudar a Wall Street a costa de Main Street y tendrán difícil explicar a sus votantes porque se oponen a la reforma. Yes, we can.

- EEUU conocía los “inmensos” yacimientos de Afganistán desde el año 2007 (El Confidencial - 14/6/10)

(Por Ángel Martínez / Edurne Miranda)

Un hallazgo digno de un descomunal despliegue publicitario. El descubrimiento de un inmenso yacimiento valorado en un billón de dólares (más de 814.000 millones de euros) que contiene oro, cobre, hierro, cobalto, y metales estratégicos para el desarrollo tecnológico como el litio podría convertir a Afganistán en una de las grandes potencias mineras del mundo, según el Pentágono. El diario The New York Times incluso augura que gracias a las reservas de este metal estratégico el país del Hindu Kush podría convertirse en “la Arabia Saudí del litio”, gracias a un yacimiento en la provincia meridional de Ghazni que guarda más litio que toda Bolivia, el país que hasta ahora tenía las mayores reservas.

El momento en el que surge este “potencial sensacional” para el país, como lo definió el general David Petraeus, el Mando Central de Estados Unidos, no podría ser más oportuno. Washington y sus aliados han lanzado una serie de ofensivas contra los feudos de los insurgentes talibanes en el sur del país, utilizando el controvertido refuerzo de 30.000 hombres ordenado por el presidente Barack Obama, y con el difícil objetivo de desempantanar una guerra que dura ya demasiado tiempo, en la que no se observan avances significativos y que comienza a pesar como una losa en la opinión pública.

Medios estadounidenses tachaban anoche el hallazgo de maniobra de propaganda del Pentágono; una campaña de Obama para justificar la costosa presencia estadounidense en la guerra. El Ejército conocía la existencia de dichas reservas desde hace años, según un informe del Departamento de Estudios Geológicos y de la Marina del año 2007, en el cual se aseguraba que “Afganistán posee reservas no descubiertas de mineral” que incluyen “enormes cantidades de hierro y cobre y abundantes depósitos de gemas, incluidas esmeraldas, rubíes y zafiro”. Critican, asimismo, que “el billón de dólares” es solo una estimación y recuerdan que el Ministerio afgano de Minas e Industrias, que valora las vetas en “varios billones de dólares”, ha sido considerado “uno de los departamentos más corruptos del Gobierno afgano”, según el Wall Street Journal.

La explotación llevará décadas, debido a la falta de infraestructuras en el país, aunque el portavoz del Misterio de Minas, Jawad Omar, que ya ha adelantado que “las minas han sido localizadas y empezaremos a trabajar en ellas en los próximos seis meses. Las sacaremos a subasta y esperemos que pronto puedan enriquecer la economía de Afganistán”. Según el rotativo NYT, un grupo de trabajo del Pentágono ha empezado a asesorar a las autoridades para poner en funcionamiento un sistema que permita el desarrollo mineral junto a varias compañías internacionales

¿Cambiará el curso de la guerra?

Los efectos de este torrente de mineral son impredecibles. Los talibán podrían recrudecer sus acciones para recuperar el terreno perdido y nuevas potencias (Washington apunta a China) podrían implicarse en el conflicto con ánimo de sacar tajada. El general McChrystal, jefe de las fuerzas aliadas, había asegurado hace unos días que la operación en Kandahar, prevista para comienzos de verano, se retrasaría varios meses pero no mencionó que la campaña fuera a ser llevada a cabo por el Ejército afgano, tal y como afirma ahora el presidente afgano Hamid Karzai. Parece que el hombre de Occidente vuelve a jugar por su cuenta.

Por si fuera poco, un informe de la London School of Economics (LSE) difundido ayer defiende que la principal agencia del espionaje paquistaní (el ISI) financia, entrena y da refugio a los talibanes en un grado mucho mayor de lo que hasta ahora se pensaba. Según la investigación, hay "pruebas concretas" que sugieren que el apoyo a los talibanes que operan entre Afganistán y Pakistán es “la política oficial” de la agencia paquistaní de inteligencia. El informe, que recoge incluso una supuesta reunión en la que el presidente paquistaní, Asif Alí Zardari, prometió ayuda a los líderes talibanes, ha sido sin embargo calificado como “basura” por el Gobierno paquistaní.

- Cómo la desigualdad alimentó la crisis (Project Syndicate - 9/7/10)

(Por Raghuram Rajan)

Chicago - Antes de la reciente crisis financiera, los políticos estadounidenses de ambos partidos alentaban a Fannie Mae y Freddie Mac, los gigantescos organismos hipotecarios respaldados por el gobierno, a que dieran préstamos a las personas de bajos ingresos de sus circunscripciones. Detrás de esta nueva pasión por dar vivienda a los pobres había una preocupación más grave: la creciente desigualdad de los ingresos.

Desde los años setenta, el salario de los empleados en el percentil 90 de la distribución de los ingresos en los Estados Unidos -como los gerentes de oficinas- han aumentado a una velocidad mucho mayor que los salarios del trabajador medio (del percentil 50), como los obreros y los asistentes de administración. Varios factores explican esta diferencia.

Tal vez el más importante es que el progreso tecnológico en los Estados Unidos exige que la fuerza de trabajo esté cada vez más capacitada. Un diploma de educación media bastaba para los trabajadores administrativos hace 40 años, mientras que ahora un título universitario apenas es suficiente. Sin embargo, el sistema educativo no ha logrado dar la educación necesaria a una parte suficiente de la fuerza de trabajo. Las razones van desde la calidad mediocre de la nutrición, socialización y aprendizaje en la primera edad hasta escuelas primarias y secundarias disfuncionales que dan lugar a que muchos estadounidenses salgan sin preparación para la universidad.



Las consecuencias en la vida cotidiana de la clase media son un salario estancado y una creciente inestabilidad laboral. Los políticos perciben los problemas de sus electores, pero es difícil mejorar la calidad de la educación, porque hacerlo requiere cambios políticos reales y efectivos en una esfera en la que demasiados intereses creados prefieren mantener el statu quo.

Además, los efectos de cualquier cambio tardarían años en surtir efecto y por lo tanto no aliviarían las preocupaciones actuales del electorado. Así pues, los políticos han buscado otros medios de aplacar a sus votantes. Sabemos desde hace mucho que lo importante no es el ingreso sino el consumo. Un político inteligente o cínico se daría cuenta de que si se pudiera mantener de alguna forma el consumo de los hogares de clase media, si pudieran comprar un automóvil nuevo de vez en cuando e irse de vacaciones a algún lugar exótico, tal vez no prestarían tanta atención a su salario estancado.

Por lo tanto, la respuesta política a la creciente desigualdad -ya sea que se haya planeado cuidadosamente o que haya sido la vía de menor resistencia- fue ampliar los créditos a los hogares, especialmente a los de bajos ingresos. Los beneficios -aumento del consumo y más empleos- fueron inmediatos, mientras que el pago de la inevitable factura se podía posponer. Por cínico que parezca, a lo largo de la historia los gobiernos que no pueden resolver las ansiedades más profundas de la clase media han utilizado el crédito flexible como paliativo.

No obstante, los políticos prefieren expresar los objetivos en términos más alentadores y persuasivos que el burdo aumento del consumo. En los Estados Unidos, la ampliación de la vivienda en propiedad -un elemento clave del sueño americano- a las familias de ingresos bajos y medios fue el eje justificable de los objetivos más amplios de expansión del crédito y el consumo.

¿Por qué no emprendieron los Estados Unidos un camino más directo de redistribución, de impuestos o endeudamiento y gasto para la nerviosa clase media? Grecia, por ejemplo, se metió en problemas por hacer exactamente eso, al dar empleos públicos con salarios excesivos a miles de personas, aun cuando eso provocó que la deuda pública llegara a niveles astronómicos.

No obstante, en los Estados Unidos ha habido recientemente una alineación de fuerzas políticas poderosas contra la redistribución directa. Los créditos hipotecarios dirigidos fueron una política con mayor apoyo porque todas las partes pensaron que se beneficiarían.

La izquierda apoyaba los flujos hacia su electorado natural, mientras que la derecha veía con agrado a los nuevos propietarios, a los que quizá podría convencerse de cambiar de partido. La política de dar más créditos hipotecarios a las familias de bajos ingresos fue uno de los pocos temas en los que estuvieron de acuerdo la administración del presidente Bill Clinton, con su mandato de viviendas asequibles, y la del presidente George W. Bush, con su fomento de una sociedad de la “propiedad”.

Sin embargo, al final, este esfuerzo equivocado de aumentar las viviendas en propiedad mediante el crédito ha dejado a los Estados Unidos con viviendas que nadie puede pagar y con familias excesivamente endeudadas. Irónicamente, desde 2004 la tasa de propiedad de viviendas ha estado disminuyendo.

El problema, como sucede a menudo con las políticas públicas, no fueron los propósitos. Rara vez lo son. No obstante, cuando una gran cantidad de dinero fácil liberado por un gobierno con muchos recursos entra en contacto con las motivaciones de lucro de un sector financiero sofisticado, competitivo y amoral, las cosas rebasan por mucho las intenciones del gobierno.

Por supuesto, esta no es la primera vez en la historia que se utiliza la expansión del crédito para aplacar las preocupaciones de un grupo que se está quedando atrás, ni será la última. De hecho, ni siquiera es necesario mirar hacia afuera de los Estados Unidos para encontrar ejemplos. La desregulación y la rápida expansión del sector bancario estadounidense en los primeros años del siglo XX fueron en gran medida una respuesta al movimiento Populista, apoyado por pequeños y medianos agricultores que veían que se rezagaban frente al número creciente de obreros y que exigían créditos más flexibles. El excesivo endeudamiento rural fue una de las causas importantes de las quiebras de los bancos durante la Gran Depresión.

Esto tiene una implicación más amplia, que es que debemos buscar más allá de los banqueros codiciosos y los reguladores débiles (y hubo muchos de ambos) para encontrar las causas de esta crisis. Los problemas no se solucionan con una ley de regulación financiera que le dé más poder a esos reguladores. Los Estados Unidos necesitan atacar las raíces de la desigualdad y dar a más estadounidenses la capacidad de competir en el mercado global. Esto es mucho más difícil que repartir créditos, pero es más efectivo a la larga.

(Raghuram Rajan es profesor de finanzas en la Escuela Booth de Chicago y autor de Fault Lines: How Hidden Fractures still Threaten the World Economy)


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